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18/7/19

El capitalismo hoy ha declarado la guerra a aquellas formas comunitarias de solidaridad que van desde la familia a los organismos públicos como los sindicatos, la escuela, la universidad, hasta completarse en el Estado para convertir a la sociedad en un único mercado global

"(...) P. Señala que los lazos estables, representados en el matrimonio, se han convertido hoy en revolucionarios. ¿Por qué? ¿Cómo han cambiado las cosas para que algo radicalmente frecuente en la Historia se convierta hoy en revolucionario? ¿En qué consiste el consumismo erótico?
R. El capitalismo actual es flexible y precarizador. Disgrega a toda comunidad humana y quiere ver en todas partes al individuo sin identidad y sin vínculos, al consumidor que entabla relaciones desechables basadas en el consumo. 
 Por eso, el capitalismo hoy ha declarado la guerra a lo que yo, en mi libro 'Storia e coscienza del precariato. Servi e signori della globalizzazione' (Bompiani, 2018) llamo las raíces éticas en el sentido hegeliano; es decir, aquellas formas comunitarias de solidaridad que van desde la familia a los organismos públicos como los sindicatos, la escuela, la universidad, hasta completarse en el Estado. 
Tiene como objetivo romperlas para reducir el mundo a un mercado único, como dijo Alain de Benoist: la sociedad se convierte en un único mercado global. Esta es la razón por la cual hoy en día la reetización de la sociedad, es decir, la revalorización de las raíces éticas en el sentido hegeliano es un gesto revolucionario.  (...)
P. Propone recuperar la utilización del italiano frente al inglés, y además de un italiano bien hablado o escrito. Lo entiende como una batalla cultural imprescindible. ¿Por qué?
R. Sí, yo propongo, en contra de la neolengua de los mercados que habla el inglés del 'spread', de la 'spending review', de la 'austerity' y de la 'governance', una veterolengua basada en la recuperación del italiano con toda su riqueza, el italiano de Dante y Maquiavelo. 
Es una batalla cultural de resistencia a la globalización y a ese 'genocidio cultural', como lo llamaba Pasolini, que la globalización está llevando a cabo destruyendo las culturas en nombre del único modelo permitido: el consumidor de mercancías, apátrida, posidentitario, que habla el inglés anónimo de los mercados financieros apátridas."
(Entrevista a Diego fusaro, , El Confidencial, 29/06/19)

18/3/19

Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien. El disparate de la felicidad.

"Cuando ella llegaba a casa, nada más abrir la puerta, voceaba alegremente: “¡Familia!”. Como un clarín, irónico y tierno. Desde el cuarto del fondo donde sonaba la televisión respondía su madre: “¡Hola, m’hija!”. 

Y yo gruñía alegre sin apartarme del ordenador: “¡Cariño!”. Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien. El disparate de la felicidad. Después, su madre murió y ella entraba en casa sin decir nada. 

Venía al cuarto donde yo tecleaba y me daba un beso ligero, con una especie de suspiro que me parecía de alivio, como si llegase después de enfrentar serios peligros. Era yo por entonces quien al volver a casa la remedaba pobremente, para no perder del todo la memoria de los momentos dichosos. Pero me salía un “¿familia?” implorante y dudoso, que resultaba conmovedor por lo inadecuado.

 Lo que va de celebrar el gozo compartido a echarlo en falta, suplicando. Poco a poco, ella se acostumbró a responder “¡aquí!” desde el fondo de la casa apagada, sin más luz que la suya. Y cuando llegaba a su lado me pasaba la mano por el pelo cada vez más escaso: “Estamos tú y yo, tonto. Mientras nos tengamos el uno al otro...”.

Ella y yo, la familia escueta y completa. Porque la simple existencia —insistencia, mejor— rutinaria, biológica, necesita la presencia amada y amable para ascender a vida humana. Sin la proximidad del amor estamos lejos de nosotros mismos. Ahora ya no está. Cuando abro la puerta todo sigue apagado, se fue la luz y entro en silencio.

 Me daría miedo el eco de mi voz. Según Víctor Hugo, todo el infierno cabe en una palabra: soledad. La palabra que no puede decirse en voz alta para evitar la respuesta aciaga de la oscuridad. Pasado mañana hace cuatro años."               (Fernando Savater, El País, 16/03/19)

1/2/19

Los hombres han evolucionado para ser padres y para ser una parte igual pero crucialmente diferente del equipo parental... papá ya no enseña a cazar, pero juega a lo bruto con sus hijos. Papá es quien los voltea en el aire. El que los entrena para el fútbol. El que con grandes voces y eficaces aspavientos expulsa a los monstruos de la habitación nocturna. Los padres y los hijos, nos dice Machin, obtienen sus picos más altos de oxitocina cuando juegan sin contemplaciones; mamá y los hijos cuando se abrazan...

"(...) Si no fuera porque el Fiscal sigue atentamente mis pasos, no dudaría en decirte que me estoy convirtiendo en un mariconazo. La drástica novedad parte de la polémica generada por un anuncio de la afamada casa Gillette que sostiene que la masculinidad tóxica se combate con el afeitado que procuran sus cuchillas. 

Una buena pasada y cualquier hombre se convierte en thebestmencanbe.org, lo mejor que los hombres pueden ser. Es interesante recordar que hace 30 años, y según informa la web de la campaña publicitaria, el rasurado con Gillette dejaba la cara como the best a man can get, lo mejor que el hombre puede tener. 

Eran los tiempos, más o menos, en que la editorial Anagrama traducía el excelente libro de Tom Wolfe The Right Stuff (Lo correcto) por Lo que hay que tener, nada menos y con un par.

Tiempos de pelo en pecho, justo en la zona donde Gillette se habría cuidado muy mucho de intervenir. El vídeo del anuncio puedes verlo en: youtube.com/watch?v=YZ0ALDq2Gp8.



Tiene alguna particularidad interesante como que todos los negros que salen son buenos y todos los blancos malos: debe de ser que querrían variar. 

Pero no ofrecerá mayor novedad metiómana para ti. Ni siquiera retórica, porque el anuncio es la enésima versión de La Bella y la Bestia, el célebre cuento de hadas que ennobleció Jean Cocteau y que popularizó Walt Disney, cuyo resumen argumental te transcribo de la propia factoría Disney: 

"Belle, una joven hermosa y brillante, asume el lugar de su padre como prisionero en el castillo de una Bestia. Poco a poco, la valiente Belle irá dándose cuenta de que la Bestia no es el malvado ser que todos creen que es y tiene, en realidad, un gran corazón". ¡Gracias a Gillette!

Sin embargo, mi nueva naturaleza (casi) no se ha proclamado por el anuncio de las cuchillas sino, justamente, por el que pretende darle réplica, What is a man. A response to Gillette, que publicita la casa de relojes Égard, que en francés quiere decir sin miramientos. Aquí lo tienes. 

Sobre un fondo de llamas, un bombero lleva una niña rescatada en sus brazos, mientras una voz virilmente cargada de resignación se pregunta: ¿Qué es un hombre? La secuencia se resuelve afirmativamente: Un hombre valiente. 

 Sobre otras imágenes distintas se irá desgranando con la misma voz y la misma lluvia el resto de adjetivos: héroe, protector, vulnerable, desechable, roto, molesto, y las irrevocables estadísticas que nunca mencionan las partidarias de superar la división sexual del trabajo: un hombre es el 93% de los accidentes laborales, el 97% de las víctimas de guerra, el 79% de los homicidas, el 80% de los suicidas, el 75% de los homeless y casi la mitad de aquellos que sin derecho de visita siguen apoyando económicamente a sus hijos. 

La voz acaba diciendo que Égard ve lo mejor del hombre. Apuesto a que incluso a ti te caerán las lágrimas. Sin llegar a tales degeneraciones lo cierto es que a mí se me humedecieron los ojos, y tuve que darme una buena hostia en la cara recién afeitada con Wilkinson Sword para detener la claudicación.

 Fue entonces, recuperada la actividad del lóbulo frontal izquierdo, cuando entendí la magnitud de lo que se avecina. El Hombre ya casi está a la altura de las mujeres, los gays y los catalunyenses. A punto de instituirse en grupo y de acceder a una identidad laboriosa, emocional y socialmente construida. El hombre, ¡horror!, está a punto de himno, él que estuvo siempre a punto de nieve.

Por suerte aquella misma tarde había leído La maravilla del papá humano, un excelente artículo de Anna Machin en Aeon, síntesis de su libro La vida de papá. La forja del padre moderno, que acaba de publicar Simon & Schuster.

 Machin es una antropóloga oxoniense que frecuenta los medios y cuyo artículo arranca sin contemplaciones: el rasgo inequívoco de lo que nos hace humanos es la paternidad. Entenderás esta aparente perogrullada cuando te diga que los machomonos copulan y se largan; pero el machohumano se quedó. No porque fuera un buen hombre. Solo por hombre.

 Hace medio millón de años, explica Machin, el cerebro humano dio un salto de tamaño prodigioso. "Este nuevo cerebro tenía más hambre energética que nunca. Los bebés nacían aún más indefensos, y la comida, la carne, que entonces se requería para alimentar nuestros cerebros, era aún más complicada de obtener, atrapar y procesar que antes. 

Mamá necesitaba mirar más allá de su parentesco femenino para contar con alguien más. Alguien que estaba tan genéticamente comprometido en su hijo como ella. Ese fue, por supuesto, papá". Y más adelante, continúa: "Lo más importante es que papá no evolucionó para ser el espejo de mamá, una madre masculina, por así decirlo. 

La evolución odia la redundancia y no seleccionará roles para que se dupliquen entre sí cuando un tipo de individuo puede cumplir ese rol solo. Así que el rol de papá evolucionó para complementar al de mamá".

El niño pequeño y el adolescente son refinamientos específicamente humanos que no comparten otros primates. Papá traía la caza y papá enseñaba a cazar. Hoy, descontado el ámbito de los cazadores recolectores andaluces, papá no enseña a cazar, pero juega a lo bruto con sus hijos. Papá es quien los voltea en el aire. 

El que los entrena para el fútbol. El que con grandes voces y eficaces aspavientos expulsa a los monstruos de la habitación nocturna. Los padres y los hijos, nos dice Machin, obtienen sus picos más altos de oxitocina cuando juegan sin contemplaciones; mamá y los hijos cuando se abrazan. Así es la vida: oxitocina. Y el jamón Joselito, dios me perdone. Pero lee el párrafo clave: "Al igual que las madres, los padres han sido moldeados por la evolución para que estén preparados biológicamente, psicológicamente y conductualmente como padres. 

Ya no podemos decir que la maternidad es instintiva, pero que la paternidad se aprende. (...) Los hombres han evolucionado para ser padres y para ser una parte igual pero crucialmente diferente del equipo parental. Al no reconocer quiénes son o apoyar lo que hacen, realmente nos equivocamos. Alrededor del 80 por ciento de los hombres aspiran a ser padres. Creo que es hora de que hagamos el esfuerzo de saber quiénes son realmente".

Abriéndose camino a través de la laguna de almíbar fatuo que se extiende de Gillette a Égard, la verdad asoma: el instinto paternal existe. 

El origen biológico de este rasgo, donde tantos rasgos concentrados hay, incluido el de la violencia, no servirá para que las gillettes abdiquen de sus consejos de guerra sumarísimos contra la cultura heteropatriarcal. Pero, en cambio, sí debe servir para desterrar cualquier tentación de orgullo égard. Del orgullo que disfruten los socialmente construidos, que diría el Fiscal. Ellos sí que tienen mérito. (...)"                        (Arcadi Espada, 20/01/19)

16/1/19

Identificados los genes relacionados con la tendencia a la monogamia

"Ser feliz con la misma pareja para toda la vida es una de las aspiraciones que sustenta la civilización, aunque la relajación de las costumbres y una vida cada vez más larga hagan improbable cumplir el sueño. 

Pese a tratarse de una rareza entre los animales, la monogamia, aunque sea en una versión imperfecta, existe en la naturaleza, y siempre hay quien busca en la biología una justificación para sus anhelos. Por eso tienen tanto interés los estudios que indagan en los orígenes de esta forma de organizar las sociedades, humanas o animales.

Esta semana, la revista científica PNAS publicaba uno de estos trabajos. En él se trata de comprender la transición hacia la monogamia de tipos de animales muy distintos a lo largo de los últimos 450 millones de años. Los científicos, liderados por Rebecca Young, de la Universidad de Texas, en Austin (EE UU), analizaron cinco pares de especies muy parecidas en la que una era monógama y la otra no.

 En el equipo de la monogamia, se escogió a los ratones californianos, los topillos de la pradera, un tipo de ave conocida como bisbita alpino, la rana venenosa Ranitomeya imitator y un pez (Xenotilapia) que vive en el lago Tanganica, en África central. En el lado polígamo quedaron los ratones ciervo, los Microtus pennsylvanicus (los primos infieles de los topillos de la pradera), el acentor común, otra rana venenosa (Oophaga pumilio) y otro pez cíclido africano.

Pese a tratarse de especies muy similares, en una de ellas machos y hembras se emparejaban al menos durante la temporada de apareamiento y compartían en alguna medida las tareas de alimentar a las crías y defenderlas. 

Estos animales se seguían considerando monógamos aunque tuviesen algún escarceo ocasional. Entre los polígamos, los machos trataban de difundir su esperma tanto como fuese posible, pero no se preocupaban de si sus vástagos sobrevivían o no.

Sorprendentemente, pese a tratarse de animales tan distintos como peces o ratones, el análisis del cerebro de los machos reveló que la distinta expresión de una misma serie de genes se asociaba a un individuo polígamo o a uno monógamo.

 Los resultados parecen indicar que la monogamia ha surgido de manera independiente muchas veces a lo largo de la historia debido al cambio de expresión de genes que están presentes tanto en monógamos como en promiscuos. En particular, los autores encontraron 24 genes cuya actividad en el cerebro tiene una relación más intensa con el comportamiento monógamo.

Rebecca Young reconoce que no saben cómo se relaciona la función de estos genes con las inclinaciones monógamas, pero se atreve a especular. “Sabemos que algunos de estos 24 genes están relacionados con el aprendizaje o la memoria, y es posible que formar un vínculo de pareja o cuidar de las crías requiera un cambio en los procesos cognitivos que están detrás del comportamiento social”, explica. “Por ejemplo, un individuo tiene que ser capaz de reconocer a su pareja y encontrar gratificante estar con ella para crear un vínculo”, añade.

Una de las especies empleadas en este estudio, el topillo de la pradera, es una de las favoritas para tratar de entender a ese grupo minoritario de mamíferos que son monógamos. Al contrario de lo que sucede con otros animales, que rehúyen a la hembra después de culminar su deseo, algo sucede en el cerebro de los topillos que genera un vínculo que durará para siempre. Estas parejas, cuidan a sus crías juntas y no parecen perder la pasión pese a sesiones maratonianas de apareamiento. 

Investigadores como Larry Young, de la Universidad Emory, descubrieron que el secreto de esta forma de vida se encontraba en los receptores de la vasopresina y la oxitocina que tienen los topillos en las regiones del cerebro que regulan la recompensa. Debido a mecanismos parecidos a los que provocan las adicciones, el cerebro de estos animales asocia una sensación placentera a la presencia de una pareja en particular.

 Más adelante, experimentos con otras especies de topillos muy similares, pero promiscuos, mostraron que si se les proporcionaba de manera artificial oxitocina y vasopresina también se volvían monógamos.

El investigador comenta que el estudio es interesante “aunque no se sabe de qué manera cambian el sistema relacionado con la monogamia los genes identificados”. “El estudio no nos dice cómo actúan esos genes en el cerebro para favorecer la monogamia y eso es lo que se debería averiguar en el futuro”, continúa. 

No obstante, recalca la importancia de saber que hay un sistema común en biología por el que muchas especies pueden acabar teniendo un comportamiento monógamo. “Es la primera vez que veo algo así en lo que se refiere a comportamiento social”, añade.

Para quienes buscan una respuesta clara sobre si nuestra propia especie es o no monógama por naturaleza este estudio no la tiene. “No hemos estudiado esta pauta de expresión genética en humanos”, apunta Rebecca Young, en parte porque no se puede tomar el cerebro de un humano para analizarlo como han hecho con el resto de animales. Pero incluso si se hiciese, no se encontraría una pauta única.

Incluso los topillos de la pradera, con su intenso apego a su pareja, no renuncian a una aventura sexual si se presenta la ocasión. De hecho, se calcula que alrededor del 10% de las crías de una pareja no son hijos del macho que las cuida. Y no todos los topillos son iguales. Como observó Larry Young, entre los topillos, como entre los humanos, hay individuos que jamás se emparejan y otros que no pueden estar solos.

 El investigador fue capaz incluso de crear un sistema para diferenciar a los solteros empedernidos de los que se enganchan a su media naranja. Los primeros tenían una versión más larga del gen que produce el receptor de la vasopresina que los segundos y eran más sensibles a esta hormona que ayuda a crear vínculos.

Aunque es fácil imaginar el potencial comercial de una aplicación que permitiese este tipo de análisis en humanos, incluso con ella, la certeza sería esquiva. El entorno también determina las decisiones sobre cómo organizar la vida en pareja, tanto en animales como en humanos. 

 “Si hay pocas hembras o son difíciles de encontrar puede ser [práctico evolutivamente] quedarse con ella después de copular, porque el macho no sabe cuándo podría encontrar otra hembra”, apunta Rebecca Young. “Y lo mismo ocurre con la presión de los depredadores o si el entorno es muy impredecible. En esos casos, tanto el macho como la hembra pueden beneficiarse de permanecer juntos y cooperar en el cuidado de sus crías”.

La investigadora cree que una de las enseñanzas que podemos aplicar a nuestra vida de los estudios sobre la monogamia es saber “que también nosotros los humanos somos el producto de la evolución”. Comprender cómo surgieron los procesos biológicos que regulan nuestro comportamiento sería como el conocimiento histórico para un gobernante. Aplicar hoy recetas concretas del pasado es estúpido, pero saber de historia puede ayudar a interpretar mejor el presente."                    (Daniel Mediavilla, El País, 11/01/19)

7/9/18

La búsqueda del yo desconocido es un factor importante en el relato del adúltero, con numerosas variantes... otros nos llevan a la oportunidad perdida, el amor que dejaron marchar, la persona que podrían haber sido... Las aventuras extramaritales nos ofrecen un atisbo de esas otras vidas, del desconocido que llevamos dentro. El adulterio es la venganza de las posibilidades desechadas...

"He mantenido conversaciones sobre aventuras amorosas no solo entre las seguras paredes de mi consulta de psicoterapeuta, sino también en aviones, cenas, congresos, mientras me hacían las uñas, con colegas, con el que vino a instalar el cable y, por supuesto, en las redes sociales. Desde Pittsburgh hasta Buenos Aires, desde Delhi hasta París, siempre estoy estudiando la infidelidad.

El adulterio existe desde que se inventó el matrimonio, pero, a pesar de ser un comportamiento de lo más corriente, sigue conociéndose muy mal. Las respuestas que obtengo en todo el mundo cuando menciono la infidelidad van desde la condena más amarga hasta el entusiasmo desatado, pasando por la aceptación resignada y una compasión llena de cautela.

 En París, el tema aporta inmediatamente cierto cosquilleo a cualquier conversación de sobremesa, y veo cuánta gente ha estado en los dos lados de la situación. En Bulgaria, unas mujeres con las que hablé parecían pensar que las correrías de sus maridos eran una desgracia inevitable. 

En México, las mujeres a las que he preguntado piensan con orgullo que el aumento de las aventuras femeninas es una forma de rebelión social contra una cultura machista en la que siempre ha habido margen para que los hombres tuvieran “dos hogares”, la casa grande y la casa chica, una para la familia y otra para la amante. La infidelidad está seguramente en todas partes, pero el sentido que le damos —cómo la definimos, la experimentamos y hablamos sobre ella— está asociado al lugar y el momento concretos en los que se desarrolla el drama.

Una cara de la moneda es el daño que hace la infidelidad al cónyuge engañado. Durante siglos, cuando se aprobaba tácitamente que los hombres tuvieran aventuras, ese daño no se tenía en cuenta, porque lo sufrían sobre todo las mujeres. 

La cultura contemporánea tiene el mérito de ser más comprensiva con el engañado. Sin embargo, para saber más sobre uno de nuestros comportamientos más antiguos, debemos examinarlo desde todos los puntos de vista. 

Con toda la atención que se presta al trauma y la recuperación, se da demasiado poca a los significados y los motivos de las aventuras amorosas, a lo que podemos aprender de ellas. Por extraño que parezca, las aventuras pueden enseñarnos muchas cosas sobre el matrimonio: nuestras expectativas, las cosas que creemos querer y las cosas a las que creemos tener derecho. Revelan nuestras actitudes personales y culturales sobre el amor, el deseo y el compromiso, unas conductas que han cambiado por completo en los últimos 100 años.

Las aventuras amorosas no son como las de antes porque el matrimonio no es como antes. Durante gran parte de la historia, y todavía hoy en muchas zonas del mundo, el matrimonio era una alianza práctica que garantizaba la estabilidad económica y la cohesión social. Nunca habían sido tan descomunales nuestras expectativas sobre el matrimonio. 

Seguimos queriendo todo lo que se supone que proporciona la familia tradicional —seguridad, respetabilidad, propiedad e hijos—, pero ahora queremos además que nuestra pareja nos quiera y nos desee. Queremos ser los mejores amigos, fieles confidentes y amantes apasionados.

El pequeño círculo del anillo de casados contiene unos ideales contradictorios. Queremos que la persona escogida nos ofrezca estabilidad, y seguridad, que sea previsible y fiable. Y, al mismo tiempo, queremos que esa misma persona sea una fuente de asombro, misterio, aventura y riesgo. 

Esperamos comodidad y audacia, familiaridad y novedad, continuidad y sorpresa. Evocamos un nuevo Olimpo en el que el amor es siempre incondicional, la intimidad es fascinante y el sexo es arrebatador, siempre con la misma persona y durante mucho tiempo. Y ese tiempo es cada vez más largo.

Además, vivimos en la era de los derechos; estamos convencidos de que uno de esos derechos es la satisfacción personal. En Occidente, el sexo es un derecho unido a nuestra individualidad, nuestra realización y nuestra libertad. Hoy en día, en general, llegamos al altar después de años de ser nómadas sexuales. 

Para cuando nos casamos, ya nos hemos acostado con varias personas, hemos tenido parejas, hemos cohabitado y hemos roto relaciones. Antes, no teníamos relaciones sexuales hasta después de casarnos. Ahora nos casamos y dejamos de acostarnos con otras personas. 

Nuestra decisión consciente de restringir nuestra libertad sexual es prueba de la seriedad de nuestro compromiso. Al dar la espalda a otros amantes estamos confirmando: “Este es el amor de mi vida. No tengo que seguir buscando”. Se supone que el deseo que pudiéramos sentir por otras personas se evapora como por arte de magia, vencido por el poder de esa atracción única.

La evolución de las relaciones estables nos ha llevado a un punto en el que creemos que no debería haber infidelidad, puesto que han desaparecido todas las razones para su existencia y se ha logrado el equilibrio perfecto entre libertad y seguridad. Y, sin embargo, sí hay infidelidades. Las hay en matrimonios que van mal y en matrimonios que van bien. 

Las hay incluso en relaciones abiertas en las que el sexo extraconyugal se negocia con sumo cuidado antes. La libertad de romper y divorciarse no ha dejado obsoleto el engaño. ¿Por qué? ¿Por qué engaña a su pareja una persona? ¿Y por qué engaña a su pareja una persona feliz?

Si tenemos todo lo que necesitamos en casa —tal como promete el matrimonio moderno—, no deberíamos tener motivos para ir a buscar nada fuera. Por tanto, la infidelidad debe de ser síntoma de que una relación se ha torcido.

Esta teoría del síntoma tiene varios inconvenientes. En primer lugar, refuerza la idea de que existe una cosa llamada matrimonio perfecto, que nos vacuna contra cualquier deseo de “ver mundo”. Pero nuestro nuevo ideal conyugal no ha reducido el número de hombres y mujeres que tienen aventuras. 

De hecho, es muy posible que, por cruel que parezca, sea la expectativa de felicidad doméstica lo que nos empuja a ser infieles. En otro tiempo, teníamos aventuras porque, en teoría, el matrimonio no tenía nada que ver con el amor y la pasión. 

Hoy tenemos aventuras porque el matrimonio no proporciona el amor y la pasión que esperábamos. No es que hoy tengamos deseos diferentes, sino que creemos que tenemos el derecho —incluso la obligación— de hacerlos realidad.
La infidelidad no siempre coincide con problemas matrimoniales. 

En muchos casos, sí es cierto que una aventura compensa carencias o sirve para preparar la ruptura. La inseguridad en la relación, el querer evitar conflictos, la falta prolongada de sexo, la soledad o simplemente años de tener una y otra vez las mismas discusiones: muchos adúlteros están motivados por las desavenencias domésticas. Y luego están los que caen siempre en lo mismo, los narcisistas que engañan impunemente solo porque pueden.

Sin embargo, los especialistas nos encontramos a diario con situaciones que contradicen estos argumentos. Me encuentro en muchas sesiones a personas que me aseguran: “Quiero a mi mujer/marido. Somos los mejores amigos y somos muy felices juntos”. Y añaden: “Pero tengo una relación con otra persona”.

Muchas de esas personas han sido fieles durante años e incluso décadas. Parecen personas equilibradas, maduras, atentas y muy comprometidas con su relación. Pese a ello, un día, cruzaron una línea que nunca habían imaginado traspasar. ¿Para tener un atisbo de qué?

Cuanto más oigo estas historias de transgresiones impensables —desde una aventura de una noche hasta apasionadas historias de amor—, más busco otras explicaciones. Una vez que remite la crisis inicial, es importante que, junto al dolor que causa una aventura amorosa, se explore cómo la experimentan sus protagonistas. 

Con ese fin, he animado a distintos cónyuges infieles a que me cuenten su caso. Quiero comprender qué significa la aventura para ellos. ¿Por qué lo hicieron?

Una de las verdades más incómodas de una aventura amorosa es que lo que para el amante A puede ser una traición angustiosa, para el amante B puede ser una experiencia trascendental. Las aventuras extraconyugales son dolorosas y desestabilizadoras, pero también pueden proporcionar sensación de libertad y poder. Es crucial comprender a las dos partes, tanto si la pareja decide poner fin a su relación como si decide permanecer unida.

Al adoptar una doble perspectiva sobre un tema tan polémico, soy consciente de que me arriesgo a que digan que soy “proaventuras” o me acusen de tener averiada mi brújula moral. Les aseguro que no me parecen bien los engaños ni me tomo las traiciones a la ligera. En mi consulta soy testigo a diario de los estragos que causan. Pero las complejidades del amor y el deseo no se prestan a categorizaciones simplistas de buenos y malos, víctimas y pecadores.

A veces, cuando buscamos la mirada de otra persona, no estamos apartándonos de nuestra pareja, sino de la persona en la que nos hemos convertido. Más que otro amante, lo que buscamos es otra versión de nosotros mismos. El ensayista mexicano Octavio Paz definía el erotismo como “un ansia de otredad”. Y, a menudo, el “otro” más embriagador que descubre uno en una aventura no es su nueva pareja, sino a sí mismo.

Aislado de las responsabilidades de la vida cotidiana, el universo paralelo de la aventura suele idealizarse. Para algunos, es un mundo lleno de posibilidades, una realidad alternativa en la que pueden reinventarse. Ahora bien, si se vive como algo sin límites es precisamente porque está contenido y delimitado por su carácter clandestino. 

Es un interludio poético en una vida prosaica. Las historias de amores prohibidos son utópicas por naturaleza, sobre todo en contraste con las vulgares restricciones del matrimonio y la familia. 

Una característica fundamental de este universo en nebulosa —y la clave de su poder irresistible— es que es inalcanzable. Las aventuras son por definición precarias, esquivas y ambiguas. La indefinición, la incertidumbre y el no saber cuándo volveremos a vernos —unos sentimientos que nunca toleraríamos en nuestra relación central—, en una relación a escondidas, son la chispa que enciende la ilusión. Como no podemos tener a nuestro amante, lo deseamos sin cesar. 

Esa sensación de que el otro está fuera del alcance da a las aventuras su mística erótica y mantiene la llama del deseo. A esa separación entre la aventura y la realidad contribuye el hecho de que muchas personas escogen amantes a los que no podrían o no querrían tener como parejas estables. Cuando nos enamoramos de alguien de una clase, cultura o generación diferente, jugamos con unas posibilidades que no se nos ocurrirían en la realidad.

Estos tipos de aventuras no suelen soportar el descubrimiento. Se podría pensar que una relación por la que se ha arriesgado tanto debería sobrevivir la transición a la luz del día. En los momentos de pasión, los amantes hablan con añoranza de todas las cosas que podrán hacer cuando, por fin, puedan estar juntos.

 Sin embargo, cuando se levanta la prohibición, cuando se materializa el divorcio, cuando lo sublime se mezcla con lo ordinario y la aventura entra en el mundo real, ¿qué sucede? Algunos emprenden una vida feliz y legítima, pero son muchos más los que no. En mi experiencia, la mayoría de las aventuras terminan mal, aunque también termine el matrimonio. 

Por muy genuinos que fueran los sentimientos amorosos, el devaneo solo tenía el propósito de ser una bella ficción. La aventura vive a la sombra del matrimonio, y el matrimonio ocupa el centro de la aventura. Sin la emoción de la ilegitimidad, ¿puede seguir siendo atractiva la relación con el amante?

La búsqueda  del yo desconocido es un factor importante en el relato del adúltero, con numerosas variantes. Algunos se sienten atraídos por el recuerdo de la persona que fueron en otro tiempo. Hay otros cuyos sueños los llevan a la oportunidad perdida, el amor que dejaron marchar, la persona que podrían haber sido. 

El sociólogo Zygmunt Bauman habla de nuestra nostalgia por las vidas no vividas, las identidades no exploradas, los caminos no emprendidos. De niños, tenemos la oportunidad de jugar a que somos otros; de adultos, a menudo, nos encontramos encerrados en los papeles que nos han asignado o que hemos escogido.

 Cuando elegimos a una pareja, nos comprometemos con una historia, pero seguimos teniendo curiosidad: ¿de qué otras historias podríamos haber formado parte? Las aventuras extramaritales nos ofrecen un atisbo de esas otras vidas, del desconocido que llevamos dentro. El adulterio es la venganza de las posibilidades desechadas.

A mis pacientes les digo muchas veces que, si pudieran aportar a su matrimonio la décima parte del atrevimiento y el entusiasmo que aportan a su aventura, su vida familiar sería muy distinta. Nuestra imaginación y nuestra creatividad parecen más ricas en nuestras transgresiones que en nuestros compromisos. Pienso en una escena conmovedora de la película A Walk on the Moon (La tentación). 

El personaje de Diane Lane ha emprendido una aventura con un vendedor de blusas que es un espíritu libre. Su hija adolescente le pregunta: “¿Le quieres más que a todos nosotros?”. “No”, contesta la madre, pero “a veces es más fácil ser distinta con una persona diferente”.

Cada aventura amorosa redefine el matrimonio, y cada matrimonio determina qué herencia va a dejar la aventura. La infidelidad se ha convertido en una de las principales causas de divorcio en Occidente, pero conozco a muchas parejas que permanecen unidas después de que salga a la luz una aventura. 

En estos tiempos, muchas personas tienen dos o tres matrimonios o relaciones importantes y de larga duración. A menudo, cuando viene a verme una pareja después de que uno de los dos haya tenido una aventura, tengo claro que su primer matrimonio se ha terminado. Entonces les pregunto: “¿Estáis dispuestos a construir un segundo matrimonio juntos?”.

(Fragmento de de State of Affairs, de Esther Perel, cuyos derechos en español los ostenta Planeta México. La autora es psicoterapeuta y responsable del podcast Where should we begin? © 2017, Esther Perel, El País, 25/08/18)

25/1/16

¿Es cierto que tiene dos esposas? Sí, las tengo. Tengo una mujer y una compañera y las quiero a las dos. Pero amo a todas las mujeres que he amado

"(...) P. En La guitarra azul el arte crea vida: Su protagonista, Olly, cuando se enamora de Polly parece crear a su personaje amado, en lugar de amar exactamente a la que es.
R. De todos los monstruos que he creado, Olly es el mayor monstruo, tengo un amigo que es muy tartamudo (lo imita) y me dice: te he leído, es el peor tipo, miente a todos, sobre todo miente al lector, ¿a que es bueno?

P. Cuando el protagonista se enamora de Polly…

R. ¿Se enamora? ¿Cree que se enamora de verdad?

P. Bueno, es lo que dice: enamorado otra vez.

R. Creo que solo está enamorado de sí mismo.

P. Pero lo dice: de nuevo enamorado. Y crea su propia imagen de Polly a su imagen y semejanza. Y cuando se estropea todo y ella viene llorando esta imagen se desvanece.

R. Ella cambia todo el rato, es lo que está tocando la guitarra azul. De eso va el libro: de cómo el arte crea vida pero distorsiona la vida también. Crea belleza de lo ordinario. Si te enamoras, la persona se convierte en dios. Estás obsesionado. Todo lo que hace te interesa. 

El artista se concentra en el objeto mientras el amante se concentra en el amor. Me acuerdo una vez acostado con una chica, ella me dijo: Lo hago por llevarte la contraria, pero sabes que te quiero mucho, ¿verdad?

P. Usted presenta el amor como egoísta, narcisista.

R. Todo amor es narcisista, y luego se convierte en otra cosa.

P. ¿Es posible el amor sin herir? Él hiere a su mujer, a su amigo, a su amante, a todos.

R. Lo pondré así. Cada mujer que he conocido ha sido encantadora, amable, todo lo que he aprendido en la vida lo he aprendido de las mujeres, las mujeres me parecen completamente diferentes de los hombres, no puedo imaginar una cena con 12 hombres, toda esa testosterona… toda mujer que he amado de alguna manera me ha seguido queriendo.

P. ¿Pero es posible amar sin daños?

R. He intentado hacerlo sin daños. El amor del que hablamos solo dura poco tiempo. El enamoramiento. Luego cambia a otra cosa más importante, gustar es una palabra débil, pero es bueno gustar.

P. Puedo preguntarle algo personal, si no quiere no conteste. ¿Es cierto que tiene dos esposas?

R. Sí, las tengo. Tengo una mujer y una compañera y las quiero a las dos. Pero amo a todas las mujeres que he amado. Me enamoré por primera vez a los 11 años, con una chica de Liverpool que venía con su familia en verano. Teníamos 11 años y nos veíamos dos o tres semanas al año. Y así hasta los 17 años. Entonces fui a pasar la navidad con ellos y en Nochebuena rompió conmigo.

P. En su novela, ¿quién inspiró este Olly, este personaje?

R. Probablemente es como me veo a mí mismo, este horrible hombrecillo.

P. Pero él hiere a la gente.

R. Sí…

P. Él está bloqueado, no logra pintar de nuevo. ¿También es usted?

R. Pero creo que Olly volverá a pintar. Mire Picasso. Antipático, brutal y bajito. El artista es despiadado, éste y todos los artistas, son caníbales. 

Una vez, hace muchos años, estábamos mi mujer y yo en el coche y tuvimos una de estas discusiones, me dijo algo que sonaba bien y le dije: ¿puedo usar eso? Eres un monstruo, dijo. Lo sé, pero ¿puedo usarlo? Pero ella es la mujer de un artista y sabe el coste. Es una mujer maravillosa.

P. ¿Es escritora?

R. No, es lectora.

P: ¿Le entiende?

R. Sí. Rara vez pierde la paciencia. Cuando le digo que la quiero, me responde que ella también pero que no se lo pongo fácil. Y entonces yo le respondo que se aburriría si se lo pusiera fácil. Cuento esto, pero no quiero ni pensar en el dolor que he ocasionado. (...)

El escritor, ya en el café, enseña las fotos de esas hijas y un nieto.
R. Tengo dos hijos con mi mujer, que parecen mayores, más maduros que yo, ahora en sus cuarenta, y dos hijas con mi pareja, de 26 y 19 años.

P. ¿Y lo llevan bien? ¿Se conocen?

R. ¡Oh, no! Mi mujer me mataría…

P. Pero ella lo sabe.

R. Oh, claro. Paso la mitad de la semana con mi mujer y la otra con mi pareja

P. ¿Y ella está de acuerdo?

R. No.

P. O sea que el amor duele.

R. Claro que duele. Mucho. Pero no soy Olly, no tengo su egoísmo."          (   , El País,  2 ENE 2016)

12/4/13

El matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad


«En 2020, según algunos cálculos, habrá 30 millones más de hombres que de mujeres en el mercado de parejas de China, dejando quizá hasta un 15% de hombres jóvenes sin pareja. 

Los antropólogos han documentado un patrón histórico constante: cuando la tasa de sexos se inclina hacia una proporción menor de mujeres, los hombres se vuelven cada vez más competitivos, siendo cada vez más propensos a una conducta arriesgada y cortoplacista que incluye el juego, el consumo de drogas y la delincuencia. 

Este tipo de patrón encaja bien con el resto del mundo biológico. Décadas de trabajo en ecología conductual han demostrado que en las especies en las que hay una variación sustancial en el éxito de los machos para aparearse, los machos competen con especial ferocidad. 

Los detalles precisos del camino entre una tasa desequilibrada de sexos y la conducta social en los humanos no se conocen plenamente, pero un posible vínculo fisiológico es que permanecer soltero aumenta los niveles de testosterona —a veces simplemente llamada "T"—, lo que a su vez influye en la toma de decisiones y la conducta. 
¿Debería toda esta T en China ser una causa de preocupación?

Las diferencias entre las sociedades que permiten la poliginia y las que no son potencialmente ilustrativas. En las sociedades con poligamia, hay, por motivos obvios, un mayor número de hombres no casados que en las sociedades que prohíben la poligamia. 

Estos hombres no casados compiten por las mujeres que quedan sin casar, lo que incluye una mayor propensión a la violencia y a tener una conducta criminal que sus equivalentes casados. De hecho, la investigación transnacional demuestra una relación constante entre las tasas de sexos desequilibradas y las tasas de crímenes violentos. 

Cuanto mayor sea la proporción de hombres no casados en una población, mayor la frecuencia de robos, fraudes, violaciones y asesinatos. El tamaño de estos efectos no son triviales: algunos cálculos estiman que el matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad. 
 
Además, los hombres no casados relativamente pobres se han asociado, históricamente, a otros hombres no casados, empleando la fuerza para asegurarse recursos que de otro modo serían incapaces de obtener. 

Aunque el aumento del crimen y la violencia en los países asiáticos por unas tasas de sexos desequilibradas es un motivo de preocupación por sí mismo, el problema no son solo las posibles víctimas de crímenes que podría haber a causa de la desproporción de sexos. Las evidencias indican que el excedente de jóvenes no casados tiene un impacto económico medible, reduciendo el PIB per capita. "   (en Arcadi Espada, 11/04/2013)

22/5/08

Maridos, mares idos de las orillas, de las esposas

“mi abuela materna, mujer sabia a golpe de desierto sonorense, decía que un marido era precisamente eso: un mar ido. El hombre seduce a la mujer con el vaivén de sus olas, susurraba. A veces, con la furia de un tsunami o con el misterio de las mareas altas; a veces, imperceptible como la mar en calma. Pero todos, al final, terminan por irse a buscar el horizonte hasta que la resaca les hace volver, aseguraba. Para rematar su teoría, la abuela Alicia esta convencida de que la esposa en realidad debería ser llamad orilla. Esa lengua de tierra a la que el mar ido siempre vuelve, seguro de su presencia.

Y si unos se van para hacerte viuda, otros lo hacen para hacerte desgraciada. Otros se quedan para no hacerte nada.” (Reseña del libro de Ángeles Mastretta: Maridos, por Alejandra Díaz Ortiz. Letra Internacional, nº 98, p. 86)

Alejandra Díaz Ortiz,