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27/4/23

Zizek: Chúpame la lengua, aplástame las pelotas... Sobre el Dalai Lama, el multiculturalismo y el sicoanálisis... La interpretación altamente sexualizada de sus payasadas por parte de los observadores occidentales refleja una brecha insalvable en la comprensión cultural.

 " La polémica en torno a un reciente vídeo del Dalai Lama saludando a un niño de siete años no fue simplemente un caso clásico de "lost in translation". También habla del profundo e inerradicable abismo que puede separar a las culturas, e invita a reflexionar sobre la confusión en torno a intenciones y deseos que puede darse dentro de las culturas.

LJUBLJANA - En un reciente vídeo viral, se puede ver al Dalai Lama pidiendo a un niño de siete años, en una ceremonia pública muy concurrida, que le dé un abrazo y luego: "Chúpame la lengua". La reacción inmediata de muchos en Occidente fue condenar al Dalai Lama por comportarse de forma inapropiada, y muchos especularon con que está senil, es pedófilo o ambas cosas. Otros, más caritativos, señalaron que sacar la lengua es una práctica tradicional en la cultura tibetana, un signo de benevolencia (demuestra que la lengua no es oscura, lo que indica maldad). Sin embargo, pedir a alguien que se la chupe no tiene cabida en la tradición.

De hecho, la frase tibetana correcta es "Che le sa", que se traduce aproximadamente como "Cómete mi lengua". Los abuelos suelen utilizarla cariñosamente para burlarse de un nieto, como diciendo: "Te lo he dado todo, así que lo único que te queda es comerte mi lengua". Ni que decir tiene que el significado se perdió en la traducción. (Aunque el inglés es la segunda lengua del Dalai Lama, no posee un dominio de nivel nativo). Sin duda, el hecho de que algo forme parte de una tradición no lo excluye necesariamente del escrutinio o la crítica. Por poner un ejemplo extremo, la clitoridectomía también forma parte de una tradición, y el antiguo Tíbet también estaba lleno de lo que hoy consideramos prácticas humillantes destinadas a imponer una jerarquía estricta. 

E incluso sacar la lengua ha experimentado una extraña evolución en el último medio siglo. Como escriben Wang Lixiong y Tsering Shakya en La lucha por el Tíbet: "Durante la Revolución Cultural, si un viejo terrateniente se encontraba por el camino con siervos emancipados, se ponía a un lado, a cierta distancia, se echaba una manga por encima del hombro, se inclinaba y sacaba la lengua -una cortesía de los de estatus inferior hacia sus superiores- y sólo se atrevía a reanudar el camino cuando los antiguos siervos habían pasado de largo. 

Ahora [tras las reformas de Deng Xiaoping] las cosas han vuelto a cambiar: los antiguos siervos se colocan a un lado del camino, se inclinan y sacan la lengua, dejando paso a sus antiguos señores. Ha sido un proceso sutil, completamente voluntario, ni impuesto por nadie ni explicado". Aquí, sacar la lengua es señal de autohumillación, no de cariño. Tras las "reformas" de Deng, los ex siervos comprendieron que volvían a estar en lo más bajo de la escala social.

Aún más interesante es el hecho de que el mismo ritual sobreviviera a transformaciones sociales tan tremendas. Volviendo al Dalai Lama, es probable -y ciertamente plausible- que las autoridades chinas orquestaran o facilitaran la amplia difusión de un clip que pudiera mancillar a la figura que más encarna la resistencia tibetana a la dominación china.

En cualquier caso, todos hemos vislumbrado ahora al Dalai Lama como nuestro "prójimo" en el sentido lacaniano del término: un Otro que no puede reducirse a alguien como nosotros, cuya alteridad representa un abismo impenetrable. La interpretación altamente sexualizada de sus payasadas por parte de los observadores occidentales refleja una brecha insalvable en la comprensión cultural.

 Pero es fácil encontrar casos similares de alteridad impenetrable dentro de la cultura occidental. Hace años, cuando leí sobre cómo torturaban los nazis a los prisioneros, me traumatizó bastante saber que incluso recurrían a trituradoras industriales de testículos para causar un dolor insoportable. Sin embargo, hace poco encontré el mismo producto en un anuncio en Internet: "Escoge tu veneno para el placer... Aplastador de bolas de acero inoxidable, Dispositivo de tortura con pinzas para bolas de acero inoxidable, Juguete de tortura brutal, Torturador de bolas de acero inoxidable de alta dureza... Así que si estás tumbado en la cama con tu pareja, melancólico y cansado de la vida, ha llegado el momento. ¡Los huevos de tu esclavo están maduros para ser aplastados! Es el momento que estabas esperando: ¡encontrar la herramienta adecuada para brutalizar sus pelotas!". 

Ahora, supongamos que paso por una habitación donde dos hombres están disfrutando de este dispositivo. Al oír a uno de ellos gemir y llorar de dolor, probablemente interpretaría mal lo que estaba pasando. ¿Debería llamar a la puerta y preguntar educadamente, a riesgo de quedar como un idiota, "esto es realmente consentido"? Después de todo, si siguiera caminando, estaría ignorando la posibilidad de que realmente fuera un acto de tortura. O imaginemos un escenario en el que un hombre hace algo parecido a una mujer: torturarla de forma consentida. En esta época de corrección política, muchas personas supondrían automáticamente que ha habido coacción, o concluirían que la mujer ha interiorizado la represión masculina y ha empezado a identificarse con el enemigo.

 Es imposible representar esta situación sin ambigüedad, incertidumbre o confusión, porque realmente hay algunos hombres y mujeres que disfrutan genuinamente con cierto grado de tortura, especialmente si se representa como si no fuera consentida. En estos rituales sadomasoquistas, el acto de castigo señala la presencia de algún deseo subyacente que lo justifica. Por ejemplo, en una cultura en la que la violación se castiga con la flagelación, un hombre puede pedir a su vecino que le azote brutalmente, no como una especie de expiación, sino porque alberga un deseo profundamente arraigado de violar a las mujeres. En cierto sentido, el paso de las trituradoras de bolas nazis al tipo erótico utilizado en los juegos sadomasoquistas puede considerarse un signo de progreso histórico. 

Pero es paralelo al "progreso" que lleva a algunas personas a purgar las obras de arte clásicas de cualquier contenido que pueda herir u ofender a alguien. Nos encontramos con una cultura en la que es aceptable la incomodidad consentida en el ámbito de los placeres corporales, pero no en el de las palabras y las ideas. La ironía, por supuesto, es que los esfuerzos por prohibir o suprimir ciertas palabras e ideas no harán sino hacerlas más atractivas y poderosas como deseos secretos y profanos. El hecho de que algún superego las haya impuesto les proporciona un placer -y buscadores de placer- que de otro modo no habrían tenido.

 ¿Por qué el aumento de la permisividad parece conllevar un aumento de la impotencia y la fragilidad? ¿Y por qué, en determinadas condiciones, el placer sólo puede disfrutarse a través del dolor? Contrariamente a lo que han afirmado durante mucho tiempo los críticos de Freud, el momento del psicoanálisis acaba de llegar, porque es el único marco que puede hacer visible el gran embrollo incoherente que llamamos "sexualidad"."

  ( Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator

14/10/21

Apartado un profesor por mostrar en clase el Otelo del actor blanco Laurence Olivier en EE UU. Bright Sheng, que sufrió en China la represión de la Revolución Cultural y dos veces finalista de los Pulitzer de la música, provocó el enfado de sus alumnos por usar la película en la que el intérprete británico actúa con el rostro pintado de marrón

 "Escoger mal una película puede tener devastadoras consecuencias en Estados Unidos. El músico Bright Sheng, de 65 años, se ha visto obligado a abandonar su seminario de composición en la Universidad de Michigan después de que sus alumnos reaccionaran a su decisión de poner en clase la versión cinematográfica de la obra Otelo protagonizada en 1965 por el actor británico Laurence Olivier. En la cinta, el intérprete actúa con el rostro pintado de marrón, una desfasada práctica conocida como blackface, considerada racista en este país.

El compositor, director y célebre pianista pidió disculpas por reproducir en clase una versión del drama de Shakespeare que “discrimina y degrada” a los afrodescendientes y a su cultura. Para defenderse, enumeró a varios artistas de minorías étnicas que ha contratado a lo largo de su carrera. Fue peor. Los estudiantes de primer año calificaron la misiva de “incendiaria” y exigen su despido.

 Sheng es profesor titular de la Escuela de Música, Teatro y Danza de la Universidad de Michigan desde hace un cuarto de siglo. Este otoño impartió un seminario para “analizar Otelo, de Shakespeare a Verdi”. Desde que en la primera clase proyectó la película, no ha vuelto a pisar el aula. “Los tiempos han cambiado y cometí un error al mostrarla. Fue insensible por mi parte”, apunta el profesor a este periódico. Explica que eligió la versión de 1965 por ser una de las más fieles a Shakespeare y añade que en el mundo de la ópera el cross-casting (elección de un actor sin que coincida el género o la etnia con el del papel que va a interpretar) es una costumbre que se remonta al origen del teatro.

“Pensé que tanto la obra como la ópera retrataban a Otelo como a un héroe que es víctima de los blancos” y que podría enseñar algo de provecho sobre “los malos comportamientos humanos universales y sobre problemas como las calumnias o las acusaciones falsas”, apunta el compositor. Muchos lo señalan como una nueva víctima de la corrección política y el revisionismo del arte. Consultado sobre si se ve como un afectado por la cultura de la cancelación, responde: “Antes de este incidente, nunca había oído hablar del término. No tengo comentarios al respecto”.

 Meses después de que el Otelo de Laurence Olivier llegara a las salas de cine, Bright Sheng, entonces de 11 años, vio en Shanghái cómo los Guardias Rojos se llevaban el piano de su madre, la mujer que le enseñó a tocar. A pesar de la represión de la Revolución Cultural se convirtió en uno de los grandes compositores de su generación. Obtuvo una beca MacArthur, conocida como la de los genios, y ha sido dos veces finalista de los Premios Pulitzer de música. Sus composiciones se han escuchado desde Pekín, en la apertura de los Juegos Olímpicos de 2008, hasta la Casa Blanca. “Bright Sheng sobrevivió a la Revolución Cultural de Mao, pero es posible que no sobreviva a un par de estudiantes de Michigan quejumbrosos a los que se les muestra una versión cinematográfica de Otelo”, tuiteó el novelista Christian Schneider.

Sammy Sussman, estudiante de cuarto año de música clásica, fue uno de los alumnos que se molestaron por tener que ver el Otelo de Olivier sin ninguna “advertencia o discusión” previa. Esta película ya fue criticada en los sesenta por herir sensibilidades y estereotipar a la comunidad negra. Sussman le escribió al director de la facultad, quien le recomendó hablar con Sheng antes de acusarlo, ya que creía que un profesor con su experiencia “tenía motivos educativos para compartir esta famosa interpretación de Otelo”, según cuenta el estudiante en su blog. El joven afirma que la solución de discutir el tema no era una opción factible “sin temer por las repercusiones profesionales”.

Al acabar la clase, algunos alumnos le hicieron ver a Sheng su rechazo a la película y este envió una disculpa a todos los estudiantes “en 108 minutos”. Enseguida, despachó otro mensaje informando de que cancelaba el proyecto sobre Otelo y que presentaría un nuevo tema para el seminario. “Investigué más y aprendí sobre el tema y me di cuenta de que la profundidad del racismo era, y sigue siendo, una parte peligrosa de la cultura estadounidense”, rezaba la misiva. Varios alumnos acudieron al decano de la facultad, Dean Gier. Este contactó a la Oficina de Equidad y Derechos Civiles de la Universidad para que investigara lo ocurrido. “Este [incidente] ha sido doloroso e inquietante para los estudiantes de la clase”, escribió Gier en un correo dirigido al alumnado.

Viendo que los ánimos no se calmaban con las disculpas iniciales, el profesor escribió a sus alumnos que a lo largo de su carrera docente había tenido muchos estudiantes afroamericanos y que mantiene el contacto con ellos. También, que ha contratado a varios artistas negros en su trayectoria. La defensa encendió aún más a su alumnado. “Da a entender que gracias a él muchos de ellos han logrado el éxito en sus carreras”, sostuvieron más de cuarenta estudiantes de composición de pregrado, posgrado y miembros de la facultad. Tras esa carta, Sheng dejó de ser oficialmente profesor del seminario sobre la obra de Shakespeare.

“Las acciones del profesor Sheng no se alinean con el compromiso de nuestra universidad con la acción antirracista, la diversidad, la equidad y la inclusión”, explicó a este periódico Kim Broekhuizen, portavoz de la facultad, quien aclaró que el compositor no fue despedido, sino que él mismo decidió, junto con Gier, “dar un paso al costado”. Sheng continúa ofreciendo clases privadas y está previsto que imparta un curso en invierno, pero ya no es el profesor del seminario. El cambio “permitirá un ambiente de aprendizaje positivo” para que los estudiantes puedan enfocarse en su “crecimiento como compositores”, argumentó el decano."                    (Antonia Laborde, El País, 12/10/21)

21/4/21

Pulvar, un ex presentador de noticias negro, que se presenta por los socialistas en las próximas elecciones regionales, dijo: 'los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos'

 "Los partidos de izquierda franceses se han desencadenado en una amarga lucha sobre si se debe pedir a los blancos que se callen, o que se les prohíba directamente, durante las reuniones sobre cuestiones de las minorías. 

La controversia estalló después de las revelaciones de que un sindicato de estudiantes de izquierda, llamado UNEF, organiza reuniones que están fuera del alcance de los miembros blancos. Anne Hidalgo, alcaldesa de París y aspirante a presidente socialista, intervino el miércoles después de que una candidata del mismo partido, Audrey Pulvar, no condenara tales reuniones.

 “El campo de la política no es una sesión de terapia, es el dominio de lo universal, donde buscamos la unidad y defendemos nuestros valores laicistas”, dijo Hidalgo en BFMTV. 

 Pulvar, un ex presentador de noticias negro que se postula bajo la bandera socialista en las próximas elecciones regionales, dijo el domingo que los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero que “sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos. . 

" Cuando se le preguntó si habría dicho lo mismo, Hidalgo respondió que "obviamente no". El enfrentamiento por los grupos de discusión no blancos ha reavivado un debate en Francia sobre la creciente influencia de las políticas de identidad al estilo estadounidense y cómo desafía las tradiciones políticas existentes en el país.

 Los comentarios de Pulvar indignaron a la extrema derecha y a la derecha, y Valérie Pecresse, rival de Les Républicains de derecha, acusó a Pulvar de promover "un tono" aceptable "de racismo". Pero también provocaron enojo entre la vieja guardia del Partido Socialista, que busca reconstruirse después de una sorprendente derrota en las elecciones de 2017.

 Para muchos de la izquierda, los valores universales de égalité, fraternité, liberté deberían trascender las alianzas religiosas o étnicas, y se necesita más integración y asimilación, no menos, en la lucha por la justicia social. Esta facción no comprende la llegada de la nueva guardia a través de organizaciones como UNEF. 

 Las palabras de Pulvar son "más que torpes, son lamentables, no se corresponden con nuestras ideas comunes, no se debe pedir a nadie que se quede callado", dijo Olivier Faure, líder del Partido Socialista en el canal de televisión francés LCI. “En última instancia, [los grupos de discusión no blancos] conducen a la segregación y eso es algo con lo que no puedo estar de acuerdo”, dijo Richard Yung, un senador socialista. "Deberíamos poder hablar juntos, estar en desacuerdo, incluso oponernos en la misma habitación".

 No es lo que quise decir 

La reacción violenta contra Pulvar fue tal que se sintió obligada a justificar sus declaraciones, sin llegar a disculparse. “Algunos pensaron que le estaba diciendo a la gente que guardara silencio. Eso está mal ”, escribió en Le Monde. “Algunos pensaron que quería excluirlos, eso no es lo que dije ni lo que quise decir. Siempre he sido partidario de hablar, de discutir ”. 

 Chloé Morin, investigadora de la Fundación Jean Jaurès y ex asesora de un gobierno socialista, dijo que esta era la última señal de “un verdadero abismo entre generaciones”. “Y el abismo es cada vez mayor porque lo que era un movimiento ultra-minoritario hace un par de años, está cada vez más presente en el personal de la extrema izquierda y el Partido Verde”, agregó. 

Pulvar encontró más partidarios entre sus rivales en el partido de extrema izquierda France Unbowed y con los Verdes que entre el Partido Socialista que oficialmente la respalda. "Audrey Pulvar no es racista", tuiteó Jean-Luc Mélenchon, el líder de France Unbowed. “Ella entiende lo que es un grupo de discusión. Quienes le atacan están mostrando sus opiniones sexistas y prejuiciosas ".

 La extrema izquierda ve la pretendida defensa de los valores políticos tradicionales como un ataque velado contra las minorías que buscan la emancipación. “Nadie se queja cuando ves reuniones de directorio en las grandes empresas de Francia que son exclusivamente masculinas y totalmente blancas”, dijo Eric Coquerel, diputado de France Unbowed. “No se puede negar a las víctimas del racismo el derecho a decirlo y denunciarlo en nombre del universalismo. El universalismo es una buena idea, pero no es una máquina que borra la discriminación ".

 ¿Una muestra de lo que vendrá? 

La controversia es el último ejemplo de las divisiones internas de la izquierda en un momento crucial. (...)

 El lunes, el líder verde Yannick Jadot pidió a los líderes de izquierda que se unan y discutan un proyecto común de izquierda para luchar contra el presidente Emmanuel Macron, "que no nos protege de la extrema derecha ni del cambio climático". 

 Los principales partidos de izquierda acordaron reunirse y señalaron que podría ser difícil encontrar puntos en común. “El problema de la izquierda es que se sigue disparando en el pie”, dijo el investigador Morin."                      (Clea Caulcutt  , POLITICO, 01/04/ 21; traducción google)

3/7/19

Poliítica identitaria: la Universidad de Eindhoven sólo contratará a partir de ahora mujeres para puestos docentes hasta igualar la proporción de sexos. Eliminar de partida a la mitad de los aspirantes es una vía segura para rebajar la calidad del claustro, si hay alguna duda al respecto recomiendo repasar la estadística básica que se daba en COU....

"Una rápida, que no tengo ganas de tirarme tanto tiempo aporreando el teclado.

Vamos para premio, a ver qué país europeo está más desquiciado por el identitarismo. Hace poco leía que la Universidad de Eindhoven sólo contratará a partir de ahora mujeres para puestos docentes hasta igualar la proporción de sexos. Eliminar de partida a la mitad de los aspirantes es una vía segura para rebajar la calidad del claustro, si hay alguna duda al respecto recomiendo repasar la estadística básica que se daba en COU.

 Me puedo permitir que vayan más allá en su énfasis identitario y dejen de contratar también a rostros pálidos. E investiguen la vida sexual del profesorado, y contraten sólo homosexuales hasta equilibrar la distribución. Cualquier rasgo identitario será más relevante en la selección de personal que la competencia docente.

Sin embargo, sin duda la medalla del policorrectismo se la lleva Suecia y su “gobierno feminista”, que por fin ha oficializado la adopción de un pronombre neutro inexistente hasta ahora en el sueco (el alemán o el finés sí lo tienen). 

El cambio es más sencillo porque el sueco, como el inglés, no tiene flexión de género. El día que le toque a las lenguas romances (curiosamente, el latín sí tenía neutro), que llegará, no os quepa duda, el asunto será más peliagudo que la mera adición de un pronombre.(...)"               (La mirada del mendigo, 29/06/19)

3/9/18

La primera globalización que existió, la ibérica, consistíó en una occidentalización, no rehuía el contacto y producía mestizaje porque quería cambiar al otro: cristianizándolo, educándolo, explotándolo o construyendo ciudades o iglesias al estilo del otro... pero hubo otra globalización, la que no se mezclaba, que proyectaba fuera de Europa sus esquemas mentales, formales y artísticos. El hecho de convivir con personas que llegan de otros continentes, esto viene del mundo ibérico, de los portugueses y españoles que crearon ciudades donde había personas de África, de Europa, de América y de Asia... Si queremos entender nuestro presente como europeos, hay que pasar por el mundo ibérico

"(...) Gruzinski, que ha sido director de investigación en el CNRS de París (Centro Nacional de la Investigación Científica) y director de estudios en el EHESS (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales), es autor de El pensamiento mestizo (Paidós, 2000), donde sostiene que México y la Europa del XVI representaron una primera gran época de globalización.

Pregunta. ¿Qué influencia ha tenido la herencia ibérica en este mundo globalizado?

Respuesta. Las monarquías católicas de España y Portugal consiguieron que, entre 1580 y 1640, el mundo tuviera cuatro partes: Europa, América, África y Asia. Ese contexto permite hacerse muchas preguntas muy actuales. 

En ese momento se mundializó el libro europeo; el arte se internacionalizó; la filosofía aristotélica y el latín también se extendieron. 

Los horizontes europeos se dilataron mucho, y las élites globalizadas empezaron a pensar el mundo. Fue una revolución mental igual que la de ahora. La ciudad, lo local, se enfrentaba al mundo entero, se comparaba con él, se veía en él. Existía una dimensión planetaria. Y los funcionarios, los mercaderes, los religiosos, los aventureros estaban en todas partes.

P. También se daba una dominación política, militar y cultural.

R. Sí, pero había sociedades mestizas: en México, en Asia, en Sevilla, en Lisboa, en África... La modernidad de ese pasado ibérico estriba en que ya entonces había dos dinámicas. 

Una, la occidentalización, no rehuía el contacto y producía mestizaje porque quería cambiar al otro: cristianizándolo, educándolo, explotándolo o construyendo ciudades o iglesias al estilo del otro, y un segundo movimiento que no se mezclaba, la globalización, que consistía en proyectar fuera de Europa sus esquemas mentales, formales y artísticos, imponiendo el latín, el aristotelismo, la concepción del poder...

P. ¿Y cuál es el equivalente actual de aquella globalización?

R. Los McDonald's o las películas de Hollywood quizá sirvan de ejemplo. Viajan pero no se mezclan con nada. Imponen un modelo único sin tener en cuenta la realidad local; utilizan la propaganda de una manera muy intensa, se acercan mucho a la represión. Es el modo más perverso de relacionarse con el otro.

P. Pero toleran un poco de diversidad...

R. Lo mestizo sólo existe como algo curioso, exótico, interesante, divertido; sólo se acepta como un apéndice. Lo mestizo es una moda, un divertimento, un entretenimiento. El flamenco nos gusta, pero la ortodoxia, lo serio, lo nuestro, es la música clásica europea. Incluso Falla y Albéniz son exóticos, no son serios.

P. ¿Racismo?

R. Jerarquías. Les dejamos estar, no los desaparecemos. Tenemos lo serio y lo menos serio.

P. Así que lo ibérico no caló.

R. El imperio acabó con el nacimiento de las naciones. La primera mundialización muere con el fin de la dominación militar ibérica. La historia deja de pensar el mundo y empieza a construir pasados nacionales, regionales, locales... Hace de América una colonia alejada; de Portugal, un reino que no existía; de Nápoles, un hecho aislado... Se desconectan todas esas historias que estaban conectadas. 

Aunque no fuera el paraíso... (...)

Los historiadores deberíamos cerrar el negocio. Mientras el mundo se abre, la historia se cierra. No hemos podido siquiera construir la historia de Europa. Y ya es demasiado tarde. Tenemos moneda común, pero no historia común. La televisión y los media han producido amnesia colectiva. La historia empieza en 1945. Hemos perdido el pasado. Pero debemos recuperarlo. Sin leyendas rosas o negras, de una manera crítica. 

Para entender lo que implica, desarrollar una mente crítica, saber qué es nuevo y qué no, de dónde vienen las actuales formas de dominación y cómo reaccionaron los pueblos ante ellas. Ustedes necesitan referencias, pero nosotros no somos capaces de traérselas. No tenemos herramientas para entender el presente. La historia de amplios horizontes ha muerto.

P. Siempre nos quedará el pensamiento mestizo...

R. Sólo si quiere la industria cultural. Cada vez más, el imperio impone sus reglas al mundo. Hay diversidad, pero los principios básicos no se negocian. Si los discutes, te mandan al ejército y te eliminan. Sólo te aceptan en la medida en que juegas su juego. 

Derrida ha escrito que el mesianismo tecnológico de Bin Laden, una terrible reacción mestiza de rechazo, consiguió lo que nunca Rusia logró: herir el corazón del imperio. Lo que no entiendo es cómo y quién distingue lo negociable de lo que no lo es. 

Pero es curioso que la carta de los intelectuales apoyando la 'guerra justa' de Bush repite la misma retórica que usaba Sepúlveda para justificar el genocidio en América."            (Entrevista a SERGE GRUZINSKI, El País, 22/02/2002)


"Serge Gruzinski es un historiador de referencia de la llamada historia global, que intenta mirar al mundo tal como es, sin las gafas de los relatos nacionales.

 En¿Para qué sirve la historia? (Alianza Editorial, 2018), Gruzinski ofrece una síntesis de su visión: una historia global, sí, pero arraigada en lo local y en el presente (...)

Gruzinski parte en el libro de experiencias concretas, por ejemplo la de colegas suyos en una escuela de Murcia, donde el reto para los profesores consiste en enseñar una historia común a alumnos de origen diverso.
 
PREGUNTA. ¿Cómo explica Murcia la historia global?

RESPUESTA. No explica la historia global, pero para mí es una especie de detonante. No hago historia global porque pueda estar de moda. La historia global responde a situaciones reales que, como historiador y profesor, encuentro en Francia, Europa, América Latina. 

Cuando hay una población como Murcia, donde viven castellanos de origen, indios ecuatorianos y personas del Magreb, ¿qué historia les enseñamos? Yo soy de Roubaix, en el norte de Francia, donde la población en las escuelas es, en el 70%, de origen magrebí y musulmana. Ya no se puede enseñar la historia como antes. 

Es una urgencia social absoluta: no podemos educar a la población con modelos del siglo XIX.

P. ¿Los Estados necesitan un relato o novela nacional?

R. Lo necesitaron en el siglo XIX. Francia, la República, se creó y se construyó al mismo tiempo que este relato nacional. Los otros países europeos también. No funcionó demasiado bien para España, aunque esta es otra cuestión. Pero pensarse como nación es propio del siglo XIX y de principios del XX. 

El problema es que, si esto tenía un sentido en 1870, hoy, en un contexto de globalización, resulta no sólo absurdo sino arcaico.

P. ¿Qué papel tiene la historia en los actuales conflictos políticos e identitarios en España?

R. Es difícil para un francés juzgar España. Su gran contribución a Europa es la historia extraordinaria, penosa y trágica, de sus relaciones con América. La península Ibérica ha sido incapaz de explicar al resto de europeos la importancia de sus vínculos con otras partes del mundo como América Latina.
P. ¿Por qué esta incapacidad?

R. El regionalismo, la división de España en entidades que reivindicaban, cada una, su pasado y su historia, no ha facilitado la toma en consideración de este pasado. También está, claro, la herencia del franquismo. El hecho de que el franquismo utilizase todo este pasado iberoamericano para construirse ideológica y políticamente es un hándicap. 

Ahora bien, tampoco es que los historiadores franceses, alemanes o italianos hayan contribuido demasiado a una historia europea.

P. Sostiene que la mundialización actual es ibérica: nace en el siglo XVI con España y Portugal.

R. Sí, la mundialización nació en España. Esto significa que hay una responsabilidad histórica fuerte, y que la prioridad debe ser explicar este proceso porque lo que vivimos hoy forma parte de este siglo XVI ibérico. Yo vivo en el distrito 15 de París, donde las poblaciones se mezclan, o no. 

El hecho de convivir con personas que llegan de otros continentes, esto viene del mundo ibérico, de los portugueses y españoles que crearon ciudades donde había personas de África, de Europa, de América y de Asia. Hay muchas cosas en nuestro mundo contemporáneo que se pusieron en pie bajo el dominio ibérico y como reacción a este dominio. Si queremos entender nuestro presente como europeos, hay que pasar por el mundo ibérico. 

El problema no es saber si España fue entonces el faro del mundo, o si fue un verdugo monstruoso que destruyó las Indias, sino saber qué ocurre cuando empieza un proceso de mundialización, qué implica, y qué hemos heredado hoy.

P. ¿Se puede hacer historia global sin un punto de vista determinado?

R. No. La historia global siempre parte del ámbito local. Yo, estando en París, me intereso por la historia de México, Brasil y España, y lo hago con relación a la realidad en la que vivo. Intento entender un mundo que se globaliza, y para entenderlo, si viajo al siglo XVI, debo ir a España, Portugal y sus territorios, pero a partir de una problemática local."                   

(Entrevista a Sergi Gruzinski, Marc Bassets, El País, 25/08/18)

9/1/18

En los países desarrollados hay un modelo económico único –la mundialización- y un modelo de sociedad único: el multiculturalismo. Cualquiera que fuese la especificidad autóctona que prexistiera –el comunitarismo a la anglosajona, el republicanismo asimilacionista francés, etc.-, este multiculturalismo plantea en todas partes las mismas preguntas y engendra en todas partes la mismas inquietudes


"(...) Tomemos la cuestión de la inmigración. Es interesante: se trata de una cuestión obsesiva en las clases populares, y no solamente entre los blancos, contrariamente a lo que se repite permanentemente. 
La noción de inseguridad cultural la teoricé hace veinte años para responder a los interrogantes de un arrendador social que se enfrentaba a una explosión de peticiones de realojamiento en barrios de viviendas sociales que no tenían necesariamente problemas de seguridad. 
Esas demandas – que no han dejado de aumentar desde entonces – no provenían ni provienen siempre únicamente de la clase media blanca! Muchas proceden también de familias magrebíes que han conocido un ascenso social y que piden mudarse cuando el barrio se transforma con la llegada de una inmigración venida del África subsahariana, por ejemplo. 
La delicada cuestión de la alteridad y de su gestión en lo cotidiano cuando se convierte en mayoritaria no se detiene en tal o cual origen o comunidad. Pero este género de matices, esas violaciones del maniqueísmo nunca siguen su camino hasta llegar a las columnas de los periódicos o hasta los discursos de los políticos respetables. 
Desde arriba, se considera esta obsesión por los flujos migratorios como indigencia mental: en el mejor de los casos se trataría de estupidez – “A la buena gente le calientan la cabeza los sembradores de odio” – , en el peor, de racismo espontáneo. Hoy en día, hay un cierto discurso antifascista que tiene que ver sencillamente con el desprecio de clase.

A menudo se le reprocha a los “bobós” [“bohemios burgueses”, “hippie-chics” o “yuppies”] que son gente bienintencionada sin conexión con la realidad…Ahora bien, algunos viven en barrios populares mixtos. En Montreuil, en Gennevilliers, o en barrios parisinos como la calle Jean-Pierre-Timbaud, no están desconectados y reivindican que se mantienen firmes en la diversidad…

No niego que en algún caso estén animados por la benevolencia y la generosidad, que algunos, sin embargo, muestran discretamente, sólo que la realidad es que es fácil gestionar eso de vivir juntos cuando se reside en lugares en los que el multiculturalismo posee fronteras invisibles. En primer lugar, los “bobós” no se marchan de los sitios en los que “pasan las cosas”, los lugares en los que se crea la riqueza, en los que funciona la policía, etc. 
¡No me consta que hayan escogido instalarse en un bloque de viviendas sociales de la ciudad de los 4.000 en La Courneuve [municipio de la periferia parisina caracterizado por su población de origen migratorio]! No, se quedan en las metrópolis o en la periferia más próxima. Ahora bien, cuando se compra un apartamento en un inmueble del a calle Jean-Pierre Timbaud, en el Distrito XI parisino, por retomar ese ejemplo, se tienen que desembolsar igualmente de 400.000 a 600.000 euros…
Automáticamente, se te garantiza que tengas un vecindario de escalera que se te parece, pues resulta evidente que la familia de inmigrantes chechenos recién llegada no tendrá medios para ese billete de entrada y se alojará en una vivienda social, no lejos, pero distinta. 
Aquí bien que tenemos una frontera invisible de la cohabitación. Y es igual en la escuela: muchos cobistas de la convivencia practican la separación de hecho saliéndose del régimen escolar. Con enchufe o recurriendo a “trucos y astucias” para iniciados, como inscribirse en un plan de estudios internacional, o eligiendo una lengua rara. 
En resumen, los “bobós” disponen de todas las herramientas para vivir en un medio mixto. Por eso digo que el multiculturalismo de 10.000 euros al mes no es lo mismo que el multiculturalismo de 1.000 euros al mes. Ahora bien, es verdaderamente eso lo que divide la percepción francesa hoy en día: la capacidad o no de gestionar el multiculturalismo que existe de facto en nuestro país.

Muchos intelectuales debaten, justamente, que estaríamos basculando hacia un modelo multicultural. Pero para usted, se trata de un falso debate: ya estaríamos en él…

¡Desde luego que ya estamos en él! Sin que haya sido proyecto de nadie, fíjese. En los países desarrollados, hay un modelo económico único –la mundialización- y un modelo de sociedad único: el multiculturalismo.

Cualquiera que fuese la especificidad autóctona que prexistiera –el comunitarismo a la anglosajona, el republicanismo asimilacionista francés, etc.-, este multiculturalismo plantea en todas partes las mismas preguntas y engendra en todas partes la mismas inquietudes.

Frente a una demografía del vecindario que se transforma, la angustia natural de cada uno, sea cual sea su cultura o su religión, proviene de no saber si va a convertirse en minoritario. 
Ser o no ser minoritario: esa es la cuestión, hoy en día…Porque cuando es lo que eres, dependes de la benevolencia de la mayoría. Cuando eres minoritario, te planteas preguntas como “¿Debo o no bajar los ojos?”, “¿Puedo ligar con la hermana de mi compa o no?”, “Y él puede ligar con mi hermana o no?”, etc.

Cambian las reglas de juego y, como no se dicen y son invisibles, eso genera complejidad e inquietud, las cuales preferimos eludir, mudándonos y reagrupándonos entre semejantes. No por xenofobia sino porque es más sencillo. 
Cuando curras ocho horas de mozo de almacén en Auchan [cadena de hipermercados francesa, conocida en España como Alcampo] no tienes ganas de gestionar lo multicultural cuando vuelves por la tarde. Es hipercomplejo. Yo digo: decir esto en Francia ya es demasiado. Y sin embargo, sí, es hipercomplejo.

¿Qué piensa usted de los temores de guerra civil que se expresan aquí y allá?
La guerra civil implica que haya dos campos. ¿Quién contra quién? ¿Quiénes son los beligerantes? No se sabe. Yo no digo, por supuesto, que no haya tensiones. Hay conflictos étnicos localizados, que no son, por lo demás, acaso siempre los que se imagina.

En ciertas ciudades hay tensiones entre africanos anglófonos y africanos francófonos. Existen también tensiones entre magrebíes y originarios del África subsahariana.

Pero, de hecho, la gente hace todo lo que puede para que los territorios de contacto se reduzcan al mínimo. Esa es la razón que explica que haya un reagrupamiento étnico en ciertos territorios. Más que una guerra de civilizaciones, creo que la gente intenta gestionar el choque de los “bleds” [“villorrios”], eso es lo que pasa “abajo”.

Y, honestamente, han evitado esta guerra civil por una sencilla razón: porque nadie quiere la guerra. Estamos lejos de la sociedad Benetton, de acuerdo, pero se desactiva el enfrentamiento.

Evitarse significa una gestión obligada pero hipersutil del multiculturalismo. Una gestión adulta, por oposición a la visión totalmente infantil en curso en la Francia favorecida. Para esta última, las cuestiones multiculturales son o la guerra civil o el mundo del Oui-Oui [dibujos animados infantiles, como decir en España “los mundos de Yupi”].(...)"



(Christophe Guilluy [1964], geógrafo de campo, hurga desde hace veinte años en las fracturas sociales francesas, su libro más conocido y discutido es La France périphérique. Comment on a sacrifiè les clases populaires, Sin Permiso, 08/12/17)

11/9/17

La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos

"(...) Es una completa locura pensar que un proceso como éste puede desarrollarse sin el menor control; los refugiados, cuando menos, necesitan provisiones y atención médica.

Hay que admitir que en 2015 Alemania demostró una inesperada apertura al aceptar cientos de miles de refugiados. (Y uno se pregunta si la razón secreta de la magnanimidad alemana no será la necesidad de quitarse el amargo sabor del trato que se dio a Grecia en la primera mitad del mismo año.)

Lo que hace falta para impedir el caos es una coordinación y una organización a gran escala: instalar centros de recepción cerca del mismo epicentro de la crisis (Turquía, Líbano, la costa de Siria, la costa norteafricana), donde hay que inscribir y examinar a millares de personas; el transporte organizado de las que se acepten a los centros de recepción de Europa y su redistribución a posibles asentamientos.

El Ejército es el único agente que puede acometer una tarea de estas dimensiones de manera organizada. Decir que asignar a los militares un papel como ése desprende un tufo a estado de emergencia es simplemente hipócrita: cuando decenas de miles de personas cruzan zonas densamente pobladas sin ninguna organización, entonces sí que es un estado de emergencia, y esto es lo que está ocurriendo ahora en algunas partes de Europa.

Los criterios de aceptación y asentamiento deben formularse de manera clara y explícita: a qué personas y cuántas se aceptan, dónde se las realoja, etc. Lo complicado aquí es encontrar un término medio entre obedecer los deseos de los refugiados (tener en cuenta Su voluntad de trasladarse a países donde ya tienen parientes, etc.) y la capacidad de acogida de los distintos países.

El derecho absoluto a la «libertad de movimiento» debería limitarse, aunque sólo sea por el hecho de que no existe ni siquiera entre los refugiados: que alguien -sobre todo en relación con la posición socialsea capaz de superar todos los obstáculos y entrar en Europa es evidentemente una cuestión de privilegios económicos, entre otras cosas.”

Además, es obvio que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas de Europa Occidental de lo que son los derechos humanos.

El problema es que resulta igual de obvio que la solución evidente y tolerante (el respeto a la sensibilidad del otro) tampoco funciona: si a los musulmanes les resulta «imposible soportar» nuestras imágenes blasfemas y nuestro humor despiadado (que consideramos parte de nuestras libertades), a los liberales de Occidente también les resulta «imposible soportar» muchas prácticas de los refugiados (la subordinación de las mujeres, etc.) que forman parte de las «relaciones vitales» de los musulmanes.

En resumen: la situación estalla cuando miembros de una comunidad religiosa experimentan como una ofensa blasfema y como un peligro para su modo de vida no un ataque directo a su religión, sino el mismísimo estilo de vida de otra comunidad, como fue el caso de los ataques a gays y lesbianas por parte de musulmanes fundamentalistas en Holanda, Alemania y Dinamarca, o como es el caso de esos franceses que consideran que ver una mujer cubierta con un burka es un ataque a la identidad francesa, y por eso les resulta «imposible permanecer callados».

En este caso hay que hacer dos cosas: primero, formular una serie mínima de normas que sean obligatorias para todos, sin temor a que parezcan «eurocéntricas»; libertad religiosa, protección de la libertad individual contra la presión del grupo, derechos de las mujeres; y segundo, dentro de estos límites, insistir de manera incondicional en la tolerancia hacia los distintos modos de vida.

¿Y si las normas y la comunicación no funcionano Entonces debe aplicarse la fuerza de la ley en todas sus formas. Debería rechazarse la imperante actitud humanitaria de la izquierda liberal: las quejas que moralizan la situación -el mantra de «Europa ha perdido empatía, es indiferente al sufrimiento de los demás», etc.— son simplemente el reverso de la brutalidad antiinmigración.

Comparten el mismo presupuesto (de ninguna manera evidente) de que defender el modo de vida propio excluye el universalismo ético.

En el debate sobre la Leitkultur (la cultura dominante) que tuvo lugar hace una década, los conservadores insistían en que cada Estado se basa en un espacio cultural predominante que debe ser respetado por los miembros de las demás culturas que lo comparten.

En lugar de jugar al Alma Bella y lamentarnos del nuevo racismo europeo que presagiaron dichas afirmaciones, deberíamos dirigir una mirada crítica hacia nosotros mismos y preguntarnos hasta qué punto nuestro propio multiculturalismo abstracto ha contribuido a que llegáramos a esta desdichada situación.

Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo se convierte en una forma de ignorancia u odio mutuos legalmente regulados.

El conflicto acerca del multiculturalismo ya es un conflicto acerca de la Leitkultur; no es un conflicto entre culturas, sino un conflicto entre diferentes visiones de cómo pueden y deberían coexistir diferentes culturas, acerca de las reglas y prácticas que han de compartir esas culturas para poder coexistir.

Por consiguiente, deberíamos evitar quedar atrapados en el juego liberal de «cuánta tolerancia podemos permitirnos»: ¿deberíamos tolerarlo si los refugiados que se establecen en Europa impiden que sus hijos vayan a la escuela pública, si obligan a sus mujeres a vestirse y comportarse de determinada manera, si conciertan el matrimonio de sus hijos, si maltratan -y cosas peores- a los gays de su comunidad? A este nivel, naturalmente, nunca seremos lo bastante tolerantes, o siempre lo seremos demasiado, pues descuidaremos los derechos de las mujeres, etcétera.

La única manera de salir de esta disyuntiva consiste en ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.

Por eso una tarea crucial de quienes luchan por la emancipación consiste en avanzar en dirección a una Leitkultur emancipadora y positiva, lo único que puede sustentar una auténtica coexistencia y una mezcla de distintas culturas. 

Nuestro axioma debería ser que todo forma parte de la misma lucha universal: la lucha contra el neocolonialismo occidental, la lucha contra el fundamentalismo, la lucha de Wikileaks y Snowden, la lucha de Pussy Riot, la lucha contra el antisemitismo y también la lucha contra el sionismo agresivo.

Si aquí transigimos, nos perdemos en componendas pragmáticas, y nuestra vida no vale la pena.

Así pues, hay que ampliar la perspectiva: los refugiados son el precio que paga la humanidad por la economía global. Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante de la historia humana, en la historia moderna su principal causa es la expansión colonial: antes de la colonización, los países del Tercer Mundo estaban formados de manera casi exclusiva por comunidades locales relativamente aisladas y autosuficientes, y fue la ocupación colonial lo que destruyó este modo de vida tradicional y condujo a renovadas migraciones a gran escala (sin olvidar, por supuesto, las otras migraciones forzosas relacionadas con el comercio de esclavos).

La actual ola de migraciones en Europa no es una excepción. En Sudáfrica hay más de un millón de refugiados procedentes de Zimbabue que se ven expuestos a los ataques de los pobres de la zona porque les roban sus empleos.

Y habrá más ataques, no sólo por los conflictos armados, sino también a causa de los nuevos «estados canallas», la crisis económica, los de que, después del desastre nuclear de Fukushima en 2011, las autoridades japonesas se plantearon evacuar toda la zona de Tokio; más de veinte millones de personas.

¿Dónde habrían ido, en este caso? ¿En qué condiciones? ¿Se les debería haber asignado un trozo de tierra en Japón donde establecerse o se habrían dispersado por el mundo? ¿Y si el norte de Siberia se volviera más habitable y adecuado para la agricultura al tiempo que grandes regiones subsaharianas pasaran a ser demasiado áridas para que subsistiera una gran población?

¿Cómo se realizaría el intercambio de personas. Cuando en el pasado han ocurrido cosas parecidas, los cambios sociales se han dado de manera descontrolada y espontánea, con violencia y destrucción, y hoy en día en que todas las naciones disponen de armas de destrucción masiva, dicha perspectiva sería una catástrofe.

La principal lección que hay que aprender, por tanto, es que la humanidad debería prepararse para vivir de una manera más nómada y «plástica»: los cambios locales o globales en el entorno podrían imponer la necesidad de insólitas transformaciones sociales y movimientos de población a gran escala.

Todos estamos más o menos arraigados en un modo de vida concreto, y tenemos todo el derecho a protegerlo, pero podría darse alguna contingencia histórica que de repente nos sumiera en una situación en la que nos viéramos obligados a reinventar las coordenadas básicas de nuestro modo de vida.

Parece que incluso hoy, siglos después de la llegada del hombre blanco, los nativos americanos (los «indios») todavía no han conseguido adaptarse de manera estable a un nuevo modo de vida. Una cosa está clara: si se diera una alteración de ese calibre, la soberanía nacional tendría que redefinirse radicalmente, y habría que inventar nuevos niveles de cooperación global.

¿Y qué decir de los inmensos cambios en la economía y el consumo debidos a los nuevos climas, a la escasez de agua y de fuentes energéticas?

Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso con proporcionar medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados. En este punto no podemos ceder: las grandes migraciones son nuestro futuro, y la única alternativa a ese compromiso es una renovada barbarie (lo que algunos denominan el «choque de civilizaciones»).

No obstante, la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos.

Cuando yo era joven, el intento organizado de regular el bien común se llamaba comunismo. Quizá deberíamos reinventarlo. No es suficiente con permanecer fieles a la Idea Comunista: hay que encontrar en la realidad histórica antagonismos que conviertan esta Idea en una urgencia práctica.

La única cuestión verdadera hoy en día es la siguiente: ¿hemos de respaldar la aceptación del capitalismo como un hecho de la naturaleza (humana), o acaso el capitalismo global actual contiene antagonismos lo bastante fuertes para impedir su reproducción indefinida? 

De hecho, se dan cuatro antagonismos: la inminente amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso cada vez más evidente de la propiedad privada para integrar en su funcionamiento la así llamada «propiedad intelectual», las implicaciones socioéticas de los nuevos descubrimientos tecnocientíficos (sobre todo en el campo de la biogenética), y, no menos importante, y como se ha mencionado antes, las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y los nuevos suburbios.

Existe una diferencia cualitativa entre el último punto, la brecha que separa a los Excluidos de los Incluidos, y los otros tres, que designan el dominio de lo que Michael Hardt y Toni Negrí denominan «bien común», la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que habría que resistirse con todos los medios a nuestro alcance, incluso violentos en caso de que sea necesario. 

Estos dominios Son:

-el bien común de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital «cognitivo», sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también la infraestructura compartida de transportes públicos, electricidad, correos, etc. (Sí a Bill Gates se le hubiera concedido el monopolio, habríamos llegado a la absurda situación en la que un individuo privado habría poseído literalmente el software de nuestra red básica de comunicación.)

-el bien común de la naturaleza exterior, amenazada por la polución y la explotación (desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural).

-el bien común de la naturaleza interior (la herencia biogenética de la humanidad). Con la nueva tecnología biogenética, la creación de un Hombre Nuevo, en el sentido literal de cambiar la naturaleza humana, se convierte en una perspectiva realista.

Lo que todas las luchas para defender estos bienes comunes comparten es la Conciencia del potencial destructivo que podría liberarse si se permite que la lógica capitalista de privatizar estos bienes comunes campe a sus anchas, quizá hasta el punto de la autodestrucción de la propia humanidad.

Es esta referencia a los «bienes comunes» lo que justifica la resurrección de la idea del comunismo: nos permite ver la progresiva «privatización» de los bienes comunes como un proceso de proletarización de aquellos que quedan excluidos de su propia sustancia.

No obstante, los bienes comunes también se pueden devolver a la colectividad humana sin comunismo, en un régimen autoritario-comunitario. Al sujeto, desustanciado, «desarraigado», privado de su contenido sustancial, se le puede guiar en la dirección del comunitarismo, de encontrar su lugar adecuado en una nueva comunidad sustancial.

No hay nada más «privado» que una comunidad estatal que percibe a los Excluidos como una amenaza y procura mantenerlos a la distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los Incluidos y los Excluidos es el fundamental: sin él, todos los demás pierden su carga subversiva.

La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual, en un reto legal complejo, la biogenética, en un tema ético. Uno puede luchar sinceramente por la ecología, defender una idea más amplia de la propiedad intelectual, oponerse al Copyright de los genes, sin enfrentarse al antagonismo existente entre los Incluidos y los Excluidos, e incluso se podría formular alguna de estas luchas afirmando que los Incluidos se ven amenazados por la contaminación de los Excluidos.

Pero de este modo no llegamos a ninguna auténtica universalidad, sólo tenemos intereses «privados» en el sentido kantiano del término.

Corporaciones como Whole Foods y Starbucks siguien disfrutando del favor de los liberales aun cuando ambas participen en actividades antisindicalistas.

El truco es que venden productos con un aire progresista: consumimos café hecho con granos comprados a precio de comercio justo, conducimos vehículos híbridos, compramos a empresas que proporcionan un buen beneficio a sus clientes (según los propios criterios de la corporación), etc.

En resumen, sin antagonismo entre los Incluidos y los Excluidos podríamos encontrarnos perfectamente en un mundo en el que Bill Gates sea la figura humanitaria más importante que luche contra la pobreza y las enfermedades, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, capaz de movilizar a centenares de millones a través de su imperio mediático.

Llegados a este punto, los refugiados -aquellos de Fuera que quieren entrar en el Interior- son la prueba de otro bien común en peligro: el bien común de la propia humanidad amenazada por el capitalismo global, que genera nuevos Muros y otras formas de apartheid. 

Sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los Excluidos, justifica el término «comunismo»; los tres primeros se refieren, de hecho, a cuestiones de supervivencia de la humanidad (económica, antropológica e incluso física), mientras que el cuarto es, en definitiva, una cuestión de justicia.

¿Quién se pondrá al frente de esta tarea? ¿Quién será el agente de la recuperación de los bienes comunes? Sólo existe una respuesta correcta para los intelectuales izquierdistas que esperan con ansia la llegada de un nuevo agente revolucionario, y es un antiguo dicho hopi con un maravilloso giro dialéctico hegeliano de la sustancia al sujeto: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando.» (Este dicho es una versión del lema de Gandhi: «Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo.»)

Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es una manera de racionalizar nuestra inactividad. Sin embargo, la trampa que hay que evitar es la perversa autoinstrumentalización: «nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando» no significa que tengamos que descubrir que somos el agente predestinado por el destino (la necesidad histórica) para llevar a cabo la tarea.

Significa, por el contrario, que no existe ningún Gran Otro que nos saque las castañas del fuego. Contrariamente al marxismo clásico, en el que «la historia está de nuestro lado» (el proletariado lleva a cabo una tarea predestinada de emancipación universal), en la constelación actual el Gran Otro está contra nosotros: abandonado a sí mismo, el impulso interno de nuestro desarrollo histórico conduce a la catástrofe, al Apocalipsis.

Lo único que puede prevenir la catástrofe es el puro voluntarismo, es decir, nuestra libre decisión de actuar contra la necesidad histórica. En cierto modo, ya fueron los bolcheviques quienes, al final de la guerra civil de 1921, se encontraron en una encrucijada parecida.

Dos años antes de su muerte, cuando quedó claro que la revolución no se extendería a toda Europa y que la idea de construir el socialismo en un solo país era absurda, Lenin escribió:

¿Y si una situación absolutamente sin salida que, por lo mismo, decuplicaba las fuerzas de los obreros y los campesinos, nos brindaba la posibilidad de pasar de distinta manera que en todos los demás países del Occidente de Europa a la creación de las premisas fundamentales de la civilización?”

Giorgio Agamben observó que «el pensamiento es el valor de la desesperanza», o una intuición que resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, cuando incluso los diagnósticos más pesimistas acostumbran a terminar aludiendo a alguna esperanzadora versión de la proverbial luz al final del túnel.

El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible.

El sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos.

En resumen, la postura realmente valiente consiste en admitir que es probable que la luz al final del túnel sea la de un tren que se acerca en dirección contraria.

¿No es ésta la disyuntiva en que se encuentra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, o el (ahora depuesto) Gobierno de Aristide en Haití, o el Gobierno maoísta del Nepal, o el Gobierno de Syriza en Grecia? Su situación carece «objetivamente» de salida: la corriente de la historia va básicamente en contra suya, no pueden confiar en ninguna «tendencia objetiva» que los empuje, y todo lo que pueden hacer es improvisar, hacer lo que puedan en una situación desesperada.

Y sin embargo, ¿no les concede eso una libertad única? Uno siente la tentación de aplicar aquí la antigua distinción entre «libertad de» y «libertad para»: ¿acaso el verse libres de la Historia (con sus leyes y tendencias objetivas) no alimenta su libertad para experimentar de manera creativa? En su actividad, sólo pueden confiar en la voluntad colectiva de sus partidarios.

A lo mejor ésta es, a largo plazo, nuestra única solución. ¿Es todo esto una utopía? A lo mejor, quién sabe. De hecho, es incluso posible que así sea. Los últimos sucesos caóticos en Europa, la mezcla medio trágica y medio cómica de declaraciones de impotencia y comportamiento caótico y egoísta por parte de los miembros de la Unión Europea, la incapacidad de imponer un mínimo de acción coordinada, demuestran no sólo el fracaso de la Unión Europea, sino que también suponen una amenaza para su supervivencia.

El contrapunto izquierdista a esta confusión es una idea que sostienen en secreto muchos izquierdistas radicales decepcionados, una repetición más blanda de la decisión de optar por el terror en el periodo posterior al movimiento de Mayo del 68: la descabellada idea de que sólo una catástrofe radical (preferiblemente ecológica) puede despertar de su letargo a grandes multitudes y dar así un nuevo ímpetu a la emancipación radical.

La última versión de esta idea se relaciona con los refugiados: sólo la afluencia de un número realmente considerable de refugiados (y su decepción, pues es evidente que Europa no será capaz de satisfacer sus expectativas) puede revitalizar a la izquierda radical europea.

A mí esta línea de pensamiento me parece obscena. A pesar del hecho de que un suceso así seguramente daría un gran impulso a la brutalidad antiin migración, el aspecto realmente delirante de esta idea es el proyecto de llenar el vacío de los proletarios radicales ausentes importándolos del extranjero, para que la revolución llegue mediante un agente revolucionario importado.

Durante la primera mitad de 2015, el temor a los movimientos radicales emancipadores (Syriza, Podemos) recorrió Europa, mientras que en la segunda mitad la atención se desplazó hacia la cuestión «humanitaria» de los refugiados: un desplazamiento mediante el que la lucha de clases fue literalmente reprimida y reemplazada por la cuestión liberal-cultural de la tolerancia y la solidaridad.

Con los asesinatos terroristas de París del viernes 13 de noviembre, incluso esta cuestión (que al menos todavía implica importantes motivos socioeconómicos) ha quedado eclipsada por la simple oposición de todas las fuerzas democráticas, atrapadas en una guerra implacable con las fuerzas del terror, y es fácil imaginar lo que seguirá: una búsqueda paranoica de agentes del ISIS entre los refugiados (...)"
(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs. 112-125)

28/10/10

¿'Multiculturaliqué'?

""El multiculturalismo tiene dos acepciones. Una, de facto, es el reconocimiento de la diversidad en un lugar (de hecho, los países de nuestro entorno son multiculturales), y otra, de iure, un modelo de gestión de la diversidad cultural que surge en los años sesenta del pasado siglo en países como Canadá y EE UU; Reino Unido y Holanda, y Australia y Nueva Zelanda", explica Carlos Giménez, catedrático de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid y director del Instituto sobre Migraciones, Etnicidad y Desarrollo.

"Como modelo de gestión, el multiculturalismo surgió como reacción al modelo asimilacionista, que preconizaba la asimilación del extranjero a la cultura dominante, y se basa en dos principios: la igualdad de todos los individuos ante la ley y el derecho a la diferencia, a la diversidad, de los individuos", añade.

"El multiculturalismo reconoce que toda sociedad es diversa culturalmente hablando. Partir de que el Estado-nación es igual a una cultura es incorrecto, porque es una construcción del siglo XIX y, además, la diversidad cultural ya existe en el germen del propio Estado-nación, no es un fenómeno reciente ligado solo a la inmigración. La cultura es dinámica y va reconfigurándose por influencias de clase, género y grupo étnico", explica el antropólogo Rubén Sánchez, especialista en inmigración latina en EE UU de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

"Identificar cultura con Estado-nación o cultura con [una] religión son falacias", añade Sánchez, "porque además no hay un solo islam, por ejemplo, sino multiplicidad de ellos, igual que los católicos no compartimos una sola cultura".

El modelo del multiculturalismo, recuerda Giménez, es blanco de las críticas "de los conservadores y de los racistas, porque tolera otras culturas y porque se considera una amenaza capaz de romper el país". El político holandés Geert Wilders, antimusulmán confeso, y Angela Merkel coinciden, pues, en algún tramo de la crítica a ese modelo de coexistencia entre nacionales nativos y extranjeros. También Alicia Sánchez-Camacho, líder del PP en Cataluña, o el presidente francés, Nicolas Sarkozy, con la expulsión de gitanos.

Dada la variedad de ejemplos, ¿cabe colegir la existencia de una corriente antidiversidad en la corriente dominante de la política europea? ¿O se trata solo de un argumento -arrojadizo- en época de crisis?

"La denuncia del fracaso del multiculturalismo esconde mucho de demagogia y un indisimulado populismo con miras electorales. Si se reconoce que ha fracasado el modelo, hay que formular otro", señala la belga Yolanda Onghena Duyvewaerdt, investigadora de Dinámicas Interculturales del CIDOB. "Por lo demás, no es una novedad. En EE UU hace años que se dice que está fallando como modelo político.

El único país donde sí ha funcionado es Canadá, y eso porque allí todos procedían de algún sitio. Pero, aun funcionando y siendo como es el mejor modelo posible -mejor esto que nada-, el multiculturalismo a duras penas ha conseguido ocultar sus resabios hipócritas: hacer como si todos viviéramos juntos, pero con un solo patrón, el de la cultura dominante". (...)

Dos conceptos, ciudadanía y cultura, se entrelazan simbióticamente en el modelo multicultural, igual que Estado de derecho y diversidad, recuerda Carlos Giménez. El multicultural es también un discurso ligado al uso del lenguaje políticamente correcto -ese que da visibilidad y homologa públicamente a las minorías- que, frente al melting pot o crisol de culturas, favorece el mosaico de estas y en la práctica deviene, a veces, en la creación de guetos.

También en Canadá: en 2004, un comité de expertos -no musulmanes- recomendó la aplicación de la sharia entre los 400.00 musulmanes de Ontario para dirimir divorcios, herencias y custodias. La recomendación, empero, no surgía de la nada, sino de modelos similares existentes para la comunidad católica y la judía.

"Canadá, con sus defectos, es un ejemplo de éxito", señala Cristina Manzano, directora de la revista Foreign Policy. "El hecho de que en la integración se creen a veces bolsas de marginación, o incluso guetos, no es un fracaso. Si hablamos de EE UU, es verdad que, tras la primera generación de inmigrantes, que abrazó con ardor la cultura de acogida, la del melting pot, las segundas y terceras generaciones han podido mostrar menos adhesión, pero sin llegar al rechazo. (...)

"El debate debe plantearse con una premisa básica: el respeto, siempre, a los valores de la sociedad de acogida, y la exigencia de integración al que viene", opina Cristina Manzano. "No hay que prohibir nada, solo aplicar el peso de la ley ante un caso de ablación, o de una mujer que no muestra su rostro a un policía. Este no es un debate cultural, es que la ablación o taparse completamente el rostro son cosas ilegales", clama Giménez.

Uso del burka o del niqab, mutilación genital femenina; aplicación de la sharia, códigos de familia... Todos y cada uno de los ejemplos que se manejan -o se esgrimen- están en clave musulmana. En el debate no aparece una sola mención a las diferencias culturales de los inmigrantes del sudeste asiático, por ejemplo, o el avance del protestantismo entre los inmigrantes latinoamericanos en Europa o Norteamérica. ¿O es que cuando hablan de fracaso del multiculturalismo los profetas se refieren solo al islam? (...)

Para los críticos del multiculturalismo "desde dentro", como el antropólogo Carlos Giménez, el anunciado fracaso del sistema -"algo en lo que estoy y no estoy de acuerdo con Merkel"- ha de servir para dar un paso más, de la coexistencia que propicia ese modelo de integración "hacia la convivencia plena".

"El modelo puede criticarse desde dentro, porque ha habido límites y errores, como exagerar la diversidad (llevado al extremo, cada niño podría tener derecho a un programa educativo, el suyo), pero el énfasis hay que ponerlo en la tolerancia y el diálogo. Hay que sustituir el multiculturalismo y su coexistencia pacífica por el interculturalismo y su propuesta de convivencia más interactiva", propone Giménez.

Y España, ¿en qué sistema se inscribe? "Tenemos un modelo original en Europa", explica Giménez, asesor de varias corporaciones públicas; "es el Plan de Ciudadanía e Integración, según el cual todos somos ciudadanos con derechos y obligaciones". Un modelo que, según el antropólogo, se resume en "la ciudadanía común y la convivencia entre culturas". Algo más modesto que la Alianza de Civilizaciones, sin duda, pero puede que también más abordable." (El País, 24/10/2010/p. 32/3)

22/10/10

¿Cultura catalana? ¿Ciencia catalana?... ¿Cultura alemana? ¿Ciencia alemana?

"No sé si el multiculturalismo ha fracasado en Alemania. (...)

Sin embargo, en este debate hay muchas máscaras superpuestas. La primera afecta a la palabra “cultura”. Una triste víctima de un plural abusivo. No hay culturas. Hay cultura. Una cultura humana, universal. Si Stendhal ya se escandalizaba de que pudiera hablarse de una “música italiana o francesa”, es fácil imaginar hasta qué punto ha llegado, dos siglos después, el escándalo. No hay culturas, como no hay ciencias.

Lo que hay son costumbres. Y religiones, por supuesto. E idiomas, por desgracia. Las mentiras son múltiples y la verdad una. Tampoco hay civilizaciones. Es decir, no hay una civilización donde las mujeres conserven su clítoris, si así gustan, y otras donde no. La civilización esta muy vinculada con el agua corriente.

Sólo hay que fijarse en el asunto del pañuelo en la cabeza de las mujeres. La extensión y las facilidades de la ducha acabaron con la costumbre femenina de cubrirse la cabeza. España fue de los últimos países de Europa en descubrirse, por la persistencia hasta bien entrado el siglo XX de comunas y corralas. (...)

En la América multicultural (la única nación del mundo, por cierto, donde esa palabra no es una exageración sin sentido) cualquiera, chino o cuáquero, sabe lo que significan, y a lo que obligan, las barras y las estrellas. Hay una idea común del firmamento. Saben que el pollo con coca cola mejora con polvo de curry y que en cuanto a derechos no puede haber un hombre superior a otro; pero saben también que hay ideas y valores superiores a otros. " (Diarios de Arcadi Espada, 21/10/2010)

24/10/08

Multiculturalismo inglés frente a cosmopolitismo norteamericano

"La tolerancia multicultural de las sociedades europeas ayuda a los terroristas", concluye Burleigh, que contrapone la sociedad británica al "cosmopolitismo" de EE UU.

"La tolerancia multicultural es una construcción de la izquierda liberal", apunta este pensador forjado en Oxford y en la London School of Economics y autor de El Tercer Reich, obra galardonada con el prestigioso premio Samuel Johnson. El multiculturalismo contra el que advierte es el siguiente: "Es una ideología que reduce la complejidad y divide a la sociedad en tribus enfrentadas con una única identidad. Por ejemplo, si eres musulmán no puedes ser gay, y te representará ante el Gobierno un autoproclamado líder tribal con un discurso victimista. Este entorno facilita que arraigue el discurso de la queja que alimenta a los terroristas".

Para su indignación, los Gobiernos europeos suelen promover este multiculturalismo: "Se prima siempre la interlocución con los autoproclamados líderes tribales, con lo que se refuerza su visión monolítica de la comunidad con sus enemigos y se agrava el problema", recalca tras despotricar contra The Guardian y otros templos del progresismo británico, a los que considera contemporizadores con el islamismo radical que nutre a Al Qaeda y otras organizaciones." (El País, ed. Galicia, Internacional, 21/10/2008, p. 8)