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8/5/23

El candidato a la alcaldía de Santander que se ha tatuado el Quijote... llama la atención que apueste por una dimensión mucho más amplia de la cultura... pero es que son precisamente las clases trabajadoras las que no se pueden permitir la separación de la cultura. Las clases con más recursos, que cada vez le dan menor importancia, y que ya ni siquiera la utilizan como marcador social, pueden dedicar su tiempo a otras actividades ociosas. Pero los estratos menos favorecidos no pueden darse ese lujo, ya que reduce sus perspectivas vitales: "En lugar de que tu campo de visión se estreche lo máximo posible, se trata de poder acceder a ese terreno que amplía la libertad, que es el valor político supremo. La cultura forma parte de la expresión humana más fundamental y nos da la posibilidad de elevarnos a una categoría civil superior". Y, en este orden, "el movimiento obrero siempre entendió que era fundamental que los trabajadores participaran, que generaran sus propias pautas y expresiones" (Esteban Hernández)

 "Hay momentos en los que se condensa toda una vida. En ellos se toman decisiones que son percibidas como producto de un ímpetu irreflexivo, pero que, desde una perspectiva larga, están tejidos por una rocosa coherencia. Uno de esos instantes vivió Keruin P. Martínez (Puerto Plata, República Dominicana, 1989) en un autobús del que decidió apearse. Martínez llegó a España con 12 años y se instaló con su familia en Galicia. A los 17 se marchó a Santander. Era un joven con inquietudes, por lo que sus profesores insistieron en que continuase formándose después de la ESO. 

Martínez tenía escasos recursos, provenía de la clase trabajadora, y la educación suponía un camino de salida obvio. Se matriculó en formación profesional, en el área informática, ya que se trataba de un sector que prometía muchas posibilidades laborales. "El cuarto día de curso", explica Martínez, "iba hacia clase, dándole vueltas a la cabeza. Me bajé del autobús y fui directo a matricularme en Historia".

En términos objetivos, parecía una mala decisión: implicaba cambiar un sector en auge por otro en declive; optar por un futuro laboralmente improbable en lugar de por uno ventajoso. Este es uno de los reproches que suelen formularse por los economistas a las poblaciones: eligen carreras sin recorrido en el mercado en lugar de formarse en aquello que se cotiza. Así se explica que no haya clases medias: muchos de sus hijos prefieren cursar humanidades y se condenan a la precariedad, en lugar de estudiar matemáticas o tecnología y alcanzar el éxito.

El impulso de Keruin Martínez iba más allá de ese determinismo económico. Quizá le condenase a una vida materialmente más precaria (su sustento ha sido la hostelería), pero era difícil resistirse a "un gran deseo de conocer que me ha llevado a formarme continuamente". Y más difícil todavía resultaba evitar el impulso ético. Su decisión vinculaba su vida con la cultura, con aquello "que ha posibilitado al ser humano dar un salto desde las necesidades básicas de la supervivencia a un escalón superior, y que nos permitía acumular, transmitir y generar experiencias". No se trataba únicamente de estudiar una materia que pudiera ser útil a la hora de buscar trabajo, sino de conocer y entender una sociedad de la que se forma parte. Algo a lo que hemos renunciado, porque creemos que las humanidades no son más que una vía de descenso social.

Lo que los trabajadores no se pueden permitir

Martínez lo analiza justo en sentido contrario, y por eso lo lleva al terreno político. Son precisamente las clases trabajadoras las que no se pueden permitir la separación de la cultura. Las clases con más recursos, que cada vez le dan menor importancia, y que ya ni siquiera la utilizan como marcador social, pueden dedicar su tiempo a otras actividades ociosas. Pero los estratos menos favorecidos no pueden darse ese lujo, ya que reduce sus perspectivas vitales: "En lugar de que tu campo de visión se estreche lo máximo posible, se trata de poder acceder a ese terreno que amplía la libertad, que es el valor político supremo. La cultura forma parte de la expresión humana más fundamental y nos da la posibilidad de elevarnos a una categoría civil superior". Y, en este orden, "el movimiento obrero siempre entendió que era fundamental que los trabajadores participaran, que generaran sus propias pautas y expresiones".

Martínez, que se declara humanista en el sentido clásico, "nada de lo humano me es ajeno", siente un especial aprecio por la figura de don Quijote: "Formo parte de la civilización hispánica, o si quieres, latina, que es el sustrato general y mestizo en el que nos hemos formado todos. Ahora parece normal que asumamos elementos propios de lo anglosajón y nos resulta extraño algo que proviene de España. Pero el Quijote es un símbolo que condensa mucho de lo mejor de nuestra idiosincrasia, y siempre ha estado presente en mi vida".

En una época de "pesadumbre ideológica, en la que muchos elementos clave del universo cultural de la izquierda estaban siendo puestos en cuestión", decidió realizar un acto simbólico: se tatuó la figura de don Quijote que dibujó Picasso. "Es un personaje trágico, a veces patético, en el que vive un idealismo necesario", que le resultaba idóneo para entender cuál era su lugar, y para asumir que "da igual lo cansados que estemos y lo oxidadas que estén nuestras armas, porque la pelea sigue ahí. Era el momento de coger la adarga, subir al rocín, hacerse acompañar por un perro flaco y tirarse a los caminos".

Las preguntas que nos formula

Más allá de su posicionamiento en un ámbito ideológico concreto, la historia de Keruin Martínez nos interpela desde varios puntos de vista. El olvido, cuando no el desprecio, por elementos reflexivos y creativos de nuestra sociedad está tomando cuerpo de una manera insistente. Las experiencias históricas pueden ser iluminadoras respecto del presente, de los retos que afrontamos hoy, y de los caminos que podemos seguir en el futuro, pero las consideramos simple materia para series y novelas. 

 Las ciencias sociales se han convertido en una medición continua de variables que nos ofrecen una foto acerca de lo que la gente dice de sí misma, pero que, a menudo, no nos permiten conocer en profundidad los elementos políticos y sociales que atraviesan nuestra sociedad, y menos aún anticipar las tendencias que conformarán los años próximos. La creación cultural es mucho más un instrumento de generación de recursos, y de elementos distintivos entre clases progresistas, que una forma de conocimiento y de conexión con las constantes humanas y de creación de nuevas expresiones. Todo aquello que tiene que ver con el conocimiento y con la creación parece fácilmente reemplazable por sistemas mecanizados y sistematizados que últimamente llaman inteligencia artificial.

Esa misma perspectiva, además, toma cuerpo en las profesiones: las disciplinas salidas del humanismo son consideradas un residuo del pasado que carecen de validez para ganarse la vida, de modo que lo mejor que se puede hacer es relegarlas a aficiones para tiempo de ocio. Es una forma de pensar que está deteriorando nuestra sociedad, porque nos impide pensar sobre ella, entender causas y efectos, y, por tanto, elegir las mejores soluciones.

En esto coinciden, además, la derecha y la izquierda. Unos porque la reducen a formas de ocio, ya poco distinguidas, los otros porque la perciben como un instrumento de atracción de la atención de los jóvenes y de generación de opinión política: su idea de la cultura es que Jorge Javier o Ibai les den su apoyo en las elecciones, quizá porque "confunden la herramienta con el mensaje y se vuelven instrumentalistas y constructivistas".

Por eso llama la atención que Keruin Martínez, candidato a la alcaldía de Santander por Izquierda Unidas-Podemos, apueste por una dimensión mucho más amplia de la cultura, que lo haga de una manera decididamente anclada en nuestra herencia histórica, y que entienda y defienda todo aquello que nos aporta, individualmente y como sociedad."                       (Esteban Hernández, El Confidencial, 06/05/23)

23/6/22

Las escuelas de Suecia, el sueño húmedo de Milton Friedman... lo que era antaño una institución social valorada y una fuente de orgullo nacional, se ha convertido en un rentable campo de juego para los intereses empresariales y la creación de una inmensa riqueza privada... las escuelas privadas pueden elegir a los alumnos más rentables e instalarse en el centro de las ciudades y seguir recibiendo la misma financiación. Resultado: ningún otro país ha experimentado una caída tan rápida de sus resultados en la tabla clasificatoria del PISA como Suecia

 "Pensemos en una caricatura de una pareja de capitalistas y podremos imaginarnos la portada del principal diario sueco, Dagens Nyheter, a principios de este año. Un hombre con un traje a medida y una cartera al estilo de los 80. Junto a él, una señora de tacones altos, falda de seda y un gran abrigo de piel plateado. Grandes sonrisas de confianza.

Lamentablemente, el retrato de Hans y Barbara Bergström no era una caricatura, sino una ilustración del actual sistema escolar sueco. La foto acompañaba a un artículo sobre lo que era antaño una institución social valorada y una fuente de orgullo nacional, que se ha convertido en un rentable campo de juego para los intereses empresariales y la creación de una inmensa riqueza privada.

Barbara Bergström, fundadora de una de las mayores corporaciones escolares de Suecia, con 48 escuelas en todo el país, y su marido, antiguo redactor jefe del Dagens Nyheter -y viejo defensor de la privatización de las escuelas- son dos de las personas que han hecho fortuna dirigiendo escuelas financiadas con fondos públicos en Suecia. Cuando hace unos años vendió Barbara acciones de su imperio escolar a inversores estadounidenses, obtuvo unas ganancias de 918 millones de coronas suecas (casi 90 millones de euros). Las acciones restantes valen hoy otros 30 millones de euros.

Sistema de vales

Se trata de un dinero obtenido íntegramente con fondos públicos. En Suecia, los colegios privados no se financian con las tasas académicas, sino con un sistema de vales de "libre elección" introducido por un gobierno conservador en 1992.

Este año cumple treinta esa reforma radical del sistema escolar sueco. Ideológicamente concebido por Milton Friedman, el sistema es objeto de crecientes críticas. No sólo porque ningún otro país del mundo haya optado por copiarlo, sino también porque los inconvenientes se han hecho muy evidentes. En particular, los consejos escolares de todo el país son cada vez más conscientes de que los propietarios de las escuelas privadas las tratan como negocios rentables, a expensas de las escuelas públicas.

En 1991, una controvertida reforma de la gobernanza socialdemócrata suprimió el sistema escolar estatal. Fue el gobierno conservador de Carl Bildt el que al año siguiente introdujo la financiación de las escuelas públicas suecas mediante vales. La idea era que los alumnos y sus familias pudieran elegir cómo gastar los recursos asignados a la escolarización: asistir a una escuela pública o utilizar el vale en una escuela privada. Desde entonces, los municipios se encargan de las escuelas públicas en Suecia y todos ellos están obligados por ley a entregar vales escolares (equivalentes al coste de las escuelas municipales) a las escuelas privadas por cada alumno que acepten.

Elegir a los más rentables

Parece justo: todos los alumnos reciben un vale ("una mochila llena de dinero") y todos pueden elegir. Sin embargo, las necesidades de cada alumno son diferentes y, mientras que la escuela municipal tiene que atender las necesidades de todos los niños, las escuelas privadas pueden elegir a los alumnos más rentables y seguir recibiendo la misma financiación.

 Los municipios tienen la responsabilidad legal de proporcionar a los niños acceso a la educación cerca de su lugar de residencia, ya sea en una ciudad pequeña o en un pueblo remoto. Las escuelas con ánimo de lucro no tienen esa obligación y pueden establecerse en el centro de la ciudad.

Los municipios tampoco pueden rechazar alumnos. Las escuelas con ánimo de lucro lo hacen continuamente: ponen a los alumnos en lista de espera y sólo aceptan una cuota rentable. Dado que los mayores costes de las escuelas -profesores y aulas- son más o menos fijos, los máximos beneficios provienen de maximizar el número de alumnos por profesor y por aula. Las listas de espera permiten poner a los alumnos en cola (mientras asisten por defecto a la escuela municipal) hasta que se pueda abrir un aula completa (es decir, rentable).

Círculo vicioso

Con ello se crea un círculo vicioso. Mientras las escuelas privadas con ánimo de lucro gestionan aulas con 32 alumnos (con la financiación de 32 vales), los ayuntamientos tienen que gestionar escuelas en las que las aulas tienen uno, dos o quizá cinco alumnos menos. Menos dinero por profesor y por aula aumenta matemáticamente el coste medio por alumno.

Si el coste por alumno del municipio aumenta en sus escuelas, los colegios privados tienen derecho legalmente a una ayuda equivalente, aunque sus costes no hayan aumentado. Las escuelas públicas pierden alumnos, y por tanto financiación, en favor de las escuelas con ánimo de lucro, mientras que el consiguiente aumento del coste por alumno proporciona una nueva ayuda financiera a las escuelas privadas, que, con la ayuda de esta ayuda adicional, se vuelven aún más atractivas. Al mismo tiempo, las escuelas públicas se ven privadas de los recursos que tanto necesitan y la espiral descendente continúa.

Inevitablemente, son los niños privilegiados, sobre todo, los que pueden ejercer su derecho a asistir a escuelas privadas, por lo que los alumnos socialmente desfavorecidos se quedan en las escuelas públicas. Esto no sólo favorece la desigualdad de rendimiento entre escuelas, sino que también disminuye la media general: Finlandia, por el contrario, tiene unas diferencias de rendimiento muy bajas entre sus escuelas.

 Andreas Schleicher, jefe de la dirección de educación y competencias de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), solía "mirar a Suecia como patrón de oro de la educación". Ahora, escribe, "el sistema escolar sueco parece haber perdido su alma". Ningún otro país ha experimentado una caída tan rápida de sus resultados en la tabla clasificatoria del Programa para la Evaluación Internacional (PISA) de la OCDE como Suecia, junto con un aumento de las diferencias de conocimientos entre las escuelas. Y, al mismo tiempo, la segregación escolar está aumentando, no sólo en las grandes ciudades, sino también en las medianas.

En su obra seminal The Death and Life of the great American School System (Muerte y vida del gran sistema escolar norteamericano), Diane Ravitch describe de qué modo convertir la "libertad de elección" en "religión dominante" beneficia a unos pocos y perjudica a muchos, al destruir el sistema escolar público. Lo que debería ser un servicio público es objeto de abuso por parte de los padres que buscan un refugio segregado (blanco y de clase no trabajadora) para sus hijos.

Ingentes fondos para gastar

Puede parecer poco probable que el sistema escolar sueco le sirva de inspiración a alguien en algún lugar. Pero las escuelas privadas suecas son muy rentables, sus propietarios disponen de ingentes fondos para gastar y están ansiosos por satisfacer las demandas de segregación social de la clase alta y media mediante la expansión de sus empresas en el extranjero.

Academedia, el mayor proveedor de educación privada de Suecia, se ha establecido en Noruega y tiene 65 centros de preescolar en Alemania. No hace mucho informó a los inversores de que estaba preparando el lanzamiento de un programa de aprendizaje en el Reino Unido y la expansión de sus centros preescolares en los Países Bajos. La Internationella Engelska Skolan, de Barbara Bergström, ya posee siete colegios en España.

Por su parte, la fundación de Bergström, ha donado 60 millones de coronas suecas para crear una "cátedra de organización y liderazgo educativo" en la Escuela de Economía de Estocolmo. Friedman habría quedado impresionado."                    

(Lisa Pelling  , politóloga y directora del “think tank” Arena Idé, con sede en Estocolmo, Sin Permiso, 02/06/12)

12/5/22

¿Cómo fracasan las democracias? Por la polarización, por los liderazgos excesivos, por la débil institucionalidad, por la pérdida de vigor de los controles legales previstos o por una esfera política que trata de obtener ventajas para ganar las elecciones o para enriquecerse mediante la corrupción... pero lo más frecuente es que sus clases dominantes queden estancadas... Como ocurre en la educación de élite, el mal del utilitarismo aparece de continuo: las empresas no se preocupan de ofrecer un servicio o un producto mejor o peor, sino de poner en marcha el más rentable; si actuar mal genera más réditos que hacerlo bien, será difícil soportar el peso de los incentivos...En la política, cada vez más la prioridad es sobrevivir en el poder (o ganarlo), por lo que la mayoría de las acciones se encaminan hacia ese objetivo. Los medios de comunicación están cada vez más presos de una sociedad polarizada, y tratan de captar lectores orientándose ideológicamente o mediante tácticas de captación de atención... Confiar en las fórmulas que nos han traído hasta aquí, y que han conducido a una Europa estratégicamente endeble, en confrontación con Rusia y presionada por EEUU y China, sería una señal de pernicioso inmovilismo

 "Las noticias educativas que llegan de Asia son muy preocupantes. Nos hablan de adolescentes que dedican sus jornadas enteras al estudio, ya sea en la educación formal o principalmente en la complementaria, y que viven inmersos en la competitividad extrema. Entre los estudiantes de Corea del Sur circula un dicho ilustrativo: el que duerme más de cinco horas diarias no ingresa en una escuela superior, y es algo más que una frase hecha. Los problemas de estrés y depresión están muy extendidos entre los jóvenes surcoreanos.

No es un problema exclusivo de un país. Se nota en ciudades económicamente pujantes, como Singapur o Hong Kong, pero también en el régimen chino. El 'gaokao', el examen que permite el ingreso en la educación superior, supone una suerte de drama anual en el que muchas familias colocan sus esperanzas de futuro, y que los estudiantes preparan con mucho esfuerzo y ansiedad. Por supuesto, la utilización de trampas o de atajos para lograr el objetivo deseado no es infrecuente.

En algunos ámbitos de Occidente, sistemas tan exigentes son vistos como útiles en última instancia, ya que la cultura del esfuerzo se percibe como perdida. En segundo lugar, que se haya abandonado la idea de la formación humanista para dedicar mucho más tiempo a la adquisición de conocimientos técnicos es entendido como una lógica demanda de la época. Se debe poner énfasis en los contenidos pragmáticos, y más aún en la universidad. Esa idea, sin embargo, opera sobre todo en la educación privada, porque en la pública se prioriza una visión mucho menos exigente.

1. Aprendiendo a competir

Esta es una discusión falsa, sin embargo. Esa educación pragmática no produce personas más formadas, sino más competitivas. Los estudiantes inmersos en ellas aprenden que el objetivo primero “es estar por delante del resto de la manada, cueste lo que cueste”. Lo esencial es contar con un expediente académico brillante, no la cantidad de conocimiento que se hace propio. No es el humanismo contra la técnica, sino el éxito contra el fracaso. 

Ese es el resultado último de ese modelo asiático de formación. Y podemos entenderlo como un mal puramente oriental, producto de una mentalidad que no es la nuestra. Tampoco sería cierto. Nuestro sistema es cada vez más parecido al reinante en ese lado del Pacífico, y, si es menos competitivo, es porque los mecanismos de selección de élites operan desde edades tempranas, con lo que se reducen mucho las posibilidades de acceso a buena parte de la población. En España, hay poco debate público al respecto, pero los centros de élite están volviéndose cada vez más competitivos al mismo tiempo que el resto relaja la exigencia. En esos ámbitos, lo importante es aprender a aprender. Los dos modelos terminan siendo empobrecedores por motivos diferentes.

La crítica más sincera al modelo educativo de élite la formuló William Deresiewicz en su ‘Excelent Sheeps’, donde exponía cómo el énfasis en la excelencia de las universidades más prestigiosas encubría el deterioro en la formación real. Se producían profesionales que “priorizaban la autoexaltación y el estar al servicio de uno mismo, que buscaban una buena vida pensada solo en términos del éxito convencional (riqueza y estatus) y no tenían ningún compromiso real con el aprendizaje, el pensamiento o con convertir el mundo en un lugar mejor”. Esta clase de estudiantes eran los “borregos excelentes”. No fue Deresiewicz el inventor del término, se limitó a recoger la autodefinición de uno de sus alumnos. “Son chicos que harán todo aquello que les mandes sin saber muy bien por qué lo hacen. Solo saben que volverán a pasar por el aro”. Los currículos brillantes tenían poco que ver con el conocimiento y la profesionalidad, y mucho más con el aprendizaje en la utilización de armas competitivas.

Esto no es una crítica a jóvenes que han perdido los valores y que se lanzan de cabeza al utilitarismo. No estamos ante una generación diferente, sino ante la señal de que los hijos de las clases altas y medias altas saben cuál es el juego de la época. No aprenden a aprender, sino a destacar, por lo que el conocimiento es mucho menos relevante que el expediente, y el desarrollo de la inteligencia mucho menos que las puntuaciones obtenidas.

Desde luego, en este plano también hay diferencias de clase. Mientras que la enseñanza que reciben la mayoría de los jóvenes (hay tendencias pedagógicas relevantes en este sentido, y el declive de la filosofía es parte de ello) insiste en que lo importante no es la cantidad de información que aprenden, sino su desarrollo personal, en la educación de élite se sabe que se ha venido a competir. Son finalistas porque están inmersos en un sistema finalista. Se les exigen resultados, y no obtenerlos implica un freno serio a sus futuras carreras. No son ellos, somos nosotros.

2. Cómo fracasan las democracias

La teoría más popular acerca de las causas que destruyen los sistemas democráticos señala que el deterioro se provoca por la polarización, por los liderazgos excesivos, por la débil institucionalidad, por la pérdida de vigor de los controles legales previstos o por una esfera política que trata de obtener ventajas para ganar las elecciones o para enriquecerse mediante la corrupción. Pero, a la hora de entender por qué fracasan los sistemas, no puede obviarse una lección histórica. 

 Lo más frecuente es que sus clases dominantes queden estancadas. Siendo conscientes de su declive, resultan incapaces de cambiar el paso, de pensar de otra manera, de aportar el dinamismo necesario para corregir el rumbo. A menudo, esta ausencia de innovación aparece en forma de medidas correctoras, pero no transformadoras, que generan sensación de cambio aunque, en realidad, dejan las cosas en un lugar parecido.

Ese instante de paralización no proviene únicamente de las élites económicas o políticas, aunque nazca de ellas. La ausencia de mecanismos que empujen en otra dirección ayuda también a que ese estancamiento se haga más profundo. 

Y lo cierto es que nuestras estructuras secundarias están poco preparadas para provocar ese momento de vitalidad preciso. Como ocurre en la educación de élite, el mal del utilitarismo aparece de continuo: las empresas no se preocupan de ofrecer un servicio o un producto mejor o peor, sino de poner en marcha el más rentable; si actuar mal genera más réditos que hacerlo bien, será difícil soportar el peso de los incentivos. 

Es llamativo que Daron Acemoglu, coautor del influyente 'Por qué fracasan los países', acabe de publicar un estudio en el que señala que las empresas que nombran CEO a un titulado en MBA recortan salarios y empleos, pero no generan más ventas, productividad o inversión. Los MBA cortan a sus alumnos por el mismo patrón, aplican después las mismas fórmulas y producen los mismos resultados: bueno para el corto plazo, bueno para quienes lo aplican, malo para todos los demás. Es un síntoma evidente de nuestros problemas.

Pero sucede en todas partes, no solo en la gestión. En la política, cada vez más la prioridad es sobrevivir en el poder (o ganarlo), por lo que la mayoría de las acciones se encaminan hacia ese objetivo. Los medios de comunicación están cada vez más presos de una sociedad polarizada, y tratan de captar lectores orientándose ideológicamente o mediante tácticas de captación de atención. 

Y desde luego ocurre con las unidades de pensamiento que puedan tener alguna influencia en la toma de decisiones, ya sean 'think tanks', grupos de expertos o de intelectuales: en la medida en que funcionan por proyectos, y conocen cuáles son las recomendaciones y conclusiones que esperan los encargantes, es fácil que den lo que se les pide y eviten la tentación de provocar fricciones.

 Esas prácticas están demasiado extendidas. En la educación de élite, cierta competitividad puede mejorar el nivel de conocimientos general; lo malo es cuando convierte el conocimiento en secundario. Del mismo modo, todos estos sectores necesitan cierta rentabilidad en sus acciones; lo malo es cuando constituye prácticamente su único objetivo. De este modo se construyen esferas de influencia que no le dicen la verdad al poder, sino que le dicen al poder lo que quiere oír. Ese es uno de los síntomas más acentuados de la decadencia de un sistema, y desde luego de la falta de democracia. Como bien saben en las autocracias, es mucho mejor no meterse en problemas. En nuestras democracias no es el temor el que impone la unanimidad, sino el utilitarismo.

3. Un nuevo pragmatismo

Este es un tiempo que requiere innovación y dinamismo, nuevos enfoques e ideas diferentes. Confiar en las fórmulas que nos han traído hasta aquí, y que han conducido a una Europa estratégicamente endeble, en confrontación con Rusia y presionada por EEUU y China, internamente poco cohesionada, con la división entre norte, sur y este, y con una economía muy dependiente del exterior, sería una señal de pernicioso inmovilismo. 

 La época es incierta. Quizá veamos cómo Europa tiende al repliegue nacional o quizá gire hacia una mayor integración, o quizá ocurran las dos cosas al mismo tiempo, con más unión en unos aspectos y más lejanía en otros. Hay que decidir si es el momento del desarrollo keynesiano, si prima la ortodoxia económica o si se toman ambas direcciones, dependiendo de las áreas que se aborden: no sería raro un despliegue de gasto militar junto con medidas austeras para la inflación. Pero eso sería continuar haciendo equilibrios imposibles y, en última instancia, autodestructivos.

Precisamente por todo lo que nos jugamos, es el momento de pensar en el futuro mucho más que en la complacencia. Esta es una época de poder y geopolítica, y, paradójicamente, en estos instantes las ideas resultan más relevantes que nunca.

Las unidades de inteligencia y pensamiento llevan años anquilosadas por el utilitarismo, por la pura orientación a objetivos

La pregunta es si contamos con los resortes adecuados para dar ese giro. Frente a unas élites políticas y económicas que arrastran los pies, tenemos una esfera secundaria muy uniforme, en la que se manejan las mismas fuentes, se utilizan los mismos parámetros y en las que, por lo tanto, resulta complicado abrir brechas de heterodoxia. Pero, más allá de esa dificultad para pensar de otra manera, lo más preocupante es que las unidades de inteligencia y pensamiento occidentales llevan años anquilosadas en el utilitarismo, en esa pura orientación a objetivos que las convierte en unidades de acompañamiento y justificación mucho más que de transformación.

Introducir ideas políticas y económicas nuevas no es tan difícil: las élites suelen despreciarlas, luego negarlas, más tarde aceptarlas a regañadientes y después asegurar que siempre las han defendido. Lo verdaderamente difícil es salir del marco utilitarista y comenzar a pensar posibilidades de futuro no determinadas por el interés personal o el de un colectivo reducido, sino por el general. No se trata de ser utópicos, sino de ser realistas. Hay que buscar maneras pragmáticas de actuar, pero hemos llegado al momento en Occidente de que, sin cambios sustanciales, no habrá pragmatismo alguno." (Esteban Hernández, El Confidencial, 01/04/22)

28/1/22

Piketty: El socialismo participativo es la combinación de la participación en las empresas con una mayor inversión en educación. Las dos fuentes de prosperidad son la participación y la educación... Es muy importante que recordemos que la única razón por la que los EEUU fue un poder económico dominante en el mundo durante el siglo XX, fue por sus progresos en materia de educación respecto de Europa... El otro factor es la participación, en Alemania y Suecia, durante el siglo XX, se fijó la participación de los trabajadores en la empresa, y tenían un 50% de derecho a voto en los consejos de administración

 "Thomas Piketty, el economista francés que cobró fama mundial con ‘El capital del siglo XXI’, regresa con nuevo libro, ‘Una historia de la igualdad’ (Ed. Deusto). Además de un recorrido histórico en el que apunta que la tendencia en la reducción de la desigualdad es una constante a largo plazo, propone algunas medidas para conseguir el objetivo y analiza qué figuras institucionales podrían ayudar en ese trayecto.

PREGUNTA. Estuvo el pasado viernes en un debate público con la vicepresidenta segunda, con gran éxito de público. ¿Qué sintonía tiene Yolanda Díaz con sus propuestas? Su idea de un “socialismo democrático, participativo y federal, ecológico y con mestizaje social” podría ser asumible para ella, como para partes del PSOE.

RESPUESTA. Me agradó mucho hablar con la ministra Díaz, y ver cómo las distintas facciones de la izquierda han trabajado de manera conjunta, porque en Francia resulta muy difícil que las izquierdas se reúnan y dialoguen. Lo que está haciendo el Gobierno de España es un modelo muy interesante para Francia y para Occidente en general.

El modelo que describo, el del socialismo democrático, va en línea con la perspectiva general de Díaz, pero también tengo una perspectiva a largo plazo, la de la transformación del sistema político y económico. El movimiento hacia la igualdad que comenzó con la Revolución francesa seguirá adelante. Si solo nos fijamos en la perspectiva actual, con la pandemia y los problemas que hay, nos deprimimos y no somos capaces de ver que la tendencia general de los últimos siglos es un movimiento hacia la igualdad que ha sido exitoso para Europa. 

 P. Cuando se habla de desigualdad, se suelen medir los niveles de ingreso. Pero a menudo nos olvidamos de los gastos, y son esenciales, porque los costes esenciales para la subsistencia, como los derivados de la vivienda o de la energía, son mucho más elevados que en décadas anteriores. Ahora viene un tiempo de inflación. ¿Cómo afrontamos ese aumento del precio de lo bienes esenciales?

R. Es muy importante, cuando hablamos sobre ese movimiento hacia la igualdad, que se establezcan objetivos respecto de los bienes fundamentales, como la educación gratuita, el transporte, la vivienda, la energía o la cultura. Si hace 100 años las personas hubieran dicho que la sanidad pública se iba a pagar mediante impuestos, muchas personas dirían "esto no va a funcionar, es comunismo". 

Pero de hecho ha funcionado muy bien. En Chile, con Pinochet, se quiso implantar un sistema de escuelas privadas en las que los accionistas participaran en la educación, pero hoy nadie defiende este modelo. Trump sí lo hizo, con su universidad, pero no funcionó. Incluso las universidades privadas importantes de EEUU siguen una lógica distinta de la del mero lucro, porque la lógica de maximización de los beneficios es contradictoria con muchas conductas que se quieren promover entre los profesores. 

La gran lección de este movimiento durante todo el siglo es que una mayor igualdad viene de la mano de la desmercantilización, y de la salida gradual del capitalismo de la mera lógica de la maximización de los beneficios. Esto ha funcionado con la educación y se podría aplicar a otros sectores, como la cultura, el transporte o la energía, en los que la lógica pura del mercado no funciona demasiado bien.

 P. Uno de los problemas de esa lógica, que también ha generado tensiones entre el capitalismo productivo y el financiero, es que aboca a la desaparición del medio plazo. Siempre se trabaja a corto, con consecuencias muy negativas para las propias empresas. ¿La participación de los trabajadores en el gobierno corporativo, que es una de sus propuestas, serviría para modificar estas actitudes o es insuficiente mientras no exista un cambio a mayor escala?

R. El socialismo participativo es la combinación de la participación en las empresas con una mayor inversión en educación. Las dos fuentes de prosperidad son la participación y la educación. Es muy importante que recordemos que la única razón por la que los EEUU, que son un poder económico dominante en el mundo durante el siglo XX, alcanzaron esa posición, fue por sus progresos en materia de educación respecto de Europa.

 En los años cincuenta, un 90% de sus niños recibía educación secundaria. En Francia, o en Japón, el porcentaje era mucho más bajo. Y eso fue posible porque en los EEUU, desde la época de Roosevelt hasta 1980, hubo una progresividad fiscal muy fuerte. Pero a cambio fueron prósperos, porque la educación fue la razón real por la que EEUU eran tan productivos desde el punto de vista económico.

 El otro factor es la participación. EEUU, durante el siglo XIX, estaba más avanzado en instituciones democráticas que Europa. Pero en Alemania y Suecia, durante el siglo XX, se fijó la participación de los trabajadores en la empresa, y tenían un 50% de derecho a voto en los consejos de administración. En Alemania y Suecia, además, el sistema de educación superior es completamente gratuito, no se paga matrícula ni ningún tipo de precio, por lo que es inclusivo.

 El modelo de Francia, grandes escuelas a las que asisten personas con elevado poder adquisitivo, es muy diferente. En Europa fuimos capaces de crear una forma de un socialismo democrático, con el acceso a la seguridad social, con la educación pública en primaria y secundaria, y hay que hacer algo parecido con la educación superior, de modo que exista un modelo de universidades de alta calidad, tan bueno o mejor que las de EEUU, pero más inclusivo. Esto, junto con la participación y los derechos de voto de los trabajadores en grandes empresas, puede generar el tipo de socialismo participativo que tengo en mente.

 P. La importancia de la educación para el futuro es evidente, pero es más dudoso pensar que todo pase por ella. El problema que se plantea, y lo señalaba usted citando a Balzac en ‘El capital del siglo XXI’, es que se puede tener muchos menos puestos de trabajo que optantes. En España ocurre, tenemos gente muy formada que no encuentra salida en el mercado laboral porque no hay trabajo suficiente.

R. A largo plazo, la expansión de la educación se unirá a la invención de nuevas formas de actividad económica con un gran aumento de la productividad. A corto plazo, puede haber desequilibrios en algunos sectores, y por eso hay que ser cuidadosos. Tenemos que proporcionar la posibilidad de que las universidades puedan ajustar sus programas académicos, de forma que puedan tener en cuenta qué va a ocurrir con sus egresados y se puedan adaptar al mercado.

 Las universidades son conscientes de que tienen dos objetivos, el general de adquirir conocimiento y crear buenos ciudadanos, y el de formar a sus estudiantes para encontrar un empleo que responda a las necesidades de la economía. Tenemos que adaptar el sistema de manera permanente. Si pensamos en las grandes tecnológicas, está claro que no habría un Silicon Valley sin las grandes universidades estadounidenses, como Stanford o Berkeley. Podemos darle las vueltas que queramos, pero al final, el capital humano es absolutamente indicativo del desarrollo de nuevos sectores.

Si miramos la productividad total o el PIB por hora de trabajo en Alemania o Francia, tenemos un nivel muy parecido al de EEUU, pero la diferencia estriba en que en EEUU, en la parte más alta del espectro, tenemos a sectores productivos gigantescos con inversiones grandísimas y universidades de muy alto nivel, pero en la parte más baja tenemos muy baja cualificación, muy baja productividad, con gente que trabaja en supermercados que abren 24 horas al día, y eso es porque existe un sistema desigual de inversión en educación. Es producto de la brecha educativa que se ha abierto en EEUU. Para resumir, a largo plazo, la inversión en educación es la estrategia clave para la prosperidad (...)"

  (Entrevista a Thomas Piketty, Esteban Hernández, El Confidencial 18/01/22)

20/10/21

¿Por qué la meritocracia no funciona?... ¿Por qué a los malos estudiantes de las clases altas nunca les va mal?

 "Carlos Gil Hernández quería ser periodista, pero terminó de sociólogo. Nunca se lo habría planteado si no fuese porque, mientras cursaba Periodismo en la Universidad de Sevilla, las plazas para la asignatura de Fotoperiodismo se acabaron. La alternativa era Técnicas de Investigación Social, que impartía Ildefonso Marqués, uno de los grandes expertos españoles en clases sociales y movilidad. “Es una buena muestra de cómo el azar o las circunstancias que tú no eliges influyen en tu vida y tus decisiones”, explica década y media después Gil. “Creemos demasiado en otorgar responsabilidades individuales a nuestras elecciones”.

Esa es la obsesión que ha movido a Gil en su investigación como sociólogo: la de intentar sacar a la luz los mecanismos invisibles de la sociedad. El ECSR (European Consortium for Sociological Research) acaba de premiar su tesis doctoral como la mejor del año: su título, ‘Cracking Meritocracy from the Starting Gate: Social Inequality in Skill Formation and School Choice’. El título hace referencia a los cajones de salida de las carreras de caballos: “Es una metáfora para explicar que en la carrera por el estatus socioeconómico, las clases aventajadas salen con unos cuantos metros de ventaja ya antes de nacer”. 

“Mi tesis trata de responder a la siguiente pregunta: ¿cómo las familias de estatus socioeconómico alto evitan que sus hijos desciendan en la escalera social, aunque tengan una habilidad académica baja?”, explica Gil desde su casa en Dos Hermanas. Es una pregunta que lleva haciéndose décadas la sociología de la estratificación social. Si tan importante fuese el rendimiento académico, las habilidades y el esfuerzo (que solemos pensar que se trata de una decisión individual, meramente voluntaria), ¿por qué los estudiantes de clases más altas que rinden peor o se esfuerzan menos terminan notándolo menos que las bajas en su rendimiento y su estatus posterior, como han comprobado anteriores estudios?

 En primer lugar, explica el nazareno, las desigualdades ya surgen en los primeros años de vida. “La investigación muestra que las familias de clase social más alta consiguen realizar más inversiones culturales y económicas en la educación de sus hijos gracias a sus recursos, lo que da pie a que desarrollen esas habilidades que los profesores luego consideran mérito académico”. Incluso el esfuerzo, que suele considerarse una elección personal, se transmite culturalmente de manera distinta entre padres e hijos según su nivel socioeconómico.

 Pero ¿qué pasa con los niños de las clases aventajadas que no sacan buenas notas o no son muy hábiles cuando se hacen mayores? Una de las investigaciones realizadas por Gil con las encuestas en colegios alemanes muestra que no mucho. Claramente, menos que con los de clases más bajas. “El mecanismo que explica que sigan adelante son las aspiraciones de los padres, que quieren que lleguen como poco a su mismo estatus socioeconómico”, explica. “Si son hijos de profesionales liberales o ‘managers’, todo lo que no sea llegar a la universidad es un fracaso”.

¿Qué hacen, entonces? “Empujan”. La mayor desigualdad a la hora de acceder al Bachillerato o la universidad se concentra en los estudiantes con menor capacidad académica, y ahí es donde se activan otros mecanismos. “El cambio de escuela a otros centros donde los padres tengan más influencia, las tutorías privadas o simplemente matricularlos en un centro privado donde no les pidan nota”. Gil, además, comprobó cómo los profesores tienden a poner notas más altas a los estudiantes de clases más altas que sacan las mismas notas en PISA (un examen estandarizado y anónimo) y que se esfuerzan en clase al mismo nivel que alumnos más desaventajados: “Niños iguales en todo y con un nivel de competencias bajo a los que se les evalúa mejor si vienen de clases altas”. 

 Malas noticias para la meritocracia, porque estas observaciones muestran que la promesa de que cada cual obtendría un lugar en la sociedad acorde a sus habilidades no se cumple. “En una sociedad perfecta, los hijos de los que están en la cúspide social tendrían la posibilidad de bajar si no valen, pero eso nunca pasa”, añade Gil.

La batalla meritocrática

Podría parecer que durante los últimos años se ha producido una reacción frente a los discursos de la meritocracia, con libros como ‘La tiranía del mérito’, del Premio Príncipe de Asturias Michael J. Sandel. Sin embargo, el término 'meritocracia' es cada vez más popular, recuerda Gil. Jonathan Mijs mostró en un trabajo cómo la creencia en la meritocracia en las sociedades desarrolladas ha aumentado en las últimas décadas, especialmente desde los años noventa, y a pesar de que en ese mismo periodo de tiempo la desigualdad económica también se ha disparado. España es uno de los casos más agudos.

 Otro de los estudios de Mijs señala que, paradójicamente, en los países con mayores desigualdades se tiende a creer aún más en la meritocracia. “Es curiosa esa distorsión cognitiva”, valora Gil. “La tesis es que las clases altas y las trabajadoras están tan lejos en términos de ingresos que ni siquiera son conscientes del nivel de desigualdad, y creen que es mucho más fácil llegar arriba”. Aunque algunas de las medidas tomadas por el Gobierno de izquierdas PSOE-Unidas Podemos sí cuestionen la idea actual de meritocracia, valora Gil, la mayor parte de la socialdemocracia “ha aceptado desde los noventa esa concepción del mérito y de la igualdad de oportunidades”.

En esa época tuvo lugar el proceso que provocó que el número de universitarios en España se multiplicase entre los sesenta y los noventa. Y a pesar de que el acceso a la educación no ha cambiado, sí lo ha hecho la movilidad social. “El ascensor de bajada no funciona y el de subida se ha parado un poco, porque España es un país con menos empleos de alta cualificación, y si no se crean empleos de alta cualificación en cantidad ingente, es un juego de suma cero desde una perspectiva intergeneracional”, explica el sociólogo. “Si los hijos de los que están arriban no bajan y no se crean puestos arriba, los que están abajo tendrán complicado subir. Los puestos de las élites son limitados y, si no bajan ni aunque tengan una habilidad y un mérito bajo, la movilidad social no funciona. Es el melón que hay que abrir”.

 El propio investigador es uno de los ejemplos de esa movilidad social que se ha ralentizado. Criado en una familia de auxiliares administrativos, ha sido el primero en cursar un doctorado. Fue la dificultad de desarrollar el trabajo que más le interesaba, “un periodismo más sesudo y de profundidad”, lo que le terminó llevando a la universidad y la investigación sociológica. “Eso me metió el gusanillo de la investigación en sociología y decidí hacer el máster en Investigación de la Pompeu Fabra y otro máster de Sociología en Tillburg (Holanda). A partir de ahí, echo la solicitud para la beca del Instituto Universitario de Florencia y tengo la suerte de que me cojan para hacer el doctorado”. Desde junio, trabaja para la Comisión Europea como investigador social.

¿Genes o ambiente?

Gil considera que hay unos cuantos factores para que su trabajo haya sido premiado. Uno suena modesto: un sesgo de selección que impide que haya tenido que competir con otras tesis que “seguro que también eran mejores”. Pero también “una reflexión teórica muy larga, que es algo que la sociología cuantitativa empírica ha dejado de lado en los últimos años, defendiendo una idea como es la del mérito que tiene implicaciones políticas muy potentes”. También su multidisciplinariedad, desde la formación de capital humano en la economía hasta la sociología de la estratificación social, los mecanismos de compensación, las teorías de la reproducción cultural de Pierre Bourdieu, la psicología del desarrollo, ‘behavioral genetics’ y la epidemiología.

Pero hay algo que puede llamar la atención del lector: la utilización de los estudios de gemelos como diseño causal. A lo largo de todo el siglo XX, los estudios con gemelos univitelinos y bivitelinos se han utilizado en la genética conductual para intentar adivinar qué comportamientos son heredados genéticamente y cuáles son producto del ambiente. Pero Gil lo utiliza de manera un tanto distinta, para quitarse los factores genéticos de en medio y centrarse en lo ambiental. Por eso no resulta fácil responder de manera definitiva y concluyente a la pregunta de ‘nature versus nurture’, es decir, naturaleza versus crianza.

 “Esa dicotomía que establecemos a la hora de valorar hasta dónde llega el mérito y las circunstancias personales en el estatus es una herramienta útil para los académicos o para establecer debates más filosóficos, pero la práctica es mucho más compleja y es una pregunta que nunca se va a poder resolver, porque hay mucha interacción entre genes y ambiente”, responde el investigador. Cada vez aparecen herramientas más complejas que permiten trazar el genoma de millones de personas y comprobar qué variantes genéticas están relacionadas con distintos rasgos o enfermedades, pero la sociología prefiere buscar explicaciones del ambiente o culturales. “Por motivos obvios: nazismo, eugenesia, etc.”.

Sin embargo, Gil cita otras investigaciones que han encontrado algo interesante relacionado con la biología: en las familias más aventajadas, la biología es más importante a la hora de explicar las diferencias de estatus socioeconómico que en las de nivel más bajo. “La hipótesis es que tienen más recursos para explorar su potencial genético”, concluye. No es tan fácil separar lo biológico de lo ambiental, no es tan sencillo entender por qué la sociedad funciona como funciona. En ello está Gil."              (Héctor G. Barné, El Confidencial, 19/10/21)

15/6/21

El éxito del colegio que repescó a sus alumnos para volver a clase: “Tírate al césped, súbete al olivo, pero lee”

 "En el barrio de Torreblanca, a las afueras de Sevilla, el colegio Menéndez Pidal ha logrado algo que podría servir de inspiración a muchos otros: enganchar a los estudiantes más remisos a acudir a clase en plena pandemia, con un vuelco a la vertiginosa estadística de absentismo. Si el pasado septiembre el 80% de sus 140 estudiantes de infantil y primaria no acudían a clase, ahora no lo hace un residual 2%.

El director, Luis Miguel Romero, es una ametralladora de superlativos, sonrisas y buena onda que ha estimulado a su claustro de 23 profesores desde que el pasado agosto aterrizó en este centro de difícil desempeño con un manojo de 70 llaves y sin conocer a nadie. “La gente veía el cole como una obligación y una amenaza, ya que, si no traía a los niños, servicios sociales se los quitaba. [El centro escolar] no tenía identidad ni apego y quisimos cambiar la imagen para que lo percibieran como algo guay que sus hijos se estaban perdiendo. Y lo hicimos con mucha comprensión, empatía y firmeza. La estrategia macrosocial ha sido un pelotazo”, afirma satisfecho.

Las razones de su éxito son múltiples, pero destacan un entusiasmo contagioso entre los docentes, una formidable mano izquierda para persuadir a las familias más reacias, haber captado todos los fondos de instituciones y ONG a su alcance, pintar el colegio de arriba abajo con alegres grafitis y su apuesta por sacar al patio las actividades lúdicas para espolear a los alumnos y activar sus sentidos, inspirados en el método Montessori: un huerto, clases de taichi, un hotel insectívoro, un tablero gigante de ajedrez y un recreo dirigido por los maestros, con juegos deportivos y participativos. “Tírate al césped, súbete al olivo, pero lee”, resumía Romero a sus alumnos. El centro no para, respira bullicio y los colores inundan sus muros, columnas y pasillos, con cientos de carteles y dibujos infantiles.

 Torreblanca es el cuarto barrio más pobre del país con 5.944 euros de ingresos por persona y año, según el Instituto Nacional de Estadística y 18.295 vecinos que sufren una tasa de paro desorbitada y empleos precarios. El colegio Menéndez Pidal está en la parte más desfavorecida del barrio, cercana al aeropuerto sevillano y pegada a la zona de El Platanero, donde los helicópteros de la policía intervienen a menudo en operaciones contra los clanes de narcos.

“Me encantan las matemáticas y lo que más agradezco es que nadie se pelee”, exclama Doha, de 9 años, en su clase, con solo 14 alumnos, un considerable nivel de ruido, globos morados, relojes, diccionarios, fluorescentes, tableros de ajedrez y una pizarra digital y otra para tizas. La profesora Paloma González explica que los conflictos “vienen a menudo por sus vivencias en el hogar”. En este curso, a medida que los alumnos volvían poco a poco a las aulas, el colegio pintaba sus puertas del morado por el día internacional de las mujeres, el 8-M, ―que el vandalismo de momento ha respetado― y adoptaba como referente a María Goyri, la investigadora y esposa de Ramón Menéndez Pidal.

Noelia Castillo ha sido la trabajadora social que ha seducido a muchas familias para que sus hijos volvieran a clase los últimos nueve meses. Al principio de curso muchos padres alegaron el miedo al coronavirus como excusa para no llevar a sus hijos, pero poco a poco Castillo les explicó que los problemas médicos de familiares cercanos no impedían que el menor asistiera a clase. De los ocho casos derivados a los servicios sociales para que medien con las familias, solo uno ha terminado la semana pasada en la Fiscalía de Menores, que ahora estudiará si denuncia a los padres por impedir el derecho a la educación de su hija.

 Otra clave fundamental del éxito es que los alumnos conflictivos no son expulsados del centro, salvo en caso de agresiones a profesores, y en su lugar son derivados a una clase donde hacen las tareas en solitario. “Su objetivo [del alumno conflictivo] era salir y estar en la calle y eso solo perjudica al menor”, ilustra Castillo. El inspector educativo Miguel Baldomero que supervisa este colegio y otros 29, coincide en que la expulsión es contraproducente y debería replicarse esa tendencia a retener a los niños disruptivos en aulas de convivencia. “Hay centros que se escudan en la falta de recursos”, alega.

Romero, que fue docente en Los Junquillos, un barrio desfavorecido de La Línea de la Concepción (Cádiz), recorre a diario los 125 kilómetros que hay desde Rota para trabajar, y otros tantos de vuelta, y aprovecha los viajes para mantener reuniones por teléfono. “No asustamos a las familias, sino que les explicamos que tendrían tiempo para hacer sus cosas y mejorar su convivencia. Y una clave es reventar el embarazo adolescente. Si con 16 años obtienen un grado medio, eso les cambia generacionalmente”, destaca el director mientras suena Vivaldi por el hilo musical del colegio. Cada día cambia el género musical que suena por los pasillos y exteriores. Baldomero ensalza la tarea del entusiasta director: “Le ha pegado al colegio un vuelco brutal hasta paliar el absentismo a un ritmo vertiginoso. En el Polígono Sur [otro barrio sevillano desfavorecido] también ha bajado, pero no tanto. Luis Miguel ha roto con la dinámica de trámites burocráticos y es complicado ese liderazgo. Ilusiona verlo hablar”.

El colegio se ha convertido en comunidad de aprendizaje, un sistema que involucra a las familias y las mete en las aulas para contribuir al aprendizaje general y desterrar del todo el absentismo. El 100% de los estudiantes del centro son beneficiarios del plan de la Junta para garantía alimentaria para escolares en situación de exclusión social y el 98% carece de tabletas u ordenadores para hacer la tarea a distancia. Durante los peores meses de la pandemia, el centro repartió comida y ropa como si de una ONG se tratara y las dificultades afloran: “Ahora todos los que puedan repetir, repetirán, para dignificar los niveles de competencia curricular. La exigencia y firmeza es innegociable, hay que ser coherente”, comparte el director.

Fuera del aula los alumnos han aireado sus ideas y dificultades de la pandemia recolectando habas y guisantes, y han plantado fresas, sandías, tomates, melones, berenjenas y puerros, entre los que se cuelan mantis religiosas y saltamontes. “La experiencia es muy útil para hablarles del ciclo de la vida”, resume la monitora encargada del huerto, Belén Gómez."                  (Javier Martín Arroyo, El País, 07/06/21)

19/5/21

Texto escrito por un profesor de Bachillerato para sus alumnas y alumnos con motivo del final del curso escolar: Yo espero que estéis orgullosos, porque con el camino que habéis recorrido, el de la curiosidad, el esfuerzo y el estudio, habéis contribuido, seáis conscientes o no, a conservar la única vacuna que hasta ahora conocemos contra la tiranía, el abuso de poder y las desigualdades sociales: el acceso público al conocimiento

 "Queridos alumnos, queridas alumnas:

Creo que es de rigor que comience por felicitaros. Hoy llegáis al final de un camino que iniciasteis hace ya algunos años y del que creo que debéis estar orgullosos. Un orgullo, por cierto, que os pertenece a todos, con independencia de cuál haya sido vuestra particular peripecia por este sendero común al que llamamos educación secundaria.

¿Por qué tenéis que estar orgullosos?

No voy a ocultar que comenzar un discurso halagando a su principal audiencia es el truco retórico más viejo que existe. Por ello, lamento deciros que, con el fin de demostrar que mi felicitación es rigurosamente honesta y no una mera estrategia discursiva, no me queda más remedio que apelar a una de esas anécdotas filosóficas que estáis hartos de escuchar en mis clases.

Resulta que hace más de dos mil años, un famoso rey macedonio, Ptolomeo II, quiso aprender geometría. Para añadir un poco de contexto, hay que decir que la geometría era trending topic en la civilización griega y que los geómetras más famosos eran prácticamente estrellas del rock. En aquellos tiempos, el geómetra más famoso se llamaba Euclides, y este había escrito un libro complicadísimo donde reunía y sistematizaba todo el saber geométrico de los griegos hasta el momento.

Así pues, el famoso monarca agarró aquel libro, que llevaba por título Los Elementos, y se dispuso a empaparse de teoremas y demostraciones, quién sabe si para presumir después calculando hipotenusas ante la corte. Por lo visto, el rey no había pasado de la segunda página cuando ya estaba reclamando la presencia del maestro en palacio. “Oye, Euclides, ¿tú no puedes darme algún truco para que pueda yo saber de geometría sin necesidad de leerme este tochaco?”.

¿Qué creéis que respondió Euclides al hombre más poderoso de Grecia?

“Mi señor, en geometría no hay atajos para la realeza”.

Con ello, Euclides quiso mostrar al rey Ptolomeo cuál había sido el verdadero descubrimiento de los griegos: dependiendo de la condición social con la que nacemos, nuestro camino en la vida puede ser más pesado o más liviano; por el contrario, comprender la geometría nos exige a todos lo mismo. Da igual si uno es el rey de Macedonia o una joven de Usera, porque cuando se trata de aprender el teorema de Pitágoras, los mismos pasos deben recorrer los hijos de una dinastía imperial y los hijos de un humilde campesino.

Y lo dicho de este teorema, hay que decirlo también de la Ley de la gravitación universal, de los descubrimientos arqueológicos de Atapuerca, del imperativo categórico de Kant, o de los poemas de García Lorca. Lo fascinante de la anécdota de Euclides es que nos muestra cómo el teorema de Pitágoras, que todos conocéis, no solo nos exige que el cuadrado de la hipotenusa sea la suma del cuadrado de los catetos; sino que al mismo tiempo nos exige, con la misma necesidad, la existencia de una escuela pública. Y lo exige porque el saber científico y humanístico constituye una riqueza común que no se deja apropiar con dinero o con privilegios, sino que solo es accesible a través del uso de la razón. El único camino aquí, por tanto, es el de la curiosidad, el esfuerzo y el estudio.

Yo espero que estéis orgullosos, entonces, porque ese camino que habéis recorrido hasta aquí es el mismo que Euclides le exigía al rey Ptolomeo; el mismo que la humanidad ha tardado siglos en conquistar. Y por ello, merecéis todo mi reconocimiento, más allá de vuestros resultados concretos, por el mero hecho de haber decidido recorrer ese camino. Con ello habéis contribuido, seáis conscientes o no, a conservar la única vacuna que hasta ahora conocemos contra la tiranía, el abuso de poder y las desigualdades sociales: el acceso público al conocimiento.

Por otro lado, creo que tenéis que estar orgullosos porque el último año no os lo ha puesto fácil. Os ha tocado culminar el Bachillerato en un contexto de pandemia mundial, de crisis económica galopante, y de cambios que han convertido la vida cotidiana en una película de ciencia ficción. Llegáis al final de esta etapa en un momento en el que el mundo os enseña los dientes. No puedo ocultar la indignación que me ha producido ver cómo los medios de comunicación utilizaban la etiqueta de “los jóvenes” para hacer de vosotros el símbolo de la irresponsabilidad ciudadana; al tiempo que era un testigo diario de la fortaleza con la que habéis asumido la privación del contacto con vuestros compañeros, del derecho a veros las caras e incluso del calor en invierno.

A esas caras, que ahora solo puedo ver de nariz hacia arriba, me gustaría también expresarles un sincero agradecimiento. No os sorprenderá saber que esas caras, vuestras caras, fueron las primeras a las que, hace ahora tres años, pude llamar “mis alumnos”. Y fueron esas caras, que me miraban desde el otro lado del aula, quienes por vez primera se dirigieron a mí como “profe”. Es inevitable pues, reconocer, que en muchos sentidos habéis sido vosotros quienes me habéis enseñado a mi, y por eso os estaré eternamente agradecido.

Me había propuesto llegar al final de este discurso evitando cualquier tipo de consejo para el futuro. No voy a mentiros: el futuro es un tiempo verbal que hoy tiene difícil conjugación.

Me hubiera gustado deciros, aprovechando la anécdota de Euclides, que os espera un mundo geométrico, donde la igualdad entre hipotenusas y catetos, se traduce en la igualdad entre mujeres, hombres, clases y pueblos. Pero lo cierto es que salís a un mundo que conspira contra la geometría.

Me hubiera gustado deciros que salís a un mundo bello, como es bello el amor en Garcilaso, como la luna es bella en García Lorca, pero lo cierto es que salís a un mundo que conspira contra la belleza, contra el amor e incluso contra la luna.

En fin, queridos alumnos, porque salís a un mundo que conspira, acordaos de la escuela; pues todavía, por suerte, la escuela conspira contra el mundo."                       

(Jaime Buedo es profesor de Filosofía en el IES Pradolongo, en el distrito de Usera, en Madrid. CTXT, 16/05/21)

11/11/20

Casarse, ¿con quién? Con los de mi misma clase... Branko Milanovic señala que las clases medias y altas conscientemente se enlazan con sus semejantes. La educación en determinados centros es crucial para el emparejamiento, como una elección plenamente consciente para el futuro profesional y personal... es una tendencia en aumento en el capitalismo occidental

 "Casarse, ¿con quién? Ya no tiene importancia, piensa el común de los mortales. O siempre la tuvo y ahora más que nunca, se podría también argumentar. El caso es que para los que sueñan con medidas que puedan paliar la desigualdad social, esa cuestión se les escapa de las manos. Y quien lo ha reflejado es el economista Branko Milanovic, que se atreve a señalar que las opciones de las clases medias y altas son conscientes y que se enlazan con sus semejantes, complicando las políticas distributivas de los gobernantes que creen que la excesiva desigualdad en un país es un problema.

La educación en determinados centros es crucial para el emparejamiento, como una elección plenamente consciente para el futuro profesional y personal. En Cataluña hay un debate soterrado sobre la educación concertada y privada, que a las elites políticas no les ha interesado modificar, a pesar de algunos tímidos intentos del actual consejero de Educación, Josep Bargalló.

Lugares de enlaces

Lo que señala Milanovic, economista serbioestadounidense en su libro Capitalismo, nada más, (Taurus), es que en Estados Unidos el incremento de esos enlaces ha llevado a una mayor desigualdad, y reproduce el propio sistema. “Cuando iba a (la institución de la Ivy League que fuera) –universidades de elite—ya sabía que me casaría con una mujer que conocería allí. Ellas también lo sabían. Todos sabíamos que nuestra reserva de candidatas deseables para el matrimonio no volvería a ser nunca tan grande. Además, era consciente de que la mujer con la que me casara sería un espécimen del mismo tipo: todas tenían una buena formación, eran inteligentes, pertenecientes a la misma clase social, leían las mismas novelas y los mismos periódicos, se vestían igual, tenían las mismas preferencias en materia de restaurantes, de paseos…” (…) “En realidad, socialmente casi no suponía diferencia alguna con cuál de ellas me casara”.

Esa es la confesión que un norteamericano le comunica a Milanovic en una conversación de sobremesa, hablando sobre las cosas de la vida. Pero tiene una traducción práctica en la desigualdad de un país. Alrededor de un tercio del aumento de la desigualdad en Estados Unidos entre 1967 y 2007 “puede explicarse por el emparejamiento selectivo”, señala el economista, citando los estudios de Decancq, Peichl y Van Kerm. Y según la OCDE, ese emparejamiento selectivo “suponía por término medio el 11% de incremento de la desigualdad entre comienzos de la década de 1980 y comienzos de la década de 2000”.

Las mujeres se suben al carro

Se trata de un fenómeno que no siempre se ha producido. Una elección social, libre, pero que denota el afán de no bajar un nivel determinado y de reproducirlo en el futuro, a través de los hijos, que adoptan caminos similares o casi calcados a sus padres. En 1970, sólo el 13% de los jóvenes norteamericanos incluidos en el decil superior de la escala de varones asalariados contraía matrimonio con chicas incluidas en el decil superior de la escala de mujeres asalariadas. En 2017, “esa cifra había subido casi hasta el 29%”. Y, en el caso opuesto, la tasa de matrimonios entre esos jóvenes con mujeres asalariadas en el decil inferior, ha ido descendiendo desde el 13,4% hasta por debajo del 11%”.

Milanovic lo explica: “Los jóvenes americanos que ganan un sueldo elevado, y que en los años setenta era igual de probable que contrajeran matrimonio con mujeres que ganaban un sueldo elevado como que lo hicieran con aquellas que ganaban un sueldo bajo, muestran en la actualidad una preferencia de casi tres a uno a favor de las primeras”. 

 Y lo que ha ocurrido en todos estos años es que la mujer ha apostado todavía más por esas relaciones ‘satisfactorias’ para todas las partes: “El porcentaje de mujeres jóvenes con un sueldo alto que se casan con hombres jóvenes que también ganan un sueldo alto ha subido de poco menos del 13% al 26,4%, mientras que el porcentaje de mujeres jóvenes ricas que se casan con hombres jóvenes pobres ha quedado reducido a la mitad”. De no tener preferencia en la década de 1970, se ha pasado ahora a preferir a los hombres ricos en una proporción de casi cinco a uno.

Tipos de capitalismos

Se pudiera decir que es un hecho hasta cierto punto comprensible, y ‘natural’, en el hecho de que las elecciones selectivas garantizan un patrimonio y un aumento del mismo en el futuro. Pero lo que Milanovic muestra es que es una tendencia en aumento, y que señala al capitalismo en otro estadio, el capitalismo que impera en Occidente, porque el capitalismo de estado, el de China es otro, con ventajas y con inconvenientes y problemas distintos.

Las características del capitalismo que el economista llama “meritocrático liberal” son distintas al capitalismo socialdemócrata que surgió tras la II Guerra Mundial. En el que impera ahora, y que tiene como gran representante a Estados Unidos, hay un “aumento de la participación correspondiente a la renta del capital en el producto neto”; una “elevada concentración de la propiedad de capital”; “los individuos que tienen abundancia de capital son ricos”; los llamados ricos “por su renta de capital son también ricos por la renta del trabajo –gran diferencia respecto al capitalismo socialdemócrata--; existe “una estrecha correlación entre las rentas de padres e hijos, --transmisión de ventajas y privilegios--, y los ricos “o parcialmente ricos, se casan entre ellos, la llamada homogamia o emparejamiento selectivo”.

La consecuencia es una mayor desigualdad, un campo abierto, --enorme-- entre clases altas y las medias y medio-bajas. ¿Quién quiere y puede cambiar esa tendencia que corre a toda velocidad? Esa es otra cuestión. Milanovic señala que, pese a herramientas como los impuestos de sucesiones, “resulta ilusorio creer que esa política fiscal por sí sola vaya a bastar para igualar las oportunidades de vida de los hijos de padres ricos y pobres”.                   (Manel Manchón, Crónica global, 17/11/20)

3/11/20

Pasolini: El poder es un sistema de educación que nos divide en subyugados y subyugadores. Por eso todos quieren las mismas cosas y se portan de la misma manera. Si tengo en las manos un consejo de administración o una operación bursátil, los utilizo. Si no, una barra de hierro. Y cuando utilizo una barra de hierro hago uso de mi violencia para obtener lo que quiero. ¿Por qué lo quiero? Porque me han dicho que es una virtud quererlo. Yo ejerzo mi derecho-virtud. Soy asesino y soy bueno

 "Esta entrevista tuvo lugar el sábado 1 de noviembre, entre las 4 y las 6 de la tarde, pocas horas antes que Pasolini fuera asesinado. Quiero precisar que el título de la entrevista es suyo, no mío. De hecho, al término de la conversación que a menudo, como en otras ocasiones, nos ha sorprendido con convicciones y puntos de vista diferentes, le pregunté si quería dar un título a su entrevista. 

Se lo pensó un poco, dijo que no tenía importancia, cambió de tema, luego algo nos devolvió al argumento de fondo que aparece continuamente en las respuestas que siguen. «He aquí la semilla, el sentido de todo – dijo – Tú no sabes quién está pensando en matarte ahora. Pon este título, si quieres: “Porque estamos todos en peligro”».

Pasolini, en tus artículos y en tus escritos has dado muchas versiones de lo que detestas. Has abierto una lucha, solo, contra muchas cosas, instituciones, convicciones, personas, poderes.

Para que sea menos complicado el discurso yo diré «la situación», y tú sabrás que quiero hablar de la escena en contra de la que, en general, te bates. Ahora te hago esta objeción. La «situación», con todos los males que tú dices, contiene todo lo que te permite ser Pasolini. Quieto decir: tuyo es el mérito y el talento. ¿Pero los instrumentos? Los instrumentos son de la «situación». Editorial, cine, organización, hasta los objetos. Pongamos que el tuyo sea un pensamiento mágico. Haces un gesto y todo desaparece. Todo eso que detestas.

 ¿Y tú? ¿Tú no te quedarías solo y sin medios? Quiero decir medios expresivos, quiero…

Sí, he entendido. Pero ese pensamiento mágico yo no sólo lo intento, sino que me lo creo. No en el sentido mediático. Sino porque sé que golpeando siempre sobre el mismo clavo puede hasta derribarse una casa. En pequeño, un buen ejemplo nos lo dan los radicales, cuatro gatos que consiguen remover la conciencia de un país (y tú sabes que no siempre estoy de acuerdo con ellos, pero precisamente ahora estoy a punto de salir para ir a su congreso). En grande, el ejemplo nos lo da la historia. El rechazo ha sido siempre un gesto esencial. Los santos, los ermitaños, pero también los intelectuales. Los pocos que han hecho la historia son aquellos que han dicho no, en absoluto los cortesanos y los ayudantes de los cardenales.

El rechazo, para funcionar, debe ser grande, no pequeño, total, no sobre este o aquel punto, «absurdo», no de sentido común. Eichmann, amigo mío, tenía mucho sentido común. ¿Qué le faltó? Le faltó decir no, antes, al principio, cuando lo que hacía era sólo administración rutinaria, burocracia. A lo mejor incluso habrá dicho a los amigos: a mí ese Himmler no me gusta mucho. Habrá murmurado, como se murmura en los editoriales, en los periódicos, en el amiguismo y en la televisión. O también se habrá rebelado porque este o aquel tren se paraba una vez al día para las necesidades y el pan y el agua de los deportados, cuando hubieran sido más funcionales o más económicas dos paradas. Pero nunca ha bloqueado la maquinaria. Entonces los problemas son tres. Cuál es, como dices tú, «la situación», y por qué se debería pararla o destruirla. Y cómo.

so es, describe “la situación”. Sabes perfectamente que tus intervenciones y tu lenguaje tienen un poco el efecto del sol que atraviesa el polvo. Es una imagen bella, pero se entiende poco.

Gracias por la imagen del sol, pero pretendo mucho menos. Pretendo que mires a tu alrededor y te des cuenta de la tragedia. ¿Cuál es la tragedia? La tragedia es que ya no somos seres humanos, somos extrañas locomotoras que chocan unas contra otras. Y nosotros, los intelectuales, cogemos el horario de los trenes del año pasado, o de hace diez años, y decimos: qué extraño, esos dos trenes no pasan por ahí, ¿cómo es que se han destrozado de esa manera? O el maquinista se ha vuelto loco o es un criminal aislado o se trata de un complot. El complot, sobre todo, nos hace delirar. Nos libera de todo el peso de enfrentarnos solos a la verdad. Qué bien si mientras nosotros estamos aquí charlando alguno en una taberna está haciendo planes para deshacerse de nosotros. Es fácil, es sencillo, es la resistencia. Perderemos algunos camaradas y después nos organizaremos y quitaremos de en medio a los otros, ¿no te parece?

Yo sé que cuando dan en televisión ¿Arde París? todos están ante el televisor, con lágrimas en los ojos y unas ganas locas de que la historia se repita, bella, limpia (un efecto del tiempo es que “lava” las cosas, como las fachadas de las casas). Sencillo; yo aquí, tú allí. No hagamos bromas con la sangre, el dolor, la fatiga que la gente pagó entonces por “elegir”. Cuando estás con la cara aplastada contra aquel momento, aquel minuto de la historia, elegir es siempre una tragedia. Pero, admitámoslo, era más sencillo. El fascista de Salò, el nazi de las SS, el hombre normal, con la ayuda del valor y de la conciencia, consigue rechazarlo, incluso de su vida interior (que es donde empieza siempre la revolución). Pero ahora no. Uno se te viene encima vestido de amigo, es gentil, cortés, y “colabora” (pongamos que en la televisión), por ir tirando o porque no es un delito. El otro –o los otros, los grupos- te sale al encuentro o se te echa encima –con sus chantajes ideológicos, con sus sermones, sus prédicas, sus anatemas, y tú sientes que también son amenazas. Desfilan con banderas y consignas, pero ¿qué los separa del poder?

¿Qué es el poder, según tú, dónde está, dónde se encuentra, como lo sacas de su madriguera?

El poder es un sistema de educación que nos divide en subyugados y subyugadores. Pero cuidado. Un mismo sistema educativo que nos forma a todos, desde las llamadas clases dirigentes hasta los pobres. Por eso todos quieren las mismas cosas y se portan de la misma manera. Si tengo en las manos un consejo de administración o una operación bursátil, los utilizo. Si no, una barra de hierro. Y cuando utilizo una barra de hierro hago uso de mi violencia para obtener lo que quiero. ¿Por qué lo quiero? Porque me han dicho que es una virtud quererlo. Yo ejerzo mi derecho-virtud. Soy asesino y soy bueno.

Te han acusado de no distinguir política e ideológicamente, de haber perdido el sentido de la diferencia profunda que tiene que haber entre fascistas y no fascistas, por ejemplo entre los jóvenes.

Por eso te hablaba del horario ferroviario del año pasado. ¿Nunca has visto esas marionetas que hacen reír tanto a los niños porque tienen el cuerpo vuelto de una parte y la cabeza de la otra? Me parece que Totò hacía un truco parecido. Así veo yo la inmensa tropa de intelectuales, sociólogos, expertos y periodistas de las intenciones más nobles, las cosas suceden aquí y la cabeza mira hacia allá. No digo que no exista el fascismo. Digo: dejad de hablarme del mar mientras estamos en la montaña. Este es un paisaje distinto. Aquí existe el deseo de matar. Y este deseo nos ata como hermanos siniestros de un fracaso siniestro de todo un sistema social. También a mi me gustaría que todo se resolviese con aislar a la oveja negra. Yo también veo las ovejas negras. Veo muchas. Las veo todas. Este es el problema, ya se lo he dicho a Moravia: por la vida que llevo pago un precio… Es como uno que baja al infierno. Pero cuando vuelvo – si vuelvo – he visto otras cosas, más cosas. No digo que tengáis que creerme. Digo que tenéis que cambiar continuamente de discurso para no enfrentaros a la verdad.

¿Y cuál es la verdad?

Siento haber utilizado esta palabra. Quería decir «evidencia». Deja que ponga otra vez las cosas en orden. Primera tragedia: una educación común, obligatoria y equivocada que nos empuja todos a la competición por tenerlo todo a toda costa. A esta arena nos empuja como una extraña y oscura armada en la que unos tienen los cañones y otros tienen las barras de hierro. Entonces, una primera división, clásica, es «estar con los débiles». Pero yo digo que, en un cierto sentido, todos son los débiles, porque todos son víctimas. Y todos son los culpables, porque todos están listos para el juego de la masacre. Con tal de tener. La educación recibida ha sido: tener, poseer, destruir.

Entonces deja que vuelva a la pregunta inicial. Tú, mágicamente anulas todo. Pero vives de los libros, y necesitas inteligencias que lean. Es decir, consumidores educados del producto intelectual. Tú haces cine y necesitas no sólo de grandes plateas disponibles (de hecho por lo general tienes mucho éxito popular, o sea eres «consumido» ávidamente por tu público) sino también de una gran maquinaria técnica, organizativa, industrial, que está en medio. ¿Si quitas todo eso, con una especie de mágico monaquismo de tipo paleo-católico y neo-chino, qué te queda?

A mí me queda todo, o sea yo mismo, ser vivo, estar al mundo, ver, trabajar, comprender. Hay cientos de maneras de contar las historias, de escuchar las lenguas, de reproducir los dialectos, de hacer el teatro de los títeres. A los otros les queda mucho más. Pueden hacerme frente, cultos como yo o ignorantes como yo. El mundo se hace grande, todo pasa a ser nuestro y no tenemos que utilizar ni la Bolsa, ni el consejo de administración, ni la barra de hierro para depredarnos. Ves, en el mundo que muchos de nosotros soñábamos (repito: leer el horario de trenes del año anterior, pero en este caso podemos decir de muchos años antes) había el patrón infame con el sombrero de copa y los dólares que se le colaban de los bolsillos y la viuda demacrada que pedía justicia con sus niños. El buen mundo de Brecht, en suma.

Es como decir que tienes nostalgia de aquel mundo.

¡No! Tengo nostalgia de la gente pobre y verdadera que peleaba para derribar a aquel patrón sin convertirse en aquel patrón. Como estaban excluidos de todo, nadie los había colonizado. Yo tengo miedo de estos negros en revuelta, iguales al patrón, otros saqueadores que quieren todo a toda costa. Esta oscura obstinación en la violencia total no deja ver ya «de qué signo eres». A cualquiera que lleven al hospital al final de su vida, aunque sea llevado moribundo al hospital, le interesa más -si tiene todavía un soplo de vida – qué le dirán los médicos sobre sus posibilidades de vivir que qué le dirán los policías sobre la mecánica del delito. Date cuenta de que yo no hago ni un proceso de intenciones ni me interesa ya la cadena causa efecto, primero ellos, o primero él, o quién es el jefe-culpable.

Me parece que hemos definido lo que tú llamas la «situación». Es como cuando en una ciudad llueve y se han atorado las alcantarillas. El agua sube, es un agua inocente, agua de lluvia, no tiene ni la furia del mar ni la maldad de las corrientes de un río. Mas, por la razón que sea no baja, sino que sube. Es la misma agua de lluvia de muchos poemitas infantiles y de las musiquillas del «cantando bajo la lluvia». Pero sube y te ahoga. Si hemos llegado a este punto yo digo: no perdamos todo el tiempo en poner una etiqueta aquí y otra allá. Veamos cómo se desatasca esta maldita bañera, antes de que nos ahoguemos todos.

Y tú, por eso, quisieras que todos fuesen pastorcillos sin enseñanza obligatoria, ignorantes y felices.

Dicho así sería una estupidez. Pero la llamada enseñanza obligatoria fabrica a la fuerza gladiadores desesperados. La masa se hace más grande, como la desesperación, como la rabia. Admitamos que yo haya tenido una salida de tono (aunque no lo creo). Decidme vosotros otra cosa. Se entiende que añoro la revolución pura y directa de la gente oprimida que tiene el único objetivo de hacerse libre y dueña de sí misma. Se entiende que me imagino que pueda todavía llegar un momento así en la historia italiana y en la del mundo. Lo mejor de lo que pienso podrá hasta inspirarme uno de mis próximos poemas. Pero no lo que sé y lo que veo.

Quieto decir con toda franqueza: yo bajo al infierno y sé cosas que no molestan la paz de otros. Pero prestad atención. El infierno está subiendo también entre vosotros. Es verdad que sueña con su uniforme y su justificación (a veces). Pero es también verdad que sus ganas, su necesidad de golpear con la barra de hierro, de agredir, de matar, es fuerte y es general. No será por mucho tiempo la experiencia privada y peligrosa de quien, cómo decirlo, ha tocado «la vida violenta». No os hagáis ilusiones.

Y vosotros, con la escuela, la televisión, lo pacato de vuestros periódicos, vosotros sois los grandes conservadores de este orden horrendo basado en la idea de poseer y en la idea de destruir. Dichosos vosotros que os quedáis tan felices cuando podéis poner sobre un crimen su buena etiqueta. A mi esta me parece otra de las muchas operaciones de la cultura de masa. Como no podemos impedir que pasen ciertas cosas, nos tranquilizamos encasillándolas.

Pero abolir tiene que decir a la fuerza crear, si no tú también eres un destructor. Los libros por ejemplo, ¿qué será de ellos? No quiero hacer el papel de quien se angustia más por la cultura que por la gente. Pero esta gente salvada, en tu visión de un mundo diferente, ya no puede ser primitiva (esta es una acusación frecuente que te hacen) y si no queremos utilizar la represión «más avanzada»…

Que me da escalofríos.

Si no queremos utilizar frases hechas, una indicación tiene sin embargo que existir. Por ejemplo, en la ciencia-ficción, como en el nazismo, se queman siempre los libros como gesto inicial de exterminio. Cerradas las escuelas, clausurada la televisión, ¿cómo animas tu belén?

Creo haberme ya explicado con Moravia. Cerrar, en mi lenguaje, quiere decir cambiar. Cambiar pero de modo tan drástico y desesperado como drástica y desesperada es la situación. Lo que impide un verdadero debate con Moravia, pero sobre todo con Firpo, por ejemplo, es que parecemos personas que no ven la misma escena, que no conocen la misma gente, que no escuchan las mismas voces. Para vosotros una cosa ocurre cuando es una crónica, hecha, maquetada, editada y titulada. ¿Pero qué hay debajo? Aquí falta el cirujano que tiene el coraje de examinar el tejido y de decir: señores, esto es cáncer, no una cosita benigna. ¿Qué es el cáncer? Es una cosa que cambia todas las células, que las hace crecer todas de forma enloquecida, fuera de cualquier lógica precedente. ¿Es un nostálgico el enfermo que sueña con la salud que tenía antes, aunque antes fuera un estúpido y un desgraciado? Antes del cáncer, digo.

Es decir, antes de todo será necesario hacer no sólo un esfuerzo para tener la misma imagen. Yo oigo a los políticos con sus formulismos, todos los políticos, y me vuelvo loco. No saben de qué país están hablando, están tan lejos como la luna. Y los literatos. Y los sociólogos. Y los expertos de todo tipo.

¿Por qué piensas que para ti ciertas cosas están más claras?

No quisiera hablar más de mí, quizás he hablado dicho incluso demasiado. Todos saben que yo mis experiencias las pago personalmente. Pero están también mis libros y mis películas. Quizás soy yo quien se equivoca. Pero sigo diciendo que estamos todos en peligro.

Pasolini, si ves la vida así – no sé si aceptarás esta pregunta- ¿cómo piensas evitar el peligro y el riesgo? 

Se ha hecho tarde, Pasolini no ha encendido la luz y se hace difícil tomar apuntes. Miramos juntos los míos. Luego me pide que le deje las preguntas.

Hay puntos que me parecen demasiado absolutos. Deja que lo piense, que los relea. Y dame tiempo para encontrar una conclusión. Tengo una cosa en mente para responder a tu pregunta. Para mi es más fácil escribir que hablar. Te dejo las notas que añada mañana por la mañana.

Al día siguiente, domingo, el cuerpo sin vida de Pier Paolo Pasolini estaba en el tanatorio de la policía de Roma."               

(Texto de la entrevista de Furio Colombo a Pier Paolo Pasolini publicada en el suplemento “Tuttolibri” del periódico  La Stampa del  8 de noviembre de 1975. Traducción de Andrea Perciaccante. El viejo topo, 02/11/20)