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3/3/22

"Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente"

 "Cuando su madre se moría, Julián Herbert (Acapulco, 1971) se sentó a su lado a limpiarla. Y a escribir. Canción de tumba (Random House) es la historia de esa madre, que se ganaba la vida como prostituta, y la suya propia, plagada de huidas y búsquedas en las adicciones. También su poesía o cuentos son una celebración desatada y una lucha contra sí mismo, su miedo y su soberbia. “Lo malo de ser hijo de una puta es que muchos actúan como si la puta fueras tú”, dice mientras caminamos en Ciudad de México. Pide que le disculpe: él tiene que andar por el lado de la calzada. Es su instinto protector. “O machista, si quieres”. 

En un puesto de tacos pide un sidral. No para de dar pesos a todo el que le pide. “Es parte de estar aquí. En Saltillo es distinto”. Acaba de llegar en autobús para devolver a su hijo Leo a su madre. Tiene dos hijos anteriores. “Y la hija de Sylvia, de 18 años, que he adoptado”. ¿De dónde saca fuerza para casarse cada vez? “Le tengo mucha fe a la vida de pareja”.

“Soy un huérfano cínico, ex hijo de puta que ha leído a San Juan de la Cruz: sé que la tribu no me dará palabras más puras que las vulgares de Lorenzo Santamaría para hablarle a mi hijo: ‘Para que no me olvides, ni siquiera un momento”. ¿La vida está en esas canciones?

Son una de las grandes escuelas. Pero varía. El Gangnam Style no me dice nada. Y Bad Bunny, tampoco. Lo tradicional es lo que va quedando.

¿Hace falta que nos haga llorar?

Puede hacernos bailar. Dos o tres de Madonna. O Zorba el Griego, que tras la muerte de su hijo baila de dolor. El baile y el llanto tienen una conexión profunda.

Cuando reivindica a Santamaría, ¿crítica el esnobismo de cierta escritura?

No. Creo en el lenguaje culto. Lo que no encuentro es distancia. Mi trabajo es reducir esa distancia artificial entre la alta y la baja cultura.

¿Qué la ha provocado?

Pasar la vista por encima de las cosas y no entrar en ellas. Venía caminando con el GPS. Es enloquecedor. Uno puede sentarse a mirar un mapa o caminar, pero las dos cosas a la vez…

Cuando quiso ser padre con 21 años, su madre le dijo: “Ya no eres mi hijo, cabrón, no eres más que un perro rabioso”.

Mi mamá creció con un lenguaje sumamente violento. Su experiencia del mundo era la que reflejaba su lenguaje. Palabras que me resultaban habituales hace 15 años ahora me parecen violentas.

¿Por ejemplo?

Cabrón. Aprendí a ser muy mal hablado desde niño, pero en mi casa no se decían obscenidades: ni referencias a partes del cuerpo ni asuntos sexuales. Mientras me relacioné con mujeres de mi misma clase social no era un problema. Mis últimas dos parejas vienen de la clase media ilustrada. No me han impuesto un lenguaje, pero la experiencia cambia. La forma violenta del lenguaje tiene momentos de insulto y momentos en los que la costumbre hace que no se perciba como insulto.

 A su madre acabó limpiándola cuando estaba “borracha de transfusiones”. ¿Hay forma de amor mayor que cuidar?

La gravedad y la gracia, de Simone Weil, dice que no podemos dar a quienes amamos más de lo que nos da una obra de arte: que nos mejora la vida porque existe. Para mí, ese es el sentimiento del amor: dar. Creo que los sufrimientos amorosos tienen que ver con que no podemos dejar de ser egoístas. El amor no hace sufrir. Es el egoísmo de querer que las cosas sean como tú quieres y las personas se queden y no se mueran sometiéndose a tu voluntad. Eso no es amor. Son cosas que estorban al amor y a las que no podemos renunciar porque no somos monjes.

Acompañando a su madre, durante su leucemia mielítica, escribió su obra maestra Canción de tumba, a tumba abierta como casi todo lo que hace. ¿Fue un escape? ¿Una defensa?

Creo en la experiencia radical de la escritura. No quisiera escribir de otra manera. Aunque dejé de escribir poesía cuando Leonardo aprendió a hablar: qué flojera escribir obras maestras sin parar como esos novelistas tipo Vargas Llosa.

Habla de Leo, como si no tuviera tres hijos.

Nació cuando yo ya era un hombre más enfocado en la paternidad. Pero tiene 12 años. Está a punto de salir de mi marco de referencias. Adoro ser papá.

¿Cuál es el cansancio del padre?

El normal es físico: seguirlo cuando aprende a caminar. Pero lo extenuante es el asunto de las neuronas-espejo: uno siempre está leyendo a los demás en cada rasgo.

¿Tiene que ver con la ausencia de un padre en su vida?

Seguramente. No sé porque no tengo esa experiencia. Mi experiencia de ser hijo está acotada a ser hijo de mi mamá.

Guadalupe, Lorena, Vicky, Juana. Su madre cambiaba de nombre como las de otros cambian de peinado.

Era una experiencia de la identidad. Y la mexicanidad. Una de las formas de expresar el clasismo aquí es sabiendo cuántas generaciones has sido dueño de tu nombre. No lo vi hasta que jugué con eso en la novela. Los que no venimos de ningún lado no venimos tampoco de ningún nombre.

Su nombre de prostituta, Marisela Acosta, era fijo.

Sí. El único. Mi abuelo biológico se llamaba Pedro Acosta, aunque a ella la adoptó mi abuelo Marcelino.

De sus cuatro hermanos, solo usted viajaba con ella. Y cambiaba de colegio: Acapulco, Laredo, Oaxaca. ¿Por qué?

Mis hermanos se enfadarán, pero pienso que era su consentido. O esa es la fantasía que me hago. De ella aprendí a ir por el mundo como si todas las cosas fueran tuyas.

¿Sintió también lástima por ella? ¿Vergüenza?

De niño, no. Me dio en algún momento pena ajena verla muy borracha cuando volvía de trabajar. Su trabajo me avergonzó de mayor. Estaba muy resentido.

¿No sintió agradecimiento porque los sacara ­adelante?

Es que en la adolescencia te resientes con tu papá incluso si es Carlos Slim. Yo tenía además buenas herramientas para articular mi resentimiento: la pobreza, la prostitución. Eso se volvió para mí un tabú. Para mi hermano mayor, que vive en Japón, sigue siéndolo.

Vivieron en un cuarto levantado con bloques de hormigón y un techo de cartón donde entraban a gatas. Escribió: “Tres años de pobreza extrema no destruyen”. ¿Qué destruye?

Esa frase hoy la veo demasiado entusiasta. Hubo huellas que surgieron después. Lo que hace sangrar las heridas, viejas o nuevas, siempre es lo mismo: el orgullo, la soberbia. Lo que me ha hecho pedazos siempre no ha sido lo que he sufrido, sino no saber administrar las recompensas de la vida. No tener espesor emocional ni una visión suficientemente generosa. Lo más destructivo ha sido, y sigue siendo, lidiar con la soberbia. Soy un hombre muy soberbio. Eso es veneno puro. Y siempre se disfraza de una cosa nueva.

De un desahucio salvó las Obras completas de Oscar Wilde y el tomo 13 de la Nueva enciclopedia temática. ¿Cómo llega a leer y escribir quien no tiene nada?

No necesitas ni ser pobre ni ser rico para escribir. Va a suceder. Uno fantasea con eso, pero pienso que lo supe siempre.

Margarito J. Hernández, el último marido de su madre, le dijo que sería escritor.

Sí. Cuando mi madre me enseñó las primeras letras y logré escribir una palabra lloré. Walter Benjamin cuenta que empezamos a leer antes de saber leer: uno lee el clima, las expresiones… Antes del lenguaje ya existía una forma de leer.

También le recomendó que se fuera de México, que aquí era peso muerto.

Es la lectura de los periodistas: los escritores no le sirven de nada al país.

¿Era periodista?

Del tipo rancho-corrupto mexicano con una visión utilitaria y cínica. ¿De qué vas a vivir? Vas a morir de hambre. Mi hermano Jorge también creía que había que irse de México.

Y se fue a Japón.

Sí. Yo no me fui ni de Saltillo. Un poco para ir contra esa opinión.

¿Se quedó por resistencia?

Puede. Pero todo el tiempo tengo que vigilar que no sea mi soberbia.

¿Por qué salvó las Obras completas de Oscar ­Wilde?

Para ir en contra de ellas. Es un gran maestro de lo que no quisiera ser. Me gusta mucho que estemos aquí donde las mesas están medio jodidas. Vivo en un edificio viejo frente a una zapatería que antes era un cine. En los cuarenta, Edward Hopper pasó por Saltillo y pintó ese cine que veo todos los días. No es que yo viva allí por eso, pero por qué tiene que venir un tipo educado en Chicago para decirte que eso es importante y aquello otro bonito. ¿Por qué no puedes verlo tú? Si estás pensando en irte, no lo ves.

 Se queda, pero es autocrítico.

Creo en la figura de los aguafiestas. La única manera en la que pueden cumplir con su deber es yendo a una fiesta. La relación que tengo con México es intensa pero alejada del mexicano perpetuamente enamorado de su tierra.

¿López Obrador se ha vuelto muy populista?

Hay algo que cuesta ver desde fuera y desde ciertas clases sociales que se preguntan cómo es posible que siga teniendo tanta aceptación. Tras 70 años de gobernantes que nos han arruinado, es difícil cuestionar los errores de un tipo que lleva tres años montando un desbarajuste. No es que no haya corrupción ahora, seguro que hay mucha de la que todavía no nos hemos enterado. No es que el Gobierno sea honesto. Pero sí creo que hay un cambio de dinámica respecto a la corrupción. Y ese tema no se alcanza a ver. Creo que ha habido decisiones legislativas de largo plazo, como realizar consultas. Hacer el plebiscito ahora para él es decorativo: una manera de demostrar que tiene el poder. Pero como norma legislativa de futuro es importante. Significa que el presidente deberá enfrentarse a un control. Esas decisiones serán buenas a largo plazo. Pero lo que se ve ahora es nefastísimo. Se parece demasiado al pasado.

Se define como hartista: hace arte con el hartazgo.

Supongo que aprendí a ir a los extremos. Yo quiero más, de todo.

¿Le viene de la pobreza?

Seguramente. Pero aunque sigo lidiando con esa necesidad del hartazgo, ya no lo veo como una virtud, sino como uno de mis defectos. Es una de las múltiples encarnaciones de la soberbia.

 Hay mucho humor en lo que escribe.

Creo que viene de mi mamá, en el fondo sabes que todo es un poco ridículo, dramático pero chistoso. Poderte burlar de ti mismo es importante. Hay una sensibilidad que reacciona peor o mejor al ridículo. En parte viene dada por la cultura y en parte por el temperamento. Todos hemos estado haciendo el amor en una posición ridícula, ¿no? Casi todo puede ser ridículo. Piénsalo: tú y yo no nos conocemos y estamos hablando como si nos conociéramos desde hace 30 años.

Las drogas le dieron para un libro, Cocaína. “Tu novia te quiere, pero las montañitas blancas te quieren más”.

Son un sustituto de muchas cosas: una pareja o haber crecido sin padre. Todos somos yonquis de algo.

¿Sintió la tentación de pensar que cualquier derrumbe le iba a convertir en mejor escritor?

 Lo importante es la condición yonqui. No se me ha quitado. Ni se me va a quitar. Me engancharé con otras cosas. La diferencia es que ahora, cuando estoy crudo y me levanto por la mañana, tengo claro con qué tiene que ver mi sensación de resaca: con haberme burlado de alguien, con haber controlado un grado de ira. Son los restos de la vida emocional. He descubierto que necesito estar sobrio para poder ver esos restos y armar algo con eso. De la otra manera, la resaca es como la plastilina, que llega en colores y al mezclarla se vuelve toda de color marrón y pierde los colores. Si te detienes cuando todavía existen los colores, con eso se puede construir.

Ganó 100.000 pesos por un libro y compró bourbon y cocaína con la voluntad de suicidarse. Tenía dos hijos. Había dejado y vuelto a la cocaína.

Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente.

Lleva sobrio tres años.

Estoy ahora como recién licenciado, comprendiendo la sobriedad.

¿Cuántas veces lo ha dejado y ha vuelto?

Como cinco. Pero nunca había estado tres años. Ahora estoy en un programa. Antes siempre pensé que mi voluntad iba a poder controlar eso.

La soberbia.

Exacto. Aceptar que no podía fue liberador. Hace años hice un viaje a Baja California. Un pescador me contó su vida. Era muy hablantín. Dijo que siempre había sido pescador clandestino. Y hacía poco había entrado a trabajar como comisario del mar. “Me mandaron al mar para sacarme del mar”, decía. Entraron a su casa a revisarla y no encontraron nada. Pero esa noche él se despertó para mirar a sus hijos y al día siguiente pidió trabajo. Le dije que escribiría esa historia. Y hace algo más de tres años, Leo estaba conmigo un fin de semana. Me hice unas rayas y fui a ver cómo dormía. Me acordé de la historia del pescador. No fue una gran aventura. Fue eso: verlo.

No hay sobredosis mayor que la realidad.

Aprendí que hay trucos para curarse. Me levanto a las seis de la mañana. Hago una serie de lecturas. Medito. Corro cinco kilómetros. Subo y bajo las escaleras. Hago una hora de pesas. Eso me toma hasta las once de la mañana. Pero me da resistencia. Llego arrastrándome a la medianoche. Y ahí necesito cortar lazos. Menos con Sylvia [Georgina Estrada, también escritora y su pareja], corto con el resto del mundo. Y, claro, no eres buen amigo, no eres buen anfitrión. Jamás había disfrutado de la soledad no creativa. Cuando levantas pesas no tienes chance ni de pensar.

 Al final tienen razón los fanáticos del gimnasio.

Hay una cosa de ellos que no me gusta: están muy preocupados por cómo se ven.

Es una religión y para usted una salvación.

El control del cuerpo te da distancia.

A la edad de Leo, su hermano mayor lo salvó de ser violado por lo menos en tres ocasiones. Y le explicó cuáles eran los riesgos con los que tendría que vivir hasta convertirse en adulto.

La violación podía llegar de otros niños, de profesores, de adultos… Ojalá se tratara solo de protegerte de la curiosidad de otros niños.

Su hermano Jorge lo salvó porque él lo había ­vivido.

Sí. Me quiso avisar. Es un tipo fuerte. De esos peces que nadan con agresividad. Desde joven dijo que quería saber idiomas, salir del país, tener tres hijos, y… lo ha hecho.

Desde los 33 años canta en bandas de rock con nombres como Madrastras, La Dictadora, Bruja…

Ahora el grupo se llama Los Tigres de Borges.

¡Menos mal!

La música fue lo primero que llegó. Empecé escribiendo canciones con 15 años. Y con 18 cantaba en bares de Saltillo por unas monedas. Nunca he sido notable. Como dice Borges, con muy poco éxito, pero con mucha vocación.

De Saltillo, donde vive, ha escrito: “Se habla del problema de la entrada de droga en la frontera, no del tráfico de armas”.

El fiscal de EE UU considera que las drogas son ilegales en origen. Las armas, no. ¿Cómo llegan las armas a México? Los narcos tienen una cantidad de armamento impresionante que no se fabrica aquí. El periodismo no lo está cubriendo. Estados Unidos acusa a México de la entrada de drogas, pero la de armas ni se considera.

¿Qué teme ahora?

No entender cómo lidiar con las cosas de la manera menos destructiva posible. Lo que yo no entendía antes es que las crisis tienen una razón de ser. Y lo que necesito es verlas venir. Y aceptar que no tengo control sobre lo que va a venir. A Leo le van a pasar muchas cosas que yo no voy a poder controlar. No sé si Sylvia se va a enamorar de otro. No sé si tendremos dinero suficiente. Antes todo eso era mi sentido de la realidad. Ahora acepto la incertidumbre. Es esperanzador saber que hay una crisis a la vuelta de la esquina."                                     ( Anatxu Zabalbeascoa , El País Semanal,  24/12/21)

17/9/21

Los pobres... Los pobres en España se cuentan por millones desde hace más de diez años... el odio al pobre, que antes se legislaba bajo el epígrafe de “vagos y maleantes”, se está extendiendo al ritmo de la locuacidad de un youtuber... Lo de la Cañada Real del pasado invierno fue una vergüenza, pero no le importó a nadie

 "Una de mis escenas favoritas de toda la historia del cine es aquella de Milagro en Milán donde rifan un pollo asado en la barriada de infraviviendas donde transcurre la película. El número agraciado es el noventa y la gente, abigarrada de abrigos viejos, lanza enfadada sus papeletas no premiadas al suelo. 

El traidor del barrio lleva bombín aunque sucio, dice que tiene el ochenta y nueve, en la cercanía de los que creen ser y no son: sus vecinos le silban. Un abuelo, bajito, de rasgos marcados y dientes escasos, en fin, lo que era una persona de sesenta años en la posguerra, es advertido por su acompañante de que lleva el número ganador. Él mira la papeleta, haciendo gestos sobrios de incredulidad: “No puede ser, sería demasiado hermoso”.

El pobre retratado por De Sica en su cuento de neorrealismo mágico, habitante de las periferias del desarrollismo, entendía la comunidad buscando un único rayo de sol, huidizo, para calentarse en el descampado, pero su esperanza era frágil incluso cuando la suerte le sonreía.

 De estar tan acostumbrado a los reveses parecía incapaz de aceptar que, aunque fuera por una vez, la fortuna le sonreía: esto se puede calificar como abnegación, pero también como experiencia. Al final el viejo se sienta a la mesa y devora el pollo en medio minuto, disfrutando de cada bocado de esa forma en que se disfrutan las cosas que no se sabe cuándo van a volver. “Qué bien come”, dice un vecino del corro que observa atento el festín. Al terminar, el abuelo levanta un hueso en homenaje a la multitud que irrumpe en aplausos.

El Carpanta de Escobar siempre soñaba con pollos asados, a veces con jamones, en todas las historietas que protagonizaba. Tebeo de 1947, expresión del hambre de un país, también de su brutalidad, que el dibujante barcelonés, en lo que era considerado un pasatiempo para críos, plasmó en viñetas, esquivando así una censura tan arrogante como torpe. Carpanta llegó hasta la década de los ochenta, explicándoles a los que aún leían historietas que había habido una España donde la principal ocupación era matar el hambre. 

Como no se podía contar así, a las claras, se le encasquetaba la representación del común a un pobre de solemnidad, de los de hatillo al hombro y vivienda bajo un puente. Carpanta era un pícaro del Siglo de Oro en el siglo del plomo, donde después de la guerra, en España –a diferencia de en Europa–, ya sólo cabía ser antihéroe molido a palos, llevar en el rucio la armadura, ociosa y abollada, sin peto y sin espaldar.

Azcona trataba a los pobres sin conmiseración, porque probablemente era la única manera de atizar a los ricos sin que se notara. En uno de sus cuentos vuelve a aparecer la desdicha y la lotería porque el azar, en tiempos de desesperación, es la única ilusión que les queda a los que no les queda nada. Este pobre se pone a vender participaciones de lotería por encima de las capacidades del décimo, que no recuerdo si ni siquiera posee. 

Por supuesto toca. Entonces la mitad del pueblo sale en procesión de regocijo a la calle, a celebrar la que piensan que van a ser las Navidades de su vida. Las señoras del casino, al escuchar el estruendo y ver a tanto desarrapado contento, desde lo alto del balcón y tras las cortinas, entran en pánico porque piensan que la revolución social ha vuelto a cobrarse su cita con la historia. La felicidad de unos, aún ilusoria, es siempre el pavor de los otros.

Ya con Berlanga, volviendo al cine, Azcona junto a Font y Colina, nos contaron la historia de Plácido, quien hubiera debido ganar el Oscar de 1962, por ser una de las mejores películas del cine español, también por derrotar al grave de Bergman, cosa que no sucedió porque, a los pobres, rara vez les acompaña el favor del jurado. En la película, los ricos, poco más que las fuerzas vivas de provincias en blanco y negro, sientan a un menesteroso a su mesa por Nochebuena, que previamente han subastado junto a una gachí de revista. 

Pero el protagonista es otro, uno que tiene un motocarro, una mujer que limpia los urinarios y una letra que le es imposible pagar, aun disponiendo de las pesetas que vale. Plácido, interpretado por Cassen, con gorra de cuero y borrego, bien de miliciano, bien de basurero, supera pruebas, como un Hércules ibérico, que no le conducen a ninguna parte, más allá de dar de comer a los churumbeles, de que el suegro vea la siguiente primavera y de que al cuñado –nadie hacía de cojo como Manuel Alexandre– no le partan la cara. Pobre pero con ocupación.

Felipe Alcaraz, en este segundo año de la pandemia, firmó una novela titulada Los Pobres, donde la gente que se sitúa más allá de la ciudad turística cuelga sus banderas en azoteas andaluzas, sábanas, manteles y bragas, enseñas de normalidad, en la anormalidad de un confinamiento que les opaca doblemente. 

Alcaraz, que una vez fue diputado, que siempre ha sido escritor, a pesar de dominar el oficio o precisamente por eso, no titula su novela con metáforas ni comparaciones poéticas, situando el estado de muchos con el nombre que les describe en su crudeza. Hay barrios de este país que nunca cogieron el tren en el festín especulativo, que nunca salieron de la Gran Recesión y que, ahora, lo del virus les ha acabado de asegurar que estos años 20, los nuestros, serán de todos menos felices.

Vivimos tiempos inclementes que tratamos de arreglar contándolos de otra forma y a los pobres, en vez de llamarlos así, los escondemos para que no queden feos en la postal digital ni en el documento oficial, donde el eufemismo pretende tapar lo que no quiere alcanzar el presupuesto. 

Por eso decimos que la gente está en situación de pobreza, como quien va a pasar el sábado a Cuenca, o añadimos a la pobreza un descriptor, como “energética”, porque de todos es sabido que a lo mejor no puedes pagar la luz pero luego te da por hincharte a caviar en tus ratos libres, cuando dejas de ejercer de ciudadano sin recursos. Los pobres en España se cuentan por millones desde hace más de diez años, casi al mismo ritmo que nos crecieron los millonarios, como hongos de cuartucho húmedo que siempre se las arreglan para sacar tajada y colonizar el resto de paredes de la sociedad.

No es novedoso que la derecha odie al pobre, más si es de otro color y viene de lejos. Un imbécil decía por ahí que su hija cobra menos porque el inmigrante vive como dios, décadas de reformas laborales lesivas para los derechos de los trabajadores no tienen nada que ver. Lo novedoso es que el odio al pobre, que antes se legislaba bajo el epígrafe de “vagos y maleantes”, se está extendiendo al ritmo de la locuacidad de un youtuber. Al pobre se le oculta y se le denigra, pero sobre todo se le aliena. Quién puede verse impactado por el que vive en su bloque, pero peor, cuando con 20 años tiene como aspiración pillar bitcoins. Gilipollas ha habido siempre, lo que pasa es que ahora con el telefonito se meten en la cabeza de los chavales desde la palma de la mano.

Y la izquierda qué. Pues demasiado pendiente del pobre, sobre todo de aquel pintorescamente pobre, uno con el que se pueda competir a solidaridad, que es como funciona la política en el mercado de las atenciones. Pobres hay millones, pero de esos que no son pobres ni ricos hay muchos más. De esos que cuando la incertidumbre y la escasez entran por la puerta tiran la solidaridad por la ventana. 

De esos que les resbala lo público porque todo en su vida parece indicarles que la única manera de progresar es mediante su esfuerzo, sin entender que sin el esfuerzo en conjunto, lo poco que tenemos no hubiera tenido lugar. Lo de la Cañada Real del pasado invierno fue una vergüenza, pero no le importó a nadie, por duro que resulte de leer, también de escribir. Sobre todo cuando no hay respuestas, a la vista, para el desasosiego: cada uno en su casa y dios en la de todos. El pellizco no debería ser moral, sino sobre todo descriptivo y materialista.

Por eso Ayuso habla de lo colectivo como algo malo, porque sabe que sus predecesores construyeron un Madrid del sálvese quien pueda, no sólo con mensaje, lo aspiracional, sino también con urbanismo y deterioro de lo público para que la huida sea hacia lo privado. En La España de las piscinas, del que convendrá hablar otro día, Jorge Dioni lo explica bien. 
 
No se trata de elegir entre los pobres y los normales, eso que un día fue la clase trabajadora, sino de que sin apelación a la generalidad no puede existir socorro a la alteridad. De que el protagonista de nuestra película sigue siendo Plácido y su motocarro, no el pobre, ni el rico, ni la cena patrocinada por ollas Cocinex. De que la narración, al final, se mueve porque hay que pagar la letra."                 (Daniel Bernabé, InfoLibre, 15/09/21)

18/9/20

El artista ha muerto.... “Soy como un trabajador del automóvil o del acero: mi industria se ha vuelto arcaica”. La música es un sector cuyo viejo modelo está desapareciendo, y el nuevo se ha llevado por delante las condiciones de subsistencia de los artistas... en 2018, las obras de 20 personas supusieron el 64% de las ventas totales de artistas vivos. Fuera de ese núcleo reducidísimo, apenas queda nada para repartir... de los más de seis millones de libros disponibles en Kindle, el 68% vende menos de dos copias al mes; y sólo hay dos mil de ellos que ingresan 25.000 $ anuales... La cultura sigue ahí y continúa generando beneficios, la cuestión es para quién... lo que se ha producido es la devaluación del precio de la mano de obra, aun cuando las obras continúen costando lo mismo o más... Crear es cada vez más cosa de ricos

 "El libro cultural más importante de este año es ‘The death of the artist’, de William Deresiewicz. No traza nuevos caminos formales, no promueve el nacimiento de una nueva corriente creativa, no señala sendas artísticas que deberían explorarse. 

Su punto de partida es mucho más inmediato: expone las condiciones de vida de la gran mayoría de la gente que se dedica a la práctica artística, en sus múltiples vertientes. Y llega a una conclusión que es muy de la cultura, siempre aficionada a términos grandilocuentes: la literatura ha muerto, la pintura ha muerto, el rock ha muerto, ese tipo de afirmación. Sólo que, en este caso, no se trata de llamar la atención, sino de constatar una realidad: el artista ha muerto.

Una conversación, recogida en el texto, entre Deresiewicz y Kim Deal, miembro de Pixies y The Breeders, nos da una pista sobre las contradicciones contemporáneas. Deal se crió en Dayton (Ohio), y continúa viviendo allí cuando ya ha alcanzado la cincuentena. Su paisaje vital es el del medio Oeste industrial, ese que amplió su prosperidad gracias a las fábricas. 

Deal se identifica con ese horizonte, también porque su experiencia profesional es muy similar:“Soy como un trabajador del automóvil o del acero: mi industria se ha vuelto arcaica”. La música, como casi todo lo relacionado con la segunda mitad del siglo XX, es un sector cuyo viejo modelo está desapareciendo, y el nuevo se ha llevado por delante las condiciones de subsistencia de quienes formaban parte de él.

'Eppur si muove'

Sin embargo, como bien puntualiza Deresiewicz, no estamos hablando de la minería del carbón o de las lámparas de gas. La cultura está excepcionalmente viva, y la pandemia lo ha subrayado: la gente dedica una parte no despreciable de su tiempo a leer novelas, ver series, conciertos o películas, escuchar música y tantas otras experiencias ligadas con la creación. De modo que si hay algo que se ha ido, no ha sido la industria cultural. Quizá deberíamos mirar en otro lugar para entender qué está ocurriendo.

Tengamos en cuenta que el libro de Deresiewicz expone el caso de EEUU, que es un país culturalmente privilegiado por la difusión global de sus creaciones: es mucho más sencillo que un músico, novelista, pintor o cineasta estadounidense vea sus obras publicadas en cualquier otro país que al revés, lo que tiene una enorme importancia a la hora de generar ingresos, ya que incluso las obras minoritarias pueden resultar muy rentables gracias a su difusión por todo el mundo. Sin embargo, incluso en ese ámbito privilegiado, las cifras son crueles.

 Algunos ejemplos. Del 1% de los creadores de las artes visuales que más ingresan por sus obras, el último de ellos genera 13.000 dólares anuales, lo que subraya claramente el nivel de pobreza del 99% restante. El mercado del arte está concentrado: en 2018, las obras de 20 personas supusieron el 64% de las ventas totales de artistas vivos. Fuera de ese núcleo reducidísimo, apenas queda nada para repartir.

Dos ejemplares al mes

Las cosas no mejoran en otros sectores. Más cifras recogidas por Deresiewicz: de los más de seis millones de libros disponibles en Kindle, el 68% vende menos de dos copias al mes; la gran mayoría de los libros son autoeditados, y sólo hay dos mil de ellos que generen ingresos equivalentes o superiores a 25.000 $ anuales. Y así sucesivamente: sólo el 3% de las personas que dirigen una película de bajo presupuesto vuelve a dirigir en un par de ocasiones más.

 En Spotify hay dos millones de artistas, y el 4% de ellos concentra más del 95% de las reproducciones; hay un 20% que no ha sido escuchado ni una sola vez.

 En cuanto a los ingresos, los pagos en esas plataformas varían dependiendo de diversos factores. Deresiewicz asegura que las tarifas se mantienen en secreto, pero que estimaciones muy aproximadas en marzo de 2018 eran las siguientes: Apple Music pagaba 0,74 centavos de dólar por reproducción; Spotify, 0,44 centavos; Pandora, 0,13 centavos; YouTube, 0.07 centavos. Pero eso sólo son promedios, porque la práctica real varía mucho. 

La violinista Zoë Keating ingresó 2400 $ por 1,44 millones de escuchas, lo que entra en la tasa promedio. Pero el rapero Sammus recibió 6.35 $ de Spotify por 14.000 reproducciones, menos de 0.05 centavos por cada una de ellas; y Rosanne Cash ganó 104 $ por 600.000 reproducciones, a 0.017 centavos por reproducción. Y esas diferencias, apunta Deresiewicz, se dan entre aquellos que cobran algo, lo que no siempre ocurre.

Marc Ribot, un excelente guitarrista que, además de su carrera en solitario, ha trabajado con Tom Waits, Elton John, McCoy Tyner o Elvis Costello, subraya el cambio que ha vivido el sector: con su banda Ceramic Dog ganó 187 $ en Spotify haciendo un tipo de música minoritaria que antes le generaba entre 4.000 y 9.000 dólares por la venta de cds. Hubo tiempos mejores, y esa conciencia permanece clara en la mente de los creadores, que ven cómo sus ingresos han disminuido sin lo que haya hecho su aceptación. Y este es el centro del asunto.

El abaratamiento del creador

 La cultura sigue ahí y continúa generando beneficios, la cuestión es para quién. La afirmación de Kim Deal sobre lo obsoleto de su trabajo no acierta a describir lo que sucede, porque los coches siguen fabricándose, pero en lugares donde la obra es mucho más barata. La gente no dejó de comprar coches de repente y las fábricas siguieron existiendo; lo que se produjo fue su desplazamiento para reducir costes. 

A la cultura le ocurre algo similar, sólo que no se han llevado nada a China: han abaratado enormemente la producción, hasta el punto de que la gran mayoría de los autores asume el coste de su obra y lo cuelga en las plataformas esperando generar algún ingreso. Los que no, aquellos que tienen la teórica suerte de contar con firmas que ponen su obra en el mercado, aceptan condiciones a la baja ante la imposibilidad de competir en un entorno saturado.

En este punto suelen confundirse los conceptos con la realidad. Se discute sobre si el soporte digital es mejor que el físico, sobre la comodidad de poder ver las películas en casa, sobre si tener los libros en un ebook es mejor que ne la estantería o sobre los beneficios de ver los conciertos de tu grupo preferido en el sofá; o sobre lo mala que era la industria discográfica, o la editorial, o la cinematográfica, de décadas anteriores, y se tacha a quienes la recuerdan de nostálgicos que todavía no se adaptado. Pero todo eso es palabrería, porque lo que se ha producido es la devaluación del precio de la mano de obra, aun cuando las obras continúen costando lo mismo o más. Dicho de otra manera, lo que está en juego son las condiciones de reparto de los beneficios, no el soporte o su modernidad.

El auge del aficionado

En esa situación de abaratamiento radical de la mano de obra, la primera consecuencia es la muerte del artista, ya que no existen las condiciones de reproducción necesarias para que puedan desarrollar su trabajo. El entorno malthusiano, de sobrepoblación cultural, que generan los nuevos canalizadores de la cultura, empobrece masivamente al sector, lo que facilita pagar precios mucho menores. El artista no sólo aporta su conocimiento, su talento y su esfuerzo sino que añade a menudo los medios de producción; a cambio, apenas consigue retribución por su trabajo, salvo casos muy esporádicos. 

La cultura no era una cuestión de cara o cruz, sino que incluía una clase media relevante, personas que, de distintas maneras, podían vivir de su actividad. Los nuevos modelos de negocio convierten a la gran mayoría de los creadores en simples aficionados que producen prácticamente gratis para que los canales de distribución ganen cada vez más dinero, o que aceptan trabajar para las empresas físicas del sector sin apenas cobrar o, en los mejores casos, con ingresos menguantes.

La cultura se ha convertido en la actividad secundaria de personas que se ganan la vida con otros empleos, y el libro de Deresiewicz constata hasta qué punto es así. Crea en sus ratos libres, los que otros dedican a montar en bicicleta o en tomar unas cañas en las terrazas, mientras espera que alguna vez la suerte le sonría y pueda encontrar algo que le saque de la pobreza o que le dé cierta estabilidad. 

Las condiciones de subsistencia de las personas que se dedican mayoritariamente a la creación son paupérrimas, y por eso sólo personas sin hijos suelen dedicarse a ello. O, por supuesto, quienes tienen recursos familiares que les permiten vivir de las rentas. Crear es cada vez más cosa de ricos, ya que no sólo tienen el dinero, también los contactos que permiten que las carreras profesionales sean más exitosas.

La cultura española

Fruto de esta situación, las obras suelen ser cualitativamente pobres, porque se carece de las condiciones (tiempo, dinero y consejo) que ayudarían a potenciar lo que que contienen. Al mismo tiempo, en un entorno de gran saturación, es muy difícil que incluso las obras formalmente logradas destaquen: la cantidad de material producido vuelve muy complicado que alcance al público potencialmente interesado.

Este escenario era el previo a la pandemia, y el coronavirus no ha hecho más que empeorarlo. Muchos sectores de la cultura española, en particular aquellos que todavía generan ingresos, se están quejando de la falta de apoyo institucional y del desinterés del ministro por apoyar a un ámbito que es claramente rentable. Pero hay que entender el propósito de fondo. 

No se trata únicamente de que el Gobierno tenga poco dinero para todo, lo cual es cierto, sino de que ve con buenos ojos esta transformación hacia lo digital que el virus ha acelerado. Igual que en otros sectores de la economía las empresas “tradicionales”, las no digitales, están perdiendo la confianza del mercado, se entiende que la cultura debe ser más eficiente, que está en proceso de transformación y que lo deseable es que dé el salto hacia la nueva época: la parte “presencial” del sector tendrá que adaptarse o salir del juego.

Las implicaciones sociales, económicas y políticas de este giro en la cultura son mucho mayores de lo que suele pensarse. Pero de ellas hablaremos otro día; baste hoy con constatar que ese mundo que parece caerse es todo lo contrario: es vibrante y floreciente, lo que ocurre es que quienes crean, aquellos sin los cuales nada sería posible, (los artistas, pero también quienes los rodean y ayudan, incluida una parte no menor de técnicos) son los que están desapareciendo. El sector se ha convertido en fabricación de mercancía ‘low cost’ para el contenedor, y sus productores en ‘low cost’ ellos mismos."                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 6/09/20)

6/7/11

"Miles Davis... en su autobiografía, alardeaba de haber ejercido de chulo y, más aún, de tener mano larga con las mujeres"

"Iceberg Slim era el nom de guerre de Robert Lee Maupin, un delincuente de Chicago que cambió de vida en los sesenta. Decidió contar sus vivencias y, con el olfato que dan años de pillerías, se centró en su etapa como proxeneta. Pimp, su estreno, fue un éxito inmediato, traducido a muchos idiomas (Anagrama sacó la versión en español, Pimp: memorias de un chulo).

Iceberg Slim inauguró todo un subgénero. Otros proxenetas se apuntaron, con tomos aún más descarnados (y exentos de la moraleja de Iceberg Slim, que finalmente renunciaba a su oficio). Desveló que el rufián era uno de los modelos de masculinidad en la subcultura negra.

Cualquier amante de la música afroamericana reconocerá la jerga de la explotación sexual, también conocida como the game, the sportin' life o the night life. Ellos son pimps, Mack men o players. Ellas responden como hos, ladies o bitches. Los libros de Iceberg Slim y sus colegas visibilizaron una subcultura.

De repente, aparecía una grabación de Jimi Hendrix titulada Doriella du Fontaine, donde el narrador, Lightnin' Rod (de The Last Poets) contaba la gran fantasía de los proxenetas y sus pupilas: el retiro dorado, después de saquear a un panoli. Con final frustrante, a pesar de todo.

En realidad, el tema se hizo tras la muerte de Hendrix, a partir de una jam session con Buddy Miles. Tengo dudas de que Jimi, tan genuinamente jipi, hubiera aceptado unir su música a aquella historia. Pero Miles Davis no se planteaba esos escrúpulos: en su autobiografía, alardeaba de haber ejercido de chulo y, más aún, de tener mano larga con las mujeres.

Según contaba Iceberg Slim, su "negocio" se basaba en el uso medido de la violencia y en técnicas de psicología callejera, para controlar a sus mancebas: "No es un asunto de sexo, es un asunto de coco. Un buen chulo no cobra por follar; lo hace por tener la respuesta adecuada para lo que preocupa a una puta".

No son asuntos agradables, por cierto, y tenían otros componentes sociales: en general, muchos de los pimps negros tenían hos blancas. El argumento puede parecer pueril, pero viene a decir: el hombre negro tiene como principales enemigos al blanco y a la mujer; dominar a mujeres blancas supone un doble triunfo.

Los argumentos que Iceberg Slim puso por escrito corresponde obviamente a tiempos anteriores al feminismo. Pero asombra que el carisma del chulo como héroe cultural haya llegado hasta nuestros días.

Fue reivindicado por el gangsta rap, que además popularizó su estética: coches escandalosos (conocidos como pimpmobiles), joyería y bisutería rutilantes (bling-bling), falanges de mujeres arropando a la estrella. Un rapero como Snoop Dogg presume de compatibilizar, durante varios años, el micrófono con el proxenetismo." (DIEGO A. MANRIQUE: Los secretos del gran proxeneta. El País, 04/07/2011, p. 34)

23/1/09

"El flamenco sufre porque el gitano ya no es pobre"

"Con todo, asume que el cante jondo ha vivido mejores momentos. "El flamenco se nutre de la pobreza y la fatiga, pero hoy el gitano tiene otra posición, los hijos estudian con su ordenador en el cuarto. Vivimos muy bien y así es más difícil expresar el dolor, la hondura. Nadie ha cantado flamenco siendo hijo de ministro, sino teniendo un padre que vendía cuatro limones". (NIÑA PASTORI: "El flamenco sufre porque el gitano ya no es pobre". El País, ed. Galicia, Última, 22/01/2009)