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18/8/22

Estoy segura de que quien ha redactado el proyecto de ley de bienestar animal es urbanita, aunque puede que tenga mascota... establece multas para los mendigos que pidan con animales. Hasta 10.000 euros les pueden caer. En realidad, tampoco hace falta que el mendigo pida acompañado de su perro para ser multado; bastará con que no haya hecho el curso que se exigirá para poder tener mascota. Curioso que el sistema legal que niega derecho a la vivienda a un humano se acuerde de él para multarle en nombre de los derechos de un animal

 "Os confieso que me he enterado hace unos días de que estaba en marcha un proyecto de ley de protección y bienestar animal. Y eso que esta nueva ley colea, y con bastantes críticas, desde marzo. He leído que hasta hubo en la capital por esas fechas una manifestación convocada por el mundo rural y que también andaban en contra desde el ámbito científico.

También estos días me he enterado de que hay una Dirección General de Derechos de los Animales que depende del Ministerio de Derechos sociales y Agenda 2030, y que tiene seis millones de euros de presupuesto que maneja su director, Sergio García Torres.

Y a toda esta información he llegado tras un tuit del propio Torres, que presentaba el proyecto de ley con un vídeo —está muy extendido ahora esto de los vídeos, cualquier cosa mejor que leer—.

Parece, según dice el texto del proyecto, que “en nuestro país se hace cada día más evidente la creciente sensibilización de la ciudadanía ante la necesidad de garantizar la protección de los animales en general, y particularmente de los animales que viven en el entorno humano, en tanto que seres dotados de sensibilidad cuyos derechos deben protegerse”.

Aclaremos que entorno humano es, sin duda, sinónimo de urbanita y que piensa el redactor de la ley sobre todo en perros y gatos, porque liebres, perdices, codornices, patos, tordos, tórtolas… y mil más quedan fuera.

Vayamos por partes.

En primer lugar, y como viene siendo habitual, la mayoría de los puntos de la ley legislan lo que ya estaba legislado, con algunos incrementos en las multas y poco más. Y lo que no estaba legislado, en cuanto se ha hecho público, se ha visto regado de críticas de especialistas que aseguran que la ley no solo es perjudicial para el mundo rural, sino que también afecta, para mal, a la biodiversidad.

Sigamos.

Uno de los artículos que más sorprende, el 30, establece multas para los mendigos que pidan con animales. Hasta 10.000 euros les pueden caer. En realidad, tampoco hace falta que el mendigo pida acompañado de su perro para ser multado; bastará con que no haya hecho el curso que se exigirá para poder tener mascota. Curioso que el sistema legal que niega derecho a la vivienda a un humano se acuerde de él para multarle en nombre de los derechos de un animal.

También presumía Torres de que iba a haber “protección de las colonias felinas”. “Sabemos”, añadía, “que son un hábitat particularmente sensible y por ello van a recibir un trato especial”. No han tardado en llegar las quejas de quienes recuerdan que el gato doméstico, cuando se desenvuelve en grupos callejeros, es una especie invasora que está acabando con especies endémicas.

También han puesto el grito en el cielo madres y padres tras leer que se elimina la categoría de perros potencialmente peligrosos y, con ello, la obligación de que determinadas razas lleven bozal. Ojalá no tengamos que lamentar consecuencias.

Otra de las novedades de la ley es la prohibición de cría entre particulares, lo que, claro, obliga a la esterilización de animales domésticos. Y a mí, leyendo esto, solo se me ocurre pensar qué van a hacer los dueños de peces, galápagos o canarios, por poner tres ejemplos.

El caso es que ni al PACMA le ha gustado: “El anteproyecto aprobado por el Consejo de Ministros va a suponer un retroceso de décadas en la protección animal en nuestro país. Esto se debe a que las leyes autonómicas que, en la actualidad, sí protegen a todos los animales, empezarán a sufrir modificaciones para adaptarse a la ley que propone el Gobierno, que solo protege a los animales considerados de compañía y a los silvestres en cautividad, dejando fuera expresamente a los animales utilizados en experimentación, a la fauna silvestre y a los considerados de producción”.

Al señalarle a Torres en una entrevista las críticas desde algunos sectores, este zanjaba la cuestión respondiendo que desde la “dirección general, y desde el ministerio, tenemos que velar por el bienestar de los animales”. Esa afirmación supone que su departamento y su ley tiene como objeto de derecho no a las personas, sino a los animales. Independiente de que discrepemos o no con esa afirmación, lo curioso es que se proclame él (humano) como el portavoz y representante legítimo de los derechos animales, y que otro humano no pueda criticar la ley. Lo bueno de declararte portavoz de los derechos de las mascotas es que ninguna va a levantar la mano para llevarte la contraria.

Visto lo visto, os confieso que acabado de leer el proyecto de ley, estoy segura de que quien lo ha redactado es, como yo, urbanita, aunque puede que tenga mascota, perro o gato. Por eso está redactado desde una óptica desconocedora de la vida de los demás animales, sobre todo en las zonas rurales. Así que tal vez es mejor evitar la “diarrea legislativa”, de la que presumía Ángela Rodríguez, Pam, porque no por mucho legislar amanece más temprano."                  (Carmen Domingo, El País, 17/08/22)

27/7/22

“Cuando a un ganadero le come el lobo un xatu le está dejando sin la nómina del mes”

 "(...) Más allá del turismo, ¿de qué se puede vivir en Teverga?

La ganadería sigue siendo importante, y hay gente joven con cabañas muy importantes. La ganadería es la que mantiene el territorio. Hay que cuidarla. Somos reserva de la biosfera. Suena muy bien, pero eso tiene que ir acompañado de compensaciones económicas. No hay ayudas por ejemplo a conservar las brañas. Si la administración está pidiendo a la población que cuide el territorio la gente también tiene que recibir por ello.

Eso nos lleva a un tema delicado: el lobo

Para empezar no tiene sentido que todavía no tengamos un censo de lobos. No lo entiendo. Lo otro que pienso es que conservar el lobo tiene un precio. Cuando el lobo le come un xatu a un ganadero le está dejando sin la nómina del mes. El rechazo al lobo es ancestral, pero el retraso en pagar las ayudas provoca todavía más rechazo en la gente del campo.

¿Se está cumpliendo ese pronóstico postpandémico del regreso al campo?

Hay un goteo de gente de fuera que se viene a vivir y de gente con vínculos con el concejo que se instala o pasa temporadas largas, que arregla casas de la familia… Una de las cosas buenas de Teverga es su ubicación, estás en la naturaleza, pero a 40 minutos de Oviedo y otros 40 de Pola de Lena, donde en nada vas a poder coger el AVE a Madrid. Se están comprando casas antiguas y hay pueblos que ya triplican la población en verano. Nos falta empleo más allá del turismo, que es muy estacional. Hay algunas empresas en el polígono de Entrago que están haciendo cosas interesantes, como Algatek, con algas, y Renastur, con savia de abedul, pero nos sigue faltando más industria. Me encantaría por ejemplo una pequeña fábrica de queso o de cerveza. Creo que el parque natural le da un valor añadido a cualquier producto que se haga aquí. (...)"                ( Diego Díaz Alonso, Nortes, 22/07/22)

26/5/22

El tema del animalismo llevado al extremo no conecta con la sociedad ni con el medio rural... Todos mis hermanos son cazadores, hay galgueros, escopeteros... La caza no es un deporte. La caza es la caza. Sales con el perro por el campo, te bates con el disparo, el lance, la inteligencia... la culpa del problema de la caza, de la disminución del número de pájaros, de aves, de liebres, de conejos, ¿sabes de quién es? No es de los cazadores. Es de la agricultura intensiva. Hace cuarenta años, en el medio rural, todo el mundo era cazador, o en todas las familias había un cazador... ¿Qué ha pasado? La agricultura intensiva... Lo que daña a la caza es la agricultura intensiva y el que diga lo contrario miente... Yo he visto, después de la siembra de trigo o remolacha, cientos de pájaros muertos. Por el veneno que echan... la ultraderecha de Vox dice cosas que pueden sonar bien en el oído del jornalero, como esto de la caza. Pero no en el tema del trabajo, de los convenios. Lo que sí te digo es que el sentimiento que hay es que se quieren cargar la caza. Y cuando hablas del sentimiento de la gente... ese sentimiento de abandono lo está monopolizando la ultraderecha tocando la tecla de los toros, el caballo y la caza... Luego, cuando hablamos del subsidio agrario, lo que era el PER, que es una forma de fijar población, una especie de renta básica de jornaleros, pues está en contra de ese subsidio

 "(...) Cañamero está metido en la faena desde el conflicto de la remolacha de El Coronil de 1976. Encierros, huelgas, ocupaciones, manifestaciones, "expropiaciones" de comida y material escolar, detenciones, insumisiones, multas y juicios salpican su trayectoria. Un recuerdo de una batida de caza a la que asistió en su infancia, compartido por Cañamero con Joaquín Recio para su biografía, da idea de cuál es su origen y dónde se forma su visión de la sociedad rural: "Recuerdo la cifra, mataron 315 agachadizas, un pájaro muy apetecible de la caza menor. Después se pusieron a descansar y a hacer su aperitivo, con nosotros mirando como perros. Esas cosas no se olvidan nunca".

infoLibre entrevista a Cañamero con el medio rural erizado de malestar. Pero esta vez el agro no expresa su ira contra el "señorito", palabra que Cañamero mezcla con "terrateniente", "derecha" y "ultraderecha" para identificar a sus adversarios. Esta vez en la manifestación del campo están el PP y Vox como parte del paisaje. (...)

¿Estuvo en la manifestación del domingo?

No estuve, no.

¿Por qué?

Aquí hay una Ley de Cadena Alimentaria, una ley para que los costes no sean mayores que los precios, algo beneficioso para el campo, y el PP y Vox estuvieron en contra [ver aquí información de Newtral sobre las posiciones de PP y Vox]. Y esos mismos partidos llaman a la movilización cuando en realidad se oponen a los intereses del campo y no han apoyado que sus productos tengan unos precios superiores a los costes. Se dedican a la manipulación pura y dura. Lo que hace falta es poner en marcha la ley ya.

Hubo mucha asistencia a esa manifestación.

Hay un problema en el medio rural, evidentemente. Pero hay que tener mucho cuidado, porque la manifestación mezcla los toros, la caza, el medio rural, la España vaciada, los animales... Lo meten todo en el mismo saco, tocando teclas sensibles para la gente. Es una lucha política de la derecha para hacerse con el Gobierno a base de manipulación. Y yo soy el primero en decir que el campo se tiene que defender, soy un defensor a ultranza de los agricultores y del medio rural. ¡Conozco el problema! Hacen falta médicos, carreteras, colegios, autobuses, ferrocarril, internet, viviendas baratas... Pero cuando la derecha está en el gobierno no hace nada de eso. Y ahora, en la oposición, manipulan los deseos y los sentimientos de la gente. No tienen escrúpulos. Salen a decir que hay que bajar los impuestos porque suben los precios. ¿Y de quién es culpa? Aprovechan el malestar que ellos mismos causan. Es la doble moral de siempre.

Por un lado, quieren más guerra en Ucrania, que hay que seguir, mandar armas, que dure lo máximo posible... Pero ojo, eso dispara los precios. Y cuando ocurre, llaman a la movilización contra el Gobierno, cuando eran conscientes de que iba a pasar. Eso sí, rechazan la negociación. Pues la gente tiene que saber que eso son civiles muertos, ¿eh? Gente que se tiene que ir [de Ucrania], abuelos arrastrando los pies por el barrio... ¿No les da vergüenza, hombre? 

¿La derecha se puede beneficiar del malestar en el campo?

Claro que sí. Con su manipulación. Hay una cosa real... Los cazadores tienen sus problemas. La ley animalista... Es que hay gente que no tiene mucha idea. Se creen que a los perros hay que ponerles un abrigo y meterlos en un piso. El tema del animalismo llevado al extremo no conecta con la sociedad ni con el medio rural. Cosa distinta es que a los animales hay que cuidarlos. No se puede maltratar de ninguna manera. Yo tengo una perra y la quiero con locura. Ahora te voy te voy a mandar un vídeo, para que la veas... Lo que sí hay son unas tradiciones en el mundo rural.

¿Pero esas tradiciones han sido atacadas? Por ejemplo, la caza.

Hay un bulo permanente de la derecha para ganarse al medio rural y a la gente del campo. Pero también algunas veces, cuando se intenta poner una ley en marcha, me refiero a la de lo animales, se va un poco al extremo. Una cosa es que no se puede maltratar a un animal y otra que tengas que tener licencia de criador para criar a un animal. La gente en los pueblos tiene un animal bonito, de caza, le echa un macho para que tenga crías y se las da a los amigos, no se pone a negociar con ellos. No hay costumbre. Si tienes un perro bueno de caza, la cría se la das a un amigo que está deseando tener un perro como el tuyo. Es normal. Pero bueno, como te digo, todo eso luego se manipula. La federación de caza la dominan los señoritos y la derecha.

Pero los cazadores no son todos señoritos ni de derechas.

¡No! En mi pueblo [El Coronil] hay 400 cazadores y hay gente de todo tipo, gente del sindicato también [SAT]. De esto entiendo, ¿eh? Todos mis hermanos son cazadores, hay galgueros, escopeteros... La caza no es un deporte. La caza es la caza. Sales con el perro por el campo, te bates con el disparo, el lance, la inteligencia.

¿Le gusta cazar?

A mí me gusta, sí. Voy de higos a brevas, pero me gusta la caza tradicional, como hacía mi padre. Vas al campo y te vienes con una pieza, con cuatro o con ninguna.

¿Hay alguna limitación a la caza que antes no hubiera?

No, lo que ocurre es... Mira, la culpa del problema de la caza, de la disminución del número de pájaros, de aves, de liebres, de conejos, ¿sabes de quién es? No es de los cazadores. Es de la agricultura intensiva. Hace cuarenta años, en el medio rural, todo el mundo era cazador, o en todas las familias había un cazador, uno que ponía perchas, o lazos para los conejos, o cepos... Y no se eliminaban los pájaros, las aves, los conejos, las liebres... Nada de eso. ¿Qué ha pasado? La agricultura intensiva. No es lo mismo la agricultura intensiva que la extensiva, ¿eh? No es lo mismo una piara de cochinos comiendo bellotas en el campo que estabulados con unos piensos que la mayoría son mierda. No es lo mismo una gallina de corral que una gallina que no puede ni moverse. Lo que daña a la caza es la agricultura intensiva y el que diga lo contrario miente como un bellaco. Yo he visto, después de la siembra de trigo o remolacha, cientos de pájaros muertos. Por el veneno que echan. Y fíjate, yo me los comía asados, porque había la creencia de que pasados por la candela no pasaba nada, que se iban todos los herbicidas...

¿De qué año estamos hablando?

Mediados de los 70. Todo el problema de los herbicidas y pesticidas y productos químicos viene de los 60 en adelante. Eso es lo que ha disminuido a tope la población cinegética. De manera bestial. Ese es el problema de la caza. Y otro problema es la caza intensiva. Porque los animales de granja echados al campo para cazarlos vienen con enfermedades y contagian. La caza intensiva es la que les gusta a los señoritos, que echan en los cotos un montón de pájaros de granja y ponen a mil euros el puesto. Esa es la caza de los ricos. Pero la tradicional, de toda la vida, que ha practicado el pueblo, es otra cosa. Yo la defiendo. Pero claro, al final se mezcla todo... Mira, en España hay 450.000 hectáreas de vías pecuarias, 100.000 en Andalucía. Pues el 80% están usurpadas por los terratenientes, ¡por esos que se ponen ahora al frente de la manifestación! Pues si tienes ocupada una vía pecuaria, ahí no pueden anidar pájaros, no hay tagarninas, no hay caracoles, no hay setas, lo ocupas todo, con lo que al final se pierde un refugio. Una cañada real debe tener 75 metros, ¡a ver cuántas tienen 75 metros de verdad! ¡Ninguna! Todas ocupadas, y los cordeles y las coladas, los abrevaderos y los descansaderos. Por cierto, que no hay ganado ni cabreros porque se lo han cargado todo a base de herbicida y pesticida y de echar veneno.

¿Son los propios terratenientes los que fastidian la caza?

Claro. Son ellos. Y le echan la culpa al Gobierno. Pero claro, luego hay cosas... Por ejemplo, se ha prohibido la caza de la tórtola. Me parece bien si hay una disminución considerable de la población. Pero si prohíbes la [caza de la] tórtola aquí, lo que pasa es que el pobre no puede cazar pero el rico se va a Marruecos, paga un puesto que cuesta un dineral y sí la caza... O por ejemplo, se dice de prohibir la caza de la perdiz roja, que es verdad que la población está disminuyendo y hay que protegerla. Pero, ¿sabes cómo se protege la perdiz roja?

¿Cómo?

Sin veneno en el campo y sin permitir que al hacer por la noche las alpacas de paja se traguen bandos enteros de perdices, que se quedan molidas dentro de las alpacas. Luego he visto cómo un granjero echaba de comer al ganado y salían pájaros muertos de la paja. Eso no se puede permitir de noche. Ni tampoco se puede permitir de noche el olivar intensivo, con las máquinas llevándose por delante los zorzales, los jilgueros, los chamarines, moliéndolos mientras están dormidos y no se mueven porque los pájaros son amigos del ruido, están acostumbrados ya a los tractores. Yo antes, y de esto hace 50 años, cuando salía al campo los cogía pisándolos con un candil y un cencerro de oveja, porque estaban familiarizados con el ruido... Pero todas estas cosas no se saben. No las saben los animalistas.

La mayoría de la gente habla del campo por hablar. Hay que pararse a preguntar y mirar, no hablar sólo con el corazón. Hay que enterarse. De la realidad, no de lo que tú piensas. Si hablas del campo sin saber, la lías, porque llega la derecha. Y a la derecha y la ultraderecha les importa una leche el campo y les importa una leche la caza, porque los señoritos lo que hacen es caza mayor, en cotos, que esa no es la que se están cargando con la ganadería intensiva. Los señoritos que ahora salen a protestar se han cargado la caza y el medio rural. Y encima se están ganando a mucha gente del campo tocando sus temas sensibles.

¿Ha seducido el discurso de la derecha y la ultraderecha a gente del SAT?

Hombre... Hay gente del SAT que ha ido a la manifestación, sí. Y es verdad que la ultraderecha de Vox dice cosas que pueden sonar bien en el oído del jornalero, como esto de la caza. Pero no en el tema del trabajo, de los convenios. Lo que sí te digo es que el sentimiento que hay es que se quieren cargar la caza, que está en peligro. Y cuando hablas del sentimiento de la gente...

¿Diría que se está derechizando el campo?

El campo tiene problemas estructurales graves. Hay problemas de despoblación –en Andalucía no tanto–, de precios, de internet, de servicios, de todo. Y ha habido un abandono de los diferentes gobiernos. Y ese sentimiento de abandono lo está monopolizando la ultraderecha tocando la tecla de los toros, el caballo y la caza, cuando en realidad le importa una mierda el campo, el medio rural y lo que les pase a los trabajadores. Pero van a los sentimientos y se están ganando a mucha gente con eso. Luego, cuando hablamos del subsidio agrario, lo que era el PER, que es una forma de fijar población, una especie de renta básica de jornaleros, pues está en contra de ese subsidio.

¿Qué piensa de la imagen de los manifestantes a caballo con aspecto señoritil?

Por eso yo no he participado. Ha habido mucha manipulación. Pero hay mucha gente del campo a la que la ultraderecha se la ha ganado por la torpeza del Gobierno.

¿Hace el Gobierno políticas adecuadas para el campo?

La Ley de Cadena Alimentaria es correcta, estoy a favor. Lo triste es que la derecha que no apoyó esa ley llame ahora a movilizarse. El Gobierno tiene que hacer que se cumpla. Que los costes no estén por encima de los precios. Punto. ¿Cómo vas a tener zanahorias, trigo o lechuga para que te cuesten más que los precios? No puede ser. Eso hay que evitarlo. Y hay que vigilar que no pase, controlarlo.

¿Faltan inspectores?

Hay inspectores, pero hay que poner medios para que vayan a los grandes supermercados, a los mayoristas... Si yo vendo una lechuga, alguien me la ha comprado, ¿no? Es fácil de encontrar. Ahí hay que ir. Pero la derecha no quiere ese control, claro que no. No quieren control público de nada. Mercado libre, capitalismo, que ningún mercado se corrija. Ahora, eso sí, dinero púbico para salvar a banqueros granujas y para tapar el desmadre. Es la doble moral.

¿Antes era más sencilla, más clara, la lucha en el campo?

La verdad que sí. Había un sector terrateniente y unos jornaleros sin tierra. Hoy está todo más diluido. Ahora trabajo en el campo hay, la agricultura se ha diversificado, los olivos, la fresa, los invernaderos... La construcción empieza a despuntar y hay jornal disponible para mucha gente. No estamos en la situación de hace 20 años. Ha mejorado, aunque los jornales no mejoran y se han disparado los precios.

La inflación. Un problema grave.

Está todo muy caro. Antes le echabas al coche 10 euros y andabas 100 kilómetros. Ahora... Se habla de los camioneros, que es verdad que tienen un problema, pero, ¿y la gente que tiene que trabajar a 100 kilómetros, como los jornaleros de los pueblos de secano de Cádiz? Es que hay que enterarse y entender lo que pasa en el medio rural. Y no se enteran, no lo entienden.

¿El Gobierno no entiende el campo?

No lo entiende, no. ¡Pero hasta ahora ningún gobierno! Y eso que es el 80% del territorio del Estado.

¿Y Unidas Podemos?

Tiene pocas responsabilidades. Todo el tema de Seguridad Social depende del PSOE, que lleva gobernando 30 años pero nos ha tratado siempre con el limosneo.

¿En qué sentido?

Limosna. Paternalismo. Cuando llega la recolección, tiene que haber trabajadores disponibles que han estado en el paro a lo mejor seis o siete meses. Para que esa mano de obra esté ahí mientras tanto, hay que mantenerla, atenderla, protegerla con un subsidio, con una prestación. No es limosna, es proteger la mano de obra. Para el PSOE siempre ha sido caridad. Pues mira, al terrateniente, a la agricultura y al Gobierno les hace falta esa mano de obra y hay que pagarla.

¿Ya nadie pide la reforma agraria?

Nosotros [el SAT] seguimos pidiendo al reforma agraria.

¿Qué reforma?

En Andalucía cuatro, cinco o seis terratenientes se llevan el dinero de 6.000 jornaleros. Los terratenientes no pueden seguir teniendo el 50% de los tierras nada más buscando las ayudas de la PAC.

¿De quién habla cuando dice "terratenientes"? Concrete algunos.

Los Mora Figueroa, la Casa de Alba, los Domecq, González Byass, los Candau...

¿Dónde milita actualmente?

Políticamente, en Podemos. Y en el SAT. (...)"                     

 (Entrevista a Diego Cañamero, Ángel Munárriz  , InfoLibre, 24 de marzo de 2022)

23/3/22

El petróleo se acaba y, por tanto, se encarece. Esto va a llevar a una subida constante de los precios de la electricidad y combustibles... En Extremadura la superficie cultivada de arroz, tomate de industria o maíz se reducirá drásticamente porque no llueve... El cambio climático es incompatible con el mantenimiento de la desmesurada cabaña ganadera de nuestro país... No hay petróleo ni agua ni guerras suficientes para sostener una producción anual de 7,6 millones de toneladas de carne... De ellas, más de 1,3 millones es porcino que exportamos nada más y nada menos que a China... Debemos apostar sin fisuras por una producción agroalimentaria que asegure la demanda de nuestra población en primer lugar para después, en segundo nivel, dedicarla a la exportación... el mundo rural agoniza. La despoblación nos desangra. Y son las políticas que han llevado a cabo durante décadas el PSOE y PP en gobiernos centrales y autonómicos (también partidos nacionalistas) las que nos han traído hasta aquí

"Desde las Vegas del Guadiana, donde desarrollo mi labor productiva (en agricultura ecológica) e investigadora, escribo estas líneas sobre la numerosa manifestación que se ha llevado a cabo esta mañana en Madrid en defensa del mundo rural. Han asistido 100.000 personas, según la Delegación del Gobierno y 400.000 según la organización.

La manifestación ha sido convocada por ASAJA, COAG, UPA, Oficina Nacional de la Caza (ONC), Real Federación Española de Caza (RFEC), Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL), Alianza Rural, la Federación Nacional de Comunidades de Regantes de España y las Cooperativas Agroalimentarias bajo el lema “Juntos por el Campo”.

En su comunicado se ha llamado a “agricultores, ganaderos y cazadores”. No voy a entrar a valorar la cuestión cinegética, pues no comparto, ni como problema ni como realidad, que actualmente se esté atacando a la caza como reza la convocatoria.

Haciendo mía la preocupación por la despoblación de nuestros pueblos, la falta de servicios públicos y la importancia de alcanzar la viabilidad de la agricultura y ganadería como motor económico del medio rural, me gustaría manifestar mi desacuerdo tanto en la línea de la convocatoria como en las medidas que se reclaman.

Creo que, si no hacemos una valoración honesta y objetiva del mapa de cultivos y la producción ganadera en nuestro país, no podremos mejorar la situación ni pedir soluciones efectivas.

Debemos ser conscientes de que nuestro sector primario no puede seguir creciendo indefinidamente ―ni siquiera mantenerse tal y como lo conocemos― en un mundo finito. El petróleo se acaba y, por tanto, se encarece. Esto va a llevar a una subida constante de los precios de la electricidad y combustibles; en definitiva, de los costes de producción.

En el contexto que tenemos, la reducción de la tarifa eléctrica va a tener muy poca efectividad a medio y largo plazo si no planteamos reducir el gasto en luz y gasoil modificando costumbres y labores poco eficientes energéticamente.

Lo mismo podemos decir de la petición de asegurar el agua para riego que garantice la producción de alimentos. Si somos conscientes de la gravedad del cambio climático y de la sequía prolongada que estamos sufriendo, no podemos seguir mirando para otro lado.

A mes de marzo de 2022, los embalses españoles están al 64% de la media de los últimos diez años. Tienen 11.400 hectómetros cúbicos menos que la media de la última década. En Extremadura la superficie cultivada de arroz, tomate de industria o maíz se reducirá drásticamente porque no llueve y, ante eso, sólo queda apostar por cultivos con menores necesidades hídricas y variedades más adaptadas a las nuevas condiciones climáticas.

En este contexto es una aberración la medida solicitada por ASAJA, UPA Y COAG, así como Cooperativas Agroalimentarias (todas organizaciones convocantes del 20M) de reducir el caudal ecológico del río Guadiana para dedicar más agua al regadío. Un río que no corre hace meses por muchos puntos de su cauce. Las consecuencias las vamos a pagar muy caras.

El cambio climático es incompatible con el mantenimiento de la desmesurada cabaña ganadera de nuestro país y ya se están produciendo sacrificios de animales ante la imposibilidad de darles de beber. En este artículo analizo la insostenibilidad de la industria cárnica española.

En la convocatoria de la manifestación, también se pide el control de las importaciones, cuestión que comparto; sin embargo, todas las organizaciones convocantes se han mostrado de acuerdo con el levantamiento de las restricciones a la importación de maíz de EE.UU. y Argentina. Estas restricciones se deben a la utilización de pesticidas y transgénicos prohibidos en Europa. No me parece lógico que se pida por un lado que se aumenten los controles a la producción marroquí (el ejemplo más utilizado) y al mismo tiempo se apoye reducir los controles a la importación argentina y estadounidense.

Por no decir que no se hace referencia a unas exportaciones nacionales que descompensan la balanza entre producción y consumo nacional. El actual modelo basado en importaciones y exportaciones ha debilitado la cobertura del consumo interno y, ante problemas como el bloqueo del Canal de Suez, la pandemia del COVID-19, el conflicto en Ucrania o la huelga del transporte, el abastecimiento de productos se resiente llegando al racionamiento en algunos supermercados como he analizado en diferentes textos sobre el aceite de girasol, la pasta o harinas de trigo o el maíz.

No hay petróleo ni agua ni guerras suficientes para sostener una producción anual de 7,6 millones de toneladas de carne, de las que exportamos 3,07 millones. De ellas, más de 1,3 millones es porcino que exportamos nada más y nada menos que a China.

Debemos apostar sin fisuras por una producción agroalimentaria que asegure la demanda de nuestra población en primer lugar para después, en segundo nivel, dedicarla a la exportación.

El 20M no es el campo. Es una parte

El llamamiento a agricultores y ganaderos deja fuera, curiosamente, a una parte importante de los agricultores/as y ganaderos/as de este país.

¿Pueden, acaso, asistir a esa manifestación representantes de las macrogranjas y la industria cárnica ―así como partidos políticos que las apoyan― y al mismo tiempo decir que están apoyando el campo?

Me parece que no. En el mismo mundo rural que dice representar el 20M, se han organizado centenares de plataformas contra las macrogranjas porque son incompatibles con la vida en los pueblos. Y no sólo eso, son incompatibles también con las pequeñas ganaderías familiares de la zona.

La referencia en la convocatoria al desprecio hacia la ganadería extensiva más parece un guiño a la Unión de Criadores de Toros de Lidia que a algunas de las principales organizaciones de ganadería extensiva que, ni están en la convocatoria ni han emitido ningún tipo de comunicado en apoyo a la misma. Tal es el caso de la Plataforma por la Ganadería Extensiva y el Pastoralismo, que aglutina a más de 450 organizaciones y profesionales dedicados al sector u otras más modestas, aunque igualmente representativas, como Ganaderas en Red.

Recientemente, además, se lanzó la Declaración por un sistema alimentario basado en la agroecología y la soberanía alimentaria que defiende, de forma más detallada, las cuestiones que expuse al inicio de este texto y que no van en la línea de la manifestación de hoy. Pues bien, esa declaración ha recogido el apoyo de cerca de 500 organizaciones ―y subiendo― de prácticamente todos los ámbitos del mundo rural y urbano (indivisibles ambos).

Otra parte del mundo rural invisibilizada el 20M.

Pero ¿qué es el mundo rural?

Obviamente, aunque los convocantes no lo quieran ver, es mucho más que la agricultura, la ganadería y la caza (que nadie niega que formen parte del mismo). No se puede adueñar de la identidad y la realidad rural un pequeño grupo, negando al resto de vecinos y vecinas. Yo, en mi pueblo, a parte de esos tres sectores, sobre todo veo a pequeños comerciantes, albañiles, camareros/as, carpinteros, trabajadores del mercadillo y comercio ambulante o ferrallas. Ninguno de ellos, por lo que se ve, invitados a la manifestación. Por no hablar del grueso de mujeres, “amas de casa” les decimos, trabajadoras desde niñas no remuneradas que son las que levantan las familias y los pueblos sobre sus costillas y para las que no hay ninguna demanda concreta que reconozca su esfuerzo diario.

No se puede organizar una manifestación por el mundo rural sin hacer un llamamiento explícito a la mujer, la mitad de ese mundo rural (y urbano). Por no decir que tampoco puede quedar representado el campo y el mundo rural sin los centenares de miles de jornaleros y jornaleras de dentro y fuera de nuestro país que sacan adelante las campañas agrícolas cada año.

El mundo rural son también las centenares de plataformas contra el extractivismo energético que defienden la democratización del acceso a la energía en infinidad de nuestros pueblos y ciudades frente a la invasión de plantas solares, eólicas y minería en montes y tierras fértiles. Ni un sólo guiño en la convocatoria a los colectivos que han protagonizado las principales movilizaciones en los últimos años como los/as pensionistas, las organizaciones feministas o las Auxiliares de Ayuda a Domicilio... Y ni rastro de empatía con la Marea Verde y la Marea Blanca en defensa de una educación y sanidad públicas y de calidad. Que, ya que reclaman mejores servicios públicos, me gustaría saber cuántos de los dirigentes de las organizaciones convocantes asisten a la sanidad privada en lugar de a la pública o llevan (han llevado) a sus menores a la escuela privada-concertada.

No podemos pedir que nos bajen los impuestos y, al mismo tiempo, pedir unos servicios públicos de calidad. Que, por cierto, quiero decir alto y claro que ni en 300 años que viviéramos cada uno de nosotros/as pagaríamos el coste de los tratamientos y la atención que reciben nuestras familias en la sanidad pública. ¿Se han parado a pensar que, según este estudio, una consulta de un especialista cuesta realmente 206€, si además lleva alguna prueba complementaria sube a 335€ o que cada día de ingreso en un hospital cuesta 906€ que pasan a 1.670€ por cada día que pasamos en la UCI? Dense una vuelta por ese enlace, ya verán lo que deberíamos pagar y no pagamos gracias a nuestros impuestos.

Por no hablar de la reclamación de “una PAC que aborde la pérdida de renta de las explotaciones agrarias y ganaderas”, dicen estos dirigentes que han ganado millones de euros (¡millones de euros!) en las últimas décadas a través de los fondos públicos de la Política Agrícola Común. Tendría que estar vendiendo mis tomates, melones, brócolis y coliflores más de una década para ganar lo que reciben de la PAC algunos de estos señores cada año ―dejo aparte los que más reciben―.

No pueden compartir manifestación los grandes perceptores y acaparadores de fondos públicos agrarios y las pequeñas explotaciones maltratadas en ese reparto.

Críticas que no comparto

He leído que esta manifestación se impulsa desde la extrema derecha. Como anécdota contaré que cuando esta semana he dado a Seguir en Twitter a 20MRural, los endiablados algoritmos de esta red social me han recomendado seguir a “un grupo de cuentas que combinan bien con 20MRural” y que os dejo por aquí. (...)

Más allá de la anécdota, vemos que entre los convocantes hay organizaciones agrarias que se autodenominan de izquierdas y progresistas. Tengo amigos de izquierda a los que respeto profundamente y que han asistido o apoyan la manifestación. Simpatizantes de Unidas Podemos, porque creen que no hay que dejar espacio a que las opciones políticas (en cualquiera de sus formas) que no defienden los derechos humanos fundamentales tomen el control de las movilizaciones y otros, del PSOE, porque son galgueros o escopeteros que han ido a defender su hobby. Entendiendo lo que dicen, sin embargo, estoy más en sintonía con las palabras que decía hace unas horas Marcos Garcés, agricultor turolense, que aparece de vez en cuando en los medios de comunicación.

Por cierto, no nos engañemos a nosotros ni engañemos a la gente, la oposición siempre ha utilizado las manifestaciones para intentar desestabilizar (y llegar) al gobierno. Ahora y siempre. Bien apoyándolas o bien criminalizándolas, como ocurrió con el PP/VOX en la oposición y las manifestaciones feministas masivas del 8 de marzo, diciendo que fueron las responsables de la expansión del coronavirus. Lo importante y diferenciador es a qué intereses responden esas manifestaciones y si de su éxito depende ampliar derechos humanos y libertades democráticas.

En resumen, creo que el mundo rural agoniza. La despoblación nos desangra. Y son las políticas que han llevado a cabo durante décadas el PSOE y PP en gobiernos centrales y autonómicos (también partidos nacionalistas) las que nos han traído hasta aquí. Y no aprenden. Seguimos ampliando regadíos o echándole la culpa de todo a Putin. Les recomiendo encarecidamente que dediquen cinco minutos a este artículo de Juan Bordera, “La huelga de transportes, Allende y el cinismo-gasolina de Sánchez”, perfectamente aplicable al 20M, a muchas de las políticas de éste y otros gobiernos y cómo nos pretenden tomar por niños de dos años.

Creo que quienes mantendrán el mundo rural vivo son los millones de personas que forman parte de los colectivos que he mencionado aquí y que no han sido invitados ni compartían los motivos de la manifestación.

A pesar de todo, estamos condenados a entendernos. Y lo haremos."                         (Eugenio Romero, El Salto, 20/03/22)

23/2/22

Jocelyne Porcher: "Se puede amar a las vacas y, luego, matarlas"... claro que es posible, es lo que han hecho los campesinos gallegos (y de todas partes), desde la noche de los tiempos... cada vaca gallega tiene su nombre, y todos conocen su sicología y sus manías... se vive con ella, se la cuida, y después se la mata... porque la familia tiene que comer carne, y la aldea, y la ciudad... la carne es la mejor receta contra el hambre... y en nuestro mundo tan rico existe el hambre... y ricos tan ricos que piensan que la carne sobra... La polémica ingeniera francesa, que critica con dureza las macrogranjas, ataca a los animalistas y aboga por una tercera vía de crianza animal: la ganadería tradicional... la gallega

 "La ingeniera agrícola Jocelyne Porcher (65 años) dispara críticas con cañón doble: por un lado, contra la ganadería industrial, a la que califica de “fábrica sin piedad” en la que los animales no son más que “cosas”, y por otro, contra los animalistas, a los que acusa de alejar a los humanos del resto de los seres vivos y de poner en peligro a la ganadería tradicional. 

Directora de investigación en el INRA (Instituto Nacional de Investigación Agrícola de Francia), publica artículos en la prensa francesa que no pasan inadvertidos. Eso, en los últimos 10 años. Antes, predicaba en el desierto.

Sus argumentos contra los animalistas son afilados y están recogidos en el primer libro que ha publicado en español: Vivir con los animales. Contra la ganadería industrial y la “liberación animal” (Ediciones El Salmón, 2021). En él ataca al mismísimo Peter Singer, el filósofo que afirmó que los animales, como seres que sufren, tienen derecho a que los protejamos. “Es un pensador occidental que no conoce la crianza”, afirma. “Lo que escribe son solo teorías”.

La investigadora cree que la liberación de los animales nos haría peores personas, pues el trato con nuestros compañeros vivientes nos nutre mutuamente. Sostiene que los argumentos de este colectivo cada vez más nutrido beneficia a la industria de los sucedáneos de la carne, que no son más que productos altamente procesados. Pero va aún más allá: afirma que los animalistas pueden vulnerar el derecho a la alimentación de las personas.

Las animalistas reconocen la labor de Porcher ante la industria intensiva, pero critican que sea tan fiera contra ellos mismos. La activista Brigitte Gothière, de la ONG L214, señala que es difícil dialogar con la investigadora una vez se le señala la muerte de los animales para nutrirnos. “Se pone muy agresiva y se olvida de que la vida sin comer carne es posible”. Una pena, afirma esta activista, puesto que podrían pelear conjuntamente contra la ganadería industrial. A su juicio, Porcher dedica demasiada energía a criticar al movimiento antiespecista en vez de pelear contra un modo de crianza que mantiene encerrados a ocho de cada diez animales en macrogranjas.

Hija de un solador y una funcionaria, fue una niña distinta, alejada del patrón femenino, ella usa el adjetivo “marimacho”. Dice que en su adolescencia lo que más añoró fue “ser libre”. Es tímida pero con grandes convicciones, según un compañero del INRA. Trabajó ocho años como secretaria, pero acabó cambiando París por el campo. Crio pollos y conejos, empezó a cogerle el gusto y sumó a su pequeña granja ovejas y cabras. Más tarde quiso ir más allá y estudió ingeniería agrícola, hasta que logró su sueño de ser investigadora.

Sus comienzos en el INRA fueron difíciles. Sus ideas estaban muy despegadas de la mirada sobre la ganadería industrial que preponderaba en aquella época. Atacaba el sufrimiento de los animales en la ganadería intensiva y defendía la pequeña y mediana ganadería, un oficio que, afirma, está en peligro desde el siglo XIX. “Es un empleo precioso, pero hay que querer a los animales apasionadamente. Se puede amar a las vacas e igualmente matarlas”, sostiene. Si la muerte de un animal tiene sentido, argumenta, es porque ha tenido una vida digna, sana, cuidada y su muerte genera más vida.

La dirección del INRA no veía con buenos ojos las reflexiones de Porcher, cuenta su compañero el investigador Jean-Marc Touzard, pero poco a poco la situación fue cambiando. Los libros que ella publicaba iban teniendo más impacto y académicamente fue ganando prestigio. Hasta que los responsables se dieron cuenta de que lo que ella defendía era una tercera vía, una línea de pensamiento que permite sobrepasar el enfrentamiento entre la industrialización y la liberación de los animales.

Porcher no solo cree que las macrogranjas causan miedo y sufrimiento a los animales, sino también a los humanos que trabajan en ellas. “Querrían relacionarse con los animales de otra forma. Y eso les genera dolor moral”, dice, y subraya que lo ha visto con sus propios ojos. También ha puesto en marcha un proyecto que acaba de dar sentido a sus teorías: “Quand l’abattoir vient à la ferme” (cuando el matadero llega a la granja), un matadero portátil que se desplaza hasta las granjas, ahorrando a los animales su doloroso traslado hacia su final.

 Por ahora solo una ganadera ha obtenido el permiso para usar este método, y otra veintena de ganaderos están en plenos trámites para lograrlo. “El Estado ha estado en contra de este sistema durante mucho tiempo. Se hacían matanzas en las granjas, pero de forma ilegal”.

En los últimos años se ha puesto a desarrollar nuevos sellos de calidad alimentaria, como un certificado para unos huevos que, al terminar el ciclo reproductivo de la gallina, no acaban en la muerte del animal. O la carne de unos cerdos que han llevado una vida con libertad y agradable. A la pregunta de si come mucha carne, afirma que una media de dos veces a la semana. Y luego añade que lo que no come ni comerá son hamburguesas vegetales. “No entiendo por qué disfrazar al vegetal de lo que no es”.        (Carmen Pérez-Lanzac , El País, 18/02/22)

25/1/22

Entrevista a María Sánchez: hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad... todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral?

 "María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Ha publicado el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017) y los libros Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020).

Júlia Martí: Cada vez se está hablando más sobre el mundo rural, aunque durante mucho tiempo ha sido el gran olvidado.

María Sánchez: Es un tema que no se ha tenido lo suficientemente en cuenta y que creo que en los tiempos en los que estamos, de emergencia climática y de pandemia, de capitalismo atroz y de hiperextractivismo hay que tocarlo ya, y creo que tiene que ser una cuestión vital y central en la agenda. Porque, a fin de cuentas, el tema de la tierra, de la sequía, de la comida, de la gente que trabaja en estos ámbitos –personas migrantes con poquísimos derechos y que están padeciendo muchísimo–, es clave. Y hay dinámicas –no quiero decir tradicionales, pero sí alternativas– que conservan biodiversidad y territorio, que podrían ser fundamentales en la lucha contra el cambio climático y que no se están teniendo en cuenta porque no interesa, porque al sistema no le es rentable ni tampoco le interesan estos modelos de producción. Debemos poner sobre la mesa y cuestionar de una vez el modelo agroalimentario que tenemos.

J. M.: En el libro Tierra de mujeres recuperas la historia de las mujeres rurales, una historia que a menudo vinculas con una herida abierta. ¿Cómo sanar estas heridas, cómo devolverlas al lugar que merecen?

M. S.: Escribí el libro entre 2017 y 2018, fue publicado en 2019. Desde que salió el libro, creo que ha habido un cambio brutal en el relato y la forma de mirar. Hemos pasado de no saber nada de las mujeres rurales, de sus historias y sus vidas, de sus problemas, de a lo que se enfrentan día a día, de la diversidad –porque no hay un solo tipo de mujer rural–, a tener visibilidad en las redes sociales, artículos, reportajes en medios… Y creo que es muy importante conocer todo lo que hay de nuestros medios rurales, saber de dónde venimos, con las cosas buenas y las cosas malas, para, en estos tiempos de emergencia climática y pandemias, saber hacia dónde queremos ir.

Cuando llega el feminismo en mi vida, me doy cuenta de todas estas lagunas, de todas estas cosas que no entendía, o que no hablaba, de todo aquello con lo que no nos atrevemos a romper el silencio. Es tan importante hablar, conocer, visibilizar... Y claro, en mi caso ¿qué pasa?, que cuando llega el feminismo a mi vida –como cuento en Tierra de mujeres– lo primero que hago es buscar veterinarias, científicas, ecologistas, divulgadoras, ornitólogas, botánicas…, pero paso por completo por encima de las mujeres de mi casa. Cuando era adolescente, mi madre era la persona que tenía de ejemplo de lo que no quería ser nunca en mi vida. Fui muy injusta, muy egoísta. No quise entender la vida que le tocó a mi madre, las renuncias, lo que tuvo que vivir, la época, el machismo, etc.

El libro sale de esta herida abierta, de este duelo, de este llegar tarde. No deja de ser una manera de pedir perdón a todas esas mujeres de mi familia. Con él intenté crear un lugar donde ellas se sintieran representadas y sintieran que sus historias y sus voces también importan, y que tienen muchísimo que contar. La historia de mi madre es muy dura, pero es la historia de tantas mujeres de este país. Nació en el 60, y con 12 años, siendo una niña, tuvo que dejar el colegio y ponerse a trabajar la aceituna en el campo, sin derecho a decidir ni nada.

Quería hacer esta nueva narrativa para reconocerlas, para que sus historias también se tuvieran en cuenta. En estos casi tres años desde que salió el libro he tenido muchísimos encuentros en pueblos, y hay dos cosas que me han dicho que no dejan de repetirse: “este libro lo podría haber escrito yo” y “has contado mi vida”. Creo que eso es muy importante, esta reconciliación con nuestras madres y con las mujeres de nuestras familias a las que nunca quisimos parecernos y que nunca cuestionamos ni preguntamos por toda la desigualdad y renuncia que traían en sus espaldas.

J. M.: Me parece muy importante esta parte de reconocimiento generacional.

M. S.: En un encuentro con otras mujeres hace un par de años, en el turno de preguntas, una chica de 17 años se levantó del público muy enfadada diciendo que su madre no era feminista, preguntando qué libro tenía que darle, qué tenía que hacer para que su madre fuera feminista. “¿Tú has intentado hablar con tu madre de su vida?, ¿sabes qué quería ser tu madre de pequeña?”. Yo he sido muy egoísta diciendo de mi madre “es que hay que ver que solo limpia” o “solo se preocupa por la casa”, pero yo no quería saber que a mi madre desde pequeña la enseñaron a limpiar, a cocinar, a trabajar en el campo, a no tener nada, a no poder decidir. Es tan doloroso y duro…; creo que hay que conocer las mochilas que trae cada una encima, no podemos imponer, ni caer en dinámicas condescendientes ni paternalistas tan machistas, creo que toca acompañamiento, diálogo y entendimiento.

Pero cuidado, tampoco podemos caer en la idealización. Porque ahora, terriblemente, estamos en una ola de nostalgia reaccionaria, con frases como ya no hay mujeres como antes. Hay que visibilizar las cosas a las que renunciaron y las cosas que les tocó vivir. Esa desigualdad y machismo extremo que alcanzó a todas. Yo muchas veces me pregunto qué habría pasado si mi madre hubiera podido seguir yendo al colegio, ¿habría podido descubrir otros mundos, otras vidas? A lo mejor ahora estarías hablando con mi madre, a lo mejor ella sería la escritora.

J. M.: Tu relato choca con los intentos de representar una imagen idealizada de lo rural, de la vida que tuvieron nuestras madres y abuelas, ¿cómo combinar su reivindicación sin caer en el esencialismo y la mistificación?

M. S.: Es que sabes qué pasa, que esta reivindicación viene de gente que tiene un altavoz y que está muy bien respaldada por los grandes medios, pero que ni vive ni habita, ni sabe la realidad de los medios rurales. Me parece tan brutal que alguien haga esto y se cargue todo el trabajo de años de las asociaciones feministas y de los grupos de mujeres que hay en nuestros pueblos. Todas estas luchas que hay en los pueblos para evitar, primero, esta romantización-idealización y luego, también en el sentido contrario, esta voz tan simple donde somos unos brutos, donde somos los santos inocentes, Las Hurdes o Puerto Hurraco. Me parece tan injusto pensar que vivimos peor que nuestros padres, es que pienso en tantas cosas, por ejemplo: una mujer hasta entrados los años 80 no podía tener una cuenta bancaria, y si las mujeres tenían algo de tierra, el marido, cuando se casaban, la vendía o se quedaba con ello.

Recomiendo el libro Basa de Miren Amuriza, publicado en Consonni, sobre una mujer rural y los dilemas de dejar ser cuidada y de tener que seguir cuidando, por la mentalidad y la vida que te ha tocado vivir… A mí me hace mucha gracia cuando en las presentaciones de Tierra de mujeres, en algunos lugares del norte, siempre salía algún comentario por parte de hombres diciendo “no, es que en mi casa había un matriarcado”. Este famoso matriarcado en el norte, ¿no? Un matriarcado que se reduce a que la mujer podía decidir en qué se invertía alguna vez el dinero cuando tocaba cosas de la casa o que daba su opinión. Y yo les pregunto: “¿La casa de tu familia está a nombre de tu abuela?, ¿tu abuela manejaba el dinero?” Ahí tenemos los datos, el porcentaje de mujeres que tienen la propiedad de la tierra o que están dadas de alta es ridículo, ¿dónde está este matriarcado en las cifras? No existe. Hay una romantización tan brutal…, y con esta vuelta a ella, pienso que indirectamente estamos romantizando una dictadura, cuando romantizamos cómo vivían nuestras abuelas y nuestras madres.

 Podemos reivindicar sus vínculos y conocimientos (que tanto han sido despreciados por la academia), y sumarlos a las herramientas y saberes que tenemos hoy en día. Me horroriza que sigamos dando altavoz a discursos donde solo se habla de la mujer en el medio rural para hablar de políticas de natalidad. En este sentido, recomiendo el informe “Participación política de las mujeres campesinas en el Estado español”, un trabajo de Mundubat.

Hay muchas mujeres y hombres luchando por un mundo rural diverso, vivo, con soberanía alimentaria, para conservar nuestra biodiversidad, luchando contra macrogranjas, contra los vertederos y todos los proyectos de invasión de macroeólicos que estamos teniendo en territorios de alto valor ambiental. La mayoría de los grupos y movimientos que están trabajando desde los medios rurales, toda la gente que tengo la suerte de conocer y con la que trabajo, trabaja por el bien común, por la comunidad, por otros sistemas, por otras formas de relacionarnos, de vivir en la tierra, por otras políticas públicas. En vez de visibilizar estas luchas, ¿de verdad tenemos que estar volviendo a estos discursos llenos de nostalgia reaccionaria que quieren recuperar una vida pasada que nunca fue mejor? A fin de cuentas, lo que vivimos de pequeños cuando crecemos lo tendemos a romantizar.

Me parece tremendo que se amplifique una experiencia personal y se quiera imponer y convertir en el único relato válido y posible, dejando atrás una población y unos territorios diversos que llevan años de lucha y reivindicación.

J. M.: El pasado 8 de marzo publicasteis el manifiesto “Por un feminismo de hermanas de tierra”, en el que contabais “que son y serán mujeres fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás”. Frente a los estereotipos que siguen proliferando, ¿cómo describirías tú a las mujeres rurales de hoy en día, cuáles son sus reivindicaciones, proyectos, aspiraciones?

M. S.: Mira, justo este verano en una entrevista me preguntaron ¿a qué se puede dedicar una mujer rural?, y yo le dije que por qué no cambiaba la palabra rural por urbana y me volvía a hacer la pregunta. Una mujer rural se puede dedicar a lo que sea, creo que la gente ya tiene que entender –y esto es algo que lleva diciendo FADEMUR muchos años– que ya basta de esta imagen de la mujer rural como la mujer mayor vestida de luto de nuestros pueblos. Desde FADEMUR, que es la federación de asociaciones de mujeres rurales del país, llevan muchísimos años trabajando por la igualdad, consiguieron poner en marcha la ley de titularidad compartida, y con su trabajo visibilizan las necesidades y realidades de las mujeres rurales.

Sobre el manifiesto del 8 de marzo, lo escribimos Lucía y yo gracias a las reflexiones de otras compañeras que forman parte de colectivos y asociaciones rurales como Lareira Mental o Jornaleras en Lucha de Huelva. Intentamos tener en cuenta las diferentes luchas y problemáticas que pueden tener las mujeres rurales, que no son solamente mujeres blancas –no nos podemos olvidar que en nuestros pueblos también viven personas racializadas– y que no son solamente mujeres cis. Cada año vamos ampliando la red y se van sumando más mujeres, más voces, intentamos darles cabida a todas, porque nuestros medios rurales son diversos y cada territorio tiene una realidad propia y diferente. 

J. M.: Quería preguntarte también sobre la tensión que hay entre lo rural y lo urbano, que ha tenido un capítulo propio en relación al feminismo, y a veces la relación entre el feminismo urbano y el feminismo campesino y rural no ha estado exenta de tensiones. ¿Cómo ves tú esta relación y cómo podríamos superar las tensiones?

M. S.: Creo que tensiones siempre hay cuando se parte de algo sin querer aprender, sin querer ser honesto y sin querer conocer la realidad del otro. Ya sea desde lo urbano a lo rural, como de lo rural a lo urbano. Dentro del feminismo hay gente que cree que todo el feminismo tiene que ser igual, que no se tiene que tener en cuenta la raza, las condiciones sociales, el trabajo… Yo creo en el feminismo interseccional, y creo que no es lo mismo a lo que se enfrenta una mujer que es la jefa de una empresa que una mujer migrante que está trabajando en un invernadero en Almería y vive en una chabola sin luz ni agua. Pienso que es muy importante no caer en el paternalismo ni clasismo con las mujeres rurales. 

Hablando de esto siempre recuerdo lo que me contó Ana Pinto, de Jornaleras en Lucha de Huelva –temporera e impulsora de este sindicato que es fundamental para las mujeres migrantes–, acerca de cómo el primer año hubo un grupo de feministas de ciudad que en vez de acompañarlas como se está haciendo ahora, fueron básicamente a imponerles cómo tenían que organizarse y realizar su feminismo y activismo, su lucha. Y la reflexión de Ana era: “Vosotras no vivís aquí, no sabéis las problemáticas, no sabéis la violencia que vivimos con los empresarios, no sabéis las cosas que nos faltan...”. Como te comentaba antes, creo que debemos acompañar y entender y no imponer ni caer en ese paternalismo condescendiente y clasista.

Pienso que el acercamiento a nuestros medios rurales debería hacerse desde el respeto, sin mirar por encima del hombro. Y ojo, que también pasa en la dirección contraria: cuántas veces nos hemos encontrado que, llegando gente joven a montar un proyecto en un pueblo, los comentarios de algunas personas del pueblo sean: “anda que estos van a durar mucho”, “estos se van a morir de hambre” o “estos no tienen ni idea”. Esta condescendencia y paternalismo desgraciadamente está en todos lados, por esto en Tierra de mujeres hablo de crear un nuevo idioma, un nuevo lenguaje, en el que partamos todos y todas del mismo nivel, que podamos aprender del otro, cuidarnos, conocernos… Porque a fin de cuenta nos necesitamos, tanto la ciudad a los pueblos como los pueblos a la ciudad.

 J. M.: Sobre estas tensiones, no sé si quieres comentar algo sobre el debate que hay entre mujeres veganas y animalistas y las mujeres que se están organizando en el medio rural en torno a la ganadería extensiva y otra forma de alimentarnos.

M. S.: Es algo que me produce mucho dolor, y que lamentablemente lo he sufrido en redes sociales, no por parte de todo el mundo, sino por ciertos perfiles. Se vuelve algo superviolento, dejas de ser una persona, simplemente eres un objetivo, una imagen deshumanizada a la que insultar y atacar. Y me da mucha pena porque creo que el veganismo y colectivos como Ramaderes de Catalunya o gente con proyectos agroecológicos tenemos muchas cosas en común. Pero, cuando se falta el respeto, se ataca la forma de vivir de las personas, sin conocer la relación, el vínculo, y se entra en ataques personales y sin dar opción al diálogo y entendimento, no me parece feminista.

Creo que es importante conocer qué sucede en el campo, saber que todos formamos parte de ciclos. Y, por supuesto, dejar de incentivar y fomentar la macroindustria: desde la agricultura a la ganadería intensiva. Necesitamos apoyar las producciones donde los animales viven en el campo y se alimentan de él, aprovechando sus recursos, donde forman parte de un ciclo, de un territorio. Donde, por ejemplo, una cabrera con sus cabras previene incendios forestales, porque las cabras son los bomberos más baratos del mundo, y donde hay cabras no hay fuego. Conocer que consumiendo, por ejemplo, sus quesos, conservamos un paisaje, protegemos territorio y biodiversidad, creamos y fortalecemos la economía local, los alimentos de temporada y proximidad.

J. M.: La crisis ecológica, la pandemia…, han impulsado el lema ruralismo o barbarie. Lo rural se posiciona como salida a la crisis, tanto en lo personal como en lo que respecta a la organización social. ¿Crees que en el mundo rural se encuentran las bases para reconstruir nuestra sociedad? ¿Qué tendría que pasar para que esto fuera verdad?

M. S.: Se encuentran parte de las bases, pero lamentablemente están en peligro de extinción, porque el capitalismo y el sistema hiperextractivista en el que estamos alcanza todos los espacios. Siempre cuento el mismo ejemplo: antes en mi pueblo había un horno, y ahora en cambio hay una franquicia de pan congelado que te la puedes encontrar en Córdoba, Sevilla y Madrid. Estamos perdiendo un montón de cosas propias y de productos locales, y formas incluso de trabajar por la comunidad, como los pastos comunales, las veredas o los montes públicos.

 Sí, te diré que hay cierta romantización con esto de la pandemia de “me voy al campo”. En realidad, la gente que se ha ido, la mayoría, era gente con dinero, de cierta clase social, que sigue teniendo su primera residencia y sus servicios básicos cubiertos en la ciudad y que le da igual no tener internet o no tener médico o que no haya colegio en el pueblo porque no le hace falta. Pero no lo hemos visto en la dirección contraria: todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral? Hay que cuestionarse esto, qué necesidades hay y quién puede irse realmente hoy al campo.

Además, hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad en la que estamos; lo que se debería fomentar es justamente lo contrario de lo que se hace. Es muy doloroso cuando oyes a pastores, ganaderas, agricultoras –que hacen las cosas bien y tienen esta relación con la tierra y creen en la comida como elemento transformador y político– que te dicen “es que parece que nos quieren echar del campo”. Esto es muchas veces lo que sentimos.

Por eso es muy importante volver a esta organización desde abajo, hablar y formar parte del lugar que habitamos. En la pandemia hemos visto cómo los propios barrios, la propia ciudadanía, se ha organizado desde abajo . Es muy importante dejar de vernos como personas independientes y por encima de las cosas, de las personas y del resto de seres, debemos cambiar a una visión interdependiente y reconocernos vulnerables, porque a fin de cuentas necesitamos a otras personas, a otros seres y recursos desde que nacemos hasta que nos morimos. Cuando tenemos esto en cuenta, cambia nuestra forma de estar en el mundo. Es lo que a mí me hace tener esperanza, ver que hay personas que se mueven, que se juntan a luchar por el lugar que habitan, por reivindicar o por mostrar los problemas que tienen.

J. M.: No sé si quieres añadir algo más.

M. S.: Creo que nos deberíamos plantear el sistema en el que estamos, porque hablamos de la covid como si fuera la única pandemia y ya teníamos una pandemia que es la del hambre. Estamos en un sistema hiperextractivista que contamina, que mata, precariza y enferma a las personas, que produce alimentos que no son sanos y que no nos alimentan. A día de hoy, hay muchísimas personas que se siguen muriendo de hambre, en un futuro se nos juzgará por esto, por dejar que se siga muriendo gente de hambre todos los días mientras que hay un 20% de alimentos que todos los días se tiran a la basura. Además, los alimentos ultraprocesados, los más baratos y de más fácil acceso, están relacionados con enfermedades cardiovasculares, con obesidad… Desde Justicia Alimentaria hace años que hablan de esto: comer mal nos enferma. Hay que cambiar todo el sistema alimentario pero no solo por los y las consumidoras, también por quienes trabajan en la producción de estos alimentos. Del cultivo a la mesa, toda la cadena.

J. M.: Antes de despedirnos, quería contarte que cuando mi abuela abrió tu libro Almáciga, se quedó mirando una de las ilustraciones de Cristina Jiménez y afirmó: “Son mis manos”, en su cara vi la satisfacción del reconocimiento. No solo estás recuperando palabras, estás devolviendo al lugar que merecen muchas vidas hasta ahora silenciadas.

M. S.: Qué bonito, se lo voy a contar a Cristina…, vuelvo a esto que te decía, que veo muy importante saber de dónde venimos, y sobre todo en los medios rurales es importante recuperar las lenguas, que están muy ligadas con la forma de relacionarse, vivir, entender una comunidad, trabajar con los animales, trabajar la tierra, detrás de estas palabras nos encontramos con otras formas de habitar y de relacionarnos con el territorio."                       (Júlia Martí , Viento Sur, 21/01/22)

19/11/21

«La invasión fotovoltaica de los campos de España»... Las promotoras fotovoltaicas han diseñado silenciosamente la ocupación y despiece de productivas tierras agrícolas, para instalar en ellas grandes «parques» solares fotovoltaicos (PSFV), con el pretexto de la energía «verde» y la financiación de los fondos Nest Generation EU... los megaproyectos fotovoltaicos (y eólicos) amenazan con la expropiación forzosa de tierras —una «nueva desamortización agraria»—, y la eliminación de empleo agrícola... “¡Renovables sí, pero no así!”

 "Este libro nace de la preocupación por el atentado «ecológico» que se pretende perpetrar contra el patrimonio natural, cultural, económico y paisajístico, en muchos lugares de España, y el bienestar de sus habitantes.

Las promotoras fotovoltaicas han diseñado silenciosamente —a veces, más allá de nuestras fronteras— la ocupación y despiece de hermosas y productivas tierras agrícolas, para instalar en ellas grandes «parques» solares fotovoltaicos (PSFV), con el pretexto de la energía «verde» y la financiación de los fondos Nest Generation EU.

Estamos asistiendo así a un aluvión, una avalancha, una invasión de megaproyectos fotovoltaicos (y eólicos) que amenaza con la expropiación forzosa de tierras —una «nueva desamortización agraria»—, la eliminación de empleo agrícola y toda otra serie de perjuicios, incluida su repercusión en la factura eléctrica de las familias.

Esa arrolladora invasión queda recogida en numerosas noticias —una aportación bibliográfica del autor— que han ido apareciendo en los medios de comunicación, alertando y denunciando este proceso invasor que amenaza a muchos pueblos de España.

El libro apunta también diversos temas controvertidos que deberían servir para estimular la investigación y aportar soluciones en temas tan actuales y candentes como el oligopolio eléctrico, el precio de la luz, la despoblación, el empleo agrícola, la vivienda social, las residencias de mayores o el dudoso funcionamiento de algunos Ayuntamientos.

Y describe el modus operandi de las promotoras fotovoltaicas, tomando como ejemplo el caso paradigmático de la localidad toledana de Méntrida, en Castilla-La Mancha, completando el análisis con referencias al rechazo popular de los macroproyectos en otros muchos lugares de España, que defienden las energías limpias y renovables, pero discrepan del modo y extensión como están siendo implantadas e impuestas:

“¡Renovables sí, pero no así!”."    
                 (Rebelión, 18/11/21)

25/10/21

Nadie espera a la España Vaciada... Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido entre el campo y la ciudad que se resolvió con una victoria total e incontestable de lo urbano... con el horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las de instalación de renovables van a devenir en territorios tan estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX... Con todo lo que eso implica. Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora...

 "¿Tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.

1. NADIE ESPERA A LA ESPAÑA VACIADA

Lo que sigue es un relato de odio. Lo es, al menos, en la medida en que uno tiene que elegir entre a) y b) para definir el humor con el que escribe. Digamos, de manera más amable, que es una historia a la contra de toda esa corriente de opinión que, por lo que sea, necesita negar la España Vaciada. Ese "por lo que sea" abarca desde la compulsión de refutar el proceso de abandono para no tener que asumir la existencia de, al menos, un problema ("siempre estuvo vacía"), hasta el intento de captura de la España Vaciada como rehén de algún tipo de proyecto nacional (sutil, liberal, autoritario) que, como norma, tendrá poco que ver con los movimientos y reivindicaciones de esos territorios en trance de desertificación demográfica. En general, nos referimos a un mar de fondo que arrastran quienes vivieron con un cierto pesar la autodenominada "Revuelta de la España Vaciada" en 2019, por cuanto ésta suponía sacudirse unas tutelas (políticas, culturales, simbólicas) que se habían dado por supuestas sobre el universo de la despoblación.

...Y que no te sepa malo

Empecemos por el principio: la España Vaciada es un concepto incómodo, más que más porque no se deja atrapar ni se corresponde por completo con otros previos. España Interior, despoblada, desaprovechada, Serrania Celtibérica / Laponia española, el despectivo Tractoria en Catalunya o incluso el propio España Vacía han fracasado a la hora de cumplir con los dos objetivos de un apelativo, a saber: describir y ser aceptado por aquel a quien se describe. Algo en lo que fallaron en mayor o menor medida todos los nombres y adjetivos anteriores, y muchos otros

 Los nombres en los mapas (esto no es un paréntesis)

Antes de seguir, cuatro avisos. Primero, escribo como aragonés. No sé hacerlo de otra forma, y si existe algo como la España Vaciada, la estoy analizando con esas gafas. Segundo: soy urbanita; en tiempos fui eso que se ha dado en llamar "híbrido", pero ahora vivo en Zaragoza full time, y enseño en Teruel. Por consiguiente, intento hablar de los aspectos de la España Vaciada con los que se relaciona la "gente de lo lleno", o de los que me siento legitimado para dialogar; del resto, por respeto y decencia, me callo o solo pregunto. Tercero: a causa de lo anterior, no busco dar una definición de la España Vaciada más allá de una ad hoc que nos sirva de hilo conductor, a saber: aquellas zonas en las que, de acuerdo con la lógica neoliberal, es más razonable o rentable dejar de prestar un servicio que privatizarlo. No es la mejor definición del mundo, pero nos sirve para pensar ciertos malestares y ciertas luchas y las representaciones que llevan aparejadas.

Cuarto, y último, también caeré puntualmente en la confusión entre la España Vaciada (permitidme, de aquí en adelante, EV) y la rural. Muy al contrario, el movimiento de la EV se fundamenta en una alianza entre zonas rurales, gentes híbridas y la débil trama urbana con la que se articulan (resulta enternecedora, por cierto, la vehemencia de los opinadores al descubrir en 2021 -¡en 2021!- que las ciudades pequeñas de la EV también se están vaciando). En ese sentido, a pesar de reconocerse las mútuas diferencias y conflictos entre zonas rurales y urbanas, se ha desarrollado un marco de análisis y una identidad común, contrapuesta a una España llena, metropolitana y densa. De hecho, a lo largo del texto emplearé el par "lo vaciado" y "lo lleno" para expresar esa oposición.

 O al menos, nadie le había dado vela ni en su entierro ni en el del Régimen del 78, si es que llegaban a celebrarse. No es de extrañar. La Transición se fundó sobre una serie de pactos entre los cuales no figuraban la despoblación y la desigualdad territorial. Hubo varias razones para esta ausencia, empezando por que a nadie parecía importarle lo suficiente. De otro lado, la herida de la despoblación estaba todavía abierta -apenas habían pasado veinte años desde el inicio del gran éxodo rural- y aún no se tenía una idea clara de sus posibles derivadas en el futuro. Así, la perspectiva popular albergaba la esperanza de "revertir la despoblación", misión encomendada a partir de 1985 a las comunidades autónomas; el proyecto de la dirigencia, a su vez, estaba a algo muy distinto y ya aprestaba las reformas del campo -agrario no es rural, ni vaciado, pero...- previstas para el ingreso en la Comunidad Económica Europea.

Solo debatiendo su papel electoral le fue permitida a la EV una discreta presencia. Pues recordemos lo que el historiador Carmelo Romero nos ha repetido hasta la saciedad: el sistema electoral vigente desde 1977 privilegió la sobrerrepresentación de una serie provincias, no por corregir desequilibrios territoriales, sino por ser donde habían ganado las derechas en las últimas elecciones democráticas, las de febrero de 1936. Es decir, la EV era, de acuerdo con la cultura política de la Transición, la España sumisa o adherida al franquismo, y ese papel de brida conservadora era lo que la definía y la silenciaba; una ilusión, pues, de acuerdo con Berger, al menos el mundo campesino no se define tanto por la defensa del orden político como la de su significado: la continuidad. Puede, entonces, que la irrupción de el movimiento de la EV en 2019 fuera especialmente incómoda para ciertos actores -culturales, políticos- porque rompía con el principal papel que se le había asignado y de cuya representación tantos dependían.

2. SERÁ USTED MÁS FELIZ CON ESTA MODERNA ASPIRADORA

Arranca el conflicto, escúpelo

Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido entre el campo y la ciudad. En el Estado español -en general, en la Europa continental; más en general: el mundo- éste se resolvió con una victoria total e incontestable de lo urbano, hasta tal punto que numerosos autores dudan que se pueda seguir hablando, en propiedad, aquí y ahora, de lo rural. Ahora bien, por interesante que sea este debate académico, nuestro interés radica en que, muriera o no lo rural, seguimos ante un conflicto, y negar su existencia se ha transformado en una de las Bellas Artes.

 Esta relación antagónica tiene que ver, aunque no se limita, con los intereses de gentes en territorios históricamente desiguales; por ello, con su negación se buscará, en primer lugar, recluirla en un lugar del pasado donde no moleste: "aquello (desamortizaciones, desposesión, guerras, proletarización y empobrecimiento) existió, pero ya no existe". Ante la evidencia de las desigualdades en la distribución de renta, riesgo de pobreza, acceso a servicios o abandono escolar en zonas rurales, se pasará a hablar de "problemas", que pueden ser resueltos -la sombra del solucionismo es alargada- mediante la vuelta a, por ejemplo, la nación (liberal o autoritaria) como garantía de igualdad, que toma decisiones "correctas", pero sin violar nunca las jerarquías que separan lo lleno de lo vacío. Pero, en cualquier caso, es importante que los procesos de desposesión, metropolización y de mantenimiento de las desigualdades permanezcan en un segundo plano frente al pasado, ya felizmente superado, y a la promesa de una solución.

"Nuestra adhesión y nuestra gratitud"

El orden social de la modernidad distingue y clasifica los territorios, las gentes y los saberes. La eliminación u ocultación del conflicto se daría en falso si no hubiera mecanismos que legitimaran la diferencia que, de hecho, se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado, y esto se consigue, fundamentalmente, por dos vías. En primer lugar, muchas de las relaciones sociales rural-urbanas, incluso urbano-metropolitanas se fundan en la discriminación de saberes, especialmente los saberes expertos; por otra parte, el (neo)caciquismo crea figuras relevantes y redes de patronazgo que, en realidad, disfrazan su posición subordinada mediante la integración en las gramáticas y redes sociales urbanas.

El resultado suele ser invariable, esto es, la pérdida de agencia, de capacidad para hacer, de lo vaciado frente a lo lleno; una pérdida, además, imbuida en un fatalismo (es algo "inevitable"), por el cual no habría alternativa a la metropolización del mundo: ante ella solo existen espacios atomizados. Por ello, desde el sistema educativo y las universidades a los partidos políticos, cada uno de los territorios tiende a dialogar con el centro individualmente y no como un conjunto y, además, de acuerdo con unas normas de representación muy específicas que excluyen la visibilidad y la autonomía. No es raro que cuando estas normas fueron cortocircuitadas en 2019-2020 (preferencia de España Vaciada frente a Vacía, presentación a elecciones de Teruel Existe, investidura de Pedro Sánchez) la reacción del mundo lleno, el metropolitano o el que está conectado con sus organizaciones, fuera visceral, casi furibunda.

Todos rasos

Visto en perspectiva, debería haber sido sencillo imaginar la emergencia de este fenómeno durante la última década. Por una parte, como toda desigualdad, lo territorial se vio acentuado después de 2008 con una degradación más intensa de las condiciones de vida y de los servicios. Pero, por otro, a raíz de un tímido flujo de retorno a los pueblos como fruto de la crisis -generalmente, en busca menos de nuevas experiencias que de vidas más baratas- se desplegó a partir de 2014-16 toda una corriente (idilista a veces, irónica otras) sobre lo rural de la que surgieron ensayos, novelas, programas de televisión o influencers; nótese, por cierto, como este proceso se ha repetido, y agudizado, con los movimientos de población durante la emergencia pandémica.

 Como norma, estos productos culturales eran creados desde entornos urbanos y llevaban en su ADN una visión de lo rural inmóvil, uniforme, no conflictiva y en la que la historia de estas comunidades era sustituida por algo parecido a la tradición o a fragmentos mutilados de memoria. Por ello mismo, en medio de esta marea creativa el papel de estos territorios no podía ser sino funcional a otros fines. ¿Quiere usted criticar la vacuidad y el estrés de la vida urbana? ¿Se siente agobiado por la pérdida de empleo, por la incertidumbre? ¿Necesita una esperanza y una seguridad, aunque sean modestas? ¿Añora la España de siempre? ¿Cuál de ellas? No se preocupe: en el campo / España Vacía / lo que sea, podrá usted encontrar una respuesta a todas esas preguntas. Claro, que, entre tanta respuesta a los malestares urbanos, quedaba poco sitio para responder a los rurales o vaciados, algo todavía más difícil porque estos son, al contrario que su representación, diversos y conflictivos, aunque, oh paradoja, esta homogeneización ha sido muy útil al movimiento de la EV para fomentar su identidad y su movilización.

Nascut a Denguin

Ahora bien, existe un cierto género de malestares que no pueden ser reducidos a la homogeneidad, someterse a una jerarquía ni, tampoco, extirparse, ya que el conflicto que los originó sigue vivo. Llegados a ese punto, el mundo de lo lleno necesita de un esfuerzo mayúsculo de ocultación y violencia simbólica para legitimar una situación dada. En este esfuerzo, la asimetría de fuerzas y el enmascaramiento de las necesidades del mundo de lo lleno tras grandes principios que faciliten la desposesión serán más visibles, escandalosamente visibles, hasta el punto de invisibilizarse; ante ésta, el mundo de lo vaciado podrá optar por la aceptación, el silencio o la resistencia más allá del margen de lo "aceptable".

Entre aquellos grandes principios que afectan con más fuerza al mundo de lo vaciado, podemos citar el "interés general" o la "utilidad pública", amén de la "rentabilidad", que justifica el cierre de servicios públicos ("los de la ciudad os pagamos los servicios": recordemos el traumático cierre de líneas férreas de 1985). En los últimos años le ha llegado su turno a la "transición ecológica", en cuyo nombre fondos de inversión y empresas energéticas -con la bendición de la administración e, incluso, de Greenpeace- están apropiándose de amplísimas zonas rurales para la instalación de energías renovables. Es importante subrayar que esta violencia simbólica no implica por fuerza falta de reconocimiento hacia las “gentes de lo vaciado”, sino que, cuando se da (durante el franquismo se prefirió el silencio), es simbólico y aparece como como ritual "de noble corazón", obligando al subalterno a situarse en una postura de, incluso, agradecimiento.

3. EL CORAZÓN DE LA BESTIA / LA BESTIA SIN CORAZÓN

Pero entonces, ¿por qué se necesita tanto velo, tanto trampantojo? ¿Por qué tantas molestias? Es decir: ¿tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.

La bestia sin corazón

Si hablamos del "hacia dentro", el hecho es que ciertas estructuras de la EV necesitan de su relación con esta desigualdad para perpetuarse. Como hemos visto, esto suele equivaler a ocultar ambas: desigualdad y estructura; éstas no se limitan a los fenómenos de neocaciquismo incrustados en distintas instituciones, aunque sean su expresión más llamativa. Un neocaciquismo al que, por cierto, haríamos mal en interpretar solo en un plano moral (una forma de corrupción), y muy bien en hacerlo en otro político y material (un régimen de gobierno), como nos recomienda Carmelo Romero; por favor, leamos a Carmelo Romero.

Las estructuras del vaciamiento de la EV, con frecuencia, son mucho más discretas y tienen que ver con (la crisis de) su opuesto, las que se ocupan del mantenimiento de población; por ejemplo, después del gran éxodo de los años 50-70, la constante mejora de la educación entre las mujeres en el ámbito rural (frente al estancamiento relativo de los hombres) y el consiguiente cambio de expectativas llevarán a la intensificación de la emigración del colectivo femenino, y a la masculinización de amplias zonas rurales de la EV. Si bien es cierto que en las generaciones más jóvenes -escasas, con frecuencia- operan otros imaginarios, entre la población masculina de más edad es frecuente el verse como depositarios de una libertad y a una autonomía que, sin embargo, requiere de todo un sistema de cuidados y un tipo de vida que hace tiempo que entraron en crisis.

El corazón de la bestia

Sin embargo, creo que es "hacia fuera", es decir, en su relación con el mundo urbano y metropolitano, donde se justifica todo el esfuerzo desplegado en disimular, es decir, en conseguir que la propia devaluación del “mundo-vaciado” se devalúe, que carezca de relevancia, que sea un mero “proceso” o “devenir” histórico, facilitando de paso la labor de desposesión. Es central esta doble pérdida de valor. Ejemplo: se puede tener la opinión que a uno le plazca sobre la Iglesia, o sobre el papel de los párrocos (con frecuencia los expolios de bienes culturales corrían de y para su cuenta), pero eran los encargados de mantener y actualizar los archivos parroquiales. Al tener que compartir sacerdote entre varios pueblos -con el consiguiente cierre de las Casas del Cura-, muchos archivos locales se echaron a perder, y con ellos, siglos de historia y memoria local. Otro tanto ocurre con las casas del Maestro, mantenidas y sostenidas por los ayuntamientos, y ahora en desuso debido a la mayor movilidad de muchos docentes que, además, cambian de destino año tras año. Otro tanto, en fin, con los cines rurales, clausurados en su mayoría. Pues bien, no solo pierde valor la institución y sus bienes, sino que se pierden el capital construido en común por los y las vecinas y su consideración. Sin esta pérdida de valor -y toda puesta en valor producida por los subalternos o que redunde en su favor será siempre cuestionada- no son posibles los procesos de desposesión, que son, al fin y al cabo, la columna vertebral del conflicto entre el mundo de lo lleno y el de lo vaciado.

"De buen grado beberé tu sangre"

El pantano de Mularroya (Morata de Jalón, Aragón) es una obra inacabada y así debería seguir. No por algún principio ético o ecológico, sino porque acumula cinco sentencias contrarias a sus obras por motivos ambientales. Cuando el pasado abril se hizo público el último fallo en contra del embalse, el diputado del PP aragonés, Eloy Suarez, cargaba contra la Directiva Marco del Agua (DMA) en la que se basaba la sentencia, aduciendo que la DMA "está pensada para las cuencas fluviales de países centroeuropeos, lluviosos y húmedos, pero no para las zonas más áridas". Estas palabras, en cierto modo, acarician la verdad, porque las leyes ambientales europeas se crean con la mente puesta en contextos de acumulación por desposesión en los que ya no es necesaria una ofensiva constante sobre "lo vaciado", v.g., secar ríos. Pero aquí, esa constante ofensiva hace falta para seguir inyectando recursos a la agroindustria.

 

Por eso, uno de sus principales mecanismos, la Ley de Expropiación Forzosa, en lo sustancial sigue siendo la franquista de 1954, que sustituyó a otras, aún menos garantistas, de 1879 y 1939; la ley otorga al Estado un enorme poder para llevar a cabo grandes expropiaciones siempre que medie la declaración de utilidad pública. En su preámbulo llega a garantizar la posibilidad de "referir sus beneficios [de la expropiación] a particulares por razones de interés social". Por leyes como esta y por el uso que se les dio es legítimo definir el franquismo como un régimen de desposesión.

Hoy en día, la severidad de este régimen ha decaído. Lo lleno necesita de lo vaciado (desde votos a paisajes y destinos turísticos pasando por comida o energía), pero lo necesita débil para que acepte de buen grado la explotación del territorio. Como resultado, la desposesión -primero, los comunales, luego, la proletarización; entonces, la expropiación y/o la emigración; por fin, los recortes y de nuevo el extractivismo- ha moldeado una visión y una forma de relacionarse con el mundo de lo lleno. Es en ese cambio estratégico, fruto de experiencias acumuladas y cambios sociales geológicos donde se entiende mejor la alianza entre zonas urbanas y rurales de la EV, compleja e inestable, pero basada en habitus compartidos.

4. PASEANDO A MISS VACIADA

Conocimiento del opresor

Los comunes, al igual que otros bienes y formas de capital, son sustancia viva que se alimenta de las relaciones sociales en las surgen. Hace, aproximadamente, ciento setenta años no existían bienes con vocación de común, tal que el paisaje o el patrimonio cultural. El medio natural, en la manera que lo entendemos, es incluso más reciente. A pesar de encontrarse con mayor frecuencia en zonas rurales, del mundo de lo vaciado, son invenciones urbanas. Otro tanto se podría decir del triángulo antagonista del anterior, desarrollo-energías (carbono)-movilidad (tren-autovías), y que forma con los servicios públicos el leitmotiv de buena parte de los discursos en las plataformas de la EV. Siempre resulta chocante como la EV y la ruralidad han terminado por necesitar de códigos urbanos para articular sus identidades.

 Nos hallamos ante una letra rural con música urbana, en cierto modo, pero que consiguen al fin y a la postre revitalizar y devolver dignidad al territorio que habitan, y esgrimirlo como arma de resistencia, a falta de un lenguaje propio que designe la naturaleza que realmente se le quiere otorgar a lo vaciado. Esa es, por cierto, una buena pregunta. Cuando hablamos de la España Vaciada, ¿hablamos realmente de ella? Es, después de todo, solo un término de fortuna creado al calor de una movilización en 2019, dándole la vuelta a una creación de 2016. Por tanto, ¿hay realidades más allá de esa situación de regresión y crisis secular y de esa fina pero firme red de activistas y plataformas que conforman la EV? ¿Cuáles?

El héroe de las mil caras

Es difícil de decir. En ocasiones parece acercarse o tener puntos de encuentro con la parte más suburbana o rural de los Chalecos Amarillos; alguna vez, parece beber de un federalismo de identidades periféricas dentro de las periferias de sus propias comunidades autónomas, y del hecho de que estas enarbolaron durante la Transición la bandera de la lucha contra despoblación, y fallaron. 

Hay momentos en que se diría que la EV es poco más que un lobby territorial centrado en las infraestructuras. De vez en cuando, incluso, nos encontramos con una manifestación -embrionaria, si se quiere- de una especie de "indigineidad débil", probablemente con muchos semejantes en Europa, entendida en un sentido no-étnico -ni mucho menos-, sino como la férrea voluntad de "vivir aquí" y de custodiar el territorio.

Hay muchas preguntas, algunas de las cuales afectan también al mundo-lleno. Las transiciones a las que nos enfrentamos, ¿nos abocan a un giro centrífugo, hacia una ruralidad más potente en la que nos refugiaremos? ¿Se reproducirá la desigualdad rural-urbana que creíamos superable? El rural proofing tan en boga implicaría tenerla en cuenta cuando se plantean medidas como, por ejemplo, la generalización de peajes, también cuando se plantean soluciones como dar ayudas (a las zonas rurales) para pagarlos, en lugar de eximirlos. Pero no. Si eres pobre, haz papeles. Si vives en un pueblo, haz papeles. Hay una presunción de abuso sobre el grupo subalterno que se tiene que refutar con copias compulsadas.

 Al hilo de estos cambios, me acecha el pensamiento de que, con el horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las de instalación de renovables van a devenir en territorios tan estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX o Alsacia y Lorena, Silesia o las Midlands para el XIX. Con todo lo que eso implica. Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora.

Hay muchas preguntas, pero se acaba mi tiempo, y mi texto. Solamente una mas: una de las derivadas de la "hipotesis Bott" es que territorios como los barrios obreros tradicionales o, incluso, los más eminentemente burgueses pueden ser espacios donde los individuos se ven sometidos a un control y a una censura social semejantes a la que se le achaca a los pueblos y "ciudades de provincias". Sitios donde todo el mundo se conoce, donde las familias extensas viven puerta con puerta, o calle con calle. La idilización de la comunidad rural, o de la pequeña ciudad nos devuelve siempre un debate sobre las condiciones (la presión, el acoso o la vigiliancia) que muchos grupos sufren. 

Ahora bien, ¿por qué no se da una idilización y un debate semejante respecto a territorios urbanos, y se asume, por el contrario, su riqueza? O, dicho de otro modo, sabiendo como sabemos de la gran pluralidad dentro del cuerpo social de lo rural y lo vaciado, ¿por qué sigue imperando una visión del mundo vaciado, idílica o infernal, pero siempre uniforme?"                         (Lorient Jiménez Martínez, ECCS, 24/06/21)