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24/2/23

Un paradigma de crecimiento e innovación verde... Hacer frente al reto del cambio climático exige a la socialdemocracia un nuevo paradigma social... Europa se encuentra en un momento crucial. Después de cuatro décadas, el neoliberalismo se ha agotado. El centro de gravedad del debate económico se está desplazando hacia la izquierda... El Fondo Monetario Internacional, junto con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, ha puesto patas arriba el "consenso de Washington" y ha dado su visto bueno a las estrategias de inversión pública. La pandemia ha reforzado esta tendencia. El keynesianismo y el gobierno activo están de vuelta. Esto ofrece a una socialdemocracia tambaleante la oportunidad de volver a aplicar sus principios básicos y establecer nuevas alianzas. Sin embargo, para aprovechar este terreno favorable, necesita ofrecer un paradigma de crecimiento e innovación adecuado para el desafío. Se necesitan cinco pasos clave...

 "Europa se encuentra en un momento crucial. Después de cuatro décadas, el neoliberalismo se ha agotado. El centro de gravedad del debate económico se está desplazando hacia la izquierda. El creciente reconocimiento de la emergencia climática ha acelerado el cambio de perspectiva. El Fondo Monetario Internacional, junto con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, ha puesto patas arriba el "consenso de Washington" y ha dado su visto bueno a las estrategias de inversión pública.

La pandemia ha reforzado esta tendencia, demostrando el papel vital del gobierno y las instituciones públicas en la protección de los ciudadanos. La Unión Europea anunció un plan pionero de recuperación ecológica de 750.000 millones de euros en el verano de 2020, que implica por primera vez la creación de una deuda europea común.

El keynesianismo y el gobierno activo están de vuelta. Esto ofrece a una socialdemocracia tambaleante la oportunidad de volver a aplicar sus principios básicos y establecer nuevas alianzas. Sin embargo, para aprovechar este terreno favorable, necesita ofrecer un paradigma de crecimiento e innovación adecuado para el desafío. Se necesitan cinco pasos clave.

Armonía con la naturaleza

 En primer lugar, tiene que reconocer que el viejo modelo de economías con altas emisiones de carbono y uso intensivo de combustibles fósiles está agotado. La tarea principal no es que "el hombre conquiste la naturaleza", sino que la humanidad trabaje en armonía con ella. La socialdemocracia no puede seguir siendo el partido de la industrialización tradicional y de los intereses de los productores. Para salvaguardar nuestro futuro común, un nuevo modelo de desarrollo sostenible con bajas emisiones de carbono debe convertirse en el "sentido común" de la época. Eso es lo que han formulado los artífices de la política del Pacto Verde Europeo.

 Esto representa un profundo desafío para la corriente principal de la izquierda. En Gran Bretaña, los laboristas, al igual que muchos de sus homólogos europeos, subestiman la magnitud de la transformación necesaria para que las economías del mundo adopten una trayectoria de cero emisiones netas. Todavía conserva el bagaje de la era industrial, con una fijación del lado de la oferta en tecnologías largamente anunciadas pero económicamente no probadas, como la captura y el almacenamiento de carbono, o costosas y arriesgadas como la energía nuclear.

En segundo lugar, esto requiere un cambio de lenguaje y de mentalidad. La "revolución industrial verde" ya no debería ser la metáfora elegida, ni el término "listo para la acción" el favorito para la inversión pública. Estos términos hablan de una era industrial que se va. En su lugar, los socialdemócratas deben adoptar un lenguaje de modernidad del siglo XXI. El potencial de una combinación de innovación social y revolución digital para transformar las infraestructuras "blandas" debe estar en el centro de la política y la práctica medioambientales. En la actualidad, estas infraestructuras ocupan un lugar secundario con respecto a las "duras".

 Las nuevas tecnologías abren nuevas perspectivas en este sentido. Ciudades como Manchester o Milán han respondido a la pandemia reconfigurando sus sistemas urbanos. Las plataformas y aplicaciones digitales ofrecen billetes simplificados, información de viajes en tiempo real, opciones de transporte integradas y uso compartido de bicicletas y vehículos. Los alcaldes de las ciudades europeas del siglo XXI pueden crear versiones de un "socialismo de plataforma" que sería el equivalente moderno del "socialismo municipal" del siglo XIX de Joseph Chamberlain en Birmingham.
Amplia alianza de actores

En tercer lugar, la política del pacto verde ofrece un papel importante a los trabajadores y a las comunidades locales en la transición hacia la sostenibilidad. Esto puede manifestarse a veces como una vuelta a un tipo de política de clase anticuada. No se trata de un modelo simplista de transformación verde dirigida por las empresas ni de la reafirmación de un movimiento obrero exclusivo.

El éxito de las transiciones hacia la sostenibilidad depende de una amplia alianza de actores sociales con una visión compartida. El pluralismo tiene que estar en el centro de cualquier movimiento ecológico exitoso. El reto principal es mostrar oportunidades positivas para nuevas coaliciones amplias, que combinen beneficios medioambientales y laborales, como ocurre con la transición a la vivienda de bajo consumo.

 Al mismo tiempo, la enormidad de la emergencia climática y la diversidad de las fuerzas progresistas en toda Europa hacen que los partidos socialdemócratas deban establecer amplias coaliciones políticas y alianzas electorales. Este es un problema especialmente grave en el Reino Unido, con su sistema parlamentario "first past the post". Pero, de forma más general, todos los sectores de la izquierda tienen que reconocer que la era de los partidos de masas que representaban al grueso de la clase trabajadora es también una reliquia de la época industrial que se va.
Cambios en el estilo de vida

En cuarto lugar, el Green Deal europeo subraya, con razón, la importancia del empleo y la suficiencia material para todos como beneficios colaterales necesarios de las acciones medioambientales. Sin embargo, en la izquierda esto se desliza con demasiada facilidad hacia una visión implícitamente economicista de las aspiraciones sociales. El atractivo potencial de los cambios en el estilo de vida a través de las transiciones hacia la sostenibilidad, tanto para los individuos como para las instituciones, no se tiene en cuenta. El miedo a ser acusado de predicar deja sin respuesta un panorama de consumo insostenible.

 El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático contiene por primera vez un capítulo sobre estas medidas del lado de la demanda y el cambio de comportamiento, que ilustra que los cambios de estilo de vida son una parte esencial para llegar a la sostenibilidad. A medio plazo, la transición de la movilidad ofrece comodidad, la transición de la alimentación ofrece salud y mejora de la dieta y la transición de los edificios ofrece comodidad y reducción de las facturas de combustible. La ausencia de políticas positivas sobre el estilo de vida es una grave carencia política que una socialdemocracia transformadora debe abordar.

En quinto lugar, en el mundo interconectado del siglo XXI no hay refugios nacionalistas. Algunas partes de la izquierda en Europa, como La France insoumise, todavía tienen que aceptar que las economías se han escapado de la correa de los pequeños y medianos Estados-nación que la componen.

 El "Green Deal" hizo añicos las ortodoxias financieras que los ordoliberales habían insistido en que eran sacrosantas. Los socialdemócratas tienen que hacer campaña con otros para que esta capacidad fiscal verde de la UE sea permanente. Ya se ha iniciado el debate sobre la necesidad de un fondo de inversión que dé continuidad a NextGenerationEU.

El jefe de la Federación de Industrias Alemanas (BDI), Joachim Lang, ha indicado que su organización está abierta a la idea de que la UE pida préstamos para ayudar a financiar la enorme inversión pública y privada necesaria para cumplir los objetivos climáticos alemanes y europeos. Para cumplir sus objetivos climáticos, Alemania necesita una inversión adicional de 860.000 millones de euros hasta 2030", ha dicho Lang, y para conseguirlo el Gobierno alemán debería debatir "el endeudamiento y la financiación a nivel de la UE". Esta medida confirmaría que la adopción del "Green Deal" por parte de Europa no fue una transacción única, sino un primer paso hacia una macroeconomía verde y eurokeynesiana, con capacidad para ser un líder mundial en materia de cambio climático.

 Desafío político y cultural

Este es el reto político y cultural que debe superar la izquierda para que la socialdemocracia resurja y asuma plenamente la agenda del cambio climático. Se están creando alianzas de base amplia. La Ampelkoalition en Alemania supone un verdadero avance. Demuestra cómo la crisis climática puede reunir a los mundos de la ciencia, la sociedad civil y las empresas y remodelar la política de los partidos y el gobierno, forjando nuevas coaliciones en el proceso.

El logro histórico de los movimientos socialistas del siglo XX no fue sustituir el capitalismo, sino civilizarlo. El auge del ecologismo inspirado en el cambio climático podría permitirnos descarbonizarlo y transformarlo. El frente popular de la voluntad climática está en marcha. Los próximos años pondrán a prueba si la izquierda europea es capaz de desempeñar un papel clave para garantizar el éxito de este impulso de modernización verde."    
          (  , Social Europe, 31/10/22; traducción DEEPL)

16/1/23

"El decrecimiento es un mal marco político, es demasiado opuesto al sentido cultural dominante"... hay que hablar de poscrecimiento... Cualquier medida que se tome que implique aumentar el bienestar a costa de no aumentar el impacto ambiental se puede considerar una política poscrecentista. Por ejemplo: favorecer muchísimo el transporte público, reducir la jornada laboral, hacer una reforma del sistema de cuidados, hacer que las empresas tiendan a modelos más cooperativos... Se puede hacer mucho para que los escenarios a los que nos enfrentemos no sean los peores posibles... Construir sociedades más justas, más resilientes, más democráticas, con más confianza en las instituciones, donde la gente apueste más por lo público frente al sálvese quien pueda neoliberal es también una medida de adaptación contra el cambio climático

 "En España, la transición ecológica gana cada vez más fuerza en la agenda política de la izquierda. Hay un amplio consenso sobre la gravedad de la crisis ecosocial que enfrenta el planeta, un disruptivo escenario que por sus manifestaciones (el invierno más cálido de la historia en Europa, por ejemplo) ya no es ni abstracto ni futurista. 

En el progresismo, sin embargo, conviven posturas diferentes sobre cómo afrontar el agotamiento de un capitalismo global construido bajo los cimientos de los combustibles fósiles. Muchos científicos y ecologistas alertan que no hay mucho margen para los matices. Desde el activismo y la divulgación (redes sociales), advierten que los países desarrollados tienen que "decrecen" para evitar un "colapso civilizatorio". 

Otras voces (académicos, expertos en energía, dirigentes políticos), en cambio, son menos categóricas y alarmistas. Entienden que muchas de las dificultades pueden sortearse avanzando lo más rápido posible hacia un "capitalismo verde", un modelo que necesita, cuanto antes, de un masivo despliegue de las energías renovables. 

 Héctor Tejero (41 años), diputado de Más Madrid -doctor en Bioquímica y Biología Molecular y activista climático, forma parte de este segundo grupo. Es uno de los máximos referentes locales del Green New Deal (Nuevo Acuerdo Verde), que combina el color que identifica a la lucha por el clima con la referencia al New Deal que el presidente Roosevelt lanzó para salir de la Gran Depresión en los años 30.

Eres una de los referentes políticos e institucionales del amplio movimiento que está muy alarmado por la crisis ecosocial que tenemos en puerta. ¿Cuán complicado es ese rol, el de intentar darle institucionalidad a este disruptivo escenario?

Es un rol complicado, pero es el momento más fácil de los últimos años. En este último tiempo, la preocupación por la crisis ecosocial, sobre todo por el cambio climático -la manifestación más palpable, llamativa y urgente- ha ganado un terreno político y mediático que no tenía desde los años 70. Es cierto que faltan muchas batallas por dar y ganar. Necesitamos lograr una consciencia ambiental generalizada. Hemos dados grandes pasos, sobre todo desde el 2019 a esta parte. Siento que vamos por el buen camino, aunque demasiado lento, lamentablemente. Por suerte, en España y gran parte de Europa, el negacionismo climático es residual. En las últimas encuestas, al menos en España, el porcentaje de población que niega el cambio climático como consecuencia de la actividad humana es entre un 8 y 10 por ciento. Pero es verdad que queda por conseguir que aquello que todo el mundo da por importante se transforme en relevante en términos políticos. Porque cuando uno aterriza en las medidas concretas aparecen los problemas: falta de aceptación de muchas medidas y falsos debates que se establecen en la esfera pública, bien o mal intencionados. En este contexto, lo que estamos viendo ahora es un fenómeno de "retardismo", sobre todo en parte del poder económico y en la derecha: sin negar los efectos del cambio climático, se toman medidas para no avanzar lo rápido que requiere esta emergencia.

¿Cuánto falta para que esta crisis ecosocial sea el tema excluyente de la agenda política? La sensación es que el capitalismo global está frente a un tsunami y que, sin embargo, las discusiones políticas siguen girando muy en el corto plazo.

A ver, a nivel europeo las políticas climáticas se tienen muy en cuenta. Yo no sé si en algún momento, por la propia naturaleza del cambio climático, que va empeorando de forma progresiva, surgirá un quiebre o un hito trascendente que genere amplios consensos. Dudo que la crisis ecosocial se convierta en un tema excluyente en el corto plazo. Creo que será un tema que irá permeando todas las conversaciones. Los aterrizajes en experiencias cotidianas van calando, ya sea incendios cercanos, inundaciones o ir un día en manga corta en invierno. El gran tema, lo veo complicado. Sí esta crisis va a atravesar todos los temas en los próximos años. Ya está pasando, pero será cada vez más intenso. Y hay que tener en cuenta que la crisis ecosocial no se va a manifestar solo como tal. Una crisis migratoria, puede ser una manifestación. Lo mismo que cosechas perdidas y problemas en los suministros de alimentos.

La teoría del decrecimiento empieza a expandirse con mucha fuerza. La UE, por ejemplo, va a financiar investigaciones sobre su factibilidad. Para muchos científicos y ecologistas es una transformación inevitable para evitar el colapso. Entiendo que adhieres a esa "brújula", pero así y todo eres crítico con el concepto ¿Por qué?

Yo creo que el decrecimiento es una necesidad. Aunque hay que matizarlo porque no todos los países y todos los individuos tienen que decrecer. Mis críticas al decrecimiento van en un sentido más político y científico. Mi sensación es que el decrecimiento se ha contentado con simplemente enunciar algo que es tan cierto como banal: que no hay crecimiento infinito en un planeta finito. Es casi una tautología. Pero al mismo tiempo decir eso no te soluciona nada. Es una buena noticia que se financien proyectos científicos de investigación para darle contenido y marco a la idea de decrecer. Porque es fácil decir que hay que decrecer, pero cómo se aterriza eso en las realidades concretas y cómo se logra una transición decrecentista sin caos no es tan sencillo. Hay mucho qué y poco cómo. La segunda crítica que le hago es que el decrecimiento es un mal marco político, es demasiado opuesto al sentido cultural dominante. Es importante que haya gente que diga que hay que decrecer, que se teorice sobre el decrecimiento, pero creo que se trata de un debate al que le quedan muchos años. De momento estamos en una disputa mucho menos ambiciosa: la transición ecológica en una sistema que siga creciendo. Incluso aunque tengamos el decrecimiento como objetivo último, es necesario utilizar términos que choquen de una forma menos frontal. Con Emilio Santiago Muíño (antropólogo ambiental) nos gusta hablar de poscrecimiento, aunque tampoco es muy sexi que digamos. ¿Cuál es la idea? Una gran coalición que busque construir una sociedad ecológicamente sostenible y justa, sin sobrepasar los límites planetarios, pero sin un choque político directo contra la idea de crecimiento, sino más bien un abordaje colateral. Esto nos parece factible. Políticamente, en la necesidad de construir mayorías amplias, el poscrecimiento puede llegar a medidas concretas y prácticas, sobre todo en la agenda de gobiernos progresistas, frente a la visión abstracta que caracteriza al decrecimiento.

La álgida crispación entre decrecentistas y los referentes del Green New Deal no atenta contra esta coalición que planteas.

Hay margen para consensos, aún en el enfrentamiento discursivo. Nadie alertado por la crisis climática y ecosocial está negando que vamos a una situación hipotéticamente catastrófica si no se hace nada. No creo que haya nadie, esté a favor de un discurso más apocalíptico, más optimista, más institucionalista o menos institucionalista, que esté poniendo paños calientes a los que nos enfrentamos, a corto, a medio y a largo plazo. Hay dos grandes debates: uno sobre cómo se va a desarrollar la crisis ecosocial, si como un colapso, como una pérdida muy rápida en términos sociales y de abruptas dificultades de los Estados y de las economías para controlar los territorios; o si lo que vamos a ver es empeoramientos continuos, que sin quitarle gravedad, van a dar lugar a una crisis más lenta y progresiva. El otro debate es cómo se comunica. Y yo pienso realmente que estamos a tiempo de evitar los peores escenarios. Vamos a una situación dura, pero no terminal. Hace cinco años los modelos nos daban que íbamos a llegar a los seis grados por encima de la temperatura industrial en 2100. Ahora estamos en 2,5. Es un escenario muy duro y muy complicado. Creo que hay margen para mitigar y para adaptar. Y creo que tanto en el fondo como en las formas se pueden llegar a acuerdos para trabajar en forma conjunta. Lo que pasa es que se está viendo que estos marcos generales sobre cómo se concibe la crisis ecosocial, dan paso a debates más cotidianos sobre la velocidad de las renovables o la minería, por ejemplo. Y en estos debates es donde se ven más roces.

Has asociado al poscrecimiento con medidas concretas y prácticas. ¿Cuáles, por ejemplo?

Cualquier medida que se tome que implique aumentar el bienestar a costa de no aumentar el impacto ambiental se puede considerar una política poscrecentista. Por ejemplo: favorecer muchísimo el transporte público, reducir la jornada laboral, hacer una reforma del sistema de cuidados, hacer que las empresas tiendan a modelos más cooperativos. Son medidas posibles que tienen más variables en juego que lo puramente ambiental. La reducción de la jornada laboral la propusimos en Más País en 2020. Es una medida clave en todos los estudios y análisis de decrecimiento. Y es una medida que se pueda dar, que se pueda avanzar. Ahora bien, no tiene por qué imponerse ni ser aceptada por ser una medida de poscrecimiento. Quizás mucha gente la acepte porque quiere estar más tiempo con su familia. Y quizás muchas empresas la acepten porque aumenta la productividad. A esos equilibrios apostamos. Y de esto estamos hablando cuando planteamos la necesidad de armar coaliciones para superar esta crisis.

¿Podemos compaginar crecimiento económico, bienestar social y ecológico desde un capitalismo verde? ¿Es ganar tiempo, como te leí decir, o es estirar la agonía de un sistema difícil de sostener en el tiempo?

El capitalismo no es un sistema sencillo de tirar abajo. Es un poco adanista pensar que una crisis ecológica fuerte va dar como resultado un cambio de sistema. No creo que la solución inmediata a la crisis ecosocial sea la impugnación del capitalismo. Lo que planteamos con el Green New Deal es que necesitamos ganar tiempo, diez, veinte o treinta años. El capitalismo verde no es lo peor. Es paradójico que aquellos que ponen por delante los peores escenarios posibles, pongan al capitalismo verde a la par. Si logramos retrasar veinte o treinta años los escenarios climáticos más grave, nos podría dar tiempo para construir alternativas sociales que realmente pueda enfrentarse al capitalismo de tú a tú. 

Jorge Riechmann plantea una paradoja fulminante: lo ecológicamente necesario es políticamente imposible. ¿Entonces?

Pues rebelarse contra esa afirmación. Riechmann es de los grandes referentes del ecologismo en este país. Yo cambiaría la palabra imposible por complicado. Jorge parte de esa visión de un colapso inevitable, pronto y muy de prisa. Mi visión, como ya dije, es que la crisis climática se va a desplegar un pelín más lenta. Y eso da márgenes. Si se puede ir a peor, se puede ir a mejor. Nunca hay un punto en el que no se pueda hacer nada más. Esta, quizás, es una de las principales desventajas de haber utilizado los umbrales de 1,5 y 2 grados. El cambio climático tiene un componente muy lineal, pero sus efectos no son lineales. Estamos hablando de escalas temporales de muchas décadas, cuando no siglos o milenios. La principal crítica a esa frase, a esa posición, es que no estamos condenados a la imposibilidad. Se puede hacer mucho para que los escenarios a los que nos enfrentemos no sean los peores posibles. Hay que dar la disputa. Y no hablamos solo de disputas técnicas. Construir sociedades más justas, más resilientes, más democráticas, con más confianza en las instituciones, donde la gente apueste más por lo público frente al sálvese quien pueda neoliberal es también una medida de adaptación contra el cambio climático.

Ahora bien, más allá de las velocidades de la crisis, sea progresiva o en forma de colapso, ¿cuán importante es que los ciudadanos de a pie de las economías desarrolladas entiendan que los actuales niveles de producción y consumo son muy difíciles de sostener?

Sin dudas. El gran reto del ecologismo es construir modelos de vida buena que sean sostenible a nivel global y que, sobre todo, sean deseables. Una transición ecológica y política de este calibre implica renuncias y conquistas. Hay que construir horizontes de vida buena para que las renuncias, que van a ocurrir, traigan mejoras. Esto ha pasado en cualquier transición. Lo que no podemos pretender es simplemente decirle a la gente que como el modo de vida occidental tiene un impacto ecológico altísimo hay que buscar otro alternativo. La crisis climática pone de manifiesto que la ciencia tiene una capacidad de convencer bastante reducida. No se trata de tener razón, de tener modelos buenos de predicciones. Se trata también de generar modelos de deseo en la gente. ¿La gente prefiere viajar permanentemente o prefiere más tiempo libre para pasar con su familia? Habrá un poco de todo. Son modelos alternativos a los que nos podemos adaptar y que, en muchos casos, van a mejorar nuestra calidad de vida. Hay hábitos, claro está, que son insostenibles, como el consumo de carne de las economías más desarrolladas, que implica arrasar otras zonas del planeta. Nadie asegura una salida justa a la transición ecológica. La transición va a ocurrir. El mundo va a cambiar en su forma de consumir y producir. ¿Va a ser justo este cambio? Eso lo van a decir las políticas públicas, las instituciones, los movimientos sociales y las conquistas culturales.

¿Qué papel va a jugar el movimiento ecologista en esta transición? Te escuché decir que es necesario que "salga de las trincheras".

Lo dije y puede que no haya tenido el suficiente cuidado. Y quiero tenerlo: el ecologismo ha hecho un papel casi heroico en este país. Pero durante mucho tiempo, por la situación política de extensión de la consciencia ambiental, ha jugado un papel muy de resistencia, de evitar los males. El consenso frente a la nuclear en muchos países de Europa es una gran victoria del ecologismo, por ejemplo. O los consensos sobre la necesidad de reciclar. Pero siento que en muchos casos seguimos en una posición más existencialista. Creo que ahora la urgencia amerita salir más a la ofensiva. Proponer, generar y producir horizontes de vida en un terreno mucho más complicado en el que va a haber mucha gente discutiendo sobre esto. Entendiendo que nuestras posiciones no están tan extendidas como nos gustaría.

¿Dónde te posicionas en el debate que empieza a darse en muchas comunidades autónomas entre "desarrollo" y "conservación" ante la necesidad de acelerar el despliegue de las renovables?

Lo tengo muy claro. No es un problema ni de espacio, ni de amenazas. Es un problema de planificación. El Estado en sus múltiples niveles tiene que aceitar los mecanismo de planificación para permitir acelerar ese desarrollo. Se están haciendo muchas barbaridades con las renovables, eso no lo niega nadie. Volvemos a lo anterior: la transición ecológica no tiene por qué ser justa social o territorialmente. Que lo sea es una disputa política. Ahora bien, frenando esas grandes barbaridades, esos grandes desarrollos especulativos, hay que avanzar en un despliegue muy rápido de las energías renovables. Eso hay que hacerlo. ¿Va a haber conflictos? Sí, van a surgir conflictos. Pero ninguno es irresoluble. Hay que tener en cuenta que en general, no a nivel local, para la biodiversidad es mucho más peligroso no implantar las renovables que implantarlas. El cambio climático es una amenaza mucho mayor para la biodiversidad que la instalación de renovables. ¿Qué hay que hacer? Excluir zonas de protección ambiental y evitar que los municipios se vean inundados de placas solares o aerogeneradores, por ejemplo. Pero lo que no hay que hacer es llevar esto a un conflicto generalizado entre agricultura vs. renovables o entre renovables y biodiversidad. A nivel local puede ocurrir de todo. Y las posturas son muy entendibles. Pero a nivel general no tiene por qué darse ningún conflicto. La agricultura es un sistema que tiene un profundo impacto ambiental. Y a nivel global es la principal amenaza para la biodiversidad, mucho más que la deforestación o que las renovables. Hay que empezar la transformación. Eso implica transformar el sistema agrícola y transformar el sistema energético. Me parece que se le está buscando tres pies al gato en este tema.

La sensación es que el reglamento urgente que aprobó la UE para acelerar las renovables, en los que se flexibilizan muchos controles, no ayuda a suavizar este conflicto. 

No he leído en detalle el reglamento aprobado. Sé que la parte más controvertida era la de no implementar infraestructura renovable en la Red Natura 2000, que finalmente ha quedado excluida. Tendría que ver en detalle que se ha liberalizado para dar una opinión. Porque se si aprueba que haya silencio administrativo para una instalación de autoconsumo, es decir que uno puedo solicitarla y se nadie dice nada en un mes, puede colocarse, me parece una medida de desregulación positiva. Volvemos a lo mismo. Lo que hay que hacer es ser lo más restricto posible en los controles. Y si una inversión cumple todos los criterios, con participación local, con un código de buenas prácticas, con la autorización medioambiental, con generación de empleo, etc. que salga mañana mismo. No es el momento de desregularizar a lo loco, como no es el momento de hacer moratorias a lo loco.

Tienes la ventaja de palpar las posturas sobre esta crisis ecosocial desde dentro de la política institucional. En la izquierda, con sus matices, la preocupación es cada vez más evidente. ¿Cuá es la táctica de la derecha?

A nivel global y europeo la extrema derecha aún está decidiendo qué quiere ser. En España Vox es un partido claramente negacionista a niveles ridículos, que, a mi juicio, le resta más de lo que le suma. La crisis ecosocial es un campo abonado para cualquier posición política. Hay posturas como la de Marine Le Pen que asumen esta crisis y que pretenden abordarla con medidas clasistas y autoritarias, como imponer fronteras. Por ahora en España, la extrema derecha es puro negacionismo con algunos avances como la defensa de la soberanía energética o el no rechazo a las renovables. Aventuro situaciones violentas, incómodas y turbias si la extrema derecha se mete de lleno en el tema de las renovables en el territorio.  Este negacionismo, al menos en España, hace que sea fácil contrarrestar estos discursos, pero al mismo tiempo legitima las posturas retardistas que se están haciendo mayoritaria entre la derecha más moderada. Ayuso, la política más relevancia nacional del PP que más se ha manifestado sobre este tema, oscila entre decir que su modelo de desarrollo va a ser sostenible y que el cambio climático ha ocurrido siempre. Está en una especie de construcción nebulosa. En medio de sus crisis de identidad generalizada, el PP se debate entre ser el partido afiliado a Von der Leyen, posicionada en una derecha que ve necesaria la transición ecológica, y ser el partido que tiene que gobernar con Vox, una formación claramente negacionista."                       (Andrés Actis, LPO, 10/01/23) 

8/9/22

Max Ajl “Las propuestas para un Green New Deal hechas desde el Norte continúan con la dominación neocolonial del Sur”... Un Green New Deal socialista o de los pueblos se aseguraría de que la propiedad intelectual fuera de domnio público, e intentaría desarrollar la tecnología en colaboración con las personas más pobres que la necesitaran, y tendría en cuenta los impactos ecológicos de las tecnologías industriales frente a las no industriales... La agricultura es un sector clave para llegar a unas auténticas emisiones cero de CO2... Esta reducción es una cuestión de supervivencia para que los estados del Sur puedan resistir este siglo. Por lo tanto, tenemos que situar la agricultura en el centro de la planificación del uso de la tierra, incluyendo la planificación a nivel nacional de la producción agroecológica

 "Este sociólogo ha escrito la que es quizá la mejor crítica al Green New Deal, tanto en su versión neoliberal como su alternativa socialdemócrata, y da herramientas para imaginar un futuro ecosocialista de la mano de un decrecimiento socialmente justo.

Max Ajl no se muerde la lengua, ni cuando escribe ni cuando habla. Este sociólogo rural instalado en Túnez, investigador asociado al Observatorio Tunecino para la Soberanía Alimentaria y el Medio Ambiente y al Grupo de Sociología Rural de la Universidad de Wageningen, ha escrito la que posiblemente sea la crítica más feroz de los modelos dominantes del Green New Deal, tanto el socialdemócrata como el liberal. Con un leguaje tan mordaz como riguroso, su A People’s Green New Deal [Un Green New Deal de los pueblos], publicado por Pluto Press, es un libro urgente que, además de manifestarse contra el eurocentrismo de las políticas verdes occidentales, dedica la mitad de sus páginas a elaborar propuestas alternativas.

Su método bebe del internacionalismo antiimperialista y anticolonialista del rico pensamiento radical del Sur Global —desde la teoría marxista de la dependencia de Ruy Mauro Marini o Vania Bambirra, al análisis de sistemas-mundo tercermundista de Samir Amin o la decolonialidad de Enrique Dussel—, para así abordar de frente, sin subterfugios, la actualidad de la emergencia climática y el intercambio ecológicamente desigual entre centro y periferia, e imaginar un futuro ecosocialista de la mano de un decrecimiento socialmente justo.

El antropólogo económico Jason Hickel ha calificado el trabajo de Ajl como “el mejor libro hasta ahora sobre el Green New Deal”; la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz como un texto “lúcido y profundo con un verdadero programa político de supervivencia y renovación”, donde “casi todas las frases son urgentes y dignas de ser citadas”; el activista indígena Nick Estes lo ha calificado como “un trabajo crítico” para que, ante la emergencia climática, el Norte entienda la persistencia del anticapitalismo y el antiimperialismo en el Sur; y el biólogo evolutivo Rob Wallace ha invitado a su lectura a todos aquellos que “realmente quieran saber qué necesita nuestra especie para sobrevivir al apocalipsis climático”.

Hablamos con Ajl de sus críticas a los Green New Deal hegemónicos y las alternativas a estos, así como de su posición frente a otros debates acuciantes dentro del pensamiento ecologista o de los retos a que se enfrenta el Sur Global ante la reconfiguración geopolítica global que ha traído la guerra en Ucrania.

Los Green New Deal liberales y socialdemócratas prevén un lugar para el capitalismo a corto y medio plazo; ninguno tiene un enfoque estructurado para entender el imperialismo, incluida la historia ecológica del mismo

Tu libro interviene en el debate sobre el Green New Deal disputando los enfoques dominantes de las visiones liberal y socialdemócrata, hegemónicos dentro de ciertos sectores de la izquierda occidental. ¿Cuáles son las características y las limitaciones de ambos, especialmente en lo que respecta al desarrollo de la socialdemocracia y su relación con la historia del bloque socialista?

Las políticas liberales y socialdemócratas convergen en unas cosas y divergen en otras. Ambas prevén un lugar para el capitalismo a corto y medio plazo; ninguna tiene un enfoque estructurado para entender el imperialismo, incluida la historia ecológica del mismo. Tampoco apoyan la liberación nacional de la periferia. Ambas, en general, descuidan la agricultura, especialmente la de los pequeños agricultores y el pastoreo en la periferia. Y ambas son afines —si no muy afines— a las soluciones tecnológicas desarrolladas por el capitalismo. Carecen de un sentido claro de los sujetos sociales que llevarán adelante la transformación ecológica a escala mundial. Y practican una política esencialmente oportunista y a menudo chovinista, tratando de adormecer y seducir a los progresistas liberales antirracistas, rechazando la construcción de un frente común con las fuerzas radicales del Sur Global y repudiando al antiimperialismo como práctica política. Alegan que se trata de “campismo”, una forma de desprestigio desde el Norte Global desenterrado a partir de los garabatos trotskistas escritos en favor de la OTAN durante la Guerra Fría, y que ahora se utiliza fundamentalmente para empañar a los antiimperialistas, con el fin de acosarlos para que guarden silencio o se avergüencen.

Cada uno de estos enfoques del Green New Deal olvida que el fordismo industrial del Norte y la socialdemocracia de la posguerra surgieron contra la amenaza de que las potencias comunistas extranjeras establecieran la agenda del desarrollo mundial a un nivel sistémico, combinada con la popularidad interna de las extremadamente radicales políticas redistributivas, por no hablar de las simpatías y la organización explícitamente comunistas. Es decir, incluso en sus propios términos —que yo rechazo— son hoy irrealizables, lo que puede ser la razón por la que reciben cada vez más apoyo financiero de la Fundación Rockefeller para sus documentos políticos.

Muchas propuestas para un Green New Deal socialdemócrata o socialista del Norte convergen en la continuación de una civilización ecológica o un socialismo ecológico de mercado para el Norte

La clase dirigente parece entender que hay un claro interés en canalizar el malestar por la crisis socio-ecológica a través de una tecnocracia reformista que no tiene salida. Estas propuestas también olvidan que los estados de bienestar de la posguerra se basaron en una historia de saqueo colonial y de transferencia de valor neocolonial que sigue en curso. No es una sorpresa, por tanto, que muchas propuestas para un Green New Deal socialdemócrata o socialista del Norte difamen los intentos radicales de transformación social en Venezuela o Zimbabue, o borren el papel de los EE UU en el golpe de Estado contra el MAS en Bolivia, o estén dispuestos a rendirse en la lucha palestina. Es decir, ignoran o se burlan de la cuestión nacional y convergen más o menos, por efecto, en la continuación de la dominación neocolonial del Sur, a la par de una civilización ecológica o un socialismo ecológico de mercado para el Norte.

¿En qué difiere tu enfoque de estas posiciones? 

En realidad, creo que mi libro sería un poco diferente si lo hubiera escrito ahora. Después de haber dedicado más tiempo a la literatura de los años 70 y de haber metabolizado mejor la esencia del pensamiento en torno a la liberación nacional, cada vez pienso más que, de acuerdo con las hipótesis leninistas clásicas —que ahora son castigadas como “tercermundismo”—, la revolución, incluida la revolución ecológica, solo puede empezar en los eslabones débiles del sistema-mundo, donde la acumulación primitiva es permanente, la reproducción social y la subproducción de la ecología convergen, y las víctimas del neocolonialismo se encuentran con contradicciones nacionales, sociales y ecológicas simultáneas. Esto no significa que no haya lugar para la lucha del Norte por el ecosocialismo, sino que tenemos que concienciar en torno a cosas como el antiimperialismo, la soberanía nacional, la deuda climática, etcétera, en cada paso de la transformación del capitalismo del Norte en un ecosocialismo del Norte, fundado tanto en una gestión permanentemente sostenible de la ecología como en una gestión colectiva y racional de la interacción humana con la naturaleza no-humana.

La revolución, incluida la revolución ecológica, solo puede empezar en los eslabones débiles del sistema-mundo, donde la acumulación primitiva es permanente

Si ponemos en el centro de estos debates la agricultura, la tecnología sostenible y adecuada, incluida la arquitectura, la cuestión nacional, la deuda climática y la convergencia del desarrollo mundial, enfrentados directamente al “estilo de desarrollo” del Norte —basado en el sobreconsumo y la sobreproducción de mercancías inducido por el capitalismo—, terminaremos con una estrategia política definida. Y esta se basaría en una organización popular destinada a mejorar la calidad de los valores de uso disponibles para las clases trabajadoras del Norte, para convertirlos en derechos sociales y construir un frente antiimperialista ejemplar junto a las fuerzas nacional-populares del Sur.

¿Puedes hablarnos de cómo tu enfoque se relaciona, metodológica y analíticamente, con las teorías del intercambio desigual y la dependencia, ya que estas aportaciones están tan estrechamente vinculadas a los autores radicales del Sur Global? ¿Cómo se relaciona esto con las exigencias de los movimientos de liberación nacional y la tradición radical antiimperialista, por ejemplo? ¿Y cómo se relacionan estas con la emergencia ecológica en la que vivimos?

La liberación nacional sitúa la política de soberanía y desarrollo esencialmente autocentrado, o más bien de autosuficiencia colectiva regional, en el centro de la planificación ecológica. Nos recuerda que el ocaso de la colonización formal fue a menudo el amanecer del neocolonialismo, lo que significa precisamente el continuo drenaje de valor del Sur al Norte. Las teorías de la dependencia, que muchos académicos del Norte se han esforzado por desacreditar, son en su esencia una teoría sobre el drenaje de plusvalor y de las estructuras sociales de la periferia que permiten el escape de valor. Para detener esa fuga de valor hay que reconfigurar las estructuras sociales internas, reorientarlas hacia un desarrollo introvertido y autocentrado, poniendo las fuerzas productivas y el juego de las fuerzas productivas bajo el control popular y proletario doméstico. Esta es la línea de pensamiento que podemos rastrear desde Amílcar Cabral hasta Ismail-Sabri Abdalla, y que alcanzó su punto álgido en la práctica con la Revolución China.

El intercambio desigual, por supuesto, es uno de los mecanismos de drenaje de valor —hay muchos otros, como el pago ilegítimo de la deuda, los monopolios de la propiedad intelectual, el señoreaje del dólar, etcétera—. Ahora bien, mi enfoque se basa en las nuevas teorías del intercambio ecológicamente desigual, que de hecho agrupan una familia diversa de hallazgos empíricos que muestran esencialmente que, junto con el aumento de la apropiación por parte del Norte de los productos del hectarage global y de los recursos minerales, existe también una exposición desigual a la contaminación global.

Esto no significa que no haya lugar para la lucha del Norte por el ecosocialismo, sino que tenemos que concienciar en torno a cosas como el antiimperialismo, la soberanía nacional, la deuda climática, etcétera, en cada paso de la transformación del capitalismo del Norte en un ecosocialismo del Norte

De hecho, se trata de una forma de superexplotación basada en la subreproducción de la naturaleza no-humana que conduce a un daño de la vida humana y a su reducción por debajo de su nivel potencial históricamente dado. Esto nos dice, una vez más, que el proletariado del Sur, el semiproletariado, los habitantes de los barrios marginales, los campesinos, los pastores, los habitantes de los bosques, se enfrentan a la crisis ecológica como una crisis de su bienestar cotidiano y, por lo tanto, deben ser el centro de una visión liberadora.

En tu libro hablas de la importancia de la deuda ecológica y de la reparación para un genuino GND de los pueblos, que se tome en serio los daños medioambientales causados por el Norte al Sur. ¿Qué implica esta exigencia? ¿Cuáles son las reclamaciones históricas al respecto y cuál es la importancia del Acuerdo de Cochabamba para este asunto?

La deuda ecológica se viene planteando al menos desde principios de los años 90 —quizá, y probablemente, antes—. Es afín a un discurso más amplio de reparaciones que proviene de una gran variedad de actores que han sido “el reverso” del imperialismo y de la acumulación colonial-capitalista, ya sea por la trata de esclavos, el drenaje colonial o, más recientemente, el cercamiento neocolonial de la atmósfera y la apropiación de la capacidad de la biosfera para absorber y metabolizar las emisiones de CO2. Ya que que el Sur no podría emitir la misma cantidad de emisiones per cápita sin que quiebre la biosfera, y dado que el Sur no puede transitar por los mismos caminos de energía barata y ya está sufriendo los daños del calentamiento global, el Norte tiene en consecuencia una deuda con él.

Sobre la base de demandas anteriores, el Acuerdo de los Pueblos de Cochabamba estableció que los países de la OCDE debían hacer transferencias fiscales del 6% de su Renta Nacional Bruta, es decir, alrededor de 1,2 billones de dólares solo en el caso de los Estados Unidos, por un período indeterminado, como forma de reparación. Así que sabemos lo que significa numéricamente. La pregunta es: ¿qué significa políticamente? No tengo una respuesta clara al respecto. Como mínimo, aclara que la responsabilidad de la crisis ecológica es esencialmente del Norte. Pero, concretamente, se necesitaría un ambiente insurreccional generalizado en el Norte para comprometerse realmente con las transferencias fiscales al Sur, ya que estas irían acompañadas de una reducción controlada de la “pesadez” ecológica de la producción y el consumo del Norte. Esa “reducción”, que es básicamente a lo que se refiere el decrecimiento, significaría un aligeramiento constante del impacto ecológico de la producción del Norte —que no puede reducirse simplemente a la desmercantilización— y, a su vez, se derivaría de una mayor conciencia de que los “modos de vida” del Norte tienen que cambiar para crear un planeta en el que muchos puedan vivir bien. Estamos, obviamente, muy lejos de esa situación a cualquier nivel.

Ya que que el Sur no podría emitir la misma cantidad de emisiones per cápita sin que quiebre la biosfera, y dado que el Sur no puede transitar por los mismos caminos de energía barata y ya está sufriendo los daños del calentamiento global, el Norte tiene en consecuencia una deuda con él

También has expuesto cómo preocupaciones y terminología medioambiental que resulta razonables —me viene a la mente el debate alrededor de la noción de extractivismo, por ejemplo— pueden ser instrumentalizadas por los centros imperiales para sus propios intereses de dominio global. Este ha sido el caso, por ejemplo, de ciertos segmentos de la izquierda ecologista en relación con Bolivia, Venezuela, Ecuador. ¿Cuáles son las limitaciones y los peligros de estos puntos de vista?

Me parece útil adoptar un enfoque de sociología del conocimiento para esta cuestión. En primer lugar, para ser claros, cuando la gente se encuentra con una degradación ecológica que daña su capacidad para vivir decentemente, es natural que nombre y se resista a esa degradación. Deberíamos tener toda la simpatía del mundo por las personas que viven en esas condiciones. Pero esa simpatía no es un mapa político, y poner nombres no es inocente ni aleatorio. No tengo claro que el extractivismo, tal y como circula en los trabajos de estudiosos como Alberto Acosta, Eduardo Gudynas o Maristella Svampa, proporcione tal mapa político. Por ejemplo, Svampa, que ha sido especialmente acogida por la izquierda pro-cambio de régimen. Ella escribe: “El neoextractivismo contemporáneo se refiere a una forma de apropiación de la naturaleza y a un modelo de desarrollo basado en la sobreexplotación de los bienes naturales, en gran parte no renovables, caracterizado por su gran escala y su orientación hacia la exportación, así como por la vertiginosa expansión de las fronteras de la explotación hacia nuevos territorios”. ¿Es esto de alguna manera una mejora con respecto al anterior análisis generalizado de centro-periferia o de dependencia, basado en la extroversión, la acumulación desarticulada y el intercambio desigual en el comercio mundial? Es básicamente un caos analítico, lo que Marx llamaba un concepto caótico. No puede decirnos cómo equilibrar las necesidades sociales de aquellos segmentos de la población de la periferia que, desgraciadamente, necesitan el capital de las exportaciones de mercancías para asegurar sus necesidades sociales —y que necesitarían procesar algunas de esas mercancías bajo cualquier patrón de industrialización concebible como parte de una transición socialista—. En el plano analítico, como ha escrito Álvaro García Linera: “Así como el extractivismo de nuestras sociedades está en medio de las redes de la división internacional del trabajo; la industrialización de materias primas o la economía del conocimiento son partícipes de la misma división mundial capitalista del trabajo. Ni el extractivismo ni el no-extractivismo son soluciones a esta dominación planetaria”.

Tenemos que discutir cómo pasar a una industrialización ecológicamente modulada, incluso por razones de autodefensa nacional, como parte de la liberación nacional y en una situación de dependencia neocolonial

Tenemos que discutir cómo pasar a una industrialización ecológicamente modulada, incluso por razones de autodefensa nacional, como parte de la liberación nacional y en una situación de dependencia neocolonial. Esos son los temas. El discurso extractivista, que forma parte de un cambio en la izquierda que se aleja de una comprensión seria de la planificación macroeconómica, de la necesidad de la industrialización y de la necesidad de repensar la industrialización, simplemente no ha demostrado ser una base para pensar en estas cuestiones de manera que pueda darnos una cuerda guía para navegar teóricamente y en la práctica a través de las contradicciones que surgen entre las comunidades directamente perjudicadas por la extracción de recursos y aquellas de la periferia que necesitan los recursos de esa extracción para su supervivencia diaria. Aunque soy un agroecólogo comprometido, un enfoque puramente centrado en la producción agrícola ecológica no puede resolver y no resolverá por sí mismo los problemas de desarrollo del siglo XXI.

Como ya has señalado, se ha debatido ampliamente que los daños medioambientales provocados por las economías del Norte Global los sufren sobre todo los pueblos del Sur Global. ¿Qué tipo de reorganización social podría llevarse a cabo para frenar esto?

Las economías del Norte deben ser reestructuradas, en primer lugar, sobre líneas no capitalistas, para producir no para la acumulación de plusvalor, sino orientadas alrededor de una producción ecológicamente sostenible y permanente de las cosas que la gente necesita para su supervivencia cotidiana y una vida decente, incluyendo hogares, culturas, niveles adecuados de industrialización, alimentos decentes, atención médica y sistemas de transporte. Sabemos que esto se puede hacer con niveles mucho más bajos de impacto ecológico, ya sea por medio de la atención sanitaria preventiva, la agroecología, los materiales y diseños de construcción sostenibles y vernáculos, el transporte colectivo de masas y ciudades replanificadas. No cabe duda de que la vida tendrá que cambiar en el Norte de forma sustancial, ya que la otra opción es descargar los costes de la industrialización verde “socialdemócrata” en el Sur, lo que sería un desastre desde cualquier perspectiva.

Como sociólogo rural dedicas gran parte de tu argumentación a la cuestión agrícola, en relación con la tierra y el suelo. ¿Qué hace a este aspecto algo tan relevante y, sin embargo, tan frecuentemente infravalorado por el ecologismo dominante del Norte Global? ¿Cuáles son los aspectos principales que deberíamos tener en cuenta a este respecto para pensar en un Green New Deal de los pueblos?

Existe un profundo prejuicio anti-campesino en el pensamiento occidental, incluido en el marxismo occidental —anti-campesino más que anti-naturaleza, ya que el pensamiento occidental a menudo fetichiza una determinada construcción de la naturaleza—. De manera natural la gente no piensa de dónde obtiene su comida, porque básicamente piensa que hay máquinas que obtienen la comida para ellos. De hecho, cantidades sustanciales de regímenes laborales globales están diseñados para apoyar el imperialismo, la acumulación global en general y productos alimenticios tropicales baratos para los trabajadores del Norte, como parte del pacto corporativista del Norte. Ahora bien: es natural que esos regímenes sean invisibilizados, porque implicarían mandatos teóricos, y por lo tanto políticos, diferentes para el ecologismo del Norte. En particular, significaría poner la liberación nacional y la cuestión agraria, del Norte y del Sur, en el centro de la planificación, el pensamiento y la práctica socialista. La agricultura es también un sector clave para llegar, al menos, a unas auténticas emisiones cero de CO2 y, por tanto, para una reducción del CO2 ciertamente intensiva en el cuidado de los cultivos, y quizá no tanto en el trabajo. Esta reducción es una cuestión de supervivencia para que los estados del Sur puedan resistir este siglo. Por lo tanto, tenemos que situar la agricultura en el centro de la planificación del uso de la tierra, incluyendo la planificación a nivel nacional de la producción agroecológica. Las cuestiones agrarias son también críticas para secar las reservas de mano de obra, aumentar el consumo rural y liberar un excedente para una industrialización soberana, así como para asegurar los insumos domésticos necesarios, de nuevo, para una forma ecológicamente atenta de industrialización en el Tercer Mundo —¡y en el Primer Mundo!—, que pase así al uso de insumos sostenibles y renovables cuando sea posible. Esto significa poner la agricultura en conversación con la planificación global en todo el mundo.

No cabe duda de que la vida tendrá que cambiar en el Norte de forma sustancial, ya que la otra opción es descargar los costes de la industrialización verde “socialdemócrata” en el Sur, lo que sería un desastre desde cualquier perspectiva

Hay tendencias dentro de ciertas corrientes del ecologismo, incluso dentro de la izquierda, a pensar, casi exclusivamente, en soluciones para abordar la emergencia ecológica desde una perspectiva tecnológica. ¿En qué medida este tecno-fetichismo y tecno-optimismo descuida las relaciones Norte-Sur? ¿Cuál sería el papel de la tecnología en un Green New Deal de los pueblos?  

Todo el tecno-fetichismo es, en primer lugar, un dispositivo explotador del cerebro que es anti-pensamiento, y que nos impide adoptar una posición marxista de principios sobre la tecnología. Absolutamente nadie está en contra de la tecnología como tal, no solo porque todo el mundo quiere algo de tecnología en su vida, sino además porque realmente no hay tecnologías “como tales”. Hay tecnologías concretas, que dependen de configuraciones particulares de los precios del mercado y del acceso a los lugares de contaminación y a los insumos de trabajo para ser viables o inviables, y que, al menos en un punto inicial, reflejan los intereses de clase de quienes están en condiciones de determinar la trayectoria del desarrollo tecnológico. Esto no significa solo niveles de contaminación, sino “soluciones” al calentamiento global como la geoingeniería o los biocombustibles, que tendrán un impacto mucho más brusco en el Sur que en el Norte. Por ejemplo, permitiendo que el calentamiento global continúe mediante la quema de combustibles fósiles, con la esperanza de una futura salvación tecnológica que llegará demasiado tarde para Bangladesh o el Caribe; o que preserve el “modo de vida” creado por los monopolios capitalistas del Norte mientras se suprime el consumo de alimentos en la periferia, como en el caso de los biocombustibles.

Un Green New Deal socialista o de los pueblos dependería en gran medida de la tecnología, pero utilizaría el principio de precaución a la hora de aplicar el cambio tecnológico, se aseguraría de que la propiedad intelectual fuera de dominio público o estuviera en manos de estados radicales, intentaría desarrollar la tecnología en colaboración con las personas más pobres que la necesitaran, y tendría en cuenta los impactos ecológicos de las tecnologías industriales frente a las no industriales —lo que nos recuerda que el debate sobre el extractivismo aborda preocupaciones reales, aunque de una forma improductiva—.

La guerra en Ucrania parece haber desplazado el debate medioambiental del centro del debate público. Como consecuencia, la urgencia de aplicar ciertas políticas medioambientales parece posponerse. Al mismo tiempo, esto parece reconfigurar la geopolítica de la energía a nivel mundial, al tiempo que surge la posibilidad de una división más marcada entre el Norte y el Sur, que afecta a las perspectivas del comercio y a la reorganización del sector financiero. ¿Qué tipo de escenarios podrían abrirse para las luchas medioambientales en este contexto? ¿Qué papel podría desempeñar el Sur Global en este sentido?

Me parece que la retirada de las sanciones a Venezuela por parte de Estados Unidos es una gran apertura para la renovación de la construcción socialista en América Latina, tras el Termidor imperial impuesto que se ha desarrollado durante los últimos años. En medio del nuevo auge de la izquierda en el ámbito electoral, reflejo de la incesante movilización popular y del completo descrédito del neoliberalismo, si no del capitalismo, como modos de dominio político, se hace necesario forjar un nuevo discurso político-ecológico y ecosocialista que tome en serio las preocupaciones planteadas por el debate “extractivista”, pero de manera que permita avanzar hacia horizontes ecosocialistas. En particular, el nuevo espacio político y la atmósfera ligeramente reducida de la depredación imperial deberían ser una oportunidad para volver a insistir en que el socialismo está en la agenda y que es necesario resistir activamente a las formas de acomodo al capital monopolista, que han ganado fuerza en la última década. Finalmente, por supuesto, las fuerzas de izquierda de todo el mundo necesitan evaluar las oportunidades y los límites de una nueva multipolaridad en términos de apertura al espacio de desarrollo, cerrado por la agenda anti-desarrollo del capital monopolista estadounidense y de la UE."                       (Alejandro Pedregal  , El Salto, 21/06/22)

21/10/21

El Banco de Inglaterra se convierte en ejemplo de verdaderas finanzas verdes

 "El Banco de Inglaterra ha publicado un documento de consulta sobre Opciones para «enverdecer» su esquema de compras del sector empresarial (PBC). Este documento, al que Diario16 ha tenido acceso, pretende definir cómo el supervisor descarbonizará sus compras de activos, una medida que ya fue anunciada en 2020 y confirmada en marzo de 2021 cuando se actualizó el mandato del Banco de Inglaterra para incluir la acción climática. 

Si el programa CBPS es pequeño, alrededor de 20.000 millones de libras, este proceso sentará las bases del enfoque climático del Banco de Inglaterra y es probable que influya en otros bancos centrales que han estado considerando medidas similares, como el Banco Central Europeo (BCE). Si bien el enfoque del Banco de Inglaterra es interesante, se han identificado algunos errores que deberían corregirse.

Del 21 de mayo al 2 de julio de 2021, el Banco de Inglaterra abrió una consulta pública sobre «opciones para hacer más ecológica» de su PBC. El Banco implementará su nuevo enfoque al respecto en el cuarto trimestre de 2021.

Un enfoque de ecologización basado en tres principios 

El enfoque establecido por el Banco de Inglaterra en su documento se basa en tres principios:

  1. «Incentivar a las empresas para que tomen medidas decisivas para lograr el cero neto» : aunque las exclusiones y desinversiones podrían ser parte del conjunto de herramientas del Banco, tiene la intención de impulsar a las empresas a alinearse con el cero neto priorizando el compromiso. La desinversión se presenta principalmente como una amenaza si las empresas no se adaptan con el tiempo.
  2. «Predicar con el ejemplo, aprender de los demás»: El Banco espera que aprender de los inversores que ya han desarrollado sus propias estrategias neta de cero y para ver su propio enfoque ser utilizado por los inversores.
  3. «Incrementar nuestros requisitos con el tiempo»: las políticas del Banco no permanecerán estáticas en el tiempo. El Banco primero establecerá requisitos mínimos y luego evolucionará estos requisitos con el tiempo.

Si bien estos principios parecen, en general, apropiados, varias de sus características corren el riesgo de debilitar gravemente el enfoque del Banco de Inglaterra.

El cronograma y los requisitos del compromiso siguen sin estar claros 

Para colaborar con las empresas, el Banco debe establecer requisitos de elegibilidad ambiciosos. Las estrategias de participación deben estar especialmente vinculadas a plazos claros y, si no tienen éxito, dar como resultado la desinversión. 

Para monitorizar el progreso de la empresa, el Banco de Inglaterra debe exigir objetivos a corto plazo (dos y cinco años), y no solo a largo plazo. El Banco debería, además, considerar establecer requisitos y cronogramas más ambiciosos para cualquiera de las empresas más intensivas en carbono que no estén excluidas de sus compras.

Además, el compromiso efectivo requiere una gran cantidad de recursos y no está claro que tenga la capacidad y las herramientas para ejercer una presión efectiva sobre las empresas a través del compromiso . El Banco de Inglaterra, por tanto, debe describir con precisión las herramientas que pretende utilizar y los recursos internos que se dedicarían a interactuar con las empresas y seguir sus planes climáticos.

Una dependencia excesiva del compromiso 

Al excluir y desinvertir, el supervisor británico enviará una fuerte señal a otros inversores, así como a empresas y consumidores. Sin embargo, el Banco de Inglaterra pasa por alto su responsabilidad de dar ejemplo y la eficacia de las estrategias de desinversión. 

Además, el Banco parece sobrestimar significativamente su capacidad para influir en las empresas a través del compromiso. Teniendo en cuenta que solo un pequeño número de empresas ya están alineadas con una trayectoria de 1.5C, no debe dudar en excluir y desinvertir de las actividades que están en desacuerdo con la transición y las empresas que no están dispuestas a hacerlo.

Las exclusiones de combustibles fósiles también ayudarían al Banco a reducir su exposición a los riesgos relacionados con el clima. Esto es aún más cierto para los proyectos nuevos, que corren el riesgo de cerrarse antes de que se hayan amortizado.

Si el Banco identifica claramente al carbón como un sector del que se debe desinvertir, parece dejar de lado otros combustibles fósiles. Sin embargo, también existen argumentos muy sólidos para las exclusiones del petróleo y el gas. La Agencia Internacional de Energía (AIE) destaca que una nueva exploración y producción de combustibles fósiles más allá de lo que ya se ha comprometido en 2021 es incompatible con el objetivo neto cero. El informe de la brecha de producción de la ONU, al que se hace referencia en el documento del Banco de Inglaterra, indica que la producción mundial de combustibles fósiles debería caer en un 6% cada año desde 2020 hasta 2030 para llegar a 1,5 ° C.

Por tanto, el Banco de Inglaterra debería excluir a las empresas:

  • Que estén involucradas en cualquier nuevo proyecto de combustibles fósiles, o;
  • Para quienes la mayoría de los ingresos se derivan de cualquier actividad de combustibles fósiles, o;
  • Que están significativamente involucrados en carbón o petróleo y gas no convencionales.

Considerar todas las emisiones y establecer los objetivos correctos

El Banco de Inglaterra parece demasiado cauteloso en la contabilización de las emisiones de alcance 3. Estas emisiones representan una parte muy significativa, y a veces abrumadora, de las emisiones de GEI y deben integrarse lo antes posible. 

Para cualquier actividad intensiva en carbono, incluido el sector de los combustibles fósiles, las emisiones de alcance 3 deben considerarse de inmediato. Esto también es cierto para el sector financiero, donde, como ha demostrado el Programa de Divulgación de Carbono, las emisiones de alcance 3 serían aproximadamente 700 veces mayores que las emisiones de alcance 1 y 2.

Al monitorizar su propio progreso climático, el Banco de Inglaterra debe establecer una meta ambiciosa y de corto plazo para que los activos estén completamente alineados con la transición. 

Las metas absolutas de emisiones e intensidad en un momento determinado deben utilizarse como objetivos anuales, mientras que una meta de alineación más amplia, como el aumento de temperatura, debe definirse a corto y mediano plazo.

Al ecologizar sus compras corporativas, el Banco de Inglaterra podría ser un ejemplo a seguir por los principales bancos centrales de todo el mundo. Sin embargo, su enfoque actual depende demasiado del compromiso y es demasiado indulgente con los combustibles fósiles. "            (José Antonio gómez, Diario16, 03/08/21)

14/7/21

Los fundamentos de la Teoría Monetaria Moderna

 "La Teoría Moderna de la Moneda (TMM), una escuela de pensamiento surgida a finales de los 90 del siglo pasado, ha agitado el campo de la economía política a raíz de la crisis financiera global ante la cual las escuelas dominantes manifestaron dificultades para analizar sus causas y proponer soluciones eficaces. 

La TMM ha conseguido atraer a numerosos activistas y especialistas de otras disciplinas que están produciendo propuestas novedosas para afrontar nuestros problemas como el Green New Deal y abordajes originales en otras disciplinas como el derecho.  (...)

La Teoría Monetaria Moderna

La Teoría Moderna de la Moneda parte del estudio del análisis de las instituciones que caracterizan una economía monetaria de producción como es el capitalismo. En base a ello, se estudian las características y elementos claves de su desarrollo y se elaboran una serie de propuestas de política económica para lograr el pleno empleo con estabilidad de precios.

Dado que la moneda es un monopolio público, cuya emisión está cedida parcialmente a los bancos privados respondiendo a la demanda de crédito por parte de los usuarios de moneda, la Teoría Monetaria Moderna propone que, igual que el Banco Central actúa de Prestamista de Último Recurso provocando que el sistema financiero funcione, también actúe coordinado con el Tesoro en función de la demanda de ingresos que haya por parte de los trabajadores desempleados, institucionalizándose la figura del Estado como Empleador de Último Recurso.

 En lugar de establecer la cantidad que el Estado va a gastar, se establece una regla de precio: el salario mínimo establecido por los programas de Garantía de Empleo. Así, la demanda de ingresos por parte del sector privado definiría el tamaño de estos programas de manera endógena y no sería establecido el gasto público de manera discrecional guiado por criterios morales.

 Funcionaría como patrón de valor, estableciéndose como ancla al resto de precios de la economía y, también, suavizaría el ciclo económico, inherente a una economía capitalista donde la producción se realiza de manera privada y fragmentada sujeta a incertidumbre.

Los diversos Planes de Trabajo Garantizado elaborados bajo la figura del Estado como Empleador de Último Recurso serían diseñados con objetivos ajenos al ánimo de lucro. Estos pueden estar relacionados, por ejemplo, con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, los cuales de otra forma quedan relegados a las oportunidades de actividades rentables que se abran para que los agentes privados los tengan en consideración.

 Las oportunidades pueden diseñarse para la rehabilitación vocacional y empleabilidad de grupos sistemáticamente discriminados del mercado laboral, usando el empleo no solo en sentido de creador de plusvalía, como en el sector privado, sino como forma efectiva de integración en la sociedad.

Green New Deal

El European Green Deal es una estrategia que confía en una serie de incentivos para que el sector privado haga frente a la emergencia climática. “Pese al uso retórico que se hace del término, la estrategia es muy diferente al New Deal original, caracterizado por la creación de empleos directos por parte del Estado con el objetivo de transformar la economía del país, creando desde infraestructuras hasta obras de teatro y clases de pintura comunitarias”, explica Esteban Cruz.

 “Lamentablemente, parece que hay más oportunidades de negocio privado en la propia crisis climática que en su lucha, que queda sujeta a que sea rentable para hacerse efectiva. El reto social y ambiental al que nos enfrentamos es de tal magnitud y urgencia que es una temeridad dejarlo en manos del sector privado”, manifiesta el profesor.

La Unión Europea no debería centrarse en orientar y modificar el comportamiento del sector privado para este fin, sino liderar un verdadero Green New Deal con las herramientas que dispone mediante la coordinación de sus brazos fiscal y monetario, hoy totalmente disociados a pesar del balón de oxígeno que supone la compra de bonos en el mercados secundario por el Banco Central, como parte de la política monetaria no convencional que viene aplicando en los últimos años.

 “Esto tiene un alcance muy limitado, especialmente bajo el ambiente político reinante que utiliza el presupuesto del Estado como un elemento disciplinante y no como un instrumento de política económica para lograr objetivos macroeconómicos y sociales superiores”, expone Cruz."                 (UNEX, 12/07/21)

28/12/20

El dinero no es un recurso natural escaso, sino un recurso social abundante. Este es un hallazgo central de la TMM. La TMM no es un conjunto de políticas, sino un corpus de pensamiento interdisciplinario que literalmente “sigue el rastro del dinero”

 "Poco antes del 4 de julio, el alcalde de la ciudad de Nueva York, Bill de Blasio, al igual que otros políticos estadounidenses, anunció una ofensiva contra la venta de cohetes ilegales. No hay certeza sobre por qué o cómo comenzaron las baterías pirotécnicas, pero el alcalde dejó meridianamente claro que el Departamento de Policía de Nueva York respondería con redadas. 

El nuevo grupo operativo solo incluyó a 42 policías, pero poderoso caballero es Don Dinero. Ante la depresión pospandémica mundial, un movimiento nacional para suprimir las partidas destinadas al orden público y una crisis financiera municipal, De Blasio y otros dirigentes como él seguirán desembolsando pasta para mantener el orden en los arrabales. Para proteger y servir … a no se sabe quién.

Crecí vendiendo petardos allá en mi tierra (donde un policía ejecutó recientemente a Antonio Valenzuela en circunstancias similares a las del asesinato de George Floyd). Mi entrenador de lucha y mis amigos del instituto todavía los venden para ganarse la vida. Pero entiendo que incluso tras un verano de confinamientos, palizas y represiones, algunas personas no disfruten igual que yo explotando papel y pólvora, e incluso consideran peligrosos los fuegos artificiales.

Los alcaldes les prestan sus oídos. Sus nociones de orden público, molestias y salud están codificadas en la ley y cuentan con partidas de las arcas públicas. Como muchos otros, encuentro el acoso policial más peligroso, frustrante y tóxico que los petardos. Lo mismo aplica a una miríada de gritos de hambre, dolor y desesperación. Pero en todo el país, a pesar de las demandas de los manifestantes, los gobiernos municipales han apoquinado partidas para la pasma, a la vez que reasignan fondos de emergencia federal para reforzar los presupuestos para gastos generales. Tanto la brutalidad como esas penosas mamonadas siguen propagándose. 

Por ejemplo, las denuncias por lanzamiento de cohetes pueden acabar en detenciones –y así desencadenar una interacción letal entre la policía y la población. También los polis pueden simplemente multar a la gente por posesión y añadir una carga adicional de 250 dólares a la deuda de hogares negros y/o latinos durante una depresión de por sí racializada. Otra muestra del uso de fondos públicos para arrebatarle más dinero a la población.

Cada dólar presupuestado para estas pequeñas tiranías debería destinarse a otra cosa. Pero como los activistas han argüido hace ya tiempo, debemos precisar qué es la próxima “otra cosa”. Para la organizadora abolicionista Mariame Kaba, las demandas para rebanar los presupuestos de la policía deben ir acompañadas de demandas para  asegurar la financiación de la sanidad, la vivienda, la educación y buenos empleos. Resulta que éstos son cuatro derechos garantizados por el Nuevo Pacto Verde. Si lo llevamos adelante, argumenta Kaba, “para empezar ya necesitaríamos menos policía”.

Concuerdo totalmente. Además, humildemente sugeriría que cualquier visión cooperativa de seguridad y justicia requiere una visión más cooperativa de la hacienda pública que la respalde. Localmente, deberíamos avanzar hacia el control comunitario sobre los presupuestos reales y la mano de obra que sostienen. Pero también deberíamos revisar toda la arquitectura de la hacienda pública en los Estados Unidos.

La necesidad de reivindicaciones más democráticas sobre nuestros sistemas monetarios es perentoria. En el corto plazo, necesitamos desesperadamente mantener y expandir las prestaciones de emergencia para afrontar la pandemia, pero el Partido Republicano ha prometido recortar la próxima ronda de ayudas en el límite arbitrario de un millardo de dólares (a la vez que reclama más fondos federales para la pasma). A la larga, deberíamos exigir dinero público para nuestras propias necesidades, para lo que realmente nos protege, con la misma voracidad que usan Trump y otros para justificar un presupuesto inagotable para polis y tropas, cueste lo que cueste. En esencia, debemos exigir un cheque en blanco.

No me malinterpreten. Soy un gran admirador de un viejo dicho: “No dejes que tu boca gire cheques que tu trasero no pueda hacer efectivos”. He sido regulador financiero y abogado de oficio. Ambos trabajos consistían principalmente en ayudar a la gente a gestionar facturas abusivas: desde las facturas grandes que nos hunden hasta las facturas pequeñas que nos vuelven locos. Creo que la responsabilidad fiscal es absolutamente, cien por ciento, sin lugar a dudas, ahora y siempre un proceso crítico. Pero la verdadera responsabilidad fiscal no se ciñe a la prudencia personal; desafía al poder sistémico.

Por eso me encanta la teoría monetaria moderna (TMM). La TMM muestra cómo las facturas del gobierno en realidad difieren de las nuestras, comenzando por el hecho de que el gobierno genera y administra el dinero que usamos, y desglosando lo que eso significa. Si miras un billete de un dólar, verás las firmas de sus creadores; no de contribuyentes ni de tenedores de bonos, sino del mismo gobierno que imprime, acuña y teclea la moneda que usamos a diario. La lástima es que ese mismo gobierno ampara a los ricos mientras desangra a los pobres. 

Además, controla y microgestiona nuestro uso general del dinero, sin hacer nada para refrenar la anarquía financiera o la corrupción que de verdad perjudican a la sociedad. En lugar de ver el dinero y los mercados como criaturas de la ley, muchos los imaginamos como lugares de un “orden natural” sagrado y al gobierno como un vigilante de las periferias profanas. Visto así, el dinero y los mercados son lo primero, y la ley y la política “intervienen”.

Pero la economía es en sus fundamentos una construcción del derecho y de la política. En palabras de la profesora de derecho Christine Desan, el orden constitucional del dinero, en particular, “puede unir a las personas o hacer que acaben a degüello”. Podría decirse que el orden contemporáneo nos encierra en una pugna de suma cero. Pero, como sucede a menudo, luchamos por apoderarnos de ese orden y transformarlo y, de camino, deberíamos abordar la hacienda pública como un lugar de lucha más allá de la redistribución.

Para desmantelar nuestro mundo roto y construir otro nuevo, deberíamos pensar el sistema monetario menos en términos de “impuestos y transferencias” y más en términos de “creación y destrucción”. Cuando hablamos de la responsabilidad fiscal del Distrito de Columbia (Washington), deberíamos insistir en que el Congreso gastara más dinero —en nosotros– y dejara de gastar en actividades que nos perjudican, porque nos perjudican. Este argumento exige una visión más profunda de lo que realmente es el dinero —no un recurso natural escaso, sino un recurso social abundante. Este es un hallazgo central de la TMM. 

Esta forma de pensar parte de una broma que la exasesora económica de Sanders, Stephanie Kelton, suele compartir: una vez que reconocemos que “el dinero no crece en la gente rica” –menos aún en la gente pobre– ganamos más espacio para la creatividad política. En lugar de ser castigados, finalmente nos pueden pagar.

La TMM no es un conjunto de políticas, sino un corpus de pensamiento interdisciplinario que literalmente “sigue el rastro del dinero”. Sugerir que la fuente del dinero es la actividad comercial de la gente común es un timo. Algunos economistas de TMM lo llaman un “fraude inocente“. No soy tan condescendiente. Así que súbete al coche. Nos vamos de contabilidad forense.

Los economistas ortodoxos sostienen de forma ahistórica que el dinero surgió para facilitar los intercambios voluntarios, una historia conocida como el “mito del trueque”. En este cuento, la gente primero intercambiaba cosas “en especie”, por ejemplo, tu vino por mi lana, pero esto era inconveniente y engorroso. Con el tiempo, las sociedades desarrollaron un medio común de intercambio: el dinero. Es una historia perezosa para gente perezosa: insinúa que el dinero es un lustre sobre otra actividad económica; en el principio fueron los mercados y de ellos surgieron esas monedas con el busto del emperador.

La TMM cuenta otro relato del pasado, presente y futuro del dinero. Nuestros sistemas monetarios no surgen del mercado sino que el dinero es un proyecto constitucional, creado, administrado y patrullado por los estados y otras autoridades legales. Históricamente, los legisladores han consolidado su poder precisamente homogeneizando los medios de pago del tributo y castigando a quienes se negasen a pagarlo. Como ha reconocido el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el dinero y el poder de establecer la “moneda de curso legal” —instrumentos que podemos usar para redimir nuestras deudas, especialmente con el Estado— es un poder concomitante de la propia soberanía.

Medular para la TMM es el hecho indiscutible de que el gobierno de los Estados Unidos emite en lugar de simplemente usar una moneda. El gobierno de EE.UU. no puede quebrar —si solo pagas en dólares y fabricas dólares, no puedes quebrar. Se deduce que el Congreso no necesita salir por allí en “busca de dinero”. No tiene que pagar impuestos ni pedir prestado un dólar para gastar un dólar. Otros países pueden estar enganchados al dólar estadounidense u otra moneda extranjera para importar bienes críticos como alimentos y medicinas; si se les agota, se meten en un lío. 

Pero en los Estados Unidos, el gobierno federal –o un banco con licencia del gobierno– crea los puntos que usamos en nuestra vida diaria. Mientras le lleguen facturas en dólares, el Gobierno de Estados Unidos, en su conjunto, siempre podrá pagarlas. No necesita un presupuesto federal equilibrado.

Por supuesto, el hecho de que el gobierno pueda gastar tanto dinero como el Congreso autorice no significa que deba gastar tanto dinero como el Congreso quiera. Pero deberíamos ser cuidadosos con el gasto federal no por los costos fiscales para el gobierno en sí, sino por la estabilidad de precios en la economía general.

La sabiduría popular dice que la inflación (un aumento continuo de los precios generales) ocurrirá si hay demasiados dólares en pos de pocos bienes y servicios. Si el gobierno imprime demasiado dinero, dice esta sabiduría, los precios se dispararán y la gente acabará empujando carretillas de billetes para comprar una barra de pan de 2 mil millones de dólares. Los economistas de TMM adoptan un enfoque más pragmático, centrándose en lo que realmente consigue el gasto público.

 La inflación no ocurre de forma automática o inmaculada. Realmente, antes de subir los precios, las empresas consideran las ganancias, los salarios, el inventario, los cuellos de botella y otros factores concretos. Pero, en general, los economistas de la TMM están de acuerdo en que, en ciertos contextos, el gasto público puede espolear una inflación que es mala para la gente común.

Pero una vez que vemos que el enfoque macroeconómico debería ser la inflación en lugar de los déficits federales o la deuda nacional, se desenmascaran las bobadas de gran parte de lo que nos han dicho sobre la hacienda pública. Por ejemplo, se ha convertido en un acto reflejo comparar el presupuesto federal con los nuestros. Si Washington planea “pagar” algo, lo que sea, debería encontrar un ‘crédito[1]’ equivalente: un aumento recaudatorio o un acuerdo de reducción presupuestaria de igual cuantía.

La idea subyacente es que el gobierno, como nosotros los peones, solo tiene tanto dinero. Para gastar más, tendría que sacarle o pedirle prestado más a otra persona. Pero si te fijas, te darás cuenta de que Washington  D.C. no se estira tanto como nosotros. Unas veces aumenta los impuestos y el gasto a la par; otras no. El Tesoro tiene una deuda pendiente desde 1791 y nunca la ha amortizado del todo. Más concretamente, el cobrador del frac nunca se pasa para embargar el equipamiento militar que el gobierno federal ha instalado por todo mi pueblo y otras comisarías de todo el país. 

 El Congreso está haciendo gasto deficitario en sus prioridades reales (fuerzas de seguridad, guerra, cárceles, deportaciones, extracción) “sin restar un centavo a otro crédito presupuestario, sin preguntas” constantemente. Los debates de las primarias del Partido Demócrata de 2020 recogieron veintiuna preguntas sobre la financiación de programas sociales y cero sobre la financiación de la guerra.

La austeridad tiene una diana humana. A nivel federal, esto significa fundamentalmente dejarnos sin un duro y con el potencial de un crecimiento económico. Es una cuestión  contable. Cualquiera del gremio del puño cerrado le dirá que el dinero tiene que venir de alguna parte. Cuando el gobierno de EEUU incurre en déficit, significa que quizás los demás no tengamos que hacerlo. Cuando el gobierno gasta dinero, ese dinero va a alguna parte: a la economía en general. 

Tal como lo explica Kelton, “sus números rojos son los negros nuestros”. Pero cuando el gobierno reduce la deuda, nos está quitando ingresos a todos menos al gobierno, lo cual generalmente significa números rojos para los servicios públicos. Los economistas de la TMM explican que el superávit presupuestario de Bill Clinton significaba esencialmente que el gobierno estaba sacando más dinero de la economía en general del que estaba aportando, abriéndoles la puerta a los prestamistas privados para que rellenasen la demanda de fondos, lo cual condujo a un endeudamiento privado excesivo y a la crisis financiera mundial.

Para decirlo sin tapujos, la sabiduría popular sobre la procedencia del dinero y cómo los gobiernos financian sus operaciones es tanto factualmente incorrecta como moralmente indefendible. Al empeñarse en sonar eminentemente razonables, los halcones del déficit reducen los presupuestos a una aritmética cruda, vacua y elemental: una “ilusión de control“.

Mientras tanto, la TMM sostiene que la política debería ayudar a equilibrar la economía en general, no el presupuesto. De hecho, la TMM, a la postre, “no va de dinero“, sino de reevaluar los límites del gobierno para servir a la población.

Así pues ¿qué implicaciones tiene todo esto para los movimientos sociales? Esta es la pregunta del billón de dólares. Algunos izquierdistas repudian el estudio del dinero, relegándolo a lo superestructural y divorciándolo de la clase y del poder. Esto es frívolo. Al controlar el diseño monetario y oscurecer el papel del estado, la clase propietaria amarra con más fuerza su control sobre los medios de producción y los tipos de trabajo que hacemos. Cuando hablamos de clase, necesitamos hablar más profundamente sobre el dinero: qué es y por qué parece gobernar todo lo que nos rodea.

De manera más inmediata, debemos reconocer que ignorar el gasto federal no ha disciplinado a nuestros amos: les ha dado rienda suelta. Cuando el gobierno federal no gasta suficiente dinero en la economía en general, los hogares y las empresas terminan endeudándose con Wall Street (y Silicon Valley) para llegar a fin de mes. En otras palabras, cuando el gobierno federal se niega a gastar suficiente dinero público en bienes públicos, las empresas del Fortune 500 distribuyen con tacañería las necesidades sociales —vivienda, atención médica, educación, etc.— cargándonos con deudas e hinchando sus propios activos. 

La pandemia ha demostrado cómo este tipo de dependencia de los acreedores especuladores ha hecho que nuestra economía sea singularmente frágil. No podemos afrontar las facturas médicas, el alquiler, los préstamos académicas o multas por lanzar petardos cuando los ingresos se evaporan. La austeridad solo empeoraría las cosas. 

El primer pensador de TMM que leí no fue un economista, sino Bill Black –criminólogo, profesor de derecho y otrora objeto de un intento de asesinato del activista anti-porno y estafador de cuello blanco Charles Keating. El trabajo de Black sostiene que, en un contexto de austeridad, los acreedores, las aseguradoras y los caseros tratan de chupar sangre hasta de las piedras e incurren en comportamientos cada vez peores. Como los polis.

Hay que combatir, pero continuamente caemos en la trampa de divide y vencerás. Sobre todo, si queremos excarcelar y democratizar la economía, debemos destruir el peligroso mito del “dinero de los contribuyentes“. Si nos preocupamos por los “contribuyentes” y no por la población general, cimentaremos una identidad económica estratificada: favoreciendo necesariamente a los grupos más ricos sobre los más pobres: hombres sobre mujeres, blancos sobre negros,  estadounidenses de nacimientos sobre inmigrantes y así sucesivamente.

 Las personas que se identifican principalmente como “contribuyentes” son la base de Trump y Pence, que viven de la tradición ochentera de demonizar a las “reinas subsidiadas” negras y sus hijos: la “clase criminal embrionaria“. Las multas y tasas municipales —impuestas porque los “contribuyentes” pagarán por los servicios públicos— han contribuido a lo que la profesora de derecho Angela Harris llama un “sistema de vigilancia, disciplina punitiva y control que se extiende para transformar las vidas de los pobres en unas profundamente privadas de libertad”.

Las asociaciones de contribuyentes de todo el mundo nos presionan para limitar la acción del gobierno arguyendo que los estados están incapacitados fiscalmente.

Ya hemos visto a opositores explotar este grito: “¡dinero de los contribuyentes!”. Algunos aducen que la “única crítica sustantiva” a la que se enfrentó la campaña de Sanders se refería a los aumentos de impuestos para las clases media y trabajadora. Debido a que se dice que todos los programas sociales implican aumentos de impuestos generalizados, no es de extrañar que muchas personas de color y otros grupos marginados sigan siendo justamente escépticos de que los votantes alguna vez “pelearán por alguien a quien no conocen”. La historia confirma sus sospechas. 

En Racial Taxation: Schools, Segregation, and Taxpayer Citizenship, 1869-1973, la historiadora del derecho Camille Walsh argumenta que el Tribunal Supremo rechazó la reivindicación de la enseñanza como derecho federal, encabezada por estudiantes, familias y activistas chicanos, sobre todo debido a la carga que colocaría sobre los derechos (implícitos e indefinidos) de los contribuyentes blancos.

La TMM puede ayudar a darle la vuelta a este guion. Presentar reiteradamente los impuestos como “el precio que pagamos por una sociedad civilizada” perderá credibilidad a medida que se intensifique la barbarie. No hay que exigirle a la gente que aporte su grano de arena a los derechos que ya deberíamos tener —¡o un sistema de seguro que habría ayudado a estabilizar la economía cuando golpeó la pandemia! Como sostiene la socióloga Tamara Nopper, rechazar el marco del “dinero de los contribuyentes” —y su enfoque en los suburbios blancos como el “parangón de la presupuestación moral y la innovación social” — es el siguiente paso lógico para los movimientos abolicionistas. 

El historiador Destin Jenkins sostiene que la verdadera inversión en las comunidades negras exige que rechacemos la financiación local y racista y que “apalanquemos el poder financiero federal”. A la postre, desmantelar sistemas opresivos exige aún más ambición, incluida la aceptación del gasto deficitario. Y también lo hace el cuidado de un mundo nuevo frente a la amenaza fundamental para nuestra seguridad: el cambio climático.

Si los empeños pasados ​​para obtener derechos socioeconómicos han fracasado en gran parte debido al abuso de la retórica de la responsabilidad fiscal, ¿qué significa esto para el futuro? El Nuevo Pacto Verde (NPV), por ejemplo, es un programa basado en derechos —que nos promete específicamente sanidad, vivienda y empleo garantizados, así como educación. Si el pasado nos puede orientar, resulta imperativo que superemos el mito del dinero de los contribuyentes. 

En general, el NPV nos obliga a contemplar no lo que sacrificamos sino lo que podemos ganar. La mirada fiscal debe coincidir: como sostiene la economista Pavlina Tcherneva el izquierdismo de “gravar a los ricos para pagar por el progreso”, es un “cordón umbilical imaginario” que nos encadena a nuestros opresores. El dinero no crece en los ricos.

El éxito de cualquier programa basado en derechos depende de ganar un apoyo fiscal completamente madurado. Los derechos pueden ser abstractos, inestables y vagos. Sin la financiación adecuada, los derechos —incluso los llamados “derechos negativos”, como la libertad de expresión o el sufragio— no son reales. Sin embargo, reivindicar derechos, en las calles si no en los tribunales, es también una de las pocas vías por las que las personas de color y otros grupos marginados han logrado victorias políticas en este país.

La movilización del NPV se articula en torno a un derecho por encima de los otros. Debido a su orientación hacia una transición Justa, el NPV requiere de una Garantía de Empleo impulsada localmente y financiada con fondos federales, comprometiendo al gobierno federal a proporcionar a cualquiera que lo desee un empleo con un salario digno para cuidar de las personas, la comunidad y el planeta. 

Para que el programa cambie la forma en que trabajamos, también necesitamos protecciones de rentas para apoyar a los trabajadores que abandonen los sectores intensivos en emisiones y programas de desarrollo de la fuerza laboral que complementen los salarios en los sectores críticos para el NPV. Es probable que esto signifique mayores déficits federales, pero la TMM nos demuestra por qué esto no es un problema. De hecho, una vez que dejamos de obsesionarnos con los déficits, podemos ver más claramente cómo pagar el NPV manteniendo la inflación dominada.

Esto es crucial: la miopía inflacionaria es un enemigo histórico de la garantía de empleo. Activistas como Coretta Scott King tuvieron que luchar contra la Reserva Federal (Fed), que argumentaba que un derecho a un empleo exigible lanzaría los precios a un período inflacionario. Hogaño, la Fed todavía trata de mitigar los precios generales manteniendo a suficientes personas desempleadas para que los trabajadores tengan demasiado miedo como para luchar por alzas salariales. En otras palabras, el banco central sostiene que mantener a algunas personas paradas a propósito es necesario para garantizar precios estables. 

Como argumentan los economistas de la estratificación, esto significa que ciertas comunidades  —donde se incluye a gente negra, indígena y latina; gente discapacitada; gente queer; veteranos y personas con antecedentes penales— viven en una depresión perpetua por designio. Como sostiene el profesor de derecho Lua Kamál Yuille, las leyes contra la discriminación no han corregido la situación: sigue sin haber empleo justo sin pleno empleo.

La TMM rechaza que se sacrifique a trabajadores a un volcán inflacionario que rara vez entra en erupción. No estamos interesados ​​en contener el gasto del NPV. Precisamente porque el NPV aspira a la transformación de nuestros sistemas de energía, vivienda, transporte y agricultura; y de resultas promete abrirle un hueco a cualquiera, deberíamos lanzarnos a una expansión fiscal directa e inexorable. La congresista Alexandria Ocasio-Cortez ha reconocido con razón que tenemos un modelo para nuestro empeño. Durante la Segunda Guerra Mundial, los economistas del Tesoro aprendieron una lección importante que aún apuntala a la TMM: a la postre, el gasto público no está limitado por los recursos financieros sino por los recursos físicos (tales como mano de obra y maquinaria) disponibles.

Es otra forma de decir que la estabilidad de precios sigue siendo clave. Pero, contrariamente a los críticos, la inclusión de una Garantía de Empleo no debería ser motivo de alarma. Los datos recientes indican que el gasto en empleo ha tenido escasa influencia en la inflación últimamente. No es de extrañar, entonces, que un exgobernador de la Fed incluso haya acusado a la Fed de carecer de una “teoría funcional de la inflación”, punto. Contrariamente a la sabiduría popular, la TMM propone que mantengamos permanentemente una economía de pleno empleo y estabilicemos los precios por medios adicionales. Debido a que la TMM aprecia la complejidad real de los precios, ampara los impuestos como una herramienta de gestión de la inflación. Pero también incluye la regulación ambiental, antimonopolio y financiera como “créditos no fiscales”.

El análisis detallado de la inflación exige experiencia industrial y laboral. Los economistas  centrados en el déficit renuncian al matiz prefiriendo juguetear con el PIB o los datos de desempleo para la economía en su conjunto, pero el enfoque granular es el camino hacia un NPV funcional. Algunos aspectos del NPV pueden presionar los precios, otros quizás no. Encoger las industrias de defensa, combustibles fósiles, financiera, inmobiliaria y de seguros podría reducir algunos precios. La maquinaria bélica devora barriles y barriles de petróleo, toneladas de acero y otros recursos intensivos en emisiones. Pero el gasto militar que no produce bienes que “ansíe” el consumo civil también es más inflacionario que otros gastos. Si el componente M4A[2] del NPV elimina los empleos en aseguradoras y recorta lo suficiente el derroche de la industria sanitaria, podría ser deflacionario. Wall Street presiona los precios al especular con materias primas, inclusive combustibles y vivienda. El endeudamiento bancario no reglamentado también puede espolear la inflación.

Si necesitáramos gravar o reglamentar ciertas actividades para evitar que la inflación fluya del NPV, podríamos comenzar con actividades que nos perjudiquen activamente. En general, la izquierda debería centrarse en cobrar impuestos a los ricos, regular el crédito y los alquileres, y considerar otras herramientas para atajar el destripamiento de empresas por fondos buitre. Nada estabiliza los precios tanto como estabilizar los precios. Y estabilizar los precios sobre las espaldas de los ricos y poderosos va de la mano con hacer la paz.

En definitiva, necesitamos un marco de hacienda pública que nos permita tratar nuestras crisis como crisis reales. Desde 2008, los críticos de todo el espectro político han reprendido a la “economía ortodoxa” por, francamente, estar equivocada en todo. Por el contrario, los teóricos de la moneda moderna acumulan aciertos sobre los eventos macroeconómicos más importantes de nuestro tiempo. A diferencia de algunos de nuestros compañeros de viaje, los izquierdistas de la TMM nos hemos comprometido a perfilar un programa político.

Solo le pedimos a la gente que sea tan crítica con el dinero como con todo lo demás. Adoptar un marco de dinero público no significa escupir jerga contable: significa más bien perseverar en una óptica que no nos haga perder de vista la pieza a cobrar. Significa alentar a las personas para que dirijan la pegada hacia arriba, y no hacia abajo o de través, cuando se trata de asuntos dinerarios. No fabricamos el dinero. Pero nos lo merecemos. Tanto como haga falta.

La pandemia está desenmascarando la insidia de nuestras instituciones monetarias. Mientras que la Fed usa creativamente sus poderes legales, para empujar sobre hilos de títeres, el Congreso y el Tesoro renuncian a emplear métodos más sencillos, poderosos y justos. Una vez más, el desastre demuestra que nos enfrentamos al fascismo y al neoliberalismo de frente. Durante décadas, el Partido Republicano ha demostrado que emitirá ese cheque en blanco por la seguridad de la tribu de la gente que considera merecedoras de atención. Por el contrario, la dirección demócrata del Congreso ha demostrado una “obsesión por los déficits” y ya ha mostrado signos de que retrocede al modo austeridad.

Es la hora de la contrapresión. Además de los billones de dólares en estímulo directo a los hogares, la pandemia exige una moratoria de pagos, cuando no una condonación. La moratoria federal a los desahucios ha caducado; otra vez empiezan a llegar litigios de vivienda a los estados. Pero el NPV existe porque la mayoría de nosotros estamos en crisis crónica —precisamente porque nuestra economía tritura y machaca nuestras obligaciones básicas para poder operar. Cerrémosla. El pasado Día del Trabajo[3], tuve el orgullo de unirme a casi otras mil personas bajo el liderazgo del Reverendo Dr. Delman Coates, en una marcha sobre la Fed, siguiendo los pasos de Scott King, para exigir un verdadero pleno empleo y el uso de “dinero público para el poder público.” Anteriormente, esto sirvió como lema de la conferencia anual de la TMM: una infrecuente reunión de “economía” donde cualquiera puede charlar con alguien que escribe libros de texto técnicos para ganarse la vida. Nos encanta. Pero sólo hemos empezado.

Es un error subestimar la capacidad de la población para echar una mirada honesta a las entrañas de la sociedad. De hecho, los movimientos suelen exigir que la gente piense más profundamente sobre conceptos difíciles como “propiedad”, “género” y “raza”. Así debe ser con el “dinero” —en un registro accesible e inclusivo, al servicio de movimientos más poderosos. Pero las personas que viven al día de nómina en nómina, o sin nómina a sin nómina, están acostumbradas a hacer malabarismo con el dinero. Si la gente puede llegar a aceptar algo tan retorcido como la sabiduría popular actual, puede llegar a aceptar algo tan sencillo como la TMM. 

El público ve que el gobierno federal está tomando medidas drásticas para salvar a los ricos, mientras hilvana y deshilvana los méritos de los demás para ser asistidos. Las matemáticas no cuadran. La TMM demuestra que el sistema podría pagarnos, pero nos deja colgados. Por ende debe desecharse el statu quo.

Los formuladores de políticas ya están incorporando muchos argumentos de la TMM. Ahora viene la parte difícil: que se haga de una puñetera vez. En las postrimerías de la Revolución de Octubre, un economista se refirió con predilección a la imprenta del Comisariado de Hacienda como una ametralladora “disparada contra el trasero del orden burgués …”. 

Nos podemos remitir a tradiciones menos violentas: principalmente una marcha algo famosa para “cobrar un cheque ” —por el importe que fuera de justicia. Pero no importa cómo se mire, establecer un gobierno para el pueblo significa en última instancia tomar el poder monetario: en otras palabras, “la única salida hay que atravesarla“. No hay que tener miedo de reescribir las reglas de nuestro libro mayor compartido: de quiénes poseerán y de quiénes deberán."                      

(Raúl Carrillo , red mmt, 09/09/20. Traducción de Stuart Medina Miltimore)