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10/8/23

El "problema"de la escasez de mano de obra: Si los patrones están "luchando por reclutar" es porque se absorbe demasiada mano de obra en hacer cosas que son producto del fracaso capitalista... del fracaso en aumentar la productividad recientemente; del fracaso en asignar el trabajo de forma eficiente; y del fracaso en ofrecer un trabajo satisfactorio. Por lo tanto, el problema del trabajo es en realidad un problema del capitalismo

 "El "problema"de la escasez de mano de obra.  Si los patrones están "luchando por reclutar" es porque se absorbe demasiada mano de obra en hacer cosas que son producto del fracaso capitalista.

 Uno de los trucos de la política burguesa es culpar a los trabajadores de los fallos sistémicos del capitalismo. Así ocurre con la afirmación de que hay un problema con el creciente número de personas mayores de 50 años que están fuera de la fuerza de trabajo. The Guardian, por ejemplo, dice:

    "Esto está ejerciendo presión sobre el mercado laboral, con muchos empresarios luchando por contratar, y es parte de la razón de la alta inflación, ha dicho el Banco de Inglaterra."

Las cifras, sin embargo, no lo confirman. Actualmente hay 3,47 millones de personas de entre 50 y 64 años económicamente inactivas. Aunque son 250.000 más que en el punto más bajo de 2019, son menos que hace un año y menos que la media de los 20 años anteriores a 2008.

 Lo que plantea la siguiente pregunta: si 3,5 millones de mayores de 50 años económicamente inactivos no era un problema antes de 2008, ¿por qué el Banco de Inglaterra y el Gobierno creen que lo es ahora?

Una razón de peso es que llevamos 15 años de productividad estancada. Tenemos que trabajar más, y que lo hagan más personas, porque no estamos trabajando de forma más inteligente.

Si el PIB por trabajador-hora hubiera crecido al mismo ritmo desde 2007 que en los 30 años anteriores, ahora sería un 28% más alto de lo que es en realidad. Eso significa que el trabajador medio podría estar más de 150 libras a la semana mejor, o que todos ellos podrían tomarse un día libre a la semana sin estar peor de lo que están ahora.

Pero somos un país pobre. Para producir lo que queremos - es decir, para superar la falta de capacidad que, según el Banco, provoca la inflación - necesitamos, por tanto, más trabajadores, simplemente para compensar nuestra ineficacia.

Una de las razones de esta ineficacia es que mucha gente ocupa los puestos de trabajo equivocados. Están los trabajos basura descritos por David Graeber; trabajos de guardianes como supervisores, guardias de seguridad y algunos mandos intermedios que son necesarios para superar la desconfianza engendrada por el capitalismo y la desigualdad; demasiados abogados y contables debido a la complejidad del sistema fiscal; demasiados empleados de la Border Force o del DWP debido a malévolas decisiones políticas; y un sector financiero hinchado debido a la contaminación de riesgos sin precio y a una percepción falsa e ideologizada de la industria de gestión de fondos.

Si los empresarios tienen "dificultades para contratar" es porque se absorbe demasiada mano de obra en hacer cosas que son producto del fracaso capitalista.

Pero hay algo más. Muy pocas personas pueden permitirse el lujo de tener trabajos cómodos y agradables en los que su jefe les permita escribir chorradas y acosar a sus compañeros de trabajo. Por el contrario, muchos cincuentones dejan el empleo porque es aburrido o estresante, cosas que a menudo son el resultado de una pésima gestión (y el sector público puede ser incluso peor que el privado en este sentido).

Fue Adam Smith quien escribió

 "El hombre que pasa toda su vida ejecutando unas cuantas operaciones sencillas, cuyos efectos son tal vez siempre los mismos, o muy parecidos, no tiene ocasión de ejercitar su entendimiento ni de ejercitar su inventiva para encontrar medios de resolver dificultades que nunca se presentan. Por lo tanto, pierde naturalmente el hábito de tal esfuerzo, y generalmente se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana se vuelva. La torpeza de su mente le hace no sólo incapaz de disfrutar o participar en cualquier conversación racional, sino de concebir cualquier sentimiento generoso, noble o tierno."

 ¿Por qué no querría escapar a este destino quien pueda permitírselo?

Sobre todo porque el capitalismo es el ladrón del tiempo. Como señaló Marx, debemos trabajar más de lo necesario para nuestros propios fines porque también debemos trabajar para los capitalistas y el Estado*. A medida que envejecemos nos damos cuenta de que nuestro tiempo se agota - un punto brillantemente planteado por Martin Hagglund en This Life - por lo que este tiempo de trabajo excedente se vuelve más oneroso.

 Lo que quiero decir es sencillo. En la medida en que el gobierno y el capital necesitan más gente trabajando, es sólo debido al fracaso del capitalismo; al fracaso en aumentar la productividad recientemente; al fracaso en asignar el trabajo de forma eficiente; y al fracaso en ofrecer un trabajo satisfactorio. Por lo tanto, el problema del trabajo es en realidad un problema del capitalismo. Sin embargo, los lacayos y los idiotas útiles del sistema se esfuerzan por negar esta verdad. (...)

Otra cosa. Algún tonto conservador dice que los mayores de 50 podemos convertirnos en conductores de Deliveroo. Después de haber sido derribado ayer de mi bicicleta por alguien que no se daba cuenta de que en este país se conduce por la izquierda, tengo una viva impresión de por qué la gente puede optar por no hacerlo."                 

(Chris Dillow es redactor de economía en Investors Chronicle, Brave New europe, 06/08/23; traducción DEEPL)

28/4/16

La fragilidad del empleo se acentúa con la economía digital

"(...) Lo que el economista del MIT David Autor señalaba en 2010 está siendo confirmado por los hechos: el mercado laboral se esta “ahuecando” en las economías de la OCDE.

 Las oportunidades se concentran cada vez más, por un lado, en unos pocos empleos de alta calificación y salarios muy altos dedicados a tareas abstractas y, por otro, en una mayoría de perfiles de baja calificación, principalmente puestos de trabajo de la industria de servicios en el escalón peor remunerado (preparadores de alimentos, ayudantes de cuidados en el hogar y otros asociados a las diferentes formas de venta). Los roles funcionales se redefinen y el empleo se polariza.

Lo novedoso es que son los puestos de trabajo intermedios los que empiezan a desaparecer, lo que significa que están en peligro una buena parte de los empleos más cualificados ocupados por licenciados que hasta ahora representaban a las profesiones liberales independientes, como arquitectos, médicos, abogados o profesores. Los mismos que sustentaban las clases medias tradicionales. 

Ellos, y otros como ellos, se verán afectados en la medida que realizan trabajos de los que se pueden segregar funciones rutinarias o en los que nuevas aplicaciones puedan aprovechar, por ejemplo, su capacidad para analizar imágenes o comprender el lenguaje en contextos complejos. 

Obviamente, los puestos de trabajo que los sustituyen requerirán solo las capacidades suficientes para operar esas aplicaciones estandarizadas. Justo lo contrario que lo que vislumbraba la Sociedad del Conocimiento.

Dos conclusiones son destacadas por los expertos incorporados al panel del Pew Research: por un lado, seguirá ensanchándose el abanico salarial entre los diferentes tipos de trabajadores; por otro, muchos de los empleos perdidos en los últimos años no van a volver.

Cambios en la naturaleza del trabajo y el “contrato social”

Si esa nueva forma de producir acarrea profundas implicaciones en la organización del trabajo, también lo tendrá en la naturaleza del contrato social. 

 La industrialización acelerada de los servicios dará lugar, de un lado, a nuevos espacios de concentración de efectivos humanos, con sueldos base, potencialmente propensos a reivindicaciones colectivas, y, de otro lado, a la explosión de un nuevo perfil de autónomos, asociadas a la figura de lo que John Moravec denomina knowmads, nuevos profesionales nómadas, personas disponibles para trabajar a cualquier hora, en cualquier lugar.

Los think tank y otros centros de pensamiento estratégico se están ocupando ya de ensalzar el papel de esos freelance globales considerados modelo y ejemplo de la libertad del “nuevo trabajador” como la más adecuada a los nuevos tiempos.

Con ello, empiezan a dibujar un nuevo modelo social que hace evolucionar el paradigma neoliberal con nuevos mitos: en el futuro, la estabilidad en los ingresos familiares requerirá a los miembros activos asumir, “en plena libertad”, diferentes trabajos “a tiempo parcial”, con horarios dispersos y retribuciones variables, complementados con ingresos marginales obtenidos de compartir activos (casas, coches, tiempo) siguiendo las pautas de la denominada sharing economy. Con el resultado de una “más fácil conciliación de la vida familiar y laboral”.

¿Le preocupa el diagnóstico? Pues confiemos en que la sociedad, (o sea, nosotros mismos), encuentre el camino para que se repartan adecuadamente los incrementos de productividad generados por el cambio tecnológico, desde luego suficientes para mejorar los niveles de bienestar heredados siempre que su reparto entre capital y trabajo sea el adecuado."                 (Ignacio Muro, Economistas frente a la crisis, 29/10/15)

10/3/15

En Estados Unidos solo se necesitan tres de cada diez trabajadores para producir y entregar los productos que consumimos

"En los Estados Unidos solo se necesitan tres de cada diez trabajadores para producir y entregar los productos que consumimos. Todo lo que extraemos, cultivamos, diseñamos, construimos, fabricamos y transportamos – hasta preparar una taza de café en la cocina de un restaurante y llevarla a la mesa del cliente – es obra de aproximadamente el 30% de la fuerza laboral.

El resto de nosotros nos dedicamos a planear qué es lo que se va a hacer, a decidir dónde instalar las cosas que se han fabricado, a prestar servicios personales, a hablar entre nosotros y a dar seguimiento a lo que se está haciendo, de modo que podamos decidir qué se necesita hacer después. 

Sin embargo, a pesar de nuestra evidente capacidad de producir mucho más de lo que necesitamos, no parece que tengamos un exceso de riqueza. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que los trabajadores y los hogares de clase media siguen batallando en momentos de abundancia sin paralelo.

En los países desarrollados tenemos recursos más que suficiente para satisfacer nuestras necesidades básicas. Tenemos bastantes enlaces orgánicos de carbono e hidrógeno que al romperse nos dan calorías; suficientes vitaminas y otros nutrientes para mantenernos sanos; viviendas adecuadas para mantenernos secos; suficiente ropa para conservarnos calientes; suficiente capital para mantenernos productivos, al menos potencialmente; y bastante entretenimiento para no aburrirnos. 

 Y todo eso lo producimos en un promedio de menos de dos horas diarias de trabajo fuera de casa. (...)

Sin embargo, mucho de lo que estamos produciendo en la era de la información no es ni excluyente ni rival –y esto cambia todo el panorama. Es difícil crear incentivos para la creación de bienes en la era de la información; es complicado monetizar su distribución; y no tenemos las herramientas para rastrearlos fácilmente en las cuentas nacionales.

 El resultado es una creciente discrepancia entre lo que las personas estarían dispuestas a pagar por un servicio determinado y el crecimiento medido en las estadísticas nacionales. En otras palabras, estamos produciendo y consumiendo mucho más de lo que sugieren nuestros indicadores económicos –y los creadores de muchos de esos productos no están recibiendo una compensación adecuada.

Lo anterior genera una serie de problemas únicos. Garantizar que los trabajadores del presente y futuro tengan la posibilidad de capturar los beneficios de la era de la información exigirá una redefinición de nuestro sistema económico a fin de estimular la creación de estos nuevos tipos de mercancías. 

Además de desarrollar métodos de contabilización de este nuevo tipo de riqueza, tendremos que concebir cauces para hacer que la demanda de un producto contribuya a la fuente de ingreso de su creador.

Solo mediante procedimientos que agregan valor verdadero a los bienes que producimos podremos sostener una sociedad de clase media, en lugar de una compuesta de tecno-plutócratas y sus siervos del sector servicios."           (Bradford De Long, Project Syndicate, en Jaque al neoliberalismo, 01/03/2015)

5/6/14

Cuando se inventó la luz eléctrica, la primera consecuencia fue la introducción de la jornada nocturna de trabajo

"(...) El alza del desempleo y del trabajo precarizado son justificados por lo que llaman de “desempleo tecnológico”, alegando que la tecnología necesita menos mano de obra, produciendo más con menos trabajadores, dados los aumentos de productividad.

Se plantea al trabajador la disyuntiva de seguir empleado, pero bajando la productividad y la competitividad de la empresa y del mismo país o salir del mercado para mejorar su calificación y retornar después. En verdad no hay el tal “desempleo tecnológico”.

Cuando hay aumento de productividad, significa que se puede producir la misma mercancía en menos tiempo, pongamos, la mitad del tiempo. No se deduce inmediatamente de ahí que se debe expulsar trabajadores.

 Hay tres alternativas: o se produce el doble de la misma mercancía y se mantiene a todos los trabajadores empleados. O se produce la misma cantidad de mercancías y se disminuye la jornada de trabajo por la mitad. Entonces – lo que suele ocurrir – es que se sigue produciendo la misma cantidad de mercancías y se echa a la mitad de los trabajadores.

No es la tecnología la que echa a los trabajadores. Es la lucha de clases, es quien se apropia del desarrollo tecnológico, que puede servir sea para disminuir la jornada de trabajo o para aumentar las ganancias de los empresarios.

Cuando se inventó la luz eléctrica, la primera consecuencia no fue mejor el bienestar en la casa de las personas, sino la introducción de la jornada nocturna de trabajo. La culpa no la tuvo Thomas Edson, sino la apropiación de ese invento para extender la jornada y la super explotación de los trabajadores.

Desde que se hizo la crítica al paradigma de la centralidad del trabajo, como visión reduccionista respecto a las otras contradicciones, se ha impuesto una tendencia opuesta, la de hacer del trabajo una actividad menor, sin trascendencia. Exactamente cuándo, como nunca antes, la gente vive de su trabajo. 

En actividades heterogéneas, diversificadas, a menudo con el mismo trabajador en varios empleos a la vez. Pero trabajan hombres y mujeres, enfermos, jóvenes y niños, blancos y negros: todos o casi todos viven de su trabajo.

Sin embargo, el tema del trabajo casi ha desaparecido, incluso en el pensamiento social, donde la sociología del trabajo pasó, en pocas décadas, de las ramas más buscadas a una más entre otras.(...)"               (Emir Sader, Público, 18/05/2014)

9/5/14

La renta básica estaría muy bien, pero la garantía de un empleo para todos estaría mejor

"Aunque hace mucho tiempo que se propuso la renta básica universal como medida para garantizar el bienestar de toda la ciudadanía, no ha sido hasta hace poco que ha cobrado importancia en los debates académicos e incluso en la agenda política y mediática.

 Esta propuesta consiste en que el Estado conceda a todo ciudadano, independientemente de su situación particular, un ingreso fijo que le permita cubrir sus necesidades vitales. De esta forma nadie se vería obligado a encontrar cualquier tipo de trabajo o ingreso para poder sobrevivir con un mínimo de dignidad.

 No se trata de una medida ajena a nuestras sociedades desarrolladas; al fin y al cabo, derechos como la educación o sanidad públicas conforman una especie de renta básica universal, sólo que en vez de que el Estado ofrezca una renta monetaria sin contraprestación ofrece un servicio básico no monetario.

Tampoco se trata de una medida utópica ni disparatada: vivimos en economías que generan suficiente riqueza y renta como para que nos podamos permitir una renta básica universal.

 Así lo demuestran numerosos estudios científicos que prueban la viabilidad de esta política siempre que existan los mecanismos redistributivos adecuados, y así lo demuestran casos reales aunque muy limitados como el de Alaska, el de Irán, el de la ciudad de México, o el que se pretende aprobar en Suiza. La renta básica universal no es un problema de recursos; se puede aplicar si hay voluntad política.

Sin embargo, se trata de una propuesta que se puede mejorar en su concepción. Si bien es cierto que hoy día en nuestras sociedades hay muchísimas personas que no están trabajando y nuestro deber como sociedad es evitar que por culpa de ello pasen penurias, también es cierto que hay mucho trabajo por hacer en nuestras comunidades.

 No tiene sentido que mantengamos inactivas a personas que pueden y desean trabajar mientras las necesidades de nuestros conciudadanos no están cubiertas. 

En la actualidad necesitamos que cuiden de nuestros mayores, de nuestros hijos y de nuestros enfermos, que aumenten los servicios de ocio y cultura, que se cuiden las infraestructuras, pavimento y fachadas de muchos barrios de nuestras ciudades, que se reforesten enormes extensiones de terreno, que se cuide la fauna y la flora de nuestro entorno, que aumenten y mejoren los servicios sanitarios, que se defienda a los grupos discriminados y a los más vulnerables, etc…

Por lo tanto, mucho mejor que otorgarle un ingreso fijo a todos los ciudadanos es otorgarle el derecho a trabajar si así lo desean (si no lo desean o no pueden, entonces que reciban una renta básica). 

El Estado podría financiar y planificar esta garantía empleo a través de programas concretos, aunque en última instancia podrían ser las organizaciones no gubernamentales, las cooperativas o cualquier otro tipo de organización las que gestionaran las actividades en cuestión debido a que son las que tienen la experiencia sobre el terreno.

 La remuneración del trabajo debería ser fija por número de horas; por ejemplo, 10 euros la hora. De esta forma se establecería un ancla de precios para evitar tensiones inflacionistas. Al mismo tiempo, se lograría que ninguna persona trabajase en el sector privado por menos de 10 euros la hora, ya que de ser así siempre podrían abandonar su trabajo para formar parte del programa de garantía de empleo.

Los beneficios para la sociedad serían notables porque se cubrirían muchas más necesidades no cubiertas, pero al mismo tiempo los beneficios para las personas inscritas en la garantía de empleo también serían importantes, y no sólo de carácter económico.

 Estas personas pasarían de estar inactivas (sin hacer otra cosa que esperar sentados en el sofá a encontrar trabajo como ocurre en la actualidad) a formar parte de un grupo que realizaría una función social. Conocerían a más personas, se socializarían, aprenderían las habilidades y conocimientos intrínsecos a sus nuevas tareas (pudiendo luego crear su propio negocio al margen de la garantía de empleo si así se lo propusiesen), se enriquecerían con las opiniones y puntos de vista de sus compañeros, se divertirían, etc.

Además, el propio diseño de la garantía de empleo, al estar dirigida a aquellos sectores de la población que no tienen ingresos o que tienen muy pocos, minimiza notablemente el riesgo de inflación. 

Cuando se intenta hoy día inyectar dinero en la economía para aumentar los ingresos de la ciudadanía y por lo tanto la actividad económica, siempre se hace a través de programas de gasto público o reducción de impuestos que afectan a la mayor parte de la población y sin discriminar demasiado entre niveles de renta. 

Cuando esto ocurre, se está regando masivamente la economía con dinero y por eso las tensiones inflacionistas pueden aparecer con mayor probabilidad. 

Sin embargo, la aplicación de la garantía de empleo vendría a transferir dinero sólo a las capas más bajas de la población, de forma que al mismo tiempo que estas personas salen de la pobreza se estaría irrigando la economía mediante una especie de riego por goteo, disminuyendo el riesgo de inflación.

En resumen, las ventajas de una garantía de empleo son superiores a las de un programa de renta básica toda vez que minimiza los riesgos inherentes al aumento convencional del gasto público."                (Eduardo Garzón, 10/04/2014)

26/12/12

La “hiperactividad profesional” es una estrategia de defensa para no pensar, para conjurar los riesgos de la angustia neurótica

"¿A qué se refiere cuando expresa que, en la actualidad, el trabajo ha perdido valor?

–Está esencialmente ligado a un vuelco en el mundo del trabajo, a una destitución de la posición predecesora que fue reemplazada por la primacía de las “ciencias de la gestión”. Ese vuelco se corresponde con cambios de concepción sobre la producción de valor.

¿Cómo cuáles?
–Hasta ahora pensábamos que la producción de valor, en el sentido económico del término, pasaba siempre por el trabajo. Pero las ciencias de la gestión (management) instalaron la idea de que la producción de la riqueza no pasa por el trabajo sino por buenos métodos de administración. 

Por un lado, se da una fijación de objetivos cuantitativos, llamados “contratos por objetivo”, por otro lado, los resultados también son cuantitativos, y se miden por la performance. Pero en el medio no quieren saber nada sobre el trabajo, no lo conocen.

¿Por qué?
–Porque están enfrentados con su propia incompetencia: no son ni ingenieros ni trabajadores, no entienden lo que pasa en el trabajo y, como reacción defensiva, lo desprecian. Hay nuevas formas de organización del trabajo que fueron introducidas bajo el efecto de las ciencias de la administración.

 En particular, la evaluación individual del desempeño, instrumento inventado por los managers que confunde, de manera intencional, el trabajo con sus resultados. No hay una proporcionalidad entre el trabajo y el resultado del trabajo.

¿Cuáles son las consecuencias de este giro para el trabajador?
–Un aspecto muy importante es la autonomía. Es una autonomía falsa, porque el administrador no se interesa por el desempeño, y con ello rechaza tomar en cuenta la cuestión de los recursos que se le dan al trabajador para alcanzar ese objetivo.

 Para el trabajador, el solo hecho de fijar objetivos no se traduce en autonomía en el sentido de una nueva libertad. Por el contrario, las nuevas restricciones son ahora su problema y nadie lo va a ayudar para alcanzar esos objetivos. En otras épocas, los ingenieros tenían la responsabilidad de acompañar el trabajo de los subordinados y aportaban eventualmente una ayuda a los trabajadores para ejecutarlo. 

Mientras que los administradores no dan ninguna ayuda, no quieren saber nada sobre los medios otorgados al trabajador para hacer su trabajo. Y para “cerrar con candado” la cuestión, les hacen firmar a los empleados un contrato de objetivos.

¿En qué se traduce esa nueva lógica, concretamente?
–El aumento de la carga de trabajo se traduce en una patología de sobrecarga. Hay diversas patologías.

 La primera es la de los trastornos músculo-esqueléticos, que son un verdadero estrago; una catástrofe desde el punto de vista de la salud pública, que no solo afecta a quienes hacen trabajos manuales sino a aquellos que cargan datos y a los ejecutivos. En Francia es la enfermedad profesional que más ha aumentado.

 La segunda se denomina “burn out”, traducida como “estar quemado”.

 La tercera enfermedad fue caracterizada en Japón como una muerte súbita. Suelen ocasionarse por una hemorragia cerebral o un espasmo vascular, pero en ausencia de todo factor de riesgo cardiovascular. Sin obesidad, sin hipertensión arterial, sin epidemia, sin diabetes, sin tabaquismo, sin antecedentes familiares, no existe ningún factor de riesgo salvo la sobrecarga de trabajo. 

La cuarta patología es la utilización de drogas, no solo cocaína sino alcohol y medicamentos, para poder aguantar las exigencias de la performance. Vemos esto mucho en los ejecutivos en Estados Unidos, pero también en los obreros que consumen cocaína incluso al estar en la cadena de montaje, y no lo esconden.

En este escenario, ¿cómo se inserta lo que usted denomina “hiperactividad profesional”?
–Es una moda actualmente hablar de hiperactividad profesional, workaholism. 

Efectivamente existe, pero es propio de un grupo pequeño de personas para las cuales la hiperactividad es una estrategia de defensa para no pensar, para conjurar los riesgos de la angustia neurótica.

 Contaminan el espacio privado. Evidentemente despedimos muchos trabajadores y, entonces, los que se quedan tienen más trabajo. 

Esa hiperactividad no es una vulnerabilidad psicológica sino una consecuencia de nuevas formas de entender el trabajo y la gestión."           (Entrevista a Christophe Dejours, experto en medicina laboral. Natalia Aruguete, Página 12, Rebelión, 08/12/2012)

28/5/10

El reparto de trabajo

"En vez de pagar a los trabajadores para estar desempleados –en la forma de subsidios de desempleo– podemos pagar a los trabajadores para que permanezcan empleados, pero trabajando menos horas. En efecto, para evitar que un trabajador sea despedido, varios trabajadores recortan tiempo en el trabajo y disminuyen una pequeña parte de su paga. Alemania y Holanda han usado esta vía para impedir que sus tasas de desempleo aumenten a pesar que han experimentado más acusadas depresiones que los EEUU.

Este sistema funciona en Alemania de la siguiente forma. Una empresa rebaja las horas de sus trabajadores un 20%. Entonces el gobierno aporta el 60% de la paga perdida (el 12% del total). Se espera que la empresa apoquine el 20% de la paga perdida (4% del total) y el trabajador termina llevándose a casa un 4% menos de su salario.

En este escenario el trabajador acaba trabajando el 20% menos de horas a cambio de una reducción del 4% de su salario. Esto puede significar, por ejemplo, que el trabajador acabe trabajando cuatro días a la semana en vez de cinco. Dados los ahorros de gastos relacionados con el trabajo, como el transporte y el cuidado de los niños, la mayoría de trabajadores terminaría casi seguro en una mejor situación bajo el sistema de reparto de trabajo que en las actuales circunstancias.

Aunque la economía ya haya pasado su fase de rápida pérdida de empleos, un gran número de trabajadores pierde los suyos cada mes mediante el desbarajuste de empleo normal de la economía. Cada mes, las empresas despiden cerca de dos millones de trabajadores. Estas pérdidas de empleo se compensan en gran medida por los contratos realizados por otras empresas, de manera que el saldo neto en empleos ha sido poco negativo en los últimos meses. Sin embargo, si pudiéramos tan solo reducir la tasa de pérdidas de empleo un 10%, ello equivaldría a crear unos 200.000 empleos adicionales por mes, es decir, 2'4 millones al año. Esto nos llevaría al pleno empleo en dos años, en lugar de los cinco o seis como se prevé actualmente.

Existen otros beneficios potenciales del trabajo compartido. La reducción del tiempo de trabajo podría ofrecer a las empresas una oportunidad para adoptar prácticas de trabajo más compatibles con la vida familiar. Por ejemplo, podrían adoptar una política de permiso familiar pagado o días por enfermedad pagados a modo de prueba a lo largo de la recesión." (Sin Permiso, 07/03/2010, citando a 'El reparto del trabajo y el poder de la estupidez' de Dean Baker)