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16/4/24

Los desproporcionados costes de la austeridad... estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales... Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente... existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30... y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal... El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios... es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil

  "Actualmente, estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales. Esta escalada del discurso bélico, probablemente fruto del debilitamiento del sentido común político-militar que solía guiar las relaciones entre las superpotencias nucleares, podría desembocar en un conflicto nuclear. 

La mera posibilidad de una tercera Guerra Mundial es demasiado terrible y nos obliga a tomar medidas para prevenirla. Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente. 

En una entrevista reciente (ver aquí), David Harvey nos recuerda que existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30, y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal. Un artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista Review of Economics and Statistics (ver aquí) señala que la austeridad fiscal causa un aumento significativo del porcentaje de votos a los partidos extremistas. 

El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios. Otro artículo importante, y un clásico en este tema, publicado en el Journal of Economic History (ver aquí), señala que en las cuatro elecciones alemanas entre 1930 y 1933 el partido Nazi tuvo más éxito electoral en las áreas más afectadas por la austeridad fiscal. 

La austeridad fiscal ha causado que hoy se estén dando situaciones de gran agitación política; y de tal agitación están saliendo reforzados políticos aparentemente anti establishment cuyas propuestas son eminentemente autoritarias. De este modo, tal y como indica la evidencia empírica y la historia, los efectos socioeconómicos de las políticas de austeridad refuerzan los marcos ideológicos de represión disciplinaria. Esta estructura ideológica de represión constituye una herramienta clave para el creciente autoritarismo que nos ha situado hoy, de nuevo, a las puertas de una guerra planetaria. 

La crisis financiera global y la Gran Recesión frenaron en seco el proceso de acumulación de deuda de los hogares en el que se basó el régimen de crecimiento económico del periodo 1990-2007, y crearon una crisis en el capitalismo global cuyos efectos siguen hoy presentes. La clave para la renovación institucional necesaria para abordar esta situación pasa por gestionar el descontento de los perdedores. Para ello existen, como mínimo, dos estrategias. Una de ellas es el neoliberalismo autoritario, que básicamente implica reconciliar a los hogares trabajadores con las realidades del mercado laboral neoliberal mediante la coacción, la distracción y la austeridad. 

Esta es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil."                     ( , Economistas frente a la crisis, 06/04/24)

19/9/23

¿Cambian las crisis el apoyo de los ciudadanos a la solidaridad, a la disposición de éstos a prestar apoyo a los países vecinos?

 "En la primavera de 2020, durante la primera oleada de la pandemia de COVID-19 en Italia, el Bild-Zeitung publicó una carta abierta a los ciudadanos italianos, tanto en alemán como en italiano. En ella se les aseguraba que "¡Estamos con vosotros! Lloramos con vosotros... Sin vosotros, el milagro económico alemán no habría sido posible". (traducción propia).

Esta fue la versión sentimental de lo que dijo la canciller Merkel en una entrevista para seis periódicos nacionales en mayo de 2020, que "[L]a pandemia de coronavirus nos enfrenta a un desafío de dimensiones sin precedentes. Nos ha golpeado a todos indiscriminadamente... Para Italia y España... la pandemia de coronavirus significa una enorme carga en términos económicos, médicos y... emocionales. En estas circunstancias, es justo que Alemania no piense sólo en sí misma, sino que esté dispuesta a comprometerse en un acto extraordinario de solidaridad". Con ese espíritu hicimos nuestra propuesta el presidente francés Emmanuel Macron y yo".

La pandemia se presentó como una conmoción común de la que ninguno de nosotros había sido responsable y que fue muy grave para todos. La declaración de Merkel se hacía eco de lo que nueve países del sur y el oeste de Europa habían manifestado anteriormente en una carta abierta en la que abogaban por un instrumento de deuda común, bautizado como Coronabond.

 Sin embargo, una década antes, Bild-Zeitung -que tiene la mayor tirada de todos los periódicos de Alemania- había calumniado a los "codiciosos griegos" por exigir miles de millones de subvenciones y estafar al contribuyente alemán durante su crisis de deuda soberana. Se hacía eco, de la forma más grosera posible, de lo que habían insinuado el ministro de Finanzas Schäuble y los economistas euroescépticos. El contraste entre el encuadre de la pandemia del COVID-19 y el encuadre de la crisis de la eurozona no podría ser más marcado.

Marcos y apoyo a la solidaridad

¿Importan estas diferentes formas de presentar la solidaridad transnacional? ¿Responden los ciudadanos al marco de una crisis y apoyan la ayuda financiera a los vecinos más afectados dependiendo de cómo se presente la difícil situación de ese otro país, como Italia en 2020 o como Grecia en 2010? ¿Importa la forma que adopte el apoyo a otro país, ya sea un regalo o un préstamo?

 Estas son las preguntas que intentamos responder en un nuevo estudio. Argumentamos, basándonos en los discursos de los representantes nacionales, que hay tres marcos importantes que se invocaron en los dos escenarios de crisis extrema. Por un lado, estaba la narrativa de la pandemia COVID-19: Merkel caracterizó la crisis como común, no atribuible y existencial. Por otro lado, estaba la narrativa de la crisis de la eurozona en países como Alemania y los Países Bajos e incluso en la literatura académica: se trataba supuestamente de una crisis de deuda soberana de unos pocos países como Grecia que habían vivido por encima de sus posibilidades; y debería ser su propio problema ocuparse de ella, ya que no afectaba al resto de la Unión.

No importaba que los bancos del resto de la UE hubieran prestado alegremente para el derroche público y privado que garantizaba el empleo en las industrias exportadoras. O que los ciudadanos griegos nunca habían exigido, y mucho menos recibido, regalos fastuosos. Todo lo que sus gobiernos pidieron a los contribuyentes alemanes -y a otros, incluido el italiano- fue que garantizaran la emisión de bonos con la que el Mecanismo Europeo de Estabilidad recaudó el préstamo para el gobierno griego, en caso de que Grecia no pudiera devolverlo. Incluso cuando Grecia dejó de pagar, estas garantías no se ejecutaron; los bancos privados tuvieron que asumir un fuerte recorte en sus créditos contra el gobierno griego.

Una encuesta experimental

Ambas crisis se enmarcaron de formas particulares. Para examinar cómo afectaban estos marcos al apoyo a la solidaridad, realizamos un experimento con encuestas en el que cambiamos el escenario de referencia de la crisis de la eurozona como un problema autoinfligido que sólo tenía implicaciones limitadas para el resto de la UE.

Nuestros tratamientos experimentales variaron cada una de estas características. También preguntamos a los encuestados por las características específicas de la ayuda financiera que apoyarían en cada escenario, especialmente si se financiaba mediante deuda conjunta, mediante un aumento de los impuestos o se concedía en forma de subvención. Esto último resultó bastante importante. Para tomar sólo el otro escenario extremo al escenario de referencia, en particular el encuadre de la pandemia COVID-19 como un choque común y muy grave del que no se podía culpar a las políticas pasadas:

    Si la solidaridad se financia aumentando la deuda conjunta, el escenario COVID-19 tiene el efecto positivo más fuerte en las actitudes de los encuestados hacia la ayuda a otros Estados miembros (todos los demás escenarios, variando sólo una o dos características, también tuvieron un efecto positivo).

    Si la solidaridad se financia mediante una subida de impuestos, se produce un pequeño efecto positivo en la disposición a ayudar en comparación con el escenario de la zona euro (también en los otros tres escenarios).

    Si la solidaridad se financia mediante una transferencia, no hay, por término medio, ningún cambio perceptible en las actitudes de los encuestados entre los escenarios de la zona euro y de la crisis COVID-19 (sólo otros dos escenarios tienen un efecto positivo).

 En resumen, el cambio de marco influye notablemente en las actitudes solidarias. De hecho, en casi todos los Estados miembros septentrionales, los encuestados reaccionaron más enérgicamente a los distintos escenarios que los encuestados de los Estados miembros meridionales y orientales, aunque las actitudes solidarias en el sur de Europa son, de media, más fuertes para empezar. Por último, el encuadre de la crisis de la eurozona en algunos Estados miembros del norte fue extremadamente desfavorable para solicitar la disposición de los votantes a ayudar a otros países.
Apoyo a Ucrania

Resulta tentador plantearse qué significan estos resultados para el intento de mantener el apoyo de los votantes de la UE a la defensa de Ucrania frente a la agresión rusa. Si nuestras conclusiones se aplican también a este vecino inmediato de la UE, entonces importa menos que se trate ante todo de una crisis específica de un país. Sería más eficaz que los gobiernos insistieran en que no es culpa de Ucrania y que se trata de una amenaza existencial para su nacionalidad.

Si nuestras conclusiones viajan, este escenario tendría un efecto positivo en la disposición de los encuestados a apoyar a Ucrania en las tres formas en que puede ejercerse la solidaridad financiera. De hecho, el efecto marginal de un escenario de crisis ucraniana es mayor si la solidaridad se extiende en forma de transferencia. Aunque sorprendente a primera vista, esto tiene sentido: si no estamos igualmente afectados, podemos ayudar; pero para que nuestra ayuda sea eficaz, tiene que ser un regalo generoso, ya que el país está en peligro de muerte, sin culpa propia.

 Nos inclinamos a ver aquí un doble mensaje: no subestimar la empatía de los ciudadanos por los demás, pero también ser conscientes de que la empatía puede verse socavada por encuadres distorsionados. Por desgracia, los periodistas sensacionalistas parecen saberlo y lo explotan en ambos sentidos."              

(Waltraud Schelkle, Zbigniew Truchlewski, Federico Ferrara, LSE, 07/09/23; traducción DEEPL)

3/10/22

La guerra de invierno que cambió la historia hace 90 años. O Roosevelt o Hitler... Y que ahora se está repitiendo

 "La guerra de Ucrania está sometiendo a Occidente, y a Europa en especial, a fuertes tensiones. Se avecina un invierno duro, salvo que el conflicto bélico acabe pronto, lo que no parece que vaya a suceder, y ese escenario plantea a los gobiernos un dilema claro respecto de cómo afrontar la crisis económica en la que estamos, y que se espera que sea más dura si el frío intenso hace acto de presencia.

El instante queda resumido en el diagnóstico de Raymond Torres, director de Coyuntura Económica de Funcas. Estamos en un momento en el que los problemas de redistribución son importantes porque "una asimetría pronunciada del reparto de los costes de la inflación tendría un fuerte impacto social y económico". Por eso, "muchos gobiernos y muchos expertos, como el economista jefe del BCE, han decidido redistribuir, incluso mediante mecanismos de mercado, como la intervención de precios".

 Pero, por otra parte, "el margen de maniobra para este tipo de políticas, con la naturaleza estanflacionaria de la crisis energética y en un contexto de deuda elevada alta, es escaso. Es una situación paradójica". De cómo se resuelva este dilema, si se continúa con políticas de ayuda y de reforma del mercado, o se regresa a la ortodoxia pronto dependerá el futuro de las poblaciones occidentales, y principalmente de las europeas.

La 'guerra de invierno'

Este dilema se planteó en términos muy similares hace 90 años en EEUU: ¿qué se debe hacer en una economía que ha entrado en crisis? ¿Cómo afrontarla? La respuesta se dio en las elecciones celebradas el 8 de noviembre de 1932. Franklin Delano Roosevelt fue elegido presidente con una mayoría aplastante gracias a que había prometido un cambio radical de la política económica: debía sacar a su país de la Gran Depresión y estaba apostando por una fuerte intervención estatal para recuperar el nivel de vida de sus ciudadanos. Roosevelt debía afrontar muchas resistencias, pero entendió que, para estabilizar el sistema y aplacar las tentaciones comunistas y, sobre todo, las autoritarias, que estaban apareciendo en su país, eran imprescindibles políticas que generasen empleo y actividad económica, a pesar de que eso supusiera una mayor inversión estatal.

Roosevelt no tomó posesión del cargo hasta el 4 de marzo de 1933. Fueron cuatro intensos meses, que dieron lugar a lo que el historiador Eric Rauchway ha denominado ‘guerra de invierno’ ('Winter War', ed. Basic Books), en los que FDR hubo de hacer frente a todo tipo de presiones. Hoover, el presidente en funciones, puso todo tipo de obstáculos a lo que Roosevelt representaba e inició una fuerte oposición interna para conseguir que el presidente electo tomase otra dirección. Pero no fue eso lo más grave: en febrero de 1933, Roosevelt sufrió un intento de asesinato que falló porque una mujer desvió la pistola del asesino. Las cinco balas disparadas acabaron con la vida del alcalde de Chicago, presente en la comitiva presidencial. Además de las amenazas físicas, Roosevelt tuvo que afrontar otra clase de riesgos: las tentaciones autoritarias habían penetrado en parte de las élites estadounidenses, y ese invierno fue cuando más cerca estuvo de concretarse en un giro político que sintonizaba con el fascismo europeo. Tras esos turbulentos meses, FDR comenzó la implantación del New Deal.

Hasta entonces, la respuesta estadounidense había sido ortodoxa. Hoover reaccionó a la depresión con una serie de medidas que intentaron paliar los efectos negativos con el apoyo a algunas industrias nacionales y al ámbito financiero, y con la convicción de que los salarios no debían bajar. Sin embargo, tales medidas resultaron contraproducentes porque, como bien describe Andreu Espasa en ‘Historia del New Deal’, el entonces presidente se negó a reconocer cualquier problema en el modelo de crecimiento de los años 20. Insistió en que la depresión estaba causada por las disfunciones europeas, por lo que no tenía sentido plantear ninguna reforma sustancial de la economía estadounidense. Además, esa visión, según la cual las crisis servían para eliminar a las empresas menos eficientes, por lo que no tenía sentido interferir en esa necesaria purga, era la adoptada, en última instancia, por Hoover. Las medidas no funcionaron, y los cambios empezaron a llegar únicamente cuando Roosevelt desarrolló su novedoso programa.

El invierno que llevó a la guerra

El mismo dilema se había planteado en Europa, pero la respuesta elegida fue en dirección contraria. Cada país introdujo sus variantes, pero en esencia fue la opuesta a la estadounidense. Resulta especialmente relevante el ejemplo alemán, ya que era una gran potencia que estaba pasando graves apuros, en buena parte por la retirada de apoyo financiero estadounidense cuando la Gran Depresión estalló. Allí, el canciller Heinrich Brüning, el centrista que se había colocado al frente del Gobierno, apostó por el camino estándar: políticas antiinflacionistas, recorte de gastos estatales y bajada de los costes laborales. La idea era sanear la economía y, una vez conseguido ese propósito, conseguir que la inversión regresara.

El temor a la hiperinflación que Alemania había sufrido apenas 10 años antes permitió que esas políticas fueran acogidas también por el partido socialdemócrata, que, además, percibía a Brüning como la última línea de defensa frente al ascenso de Hitler.

El Estado alemán se hizo más rígido y menos democrático: Brüning tuvo que gobernar a golpe de decreto. Necesitaba ese margen de acción porque había apostado por aumentar los impuestos, reducir los beneficios sociales, recortar el número de funcionarios del Gobierno y los salarios de quienes conservaron el empleo, por lo que tuvo que lidiar con resistencias internas y con descontento social, como explica Eric D. Weitz en ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ (Ed. Turner). Su sucesor en 1932, Franz von Papen, continuó la misma línea, y el último canciller de la República, Kurt von Schleicher, solo duró en el cargo un mes. Hindenburg nombró canciller a Hitler el 30 de enero de 1933.

Las semejanzas con Alemania

Un examen del contexto germano desde el punto de vista social resulta ilustrativo por las semejanzas que puede guardar con nuestra época. Alemania había sufrido dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial, dadas las cargas que tuvo que soportar, y la hiperinflación de 1923. La recuperación de los años posteriores se vio frenada de golpe en 1929 y, en esos seis años, la situación de sus ciudadanos no había mejorado en exceso. Entonces, sufrieron un nuevo golpe económico.

Incluso en los años buenos, en la época dorada de los 20, los despidos se habían incrementado. Quizá los salarios subieran, pero también el paro. Como bien describe Weitz, había dos sectores especialmente afectados: los jóvenes, que tenían muy difícil encontrar un espacio en el mercado laboral, y los trabajadores de más edad, que eran percibidos como incapaces de ajustarse a los nuevos ritmos de trabajo. La productividad había aumentado a finales de la década respecto de 1923 gracias a dos factores perversos: se habían reducido las plantillas al mismo tiempo que se exigía mayor producción, y había regresado el trabajo a destajo. Como las retribuciones del mismo eran bajas, los operarios debían trabajar más, y más rápido, para alcanzar un salario razonable. El resultado no solo incrementó la productividad, también las presiones cotidianas y los accidentes laborales.

Las mujeres fueron parte importante en la mano de obra de aquellos años, dado que, al ser su salario más bajo, unas dos terceras partes de lo que percibía un varón, se las consideraba rentables. Puesto que ellas realizaban, además, las tareas del hogar, sus jornadas eran interminables: formaban parte de ese pueblo que se levantaba a las cinco y media de la mañana y no se acostaba hasta las 11 de la noche. Era un país que no dormía lo suficiente y que no tenía tiempo para descansar. Alemania se desenvolvía entre la desvitalización de los parados y la hiperactividad de los empleados, y era la primera más frecuente entre los hombres y la segunda entre las mujeres.

Si los sectores industriales no vivían buenos momentos, tampoco los demás. Los empleados por cuenta ajena, en especial si trabajaban en grandes empresas, vivían en un entorno jerárquico y muy disciplinado, en el que se generaban escasas posibilidades de ascender. Los cargos directivos estaban copados por una élite ligada por lazos familiares, educativos o de clase, cuyo nivel de vida era estable, porque permanecían en esos puestos hasta su jubilación. Muchos oficinistas se quedaban sin empleo a los 40 años, ya que, al igual que los obreros, eran percibidos como poco adaptados a unos ritmos de trabajo más veloces. El cambio era la constante: en 1930 solo la quinta parte de los asalariados realizaba las mismas tareas que habían llevado a cabo sus padres.

La suerte tampoco sonreía a las pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales desaparecieron. De los 11 millones de autónomos que estaban registrados en el censo de 1925, siete millones pertenecían al sector agrario. El resto, tenderos, artesanos y profesionales liberales, vivieron intensamente el aumento de costes y la competencia de las empresas de mayor tamaño, de modo que su subsistencia era precaria. Eran un grupo importante para el discurso político, en especial para la derecha, pero cuya realidad se había empobrecido sustancialmente."                   (Esteban Hernández , El Confidencial, 01/10/22) 

26/5/20

“La industria de la felicidad se alimenta de que haya insatisfacción constante”

"¿Se puede ser feliz durante un confinamiento forzado por una pandemia mundial? El problema no reside tanto en la respuesta a esta pregunta como en que existan disciplinas, como la denominada psicología positiva, que no alberguen duda alguna sobre ello: depende de lo que tú te esfuerces individualmente. 

En plena era de dominio ideológico neoliberal, la felicidad representa para algunos un principio incuestionable que sirve para distinguir el éxito y el fracaso de los individuos. En su trabajo Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (Paidós) –traducido a más de diez idiomas–, la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Cabanas (que responde a esta entrevista)  analizan, por una parte, la ideología que subyace a una disciplina que cuenta cada vez con más fuentes de financiación y, por otra, su falta de soporte científico y sus efectos secundarios.

La psicología positiva nos concibe como empresas que persiguen maximizar su felicidad. ¿Qué nos diría un psicólogo positivo sobre cómo llevar este confinamiento? ¿Nos sugeriría convertir también esta crisis en una oportunidad?

Estoy seguro de que muchos ya han dicho eso... Para la psicología positiva, todo es susceptible de ser instrumentalizado para nuestro propio bien, bienestar o interés. Y lo mejor que podemos hacer es no dejarnos abatir por las circunstancias externas –porque, al fin y al cabo, no tienen demasiada influencia–, para centrarnos en trabajar nuestras actitudes, nuestros pensamientos y nuestras emociones positivas, dejando al lado todo lo negativo. Como si lo positivo y lo negativo se situaran como dos polos opuestos. 

‘Positivo’ y ‘negativo’ es una simplificación... 

Es una falacia: de hecho, habría que ver si todas estas emociones positivas son tan beneficiosas. Y tachar de ‘negativos’ sentimientos como, por ejemplo, la ira, el enfado o la indignación es algo sumamente conservador, porque hay que tenerlos en cuenta ya que también nos mueven a cambiar las cosas, a modificar el statu quo. Al patologizarlos, estos sentimientos quedan denunciados como ‘improductivos’ personal y socialmente.  

Lo que siempre me sorprende es la capacidad de estos discursos para calar pese a todo lo que esté ocurriendo. Ya en la crisis iniciada en 2008 se multiplicaron. Porque en esos momentos, cuando uno tiene la sensación de que no puede influir en su entorno es quizá cuando estas llamadas para recluirse en el interior de uno mismo proliferan. Pero, si nos damos cuenta, el hecho de no atender a las circunstancias que nos están rodeando es absolutamente delirante: en momentos como los que estamos viviendo se hace evidente que nuestra vida, en general, está puesta en manos de lo que esté sucediendo, y que no depende de nosotros. 

En Happycracia se cita un pasaje escalofriante. Una mujer le cuenta a su marido que ella es feliz, pero que cree que debería serlo más, y que debería luchar por ello a toda costa… 

La idea detrás de esto es que la persona se conciba a sí misma como un proyecto. Hasta ahora, la unidad de utilidad había sido el dinero, pero, en estos momentos, la felicidad se ha acabado convirtiendo, quizá, en el mayor valor de utilidad. Las personas tienen que buscar la forma de conseguir el máximo enriquecimiento personal e individual, entendiendo la felicidad como su máxima expresión.  

Y la felicidad, en este punto, adquiere un aspecto paradójico: es, a la vez, fin y medio para lograr otros fines. Porque no solo hay que dirigirse a la felicidad, sino que, siendo feliz, se es más productivo; y cuanto más productivo eres, más feliz eres, y viceversa. Se trata de una enorme tautología, un argumento circular en el que apenas se repara y del que puede ser muy difícil salir.

Si usted no me obedece y no es feliz, no será productivo.

Felicidad, productividad, rendimiento económico e interés propio entran en el mismo círculo, retroalimentándose. Normalmente, la gente asume que una persona feliz es más productiva. Pero no hay una demostración científica de ello, se trata simplemente de un argumento que encaja ideológicamente.
¿Quién obtiene los mayores beneficios de la difusión de todo este pensamiento relacionado con la felicidad?

Cuando tú prometes que tu teoría, tus técnicas o talleres suponen una forma más barata de obtener rendimientos laborales, de que tus trabajadores no solo sean más productivos sino más aquiescentes con la cultura corporativa, etc., puede haber mucha gente interesada. Además, gracias a determinadas investigaciones y publicaciones, quienes defienden estos principios quedan, de alguna manera, ‘científicamente’ legitimados. Los mismos ‘coach’ o quienes van dando cursos terapéuticos de este tipo ya pueden afirmar que cuentan con herramientas científicas. Todo lo que está filtrado por la ciencia –o por una apariencia de ciencia– vende muchísimo más.

Hay mucha gente que necesita tratamiento psicológico, apoyo, etc. Si, como promulga esta disciplina, estas personas se olvidan de lo negativo y se centran en aumentar lo positivo, en la felicidad, ¿qué les ocurre si no llegan a ella? 

Se generan lo que denominamos los ‘happycondríacos’, es decir, las personas que, al creer que siempre se puede ser más feliz, acaban permanentemente frustradas, persiguiendo un proyecto que nunca se cierra, lo que les genera ansiedad, frustración, obsesiones... Además, muchas personas que padecen estrés o ansiedad pueden caer en una doble trampa, ya que acaban doblemente castigadas porque, por una parte, sufren el estrés, y por otra, sufren el peso de concluir que no salen de esta situación por su propia culpa. 

La industria de la felicidad se alimenta de que haya infelicidad e insatisfacción constante. E intenta copar todo el mercado: no solo se dirige a las personas que no son felices, sino a todas, tratando de convencer a las que están bien de que siempre se puede estar mejor. Y mucha gente que estaba bien se embarca en una persecución para salir de la ‘deficiencia’ que le han ‘descubierto’ que tienen. A su disposición siempre tendrán un enorme abanico de posibilidades y de técnicas para ‘mejorar’. Se trata de una estrategia de marketing y, además, de un discurso muy perverso que siempre responsabiliza a la persona de lo que le pasa.

¿Puede ser la felicidad una nueva señal de triunfo personal, de ‘riqueza interior’?

La felicidad, desde este enfoque, nunca ha dejado de asociarse ni con el individualismo ni con una determinada concepción del éxito personal. Es como otra forma de estatus no ligado ya al consumo, sino más bien el signo de que uno ha aprovechado bien su vida, independientemente de los elementos materiales que posea.

El estudio y la promoción de la felicidad han penetrado en muchas instituciones políticas y educativas. ¿Puede convertirse en un mecanismo de control?

Una vez que has introducido la felicidad como criterio único para valorar lo que es bueno en términos políticos, te va a valer para compensar otros indicadores económicos y sociales. Por ejemplo, países como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o India, con enormes desigualdades, claras violaciones de los derechos humanos, mortalidad infantil, etc., sacan bandera de lo bien que están en términos de felicidad, como una forma de lavado de cara que no se podría hacer en otros ámbitos. 

En muchos casos, esta noción de felicidad viene a sustituir a la del Estado del Bienestar, que engloba mucho más que el bienestar subjetivo: derechos sociales, laborales, condiciones de vida mínimas, etc. Este nuevo discurso de la felicidad nos impide hablar y discutir sobre las condiciones de bienestar, porque se parte de que las condiciones externas no importan. Y, con ello, se hace imposible introducir cuestiones de tejido social, políticas, económicas, que son mucho más importantes que las cuestiones emocionales o personales.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué recomiendan otros enfoques psicológicos para superar esta crisis? 

Sobre todo, entender que lo que nos está sucediendo tiene un origen circunstancial y que no depende exclusivamente de nosotros. No debemos machacarnos porque las cosas ahora no vayan bien: se trata de una situación extraña e inédita en la que  todo el mundo está tratando de capear el temporal de la mejor manera posible. Además, y esto es muy importante, no existen recetas para todo el mundo. Si hay alguna solución, esta descansa más en cómo podamos afrontarlo como sociedad que como personas individuales."                    

 (Entrevista a Edgar Cabanas / Psicólogo, coautor de ‘Happycracia’. Andrés Villena, CTXT, 19/05/20)

21/2/20

La mayoría de dinámicas de las sociedades donde vivimos favorecen la soledad... no solo un problema de gente mayor. Los datos dicen que también es muy grave entre los 18 y los 40 años. Cuando la casa no es tuya, sino de varias personas, no hay vínculos afectivos, de repente la cocina se convierte en un ‘no lugar’ y el pasillo también... y los bares

"Estamos ante uno de los académicos españoles que más ha hecho por bajar la sociología y la filosofía de la torre de marfil. Fernando Broncano (Linares de Riofrío, Salamanca, 1954) venía de publicar Cultura es nombre de derrota (2018), un potente tomo donde dibujó el mapa de la contienda cultural entre izquierda y derecha.

 Defensor de las políticas de la emancipación, es uno de los pocos intelectuales de referencia de la izquierda española dispuesto a reconocer que su bando está recibiendo una paliza (sin dar nunca el partido por perdido). Su nuevo libro, Espacios de intimidad y cultura material (Cátedra), es mucho más breve pero igualmente afilado, perfecto para estimular conversaciones sobre cómo vamos perdiendo el control de nuestras casas, nuestros bares y nuestras tiendas. 

Su actividad se puede seguir en la bitácora 'El laberinto de la identidad', repleta de reflexiones sobre conflictos cotidianos. Vozpópulicharló con el filósofo en una cafetería de Tirso de Molina (Madrid) durante una hora.

El libro hace una defensa de la red de teleclubes que crea Manuel Fraga en el tardofranquismo. Fueron espacios comunitarios donde la gente se reunía para ver películas, partidos de fútbol o incluso a bailar. Cuando se abaratan los televisores, no solo desaparecen estos centros de reunión sino que la televisión entra en los salones, destruyendo en gran parte la conversación familiar. ¿Un cambio tecnológico no siempre es un avance?

Hace unos días, después de una conferencia sobre la soledad, una persona joven del público me reprochaba que es verdad que se destruyen espacios comunitarios, pero también se crean otros nuevos. Ponía el ejemplo el feminismo y contaba que su madre acude ahora a unas reuniones de mujeres.

 Tenía parte de razón, pero cuando reivindico de los teleclubes no es desde una posición nostálgica, sino lamentando que los viejos lugares para socializar se destruyen a una velocidad mayor de la que se construyen los nuevos. Fíjate, por ejemplo, en cómo las franquicias han ido arrinconando a los bares de toda la vida. Un camarero es depositario de unos saberes sociales importantes y no es lo mismo que conozca a la clientela que encontrarse uno nuevo cada poco, todos ellos veinteañeros, que sabes que se van a marchar en cualquier momento. 

Antes era más barato juntarse cuatro amigos y alquilar un local para compartir cualquier actividad que nos uniese, pero los precios de los inmuebles han subido brutalmente y hoy resulta casi imposible. Por eso, cada vez más, nos encontramos en las redes sociales, que es un proceso mucho más sencillo, pero también constituye una experiencia muy pobre en cuanto a interacción, calidez y matices en la comunicación. El problema que tenemos es un sistema económico que destruye tejido social.

¿Cada vez son más complicadas las relaciones?

Me gustaría investigar los pisos compartidos. Antes eran una opción solo para estudiantes, pero hoy tienen que recurrir a ellos gente cada vez mayor, desde parados a divorciados. Cuando una casa no es tuya, sino de varias personas que no tienen vínculos afectivos, de repente la cocina se convierte en un ‘no lugar’ y el pasillo también, así que pasas la mayoría del tiempo encerrado en la habitación, que es el espacio que puedes hacer tuyo.

 A medida que la economía se hace especulativa, se van creando burbujas que destruyen lazos humanos. También es interesante la sociología cotidiana de los bares. Ahora quedas con amigos para tomarte una copa a media tarde y a las ocho ya te van subiendo el volumen de la música para que no puedas conversar y te centres en el alcohol. A las diez ya solo puedes comunicarte a gritos.

Denuncia que cada vez somos menos conscientes de la soledad. Los móviles, con su constelación de aplicaciones, nos hacen sentir acompañados cuando en realidad no lo estamos.

Los móviles favorecen sucedáneos de relación, aunque es verdad que sin ellos ni siquiera tendríamos eso. También puedes quedar a media tarde para ir a tomar una copa o esforzarte por compartir piso con gente que conoces, pero son pequeñas resistencias personales que no están siempre a nuestro alcance. La mayoría de dinámicas de las sociedades donde vivimos favorecen la soledad. 

Ahora estoy mirando estadísticas de soledad que desmienten que sea solo un problema de gente mayor. Los datos dicen que también es muy grave entre los 18 y los 40 años, las edades donde debería ser más sencillo crear vínculos. Eso tiene que ver, entre otras cosas, con la obligación de irte a trabajar lejos de tu círculo social. 

Es curioso porque una diputada conservadora de la época de Theresa May propuso crear un Ministerio de la Soledad, que además no estaba enfocado a ancianos sino a todas las edades. El proyecto se truncó con la dimisión de May y no creo que Boris Johnson lo vaya a recuperar. Cada vez tengo más claro que la soledad es un precio que pagamos, por ejemplo a cambio de trabajo. Esto lo saben muy bien los miles de españoles que tienen que dejar sus pueblos para mudarse a Madrid.

Hay un pasaje donde analiza la forma en que los partidos se dirigen a los millones de personas que no están interesadas en política. La derecha les considera “mayoría silenciosa”, ciudadanos cuyas demandas no han sido atendidas; la izquierda, en cambio, les insulta con el adjetivo “cuñados”, que alude a su escasa sofisticación intelectual. Mucha diferencia, ¿no?

La derecha está ganando la batalla cultural por goleada. Saben identificar las fibras más sensibles de la población y dirigirse a ellas. Mira la creciente importancia del evangelismo, que está relacionada con la creación de lazos comunitarios en un mundo comido por la soledad. Crean tejido social, incluso con gente que se puede aburrir en misa pero sabe que la iglesia es el lugar donde tienen trato humano con los demás. 

En España, Vox ha hecho bandera de la caza, algo contra lo que yo tengo objeciones morales pero eso no me impide ver que en los pueblos crea vínculo social, es la ocasión de estrechar relaciones. Los ‘incels’ rurales, por ejemplo, tienen su esfera social ahí. La derecha está pillando muy bien estas necesidades. Cuando Vox reivindica la caza está apelando hábilmente a la sensibilidad de la España vaciada. 

La prueba es que en Salamanca ha arrasado Vox. La izquierda está demostrando menos capacidad para detectar estas cosas. Tenemos tendencia a los sermones ideológicos, que nos hacen sentir calentitos, pero son mucho menos eficaces. Además la religión nos lleva mucha ventaja, ya que en las iglesias te bautizas, te casas y rezan por tu alma, rituales que no tienen cabida en una delegación política.

¿Cómo ha perdido la izquierda sintonía con la calle?

Los políticos de izquierda crecen en ambientes militantes donde se establecen lazos sociales densos; eso puede contribuir a que no se enteren del desierto que hay fuera de sus círculos. Tienen vidas con muchas relaciones dentro del partido, pero el partido es algo pequeñito dentro de la sociedad a la que te diriges. De hecho, el núcleo de partido en que te mueves ni siquiera da una idea de lo que ocurre en tu barrio. 

La mayoría de la izquierda se ha formado en ideas universalistas, con mucha atención a lo que ocurre en el espacio público, por eso olvidan conflictos de la esfera privada, las relaciones de distancia corta. El leninismo se fija en los grandes problemas estructurales, pero no presta atención a las relaciones cotidianas.

¿Algún ejemplo cotidiano?

Una cosa que me llama la atención es como la izquierda no tiene un discurso sobre la ropa, ni sobre la moda. Se descalifica todo de un plumazo, diciendo que el consumismo es algo malo. Se menosprecia al quinceañero de clase trabajadora cuyo objetivo es coseguir un chandal de marca, que está incluso dispuesto a robarlo, corriendo el riesgo de que le jodan la vida por un delito. Creo que es mejor enfoque analizar por qué tiene ese deseo, no decirle que lo importante es el cambio climático y la evasión fiscal. 

La derecha compra su ropa en la calle Serrano, mientras que la izquierda desprecia la moda, pero luego estamos todos muy pendientes de lo que llevamos, hasta el punto de que el uniforme de persona de izquierda es muy reconocible para cualquiera. Vuelvo al problema de la soledad: cuando te sientes solo, puedes resolverlo emborrachándote con los amigos y saliendo a cazar jabalíes o buscando entre todos formas menos agresivas. 

Digo “entre todos” porque muchos problemas de la intimidad son comunes. Por ejemplo: alguien de izquierda se encuentra con un votante de Vox, pero descubre que disfruta el mismo tipo de literatura que él y eso ya te hace consciente de que el mundo es un lugar más complicado de los que pensamos. Una vez descubres eso, es más fácil darte cuenta de que los discursos polarizadores -cada vez más frecuentes- no nos dejan ver problemas comunes que son urgentes de resolver.

Le noto desanimado con su militancia política.

Ser de izquierdas ahora mismo es como ser del Atleti. Todas las semanas sabes que te van a derrotar y que solamente un par de veces al año vas a vivir algún momento excelso. Te juntas a gritar en el estadio pensando que esta vez sí, que se puede ganar, pero luego pasa lo mismo de siempre. En gran medida, el 15-M fue un espejismo político: una de sus grandes derrotas es comprobar cómo los “partidos del cambio” han internalizado lógicas de derechas. 

Pienso en esas competiciones feroces entre compañeros por ocupar un puesto remunerado. Si protestas o tienes una opinión diferente, te mandan al guardia para disciplinarte. Un partido de izquierda debería encarnar unas formas de funcionamiento distintas a una empresa capitalista hipercompetitiva."

21/10/19

Un multimillonario advierte: "Todos lo sabemos, este capitalismo está muerto"... Warren y Sanders quieren poner límite a la avaricia de la economía financiarizada... el debate de los aspirantes demócratas fue un ejemplo de hasta qué punto la hostilidad hacia las grandes corporaciones se ha vuelto más intensa...

"Luis de Guindos ha regresado para decir a la banca española que es la hora de las fusiones, que la concentración es ineludible y que deben seguir creciendo, ya que es la manera de aumentar su rentabilidad.

Según el vicepresidente del BCE, la banca tiene un problema de baja rentabilidad, “ya que el 90% de los bancos tiene un rendimiento sobre el capital que está por debajo del coste que requieren los inversores”, como afirmaba ‘Expansión’. 

Advirtió, además, sobre la amenaza que supone para el sector financiero el crecimiento de la industria de fondos en busca de mayores rentabilidades por los bajos tipos: “Existe un riesgo de liquidez si los fondos de inversión tienen una mayor demanda de reembolsos”.

El centro de todo

Esta es la idea que estructura nuestra economía, que orienta la actividad de toda clase de empresas a que los inversores consigan los beneficios que desean. Los bancos son un ejemplo, porque no se trata de que resulten rentables, sino de que no lo son lo suficiente para satisfacer las exigencias de quienes, de una manera u otra, aportan el capital. 

Las consecuencias de esta manera de operar, la de ‘makers’ contra ‘takers’, es un asunto central en el debate público estadounidense en los últimos tiempos, ya que las críticas a esa forma de actuación empresarial son numerosas.

La Business Roundtable, una asociación cuyos miembros son los presidentes ejecutivos de las principales empresas estadounidenses, intentó mitigar los recelos con un texto firmado por 181 CEO, ‘Statement of the Purpose of a Corporation’, en el que se señala que los ‘stakeholders’ (clientes, empleados, proveedores, comunidades y sociedad) deben ser tenidos muy en cuenta y que las empresas deben equilibrar las preocupaciones legítimas de estos con las expectativas de los accionistas de obtener el máximo rendimiento.

“Un nuevo capitalismo”

El pasado lunes, Marc Benioff, el multimillonario presidente y coCEO de Salesforce, prolongó el debate publicando un artículo en 'The New York Times', "We need a new capitalism", en el que afirmaba lo siguiente:

“Como capitalista, creo que es hora de decir en voz alta lo que todos sabemos que es verdad: el capitalismo, tal como lo conocemos, está muerto.

El capitalismo, tal como se ha practicado en las últimas décadas, con su obsesión por maximizar las ganancias para los accionistas, también ha llevado a una terrible desigualdad. A nivel mundial, las 26 personas más ricas del mundo ahora tienen tanta riqueza como los 3.800 millones de personas más pobres, y la incesante emisión de carbono está empujando al planeta hacia un cambio climático catastrófico. 

En Estados Unidos, la desigualdad de ingresos ha alcanzado su nivel más alto en al menos 50 años, con el 0,1% superior, personas como yo, que poseen aproximadamente el 20% de la riqueza, mientras que muchos estadounidenses no pueden hacer frente a una emergencia que les suponga gastar 400 dólares adicionales. No es de extrañar que el apoyo al capitalismo haya disminuido, especialmente entre los jóvenes.

A mis compañeros, líderes empresariales y multimillonarios, les digo que ya no podemos quitarnos de encima la responsabilidad... Sí, las ganancias son importantes, pero también lo es la sociedad. Y si nuestra búsqueda de mayores ganancias deja nuestro mundo peor que antes, todo lo que habremos enseñado a nuestros hijos es el poder de la codicia.

Es hora de un nuevo capitalismo: un capitalismo más justo, equitativo y sostenible, que realmente funcione para todos y donde las empresas, incluidas las empresas de tecnología, no solo le quiten a la sociedad, sino que realmente le devuelvan y tengan un impacto positivo”.

Las transformaciones

Las dimensiones de este debate, el porqué de la autocrítica empresarial y los motivos por los cuales aparece en este instante, nos sirven para comprender el momento político estadounidense, pero también para darnos algunas pistas sobre la recomposición que está empezando a vivir Occidente. La guerra comercial entre EEUU y China, junto la presidencia de Trump, está generando movimientos significativos, ligados al fin de la globalización que conocimos, o la desglobalización o como quiera denominarse.

El repliegue estadounidense, las medidas proteccionistas y la intención de favorecer sus empresas respecto de las extranjeras no son una intención libre de contradicciones. En este escenario, si la mayoría de las firmas continúa deslocalizando, presionando a proveedores y clientes, acabando con las pequeñas empresas y canalizando sus beneficios hacia los accionistas, algunos de los cuales son fondos internacionales, generarán más animadversión interna: si son empresas estadounidenses, tendrán que producir en su país y favorecer a los suyos; si no, habrá problemas serios. De hecho, muchos de los votantes de Trump confiaron en él porque afirmó que iba a revertir esta situación.

Los equilibrios

En ese contexto, la desigualdad que señala Benioff es un asunto crucial. No se trata de que la brecha entre los que tienen y los que no se haya hecho más profunda, sino de que los ricos son mucho más ricos mientras que el resto de la población vive situaciones muy inestables. Buena parte de los estadounidenses tiene que hacer grandes equilibrios en su vida cotidiana, ya que hay mucho empleo mal pagado y los salarios no suben o lo hacen en una proporción mucho menor que los beneficios de las empresas, al mismo tiempo que los gastos necesarios para la simple subsistencia aumentan. 

El coste para mantener una vida mínimamente digna se ha elevado, y reproducir los estándares de clase media ha quedado al alcance de muchas menos personas, máxime cuando la sanidad y la educación son muy caras en EEUU, en especial las de calidad.

Cuando esta presión por ambos extremos aumenta, y es el caso, es lógico que el descontento crezca y que se responsabilice de las situaciones de inestabilidad económica menos a los inmigrantes o a los chinos, como ha ocurrido hasta ahora, y más a las grandes empresas. En un sentido, porque se las acusa de no ser en realidad estadounidenses y de no pensar en su país ni en sus ciudadanos; desde otro espacio, porque se las tilda de depredadoras y de estar guiadas por la avaricia desnuda.

Las dos posiciones políticas

Estas son hoy las dos posiciones políticas principales en EEUU: la de Trump, con el giro nacional, la defensa de los intereses económicos de su país frente al resto, la del alejamiento de la UE para asegurarse mejores condiciones comerciales, la que restringe la globalización a aquello que le resulta beneficioso, y la de Warren y Sanders, que quieren poner límite a la avaricia, predistribuir y redistribuir, modificar el funcionamiento del mercado, y atacar la economía financiarizada, la concentración a la que aboca y el dominio exclusivo del primado del accionista. 

El reciente debate de los aspirantes demócratas fue un ejemplo muy claro de hasta qué punto la hostilidad hacia las grandes corporaciones y sus prácticas se ha vuelto mucho más intensa.

Este es el momento político estadounidense, y a ese descontento responde la declaración de la Business Roundtable, así como la reflexión de Benioff sobre el giro necesario. Pero, en todo caso, por un lado y por otro, la apuesta por la generación de valor para el gran accionista, la rentabilidad para el ‘taker’ en lugar de para el ‘maker’, está siendo ampliamente cuestionada, y tiene traducción clara en el momento ideológico. La validez y utilidad de este sistema económico para la sociedad se ha situado como uno de los debates más importantes, y lo va a ser más aún en el futuro próximo.

Al menos en EEUU, porque la UE es otra cosa y las declaraciones de Luis de Guindos son buena muestra. Aquí los ecos de esos debates apenas llegan y seguimos centrados en los populismos, la estabilidad presupuestaria, el iliberalismo y demás, mientras los modelos centrados en maximizar beneficios para los accionistas siguen sin cuestionarse. 

Es una ausencia llamativa, máxime cuando los CEO de las empresas más importantes del mundo se han visto obligados a emitir un comunicado al respecto. En Europa, en este sentido, seguimos anclados en el típico retraso que nos impide enfrentarnos a los problemas a tiempo. Lo usual es que los debates que arrancan en suelo estadounidense acaben reproduciéndose en Europa, y más aún en nuestro país, tiempo después. Veremos."                      (Esteban Hernández, El Confidencial, 17/10/19)

22/5/18

Noam Chomsky: La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos. Hay quien le llama populismo, pero en realidad es descrédito de las instituciones

"Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) hace tiempo que superó las barreras de la vanidad. No habla de su vida privada, no usa móvil y en un tiempo donde abunda lo líquido y hasta lo gaseoso, él representa lo sólido. 

Fue detenido por oponerse a la guerra de Vietnam, figuró en la lista negra de Richard Nixon, apoyó la publicación de los papeles del Pentágono y denunció la guerra sucia de Ronald Reagan. A lo largo de 60 años no hay lucha que se le haya escapado. Igual defiende la causa kurda que el combate contra el cambio climático. 

Tan pronto aparece en una manifestación de Occupy Movement como respalda a los inmigrantes sin papeles. Inmerso en la agitación permanente, el joven que en los años cincuenta deslumbró al mundo con la gramática generativa y sus universales, lejos de dormirse en las glorias del filósofo, optó por el movimiento continuo. No importó que le acusasen de antiamericano o extremista. 

Él siempre ha seguido adelante, con las botas puestas, enfrentándose a los demonios del capitalismo. Ya sean los grandes bancos, los conglomerados militares o Donald Trump. Incombustible, su última obra lo vuelve a confirmar.

 En Réquiem por el sueño americano (editorial Sexto Piso) vuelca a la letra impresa las tesis expuestas en el documental del mismo título y denuncia la obscena concentración de riqueza y poder que exhiben las democracias occidentales. El resultado son 168 páginas de Chomsky en estado puro. Vibrante y claro. Listo para el ataque.



—¿Se considera un radical?

—Todos nos consideramos a nosotros mismos moderados y razonables.

—Pues defínase ideológicamente.

—Creo que toda autoridad tiene que justificarse. Que toda jerarquía es ilegítima hasta que no demuestre lo contrario. A veces, puede justificarse, pero la mayoría de las veces no. Y eso…, eso es anarquismo.

Una luz seca envuelve a Chomsky. Después de 60 años dando lecciones en el Massachusetts Institute of Tech­nology (MIT), el profesor se ha venido a vivir a los confines del desierto de Sonora. En Tucson, a más de 4.200 kilómetros de Boston, ha abierto casa y estrenado despacho en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Arizona. 

El centro es uno de los pocos puntos verdes de la abrasada ciudad. Fresnos, sauces, palmeras y nogales crecen en torno a un edificio de ladrillo rojo de 1904 donde todo queda pequeño, pero todo resulta acogedor. Por las paredes hay fotos de alumnos sonrientes, mapas de las poblaciones indígenas, estudios de fonética, carteles de actos culturales y, al fondo del pasillo, a mano derecha, el despacho del mayor lingüista vivo.

Una luz seca envuelve a Chomsky. Después de 60 años dando lecciones en el Massachusetts Institute of Tech­nology (MIT), el profesor se ha venido a vivir a los confines del desierto de Sonora. En Tucson, a más de 4.200 kilómetros de Boston, ha abierto casa y estrenado despacho en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Arizona. 

El centro es uno de los pocos puntos verdes de la abrasada ciudad. Fresnos, sauces, palmeras y nogales crecen en torno a un edificio de ladrillo rojo de 1904 donde todo queda pequeño, pero todo resulta acogedor. Por las paredes hay fotos de alumnos sonrientes, mapas de las poblaciones indígenas, estudios de fonética, carteles de actos culturales y, al fondo del pasillo, a mano derecha, el despacho del mayor lingüista vivo.

El lugar nada tiene que ver con el rompedor espacio de Frank Gehry que le daba cobijo en Boston. Aquí, apenas cabe una mesa de trabajo y otra para sentarse con dos o tres alumnos. Recién estrenada, la oficina de uno de los académicos más citados del siglo XX aún no tiene libros propios, y su principal punto de atención recae en dos ventanas que inundan de ámbar la estancia.

 A Chomsky, pantalones vaqueros, pelo largo y blanco, le gusta esa atmósfera cálida. La luz del desierto fue uno de los motivos que le hizo mudarse a Tucson. “Es seca y clara”, comenta. Su voz es grave y él deja que se pierda en los meandros de cada respuesta. Le gusta hablar con largueza. La prisa no va con él.

PREGUNTA. ¿Vivimos una época de desencanto?

RESPUESTA. Hace ya 40 años que el neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, asaltó el mundo. Y eso ha tenido un efecto. La concentración aguda de riqueza en manos privadas ha venido acompañada de una pérdida del poder de la población general. 

La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos. Hay quien le llama populismo, pero en realidad es descrédito de las instituciones.

P. ¿Y así surgen las fake news (bulos)?

R. La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos. Si no confías en nadie, por qué tienes que confiar en los hechos. Si nadie hace nada por mí, por qué he de creer en nadie.

P. ¿Ni siquiera en los medios de comunicación?

R. La mayoría está sirviendo a los intereses de Trump.

P. Pero los hay muy críticos, como The New York Times, The Washington Post, CNN…

R. Mire la televisión y las portadas de los diarios. No hay más que Trump, Trump, Trump. Los medios han caído en la estrategia que ha diseñado Trump. Cada día les da un aliciente o una mentira para situarse él bajo los focos y ocupar el centro de atención.

 Entretanto, el flanco salvaje de los republicanos va desarrollando su política de extrema derecha, recortando derechos de los trabajadores y abandonando la lucha contra el cambio climático, que precisamente es aquello que puede terminar con todos nosotros.

P. ¿Ve en Trump un riesgo para la democracia?

R. Representa un peligro grave. Ha liberado consciente y deliberadamente olas de racismo, xenofobia y sexismo que estaban latentes pero que nadie había legitimado.

P. ¿Volverá a ganar?

R. Es posible, si consigue retardar el efecto letal de sus políticas. Es un consumado demagogo y showman que sabe cómo mantener activa su base de adoradores. A su favor juega también que los demócratas están sumidos en la confusión y puede que no sean capaces de presentar un programa convincente.

P. ¿Sigue apoyando al senador demócrata Bernie Sanders?

R. Es un hombre decente. Usa el término socialista, pero en él significa más bien new deal demócrata. Sus propuestas, de hecho, no le serían extrañas a Eisenhower [presidente por el Partido Republicano de 1953 a 1961]. Su éxito, más que el de Trump, fue la verdadera sorpresa de las elecciones de 2016. 

Por primera vez en un siglo hubo alguien que estuvo a punto de ser candidato sin apoyo de las corporaciones ni de los medios, solo con el respaldo popular.

P. ¿No advierte un deslizamiento hacia la derecha del espectro político?

R. En la élite del espectro político sí que se ha registrado ese corrimiento; pero no en la población general. Desde los años ochenta se vive una ruptura entre lo que la gente desea y las políticas públicas. Es fácil verlo en el caso de los impuestos. Las encuestas muestran que la mayoría quiere impuestos más altos para los ricos. 

Pero esto nunca se lleva a cabo. Frente a esto se ha promovido la idea de que reducir impuestos trae ventajas para todos y que el Estado es el enemigo. ¿Pero quién se beneficia de que recorten en carreteras, hospitales, agua limpia y aire respirable?

P. ¿Ha triunfado entonces el neoliberalismo?

R. El neoliberalismo existe, pero solo para los pobres. El mercado libre es para ellos, no para nosotros. Esa es la historia del capitalismo. Las grandes corporaciones han emprendido la lucha de clases, son auténticos marxistas, pero con los valores invertidos. Los principios del libre mercado son estupendos para aplicárselos a los pobres, pero a los muy ricos se los protege.

 Las grandes industrias energéticas reciben subvenciones de cientos de millones de dólares, la economía high-tech se beneficia de las investigaciones públicas de décadas anteriores, las entidades financieras logran ayudas masivas tras hundirse… Todos ellos viven con un seguro: se les considera demasiado grandes para caer y se los rescata si tienen problemas. 

Al final, los impuestos sirven para subvencionar a estas entidades y con ellas a los ricos y poderosos. Pero además se le dice a la población que el Estado es el problema y se reduce su campo de acción. ¿Y qué ocurre? Su espacio es ocupado por el poder privado y la tiranía de las grandes entidades resulta cada vez mayor.

P. Suena a Orwell lo que describe.

R. Hasta Orwell estaría asombrado. Vivimos la ficción de que el mercado es maravilloso porque nos dicen que está compuesto por consumidores informados que adoptan decisiones racionales. Pero basta con poner la televisión y ver los anuncios: ¿buscan informar al consumidor y que tome decisiones racionales? ¿O buscan engañar? Pensemos, por ejemplo, en los anuncios de coches.

 ¿Ofrecen datos sobre sus características? ¿Presentan informes realizados por entidades independientes? Porque eso sí que generaría consumidores informados capaces de tomar decisiones racionales. 

En cambio, lo que vemos es un coche volando, pilotado por un actor famoso. Tratan de socavar al mercado. Los negocios no quieren mercados libres, quieren mercados cautivos. De otro modo, colapsarían.

P. Y ante esta situación, ¿no es demasiado débil la contestación social?

R. Hay muchos movimientos populares muy activos, pero no se les presta atención porque las élites no quieren que se acepte el hecho de que la democracia puede funcionar. Eso les resulta peligroso. Puede amenazar su poder. Lo mejor es imponer una visión que te dice que el Estado es tu enemigo y que tienes que hacer lo que puedas tú solo.

P. Trump emplea a menudo el término antiamericano, ¿cómo lo entiende?

R. Estados Unidos es el único país donde por criticar al Gobierno te llaman antiamericano. Y eso supone un control ideológico, encender hogueras patrióticas por doquier.

P. En algunos sitios de Europa también pasa.

R. Pero nada comparable a lo que ocurre aquí, no hay otro país donde se vean tantas banderas.

P. ¿Teme al nacionalismo?

R. Depende, si significa estar interesado en tu cultura local, es bueno. Pero si es un arma contra otros, sabemos a donde puede conducir, lo hemos visto y experimentado.

P. ¿Cree posible que se repita lo que ocurrió en los años treinta?

R. La situación se ha deteriorado; tras la elección de Barack Obama se desencadenó una reacción racista de enorme virulencia, con campañas que negaban su ciudadanía e identificaban al presidente negro con el anticristo.

 Ha habido muchas manifestaciones de odio. Sin embargo, Estados Unidos no es la República de Weimar. Hay que estar preocupados, pero las probabilidades de que se repita algo así no son altas.

P. Arranca su libro recordando la Gran Depresión, un tiempo en el que “todo estaba peor que ahora, pero había un sentimiento de que todo iría mejor”.

R. Me acuerdo perfectamente. Mi familia era de clase trabajadora, estaba en paro y no tenía educación. Objetivamente, era un tiempo mucho peor que ahora, pero había un sentimiento de que todos estábamos juntos en ello. 

Había un presidente comprensivo con el sufrimiento, los sindicatos estaban organizados, había movimientos populares… Se tenía la idea de que juntos se podía vencer a la crisis. Y eso se ha perdido. Ahora vivimos la sensación de que estamos solos, de que no hay nada que hacer, de que el Estado está contra nosotros…

P. ¿Tiene aún esperanzas?

R. Claro que hay esperanza. Aún hay movimientos populares, gente dispuesta a luchar… Las oportunidades están ahí, la cuestión es si somos capaces de tomarlas.

Chomsky termina con una sonrisa. Deja vibrando en el aire su voz grave y se despide con extrema cortesía. Luego sale del despacho y baja las escaleras de la facultad. Afuera, le esperan Tucson y la luz seca del desierto de Sonora."           (Entrevista a Noam Chomsky, José Martínez Ahrens, El País, 10/03/18)