Mostrando entradas con la etiqueta s. Miedo: Manipulación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta s. Miedo: Manipulación. Mostrar todas las entradas

30/3/22

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real... El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años... Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo... En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación

"Reportera de la revista La Marea, se dedica fundamentalmente a cubrir historias vinculadas con derechos humanos y género. Ha escrito varios libros. Entre ellos, Nuestra guerra son las maras, en colaboración con el CEAR, sobre emigrantes procedentes de Centroamérica, que huyen de las bandas violentas. Ahora, publica “Miedo” (Editorial Debate).

Podemos tener miedo de casi todo, incluso de no tenerlo ¿A qué miedos te refieres en tu libro?

El miedo es un mecanismo fundamental de supervivencia. De algún modo, gracias a él seguimos vivos como especie. Es, en fin, muy útil y eficaz. Pero ocurre que el miedo, mal entendido o instrumentalizado, lo que consigue es paralizarnos. Desde el punto de vista político y social, también es un mecanismo muy eficaz para obtener ventajas. Nos vuelve frágiles, paranoicos… Nos empuja a la competencia por pequeñas cosas, y perdemos de vista a quienes de verdad se están beneficiando de él. Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo. Prueba de lo cual es, por ejemplo, la gran publicidad que se hace de las alarmas de seguridad. En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación. 

“Miedo” apunta especialmente al miedo en la vida pública, con especial atención a fenómenos como la emigración ¿Este miedo social, colectivo, abstracto…, no es en definitiva una traslación de nuestros particulares miedos individuales?

Totalmente. Tenemos ahora una sociedad temerosa, también por nuestro individualismo. Somos suma de muchas cosas, también positivas, de resistencia y luchas; pero también miedosos. Cosa que últimamente se explica porque llevamos desde la crisis de 2008 levantándonos cada día con la sensación de que todo va a peor. Es difícil no tener miedo si, constantemente, se sufren pérdidas de condiciones laborales, de bienestar psico-social, de ruptura de relaciones, de que la vida de nuestros hijos e hijas va a ser mucho peor… Y, por añadidura, con problemáticas globales de enorme envergadura como la crisis climática, el crecimiento de la ultraderecha, la desigualdad… Algo que no es futuro, sino presente, que nos ofrece muy poco y que es una gran amenaza para los sistemas democráticos. Porque la democracia, sin esperanza, sin horizontes de mejora, sin posibilidades de participación, se vacía. 

El cualquier caso, en esto del miedo cualquier pasado no parece haber sido mejor, sino todo lo contrario…

El miedo siempre ha sido utilizado como mecanismo de control social al que han recurrido, no solo los regímenes totalitarios, sino también las democracias liberales. El propio hecho de gobernar incluye el miedo. El problema está cuando el miedo define una era, como la nuestra. Cuando yo me lanzo a escribir este libro es porque descubro, trabajando para La Marea, las crisis que provocó la pandemia de la covid. La palabra que más repetía la gente que entrevistaba era “miedo”. Y cuando indagaba sobre ello, aunque aparentemente el miedo era a contagiarse o que se contagiaran sus seres queridos, a perder el empleo… empezaban a aflorar miedos que estaban ahí de antes, y tenían mucho que ver con las sucesivas crisis que estamos viviendo: miedo a los otros, a la pobreza, a la soledad, a la muerte… Miedos antiguos, que nos han acompañado a lo largo de la historia.

¿El miedo, más que derivado de realidades, no es en muchos casos una construcción, algo figurado?

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real. Es aquí donde el periodismo está llamado a indagar si se justifica, en base a hechos, o se trata de meras configuraciones ideológicas. Por ejemplo, que adolescentes no acompañados o mujeres que viajan solas sean criminalizados hasta convertirlos en una gran amenaza, es insostenible. El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años. Por el contrario, el buen periodismo tiene que contribuir a ahuyentar esos fantasmas. 

¿En la industria del miedo, está siendo la distopía la factoría más productiva y espectacular?

Mi libro, creo, es luminoso y utópico. Me parece relevante insistir en que no estamos tan mal. Que, pese a todo, hay que recordar de dónde venimos. Hemos sufrido las consecuencias del neoliberalismo de Thatcher y Reagan, pero también la gran ola feminista de 2018, la movilización juvenil de 2019 contra la crisis climática… Pese a todos los miedos que se han azuzado para enfrentarnos, también ha habido movimientos de resistencia y rebeldía. Cosa que se procura obviar, promoviendo una atmósfera derrotista, que resulta muy útil para la ultraderecha y los populismos. Pero, en definitiva, hay que tener en cuenta que, pese a todo, la democracia sigue siendo el mejor invento que nos hemos dado para construir sociedades igualitarias y con posibilidades de mejora. Reivindicar más democracia sigue siendo una utopía. 

¿Hay en la política profesionales del miedo, con nombres y apellidos?

El repliegue a nuestras parcelitas, de nostalgia por un pasado idealizado, que estamos viviendo, tiene que ver mucho con el miedo. Esa ola reaccionaria se nutre del miedo, y tiene una estrategia internacional. Cito en el libro “Cómo secuestrar un país”, de la periodista turca Ece Temelkuran, publicado por Anagrama, que explica los pasos que dan líderes populistas como Erdogan, Boris Johnson, Trump, Le Pen, Bolsonaro…, aquí Santiago Abascal… siguiendo un mismo patrón. De hecho, se reúnen como acaban de hacerlo ahora en Madrid. Saben cómo generar miedos, un ambiente de paranoia, en el que tu vecino o vecina pueden ser tus enemigos… Si queremos hacer frente a esta corriente tenemos que entender que es internacional, y que para contrarrestarla tenemos que recuperar valores fundamentales, además de los derechos humanos, como el cosmopolitismo, el internacionalismo, la solidaridad… 

Se asocian miedo y odio, pero ¿necesariamente, el primero desencadena el segundo?

El miedo es una `puerta al odio. No tienen porque estar siempre vinculados, aunque habitualmente lo están. Hay una cita al principio del libro de la poeta Isabel Bono, que hace referencia al miedo y la crueldad que, después, lo invade todo. Cuando se está borracho de miedo y se nubla la razón se pueden cometer grandes crímenes. Por eso considero importante, como trato de hacer en el libro, desbrozar los miedos, que ahora mismo están muy interrelacionados, mezclados. Hay que separarlos, conocerlos y seguir su ruta, sobre todo la del dinero ¿Quién se beneficia de los miedos? Sabiéndolo, conoceremos también quién los alienta. Me da miedo que se nos pase la vida paralizados por el miedo. 

¿Quiénes, además de las producciones literarias y audiovisuales distópicas, se llevan el gato al agua en el gran negocio del miedo?

A veces, la ficción explica mejor que el periodismo lo que nos está pasando. Pero la distopía, que parece ser ahora una gran fuente de beneficios económicos, si no se plantea bien, paraliza. Y no sé si ayuda a algo, pero en mi libro pretendo entender a los que no entiendo, a los supuestamente malos, a los victimarios…, a quienes con quien no se está en absoluto de acuerdo. Sueño con el diálogo, la pluralidad de ideas como riqueza y no como problema, la superación del sectarismo… La distopía plantea una lucha elemental, primaria, entre buenos y malos. Generalmente, jugando con miedos abstractos y, en realidad, actuando como tapaderas de los problemas reales. Como decía Zygmunt Bauman sobre la manipulación de la incertidumbre, si hay problemas muy importantes que la ciudadanía siente que no puede manejar y que la clase política no aborda, se generan algunos problemas ficticios. Y así nos distraemos, mientras proliferan los negocios del miedo, que son muchos y variados. 

¿Es quizás el conocimiento el mejor y quizás único aliado para hacer frente al miedo?

Sí, pero hay, por ejemplo, antivacunas que son personas formadas. Algo que creo tiene que ver con el déficit de participación. Porque el conocimiento no es solo cosa de libros, también se adquiere participando. Existe la sensación, quizás como reflejo de la realidad, de que las decisiones se toman en instancias cada vez más alejadas. Ahí está, por ejemplo, el Parlamento Europeo, del cual no sabemos ni qué pasa, ni cómo funciona. La presunta participación mediante las redes sociales se hace desde el rencor, insultando… Y también desde los medios de comunicación dominantes, que presentan como información material tóxico, y que solo entienden la noticia como mercancía, hasta convertir los hechos en caricatura."                          (Entrevista a Patricia Simón, Peru Erroteta, elTriangle, 27/03/22)

8/10/18

En los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones, además de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo...

"Es una constante tentación simplificar los trazos con los que construimos nuestra imagen de la realidad para que ésta nos sea más manejable. 

La complejidad del mundo en el que estamos supone, al abordarla en el mismo análisis, una carga pesada que tratamos de aliviar como sea y así diseñar mapas teóricos que, aunque sean falsos, nos ayuden a pensar que nos orientamos en la realidad y, con ello, nos clarificamos en cuanto a qué hacer. (...)

De esa manera, en política, fallan las estrategias construidas con esa ley del menor esfuerzo que no da de sí más que tacticismos alicortos.  La demagogia cuenta entre sus características precisamente con la elusión de la complejidad. 

La verborrea demagógica no se complica la vida con matices y echa mano de la brocha gorda para trazar el marco de un discurso –si cabe llamarlo así- encaminado a halagar al auditorio, a la vez que se busca activar sus emociones para encaminar esas pasiones que, con tal acompañamiento, no pueden ser sino bajas.  (...)

Cuando la democracia moderna se puso en marcha volvió a toparse con la demagogia como práctica que la distorsiona, con la ayuda de elaboraciones ideológicas más sofisticadas. Los mecanismos ideológicos se instalan en la sociedad, condicionando la vida política con sutiles formas de encubrimiento de la realidad que, en esas variantes más extremas de las mismas, dan lugar a nuevas mitificaciones que se vuelven artefactos potentes para construir discursos simplistas con fuerte carga emocional.

 Es constatable cómo en los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones construidas como reverso, además, de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo.   (...)

La crisis social provocada por una economía que no remontaba y el sentimiento colectivo de humillación nacional por el Tratado de Versalles fueron generando el caldo de cultivo en el que el nazismo acabaría germinando hasta hacerse con toda la sociedad alemana como sistema totalitario. 

Conocemos las consecuencias, como sabemos de las del fascismo en Italia –podemos sumar a ello el anticipo que supuso, en cuanto a la II Guerra, el acoso y derribo al que se sometió la II República española–. 

Mucho se ha dicho y escrito acerca de cómo todo ello fue posible. Si ahora no es el momento de detenernos en recoger apreciaciones más detalladas, aunque fuera en balance apresurado, sí es pertinente recordar cómo en el periodo de entreguerras se echó mano, por parte de los movimientos totalitarios en ciernes, de las mitificaciones nacionales e incluso raciales –acentuando el reverso del prejuicio respecto al excluido como extraño, el otro diferente, el judío como chivo expiatorio–.

 Sobre tales mitos se construyó ese discurso movilizador que puso el objetivo de su desbocada demagogia en generar en las masas emociones conducentes a una ciega adhesión al líder mesiánico, por ejemplo.

 A la vez, para dejar atrás las reservas racionales que supusieran objeciones a tan funestos desvaríos se nutría la exaltación de un irracionalismo que se esgrimía como soporte de los valores fundamentales de “la tierra y la sangre”.

 Valga como referencia emblemática al respecto la obra de Oswald Spengler con título que facilitó que alcanzara la condición de best seller de la época: La decadencia de Occidente. Su influjo fue fortísimo y a ese clímax cultural no se sustrajeron pensadores de primer nivel, como fue el caso de Martin Heidegger. (...)

Lo que se ha llamado el caso Heidegger es paradigmático acerca de cómo mentes de una potencia intelectual descollante pueden sucumbir ante los cantos de sirena de la llamada de “la tierra y la sangre”, o del pueblo y la patria, o de la raza y el nuevo Reich.   (...)

Si pasamos ahora de los años veinte y treinta del siglo pasado a esta segunda década del XXI observamos que la tentación irracionalista de nuevo se hace presente. Eso ocurre, ciertamente, en un contexto distinto, por lo que toca a Europa en el contexto de sociedades con democracias más institucionalizadas –aunque no por ello aseguradas ante el empuje de lo que cabe denominar las diversas formas de neofascismo-, en marcos culturales en los que ya no entra una estetización de la política como la que acompañó a los fascismos de otrora, pero en los que sí se abre paso, dado el cinismo imperante, la perversa dinámica de lo que se ha llamado posverdad: mentira socialmente organizada, políticamente inducida, mediática y digitalmente producida, de manera que sabiendo que la verdad  no interesa, todo recae sobre la construcción de relatos, incorporando cuantas falsas noticias hagan falta, para que las multitudes individualistas castigadas por la crisis se aglutinen en virtud de la demagogia de los populismos del momento.  (...)

Resulta escandaloso oír decir desde posiciones supuestamente de izquierda que no está el horno para razones y que lo que ahora procede es activar emociones. Por ese camino no hay discurso emancipador y solidario que se pueda sostener y compartir tras objetivos de justicia. 

 La razón democrática de una conciencia republicana que, en aras de la libertad y por mor de la igualdad, busque salidas por la izquierda, ha de ser razón espoleada por esa pasión política que cuenta con la inteligencia suficiente para saber que ciertas propuestas, emocionalmente muy cargadas, no conducen sino a falsas vías de escape. "                    

(José Antonio Pérez Tapias  , catedrático en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada, CTXT, 01/10/18)

28/4/17

“El miedo es la herramienta principal de los poderópatas”

"-Dícese del individuo que padece una neurosis obsesivo-compulsiva por el poder en cualquiera de sus manifestaciones (económica, religiosa, empresarial, política, familiar, militar y/o el poder en sí mismo. Su fin justifica los medios, y se muestra indiferente a los límites de la ética. 
 
-Javier de Federico: La sociedad conoce sobre todo al psicópata. Pero se trata de un concepto muy distorsionado, sobre todo por las numerosas películas de asesinos en serie realizadas por el Cine y la Televisión; pero lo cierto es que hay psicópatas que no llegan a matar nunca. 

Algún autor ha distinguido los psicópatas violentos y asesinos de los otros, de “cuello blanco”. Así, el término “poderópata” designa a la persona con un ansia de poder desmesurada. Nunca tiene suficiente. En estos casos hay, además, un mecanismo de defensa frente a unos traumas o deficiencias que en general provienen de la infancia. 

-Jaime Paulino: El concepto de “poderopatía” y de “poderópata” que plantea Javier está directamente relacionado con formas no democráticas de relación social y política. Así, cuando alguien quiere amasar más poder y capacidad de control, está en disposición de no respetar la pluralidad y el encuentro. 

¿Y qué es la oligarquía financiera sino el encuentro de individuos que aspiran a concentrar una gran cantidad de poder en muy pocas manos? 
 
-Hay ejemplos de “poderópatas” entre los antiguos: Gengis Kan, Lucio Cornelio Sila, Calígula, Torquemada, Leopoldo II de Bélgica, Hitler, Mussolini, Franco, Somoza… Y entre los contemporáneos: Blush, Aznar, Blair, Merkel, Thatcher y Sharon. 

-JF: Actualmente Donald Trump ha roto cualquier molde. Se trata, por todas las características de su personalidad, de un “poderópata” inconmensurable. Actualmente el mundo se halla en sus manos, ése es el problema. 

Pero también lo son los demás. Gente como Ignacio González O Rodrigo Rato, que en muchos casos son millonarios de familia y pese a ello continúan con las tropelías. Uno de los rasgos del “poderópata” es que nunca tiene suficiente, se trata de una patología. 

-JP: El poder como problema es un elemento socialmente transversal. Tenemos ejemplos de ello por doquier. Pero no creo que tenga tanto que ver con la situación particular de alguien o una predisposición a amasar con todo, sino más bien con una estructura social de tipo capitalista; y con una forma de generar subjetividades que presupone una ambición extrema y loca por controlarlo todo. Sin embargo, por en medio queda la solidaridad y la cooperación con el otro. 

-La cuestión del poder se ha abordado generalmente desde la Sociología, las Ciencias Políticas o la Historia. ¿Qué puede aportar el enfoque psicológico? Entre las diferentes corrientes teóricas –conductistas, psicoanalíticas, cognitivas, gestálticas, humanistas…- afirmas en el libro “Poderópatas” que prefieres a los “clásicos”, a los viejos profesores de la Escuela de Viena. Destacas además a autores como Adler, Piaget o Reich. 
 
-JF: Es el intento de demostrar con argumentos consistentes algo que ha ocurrido a lo largo de la historia y nos ha pasado inadvertido. ¿Por qué esta gente actúa así? Existe toda una línea de planteamientos conductistas, basados en la estadística y en factores genéticos.

 Pero en el libro no sólo se mencionan las causas genéticas, que también reconozco, sino también el factor educacional. Algunos autores se han referido al “ambioma” que conforma el carácter; habría asimismo otra parte, de origen hereditario. 

-JP: No tengo conocimientos en materia de Psicología como para referirme a ello. Además la Psicología tiene un punto en el que se diferencia de la Filosofía, y es su carácter experimental. Yo me desenvuelvo mucho mejor dentro del ámbito especulativo puro. Y ahí, sí que diría que las relaciones sociales siempre lo son de poder. Hay relaciones de poder que son productivas, y están vinculadas a la construcción y la potencia, pero otras son destructivas y represoras. 

-En el libro citas a Freud y a Nietzsche. ¿Hay algún elemento que les una? 

-JF: Que yo sepa Nietzsche no destrozó la vida de nadie, mientras que varios de los alumnos y seguidores que llevaron la contraria a Freud pasaron por grandes crisis (Herbert Silberer, Wilhelm Reich, Alfred Adler o Carl L. Jung). 

Freud era un gran “poderópata”. Porque la “poderopatía” no es sólo política o económica: en las familias el padre también puede utilizar el poder para demostrar quién manda a sus hijos; además existe la “poderopatía” en las relaciones personales y la de carácter espiritual: la ejercida por sectas y religiones. 

Así, el hecho de situarse a la derecha de Dios Padre otorga mucho poder, y sobre todo si se sabe especular con el concepto. En resumen, más que Freud y Nietzsche me interesan psicoterapeutas como Alfred Adler, quien afirmaba: “El egoísmo del neurótico, su envidia, avaricia y tendencia a despreciar personas o cosas tiene su base en un sentimiento de inseguridad”. 

Donde dice “neurótico” podría mencionar al “poderópata”. También decía que el sentimiento infantil de inferioridad excita el afán de poder. Y en aquellos momentos no conocía a Aznar, Berlusconi o Bush… Creen que Adler está superado, pero no se lo ha leído nadie. Ocurre lo mismo que con Marx. 

-JP: Nietzsche sostiene que hay relaciones basadas en la represión, vinculadas directamente con el resentimiento; que a su vez está relacionado con el miedo al otro; o con mi voluntad de poder y dominio respecto al otro. Sin embargo, Nietzsche consideraba que lo importante es aprender a jugar, a no tener miedo a equivocarse y mezclarse con los demás. 

En definitiva, a que uno sea capaz de afirmarse. Se trata del “amor al destino”, que es algo magnífico frente a la resignación. Y, por otro lado, de ser capaz de afirmar la diversidad y la vida en toda su potencia, sin que ello se mida en términos de éxito o fracaso (un conflicto de jerarquías que distribuyen quienes se hallan en disposición de poder). Antes Javier hablaba del poder religioso.

 Y podríamos además hacerlo de la relación con la confesión y el confesor, de cómo esta se seculariza en el psicoanálisis; de cómo se ejerce el poder sobre un paciente sometido a un trauma emocional o moral. 

-¿Qué importancia tiene el miedo para la manipulación de las masas? El ensayo cita el ejemplo de una película de Michael Moore, “Bowling for Columbine”, que en principio aborda la cultura de las armas en Estados Unidos, pero que finalmente remite al miedo como emoción primaria. 

-JF: El miedo es la energía esencial para el desarrollo de la “poderopatía”. El miedo que te infunde la sociedad, a no ser nadie, a la muerte, a que te castren. Además el miedo paraliza. Pero asimismo es un instinto de conservación con una función específica, por lo que sentirlo en determinadas circunstancias es normal. La patología reside en un miedo exagerado y abusivo. Lo contrario es sentirse seguro… Con alguna forma de poder, sea económico, político, eclesiástico o intelectual. 

-JP: Estoy de acuerdo. Me remito a Hobbes, el primer autor moderno que empieza a pensar la Política, el Estado y el Contrato Social. Afirmaba que el fundamento de la sociedad civil es el miedo. Más aún, el estado absolutista se justifica únicamente por el miedo. 

Pero la pregunta es: ¿Hay otros presupuestos teóricos para construir relaciones sociales que no sean ese miedo que nos conduce indefectiblemente al poder absoluto ejercido de manera despótica? A lo mejor sí, ésta es la fórmula que hay que explorar. 

-Por último, una de las metáforas empleadas para señalar al capitalismo neoliberal es la de un cáncer: “Ambos sólo quieren reproducirse y multiplicarse, y terminarán devorando sus propias entrañas con nosotros dentro de ellas”. En la portada del ensayo figura una imagen de Saturno devorando a sus hijos… Pero hay quien ha querido ver un capitalismo regulado, con intervención estatal y de “rostro humano”. 

-JF: Creo que del capitalismo se habla con un poco de ligereza. Desde la época en la que lo estudiábamos –con Hegel, Marx, Engels y otros- el capitalismo ha evolucionado, pero no ha ocurrido esto mismo con la izquierda. Hemos pasado del capitalismo paternalista a un neoliberalismo salvaje, que es el perfecto “caldo de cultivo” para la “poderopatía”. 

Wilheim Reich trabajó con la idea de “peste emocional”, con la que podemos designar a determinadas ideas que, al igual que las epidemias con los virus y las bacterias, se contagian. 

El ejemplo más evidente es el del nazismo. Hoy el capitalismo se ha convertido en un sistema totalmente anónimo, en el que la única norma son los beneficios. Hasta el punto de que están devorando a los consumidores que ellos producen para hacer sus negocios. Y si no circula el dinero, llega el colapso. Además, el neoliberalismo reduce el Estado a la mínima expresión, con lo que las mafias económicas asumen la forma de plutocracias. 

-JP: El neoliberalismo no deja de ser una versión muy concreta del capitalismo, que se desarrolla en el momento en que la socialdemocracia está en crisis. Hoy nos encontramos ante la “alternativa” de una sociedad gobernada por el miedo y el horror. Resulta fascinante, si se analiza desde el punto de vista del enemigo, la capacidad de hacer coincidir conceptos antagónicos. 

Me refiero a cómo se ha conseguido, en un mundo globalizado, provocar el miedo al extranjero (por ejemplo, con la idea de que pueda ser un terrorista peligroso). Esto es algo propio de las sociedades cerradas. Pero esto ocurre al tiempo que se ha instalado una subjetivación basada en la precariedad absoluta. 

Es decir, el miedo convive con la incertidumbre total, lo que implica quedarse con todo lo malo y nada de lo bueno –cooperación, protección, comunidad- de las sociedades cerradas. La “alternativa” es “socialismo o barbarie”. 

 Se caracteriza por el narcisismo, la corrupción, el abuso de poder, la ocultación de la verdad, la manipulación comunicativa o la conspiración a favor de otros poderosos. En el libro “Poderópatas” el activista de 72 años Javier de Federico describe con estos síntomas a los personajes movidos por una ambición de poder sin límites.

 Entre ellos “juegan a ver quién es el rey de la montaña”, afirma este miembro de los Yayoflautas y Podemos en Valencia. El ensayo de 112 páginas, cuya segunda edición ha visto la luz en 2017, tiene una larga historia. El activista buscaba un trabajo con el que cotizar lo requerido para alcanzar “el mínimo de la pensión”. Lo encontró de conserje nocturno, y en ese momento el libro empezó a adquirir forma. 

El secretario general de Podemos en Valencia y filósofo, Jaime Paulino, ha presentado el texto en “La Morada”, sede del partido en Valencia. En su tesis doctoral Paulino también investiga el poder, desde la perspectiva de filósofos como Foucault, Antonio Negri o Roberto Esposito. Javier de Federico reivindica la Psicología como “patrimonio de la humanidad”. Parte de esta disciplina para explicar los mecanismos con los que se despliega el poder."                 (Enric Llopis , Rebelión, 21/04/17)

23/3/11

¿Por qué tenemos tanto miedo?... los europeos

"Se detecta en los medios de comunicación europeos una cierta incomprensión, que incluso llega a teñirse de decepción, ante la ausencia de pánico en Japón. El comportamiento de la sociedad japonesa ante el accidente nuclear nos resulta un tanto antinatural, un poco forzado.

Cuando nuestros medios compiten por encontrar el término más apocalíptico posible para traducir su propio espanto, los japoneses reaccionan con orden y cohesión social. No parecen tener miedo, y esa carencia nos resulta desagradable, como si fuera demasiado orgullosa o se pretendiera superior, precisamente porque nosotros sí tenemos miedo. Tenemos mucho miedo.

En realidad, los japoneses experimentan probablemente el mismo miedo que nosotros, lo que sucede es que no se dedican a exteriorizarlo alocadamente, porque tal exteriorización no tiene ningún efecto beneficioso para el colectivo afectado.

Y, sobre todo, no se dejan dominar por él, sus pautas socioculturales de respeto por el orden y por la reacción comedida ante lo excepcional les permiten seguir funcionando como grupo cohesionado incluso en situaciones extremas. Sus estructuras sociales saben incorporar el factor miedo sin derrumbarse.

Esto es algo que ha atraído el interés de nuestros opinadores, que lo han visto como una reedición del viejo tópico de la 'impasibilidad oriental'. Cuando, en realidad, el tema interesante y el punto que convendría atender no es el comportamiento japonés sino el nuestro propio:

¿por qué tenemos tanto miedo? ¿Por qué nos resulta tan notable y lejana una sociedad que no ha salido corriendo en masa ante lo sucedido? ¿Qué le ha pasado a Europa para que le resulte tan ajeno un comportamiento que, bien mirado, es el único razonable ante la situación?

La respuesta, que muchos intelectuales llevan años anticipando, es sencilla: en nuestras sociedades, el miedo se ha convertido en el ingrediente social clave para explicar su actitud ante las situaciones percibidas como nuevas. Las democracias europeas del siglo XXI están dominadas por el miedo a su entorno.

Miedo a la inmigración, al terrorismo, a la crisis económica, al paro, a la globalización, a un mundo en acelerado cambio, y así sucesivamente: miedo a todo y, miedo sobre todo a ese futuro que ha dejado de ser para nosotros un tiempo de progreso o profecía (el tiempo que nosotros hacíamos) y ha pasado a ser el tiempo ominoso del riesgo y el peligro (que hacen otros). De la época de la ilusión a la era de las pólizas de seguro.

A pesar de que como sociedad nos va bien en general (en realidad, nos va como nunca nos ha ido y como nunca pudimos soñar que nos llegase a ir), nuestra percepción colectiva es que estamos rodeados de riesgos y de que el futuro nos depara desastres sin cuento.

Una percepción que no se funda en una visión objetiva de la realidad que nos circunda, pues comparada con la época de la guerra fría la actual es una era de seguridad colectiva (y no digamos la democracia española comparada con el franquismo), sino en factores actitudinales muy complejos de identificar.

En el fondo, la sensación social de miedo es inversamente proporcional a la existencia real de riesgo: cuanto más seguros, más miedosos, no al revés. Porque lo que se ha incrementado en nuestras sociedades no son los riesgos, sino el grado de aversión hacia ellos.

Tengo para mí que existe una probable correspondencia entre la sociedad del miedo y la sociedad avejentada. Disponemos de muchos estudios sobre las consecuencias socioeconómicas del acelerado envejecimiento de las sociedades europeas y su efecto sobre las pensiones o sobre el gasto sanitario.

Pero no hemos explorado correlativamente el cambio actitudinal colectivo que debe haberse producido en unas sociedades que, por primera vez en la historia humana, se están convirtiendo en sociedades mayoritariamente compuestas de personas muy mayores.

Porque lo mismo que la percepción del futuro no es igual para un joven que para un viejo, tampoco puede ser igual la actitud ante el futuro de una sociedad mayoritariamente juvenil que la de otra compuesta de individuos cansados que sólo esperan que el futuro no los maltrate demasiado. ¡Quedarnos como estamos!, esa es la aspiración más generalizada.

En el fondo, el actual dominio del miedo procede de una expectativa desmesurada: la de una vida sin riesgo y un futuro exento de contingencia e inseguridad, algo plenamente irrealizable.

La consiguiente frustración de esa expectativa genera la desconfianza generalizada en que vivimos: desconfianza ante la ciencia, la técnica, la economía y la política, ninguna de las cuales cumple con nuestra desmesurada petición de seguridad.

Y luego, de la desconfianza viene el miedo. Por eso no lo aplacaremos con más seguridad, sino con menos expectativas, aceptando e integrando el riesgo en nuestras vidas como algo que es inevitable y necesario.
Podemos cerrar todas las centrales atómicas que tenemos, pero así no haremos desaparecer el miedo, sino tan sólo cambiaremos su objeto. Porque el miedo está en nosotros, no en nuestro entorno. " (Fundación para la Libertad, citando a José María Ruiz Soroa, EL DIARIO VASCO, 20/3/2011)

17/2/11

El duelo de la gente tras el atentado del 11-M

"¿Estaba usted en Madrid cuando los trenes estallaron?
Me enteré al llegar a la sede del CSIC en Medinaceli (el Centro de Humanidades), muy cerca de Atocha. Recuerdo el silencio de todo el mundo. Estábamos conectados con la radio, el shock… llegaban compañeros que venían de Atocha. Y me acuerdo que en ese momento no sabía lo que hacer.

La gente comenzó a poner velas en los lugares. ¿Fue algo instantáneo?

Debió ocurrir casi de inmediato, sobre las propias vías. Decidimos empezar el proyecto un par de días después de los atentados. Cuando llegamos, ya había muchas ofrendas. Se movían de un lugar a otro. Empezaban en pequeños círculos, primero en los andenes.

Altares espontáneos. ¿En qué consistían?

Había de todo. Velas, flores, muchos mensajes, tanto a los fallecidos como a los terroristas. Mensajes religiosos y políticos. Y muchísima poesía. La investigadora Paloma Díaz Mas estudió la parte literaria, donde la parte oral se mezcla con la literatura. En un momento de crisis, de muerte sentida socialmente como algo traumático, lo que cuenta es la palabra, el papel de la poesía. La presencia poética en los 70.000 documentos resulta apabullante.

¿Con qué se puede comparar este memorial del duelo?

En Génova hubo una serie de manifestaciones contra el grupo de los G-8 por la muerte de Carlo Giuliani (en referencia a un activista que murió por un disparo en una manifestación del 20 de julio de 2001). En el sitio del fallecimiento se produjo una estética parecida. O el asesinato de Theo van Gogh en Ámsterdam (un director de cine holandés muerto a manos de un islamista en 2004).

Y por supuesto, están los atentados del 11-S de Nueva York. O bien se trata de gente anónima que muere, y que socialmente se siente como propia, en el sentido de que cualquiera podría haber sido, o bien personalidades mediáticas que producen una reacción social similar.

Este tipo de muertes producen una expresión pública del duelo, y no en los espacios sancionados socialmente, como la Iglesia, el cementerio o un Ayuntamiento. Ocurre en lugares donde no hay una institución detrás que le diga a uno, "ahí hay que ir".

Recuerda un poco a las flores que se renuevan en un punto de una carretera donde alguien murió por un accidente de tráfico. ¿Cual es la diferencia?

Las cruces de la carretera son la memoria de una muerte trágica, que pide una acción concreta. Tienen una tradición muy antigua. No solo se recuerda al fallecido. Su muerte ha sido inútil. Pero hay una relación entre la persona que deposita esas ofrendas y el fallecido.

De lo que hablamos ahora es un duelo de segunda generación. No conocemos a los que han fallecido, pero la gente acude a esos lugares.

Es algo que va unido a los medios de comunicación de masas. No hemos detectado fenómenos así en África o Asia, aunque sí en la isla de Bali, con los atentados que se cometieron. Las ofrendas las hicieron los turistas para los turistas muertos. Se trata de un concepto occidental.

Publicaremos en este año un libro en el que analizamos la reacción de la población local de Bali, que no quería que hubiera memoriales, no deseaban que la gente depositase ofrendas. A los dioses había que apaciguarlos, y ante un atentado así, había que acudir a sus templos, y no al lugar de la masacre.

Hubo un conflicto ante las diferentes formas de entender esa manifestación pública del duelo. Con la muerte de la princesa Diana se produjo un giro. Si ahora hay una muerte traumática, una masacre donde fallecen gente anónima, o personas muy mediáticas, se espera que en el lugar del fallecimiento se produzca este ritual del duelo. Y esto no ocurría hace treinta años.

¿Qué diferencias halló entre el duelo masivo por los atentados de las Torres Gemelas y las bombas de los trenes en Madrid?

En Estados Unidos la gente se aglutinó con la nación, el patriotismo, la bandera norteamericana estaba en todos lados, era monocorde. Aquí los vínculos fueron más locales. Todos somos Madrid, o todos somos ese tren.

¿Hubo algún mensaje que le emocionara en particular de entre aquellos altares espontáneos?

Muchísimos. Los mensajes partían del corazón y llegaban al corazón. Los mensajes (pausa) … los dibujos. Los dibujos de los niños. Más que palabras, había una gran cantidad de dibujos, el dolor visto a través de los niños. Es algo que impacta.

¿Se le quedó enganchada alguna de esas imágenes en particular?

Más que un texto o un dibujo en concreto, lo que más me emocionó fue la necesidad de comunicarnos, de buscar espacios de comunicación. Un niño dejaba un dibujo, y otro que pasaba por allí escribía su comentario, y el siguiente añadía algo más.

Recuerdo una imagen, dos torres unidas por un tren. O mensajes, que ponían en árabe y en castellano, los inmigrantes no tienen la culpa. Y uno me conmovió mucho, era de Alcalá de Henares. Se trataba de una ficha de descripción bibliográfica sobre un compañero bibliotecario que había fallecido en el tren. En vez del título del libro, el autor, se hacía referencia a esta persona, a la pérdida que habían sufrido.

Encontramos un paquete de kleenex y pensamos que era basura, que se había colado ahí. Y vimos que estaba cuidadosamente pegado a un trozo de papel para simbolizar los pañuelos usados durante ese día. Poesías mecanografiadas cuando ya no se utilizan máquinas de escribir. El libro El Principito, dejado como ofrenda.

O cortinas arrancadas utilizadas para escribir o pegar cosas. Hubo una gran cantidad de mensajes electrónicos dejados en las máquinas de Renfe. Algo que puede acabar en la basura se convierte en un patrimonio, y eso depende de la decisión de diferentes actores sociales.

Si cerrara usted los ojos, ¿que radiografía surge en su mente después de contemplar estas manifestaciones públicas de dolor?

La variedad. Las múltiples voces que surgen de esos 70.000 documentos. Voces que están unidas por la necesidad de comunicarse, de buscar esos espacios, la necesidad de actuar. Los mensajes que tienen que ver con el conflicto y el odio, los xenófobos, son minoritarios.

La mayor parte de los mensajes tenían que ver con la construcción de un mundo diferente, términos como la paz, que parece que han perdido su vinculación con lo ocurrido con el transcurso de los años. Las industrias del miedo se articularon de forma diferente en Estados Unidos que aquí.

El miedo, explica esta antropóloga, es la gran herramienta de control. Ya lo advertía el filósofo y psicólogo Michel Foucault. La forma más sublime del miedo como control es cuando se hace invisible, se pega al cuerpo.

La gente está atemorizada sin que haya una causa externa palpable, de manera que cada persona se convierte en su propio censor. De las 70.000 ofrendas dejadas tras los atentados de Madrid, el miedo está mucho más ausente que en otras manifestaciones similares.

Sánchez-Carretero aclara en este punto que no ha investigado este aspecto concreto en el duelo público que surgió tras el 11 de septiembre. Su impresión es que el miedo mostrado tras aquella masacre era más explícito.

Los informativos norteamericanos suelen hacerse eco de un código de colores inventado por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos cuando hablan de niveles de riesgos de ataques terroristas. El pasado diciembre ondeaba el amarillo: riesgo elevado.

El miedo se ejercita a cara descubierta. "Las industrias del miedo ni siquiera se esconden, son muy eficaces. En España las tenemos, pero están más escondidas. Sería interesantísimo diseñar una línea de investigación sobre las industrias del miedo.

Los ciudadanos somos más libres si podemos objetivar esos miedos y localizarlos socialmente". Casi como encontrar los focos de una epidemia. Si la crisis actual se deslindara del miedo, asegura esta antropóloga, estaríamos en otra situación. Habría más libertad de acción. (...)

Lo habitual es que la gente no exteriorice su dolor por vergüenza. No está bien visto. A alguien que llora por la muerte de un ser querido seis meses después se le dice que tendría que haberlo superado. Y, sin embargo, y especialmente en los informativos de la televisión, nos bombardean con noticias de asesinatos. ¿No le parece contradictorio este consumo del dolor ajeno?

Hay un distanciamiento entre lo que es el duelo propio y el dolor que puedan sentir los demás. Y este último se consume con toda alegría. Dejamos el nuestro en manos de los profesionales del duelo, los tanatorios… y ante las pérdidas personales se forman unos círculos muy pequeños.

Antes, todo el pueblo iba con la familia al cementerio, el acompañamiento social era mucho más amplio. Y ahora, lo que encontramos es que la muerte se destierra al consumo de la muerte ajena. Hay un desfase. La muerte, en todas las culturas, es una parte integral de cómo nos relacionamos unos con otros. Y no hay que esconderla." (Cristina Sánchez-Carretero: "Un buen etnólogo debe sentir como propio lo de los demás". El País, Semanal, 02/01/2011, p. 30/4)

16/12/09

La memoria del miedo se puede borrar sin utilizar fármacos

"La sustitución de un recuerdo horrible por otro tranquilizador funciona en la fase de reconsolidación de la memoria. El efecto dura al menos un año.

Un método para bloquear las memorias del miedo. Es puramente psicológico, no usa fármacos. Aprovecha la fase de reconsolidación de la memoria, cuando el recuerdo concreto (y horripilante, en este caso) sale del archivo y se hace muy vulnerable. En ese momento, los investigadores lo sustituyen por un recuerdo tranquilizador. El efecto dura al menos un año, y no altera las memorias que no hayan sido reactivadas durante el experimento. (...)

Pero la técnica que hoy publican en Nature Elizabeth Phelps y Joseph LeDoux, de la Universidad de Nueva York, no usa ningún fármaco. "Nuestros resultados plantean un enfoque natural, no farmacológico, para gestionar con eficacia las memorias emocionales", dice Phelps.

"Este trabajo, inspirado en la ciencia básica con roedores, promete una aplicación como terapia contra la ansiedad y el estrés postraumático", afirma el director del Instituto Nacional de Salud Mental, uno de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de Estados Unidos, que ha financiado el estudio.

Phelps y sus colegas empezaron condicionando a sus voluntarios a sentir miedo al ver un cuadrado de cierto color. Esto se hace aplicando un "calambrazo moderado" en la muñeca del sujeto. Con ser moderado, el tratamiento es lo bastante desagradable para que los voluntarios muestren en días posteriores los signos de miedo -como la agitación del pulso o el sudor- cuando se les presenta el cuadrado del color correspondiente, justo como el perro de Pavlov.

Cuando los pacientes están viendo los cuadros de colores, el recuerdo del miedo se reactiva. Ése es el momento que aprovechan los psicólogos para someterles a lo que llaman el "entrenamiento de extinción". Consiste en mostrarles repetidamente el cuadrado de color que les da miedo, pero sin el corrientazo. El resultado es que la memoria del miedo se borra.

El borrado es lo bastante estable para permanecer un año después. Esto es así incluso después de reexponer a los sujetos al condicionamiento inicial (el cuadrado de color más el corrientazo moderado). Y es lo bastante específico para que sólo afecte al cuadrado del mismo color, nunca de otro color.

"El tiempo parece tener un papel más importante en el control del miedo de lo que creíamos", dice Phelps. "Nuestra memoria no refleja un registro exacto del suceso original, sino la última vez que la retiramos del archivo". Esto no sólo es cierto para el miedo, sino para cualquier memoria. Nuestros recuerdos de un hecho, a diferencia del hecho en sí, parecen estar en permanente revisión." (El País, ed. Galicia, sociedad, 10/12/2009, p. 33)