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24/9/21

Una sociedad socialmente sana probablemente nunca habría elegido a Trump. Incluso antes de Covid-19, los estadounidenses estaban cada vez más aislados... los estadounidenses desconectados socialmente de la sociedad está aumentando. Y estos votantes apoyan desproporcionadamente a Trump... porque les da sentido a sus vidas, y si le das un sentido a la vida de la gente, te lo darán todo

 "No pensaba leer ninguno de los nuevos libros sobre Donald Trump. Su dominio vampírico sobre la atención de la nación durante cinco años fue lo suficientemente pesadillesco; una de las pequeñas alegrías de la era post-Trump es que se ha vuelto posible ignorarlo durante días.

Pero después de leer un artículo adaptado de 'Francamente, sí ganamos estas elecciones: La historia interna de cómo perdió Trump' de Michael C. Bender, periodista del Wall Street Journal, cambié de opinión y lo cogí. Lo que me llamó la atención no fue su reportaje sobre el desorden de la Casa Blanca y los impulsos aterradores de Trump -algunos detalles son nuevos, pero esa historia es familiar. Más bien, me fascinó el relato de Bender sobre la gente que seguía a Trump de mitin en mitin como si fueran cabezas muertas autoritarias.

La descripción que hace Bender de estos superfans de Trump, que se autodenominan "Joes de primera fila", es comprensiva pero no sentimental. Sobre todo, capta su soledad previa a Trump.

Soledad y totalitarismo

'Muchos estaban recién jubilados y tenían tiempo libre y poco que los atara a casa', escribe Bender. 'Un puñado nunca tuvo hijos. Otros estaban alejados de sus familias'. Al unirse al movimiento de Trump, encontraron una comunidad y un sentido de propósito. La vida de Saundra se hizo más grande con Trump", dice de una mujer de Michigan que hacía trabajos esporádicos en la carretera para financiar su obsesión.

Hay muchas causas para las disfunciones superpuestas que hacen que la vida estadounidense contemporánea se sienta tan distópica, pero la soledad es una de las principales. Incluso antes de Covid-19, los estadounidenses estaban cada vez más aislados. Y como Damon Linker señaló recientemente en The Week, citando a Hannah Arendt, las personas solitarias se sienten atraídas por las ideologías totalitarias.

 'La principal característica del hombre masa no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y la falta de relaciones sociales normales', concluyó Arendt en 'Los orígenes del totalitarismo', al describir a quienes se entregaron a los movimientos de masas que lo abarcaban todo.
El atractivo de QAnon

Una sociedad socialmente sana probablemente nunca habría elegido a Trump en primer lugar. Como escribió Daniel Cox, investigador principal de encuestas y opinión pública en el conservador American Enterprise Institute, en FiveThirtyEight poco después de las elecciones de 2020, la "proporción de estadounidenses que están más desconectados socialmente de la sociedad está aumentando. Y estos votantes apoyan desproporcionadamente a Trump".

Los datos de las encuestas del Centro de Encuestas sobre la Vida Americana del AEI descubrieron que el 17% de los estadounidenses afirmaban no tener ni una sola persona en su "red social principal". Estos 'votantes socialmente desconectados eran mucho más propensos a ver a Trump positivamente y apoyar su reelección que aquellos con redes personales más robustas', escribió Cox.

No solo el trumpismo se alimenta del aislamiento. Pensemos en QAnon, que ha pasado de ser un bulo en un tablón de mensajes de Internet a una cuasi-religión. En su libro 'La tormenta está sobre nosotros: Cómo QAnon se convirtió en un movimiento, un culto y una teoría de la conspiración de todo", el periodista Mike Rothschild muestra cuán central es el sentido de comunidad digital para el atractivo de QAnon. Es una de las razones por las que los baby boomers se han unido a Q en un grado tan sorprendente: muchos son nidos vacíos, están solos o jubilados", escribe.

También es probable que sea una de las razones por las que QAnon comenzó a expandirse junto con los cierres de Covid-19, encontrando nueva vida entre los influencers de Instagram, los practicantes de yoga y las madres de los suburbios. De repente, la vida social de la gente de todo Estados Unidos quedó anulada, y muchas madres se vieron atrapadas en un aislamiento doméstico que no podía imaginar Betty Friedan. Atrapadas en casa, tenían más tiempo para meterse en los agujeros de los conejos de Internet. QAnon, que llegó a fusionarse con el covid-truterismo, les dio una explicación a su miseria y unos villanos a los que culpar.

A nadie le importa nada

Una cruel paradoja de Covid-19 es que el distanciamiento social necesario para controlarlo alimentó patologías que ahora lo están prolongando. Las personas aisladas y atomizadas se volcaron en movimientos que las volvieron contra las vacunas. También en este caso Arendt fue clarividente. Describió a las personas desvinculadas de cualquier lugar definido en el mundo como profundamente egoístas e indiferentes a su propio bienestar: "El egocentrismo, por tanto, iba acompañado de un debilitamiento decisivo del instinto de conservación".

 Uno de los personajes más vívidos del libro de Bender es Randal Thom, un veterano de los marines de 60 años cuya esposa e hijos le abandonaron por su problema con las drogas, y que pasó un tiempo en prisión. Los mítines se convirtieron en el principio organizador de su vida, y los seguidores de Trump le adoraban por ello", escribe Bender.

 'Como el propio Trump, todos los errores del pasado de Randal no les importaban' (...) (murió en un accidente de coche cuando volvía a casa de un desfile de barcos de Trump en octubre).

Hacia el final del libro de Bender, Saundra reaparece. Acababa de estar en el Capitolio para la insurrección del 6 de enero y parecía dispuesta a más. 'Díganos dónde tenemos que estar, y lo dejamos todo y vamos", dice. 'A nadie le importa si tiene que trabajar. A nadie le importa nada'.

Si le das un sentido a la vida de la gente, te lo darán todo."   
       ( New York Times)

28/7/17

Un grupo de investigadores midió el pulso de los asistentes a las fiestas de San Pedro Manrique, en Soria, y comprobaron que todos tenían los corazones sincronizados

"Ayer dio comienzo la madre de todas las fiestas. Siete días de éxtasis colectivo que arrancan cada 6 de julio y que ya tiene más seguidores desde fuera, espectadores colocados a una prudencial distancia, creadores de memes, y voyeurs de Instagram, que desde dentro

. Millones de cabecitas minúsculas vistas a través de la pantalla de la televisión, o un bosque de brazos y risas si se vive desde dentro, desde el olor pegajoso a vino y cuerpos. Es lo que se dice un planazo o una tortura, según quien lo mire. ¿Por qué unos la adoran y otros la aborrecen?

Las razones se remontan a nuestros ancestros y para explicarlas hoy hay que acudir no solo a la psicología y la neurociencia, sino a la antropología e incluso a la genética. Un estudio reciente realizado entre un grupo de 1.000 individuos en Australia probó que quienes salían de fiesta -acudían a festivales o conciertos, bailaban en bares o discotecas o incluso escuchaban bandas de música callejeras- eran más felices y se sentían más conectados con la sociedad.


"Las personas somos seres sociales", explica por correo electrónico el psicólogo Nacho Calvo en mentesabiertas.com. "Al margen de los encierros, que para muchos tan sólo sirven como excusa, San Fermín supone la concentración de miles de personas de diferentes culturas, lo que genera un sentimiento que para la mayoría de las personas resulta tremendamente positivo".

Para los escépticos, Calvo advierte de que este tipo de eventos se viven de una manera radicalmente distinta desde fuera y desde dentro: "Al encontrarnos rodeados de un ambiente festivo vivimos la experiencia de una manera amplificada, como ocurre en los conciertos o festivales, haciendo que se conecten nuestras neuronas espejo que son las encargadas de la empatía en el cerebro".

No es solo formar parte de un gran grupo que comparte una actividad, sino el hecho de que esa actividad esté relacionada con el baile o el movimiento lo que nos eleva al éxtasis colectivo. El profesor de Arqueología de la Universidad de Reading (Berkshire, Inglaterra) especulaba en su libro The singing Neanderthals : the origins of music, language, mind, and body -Los neardentales que cantan: los orígenes de la música, la lengua, la mente y el cerpo- con que el baile se remonta a 1,5 millones de años y está relacionado con la supervivencia "como forma de cooperación y comunicación". 

Algo, que según un grupo de investigadores de Jerusalem, alcanza el estatus de habilidad y está escrita en nuestros genes.


Esa comunicación es lo que Émile Durkheim denominó la "efervescencia colectiva" y el investigador de la Universidad de Montreal Paul Carls ha estudiado a fondo para encontrar su explicación actual. Según cuenta Carls, la efervescencia colectiva de Durkheim está en el corazón de las religiones: 

"Eleva a los individuos fuera de sí mismos y los hace sentir como si estuvieran en contacto con una energía extraordinaria, que los lleva a una excitación emocional colectiva".


La tecnología quiere ahora medir esta emoción a través de 'wearables' biométricos que registran las pulsaciones y el movimiento. El antropólogo Dimitris Xygalatas, de la Universidad de Connecticut (EE.UU.) ya lo hizo en un estudio de campo en las fiestas del Paso del Fuego y Móndidas en San Pedro Manrique.

Xygalatas y su equipo se trasladaron a este pueblo de la provincia de Soria y colocaron aparatos biométricos en sus 3.000 habitantes durante las fiestas. Toda la comunidad resultó estar emocionalmente alineada durante el ritual festivo, a juzgar por las frecuencias cardiacas.

 No solo los que caminaban sobre el fuego, sino también los espectadores tenían sus corazones sincronizados. Eso sí, quienes tenían una mayor vinculación familiar con los participantes del ritual o era originarios de San Pedro Manrique o alrededores mostraron una sincronización cardiaca mayor.

Lo mismo ocurre en los festivales de música o grandes festividades, según comenta Xygalatas, "en los actos con los que se sientan más identificados los asistentes vivirán la magia de la efervescencia colectiva, mientras que en los que no formen parte de la identidad se sentirán más desconectados y desincronizados".


"El ser humano y los animales suelen vivir en grupo, y aunque no sabemos qué circuitos o neurotransmisores pueden estar implicados en el bienestar que produce este hecho", explica por teléfono el neurocientífico del Instituto Cajal y vicepresidente del Consejo Español del Cerebro, José Luis Trejo, "sí que tiene un nombre: enriquecimiento ambiental. 

En su componente social", añade, "hace que se incremente el número de neuronas en el hipocampo, que es el centro neurálgico del apredizaje y la memoria, y el único en el cerebro en el que se fabrican neuronas en la edad adulta". Por tanto, las relaciones sociales, interactuar con muchas personas y participar de atividades en grupo "mejoran el aprendizaje".

Además, Trejo hace referencia a las hormonas que participan en los eventos sociales como los festivales de música o los sanfermines. "Sabemos desde hace tiempo que el ejercicio y la actividad en grupo, al contrario que ocurre con el aislamiento, hace que el cerebro libere dopamina y endocannabinoides [el cannabis natural de nuestro cuerpo], al tiempo que activa los circuitos serotoninérgicos".

O la tormenta perfecta

Esa es la parte buena. En la parte mala, los festivales son, como algunos adversos sospechan, un semillero de enfermedades, según un estudio que llevó a cabo la Facultad de Medicina de la Universidad de Marsella (Francia) en grandes eventos desde 1980 hasta 2012. "Se producen transmisiones fecales-orales de agentes patógenos por el incumplimiento de las normas de higiene", relata el informe. 

"Además, se propaga una gran variedad de enfermedades de transmisión sexual".
En esta línea, el verano pasado las autoridades británicas lanzaron un comunicado en el que aconsejaban a los jóvenes vacunarse contra el sarampión. Otras enfermedades que no querrá padecer y que están vinculadas a los grandes eventos: salmonela, e.coli o el horrible norovirus.

Más allá del entorno y de vuelta a la efeverscencia colectiva, los mismos circuitos serotoninérgicos que hacen que algunos se sientan bien cuando se encuentran rodeados de muchas personas, "se encuentran vinculados a trastornos obsesivos-compulsivos y trastornos del pánico", confirma Trejo. Esto quiere decir que lo que para unos es un clímax emocional para otros es un pequeño infierno, la tormenta perfecta.


Ver las imágenes de ayer en plaza del Ayuntamiento de Pamplona despierta en algunos todo un abanico de posibles catastróficas desdichas y un montón de preguntas relacionadas con la sensación de encierro: "Una vez dentro no hay escapatoria, y si de pronto quiero descansar, y ¿cuánto tiempo dices que va a durar?...".

"Hay personas", afirma Calvo, "que rehuyen este tipo de eventos ya que la aglomeración puede generarles demasiada ansiedad sobre todo si no se encuentran en un buen momento emocional". Un alto nivel de estrés, por ejemplo, "podría ser un detonante que nos hiciera sentirnos más vendidos ante situaciones en las que nos vemos incapaces de escapar".

"Cuando una persona ha vivido experiencias desagradables como la ansiedad súbita o los ataques de pánico, teme que esas sensaciones se pudieran reproducir en un contexto en el cual les fuese complicado escapar", añade. "Cuando se siente afectada por el miedo a sus propios síntomas físicos -taquicardias, falta de aire, etc...- tiende a evitar cualquier contexto que le incapacite para huir, que es una respuesta primitiva de supervivencia que todos tenemos en situaciones límite en las que nos podemos sentir amenazados".


"El consumo de ciertas sustancias como el cannabis o la cocaína también pueden predisponer a la persona hacia la ansiedad". Llevado al terreno de la patología, "el problema suele diagnosticarse como agorafobia (o trastorno de pánico con agorafobia). Y se puede ver propiciado por cambios hormonales que nos hagan sentirnos más vulnerables como la menstruación en las mujeres o las afectaciones de la glándula tiroides".

En cuanto al cerebro, Trejo añade que las actividades en grupo "activan los circuitos que regulan la jerarquía de dominancia. En el laboratorio lo vemos en los ratones: enseguida se manifiestan los dominantes". 

Algo que los famosos violadores de San Fermín llevaron a un deplorable extremo. No se ha estudiado en profundidad qué circuitos neurológicos activa un aumento de la actividad social, al nivel de las fiestas de San Fermín, para derivar en estados de malestar.

 "Pero sí que sabemos que cuando queremos inducir estados patológicos en ratones", explica Trejo, "para la interacción social positiva se utiliza el sexo, mientras para la negativa lo que hacemos es llenar la urna de ratos, provocar multitudes, y luego vaciarla para dejar aislado al ratón. Multitud y aislamiento".

Algunos, como el en caso de los humanos, tardan más en reaccionar que otros. Unos están a gusto en esa muchedumbre, y otros, en la soledad."                 ( , El País, 07/07/17) 

29/7/16

La leyenda de Benjamin Meléndez, pandillero y pacificador del Bronx... en los tiempos en que cien bandas de hasta 10.000 miembros se disputaban la ciudad

 Benjamín Meléndez

"Dicen que a los 11 años teloneó a Tito Puente y que fundó una pandilla juvenil con miles de seguidores que dominaba el Bronx Sur sin alardes violentos. 

Que este Orfeo en zapas pacificó con sus ideas y su música la jungla de un Nueva York con más de 10.000 pandilleros, que compuso un disco de culto que fusiona la intensidad del rock con la algarada de los sonidos latinos y que incluso fue invitado a una cumbre de las Naciones Unidas. Que sin este judío latino enamorado de los Beatles no habría nacido el hip hop.

Sin embargo, el recuerdo más dulce de Benjamin Meléndez (1952), el líder de los Ghetto Brothers, es otro. Lo explica por teléfono, recién levantado de una cama del hospital New York Presbyterian, en el Upper East Side, donde lleva atrapado mes y medio por severos problemas en su hígado: “Lo mejor fue la primera vez que mis hermanos y yo actuamos para nuestros padres. 

Él siempre se estaba inventando canciones y nosotros tocábamos encima, y mi madre me enseñó a leer la biblia en español y siempre me decía: cuídense entre ustedes o nadie lo hará”. Recientemente les han dedicado cómics, documentales y su leyenda sobrevolará una nueva serie de televisión. Pero no lo tuvieron fácil.

En el South Bronx de 1970 no había civiles: o eras de una pandilla o eras una víctima fácil. El barrio estaba en llamas, literalmente: en diez años prendieron 30.000 incendios, la tasa de homicidios se cuadriplicó, cien bandas con hasta 10.000 miembros se disputaban una ciudad que vivía la resaca del hippismo en medio de reformas urbanísticas que expulsaban a todos los vecinos con un mínimo poder adquisitivo.

 Algunos jóvenes se suicidaban a medio plazo con la heroína y otros optaban por la vía rápida: la violencia pandillera como único lenguaje y sentimiento de pertenencia a algo.

 Meléndez no comulgaba con las gangas más malcaradas, así que creó la suya con sus familiares. Estampó su imaginario en los chalecos tejanos que vestían: unos cubos de basura enmarcados por las palabras Ghetto Brothers.

 En poco tiempo, tenían 2.500 seguidores solo en el Bronx. Incluso en las épocas más violentas, estos hijos de emigrantes portorriqueños eran diferentes: mantenían contactos con los Panteras Negras y con el Partido Socialista de Puerto Rico. Trataban de igual a igual a las Ghetto Sisters. Echaban a los traficantes de droga, conseguían ropa para los niños y ofrecían chocolate caliente a las prostitutas.

En el resto de tribus, el rito iniciático era el eterno paseíllo de bates y puños, mientras que ellos solo golpeaban al novato el tiempo exacto que duraba un single de una canción a 45 revoluciones. “¡Un día me enfadé mucho porque a uno se le ocurrió hacer el rito con un elepé!”, bromea ahora Yellow Meléndez. Aún les aguardaba el gran momento.

Cuando salió de su casa el 8 de diciembre de 1971, Benjy Meléndez sabía que esa misma tarde Nueva York podía quedar bañada en sangre. “Claro que tenía miedo. Pero también tenía la razón”, recuerda.
Días antes, había enviado a su amigo Black Benjy a pacificar una reyerta entre pandillas.

 Este ghetto brother, con apenas 25 años, se plantó ante la multitud para pedirles tranquilidad. Minutos después, yacía muerto en el suelo. Horas después, todas las pandillas de Nueva York se organizaban para la gran batalla, pero Meléndez decidió convocar una cumbre entre gangas para intentar sellar una tregua.

El día señalado cien líderes debían acudir a la cita en el Boys and Girls Club de Hoe Avenue. Por las calles desfilaban cientos de Savage Skulls, Black Spades y Seven Inmortals, entre muchas otras tribus. Incluso habían apostado a francotiradores en las azoteas por si alguien rompía la calma.

 “Los que yo sabía que lo habían matado me decían: no quiero morir, Benjy”, recuerda. Cuatro horas después, los principales líderes habían firmado la tregua. En esa reunión estaban presentes futuras figuras claves del hip hop como Afrika Bambaataa.

En el armisticio se especificaba que las pandillas podían pasear por las zonas controladas por sus antiguos enemigos. “Nosotros dábamos fiestas cada viernes y tocábamos música. A veces se sumaba con sus instrumentos gente de otras gangas. Ganaban en autoestima”, explica Meléndez. Desterraron sus chalecos y cultivaron un vestuario más cuidado para competir por las miradas de las chicas, hasta ahora prohibidas.

Y ellas podían elegir libremente. Era una forma de competir sin violencia, como también lo eran las batallas de baile o de disc jockeys, los verdaderos líderes ahora. “La primera vez que los vi así en círculo pensé que eran de la Iglesia de Pentecostal… Hasta que mi hermano me dijo: ¡no, esto es nuevo, es hip hop!”. Las firmas saltaron de las chupas a las paredes y los lemas, de los callejones a las radios. El resto es historia.

Meléndez y su familia lograron grabar en 1971 un disco titulado Ghetto Brothers – Power Fuerza. En la contraportada, un Meléndez que aún no había descubierto su labor como trabajador social remunerado escribió: “La música cubre el vacío entre la sociedad y las minorías. Es el lenguaje común del mundo”.

El eslogan sonaría algo trillado o cursi en boca de un una estrella de la radiofórmula. Pero no en la de un personaje del que dicen que cambió la historia de su barrio, de su ciudad y, a su modo, de la música. Y que ahora asiente desde el hospital: “That’s right, mihermano”. 

Los guardianes de la llama 

El fotógrafo Julian Voloj trabajaba en una serie de retratos sobre la diversidad judía en Nueva York cuando conoció a Benjy: “Su historia me fascinó: sonaba más extraña que cualquier ficción”. Aquello se materializó en el poderoso cómic Ghetto Brother. Una leyenda del Bronx, firmado con Claudia Ahlering y editado en España por Sapristi.

El pasado verano muchos descubrieron este relato gracias al documental Rubble Kings, de Shan Nicholson, que se puede ver en Netflix. Esta plataforma estrenaba recientemente el tráiler de The Get Down, serie dirigida por Baz Luhrmann (Moulin Rouge) que retratará la transformación neoyorquina de los setenta a través de unos chavales del Bronx.

 El elepé de los Ghetto Brothers era un objeto de coleccionista hasta que Truth and Soul lo reeditó hace unos años. Meléndez sigue reclamando una placa en el parque para su amigo caído Black Benjy."                ( , El País, 06/02/16) 

3/12/12

Da igual que uno sea rico o pobre, culto o analfabeto, el fútbol nos permite a todos hablarnos de tú a tú, en igualdad de condiciones

"Existe un grupo reducido de gente en el mundo que no solo no entiende que seamos tantos los que nos pasamos gran parte de nuestras vidas hablando de fútbol, sino que nos desprecia. Qué ridículo, dicen, obsesionarse con un juego en el que 22 personas corren detrás de una pelotita cuando la crisis nos mata, cuando el futuro de Europa está en juego, cuando tenemos la alternativa de conversar sobre literatura, o cine, o música, o el cambio climático, o la primavera árabe, o la religión, o el tigre siberiano, en peligro de extinción.

Bueno, pues hagamos una breve defensa de los futboleros. Se podría escribir un libro sobre la cuestión; nos limitaremos a dos argumentos.

Primero, lo que muchas veces define a aquellos que nos desdeñan es el esnobismo intelectual. Suelen pertenecer a ese pequeño sector de la población mundial que goza de la suerte de haber tenido una buena educación, permitiéndoles desarrollar a un alto nivel su capacidad cerebral. Lo que no ven desde sus torres de marfil es que el mundo del fútbol es la democracia más grande que hay.

 Da igual que uno sea rico o pobre, culto o analfabeto, el fútbol nos permite a todos hablarnos de tú a tú, en igualdad de condiciones. En el debate sobre cuál es mejor, el Real Madrid o el Barcelona, el Arsenal o el Chelsea, Argentina o Brasil, el escritor, el filósofo, el Nobel de la ciencia, el ministro de gobierno y el listo que se embolsa un bonus millonario mientras su empresa se desploma participan con igualdad de criterio con el albañil desempleado, el campesino chino, con el minero africano. No importa su país o su condición social, todos tienen acceso a más o menos la misma información y todos tienen la misma capacidad para interpretarla.
 
Segundo, hablar de fútbol no solo es hablar de fútbol. En la superficie el tema es si Messi es mejor que Ronaldo, o si el planteamiento táctico fue el correcto, o si el entrenador debería haber puesto de lateral a fulano en vez de a mengano, o si el árbitro se equivocó, y tal y cual.

 Pero existe también un proceso mental paralelo en el que participamos los futboleros, sin necesariamente darnos cuenta de ello. A través del fútbol definimos nuestra identidad moral, igual que cuando nos asociamos con un partido político, o con una causa, o una religión.

Por un lado está nuestra afiliación tribal, que suele ser heredada. Somos del Madrid —como somos del PP o de Esquerra Republicana o católicos o musulmanes o ateos— porque nuestros padres nos indicaron el camino. Más interesante, porque revela más sobre el carácter de las personas, es con qué jugador o entrenador de su propio equipo nos asociamos más.

 Éste es el proceso mental oculto al que nos referimos. Obligados a elegir, por ejemplo, entre Iker Casillas o Cristiano Ronaldo, entre José Mourinho o Vicente del Bosque, uno delata claramente sus valores, cuáles son sus prioridades, qué es lo que más importancia tiene en su relación con el mundo exterior.

Especialmente reveladora es la opinión de los futboleros sobre personajes que no son de su equipo, ni de otro por el que sienten particular rivalidad. Hace nueve días en un bar neoyorquino un albanokosovar que había huido de la guerra en su país a los 13 años contaba que su jugador favorito en el mundo era Pedro, del Barcelona.

 Mientras festejaba los tres goles que había marcado Pedro ese mismo día para la selección española, el albanokosovar reconoció que había jugadores mejores, pero para él el canario representaba una actitud frente a la vida a la que le daba un singular valor. Su visión de Pedro era la de un luchador incansable, un obrero noble, un hombre optimista que exprime siempre lo mejor de sí y mantiene la sonrisa en el triunfo y en la adversidad.

Para otros los referentes serán Obama, el Papa, Castro, Mandela, Merkel, Paul Krugman, Vargas Llosa, Philip Roth, Clint Eastwood, Pavarotti, Bill Gates o el presidente de la Asociación para la Defensa de la Naturaleza.

 Para este albanokosovar, que tras una infancia dura acabó triunfando en Estados Unidos, Pedro es el modelo a seguir, el personaje en el que ve reflejada la imagen que aspira a tener de sí mismo. El contexto es el fútbol. Cosa seria."               ( , El Páis,  20 OCT 2012)

2/6/09

La emoción del fútbol

"La vinculación al fútbol es emocional. El noviazgo con un equipo comienza en nuestro cerebro íntimo, en el puchero de los sentimientos. Es extraño encontrar a un individuo que se haya aproximado al fútbol racionalmente. La razón entra en juego después, cuando el sentido de pertenencia a un grupo que se identifica a través de unos símbolos demanda argumentos del individuo. Esto es a veces, porque en la mayoría de los casos la pasión que procede de la adhesión a un equipo no conoce razones verbalizables más allá de las emociones. Otro denso aglutinante del fútbol es la fe, una creencia sin razón que también parece estar grabada en nuestro interior y que tenemos que dirigir hacia algo, enfocar y alimentar para trascendernos. En algunas personas, el fútbol tiene cuerpo de trascendencia.

El sentido de pertenencia al grupo en el fútbol es poderoso y se expresa a través de valores y símbolos, ambos incrustados en el cemento de las emociones. El fenómeno Guardiola es la personificación. Quién no quisiera ser -fíjense, 'ser'- del Barça para pertenecer al mismo espacio planetario que Guardiola. El entrenador del Barça es un símbolo de valores bañados en emoción: la juventud, la honestidad, el coraje, la creatividad, la humildad, la entrega, el estilo, la generosidad... Todas esas virtudes que desde pequeños nos dicen que tenemos que buscar, pero que raramente encontramos juntas en la vida real. Los medios de comunicación son el altavoz, la caja de resonancia de esos rasgos, los que muchas veces los moldean y proyectan. Y las personas se aferran a ellos. La competición en el campo trasciende el balón, hace mucho que trascendió el balón. Si sólo fuera por el balón, no existiría el fútbol. A través del fútbol puedes sentir que 'eres' algo que en otros roles de tu vida estás muy lejos de ser.

El sentido de pertenencia y la simbología emocional permiten que, en ocasiones, el fútbol sea instrumentado, por no decir prostituido por intereses espurios. Los más visibles son los grupos violentos que se han alojado como parásitos en las gradas. Ese tipo de parásitos son los responsables de que la final de una Copa del Rey en donde coinciden un equipo vasco y otro catalán sea noticiable no por eso, sino por una pitada. Todo depende de la representación mental de los significados. Lo que podría haber sido (y fue para muchos) una escenificación de la España de las autonomías, de las nacionalidades, de los hechos diferenciales unidos bajo el espíritu común de la Corona, ha quedado en el subconsciente colectivo como una teatralización de la España cainita que se rompe. Todo depende de la interpretación hacia la que empuje el interés de cada cual. Igual que en la final de la Copa de Europa en Roma, donde unos ven a la España de la Armada Invencible contra la pérfida Albión y otros al Barça nacionalista gran Satán de un Real Madrid guardián de las esencias de lo español. El símbolo lo construimos nosotros y una bandera que ondea o una camiseta que suda tienen significado porque nosotros se lo otorgamos. En esa concesión de significados unos persiguen la pureza de la competición justa y otros, desafortunadamente, imponer su propio interés a costa del otro. Bienvenidos al planeta Tierra." (Andrés Montero Gómez es director del Instituto MOGZ de Ciencias del Comportamiento. Fundación para la Libertad, citando a EL DIARIO VASCO, 29/5/2009)