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9/5/23

La vacuna que el franquismo no quiso administrar y que provocó el fallecimiento de miles de niños y graves secuelas a los sobrevivientes... La dictadura ocultó el desastre, pero hoy sobreviven con las secuelas entre 40.000 y 50.000 afectados que no han sido reconocidas como víctimas del régimen

 "La nueva Ley de Memoria Democrática recoge como deber de memoria la disposición adicional undécima, como reconocimiento institucional y moral de la sociedad, a «la justa demanda de verdad que reivindican los afectados por la polio, efectos tardíos de la polio y post-polio», algo que posiblemente les extrañará a muchos.

Y es que ellos sufrieron la inacción de un régimen dictatorial que tenía el deber legal de actuación y las competencias necesarias para hacer frente a la Pandemia de la poliomelitis, lo que provocó el fallecimiento o maltrato de niños y niñas y personas sobrevivientes con graves secuelas físicas para el resto de su vida.

Mientras el resto del mundo administró la vacuna necesaria contra la grave pandemia de poliomielitis, que afectó aproximadamente a 20.000 niños entre 1950 y 1963, los gobiernos de Franco no la administraron, o lo hicieron muy tarde, sin motivo alguno, provocando así la muerte de miles de vidas inocentes y numerosísimas secuelas en gran parte de la población.

La vacuna fue descubierta en Estados Unidos y se comenzó su administración en el mundo en 1955, menos en España, que no se inició la vacunación hasta casi diez años después, en 1964. Para entonces, las consecuencias entre la población, especialmente la infantil, habían sido desastrosas.

El hambre y las precarias condiciones de vida de la posguerra unidas a una sanidad desmantelada por Franco provocó focos de polio por toda España llegando a los 2.500 por año, a partir de la década de los 50, y no descendiendo hasta los sesenta cuando se normalizó el uso de la vacuna, según las cifras recogidas en la investigación «La poliomielitis. Una negligencia del franquismo.

Una de esas niñas afectadas es Rosa Hernaz, integrante de la plataforma «Niños y niñas de la polio», formada por unas 400 personas de toda España. En una entrevista en la cadena SER, Rosa ha recordado los inicios de su enfermedad y como «en los hospitales estaban esperando a que se recuperase un niño un poquito para sacarlo del pulmón de acero y poner a otro».

La escalofriante imagen de niños y niñas en aquellas cajas metálicas que les ayudaban a respirar, los pulmones de acero, solo fue erradicada una vez se pusieron en marcha campañas de vacunación.

Rosa reclama la tardanza en la vacunación por parte del régimen franquista, por eso no entienden el rechazo que existe hoy en día, 60 años después, a una vacuna que, igual que entonces, ha salvado la vida de incontables personas.

Tal y como relata, una vez llegó la vacuna a España la llevaban a los pueblos con burros y neveras de las antiguas botellas de Coca-Cola. Cuando llegaban las vacunas estaban caducadas. Además, la dosis indicada solo se siguió el primer año. A todo esto hay que sumar que la versión que se compró en España era diferente de la original, una versión más barata.

Reclamaciones 

Los afectados denuncian las secuelas de una epidemia de la que sobreviven más de 50.000 afectados en nuestro país. Lo que se pide por encima de todo es el reconocimiento de esta generación, cuyas demandas han sido incluidas en la ley de Memoria Histórica que está por aprobar.

También piden rehabilitación muscular, ya que la falta de ello agarrota sus músculos y hace que sufran fibromialgias muy a menudo.

La dictadura ocultó el desastre, pero hoy sobreviven con las secuelas entre 40.000 y 50.000 afectados que no han sido reconocidas como víctimas del régimen."                (Luna Izquierdo, Contrainformación, 19/12/22)

25/4/22

Mariana Mazzucato: Cómo diseñar un fondo de preparación y respuesta frente a las pandemias... Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad... Un paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado para lograr la misión de Salud para Todos de la OMS

 "Con más de dos tercios de la población del continente africano todavía sin vacunar contra la COVID-19, está claro que el régimen global de preparación y respuesta frente a las pandemias (PRP) sigue estando seriamente subfinanciado y no cuenta con sistemas de entrega eficaces y resilientes. 

Si bien el Acelerador de Herramientas de Acceso contra la COVID-19 (Access to COVID-19 Tools Accelerator (ACT-A)) ha ayudado a abordar la enorme desigualdad en el acceso a las pruebas, tratamientos y vacunas, carece del respaldo necesario para apoyar de manera integral a los países de bajos ingresos.

Estudios científicos y económicos han demostrado que una futura pandemia que se transmita por vía aérea podría matar a millones de personas y causar un caos económico, especialmente en el contexto de una urbanización en aumento e intensificación del cambio climático. Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad. Al igual que con la lucha contra el cambio climático, los costes de la inacción son mucho mayores que los de actuar a tiempo.

 En octubre pasado, la Presidencia italiana del G20 publicó un mapa de ruta de PRP para asegurar que el mundo esté mejor preparado para el próximo desafío de salud global. En los próximos días, los ministros de finanzas y directores de los bancos centrales de los países del G20 recibirán un informe de avances de la Fuerza de Tareas Conjunta sobre Finanzas y Salud del G20, la entidad creada para monitorear su desempeño. Un próximo paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado. La OMS y el Banco Mundial estiman que existe una brecha de financiación de al menos $10, 5 mil millones para el PRP. 

Debemos considerar esa cifra como el mínimo absoluto de fondos adicionales necesarios cada año para asegurar un acceso igualitario a las vacunas, las pruebas y las terapias, la vigilancia de patógenos, e investigación y desarrollo, la manufactura y la infraestructura de salud. No hay ninguna buena razón para que el G20 no sea capaz de reunir otros $10,5 mil millones al año. Es una ínfima fracción de los billones de dólares destinados a mitigar la actual pandemia, por no mencionar los billones que se perderían en caso de otra crisis sanitaria global. 

En todo caso, para tener éxito el FFI debería cumplir con cuatro condiciones. 

La primera es que no debe financiarse mediante promesas o iniciativas de reposición ocasionales, ya que son demasiado inestables. En su lugar, los gobiernos deben acordar la entrega por adelantado de los fondos para los primeros cinco años, al tiempo que adoptan medidas para generar compromisos financieros para el FFI en sus presupuestos anuales. 

 Este fondo inicial debería promover mecanismos financieros combinados e innovadores para apalancar las inversiones del FFI. Los gobiernos, bancos de desarrollo, filántropos y corporaciones ya están creando nuevas formas de colaboración para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas. Los líderes del G20 deben crear un grupo de expertos para identificar mejores prácticas de los modelos de financiación verdes que se puedan utilizar para inversiones en PRP. 

Más aún, debido a que los países de ingresos bajos y medios enfrentan estrechas limitaciones fiscales, toda inversión adicional que hagan en sus sistemas de salud pública y PRP debería ser reconocida como contribución en especie al FFI (siempre que sea compatible con los objetivos generales del fondo).

 Segundo, el FFI debería contar con un mecanismo de evaluación basado en indicadores acordados en común sobre el impacto socioeconómico de una inversión, para asegurar el uso eficiente de estos nuevos recursos y dar confianza a los donantes de que hay un retorno medible de su compromiso de largo plazo con el FFI. 

Tercero, la financiación del FFI no debe socavar programas que estén dando respuesta a otras necesidades urgentes de salud pública. Los aportes de los países de ingresos altos se deberían hacer en adición a la ayuda para el desarrollo oficial ya existente, a fin de asegurar que el FFI no signifique recortes a otras partidas destinadas a ayudas. 

 Por último, como reconoció la Declaración de Roma de los Líderes del G20, el FFI debe apuntar a un acceso universal y una gobernanza inclusiva para asegurar su legitimidad ante los países de ingresos bajos y medios. Por ejemplo, la innovación y producción farmacéuticas deberían estar regidas por el principio de inteligencia colectiva, que llama al aprovechamiento común más amplio posible de los conocimientos subyacentes,

 El FFI debe alejarse del marco ya caduco y desigual de donantes y beneficiarios. La representación dentro de su estructura de gobernanza formal se debería distribuir por igual entre países de ingresos bajos, medios y altos. Asimismo, debe haber un núcleo de instituciones de implementación global y regional, como la OMS y los Centros de Control de Enfermedades africanos, así como representación de expertos independientes de toda la sociedad. 

Para evitar disputas burocráticas entre entidades de gobernanza global, el Banco Mundial debería albergar al FFI, con la OMS desempeñando un papel líder en el desarrollo y ejecución de estrategias. Al mismo tiempo, ambas organizaciones deberán reconocer que la mejor manera de desarrollar conocimientos, experiencia y capacidad es fomentar la máxima participación de todos los actores interesados, a través de relaciones de colaboración plenamente transparentes. La Presidencia de Indonesia del G20 de este año debe asegurar que el FFI se haga realidad. 

Pero primero, quienes se reúnan en los encuentros de primavera del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional deben ponerse de acuerdo sobre su financiación y arquitectura, garantizando que el FFI cumpla con las cuatro condiciones descritas arriba. Si algo nos ha enseñado la pandemia de COVID-19, es que necesitamos un radical cambio de dirección. Un PRP bien diseñado y completamente financiado es un paso crucial en el camino a lograr la misión de Salud para Todos de la OMS."                     (

21/2/22

Comparando los efectos sociales de las pandemias... los de la Peste Negra... los del Covid... el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor

 "Tras una pandemia devastadora, millones de personas han muerto y las vidas de muchas más han sido afectadas. Muchos de quienes sobreviven, desgastados por la sensación de que su trabajo es inútil y por la brecha infranqueable que separa a los ricos de los demás, se niegan a volver a sus antiguos trabajos o renuncian en masa. Agotados de trabajar en exceso por un sueldo mísero, sienten que merecen una vida mejor.

Esta podría ser una historia actual, pero también es el patrón que surgió en toda Europa después de una de las pandemias más mortíferas que se hayan registrado en la historia, la de la peste negra.

Las luchas por los salarios y el valor del trabajo que definieron los años después de la peste fueron, en cierto sentido, tan dramáticas como la pandemia misma. Al final, estalló la violencia en Europa. Teniendo en cuenta nuestra situación actual, vale la pena prestar atención a la cadena de acontecimientos que condujeron, eslabón por eslabón, de la pandemia al pánico y a la insurgencia sangrienta.

La peste negra, como ahora la llamamos, fue abriéndose paso por el continente euroasiático de 1347 a 1351. El historiador árabe Ibn Khaldun la recordó con horror: “Las civilizaciones oriental y occidental vieron la llegada de una destructiva plaga que devastó naciones e hizo que la población desapareciera. Engulló muchos de los atributos de la civilización y acabó con ellos”.

Europa, donde la peste fue especialmente devastadora, perdió más o menos entre una tercera parte y la mitad de su población (aunque los historiadores todavía debaten la cifra). “Muchas tierras y ciudades quedaron desoladas”, escribió el historiador italiano Giovanni Villani en 1348. “Y esta peste duró hasta _____”. Nunca pudo escribir la fecha, la peste se lo llevó antes de que eso sucediera.

Cuando pensamos en la peste negra, tendemos a pensar en las escenas horripilantes que se relatan en las ciudades: los cadáveres amontonados, las fosas donde se arrojaban los cuerpos, sin que se les diera sepultura. Sin embargo, lo que los contemporáneos también encontraron espeluznante fue lo que vieron en el campo: no fueron escenas de destrucción, sino visiones de abundancia y crecimiento. Campos de cereales listos para la cosecha bajo el sol. Vides cargadas de uvas. Estas imágenes eran inquietantes porque sugerían que no quedaba nadie vivo para recoger las cosechas.

“Muchas fincas bellas y nobles / yacen ociosas sin quienes las trabajen”, escribió el poeta y compositor Guillaume de Machaut, quien sobrevivió a la peste escondiéndose en su torre. Su poema continúa:

El ganado vaga sin rumbo
Los campos yacen en el absoluto abandono
Pastando entre los maizales y las vides
Van donde les place
Y no tienen amo, ni pastor
Ningún hombre que junte el rebaño

Después del colapso demográfico, hubo una tremenda escasez de mano de obra. Y así, después del impacto inicial, acorde con las predicciones que harían los economistas modernos, el precio de la mano de obra se disparó. Machaut escribió:

Ningún hombre pudo hacer que se labraran sus tierras
Ni se cosecharan sus granos ni se cuidaran sus vides
Ni aun pagando el triple
No, seguramente, ni siquiera pagando veinte veces más
Porque tantos habían muerto

Los trabajadores de todo tipo —los campesinos jornaleros, los artesanos en las ciudades, incluso los párrocos miserables que habían tenido que darle los sacramentos a los moribundos— analizaron su vida cuando la pandemia cedió y revaluaron su valor. Vieron un sistema que se inclinaba imposiblemente en su contra.

Por ejemplo, en Inglaterra, cerca de la mitad de la población estaba legalmente atada a la tierra en régimen señorial, obligada a trabajar para su señor local. Sin embargo, de repente, estos trabajadores parecían tener cierto poder de negociación. Ya no estaban obligados a soportar exigencias irrazonables. Sus empleadores ya no podían dar por hecho que trabajarían para ellos.

Para empezar, necesitaban salarios más altos para enfrentar la inflación rampante que siguió a la peste: en Inglaterra, a pesar de la disminución del costo de algunos productos básicos como los cereales, los precios de los bienes de consumo en general aumentaron cerca de un 27 por ciento de 1348 a 1350. Los jornaleros se quejaban de que no podían cubrir sus necesidades básicas y, si no se les pagaba lo que pedían, abandonaban el arado, huían de las aldeas de sus señores y se marchaban en busca de un mejor trato.

El golpe demográfico no ha sido tan brutal durante la COVID-19, pero aun así los trabajadores estadounidenses han revaluado lo que significa trabajar y lo que vale su trabajo —y un número histórico ha abandonado su empleo como parte de la Gran Renuncia de los últimos meses. Alrededor del tres por ciento del total de los trabajadores estadounidenses renunciaron a sus empleos tan solo en noviembre, según informó el Departamento del Trabajo. De acuerdo con una encuesta de septiembre, el 46 por ciento de los empleados de tiempo completo estaba considerando cambiar de empleo o en busca de uno.

En especial los puestos de trabajo mal pagados que no requieren especialización se han vuelto difíciles de cubrir, mientras que las redes sociales están llenas de debates airados sobre cómo son necesarios dos o incluso tres empleos para pagar el alquiler promedio en una ciudad promedio.

En los últimos meses se han producido varias huelgas de gran repercusión en las que los trabajadores exigen una compensación justa, con notables éxitos sindicales en Kellogg y Deere. En este sentido, estamos viendo ecos de la situación que siguió a la peste negra, ya que los trabajadores se niegan a volver a las condiciones prepandémicas y han revaluado sus necesidades y su valor. Demasiados cambios en dos años. El mundo es otro.

A medida que nos dirigimos hacia una nueva era pospandémica, las tensiones en el mercado laboral del siglo XIV pueden enseñarnos algo sobre la inestabilidad que se avecina.

En los años posteriores a la peste, los terratenientes de los señoríos y los nobles de toda Europa observaron, primero con indignación y luego con furia, cómo la gente abandonaba sus trabajos y se iba a buscar una vida mejor. Lo que siguió fue una ola de leyes provocadas por la histeria que intentaron devolver la economía a lo que había sido antes de la peste. Los estatutos y las ordenanzas congelaron los salarios en los niveles anteriores a la peste; hicieron que fuera ilegal abandonar la tierra del amo, que fuera ilegal huir; en la práctica, hicieron que el desempleo mismo fuera ilegal.

El Estatuto Inglés de los Trabajadores condenaba a los campesinos que huyeran de sus contratos señoriales a que se les marcara una ‘F’ en la frente, por ‘Falsedad’. En Italia, las nuevas leyes laborales florentinas, llamadas abiertamente “contra los trabajadores rurales”, declaraban que aquellos que descuidaran las tierras de su amo podían ser juzgados como rebeldes y se les podía arrastrar por las calles con cadenas al rojo vivo y enterrarlos vivos.

La presión continuó aumentando: por una parte, una nueva mano de obra envalentonada exigía un salario digno, la posibilidad de prosperar; por la otra, los reyes y los consejos, los señores y los ricos comunes, estaban decididos a que nada cambiara.

Al final, la presión fue demasiada. En la segunda mitad del siglo, la violencia estalló en toda Europa. Los trabajadores tomaron las calles de las ciudades importantes. Quemaron los registros señoriales y los contratos de trabajo. Destruyeron toda evidencia de su servicio y sus vínculos con la tierra.

Un conmocionado cronista de Francia escribió en 1358 que los campesinos indignados “asesinaron, mataron y masacraron sin piedad a todos los nobles que pudieron encontrar, incluso a sus propios señores. Y no solo eso: arrasaron con las casas y fortalezas de los nobles”.

En respuesta, los nobles comenzaron a incendiar los poblados y a asesinar a los jornaleros. El mismo cronista francés describe que atacaron “no solo a los que creían que los habían dañado, sino a todos los que encontraron, ya fuera en sus casas o cavando en los viñedos o en los campos”.

En Inglaterra, el resentimiento popular por los impuestos y las enormes desigualdades generaron el vandalismo y la violencia de el Gran levantamiento de 1381. Las turbas ejecutaron al canciller y colocaron su maltrecha cabeza en el puente de Londres. Exigían el fin del señorío y no reconocían otra autoridad más que la del rey.

Por supuesto, existen muchas diferencias importantes entre nuestra situación política y financiera y las de las décadas posteriores a la peste. Empero, el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor.

A lo largo de los últimos cuarenta años, la mayoría de los estadounidenses han visto como sus salarios se han estancado en relación con el costo de vida. Las leyes fiscales promulgadas en 2017 durante el gobierno de Trump establecieron exenciones que beneficiaban a los ricos de manera desproporcionada. Y nosotros, al igual que los campesinos medievales, estamos ante el espectáculo de los individuos a los que les sobra el dinero y su costoso aventurerismo. Las fortunas de los multimillonarios estadounidenses crecieron un 70 por ciento durante la pandemia y, como nos enteramos este verano, algunos de ellos no han pagado impuestos o han pagado montos ínfimos desde siempre.

Los ricos nos están tomando el pelo al resto en un sistema que está sesgado en nuestra contra. La izquierda y la derecha lo formulan de manera distinta, pero todos estamos conscientes de esa brecha.

El estado de ánimo de Estados Unidos está por los suelos y está dividido hasta lo más profundo. Si vemos hiatos de violencia, predigo que es menos probable que se asemejen a la política revolucionaria de las insurgencias medievales que a las atrocidades irracionales e insensatas que a menudo ocurrían en las sombras de esos levantamientos, cuando las turbas dirigían su mirada a grupos marginales: judíos acusados de envenenar pozos; flamencos acusados de dejar sin empleo a los ingleses, algunos de los cuales fueron perseguidos en las calles y asesinados ante la vista de todos.

Entonces, ¿cómo podemos atender las profundas desigualdades y evitar la violencia ocasionada por el resentimiento?

Los electores estadounidenses necesitan una historia compartida en la que los hechos encajen sin buscar chivos expiatorios ni alimentar la paranoia conspirativa. Es momento de actuar justo porque compartimos algunos fragmentos de la historia: el cansancio y la cautela; la sensación de que no podemos salir adelante; la indignación de que los poderosos nunca sean llamados a rendir cuentas.

Las grandes revueltas medievales reunieron a personas de muy diversa índole, rurales y urbanas: no solo campesinos, sino también artesanos, albañiles, comerciantes menores e incluso al clero. Un movimiento laboral colectivo podría hacer algo similar por nosotros ahora.

Las victorias sindicales de los meses pasados son un gran ejemplo de cómo los trabajadores pueden unirse y aprovechar este momento de disidencia, y un ejemplo de cómo las élites corporativas pueden fortalecer la lealtad de los empleados en un momento en el que hay tanta rotación de personal.

También tenemos que debatir de manera más proactiva la creciente brecha de la desigualdad de ingresos que ha marcado este nuevo siglo. En este momento, el uno por ciento de los que más ganan posee casi un tercio de toda la riqueza de Estados Unidos, mientras que el 50 por ciento de los que menos ganan poseen alrededor del 2,5 por ciento. Hace tiempo que sabemos que una desigualdad tan pronunciada ahoga el crecimiento económico, y esa es una historia que debemos seguir contando.

Pero las respuestas también deben recaer en nuestra propia élite dirigente. Los legisladores de Estados Unidos deben aliviar la tremenda, y potencialmente violenta, presión que se acumula con acciones que aborden aquello que contribuye a nuestro sentimiento nacional de impotencia: aumentar el salario mínimo, ayudar con la deuda, equilibrar el código fiscal para que los ricos paguen lo justo, crear puestos de trabajo sólidos en infraestructuras, y proporcionar cobertura de cuidado infantil y sanitaria para los trabajadores estadounidenses (una medida que también ayudaría a los pequeños empresarios).

En lugar de ver con impotencia las divisiones, podemos buscar que todos los estadounidenses tengan prosperidad y oportunidades. Imaginen el sentimiento de orgullo y propósito compartidos que podríamos tener. Estas medidas de apoyo a los consumidores inyectarían dinero al sistema en su base. La economía en su conjunto se vuelve más estable cuando hay una amplia base de personas que tienen dinero en efectivo para gastar. En lo político, el país podría ser menos propenso a la agitación. Los jóvenes podrían incluso sentir esperanza.

Pero la élite que está dispuesta a pensar a largo plazo es poca. La mayoría, como las élites de toda Europa después de la peste, prefieren aferrarse más a lo que tienen, y tratan de evitar que otros alcancen la prosperidad compartida, y al aferrarse a que todo sea para ellos, al final empujan a sus naciones a la crisis y lo único que queda son disturbios, luto, miedo, llamas y miseria."             

( Es autor de Feed y Paisaje con mano invisible. The New York Times, 20/02/22)

4/11/21

La pandemia hace crecer el pensamiento conspirativo entre los españoles. Una cuarta parte de los ciudadanos cree que hay “organizaciones secretas” interviniendo en las decisiones políticas

 "La incertidumbre y la ansiedad provocan que las personas busquen explicaciones simples, también simplistas, ante fenómenos complejos, como las crisis económicas. O la pandemia de covid, que ha trastocado la vida de medio mundo. 

Este fenómeno ha provocado que una proporción importante de la ciudadanía española abrace algunas ideas conspirativas, según se observa en el último estudio de percepción social de aspectos científicos de la covid-19. Josep Lobera, director científico de la encuesta, lo explicó así durante la presentación del trabajo: “Ahora somos más conspiranoicos en general porque lo necesitamos. Porque cuando pierdes el control sobre tu vida, tienes necesidad de respuestas alternativas”.

 En el estudio se observa que existe un “porcentaje significativo” de personas que confían en algunas teorías de la conspiración. Por ejemplo, uno de cada cuatro españoles (25%) cree “firmemente” que existen “organizaciones secretas que influyen mucho en las decisiones políticas”, frente al 17% que cree firmemente en lo contrario. Además, y a pesar de los esfuerzos de divulgación, casi un tercio de la población española (31%) está totalmente convencida de que las mascarillas son malas para su salud (solo el 16% está en total desacuerdo). 

Llevado al terreno de la vacunación, hay un 14% de los españoles que están absolutamente seguros de que las farmacéuticas ocultan los peligros de las vacunas y un 11% están convencidos de que se engaña sobre su eficacia.

 Esta mentalidad, explica el estudio, está ligada sobre todo a la existencia de creencias conspirativas previas acerca de las vacunas, pero también a la desconfianza en las instituciones políticas, y al hecho de haber experimentado dificultades por culpa de las medidas de contención de la pandemia. Lobera atribuye este fenómeno al pensamiento motivado, el mecanismo psicológico que nos lleva a buscar información que nos ayude a justificar nuestras ideas.

“En lugar de sopesar la información de una manera abierta, atendemos, criticamos y recordamos información de manera selectiva, de un modo que refuerza nuestras conclusiones previas”, explica el informe. Y esto está claramente influido por la vivencia personal durante la pandemia. “Grupos más afectados por las medidas contra el coronavirus, que ven peligrar en mayor medida su forma de vida o valores, tenderán a activar en mayor medida mecanismos de razonamiento motivado”, se lee en el documento. O como resumió Lobera: “La vida que tenemos condiciona lo que creemos”. En ese sentido, el contexto informativo ha sido decisivo también, ya que 6 de cada 10 españoles ha recibido mensajes, por medios de comunicación o redes, que los animaban a no vacunarse.

 El estudio presentado hoy es la tercera oleada de esta encuesta, que se inició el verano pasado con la intención de conocer cómo la ciudadanía española estaba percibiendo la ciencia asociada a la pandemia, lo que permitiría actuar en consecuencia. Desde las primeras entrevistas se empezó a percibir un recelo muy generalizado hacia las vacunas que se desarrollaban en los laboratorios en esos momentos. Así, en verano llegó a contabilizarse hasta un tercio de los españoles que se negarían en rotundo a vacunarse contra la covid y otro tercio con importantes dudas. Ahora, en esta última oleada, el 83% o se ha vacunado ya o lo hará en cuanto pueda y no llegan al 4% los “reticentes radicales”. Los datos de esta oleada se recogieron durante las tres primeras semanas de mayo.

En España se confía en las vacunas

El vuelco desde el recelo a la masiva aceptación se ha debido a tres hitos fundamentales, según este estudio: la aprobación de las vacunas por las autoridades sanitarias y médicas, el inicio de una campaña de vacunación, “con la difusión de imágenes de personas de todas las edades y personal sanitario recibiendo la vacuna”, y la aparición de nuevas amenazas, en forma de variantes más contagiosas y nuevas olas, que obligan a mantenerse alerta. En la actualidad, entre quienes rechazan vacunarse hay un alto porcentaje, cerca de un tercio, que lo que no quieren es ponerse una vacuna específica. En ese sentido, la directora del Instituto de Salud Carlos III, Raquel Yotti, reconoció en la presentación que han aprendido que debe cambiarse la forma de comunicar los riesgos, en alusión a la crisis por los efectos derivados de la vacuna de AstraZeneca. “Comunicar los riesgos debe ser algo más complejo que simplemente decir que las vacunas son seguras”.

Pero hay un factor español que ha ayudado especialmente, como explica Lobera, profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid: “En otros países, el vuelco no ha sido tan fuerte. Ha jugado a favor esa base que tenemos de confianza en el sistema público de salud”. “Vivimos de esa renta acumulada de confianza previa en las vacunas infantiles, pero también influyó ver que la vacunación funciona bien en otros países, que se reducen drásticamente los brotes y muertes en las residencias de mayores”, añade el investigador. No obstante, Lobera advierte de que esta volatilidad de la confianza debe funcionar como una “señal de alerta” de que no conviene relajarse y “no cantar victoria antes de tiempo”, por si las variantes influyen en la vacunación o hay que renovar la vacunación con nuevas dosis.

Esa percepción del riesgo también es importante respecto al comportamiento de prevención frente a la covid, como el uso de mascarillas o el distanciamiento de otras personas. Esta disposición ha sufrido “cierto relajamiento” entre enero y mayo, reconoce Lobera. Junto a la percepción del riesgo, los factores que más se asocian a este cumplimiento son los costes asociados a esas medidas, la mentalidad conspirativa, la confianza institucional y el comportamiento del entorno social inmediato, que es el más importante. “Lo que hacen en el entorno social de una persona es decisivo. Somos seres sociales y en una reunión familiar, por ejemplo, no queremos ser el elemento discordante”, explica Lobera."             (Javier Salas, El País, 28/06/21)

7/10/21

La vacuna se convirtió en “el único tema del mundo”. Los paparazzi aparecieron por el campus... el periódico alemán Handelsblatt publicó, sin ninguna prueba, que la vacuna de Oxford tenía una eficacia de solo el 8% en las personas mayores. Era mentira, pero hasta el presidente francés, Emmanuel Macron, repitió el bulo. “Este tipo de desinformación [...] cuesta vidas. Gente que se podría haber vacunado no se vacunó"

 "Un veraniego fin de semana de hace un año, una de las madres de la vacuna de Oxford, la científica británica Catherine Green, se fue de camping con su hija de nueve años. 

Allí, en las montañas del noroeste de Gales, se puso a hablar con una mujer que paseaba a un perro. La excursionista desconocida empezó por quejarse de la red de telefonía móvil 5G y acabó dando su opinión sobre la vacunación contra la covid: 

“Yo no digo que esté demostrado que hay una conspiración, pero me preocupa que no sepamos qué le echan a las vacunas: mercurio y otros compuestos tóxicos. No me fío de ellos. No nos cuentan la verdad”. Green, descalza y vestida de dominguera, era literalmente la jefa de la fabricación de la vacuna de Oxford. “Yo soy ellos”, respondió.

La investigadora y su colega Sarah Gilbert han publicado un libro, Vaxxers (algo así como “Creadores de vacunas”, de la editorial Hodder & Stoughton), en el que narran su frenética carrera para obtener una vacuna y desmontan la imagen maléfica creada por la calenturienta imaginación de los amantes de las conspiraciones. Green cuenta que estaba recién divorciada, y con su hija a su cargo, cuando llegó la pandemia. 

Aquel día de camping, le detalló a su interlocutora los ingredientes reales de la vacuna. “Yo no soy eso que les inquieta: una élite global, en busca de poder y control. No tengo el número de teléfono de Bill Gates. No sé cómo poner un nanorrobot rastreador en una vacuna. Solo soy Cath, la hija de un trabajador portuario, haciendo lo mejor que puedo con mis conocimientos y mis compañeros, y echando de menos abrazar a mis padres, como cualquier otra persona”, expone la investigadora en el libro.

 Catherine Green es la jefa de la fábrica de medicamentos experimentales de la Universidad de Oxford. Y Sarah Gilbert es una de las principales vacunólogas de la institución. “No somos la industria farmacéutica ni somos un ellos. Somos dos personas normales que, junto a un equipo de otras personas muy trabajadoras, hicieron algo extraordinario”, reflexiona Gilbert. “No tenemos sirvientes ni chófer ni niñera y, como los demás, tenemos otros asuntos en nuestras vidas”, recalca.

 Gilbert y la inmunóloga Teresa Lambe diseñaron la vacuna en cuanto se publicó el genoma del nuevo coronavirus, el 10 de enero de 2020, cuando la mayoría de la humanidad ni siquiera había oído hablar de esta amenaza. Gilbert recuerda aquel 1 de enero, cuando, en su casa, leyó que había cuatro casos de una neumonía desconocida en la ciudad china de Wuhan. Tomó nota mentalmente y se fue a la cocina a hacer un puzle con su marido y sus tres hijos. A medida que pasaban los días, Gilbert decidió diseñar cuanto antes una vacuna “por si acaso”.

 La vacuna de Oxford, en realidad, ya estaba medio hecha. El equipo de Sarah Gilbert llevaba desde 2012 utilizando adenovirus del resfriado del chimpancé como vehículo para introducir en el cuerpo humano material genético de otros virus y generar defensas. Los investigadores ya habían elaborado vacunas experimentales contra la gripe y contra otro coronavirus, el del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS). Estaban preparados para la llegada de una enfermedad X. Solo había que añadir a la fórmula la información genética del nuevo virus, que llegó a su buzón de correo electrónico el 11 de enero, un sábado por la mañana. Todavía en pijama, Teresa Lambe se puso a trabajar en su casa. En 48 horas, Gilbert y Lambe habían escogido el fragmento de la secuencia del virus idóneo para ser el ingrediente principal de una vacuna. El 22 de enero, Gilbert reclutó a Green para fabricar el medicamento y ensayarlo en humanos.

Las investigadoras relatan su lucha para lograr financiación. “Somos las únicas que podemos hacer esto, así que tendremos que hacerlo y arreglar después el tema del dinero”, afirmó Gilbert en una reunión. Sobre la mesa de su despacho hay una taza con el lema: “Keep calm and make vaccines” (mantén la calma y haz vacunas). El equipo decidió meterse en gastos que no podían asumir, confiando en que llegaría dinero en algún momento. “Pediríamos perdón, no permiso”, resume Gilbert en el libro. A medida que la humanidad se percataba de la que se venía encima, fue llegando la financiación. La Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias —la CEPI, fundada por los gobiernos de Noruega e India, la Fundación Bill & Melinda Gates, el Wellcome Trust y el Foro Económico Mundial— puso los primeros 300.000 euros. En marzo, la Agencia de Investigación e Innovación de Reino Unido puso otros 2,35 millones de euros. El 21 de abril, el Gobierno británico añadió 23,5 millones de euros. Y EE UU acabó poniendo más de 1.000 millones de euros para acelerar los ensayos.

Catherine Green recuerda que, normalmente, se necesitan varios meses para conseguir los suficientes voluntarios para ensayar una vacuna experimental. En el caso de la covid, miles de personas dieron un paso al frente en apenas unas horas, pese a que implicaba comprometerse a hacerse incómodos análisis todas las semanas durante meses. “Esto refuerza mi convicción de que las personas son, en general, buenas, generosas y altruistas. Siempre vale la pena recordar que la vacuna no habría sido posible sin ellos”, escribe Green.

 Vaxxers describe una odisea científica. Sarah Gilbert asegura que, al haber sido madre de trillizos 20 años antes, estaba acostumbrada a los grandes desafíos. “De repente me convertí en el principal sostén de una familia de cinco personas, durmiendo un par de horas cada noche. Aquello sí era presión”, relata. Para lo que no estaban preparadas era para los bulos que empezaron a brotar por todas partes. El 23 de abril, la microbióloga Elisa Granato, de la Universidad de Oxford, se presentó voluntaria para ser una de las primeras personas en recibir la vacuna. Inmediatamente, por las redes sociales circuló la mentira de que había muerto. “¿Quién utiliza su tiempo para inventarse algo así?”, exclama Green.

Al calor de los bulos surgieron movimientos antivacunas, que incluso llegaron a manifestarse frente a los laboratorios de Gilbert y Green. “No entiendo a los antivacunas. ¿Por qué alguien se opone ideológicamente a una medida de salud pública que es segura, rentable, salva millones de vidas y evita que la gente tenga que vivir con una discapacidad provocada por enfermedades como la polio, la viruela y la covid?”, se pregunta Gilbert.

Las científicas también se toparon con una resistencia inesperada: algunas religiones. La vacuna de Oxford contiene 50.000 millones de partículas virales en una dosis de medio mililitro, con cantidades ínfimas de otros compuestos inocuos que sirven para estabilizar el producto, como la sal común y la sacarosa. También hay 0,002 miligramos de etanol en cada dosis. La Asociación Británica de Medicina Islámica dictaminó que no era suficiente alcohol como para estar prohibida para los musulmanes.

 En el proceso de fabricación de la vacuna, la Universidad de Oxford y su socio industrial AstraZeneca emplean células HEK-293, derivadas de otras obtenidas originalmente del riñón de un feto abortado por motivos terapéuticos en 1972. Son células que se multiplican sin límite y se utilizan desde hace décadas para producir vacunas, por ejemplo contra la varicela y la rubeola. Todas estas células proceden de aquel único feto donado tras un aborto legal. El Vaticano ha mostrado su rechazo a la técnica, pero el 21 de diciembre decretó que era moralmente aceptable vacunarse, celebra Gilbert.

Vaxxers también relata el choque de las científicas con la prensa internacional, en un momento en el que, como dice Green, la vacuna se convirtió en “el único tema del mundo”. Los paparazzi aparecieron por el campus. Si las investigadoras comentaban sus resultados, eran acusadas de falta de rigor por no comunicarlos a través de los canales científicos habituales. Si guardaban silencio, eran señaladas por su falta de transparencia. A finales de enero de 2021, el periódico alemán Handelsblatt publicó, sin ninguna prueba, que la vacuna de Oxford tenía una eficacia de solo el 8% en las personas mayores. Era mentira, pero hasta el presidente francés, Emmanuel Macron, repitió el bulo. “Este tipo de desinformación [...] cuesta vidas. Gente que se podría haber vacunado no se vacunó. Y algunos de ellos morirían”, lamenta Green. La realidad es que la vacuna de Oxford tiene una eficacia de más del 90% frente a la covid grave."                   (Manuel Ansede, El País, 08/08/21)

21/9/21

Mascar chicle, un hábito en crisis

 "El chicle, uno de los símbolos del siglo XX, está dejando de estar de moda en el XXI. Las ventas en EE UU han bajado un 23% en una década (2008-2018), según datos de The Wall Street Journal, y la pandemia ha acelerado su caída: The Economist cifra la reducción mundial del sector en un 14% en 2020

En España, el consumo de este producto estaba estancado en los últimos años, pero en el último han vendido un 45% menos, explica la patronal Produlce. Algunas causas están relacionadas con el coronavirus: el cierre de tiendas pequeñas, el uso de mascarillas y el teletrabajo, dado que muchos chicles se consumen en la oficina. Otras apuntan a un cambio social, como que los jóvenes prefieren mirar el móvil que mascar o que ya no se considera un producto tan saludable. 

Motivo este último que ha empujado a alguno de los grandes fabricantes del sector, como Mondelez, a innovar en sus productos y a lanzar novedades, por ejemplo chicles con flúor, en las que han buscado alianzas con líderes mundiales en el cuidado bucodental.

 La goma de mascar existe desde hace siglos —se ha llegado a encontrar uno con 5.000 años de antigüedad—, pero vivió su momento álgido a partir de la II Guerra Mundial, cuando los soldados estadounidenses la consumían para paliar el hambre y distraerse, algo que popularizó su uso a ambos lados del Atlántico. A partir de entonces, su imagen se asoció a la cultura popular, sobre todo en la boca de jóvenes rebeldes que desafiaban la autoridad. Así lo reflejó, por ejemplo, el musical Grease (1978), donde el personaje de Franchy inflaba enormes pompas rosas. En España, Quimi, el personaje más malote de la serie Compañeros (1998-2002), también mascaba a todas horas.

Ahora, el hábito está cambiando, como muestra el descenso de ventas en Estados Unidos. ¿Puede tener que ver con que aparezcan menos chicles en la pantalla? “El cine y la televisión reflejan la sociedad pero también la configuran, si algo sale más en las series es porque se consume, y a la vez le da más visibilidad para que su consumo sea aceptable”, explica Rafael Serrano, director del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del CSIC.

“Mascar chicle se ha convertido en algo menos aceptable socialmente”, explicó en una entrevista Dirk Van de Put, director de Mondelez, uno de los principales fabricantes. A falta de estudios específicos, pueden intuirse varias causas. Por ejemplo, uno de los momentos preferidos para mascar chicle es durante las esperas (en el colegio, en la tienda, en el trabajo), pero ahora la mayoría de la gente prefiere mirar sus smartphones en esos ratos muertos. Además, los jóvenes tienen más actividades en las que gastar su dinero —videojuegos, internet— y la goma de mascar no se ve como un producto muy saludable.

El tecnólogo de los alimentos Miguel Ángel Lurueña explica que el ingrediente principal de los chicles es la goma base, formada a partir de muchos ingredientes, uno de los cuales suele ser el acetato de polivinilo, “un polímero que coloquialmente podemos llamar plástico”. En cualquier caso explica que “si nos tragamos uno por accidente no pasa nada porque no lo digerimos; el único problema podría ser si nos tragáramos muchos de golpe, lo que podría producir una obstrucción intestinal”. La patronal del sector, en cambio, destaca que es un producto que no aporta ninguna caloría pero produce efecto saciante.

Un consumo social

Rubén Moreno, secretario general de Produlce, que aglutina al 80% del sector —y también a golosinas y chocolates—, considera que la caída del 45% en España durante 2020 es coyuntural: “El chicle tiene un cierto consumo social y está muy vinculado a la vida profesional, puede ser para tener el aliento fresco, para mascarlo en un momento de nerviosismo en el trabajo, para hacer algo en las pausas… Hay unos componentes sociales que al no acudir a la oficina se han perdido”.

 A esto se añade la fuerte caída del canal impulso, es decir, las pequeñas tiendas o esa estantería final en los supermercados que queda a la vista mientras se esperaba en la cola de los supermercados. “Con la pandemia se ha concentrado la actividad de venta en las grandes superficies y ha caído mucho la facturación en las tiendas de barrio y quioscos, incluso muchas han estado cerradas. Los chicles también tienen una venta importante en las gasolineras, pero ha habido menos movilidad por motivos evidentes y eso también ha afectado”, prosigue Moreno. El sector considera la caída como “absolutamente dramática”, pero espera que se recupere en los próximos meses.

Jose Ortiz Gordo, psicólogo, experto en marketing y consumo y cofundador de la empresa Rookie Soul aporta una visión más analítica del producto en el que se entremezclan todos los factores señalados anteriormente: “Los hábitos de compra han cambiado porque la experiencia de compra lo ha hecho radicalmente con la pandemia. Los chicles eran un producto de impulso, pero es que además durante años se asociaron a un signo de rebeldía que se replicaba en producciones cinematográficas y en la sociedad. Ahora no es un gesto atractivo y, aunque lo fuera, llevamos la cara tapada, con lo cual ha perdido parte de su gracia. Muchos jóvenes necesitan de un estímulo de interacción social para imitar un modelo, y el de mascar chicle no lo han visto en los últimos años”.

Además Ortiz Gordo apunta otro factor importante: “La nueva rebeldía es defender el medioambiente, los hábitos saludables. El chicle ha perdido ese componente para un sector de la población porque es un residuo de largo recorrido y porque aunque no lleven azúcar se identifica con mascar un trozo de plástico”.

La mascarilla ya se ha dicho que tampoco ayuda. “Intentar mascar con una mascarilla es difícil, desde luego, pero no creo que sea el principal factor”, añade Moreno. En su opinión, “el chicle también ejercía una labor de sustitución si no podías lavarte los dientes después de una comida; pero en 2020 también hemos comido fuera muchísimo menos. Está muy vinculado a la vida profesional. Y además, los chavales no fueron al instituto, y este producto se consume mucho fuera de casa”.

 Serrano, del CSIC, coincide con este análisis: “Buena parte del año estuvimos encerrados, salíamos mucho menos, y el contacto era menor. Este tipo de productos se vende mucho en quioscos y pequeñas tiendas cuando los niños están en el parque, pero esa pauta de relación no se ha estado produciendo”. En cuanto a la bajada en una década en EE UU, el sociólogo señala que puede tener que ver con “la importancia del cuidado bucodental, que cada día es mayor”. Produlce contrarresta este punto aclarando que el 95% de los chicles que se venden en España son ya sin azúcar.

Adolfo Torre aporta como factor positivo para el sector que mascar chicle relaja, por lo que “quienes han necesitado equilibrar la tensión” en la compleja situación que se ha vivido han seguido recurriendo a su consumo. En este punto Jose Ortiz Gordo ve una posibilidad para el futuro: “Se deben reinventar nichos de mercado, dirigirse a clientes mucho más concretos que a lo mejor no tienen que ser los jóvenes ni quienes antes precisaban de un chicle para su interacción social, ya que la pandemia lo ha reducido”. Y como ejemplos posibles apunta que podrían tratarse de productos que contengan cafeína o, por el contrario, que potencien la relajación o faciliten el sueño”. En cualquier caso, 2020 ha sido el año menos dulce de la goma de mascar."               (Miguel Ángel Medina, El País, 14/09/21)

22/4/21

La era del asesinato social... Los dos millones de muertes que han resultado de la mala gestión de las élites gobernantes de la pandemia global serán eclipsadas por lo que vendrá después... por la catástrofe global que nos aguarda, ya incrustada en el ecosistema por la incapacidad de frenar el uso de combustibles fósiles... Las élites gobernantes, a pesar del colapso ecológico acelerado y tangible, nos apaciguan, ya sea con gestos sin sentido o con negación. Son los arquitectos del asesinato social los burócratas y tecnócratas incoloros producidos en escuelas de negocios, facultades de derecho, programas de administración y universidades de élite. Dentro de una década, veremos a la actual clase dominante mundial como la más criminal en la historia de la humanidad

 "Los dos millones de muertes que han resultado de la mala gestión de las élites gobernantes de la pandemia global serán eclipsadas por lo que vendrá después. La catástrofe global que nos aguarda, ya incrustada en el ecosistema por la incapacidad de frenar el uso de combustibles fósiles y la agricultura animal, presagia nuevas pandemias más mortíferas, migraciones masivas de miles de millones de personas desesperadas, caída de los rendimientos de los cultivos, hambruna masiva y colapso de sistemas.

La ciencia que dilucida esta muerte social es conocida por las élites gobernantes. La ciencia que nos advirtió sobre esta pandemia, y otras que vendrán después, es conocida por las élites gobernantes. La ciencia que muestra que no detener las emisiones de carbono conducirá a una crisis climática y, en última instancia, a la extinción de la especie humana y la mayoría de las otras especies, es conocida por las élites gobernantes. No pueden alegar ignorancia. Solo indiferencia.

Los hechos son incontrovertibles. Cada una de las últimas cuatro décadas ha sido más calurosa que la anterior. En 2018, el Panel Internacional de Cambio Climático de la ONU publicó un informe especial sobre los efectos sistémicos de un aumento de 1,5 grados Celsius (2,7 grados Fahrenheit) en las temperaturas. Es una lectura muy lúgubre. Los aumentos vertiginosos de la temperatura (ya estamos 1,2 grados Celsius, 2,16 grados Fahrenheit por encima de los niveles preindustriales) ya están integrados en el sistema, lo que significa que incluso si detuviéramos todas las emisiones de carbono hoy, todavía nos enfrentamos a una catástrofe.

 Cualquier cosa por encima de un aumento de temperatura de 1,5 grados centígrados hará que la tierra sea inhabitable. Ahora se espera que el hielo del Ártico junto con la capa de hielo de Groenlandia se derrita independientemente de cuánto reduzcamos las emisiones de carbono. Un aumento de siete metros (23 pies) en el nivel del mar, que es lo que ocurrirá una vez que desaparezca el hielo, significa que todos los pueblos y ciudades de la costa al nivel del mar tendrán que ser evacuados.

Roger Hallam, cofundador de Extinction Rebellion, cuyos actos no violentos de desobediencia civil masiva ofrecen la última y mejor oportunidad para salvarnos, lo expone en este vídeo:

 A medida que empeore la crisis climática, las restricciones políticas se endurecerán, lo que dificultará la resistencia pública. No vivimos, todavía, en el brutal estado orwelliano que aparece en el horizonte, uno donde todos los disidentes sufrirán el destino de Julian Assange. Pero este estado orwelliano no está lejos. Esto hace imperativo que actuemos ahora.

Las élites gobernantes, a pesar del colapso ecológico acelerado y tangible, nos apaciguan, ya sea con gestos sin sentido o con negación. Son los arquitectos del asesinato social.

El asesinato social, como señaló Friedrich Engels en su libro de 1845 «La condición de la clase trabajadora en Inglaterra», una de las obras más importantes de la historia social, está integrado en el sistema capitalista. Las élites gobernantes, escribe Engels, aquellas que tienen «control social y político», fueron conscientes de que las duras condiciones de vida y de trabajo durante la revolución industrial condenaban a los trabajadores a «una muerte prematura y antinatural»:

“Cuando un individuo inflige daño corporal a otro de tal manera que resulta en la muerte, lo llamamos homicidio involuntario; cuando el asaltante sabe de antemano que la herida será fatal, llamamos asesinato a su hecho. Pero cuando la sociedad coloca a cientos de proletarios en una situación tal que inevitablemente se enfrentarán a una muerte prematura y antinatural, esta muerte es de carácter violento tanto como lo es la que se produce por espada o bala; cuando priva a miles de lo necesario para la vida, los coloca en condiciones en las que no pueden vivir, los obliga, mediante el fuerte brazo de la ley, a permanecer en tales condiciones hasta que sobreviene la muerte, que es la consecuencia inevitable, sabe que estos miles de víctimas deben perecer y, sin embargo, permite que se mantengan estas condiciones, su acto es un asesinato con tanta seguridad como lo es cuando afecta a un solo individuo; asesinato disfrazado, malicioso, asesinato del que nadie puede defenderse, que no parece lo que es, porque nadie ve al asesino, porque la muerte de la víctima parece natural, ya que el delito es más de omisión que de comisión. Pero el asesinato permanece.»

La clase dominante dedica enormes recursos a enmascarar este asesinato social. Controlan la narrativa en la prensa. Falsifican la ciencia y los datos, como lo ha hecho la industria de los combustibles fósiles durante décadas. Establecieron comités, comisiones y organismos internacionales, como las cumbres climáticas de la ONU, para pretender abordar el problema. O para negar la existencia del problema.

Los científicos han advertido durante mucho tiempo que a medida que aumentan las temperaturas globales, aumentan las precipitaciones y las olas de calor en muchas partes del mundo, y con ello las enfermedades infecciosas propagadas por animales merman las poblaciones durante todo el año incluidas las de las regiones del norte. Pandemias como el VIH /SIDA, que ha matado a aproximadamente 36 millones de personas, la gripe asiática, que mató entre uno y cuatro millones, y el COVID-19, que ya ha matado a más de 2,5 millones, se propagarán por todo el mundo en cepas cada vez más virulentas, a menudo mutando más allá de nuestro control. 

El uso indebido de antibióticos en la industria cárnica, que representa el 80% de todo el uso de antibióticos, ha producido cepas de bacterias que son resistentes a los antibióticos y fatales. Una versión moderna de la Peste Negra, que en el siglo XIV provocó la muerte de entre 75 y 200 millones de personas, acabando quizás con la mitad de la población europea, es, probablemente, inevitable mientras las industrias farmacéutica y médica estén configuradas para hacer dinero en lugar de proteger y salvar vidas.

Incluso con las vacunas, carecemos de la infraestructura nacional para distribuirlas de manera eficiente porque las ganancias triunfan sobre la salud. Y los del sur global están, como de costumbre, abandonados, como si las enfermedades que los matan nunca los alcanzaran. La decisión de Israel de distribuir vacunas COVID-19 a hasta 19 países mientras se niega a vacunar a los 5 millones de palestinos que viven bajo su ocupación es emblemática de la asombrosa miopía de la élite gobernante, sin mencionar la inmoralidad.

Lo que está ocurriendo no es negligencia. No es ineptitud. No es un incumplimiento de la política. Es un asesinato. Es asesinato porque es premeditado. Es un asesinato porque las clases dominantes mundiales tomaron una decisión consciente para extinguir la vida en lugar de protegerla. Es un asesinato porque las ganancias, a pesar de las estadísticas sólidas, las crecientes alteraciones climáticas y los modelos científicos, se consideran más importantes que la vida y la supervivencia humanas.

Las élites prosperan en este sistema, siempre que sirvan a los dictados de lo que Lewis Mumford llamó la «megamáquina», la convergencia de ciencia, economía, técnica y poder político unificados en una estructura burocrática integrada cuyo único objetivo es perpetuarse. Esta estructura, señaló Mumford, es la antítesis de los «valores que mejoran la vida». Pero desafiar a la megamáquina, nombrar y condenar su deseo de muerte, es ser expulsado de su santuario interior. Hay, sin duda, algunos dentro de la megamáquina que temen al futuro, que quizás incluso están consternados por el asesinato social, pero no quieren perder su trabajo y su estatus social para convertirse en parias.

Los recursos masivos asignados a las fuerzas armadas, que cuando los costes de la Administración de Veteranos se agregan al presupuesto del Departamento de Defensa llegan a 826.000 millones de dólares al año, son el ejemplo más evidente de nuestra locura suicida, sintomática de todas las civilizaciones en decadencia que desperdician recursos en instituciones y proyectos que aceleren su declive.

El ejército estadounidense, que representa el 38% del gasto militar en todo el mundo, es incapaz de combatir la verdadera crisis. Los aviones de combate, satélites, portaaviones, flotas de buques de guerra, submarinos nucleares, misiles, tanques y vastos arsenales de armamento son inútiles contra las pandemias y la crisis climática. La máquina de guerra no hace nada para mitigar el sufrimiento humano causado por entornos degradados que enferman y envenenan a las poblaciones o hacen que la vida sea insostenible. La contaminación del aire ya mata a unos 200.000 estadounidenses al año, mientras que los niños en ciudades deterioradas como Flint, Michigan, sufren daños de por vida debido a la contaminación por plomo del agua potable.

El enjuiciamiento de guerras interminables e inútiles, que cuestan entre $ 5 y $ 7 billones, el mantenimiento de unas 800 bases militares en más de 70 países, junto con el fraude endémico, el despilfarro y la mala gestión por parte del Pentágono en un momento en que la supervivencia de la especie está en peligro, es en sí mismo una especie de juego autodestructivo. El Pentágono ha gastado más de 67.000 millones solo en un sistema de defensa de misiles balísticos que pocos creen que realmente funcionará y miles de millones más en una serie de sistemas de armas fallidos, incluido el destructor Zumwalt de 22.000 millones. Y, además de todo esto, el ejército de EE. UU. emitió 1.200 millones de toneladas métricas de emisiones de carbono entre 2001 y 2017, el doble de la producción anual de los vehículos de pasajeros del país.

Dentro de una década, veremos a la actual clase dominante mundial como la más criminal en la historia de la humanidad, condenando deliberadamente a millones y millones de personas a morir, incluidas las de esta pandemia, que empequeñecen los excesos asesinos de los asesinos del pasado, incluidos los europeos que llevaron a cabo el genocidio de los pueblos indígenas en las Américas, los nazis que exterminaron a unos 12 millones de personas, los estalinistas o la Revolución Cultural de Mao. Este es el mayor crimen contra la humanidad jamás cometido. Se está cometiendo frente a nosotros. Y, con pocas excepciones, voluntariamente nos llevan como ovejas al matadero.

No es que la mayoría de la gente tenga fe en las élites gobernantes. Saben que están siendo traicionados. Se sienten vulnerables y asustados. Entienden que su miseria no es reconocida y carece de importancia para las élites globales, que han concentrado cantidades asombrosas de riqueza y poder en las manos de una pequeña camarilla de oligarcas rapaces.

La rabia que muchos sienten por el abandono se expresa a menudo en una solidaridad envenenada. Esta solidaridad envenenada une a los marginados en torno a los crímenes de odio, el racismo, los incipientes actos de venganza contra los chivos expiatorios, el chovinismo religioso y étnico y la violencia nihilista. Fomenta cultos de crisis, como los construidos por los fascistas cristianos, y eleva a demagogos como Donald Trump.

Las divisiones sociales benefician a la clase dominante, que ha construido silos de medios que alimentan el odio empaquetado a la demografía competitiva. Cuanto mayores son los antagonismos sociales, menos tienen que temer las élites. Si quienes se apoderan de la solidaridad envenenada se vuelven numéricamente superiores (casi la mitad del electorado estadounidense rechaza a la clase dominante tradicional y abraza las teorías de la conspiración y un demagogo), las élites se adaptarán a la nueva configuración de poder, que acelerará el asesinato social.

La administración Biden no llevará a cabo las reformas económicas, políticas, sociales o ambientales que nos salvarán. La industria de los combustibles fósiles seguirá extrayendo petróleo. Las guerras no terminarán. La desigualdad social aumentará. El control gubernamental, con sus fuerzas policiales militarizadas de ocupación interna, vigilancia total y pérdida de libertades civiles, se expandirá. Nuevas pandemias, junto con sequías, incendios forestales, huracanes monstruosos, olas de calor devastadoras e inundaciones, devastarán el país, así como una población agobiada por un sistema de atención médica con fines de lucro que no está diseñado o equipado para lidiar con una crisis de salud nacional.

El mal que hace posible este asesinato social es colectivo. Es perpetrado por burócratas y tecnócratas incoloros producidos en escuelas de negocios, facultades de derecho, programas de administración y universidades de élite. Estos administradores de sistemas llevan a cabo las tareas incrementales que hacen que los vastos y complicados sistemas de explotación y muerte funcionen. Recopilan, almacenan y manipulan nuestros datos personales para los monopolios digitales y el estado de seguridad y vigilancia. Engrasan las ruedas de ExxonMobil, BP y Goldman Sachs. Escriben las leyes aprobadas por la clase política comprada y pagada. Pilotan los drones aéreos que aterrorizan a los pobres en Afganistán, Irak, Siria y Pakistán. Se benefician de las guerras interminables. Son los anunciantes corporativos, los especialistas en relaciones públicas y los expertos en televisión que inundan las ondas de radio con mentiras. Manejan los bancos. Supervisan las cárceles. Emiten los formularios. Procesan los papeles. 

Niegan cupones de alimentos y cobertura médica a unos y beneficios de desempleo a otros. Realizan los desalojos. Hacen cumplir las leyes y los reglamentos. No hacen preguntas. Viven en un vacío intelectual, un mundo de minucias embrutecedoras. Son los «hombres huecos» de T.S. Eliot, «los hombres disecados». “Forma sin forma, sombra sin color”, escribe el poeta. «Fuerza paralizada, gesto sin movimiento».

Estos hombres de la administración hicieron posible los genocidios del pasado, desde el exterminio de los nativos americanos hasta la matanza turca de los armenios, el Holocausto nazi y las liquidaciones de Stalin. Mantuvieron los trenes en funcionamiento. Completaron el papeleo. Se apoderaron de la propiedad y confiscaron las cuentas bancarias. Ellos hicieron el procesamiento. Racionaron la comida. Administraron los campos de concentración y las cámaras de gas. Hicieron cumplir la ley. Hicieron su trabajo.

Estos administradores de sistemas, sin educación en todo menos en su pequeña especialidad técnica, carecen del lenguaje y la autonomía moral para cuestionar los presupuestos o las estructuras reinantes.

Hannah Arendt en «Eichmann in Jerusalem» escribe que Adolf Eichmann estaba motivado por «una extraordinaria diligencia en velar por su progreso personal». Se unió al Partido Nazi porque fue un buen paso en su carrera. Arendt continuó:

“El problema con Eichmann era precisamente que muchos eran como él, y que muchos no eran ni pervertidos ni sádicos, eran, y siguen siendo, terriblemente y aterradoramente normales.

Cuanto más se le escuchaba, más obvio se hacía que su incapacidad para hablar estaba estrechamente relacionada con la incapacidad para pensar, es decir, pensar desde el punto de vista de otra persona. No fue posible comunicarse con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más sólida salvaguarda contra las palabras y la presencia de otros, y por lo tanto de la  realidad como tal”.

El novelista ruso Vasily Grossman en su libro “Forever Flowing” observó que “el nuevo estado no requería santos apóstoles, constructores fanáticos e inspirados, discípulos fieles y devotos. El nuevo estado ni siquiera requería sirvientes, solo empleados». Esta ignorancia metafísica alimenta el asesinato social.

No podemos absorber emocionalmente la magnitud de la catástrofe que se avecina y, por lo tanto, no actuamos.

En el documental sobre el Holocausto de Claude Lanzmann, «Shoah», se entrevista a Filip Müller, un judío checo que sobrevivió a las liquidaciones en Auschwitz como miembro del «detalle especial».

“Un día de 1943, cuando ya estaba en el Crematorio 5, llegó un tren de Bialystok. Un preso en el ‘detalle especial’ vio a una mujer en el ‘cuarto de desvestirse’ que era la esposa de un amigo suyo. Él salió directo y le dijo: ‘Vas a ser exterminada. En tres horas, serás cenizas. La mujer le creyó porque lo conocía. Corrió por todas partes y advirtió a las otras mujeres. ‘Nos van a matar. Nos van a gasear. Las madres que llevaban a sus hijos a hombros no querían oír eso. Decidieron que la mujer estaba loca. La ahuyentaron. Entonces, fue a los hombres. En vano. No es que no le creyeran. Habían oído rumores en el gueto de Bialystok o en Grodno y en otros lugares. ¿Pero quién quería escuchar eso? Cuando vio que nadie la escucharía, se rasgó toda la cara. Por desesperación. En estado de shock. Y empezó a gritar”.

¿Cómo resistimos? ¿Por qué, si este asesinato social es inevitable, como creo que lo es, no nos defendemos? ¿Por qué no ceder al cinismo y a la desesperación? ¿Por qué no retirarnos y pasar nuestras vidas intentando saciar nuestras necesidades y deseos privados? Todos somos cómplices, paralizados por la fuerza abrumadora de la megamáquina y atados a su energía destructiva por los espacios asignados dentro de su enorme maquinaria».

Sin embargo, no actuar, y esto significa llevar a cabo actos masivos y sostenidos de desobediencia civil no violenta en un intento de aplastar la megamáquina, es muerte espiritual. Es sucumbir al cinismo, el hedonismo y el entumecimiento que ha convertido en engranajes humanos a los administradores de sistemas y tecnócratas que orquestan este asesinato social. Es entregar nuestra humanidad. Es convertirse en cómplice.

Albert Camus escribe que “una de las únicas posiciones filosóficas coherentes es la revuelta. Es un enfrentamiento constante entre el hombre y su oscuridad. No es una aspiración, porque carece de esperanza. Esa revuelta es la certeza de un destino aplastante, sin la resignación que debería acompañarla”.

“Un hombre vivo puede ser esclavizado y reducido a la condición histórica de un objeto”, advierte Camus. «Pero si muere negándose a ser esclavizado, reafirma la existencia de otro tipo de naturaleza humana que se niega a ser clasificada como objeto».

La capacidad de ejercer la autonomía moral, de negarse a cooperar, de destrozar la megamáquina, nos ofrece la única posibilidad que nos queda para la libertad personal y una vida con sentido. La rebelión es su propia justificación. Erosiona, aunque de manera imperceptible, las estructuras de opresión. Sostiene las brasas de la empatía y la compasión, así como la justicia. Estas brasas no son insignificantes. Mantienen viva la capacidad de ser humanos. Mantienen viva la posibilidad, por débil que sea, de que se puedan detener las fuerzas que están orquestando nuestro asesinato social. La rebelión debe abrazarse, finalmente, no solo por lo que logrará, sino por lo que nos permitirá llegar a ser. En ese devenir encontramos esperanza."                       (Artículo escrito por Chris Hedges en Scheerpost.  , El Captor, 06/03/21)

17/2/21

La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho. No hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido. Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. ¿Cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos

 "La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho.Se alude a ella continuamente en los medios de comunicación, que tratan de esbozar la amenaza que se cierne sobre la sociedad apoyándose en declaraciones de profesionales y datos sobre el incremento del consumo de psicofármacos. 

En otro plano, alguien como Bernie Sanders ha hecho referencia a los estragos causados por el aislamiento y la ansiedad en el primer párrafo de su artículo de opinión sobre las medidas que debe tomar la Administración de Joe Biden en los primeros compases de la nueva legislatura.

 La idea de que el sufrimiento psíquico de la gente es un problema de primer orden ha conseguido desbordar los márgenes de lo clínico y de la experiencia individual, lo que ofrece la oportunidad de pensar la salud mental sin los reduccionismos a los que estamos acostumbrados. 

Que se acepte la conexión directa entre el contexto y los denominados “trastornos mentales” puede parecer algo evidente a primera vista, pero lo cierto es que no ha sido ni es la tendencia dominante en psiquiatría. La interpretación hegemónica es biologicista, lo que quiere decir que los problemas de salud mental son considerados básicamente como desajustes bioquímicos. 

Así pues, la “enfermedad mental” se presenta como una patología análoga al resto de afecciones tratadas por la medicina, una disfuncionalidad cuyo abordaje es esencialmente farmacológico. Este es el motivo por el que a la mayoría de las personas que hemos sido atendidas en consultas psiquiátricas nunca nos han preguntado por lo que estaba ocurriendo en nuestras vidas, pero sí hemos escuchado reiteradamente que debemos tomarnos los psicofármacos recetados de la misma manera que un diabético tiene que ponerse la insulina.

 Un argumento que responde más a un anhelo que a los hechos, y que ha sido refutado hasta la saciedad por pacientes, profesionales e investigadores ajenos a esta forma de simplificar la complejidad de los fenómenos mentales, pero que, aun así, sigue vigente porque concuerda con un modo de concebir la realidad que cuenta con entusiastas y poderosos defensores.

 La apología extrema de la individualización que celebra la ideología neoliberal no solo se queda en las dinámicas de consumo, la configuración del sistema productivo o el quehacer institucional, también atraviesa otros territorios menos evidentes, entre los que se encuentra el cómo se percibe y gestiona la salud mental. Hacer del sufrimiento psíquico un problema estrictamente individual responde a la lógica que gobierna el mundo. Un mundo que hoy se cae a pedazos.

 La crisis global que ha provocado el coronavirus está tensando buena parte de las contradicciones sobre las que se asienta la organización de la vida que conocemos. Son muchas las viejas verdades que ya no se podrán sostener sin caer en el ridículo. No, no hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido, no hay nada parecido a una insulina para los problemas de salud mental que nos asolan. Nunca lo hubo. 

Al igual que no existen pruebas médicas objetivas que sirvan para diagnosticar la “enfermedad mental”, solo entrevistas subjetivas, y tampoco demostración empírica alguna de que la depresión, la ansiedad o la psicosis sean causadas por desequilibrios bioquímicos (como suele decir Joanna Moncrieff, profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, no se tiene la menor idea de cómo es un cerebro químicamente equilibrado).

Si todo esto fuera así, si los diagnósticos psiquiátricos tuvieran una base fundamentalmente biológica que pudiera subsanarse con medicación, no habría tanto de qué preocuparse en la actual situación: se podría prever el crecimiento de los casos en base a una prevalencia estimada y habría una solución farmacológica ya inventada desde hace décadas para ellos. 

Pero no, el problema de la salud mental estaba antes de la covid, las consultas psiquiátricas y el consumo de psicofármacos crecían desde hacía décadas sin que se produjera un verdadero cuestionamiento social acerca de los factores que propiciaban semejante escalada. La anterior crisis económica dio numerosas pistas al respecto, pero el modelo asistencial permaneció intacto. 

Las investigaciones sobre Procesos de desahucio y salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública y Los riesgos de la crisis económica en la salud mental en España: evidencias en los centros de Primaria o el más reciente informe del Observatorio Desc sobre Emergencia habitacional, pobreza energética y salud en Barcelona son claras muestras de ello. La irrupción del virus nos acerca a toda velocidad a un horizonte que llevamos tiempo atisbando.

 Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. En el caso de las experiencias psicóticas o el diagnóstico de esquizofrenia, por ejemplo, se ha estudiado su relación con las experiencias traumáticas, la pobreza o el desempleo. Lejos de querer defender la existencia una única causa, ni tampoco descartar la influencia de la biología (lo cual sería absurdo), creo honestamente que las vidas que vivimos son lo que mejor explica nuestro sufrimiento psíquico. 

Esta perspectiva, que nada tiene de novedosa, acarrea una serie de consecuencias lógicas y políticas que la han hecho sumamente impopular en determinados ámbitos. Para empezar, apela directamente a la responsabilidad social, es decir, si el contexto que habitamos empuja a una parte más que relevante de la ciudadanía a la atención psiquiátrica, parece urgente revisar el cómo estamos viviendo. 

También saca la salud mental del campo acotado de la psiquiatría y la psicología y hace de ella una preocupación compartida, ya que deja de ser una cuestión circunscrita únicamente a los individuos y sus dolencias. Plantea, entre otras muchas cuestiones, los límites de un modelo centrado en el fármaco, pues medicalizar la existencia no ofrece una salida real a los problemas de la gente.

 Porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de que no pueden ofrecerse soluciones individuales a problemas que son colectivos si lo que se busca es la reducción significativa del sufrimiento. A la larga es insostenible. Toda alfombra tiene una cantidad limitada de mierda que puede esconder, y esta ya rebosaba.

 Desgraciadamente, este es un momento perfecto para evaluar cómo afronta esta sociedad el deterioro del bienestar mental de las personas. Padecer ansiedad, estar deprimido o incluso tener experiencias psíquicas inusuales como la disociación u oír voces en un contexto como el actual no significa tener una enfermedad, es una respuesta humana a una situación extrema de confusión, precariedad y aislamiento. 

Llegar ahora a esta conclusión no es complicado, nos basta con mirarnos a nosotros mismos y a nuestro alrededor: el juicio se bloquea con pensamientos recurrentes, la incertidumbre paraliza, algunas ideas desembocan en paranoias, cuesta dormir [inciso: mientras escribo estos párrafos he hablado por teléfono con mi madre, una estoica mujer castellana de 75 años que ha dicho: “Si esto sigue así nos vamos a volver todos locos”]. 

 Nuestro propio día a día nos hace bastante más intuitivo el pensar que los problemas de nuestra salud mental están localizados en la vida que creer que lo están el cerebro. ¿Por qué no reflexionar también sobre cómo ha podido afectar el estrés continuado o un conjunto de experiencias negativas a todas esas personas que ya tenían diagnosticados trastornos mentales antes de la pandemia? Sin duda se podrían extraer valiosas conclusiones prácticas de ello…

 Solo si vamos más allá del qué nos está pasando, de la mera constatación de que la gente está sufriendo con todo lo que sucede, podremos plantearnos qué hacer al respecto. La consigna generalizada parece ser invertir en salud mental… ¿pero en qué consiste esa inversión?, ¿más gasto farmacéutico, más personal sanitario, mayor capacidad diagnóstica, más camas en las unidades agudos? Que las plantillas de los dispositivos en salud mental están mermadas es un hecho de sobra conocido. 

Que la posibilidad de ver a un psicólogo en la sanidad pública suele ser escasa, también. Sin embargo, centrar las necesidades exclusivamente en ello parece presuponer que tenemos un modelo correcto falto de medios, algo que cualquier visita a un centro de salud mental o una planta de psiquiatría pone seriamente en cuestión. Hay que mirar a todo lo que falla antes, esa es la idea implícita en el verbo “prevenir”. Voy a poner un ejemplo concreto que quizás ayude a ilustrar lo que estoy tratando de trasmitir:

Un compañero ha sufrido dos ingresos prácticamente consecutivos durante el confinamiento, un total de ocho semanas. Uno de los detonantes, si no el principal, fue la vulnerabilidad económica, ya que sus ingresos se vieron suspendidos por la situación sanitaria y quedaba fuera de las medidas de protección social al formar parte de la llamada economía sumergida. 

Cuando le dieron el alta se le facilitó el número de teléfono del trabajador social que le correspondía por zona para que tramitara el Ingreso Mínimo Vital. Nunca nadie atendió a ese teléfono, consiguió presentar la documentación por su cuenta y casi medio año después no tiene ninguna noticia al respecto (una situación compartida por cientos de miles de ciudadanos, tal y como vienen señalando movimientos sociales y sindicatos desde hace meses).

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas,

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas, pero ¿cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? 

Yendo más allá de estrictas necesidades materiales: ¿cómo nadie te va a enseñar a lidiar con el aislamiento cuando el futuro inmediato se caracteriza por el distanciamiento social? o ¿cómo aprender a gestionar la ansiedad provocada por la inseguridad si los vaticinios fallan día tras día desde hace diez meses? Por eso, por tentador que parezca en un primer momento, pedir psicoterapeutas para todos y todas lleva a otro callejón sin salida. No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos.

 De silenciar históricamente la salud mental se ha pasado a alarmar sobre la necesidad de tenerla en cuenta (la próxima ola de estos tiempos pandémicos), hay quienes han ido más allá y han exigido recursos. De acuerdo, ahora hace falta definirlos, plasmar su traducción práctica para hacer frente a los efectos que está teniendo en la población el miedo, la pérdida, la ausencia de control sobre las propias vidas y la precarización acelerada, cuando no directamente la pobreza.

 Una perspectiva que tiene que implicar a quienes han experimentado y experimentan el sufrimiento psíquico, a quienes tienen un conocimiento directo de lo que funciona y de lo que no cuando se necesita ayuda. Y que a su vez exige romper con todos los discursos que se quedan y agotan en los síntomas y obvian la vinculación con una vida que a todas luces está funcionando mal. 

Porque invertir en salud mental supone muchísimo más que “reforzar los dispositivos de salud mental de manera que puedan hacer frente a las necesidades no atendidas y afrontar el [aumento] previsible de la demanda” (Editorial del 11 de enero de El País); es hacer políticas que combatan la desigualdad y ofrezcan un sostén efectivo a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Y a partir de ahí, avanzar.

Ya no tiene sentido seguir pensando en la locura como algo situado al margen, algo ajeno. Está demasiado presente en nuestra cotidianidad para seguir desviando la mirada. Las consecuencias psicológicas de la pandemia evidencian que el sufrimiento psíquico es un problema que debe ser afrontado colectivamente.

 Su politización conlleva exigir con carácter de urgencia los mecanismos necesarios para minimizar su magnitud e impacto, pero desde luego no se queda solo ahí. Significa trabajar por agrietar los tabúes, reconocernos vulnerables a las acometidas de la vida y trazar un camino común a partir de ese reconocimiento. Asumir, en definitiva, que la construcción de una sociedad más libre y justa es por principio un problema de salud mental."              (Fernando Balius, CTXT, 09/02/21)