"¿Tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de
lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este
despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las
relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre
todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.
1. NADIE ESPERA A LA ESPAÑA VACIADA
Lo que sigue es un relato
de odio. Lo es, al menos, en la medida en que uno tiene que elegir
entre a) y b) para definir el humor con el que escribe. Digamos, de
manera más amable, que es una historia a la contra de toda esa corriente
de opinión que, por lo que sea, necesita negar la España Vaciada. Ese
"por lo que sea" abarca desde la compulsión de refutar el proceso de
abandono para no tener que asumir la existencia de, al menos, un
problema ("siempre estuvo vacía"), hasta el intento de captura de la
España Vaciada como rehén de algún tipo de proyecto nacional (sutil,
liberal, autoritario) que, como norma, tendrá poco que ver con los
movimientos y reivindicaciones de esos territorios en trance de
desertificación demográfica. En general, nos referimos a un mar de fondo
que arrastran quienes vivieron con un cierto pesar la autodenominada
"Revuelta de la España Vaciada" en 2019, por cuanto ésta suponía
sacudirse unas tutelas (políticas, culturales, simbólicas) que se habían
dado por supuestas sobre el universo de la despoblación.
...Y que no te sepa malo
Empecemos
por el principio: la España Vaciada es un concepto incómodo, más que
más porque no se deja atrapar ni se corresponde por completo con otros
previos. España Interior, despoblada, desaprovechada, Serrania
Celtibérica / Laponia española, el despectivo Tractoria en Catalunya o
incluso el propio España Vacía han fracasado a la hora de cumplir con
los dos objetivos de un apelativo, a saber: describir y ser aceptado por
aquel a quien se describe. Algo en lo que fallaron en mayor o menor
medida todos los nombres y adjetivos anteriores, y muchos otros
Los nombres en los mapas (esto no es un paréntesis)
Antes de
seguir, cuatro avisos. Primero, escribo como aragonés. No sé hacerlo de
otra forma, y si existe algo como la España Vaciada, la estoy analizando
con esas gafas. Segundo: soy urbanita; en tiempos fui eso que se ha
dado en llamar "híbrido", pero ahora vivo en Zaragoza full time,
y enseño en Teruel. Por consiguiente, intento hablar de los aspectos de
la España Vaciada con los que se relaciona la "gente de lo lleno", o de
los que me siento legitimado para dialogar; del resto, por respeto y
decencia, me callo o solo pregunto. Tercero: a causa de lo anterior, no
busco dar una definición de la España Vaciada más allá de una ad hoc
que nos sirva de hilo conductor, a saber: aquellas zonas en las que, de
acuerdo con la lógica neoliberal, es más razonable o rentable dejar de
prestar un servicio que privatizarlo. No es la mejor definición del
mundo, pero nos sirve para pensar ciertos malestares y ciertas luchas y
las representaciones que llevan aparejadas.
Cuarto, y último,
también caeré puntualmente en la confusión entre la España Vaciada
(permitidme, de aquí en adelante, EV) y la rural. Muy al contrario, el
movimiento de la EV se fundamenta en una alianza entre zonas rurales,
gentes híbridas y la débil trama urbana con la que se articulan (resulta
enternecedora, por cierto, la vehemencia de los opinadores al descubrir
en 2021 -¡en 2021!- que las ciudades pequeñas de la EV también se están
vaciando). En ese sentido, a pesar de reconocerse las mútuas
diferencias y conflictos entre zonas rurales y urbanas, se ha
desarrollado un marco de análisis y una identidad común, contrapuesta a
una España llena, metropolitana y densa. De hecho, a lo largo del texto
emplearé el par "lo vaciado" y "lo lleno" para expresar esa oposición.
O al menos, nadie le había dado vela ni en su entierro ni en el del
Régimen del 78, si es que llegaban a celebrarse. No es de extrañar. La
Transición se fundó sobre una serie de pactos entre los cuales no
figuraban la despoblación y la desigualdad territorial. Hubo varias
razones para esta ausencia, empezando por que a nadie parecía importarle
lo suficiente. De otro lado, la herida de la despoblación estaba
todavía abierta -apenas habían pasado veinte años desde el inicio del
gran éxodo rural- y aún no se tenía una idea clara de sus posibles
derivadas en el futuro. Así, la perspectiva popular albergaba la
esperanza de "revertir la despoblación", misión encomendada a partir de
1985 a las comunidades autónomas; el proyecto de la dirigencia, a su
vez, estaba a algo muy distinto y ya aprestaba las reformas del campo
-agrario no es rural, ni vaciado, pero...- previstas para el ingreso en
la Comunidad Económica Europea.
Solo debatiendo su papel
electoral le fue permitida a la EV una discreta presencia. Pues
recordemos lo que el historiador Carmelo Romero nos ha repetido hasta la
saciedad: el sistema electoral vigente desde 1977 privilegió la
sobrerrepresentación de una serie provincias, no por corregir
desequilibrios territoriales, sino por ser donde habían ganado las
derechas en las últimas elecciones democráticas, las de febrero de 1936.
Es decir, la EV era, de acuerdo con la cultura política de la
Transición, la España sumisa o adherida al franquismo, y ese papel de
brida conservadora era lo que la definía y la silenciaba; una ilusión,
pues, de acuerdo con Berger, al menos el mundo campesino no se define
tanto por la defensa del orden político como la de su significado: la
continuidad. Puede, entonces, que la irrupción de el movimiento de la EV
en 2019 fuera especialmente incómoda para ciertos actores -culturales,
políticos- porque rompía con el principal papel que se le había asignado
y de cuya representación tantos dependían.
2. SERÁ USTED MÁS FELIZ CON ESTA MODERNA ASPIRADORA
Arranca el conflicto, escúpelo
Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido
entre el campo y la ciudad. En el Estado español -en general, en la
Europa continental; más en general: el mundo- éste se resolvió con una
victoria total e incontestable de lo urbano, hasta tal punto que
numerosos autores dudan que se pueda seguir hablando, en propiedad, aquí
y ahora, de lo rural. Ahora bien, por interesante que sea este debate
académico, nuestro interés radica en que, muriera o no lo rural,
seguimos ante un conflicto, y negar su existencia se ha transformado en
una de las Bellas Artes.
Esta relación antagónica tiene que ver, aunque no se limita, con los
intereses de gentes en territorios históricamente desiguales; por ello,
con su negación se buscará, en primer lugar, recluirla en un lugar del
pasado donde no moleste: "aquello (desamortizaciones, desposesión,
guerras, proletarización y empobrecimiento) existió, pero ya no existe".
Ante la evidencia de las desigualdades en la distribución de renta,
riesgo de pobreza, acceso a servicios o abandono escolar en zonas
rurales, se pasará a hablar de "problemas", que pueden ser resueltos -la
sombra del solucionismo es alargada- mediante la vuelta a, por
ejemplo, la nación (liberal o autoritaria) como garantía de igualdad,
que toma decisiones "correctas", pero sin violar nunca las jerarquías
que separan lo lleno de lo vacío. Pero, en cualquier caso, es importante
que los procesos de desposesión, metropolización y de mantenimiento de
las desigualdades permanezcan en un segundo plano frente al pasado, ya
felizmente superado, y a la promesa de una solución.
"Nuestra adhesión y nuestra gratitud"
El orden social de la modernidad distingue y clasifica los territorios,
las gentes y los saberes. La eliminación u ocultación del conflicto se
daría en falso si no hubiera mecanismos que legitimaran la diferencia
que, de hecho, se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado, y esto
se consigue, fundamentalmente, por dos vías. En primer lugar, muchas de
las relaciones sociales rural-urbanas, incluso urbano-metropolitanas se
fundan en la discriminación de saberes, especialmente los saberes
expertos; por otra parte, el (neo)caciquismo crea figuras relevantes y
redes de patronazgo que, en realidad, disfrazan su posición subordinada
mediante la integración en las gramáticas y redes sociales urbanas.
El
resultado suele ser invariable, esto es, la pérdida de agencia, de
capacidad para hacer, de lo vaciado frente a lo lleno; una pérdida,
además, imbuida en un fatalismo (es algo "inevitable"), por el cual no
habría alternativa a la metropolización del mundo: ante ella solo
existen espacios atomizados. Por ello, desde el sistema educativo y las
universidades a los partidos políticos, cada uno de los territorios
tiende a dialogar con el centro individualmente y no como un conjunto y,
además, de acuerdo con unas normas de representación muy específicas
que excluyen la visibilidad y la autonomía. No es raro que cuando estas
normas fueron cortocircuitadas en 2019-2020 (preferencia de España
Vaciada frente a Vacía, presentación a elecciones de Teruel Existe,
investidura de Pedro Sánchez) la reacción del mundo lleno, el
metropolitano o el que está conectado con sus organizaciones, fuera
visceral, casi furibunda.
Todos rasos
Visto en perspectiva, debería haber sido sencillo
imaginar la emergencia de este fenómeno durante la última década. Por
una parte, como toda desigualdad, lo territorial se vio acentuado
después de 2008 con una degradación más intensa de las condiciones de
vida y de los servicios. Pero, por otro, a raíz de un tímido flujo de
retorno a los pueblos como fruto de la crisis -generalmente, en busca
menos de nuevas experiencias que de vidas más baratas- se desplegó a
partir de 2014-16 toda una corriente (idilista a veces, irónica otras)
sobre lo rural de la que surgieron ensayos, novelas, programas de
televisión o influencers; nótese, por cierto, como este proceso se ha
repetido, y agudizado, con los movimientos de población durante la
emergencia pandémica.
Como norma, estos productos culturales eran creados desde entornos
urbanos y llevaban en su ADN una visión de lo rural inmóvil, uniforme,
no conflictiva y en la que la historia de estas comunidades era
sustituida por algo parecido a la tradición o a fragmentos mutilados de
memoria. Por ello mismo, en medio de esta marea creativa el papel de
estos territorios no podía ser sino funcional a otros fines. ¿Quiere
usted criticar la vacuidad y el estrés de la vida urbana? ¿Se siente
agobiado por la pérdida de empleo, por la incertidumbre? ¿Necesita una
esperanza y una seguridad, aunque sean modestas? ¿Añora la España de
siempre? ¿Cuál de ellas? No se preocupe: en el campo / España Vacía / lo
que sea, podrá usted encontrar una respuesta a todas esas preguntas.
Claro, que, entre tanta respuesta a los malestares urbanos, quedaba poco
sitio para responder a los rurales o vaciados, algo todavía más difícil
porque estos son, al contrario que su representación, diversos y
conflictivos, aunque, oh paradoja, esta homogeneización ha sido muy útil
al movimiento de la EV para fomentar su identidad y su movilización.
Nascut a Denguin
Ahora
bien, existe un cierto género de malestares que no pueden ser reducidos
a la homogeneidad, someterse a una jerarquía ni, tampoco, extirparse,
ya que el conflicto que los originó sigue vivo. Llegados a ese punto, el
mundo de lo lleno necesita de un esfuerzo mayúsculo de ocultación y
violencia simbólica para legitimar una situación dada. En este esfuerzo,
la asimetría de fuerzas y el enmascaramiento de las necesidades del
mundo de lo lleno tras grandes principios que faciliten la desposesión
serán más visibles, escandalosamente visibles, hasta el punto de
invisibilizarse; ante ésta, el mundo de lo vaciado podrá optar por la
aceptación, el silencio o la resistencia más allá del margen de lo
"aceptable".
Entre aquellos grandes principios que afectan con
más fuerza al mundo de lo vaciado, podemos citar el "interés general" o
la "utilidad pública", amén de la "rentabilidad", que justifica el
cierre de servicios públicos ("los de la ciudad os pagamos los
servicios": recordemos el traumático cierre de líneas férreas de 1985).
En los últimos años le ha llegado su turno a la "transición ecológica",
en cuyo nombre fondos de inversión y empresas energéticas -con la
bendición de la administración e, incluso, de Greenpeace- están
apropiándose de amplísimas zonas rurales para la instalación de energías
renovables. Es importante subrayar que esta violencia simbólica no
implica por fuerza falta de reconocimiento hacia las “gentes de lo
vaciado”, sino que, cuando se da (durante el franquismo se prefirió el
silencio), es simbólico y aparece como como ritual "de noble corazón",
obligando al subalterno a situarse en una postura de, incluso,
agradecimiento.
3. EL CORAZÓN DE LA BESTIA / LA BESTIA SIN CORAZÓN
Pero
entonces, ¿por qué se necesita tanto velo, tanto trampantojo? ¿Por qué
tantas molestias? Es decir: ¿tan importante es la relación que se da
entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que
sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza
conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y
hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan
mucho en este juego.
La bestia sin corazón
Si hablamos
del "hacia dentro", el hecho es que ciertas estructuras de la EV
necesitan de su relación con esta desigualdad para perpetuarse. Como
hemos visto, esto suele equivaler a ocultar ambas: desigualdad y
estructura; éstas no se limitan a los fenómenos de neocaciquismo
incrustados en distintas instituciones, aunque sean su expresión más
llamativa. Un neocaciquismo al que, por cierto, haríamos mal en
interpretar solo en un plano moral (una forma de corrupción), y muy bien
en hacerlo en otro político y material (un régimen de gobierno), como
nos recomienda Carmelo Romero; por favor, leamos a Carmelo Romero.
Las
estructuras del vaciamiento de la EV, con frecuencia, son mucho más
discretas y tienen que ver con (la crisis de) su opuesto, las que se
ocupan del mantenimiento de población; por ejemplo, después del gran
éxodo de los años 50-70, la constante mejora de la educación entre las
mujeres en el ámbito rural (frente al estancamiento relativo de los
hombres) y el consiguiente cambio de expectativas llevarán a la
intensificación de la emigración del colectivo femenino, y a la
masculinización de amplias zonas rurales de la EV. Si bien es cierto que
en las generaciones más jóvenes -escasas, con frecuencia- operan otros
imaginarios, entre la población masculina de más edad es frecuente el
verse como depositarios de una libertad y a una autonomía que, sin
embargo, requiere de todo un sistema de cuidados y un tipo de vida que
hace tiempo que entraron en crisis.
El corazón de la bestia
Sin
embargo, creo que es "hacia fuera", es decir, en su relación con el
mundo urbano y metropolitano, donde se justifica todo el esfuerzo
desplegado en disimular, es decir, en conseguir que la propia
devaluación del “mundo-vaciado” se devalúe, que carezca de relevancia,
que sea un mero “proceso” o “devenir” histórico, facilitando de paso la
labor de desposesión. Es central esta doble pérdida de valor. Ejemplo:
se puede tener la opinión que a uno le plazca sobre la Iglesia, o sobre
el papel de los párrocos (con frecuencia los expolios de bienes
culturales corrían de y para su cuenta), pero eran los encargados de
mantener y actualizar los archivos parroquiales. Al tener que compartir
sacerdote entre varios pueblos -con el consiguiente cierre de las Casas
del Cura-, muchos archivos locales se echaron a perder, y con ellos,
siglos de historia y memoria local. Otro tanto ocurre con las casas del
Maestro, mantenidas y sostenidas por los ayuntamientos, y ahora en
desuso debido a la mayor movilidad de muchos docentes que, además,
cambian de destino año tras año. Otro tanto, en fin, con los cines rurales,
clausurados en su mayoría. Pues bien, no solo pierde valor la
institución y sus bienes, sino que se pierden el capital construido en
común por los y las vecinas y su consideración. Sin esta pérdida de
valor -y toda puesta en valor producida por los subalternos o que
redunde en su favor será siempre cuestionada- no son posibles los
procesos de desposesión, que son, al fin y al cabo, la columna vertebral
del conflicto entre el mundo de lo lleno y el de lo vaciado.
"De buen grado beberé tu sangre"
El pantano de Mularroya (Morata de Jalón, Aragón) es una obra inacabada y así debería seguir.
No por algún principio ético o ecológico, sino porque acumula cinco
sentencias contrarias a sus obras por motivos ambientales. Cuando el
pasado abril se hizo público el último fallo en contra del embalse, el
diputado del PP aragonés, Eloy Suarez, cargaba contra la Directiva Marco
del Agua (DMA) en la que se basaba la sentencia, aduciendo
que la DMA "está pensada para las cuencas fluviales de países
centroeuropeos, lluviosos y húmedos, pero no para las zonas más áridas".
Estas palabras, en cierto modo, acarician la verdad, porque las leyes
ambientales europeas se crean con la mente puesta en contextos de
acumulación por desposesión en los que ya no es necesaria una ofensiva
constante sobre "lo vaciado", v.g., secar ríos. Pero aquí, esa constante
ofensiva hace falta para seguir inyectando recursos a la agroindustria.
Por eso, uno de sus principales mecanismos, la Ley de Expropiación
Forzosa, en lo sustancial sigue siendo la franquista de 1954, que
sustituyó a otras, aún menos garantistas, de 1879 y 1939; la ley otorga
al Estado un enorme poder para llevar a cabo grandes expropiaciones
siempre que medie la declaración de utilidad pública. En su preámbulo
llega a garantizar la posibilidad de "referir sus beneficios [de la
expropiación] a particulares por razones de interés social". Por leyes
como esta y por el uso que se les dio es legítimo definir el franquismo
como un régimen de desposesión.
Hoy en día, la severidad de este
régimen ha decaído. Lo lleno necesita de lo vaciado (desde votos a
paisajes y destinos turísticos pasando por comida o energía), pero lo
necesita débil para que acepte de buen grado la explotación del
territorio. Como resultado, la desposesión -primero, los comunales,
luego, la proletarización; entonces, la expropiación y/o la emigración;
por fin, los recortes y de nuevo el extractivismo- ha moldeado una
visión y una forma de relacionarse con el mundo de lo lleno. Es en ese
cambio estratégico, fruto de experiencias acumuladas y cambios sociales
geológicos donde se entiende mejor la alianza entre zonas urbanas y
rurales de la EV, compleja e inestable, pero basada en habitus compartidos.
4. PASEANDO A MISS VACIADA
Conocimiento del opresor
Los
comunes, al igual que otros bienes y formas de capital, son sustancia
viva que se alimenta de las relaciones sociales en las surgen. Hace,
aproximadamente, ciento setenta años no existían bienes con vocación de
común, tal que el paisaje o el patrimonio cultural. El medio natural, en
la manera que lo entendemos, es incluso más reciente. A pesar de
encontrarse con mayor frecuencia en zonas rurales, del mundo de lo
vaciado, son invenciones urbanas. Otro tanto se podría decir del
triángulo antagonista del anterior, desarrollo-energías
(carbono)-movilidad (tren-autovías), y que forma con los servicios
públicos el leitmotiv de buena parte de los discursos en las
plataformas de la EV. Siempre resulta chocante como la EV y la ruralidad
han terminado por necesitar de códigos urbanos para articular sus
identidades.
Nos hallamos ante una letra rural con música urbana, en cierto modo,
pero que consiguen al fin y a la postre revitalizar y devolver dignidad
al territorio que habitan, y esgrimirlo como arma de resistencia, a
falta de un lenguaje propio que designe la naturaleza que realmente se
le quiere otorgar a lo vaciado. Esa es, por cierto, una buena pregunta.
Cuando hablamos de la España Vaciada, ¿hablamos realmente de ella? Es,
después de todo, solo un término de fortuna creado al calor de una
movilización en 2019, dándole la vuelta a una creación de 2016. Por
tanto, ¿hay realidades más allá de esa situación de regresión y crisis
secular y de esa fina pero firme red de activistas y plataformas que
conforman la EV? ¿Cuáles?
El héroe de las mil caras
Es
difícil de decir. En ocasiones parece acercarse o tener puntos de
encuentro con la parte más suburbana o rural de los Chalecos Amarillos;
alguna vez, parece beber de un federalismo de identidades periféricas
dentro de las periferias de sus propias comunidades autónomas, y del
hecho de que estas enarbolaron durante la Transición la bandera de la
lucha contra despoblación, y fallaron.
Hay momentos en que se diría que
la EV es poco más que un lobby territorial centrado en las
infraestructuras. De vez en cuando, incluso, nos encontramos con una
manifestación -embrionaria, si se quiere- de una especie de
"indigineidad débil", probablemente con muchos semejantes en Europa,
entendida en un sentido no-étnico -ni mucho menos-, sino como la férrea
voluntad de "vivir aquí" y de custodiar el territorio.
Hay muchas
preguntas, algunas de las cuales afectan también al mundo-lleno. Las
transiciones a las que nos enfrentamos, ¿nos abocan a un giro
centrífugo, hacia una ruralidad más potente en la que nos refugiaremos?
¿Se reproducirá la desigualdad rural-urbana que creíamos superable? El rural proofing
tan en boga implicaría tenerla en cuenta cuando se plantean medidas
como, por ejemplo, la generalización de peajes, también cuando se
plantean soluciones como dar ayudas (a las zonas rurales) para pagarlos,
en lugar de eximirlos. Pero no. Si eres pobre, haz papeles. Si vives en
un pueblo, haz papeles. Hay una presunción de abuso sobre el grupo
subalterno que se tiene que refutar con copias compulsadas.
Al hilo de estos cambios, me acecha el pensamiento de que, con el
horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las
de instalación de renovables van a devenir en territorios tan
estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX o Alsacia y
Lorena, Silesia o las Midlands para el XIX. Con todo lo que eso implica.
Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora.
Hay muchas preguntas, pero se acaba mi tiempo, y mi texto. Solamente una mas: una de las derivadas de la "hipotesis Bott"
es que territorios como los barrios obreros tradicionales o, incluso,
los más eminentemente burgueses pueden ser espacios donde los individuos
se ven sometidos a un control y a una censura social semejantes a la
que se le achaca a los pueblos y "ciudades de provincias". Sitios donde
todo el mundo se conoce, donde las familias extensas viven puerta con
puerta, o calle con calle. La idilización de la comunidad rural, o de la
pequeña ciudad nos devuelve siempre un debate sobre las condiciones (la
presión, el acoso o la vigiliancia) que muchos grupos sufren.
Ahora
bien, ¿por qué no se da una idilización y un debate semejante respecto a
territorios urbanos, y se asume, por el contrario, su riqueza? O, dicho
de otro modo, sabiendo como sabemos de la gran pluralidad dentro del
cuerpo social de lo rural y lo vaciado, ¿por qué sigue imperando una
visión del mundo vaciado, idílica o infernal, pero siempre uniforme?" (Lorient Jiménez Martínez, ECCS, 24/06/21)