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15/4/21

Los toros son un escándalo: En una sociedad que rechaza y esconde la muerte, los toros la colocan en el centro del ruedo como parte de una catarsis; en un tiempo secularizado y en que los ritos ya no tienen cabida, la liturgia de la tauromaquia incomoda. Los toros, además, enfrentan al héroe clásico (el que va a la muerte y regresa de ella) con los héroes de ocasión que proliferan en una sociedad que confunde ídolos con impostores

 "Que a Rubén Amón se le da bien irritar a fundamentalistas, provengan de donde provengan, es algo que el periodista y escritor pone a prueba a diario. En esta ocasión reincide con El fin de la fiesta (Debate), un ensayo en el que, aun hablando sobre tauromaquia, Amón no se limita a los tendidos, pues amplía el foco hacia los temas centrales de la cultura y la sociedad contemporánea, que rechaza todo lo que torear (y ver torear) supone.

El sello dirigido por Miguel Aguilar perfila cada vez con más claridad un catálogo que hace honor a su nombre, porque mira la realidad de manera diagonal y, por tanto, mira mejor. Ya lo han demostrado libros como el que dedicó Edu Galán a Woody Allen, Soto Ivars al linchamiento en las redes sociales y al tabú en la sociedad occidental y ahora Rubén Amón, quien reflexiona sobre los toros sin beaterías ni buenismos, sino con matices y argumentos para relativizar la simplificación deliberada a la que han sido sometidos. Si los diestros se encierran con seis astados, Amón ha hecho lo propio en este libro.

 “Los toros son un escándalo. Eso conviene reconocerlo y hasta celebrarlo”, escribe Amón en los primeros folios. ¿Por qué lo dice? ¿Cuál es el motivo por el cual irritan e incomodan a determinados sectores? Eso es lo que pretende el ensayo: identificar los principales argumentos de un catecismo de utilería. El fin de la fiesta no alude ni vaticina la extinción de la tauromaquia: reflexiona sobre los malentendidos políticos, ideológicos, históricos, identitarios y hasta ecológicos que se le han atribuido de manera interesada.

 En una sociedad que rechaza y esconde la muerte, los toros la colocan en el centro del ruedo como parte de una catarsis; en un tiempo secularizado y en que los ritos ya no tienen cabida, la liturgia de la tauromaquia incomoda. Los toros, además, enfrentan al héroe clásico (el que va a la muerte y regresa de ella) con los héroes de ocasión que proliferan en una sociedad que confunde ídolos con impostores. Amón también arroja luz sobre los toros como hecho masculino en un tiempo en el que tal cosa como la masculinidad es percibida, también, con aprensión. Después de leer El fin de la fiesta, resulta pertinente llamar por teléfono a su autor, no ya tanto para entrevistar como para desentrañar la razón de ser de este libro: “No necesito ningún pretexto, excusa ni coartada para defender los toros en su esencia. A mí los toros me convencen en sus ausencias”.

 Rubén Amón cultiva diversas sensibilidades. Tiene publicados más de diez ensayos sobre ópera, fútbol, arte y política, también biografías de personajes icónicos y hasta un bestiario. A la tauromaquia ha dedicado, además de tertulias, crónicas y columnas, el perfil Pasa un torero: Curro Vázquez desde dentro. Conoce los toros muy de cerca como aficionado, crítico y periodista. Por eso es capaz de reflexionar sobre ellos al tiempo que los describe. No es la primera vez que Amón acomete esta empresa. Desde hace tres años años, en Toros (Movistar), dirige y presenta Desolladero, un programa que aborda los debates culturales y sociales presentes en la tauromaquia. Ahí ha reunido a escritores, artistas, intelectuales, periodistas, filósofos y toreros. Amón comprende la excepcionalidad de los toros, porque va más allá de la glosa del ramillete de verónicas y amplifica sus contradicciones, incluida la capacidad de la tauromaquia para propiciar su propio sabotaje.

 La pandemia sorprende al mundo taurino con la guardia baja, las plazas cerradas, las cuadrillas sin trabajo y los ganaderos arruinados. “Quienes formaban parte acabaron creyéndose inmortales y no se dieron cuenta de que podrían dejar de serlo”. Por eso Rubén Amón aprovecha para ofrecer “un retrato de la sociedad, sus contradicciones y falsas certezas. El toro se las descubre todas”, asegura en esta conversación y desarrolla en las páginas de su ensayo. “La sociedad vive un proceso extremo de secularización, y no hay más que ver cómo se han profanado los espacios litúrgicos: el parlamento es el más evidente, o el rechazo que provoca la monarquía en su ámbito vital, y eso se debe a una idea confusa de la igualdad, que tiene que ver con los derechos pero no la uniformidad”.

Desde el primer capítulo, Amón habla de la relación de los toros y la política: desde la aparición del toreo de a pie entre el XVIII y XIX como una forma de descabalgar a los señoritos (entonces sólo se toreaba a caballo) hasta la politización que llevó al nacionalismo catalán a acorralar y estigmatizar la tauromaquia. Los toros son algo más que España. Son el Mediterráneo e Iberoamérica (Andrés Roca Rey es el torero más importante del escalafón), y también Francia, el primer país que declaró la tauromaquia patrimonio universal inmaterial y en la actualidad aglutina y propicia. En geopolítica de la tauromaquia hay mucha tela que cortar.

 El uso torticero que ha hecho la izquierda de la tauromaquia es igual de dañino que el usufructo ideológico de la derecha. Tampoco el animalismo ha escapado a su propio lodazal. “El movimiento antitaurino debería sentirse inquietado por los mediadores políticos que materializan las iniciativas prohibicionistas. Tanto influye la ferocidad identitaria de Esquerra Republicana como el populismo del expresidente Correa en Ecuador y la pujanza paternalista de Pablo Iglesias”, escribe Amón, quien no escatima argumentos contra el uso oportunista que han hecho de la tauromaquia en partidos como Vox. Porque los de Abascal no buscan defender la tauromaquia, sino sacarle provecho a su favor.

 Este libro es una bomba de relojería en tiempos de Valtònyc, porque si de libertad de expresión se trata, la tauromaquia enfrenta cada vez más obstáculos. Pero hay más que eso, porque Amón opone el cosmopolitismo de la tauromaquia contemporánea al uso nacionalista y vernáculo que pretenden atribuirle desde los independentistas y nacionalistas recalcitrantes hasta Pablo Casado o Santiago Abascal. El fin de la fiesta deja al descubierto incluso la ausencia de un partido animalista capaz de defender sus argumentos en un parlamento y con su propia agenda. “La tauromaquia, insiste, no puede defenderse desde la economía ni puede condenarse desde la candidez franciscana (…) pero el debate corre el peligro de arrinconar a los toros en un terreno de disputa entre la derecha proteccionista —el mal— y la izquierda abolicionista —el bien—, cuando son los toros una expresión cultural, vanguardista, que escandaliza  a la sociedad sin discriminaciones porque expone todos los tabúes y amenaza todas las convenciones”.

 Este ensayo es complejo como el tema que aborda. Está escrito con acierto, precisión y un aventajado sentido de la ironía. No es un secreto que en nombre de la tauromaquia, como de la poesía, se han perpetrado toda clase de tropelías que Rubén Amón se ahorra y nos ahorra. En tiempos de escándalo, agravio y adanismo —el Prado y las violaciones, por ejemplo—, así como de reescritura de la historia, estas páginas son, en sí mismas, una celebración del viejo y abolido acto de pensar."      (Karina Sainz Borgo, Zenda, 09/04/21)

2/6/11

"Ese momento absolutamente mágico... cuando surge la unión entre el toro, el torero y la plaza"

"La tauromaquia es otro regalo que me hizo la fotografía. No creo haber visto ni ser capaz de asistir a una corrida sin tener una cámara delante de los ojos. Si lo hiciera, seguiría buscando el encuadre, desesperándome por no poder capar ese momento absolutamente mágico que todo aficionado a los toros busca volver a vivir, esta emoción que te transporta cuando surge la unión entre el toro, el torero y la plaza. Me emociona tanto la tauromaquia que recordando estos momentos con gente que siente como yo, me emociono de nuevo.

Confieso que mi pasión por la tauromaquia me llegó de mi pasión por la danza, un tema que me ha gustado retratar desde mis inicios en la fotografía. En el 92 y durante una serie de años, me convertí en una habitual de las plazas. Lo que primero me atrajo fue la sensualidad, la belleza, el juego de seducción y baile entre torero y toro.

El torero tiene una forma muy peculiar de mirar al toro. Veo en ella la mezcla de seducción, dominación y abandono que observo en la mirada del amante. A medida que me fui metiendo, descubrí que lo que sucedía en el ruedo era el retrato de lo que somos los españoles, de cómo amamos, de nuestro vínculo con la muerte, de cómo nos gusta bailar a la vida.

He tenido la suerte de fotografiar dos generaciones de toreros. De la primera, no olvidaré nunca tres corridas con José Mari Manzanares, Joselito y Julio Aparicio en las que pude experimentar ese éxtasis que engancha tanto. La suerte que más me gusta es la capa y me fascinaba cómo Joselito acariciaba el capote.

Trabajando con la generación joven, con toreros como el Juli, José María Manzanares hijo, Morante de la Puebla o Cayetano, mides todo lo que hemos cambiado los españoles en estas dos décadas. Hoy, la tauromaquia conserva su misterio pero es más libre, más innovadora, más creativa.

Un bailarín nace y muere bailarín. Más de una vez me ha pasada preguntar "¿Tú has bailado, verdad?" y comprobar mi teoría. Al torero, le pasa igual. Más allá de la planta, les delata su generosidad, su peculiar forma de pensar y ver la vida.

Hace un año, estuve con Esplá. Me encantó verle fuera de la plaza. Está prácticamente retirado y cuando estuve con él se dedicaba a investigar la nada. Sin duda, un buen tema para un torero. El traje de luces, no se lo pueden quitar, está siempre con ellos. O por lo menos, así lo siento.

Para mí, la tauromaquia es ambigua. Te cuenta una historia u otra según cómo la mires. El toro lo veo como este minotauro mítico, digno y majestuoso. Si yo fuera toro, preferiría mil veces ser toro de lidia y morir en la plaza que en un matadero.

Me parecería un crimen que una fiesta tan propia de nuestros signos de identidad y nuestra cultura desaparezca. Hay que luchar por ella." (ISABEL MUÑOZ: Retrato de la tauromaquia. El País, 24/05/2011)

El novillero mexicano Sergio Flores durante una de sus faenas de muleta

"Un francés, un mexicano y un español.

¿Saben aquel de un francés, un mexicano y un español que lidiaron una preciosa novillada de cinco pelajes diferentes -negros primero y último; colorado el segundo, jabonero el tercero, castaño el cuarto y negro chorreado el quinto- y juego desigual, y que, sin cortar orejas, salieron de la plaza pero con la dignidad de haber estado a la altura de la exigente tarde? ¿Saben aquel de un francés, un mexicano y un español que lidiaron una preciosa novillada de cinco pelajes diferentes -negros primero y último; colorado el segundo, jabonero el tercero, castaño el cuarto y negro chorreado el quinto- y juego desigual, y que, sin cortar orejas, salieron de la plaza pero con la dignidad de haber estado a la altura de la exigente tarde?" (El País, 24/05/2011, p. 45)

3/6/09

a los toreros les vuela el cuerpo

"los toreros no tienen cuerpo. Juan Belmonte decía que hay que torear librándose del cuerpo, que es el sustento del espíritu, pero el que manda es el espíritu; tiempo después, sería Curro Romero quien cerraría el círculo filosófico: "Cuanto más asentadas están las plantas de los pies, más se siente la sensación de que te vuela el cuerpo" (Antonio Lorca: Los misterios de José Tomás. El País Semanal, 31/05/2009, p. 62/7)

2/6/09

Filosofía del samurai, aplicada por un apoderado taurino

"El descubridor y primer apoderado de José Tomás, Antonio Corbacho, ha estado convencido siempre del paralelismo existente entre la filosofía de vida de los guerreros samuráis y los toreros. Cree firmemente en el bushido, el arte de la estrategia, el camino del guerrero, el código que enseña al samurái a tener una visión positiva de la realidad y no mostrar temor a nada, ni siquiera a la muerte.

Cuando Tomás no era más que un adolescente, Corbacho le infundió el culto por la figura del samurái, los señores de la guerra que buscan la felicidad de forma completa, plena y maravillosa, idealizan el honor, creen que el valor heroico no es ciego, sino inteligente y fuerte, y rinden absoluta fidelidad al emperador.

Así, el incipiente aspirante a torero creó su propio código ético, su propio bushido, en el que el emperador es el toro, al que venera y respeta como contrario, aunque en ello le vaya la vida.

"Éste es el concepto que yo he intentado transmitir: que amando mucho la vida, la desprecie, si hace falta, ante el toro", decía hace unos años Antonio Corbacho, quien hoy prefiere guardar un comprensible silencio sobre el torero y dedicarse por completo a otro "samurái", Alejandro Talavante, cuya carrera dirige." (Antonio Lorca: Los misterios de José Tomás. El País Semanal, 31/05/2009, p. 62/7)

24/6/08

El vencerse a sí mismo del torero, es una promesa para nuestra propia libertad

“José Tomás es un gran torero; discutido por su genialidad, y porque ha recuperado la esencia de la fiesta. Un torero antiguo, heroico, que atropella, a veces, la razón en función del triunfo. Pero le ha devuelto la vida a los toros. Por eso, todos hablan de él; todos quieren verlo en la plaza y las opiniones se dividen. Tampoco los expertos se ponen de acuerdo. Todos reconocen su valor y su calidad como torero, pero...

"A mí lo que me extraña es que se elogie a un torero porque lo coja el toro, cuando creo que la gracia consiste en lo contrario; es verdad que dicen que José Tomás se coloca en un sitio imposible, y hay que reconocer que su reaparición ha tenido un efecto revitalizador para la fiesta, pero a mí me gustaban Antonio Ordóñez y Curro Romero, y no los legionarios". Así de contundente se expresa el filósofo Fernando Savater, que, a pesar de ser aficionado, hace 10 años que no acude a una plaza. (…)

Considera el cirujano taurino que la histeria colectiva que se crea en la plaza perjudica a los demás toreros, y ofrece algunos "secretos" de la enfermería: "Tomás demuestra una gran frialdad; parece como si considerara normal las heridas y se comporta con una sorprendente estoicidad. Llegó a la camilla con 70 pulsaciones, como si tal cosa, y aseguró que no le dolía nada. ¿Miedo? No lo sé, pero no lo manifiesta. Está deseando volver al toro. Y la verdad es que te deja pasmado. Todos los toreros están hechos de otra pasta, pero éste se lleva la palma".

Entonces, es un loco que no conoce el miedo. Un temerario que pretende inmolarse para ofrecer carnaza a una muchedumbre que lo sigue para verlo morir, aunque no sea ésa su intención. Eso es lo que opinan muchos. Pero no es ése el diagnóstico de Jaime Rodríguez Sacristán, catedrático de Psiquiatría Infantil. "Creo que se le está tratando de forma poco respetuosa. Me molesta como profesional que se diga que es un suicida, que no tiene apego a la vida, que se va a morir pronto... Mi opinión, con los escasos datos que poseo, es que se trata de un hombre con una vida afectiva normal y muy celoso de su intimidad, lo cual me parece muy bien. No veo en él ningún rasgo de anomalía. ¿Que es valiente? Si discutimos la valentía en el toreo ponemos en cuestión el toreo mismo, porque es indisociable a éste. José Tomás no da muestra alguna de locura, de inconsciencia o temeridad patológica; más bien, creo que es su manera de entender el toreo. Y seguro que tiene miedo, porque esa forma de angustia como reacción a una amenaza es consustancial al ser humano".

Quien parece tenerlo claro es su actual apoderado, Salvador Boix, que rige su destino profesional desde que reapareciera en Barcelona hace ahora un año. Boix ha vivido con el torero la gloria y el drama; quizá, por eso, es tan contundente. "José es un torero, exclusivamente. Ni ha inventado arrimarse, ni la vergüenza torera. Lo que se vio en Las Ventas lleva sucediendo hace mucho tiempo y, desde luego, no lo ha descubierto Tomás. Por eso, la polémica me parece poco reflexiva. Lo que ocurre es que es un torero con mayúsculas, que se juega la vida para torear a todos los toros según sus condiciones. Los toros cogen cuando uno se arrima, y José no da un paso atrás porque tiene que darlo todo para responder a la expectación que despierta. Estoy convencido de que es un torero grandioso, el más honrado de la historia. ¿Que si pasa miedo? Pues, claro. Pasa mucho porque es de carne y hueso; pero practica un valor que puede llegar a molestar porque es fruto de un sentido de la ética. El respeto al toro y al público le hacen superar el miedo. José Tomás no sale a morir, sino a alcanzar la perfección. Ése, y no otro, es su gran mérito". (…)

Más crítico es Andrés Amorós, catedrático de Literatura Española y reconocido escritor taurino: "Sabe torear, pero se ha convertido en un mito, y eso dificulta el análisis sereno. No le hacen ningún favor los elogios desmesurados que de él se están escribiendo. Tampoco es bueno para su toreo la permanente fijación como modelo en Manolete. Su gran valor merece todo el respeto; más discutible es su técnica: todos los grandes toreros de la historia han podido sufrir más de una cornada a lo largo de la temporada, pero ninguno de ellos -salvo en su etapa de aprendizaje- sufría revolcones cada tarde". (…)

"El ser humano tiene objetivos no siempre determinados por el imperativo de la subsistencia. Venciéndose a sí mismo, José Tomás no sólo conquista su libertad, sino que consigue ser visto por los demás como promesa de libertad propia", dice, a modo de conclusión, Víctor Gómez Pin, catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.” (El País, ed. Galicia, Sociedad, 21/06/2008, p. 38/9)