"Esta entrevista tuvo lugar el sábado 1 de noviembre, entre las 4 y
las 6 de la tarde, pocas horas antes que Pasolini fuera asesinado.
Quiero precisar que el título de la entrevista es suyo, no mío. De
hecho, al término de la conversación que a menudo, como en otras
ocasiones, nos ha sorprendido con convicciones y puntos de vista
diferentes, le pregunté si quería dar un título a su entrevista.
Se lo
pensó un poco, dijo que no tenía importancia, cambió de tema, luego algo
nos devolvió al argumento de fondo que aparece continuamente en las
respuestas que siguen. «He aquí la semilla, el sentido de todo – dijo –
Tú no sabes quién está pensando en matarte ahora. Pon este título, si
quieres: “Porque estamos todos en peligro”».
Pasolini, en tus artículos y en tus escritos has dado
muchas versiones de lo que detestas. Has abierto una lucha, solo, contra
muchas cosas, instituciones, convicciones, personas, poderes.
Para que sea menos complicado el discurso yo diré «la situación», y
tú sabrás que quiero hablar de la escena en contra de la que, en
general, te bates. Ahora te hago esta objeción. La «situación», con
todos los males que tú dices, contiene todo lo que te permite ser
Pasolini. Quieto decir: tuyo es el mérito y el talento. ¿Pero los
instrumentos? Los instrumentos son de la «situación». Editorial, cine,
organización, hasta los objetos. Pongamos que el tuyo sea un pensamiento
mágico. Haces un gesto y todo desaparece. Todo eso que detestas.
¿Y tú? ¿Tú no te quedarías solo y sin medios? Quiero decir medios expresivos, quiero…
Sí, he entendido. Pero ese pensamiento mágico yo no sólo lo intento,
sino que me lo creo. No en el sentido mediático. Sino porque sé que
golpeando siempre sobre el mismo clavo puede hasta derribarse una casa.
En pequeño, un buen ejemplo nos lo dan los radicales, cuatro gatos que
consiguen remover la conciencia de un país (y tú sabes que no siempre
estoy de acuerdo con ellos, pero precisamente ahora estoy a punto de
salir para ir a su congreso). En grande, el ejemplo nos lo da la
historia. El rechazo ha sido siempre un gesto esencial. Los santos, los
ermitaños, pero también los intelectuales. Los pocos que han hecho la
historia son aquellos que han dicho no, en absoluto los cortesanos y los
ayudantes de los cardenales.
El rechazo, para funcionar, debe ser grande, no pequeño, total, no
sobre este o aquel punto, «absurdo», no de sentido común. Eichmann,
amigo mío, tenía mucho sentido común. ¿Qué le faltó? Le faltó decir no,
antes, al principio, cuando lo que hacía era sólo administración
rutinaria, burocracia. A lo mejor incluso habrá dicho a los amigos: a mí
ese Himmler no me gusta mucho. Habrá murmurado, como se murmura en los
editoriales, en los periódicos, en el amiguismo y en la televisión. O
también se habrá rebelado porque este o aquel tren se paraba una vez al
día para las necesidades y el pan y el agua de los deportados, cuando
hubieran sido más funcionales o más económicas dos paradas. Pero nunca
ha bloqueado la maquinaria. Entonces los problemas son tres. Cuál es,
como dices tú, «la situación», y por qué se debería pararla o
destruirla. Y cómo.
so es, describe “la situación”. Sabes perfectamente que
tus intervenciones y tu lenguaje tienen un poco el efecto del sol que
atraviesa el polvo. Es una imagen bella, pero se entiende poco.
Gracias por la imagen del sol, pero pretendo mucho menos. Pretendo
que mires a tu alrededor y te des cuenta de la tragedia. ¿Cuál es la
tragedia? La tragedia es que ya no somos seres humanos, somos extrañas
locomotoras que chocan unas contra otras. Y nosotros, los intelectuales,
cogemos el horario de los trenes del año pasado, o de hace diez años, y
decimos: qué extraño, esos dos trenes no pasan por ahí, ¿cómo es que se
han destrozado de esa manera? O el maquinista se ha vuelto loco o es un
criminal aislado o se trata de un complot. El complot, sobre todo, nos
hace delirar. Nos libera de todo el peso de enfrentarnos solos a la
verdad. Qué bien si mientras nosotros estamos aquí charlando alguno en
una taberna está haciendo planes para deshacerse de nosotros. Es fácil,
es sencillo, es la resistencia. Perderemos algunos camaradas y después
nos organizaremos y quitaremos de en medio a los otros, ¿no te parece?
Yo sé que cuando dan en televisión ¿Arde París? todos están ante el
televisor, con lágrimas en los ojos y unas ganas locas de que la
historia se repita, bella, limpia (un efecto del tiempo es que “lava”
las cosas, como las fachadas de las casas). Sencillo; yo aquí, tú allí.
No hagamos bromas con la sangre, el dolor, la fatiga que la gente pagó
entonces por “elegir”. Cuando estás con la cara aplastada contra aquel
momento, aquel minuto de la historia, elegir es siempre una tragedia.
Pero, admitámoslo, era más sencillo. El fascista de Salò, el nazi de las
SS, el hombre normal, con la ayuda del valor y de la conciencia,
consigue rechazarlo, incluso de su vida interior (que es donde empieza
siempre la revolución). Pero ahora no. Uno se te viene encima vestido de
amigo, es gentil, cortés, y “colabora” (pongamos que en la televisión),
por ir tirando o porque no es un delito. El otro –o los otros, los
grupos- te sale al encuentro o se te echa encima –con sus chantajes
ideológicos, con sus sermones, sus prédicas, sus anatemas, y tú sientes
que también son amenazas. Desfilan con banderas y consignas, pero ¿qué
los separa del poder?
¿Qué es el poder, según tú, dónde está, dónde se encuentra, como lo sacas de su madriguera?
El poder es un sistema de educación que nos divide en subyugados y
subyugadores. Pero cuidado. Un mismo sistema educativo que nos forma a
todos, desde las llamadas clases dirigentes hasta los pobres. Por eso
todos quieren las mismas cosas y se portan de la misma manera. Si tengo
en las manos un consejo de administración o una operación bursátil, los
utilizo. Si no, una barra de hierro. Y cuando utilizo una barra de
hierro hago uso de mi violencia para obtener lo que quiero. ¿Por qué lo
quiero? Porque me han dicho que es una virtud quererlo. Yo ejerzo mi
derecho-virtud. Soy asesino y soy bueno.
Te han acusado de no distinguir política e
ideológicamente, de haber perdido el sentido de la diferencia profunda
que tiene que haber entre fascistas y no fascistas, por ejemplo entre
los jóvenes.
Por eso te hablaba del horario ferroviario del año pasado. ¿Nunca has
visto esas marionetas que hacen reír tanto a los niños porque tienen el
cuerpo vuelto de una parte y la cabeza de la otra? Me parece que Totò
hacía un truco parecido. Así veo yo la inmensa tropa de intelectuales,
sociólogos, expertos y periodistas de las intenciones más nobles, las
cosas suceden aquí y la cabeza mira hacia allá. No digo que no exista el
fascismo. Digo: dejad de hablarme del mar mientras estamos en la
montaña. Este es un paisaje distinto. Aquí existe el deseo de matar. Y
este deseo nos ata como hermanos siniestros de un fracaso siniestro de
todo un sistema social. También a mi me gustaría que todo se resolviese
con aislar a la oveja negra. Yo también veo las ovejas negras. Veo
muchas. Las veo todas. Este es el problema, ya se lo he dicho a Moravia:
por la vida que llevo pago un precio… Es como uno que baja al infierno.
Pero cuando vuelvo – si vuelvo – he visto otras cosas, más cosas. No
digo que tengáis que creerme. Digo que tenéis que cambiar continuamente
de discurso para no enfrentaros a la verdad.
¿Y cuál es la verdad?
Siento haber utilizado esta palabra. Quería decir «evidencia». Deja
que ponga otra vez las cosas en orden. Primera tragedia: una educación
común, obligatoria y equivocada que nos empuja todos a la competición
por tenerlo todo a toda costa. A esta arena nos empuja como una extraña y
oscura armada en la que unos tienen los cañones y otros tienen las
barras de hierro. Entonces, una primera división, clásica, es «estar con
los débiles». Pero yo digo que, en un cierto sentido, todos son los
débiles, porque todos son víctimas. Y todos son los culpables, porque
todos están listos para el juego de la masacre. Con tal de tener. La
educación recibida ha sido: tener, poseer, destruir.
Entonces deja que vuelva a la pregunta inicial. Tú,
mágicamente anulas todo. Pero vives de los libros, y necesitas
inteligencias que lean. Es decir, consumidores educados del producto
intelectual. Tú haces cine y necesitas no sólo de grandes plateas
disponibles (de hecho por lo general tienes mucho éxito popular, o sea
eres «consumido» ávidamente por tu público) sino también de una gran
maquinaria técnica, organizativa, industrial, que está en medio. ¿Si
quitas todo eso, con una especie de mágico monaquismo de tipo
paleo-católico y neo-chino, qué te queda?
A mí me queda todo, o sea yo mismo, ser vivo, estar al mundo, ver,
trabajar, comprender. Hay cientos de maneras de contar las historias, de
escuchar las lenguas, de reproducir los dialectos, de hacer el teatro
de los títeres. A los otros les queda mucho más. Pueden hacerme frente,
cultos como yo o ignorantes como yo. El mundo se hace grande, todo pasa a
ser nuestro y no tenemos que utilizar ni la Bolsa, ni el consejo de
administración, ni la barra de hierro para depredarnos. Ves, en el mundo
que muchos de nosotros soñábamos (repito: leer el horario de trenes del
año anterior, pero en este caso podemos decir de muchos años antes)
había el patrón infame con el sombrero de copa y los dólares que se le
colaban de los bolsillos y la viuda demacrada que pedía justicia con sus
niños. El buen mundo de Brecht, en suma.
Es como decir que tienes nostalgia de aquel mundo.
¡No! Tengo nostalgia de la gente pobre y verdadera que peleaba para
derribar a aquel patrón sin convertirse en aquel patrón. Como estaban
excluidos de todo, nadie los había colonizado. Yo tengo miedo de estos
negros en revuelta, iguales al patrón, otros saqueadores que quieren
todo a toda costa. Esta oscura obstinación en la violencia total no deja
ver ya «de qué signo eres». A cualquiera que lleven al hospital al
final de su vida, aunque sea llevado moribundo al hospital, le interesa
más -si tiene todavía un soplo de vida – qué le dirán los médicos sobre
sus posibilidades de vivir que qué le dirán los policías sobre la
mecánica del delito. Date cuenta de que yo no hago ni un proceso de
intenciones ni me interesa ya la cadena causa efecto, primero ellos, o
primero él, o quién es el jefe-culpable.
Me parece que hemos definido lo que tú llamas la «situación». Es como
cuando en una ciudad llueve y se han atorado las alcantarillas. El agua
sube, es un agua inocente, agua de lluvia, no tiene ni la furia del mar
ni la maldad de las corrientes de un río. Mas, por la razón que sea no
baja, sino que sube. Es la misma agua de lluvia de muchos poemitas
infantiles y de las musiquillas del «cantando bajo la lluvia». Pero sube
y te ahoga. Si hemos llegado a este punto yo digo: no perdamos todo el
tiempo en poner una etiqueta aquí y otra allá. Veamos cómo se desatasca
esta maldita bañera, antes de que nos ahoguemos todos.
Y tú, por eso, quisieras que todos fuesen pastorcillos sin enseñanza obligatoria, ignorantes y felices.
Dicho así sería una estupidez. Pero la llamada enseñanza obligatoria
fabrica a la fuerza gladiadores desesperados. La masa se hace más
grande, como la desesperación, como la rabia. Admitamos que yo haya
tenido una salida de tono (aunque no lo creo). Decidme vosotros otra
cosa. Se entiende que añoro la revolución pura y directa de la gente
oprimida que tiene el único objetivo de hacerse libre y dueña de sí
misma. Se entiende que me imagino que pueda todavía llegar un momento
así en la historia italiana y en la del mundo. Lo mejor de lo que pienso
podrá hasta inspirarme uno de mis próximos poemas. Pero no lo que sé y
lo que veo.
Quieto decir con toda franqueza: yo bajo al infierno y sé cosas que
no molestan la paz de otros. Pero prestad atención. El infierno está
subiendo también entre vosotros. Es verdad que sueña con su uniforme y
su justificación (a veces). Pero es también verdad que sus ganas, su
necesidad de golpear con la barra de hierro, de agredir, de matar, es
fuerte y es general. No será por mucho tiempo la experiencia privada y
peligrosa de quien, cómo decirlo, ha tocado «la vida violenta». No os
hagáis ilusiones.
Y vosotros, con la escuela, la televisión, lo pacato de vuestros
periódicos, vosotros sois los grandes conservadores de este orden
horrendo basado en la idea de poseer y en la idea de destruir. Dichosos
vosotros que os quedáis tan felices cuando podéis poner sobre un crimen
su buena etiqueta. A mi esta me parece otra de las muchas operaciones de
la cultura de masa. Como no podemos impedir que pasen ciertas cosas,
nos tranquilizamos encasillándolas.
Pero abolir tiene que decir a la fuerza crear, si no tú
también eres un destructor. Los libros por ejemplo, ¿qué será de ellos?
No quiero hacer el papel de quien se angustia más por la cultura que por
la gente. Pero esta gente salvada, en tu visión de un mundo diferente,
ya no puede ser primitiva (esta es una acusación frecuente que te hacen)
y si no queremos utilizar la represión «más avanzada»…
Que me da escalofríos.
Si no queremos utilizar frases hechas, una indicación
tiene sin embargo que existir. Por ejemplo, en la ciencia-ficción, como
en el nazismo, se queman siempre los libros como gesto inicial de
exterminio. Cerradas las escuelas, clausurada la televisión, ¿cómo
animas tu belén?
Creo haberme ya explicado con Moravia. Cerrar, en mi lenguaje, quiere
decir cambiar. Cambiar pero de modo tan drástico y desesperado como
drástica y desesperada es la situación. Lo que impide un verdadero
debate con Moravia, pero sobre todo con Firpo, por ejemplo, es que
parecemos personas que no ven la misma escena, que no conocen la misma
gente, que no escuchan las mismas voces. Para vosotros una cosa ocurre
cuando es una crónica, hecha, maquetada, editada y titulada. ¿Pero qué
hay debajo? Aquí falta el cirujano que tiene el coraje de examinar el
tejido y de decir: señores, esto es cáncer, no una cosita benigna. ¿Qué
es el cáncer? Es una cosa que cambia todas las células, que las hace
crecer todas de forma enloquecida, fuera de cualquier lógica precedente.
¿Es un nostálgico el enfermo que sueña con la salud que tenía antes,
aunque antes fuera un estúpido y un desgraciado? Antes del cáncer, digo.
Es decir, antes de todo será necesario hacer no sólo un esfuerzo para
tener la misma imagen. Yo oigo a los políticos con sus formulismos,
todos los políticos, y me vuelvo loco. No saben de qué país están
hablando, están tan lejos como la luna. Y los literatos. Y los
sociólogos. Y los expertos de todo tipo.
¿Por qué piensas que para ti ciertas cosas están más claras?
No quisiera hablar más de mí, quizás he hablado dicho incluso
demasiado. Todos saben que yo mis experiencias las pago personalmente.
Pero están también mis libros y mis películas. Quizás soy yo quien se
equivoca. Pero sigo diciendo que estamos todos en peligro.
Pasolini, si ves la vida así – no sé si aceptarás esta pregunta- ¿cómo piensas evitar el peligro y el riesgo?
Se ha hecho tarde, Pasolini no ha encendido la luz y se
hace difícil tomar apuntes. Miramos juntos los míos. Luego me pide que
le deje las preguntas.
Hay puntos que me parecen demasiado absolutos. Deja que lo piense,
que los relea. Y dame tiempo para encontrar una conclusión. Tengo una
cosa en mente para responder a tu pregunta. Para mi es más fácil
escribir que hablar. Te dejo las notas que añada mañana por la mañana.
Al día siguiente, domingo, el cuerpo sin vida de Pier Paolo Pasolini estaba en el tanatorio de la policía de Roma."
(Texto de la entrevista de Furio Colombo a Pier Paolo Pasolini publicada en el suplemento “Tuttolibri” del periódico La Stampa del 8 de noviembre de 1975. Traducción de Andrea Perciaccante. El viejo topo, 02/11/20)