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9/4/24

El fascismo fue un movimiento político con orígenes europeos, y fue en este continente donde cometió sus peores crímenes. Fue también un movimiento imperialista... Hitler, por ejemplo, admiraba la conquista del Oeste americano y la práctica eliminación de los nativos. También tenía en mente como modelo administrativo para su imperio futuro el de los británicos en la India, esto es: una pequeña élite extractora controlando las vidas de millones de personas... Los fascistas y pronazis de los años veinte y treinta tuvieron que reinventarse después de 1945. Como Francisco Franco entendió muy bien, la nueva capa de respetabilidad sería ahora el anticomunismo, pero también la protección de la religión y la identidad nacional supuestamente amenazadas... Que no nos extrañe lo que hagan hoy sus herederos políticos... Israel no es ni mucho menos el único país antes colonizado que ahora está gobernado por un partido creado por antiguos fascistas...

 "En 1928, Abba Ahimeir, un periodista del periódico Doar Hayom, editado en Palestina por el movimiento sionista revisionista, publicó un artículo llamado Sobre la llegada de nuestro Duce. Se refería a la visita inminente de Zeev Jabotinsky, líder indiscutible del sionismo de derechas. El artículo apareció en su columna habitual en ese rotativo titulada Del cuaderno de un fascista. Cuatro años después, este mismo periodista fue arrestado por interrumpir una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En el juicio que siguió, su abogado defensor, en respuesta al discurso del fiscal comparando la acción de su representado con los disturbios causados por los nazis en Alemania, dijo: “Los comentarios sobre los nazis van demasiado lejos. Si no fuese por el antisemitismo de Hitler, no nos opondríamos a su ideología. Hitler salvó a Alemania”. Hay muchos más ejemplos de la admiración por el fascismo —empezando por el propio Jabotinsky, un declarado entusiasta de Benito Mussolini— entre la derecha sionista de antes de la Segunda Guerra Mundial. Esta fascinante historia la cuenta (en inglés) el excelente libro del israelí Tom Segev El séptimo millón: los israelíes y el Holocausto.

Hoy tendemos a mirar al fascismo como un fenómeno de, sobre todo, Europa, felizmente derrotado por las armas en 1945. Es una lectura tan optimista como eurocéntrica y autocompasiva. El fascismo fue un movimiento político con orígenes europeos, y fue en este continente donde cometió sus peores crímenes. Fue también un movimiento imperialista. Como lo veían los fascistas, lo que ellos hiciesen en África, los Balcanes o en el Este de Europa no era sino una versión tardía, pero igualmente justificable, de lo que otros europeos habían hecho antes en todo el mundo. Hitler, por ejemplo, admiraba la conquista del Oeste americano y la práctica eliminación de los nativos. También tenía en mente como modelo administrativo para su imperio futuro el de los británicos en la India, esto es: una pequeña élite extractora controlando las vidas de millones de personas. En vez de indios, eso sí, sus vasallos e inferiores raciales serían los eslavos. Esto se sabe bastante bien, lo que ya no se tiene siempre tan presente es que dentro de los imperios europeos hubo movimientos independentistas de corte fascista, y que sus herederos políticos gobiernan hoy, como lo hacen los de Mussolini en Italia —y quizás pronto los de Philippe Pétain en Francia—, naciones ya libres.

Volviendo a Palestina, la relación entre el sionismo y el Imperio británico fue muy complicada. Ya desde la Primera Guerra Mundial el sector mayoritario de aquel, de corte más o menos socialista, se alineó con este. El sector derechista, también llamado revisionista, tuvo en cambio una actitud muy beligerante. Quería manos libres para colonizar el territorio, desalojar a los árabes y quitarse de encima el control de Londres. Este antiimperialismo fascista adoptó el terrorismo como estrategia política. Mientras que la milicia armada oficial del sionismo, la Haganá, colaboró con los británicos en reprimir la gran revuelta árabe-palestina de 1936-1939 y en la Segunda Guerra Mundial, las mucho más pequeñas milicias fascistas como el Irgún, fundada por Jabotinsky, y Lehi se enfrentarían a ellos. Dos líderes revisionistas y futuros primeros ministros de Israel, Menachem Beguín e Isaac Shamir, estuvieron en busca y captura por sus acciones armadas. No era para menos. En 1946, el Irgún voló el hotel King David de Jerusalén, sede de la Administración colonial británica, matando a 91 personas. En 1947 su cruel ahorcamiento de dos sargentos previamente secuestrados provocó la histeria entre la opinión pública británica y el último pogromo antisemita en ese país, en Mánchester. Un año después el Irgún masacraría a unos cien civiles árabes en el poblado de Deir Yassim.

Por su parte, Shamir, dirigente de Lehi, incluso durante la Guerra Mundial buscó una alianza con Alemania e Italia. Entre sus hazañas se incluyen el asesinato en El Cairo del ministro residente británico, Lord Moyne, en 1944; la coparticipación en la matanza de Deir Yassim; y la muerte en 1948 de Folke Bernadotte, mediador para Palestina de las Naciones Unidas. Del movimiento revisionista unificado surgiría el partido Likud, que ganó las elecciones generales de 1977 que permitirían a Beguín primero y luego a Shamir gobernar Israel. Este es el partido de Benjamín Netanyahu. Además de la supervivencia política personal, su acción de gobierno ha tenido dos objetivos básicos: asentar a más colonos israelíes en Cisjordania y Jerusalén, y evitar el nacimiento de un Estado palestino.

Israel no es ni mucho menos el único país antes colonizado que ahora está gobernado por un partido creado por antiguos fascistas. En Occidente tenemos la visión de la lucha pacífica de Mohandas Gandhi y Pandit Nehru como la de la historia de la liberación de la India, pero en esta narrativa placentera olvida el papel de los ultraderechistas antimperiales como Subhash Chandra Bosse, un antiguo líder del Congreso Nacional Indio. Antiguo procomunista convertido luego al fascismo, Bosse vivió la Segunda Guerra Mundial entre Roma, Berlín (por donde estuvo también el palestino, rabioso antisemita y reclutador de musulmanes para las SS, Gran Muftí de Jerusalén, Amín al-Husayni; instigador, entre otras, de la matanza de judíos de Hebrón en 1929) y Tokio. En 1943, usando a prisioneros de guerra indios, Bosse creó en Birmania un ejército de liberación para invadir el subcontinente junto a los japoneses. Fracasó, pero desde su muerte en 1945 es considerado por muchos indios como el principal patriota de la lucha por la independencia de su país.

También se ignora a menudo que los orígenes del partido gobernarte hoy en la India, el Bharatiya Janata, y su primer ministro, Narendra Modi, están en la milicia ultraderechista y antimusulmana RSS (Organización Nacional Voluntaria), creada en 1925 y que desde el principio imitó las fórmulas y los rituales fascistas. Fue uno de sus militantes quien en 1948 asesinó al “traidor” Gandhi. En 2002, cuando Modi era ministro principal de Gujarat, permitió, y fue acusado de fomentar, los disturbios interétnicos que causaron la muerte a entre mil y dos mil personas, en su mayoría musulmanas. Este hecho propulsó su figura a nivel nacional entre los sectores más duros partidarios de la Hindutva, la ideología del supremacismo hindú.

Los fascistas y pronazis de los años veinte y treinta tuvieron que reinventarse después de 1945. Como Francisco Franco entendió muy bien, la nueva capa de respetabilidad sería ahora el anticomunismo, pero también la protección de la religión y la identidad nacional supuestamente amenazadas. En Europa, el continente americano y Sudáfrica esto se tradujo en un discurso de defensa de la civilización cristiana occidental (un invento de la propaganda de Joseph Goebbels cuando los nazis veían la guerra perdida); en Israel, en la preservación de un Estado judío étnicamente excluyente; y, en el caso de la recién descolonizada India, del hinduismo frente a la amenaza del islam. Los antiguos fascistas lucharon por la independencia de sus países, pero no por la de todos los países; abogaban por la libertad de sus pueblos, pero no tenían reparos en imponer su tiranía a otros; no creían en la paz, sino en la victoria; eran ultranacionalistas, no humanistas, y aborrecían la democracia. Que no nos extrañe lo que hagan hoy sus herederos políticos."                    ( Antonio Cazorla ,  , El País, 05/04/24)

7/9/23

Žižek: Trastornos del nacionalismo: Cuando el contrato social de un país se resquebraja, las condiciones se vuelven propicias para que circulen rumores y absurdos. Incluso cuando estos son escandalosos y obviamente sin sentido, pueden dar expresión a los miedos y prejuicios más profundos de un pueblo. Tal es el caso hoy en Rusia, donde Sergei Markov, antiguo asesor del Presidente Vladimir Putin, ha advertido de que Ucrania está creando «supersoldados homosexuales» para hacer la guerra contra su país. Los rabinos enseñan a los futuros oficiales del ejército israelí que «Con la ayuda de Dios, volverá la esclavitud. Los no judíos querrán ser nuestros esclavos. Esta gente que nos rodea tiene problemas genéticos. Pregúntale a un árabe promedio qué quiere ser. Quiere estar bajo ocupación … No saben cómo dirigir un país ni nada … Sí, somos racistas. Creemos en el racismo. Las razas tienen características genéticas. Así que debemos pensar en cómo ayudarles... Hitler era el más justo. Por supuesto que tenía razón en cada palabra que decía. Su ideología era correcta… El único error [de los nazis] fue quién estaba en cada bando»»... Amiram Levin, antiguo jefe del Mando Norte de las Fuerzas de Defensa de Israel, invocó la Alemania nazi: «Es duro para nosotros decirlo, pero es la verdad. Paseen por Hebrón, miren las calles. Calles por las que ya no se permite pasar a los árabes, sólo a los judíos. Eso es exactamente lo que ocurrió allí"

 "Cuando el contrato social de un país se resquebraja, las condiciones se vuelven propicias para que circulen rumores y absurdos. Incluso cuando estos son escandalosos y obviamente sin sentido, pueden dar expresión a los miedos y prejuicios más profundos de un pueblo.

Tal es el caso hoy en Rusia, donde Sergei Markov, antiguo asesor del Presidente Vladimir Putin, ha advertido de que Ucrania está creando «supersoldados homosexuales» para hacer la guerra contra su país: «Los teóricos militares y los historiadores saben cuál era el ejército más fuerte de Grecia, ¿recuerdan? Los espartanos. Estaban unidos por una hermandad homosexual. Eran todos homosexuales. Ésa era la política de sus dirigentes. Creo que están planeando lo mismo para las Fuerzas Armadas de Ucrania».

Por supuesto, esta mezcla de homofobia, historia falsa e ideas de supersoldados inspiradas en los cómics de Marvel indica que Markov no está interesado en fomentar el pensamiento crítico y el análisis razonado. No importa: por lo visto, esas declaraciones idiotas tienen eco al menos en algunos segmentos importantes de la sociedad rusa.

El mismo desvarío se aplica cada vez más a los recuerdos históricos rusos de los principales traumas y crímenes nacionales. En una ceremonia celebrada recientemente en Velikiye Luki, en la región rusa de Pskov, un sacerdote conocido como el «Padre Antonio» roció con agua bendita una estatua de Stalin de más de seis metros. Aunque «la Iglesia sufrió» durante el largo reinado de terror de Stalin, observó, los rusos de hoy deberían estar agradecidos por tener tantos «nuevos mártires y confesores rusos a los que ahora rezamos y que nos están ayudando en el resurgimiento de nuestra Madre Patria».  

Un razonamiento tan perverso está a un paso de argumentar que los judíos deberían estar agradecidos a Hitler por abrir el camino al Estado de Israel. De hecho, precisamente eso ya ha ocurrido efectivamente. Según una investigación realizada en 2019 por el Canal 13 de noticias de Israel, los rabinos enseñan a los futuros oficiales del ejército israelí en la escuela de preparación militar Bnei David, financiada por el Estado, que:

«El Holocausto no consistió en matar a los judíos. Tonterías. Y que fuera sistemático e ideológico lo hace más moral que el asesinato al azar. Humanismo, cultura secular —eso es el Holocausto. El verdadero Holocausto es el pluralismo. La lógica nazi era internamente consistente. Hitler decía que un determinado grupo de la sociedad es la causa de todo el mal del mundo y que, por lo tanto, debe ser exterminado … Durante años, Dios ha estado gritando que la Diáspora ha terminado pero los judíos no obedecen. Ésa es su enfermedad que el Holocausto debe curar… Hitler era el más justo. Por supuesto que tenía razón en cada palabra que decía. Su ideología era correcta… El único error [de los nazis] fue quién estaba en cada bando».

La lección no acaba aquí. Los alumnos también aprenden que:

«Con la ayuda de Dios, volverá la esclavitud. Los no judíos querrán ser nuestros esclavos. Esta gente que nos rodea tiene problemas genéticos. Pregúntale a un árabe promedio qué quiere ser. Quiere estar bajo ocupación … No saben cómo dirigir un país ni nada … Sí, somos racistas. Creemos en el racismo. Las razas tienen características genéticas. Así que debemos pensar en cómo ayudarles».

Sin duda, esta retórica extrema sólo cuenta con el apoyo abierto de una minoría religiosa minúscula y fanática. Y, sin embargo, deja entrever la premisa subyacente a las políticas del actual gobierno de extrema derecha en Cisjordania. Comparar la situación de Israel y sus territorios ocupados con la Alemania nazi puede parecer una exageración ridícula, y si un no-judío hace esta comparación, se le tacha al instante de antisemita; pero si lo hacen destacadas figuras judías, hay que escucharlas. Cuando una sociedad se ha envuelto en capas de tendenciosa autojustificación, hace falta gente de dentro para retirar la mortaja.

Consideremos el caso de Amiram Levin, antiguo jefe del Mando Norte de las Fuerzas de Defensa de Israel. En declaraciones recientes a la radiotelevisión pública israelí sobre la situación en Cisjordania, afirma que «allí no ha habido democracia en 57 años, hay un apartheid total … las FDI, que se ven obligadas a ejercer la soberanía allí, se están pudriendo desde dentro. Se mantienen al margen, miran a los alborotadores colonos y están empezando a ser cómplices de crímenes de guerra».

Cuando se le pidió que diera más detalles, Levin invocó la Alemania nazi: «Es duro para nosotros decirlo, pero es la verdad. Paseen por Hebrón, miren las calles. Calles por las que ya no se permite pasar a los árabes, sólo a los judíos. Eso es exactamente lo que ocurrió allí, en ese país oscuro».

Que un general retirado de las Fuerzas de Defensa de Israel pueda llegar a semejante conclusión no sólo demuestra su extraordinaria postura ética, sino también lo mal que han ido las cosas allí. Pero mientras haya israelíes como Levin, hay esperanza, porque sólo con la solidaridad y el apoyo de gente como él tienen una oportunidad los palestinos de Cisjordania.

Hoy en día, tanto en Rusia como en Israel, el pacto social se está fracturando bajo el peso del colonialismo y los desacuerdos fundamentales sobre los principios fundacionales. Estas condiciones se prestan a formas de racionalización cada vez más absurdas y extremas. Pero que se pueda inventar una razón para hacer algo no significa que se deba hacer. Cuando las sociedades se fragmentan, resistirse a las razones equivocadas suele requerir más fuerza que seguir las razones correctas."                    (Slavoj Žižek , El Viejo Topo, 07/09/23)

24/2/23

El miedo es la madre de todas las batallas del odio... y su secuencia, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia

 "La gente sencilla, de a pie, la buena gente…, difusa, pero identificable en sus hechos, de la que hablas en tu novela, parece estar por encima del bien y del mal, moralmente blindada ¿Por qué?

En todo esto hay una responsabilidad personal, de la que nadie quiere ni oír hablar. En todas las sociedades existe una gran pluralidad, muchos puntos de vista. Incluso en las más autoritarias, en su interior, son plurales, aunque esta pluralidad esté acallada o reprimida. Son plurales porque los seres humanos lo somos. Pero en las sociedades también existe lo que podríamos llamar una mentalidad colectiva, una línea de pensamiento mayoritaria y que, más o menos, acaba imponiéndose; que tiende a identificarse con la gente corriente, la gente común. Es la que piensa como todo el mundo, la que no sobresale particularmente por sus actos, ni valiente ni cobarde, que se limita a sobrevivir lo más cómodamente que puede y que comulga con esa mentalidad colectiva. 

Asume como propios y reproduce los discursos preponderantes en la sociedad. Cuando vives en un mundo pacífico, democrático, de relativa libertad, esta gente contribuye vivamente a la consolidación de ese estatus. Pero, ¿Qué pasa cuando esto empieza a alterarse? ¿Cuándo aparece la frustración y la gente comienza a tener miedo? El peligro está en que esa misma gente se convierte en el baluarte principal del horror que se avecina. Con la misma naturalidad con que antes aceptaban la libertad, acaban aceptando el nazismo o cualquier otra cosa que venga de por medio. Los grandes problemas sociales no los generan los psicópatas. Pueden, eso sí, aprovecharse de las circunstancias en las cuales se va imponiendo una mentalidad siniestra. 

Hannah Arend, Jonathan Littell aluden al pacífico tendero que, al hilo de las circunstancias, acaba en carnicero sin escrúpulos en un campo de exterminio…

Arendt entra en una parte, digamos, patológica. No tanto del que mata al otro a hachazos, sino del que va firmando, registrando las órdenes para que todo eso ocurra. De todos los que están contribuyendo a que el psicópata que está al final de la cadena ejecute la monstruosidad, pero que son tan responsables como él. Quien diseña la política de exterminio judío no va personalmente matando judíos. En “Odio” juego con esa idea, porque en una de las dos historias que componen la novela, que transcurre en el Londres de 1868, el personaje. MR. Wildwood, es dueño de una tienda de bastones. Un día entra en la tienda un tal Hyde, quejándose de que su bastón se le ha roto. El comerciante acaba deduciendo que Mr. Hyde utiliza el bastón para matar, y le construye uno con cabeza de águila, puntiagudo, para que mate mejor. Pone todo su empeño de artesano al servicio de que su producto sea lo más eficaz para los fines de su cliente. En su buena mentalidad de gente de orden, está haciendo su trabajo perfectamente. Como los burócratas, que llevaban la contabilidad de cuanto gas había que comprar para las cámaras de la muerte. 

¿Dónde buscar, si es posible hacerlo, este mal? ¿En la naturaleza humana, la religión, el orden de las cosas…?

Creo que la mayor parte de la gente que comete atrocidades y, sobre todo, que apoya, aplaude, permite, contribuye…, a que se cometan, lo hace siempre desde posiciones, yo diría que de buena conciencia. Eso ocurre en todo. En las religiones, particularmente, porque juegan permanentemente, no con la buena conciencia, sino con la mejor de las conciencias, ya que hablan directamente con Dios. En la toma de Jerusalén, de la primera Cruzada, hubo una matanza brutal, que el canónigo y cronista Raimundo de Aguilers, describe diciendo que el templo de Salomón se convirtió en una laguna de sangre en la que flotaban cadáveres: “un espectáculo maravilloso, que alegra la vista” ¿Por qué? Porque estaban exterminando al enemigo. Algo que también puede ocurrir en religiones laicas como, por ejemplo, el estalinismo. En los sistemas donde hay una verdad absoluta y, en consecuencia, una demonización absoluta del adversario, sea real o inventado, el odio llega a la gente, que acaba aplaudiendo monstruosidades.

La novela establece, digamos, una secuencia del odio, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia…

En el fondo, está el odio al otro, al diferente. Es un odio por sustitución. La gente enmascara el odio hacia sí mismo porque no es capaz de conseguir las cosas. El odio contra una sociedad o unas circunstancias que te impiden lograr lo que buscas en la vida (como no tienen ni el valor ni los medios parea enfrentarse a lo que de verdad le está haciendo la vida difícil) deriva es un odio por sustitución. Hay que buscar un culpable. Porque muchas veces el culpable de tu desgracia eres tú mismo. Pero ¿Quién tiene el coraje enfrentarme a sí mismo? 

  Siempre se busca un culpable, cuanto más ajeno, más distinto, más identificable como otro, mejor. Los primeros cursos de la escuela del odio al otro se hacen en el ámbito más doméstico, y son sobre la misoginia, el odio a la muerte que, generalmente, es heredado. Los odios, lamentablemente, se heredan.

¿Resulta el patriotismo, versus nacionalismo, un caldo de cultivo especialmente propicio a la deriva social violenta?

El patriotismo, entendido como amor a la patria, no tendría por qué ser refugio de nada. Pero le pasa lo mismo que a la religión. El hecho de creer en la existencia de Dios no tendría por qué ser algo nocivo para los demás. El problema está en que hay tendencias a que eso fácilmente derive hacia actitudes agresivas. Si construyes tu identidad nacional sobre el orgullo de ser lo que eres y relacionarte de manera fraternal con el resto de la humanidad, no pasa nada. Pero si lo haces a partir de detestar fanáticamente a tu adversario, entonces resulta muy fácil que eso acabe derivando hacia formas de intolerancia. En España, por desgracia, tenemos la peor experiencia nacionalista, que es el nacionalismo español, que ahora está de revival. Ni el vasco, ni el catalán pueden compararse a él. En cualquier caso, los nacionalismos periféricos deberían fijarse bien en el nacionalismo español para no caer en los mismos errores y horrores. 

¿Y qué decir de la relación entre odio personal y el colectivo, como el que de algún modo describe Canetti en “Masa y poder”?

He vivido durante años en el País Vasco, además como periodista, y allí he visto que la violencia es un problema social, colectivo, pero también en gran medida, personal y familiar. Había odios heredados en familia. Hay odios prácticamente inevitables, y la cuestión está en como lo gestionas. Pero hay también odios preventivos. A ti no te ha pasado nada, pero odias a algo imaginario. En el País Vasco se mezclaron ambos tipos de odio. Los odios se heredan.

 Formas parte de una familia y el yo está lleno de historias, elementos que so son tuyos; la escuela donde te han educado; las convivencias… Toda esa suma de individualidades, van impregnándose del discurso general y viceversa. 

La fealdad es también protagonista en tu novela ¿Tiene que ver con el odio, y viceversa?

La novela transcurre en los paisajes del Londres victoriano y el París de los atentados yihadistas. En literatura, las descripciones no deberían ser decorativas, sino activas. Esos espacios son el espejo del alma de esos personajes. Están en lugares feos, horrendos, sucios, de costumbres depravadas… Yo nací en el franquismo y aquello lo veía muy claro de niño. Pensaba que aquello no podía ser todo. Y fue la frase de André Bretón en el Manifiesto Surrealista “La existencia está en otra parte”, la que me ayudó a salir adelante. Cuando me fui del País Vasco a París me topé con una belleza que te cura el alma. Allí fui donde me di cuenta de que la belleza ayuda a vivir.

¿Es, en, en fin, el miedo la madre de todas las batallas del odio?

En Perú, un grupo de periodistas fueron masacrados por los lugareños de una localidad que los tomaron por guerrilleros de Sendero Luminoso ¿Por qué? Por extraños, por raros, por ser de ciudad, porque venían de otro sitio, porque no son como nosotros… O sea, el enemigo. El culpable de todo lo que ha pasado, pasa y pasará. Ese mecanismo esencial del miedo y la frustración está en el origen del odio y sus manifestaciones."                     

(Entrevista a José Manuel Fajardo, Peru Erroteta, elTriangle, 01/01/23)

13/9/22

Cómo comenzó todo en Ucrania: en la década de 1990 la divisoria política real en la esfera pública se acercaba más a la clásica distinción binaria entre izquierda y derecha... El cambio a un vocabulario étnico se produjo con la revolución naranja de 2004... la rivalidad entre grupos oligárquicos que estaban detrás de las principales formaciones políticas partidarias se había vuelto más transparente e intervino en adelante de forma abierta en la lucha electoral. Fue entonces cuando las diferencias etnolingüísticas percibidas entre este y oeste se convirtieron en una división política cada vez más profunda y las identidades culturales comenzaron a absorber distinciones programáticas más convencionales... La política ucraniana paso a ser, después de la revolución naranja, un terreno de confrontación entre dos proyectos nacionalistas rivales, que se percibían a sí mismos como ucranianos étnicos y eslavos orientales

 "(...) Cómo comenzó todo

Ahora bien, a lo largo de los treinta años de independencia de Ucrania ha habido una notable diversidad en la geografía política del país y en sus identidades políticas, pero las diferencias cardinales cambiaron junto con la transformación de las luchas políticas. Contrariamente a la narrativa nacionalista que poco a poco se ha vuelto dominante, en la década de 1990 la divisoria política real en la esfera pública se acercaba más a la clásica distinción binaria entre izquierda y derecha, incluso en los términos empleados por la propia clase política y la profesión periodística.

El cambio a un vocabulario étnico se produjo con la revolución naranja de 2004, cuando el centro de gravedad en el terreno político se trasladó de la presidencia al parlamento. A resultas de este desplazamiento, la rivalidad entre grupos oligárquicos que estaban detrás de las principales formaciones políticas partidarias se había vuelto más transparente e intervino en adelante de forma abierta en la lucha electoral. Fue entonces cuando las diferencias etnolingüísticas percibidas entre este y oeste se convirtieron en una división política cada vez más profunda y las identidades culturales comenzaron a absorber distinciones programáticas más convencionales.

La política ucraniana paso a ser, después de la revolución naranja, un terreno de confrontación entre dos proyectos nacionalistas rivales, que se percibían a sí mismos como ucranianos étnicos y eslavos orientales (Shulman, 2005). Los primeros ensalzaron la lengua ucraniana y su identidad étnica asociada, se mostraba implacablemente hostil hacia Rusia, que equiparaba a la Unión Soviética, y anhelaba una integración liberal euroatlántica. Los segundos se centraron en la defensa de los derechos de la lengua rusa, la iglesia ortodoxa rusa y la memoria histórica de la victoria del pueblo soviético en la segunda guerra mundial (que veían como una victoria propia), y supuestamente favorables a Rusia.

Esta división proporcionaba a las elites una herramienta fácil para movilizar la base de votantes. Sin embargo, al mismo tiempo servía de freno de seguridad para prevenir una consolidación autoritaria del poder: todo dictador potencial apoyado por uno u otro bloque era fácilmente derribado por sus rivales, bastaba movilizar a la otra mitad del país contra él. Este pluralismo por defecto pasó a ser el rasgo distintivo del sistema político ucraniano (Way, 2015). Un pluralismo que también era un seguro frente a una consolidación neoliberal en el terreno económico: la importancia del componente populista no permitía que las elites gobernantes separaran la economía de las configuraciones sociales y políticas locales y obligaba a todas las fuerzas políticas a mantener el legado soviético de mecanismos redistributivos.

La creación de la división supuestamente identitaria sirvió por tanto de amaño útil para la reproducción social durante la década de crecimiento económico entre 2000 y 2010. No obstante, como ocurre con todos los parches político-económicos, este solo fue temporal. Varios factores contribuyeron a su desaparición a comienzos de la década de 2010. En primer lugar, al carecer de controles internos, la amplitud de la dicotomía nacionalista fue creciendo peligrosamente hasta que la polarización alcanzó niveles insostenibles.

En las elecciones legislativas de 2012, el partido (ucraniano étnico) de extrema derecha Svoboda obtuvo el 10 % de los votos. Su popularidad se vio favorecida por el presidente (eslavo oriental) Yanukovich, que pretendía a todas luces orquestar su reelección en 2015 de la misma manera que lo había hecho Jacques Chirac en 2002 frente a Le Pen, pero seguramente subestimó el nivel de tensión ya acumulada en la sociedad. Las actividades depredadoras del equipos de Yanukovich en el terreno económico irritaron tanto a los oligarcas como a los pequeños empresarios, mucho más numerosos, y a las clases medias urbanas en Kyiv y en la parte occidental del país, dando alas al voto nacionalista.

 Esto coincidió con el final del superciclo comercial que había sostenido el crecimiento de la economía ucraniana entre 1997 y 2012 (Chim, 2021). Había cada vez menos que redistribuir, especialmente debido a que en 2012 Rusia, afectada por el mismo cambio de ciclo global, lanzó un ataque económico frontal contra Ucrania, con unos precios exorbitantes del gas e incontables guerras comerciales que afectaron a los exportadores ucranianos. A partir de la segunda mitad de 2012, tras el fin del estímulo producido por los proyectos de infraestructura asociados al campeonato europeo de fútbol, Ucrania entró en recesión. La ofensiva económica rusa marcó el cierre del intersticio geopolítico que había sido vital para Ucrania: Yanukovich se vio forzado a elegir un bando a sabiendas de que cualquier elección sería desastrosa.

Todas estas contradicciones se cruzaron en la crisis política llamada Euromaidan en 2013-2014. Depuesto Yanukovich, Crimea anexionada por Rusia y el Donbás sumido en una guerra, el equilibrio interno de la política ucraniana se distorsionó irremisiblemente. Millones de votantes eslavos orientales se vieron ahora expulsados del terreno de juego y el partido ucraniano étnico pasó a ser matemáticamente dominante (D’Anieri, 2018). Este antagonismo, aunque reciente y construido, preside ahora la política nacional.

Al mismo tiempo, sin embargo, tanto la identidad ucraniana étnica como la eslava oriental que se ofertaban en el mercado político estaban muy débilmente arraigadas en la cosmovisión de la gente común. Dondequiera que viviera una persona o cualquiera que fuera la lengua que hablara con más soltura, la actitud popular dominante era un rechazo antipolítico de las disputas partidarias como tales, en vez de un firme apoyo a un bando o a otro. A resultas de esta desconexión entre la clase política y la sociedad, y empujado por la lógica de la esfera pública, Petro Poroshenko pasó su mandato presidencial virando hacia una forma cada vez más radical de nacionalismo ucraniano étnico. Al final encajó una humillante derrota en las elecciones de 2019: el 73 % de los votos favorecieron a Volodymyr Zelenskyi, que era la verdadera encarnación de la actitud antipolítica y antielitista popular.

Sin embargo, una vez elegido, Zelenskyi también comenzó a atenerse a la lógica estructural de la esfera política. En el otoño de 2020, el gobierno ruso se convenció de que Zelenskyi no iba a aceptar su versión de los acuerdos de Minsk, y el Kremlin inició los preparativos militares. En los niveles inferiores de la sociedad ucraniana, mientras tanto, persistía el mismo desapego inveterado con respecto a la política identitaria. Por ejemplo, uno de los líderes de la huelga minera de 2020 en Kryvyi Rih, la ciudad natal de Zelenskyi, fue ensalzado como un héroe de las dos batallas más duras de la guerra del Donbás. No obstante, esto no le importó mucho subjetivamente: en una polémica en torno a la huelga, dijo que nunca se había considerado un patriota (Gorbach, 2022).

El momento actual

¿Qué ocurrió cuando Rusia finalizó sus preparativos bélicos y envió sus tropas a Ucrania? Kryvyi Rih, un bastión de la elite supuestamente eslava oriental, es un ejemplo ilustrativo. El alcalde de la ciudad, Yuriy Vilkul, fue elegido en 2010, tras la victoria presidencial de Yanukovich. El hijo del alcalde, Oleksandr, era director general de dos grandes empresas industriales de la ciudad en el momento crucial de su polémica transferencia a Rinat Ajmétov, el hombre más rico de Ucrania y patrocinador tradicional de los proyectos políticos eslavos orientales. La consolidación del poder político de esta familia en la ciudad vino acompañada de su patrocinio de la construcción de numerosas iglesias ortodoxas rusas y otros proyectos religiosos, así como de monumentos que refuerzan la versión sovietista de la memoria histórica de la segunda guerra mundial.

Activistas nacionalistas y liberales locales estaban convencidos de que la elite dirigente cambiarían de bando nada más asomar las tropas rusas. Sin embargo, Oleksandr Vilkul fue nombrado jefe de la administración militar local. Poco después de la invasión, escribió: “Queridos amigos, cada generación tiene su propia fortaleza de Brest, su propia Stalingrado. No cederemos ni un metro de nuestra tierra natal a los ocupantes. Kryvbas está a nuestras espaldas, no tenemos dónde retirarnos. Tras nuestras espaldas están nuestras familias y las tumbas de nuestras familias… El enemigo será derrotado.”

Estas cuatro frases contienen nada menos que cinco alusiones a los discursos de Stalin en tiempos de guerra. La identidad eslava oriental, durante mucho tiempo percibida como prorrusa, se convirtió en una herramienta de movilización en contra de la invasión rusa. La sociedad civil local, ucraniana étnica, se sintió molesta y desorientada ante este giro de los acontecimientos, pero al margen de lo que puedan pensar de ello, el hecho es que la resistencia a la invasión rusa se organiza de modo eficiente bajo el lema del antifascismo soviético y de la fe ortodoxa. El dirigente político que durante años se opuso al etnonacionalismo ucraniano y combatió la descomunización del espacio urbano después del Euromaidan, recibe ahora visitas amistosas de las cabezas visibles del nacionalismo ucraniano y se ha puesto a renombrar todos los topónimos que tienen alguna cosa que ver con Rusia (que implica cambios más amplios que la eliminación de nombres comunistas).

¿Qué decir de la clase trabajadora? Ninguno de mis informadores antes apolíticos o eslavos orientales de Kryvyi Rih parecen albergar dudas con respecto a la invasión. El abanico de reacciones va de los exabruptos emocionales patrióticos en los grupos de chat a la implicación personal en el esfuerzo de guerra. Un dirigente sindical ha pedido el envío de armas a compañeros extranjeros que querían enviar ayuda humanitaria; un minero desplazado de Donetsk ha abandonado su escepticismo con respecto a la política y ha participado con entusiasmo en la defensa de la ciudad. Abundan los ejemplos.

¿El final de la ambigüedad?

Durante décadas, la relación de la clase obrera ucraniana con la política fue distante, por no decir activamente antagonista. La política en todas sus variantes y colores se percibía como el dominio de la corrupción y las mentiras. ¿Qué ha cambiado? Probablemente no gran cosa. La reacción unívoca a la invasión rusa es tan fuerte precisamente por su carácter no político: la experiencia de la guerra y la respuesta a ella son viscerales, no mediatizadas por ideologías corruptoras y politiqueos. Contrariamente a anteriores acontecimientos políticos, este se se siente real. Afecta al tejido mismo de la vida cotidiana y no se basa en reflexiones abstractas mediatizadas por una clase intelectual. De ahí el nivel sorprendente de implicación personal.

 Volodimir Artiuj plantea algo similar cuando compara las narrativas oficiales rusa y ucraniana que acompañaron este año a las conmemoraciones de la segunda guerra mundial: “Mientras que el lado ucraniano desecha signos icónicos y apela a la experiencia física visceral, en el lado ruso se emplean casi exclusivamente símbolos carentes de toda relación con la experiencia vivida” (Artiuj, 2022). Ambas estrategias discursivas excluyen la posibilidad de construir un movimiento político sostenible desde abajo, pero mientras el simbolismo ruso es desmovilizador, la apelación ucraniana a la realidad vivida moviliza generando una potente lealtad emocional con el acontecimiento. Oleg Zhuravlev y Volodimir Ishchenko han estudiado una política inmediata similar en el caso del Euromaidan; una enorme movilización que no tenía ninguna agenda verbalizada, basándose en su lugar en vínculos emocionales entre los participantes en el movimiento, y entre ellos y su objeto político (Zhuravlev & Ishchenko, 2020).

¿Se estabilizará este vínculo lo suficiente para crear un sentido común compartido, construyendo de este modo, finalmente, una nación ucraniana efectiva, no dividida, en respuesta a la guerra? Resulta tentador anticipar la aparición de una síntesis hegeliana a partir de dos ideologías antitéticas, cuya coexistencia hacía que Ucrania fuera un tanto deficiente en muchas narrativas. Sin embargo, incluso si se hace realidad un proyecto como este, ¿cuáles serían sus características? O bien podría deslizarse de nuevo hacia un etnonacionalismo estrecho, o bien convertirsde en un proyecto nacional inclusivo, basado en la experiencia compartida de la guerra, en la aspiración a ingresar en la Unión Europea y en un programa redistributivo. Puede quedarse en un estadio prenacional (después de todo, ¿qué es el nacionalismo si no una negación romántica de la racionalidad de la Ilustración?) o transformarse en un programa político más fácil de leer.

Poca cosa se puede prever con certeza en un momento en que todo –incluida la futura realidad geográfica de Ucrania– depende del resultado de la guerra. Sin embargo, es importante reconocer que la guerra tampoco es una variable independiente; su trayectoria la estructura la acción política contradictoria de la gente que habita el país."                   (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

22/8/22

Teoría de la conspiración... Ayer se hizo viral la escena de indepes reventando el homenaje a las víctimas del atentado del 17A en BCN. Hubo insultos a los familiares y a "los españoles". Ahora bien, esto es la punta de un iceberg conspiranoico alimentado durante años

Authentic Indepe Hours @Authenticindepe

Ayer se hizo viral esta escena de indepes reventando el homenaje a las víctimas del atentado del 17A en BCN. Hubo insultos a los familiares y a "los españoles". Ahora bien, esto es la punta de un iceberg conspiranoico alimentado durante años. Breve hilo

Комісаp @Casfetera

Han increpado incluso a los familiares de las víctimas. Les han llamado "burros", "falsos " e "hipócritas". A un hombre que les reprocha los insultos (dirigiendose a ellos en catalán) le llaman "puto español de mierda".

2:35 p. m. · 17 ago. 2022
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¿En qué se basa la teoría de la conspiración según la cual España es responsable del atentado ocurrido en el 2017 en Barcelona y Cambrils? En nada. Pero como veremos, eso no ha impedido a docenas de políticos, “periodistas” y twittstars sin escrúpulos a difundir el bulo.

Este es un buen resumen, pero cae en el problema que abordaremos aquí: asume que solo una parte de las organizaciones indepes, las cercanas a Puigdemont, han comprado la teoría de la conspiración. Eso no es cierto.

"Teoría conspiranoica del 17-A; así se fabrica el relato que una parte del independentismo ha comprado" (CatalunyaPlural)

La realidad es que, durante años, todos los partidos independentistas con representación en el Parlament catalán han difundido la teoría de la conspiración. (...)

También las dos principales organizaciones políticas indepes, ANC y Òmnium Cultural, la han alimentado. Aquí vemos la posición oficial de la ANC y un extracto de una carta firmada en el 2018 por los que entonces eran presidentes de Òmnium y la ANC, Jordi Ciuxart y Jordi Sànchez. (...)

El actual presidente de Òmnium no parece pensar de manera muy distinta, por cierto: (...)

Por supuesto, el chiringuito de Puigdemont, el Consell per la República, también se suma a la fiesta. (...)

Finalmente, la teoría de la conspiración ha llegado tan lejos que hasta ha sido comprada por el entorno soberanista o no oficialmente indepe, gracias al entorno mediático pabloiglesiense y de los medios de Roures. (...)

Esto último sobre todo a partir de 2 elementos: 1. El INVENT de Villarejo de “el CNI quería pegarle un susto a los catalanes”, dicho en enero para apoyarse en la conspiranoia y ganar apoyos en el contexto del follón judicial en el que está, chantajeando al Estado.

... Dicho por el mismo que acusa a los servicios secretos franceses de estar detrás del atentado del 11-M, por cierto.

2. Los bulos difundidos por Público en 2019, basados en un informe fantasma publicado por cierto “periodista” que ha recurrido varias veces a esas jugarretas. Antonio Maestre le cantó las cuarenta en su día

Fin del hilo. Las conspiranoias se basan en la nada, pero algunas cuentan con algo de “chicha”: el apoyo institucional para darles alas. Si te ha gustado el hilo, puedes retuitear el primer tweet.

BONUS: ERC y su entorno han difundido la teoría de la conspiración desde sus primeras etapas y hoy en día siguen haciéndolo aunque no le gusten "las formas" de los de ayer.

Ah, me olvidaba de la "disidencia" (spoiler: son seguidores de nostro sinyó Puigdemont) del entorno de los CDR y de Albano Dante, este último compartiendo hoy otro artículo-bulo del mismo autor de Público que hemos visto antes. Están en modo control de daños tirano de hemeroteca

11:31 a. m. · 18 ago. 2022
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30/11/21

Metamorfosis del Estado-nación. En el discurso del cosmopolitismo se considera que el estado-nación ya no es útil. Esta visión de la historia es simplista y engañosa

 "Metamorfosis del Estado-nación

El estancamiento posneoliberal consiste en un estancamiento político entre los órdenes nacional y global como resultado de una lucha aún no decidida sobre el futuro del Estado-nación en un mundo económico cada vez más interconectado desde la década de 1980. 

En el discurso del cosmopolitismo, que se ve a sí mismo como no-nacional y anti-nacional, se considera una conclusión inevitable, especialmente en Alemania, que "el estado-nación" no sólo ha superado funcionalmente su utilidad -todos los "problemas importantes" ahora sólo pueden ser resueltos "internacionalmente", por lo que queda sin resolver cómo exactamente y en particular por quién- sino también moralmente, en vista de "su" historia sangrienta de dictaduras en casa y guerras en el extranjero.

 A continuación resumiré brevemente por qué esta visión de la historia no sólo es simplista, sino que es engañosamente defectuosa.

 En primer lugar, hay que recordar que los nacientes Estados-nación de la Europa del siglo XIX libraron sus guerras, en la medida en que participaron en ellas, predominantemente no contra otros Estados-nación, sino contra los imperios y regímenes dinásticos y, por tanto, estrictamente antinacionalistas de su época, que a menudo fueron los primeros en tomar las armas para evitar su desintegración en una multitud de "Estados-pueblos" burgueses más pequeños (la traducción de "democracia" que entonces también utilizaban Marx y Engels). 

El nacionalismo europeo comenzó tanto como un movimiento de liberación hacia el exterior como un movimiento de democratización liberal-burgués hacia el interior. Fue belicoso no tanto hacia otros nacionalismos dentro del sistema estatal europeo en formación -a menos que, como la Francia revolucionaria, fuera atacada por los poderes del antiguo régimen u obstruida en su construcción de la nación por los estados-nación preexistentes- como hacia el mundo exterior no europeo, ya que los nuevos estados-nación trataron de transformarse, con mayor o menor éxito, en "potencias mundiales" colonialistas, esforzándose en esto por emular a sus predecesores dinásticos de la era moderna temprana. 

La mala reputación del Estado-nación proviene, por tanto, si se prescinde de los restantes y nada despreciables partidarios de los imperios multinacionales del interior de Europa, como el Imperio Otomano o el Imperio de los Habsburgo[1], sobre todo del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias vencedoras, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Francia, se dedicaron a desmembrar los imperios derrotados en Estados-nación según el principio de "autodeterminación de los pueblos". [2] 

Con ello, al igual que las propias naciones liberadas de sus "cárceles de pueblos" imperiales, buscaban fronteras estatales que fueran al mismo tiempo fronteras de pueblos, pensando en los pueblos como unidades étnicas de forma natural.

 Como es bien sabido, lo que podría describirse como el primer intento de gobernanza global terminó en una limpieza étnica generalizada y una deshumanización racista sin precedentes. Los Estados-nación debían establecerse desde arriba sobre una base fronteriza, entendiendo las naciones como comunidades descendientes y viéndose a sí mismas como tales. Pero casi ningún Estado-nación es étnicamente homogéneo y, sobre todo, no puede serlo si no quiere ser un Estado enano o se va a establecer en el territorio de un antiguo imperio multinacional con estructuras de asentamiento mixtas, por ejemplo en los Balcanes. 

Los Estados-nación, parafraseando un bon mot atribuido erróneamente a Bismarck, son por tanto en muchos casos como las salchichas y las leyes: Es mejor no querer saber cómo se fabrican. Antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la represión estaba disponible en abundancia como medio para lograr la unificación nacional, los Estados podían construir naciones en lugar de ser construidos por ellas, en Francia[3] con más éxito y en Yugoslavia con menos. 

Las guerras de naciones (Francia con Napoleón, Alemania con Bismarck -aunque aquí, con el legado del Antiguo Imperio, sólo podía surgir un Estado federal y no central desde el principio-) y las guerras civiles (Estados Unidos) fueron útiles en este sentido, al igual que las bofetadas a los alumnos que hablaban su lengua regional en clase. 

Luego, en la Segunda Guerra Mundial, las tensiones entre las ambiciones imperiales de algunos grandes Estados-nación que se sentían fuera de lugar en un mundo dominado por los angloamericanos, junto con el potencial de agresión de los mitos culturalistas y racistas, desplegados para legitimar la represión interna y la expansión externa, estallaron en un baño de sangre mundial de proporciones hasta entonces inimaginables.

 Hoy, tres cuartos de siglo después del final de la guerra, la distinción entre estados nacionales y naciones parece firmemente establecida, al menos en Europa. Las naciones, o pueblos, son comunidades de experiencia y entendimiento que han evolucionado históricamente. Sus recuerdos colectivos, plasmados en una lengua común, establecen identidades colectivas, apoyadas en vínculos afectivos inevitablemente "monoculturales" con el paisaje, la lengua materna, el dialecto, la música, la cocina, etc., construidos desde la infancia. 

Cuanto más se distingan de sus vecinos, más probable será que se vean a sí mismos como especiales y que sean vistos así por sus vecinos: los westfalianos y los renanos con menos frecuencia que los tiroleses (del sur) y los italianos[4]

 Los estados-nación, por otra parte, son instituciones, constituidas no por la descendencia sino por las luchas políticas y sociales y los derechos civiles que se aplican en ellos, incluidos los derechos de participación democrática. Los Estados-nación y las naciones se relacionan entre sí, pero casi nunca son congruentes; en casi todas partes hay elementos no idénticos, lingüísticos, étnicos, culturales, aunque las mayorías étnicas sean a menudo reticentes o no sean conscientes de ello[5]. 

Además, las fronteras entre los Estados-nación son casi siempre más o menos arbitrarias, y los grupos que se sienten naciones y quieren ser vistos como tales pueden encontrarse en un Estado-nación que no les parece suyo, por lo que buscan su propio Estado. Escocia y Cataluña no son los únicos ejemplos de tendencias separatistas más o menos fuertes en los Estados-nación europeos multiétnicos; volveré sobre ellos en breve.

 Un medio a menudo, aunque no siempre, probado para evitar la secesión de un Estado-nación multinacional es una constitución estatal federalista: la exitosa fórmula de Suiza con sus cuatro grupos étnicos, o de Bélgica (hasta ahora) y Canadá (desde los años 70) con tres y dos respectivamente, y en cualquier caso todavía de la India con sus 28 estados constituyentes y 24 lenguas oficiales. 6] 

En los años de paz posteriores a 1945, muchos Estados-nación europeos aprendieron la lección de las catástrofes del periodo de entreguerras y, en aras de su paz interior, respondieron a la diversidad étnica interna con la descentralización y la autonomía constitucionalmente garantizada en lugar de la negación y la represión, al tiempo que aseguraban su paz exterior reconociendo mutuamente sus fronteras históricamente establecidas y renunciando a las reivindicaciones territoriales[7] incluso allí, donde las comunidades étnicas están cortadas por las fronteras estatales, como en el Tirol y el Alto Adigio, respectivamente, o en el enclave germanohablante del este de Bélgica. [8]

 Sin embargo, las constituciones federalistas no fueron la única razón, y probablemente ni siquiera la más importante, por la que los Estados-nación multinacionales de Europa Occidental se libraron de las aspiraciones separatistas durante tanto tiempo, sobre todo porque la delegación de derechos al autogobierno también puede tener el efecto contrario al deseado y proporcionar una base institucional para las tendencias secesionistas (más adelante se habla de ello).

 En este contexto, merece la pena volver al modelo estándar de la democracia occidental de posguerra, que institucionalizó la división de clases como la principal línea de conflicto social, relegando así las diferencias étnicas a un segundo plano o a la clandestinidad.

 Las organizaciones sindicales e industriales nacionales, así como un sistema de partidos dividido entre el centro-derecha y el centro-izquierda para todos, tanto para los castellanos como para los catalanes, convirtieron el conflicto de clases en el vehículo de la integración social nacional,[9] incluso cuando los partidos y las asociaciones tuvieron sabiamente en cuenta la diversidad regional, étnica o de otro tipo, mediante la creación de subunidades organizativas adecuadas para articular los respectivos intereses especiales.

 Junto con el modelo estándar de democracia de posguerra, este acuerdo no sobrevivió al triunfo del internacionalismo neoliberal. La transformación del Estado del bienestar en el Estado competitivo[10] como látigo local y ejecutor del mercado mundial ilimitado recompensó y sigue recompensando la colaboración entre el trabajo y el capital, tanto a nivel nacional como empresarial. 

Sin embargo, a diferencia del corporativismo de la democracia de posguerra, en la configuración neoliberal esto no tiene lugar a nivel de mirada colectiva-conflictiva, sino bajo la hegemonía del capital, que tiene una especie de última palabra innata, es decir, garantizada por los derechos de propiedad, sobre lo que es mejor en la competencia para "la economía" y, por tanto, para "todos nosotros". 

Así, la integración en clases a través del conflicto está siendo sustituida por la integración a través de la competencia en comunidades de trabajo de diversa índole, no sólo a nivel empresarial sino también regional[11].

 La aparición de comunidades locales competitivas puede producir o reforzar las tendencias a la independencia de la política subestatal frente a la nacional; así, en casos extremos, puede poner en cuestión la integridad territorial de los Estados-nación multinacionales. 

Varios mecanismos pueden contribuir a ello. En condiciones de un mercado mundial más o menos completo, las posibilidades de los Estados centrales de redistribuir internamente entre las regiones fuertes y débiles disminuyen. Las empresas de éxito internacional, que se encuentran en regiones subnacionales de éxito, pueden resistirse a la imposición nacional en favor de las regiones rezagadas, alegando la necesidad de defender la competitividad que en su día consiguieron mediante una elevada inversión y unos beneficios competitivos.

 Como Alesina et al.[12] han argumentado de forma convincente, la indispensabilidad del mercado nacional para las economías regionales subnacionales disminuye de todos modos en la medida en que el mercado nacional ha sido absorbido por un mercado mundial; la integración política nacional pierde interés si puede ser sustituida por una integración económica internacional sin impuestos redistributivos a la baja[13] Además, los motivos subnacionalistas tradicionales, no económicos, si se quiere, para abandonar y secesionarse ya no se ven frenados por los intereses económicos[14].

 No sólo las regiones prósperas pueden verse tentadas a desprenderse de la pertenencia a un Estado multinacional y, a su vez, constituirse en Estados-nación soberanos, para probar suerte por su cuenta. Las regiones que se quedan atrás pueden llegar a la conclusión de que no se puede esperar una redistribución nacional efectiva a su favor dentro de un estado competitivo impulsado por el mercado mundial. 

De hecho, en la mayoría de los países europeos, las disparidades económicas entre regiones, medidas por la renta per cápita, han aumentado entre 2000 y 2016; sin embargo, no puede establecerse una correlación directa con las tendencias políticas abiertamente separatistas[15] En los casos en los que la capacidad política redistributiva regional de los Estados tampoco era fuerte en el pasado, un mayor crecimiento general en ese momento puede haber enmascarado esta situación y haber contenido los conflictos distributivos interregionales. 

Sin embargo, no cabe esperar un gran crecimiento en la actualidad. La privación relativa regional también se produce, por cierto, como resultado de la inadecuada inversión estatal en la infraestructura nacional que une las zonas urbanas y rurales[16] y del deterioro de las condiciones demográficas fuera de los centros urbanos, a menudo en auge;[17] ambas cosas se reflejan, en el mejor de los casos, de forma indirecta en las estadísticas de ingresos. 

Las regiones periféricas, que han renunciado a la esperanza de un apoyo más que simbólico por parte de su gobierno central, podrían plantearse la idea de exigir una redistribución de competencias como sustituto de una redistribución de recursos, hasta llegar a una (sub o pequeña) autonomía estatal, para poder identificar y desarrollar, sin obstáculos nacionales, sus capacidades especiales, con la ayuda de las cuales podrían mantenerse mejor en la competencia internacional.

 Las tendencias centrífugas -demandas de descentralización federalista, de autonomía regional o incluso de soberanía estatal- deberían preocupar especialmente a los Estados grandes, porque su heterogeneidad étnica, cultural y económica interna es, ceteris paribus, mayor que la de los Estados más pequeños. 

Para un Estado central, lidiar con las divisiones regionales es más difícil que con la comparativamente simple división de clases, aunque sólo sea porque los patrones de conflicto regional suelen ser más complejos que el frente entre las dos clases principales de una sociedad industrial capitalista, el trabajo y el capital, que puede estilizarse como binario.

 Además, a diferencia del conflicto de clases, los conflictos entre regiones no pueden institucionalizarse de forma que alivien el Estado y produzcan compromisos, externalizándolos a un segundo nivel de gobierno corporativo.

 Cuando incluso los grandes Estados ya no pueden ofrecer a sus regiones el acceso a su mercado nacional como incentivo para la lealtad al Estado-nación, porque sus economías nacionales hace tiempo que se han disuelto en la economía global, a menudo sólo les queda la represión política para defender su cohesión multinacional y su capacidad de gobernar frente a las crecientes reclamaciones subnacionales de los escasos recursos nacionales y de los poderes del Estado. 

Aquí puede residir una de las razones por las que, en el apogeo de la globalización tras el cambio de siglo, numerosos estados multinacionales han pasado a modos de gobierno más autoritarios, como India, Turquía, Filipinas, Brasil, Rusia e incluso, en condiciones diferentes de política de escala y geoestrategia, Estados Unidos, con su sociedad fracturada en dos campos hostiles"[18].

 La estatalidad y el particularismo constitutivo de la socialización humana

 Hay muchas razones por las que un orden unitario a gran escala que no subdivida y combine universalmente las diferentes sociedades no puede funcionar, o sólo puede funcionar con la ayuda de la opresión del poder-estado, que es precaria a largo plazo. Todos ellos pueden remontarse al particularismo o pluralismo constitutivo de la socialización humana que se ha mencionado brevemente en la introducción, y que ahora me gustaría tratar con más detalle, porque es fundamental para mi argumento[19] 

En comparación con los animales no humanos, para los que su "mundo" está dado de forma específica y cerrada, el hombre como especie está esencialmente "abierto al mundo":[20] El tipo de mundo en el que vivirá no está ya decidido al nacer. El sustrato orgánico en el que el hombre se convierte en hombre es en gran medida poco instructivo; la differentia specifica del hombre como especie es su falta de especificidad natural. 

Ninguna otra especie animal se manifiesta en formas de expresión tan diversas como la humana: Un niño humano, independientemente de dónde y de quién nazca, puede crecer como monje tibetano o como cazador de ballenas de Groenlandia, como pescador filipino, como nómada árabe en camello, como abogado laboralista escocés o como taxista neoyorquino, como renano y como westfaliano, y seguir siendo miembro de la misma especie[21]

 Todo, o casi todo, lo que constituye el ser humano en sus respectivas expresiones puede ser también diferente, según la sociedad en la que alguien entre en un estado aún no descrito. Esto es precisamente lo que se quiere decir cuando Aristóteles habla del hombre como el ζῷον πολιτικόν: el animal social (no: político[22]) que, como señala Marx siguiendo a Aristóteles, "sólo puede individuarse en la sociedad", donde "individuarse" significa: convertirse en individuo.

 "Natural" es la diversidad de sus formaciones que caracteriza a la humanidad y supera toda imaginación sólo en la medida en que la naturaleza humana ha trasladado su respectiva realización a su socialización; es precisamente esto lo que hace de la existencia humana un hecho social y no (meramente) biológico. 

Para el individuo, la socialización tiene lugar bajo la influencia de congéneres específicamente pre-socializados en espacios y tiempos históricos, en tradiciones culturales y órdenes institucionales particulares y contingentemente desarrollados. Es característico de estas últimas que se condensen como conjuntos locales en sociedades totales distintas, que en las condiciones modernas pueden constituirse más o menos en Estados (nacionales). 

Dónde se originan las diferencias entre las sociedades en detalle, y cómo pueden explicarse en cada caso, puede dejarse abierto; la adaptación a las condiciones geográficas ciertamente juega un papel, así como la limitada gama de contextos humanos de acción, experiencia e influencia, también los eventos "coincidentes" en puntos de inflexión históricos a veces muy lejanos en el tiempo, la siempre discutible interpretación autorizada de las tradiciones culturales, las tradiciones en general, que siempre, pero nunca completamente, y en su mayoría sólo pueden ser revisadas y refrescadas con medios proporcionados por ellos mismos. 23]

 Lo que importa aquí es que, por muy contingente que sea la sustancia institucionalmente cristalizada y formadora de identidad de una sociedad, su "forma de vida" (no está, como he dicho, biológicamente determinada), una vez que está en el mundo, ya no se puede sacar de él sin más. Contingente, sí, pero por lo tanto de ninguna manera arbitrariamente desechable.

 Es importante entender lo que esto no significa. En primer lugar, no significa que las identidades, individuales y colectivas, estén fundidas en hormigón. De hecho, las formaciones históricas de lo humano están siempre en flujo, social e individualmente. 

Ninguna identidad, ninguna forma de vida está libre de contradicciones en sí misma o tan fija que no sea cambiable en los encuentros con otras identidades y formas de vida; en este sentido, incluso el individuo socializado, como la sociedad institucionalmente integrada, sigue siendo capaz de cambiar y, por tanto, de desarrollarse. Las personas pueden aprender, con más o menos éxito, a vivir y a desenvolverse en una sociedad distinta de la "propia" sin sentirse demasiado "diferentes" ni demasiado "nostálgicos"[24]

 Es cierto que los distintos individuos y sociedades se prestan de manera diferente a la socialización e integración secundarias, e incluso en el mejor de los casos casi siempre queda un elemento de extranjería identificable para ambas partes. 25] Se puede discutir sobre qué es más mutable, el habitus cultural o las estructuras institucionales, siempre que no se olvide que la contingencia de la socialización, en segundo lugar, y viceversa, no significa que sus construcciones puedan ser remodeladas en cualquier momento y sin más, sobre todo no por tecnólogos de la identidad venidos de fuera. 26]

 La historia rebosa de ejemplos en los que las identidades, una vez adoptadas, se defienden hasta la muerte, y desde luego hasta la propia sangre. Los forasteros -personas cuyas identidades, igualmente contingentes, han llegado a ellos, son diferentes- pueden no tener ningún sentido, o encontrarlo todo una locura, si alguien prefiere morir de hambre o ser torturado y ejecutado antes que comer cerdo. 

Pero lo que se defiende cuando las personas no pueden conciliar con su dignidad el hecho de poner su vida por encima de su identidad no es tanto esta identidad -en efecto, no es "natural" y, por tanto, decididamente no es la única posible- como su autonomía en relación con ella: su derecho a determinar por sí mismos, según sus propios principios pertenecientes a su identidad, si quieren cambiar su identidad y, por tanto, a sí mismos, y en qué dirección"[27].

 Lo mismo ocurre con las sociedades, y probablemente en mayor grado. Las sociedades son complejos de instituciones históricamente aglutinadas que se han vuelto más o menos interdependientes como resultado, a menudo, pero no siempre, agrupadas, formalizadas, defendidas y revisadas en y por los estados[28] Como tales, están, en mayor o menor grado, en sintonía con su entorno social y natural y con los límites y oportunidades que establecen.

 Frente a sus miembros, las instituciones agrupadas en una sociedad, de forma más o menos coherente, reivindican la fuerza vinculante, apoyadas por sus Estados dotados del monopolio del uso de la fuerza. Sus miembros, a su vez, se identifican más o menos con la sociedad con la que cuentan y son contados. 

Para ellos, "su" sociedad es, en el caso establemente normal, un depósito de cosas fiables y evidentes, un acervo de rutinas según las cuales uno puede y debe comportarse de forma incuestionable y sin dudas "con nosotros" y con las que "la gente como nosotros" gestiona su vida cotidiana, no sin contradicciones, pero por lo general pragmáticamente compatibles entre sí. 

Las instituciones así cristalizadas, cada una anidada de forma única en el tiempo y el lugar, también cambian, pero al igual que los individuos que educan, tienen sus propios programas para hacerlo, que prefieren a las recetas únicas dictadas desde el exterior"[29].

 "Cosmopolitismo", por retomar el término, no significa, pues, ni ausencia de fijación ni compromiso moral con el desarraigo o el desamparo. Como estado de ánimo antropológico básico, no puede reivindicarse un programa político-moral según el cual los individuos, las comunidades, las sociedades, las naciones deben mantener constantemente sus identidades particulares desechables a efectos de su anulación universalista, es decir, no deben ocuparlas afectivamente, como si la contingencia del ser humano tuviera que incluir una constante disposición a la alteridad arbitraria. 

Precisamente por su apertura al mundo, el ser humano cosmopolita necesita un orden en el que pueda confiar. Si lo relativizara a la manera de Gehlen y Luhmann como arbitrario -lo principal es que es un orden, no importa cuál- lo socavaría como orden; el orden, sin embargo, es un asunto completamente serio para la persona cosmopolita. 

Por esta razón, no puede existir realmente una sociedad cosmopolita; las sociedades tienen fronteras y producen identidades que, porque el hombre cosmopolita no puede vivir sin ellas, son ocupadas por él libidinosamente, en casos graves religiosamente. 30] 

Políticamente, el cosmopolitismo sólo puede practicarse a partir de un mundo existente (parcial), en el reconocimiento de la alteridad de otros mundos (parciales) y, como concesión a ellos, en el reconocimiento de un derecho al autogobierno soberano de sus identidades -un derecho que sólo puede concederse a los demás si uno se lo concede a sí mismo y lo reclama para sí, así como viceversa.

 Las instituciones e identidades particularistas no pueden ser universalizadas -o liquidadas en un "discurso racional" conducente a la globalización- por la misma razón de que no son de origen natural; y quienes exigen a las sociedades la apertura al mundo en un sentido sustancial se la niegan en su único sentido formal posible: su libertad de desarrollo ulterior autónomo.

 Por cierto, un destino similar al del concepto de cosmopolitismo le ha tocado a otro concepto clave del catálogo de valores neoburgués alemán, el de la "sociedad abierta". Para Karl Popper, su inventor, una sociedad era "abierta" si permitía a sus miembros criticar sus instituciones incluso de forma radical, en contraste con las sociedades comunistas y fascistas, las sociedades de sus "enemigos". 31] 

Quien reinterprete la "sociedad abierta" como una sociedad abierta, es decir, no particularista, que se esfuerza por alcanzar el universalismo, tendría que ocuparse, además, de la cuestión de cómo debe cumplirse en ella la función del Estado (nacional) postulada por Popper, de garantizar la mayor igualdad posible entre sus ciudadanos, y en principio sólo entre ellos. 

También podía recordar el veredicto crítico del sociólogo liberal Ralf Dahrendorf, que no encontraba lugar en la "sociedad abierta" para esos lazos sociales permanentemente vinculantes ("ligaduras") sin los cuales no era posible la estabilidad social. 32] 

En cualquier caso, la sociedad abierta como imagen ideal de la superación universalista sin límites de la socialización particularista no puede invocar la teoría de Popper de la sociedad abierta, no sólo porque simplemente no es el sentido de esta última, sino también por su silencio sobre el problema fundamental de lo que constituye y mantiene unida una sociedad[33].

 El particularismo constitutivo de la vida social no imposibilita de ninguna manera la estatalidad multinacional; pero no debe asumir la diversidad social que se le atribuye. Cuanto más diverso es el panorama de socializaciones que abarca un Estado-nación multinacional, más precaria es su existencia. Más allá de un cierto grado de diferenciación, sólo la descentralización puede ayudar - o, si no se desea, la violencia, es cierto que sólo si y mientras esté disponible.

 Especialmente cuando se busca la cohesión a través de la descentralización, mucho, si no todo, depende de los detalles institucionales; éstos no pueden ser examinados aquí en sus múltiples ramificaciones. Además, siempre debe haber una buena medida de "estadismo", virtù y fortuna, habilidad y suerte, si se quiere armar y mantener una estructura heterogénea."               (Wolfgang Streeck , Soziopolis, 01/07/21)

28/9/21

Un estudio genético descubre que vascos y bereberes tienen un origen similar... predominan los genes de las poblaciones iberas iniciales, que escaparon en parte a las invasiones celta, romana y árabe. El resto de los iberos se mezcló más con los invasores, sobre todo celtas y árabes.

 "El análisis genético comparado de poblaciones vascas, del resto de España, sardas y argelinas ha llevado a la conclusión de que en los vascos predominan los genes de las poblaciones iberas iniciales, que escaparon en parte a las invasiones celta, romana y árabe posteriores. Entre sus antepasados predominarían, según los genes HLA estudiados por científicos españoles, los norteafricanos blancos de hace más de 10.000 años, de los que descienden los actuales bereberes. El resto de los iberos se mezcló más con los invasores, sobre todo celtas y árabes.

Estudiando la frecuencia de los genes HLA se puede elaborar el árbol de parentesco de las poblaciones humanas a lo largo de la historia. Es lo que han hecho los investigadores dirigidos por Antonio Arnaiz, catedrático de la Universidad Complutense, en vascos de San Sebastián, españoles de Madrid y argelinos de Argel. Ahora se están haciendo estudios similares en la población del Marruecos.Los HLA son genes muy variables que se utilizan para singularizar personas en estudios de paternidad y poblaciones en estudios antropológicos y para elegir las parejas donante-receptor en los trasplantes. En anteriores estudios se había encontrado que los vascos, sardos y el resto de los españoles están más cercanos en el árbol de parentesco a las poblaciones africanas que al resto de las poblaciones europeas, y apuntaban la existencia de un parentesco preneolítico entre ellos.

Por el Estrecho

El estudio de los genes HLA en una población de Argel, el primero que se hace con este detalle, señala Arnaiz, demuestra que los argelinos tienen un gran componente de genes de la población blanca paleonorteafricana (los actuales bereberes), que ocupaba el territorio norteafricano antes de las invasiones árabes del siglo VII. El parentesco genético de los argelinos resulta así ser muy estrecho con la población española en general, con los vascos y también con los sardos, otra población que se ha mantenido relativamente aislada, por su insularidad.Esto demostraría o bien que los iberos poblaron en alguna época preneolítica el norte de África o bien que pobladores blancos norteafricanos cruzaron el estrecho de Gibraltar hacia la península Ibérica. Lo último sería más probable, debido a los cambios climáticos que dieron lugar al actual desierto del Sáhara.

El origen común genético de vascos y argelinos casa con las similitudes encontradas por algunos lingüistas entre las lenguas vasca y la bereber, hablada por los miembros de este grupo étnico que viven en la actualidad en el norte de África.

Estos resultados han sido presentados en el congreso sobre Genoma Humano Europeo, celebrado los pasados 9 y 10 de noviembre en Barcelona, donde fueron corroborados, según Arnaiz, por otros dos trabajos, uno de ellos sobre el cromosoma Y de sardos y vascos, y otro con referencia a los argelinos. Los trabajos han sido publicados en revistas científicas, los últimos en Human Inmunology y Tissue Antigens, este año.

Para la muestra de vascos españoles se han tomado 82 personas de San Sebastián con apellidos característicos vascos en la últimas tres generaciones. Para el resto de los españoles se han tomado 176 personas de Madrid, consideradas como muestra representativa de la población española en general dada la gran inmigración que ha habido desde que dio comienzo la revolución industrial

Aislado genético y cultural

En el caso de los argelinos se ha partido del estudio del ADN de 106 ciudadanos de Argel que no habían recibido genes europeos durante al menos tres generaciones. Los estudios han sido financiados en parte por el Fondo de Investigaciones Sanitarias.De acuerdo con los estudios, los vascos representarían un aislado genético y cultural relativo de las poblaciones iberas iniciales. McEvedy y Jones, en su Atlas de poblaciones, recuerda Arnaiz, parten de que los habitantes antiguos de la península Ibérica recibieron una mezcla significativa de genes de los celtas de Centroeuropa (50% de nuevos genes) durante el primer milenio antes de Cristo. Luego las aportaciones de otros invasores fueron más bien comerciales y culturales que genéticas, con la excepción de la de los árabes, que en número de unos 30.000 (entre ellos muchos bereberes) se mezclaron con los aproximadamente cuatro millones de habitantes de la península Ibérica en el siglo VIII."                 (Malen Ruiz Elvira, El País, 24/11/95)

10/8/21

Rosa Luxemburg y el internacionalismo

 "En muchos momentos de su larga historia, el movimiento obrero ha tenido que optar: o bien apoyar el nacionalismo, la defensa nacional y la guerra, o bien luchar por el internacionalismo: Proletarios de todos los países, ¡uníos! Esta elección trascendental ha determinado el curso de la historia en muchos momentos decisivos.

Pocas figuras del movimiento socialista han estado tan comprometidas con el programa internacionalista como Rosa Luxemburg. Era judía, polaca y alemana, pero su única matria fue la Internacional Socialista. Es cierto, sin embargo, que este internacionalismo radical le llevó a adoptar posiciones cuestionables sobre la cuestión nacional. 

Por ejemplo, con respecto a Polonia, su país natal, no solo se opuso al llamamiento a la independencia nacional polaca, planteado por los socialpatriotas del Partido Socialista Polaco de Józef Piłsudski, sino que también rechazó el apoyo de los bolcheviques al derecho de autodeterminación de Polonia (incluido el derecho a separarse de Rusia).

Hasta 1914 basó sus puntos de vista en argumentos economicistas: dado que la economía polaca ya estaba integrada en la rusa, la independencia de Polonia era una reivindicación puramente utópica, compartida únicamente por sectores aristocráticos reaccionarios o pequeñoburgueses. Asimismo concibió las naciones como fenómenos fundamentalmente culturales, proponiendo por ello la autonomía cultural como solución a las demandas nacionales. Su enfoque adolece precisamente de la dimensión política de la cuestión nacional, resaltada en los escritos de Vladimir Lenin sobre la cuestión: el derecho democrático de autodeterminación.

Sin embargo, en un artículo, al menos, abordó la cuestión de una manera mucho más abierta y dialéctica: la introducción de 1905 a la recopilación La cuestión polaca y el movimiento socialista. En este ensayo establece una cuidadosa distinción entre el derecho legítimo de toda nación a la independencia ‒“que se desprende de los principios elementales del socialismo”‒ y la deseabilidad de esta independencia para Polonia, que ella niega. Insiste asimismo en que la opresión nacional es “la opresión más insoportable por su barbaridad” y solo puede provocar “hostilidad y rebelión”/1. 

No obstante, algunos años después, en su cuaderno de notas de 1918 sobre la Revolución Rusa ‒que contiene críticas muy válidas a las restricciones a la democracia y la libertad por parte de los bolcheviques‒, vuelve a rechazar toda referencia al derecho de autodeterminación de las naciones, tachándola de “fraseología pequeñoburguesa vacía”/2.

La mayoría de comentarios sobre el internacionalismo de Rosa Luxemburg ‒incluidos algunos escritos del autor de estas líneas‒ abordan principalmente, y a veces exclusivamente, sus tesis cuestionables sobre los derechos nacionales. Lo que se echa en falta en este terreno, sin embargo, es el lado positivo de su punto de vista: su destacada contribución a la concepción marxista del internacionalismo proletario y su rechazo obstinado de cualquier concesión a las ideologías nacionalistas y chovinistas. En las páginas siguientes trataré de resumir brevemente esta contribución.

Georg Lukács, en su capítulo sobre “El marxismo de Rosa Luxemburg” de Historia y conciencia de clase (1923), alega que la categoría dialéctica de totalidad es “la verdadera portadora del principio revolucionario en la ciencia”/3. Para él, los escritos de Luxemburg, especialmente La acumulación de capital (1913), eran buenos ejemplos de este enfoque dialéctico. Pero cabe decir lo mismo de su internacionalismo: ella analizaba, comentaba y juzgaba todas las cuestiones sociales y políticas desde el punto de vista de la totalidad, es decir, desde la perspectiva de los intereses del movimiento obrero internacional. 

Esta totalidad dialéctica no era una abstracción, un universalismo vacío, o un conglomerado de seres indiferenciados; en efecto, Luxemburg sabía muy bien que el proletariado internacional era una pluralidad humana compuesta de gente que tenía sus propias culturas, lenguas e historias; sus condiciones de vida y de trabajo también eran muy distintas. 

En La acumulación de capital hay una larga descripción del trabajo forzoso en las minas y plantaciones de Sudáfrica: nada equivalente podía encontrarse en fábricas alemanas. Pero esta diversidad, dice, no debería ser un obstáculo a la acción común. En otras palabras, para ella, al igual que para Marx y Engels, el internacionalismo significaba Proletarier aller Länder, vereinigt euch!, la unidad de la clase trabajadora de todos los países contra su enemigo común: el sistema capitalista, el imperialismo, las guerras imperialistas.

Por eso Luxemburg rechazó, poco después de su traslado a Alemania y su adhesión a las filas del Partido Socialdemócrata (SPD), toda concesión al militarismo, a los créditos de guerra, a las expediciones navales, etcétera. Mientras que el ala derecha socialdemócrata ‒incluidos Wolfgang Heine y Max Schippel‒ eran propensos a negociar acuerdos con el gobierno del káiser sobre estas cuestiones, ella denunció abiertamente tales capitulaciones, supuestamente justificadas por la “necesidad de crear puestos de trabajo”. El historiador Peter Nettl, en su biografía ‒útil, aunque limitada‒ de Luxemburg, se equivoca totalmente cuando considera que su oposición internacionalista a tales concesiones era un “ejercicio fútil y formal”, basado en la creencia de que el desempleo es un estímulo necesario para la lucha de clases/4.

Para Luxemburg, el internacionalismo no se limitaba, como pensaban tantos otros socialistas de su época, a los países europeos. Desde muy temprano, antes que la mayoría de los demás líderes socialistas, se opuso activamente a las políticas coloniales de los Estados imperiales europeos, y no ocultó sus simpatías por las luchas de los pueblos coloniales. Esto incluía, por supuesto, las guerras coloniales de Alemania en África, como la represión brutal de la revuelta del pueblo herero en África del Sudoeste (1904). En un discurso público de junio de 1911, explicó: “Los hereros son un pueblo negro que vive desde hace siglos en su tierra… Su crimen fue resistirse a los esclavistas blancos… y defender su tierra (Heimat) contra los invasores extranjeros… En esta guerra, las armas alemanas también se cubrieron de gloria… Mataron a los hombres, y las mujeres y menores… fueron empujadas al desierto ardiente/5.

En un escrito de 1902, Martinique, denuncia los crímenes del colonialismo occidental en las Antillas, Madagascar, Filipinas y, sobre todo, en China, donde Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania “se unieron en una gran liga de naciones” para asesinar y saquear el país. No olvida el imperialismo estadounidense, recordando cómo el “Senado de la caña de azúcar” en Washington envió “un cañón detrás de otro, un buque de guerra detrás de otro, millones y millones de dólares de oro, a Cuba para sembrar muerte y devastación”/6.

Al tiempo que condenaba las pretensiones imperialistas alemanas en el Norte de África ‒el llamado incidente de Marruecos en 1911, cuando Alemania envió buques de guerra a Agadir‒, calificó el colonialismo francés en Argelia de intento brutal de imponer la propiedad privada burguesa contra el antiguo comunismo clánico de las tribus árabes/7. En sus lecciones de economía política en la escuela de formación del SPD en 1907-1908, destacaba la conexión entre el comunismo moderno de las masas proletarias de los países capitalistas avanzados y los “antiguos vestigios comunistas que ofrecen una férrea resistencia en los países coloniales al avance” de la dominación imperial “hambrienta de beneficios”/8. Y en su ensayo económico más importante, La acumulación de capital (1913), explica que la acumulación capitalista a escala global no solo es una fase temprana, sino un proceso permanente de expropiación violenta:

La acumulación de capital, vista como proceso histórico, emplea la fuerza como arma permanente, no solo en su génesis, sino continuamente hasta el día de hoy. Desde el punto de vista de las sociedades primitivas implicadas, es una cuestión de vida o muerte; para ellas no cabe ninguna actitud que no sea de oposición y lucha hasta el final… De ahí que la permanente ocupación de las colonias por los militares, las revueltas indígenas y las expediciones punitivas sean el pan de cada día para cualquier régimen colonial/9.

Eran muy pocos los socialistas que en aquel entonces no solo denunciaban las expediciones coloniales, sino que también justificaban la resistencia de los pueblos colonizados y sus luchas. Esta actitud revela la naturaleza verdaderamente universal del internacionalismo de Luxemburg, por mucho que, por supuesto, su atención se centrara en Europa.

Luxemburg vio muy claramente el creciente peligro de una guerra europea y nunca dejó de denunciar los preparativos bélicos del gobierno imperial alemán. El 13 de septiembre de 1913 concluyó una charla que daba en Bockenheim, una ciudad próxima a Fráncfort, con una solemne declaración internacionalista: “Si piensan que vamos a blandir las armas asesinas contra nuestros hermanos franceses y de otros países, gritaremos: ‘¡No lo haremos jamás!’” De inmediato la fiscalía la acusó de “promover públicamente el incumplimiento de la ley”. En el juicio, que tuvo lugar en febrero de 1914, Luxemburg pronunció un valiente discurso, atacando el militarismo y la política belicista y citando una resolución de la Conferencia de Bruselas de 1868 de la Primera Internacional: en caso de guerra, la clase trabajadora debe declarar una huelga general. El discurso se imprimió en la prensa socialista y pasó a ser un texto clásico de la literatura antiguerra. La condenaron a un año de cárcel, pero las autoridades no se atrevieron a detenerla hasta después del comienzo de la guerra, en 1915/10.

Mientras que muchos otros socialistas y marxistas en Europa apoyaban a sus propios gobiernos en agosto de 1914, al comienzo de la primera guerra mundial, en nombre de la defensa de la patria, Luxemburg trató inmediatamente de organizar la oposición a la guerra imperialista. Sus escritos durante estos cruciales primeros meses no hacen ninguna concesión a la agresiva ideología patriótica oficial, al tiempo que desarrollan argumentos cada vez más críticos contra la miserable traición a los principios del internacionalismo proletario por parte de la dirección del SPD.

Para explicar lo que su biógrafo califica de “odio creciente” hacia la política del SPD, Nettl apunta a un “potente elemento personal”: “la eterna impaciencia y frustración, nunca superada, de emigrantes como Rosa Luxemburg con los pesados alemanes oficiales”. Lamentablemente, esta explicación personal no es muy útil, puesto que, como reconoce el propio Nettl, la oposición a la guerra en el seno del SPD no se limitaba a emigrantes extranjeros, sino que incluía a varias figuras genuinamente alemanas, entre ellas a Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin/11.

De hecho, el motivo de la indignación de Luxemburg ante la capitulación socialpatriótica de agosto de 1914 no era la impaciencia de la emigrante, sino el compromiso de por vida con el internacionalismo. Encarcelada varias veces por su propaganda antimilitarista y antinacionalista, resumió su punto de vista, coherente con sus principios, en un ensayo de 1916 titulado Entweder-oder (O lo uno, o lo otro), publicado por la Liga Espartaco en forma de panfleto clandestino: “La patria del proletariado, cuya defensa prima sobre todo lo demás, es la Internacional Socialista.” Pasó la hora de las medias tintas y las vacilaciones: ahora tocaba elegir lo uno o lo otro. “O bien la traición abierta y desvergonzada a la Internacional…, o bien tomar en serio a la Internacional, de manera que se convierta… en un bastión del proletariado socialista mundial y de la paz en el mundo/12.”

Dado que la Segunda Internacional había sucumbido bajo el impacto de lo que Luxemburg calificó de socialchovinismo ‒sustituyendo el lema Proletarios de todos los países, ¡uníos! por la propuesta Proletarios de todos los países, ¡cortaros el cuello unos a otros!‒, lanzó el llamamiento a constituir una nueva Internacional. En su propuesta, donde esbozó los principios básicos de esta futura Internacional, afirmó lo siguiente: “No puede haber socialismo al margen de la solidaridad internacional del proletariado y no puede haber socialismo sin lucha de clases. El proletariado socialista no puede renunciar a la lucha de clases ni a la solidaridad internacional, tanto en la paz como en la guerra, sin cometer suicidio/13.” Esta era, por supuesto, una respuesta al argumento hipócrita del influyente teórico Karl Kautsky de que la Internacional era un instrumento para tiempos de paz, pero por desgracia inadecuado para afrontar una situación de guerra, una idea que le sirvió de justificación del apoyo a la defensa nacional de Alemania en 1914.

Entweder-oder incluye una declaración personal en forma de confesión emotiva de los valores éticos y políticos más queridos de Luxemburg: “La fraternidad internacional de la clase trabajadora es para mí lo más eminente y sagrado que hay en la Tierra, es la estrella que me guía, mi ideal, mi patria; ¡prefiero morir antes que renunciar a este ideal!/14”

Luxemburg resultó ser profética con sus advertencias contra los males del imperialismo, del nacionalismo y del militarismo. Una profeta no es alguien que predice milagrosamente el futuro, sino alguien que, como Amós e Isaías, advierte a la gente de la catástrofe que se avecina a menos que se actúe colectivamente para prevenirla. Entre otros pronósticos, advirtió de que siempre habrá nuevas guerras mientras sigan existiendo el imperialismo y el capitalismo:

La paz mundial no puede garantizarse con planes tan utópicos o básicamente reaccionarios como los tribunales de arbitraje internacionales compuestos por diplomáticos capitalistas, tratados de desarme…, federaciones europeas, uniones aduaneras centroeuropeas,  Estados nacionales tampón y cosas por el estilo. El imperialismo, el militarismo y las guerras no desaparecerán ni se condenarán mientras se mantenga intacta la dominación de las clases capitalistas/15.

Calificó el nacionalismo de enemigo mortal de la clase obrera y del movimiento socialista y de caldo de cultivo del militarismo y la guerra. “La tarea inmediata del socialismo”, escribió en 1916, “será la liberación intelectual del proletariado de la dominación burguesa que se expresa en la influencia de la ideología nacionalista/16.” En el Fragmento sobre la guerra, la cuestión nacional y la revolución (1918) se lamenta del súbito ascenso de movimientos nacionalistas durante el último año de la guerra: “en el Brocken nacionalista se celebra hoy la noche de Walpurgis” (en referencia a la fiesta de las brujas de la mitología germánica). Estos movimientos son de naturaleza muy diversa, pues algunos son la expresión de clases burguesas menos desarrolladas (como en los Balcanes), mientras que otros, como el nacionalismo italiano, son puramente imperiales-coloniales. Esta “explosión mundial actual de nacionalismos” abarca una colorida variedad de intereses particulares, pero les une un interés común que se deriva de la situación histórica excepcional creada por Octubre de 1917: luchar contra la revolución proletaria mundial/17.

Lo que ella entendía por nacionalismo no era, desde luego, la cultura nacional, o la identidad nacional de distintos pueblos, sino la ideología que hace de La Nación el valor político supremo, al que debe supeditarse todo lo demás (“Deutschland über alles”).

Sus advertencias fueron proféticas, en la medida en que algunos de los peores crímenes del siglo xx ‒de la primera a la segunda guerra mundial (Auschwitz, Hiroshima) y después‒ se cometieron en nombre del nacionalismo, de la hegemonía nacional, de la defensa nacional, del espacio vital para la nación, etc. El propio estalinismo es producto de una degeneración nacionalista del Estado soviético, expresada en el lema del socialismo en un solo país. Se pueden criticar algunas de las posiciones de Luxemburg en relación con las reivindicaciones nacionales, pero lo cierto es que percibió los peligros de la política del Estado nacional: conflictos territoriales, limpieza étnica, opresión de las minorías. Por supuesto, no pudo predecir genocidios.

Hoy, la cuestión del internacionalismo ha vuelto a adquirir protagonismo. La globalización del capital ha impuesto su poder a escala planetaria hasta un grado que no tiene precedentes en la historia, favoreciendo unos niveles obscenos de desigualdad y provocando consecuencias catastróficas para el medio ambiente (cambio climático). A través de sus instituciones –FMI, Banco Mundial, OMC, G-8– ha logrado crear un bloque unido de las clases capitalistas dominantes en torno al neoliberalismo y la desregulación. Las clases subalternas van a la zaga, están fragmentadas y dispersas y carecen de formas eficientes de organización internacional.

El principal signo de esperanza es el nuevo movimiento internacional por la justicia global, que siembra las simientes de una nueva cultura internacionalista. La convergencia de socialistas, sindicalistas, feministas, ecologistas, gentes trabajadoras y campesinas, comunidades indígenas, redes de acción directa en la lucha común contra la globalización empresarial, es decir, capitalista, constituye un paso adelante importante. El legado de Rosa Luxemburg no puede dar todas las respuestas, pero sí sugerir algunas lecciones importantes para este movimiento:

  1. I) El enemigo no es la globalización, ni simplemente el neoliberalismo, sino el propio sistema capitalista mundial.
  2. II) Mientras prevalezca este sistema habrá nuevas guerras, nuevas intervenciones imperialistas, nuevas purgas étnicas.

III) La alternativa a la hegemonía capitalista global no es la soberanía nacional, la defensa de lo nacional frente a lo global. Es globalizar, o sea, internacionalizar, la resistencia.

  1. IV) El sistema capitalista incuba el nacionalismo, la xenofobia, el racismo, así como formas fascistas o semifascistas, que suponen un peligro mortal para la democracia y el socialismo.
  2. V) La alternativa a los imperios no es una forma regulada, humanizada, de capitalismo, sino una nueva civilización mundial socialista y democrática.

El internacionalismo de Rosa Luxemburg es particularmente relevante en el siglo xxi para una cuestión que en su época era prácticamente desconocida: la crisis ecológica. El cambio climático no conoce fronteras nacionales, es una cuestión global que solo puede abordarse a escala internacional. Esto lo comprendió bien una improbable heredera de Luxemburg, la joven Greta Thunberg, que llamó a una exitosa huelga escolar global que movilizó a millones de jóvenes en todo el mundo.

El cambio climático representa la mayor amenaza para la vida en la historia de la humanidad. Algunos gobiernos burgueses (Trump, Bolsonaro) niegan el cambio climático y, en nombre del interés nacional, promueven enérgicamente los combustibles fósiles; otros (Europa, EE UU bajo Biden y Canadá) pretenden adoptar algunas medidas para reducir sus emisiones de carbono, pero sin ningún resultado efectivo. Todos están comprometidos con las reglas del mercado y de la acumulación de capital, actuando en función de las necesidades de la competitividad de sus economías nacionales.

Para parafrasear un conocido pasaje de Walter Benjamin: o bien activamos los frenos de emergencia revolucionarios para parar el tren de la civilización industrial capitalista moderna, o bien este proseguirá su carrera suicida al abismo, la catástrofe ecológica. En esto también pasó la hora de las medidas tintas. O lo uno, o lo otro, entweder-oder."

(Michael Löwy, profesor de la École des hautes études en sciences sociales, Viento Sur, 05/08/21)