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11/1/24

El capitalismo verde es una estafa... la droga de hoy es el culto al capitalismo verde... Sólo el marxismo puede salvar el planeta... Marx abogó por el concepto de "bienes comunes" (igualdad de condiciones económicas) para dirigir una tercera vía entre los extremos del neoliberalismo al estilo estadounidense y la nacionalización al estilo soviético. La idea es que ciertos bienes públicos -como el agua, la electricidad, la vivienda, la sanidad y la educación- deben ser gestionados y compartidos por todos los miembros de la sociedad, independientemente de los mercados. Lo importante es que, frente al monopolio administrativo de capitalistas o burócratas socialistas, todos los afectados participen en la toma de decisiones y gestionen democráticamente la mancomunidad. Esto dista mucho de ser una forma de maoísmo climático verticalista, sino un movimiento de base que desafía el poder del capital (Kohei Saito)

 "Si la religión era el opio de las masas en tiempos de Karl Marx, la droga de hoy es el culto al capitalismo verde. Se ha engañado a Occidente haciéndole creer que una combinación de tecnologías verdes futuristas y crecimiento ecológico salvará a la humanidad de la crisis climática. Mientras comamos nuestros tallos de brócoli y rechacemos las bolsas de plástico, podremos seguir haciendo la vista gorda ante la verdad: que la causa fundamental del cambio climático es el capitalismo, y que nuestro actual modo de vida no sólo conducirá al colapso ecológico, sino que al hacerlo explotará la mano de obra y la tierra del empobrecido Sur Global.

Y, sin embargo, en lugar de despertar al hecho de que el capitalismo verde es un mito, los líderes occidentales están redoblando sus compromisos con el crecimiento verde. Desde el presidente Joe Biden hasta el ex ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis y el líder laborista británico Keir Starmer, figuras públicas tanto en Europa como en Estados Unidos han sucumbido a los cantos de sirena de un Green New Deal: un milagroso programa de inversión en energías renovables y coches eléctricos que supuestamente impulsará la transición hacia una economía verde sostenible.

 El problema es que ni siquiera el Green New Deal más radical alcanzará nunca sus objetivos. Al fin y al cabo, una revolución verde requerirá no sólo una transición a los vehículos eléctricos, los aviones de hidrógeno y las energías renovables, sino una revisión completa de nuestro mundo material. Todos y cada uno de los recursos de los que dependemos -desde la maquinaria agrícola y los fertilizantes químicos hasta el hierro y el cemento para la construcción- tendrán que ser sustituidos por una versión más nueva y ecológica. Así pues, cualquier Nuevo Pacto Verde viable sólo reducirá las emisiones de dióxido de carbono en relación con el PIB, no de forma absoluta, antes de 2050. En otras palabras, los niveles de dióxido de carbono seguirán aumentando, aunque a un ritmo más lento.

 Sin embargo, la visión de un New Deal ecológico es seductora, en parte porque nos permite continuar con nuestro frenesí consumista sin preocuparnos por el medio ambiente -lo único que tenemos que hacer para aliviar nuestra culpa es comprar un Tesla- y en parte porque se ha aclamado como una solución milagrosa a la desigualdad económica. El sueño es que una transición ecológica creará empleos más estables y mejor remunerados para la clase trabajadora, especialmente en los antiguos centros industriales de América y Europa. Sin embargo, los más pobres del mundo pagarán el precio del auge del empleo en Occidente. El 10% más rico del mundo -en su mayoría en el Norte Global- ya es responsable de la mitad de las emisiones mundiales, aunque la mitad más pobre será la primera en sufrir los efectos del cambio climático. Un Nuevo Pacto Verde trasladará aún más la carga al Sur Global. No es una solución deseable para la pobreza mundial.

 Por ejemplo, los vehículos eléctricos. Sus baterías de iones de litio se fabrican con metales raros encontrados en el salar de Atacama (Chile). Sin embargo, la extracción de litio requiere mucha agua: una sola empresa puede extraer 1.700 litros de agua subterránea por segundo. Esto ya está afectando a la ecología del país, donde la población no tiene acceso a agua potable. Otro metal crucial es el cobalto, del que casi el 60% del suministro mundial se extrae en la República Democrática del Congo, una de las naciones más pobres de África. En las minas de cobalto congoleñas trabajan unos 40.000 niños, algunos de apenas seis o siete años, algunos de los cuales han sido enterrados vivos en los túneles. Sin embargo, mientras Occidente no vea estas explotaciones neocoloniales, tampoco las tendrá en cuenta: Las naciones occidentales siguen saqueando el Sur Global con el pretexto de hacer sostenible el capitalismo.

 Algunos tecnooptimistas creen que las fantásticas tecnologías de captura de carbono, aún por inventar, resolverán el problema del cambio climático. Sin embargo, estas Tecnologías de Emisiones Negativas (NET) podrían infligir aún más daño al medio ambiente y al Sur Global. El modelo líder, la Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono (BECCS), requeriría tierras de cultivo del doble del tamaño de la India para producir suficiente energía de biomasa para mantener bajas las emisiones de carbono. ¿Robaremos estas tierras a los indios o brasileños que las necesitan para cultivar alimentos? ¿O simplemente talaremos más selva amazónica? Mientras tanto, la tecnología también requeriría una enorme cantidad de agua: 400 millones de toneladas métricas para producir electricidad suficiente para abastecer a Estados Unidos durante un año. E incluso si eso fuera posible, hay muchas posibilidades de que el dióxido de carbono almacenado bajo la superficie de la Tierra acabe filtrándose de nuevo al exterior. Para entonces, será demasiado tarde para encontrar una solución mejor.

 En efecto, un New Deal verde no haría más que trasladar el trabajo sucio de la extracción de recursos a las periferias mundiales, como lleva haciendo el capitalismo desde hace siglos. Ya a mediados del siglo XIX, Marx se dio cuenta de que el capitalismo tenía la habilidad de hacer invisibles sus efectos nocivos desplazándolos a otro lugar. Reconoció tres tipos de desplazamiento: tecnológico, espacial y temporal, todos ellos vulnerables al colapso. Y ninguno de ellos es un buen augurio para el Green New Deal. La primera idea, que el avance tecnológico puede superar la crisis medioambiental, hemos demostrado que es una fantasía tecnooptimista. La segunda, que podemos exportar nuestros problemas medioambientales y sociales al Sur Global, es una forma cruel de imperialismo ecológico. Y la tercera, que podemos descargar nuestros problemas sobre las generaciones futuras, es el epítome de la locura y el egoísmo humanos.

 Pero si el capitalismo verde no es la solución, ¿cuál es? Creo que la respuesta se encuentra en los últimos escritos de Marx, muchos de ellos inéditos. Lo que mucha gente no sabe, incluidos los de izquierdas, es que Marx experimentó un drástico cambio teórico hacia el final de su vida, cuando por fin se dio cuenta de que el progreso tecnológico y el productivismo, lejos de ser fuerzas para el bien común, estaban de hecho destruyendo la Tierra. En los cinco años que precedieron a su muerte, en 1883, Marx se dedicó a estudiar las ciencias naturales y llegó a la conclusión de que el afán del capitalismo por acumular valor altera la relación metabólica entre el ser humano y la naturaleza, creando una "ruptura irreparable" a escala mundial. A partir de entonces, abogó por un comunismo que pusiera fin a la explotación de los trabajadores y del planeta por parte del capitalismo y que devolviera a la producción su sincronía con los ciclos más lentos de la naturaleza.

 Aunque Marx murió antes de poder exponer su manifiesto comunista de decrecimiento en una sola obra parecida a El Capital, su visión puede conjurarse a partir de sus críticas ecológicas dispersas del capitalismo. El capitalismo, escribió, perturbaba "la interacción metabólica entre el hombre y la tierra"; obstaculizaba "el funcionamiento de la eterna condición natural para la fertilidad duradera del suelo". Casi siglo y medio después, es hora de que hagamos caso a sus advertencias.

 Por supuesto, no estoy sugiriendo un retorno al oscuro comunismo de la Unión Soviética o de la China del siglo XX, donde los modos de producción fueron nacionalizados por Estados tiránicos de partido único. Marx nunca abogó por esta forma de comunismo. En su lugar, deberíamos basarnos en su concepto de "bienes comunes" (igualdad de condiciones económicas) para dirigir una tercera vía entre los extremos del neoliberalismo al estilo estadounidense y la nacionalización al estilo soviético. La idea es que ciertos bienes públicos -como el agua, la electricidad, la vivienda, la sanidad y la educación- deben ser gestionados y compartidos por todos los miembros de la sociedad, independientemente de los mercados. Lo importante es que, frente al monopolio administrativo de capitalistas o burócratas socialistas, todos los afectados participen en la toma de decisiones y gestionen democráticamente la mancomunidad. Esto dista mucho de ser una forma de maoísmo climático verticalista, sino un movimiento de base que desafía el poder del capital.

 Una vez que el poder ha pasado a manos del pueblo, ¿cómo podemos empezar a frenar la economía? Podemos empezar por releer El Capital de Marx desde la óptica del decrecimiento. En primer lugar, debemos pasar, como nos indicó Marx, de una economía basada en el valor de la mercancía a otra basada en la utilidad social (o valor de uso). Debemos dar prioridad a la producción de bienes que son necesarios para responder a la crisis climática, en lugar de bienes de lujo deseables que son inútiles y ecológicamente destructivos. Una vez que dejemos de producir tanta basura sin sentido, podremos empezar a reducir las horas de trabajo en general, así como deshacernos de los "trabajos de mierda" -como la banca de inversión, el marketing y la consultoría- cuyo único propósito es ganar dinero. Otras extravagancias capitalistas, como la entrega en el mismo día y los supermercados 24 horas, también serían eliminadas. Liberar así a la gente de la esclavitud asalariada no sólo ayudará al medio ambiente, sino que también mejorará la vida de las personas, al permitirles dedicar más tiempo al cuidado de los niños, la educación y el ocio. En este nuevo sistema, la satisfacción de las necesidades materiales y la mejora de la calidad de vida se convertirán en una medida mucho más importante que el PIB.

 Además, deberíamos hacer caso al llamamiento de Marx para que el trabajo vuelva a ser creativo y "atractivo", aboliendo la fastidiosa división del trabajo que condena a los empleados a un trabajo repetitivo e inhumano. En un mundo ideal, el tiempo que pasamos en el trabajo debería ser satisfactorio, no tortuoso: los trabajadores deberían tener la oportunidad de convertirse en maestros de la industria y rotar entre tareas, aunque eso signifique que su trabajo sea menos productivo. Al mismo tiempo, deberíamos valorar más el trabajo emocional, como el trabajo de cuidados. Aunque este trabajo intensivo es crucial para el funcionamiento de la sociedad, tampoco es económicamente productivo y, por tanto, está infravalorado en un sistema capitalista. Ayudar a un niño o a un anciano a comer, beber o asearse no aumenta el PIB, pero es un acto de servicio profundamente humano. De hecho, desacelerar nuestra economía de esta manera no sólo salvará el planeta, sino que también hará que nuestras vidas sean más ricas, más significativas y más humanas. La frase "buen vivir", originaria de los pueblos indígenas de Ecuador y utilizada ahora por los izquierdistas de todo el mundo, nos recuerda que debemos seguir desafiando el corrupto sistema de valores del capitalismo occidental.

 En última instancia, lo único que falta es voluntad política. No podemos resolver un problema creado por el capitalismo mientras seguimos preservando el capitalismo. Y aunque derrocar al capitalismo y a la élite del 1% que lo controla será difícil, no es imposible. Según la politóloga de Harvard Erica Chenoweth, todo lo que se necesita para lograr un cambio político importante es el apoyo no violento del 3,5% de la población: el resto le seguirá. Esto es todo lo que necesitó la "Revolución del Poder Popular" para derrocar al régimen de Marcos en Filipinas en 1984, y para iniciar la "Revolución de las Rosas" de 2003 en Georgia, que culminó con la dimisión del entonces Presidente Eduard Shevardnadze. Sin duda, ya hay suficientes personas en Occidente que se preocupan por el destino del planeta como para encender una rebelión."                      

(Kohei Saito, profesor asociado de filosofía en la Universidad de Tokio. UnHerd, 09/01/24; traducción DEEPL)

22/5/23

Solidaridad racional: un nuevo modelo para la revolución ecológica y social en África... Se ha descuidado el campo; se ha preferido la ciudad en nombre de la estabilidad política y del progreso sin campesinos. Están explotando; ya no pueden más... pero en África la modernidad destructiva sigue, afortunadamente, rezagada y las prácticas sociales y los imaginarios colectivos han resistido, en parte, a la mercantilización de las relaciones humanas... En África, existen algunas fuerzas endógenas para que se desarrollen nuevos impulsos, que denominé bienes comunes o procomunes, que ponen en acción los diferentes niveles de subsidiariedad democrática adaptados a cada una de las cuestiones. Son bienes comunes que hay que promover entre el mercado, ineficiente, y el Estado, demasiado débil, arrasado por el ajuste estructural, fracasado por su captura y dependencia de los intereses de las multinacionales y de las grandes potencias... Esta solidaridad local podría utilizarse en el marco de una democracia ascendente comprometida con la inclusión de las personas y la reproducibilidad de las prácticas locales

 "Una constatación: los campesinos olvidados

África se encuentra en una encrucijada: no habrá desarrollo económico ni revolución ecológica sin políticas sociales proactivas que aumenten el bienestar de las personas. De lo contrario, experimentaremos una lenta o rápida progresión hacia el caos, mucho más allá de las fronteras de África. La tan necesaria revolución ecológica -puesto que se trata, efectivamente, de una revolución ecológica- no tendrá lugar sin justicia social en África ni en cualquier otra parte.

Los más desfavorecidos son, de hecho, los más vulnerables al cambio climático, aunque sean los menos responsables del mismo porque no disponen de recursos para adaptarse a él.

Los campesinos del África subsahariana están entre los primeros afectados por el cambio climático, que afecta sobre todo a la actividad del suelo: según el INRAE, el calentamiento global ya ha reducido su productividad en un 20% desde 1980, sobre todo en los trópicos, donde las condiciones son más extremas y el suelo más frágil. Estamos hablando de tres cuartas partes de las mujeres agricultoras y campesinas más numerosas, que en el África subsahariana siguen produciendo casi el 80% de lo que consumimos.

África es, por tanto, una de las regiones donde se acumulan los retos: la población volverá a duplicarse dentro de 25 años, es decir, en 2050, a pesar de la transición demográfica que se está produciendo en todas partes y a pesar de los esfuerzos de adaptación que han conducido, en parte, a una mejora de técnicas -de agroquímica, pero, también, de agricultura y ganadería- que ha permitido multiplicar la población desde 1960 y, en gran medida, una extensión de cultivos.

 Este deterioro de la productividad y de la fertilidad en los últimos 40 años ha llegado al límite de lo soportable para el campesinado africano, para los olvidados. Se ha descuidado el campo; se ha preferido la ciudad en nombre de la estabilidad política y del progreso sin campesinos. Están explotando; ya no pueden contener nada más.

 Para los que se quedaron atrás, cuyo número no puede sino crecer, el futuro sólo estará hecho de, en primer lugar, migraciones hacia el exterior del continente -ya han ocurrido migraciones internas hacia las ciudades o a los países más ricos-, hasta ahora, contenidas lo mejor posible, y, segundo lugar, de conflictos por los recursos que se vuelven conflictos «interétnicos», regionales e intercontinentales -terrorismo; ya surgieron entre agricultores y ganaderos o entre rivales por las minas-.

Peor aún: somos testigos de un aumento del resentimiento y de los repliegues identitarios reconfortantes a nivel psicológico -degenerados del mismo modo y surfeando sobre populismos instrumentalizados- que son, paradójicamente, la otra cara de la ausencia de futuro y de la exigencia de una vida mejor.

Los jóvenes, que no vivieron la independencia africana de los años sesenta, sino regímenes políticos tan largos como autoritarios, se rebelan ahora, tanto en las ciudades como en el campo. Si se rompe el impulso democrático y si, al final, no se brindan respuestas concretas, esto amenazará los inestables equilibrios dinámicos de la geopolítica continental e irá mucho más allá de eso.

También, estamos convencidos de que no hay una oposición necesariamente ni, siquiera, incompatibilidad, sino que, incluso, existe complementariedad entre los dos ejes de políticas públicas. Esto es particularmente cierto en África, donde la modernidad destructiva sigue, afortunadamente, rezagada y donde las prácticas sociales y los imaginarios colectivos se han resistido, en parte, a la mercantilización de las relaciones humanas, que alcanzó su apogeo, desde 1980, con el neoliberalismo y el declive de las grandes ideologías y utopías colectivas.

El fracaso de las políticas de desarrollo

Volvamos a las ciudades y a los fracasos del «desarrollo» que no pueden superarse, ahora, en el estado de extrema debilidad y fragilidad de las economías, agriculturas e instituciones africanas. Pensemos en los pequeños empleos informales saturados; empleos industriales inexistentes; ingresos de renta captados por las élites políticas y una clase administrativa que comparte cada vez menos con la población rural empobrecida de la que procede.

En efecto, la extraversión de las economías y la depredación de los recursos continuaron bajo la independencia a pesar de los intentos, con frecuencia, cortados de raíz por Occidente del puñado de ejecutivos africanos formados en la época y, luego, gracias a un nuevo orden económico mundial que, con el pretexto de una teoría económica perfecta e insuperable, aumentó la apertura comercial y mató cualquier voluntad de desarrollo endógeno, sin garantizar ninguna posición satélite habitable. Se cultivaron, a escala mundial, no sólo un materialismo sin límites, sino, también, la codicia como principio de inteligencia social.

Las teorías favorables a la liberalización de los flujos dejaron sin embargo en la sombra la libre circulación de las personas. Este impensado fue gestionado a posteriori por los países occidentales en el marco de una política de «cada quien por su cuenta» en África; no dudaron en apoyar regímenes autoritarios -gendarmes de los flujos anticipadamente-. A modo de comparación, recordemos que no menos de 60 millones de europeos emigraron entre 1850 y 1930 para regular las fracturas provocadas por la industrialización y la progresión demográfica…

Un método que hay que recuperar: provocar la solidaridad a través de los bienes comunes

¿Qué futuro, y más aún, qué revolución ecológica, qué «progreso económico y social», qué protección del medio ambiente pueden preverse para el continente cuando África ya no puede cubrirse con 2.000 millones de tractores, coches y aparatos de aire acondicionado, y cuando se acelera el empobrecimiento de la población, sobre todo de los campesinos -sin acceso al agua, sin retretes, sin electricidad, sin motorización y tampoco sin industria-?

Dar respuestas, desde el nivel local hasta el internacional, a los grandes problemas que amenazan, hoy, la supervivencia de las poblaciones y la paz mundial, y por lo tanto, a la comunidad humana, que ya no está ciega, pero que puede ser engañada: todo se sabe en Internet y la miseria se hace insoportable para los que no tienen nada en comparación con los que lo tienen, o parecen tenerlo, todo porque los países ricos no son cicateros con la miseria y los miserables, evidentemente, no saben compartir tan bien la abundancia.

Necesitamos más empleo y una vida más digna para todos, lo que significa derechos humanos y civiles. Hay que redefinir prioridades y basar políticas públicas decididas -disruptivas- en las fuerzas endógenas de un continente que no carezca de ellas. Para ello, es imperativo liderar un cambio casi cosmológico que haga que desarrollo, sostenibilidad medioambiental y bienestar para todos no sólo sean compatibles, sino complementarios. Un futuro «sostenible» en el sentido literal, soportable para todos, para África y Occidente por igual.

 No se trata de renunciar al llamado bienestar moderno, pero buena parte de la modernidad se basó en la colonización, en la explotación y en un dominio casi religioso, sino, para basar políticas públicas en una estrategia a largo plazo y no en las actuales dilaciones ni ilusiones de emergencia, de redefinir el bienestar humano en una relación diferente con el mundo vivo, de revivir lo mejor de cientos de miles de años en los que los seres humanos se sabían seres vivos entre otro en un universo que se ha vuelto materialista, que está sobrepoblado y ultraconectado. Ante los temidos colapsos, el reto es grande: devolverles un futuro envidiable tanto al sur como al norte, al este y al oeste. 

En África, existen algunas fuerzas endógenas para que se desarrollen estos nuevos impulsos, que denominé bienes comunes o procomunes, que ponen en acción los diferentes niveles de subsidiariedad democrática adaptados a cada una de las cuestiones. Son bienes comunes que hay que promover entre el mercado, ineficiente, y el Estado, demasiado débil, arrasado por el ajuste estructural, fracasado por su captura y dependencia de los intereses de las multinacionales y de las grandes potencias.

En algunos lugares, se mantiene una vida basada en lo común. Así lo ilustran las prácticas sociales, el simbolismo colectivo y las solidaridades familiares dinámicas, cuya perversión actual es la solidaridad tribal. Esta solidaridad local podría utilizarse en el marco de una democracia ascendente comprometida con la inclusión de las personas y la reproducibilidad de las prácticas locales.

Además, se trataría de aprovechar al máximo la inventiva de los jóvenes y su creatividad; esta última, limitada en cuanto a recursos, reinventa cada día la low tech africana. La tecnología digital y la telefonía móvil han demostrado ser potentes herramientas de acceso a la información: hay que cultivar aplicaciones económica y socialmente útiles.

Del lado de la dimensión económica, se debe financiar las necesidades económicas de grandes políticas públicas a través, por una parte, de monedas comunes liberadas de la cómoda, pero contraproducente, paridad del euro y, por otra, del ahorro no utilizado de las clases medias garantizado por el financiamiento público internacional respaldándolos con procesos de integración regional, una integración mucho más pertinente que las fronteras coloniales heredadas.

El acceso para todos a las energías sostenibles descentralizadas -solar, eólica, geotérmica, hidráulica- es, en este contexto, un objetivo totalmente alcanzable y un factor evidente de desarrollo endógeno sostenible combinado con el bienestar de las poblaciones. La capacidad, probada durante décadas, de los campesinos y campesinas para evolucionar hacia técnicas más productivas, sin motorización ni agroquímicos agresivos, basadas en prácticas agrícolas ancestrales, en múltiples patrones de uso de la tierra -aunque estén amenazados por la apropiación privada y por el acaparamiento internacional de tierras- y en un patrimonio vegetal más resistente a la variabilidad climática que los paquetes técnicos estándar de la «revolución verde» y menos dependiente de los insumos de alto consumo energético de las multinacionales.

Al mismo tiempo, la riqueza de la biodiversidad del continente y los servicios medioambientales que prestan al mundo sus grandes bosques primarios y sus pequeños agricultores siguen estando infravalorados; los campesinos son ahora demasiado pobres para degradar sus tierras de forma agroquímica y mecánica. El continente, especialmente el África subsahariana, es casi neutro en carbono, pero está sometido a un mayor estrés por el cambio climático, aunque también a presiones para seguir siéndolo debido a la pobreza o a las limitaciones medioambientales mundiales.

Poner en práctica soluciones africanas: nuevas políticas públicas para el continente a través de la «solidaridad racional» internacional

En mi último libro1, desarrollé los ejes principales de una solución africana en el contexto actual, basada en las fuerzas detectadas cuyas potencialidades ya mencioné anteriormente.

En primer lugar, la única fuente importante de empleo está en el campo: el sector agrícola. La única forma de conciliar la escasez de combustibles fósiles con el bienestar de todos -es decir, la justicia social- es la intensificación agroecológica de las tierras de los pequeños agricultores capaces de duplicar los bajos rendimientos actuales para poder alimentarse a sí mismos y a su población.

En la ciencia agroecológica y agroforestal, la combinación de conocimientos y técnicas de baja y alta tecnología permite el aprovechamiento infinito de la energía del sol y el nitrógeno del aire, la maximización del agua y la resistencia de la biodiversidad cultivada y no cultivada ante los riesgos climáticos y las plagas, el uso sostenible de los elementos minerales del suelo a través de las raíces y la mejora de su fertilidad orgánica y su capacidad para fijar CO2 (en la biomasa).

En segundo lugar, en función de esto, tanto en el sur como en el norte, los circuitos cortos y el consumo local deben convertirse en la norma y favorecer la transformación artesanal e industrial de los recursos locales. Por consiguiente, hay que frenar el crecimiento de las actuales dependencias múltiples.

Este programa a gran escala tiene sus condiciones: lo que llamo neoproteccionismo, o, más bien, «comercio justo», no dogmatismo, sino pragmatismo económico: en estas cuestiones cruciales, proteger a los campesinos africanos y a los transformadores de la competencia insostenible -y subvencionada y respaldada políticamente- de los países desarrollados y aprovechar este sistema fiscal; animar a los consumidores -que ya están bien aculturados- a darle prioridad a este interés general; acompañar a los más pobres de las ciudades en el aumento transitorio del precio de los alimentos.

Por último, hay que invertir masivamente en la modernización del campo y en la revolución agroecológica «doblemente verde» de la agricultura campesina. La vida en el campo debe significar, por fin, educación, salud y electrificación sostenible. Éste es el precio de una transición demográfica rápida y del acceso de las mujeres a sus derechos: una verdadera educación para las niñas y los niños -al menos, hasta la enseñanza secundaria y en buenas condiciones-, como es sabido en todo el mundo.

Para contribuir a esta inmensa inversión ecológica, debemos velar por que se pague un precio justo por los servicios medioambientales que brinda el continente y, en particular, por su campesinado; no deforestar, sino reforestar, almacenar cantidades masivas de carbono y biodiversidad en el suelo y la vegetación y desarrollar energías sostenibles. Y no olvidemos los reiterados compromisos establecidos por los países desarrollados con la ONU desde 1970, que no se han respetado: 0.7 % de AOD, Fondos Verdes, Fondos de Pérdidas y Daños, Fondos de Biodiversidad.

Creo que ésta es la solución para África en un momento en el que todos sabemos que los magníficos objetivos de desarrollo 2030 -terminar con el hambre y terminar con la pobreza- no se cumplirán en 2030; se necesita un cambio drástico, un cambio que el Secretario General de la ONU reclama con vigor, previsión y urgencia

Las crisis mundiales -bancarias, sanitarias, vinculadas con las guerras- han mostrado la vulnerabilidad del sistema mundial y de los países africanos en particular. La contaminación de conflictos en el Sahel y África Central no invita al optimismo: se han cruzado umbrales críticos. El apoyo de Occidente hacia regímenes autoritarios considerados estables y complacientes no ayuda, pero los jóvenes se mueven y las ideas circulan.

En cualquier caso, hay que convencer y convencer contra la prevalencia de las ilusiones de «desarrollo» sin desarrollo humano de las multinacionales, contra, en particular, una gran ignorancia general en la que se considera que más de la mitad de la población africana está atrasada, ignorancia que ha sido cultivada por décadas de alabanza del agronegocio, contra el vapuleo ecológico, contra el derrotismo y el repliegue.

Si no basta con el derecho de todos a una vida digna, si no basta con la responsabilidad de todos por el hecho de que al menos un billón de seres humanos permanezcan década tras década tratando de sobrevivir, debemos insistir en que se trata de una cuestión de «solidaridad racional» internacional, aunque sea."               (Kako Nubukpo , El Grand Continent, 16/05/23)

27/12/21

Democracia Económica y estrategia sindical: condiciones para la empresa como «bien común»

 "El autor argumenta sobre la necesidad de enriquecer las estrategias del mundo del trabajo incluyendo la idea de empresa participativa como núcleo de la democracia económica. Asume que se trata de un objetivo válido en todo momento: en situaciones ofensivas (cuando se tiene fuerza) y defensivas (cuando no se tiene) porque es la única que puede aunar los esfuerzos de grupos laborales de perfil variado en torno a una nueva concepción del bien común y una nueva idea de sociedad. Para ello, defiende recuperar las ideas motoras del cambio social. 

Cualquiera que haya trabajado en una empresa habrá escuchado decir a altos mandos, y también a sus jefes y directivos, que “todos estamos en el mismo barco”, que a todos nos interesa que la empresa vaya bien, porque “la empresa somos todos”. Con ello se diluye la existencia de la disputa sobre el reparto del excedente y la existencia de partes confrontadas: se diluye quién decide, quién saca tajada de esas decisiones y a donde nos conducen a medio y largo plazo.

La bandera del “bien común” empresarial es una bandera que despliega la gerencia mientras buena parte de los trabajadores y los sindicatos que los representan parecieran sentirse cómodos solo defendiendo “lo suyo”, es decir,  la defensa de “intereses de parte” (condiciones laborales, salarios, empleo) pero nunca cuestionando o interesándose por los rasgos del proyecto empresarial ni por la “dirección del barco”.  Como señalaba Marx, la realidad capitalista les aliena del producto de su trabajo.

Esa percepción está tan extendida que es usada también en empresas públicas, es decir, en aquellas en las que la empresa es, por definición, un instrumento del interés general en el que los trabajadores no son una parte más, sino una de las principales partes interesadas en vigilar que el producto de su trabajo se materialice en la dirección deseada.  

No todos los trabajadores se posicionan, sin embargo, del mismo modo. Parte de ellos, en particular los grupos más cualificados que ocupan posiciones intermedias, suele ser más sensibles y mostrar más interés por la coherencia de las decisiones y la dirección estratégica, el “adonde vamos”, pero nunca como un todo, sino a nivel individual. De modo que la idea de la empresa como “bien común” no pasa de ser un subterfugio que justifica y oscurece, por un lado, la apropiación del excedente por parte de los accionistas, y, por otro, el monopolio del poder de decisión de la gerencia y las ventajas particulares que obtienen de ejercerlo.

Un futuro alternativo

Imaginemos ahora el futuro. ¿Cuáles son los rasgos que atribuiríamos a la empresa del futuro en un entorno postcapitalista? ¿Cómo imaginamos la producción de riqueza y cómo su interrelación con el tiempo de ocio y el buen vivir? ¿Cómo imaginamos su propiedad y cuales sus mecanismos de control, quiénes sus dirigentes y cómo la forma de elegirlos, cómo se tomarían las decisiones diarias y cómo las estratégicas?

Puede que sea una utopía lejana pero merece la pena esa ensoñación pues no hay cambio social sin una propuesta alternativa de bien común. Hace demasiadas décadas que la sociedad no tiene un referente por el que luchar.

Siguiendo con la utopía abría que vislumbrar cuales serian los rasgos de una transición de ese tipo. Parece difícil asumir que  se produciría “de una vez” como efecto de una revolución mundial, más bien como ocurre en procesos complejos, con idas y vueltas por territorios, en el que las diferentes concepciones de empresa y de sociedad, lo viejo y lo nuevo, coinciden y disputan su hegemonía durante un largo periodo de tiempo. Así fue el transito entre el feudalismo y el capitalismo y así suelen ser los procesos de cambio social.

Y ahora viene la pregunta crucial. ¿Hay elementos, incrustados en la realidad presente, que anticipen ya el futuro deseado? ¿Es posible iniciar desde ya, en la misma sociedad capitalista, la construcción de modelos organizativos que actúen como moléculas de la nueva sociedad, con algunos de los rasgos participativos que deseamos para las empresas del futuro?

 Si contestamos negativamente a las preguntas anteriores puede que nos estemos cegando la marcha de la historia. Pero si contestamos con un sí estamos obligados a definir esas moléculas, que referido a lo que nos ocupa, significa definir cuáles son las condiciones mínimas imprescindibles para empezar a considerar las empresas como un bien común, las que permitirían poder comportarse como si la empresa fuera de todos y disputar a las gerencias actuales su particular visión de las falsedades que engloba la frase «estar en un mismo barco». Significa construir un modo de gobernanza que permita la concertación de intereses compartidos.

Ese escenario nos dibuja un proceso de cambio social que nos lleva a profundizar en el significado de la DEMOCRACIA  ECONÓMICA como forma de repensar la sociedad que queremos. Confrontar el gobierno actual de las empresas con una alternativa que incorpora una nueva institucionalización de intereses compartidos, debería ser uno de los motivos que marcaran las prioridades estratégicas del mundo del trabajo.

Enriquecer la estrategia sindical 

¿Qué cambios en la estrategia sindical deberían producirse para desplegar una bandera que da la vuelta a la idea “la empresa somos todos»? ¿No facilitaría ese planteamiento una mayor permeabilidad en los sectores profesionales e intermedios de los trabajadores, alejados hoy de las meras disputas por el Convenio Colectivo? ¿Cómo incorporar en el lenguaje sindical cargado de objetivos centrados en negociación colectiva la aspiración a reclama unos requisitos mínimos de confianza que permitan ponderar de otra forma los intereses de accionistas, directivos, trabajadores, proveedores, clientes…. suficiente para aceptar el principio de que la empresa “somos todos”?  

La misión de los representantes de los trabajadores sería acceder a ese estadio en el que «sus intereses de parte» encuentran un acomodo vigilante mientras se muestra interés en participar en el “cómo producir” y “qué producir”. Y ello vale tanto en situaciones defensivas en la que toca saber resistir situaciones de crisis o en situaciones ofensivas en los que toca construir un clima laboral que favorezca un entorno innovador y competitivo.

En cualquier caso, conviene asumir que este camino no diluye los conflictos de clase sino que los da perspectiva. Es más hay que asumir que incluso en un estadio avanzado de ese futuro deseado, las empresas no estarán libres de tensiones con grupos de interés enfrentados. Ni en el camino ni en el destino se eliminarán las tensiones que conlleva la realidad social. Ni las luchas consecuentes. La historia nos muestra que siempre hay que estar atento a las injusticias percibidas por unos u otros, que donde hay desigualdad e injusticia hay resistencia. Y que en la medida en que mutan los poderes empresariales, cambian las mismas empresas y las formas de gobierno y, como consecuencia, cambian la naturalezas de los conflictos y la naturaleza de las resistencias.

La transparencia y el debate sobre objetivos en las estrategias de largo plazo, atreverse a disputar el destino del reparto de rentas o la jerarquía de las decisiones, las formas de funcionar o las formas de decidir….serian la expresión de los nuevos conflictos.  Se producirían, en cualquier caso, en organizaciones con una institucionalización del poder democrática, hasta el punto de justificarlas como plasmación de una utopía, una expresión de lo que aspiramos.

Puede que la tarea sea inmensa y cargada de riesgos pero no creo que exista camino alternativo."                   (Ignacio Muro Benayas, Plataforma por la Democracia Económica, 27/11/21)

11/3/21

Joan Coscubiela: "La lucha de clases del siglo XXI es la lucha entre acreedores y deudores"... la pandemia hace más evidente la crisis de la democraciay acelera el proceso. De la ciudadanía depende que sea una aceleración para destruirse o que aprendamos a reconstruirnos

  "Joan Coscubiela, abogado y sindicalista, antiguo diputado en el Congreso y en el Parlament de Catalunya, confiesa que lo ha pasado muy bien escribiendo el libro que acaba de publicar esta misma semana. 'La pandemia del capitalismo' (Península) es una profunda reflexión sobre los problemas y carencias de un sistema social y económico que el coronavirus nos ha puesto ante el espejo.  (...)

¿Es el capitalismo la pandemia económica de la sociedad moderna?

Está claro que el capitalismo no es lo que provoca las pandemias, pero lo califico de pandemia oculta porque es el único sistema socioeconómico realmente existente pero al mismo tiempo enseña sus debilidades y está demostrando, cada vez más, que tiene una capacidad destructora brutal en términos medioambientales, sociales –por la desigualdad social que genera– y democráticos. Por ahí va una buena parte del hilo conductor del libro. 

¿Contempla entonces el capitalismo como el mejor de los peores sistemas posibles?

No. El capitalismo ha tenido diferentes expresiones: el manchesteriano, el keynesiasnimo el socialdemócrata, el ultraliberal de estos momentos, el chino, bueno asiático mas que chino... A todo eso lo llamamos el capitalismo y no digo que sea el mejor sistema; digo que es el único sistema existente. Es distinto. El mejor capitalismo es el que yo califico aquí con otro nombre: el capitalismo de los bienes comunes.

¿En qué consiste ese capitalismo de los bienes comunes?

Es el que busca un equilibrio distinto entre mercado y sociedad, el que no sitúa la propiedad privada como un derecho ilimitado y el que no suma la meritocracia como la manera de justificar las desigualdades. Eso es lo que yo propongo imaginar en términos de un pacto social civilizatorio.

¿Cómo sería ese pacto civilizatorio que usted propone?

Dibujo una utopía llamada pacto civilizatorio, que debe actuar como un desencadenante global. Yo propongo  reconstruir el sentido moral de la economía para que lo colectivo se reequlibre con lo individual y que la búsqueda del beneficio privado no sea el motor. Lo segundo que planteo es la necesidad de que todo se vea desde la perspectiva de la sostenibilidad, no solo una sostenibilidad ecológica, que también, sino una sostenibilidad social.

 La desigualdad actual es insostenible y la crisis de la democracia también, por eso planteo una cosa que va más allá del capitalismo: pasar del egocentrismo en el que estamos situados a la ecodependencia, a asumir que somos interdependientes todos de todos y especialmente en relación al medio ambiente. Eso requiere sin duda cambiar muchos conceptos que tenemos en marcha.

¿Cómo se reconstruye el sentido moral de la economía?

La lucha de clases del siglo XXI es la lucha entre acreedores y deudores. Hay 300 billones de dólares en activos líquidos concentrados en muy pocas manos, sin contar los activos patrimoniales, que están buscando obtener rentabilidad y eso plantea unos conflictos con familias, con empresas y con Estados que requieren recursos. Yo propongo construir otro paradigma en el que la competitividad no sea un gran dios, sino que se compita cooperando. 

Cuando hablo de la necesidad de recuperar ese nuevo sentido moral de la economía, me refiero a muchas cosas: el concepto de austeridad que la derecha nos ha robado a las izquierdas y que convirtió en austericidio;  la necesidad de desmercantilizar la sociedad, situando al mercado en una función estricta de la que no debería haber salido y que es el intercambio de bienes y servicios; se trata de desconcentrar y democratizar, reconquistar la igualdad social, la soberanía política, una nueva centralidad de los trabajos... Todo eso que está ahí, no se puede resumir.

Lo que usted plantea es un cambio de mentalidad brutal que no parece fácil de sacar adelante.

No será fácil, claro, pero la vida y la Historia demuestran que sólo es posible avanzar si uno imagina utopías, aunque luego éstas queden diluidas por la realidad, las dificultades, las fuerzas en contra, porque no todo el mundo está dispuesto. Mi opinión es que de esta pandemia no podemos salir reproduciendo los esquemas que nos han llevado hasta aquí. Puede pasar, desgraciadamente, porque no hay nada escrito. Nuestra primera obligación es imaginar otra realidad distinta. Algunas cosas están pasando ya: los cambios en la Unión Europea son significativos desde ese punto de vista

¿Estamos asimilando las enseñanzas que nos deja la pandemia?

La conciencia de interdependencia empieza a estar presente en algunos ámbitos, a pesar de que la pandemia nos envía lecciones que algunos no terminan de convertir en enseñanzas porque entre medio se cruzan intereses distintos. Por ejemplo, mientras haya gente que continúe planteando bajar impuestos tendremos unos youtubers que hacen ostentación de que ellos se van a Andorra para no pagar. A esta gente sus intereses les impiden aprender de las lecciones de la pandemia.

Entonces también corremos el riesgo de caer en los mismos errores que en la crisis anterior.

En los mismos no, pero en la misma dirección me temo que sí. Para evitar eso hay que movilizar la imaginación, la historia de la humanidad es la historia de los relatos, las ideologías son relatos, las utopías son relatos. Sin imaginar un relato no hay ni religión, ni ideología, ni utopías. Hablo del relato en el sentido digno de la palabra, no eso que utilizan algunos políticos, en el sentido de relato comunitario.

Usted habla también de un "analfabetismo del riesgo" y de una amnesia del riesgo"¿No será temor al futuro?

Los humanos, como los animales, buscamos seguridad y certidumbre. En esa búsqueda de la seguridad lo que hacemos es negar la existencia de los riesgos. ¿Cómo los negamos? sublimando la razón, sublimando la ciencia y la tecnología sin límites. Lo dramático es que cada vez que los humanos intentamos evitar los riesgos lo hacemos por la vía de externalizarlos a los otros: unas personas a las otras, los hombres a las mujeres, los nacionales a los inmigrantes, los de las empresas centrales a las periféricas, los de las empresas a los autónomos.

 Y todos los externalizamos al medioambiente. Pero ese riesgo que intentamos externalizar se convierte en un verdadero búmeran y provoca situaciones como esta. Lo que intento explicar en el libro es que en una sociedad tan interdependiente como la que tenemos externalizar los riesgos supone multiplicarlos por mil o por millones. Desgraciadamente la humanidad es estúpidamente egoísta. Lo estamos viendo en estos momentos en las reacciones que se están dando con la pandemia.

¿La pandemia ha puesto al descubierto los costurones del sistema capitalista?

Sí, creo que hay que saber aprovechar esta oportunidad. La pandemia nos ha puesto delante un espejo que nos muestra todas nuestras debilidades: la insostenibilidad medioambiental, social y democrática de nuestro sistema. Y luego nos ofrece una lupa para mirar más en profundidad. Hay que aprovechar eso, sin duda, porque ese espejo y esa lupa nos permitirán poner en marcha cosas e imaginar, al menos imaginar, aunque se tarde en llegar a algo concreto porque entre imaginar y construir siempre pasa mucho tiempo. Los procesos revolucionarios nunca se cumplen como uno se los había imaginado, pero si uno no se los imagina no se acaban produciendo.

Dice que el coronavirus ha actuado como un espejo que nos ha devuelto nuestra propia imagen como sociedad, pero ¿nos gusta lo que vemos? 

Yo creo que lo que vemos no nos gusta, pero eso no comporta necesariamente que tengamos actitud de enmienda. ¿Por que? Pues aquí aparece nuevamente el tema de los intereses. Bueno, primero porque hablamos de las lecciones del coronavirus como si fueran una sola cosa y no todo el mundo ve las mismas lecciones. Por eso yo le he puesto en el subtítulo del libro "una lectura interesada"; la mía lo es, no lo niego. Para hacerle frente lo primero es tener una lectura ideológica de la crisis.

 La izquierda no la tuvo en 2008 y lo pagó muy caro. Para que las lecciones se conviertan en enseñanzas hace falta que pasen de experiencias individuales a colectivas, es decir, que exista un consenso acerca de lo que vemos. Por  ejemplo, vemos que los bienes comunes, como la sanidad, son imprescindibles. Vemos que el mercado por si solo no puede abordar crisis como esta. Vemos la importancia de lo público. Vemos el papel del Estado. Vemos la necesidad de que el Estado sea fuerte incluso para ayudar al sector privado en momentos como éste. Vemos todo eso, pero cuando lo tenemos que convertir en enseñanzas, ahí ya la cosa se complica porque intervienen los intereses. 

Sabemos que con la pandemia hay que reforzar la sanidad pública, y en cambio, ¿qué vemos? pues que la sanidad privada está aprovechando el colapso del sistema sanitario para promover pólizas privadas. ¿Es legítimo? Sí, pero no es menos cierto que eso solo es para una parte de la población que se puede permitir ese lujo.

 Nuestro egoísmo termina perjudicándonos.

La vida de la humanidad se debate entre cooperación y competitividad. Eso es una cosa que a mí me gusta mucho explicar. Los humanos hemos conseguido subir el escalón de la especie porque hemos sabido combinar cooperación y competitividad. En definitiva, competitividad es el individuo, cooperación es la comunidad y en muchos momentos de la historia de la humanidad ese equilibrio entre cooperación y competitividad se ha roto, por ejemplo en últimos 40 años en el mundo occidental con la revolución conservadora de Thatcher y Reagan. 

Ahora estamos pagando las consecuencias de esa ruptura entre cooperación y competitividad, entre individuo y comunidad. Por eso lo que propongo es forzar un equilibrio entre esos factores. Una manera de hacerlo, por ejemplo, es el equilibrio que planteo entre el papel del mercado y la sociedad. El mercado expresa ese espacio de beneficio individual y en cambio la sociedad expresa ese espacio comunitario. Hay que equilibrar, no hacer desaparecer .

 La sociedad existe porque existe el mercado también tal como lo conocemos, pero el mercado no puede ser el que regule nuestras vidas. Los derechos fundamentales no pueden estar sometidos al mercado. 

¿La pandemia puede afectar al funcionamiento de la democracia?

La crisis de la democracia es anterior a la pandemia. Entre otras cosas porque es la crisis producida por unos cambios tecnológicos brutales y una disrupción tecnológica que provocan una dislocación de todas las estructuras sociales que hemos tenido durante 200 años. En eso consiste la crisis de la democracia, la crisis de las instituciones, de las estructuras de mediación social, de los partidos políticos, de los medios de comunicación, de la entidades sociales. Eso existía ya. Lo que provoca la pandemia es hacerlo más evidente y acelerar el proceso. De la ciudadanía depende que sea una aceleración para destruirse o  que aprendamos a reconstruirnos. Planteo esa paradoja.

¿Hacia dónde vamos?

Ahora mismo está emergiendo un capitalismo de vigilancia en el que grandes corporaciones son propietarias de nuestros datos. La pandemia también ha acelerado ese proceso. La sociedad está obligada a intervenir para construir las bases de un nuevo capitalismo, que yo llamo capitalismo de los bienes comunes. Está por construir. 

 No se nos olvide que para llegar al capitalismo socialdemócrata pasaron 200 años y que para alcanzar la democracia tal como la concebimos en la segunda parte del siglo XX en los países europeos pasaron 300 años o más. 

Y estuvimos llamando democracia a cosas que sólo permitían votar a los patricios, luego sólo a los propietarios, luego sólo a los hombres y ahora sólo a los nacionales. Cada vez incluimos a más colectivos, pero mantenemos excluidos a algunos: en España y en otros países existen ciudadanos que hacen lo mismo que todos nosotros pero como no son nacionales del país en el que viven no les dejamos votar. 

Eso es una barbaridad en términos democráticos, eso hay que abordarlo. Los extranjeros cada vez van a ser un porcentaje más grande de la población porque ya no va a haber sociedades nacionales, las sociedades son postnacionales, están compuestas por ciudadanos de diferentes nacionalidades. Hay que abordar todos esos retos. (...)"                (Entrevista a Joan Coscubiela, Jorge Otero Maldonado, Público, 25/02/21)

4/5/20

Christian Felber: «El confinamiento nos demuestra que sí somos capaces de vivir con menos»

"El ideólogo de la Economía del Bien Común, Christian Felber (Salzburg, 1972), habla desde la calma, meditando mucho lo que dice y matizando bien sus palabras para que el mensaje, en perfecto castellano, llegue de forma nítida.


Felber es investigador asociado del Instituto IASS de Berlín-Potsdam, tras impartir clases en otras siete universidades austríacas y alemanas. Adora España donde cursó buena parte de sus estudios de Filología Hispánica, Psicología, Ciencias Políticas o Sociología y siempre ha compaginado su trabajo de investigación y de divulgación con la danza contemporánea.

 Es un buen ejemplo del Humanismo de este siglo XXI, y por eso le habría gustado ser “todólogo”, estudiar Ciencias Universales. Pero hasta que esa carrera exista, se conforma con sentirse ciudadano del mundo y trabajar por una cooperación global que permita controlar el sistema económico, regular la acumulación de capital y redistribuir la riqueza con una herramienta sencilla que ya aplican más de 700 empresas: el Balance del Bien Común. Para él la clave está en recuperar la soberanía democrática. Hasta el Papa Francisco le sigue.


Antes de la entrevista ha hecho su rutina diaria de nadar en el Danubio que atraviesa su ciudad, Viena. Ha arreglado un árbol y ha hecho yoga, por lo que afirma estar bien física y mentalmente. Desde un confinamiento cada vez más moderado responde a nuestras preguntas.


Señor Felber, ¿cómo están las cosas en Viena?


Es un día de primavera, y la noticia positiva es que se aligeran poco a poco las restricciones. No descartan volver a la normalidad en mayo porque aquí en Austria están cayendo las cifras de contagios.


¿Cómo se está manejando esta pandemia?


No me atrevo a juzgar aún porque no tenemos suficientes datos y los que hay se contradicen abismalmente. Por ejemplo, tenemos un auto-test de un pueblo del norte de Italia donde un 50% de la población muestra inmunidad mientras aquí en Austria las conjeturas oficiales apuntan a menos de un 1% de población inmunizada. Así que nos faltan datos fiables para valorar las medidas adoptadas por los gobiernos. Sí es interesante mirar a países que no practican el toque de queda como Suecia y Hong Kong, que no tienen cifras alarmantes. 

Eso nos hace pensar si el confinamiento indiscriminado es la mejor medida contra la crisis. Yo mismo he recabado testimonios de una veintena de científicos que se muestran contrarios a estas medidas. Lo que sí puedo afirmar es que los niños no deberían estar confinados porque eso entraña peligros aún mayores. Creo que debemos buscar un camino intermedio para proteger a los grupos de alto riesgo, pero no confinar por mucho tiempo a toda la población porque esta medida puede tener consecuencias más graves que las de la COVID-19.


¿Qué rumbo cree que puede tomar la Unión Europea a partir de ahora?


Yo no soy europeísta, soy mundialista. Como autodenominación política me considero habitante de la tierra, creo que formo parte de la comunidad de la vida como todos. Pero sí estoy a favor de una Unión Europea más democrática, sostenible y más orientada a la cohesión social y a la justicia. Así que preferiría otra Unión Europea diferente de la que tenemos ahora.

¿Debemos caminar hacia una gobernanza global?


No veo otra alternativa que la cooperación global. Sería bueno tener otro tipo de gobernanza mundial diferente de la actual. Pero todo empieza por una economía global más cooperativa, en lugar de la vigente basada en una excesiva competitividad y el afán de muchos países por forrarse a costa de otros. La economía mundial solo debería complementar a unas economías locales y regionales más fortalecidas y más resilientes que las actuales. 


Me refiero a que muchas regiones son capaces de producir lo esencial para sí mismas y no necesitan importar tanto; solo algunos productos complementarios podrían venir de otras partes del mundo, pero no los esenciales. Esta es la única vía para lograr que una crisis puntual en cualquier lugar del mundo no afecte al resto de regiones.


¿Cómo entiende la cooperación internacional?


Como compromiso de todos los países en la conservación de los ecosistemas y de los límites ecológicos del planeta. Sabemos que la falta de biodiversidad y la enorme presión que ejercemos los humanos sobre el mundo salvaje y los animales no puede continuar, por eso el coronavirus ha podido saltar de animales a humanos, por la presión sobre sus hábitats naturales.


En segundo lugar, ningún país puede presionar desmesuradamente a otro y aquí nos toca empezar a cambiar a los europeos y a Estados Unidos por haber permitido el libre comercio mundial. En lugar de estar compitiendo unos en contra de otros –qué infantil es esto–, debemos cooperar empezando por tener balances comerciales equilibrados con mecanismos como el que propuso John Maynard Keynes. 

Cada región debe aprovechar sus recursos y dejar de importar y exportar sin medida como ocurre ahora. Es la única forma de establecer un sistema económico mundial sano en lugar de desequilibrado en todos los sentidos. Lo razonable es comerciar menos y de forma complementaria, en vez de competitiva.

¿Cómo se pueden ir implementando medidas más enfocadas hacia el Bien Común?


Lo que observamos en la evolución de la vida es que cada vez es más compleja, diversa e interdependiente. Lo mismo es la EBC, son muchas medidas que se complementan perfectamente, aunque su implantación sea compleja. Las empresas que ya operan con nuestro modelo, cuanto más contribuyen, más atractivas se vuelven para empleados, clientes y financiadores; y los municipios también miden el resultado de sus políticas con los balances del Bien Común, desde la biodiversidad a la cohesión social y la inclusión de los más desfavorecidos, pero hacen falta otras medidas.


¿Cuáles son?


El establecimiento de una renta básica para las personas con menos recursos es fundamental, como lo es respetar un salario mínimo; pero además hay que limitar los ingresos máximos para evitar la creación de riquezas privadas excesivas. Este salario máximo podría limitarse en 20 veces el salario mínimo. Con esta medida, no hace falta limitar la propiedad privada ni el derecho de herencia porque estas tributarían de manera progresiva y moderada. La EBC también propone un límite de crecimiento a las empresas y personas legales.


Seguimos proponiendo un control de las empresas y de las personas legales poniendo un tope a su crecimiento, es decir no existiría un Amazon, un Microsoft ni un gigante como Bayer que ahora son una amenaza y un peligro para la libertad y la democracia debido a su excesiva capacidad de influencia política. 

Es tan sencillo como utilizar un control de fusiones que establecería la ONU o incluso la OMC que evite que se creen entes demasiado poderosos. Ninguna empresa podría ganar más de, pongamos por ejemplo, un billón de euros al año solo podría crecer más si logran un balance del Bien Común muy alto. Hay que limitar y regular el poder de las empresas transnacionales.


¿Cómo participa la ciudadanía de forma activa en la Economía del Bien Común?


En 1964, se creó un mecanismo de participación como la UNCTAD, la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (sostenible) en 77 países. Pero los países ricos se opusieron e impulsaron los tratados de Libre Comercio que no respetan los derechos de los trabajadores ni del medio ambiente. Son los gobiernos los que han aceptado esas reglas, no los ciudadanos. 


Este tipo de decisiones tenemos que tomarlas las personas. No imagino a los ciudadanos de ningún país que elijan aceptar reglas fuera de las Naciones Unidas y sus tratados internacionales, tratados que protegen los derechos de las personas, del medio ambiente, la diversidad cultural, etc., pero los gobiernos han seguido los criterios de economistas que benefician a las transnacionales y su crecimiento ilimitado. El derecho internacional no las regula y controla como debería. Aquí haría falta la gobernanza global.

¿Cómo les va a las organizaciones que se han unido a la Economía del Bien Común?

Ya tenemos un primer estudio empírico realizado por la primera Cátedra del Bien Común de la Universidad de Valencia que ha recabado datos muy interesantes y alentadores. Se han estudiado 206 empresas que han realizado Balances del Bien Común y comprobamos que mejoran las condiciones éticas y medioambientales, sin que por ello empeoren los resultados. 

Si estuvieran operando en un marco del Bien Común sistémico jugarían con una ventaja competitiva pero aún conviven con circunstancias desfavorables que no les ofrecen ventajas y aun así les va bien. Además les gusta mucho la herramienta en sí, les resultan útiles las preguntas que se hacen. 


El reto ahora es que las administraciones municipales y regionales empiecen a premiarles por su gestión ética. Ya hay más de 700 empresas e instituciones en todo el mundo que van trabajando a paso de hormiga y cada vez se unen más municipios y ciudades que pueden procurar ayudas y mejoras para todos los habitantes y para las empresas. Justo antes de la llegada del coronavirus, en Alemania la EBC estaba teniendo un gran apoyo. Pero hablamos de décadas para ver estos cambios hechos realidad en toda su envergadura, tiene que ser poco a poco.


En su último libro habla de “la voz interior”, relacionando espiritualidad, libertad y bien común. Al final, ¿todo es cuestión de responsabilidad personal?


A lo mejor todo se reduce a que primero cada persona tome la responsabilidad de sus decisiones éticas por sí misma para después convertirse en un elemento de la ciudadanía global. Hay decisiones fundamentales que no se pueden delegar en los gobiernos y en los parlamentos. Es nuestra responsabilidad escoger un estilo de vida más ético, solidario y justo; solo así cada individuo más consciente de sí mismo, se convierte en un elemento más activo de la soberanía global. No podemos responsabilizar a los gobiernos y a los parlamentos de todas la decisiones, tenemos que formar parte de ellas. 


Esta co-responsabilidad conduce a la democracia 2.0, una democracia más real en la que la ciudadanía ejerce sus derechos soberanos como un solo cuerpo. Somos individuos que formamos parte de un todo mayor, se llame Gaia –como organismo– que sería nuestro planeta; o lo llamemos simplemente la comunidad democrática. La democracia 2.0 refleja esa responsabilidad mayor para ejercer nuestros derechos soberanos. La gente siempre dice que suena muy bien, pero que los gobiernos no lo van a permitir. 

De acuerdo, pero si controlamos más a los gobiernos y a los parlamentos, retomaremos la batuta democrática de nuestra soberanía. Es cuestión de cooperar; los chinos somos nosotros, los pangolines y los murciélagos somos nosotros. Si buscamos enemigos y culpables no vamos a conseguir nada, tenemos que cooperar, cooperar nos enriquece a todos. Necesitamos un pensamiento más holístico, una ciencia más universal.


¿Qué tiene que ver el papa Francisco con todo esto?


El papa Francisco sigue la pista del Bien Común. En su encíclica habló del BC veinticinco veces y se declaró habitante de la casa común; eso es dar un paso hacia la ecología y por lo tanto cuestiona el antropocentrismo. Le falta dar un paso hacia el feminismo, pero nos une la apuesta por el Bien Común. La economía debe estar al servicio del bien común y no de la riqueza.


¿Qué oportunidad nos está dando el confinamiento? ¿Podemos ser un poco optimistas?


Yo creo que sí, incluye riesgos, pero también oportunidades. En todo caso, podemos sacar dos grandes lecciones: la primera es aprovechar el silencio para mirar dentro de nosotros y utilizar la pausa para averiguar lo que necesitamos o no necesitamos realmente, cuáles son nuestras aspiraciones auténticas. Así podremos cambiar nuestros valores y estilo de vida para buscar lo esencial.


La segunda gran lección es que sí es posible limitar las libertades económicas. Yo no tengo nada en contra si esa libertad sirve al Bien Común en lugar de destruirlo. El confinamiento nos está demostrando que somos capaces de hacerlo por la salud, pero podemos aplicarlo al planeta si nos comprometemos a consumir menos. Mi propuesta es limitar el consumo personal a la 8.000 millonésima parte del regalo que nos da la naturaleza cada año, puesto que somos 8.000 millones de humanos. 

Si disminuimos nuestro consumo y limitamos la libertad económica estaremos protegiéndonos a nosotros, al planeta, a nuestros hijos. Es posible reducir el consumo porque ya lo estamos haciendo en estos momentos. No tenemos que frenar de forma tan brusca como ahora, de hecho este confinamiento no puede prolongarse mucho más pero nos demuestra que sí somos capaces de vivir con menos.


Pero en estos momentos todos estamos pensando en la seguridad y la salud y no nos hemos opuesto a la falta de libertad que nos ha dado el confinamiento.


Porque en el fondo somos solidarios y cooperativos. Lo estamos haciendo para protegernos todos; hemos sido capaces de renunciar a nuestra libertad por la salud pública que es un bien común mayor.

 Esto no disminuye nuestra felicidad, sino que la aumenta. Todos los estudios científicos demuestran que cuando renunciamos al exceso de consumo material para enfocarnos en la salud, en las relaciones, en la naturaleza intacta o la participación política, somos más felices. Por eso la renuncia material se convierte en mayor calidad de vida y en más felicidad, consumiendo menos, ganamos más."                      (Entrevista a Christian Felber, La Marea, Chus García, 24/04/20)

21/4/20

Kate Raworth: "La 'economía del donut' satisface las necesidades de todas las personas, pero dentro de los límites del planeta"

"Para ella, la economía tendría que tener la forma de un donut, de una rosquilla. Kate Raworth (Londres, 1970) ha planteado una teoría que rompe con el mercado tal y como es hoy. Propone dejar de buscar riqueza a costa de los límites ambientales y la justicia social. 

Su teoría fue presentada como un documento de trabajo para Oxfam en 2012, después tomó protagonismo en la Asamblea General de la ONU y fue un referente para el movimiento social Occupy London. 

Su teoría perfila una transición desde la que llama economía del siglo XX a la del XXI, en la que el PIB, un índice finito, sería sustituido por una rosquilla que pone en relación las necesidades humanas con el impacto ambiental de la economía en la sociedad y la Tierra como ente vivo.

Estudió Economía pero no se siente economista. ¿Por qué?

Me defino como economista renegada y me parece razonable. Creo en el concepto griego de economía como el arte de gestionar el hogar. La Universidad debería reconocer que el sistema de producción y distribución depende de la sociedad y del mundo vivo, donde está integrado, y de la salud de ambos. La economía es interdependiente de la salud y los recursos del planeta, son las fuentes a las que recurre. Todos los economistas deberían repensar los indicadores del mundo en el que vivimos y plantearse cómo manejamos nuestros recursos planetarios. Este debería ser el punto de partida: la naturaleza es inherente a la economía.

Cuando llama a huir del planteamiento del siglo pasado, ¿a qué se refiere?

En la década de 1870 los economistas hicieron una analogía entre las leyes del movimiento de Newton y la economía: al igual que la gravedad atraía cosas hacia ella, los precios iban a atraer a la economía al equilibrio. El problema es que, mientras la ciencia avanzó, la economía se quedó en el siglo XIX. Si se trata de manejar tu hogar, primero tienes que entender cómo funciona. Aprender de la psicología, la neurociencia, la sociología, la antropología y la ciencia terrestre. Hay que poner por delante el bienestar humano y planetario y la salud de ambos. El indicador del crecimiento es el PIB, pero debería ser la prosperidad humana. Hay que plantearse qué tipo de mentalidad económica, instituciones, políticas y estructuras hacen falta para ello.

Propone una nueva estructura en forma de donut. ¿Qué significa?

Es un diagrama que aspira a condensar el salto del viejo al nuevo pensamiento económico. El reto es crear economías locales y globales que lleven a todos al espacio seguro y justo del donut [el aro principal, por debajo del cual se encuentran las carencias del sistema y por encima, los excesos]. En lugar de perseguir un PIB cada vez mayor, es hora de descubrir cómo prosperar de forma equilibrada. La economía del donut satisface las necesidades de todas las personas, pero dentro de los límites del planeta. ¿Qué tipo de economía del siglo XXI podrá hacer esto?

Quiere cambiar el PIB por el donut

El Producto Interior Bruto pertenece a lo que yo llamo economía del siglo XX, es una forma de medir la producción con la que llevan obsesionados desde 1930. Aquel indicador de progreso resultó útil: sirvió para compararse con otros países. La OCDE ha hecho clasificaciones desde 1960 para incentivar la competitividad y seguir creciendo. Se ha utilizado para justificar desigualdades extremas de renta y la destrucción del medio natural. Hay muchos aspectos limitantes en esta forma de pensar. El siglo XXI va a incluir otras métricas que respeten los derechos humanos de todas las personas y el planeta.

¿Por qué es tan importante el medio ambiente en su sistema?

El bienestar humano depende de la tierra viva. Si queremos tener suficiente comida, necesitamos suelos fértiles y un clima estable. Si queremos vivir de forma saludable, necesitamos aire limpio y una capa de ozono. Nuestro bienestar depende de los sistemas que soportan la vida en la Tierra. Estos apenas se entendieron en el siglo pasado y se dejaron al margen de la teoría económica. Es hora de ponerlos en el centro de nuestra visión del bienestar.

¿Cómo propone su teoría repartir la riqueza?

Hay que pre-distribuir las fuentes del crecimiento y de conocimiento. Por ejemplo, ayudar a que la propiedad distribuida, compartida, de energías renovables y ayudar a que a que las comunidades sean propietarias. El crecimiento de las licencias de código abierto son conocimiento de forma distributiva; en cuanto a la vivienda, apoyar un modelo más distributivo, por ejemplo, mediante cooperativas. La reforma es profunda. Más que confiar en la redistribución de los ingresos, hay que plantear instituciones más distributivas y pensar cómo crear una economía con tecnología, con diseño.

¿En qué se diferencian la gestión centralizada y distributiva?

Pensemos en la energía fósil: se extraía, se refinaba y se vendía, eso era una gestión centralizada en manos de una empresa que tiene los derechos de una explotación y gestiona todo. En el caso de la energía, la distribución por diseño serían las pequeñas estaciones solares de una casa. En el siglo XX la propiedad se volvió muy importante, un campo de batalla entre compañías, con sus patentes y la propiedad intelectual. Se boicoteaban para que la innovación no creciera. Hoy tenemos 'creative commons', licencias de uso colectivas y estándares abiertos, otra forma de distribución por diseño. En materia de instituciones, se puede aplicar el mismo modelo y cambiaría su comportamiento.

¿Cómo deberíamos cambiar entonces la forma de hacer negocios?

Planteándonos: ¿Por qué una compañía puede explotar los recursos de la tierra con la bandera de conseguir beneficios y aumentar las ventas?; ¿por qué tiene derecho a socavar los derechos sociales? El diseño de las empresas del siglo XXI tiene que generar valor social, ambiental y cultural y compartir y beneficiar la creación conjunta y devolver al planeta del que dependemos. Entonces, de pronto las empresas viejas se van a quedar realmente viejas, caducas, no van a tener sitio. Pero, cuidado, hay empresas que quieren repensar sus modelos y puede pasar como con la mal llamada economía colaborativa: que sean negocios de antes con el disfraz de nuevo.

¿No cree usted en la economía compartida?

Los cambios de modelo, tecnológicos y de uso siempre van a traer de la mano posibilidades muy distintas, pero la palabra compartir implica otras cosas más humanas y profundas en la naturaleza. Nunca llamaría a Airbnb economía compartida. Esto es microcapitalismo, sigue siendo alquiler, no es compartir, aunque el término esté tan extendido. La tecnología no siempre aboga por distribuir de forma igualitaria los recursos. La red, por ejemplo, está dominada por Facebook, Ebay, Google… unas pocas empresas toman ventaja de las redes en las que están.

¿Internet tiene marcha atrás?

Internet 2.0 se ha vuelto algo muy concentrado, pero no siempre fue así. Internet 1.0 alojaba redes más auténticas, con más valor. Estamos en los inicios de Internet 3.0; la gente está empezando a reaccionar, a rebelarse contra todo, a entender los efectos negativos de esas redes, de ese Internet. Les preocupa la privacidad, los precios de los alquileres… Internet tendrá un valor distinto si somos capaces de crear, de tejer otro tipo de redes de colaboración: más pequeñas, mejor conectadas entre sí y no dominadas por los grandes de Internet.

¿Cómo se hará la transición?

Habrá viejos agentes que se transformarán para formar parte del nuevo sistema, pero va a ser costoso. Por ejemplo, el rediseño que plantea el donut consiste en que las compañías podrían empezar a vender servicios en vez de productos: iluminación en lugar de bombillas.

¿Qué ejemplos conoce que estén en este nuevo paradigma?

El director ejecutivo de Unilever, Paul Polman, está intentando reinventar la compañía, darle un propósito del siglo XXI, pero sigue estando en manos del mercado, cotiza en bolsa, sigue rigiéndose por el cortoplacismo. Patagonia es una empresa que de base tiene un sistema distinto, que trabaja para cambiar el sistema en el que vivimos. Yvon Chouinard (1938, Lewiston) la fundó sobre valores realmente ambientales –es escalador y ecologista– y así la filosofía de marca.

O Houdini, fundada en la base de los límites planetarios. Las empresas pueden pensar que su sistema no puede aplicarse en el mundo en el que vivimos, en donde casi todo es extractivo o tiene obsolescencia. Yo hablo también en mi teoría de la ética. Supongo que no es muy ético fabricar algo que sabes que se va a romper.

¿Las pequeñas empresas tienen más posibilidades de transformarse en empresas del siglo XXI?

Es cierto que las start-up, a priori, tienen más posibilidades de cambiar sus estructuras o de nacer con un modelo de negocio más circular, pero cuando hablo con ellas, lo que más repiten es que tienen que crecer, es lo que más les importa, en eso está basado su modelo. Todas están compitiendo en el mismo terreno de juego, aunque a veces en mundos paralelos. Puedes centrar tus esfuerzos en ser sostenible y regenerador, pero en última instancia depende de la estructura de la compañía. Obtener el mayor retorno y beneficios posibles debe dejar de ser la meta. Y la base debe ser la protección ambiental, no puede ser algo accesorio.

No es partidaria de poner freno a los abusos ambientales con impuestos. ¿Por qué?

Los impuestos, las cuotas y los precios escalonados pueden contribuir a aliviar la presión que la humanidad ejerce sobre las fuentes de la Tierra, pero son insuficientes. Las empresas ejercen presión para retrasar su puesta en práctica o reducir los tipos fiscales, obtener bonificaciones... Los Gobiernos ceden porque temen que su país pueda perder competitividad o su partido pierda votos. 

Las cuotas e impuestos que limitan las existencias y reducen los flujos de contaminación pretenden cambiar el comportamiento de un sistema; pero son palancas de baja influencia. Cuando la industria va de fabricar, usar y tirar, los incentivos no evitan que los recursos se agoten; lo que se necesita es un paradigma de diseño regenerativo que cambie las empresas.

¿Y por dónde empezamos?

Por ejemplo, por sacar del mercado los plásticos de un solo uso y los productos con obsolescencia. Hay que crear un ecosistema de materiales distinto al que tenemos y hacerlo de la mano de las empresas. Algunas compañías tienen en sus plantillas algunos de los ingenieros y diseñadores más ingeniosos y brillantes, estoy segura de que harían diseños más efectivos si fuera su objetivo. 

Hay que pensar que todos los materiales, sean biológicos o técnicos, sean metales, fibras que no se descomponen naturalmente deben ser diseñados para ser reutilizados o reacondicionados y en última instancia, reciclados.
Mire por ejemplo los teléfonos móviles: en 2010 solo se reutilizó el 6%, el 9% se desmontó para reciclar y el 85% fue al vertedero. Se tiene que diseñar de otra forma.

¿El donut acabará con la desigualdad?

El 45% de las emisiones contaminantes parte de la demanda de un 10% de la población. Hay una enorme diferencia en el uso que se hace de los recursos planetarios. Uno de los principales propósitos del donut es crear una economía regeneradora y reducir esta brecha; eliminar los extremos en el bienestar. 

Y una de las razones por las que he insistido tanto en los límites planetarios es por el cambio climático. Sé que es un proyecto muy audaz para el siglo XXI, pero es precisamente este el tipo de proyecto que debemos abordar, porque no podemos dejar este legado a los que vengan después y los hijos de éstos. Y debemos sentirnos orgullosos de ponérnoslo como meta."          

(Entrevista a Kate Raworth, economista, Belén kayser, 16/04/20 , esta entrevista ha sido publicada en el N15 de la revista Ballena Blanca)