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12/1/24

Cómo los 'visionarios' de Silicon Valley priorizan las ganancias sobre el verdadero progreso tecnológico... se benefician de una mitología común que eleva su estatus. Ese mito es la creencia de que los “visionarios” ejecutivos que dirigen grandes corporaciones son los motores que impulsan avances esenciales demasiado ambiciosos o futuristas para las instituciones públicas, más lentas... Sin embargo, en realidad, la mayoría de los componentes tecnológicos modernos –como las baterías de los automóviles, los cohetes espaciales, Internet, los teléfonos inteligentes y el GPS– surgieron de investigaciones financiadas con fondos públicos. No fueron el trabajo inspirado de los amos corporativos del universo... el afán de lucro que se observa en Silicon Valley (y más allá) frecuentemente impide la innovación en lugar de mejorarla... Las “instituciones de conocimiento abierto” y las cooperativas de plataformas se centran en la innovación para el bien colectivo más que para la gloria individual (John Pilger)

 "La innovación tecnológica de las últimas dos décadas ha traído fama y enorme riqueza a personas como Elon Musk, Steve Jobs, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. A menudo festejados como genios, son los rostros detrás de los dispositivos y medios de los que muchos de nosotros dependemos. A veces son controvertidos. A veces se critica el nivel de su influencia.

 Pero también se benefician de una mitología común que eleva su estatus. Ese mito es la creencia de que los “visionarios” ejecutivos que dirigen grandes corporaciones son los motores que impulsan avances esenciales demasiado ambiciosos o futuristas para las instituciones públicas lentas.

 Porque hay muchos que consideran que el sector privado está mucho mejor equipado que el sector público para resolver desafíos importantes. Vemos esa ideología plasmada en empresas como OpenAI. Esta exitosa empresa se fundó con la premisa de que, si bien la inteligencia artificial tiene demasiadas consecuencias como para dejarla en manos de las corporaciones, el sector público es simplemente incapaz de seguir el ritmo.

 El enfoque está vinculado a una filosofía política que defiende la idea de que los empresarios pioneros sean figuras que hagan avanzar la civilización a través de pura brillantez y determinación individuales. Sin embargo, en realidad, la mayoría de los componentes tecnológicos modernos –como las baterías de los automóviles, los cohetes espaciales, Internet, los teléfonos inteligentes y el GPS– surgieron de investigaciones financiadas con fondos públicos. No fueron el trabajo inspirado de los amos corporativos del universo.

 Y mi trabajo sugiere una desconexión adicional: que el afán de lucro que se observa en Silicon Valley (y más allá) frecuentemente impide la innovación en lugar de mejorarla. Por ejemplo, los intentos de sacar provecho de la vacuna COVID tuvieron un impacto perjudicial en el acceso global al medicamento. O considere cómo las recientes incursiones en el turismo espacial parecen priorizar las experiencias de personas extremadamente ricas sobre misiones menos lucrativas pero de mayor valor científico.

  En términos más generales, la sed de ganancias significa que las restricciones a la propiedad intelectual tienden a restringir la colaboración entre (e incluso dentro) de las empresas. También hay evidencia de que las demandas a corto plazo de los accionistas distorsionan la innovación real en favor de la recompensa financiera.

  Permitir que ejecutivos centrados en las ganancias establezcan agendas tecnológicas también puede generar costos públicos. Es costoso lidiar con los peligrosos desechos de la órbita terrestre baja causados por el turismo espacial, o con las complejas negociaciones regulatorias involucradas en la protección de los derechos humanos en torno a la IA.

 Por tanto, existe una clara tensión entre las demandas de ganancias y el progreso tecnológico a largo plazo. Y esto explica en parte por qué importantes innovaciones históricas surgieron de instituciones del sector público que están relativamente aisladas de las presiones financieras de corto plazo. Las fuerzas del mercado por sí solas rara vez logran avances transformadores como los programas espaciales o la creación de Internet.

 El dominio corporativo excesivo tiene otros efectos de atenuación. Los científicos investigadores parecen dedicar un tiempo valioso a buscar financiación influenciada por intereses comerciales. También están cada vez más incentivados a ingresar al rentable sector privado. Aquí los talentos de esos científicos e ingenieros pueden dirigirse a ayudar a los anunciantes a mantener mejor nuestra atención. O se les puede encomendar la tarea de encontrar formas para que las corporaciones ganen más dinero con nuestros datos personales.

 Es menos probable que los proyectos que podrían abordar el cambio climático, la salud pública o la desigualdad global sean el centro de atención. Asimismo, las investigaciones sugieren que los laboratorios universitarios están avanzando hacia un modelo de “ciencia con fines de lucro” a través de asociaciones industriales. 

 Destino digital

 Pero la verdadera innovación científica necesita instituciones y personas guiadas por principios que van más allá de los incentivos financieros. Y afortunadamente hay lugares que los apoyan. Las “instituciones de conocimiento abierto” y las cooperativas de plataformas se centran en la innovación para el bien colectivo más que para la gloria individual. Los gobiernos podrían hacer mucho más para apoyar e invertir en este tipo de organizaciones.

 Si lo hacen, en las próximas décadas se podrían desarrollar ecosistemas de innovación más saludables que vayan más allá de las corporaciones y su gobierno ejecutivo. Crearían un ambiente de cooperación en lugar de competencia, para un beneficio social genuino.

 Todavía habrá un lugar para el peculiar “genio” de Musk y Zuckerberg y sus colegas multimillonarios de Silicon Valley. Pero confiar en sus infladas corporaciones para diseñar y dominar la innovación tecnológica es un error.

 Para un verdadero descubrimiento y progreso no se puede confiar en las mentes y motivos de unos pocos hombres famosos. Implica invertir en instituciones arraigadas en la democracia y la sostenibilidad, no sólo porque es más ético, sino porque, a largo plazo, será mucho más eficaz."

( Peter Bloom, profesor de Gestión, Universidad de Essex, Brave New Europe, 01/01/24)

16/9/22

La inteligencia artificial (propiedad de Google), predice la estructura de todas las proteínas conocidas y abre un nuevo universo para la ciencia

 "Una inteligencia artificial propiedad de Google ha predicho la estructura de casi todas las proteínas conocidas; unos 200 millones de moléculas esenciales para comprender la biología de todos los seres vivos del planeta y los mecanismos de algunas de las enfermedades más prevalentes, desde la malaria hasta el alzhéimer y el cáncer.

“Este trabajo da inicio a una nueva era de biología digital”, ha celebrado Demis Hassabis, el experto en programación y neurociencia de 45 años que es el principal creador de AlphaFold, el sistema de redes neuronales que ha sido capaz de resolver casi por completo uno de los mayores problemas de la biología.

El británico Hassabis fue un talento juvenil del ajedrez y los videojuegos que en 2010 fundó Deepmind, una empresa volcada en crear una inteligencia artificial capaz de aprender como los humanos. En 2013, este sistema demostró ser mejor que cualquier persona jugando a videojuegos de la empresa Atari. Al año siguiente, Google compró la compañía por unos 500 millones de euros. En 2017, AlphaGo arrasó ante los mejores campeones de Go, el complejísimo juego de tablero asiático similar al ajedrez. Desde entonces, Hassabis volcó sus esfuerzos en un reto mucho mayor: predecir la forma tridimensional que tendrá una proteína leyendo únicamente su secuencia genética, escrita en dos dimensiones con letras de ADN.

Conocer la estructura tridimensional de estas moléculas a partir de su secuencia genética es esencial para entender su función, pero supone un problema de inmensa dificultad. Es como terminar un puzle con decenas de miles de piezas sin saber qué imagen representa.

Hasta la aparición de este sistema, dilucidar la forma de una sola proteína compuesta por 100 unidades básicas —llamadas aminoácidos— podía llevar 13.700 millones de años, la edad del universo. En el mejor de los casos, los científicos tardaban años usando microscopía electrónica o enormes aceleradores de partículas como el sincrotrón europeo de Grenoble (Francia). En cambio, el algoritmo de Google predice la estructura de cualquier proteína en unos pocos segundos.

“Este universo de proteínas” es “un regalo para la humanidad”, ha resaltado Hassabis durante la presentación de la nueva base de datos, durante una rueda de prensa celebrada el martes, junto a científicos del Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), una institución pública que ha colaborado en el desarrollo de AlphaFold.

Antes de la llegada de esta tecnología, se había conseguido determinar la estructura de unas 200.000 proteínas, una labor que llevó 60 años y la participación de miles de científicos. Esa base de datos ha sido el material de aprendizaje de la inteligencia artificial de Google, que ha buscado patrones válidos que predigan qué forma tendrán las proteínas de las que solo se conoce su secuencia bidimensional. En 2021, el sistema ya resolvió la estructura de un millón de proteínas, incluidas todas las humanas. La nueva remesa de este año amplía el récord a 200 millones: prácticamente todas las proteínas conocidas de todos los seres vivos del planeta.

El acceso a esta nueva base de datos es libre y gratuito y el código informático de su inteligencia artificial es abierto y descargable. Este Google de la vida muestra la secuencia bidimensional de cualquier proteína y un modelo tridimensional que indica el nivel de fiabilidad de la predicción, que tiene un margen de error similar o incluso menor que los métodos convencionales.

Es importante tener en cuenta que AlphaFold no determina la realidad, sino que la predice. Lee la secuencia genética y estima cuál es la forma más probable en la que se configurarán los aminoácidos. La predicción tiene una alta fiabilidad, lo que permite ahorrar mucho tiempo y dinero a los científicos para hacer trabajos teóricos sin necesidad de usar costosos equipos para determinar la estructura real de una proteína hasta que sea absolutamente necesario.

Las aplicaciones de esta nueva herramienta son casi infinitas, pues las proteínas microscópicas están involucradas en cualquier proceso biológico imaginable, desde la muerte en masa de las abejas a la resistencia de las cosechas al calor, pasando por una infinidad de enfermedades.

 El equipo de Matt Higgins, de la Universidad de Oxford (Reino Unido), ha usado AlphaFold como parte de su proyecto para desarrollar un anticuerpo —un tipo de proteína— capaz de neutralizar una de las proteínas esenciales para que el patógeno de la malaria pueda reproducirse. Dentro de años, este tipo de investigaciones podrían conseguir la primera vacuna altamente protectora contra esta enfermedad, pues impediría la transmisión del parásito de una persona a otra a través de la picadura de mosquitos.

Logros conseguidos

Otro de los hitos ya logrados es la estructura más detallada hasta la fecha de los poros nucleares, un complejo de proteínas con forma de rosquilla que es la puerta de entrada y de salida del núcleo de las células humanas y que está relacionado con un sinfín de enfermedades, incluidas el cáncer y las cardiovasculares. Esta nueva herramienta permite un acceso sin precedentes a entender “cómo la receta de la vida [escrita en el genoma] entra en funcionamiento al traducirse en proteínas”, explicó a este diario Jan Kosinski, investigador del EMBL coautor de este hallazgo.

Hassabis y el resto de responsables de Deepmind y el EMBL han asegurado que se han analizado los posibles riesgos que entraña publicar esta base de datos y hacerla accesible a todo el mundo. “Los beneficios son claramente superiores a las amenazas”, ha resaltado el creador del sistema, que ha añadido que en el futuro, a medida que se desarrolle esta tecnología, será la comunidad internacional la que deba decidir si debe limitarse su uso.

Una de las aplicaciones más tangibles es el diseño de moléculas a la carta que puedan bloquear proteínas nocivas o, mejor, modular su actividad, un efecto mucho más deseable en el diseño de nuevos fármacos, explica Carlos Fernández, científico del CSIC y líder del grupo de biología estructural de la Sociedad Española de Biología Molecular. Su equipo ha utilizado AlphaFold para dilucidar parte de la estructura de un complejo formado por varias proteínas esencial para la propagación del tripanosoma que causa la enfermedad del sueño que existe en países del África subsahariana.

Ahora quedan por delante años de trabajo para confirmar si las predicciones son correctas, explica el biólogo José Márquez, experto en estructura de proteínas del sincrotrón de Grenoble. “La próxima frontera será que AlphaFold pueda contribuir al diseño de fármacos bloqueadores de proteínas o activadores de ellas, un problema que ya están abordando”, explica. Otro escollo: el sistema no dice por qué una proteína obtiene su forma final, algo que puede ser esencial en la investigación de dolencias como el alzhéimer o el párkinson, relacionadas con un plegado incorrecto de las proteínas.

Alfonso Valencia, director de ciencias de la vida en el Centro Nacional de Supercomputación, habla de las carencias del sistema. “No todo está resuelto, porque AlphaFold solo puede predecir cosas que estén en el dominio de cosas conocidas. Por ejemplo, no puede predecir bien la estructura de un tipo de proteínas que protegen de congelación porque son raras y no hay muchos ejemplos en las bases de datos. Tampoco puede predecir la consecuencia de mutaciones, lo que es un punto muy negativo en medicina”, resalta.

También reconoce uno de sus puntos fuertes: que el código de todo el sistema es abierto, lo que supone que otros científicos pueden mejorarlo o modificarlo a su gusto, incluso si Google decide retirar el sistema de la red. “Es evidente que la gente de Deepmind está buscando ganar el Premio Nobel al actuar de esta forma tan transparente”, opina Valencia. “Por un lado, obtienen una gran imagen y una ventaja sobre sus competidores, como Facebook. Por otro, ya han sugerido que se reservan el uso privado de datos concretos sobre salud y para el diseño de fármacos”, añade."                 (Nuño Domínguez, El País, 28/07/22)

13/5/21

El científico español Óscar Fernández Capetillo descubre un mecanismo de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) gracias a una conversación trivial con un ganador del Nobel de Medicina

Vanesa Lafarga, Óscar Fernández Capetillo y Oleksandra Sirozh, en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, en Madrid.Santi Burgos / EL PAÍS

 "El bioquímico Óscar Fernández Capetillo acudió un día de 2016 a una conferencia sobre el origen de la vida en la Tierra. El ponente era el estadounidense Jack Szostak, un ganador del Nobel de Medicina que estaba empeñado en encontrar la receta para generar un ser vivo en el laboratorio, a partir de ingredientes químicos ya presentes en el planeta primitivo. Tras la disertación, ambos se juntaron para tomar un café. Szostak ya no recuerda el contenido de aquella conversación, pero a Fernández Capetillo se le quedó grabado. Aquel breve diálogo ha culminado cinco años después en el descubrimiento de un mecanismo que ilumina una de las enfermedades más devastadoras del ser humano: la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

El trastorno, tarde o temprano letal, golpea a una de cada 20.000 personas en el mundo. La ELA suele aparecer por sorpresa en los adultos, destruye las células nerviosas que controlan sus movimientos musculares y, poco a poco, el paciente deja de poder caminar, hablar, comer y, finalmente, respirar. No hay tratamiento. Y, en el 90% de los casos, se desconoce su causa.

Fernández Capetillo, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), en Madrid, se interesó por la ELA en 2014, a raíz de aquella campaña de concienciación en la que muchos famosos, como el magnate estadounidense Donald Trump, se grabaron tirándose un cubo de agua con hielo por la cabeza. El bioquímico, nacido en Bilbao hace 46 años, ya era por entonces un experto mundial en cáncer. La revista científica Cell lo acababa de incluir en su selección internacional de 40 investigadores de élite menores de 40 años. Tras desarrollar un fármaco experimental contra el cáncer y licenciárselo en diciembre de 2013 a la farmacéutica Merck Serono, Fernández Capetillo dio el salto a la esclerosis lateral amiotrófica. “Pensé que, con las herramientas que teníamos en la investigación del cáncer, podíamos avanzar con la ELA”, rememora.

Su momento eureka llegó el 14 de abril de 2016. El Nobel Jack Szostak ofreció una conferencia en el Instituto Karolinska, en Estocolmo (Suecia), donde Fernández Capetillo también tiene su propio laboratorio. El español recuerda que, en el café, Szostak le contó sus experimentos para intentar imitar el origen de los seres vivos. La hipótesis del investigador estadounidense es que la vida en la Tierra surgió a partir del ARN, la molécula de azúcares y fosfatos que dirige en las células humanas la formación de proteínas, como la hemoglobina de la sangre y la miosina de los músculos. Szostak le explicó que, para frenar las reacciones químicas en el laboratorio, utilizaba unas pequeñas proteínas ricas en arginina, una molécula que se pegaba al ARN y al ADN como el alquitrán.

 A Fernández Capetillo se le fue la cabeza desde el origen de la vida en la Tierra a la esclerosis lateral amiotrófica, sin soltar el café. “Pensé: ‘Ostras, a ver si esto mismo ocurre en los pacientes con ELA’. Y es exactamente lo que pasaba. Ese era el mecanismo que hacía que sus neuronas murieran”, explica el investigador. Sus resultados se publican este miércoles en la revista especializada The EMBO Journal, con las investigadoras del CNIO Vanesa Lafarga y Oleksandra Sirozh como principales coautoras.

Alrededor del 10% de los pacientes de ELA tienen familiares también enfermos. El equipo de Fernández Capetillo se ha centrado en estos casos en los que existe un componente genético, la mitad de los cuales están relacionados con el gen C9ORF72. Los investigadores han observado que las mutaciones en este gen inducen a la célula humana a producir precisamente pequeñas proteínas ricas en arginina, que se unen al ARN y al ADN, bloquean los procesos celulares esenciales y acaban matando las neuronas de las personas afectadas. Fernández Capetillo cree que el mecanismo puede ser similar en otros tipos de ELA. “No sé si es extrapolable a todos, pero sí a una gran parte”, opina.

Szostak no volvió a hablar con el biólogo español tras aquella breve charla de 2016. Consultado por EL PAÍS, el investigador, de la Universidad de Harvard (Estados Unidos), alucina al ver los resultados con la ELA. “¡Es extraordinario que un comentario trivial tomando un café pueda conducir a interesantes experimentos años después!”, exclama.

 La química Valle Palomo, del CSIC, aplaude el trabajo de Fernández Capetillo. “Es un gran paso adelante para ver por qué se produce esta enfermedad en estos pacientes concretos”, celebra Palomo, que dirige un proyecto para buscar tratamientos para la ELA. La investigadora, no obstante, recuerda que en el 90% de los enfermos no se identifica ningún componente genético. “¿Qué pasa con los pacientes en los que no hemos encontrado ninguna mutación? Habrá que ver si ocurre algo similar o si hay más mecanismos implicados. Esa es la gran pregunta”, afirma.

La química Ana Martínez Gil, también del CSIC, coordina ELA-Madrid, otro proyecto para desarrollar tratamientos experimentales contra la enfermedad. La investigadora elogia el nuevo estudio de Fernández Capetillo, aunque echa de menos algún análisis más amplio, como el de la posible relación de este nuevo mecanismo con la aparición de agregados de proteínas TDP-43 en las neuronas, un fenómeno considerado un sello distintivo de la enfermedad. “Todos nos centramos en un camino y no somos capaces de elevarnos un poco para mirar qué está pasando a nivel general: cómo se cruzan las distintas carreteras”, señala la científica.

Martínez Gil, pese a todo, es optimista. “La ELA era una enfermedad oculta que, en los últimos años, se ha hecho visible. Era una enfermedad que permanecía oculta para la sociedad, para los investigadores, para los médicos y para los financiadores de la investigación”, explica. “Una vez que se ha hecho visible se están poniendo muchos recursos humanos y financieros en ella. Y, siempre que se ponen recursos, hay frutos a largo plazo”, confía. El propio Fernández Capetillo y su equipo han comenzado a buscar potenciales terapias con ratones modificados genéticamente para producir grandes cantidades de pequeñas proteínas con arginina. “La clave para curar cualquier enfermedad es entender primero lo que no está funcionando. Solo así puedes empezar a buscar un tratamiento”, subraya el bioquímico."                        (Manuel Ansede, El País, 12/05/21)

28/1/21

Compartir conocimientos sobre vacunas no tiene ningún costo, no es el caso de si Estados Unidos obtiene más, los demás obtienen menos... el mundo entero se beneficia si la pandemia se puede contener lo más rápido posible. Pero si la investigación de código abierto financiada con fondos públicos demostrara ser lamejor vía para financiar el desarrollo de vacunas en una pandemia, podría pasar a ser el estandar general. Y, nadie en una posición de poder, lo desea

  "(...) A pesar de lo mal que lo ha hecho Estados Unidos hasta ahora, hemos vacunado a una mayor proporción de nuestra población que cualquier otro país de Europa, con la excepción del Reino Unido. 

Así es, países como Dinamarca, Francia e incluso Alemania han obtenido peores resultados en la vacunación de sus poblaciones que Estados Unidos. Y estos países aparentemente tienen líderes competentes y todos tienen sistemas nacionales de atención médica. No obstante, lo han hecho mucho peor en el caso de Francia y Alemania que el espectáculo de payasos de Donald Trump.

 La agenda de vacunas si salvar vidas fuera la prioridad 

La pandemia es una crisis mundial que requiere una solución mundial. Este es un caso clásico en el que hay enormes beneficios de la acción colectiva y pocas desventajas. Este no es un caso, como la incautación de petróleo u otros recursos naturales, donde si Estados Unidos obtiene más, todos los demás obtienen menos y viceversa. 

Compartir conocimientos sobre vacunas, tratamientos y mejores prácticas para la prevención no tiene ningún costo y el mundo entero se beneficia si la pandemia se puede contener lo más rápido posible. Este punto se está aclarando a medida que se desarrollan nuevas cepas mediante mutación, que pueden propagarse más rápidamente y posiblemente ser más mortales y resistentes a las vacunas. 

El camino lógico habría sido abrir todas las investigaciones sobre tratamientos y vacunas, tanto para que se pudiera avanzar lo más rápido posible, como para que los derechos de propiedad intelectual no fueran un obstáculo para la producción a gran escala en todo el mundo. 

Esto habría requerido algún acuerdo colectivo en el que los países acordaron aportar una cierta cantidad de fondos para la investigación, presumiblemente en función del tamaño y el ingreso per cápita, y también que todos los hallazgos, incluidos los resultados de los ensayos clínicos, se publicaran rápidamente en la web. 

De esta manera, la información se compartiría rápidamente para que los investigadores y expertos en salud pública de todo el mundo pudieran beneficiarse.

 Este tipo de cooperación internacional no estaba, obviamente, en la agenda de Donald Trump. El señor “América primero!” no estaba interesado en la posibilidad de que podamos mejor ser capaz de dominar la pandemia si actuamos en cooperación con otros países. 

Pero no fue sólo Donald Trump, que rechazó la idea de la investigación abierta y la cooperación internacional, en realidad no estaba en la agenda de ningún político prominente, incluyendo progresistas como Bernie Sanders y Elizabeth Warren.

 Era un problema en la comunidad científica, pero, como sabemos, la gente en los círculos políticos no toman en serio la ciencia. (Describo un mecanismo de financiación de la investigación avanzada de código abierto en el capítulo 5 de Rigged [está libre].)

 El gran problema, por supuesto, es que esta vía de investigación de código abierto y la cooperación internacional podría poner en duda los méritos de la financiación de la investigación monopolio de las patentes de medicamentos recetados. 

Después de todo, si la investigación de código abierto financiada con fondos públicos demostrara ser el mejor mecanismo para financiar el desarrollo de medicamentos y vacunas en una pandemia, pudiera ser que este procedimiento pasara a ser el estandar general. Y, nadie en una posición de poder en la política estadounidense quiso tomar el riesgo de un mal ejemplo.

 Si hubiéramos seguido la ruta de la investigación de código abierto financiada con fondos públicos, entonces la comunidad científica tendría acceso a todos los resultados de los ensayos clínicos de todas las vacunas a medida que estén disponibles.

 Esto significaría que los países podrían decidir qué vacunas querían utilizar en base a los datos. [1] También podrían comenzar a producir y almacenar grandes cantidades de vacunas, tan pronto como entraron en ensayos de fase 3. Increíblemente, parece que ningún país ha hecho esto.

 Si bien no habíamos podido saber qué pasaría a los ensayos de fase 3, y posteriormente, demostrara ser segura y eficaz, las ventajas de tener un gran arsenal disponible que se pudiera distribuir de forma rápida a pesar de los problemas de los posibles costos de la compra de grandes cantidades de una vacuna que no esté aprobada . 

Supongamos que Estados Unidos hubiera producido 400 millones de dosis de una vacuna que resultó no ser eficaz. Con los costos de producción de una vacuna en alrededor de $ 2 por disparo, esto significaría que habíamos perdido $ 800 millones. 

En un país con ya más de 4.000 muertes al día en el pico de la pandemia y las pérdidas económicas provocadas por el desarrollo de la pandemia en billones de dólares, el riesgo de gastar $ 800 millones de dólares en una vacuna ineficaz parece bastante trivial.

 Por alguna razón, ningún país siguió esta ruta de almacenamiento. Para ser claro, no había ningún obstáculo físico para producir mil millones de vacunas a finales de 2020. Si podemos construir una fábrica para producir estas vacunas, podemos construir diez fábricas. Si algunos de los insumos son escasos, podemos construir más fábricas para producir esos insumos. Puede haber cuestiones de derechos de patente, pero es algo diferente a una cuestión de limitaciones físicas. (...)"         

(Dean Baker is a Senior Economist at the Center for Economic and Policy Research. Brave New Europa, 26/01/21)

9/12/20

El hidrógeno verde y el Estado Español emprendedor

 "La espectacular reducción de costes de las energías renovables en los últimos años, junto con la necesidad de descarbonizar sectores que no pueden ser electrificados han puesto sobre la agenda la posibilidad de que este proceso de descarbonización se lleve a cabo a través del uso de hidrógeno verde. 

La Unión Europea no se ha hecho esperar y ha situado el hidrógeno como uno de los pilares de la recuperación económica posterior al coronavirus. Esto va a tener como consecuencia que una parte de los 750.000 millones de euros del fondo de recuperación vayan a ir al fomento del desarrollo y la instalación de esta tecnología. En el caso de España, el gobierno ha anunciado que, en total, se dedicarán 1.500 millones de euros a apoyar el desarrollo del hidrógeno verde.

La apuesta europea por el hidrógeno ya ha provocado movimientos en el sector empresarial español, donde ya se han anunciado varios proyectos para la instalación de plantas de producción de hidrógeno verde. Una compañía que, probablemente con la expectativa de tener importantes apoyos públicos en sus iniciativas, se ha involucrado particularmente en el desarrollo del hidrógeno verde ha sido Iberdrola, que además de anunciar varios proyectos para producir hidrógeno renovable ha anunciado, junto con la empresa vasca Ingeteam, la constitución de una compañía que se dedicará a producir electrolizadores a gran escala en España.

 Esta noticia es particularmente importante porque nos deriva, de manera directa, a un debate sobre cómo debe impulsarse la innovación en sectores limpios y punteros, y, por lo tanto, nos lleva de manera directa a hablar de Mariana Mazzucatto y del Estado Emprendedor.

Tal y como planteaba Mariana Mazzucatto al exponer cómo se han desarrollado las energías renovables desde su nacimiento como tecnologías prometedoras pero comercialmente inviables a su estado actual de madurez en el que son capaces de competir con los combustibles fósiles, harán falta tanto políticas de demanda como políticas de oferta para que esta tecnología avance y su cadena de valor se sitúe en España. 

Las políticas de demanda son, en este caso, las que garantizan que el hidrógeno verde que se produzca tenga demanda y sea competitivo frente al hidrógeno marrón producido a partir de gas natural, y eso deberá llevar aparejadas subvenciones de algún tipo mientras que las tecnologías necesarias para producir hidrógeno verde, esto es, las renovables y los electrolizadores, maduran y bajan sus costes. Por otro lado, las políticas de oferta son, en este caso, aquellas que garantizan que las empresas que producen electrolizadores y trabajan en las innovaciones que los harán más eficientes y más baratos contarán con el capital y el acompañamiento necesarios para desarrollar sus productos desde el momento de la innovación tecnológica hasta el de la comercialización.

A lo largo de la historia, tal y como indicaba Mazzucatto, hemos visto que la implementación de esta combinación de políticas por parte de los Estados ha sido capaz de provocar el crecimiento de muchas tecnologías, entre ellas unas tecnologías fundamentales para la producción de hidrógeno renovable, las energías renovables.

 De esta manera, el comienzo de la industria eólica no podría entenderse sin las medidas de apoyo al desarrollo de esta tecnología por parte de empresas nacionales que llevaron a cabo Estados como Dinamarca, cuyos programas de I+D tuvieron como resultado el establecimiento de Vestas como una empresa líder en el mercado eólico. De igual manera, el comienzo de Vestas tampoco podría entenderse sin los incentivos a las renovables que California había establecido, que permitieron a Vestas tener suficiente demanda para sus productos para impulsar sus primeros pasos en este campo. 

La importancia de estos esquemas que garantizan la demanda de nuevas tecnologías se pueden ver claramente con el hecho de que el fin de los incentivos a las renovables que se produjo en California en 1985 estuvo a punto de causar el fin de Vestas, que tuvo que reestructurarse y vender el resto de sus negocios para poder seguir produciendo turbinas eólicas y remontar. 

De igual forma, el desarrollo de la industria solar tampoco se puede entender sin las políticas que introdujo Alemania para incentivar la instalación de paneles solares, que garantizaron durante mucho tiempo una demanda suficiente a los productores de placas solares de todo el mundo que les permitieron mantenerse en el mercado. Además, al igual que en el caso de la eólica, la acción de los Estados para apoyar a empresas nacionales de producción de paneles solares con lo que Mazzucato llamaba capital paciente, que les permitió tener acceso a los recursos necesarios para innovar, desarrollar sus productos y llegar al estadio del comercio a gran escala a bajo precio, ha sido lo que, en última instancia, ha determinado qué empresas han sido las que han capturado una mayor parte del mercado de las placas solares. 

En este caso, el Estado más paciente fue en muchos casos el Estado chino, que gracias a su paciencia y a su financiación constante a varios fabricantes de paneles solares logró absorver tecnologías que habían sido desarrolladas en otros países que no supieron dar el apoyo necesario a sus empresas como para aprovecharlas, como Estados Unidos, y convertirse en el país que produce la mayor parte de los paneles solares del mundo.

Estas experiencias exitosas son las que España debería intentar replicar para lograr convertirse en un país líder en Europa en producción de hidrógeno verde y líder en el mundo en la producción de las tecnologías que permiten producirlo, como los electrolizadores. Además, España debería intentar aprender de estas experiencias exitosas y también de las que no lo fueron tanto para asegurarse de que el apoyo que el Estado dé a las distintas empresas que intenten progresar en la carrera del hidrógeno se transforme en poder de decisión y réditos para el país en el caso de que alguna de esas empresas tenga éxito y se convierta en una empresa líder en el mundo.

Además, si España finalmente consigue replicar con éxito estas estrategias y se convierte en un país líder en la producción de hidrógeno verde barato, no sólo estará consiguiendo ser puntero en un sector tecnológico fundamental para el futuro de la economía y del planeta, sino que abrirá las puertas a atraer a otros sectores tecnológicamente punteros que marcarán la economía del futuro, como por ejemplo la producción de acero. 

Hasta ahora este material se ha producido utilizando coque, un material hecho a partir de carbón, con las consiguientes emisiones de CO2, pero recientemente se ha comenzado a investigar cómo se podría sustituir el proceso que utiliza coque por otro que utiliza hidrógeno e incluso ya hay una planta piloto en Suecia para avanzar en la implantación de esta tecnología. Este proceso todavía es caro en comparación con los procesos estándares, pero si el desarrollo de esta tecnología cuenta con políticas de demanda y políticas de oferta como las que se han presentado anteriormente, puede ser competitivo en el medio plazo frente a los procesos actuales de producción del acero.

 Por esta razón, si España acierta con el desarrollo de la industria del hidrógeno y dispone en el futuro de hidrógeno verde barato, este hecho junto con la existencia de energía renovable barata hará que nuestro país esté inmejorablemente situado para ponerse a la cabeza de este mercado también.

En conclusión, en este artículo hemos visto como el actual despegue de las renovables, favorecido de manera muy cuerda por el gobierno, puede ser fundamental para lograr unos precios de la electricidad tan bajos que permitan que España, si apoya el desarrollo de la tecnología del hidrógeno verde, pueda convertirse en un país líder en este sector. Además, hemos visto que si España apuesta de manera decidida y adecuada por el hidrógeno verde y consigue, con la ayuda de las renovables, producirlo de manera masiva y barata, puede situarse en una muy buena posición para convertirse en un país líder en los sectores industriales que, para descarbonizarse, necesitan de hidrógeno verde barato, como el acero. 

Por lo tanto, hemos visto que si el gobierno aplica desde este mismo momento las enseñanzas de Mariana Mazzucato en los distintos sectores de la transición ecológica, puede que asistamos al nacimiento de una política industrial que convierta a España en un país diversificado económicamente, industrializado y, ante todo, en el país líder en la transición ecológica mundial."                     (Álvaro Gaertner Aranda . Ingeniero Físico y autor principal del informe 'Reconstruyamos el futuro: Por un Green New Deal para España'. Público, 04/12/20)

29/4/20

Mariana Mazzucato: Cómo desarrollar una vacuna contra la COVID‑19 para todos

"En las primeras semanas de 2020, la gente comenzó a darse cuenta de que la COVID‑19 podía ser la muy temida pero previsible «Enfermedad X»: una pandemia global causada por un virus desconocido.

 Tres meses después, la mayor parte de la población mundial está confinada, y resulta claro que, en los niveles local, nacional e internacional, nuestra salud depende de la de nuestros vecinos.

 Para la protección de las sociedades contra la COVID‑19 será clave contar con sistemas sanitarios fuertes, una adecuada capacidad de testeo y una vacuna eficaz y de acceso universal. Pero para que nadie quede excluido, además de una inversión colectiva de un nivel inédito, también se necesita un importante cambio de metodología.Investigadores de universidades y empresas de todo el mundo trabajan a toda prisa para desarrollar una vacuna. 

Y los avances actuales son alentadores: ya hay 73 vacunas candidatas en investigación o en desarrollo preclínico, y cinco que ya pasaron a la fase de ensayo clínico.Este esfuerzo masivo sólo es posible gracias a una sustancial inversión pública, que incluye a los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos y a la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI). 

Esta última, una organización sin fines de lucro con financiación pública, se creó después de la epidemia de ébola que golpeó África occidental en 2014‑16, con el objetivo de impulsar la investigación y el desarrollo de vacunas aplicables durante un brote contagioso.Hasta ahora, la CEPI ha recibido de varios gobiernos financiación adicional por 765 millones de dólares (dentro de una meta de 2000 millones) para el desarrollo de una vacuna contra la COVID‑19.

 La Autoridad para la Investigación y el Desarrollo Biomédico Avanzado (perteneciente al Departamento de Salud y Servicios Sociales de los Estados Unidos) ha hecho importantes inversiones en proyectos para el desarrollo de una vacuna junto con Johnson & Johnson (450 millones de dólares) y Moderna (483 millones de dólares). 

Y la Unión Europea buscará movilizar más fondos públicos mediante una conferencia virtual de donantes que tendrá lugar el 4 de mayo.Pero la inversión sola no basta. Es necesario que todo el proceso de innovación en vacunas, desde la I+D hasta la distribución, se rija por reglas de acción claras y transparentes basadas en objetivos y métricas referidos al interés público. Eso, a su vez, exige una clara alineación entre el interés público nacional y el global.

 El primer y más importante paso es adoptar un sentido de misión que ponga las inversiones públicas y privadas al servicio de un objetivo común claro: el desarrollo de una o más vacunas eficaces contra la COVID‑19 que puedan producirse rápidamente a escala global y ponerse a disposición de todas las personas en forma gratuita. Esto demanda reglas firmes en lo referido a la propiedad intelectual, la fijación de precios y la fabricación, en cuyo diseño y fiscalización se deben valorar la colaboración y solidaridad internacional en vez de la competencia entre países.

En segundo lugar, para acelerar los avances y así maximizar el impacto sanitario, es necesario orientar el ecosistema de innovaciones hacia el uso de la inteligencia colectiva. La ciencia y la innovación médica prosperan y progresan cuando los investigadores intercambian y comparten el conocimiento en forma abierta, lo que les permite basarse en los éxitos y fracasos ajenos en tiempo real.

Pero el modelo científico privatista actual, en cambio, promueve la competencia y el secretismo, pone la aprobación regulatoria en los países ricos por encima de la accesibilidad y del impacto sanitario en el nivel mundial, y alza barreras a la difusión de la tecnología. 

Y si bien los fondos de licencias voluntarias (fondos de patentes) como el que Costa Rica propuso a la Organización Mundial de la Salud pueden ser útiles, corren el riesgo de ser ineficaces, en la medida en que se permita a empresas comerciales privadas mantener el control de tecnologías y datos fundamentales (que se desarrollaron gracias a la inversión pública).Además, es esencial una orientación colectiva para seleccionar e implementar las vacunas potenciales más prometedoras. 

De lo contrario, la autorización de comercialización puede ir para la candidata con mejores recursos en vez de la más adecuada.En tercer lugar, los países deben tomar la delantera en crear y reforzar capacidades de fabricación, en particular en el mundo en desarrollo. Aunque para contar con una vacuna eficaz contra la COVID‑19 tal vez haya que esperar entre doce y dieciocho meses, hay que hacer ahora mismo un esfuerzo concertado para preparar las infraestructuras y capacidades públicas y privadas que se necesitarán para producir en poco tiempo los miles de millones de dosis necesarias.

Como todavía no sabemos cuál de las vacunas resultará más eficaz, es posible que debamos invertir en una amplia variedad de activos y tecnologías. Esto supone un riesgo tecnológico y financiero que sólo puede superarse con la ayuda de estados emprendedores respaldados por la financiación colectiva orientada al interés público, provista por ejemplo por bancos nacionales y regionales de desarrollo, el Banco Mundial y fundaciones de beneficencia.

Por último, cualquier programa de desarrollo de vacunas debe incluir desde el primer momento condiciones que garanticen un acceso global, equitativo y asequible. De ese modo la inversión pública se estructurará no tanto como una mera subvención o corrección de fallos del mercado, sino más bien como una fuerza configuradora del mercado proactiva y orientada al interés público.El precio de las vacunas para la COVID‑19 debe reflejar tanto la importante contribución pública a su desarrollo cuanto la urgencia y magnitud de la crisis sanitaria global. 

Debemos trascender las declaraciones de principios y los compromisos genéricos, para introducir en cambio condiciones concretas que permitan la gratuidad de las vacunas en el lugar de uso. Las autoridades también deben considerar la aplicación de licencias obligatorias para que los países puedan hacer un uso óptimo de las herramientas y tecnologías disponibles.Es fundamental contar con mecanismos de compra colectivos que garanticen una distribución justa y un acceso global equitativo a las nuevas vacunas que vayan desarrollándose. 

El objetivo principal debe ser evitar que las economías avanzadas monopolicen el suministro global o no dejen lugar para la demanda de los países más pobres.Ante la crisis de la COVID‑19 el modelo habitual no sirve. En momentos en que todo el mundo se moviliza contra la pandemia, con llamados a la formación de una alianza global, conferencias de donantes, reuniones del G20 y la próxima Asamblea Mundial de la Salud de este año, tenemos una oportunidad que no podemos desaprovechar.

 Estos esfuerzos colectivos deben incluir para que todas las partes se comprometan a seguir un enfoque integral para la innovación sanitaria , que es contar con una vacuna eficaz para la COVID‑19 que pueda ponerse en poco tiempo a disposición de todos en forma gratuita.El desarrollo de una vacuna eficaz y de acceso universal para la COVID‑19 es una de las tareas más cruciales del tiempo en que nos tocó vivir. 

Y sobre todo, es la prueba definitiva para saber si el resultado de la cooperación global entre el sector público y el privado (que las autoridades presentan como esencial) será maximizar el suministro de bienes públicos o las ganancias privadas."              ( , 

27/4/20

Stiglitz: las empresas farmacéuticas comerciales llevan décadas privatizando y monopolizando bienes comunes de conocimiento con prácticas como tratar de extender su control sobre fármacos vitales por medio de reclamos de patentes infundados, triviales o secundarios y presionar a las autoridades para evitar la aprobación y producción de medicamentos genéricos. Con la llegada de la COVID‑19, se ha vuelto dolorosamente obvio que ese monopolio cuesta vidas

"Imaginemos un mundo donde una red global de profesionales médicos vigila la aparición de nuevas cepas de un virus contagioso, actualiza periódicamente la formulación de una vacuna comprobada y luego pone esa información a disposición de empresas y países de todo el mundo. 

 Imaginemos además que este trabajo tiene lugar sin que haya que preocuparse por cuestiones de propiedad intelectual y sin que monopolios farmacéuticos exploten a una población desesperada para maximizar sus ganancias.

 Puede parecer una fantasía utópica, pero de hecho es una descripción de la forma en que se produce la vacuna contra la gripe desde hace cincuenta años. En el marco del Sistema Mundial de Vigilancia y Respuesta a la Gripe de la Organización Mundial de la Salud, expertos de todo el mundo se reúnen dos veces al año para analizar y discutir los últimos datos referidos a nuevas cepas del virus de la gripe y decidir cuáles deben incluirse en la vacuna de ese año. 

El SMVRG, una red de laboratorios que abarca 110 países y que funciona casi exclusivamente con financiación estatal (y algunos aportes de fundaciones), es un ejemplo cabal de lo que Amy Kapczynski (de la Escuela de Derecho de Yale) denomina «ciencia abierta».El SMVRG no busca ganancias, sino proteger la vida humana, y eso le confiere una capacidad única para reunir, interpretar y distribuir conocimiento aplicable al desarrollo de vacunas. Quizá esta modalidad se aplicaba sin pensar mucho en ella, pero hoy sus ventajas se están volviendo cada vez más evidentes.

En la respuesta a la pandemia, la comunidad científica mundial ha mostrado una notable disposición a compartir conocimiento sobre posibles tratamientos, coordinar ensayos clínicos, desarrollar nuevos modelos en forma transparente y publicar los resultados de inmediato. En este nuevo clima de cooperación, es fácil olvidar que las empresas farmacéuticas comerciales llevan décadas privatizando y monopolizando bienes comunes de conocimiento con prácticas como tratar de extender su control sobre fármacos vitales por medio de reclamos de patentes infundados, triviales o secundarios y presionar a las autoridades para evitar la aprobación y producción de medicamentos genéricos.

 Con la llegada de la COVID‑19, se ha vuelto dolorosamente obvio que ese monopolio cuesta vidas. El control monopólico de la tecnología usada en la detección del virus obstaculizó la pronta introducción de más kits de testeo, así como las 441 patentes de 3M donde aparecen las palabras «respirator» (mascarilla) o «N95» han puesto trabas a nuevos productores dispuestos a fabricar mascarillas de grado médico a gran escala. Peor aún, tres de los tratamientos más prometedores para la COVID‑19 (el remdesivir, el favipiravir y el lopinavir/ritonavir) tienen patentes vigentes en la mayor parte del mundo. 

Esto es un obstáculo a la competencia y una amenaza a la asequibilidad y el suministro de nuevos fármacos.Tenemos que elegir entre dos futuros. En el primero, seguimos como siempre, dependiendo de las grandes farmacéuticas, y esperando que algún tratamiento potencial para la COVID‑19 pase los ensayos clínicos, y que aparezcan otras tecnologías de detección, testeo y protección. 

En este futuro, las patentes darán el control sobre la mayoría de esas innovaciones a proveedores monopólicos que al fijar precios altos obligarán a los sistemas sanitarios a racionar los tratamientos. Sin una firme intervención pública, se perderán vidas, sobre todo en los países en desarrollo.

 El mismo problema se repetirá con cualquier posible vacuna para la COVID‑19. A diferencia de la vacuna de Jonas Salk para la polio, que se liberó en forma casi inmediata, hoy la mayoría de las vacunas que llegan al mercado están patentadas. Por ejemplo, la vacuna conjugada PCV13, que protege contra varias formas de neumonía y se administra a los bebés, cuesta cientos de dólares, porque es propiedad monopólica de Pfizer. 

Y aunque Gavi (la alianza mundial para la vacunación) subsidia parte del costo de las vacunas en los países en desarrollo, muchas personas todavía no pueden acceder a ella. En la India, cada año se registran más de 100 000 muertes infantiles evitables por neumonía, mientras la vacuna le genera a Pfizer ingresos por aproximadamente 5000 millones de dólares al año.En el segundo futuro posible, nos damos cuenta de que el sistema actual (donde monopolios privados obtienen ganancias a partir de conocimiento que en su mayor parte es producido por instituciones públicas) es inadecuado. 

Como sostienen hace mucho estudiosos y activistas por la salud pública, los monopolios matan, al negar acceso a medicamentos vitales que en un sistema alternativo (como el que hace posible todos los años la producción de la vacuna para la gripe) hubieran estado al alcance de la población.Ya hay voces que se alzan para pedir modalidades alternativas. 

Por ejemplo, hace poco el gobierno de Costa Rica pidió a la OMS la creación de un fondo de licencias voluntarias («fondo de patentes») para la fabricación de tratamientos para la COVID‑19, que permita a múltiples proveedores suministrar nuevos fármacos y diagnósticos a precios más accesibles.

No es una idea nueva. A través de su Fondo de Patentes de Medicamentos, las Naciones Unidas y la OMS llevan años tratando de aumentar el acceso a tratamientos para el VIH/sida, la hepatitis C y la tuberculosis, y ahora han extendido el programa a la COVID‑19. Los fondos de patentes, los premios a la innovación y otras ideas similares son parte de una agenda más amplia que busca cambiar el modo de desarrollo y distribución de medicamentos vitales. El objetivo es reemplazar un sistema basado en el monopolio por otro basado en la cooperación y el conocimiento compartido.

Algunos dirán que la crisis de la COVID‑19 es un caso aparte, o que la amenaza del licenciamiento obligatorio ya es un instrumento suficiente para obtener una conducta apropiada de parte de las farmacéuticas. Pero dejando a un lado a los investigadores personalmente involucrados que no buscan ganancias inmediatas, no está claro que las grandes farmacéuticas entiendan sus responsabilidades. 

No olvidemos que ante la crisis actual, la primera reacción de Gilead, que fabrica el remdesivir, fue solicitar que se lo califique como «medicamento huérfano», lo que le hubiera conferido una posición monopólica más fuerte y exenciones impositivas multimillonarias. (Después del escándalo que se generó, la empresa retiró la solicitud.)Llevamos demasiado tiempo creyéndonos el mito de que el régimen de propiedad intelectual actual es necesario. El éxito comprobado del SMVRG y de otras aplicaciones del modelo de «ciencia abierta» muestra que no es así.

 En momentos en que la COVID‑19 sigue matando gente, debemos preguntarnos si es prudente y moral un sistema que cada año condena en silencio a millones de seres humanos a sufrir y morir.Es hora de aplicar otra modalidad. De los ámbitos académicos y políticos ya han surgido muchas propuestas prometedoras para la generación de innovaciones farmacéuticas socialmente útiles en vez de meramente rentables. Hoy es el mejor momento para poner estas ideas en práctica."                    

22/4/20

La potencia que primero alcance la vacuna hará como Alemania con las mascarillas, la priorizará para su población, sus trabajadores, para tener ventaja competitiva con el resto... Los pobres laboratorios públicos están probando cosas que ya han sido descartadas por otros grupos públicos y privados pero que no son publicadas. La cooperación en ciencia en general es baja o inexistente en algunos ámbitos, y el sistema corrupto de incentivos hace que se fomente la competencia y se vuelva a tropezar una y otra vez con las mismas piedras sin que el resto del mundo se entere. Y no hablemos del racismo institucionalizado en la ciencia... En España hay varios grupos que se dedican a investigar vacunas contra virus y están trabajando mucho en la vacuna contra el SARS-Cov2. Pero están en pañales...

"Biólogo, máster y curso de doctorado en inmunología, doctorado en muerte celular, postdoctoral en Inmunología y metabolismo, y segundo postdoctoral en cáncer. Desde hace algo más de tres años lleva la plataforma de divulgación científica Ciencia mundana. (...) 

Según la OMS, también es una información de estos últimos días, tres vacunas del covid-19 están en ensayos clínicos y otras 70 en desarrollo. Eso sí, una portavoz de la organización, la doctora Margaret Harris, ha advertido de que una vacuna contra el coronavirus tardará al menos 12 meses en llegar. A grandes rasgos, ¿es esta la situación en el asunto de las vacunas? ¿No son muchos intentos dispersos? ¿Por qué no juntar fuerzas? ¿Alguna aportación de algún equipo de investigación español?


Está claro que hay una competencia feroz entre potencias y entre capitales. No por nada la tecnociencia es uno de los elementos principales del imperialismo contemporáneo. Y esta competencia no es solo Huawei o la guerra espacial, sino también la biotecnomedicina. La potencia que primero alcance la vacuna hará como Alemania con las mascarillas, la priorizará para su población, sus trabajadores, para tener ventaja competitiva con el resto.


En un mundo ideal la cooperación entre grupos y potencias se debería dar para alcanzar determinados objetivos tecnológicos como una vacuna. Sobre todo, en las cuestiones más oscuras y patentadas como los adyuvantes, los datos preclínicos y en animales, etc. Los pobres laboratorios públicos están probando cosas que ya han sido descartadas por otros grupos públicos y privados pero que no son publicadas. 

La cooperación en ciencia en general es baja o inexistente en algunos ámbitos, y el sistema corrupto de incentivos hace que se fomente la competencia y se vuelva a tropezar una y otra vez con las mismas piedras sin que el resto del mundo se entere. 


Y no hablemos del racismo institucionalizado en la ciencia, que bien muestra Angela Saini en Superior: The Return of Race Science. Hay médicos franceses que abiertamente hablan de que se tendrían que ensayar las vacunas en los negros. 


En España hay varios grupos que se dedican a investigar vacunas contra virus y están trabajando mucho en la vacuna contra el SARS-Cov2. Pero están en pañales, por más que el ministro Duque haga un ridículo espantoso al afirmar “Vimos desarrollos muy avanzados. Me pareció que allí teníamos un candidato a vacuna o, si no, lo tendremos la semana que viene”.Que lo de la semana que viene no deja de ser un lapsus, pero es significativo. 


Insisto un poco más en el tema. Según parece, la multinacional Johnson & Johnson (JNJ), nada menos que la tercera compañía farmacéutica más grande del mundo, planea comenzar próximamente la producción “a riesgo” de su vacuna de prueba COVID-19 (Creo que planea producirla en los Países Bajos y en una instalación renovada que posee en USA). ¿Qué es una producción “a riesgo”? ¿A riesgo de quién? 
 

Me da la risa. A riesgo supongo que se refieren a que van a empezar a producirla sin estar probada y aprobada. ¿Alguien se cree que no han hecho números? Repito: tienen beneficios estratosféricos, están siendo subvencionados con nuestros impuestos, imponen precios desorbitados a nuestros sistemas sanitarios y después se atreven a hacerse los héroes diciendo que van a producir la vacuna “a riesgo”. Como poco, el impacto en su imagen de algo así es muy grande. Puro marketing.

Se ha suspendido estos días en Brasil, tras la muerte de 11 pacientes, un ensayo para combatir el coronavirus con cloroquina. Las personas que tomaron dosis altas presentaron arritmias cardíacas. ¿Qué pasa con la cloroquina? ¿No se habló de este fármaco como un buen método para enfrentarse al COVID-19?


La cloroquina (CQ) es probablemente uno de los fármacos más antiguos, junto con el ácido acetilsalicílico (aspirina). La quina también sirvió como argumento original para desarrollar el cuento de la homeopatía. Lo que hace este compuesto es impedir la acidificación de unas vesículas de las células necesaria para la “autodigestión” o autofagia. 

No recuerdo el mecanismo, pero impide la proliferación de los parásitos intracelulares como Plasmodium falciparum, el protozoo que causa la malaria. Los indígenas peruanos la utilizaban para ello.

En el caso del Covid todo empezó con un par de artículos que indicaban que la CQ reducía la proliferación del virus.

 Que para liberar su ARN en la célula necesita que unas vesículas se acidifiquen, algo que evitaría la CQ. Y como suele pasar, a unas concentraciones que matarían a cualquiera, no solo al virus. La propaganda hizo el resto. Se empezaron rápidamente ensayos clínicos. En apenas un mes se ha pasado de 6 a 43 ensayos clínicos. Los primeros miraban carga viral y no resultado clínico; tenían muy pocos pacientes, con gran porcentaje de bajas. Un desastre. 


Y efectivamente, la cloroquina es letal cuando por ejemplo se toma con el fármaco contra la diabetes Metformina, y tiene una toxicidad cardíaca enorme. Así que por eso es muy importante que antes de ponerse a probar fármacos, así a lo loco, se hagan los oportunos ensayos de toxicidad. No es lo mismo que la tome una persona joven contra la malaria que una anciana.


Pero donde más indigna este alboroto mediático (hype, como dicen en inglés) es en el asunto Didier Raoult, director de la unidad de investigación en enfermedades infecciosas en Marsella. Este investigador hizo un ensayo con 26 personas, sin los más mínimos controles, no solo no tenía grupo control sino que a 16 de ellos los trató en clínicas distintas. Después hizo algunos “ajustes” como quitar algunos pacientes, se utilizaron distintas técnicas según pacientes para evaluar la carga viral, y publicó finalmente los resultados en una revista que él controla. ¡De nuevo en 24 horas!


A continuación, se puso en marcha la maquinaria mediática y su abogado anunció la cura milagrosa en la cadena de televisión Fox, y de ahí a Trump, que anunció en un tweet que era uno de los hitos más importantes de la historia de la medicina. Las consecuencias no se hicieron esperar. La cloroquina se agota en las farmacias, la gente con diabetes muere por toxicidad. El uso de esos dos fármacos, CQ y el antibiótico Azithromicina, aumentan muchísimo el riesgo de infarto al causar arritmias letales. Los pacientes españoles de Muface autorecetándose CQ, desabastecimiento para otros tratamientos donde sí se ha probado eficacia (Artritis o Lupus). 


La falta de ética de muchos investigadores es enorme. Raoult en febrero, antes de que empezara el “ensayo” dijo “Así, es posible el uso de la CQ tanto como profilaxis como en el tratamiento de la infección por coronavirus que será pronto evaluado por nuestros colegas chinos”. Esto último nunca sucedió. Los ensayos se suspendieron, excepto uno que muestra que no hay diferencias entre pacientes tratados y no tratados, ahí sí se hizo bien: grupo placebo y al azar. 


Pero la bola de nieve no se detiene y de nuevo la cloroquina se convierte en la excusa de otra homeopatía, esta vez impulsada por el sistema científico. (...)

Mala ciencia, especulación y propaganda.

¿Quieres añadir algo más?


Estoy notando que se están agudizando dos tendencias. Por un lado, el autoritarismo, por llamarlo de algún modo. La militarización del estado de alarma con muchos abusos policiales y restricción de los derechos humanos. 

Por otro, la fe en el solucionismo tecnológico. Es cierto que se oyen voces que plantean que cuando esto termine tendremos que reivindicar más sanidad pública universal. Sin embargo, hay un fuerte esfuerzo mediático para hacer creer que la pandemia se va a solucionar con medicamentos y vacunas. Solo hay que ver a Jesús Calleja entrevistando a científicos y científicos convertidos en charlatanes. 

Ese catedrático, José María Fernández, y dueño de la empresa Pharmamar, está pidiendo junto con Calleja que se quiten los controles para aprobar en seres humanos nuevos fármacos. Pero es que ese “fármaco”, lo entrecomillo porque aún no ha servido como tal, ha sido rechazado dos veces por la Agencia europea del medicamento porque no compensa el riesgo. Ahí hay más propaganda liberal y negocio que ciencia. 


Si las ayudas tecnológicas vienen, están basadas en la evidencia científica, son universales y gratuitas, bienvenidas. Pero si van a servir, como parece, para apuntalar la desigualdad internacional, mala “solución”. Hay que reforzar el sistema científico, y una parte sería con más financiación, pero alimentar un sistema corrupto como el actual solo va a profundizar en la desigualdad del reparto. (...)"

(Entrevista a Alfredo Caro Maldonado, Salvador López Arnal, Rebelión, 22/04/20)