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17/11/21

“En cierto modo, toda nuestra memoria es falsa”... el cuerpo es el receptor de sensaciones y esas sensaciones crean los recuerdos

 "Los recuerdos humanos son algo muy vivo, y se forjan en el momento presente. No son una memoria fija que el cerebro se limita a conservar en sus archivos para cuando sea necesario acudir a ellos. 

Veronica O’Keane llegó a esa conclusión, que dio la vuelta a todo lo que había aprendido en años de estudio de psiquiatría, medicina o neurología, después de una intensa conversación con una de sus pacientes. Víctima de una psicosis posparto, la enferma estuvo convencida durante un tiempo de que su recién nacido había muerto. A través de la ventanilla del coche que la llevaba a una institución mental, donde estuvo ingresada unas semanas, pudo ver incluso la tumba del bebé en un cementerio.

 Superado el trastorno, y consciente de que nada de lo imaginado había sido real, volvió a ver un día la lápida y le invadió una sensación de terror: “Los recuerdos seguían siendo reales”. En su libro El Bazar de la Memoria: cómo construimos los recuerdos y cómo los recuerdos nos construyen (Siruela), esta profesora de Psiquiatría del Trinity College de Dublín describe con una elegancia pedagógica cómo el cuerpo es el receptor de sensaciones, las sensaciones crean la memoria, y la memoria define a las personas.

PREGUNTA. ¿Cómo fue ese proceso por el que la historia de su paciente, Edith, le llevó a replantearse sus ideas sobre los recuerdos?

RESPUESTA. Tenía una idea muy establecida, la que nos enseñan en medicina, psiquiatría o neurología, de que la memoria era algo como un almacén permanente al que acudes cuando deseas recordar algo o figurar algo. Pero me di cuenta de que la memoria es algo que se forja en el momento presente, porque el único modo en que uno puede tener la experiencia de un momento dado es a través de la memoria, mediante un proceso de conexiones que dan sentido a ese momento.

 Las sensaciones llegan a tu cuerpo constantemente, y tú das sentido a esas sensaciones a través de la memoria. Es decir, la memoria es algo que, básicamente, vive en el momento presente. Eso es lo que me enseñó Edith, que la memoria es algo muy vivo, es lo que somos.

 P. Es usted muy crítica con esa idea tan generalizada de que existe un dualismo cuerpo-mente.

R. La idea de que las personas son algo diferente de sus propios cuerpos, que el ser humano pensante es diferente del ser humano que siente, es un completo error. Como el concepto mismo de que los hombres y las mujeres son diferentes. La filosofía ha estado dominada durante siglos por el concepto de que los hombres son los que piensan y las mujeres las que sienten. Todo eso comienza a desintegrarse con la llegada de la Ilustración y de los derechos humanos.

 Es la llegada del humanismo la que empieza a derribar esa concepción sexista. El reconocimiento de que mente y cuerpo actúan juntos, aunque lo hagan de un modo diferente, es fundamental no solo para entender la biología, sino para entendernos a nosotros mismos como animales humanos.

P. Es fascinante cómo utiliza en su libro las grandes obras de la literatura para explicar el funcionamiento del cerebro.

R. Todos estos autores dedicaron sus vidas a un proceso de introspección. La intensidad con la que llegaron al fondo de su propia conciencia, por la vía literaria, y sus procesos de pensamiento y sentimiento, supera mi capacidad de imaginar siquiera cómo alcanzaron esos logros. Eran seres humanos con un alto desarrollo. Piense en Samuel Beckett, capaz de crear un mundo el que no hay anclas, en el que no hay tiempo, espacio y a veces ni siquiera hay persona.

 Esas son precisamente las anclas a través de las que se construye la memoria, en un nivel celular del cerebro. Beckett se deshizo de ellos. Fue capaz de eliminar esos elementos para demostrar la materia cruda de la que estamos formados, debajo de todas esas estructuras que utilizamos para dar sentido al mundo.

P. Uno puede llegar a la conclusión de que los grandes autores no eran normales, en lo que se refiere al funcionamiento de su cerebro.

R. Tome el caso de Virgina Woolf, quien sufría de un desorden psicótico. A veces, durante sus estadios de enfermedad, lo que percibía a su alrededor y cómo lo integraba en su cerebro era un proceso no normal. Aprendimos lo que supone una percepción normal, porque, en su caso, era algo que estaba roto. Tenía un talento extraordinario para describir su propia introspección. Esa ruptura acaba resultando muy iluminadora sobre lo que ocurre en circunstancias normales.

 Las novelas de Dostoievski, por ejemplo, revelan para mí a un autor con trastorno maniático. No sé cuál era exactamente su diagnóstico, pero tenía periodos de perceptibilidad extrema en los que se descubre un estadio de emoción pura. ¿Era Cervantes una persona normal? No creo.

P. Uno podría pensar que la memoria es algo muy individual, pero sin embargo usted defiende el peso de la memoria colectiva.

R.No puedes separar tu cerebro de las influencias culturales, familiares o sociales que te rodean. Yo fui criada en Irlanda en un ambiente rígido dominado por el dogma católico. Rompí con eso cuando era muy joven. Pero esa influencia cultural ha permanecido en mí, y estoy segura de que ha estructurado muchas de mis creencias. E incluso si pierdes esas creencias, las estructuras que han creado en tu cerebro permanecen. El conocimiento se forma a través de capas anteriores de conocimiento previo, y siempre vamos a estar revisando el pasado en nuestro proceso de memoria.

P. Es normal, hasta saludable, defiende usted, mentirnos a nosotros mismos y crear falsos recuerdos.

R. . Somos humanos, y tenemos la necesidad de sentirnos bien. Uno de los aspectos más interesantes de la depresión es que los que la sufren no suelen engañarse a sí mismos. Se observan a sí mismos de un modo muy crudo, que podríamos considerar negativo. Pero es a la vez un análisis muy honesto del mundo y de la condición humana. La psiquiatría tiene mucho que enseñarnos sobre la necesidad que tenemos de pasar página. Y es algo saludable. 

Lo que se ha venido a llamar “psicología positiva” pretende animar a los pacientes, darles un impulso de optimismo, hacer que se sientan cómodos. Sin embargo, creo que también es bueno sentirse incómodo. Forma parte de la naturaleza humana la necesidad de hacer frente a los propios demonios. En cierto modo, toda memoria es falsa."           (Entrevista a Veronica O’Keane, Rafa de Miguel, El País, 29/08/21)

26/3/15

"Todos mis amigos se han muerto. Fui el último que los conocí bien y tengo el deber de que sigan viviendo. La responsabilidad me atenaza"

"MUEREN prematuramente madre, mujer e hijo de amigos muy queridos. La muerte prematura, pleonasmo, deja una grave obligación a los que quedan. Me la explicaba un mediodía melancólico Josep Maria Castellet, el editor. "Todos mis amigos se han muerto. Fui el último que los conocí bien y tengo el deber de que sigan viviendo. 

La responsabilidad me atenaza". Años después leí este emocionante fragmento del científico Douglas R. Hofstadter, con el que que acabaría despidiendo, y prometiéndole, a mi madre: 

"Cuando alguien muere deja una corona brillante detrás, un resplandor en las almas de quienes estaban cerca. Inevitablemente, conforme pasa el tiempo, ese resplandor se va apagando, y por fin se extingue, pero el proceso dura muchos años. 

Sólo cuando también desaparecen los de alrededor y todos los rescoldos se enfrían, regresan de verdad el polvo al polvo y las cenizas a las cenizas".

Puede que todo se enfríe. Pero ese momento queda lejos de la vida de un hombre vivo. De ahí que durante mucho tiempo el polvo siga teniendo sentido. Todos llevamos un insondable arsenal genético que da cuenta del largo camino que ha hecho la vida biológica. 

La gran diferencia entre el hombre y el resto de los animales es que puede transmitir a sus descendientes no solo el color de los ojos sino también la razón de mil lágrimas vertidas. (...)"              (Arcadi Espada, El Mundo, 18/03/2015)

10/9/13

¿Acaso es tan negativa la nostalgia?

"(...) Durante mucho tiempo se consideró un trastorno y llegó a ser descrito como una enfermedad neurológica de causas demoníacas. 

Pero la nostalgia vive hoy un renacer gracias a más de una década de estudios que ven en este sentimiento agridulce no sólo una inagotable fuente de inspiración para el arte, sino también un remedio contra no pocas fuentes de malestar como la soledad, el aburrimiento o la ansiedad.

Las parejas son más felices cuando comparten memorias, según estudios que también indican que la nostalgia hace a la gente más generosa y tolerante. Aporta significado a la vida y hace que la muerte parezca menos aterradora. 

 Cuando la gente habla melancólicamente sobre su pasado, habitualmente se convierte en más optimista de cara al futuro. La nostalgia también tiene su contraparte puramente física: en lugares fríos, la gente puede usar la nostalgia para sentirse, literalmente, más calentita.

 Los investigadores descubrieron que la música –una de las herramientas favoritas para inducir a la nostalgia–tiene el potencial de subir la temperatura del cuerpo a la par que la añoranza (pincha aquí para acceder a la selección musical de los investigadores).

 “La nostalgia nos hace más humanos”, resume en este artículo el profesor Constantine Sedikides, de la Universidad de Southamptom. Este y otros investigadores pioneros en el estudio de este campo insisten en la universalidad de un sentimiento extendido por todo el mundo –a través de reminiscencias sobre amigos y familiares, vacaciones, canciones, puestas de sol– y alcanza hasta niños de siete años.

A la psicóloga española Mertxe Pasamontes le llama la atención que la nostalgia se interprete de este modo. “En teoría, supone un sentimiento de pena o tristeza por el recuerdo de una pérdida. Sin embargo, estas investigaciones se refieren más bien a la acción de recrearse en recuerdos agradables del pasado”. 

 Pasamontes cree que está claro que la nostalgia, si la conceptualizamos en ese sentido, “puede ser positiva. Los momentos que atesoramos nos ayudan también a construir quiénes somos. Y si a eso le sumamos un disfrute intenso del presente, entre ambas cosas podemos tener muchos momentos de dicha”.

¿Te consideras una persona nostálgica? Para caracterizar a los individuos que participaron en sus estudios, los investigadores de Southampton desarrollaron una escala de la nostalgia. La mayoría de la gente confiesa experimentar nostalgia al menos una vez por semana, y casi la mitad tres o cuatro veces por semana. Estos encuestados aseguraron que la nostalgia les ayuda a sentirse mejor.

Es importante señalar que no todas las memorias son felices; incluso las agradables están teñidas con un sentimiento de pérdida. A pesar de ello, los elementos positivos pesan más que los negativos.

 Estos estudios llegan a decir que la nostalgia tiene una función existencial crucial, ya que trae a la mente experiencias preciosas que nos recuerdan el papel de seres queridos que nos valoran, o nos valoraban en el pasado. Por esta razón, los investigadores creen que la gente que tiende a la nostalgia lidia mejor con los temores ante la muerte.

Con tanta nostalgia, ¿nos escabullimos acaso del momento presente? “Sería ingenuo pensar que podemos estar todo el tiempo en un estado de presente”, señala Pasamontes. “Nuestro cerebro necesita planificar en ciertos momentos y para eso tiene que acudir a experiencias pasadas.

 Si no fuera así tendríamos que volver a aprenderlo todo cada día. Debe darse un cierto equilibrio entre vivir en el pasado o futuro y vivir en el presente”.

En este equilibrio, cree Pasamontes, está una de las claves de nuestro bienestar. La otra cuestión importante es cómo son esos “viajes” mentales al pasado y al futuro. “Si acudimos al pasado para conectar con recuerdos tristes o desagradables, no creo que eso tenga el impacto positivo que hemos visto en los estudios.

 Del mismo modo, si pensamos en el futuro como un lugar amenazante, eso no hará más que provocarnos ansiedad”. Por tanto, también es importante qué se recuerda, apunta Pasamontes, y que esto se haga de manera puntual, no como un modo de no estar nunca en el presente, porque el disfrute más pleno se da en el aquí y ahora.

Por otra parte, la nostalgia conlleva una desaceleración del ritmo vital. Cuando va a la carrera, la mente no tiene tiempo para recrearse en ningún tiempo pasado. Seguramente no sea casual que los estudiosos vayan al rescate de la nostalgia en un momento de prisas como el actual. Como señala Pasamontes, es necesario que podamos recrearnos en el momento que vivimos, respirarlo, dejarnos impregnar por él.

 “En ese estar en el presente sin fisuras, aderezado con esos recuerdos de otros instantes en que también supimos vivir la vida, es donde podemos encontrar más momentos de felicidad”.       (El País, SModa, 05/08/2013)

19/10/11

"La emoción es imprescindible para aprender. Se recuerda lo que siente, y eso se convierte en experiencia"

"David Brierley recuerda la primera vez que, de niño, fue a Old Trafford a ver su equipo, el Manchester United. "Era una zona muy deprimida, donde la gente vivía solo para ir el sábado a ver el partido".

Le conmovió ver a 50.000 personas cantando; y aquello del fútbol se convirtió en una pasión que le dura hasta hoy. (...)

¿Es esa la clase de pasión que hay que perseguir en la escuela? Piensa un poco y contesta: "Por supuesto". "La emoción es imprescindible para aprender. Se recuerda lo que siente, y eso se convierte en experiencia". (...)

Cada vez menos gente vota, dice, los políticos no se sienten servidores de lo público, el miedo atenaza a Europa. "Creo que todos estos cambios [en la educación] deben hacerse para salvar la democracia".

No hay dramatismo ni grandilocuencia en sus palabras; solo la certeza de que lo que se enseña a los niños hoy en la escuela está demasiado volcado en el pasado, en transmitir lo que se sabía hasta ahora, en unos contenidos que luego se pueden medir en pruebas y exámenes; pero se deja de lado la otra parte, la que ayuda a descubrir a cada niño su propia individualidad, su forma de responder a los nuevos retos y las nuevas situaciones. (...)

Antes, con el salmón en escabeche, dijo que habría que eliminar la cultura de los exámenes que estrangula la labor de los profesores en la escuela y condena cada vez a más alumnos al fracaso; que cada niño tiene su propio potencial y que la labor del profesor es encontrarlo.

Habla de la lucha en la que se encuentra Europa entre el miedo y la esperanza, de cómo por ahora va ganando el primero. Y conecta todo ello con esa manera de entender la educación solo como conservación y repetición del pasado en lugar de dar espacio a la creatividad individual que encuentre nuevas oportunidades en cada dificultad.

No habla de cambiar asignaturas, sino de que cada cosa que se enseñe se haga de esa manera. Pero el cambio que propone no vendrá desde arriba; en un siglo XXI en el que todas las revoluciones llegan desde abajo, solo podrán hacerlo "jóvenes profesores con ganas de hacer las cosas de otra manera".

¿Confía en que ocurrirá? Sonríe, levanta las cejas y se encoge de hombros. No hay tiempo para postre ni café. Tiene que volver al congreso a contestar las preguntas que le lancen. Cuando responda, intentará causar algún tipo de sensación en su interlocutor, dice." (DAVID BRIERLEY. "Solo se recuerda lo que se siente". El País, 12/10/2011, última)

18/3/11

Para Ingmar Bergman se plantean antes de la película tres preguntas: ¿De dónde vengo? ¿Quién soy yo? ¿Por qué soy como soy? “

"Ingmar Bergman fue lo suficientemente modesto sobre sus neurosis como para hacer transparente su relación con el arte: “cuando alguien escriba mi vida, entonces, quizás, se vea que de hecho toda mi creatividad no es más que decididamente pueril.

Basada en mi infancia”, dijo Bergman en su última, larga entrevista con Jörn Donner con una remarcable modestia, que muestra a un pensador preciso y profundo que se apoya en la reflexión de sí: “En menos de un segundo puedo viajar a mi infancia, a los lugares mágicos, tal y como los he utilizado en Fanny y Alexander.

Creo que todo lo que he hecho y que tiene un cierto valor tiene sus raíces en mi infancia. O en la dialéctica, en un diálogo con mi infancia. Nunca he tomado distancia de mi infancia, sino que he llevado a cabo un diálogo con mi infancia.”(...)

Para que este diálogo pudiese tener lugar las películas necesitaban claramente un lugar especial. Un lugar cerrado, del que sea más fácil entrar que salir.

Un lugar existencialista, aquel infierno que según Sartre eran los otros, un lugar simbólico, el lugar de una fusión, el lugar en el cual se consiga el resultado psicoanalítico de la “transferencia”, pero también un lugar histórico, el lugar en el que se encuentran los vagabundos, quienes, como el propio Ingmar Bergman, no han logrado fundar un “hogar” burgués, una familia burguesa, pero también para quienes están en la escapada.

Este lugar es un hotel, una casa con hombres muertos, más tarde una isla con un faro. En este espacio del recuerdo y de los sueños se encuentran los fragmentos de personas, máscaras, que se buscan como espejo. Las personas se dividen, se funden entre ellas, intercambian roles. Al final, casi siempre una de las personas departe. Esto puede verse como un Happy End. De hecho, son las propias películas de Ingmar Bergman las que en verdad nos interrogan, a través de un final así.

Para Ingmar Bergman se plantean antes de la película tres preguntas: ¿De dónde vengo? ¿Quién soy yo? ¿Por qué soy como soy? “¿Podría usted responder a estas preguntas?”, inquirió Donner,

Y Bergman suspiró, se quitó las gafas, dudó por un momento y respondió: “No. Hoy tengo respuestas aún peores respuestas a mis preguntas o, mejor dicho, sé menos, sé ahora menos sobre mí mismo que hace diez años, que antes.”

Al final de su vida cinematográfica dijo esto con la mayor serenidad. Porque, como ocurre con el psicoanálisis y en el arte, la palabra “fin” sólo puede entenderse provisionalmente.

La búsqueda del niño de los padres siempre tiene su reverso, infierno y paraíso." (Sin Permiso, 13*/03/2011, citando a ' El anti-Fellini', de Georg Seeßlen · Markus Metz)

28/2/11

La memoria se fija en la niñez y nos da identidad: lo primero que se aprende es lo último que se olvida

"El poeta alemán Michael Krüger escribió en su libro Previsión del tiempo (NorteySur, traducción de J. L. Reina Palazón) unos versos que resumen la importancia que la infancia tiene en ese ADN del que habla Llamazares: "A veces me escribe la infancia / una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?"

La infancia es la caja negra de la memoria. En la ahora famosa película El discurso del Rey, candidata a 12 oscars, el personaje que encarna Colin Firth (Jorge VI) le confiesa detalles de su infancia a Lionel Logue (Geoffrey Rush), su excéntrico logopeda.

Y en ese relato sobre las maldades que sufrió de niño descubre Lionel la raíz de la tartamudez de su ilustrísimo cliente.

La memoria, dice el doctor Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante, almacena "los recuerdos intensos, las amenazas; y cuando esos recuerdos proceden de la infancia son más difíciles de eliminar".

Durante un periodo de tiempo, eso que está en la memoria desde la infancia "puede ser borrado, reforzado o cambiado, pero pervive sobre todo lo que viene de la niñez, que es la memoria más vívida". "Mire, por ejemplo", dice Belmonte, "Ciudadano Kane... Lo único que Kane recuerda es Rosebud, el nombre de su trineo...".

La infancia, en efecto, envía postales. Hay un libro de Llamazares, Escenas de cine mudo, en el que aparecen "muchas de esas postales que la infancia nos envía". "El metabolismo sentimental de las personas lo marca la infancia". Y la memoria que se nutre de ese metabolismo "es un campo de arenas movedizas, como un banco de nubes que dejan pasar la luz o que la niegan".

La memoria, dice Soledad Puértolas, novelista, "nos sitúa en la infancia; en ese recuerdo estás". Ella recibe postales, por decirlo así, "de compañía y de soledad". Y cuando son de compañía le viene la imagen de su abuela materna. "Ella es la referencia del cariño incondicional, la metáfora de la persona que nunca te deja".

Y la postal de su soledad es el balcón del piso que tenían en Zaragoza. Sería imposible vivir sin olvido, por mucha insistencia que ponga la infancia en enviar postales. "Así que borras aquello que no quieres que haya sucedido". Pero vuelve; es la esencia de la literatura, "que deja volver también los recuerdos indeseados". (...)

Pero la memoria no solo tiene su lugar de nacimiento (en la infancia), a partir de los tres años, sino que tiene un sitio.

El doctor Jorge Tizón, psiquiatra, psicólogo y neurólogo, autor de varios libros de su especialidad, está de acuerdo con Llamazares: hay muchas memorias (la psicológica, la neurológica, la endocrina, la inmunitaria...), todas nos permiten reacciones (el amor, el odio...), pero la que más nos importa, la que el común de los mortales llama simplemente memoria, "es la que nos proporciona identidad".

Hay maneras de agredir a esta memoria, hay formas de traumatizarla con sufrimientos y otras alteraciones. Cuando esto se produce en la infancia, cuando más postales estamos percibiendo para enfrentarnos luego a la vida, "se producen estragos que duran en forma de alergias y otros inconvenientes".

Entre estas alteraciones está, por ejemplo, la afección que ahora resulta tan famosa que parece de ficción: la tartamudez del rey Jorge VI.

Todo lo que recordamos más nítidamente nace a los tres años, y ese almacenamiento más puro dura hasta la adolescencia. Luego, la memoria empieza a ser quebradiza; a los 40 años tenemos charcos, a los cincuenta ya hay lagunas, y la memoria empieza a causar malas pasadas cuando superamos los sesenta.

Y hay un momento, dice el doctor Tizón, en que se deshace la memoria; por ejemplo, a causa del alzhéimer. "No solo se deshacen los recuerdos; se deshace la identidad... Las experiencias están ahí, en el hipocampo, donde se almacenan". En esa "unidad central de procesamiento" están. El alzhéimer los aleja. La infancia los hace durar.

Estamos programados genéticamente, dice el doctor Tizón; el sistema nervioso va diciendo cuánta memoria nos queda, y nada detiene ese proceso cuya intensidad marca la infancia. Los medicamentos no impiden la acción del tiempo sobre el hipocampo. Ahí se concentra el temor que animaba esta frase de Henry James que recuerda Tizón: "La mayor fuente de terror en la infancia es la soledad".

Y la felicidad es lo que hace sólido el recuerdo que más cuesta perder. Esas postales de las que habla Krüger y en las que insiste, por ejemplo, la memoria de Maragall.

Andrés Trapiello, que narra su vida en diarios, considera que fijar lo que sucede "sirve para reconstruir la memoria, pues si esta actúa te ha de hallar recordando". La memoria es "un movimiento continuo"; "hay un libro mío, El arca de las palabras, que nace de mi recuerdo de cómo aprendí el significado de una serie de palabras que descubrí en mi infancia.

Ahí relaciono los recuerdos con las primeras palabras, y por tanto con la infancia". La infancia "es intensiva (la edad adulta es extensiva). Nos obliga a sumergirnos, a ahondar (la memoria involuntaria de Proust). La edad adulta discurre, se extiende. La infancia es un territorio ilimitado, insondable; la edad adulta tiene límites". (...)

José María Ruiz Vargas, catedrático de Psicología de la Memoria en la Universidad Autónoma de Madrid, cree que, para los creadores, y para todo el mundo, "la memoria es como un cesto de cerezas; nos esforzamos un poco, y ahí está la memoria enviándonos postales, casi siempre de la infancia".

¿Y por qué de la infancia? "Porque a esa edad estamos abiertos a todo tipo de estímulos; somos esponjas, inmaduros, y guardaremos esas memorias hasta que nos muramos". Además, dice Ruiz Vargas, "a partir de los 35 años ya recordamos mucho más nítidamente todo lo que nos ocurrió hasta los quince. Ahí hay una avalancha de recuerdos que son los que, por decirlo con esa metáfora, nos vienen en las postales...". (El País, 26/02/2011, p. 30/1)

9/2/10

El artista francés (Boltanski) graba el día a día de una apuesta con un millonario

"Dice que usa tanto la fotografía en un intento de "salvar la pequeña memoria, no la gran memoria de las guerras ni la historia". Aunque también reconoce su fracaso de antemano: "La vida no se puede atrapar". Es un artista empeñado en luchar contra la muerte y que, sin embargo, desprende felicidad.

"Yo soy muy optimista, muy feliz. Simplemente, creo que hay pocas cuestiones existenciales importantes: la muerte es una. Todo el mundo sabe que va a morir, así que es mejor habituarse".

Su nuevo proyecto nació de un pacto con un millonario jugador que vive en Tasmania. Quería comprarme algo. Pero a mí lo que me atraía de él era precisamente su lado de jugador, y eso que dice de que no pierde nunca", dice Boltanski. El artista ha permitido que una cámara le grabe continuamente desde el 1 de enero y que se emita, en directo, en una gruta de Tasmania. El millonario ingresa una cantidad pequeña, fija y mensual, de por vida, hasta que Boltanski muera.

"Teniendo en cuenta lo que valdría una grabación así en el mercado del arte, la obra quedará amortizada en ocho años. Si muero antes, él gana dinero. Si muero después, gano yo. Si muero a los ocho años, quedamos empatados. Pero si es verdad que él nunca pierde, yo debería morir antes. Y si hago esto es porque pienso que debemos hablar de la muerte, retarla". (El País, ed. Galicia, cultura, 08/02/2010, p. 41)