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1/7/22

El fenómeno de la "narcoinsurgencia", que se destapa a partir del 2006 con Calderón, es un fenómeno que se gesta en la descomposición del sistema mexicano en varios órdenes durante los últimos treinta años... yo no conozco a ninguno de estos narcotraficantes que no haya hecho beneficios sociales. No hay un solo narco que no lo hiciera... en una época de neoliberalismo, particularmente extremo en el Noreste del país, surgen estos capos que reemplazan al Estado de bienestar... se configuró un tipo de Estado criminal dentro del Estado y gracias a los recursos del Estado mexicano... los jefes son los capos, son los gobernadores, son los banqueros y los empresarios... todos están moviendo los hilos del negocio... se conjunta un grupo de intereses que operan clandestinamente los beneficios del narco... Ese conjunto de intereses que se mueven en torno al narco, forman lo que yo le llamaría un ‘Consejo Directivo Informal’, (donde puede estar un general de la Secretaría de la Defensa Nacional) que es coordinado por el narco a través de un lavador de dinero, un funcionario público y, si en algún momento cae el capo, eso no se destruye y sigue funcionando... tenemos un problema para el futuro: cómo va la sociedad a resolver esto ¡sabrá Dios! Tenemos una herida que va tardar en cerrar, tenemos una situación donde no podemos tener verdad ni justicia... ¿La legalización de las drogas podría ser la soluciór? Sí, podría ser. Creo que hay factores que están llegando a un punto que nos permitiría comenzar a ver luz... ojalá que el Estado ahora entienda que esto no es un asunto policíaco y así realmente lo pueda enfrentar

"Una entrevista al periodista de investigación y corresponsal del semanario Proceso en Nuevo León, Juan Alberto Cedillo, a propósito de su libro Las guerras ocultas del narco (Grijalbo, 2018). La entrevista gira en torno de la “guerra del narco” en el noreste mexicano, durante los años 2004-2018, a partir de los hallazgos en los expedientes desclasificados de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) y de las confesiones de los capos de la droga en las Cortes norteamericanas, lo cual brinda una nueva perspectiva al origen, consolidación y declive, de uno de los cárteles más sanguinarios en los años recientes: el de los Zetas. 

No obstante, a la par se reconstruye una trama paralela: el agudizamiento de las facultades para hacer periodismo en un territorio convulsionado por la violencia, la elaboración de protocolos para el cuidado colectivo, el compromiso con la verdad ante la censura impuesta por los cárteles, la generación de secuelas relacionadas con el oficio. Es decir, nos acerca a las condiciones en las que se escribe la ‘historia del tiempo presente’. Por ello, aquí se da cuenta del futuro que nace comprometido con la violencia del pasado, generando una sociedad malherida, una vida dañada; desde donde, sin embargo, se busca verdad, justicia y dignidad. He aquí una expectativa de futuro, de la historia que viene.

Se desplazaban en las carreteras y los caminos de terracería de Tamaulipas, patrullando el territorio fronterizo del cártel de los Zetas o custodiando la cocaína para que no pudiera ser hurtada por los cárteles rivales, sea el del Golfo, el de Sinaloa o la Familia Michoacana. Vehículos pesados, blindados con acero y artillados con armas de grueso calibre, eran tanques de guerra ensamblados en talleres clandestinos, que peleaban dentro del territorio nacional y se constituyeron en una división acorazada de combate al servicio del cártel de los Zetas, sus inventores. Con la nueva tecnología de guerra, estos últimos construyeron un ejército imbatible con el que eliminaron a sus rivales y se enseñorearon del Noroeste de México, a poco más de cien kilómetros de la frontera con los Estados Unidos. En la Octava Sede Militar de Reynosa, Tamaulipas, el ejército federal almacena alrededor de 150 de estos narco-blindados, a los que también se les llama “monstruos”. Con esa espectacular nota periodística, publicada en la revista Proceso en el año de 2012, conocí el trabajo del reportero Juan Alberto Cedillo

(...) Escrito sobre el terreno y con testimonios inexplorados, Las guerras ocultas del narco analiza el flujo migratorio a los Estados Unidos y el trasiego de la droga, en una sociedad profundamente injusta y desigual, así como las grandes batallas de una guerra: Nuevo Laredo, Coahuila, Nuevo León. Las masacres: San Fernando, Allende y Cinco Manantiales. La política militar y el metabolismo del narco: alianzas y enfrentamientos entre cárteles, emergencia de poderes criminales, narcoinsurgencia en movimiento. Así, su experiencia como reportero se ha compaginado con su formación de historiador, cuya mirada sobre el pasado de México le ha permitido comprender mejor su presente: el suyo, el de un testigo de una época particularmente cruenta. Porque nuestra época es tan difícil de vivir como de contar: en nuestro país, silenciar el mensaje es matar al mensajero. Los periodistas han caído por docenas, aunque no haya, como en Siria, una guerra abierta. De ahí que el reportaje sobre lo que ha acontecido en el Noreste de México sea algo más que una historia de los Zetas: es una tragedia colectiva sobre nuestro proyecto social, un laboratorio donde se incinera el futuro.

Aquí se da cuenta de Las guerras ocultas del narco, pero también del oficio de escribir la historia en el momento en que ésta acontece, así como de los problemas psicosociales que han hipotecado el futuro y parecen irresolubles aún ante las promesas del nuevo gobierno. La entrevista fue celebrada un día domingo del 11 agosto de 2019 en la Ciudad de México, devino en una conversación entre dos historiadores oriundos de la frontera Noreste y Sur de México, que nos identificamos, así como lo hacen esos forasteros que arriban a la capital: con la perspectiva que da la distancia, con la invitación a la plática que produce el café, y que tanto recuerda a las fincas de Chiapas, tierra donde se siembran sueños y germinan investigaciones. [1]

Carlos Alberto Ríos Gordillo (CARG): Tú eres periodista con formación de historiador y además vives en Monterrey, así que me gustaría comenzar con las características del tipo de investigación periodística que haces: ¿qué significa escribir la historia del narcotráfico en el Noreste de México, en esta época obscura de la historia de nuestro país?

Juan Alberto Cedillo (JAC): Como bien dices, es una etapa obscura. Y por desgracia, al principio la dimensión de la violencia que comenzó a generar el narco no se comprendió más que en la zona donde estábamos. Recuerda que en países como México las cosas más relevantes son las que ocurren en la capital y lo que ocurre en el centro se confunde con lo que ocurre en todo el país. La visión de México que se tiene en el extranjero es lo que se produce, lo que acontece y lo que se publica en el centro del país. A mí me sucede una cosa muy relevante que comencé a estudiar: empiezo a ver que viene una violencia del crimen organizado que va in crescendo, como se diría en la música; pues comienzan a acontecer sucesos que no pasaban en México, como de pronto ver a una persona colgada de un puente.

A propósito, había una foto que le dio la vuelta al mundo. Es de una jovencita muy guapa: La pelirroja [Gabriela Muñiz Támez; véase serie 1], quien era novia del capo de un cartel y estaba presa en el penal de Topo Chico. El grupo contrario que controlaba el penal va por ella, la sacan de ahí para, supuestamente, llevarla a la enfermería. Se la llevan el 31 de diciembre de 2010, y ese mismo día, en la madrugada, la cuelgan. Le quitan la blusa y en la espalda le escriben el nombre de su novio. Al darse cuenta de que la van a colgar, ahí mismo se orina en los pantalones y así la cuelgan. Es una mujer muy guapa, jovencita, con buen cuerpo. La foto de ella, colgada con el torso desnudo, se convierte en una foto que le da la vuelta al mundo. Eso nunca había ocurrido en México y ya estaba sucediendo. Así que a mí me daba la impresión de que había que llevar el registro de todo eso, con la salvedad de que no se podía publicar mucho de lo que ocurría. No se podía publicar, porque había muchos riesgos y lo que se publicaba de provincia en la capital eran cosas muy relativas. Y todo eso que venía ocurriendo, una balacera entre un grupo de sicarios contra otro en medio de las calles importantes de la ciudad, con "daños colaterales" (como entonces le decían), ya no era algo natural de México y lo estábamos viviendo. De ahí comenzó a crecer y a crecer una violencia que de pronto invadió todo el Noreste. Vienen acontecimientos como una masacre [la de Allende y Cinco Manantiales] donde matan a 300 personas, que estuvo oculta durante casi dos años; como el incendio de un casino [el Casino Royale] donde mueren 52 personas; como una riña en el penal entre grupos del crimen organizado, donde se matan entre ellos; como balaceras en el mero centro de la ciudad y cosas por el estilo. Y es cuando dices: esto se incendia. Mientras que en la capital no se están dando cuenta de las dimensiones de este asunto; pero ya no era solamente en Monterrey, también era en Tamaulipas y Coahuila. Y pues a mí me pone en entredicho todo esto y había que reportearlo; y si no hay que reportearlo de inmediato, porque las condiciones no te dejan, entonces hay que dejarlo para el futuro. Así que me dediqué a escribir dos tipos de notas: las que tenía que mandar a la prensa, y el registro de lo que acontecía, lo que no podía contar. Armé los archivos, elaboré las entrevistas, conocí las versiones de los miembros del crimen organizado quienes me contaban sus historias para, posteriormente, plasmarlas en el libro. Este era un fenómeno que estaba cambiando el rostro del país. Si alguien nos hubiera dicho, en los noventa, de que México iba a estar incendiado, nadie lo hubiera creído. Y como lo he planteado en otros momentos, a este período se le va a conocer como el segundo más importante después de la Revolución mexicana.

CARG: En este estado de excepción que tú registras, ¿cuáles son los riesgos a los que se enfrenta un reportero que, además, es avecindado en la zona? y ¿cuáles serían las secuelas del hecho de observar una realidad tan cruenta?

JAC: Lo más relevante para el periodismo es cómo planteas todo esto. Primero, porque el periodismo de investigación se proscribió. Recuerda que para los periodistas un buen reportaje debe tener varias fuentes: documentar, confirmar o verificar todo lo que se va a plasmar en una investigación rigurosa, casi de corte académico. Desafortunadamente, en México el periodismo es extremadamente laxo y como estaba proscrito, cómo podías confirmar un acontecimiento entre narcotraficantes, con qué fuentes. El narco no te va a dar un boletín ni te va a decir que algo fue así o no fue así (risas). Entonces, mucho de lo que tenías que escribir para la investigación no se podía contar. Y los que lo hacían escribían leyendas urbanas, aderezadas con hechos que ocurrieron, pero en general eran versiones muy pobres para documentar por qué ocurrieron las cosas, cómo ocurrieron y cuáles fueron las consecuencias. ¿Cómo podías hacerlo? Simplemente no podías, porque, además, estábamos en una zona donde los Zetas impusieron una censura a lo que se publicaba. Tamaulipas, en un momento dado, se convirtió en una zona del silencio. En esos años, durante el gobierno de Yarrington [1999-2005] no ocurría nada. Teóricamente no ocurría nada porque no se publicaba, no se difundía. Donde podíamos difundir más era en Monterrey, porque a pesar de que teníamos la censura del crimen organizado era una gran metrópoli. Para las notas y lo poco que podíamos escribir teníamos ya un código. Te tenías que suscribir a los hechos, a los datos y quitar toda especulación, todo tipo de investigación y sólo decir: "mataron a cinco", "fue así", "llegó la policía y abrió una carpeta de investigación". Y se acabó: no podías contar nada más. Era una cosa muy limitada lo que podías publicar; e incluso, a veces no querían que publicaras eso, pues como corresponsales, cuando enviabas las notas a la prensa nacional, calentabas la plaza; entonces la clase política se veía obligada a intervenir porque estaban pasando muchas cosas. En un momento dado, el crimen organizado llamó a los reporteros ―gracias a que tenían reporteros infiltrados― para decir qué sí podían publicar y qué no. Te ofrecían diez mil pesos por mes para no publicarlo o cuarenta mil para publicarlo. Había un enlace que te decía qué sí, o qué no, podías publicar. Y además estaban las amenazas. Así que teníamos una situación muy difícil para hacer periodismo.

¿Qué pasaba cuando tú estabas viendo hechos horribles? Por ejemplo, a mí me tocó cubrir la masacre de Allende y pude saber todo lo que sucedió. ¿Qué pasaba con las extorsiones, los secuestros, las matanzas, las víctimas, los desaparecidos, las familias de los desaparecidos?, ¿Cómo te afectaba? Como periodista yo estaba en otros proyectos de investigación y sentía que no me afectaba. Para contrarrestar las experiencias del día me tomaba un vino tinto, escuchaba a Mozart y leía. Me gustaba leer literatura como para liberarme del asunto. Así que yo me sentía inmune, pero no sabía que tenía un nivel de locura que hasta ahora, más recientemente, admití. Y ese nivel de locura me afectaba precisamente porque yo estaba en la provincia, sintiendo lo que aquí ocurría, mientras que en el centro todo esto no se percibía. Tú mismo, como chiapaneco, entiendes que el centro tiene una capacidad brutal para ver y entender lo que ocurre en la provincia, pero a veces simplemente no entiende y en términos de la violencia es peor. Aquí no se estaban dando cuenta del asunto y yo les mandaba reportes internos, en ese entonces al periódico El Universal, que en Monterrey no podía publicar. Y yo les decía: "Te estoy mandando una nota que es muy delicada y no le metas tijera porque si le cambias algo, me pones en riesgo". Para entonces, la mayoría de los medios locales ya había quitado de las notas los nombres de los reporteros: todo era "Redacción" o "Staff". Eso comenzó en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Así que mientras eso sucedía allá, aquí un editor que se está comiendo una torta de tamal, decía: "ah, pues éste no puso esto", y le ponía o le cambiaba lo que quería. No entendían y yo tenía una polémica acendrada porque decía: "estos chilangos no me entienden", "mira cómo está el asunto acá". Y esa era mi locura, cómo todo esto me estaba afectando realmente.

CARG: En ese sentido, el Noreste de México se convierte en un laboratorio donde se experimenta el periodismo de guerra, que se adelanta varios años respecto del centro en dos tipos de circunstancias: la censura de los carteles y el silenciamiento impuesto voluntariamente para mantener la cordura y la vida. ¿Consideras que el tipo de periodismo practicado en esa zona es un experimento que se adelanta al resto del país? ¿qué técnicas o protocolos siguieron ustedes?

JAC: En Nuevo Laredo se impone el modelo para cubrir las noticias. La ciudad se incendia en el 2004 y hay un periódico emblemático de la región, El mañana, al que le disparan en la fachada, le avientan granadas, le queman la redacción, amenazan al equipo de reporteros y matan a un director. En un momento dado, El mañana compra chalecos antibalas a sus reporteros, impone autocensura y firma las notas como "Redacción", para que no se identifique quién es el reportero que la escribió. Este fue un primer paso, hasta que vieron que sus medidas fueron inútiles. Tomaron la decisión, en una editorial, de no publicar nada de esto, porque consideraron que era una guerra que no era suya y estaba provocando muchas muertes. Este fue el primer diario del país que decidió no publicar nada del narco.

Los reporteros tenían protocolos intuitivos que después adoptamos en Monterrey, porque ahí está la zona de resonancia que permite transmitir lo que estaba ocurriendo en Tamaulipas, y que allá no se podían publicar; o transmitir lo que pasaba en Coahuila, mientras los Zetas se adueñaban del territorio, conseguían el respaldo del gobierno y comenzaban a controlar todo. Así que nosotros teníamos la oportunidad de trasmitir al centro del país y por eso mismo adoptamos los protocolos, porque todos los medios quieren tener exclusivas, primicias y la nota antes que nadie, y el periódico El Norte, que es más poderoso que muchos diarios de la capital del país y que en algún momento llegó a tirar más de cien mil ejemplares, tenía una independencia financiera gracias a la publicidad empresarial y es el emporio periodístico de Monterrey: tienen a los mejores contactos en la policía, en el gobierno y entre los empresarios; sus periodistas se enteran antes que nadie, les filtran mucha información. Este emporio era el dueño de un periodiquillo, de los vespertinos especializados en la nota roja, El Sol. Sus reporteros siempre tenían conocimiento de todo lo que ocurría en la ciudad, casi al momento. Así que viene esta oleada de colgados, asesinatos múltiples, ejecuciones, cabezas regadas por ahí; entonces, en un primer momento, ellos están teniendo esas primicias y se dan cuenta de que llegar de inmediato a la zona del crimen comienza a tener un riesgo.

Sin decirle a la empresa, empiezan a compartir la primera cobertura con los demás colegas. Son los primeros que se dieron cuenta de que el crimen organizado tenía halcones [espías e informantes], de que a veces los sicarios regresaban a recoger los cuerpos y de que los policías estaban comprados. Tú llegabas a cubrir la nota y un policía municipal te filmaba, te tomaba fotos y te preguntaba: "¿De qué medio eres? Es para el reporte oficial"; cuando en realidad era para el narco. Así que se dieron cuenta del riesgo en la cobertura del muerto y se organizaron para llegar todos juntos. Porque, en una ocasión llegaron dos y todavía estaban ahí los criminales: los golpearon, les quitaron las cámaras. Fue así como la cobertura se volvió colectiva, para reducir el riesgo; y eso comenzó a ser un protocolo para moverse en zonas rurales y cómo practicar la autocensura, porque los criminales querían que se publicaran muchas notas donde ellos dejaban narcomensajes. ¡En una ocasión nos avisaron de un muerto que todavía no mataban! Llegamos al lugar y el muerto llegó 5 minutos después. Para entonces, ya nos habían dado la ficha con el nombre y la dirección del difunto, pero el cuerpo todavía no llegaba. Al rato llegaron en una camioneta y lo tiraron: "acá está el muerto". Y dejaron el narcomensaje: "Señor procurador deje de involucrar a gente del cartel de Sinaloa, si no van a seguir los muertos".

Así que trabajar con todo esto se vuelve intuitivo. Ante el peligro y las amenazas hay una desbandada de reporteros; la mayoría pide cambio de fuente: "Yo me voy para deportes", "a mí métanme a la redacción"... Y durante el mayor auge de la violencia, de los 40 reporteros que cubríamos todo eso ya éramos entre 8 y 11. Todos temerosos. 2 o 3 usaban chalecos antibalas y el resto nos colocábamos atrás de ellos. A mí me tocaron, por lo menos, 5 o 7 balaceras en proceso. Llegabas y quedabas en medio; te tenías que tirar al suelo o tenías que retirarte porque todavía se estaban dando de balazos. Todo esto cambió la manera de hacer periodismo y los protocolos fueron intuitivos. Creamos una red para compartir estos protocolos que hicimos: la cobertura colectiva, la seguridad digital, entender cómo funcionan los halcones, cómo te están vigilando siempre, etcétera.

CARG: ¡Qué impresionante! Esta experiencia está plasmada en Las guerras ocultas del narco; no la cuentas y sin embargo está ahí y me parece que le confiere al libro ese grado de originalidad y radicalidad que no tienen otras publicaciones de su tipo. Eso tiene que ver con el tratamiento que tú le das a los testimonios y cómo lees las fuentes, porque tienes la experiencia directa. Sin embargo, también te asumes como narrador de hechos terribles y para ello exploras diversos tipos de testimonios, por un lado, los archivos de la Secretaria de la Defensa sobre los Zetas, y por el otro, los juicios de los narcotraficantes aprehendidos en Estados Unidos. ¿Cómo lees estás fuentes?, ¿cómo las críticas?, ¿cómo contribuyen a visibilizar lo que ha sucedido?

JAC: Lo más relevante para mí y para este libro fue escucharlos, porque estás hablando de testimonios de primera mano. Lo único que te da la versión oficial es: "cayeron tres muertos", "utilizaron tales armas", "recogimos tales casquillos", que es una pequeña radiografía del hecho, pero finalmente el problema es responder por qué, quiénes, cómo. Y eso no te lo responde la versión oficial. La ventaja de muchos de los reporteros de provincia es que estuvimos en el lugar de los hechos. ¿Qué ventaja te da? Pues que escuchas cosas de más, ves lo que ocurrió, ves detalles que no se publican (porque la nota finalmente es una síntesis de un acontecimiento); entonces oyes cosas de más, escuchas los rumores: por qué pasó, quiénes eran, pero como no se confirman no se pueden publicar. Esa ventaja de estar en la zona de guerra, sin duda es una parte relevante para poder escribir, pero no entiendes el por qué, el cómo, quiénes. Así que cuando escuchas a los testigos de primera mano, a los mismos capos contar sus testimonios, todo cambia. Allá en Estados Unidos solamente se les podía juzgar por dos delitos: por lavado de dinero y por el narcotráfico. Las leyes y los delitos están resumidos en esto. Para la justicia norteamericana lo que hicieron en México es irrelevante.

CARG: De ahí que cuenten alegremente todo lo que hicieron...

JAC: ¡Porque además son tipos que tienen mucho que contar! Ellos hicieron historia, le cambiaron el rostro a México. Ni López Obrador le va a cambiar el rostro a México como los narcos lo hicieron. Ellos son capos de un nivel, como Heriberto Lazcano, inusitado para México. Innovaron, crearon situaciones de guerra. Si los ves como un personaje histórico de la maldad, podrían ser un hitlercito. Hicieron cosas sin precedentes para la historia de México. Así que oír su testimonio, ver cómo lo narraban, cómo contaban sus aventuras, fue impresionante. Yo digo en el libro que, en un momento dado, los tenían que callar porque el juicio se basa en responder las preguntas y los tipos se soltaban y contaban todo, mientras yo intentaba apuntar todo en friega (risas). Tenías que aprender taquigrafía. La ventaja es que como tenían que hablar en español, y después los traducían al inglés, te daba la ventaja de escribir. Gracias a mis amigos, después tuve la ventaja de leer las transcripciones, pero para entonces ya lo había escuchado. Y esa fue la ventaja fundamental, para mí, de este libro.

CARG: Claro, por un lado, eres un testigo directo de lo que ocurrió, pero por el otro, escuchas a los capos y, finalmente, pones a prueba tanto lo que has visto como lo que has escuchado. ¿En qué medida tu propia experiencia como reportero te sirve de filtro, de crítica?

JAC: Mira, estar dentro te daba conocimiento y acceso a fuentes cercanas; por ejemplo, nosotros estábamos cerca de la inteligencia militar y ellos nos daban una versión. En ocasiones, hacían operaciones especiales que la SEDENA [Secretaría de la Defensa Nacional] les prohibía contar, porque ésta quería que la gente denunciara y todos los golpes contra el narco se los atribuía a una denuncia anónima, cuando ya los oficiales de inteligencia militar habían hecho su trabajo, pero no podían decirlo porque la versión oficial era: "gracias a una denuncia anónima..", así que ellos se quedaban sin el crédito, pero a nosotros sí nos contaban todos los detalles de la operación. El gran problema que tuvo Calderón [2006-2012] y que tiene el Estado mexicano para combatir el narco y esta violencia, es que sigue con la estrategia de los grandes capos; y cuando capturan a uno de los grandes hay diez que están listos para reemplazarlo. Así que cuando nos contaban los detalles, nos dábamos cuenta de cómo operaba la red, las conexiones con la policía local, la complicidad que iba subiendo por los jefes policiacos, los procuradores. Y entonces, comenzabas a entender.

Yo tuve la suerte de que con otros dos compañeros periodistas visitábamos un antro de mala muerte, que después se convirtió en un antro de mala muerte propiedad del crimen organizado, pero gracias a que teníamos años yendo éramos parte de la clientela que no generaba sospecha. Al estar ahí, las meseras nos contaban de todo: eran la mejor fuente de información porque eran novias de los capos. Todos esos datitos que se fueron juntando se convirtieron en el principal filtro para descifrar el marasmo: qué es lo que es necesario ocultar, cuál es la verdad, cuál es la mentira; y hay cosas que, definitivamente, tienes que dejar a un lado. Yo no quise meterme del lado de las víctimas, pero tengo muchas narraciones de tragedias y tristezas; por ejemplo, los marinos de las fuerzas especiales que llegan de la Ciudad de México a Monterrey ya tienen la dirección de un capo, saben dónde vive y van a ir por él; buscan la dirección, tocan la puerta, les abre el supuesto capo y ellos no lo esperaban, así que le disparan. Después buscan las armas, las drogas y no encuentran nada. ¡Resulta que se habían equivocado de número! Se equivocaron de casa y mataron a un pobre ciudadano que ni la debía ni la temía, pero ya habían cometido el error, así que entonces le siembran la droga, le siembran las armas, le ponen pólvora en las manos y lo presentan como un gran capo. ¡Había miles de esas historias! pero entonces, ¿cómo las cuentas?

CARG: Mira, a mí me parece que el plan de la obra surge de todo esto. La perspectiva de análisis que has adoptado no es la historia nacional del narcotráfico, sino una escala macro macrorregional: el Noreste. De ahí que haya una configuración espacial propia y una cronología anterior a la de la "guerra del narco", que genera una narrativa a contracorriente de los procesos nacionales y de la cronología oficial.

JAC: La narrativa de la "guerra del narco" se impone desde el centro del país, con las desventajas de no tener todos los elementos que se podían encontrar en las regiones. Así que, en ocasiones, lo que publican los periodistas de la capital es que el gobierno federal es responsable; y en esta historia, al narco se le ha quitado el papel individual. Para la narrativa oficial, el narco no es más que un peón del Estado que responde a ciertos intereses, a cierta dinámica. Claro que el Estado tiene complicidad, pero al narco le quitan el papel de emprendedor, de formador de la historia, que hace las cosas por su propia dinámica y no, como siempre se le ha querido ver desde la capital del país: al Estado como titiritero de los narcos. Por eso el libro parece que fuera dos maneras de ver una sola realidad: la que se ha contado y la realidad tal y como se ve desde aquí.

CARG: Tú has hecho referencia al diseño de una política militar transnacional entre los Estados Unidos y México, que es anterior al sexenio de Felipe Calderón. ¿Cómo se creó esta política militar de contención a partir del Plan Mérida y cómo se adaptó por el gobierno mexicano?

JAC: Quien ha escrito muy claramente la historia de cómo el narcotráfico en México ha evolucionado de la mariguana a los gomeros, etcétera, es Luis Astorga. Él cuenta que en las famosas campañas antiamapola en la zona de Sinaloa, el gobierno de los Estados Unidos financia al gobierno mexicano para que destruya la producción de amapola y para que la heroína no llegue a los Estados Unidos. Y le pide que sea el Ejército el que vaya a las lomas de los narcos gomeros y destruya las cosechas de amapola. De hecho, el proyecto de la génesis de la violencia en México yo lo sitúo cuando a los militares los mandan de civiles a combatir al narco, que son los Zetas. Se tenía el concepto de que las policías civiles eran demasiado corruptas y el ejército era lo más disciplinado, lo más decente y lo menos corruptible; así que quisieron que éste fuera el encargado. Para entonces, ya estaba bien corrompido; el narco ya lo había infiltrado: había comprado a generales regionales y varios mandos. Pero, cuando Calderón dice, y esa es la gran decepción: "vamos a implementar la presencia del ejército para contener toda esta violencia", los generales ya están con el bando contrario. Todo eso está en los documentos WikiLeaks, otra de las grandes fuentes del libro. Ahí, incluso se le propone a Calderón una policía para la zona sur, una policía migratoria.

CARG: Por un lado, está un factor que es la política militar en el Noreste, pero, por el otro, hay condiciones sociales que sirven de caldo de cultivo para la fermentación de una violencia que se va recrudeciendo poco a poco. Tú has señalado al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que para el 2004 lleva ya diez años de operación. Son diez años de una política económica basada en la maquila, el congelamiento de los salarios, la mano de obra barata, la pauperización social, el hacinamiento del proletariado en las ciudades. ¿Cómo afecta esta situación social?

JAC: Acuérdate que el TLCAN es el beneficio que obtendrán los Estados Unidos para competir con China. Las grandes empresas estadounidenses cada vez tienen menos capacidad competitiva y deciden que los salarios bajos son la manera de reducir costos a sus productos y así competir con Europa y con China. En un primer momento sí les funciona: toda la franja fronteriza, de Matamoros hasta Tijuana, se llena de grandes maquiladoras y ensambladoras que contienen la migración centroamericana porque el empleo está en auge, pues las empresas vienen a buscar la mano de obra barata y la evasión de leyes rigurosas sobre el medio ambiente. Así que vienen para evadir restricciones legales muy rigurosas allá y muy laxas en México. Pero eso funciona en un período de tiempo muy corto, pues ni siquiera esa logística que abarata sus productos les compensa ante los bajos salarios chinos. Y cuando esta gran maquila que se estableció en México regresa rápidamente ¿qué sucede en las grandes zonas fronterizas donde hay una gran población flotante? Se queda ahí, huérfana de oportunidades.

Por eso no es casual que donde empieza la violencia en México es en las zonas maquiladoras. Los primeros brotes de la gran violencia en México suceden en Nuevo Laredo, Tijuana, Chihuahua, Reynosa, Matamoros. Es ahí donde nace esta gestación; y cuando, por diversas circunstancias (el cierre de la frontera, cambios en el consumo) la droga ya no se vende en los Estados Unidos, es en estas mismas zonas donde se empieza a quedar la droga, y entonces esta población flotante comienza a consumir droga barata.

CARG ¿Cuáles son las características de esta población flotante, en cuanto a sexo, edad, origen?

JAC: Básicamente, son jóvenes migrantes que se quedaron ahí. Los feminicidios en Chihuahua, que tanto nos asustan, son solamente la punta del iceberg de lo que venía sucediendo, porque como el feminicidio se vuelve políticamente más importante se pierde de vista que por cada mujer que estaban matando, también estaban matando a seis hombres. Entonces, hay un nivel de violencia que refleja el fenómeno que está ocurriendo: en Ciudad Juárez se está quedando la droga y el narcotráfico cambia su sistema de operación. Durante decenas de años operó para pasar la droga a los Estados Unidos, no para operar en México, porque las ganancias estaban allá. La cocaína no se consumía en México. Y cuando tienes una plaza local para vender la droga, necesitas la protección de la policía local, necesitas narcotienditas y narcoconsumidores. La cocaína era para el consumo de las élites, pero estos tipos la comienzan a hacer masiva gracias a los antros, los table dance y a que las mujeres entran ahí; entonces tenemos que, gracias a una encuesta de la ONU [Organización de las Naciones Unidas], de que las mujeres comienzan a ser las principales consumidoras de cocaína en México, en esta franja fronteriza, y a partir de 1996.

CARG. Me parece que todos los elementos que ahora planteas, y que se encuentran en el comienzo del libro, son problemas sociológicos muy amplios. Tú señalas la emergencia de la "narcoinsurgencia", la "narcoguerra", la "guerra de baja intensidad", lo cual implica que la violencia organizada disputa al Estado el territorio, la soberanía, la justicia, el trabajo, los impuestos y la recaudación fiscal. ¿Qué implica pensar estas guerras del narco, en el Noreste, desde la perspectiva de la "narcoinsurgencia"?

 JAC: Durante la investigación conversé con funcionarios colombianos que hicieron el combate al narcotráfico: a Pablo Escobar, los hermanos Orihuela, al cartel de Medellín, al de Cali, y ellos me plantearon algo fundamental que para mí fue como una revelación. Y es que, según sus investigaciones, la violencia en realidad se venía gestando durante los últimos treinta años; que este fenómeno no es sino la gestación de muchas cosas que vinieron evolucionando desde hace treinta años. Entonces, entendí que el fenómeno que se estaba expresando era una descomposición del país en muchos aspectos.

En realidad, el fenómeno que se destapa a partir del 2006, con Calderón, es un fenómeno que se gesta en la descomposición del sistema mexicano en varios órdenes durante los últimos treinta años. Lo que sí queda claro es que el Estado abandona sus responsabilidades sociales, que las familias se descomponen, que hay un cambio de paradigmas culturales; son factores que llevan a esta situación. La investigación de los académicos permitiría dar una configuración a todo esto, porque este momento histórico se tiene que interpretar y entender en el futuro.

CARG: Una vez que has hecho la narración de los hechos trágicos, donde la tragedia que viene siempre supera a la anterior, y hay una acumulación de desdicha, infelicidad y destrucción social. ¿Cuáles son, hacia el futuro, las posibles vías de solución?

JAC: ¡Uf! yo creo que eso se lo tendrías que preguntar a Dios (risas) Porque es el único que te lo puede decir...

CARG: Pero, en lo que nos atiende… ¿crees que la legalización de las drogas podría servir?

JAC: Sí, podría ser. Creo que hay factores que están llegando a un punto que nos permitiría comenzar a ver luz. Yo no me atrevería a decir cuándo esto se va a terminar, obviamente se tiene que terminar, pero todavía hay indicios de que, si esto se expresó en el Noreste y luego se convirtió en un modelo y en un fenómeno que se fue extendiendo, como ahora en alcaldías como Iztapalapa o Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México, ojalá que el Estado ahora entienda que esto no es un asunto policíaco y así realmente lo pueda enfrentar. Yo creo que el problema es bien complejo.

CARG: En ese sentido, ¿tú crees que la Cuarta Transformación puede ayudar a solucionar el problema, o es una continuidad más que ruptura?

JAC: Hasta ahorita es una continuidad, a pesar de que López Obrador se reúna todos los días a las 6 de la mañana con el staff de seguridad, la Secretaría de la Defensa, la Policía Federal, pero sólo para recibir un reporte: "Señor Presidente: ayer en Cancún mataron a 5", "En Nuevo Laredo mataron a tantos…", "La Guardia Nacional está desplegada en…" En provincia entendemos bien que la policía no es efectiva mientras traiga el uniforme.

CARG: ¿Entonces la Guardia Nacional va reproducir el mismo patrón?

JAC: Va a reproducirlo; va a reproducirlo por la propia acumulación de policías. Voy a ponerte un ejemplo: cuando la violencia en Monterrey estaba en su máxima expresión, en 2011, Calderón despliega a 7 mil efectivos de las fuerzas federales, que se suman a las que ya existían. Llega un momento en que marinos, soldados, policías federales ya mero chocan. En ese momento, cuando Monterrey tiene la mayor concentración de fuerzas, se mueve un comando de sicarios de los Zetas y queman el Casino Royale, a las 2 de la tarde, en medio del despliegue de las fuerzas aéreas que están vigilando la ciudad. Los tipos llegaron a comer cabrito a un restaurante lujoso, planearon todo, se fueron en convoy, quemaron el Casino y se retiraron como si nada. O sea que la vigilancia militar, como tal, sin inteligencia, ya demostró que no resuelve nada. Lo que está haciendo López Obrador, ya se hizo.

CARG: Es interesante observar esto que tú señalas: la grandilocuencia de los acontecimientos en el centro y la caja de resonancia que éste representa, a diferencia de lo que ocurre en la provincia. ¿Cuáles son las características de lo excepcional que, en el Noreste, se ha convertido en normal?, ¿es posible hacer una periodización del fenómeno de la violencia?

JAC: Pues es muy difícil de resolver. Mira, en Monterrey, antes de 2007, había menos de 300 homicidios violentos; registraba 2 robos bancarios por año y 1 secuestro, ¡1 secuestro por año! y ya era una cifra récord. En abril de 2009, en un mes, son 100 muertos; ahí tienes el cambio del paradigma. Y en un momento, la cifra record son 1000 muertos en un año. ¡Los muertos que había en un año se convierten en los muertos por mes! Así va evolucionando todo y se ve en las masacres. Tenemos 4 acontecimientos que van marcando etapas.

En ningún momento en la historia de este país había llegado un comando del crimen organizado a un bar para matar a 22 clientes y empleados; es el caso del bar "Sabino Gordo", en Monterrey [IX/2011] Y es algo excepcional, porque, por ejemplo, lo que acabamos de ver en el Walmart de San Antonio, Texas [VIII/2019] es que un tipo loco empieza a matar gente, mientras que aquí son sicarios que mataban gente; pero aquí no se ve como un problema social, sino como una pelea entre narcos. Entonces, la narrativa del Estado es: "es una bronca entre ellos", "que se maten entre ellos". Así la sociedad se quita el peso de compararlo con lo que ocurre en Estados Unidos. Aquí todo es distinto. Después de "Sabino Gordo", en una carretera de Cadereyta tiraron 49 torsos [V/2014] a cuyos cuerpos les cortaron las manos, la cabeza, los pies e, incluso (lo que no salió en las noticias), les borraron los tatuajes para que no pudieran ser identificados. O tienes el Casino Royale [VIII/2011] y la masacre (que tuvieron casi dos años escondida) de Allende [III/2011]: 300 personas están desaparecidas. Toda esa evolución se desconoce en el centro.

CARG: Aunque la guerra no empieza en Nuevo León, sino en Tamaulipas.

JAC: Todo empieza en Tamaulipas, pero se expande. La primera guerra es para desplazar al Cartel de Sinaloa y a las mafias locales que tienen el control. Quien hace todo este despliegue son los Zetas. Como exmilitares que quieren controlar todo y forman parte del Cartel del Golfo (que durante mucho tiempo había sido conocido como el Cartel de Matamoros, porque ahí estaba su plaza) cuando este se comienza a expandir, así que empieza esta batalla por las plazas nacionales. Lo que intentó Calderón fue controlar el despliegue de esas fuerzas en movimiento y cometió el error de meter al ejército; una estrategia totalmente equivocada. Pero la violencia del narco, por la disputa de las plazas entre el Cártel de Sinaloa, la Familia Michoacana, los Zetas y el Cartel del Golfo, empieza a imponer esta dinámica. Llegó el momento en que los Zetas tenían en Monterrey un ejército de 500 personas. ¿Qué pasa cuando tienes tanto poder? ¡Quieres ejercerlo! Y por eso se lo disputan al Estado; controlan parte del Estado: ciudades o municipios y se sienten dueños de las plazas. Por ejemplo, cuando capturan al Tiburón, jefe de la plaza de Monterrey, éste tenía controladas a todas las policías municipales, pero no al ejército y las fuerzas especiales. Lo capturan en una operación de soldados vestidos de civiles, y no como militares, que eran transportados en camionetas de iglesias evangélicas. Lo aprehenden y se lo llevan, pero los halcones se dan cuenta y, mientras el capo es conducido a la zona militar que está fuera de la ciudad, los narcos tratan de evitar que esas camionetas (que van sin escolta y la parafernalia de un gran operativo) lleguen a la zona militar. ¿Con quiénes arman el operativo para cerrar las calles y rescatar a los que llevan presos? Con las policías municipales de la zona metropolitana: Apodaca, García, Guadalupe; cierran las calles y las avenidas que van a tener acceso a la zona militar.

Para colmo de males, los jefes policíacos estaban en una reunión de seguridad ―como las que López Obrador tiene a las 6 de la mañana―, y de pronto ¡hay narcobloqueos por las policías municipales! Y los jefes diciendo: "¿Qué están haciendo ahí? ¡Muévanse!". No les hacen caso porque obedecen a su jefe, el capo. Entonces, mandan a la Policía Federal a quitar a las policías municipales, pero no quieren moverse. Yo tengo las fotos donde se encaran policías federales contra policías municipales, apuntándose unos contra otros. (Véase, serie 2) Tú dices ¿qué locura es ésta?, ¿cómo lo concibes? ¿cómo lo narras?

CARG: ¿Así que se configuró un tipo de Estado criminal dentro del Estado? ¿y gracias a los recursos del Estado mexicano?

JAC: Absolutamente. En un momento dado, Heriberto Lazcano escapa de los operativos del ejército, gracias a que tiene comprados a los hermanos Moreira [gobernadores de Coahuila entre 2005-2011 y 2011-2017], en una nave del estado de Coahuila.

CARG: ¿Quiénes son los jefes en realidad? ¿son los capos, son los gobernadores, son los banqueros y los empresarios? ¿quiénes están moviendo los hilos del negocio?

JAC: Todos, todos los que dijiste. En un momento se conforma socialmente una complicidad que no tiene necesariamente que ser orquestada, sino que hay gente que se beneficia del lavado de dinero. Ese conjunto de intereses que se mueven en torno al narco, forman lo que yo le llamaría un ‘Consejo Directivo Informal’, (donde puede estar un general de la Secretaría de la Defensa Nacional) que es coordinado por el narco a través de un lavador de dinero, un funcionario público y, si en algún momento cae el capo, eso no se destruye y sigue funcionando. Se conjunta un grupo de intereses que operan clandestinamente los beneficios del narco.

CARG: Por eso este libro es la historia de uno de los grupos criminales más importantes que ha habido en América Latina durante este siglo,

JAC: Sí, es la historia de los Zetas; ellos rompieron paradigmas. Imagínate: controlan Monterrey. Matan a unos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, la ciudad está tomada por el crimen organizado, se paraliza y se acaba la vida nocturna. No es lo mismo tomar Allende, en Coahuila, que tomar la segunda ciudad industrial del país. Así que estás hablando de un poder inmenso que hace contrapeso al Estado mexicano. En un libro que publica el CIESAS [Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social] se menciona el concepto del "Estado supeditado": el Estado tomado por el crimen organizado.

CARG: Y sin embargo caen los Zetas, pero esta política criminal, esta economía criminal, este Estado criminal que disputa territorios, soberanía o el fisco, se reproduce más allá de los Zetas; se ramifica como una hidra a la que le cortas una cabeza y del tronco surgen dos cabezas más. Es decir, se acaba la figura visible: cae el capo más importante, se desmorona el cartel más representativo, pero como persiste la misma política militar y persisten las mismas condiciones sociales que son el caldo de cultivo para la violencia, entonces todo esto se reproduce ad nauseam. En este escenario, ¿cómo se está reconfigurando el narco?

JAC: Ya que lo planteas así, creo que el narco adquirió en México una estructura que no tenía, sobre todo, su manera de operar, basada en la paramilitarización. ¿Qué heredan ellos? Cómo someter a funcionarios de alto nivel, cómo controlar sectores económicos que antes no controlaban para abrir negocios nuevos. Esta estructura que no había en México, existe, sin embargo, en otras naciones. Sin tanta violencia la puede tener la Triada china, la Yakuza japonesa o la Cosa nostra italiana. En México teníamos un crimen organizado que se movía del Sur al Norte (la droga para el Norte; el dinero y las armas para el Sur) pero ahora se configuran en México mafias nacionales que antes no existían. Porque había mafias locales que controlaban antros y algunos negocios, pero no tenías una estructura de mafia nacional tipo Yakuza, así que, aunque baje la violencia, una de las herencias son las mafias de este tipo. Quizá ya no tengan ese nivel de violencia, pero sí el control de los negocios. Claro, métete con ellas y vas a amanecer descuartizado; pero estas mafias son nacionales y distintas de las que operan en Tepito, las que controlan los prostíbulos, a los narcomenudistas en las calles. No teníamos esas estructuras criminales

CARG: Encontramos aquí nuevas formas del poder político y económico. Tú has señalado que después de la caída de los Zetas, sus lecciones fueron aprendidas y asimiladas por todo tipo de facciones, incluso entre los grupos rivales: la paramilitarización de las fuerzas, que son verdaderos ejércitos profesionales de sicarios; con medidas de financiamiento que sustituyen a los grandes envíos de cocaína y que hacen del secuestro, del secuestro exprés y del cobro de piso, fuentes alternativas de financiamiento. Estamos viendo que surgen nuevas formas de poder y entonces estos grandes capos que transformaron la historia de México, por ser ellos los protagonistas de esta historia, ahora pueden ser otros, cualquiera: todos pueden ser el Chapo, todos pueden ser el Lazca. Tú decías que Hitler habitaba en ellos, así que ¿cualquiera puede serlo?, o ¿cualquiera puede aspirar a serlo?

JAC: Pues sí, pero yo creo que tienen sus cualidades. Los criminales de estos niveles tienen una sagacidad intuitiva que, sin haber leído El arte de la guerra, la aplican. Sí, finalmente todos podemos, pero estos tipos que han sido líderes, y que a veces, por ser criminales, les quitamos el reconocimiento de sus cualidades, no son cualquiera. Lazcano era un estratega, un estratega militar; tenía ambición. Estos tipos crearon los monstruos [vehículos blindados utilizados para el patrullaje y el trasiego de droga; véase serie 3] los tanques del crimen organizado. ¡Eso no es cualquier cosa! (risas) Sí, cualquiera puede aspirar a serlo, pero si estos tipos fueron tan brillantes es porque tenían ciertas cualidades: una formación militar. Por ejemplo, los grandes capos son excomandantes policíacos que conocen el funcionamiento del negocio; tienen una maldad y una sangre fría tremendas, porque además se mueven en una corte (porque su organización es una corte) donde todo el mundo les quiere cortar la cabeza para subir. Estás hablando de una tragedia shakespeariana donde hay un Duncan, hay un Macbeth, que los quiere tumbar. De ahí que los narcos nunca duermen en la misma casa dos noches seguidas; siempre se están moviendo y no se están cuidando de la policía, sino de sus propios colegas (risas). Entonces, yo creo que sí cualquiera, pero debe tener ciertas cualidades. Y son estos líderes intuitivos, los que tienen una sagacidad tremenda.

CARG: Hablamos de un perfil colectivo que comparten estos protagonistas…

JAC: Sí, desgraciadamente al destacar estas cualidades podría sonar como una apología. Y de eso yo sí me cuidé mucho, porque ante el hecho de verlos, de escucharlos, uno dice: “no, este güey no es cualquier cabrón”. El Mamito [Jesús Enrique Rejón Aguilar, tercero al mando de los Zetas] era un tipo orgulloso, arrogante, lúcido porque sabía quién era. Entonces al ver estas cualidades uno se explica por qué hicieron lo que hicieron. ¡Parezco un apologista del narco! (risas) Desgraciadamente, esta versión que cuentan muchos, donde el Estado los controla, donde son parte de una conspiración para generar violencia y apropiarse de las minas y las tierras de los desplazados, sirve para quitarles la iniciativa, para someterlos en la historia, para convertirlos en un títere.

CARG: Por el contrario, en la cultura popular son ídolos, modernos Robin Hood. Las series de televisión, las películas, los narcocorridos, han hecho de ellos un modelo a seguir.

JAC: Pero recuerda algo: yo no conozco a ninguno de estos tipos que no haya hecho beneficios sociales. No hay un solo narco, de ese nivel, que no lo hiciera. Por ejemplo, el June [Gilberto García Mena] pagaba operaciones, medicinas, escuelas a la gente de su poblado; Osiel [Cárdenas Guillén] todos los años mandaba cientos de regalos a los niños en navidad; el Ingeniero, en Coahuila, ayudaba a toda la gente donde él vivía.

CARG: Lo más curioso es que en una época de neoliberalismo, particularmente extremo en el Noreste del país, surgen estos capos que reemplazan al Estado de bienestar.

JAC: En algunas cosas. Por ejemplo, en una de mis notas más leídas en Proceso, cuando hay una inundación por un huracán [Íngrid, IX/2013]; mientras el Estado se está organizando para empezar a apoyar, los narcos llegan con camionetas a apoyar a todos los damnificados (risas). 5 días antes de que el Estado pueda intervenir, están los narcos repartiendo despensas. Se convirtió en la nota más leída porque era el Cártel del Golfo apoyando a los damnificados, cuando el Estado ni siquiera sabía dónde estaban.[2]

CARG: Volteando la mirada hacia las víctimas, en un sentido amplio, porque también el núcleo de reproducción social ha sido dañado, estos protagonistas de los que tú hablabas, y que han modificado radicalmente el perfil de nuestro país hacia el futuro, han dejado una sociedad malherida, una sociedad dañada. ¿Cómo se recupera un enfermo así?

JAC: Yo no tengo una respuesta. Por ejemplo, la tragedia más difícil de todas las que ha tenido este país, es la de los desaparecidos. A mí me tocó ver que los desaparecidos no eran víctimas inocentes. Eso es mal visto, pero desafortunadamente los desaparecidos no eran la sociedad inocente que todos quisiéramos; eran las mismas víctimas del narco: el que asesinó, el que delató. Pero sí hay miles de víctimas inocentes. Es la tragedia más difícil de entender. Aunque la cifra negra de los desaparecidos no es tan grande (en Tamaulipas la gente se sobrepuso al miedo inicial y terminó denunciando) este país cuenta con más de 40 mil desaparecidos y sus familias no saben dónde están.

CARG: A propósito, tú has señalado el problema de la prueba. En un momento, la prueba eran los cuerpos de las víctimas; éstos son la evidencia de que se cometió un delito, y que, por lo tanto, hay un delincuente. Pero hay un punto en el cual las pruebas desaparecen, porque los cuerpos están siendo calcinados o están siendo disueltos en ácido. No solamente desaparece el cuerpo, el testimonio material de la tragedia, sino también el perpetrador del crimen. En ese sentido, ante la ausencia de los testimonios ¿cómo se puede identificar a las víctimas?

JAC: Ése es el gran reto que tiene la autoridad. Un comunista como Alejandro Encinas (cuyo papá fue amigo de Revueltas) tiene la voluntad de resolver esto, pero no sabe en la bronca que se metió. Yo lo he hablado con él tres veces cuando ha ido a visitar las zonas, y creo que realmente no puede; quizá por eso se va a concentrar en Ayotzinapa y en castigar al Estado. A lo único que puede aspirar es a que los capos confiesen. Y gracias a una nota que yo escribí sobre la narco-cocina más grande de México (¡son 500 cuerpos que quemaron en una zona!), solamente gracias a la confesión del capo se sabe que quemaron 500: ¿quiénes eran esas personas?, ¿de dónde salieron? Hay autobuses completos que desaparecieron. No uno, dos o tres, sino varios autobuses que desaparecieron cuyos cuerpos terminaron incinerados ahí.[3] ¿Cómo resuelves esa tragedia?

CARG: Me parece que apunta hacia el problema de la Verdad y de la Justicia. Para que exista verdad debe haber una prueba material de que algo ocurrió. Al desaparecer la prueba, el hecho o el dato positivo también desaparece, por lo que quizá no puede haber verdad y quizá menos aún justicia. Cómo una sociedad, como la nuestra, que quiere verdad y justicia, puede superar el problema de la ausencia, la destrucción de los restos.

JAC: Ese es el problema que tenemos. Las familias que tienen desaparecido a un ser querido no descansan como una familia que sabe que ya está enterrado. A pesar de que pasen 5 años no descansan, no cierran la herida. La peor tragedia es que no saben dónde quedó, no hay evidencia de que esté muerto.

CARG: A mí me preocupa el escenario prospectivo, partiendo incluso de la propia nomenclatura: las narcomadres, las narcoviudas, los narcohuérfanos. Son tres generaciones y el futuro del país se ha hipotecado para los próximos 25 o 30 años. Y en este sentido, al no redimirse la tragedia y el dolor, tenemos una serie de sentimientos que, ante la falta de justicia, evolucionan de manera peligrosa. Entonces, tenemos una sociedad malherida, pero también tenemos una vida dañada. Hacia el futuro, una sociedad de este tipo puede profundizar todavía más la tragedia del país como proyecto social. ¿Cómo ves este escenario?

JAC: Yo lo veo exactamente como tú lo ves, y eso fue parte de mi locura. Yo veía tanto dolor y tragedia mientras que una parte de la sociedad no lo veía. Yo no lo había pensado así, pero en realidad tenemos un problema para el futuro: cómo va la sociedad a resolver esto ¡sabrá Dios! Tenemos una herida que va tardar en cerrar, tenemos una situación donde no podemos tener verdad ni justicia. Esa era parte de mi locura: "¿por qué no están viendo esto?", "¿por qué no se está actuando para enfrentar esto?". Yo lo estaba viendo como testigo privilegiado debido a la confluencia de todas estas circunstancias, pero todavía hay mucha gente que lo tiene que ver. Tú lo estás planteando de una manera tal que te preguntas: ¿cuál es el futuro? Yo no sé. 

CARG: En la introducción de tu libro, escribiste que no había espacio para asustarse y era necesario sobreponerse. Tú te sobrepones como periodista y también como testigo de una tragedia, pero, ¿en qué medida, pensando en Primo Levi, eres un hundido o eres más bien un salvado?

JAC: Las dos cosas: ¡No me limites! (risas) Escribí para dejar testimonio de lo que yo estaba viendo, y creo que nadie lo estaba viendo como yo lo podía ver, porque era un privilegiado que estaba como en un faro. La otra era para exorcizarme, para liberarme, hacer catarsis. A mí me tocó vivir todo esto.

De hecho, estaré aquí para asistir a las sesiones especiales, con psicólogos expertos, para los periodistas afectados por la violencia. Tendré que contar que yo tenía conflictos serios por la violencia, entre ellos, estar aislado. De hecho, algo que no te he contado y que es fundamental para escribir el libro, es que mi divorcio me aleja de mi familia en términos físicos (convivo con mis hijos como un padre que está separado, pero que no se ha olvidado de ellos) Si hubiera convivido con mis hijos y no hubiera estado divorciado no hubiera escrito todo esto. Incluso, a veces los riesgos eran calculados: "A ver, tengo familia, ¿puedo decir esto? No. No quieras contar de más". Yo sabía nombres de los funcionarios que estaban coludidos; podía decir los de Tamaulipas, podía decir los de Coahuila, pero no los de Monterrey.

CARG: En ese sentido, también hay un perfil colectivo del periodista que cubre la guerra del narco. También están dentro de los hundidos, dentro de las víctimas.

JAC: Sí, por eso también hay tantos periodistas muertos. La mayoría porque no supieron manejar la relación con el narco. A la mayoría de los periodistas de Veracruz no los mataron por andar denunciando, desgraciadamente. No supieron diferenciar que los policías con los que habían tratado desde hacía años (un comandante que les informaba o les contaba) de repente ya no eran policías, eran voceros del crimen organizado.

CARG: Entiendo que esta experiencia es una carga moral e intelectual y que por eso tienes otros proyectos, como los nazis en México. ¿Cuáles son tus proyectos a futuro?

JAC: Eso mismo. Estaba investigando lo que me interesaba, lo que me apasionaba, pero estaba viviendo la realidad de mi país y veo un fenómeno que sabía que no era cualquier cosa. Por eso quiero jubilarme de esto para dedicarme a investigar si los criminales de guerra nazis huyeron a México. No es una investigación fácil, pero un libro de esta naturaleza sería de alcance internacional y tendría un tiraje de decenas de miles de ejemplares; y eso es a lo que yo aspiraría, porque así puedo vivir de investigar. Este libro salió de mi salario y las regalías son pocas.

CARG: O sea que escribir a propósito de lo que se ha denominado la "guerra del narco", no ha sido una noticia que puede ser vendida.

JAC: Solamente aquéllos que aprovecharon el boom sí les fue bien. Mi libro llega mucho tiempo después, cuando ya no está el boom, pero yo no quería escribir sobre lo escandaloso, sobre lo morboso. Yo tenía claro que se puede escribir para la historia, o se puede escribir para el reconocimiento inmediato; y yo quería escribir para la historia.

CARG: Y tú vives para contarla y cuentas para seguir viviendo….

JAC: ¡Esa es otra ventaja!"                       (Juan Alberto Cedillo , Sin Permiso, 23/06/2022)

19/11/21

Hay que pensar en la pérdida de empatía, de dolor frente a cuerpos “desechables”, como los llaman los colombianos... “vidas que no importan”. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios... “se fue con el novio” o “andará de fiesta”. Luego, si las chavas aparecen —no se sabe nunca cómo, no hay documentación—, y aparece estando aparentemente bien, la respuesta de la sociedad en redes sociales es “se fue de puta y aquí nos tenían a todos preocupados”... el éxito del crimen organizado —el narcotráfico, pero también a las maquilas, estas fábricas de muerte de las fronteras, no están en el opuesto de la legalidad, sino que ellas mismas abrían un orden distinto. Un orden paralelo, una paralegalidad que genera códigos, normas o sentido de pertenencia

"Dice Rossana Reguillo (Guadalajara, México, 1955) que el lenguaje naufraga cuando trata de encontrar una explicación a las violencias que configuran hoy el relato político de diferentes estados de su país. No sirven las palabras porque el lenguaje que se ha instaurado es el de la Necromáquina, la maquinaria de producir muerte. Así, Necromáquina. 

Cuando morir no es suficiente, se llama su último libro, que ha sido publicado en 2021 por Ned ediciones. Reguillo, hija de un jefe de tanques de la II República española exiliado en México, quiere darle un sentido universal a un trabajo que fija la mirada en México pero atiende a lo que sucede en Centroamérica, en África y en el mar Mediterráneo.

 Cuando la necromáquina no significa “el fin de la vida, sino de la condición humana” —parafraseando a Primo Levi— no basta con el recuento de los muertos o con la búsqueda de un sentido a cada una de esas violencias, sino que cabe la impugnación al discurso de la seguridad y a las artificiales separaciones entre una violencia legitimada y otra reprobable.

Aunque habla de México, Necromáquina no es un libro sobre México, el sentido que propones es universal. 

En mi esfuerzo como investigadora, como analista de la cultura, como antropóloga pero especialmente como comunicadora y cronista, que son todas las identidades que me habitan, me ha sido muy importante hacer la investigación en distintos lugares del globo (Argentina, Colombia, Puerto Rico,o en Barcelona donde pude hacer una estancia en 2004). Mi intención es tener un habla situada: hablo desde un país herido, que se desangra, pero lo que trato de hacer es hablar del mundo a través de pensar México.

En la última parte del libro hablas de las políticas de extracción, algo que se extiende por toda América Latina, pero también a territorios como África.

La política extractivista va avanzando, engullendo territorios. Las “zonas de sacrificio” son cada vez más crecientes a nivel planetario. Me importa mucho la reflexión sobre los cuerpos rotos de los migrantes. Utilizo analíticamente la figura de Aylan, esta criatura que se ahogó en el Mediterráneo. Pero también me interesa el cuerpo de los migrantes centroamericanos cruzando el río Bravo. Me interesa pensar la época. En esta atmósfera de pérdida de sentido, me interesa pensar en esta normalización de las violencias, incluso en zonas donde esto no es tan visible. Me parece que la insensibilidad para lo que está sucediendo desborda las fronteras físicas y nos debería ocupar como humanidad.

¿Qué tipo de reflexión crees que estamos perdiendo?

Lo que más me interesa es pensar, si no universalmente, digamos “mundialmente” esta crisis por la que cada vez hay más cuerpos que no importan. Hay que pensar en la pérdida de empatía, de dolor frente a cuerpos “desechables”, como los llaman los colombianos, en una expresión que me parece brutal, pero que tienen incorporada para hablar de la gente sin hogar, o de la gente de las comunas, abandonada a su suerte en zonas de mucha pobreza. Pienso en el caso de las favelas de Brasil, en la cantidad de jóvenes que son masacrados por la policía. Y no hay una voz de la autoridad, de la sociedad, que dé cuenta de eso. En ese sentido, me interesa mucho también lo que llamo “la demanda infinita”, para explicar el compromiso político de los periodistas de investigación que están documentando todos estos procesos. Ellos y ellas son los que se están haciendo responsables de esta narración, a costos muy altos.

En el caso de México, el nivel de violencia contra los periodistas es elevadísimo.
Se ha convertido en uno de los países más letales para el ejercicio del periodismo. Periodistas que son amenazados por autoridades locales, o por el narco, o por políticos, o por empresas. Esto se va normalizando. Es terrible. Esto se tiene que hablar a nivel planetario. No podemos seguir permaneciendo anestesiados o, como hacen muchos de los grandes medios, pasteurizar estas realidades utilizando eufemismos para hablar de la violencia.

En Necromáquina criticas la vieja noción de los Estados como monopolio de las violencias legítimas y das un paso más, proponiendo acabar con los binomios de violencias “buenas o malas” o “legítimas e ilegítimas” como paso previo para salir de la espiral en la que se ha entrado en tu país como consecuencia de esa guerra contra el Narco, fundamentada en ese tipo de binomios. ¿Ves visos de que cambie esa concepción en el México actual?

No, está muy incorporado en el imaginario social, por un lado, pero también en el discurso político de la autoridad y de los gobernantes, porque es una distinción que les permite eludir responsabilidades. Si nos remontamos a la época de la dictadura en Argentina, pensemos en que la gente para omitir lo que estaba sucediendo decían “en algo anduvo”, como para justificar esta violencia brutal que venía de arriba de hacia abajo, del Gobierno hacia la ciudadanía. En el caso de Colombia en la época más mala de su violencia contemporánea, cuando llegabas y preguntabas por alguien, la frase con la que te respondían era “se tuvo que ir”. En ese “se tuvo que ir” tú entendías que no tenías que preguntar absolutamente nada. En este momento, en el caso de México, lo más dramático es que se explica que se matan “entre ellos” —lo cual es falso— como si eso justificara el exceso de muerte que tenemos, que resulta intolerable en términos incluso estadísticos.

Son esos “cuerpos desechables” de los que has hablado antes, vidas que valen menos.

En el libro narro las últimas masacres que ha habido en México y señalo que, aunque el ejército sea responsable de masacres, termina por ser justificado porque, o bien se prepara la escena para ponerle a los ejecutados rifles, etc, o porque a nivel discursivo son, otra vez volvemos al tema, “vidas que no importan”. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios. Con las mujeres desaparecidas la respuesta constante por parte de la autoridad es “se fue con el novio” o “andará de fiesta”. Luego, si las chavas aparecen —no se sabe nunca cómo, no hay documentación—, y aparece estando aparentemente bien, la respuesta de la sociedad en redes sociales es “se fue de puta y aquí nos tenían a todos preocupados”. Es muy lamentable que no puedan pensarse las violencias contemporáneas de una manera más compleja, de una manera multidimensional y, sobre todo, desde una lógica de los derechos humanos.

¿Ha corregido el Gobierno actual el problema generado a partir de la Guerra contra el Narco?

El problema es que ninguno de los dos presidentes que siguieron a Calderón corrigió ese fracaso de la Guerra contra el Narco. [Enrique] Peña Nieto se hizo el tonto y el presidente actual [Andrés Manuel López Obrador] lo que ha hecho es avanzar la militarización de la sociedad. Y se le están acumulando más muertos que en los periodos anteriores. Hablamos de una incapacidad de ver el problema de fondo.

No podemos usar los odres viejos de la legalidad/ilegalidad y por eso propones la idea de la paralegalidad. ¿En qué consiste?

Este ha sido uno de los conceptos que he trabajado a nivel de categoría, metodológicamente. Fui acuñando este concepto después de una larga observación etnográfica situada en distintos lugares, especialmente en México, y lo que pude ver para llegar a proponer el concepto de paralegalidad es que el éxito del crimen organizado —el narcotráfico pero podemos incluir también a las maquilas, estas fábricas de muerte que se instalan en las fronteras— es que estas fuerzas no estaban en el opuesto de la legalidad, sino que ellas mismas abrían un orden distinto. Un orden paralelo.

¿Qué tipo de orden?

Uno en el que generan códigos, generan normas o generan sentido de pertenencia. Se debe hablar en presente, porque esto sigue muy vigente. Si tú tienes un orden paralelo es muy difícil combatirlo con policías o con políticas de mano dura. Igual que actuaron muchas de las guerrillas en América Latina, el orden paralegal construye base social. Pensemos en el caso de la Familia Michoacana y de los Caballeros Templarios: tienen un dominio territorial brutal, que no se construye solo por miedo o en la clandestinidad, a veces operan a campo abierto. Lo mismo sucede en Sinaloa, en Culiacán, en Badiraguato… Se construye porque dirimen conflictos agrarios, conflictos entre familias. Castigan. Hacen regalos, como refrigeradores para todas las señoras, etc. Entonces van horadando el orden de lo legítimo, pero no desde la ilegitimidad, sino que van construyendo algo que no dialoga con la ley. No les importa dialogar con la ley.

En el libro explicas cómo pasan a formar parte de la cultura de esos territorios.

Mira, no lo he incluido porque pasó en este Halloween: la autoridad detuvo a 28 personas que, para salir esa noche, pintaron sus camionetas con sangre, llenaron bolsas negras con cosas para asemejar los cuerpos que nos van entregando diariamente. Y esto a mi juicio no es otra cosa que la colonización de la Necromáquina en el imaginario. Se convierte en una especie de performance. Es muy complejo. Por eso este concepto de paralegalidad me es tan importante, porque me permite eludir esta visión normativa de que todo lo ilegal es visible a primera vista. Lo que la paralegalidad hace es construir legalidad dentro de un orden paralelo.

El subtítulo del libro dice que morir ya no alcanza. La violencia manda otro mensaje además del balance de pérdidas y ganancias del narco, sino uno que ni siquiera es económico y tiene un poder simbólico.

Tengo la suerte de que la portada del libro esté acompañada de una fotografía de Christopher Vanegas, un periodista de Saltillo que capta una escena terrible de entrega de cuerpos embalsamados. Efectivamente, el mensaje de la necromáquina es muy profundo. No pensemos solo en estas imágenes terribles y siniestras, sino en el asesinato de Berta Cáceres en Honduras, para ver distintas piezas en esa maquinaria de muerte. Matar a Cáceres no era suficiente, lo importante para ellos era colocar el mensaje de “si ustedes defensores de territorio, le siguen, les va a pasar lo mismo”. Hay otras escenas, que por brutales no narro en el libro, que me han permitido avanzar en el análisis.

Hay algunos pasajes muy impactantes.

Una de esas escenas tuvo lugar en Tamaulipas, otro Estado azotado por eso que llamo la “violencia expresiva”. Es una violencia que no busca un fin último sino que quiere mostrar su poder total. En Tamaulipas había una periodista que usaba Twitter para hacer la crítica del avance de los grupos del crimen organizado, a la que asesinan. Pero no solamente basta que la asesinen sino que lo que hacen es cortarle la cabeza y ponerla en una banqueta, con sus audífonos y un teclado. Por eso, para mí el subtítulo del libro es fundamental, porque es lo que me permite dar cuenta del agravamiento de esta normalización de la violencia. También del exceso de poder que han adquirido las empresas extractivistas, que pagan protección a grupos delincuenciales. También relatar el estatuto de muerte que han adquirido las fronteras —no solamente en Latinoamérica, pensamos en la propia frontera marítima en España— que son trampas mortales para la gente.

En el libro retomas el concepto de necropolítica de Achille Mbembe. ¿Cómo dialoga la necropolítica de Mbembe con tu obra?

Mbembe es un pensador clave justamente porque piensa desde esta larga noche de la colonia africana. Habla desde una herida profunda y me parece que su trabajo ha sido clave para repensar muchas cosas. Creo que el trabajo de Mbembe nos ha permitido a muchas investigadoras, analistas, intelectuales, entender justamente el cambio de época que él plantea. Cuando Mbembe arranca este trabajo de la necropolítica, él dice “yo no me estoy peleando con Foucault y su concepto de la biopolítica”, lo que él quiso hacer es llevar ese concepto al momento que estamos experimentando y repensarlo en una clave larga de tiempo histórico. 

En su Crítica de la razón negra del mundo, este pensador camerunés nos permite ver y pensar en cómo esta formación de la modernidad occidental condenó —y lo voy a decir suavemente— a la exclusión y a la negación de pueblos enteros. Recuperar toda esa historia no es fácil. Pero al mismo tiempo, es tan poderoso su dispositivo de pensamiento que no solamente nos permite recoger en una clave de historicidad lo que nos ha traído hasta esta orilla, sino que nos permite tener herramientas para analizar el presente. Creo que esto es muy importante en el trabajo de Mbembe. Yo pienso de él como eso que Walter Benjamin llamaba el “tiempo ahora”: esa noción para referirse a cómo no podíamos hablar de un historicismo lineal, de una idea de progreso, sino que tenemos que entender el presente desde todas las astillas del pasado.

Una de las cuestiones de relieve es que se trata de la juventud. Es la juventud la que es desaparecida, trabaja en las maquilas o naufraga en el Mediterráneo. En ese sentido, ¿qué va más allá de lo económico en esa lectura de lo que llamas los juvenicidios?

Una de las líneas principales de investigación desde que empecé mi carrera han sido las y los jóvenes. Mi primer libro, publicado en 1991, se llama En la calle otra vez: las bandas. Identidad urbana y usos de la comunicación. Es un estudio a fondo de los grupos de esquina —para evitar el nombre de “pandillas” que se ha convertido en una categoría estigmatizadora— y desde entonces hasta la fecha he venido manteniendo una mirada a cómo los y las jóvenes van experimentando su relación con el mundo. Y me interesan no todos los jóvenes sino especialmente la juventud en situación de precariedad. Como lo planteo en el libro, me interesa volver visible cómo este proyecto capitalista, brutal, feroz, depredador, ha ido precarizando a los jóvenes pero no solamente en términos económicos. Yo hablo de una precarización subjetiva, que tiene que ver con cómo este proyecto les ha arrebatado la posibilidad de pronunciarse con certeza sobre sí mismos.

El libro tiene esa vocación antropológica, te pones en contacto con los protagonistas de esas biografías tan fragmentadas. Muy especialmente, resaltas el caso de las mujeres.

He hecho entrevistas a jóvenes de Argentina, en España, en Estados Unidos, y narran esta dificultad de la juventud precarizada de trazar un horizonte de futuro, cuando no saben si van a poder comer en la noche. Eso les hace presas fáciles, caldo de cultivo para alimentar la necromáquina. El caso de las mujeres me tiene muy desvelada porque parece que a medida que avanza el tiempo histórico, en vez de mejorar, en vez de que se produzca una atmósfera societal en la que las mujeres y los cuerpos femeninos puedan transitar libremente por lo público, se ve que está pasando lo contrario. El feminicidio avanza, la desaparición de las mujeres para la trata, avanza. Yo tiendo a ser optimista, no soy una pesimista irredenta. Mis amigos dicen que soy una optimista de clóset porque creo que todavía es posible intervenir, creo que todavía hay condiciones para desandar. Pero es urgente. Por eso digo que la necromáquina es la vida en un estado de urgencia: ya no hay manera de mirar para otro lado.

Has hablado del papel del periodismo de investigación pero también hay una protesta en Necromáquina hacia los medios que no cuestionan la lógica de los medios y que confunden constantemente el lenguaje, reforzando esa visión dualista buenos/malos sobre algo mucho más complejo. ¿Cuál es el periodismo predominante hoy?

Yo tengo una profunda simpatía por el periodismo, de hecho, lo ejercí al principio de mi carrera. Creo que habría que hacer una distinción entre medios dominantes, hegemónicos, y lo que podríamos llamar un periodismo de investigación emergente, aunque casos como el de Rodolfo Walsh en Argentina no tienen nada de emergente. Poniendo el énfasis en México, el papel de esto que llamo las “retóricas de la seguridad” tiene que ver en cómo se va construyendo una falsa noción de seguridad. Estos medios dominantes van contribuyendo a la normalización del lenguaje.

¿En qué sentido?

Por ejemplo, en el hecho de que esta guerra nos ha dejado un montón de neologismos: el encobijado, que es ese cuerpo que se entrega envuelto en una cobija [manta], el encajuelado, que es el que se entrega en la cajuela [maletero] de un auto, el pozoleado, que es una expresión brutal porque el pozol es una comida típica mexicana, donde se va pelando el maíz y alude al cuerpo que es disuelto en ácido. No abundo en esto porque es fuerte para la gente escuchar esto, pero los medios van normalizando esta especie de “narcoñol”. También ha contribuido la industria del espectáculo.

Series como Narcos, ¿no?

Sí, habría que hacer un trabajo fino de articulación entre lo que ha sido el relato de la autoridad, la narrativa política, la narrativa mediática y la industria del espectáculo que es afín a esta forma de entender la violencia. Estoy pensando en la apología que hacen los narcocorridos, en las series de narcotráfico —ya ves que Netflix ahorita trae varias—. No digo que no se haga, no tengo una visión puritanista sobre el tema, pero sí me preocupa que eso no está ingresando, por ejemplo, a las aulas. Los maestros están aterrados, entonces avientan para afuera toda esta dimensión y no sabemos qué hacer con esto. 

Creo que es importante un trabajo educativo, un trabajo analítico más fino y, sobre todo, una sociedad civil más demandante. Me parece que sí, que los medios tienen mucha responsabilidad pero no van solos. Lo que sostengo es que los medios no inventan, no fabrican una realidad, sino que le hablan al imaginario profundo de las sociedades. Esos imaginarios de “se matan entre ellos” y las mujeres que salen de noche “son malas y merecen desaparecer” está muy metido, muy corporeizado en la sociedad. Los medios lo saben y trabajan con eso.

Hablas de la Contramáquina, que son una serie de propuestas desde la militancia, la performance, la fotografía o las artes escénicas para tratar de modificar el lenguaje de la violencia. ¿En qué consiste ese concepto?

 La contramáquina es una noción que creo que es muy importante porque con ella se refleja el esfuerzo que están haciendo grupos de la sociedad civil, fundamentalmente con recursos muy pobres, para colocar en otro registro este problema de la violencia. Pienso en el trabajo de gente de la performance y del arte, como Teresa Margolles, como Luperca, que es este joven que en Ciudad Juárez coleccionó miles de ejemplares de un periódico amarillista y se dedicó a borrar con un lapicero el cuerpo herido, y de la viruta de la goma que se desprende iba armando bolsitas, para tratar de restituir cierta dignidad a ese cuerpo masacrado. También pienso que una contramáquina que nos sostiene en pie en este país es el caso de las madres buscadoras, el de los colectivos de familiares que hacen un trabajo verdaderamente brutal para encontrar a sus desaparecidos. 

En el caso de las madres buscadoras de Sonora, salen a los campos, y una práctica que me deja sin habla es que meten palitos en la tierra y los huelen después y dicen “aquí hay un cuerpo”. Imagínate a una madre recogiendo los restos de su hijo de esa manera... Creo que el trabajo que ellos han hecho, la exigencia continua que han hecho a la autoridad, el mostrar al rey desnudo, ha sido muy importante. Les falta más difusión, más presencia. 

Yo espero que en algún momento, Netflix promueva una serie sobre las buscadoras, en lugar de una como Narcos. En este optimismo de clóset creo que es posible desandar un poco y hay en la sociedad un repertorio importante de tácticas robustas que pueden, si no combatir a la necromáquina, sí atenuar sus efectos y volver visible para la sociedad la urgencia de una acción colectiva."              

(Entrevista a Rossana Reguillo, Pablo Elorduy, El Salto, 18/11/21)

21/1/19

Lea Garofalo, la esposa del capo que se divorció y organizó la revolución contra la mafia calabresa

"En Calabria existe una expresión para aquellos que la mafia hace desaparecer sin dejar rastro: “lupara bianca” [escopeta blanca]. Esta forma de ocuparse de los chivatos, los enemigos o los incómodos, afecta sobremanera a las mujeres que por una u otra razón se cruzan con el crimen organizado. 

Tal y como cuenta en Las buenas madres (Ariel. 2019), Alex Perry, las únicas que han podido (y querido) plantar cara a la 'Ndrangheta tienen rostro femenino. Son sus madres, sus esposas, sus vecinas y sus hijas, y han vencido al miedo para acabar —en muchas ocasiones— fundidas a negro, en una oscuridad que no permite saber nada más de ellas.

Perry, un periodista de la revista New Yorker, ha dedicado años a excavar en la historia de una región aparentemente pobre, pero en la que viven 141 familias que se calcula que controlan gran parte del tráfico de cocaína y heroína europeo y blanquean decenas de miles de millones de euros, ya sea de sus propias actividades o de las otras mafias, como la rusa. 

Los tentáculos de la 'Ndrangheta abarcan los cinco continentes y controlan miles de comercios, empresas y tapaderas de todo tipo y pelaje. Sus orígenes son inciertos, pero nadie duda de su inmenso poder y del silencio que reina a su alrededor. Sin embargo, en la última década, las mujeres han capitaneado una revolución que ha hecho mella en una sociedad acostumbrada a ejercer de mono de Confucio: nadie oye o ve nada. Y el que lo ve, calla.

Las buenas madres escoge como núcleo narrativo y conceptual la historia de Lea Garofalo, la esposa de un capo de la mafia calabresa, que cansada de aguantar humillaciones y consciente del hecho de que nada cambia por sí mismo, decide abandonar a su marido y empezar a colaborar con la fiscalía antimafia. La decisión conllevaba una sentencia de muerte. 

De eso Garofalo fue plenamente consciente cuando comenzó su relación con Alessandra Cerreti, la poderosa fiscal, una mujer que creció en una Sicilia asediada por los asesinatos propiciados por mafiosos o las matanzas entre los propios integrantes de los distintas facciones de los sindicatos del crimen organizado. 

Cerreti indaga en la desaparición de Garofalo y por el camino se pregunta qué empuja a los calabreses de la 'Ndrangheta a eliminar con fiereza (incluso más de la acostumbrada) a sus esposas o sus hijas, como si nadie pudiera ser peor enemigo que ellas.

El autor, que ha indagado en la mafia de un modo casi intimista, hace algo más que contar la historia de Garofalo, Maria Concetta Cacciola o Giuseppina Pesce, mujeres que lo arriesgaron todo por aspirar a algo mejor, ya fuera libertad, verdad o justicia. Perry desmonta la presunta invulnerabilidad de un sistema en el que disentir significa perder la vida, literalmente.

“La 'Ndrangheta siempre había confiado en sus invenciones. Y una de sus invenciones más importantes era que no se podía plantar cara a la 'Ndrangheta. Y mucho menos una mujer", apunta el libro. "Lea Garofalo, Giuseppina Pesce y Maria Concetta Cacciola habían desenmascarado esa mentira. la reacción de la 'Ndrangheta había sido implacable: las mujeres debían morir. Y sus historias debían volver a escribirse”, cuenta Perry.

La mafia calabresa lograba que algunas se retractaran, asustaba a las demás y mantenía con las mujeres que formaban sus familias una relación como la que un negrero mantiene con su esclavo. Para Perry, y en términos puramente teóricos, no existe una diferencia visible entre el modo en el que el fundamentalismo islámico trata a las mujeres y la manera en la que la 'Ndrangheta hace lo propio: ninguna mujer puede moverse por sí misma, siempre deben acompañarlas hombres; muchas son maltratadas habitualmente y no tienen ni voz ni voto en su propia casa; hacer preguntas de más o no transigir puede costarles la vida. 

A pesar de ello, insiste el autor, nadie ha hecho más en los últimos tiempos por destruir el andamiaje criminal que sostiene a la mafia que las mujeres de Calabria. Nadie ha luchado tanto, perdido tanto y resistido tanto como ellas.

 El 19 de octubre de 2013, miles de personas rindieron homenaje a Lea Garofalo en Milán. Centenares de calabresas acudieron por su cuenta al acto. Al acabar, una mujer, esposa de un capo de la 'Ndrangheta, se presentó en una comisaría de la policia italiana. Quería declarar contra su marido. “Lea me ha enseñado a ser valiente. Lea me ha enseñado a tener coraje”.                (Toni García, El País, 17/01/19)

29/7/16

La leyenda de Benjamin Meléndez, pandillero y pacificador del Bronx... en los tiempos en que cien bandas de hasta 10.000 miembros se disputaban la ciudad

 Benjamín Meléndez

"Dicen que a los 11 años teloneó a Tito Puente y que fundó una pandilla juvenil con miles de seguidores que dominaba el Bronx Sur sin alardes violentos. 

Que este Orfeo en zapas pacificó con sus ideas y su música la jungla de un Nueva York con más de 10.000 pandilleros, que compuso un disco de culto que fusiona la intensidad del rock con la algarada de los sonidos latinos y que incluso fue invitado a una cumbre de las Naciones Unidas. Que sin este judío latino enamorado de los Beatles no habría nacido el hip hop.

Sin embargo, el recuerdo más dulce de Benjamin Meléndez (1952), el líder de los Ghetto Brothers, es otro. Lo explica por teléfono, recién levantado de una cama del hospital New York Presbyterian, en el Upper East Side, donde lleva atrapado mes y medio por severos problemas en su hígado: “Lo mejor fue la primera vez que mis hermanos y yo actuamos para nuestros padres. 

Él siempre se estaba inventando canciones y nosotros tocábamos encima, y mi madre me enseñó a leer la biblia en español y siempre me decía: cuídense entre ustedes o nadie lo hará”. Recientemente les han dedicado cómics, documentales y su leyenda sobrevolará una nueva serie de televisión. Pero no lo tuvieron fácil.

En el South Bronx de 1970 no había civiles: o eras de una pandilla o eras una víctima fácil. El barrio estaba en llamas, literalmente: en diez años prendieron 30.000 incendios, la tasa de homicidios se cuadriplicó, cien bandas con hasta 10.000 miembros se disputaban una ciudad que vivía la resaca del hippismo en medio de reformas urbanísticas que expulsaban a todos los vecinos con un mínimo poder adquisitivo.

 Algunos jóvenes se suicidaban a medio plazo con la heroína y otros optaban por la vía rápida: la violencia pandillera como único lenguaje y sentimiento de pertenencia a algo.

 Meléndez no comulgaba con las gangas más malcaradas, así que creó la suya con sus familiares. Estampó su imaginario en los chalecos tejanos que vestían: unos cubos de basura enmarcados por las palabras Ghetto Brothers.

 En poco tiempo, tenían 2.500 seguidores solo en el Bronx. Incluso en las épocas más violentas, estos hijos de emigrantes portorriqueños eran diferentes: mantenían contactos con los Panteras Negras y con el Partido Socialista de Puerto Rico. Trataban de igual a igual a las Ghetto Sisters. Echaban a los traficantes de droga, conseguían ropa para los niños y ofrecían chocolate caliente a las prostitutas.

En el resto de tribus, el rito iniciático era el eterno paseíllo de bates y puños, mientras que ellos solo golpeaban al novato el tiempo exacto que duraba un single de una canción a 45 revoluciones. “¡Un día me enfadé mucho porque a uno se le ocurrió hacer el rito con un elepé!”, bromea ahora Yellow Meléndez. Aún les aguardaba el gran momento.

Cuando salió de su casa el 8 de diciembre de 1971, Benjy Meléndez sabía que esa misma tarde Nueva York podía quedar bañada en sangre. “Claro que tenía miedo. Pero también tenía la razón”, recuerda.
Días antes, había enviado a su amigo Black Benjy a pacificar una reyerta entre pandillas.

 Este ghetto brother, con apenas 25 años, se plantó ante la multitud para pedirles tranquilidad. Minutos después, yacía muerto en el suelo. Horas después, todas las pandillas de Nueva York se organizaban para la gran batalla, pero Meléndez decidió convocar una cumbre entre gangas para intentar sellar una tregua.

El día señalado cien líderes debían acudir a la cita en el Boys and Girls Club de Hoe Avenue. Por las calles desfilaban cientos de Savage Skulls, Black Spades y Seven Inmortals, entre muchas otras tribus. Incluso habían apostado a francotiradores en las azoteas por si alguien rompía la calma.

 “Los que yo sabía que lo habían matado me decían: no quiero morir, Benjy”, recuerda. Cuatro horas después, los principales líderes habían firmado la tregua. En esa reunión estaban presentes futuras figuras claves del hip hop como Afrika Bambaataa.

En el armisticio se especificaba que las pandillas podían pasear por las zonas controladas por sus antiguos enemigos. “Nosotros dábamos fiestas cada viernes y tocábamos música. A veces se sumaba con sus instrumentos gente de otras gangas. Ganaban en autoestima”, explica Meléndez. Desterraron sus chalecos y cultivaron un vestuario más cuidado para competir por las miradas de las chicas, hasta ahora prohibidas.

Y ellas podían elegir libremente. Era una forma de competir sin violencia, como también lo eran las batallas de baile o de disc jockeys, los verdaderos líderes ahora. “La primera vez que los vi así en círculo pensé que eran de la Iglesia de Pentecostal… Hasta que mi hermano me dijo: ¡no, esto es nuevo, es hip hop!”. Las firmas saltaron de las chupas a las paredes y los lemas, de los callejones a las radios. El resto es historia.

Meléndez y su familia lograron grabar en 1971 un disco titulado Ghetto Brothers – Power Fuerza. En la contraportada, un Meléndez que aún no había descubierto su labor como trabajador social remunerado escribió: “La música cubre el vacío entre la sociedad y las minorías. Es el lenguaje común del mundo”.

El eslogan sonaría algo trillado o cursi en boca de un una estrella de la radiofórmula. Pero no en la de un personaje del que dicen que cambió la historia de su barrio, de su ciudad y, a su modo, de la música. Y que ahora asiente desde el hospital: “That’s right, mihermano”. 

Los guardianes de la llama 

El fotógrafo Julian Voloj trabajaba en una serie de retratos sobre la diversidad judía en Nueva York cuando conoció a Benjy: “Su historia me fascinó: sonaba más extraña que cualquier ficción”. Aquello se materializó en el poderoso cómic Ghetto Brother. Una leyenda del Bronx, firmado con Claudia Ahlering y editado en España por Sapristi.

El pasado verano muchos descubrieron este relato gracias al documental Rubble Kings, de Shan Nicholson, que se puede ver en Netflix. Esta plataforma estrenaba recientemente el tráiler de The Get Down, serie dirigida por Baz Luhrmann (Moulin Rouge) que retratará la transformación neoyorquina de los setenta a través de unos chavales del Bronx.

 El elepé de los Ghetto Brothers era un objeto de coleccionista hasta que Truth and Soul lo reeditó hace unos años. Meléndez sigue reclamando una placa en el parque para su amigo caído Black Benjy."                ( , El País, 06/02/16) 

8/7/15

La violencia organizada y masiva ha sido desplazada y sustituida por una violencia desestructurada, mecánica y salvaje

"Vivimos la paradoja de una de las épocas menos violentas de la Historia de la Humanidad y, al tiempo, el surgimiento de una violencia fiera. Son muchos los estudios de organismos internacionales e institutos académicos que arrojan cifras claras sobre la práctica desaparición de las guerras entre Estados y la disminución de conflictos internos y sus secuelas sangrientas en comparación con épocas pretéritas, incluido el siglo XX. Esa constatación no significa triunfalismo ni resignación, en especial, porque la violencia organizada y masiva ha sido desplazada y sustituida por una violencia desestructurada, mecánica y salvaje.  (...)

Hoy, como nunca en el pasado, los Estados son muy vulnerables y pueden ser desestabilizados con facilidad y rapidez. En parte porque se ha difuminado su poder; son más determinantes las adscripciones étnicas, territoriales, culturales y religiosas que las ideológicas sustituyendo el tribalismo nacionalista y los fundamentalismos religiosos a la lucha ideológica. 

Algunos Estados, antes pobres, con sociedades civiles nada organizadas o sistemas sociales tribales y con débiles administraciones públicas, se han visto sorprendidos por su inmensa riqueza sin una verdadera estructura estatal que permita un aprovechamiento en interés común, multiplicando la miseria y la corrupción infinita. Muchos Estados, casi todos en África, no fueron capaces de construir un Estado. (...)

Ya apenas hay guerras como las que conocíamos, ya fueran conflictos armados internos o internacionales; no son guerras presididas por el dios Marte. La impureza de la violencia armada del siglo XXI, tanto la común o sin fines políticos como el terrorismo islamista, no acepta mínimas reglas humanitarias en la conducción de sus acciones armadas ni en el trato a los no combatientes y civiles.

 Esa brutalidad sin los frenos últimos de civilización, nos plantea cómo actuar en situaciones que están al margen de la lógica y de las reglas del conflicto armado. En toda guerra, en mayor o menor medida, ha habido un mínimo espacio humanitario, de negociación y mediación de Cruz Roja o de terceros Estados para preservar una parte de las vidas humanas y su legado cultural.

Lo que más llama la atención de la violencia interna del siglo XXI es que son guerras privadas, de múltiples grupos autónomos de delincuencia que se apoderan para sus tráficos ilícitos de parte del territorio (en Colombia, México, Guatemala, Irak, Afganistán, Pakistán…), o de casi todo (República Democrática del Congo) o incluso de todo (Somalia), de sus recursos y de los resortes del Estado en la zona que ocupan y controlan. 

Lo grave y desconcertante es el nivel y arraigo que ha alcanzado la violencia en una veintena de Estados envueltos en bucles o ciclos de violencia repetida. Además, en amplias zonas de África y Asia, la violencia común está trufada de otra mucho más peligrosa para el conjunto de la humanidad, especialmente para los europeos, con conocidos grupos terroristas islamistas (Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Libia, Argelia, Egipto, Somalia, Malí…).

La múltiple criminalidad para fines económicos pretende poner fin o debilitar a las estructuras estatales (Estados fracasados y frágiles) para llevar a cabo, sin ley ni orden político social, en plena o parcial anarquía, sus actividades criminales trasnacionales (el comercio y distribución de droga en terceros Estados, comercio ilegal de armamentos, esclavitud de personas -tráfico de migrantes y refugiados, trabajo forzado, prostitución de adultos y menores-, la explotación y comercio de diamantes, oro, cobalto, coltán, marfil, tráfico de fauna y flora silvestres, etc.) 

Los grupos político-criminales en África, Asia y América que controlan partes del territorio ligadas a la explotación de diversas riquezas o tráficos ilícitos, al modo del narcoterrorismo en Colombia o en México, a veces financian y condicionan a los partidos políticos, tal vez desean tener cierto impacto sobre las instituciones para subordinarlas o bloquearlas, pero no aspiran a ejercer el poder político ni desean administrar el Estado.  (...)

La violencia común contemporánea no pretende objetivos políticos y su control del Estado se concentra en conseguir libertad para su acción criminal generalizada y garantizar su impunidad. Desplazan al Estado, no lo sustituyen. Esta violencia masiva interior no siempre es jurídicamente un conflicto armado, puesto que los actores no desean ejercer el poder político ni adueñarse directamente del Estado. Lo que desean es que el Estado no interfiera en su actividad criminal y les deje un territorio sin policía, sin jueces y sin sociedad civil. (...)"       (Araceli Mangas Martín, El Mundo, 27/05/2015)