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22/3/23

“El control que ejercía el franquismo era mucho más minucioso de lo que mucha gente imagina”... El control no era solo político, para neutralizar a la disidencia y mantener la tan loada paz social. Era también un control religioso, moral, pedagógico, familiar, estético, sexual

 "A finales de 2022 llegaba a las librerías 1969 (Navona; L’Altra, en catalán), novela a la que el escritor Eduard Márquez (Barcelona, 1960) ha dedicado los últimos ocho años. En el transcurso de este largo período se ha documentado de forma más que exhaustiva: ha acumulado cientos de libros y revistas, miles de documentos de archivo y horas y horas de entrevistas. El resultado es una novela documental, construida como un collage, a partir de pequeños fragmentos escogidos entre el material acumulado. En sus más de 500 páginas, el autor pone el foco en el año que marca el inicio del fin de la dictadura, y en una ciudad especialmente bulliciosa, Barcelona. Pero 1969 no nos habla únicamente de aquellos doce meses, sino también del inicio de toda una época, los años 70, caracterizada tanto por las aspiraciones de cambio radical como por las desilusiones con las que, muchas veces, culminaron estas expectativas.

El final del franquismo y la transición están muy presentes en el debate público. Es un período del que se habla mucho, pero sobre el que siempre suelen repetirse los mismos lugares comunes. ¿Cómo ha cambiado tu mirada sobre aquella época la elaboración del libro?
Cuando empecé a trabajar en la novela, la idea de la transición modélica, gracias a la cual unas cuantas mentes preclaras y generosas nos regalaron la democracia, ya estaba muy desacreditada. De manera que me encontré con una visión menos modélica y más colectiva. Es decir, una visión que reconoce la enorme violencia del proceso y que asume la presión que se ejerció desde multitud de organizaciones para forzarlo y canalizarlo. En este sentido, es sorprendente la gran cantidad de material académico sobre organizaciones de todo tipo —políticas, laborales, sociales, culturales…— que jugaron un papel en el cambio. Ahora bien, a pesar de esto, creo que hay que abrir aún más el foco y recuperar la fuerza de la calle y de la gente anónima que, sin estar encuadrada o estando encuadrada en organizaciones pequeñas o marginales, también puso su grano de arena para mejorar la vida de su barrio, o la escuela de sus hijos, o las condiciones laborales de su lugar de trabajo, o los derechos de determinados colectivos… Una labor de desgaste más diversa de lo que se cree y que hay que reivindicar. En la línea, un poco, de la intrahistoria de Unamuno.

Me pareció muy pertinente el titular de uno de los artículos que se han publicado sobre 1969: “Cosas del franquismo que había que contar”. ¿Hasta qué punto hemos fallado como sociedad a la hora de transmitir lo que pasó durante la dictadura?
A pesar de que pueda parecer mentira, sí queda mucho por contar. Porque hay mucho material en los archivos que aún no ha salido a la luz y, sobre todo, porque hay mucha gente que aún no ha tenido la oportunidad de explicar su historia. Curiosamente, además, a raíz de la publicación de la novela he podido conversar con lectores jóvenes y me atrevería a afirmar que muchos de ellos desconocen lo que ocurrió o que, si lo conocen, tienen una visión muy parcial o sesgada. En este sentido, sí creo que hemos fallado como sociedad porque, en muchos casos, les hemos escatimado la información necesaria para conocer y comprender la historia de sus propias familias y para entender muchas de las derivadas de todo aquello que aún influyen en la realidad actual.

Precisamente el material de archivo ha sido una de las bases para construir el libro. Aunque algunas de tus anteriores novelas, como El silencio de los árboles o La decisión de Brandes, ya tenían un trasfondo histórico y estaban sustentadas en una amplia documentación, con 1969 has dado un paso más allá.
La documentación ha sido siempre una de mis obsesiones. En este sentido, me gusta mucho una afirmación de Haruki Murakami: “Cuando tu trabajo consiste en mentir, lo que debes conocer mejor que nadie es la verdad”. Es decir, para que la ficción funcione, para que la ficción huela a realidad y el lector no se sienta engañado, hay que conocer a fondo esa realidad. Si esto es evidente en cualquier novela, aún lo es más en una novela como 1969, que pretende narrar el principio del final de la dictadura en Barcelona. Para poder escribirla, necesitaba zambullirme en la “verdad” del franquismo, y esa “verdad” está en los archivos, donde he podido entrar en contacto directo con muchas de las caras del régimen: la represiva, la judicial, la política, la social, la moral, la religiosa…

Además de la enorme utilidad histórica de la información recogida, la convivencia cotidiana con ese material ha sido determinante a la hora de encontrar la estrategia narrativa final, basada en la combinación de documentos de todo tipo —informes, sentencias, decretos, discursos, cartas, manuales, sermones, permisos, manifiestos, octavillas…— y de las voces de quienes, generosamente, han aceptado explicarme sus historias o, incluso, me han facilitado material personal de la época como cartas o diarios.

Efectivamente, a parte de los documentos, la otra gran materia prima con la que has compuesto la novela son las entrevistas, al modo de Svetlana Aleksiévich. Algunas de ellas son auténticamente conmovedoras. Hay gente que te ha confiado episodios de su vida que apenas habían contado. ¿Cómo conseguiste la complicidad de estas personas? ¿Qué te ha aportado su testimonio más allá del material que has utilizado para el libro?
Justamente, parafraseando a Svetlana Aleksiévich, he tenido la suerte y el privilegio de convertirme en un “hombre-oreja”. En alguien que escucha y que transmite lo que se le cuenta. De ahí que, para recoger el máximo de información posible de quienes vivieron la transición en directo, haya hecho decenas de entrevistas. Durante meses. Durante años. Centenares de horas de grabaciones. Para conseguirlo, solo hace falta saber escuchar y, sobre todo, no prejuzgar. Esta es la mejor manera de ganarse la confianza de la gente. Callando y escuchando. De manera honesta y sincera. Para revivir con ellos. Para emocionarse con ellos. Y, en el fondo, para aprender de ellos. Y esto último ha sido y continúa siendo muy importante para mí. Porque son personas que, en muchos casos, por lo que les ha tocado vivir, nos llevan mucha ventaja en sus reflexiones sobre la vida, la lucha, el compromiso, el inconformismo, la violencia, la culpa, el perdón, el arrepentimiento, la derrota, la resignación… Para mí, sin ninguna duda, ha habido un antes y un después. Porque me han ayudado a entender mejor lo que pasó entonces y, por si fuera poco, han enriquecido mi mirada sobre la realidad actual.

Muchos de estos protagonistas guardan un sabor agridulce sobre la época. Se consiguieron muchas cosas —entre ellas, que cayera el franquismo—, pero otras tantas expectativas quedaron frustradas. ¿Les debemos algo, como sociedad?
Sí, más allá de los reconocimientos institucionales, justos y necesarios, debemos darles la oportunidad de contarnos sus vidas. Desafortunadamente, no hemos podido salvar del olvido, de manera extensiva, a la generación que vivió la guerra civil. Creo que no podemos cometer el mismo error con la generación que vivió la transición. Es cierto que están en marcha numerosos proyectos de historia oral, por parte de organizaciones políticas, sindicales, laborales o sociales, pero es necesario ir más allá y generar depósitos de memoria oral que recojan el mayor número posible de testimonios. Una labor complicada, sí, pero ineludible y urgente. Porque el tiempo juega en nuestra contra. Sin ir más lejos, en los últimos meses, he perdido a tres de mis “protagonistas”.

Una de las cosas que me deslumbró de la novela fue su fuerza torrencial: desde el primer fragmento del collage que la compone, sus páginas te arrastran como un río desbordado: huelgas, manifestaciones, choques con la policía, panfletos, pintadas… Esto transmite muy bien lo que sucedía en la época: un bullicio constante en las calles.
Sí, me ha fascinado la sensación de hormigueo constante. De baja intensidad, a menudo con poca gente implicada, sí, pero constante. A lo largo de un día, se puede encontrar constancia de manifestaciones de obreros, de estudiantes, de vecinos, de huelgas, de asambleas en las empresas, en las universidades y en los institutos, de reuniones en las parroquias, de boicots, de sabotajes, de ataques a entidades bancarias o a determinadas empresas, de expropiaciones… Un hormigueo que, en algunos momentos, no solo me ha fascinado, sino que me ha generado un poco de envidia.

¿Envidia porque hoy vivimos aletargados?
Más o menos. Por suerte, hay muchos frentes de acción abiertos. Y con una gran incidencia sobre la vida cotidiana de la gente. Alquileres, energía, bancos de alimentos, violencia de género, ayuda a los mayores, acogida de migrantes… Con mucha gente comprometida. Pero echo en falta ese hormigueo, ese runrún constante de la transición, cuando, por ejemplo en el año 76, todo se juega en las calles. Los poderes políticos y económicos tendrían que notar constantemente el aliento de la gente en el cogote. Tendríamos que ser capaces de ejercer una presión incesante sobre ellos. Para recordarles que estamos ahí y que no pueden pasar de nosotros. Y me temo que, por ahora, esto no es así. Tenemos demasiadas tragaderas.

Utilizas una abundante documentación policial. Una de las cosas que seguramente sorprenderá a mucha gente es el nivel de detalle con el que la policía monitorizaba las actividades de la oposición. Hay un documento hilarante, en el que se describe el mensaje, color y medidas de todas las pintadas que una patrulla se va encontrando en su camino durante una sola noche. ¿Qué nos dice esta obsesión sobre el carácter del franquismo?
Que el control social era mucho más minucioso de lo que a menudo se explica y de lo que mucha gente se imagina. Informes policiales diarios sobre lo que sucedía en las fábricas, en las universidades, en las parroquias, en los actos públicos… Más los informes de los confidentes, de los infiltrados, de los ciudadanos anónimos… Además, hay que tener en cuenta que se tenía que pedir permiso para todo: para reuniones de escalera de vecinos o de accionistas de una empresa, para fiestas de cumpleaños y para bodas, para presentaciones de libros o de discos, para inauguraciones de locales comerciales, para desfiles de moda, para concursos de cocina, para proyecciones de películas, para fiestas escolares, para conciertos, para bailes y verbenas… Con los pertinentes informes posteriores, en los que se deja constancia del horario, del número de asistentes y de los posibles incidentes antirreglamentarios. Por ejemplo, que en algún concierto se haya cantado una canción subversiva que no estaba en la lista presentada a la hora de pedir el permiso. Con la sanción consiguiente para que el cantante se abstenga en el futuro de interpretar canciones fuera del programa.

Cuando se habla de represión, solemos tener en mente únicamente su vertiente política: la practicada contra los militantes del antifranquismo. Pero la represión iba mucho más allá. Me refiero, por ejemplo, al caso de la chica que, tras irse a vivir por su cuenta, es denunciada por sus propios padres y termina en un correccional de las adoratrices dependiente del Patronato de Protección de la Mujer. Lo que te cuenta pone los pelos de punta.
Porque el control no era solo político, para neutralizar a la disidencia y mantener la tan loada paz social. Era también un control religioso, moral, pedagógico, familiar, estético, sexual… Que abarcaba las costumbres, las relaciones personales, la ropa, la música, las lecturas… Una uniformidad que dejaba muy poco margen para el enfrentamiento colectivo e individual. Porque topaba con la policía o con los padres, con los curas o con los profesores, con los serenos o con los vecinos, con los compañeros de clase o de trabajo… Pero también es verdad que mucha gente, a menudo a título individual, supo aprovechar ese poco margen para plantar cara en su entorno más cercano, con consecuencias, en algunos casos, como las que mencionas: padres denunciando a sus propios hijos por su comportamiento, por su manera de vestir, por sus amigos…

A menudo, en los actos de promoción del libro, se te ve con una camiseta con una ilustración de una publicación clandestina del MIL-GAC, en el que militó Puig Antich. ¿Puedes contarme por qué?
Para mi “uniforme promocional”, opté por hacerme una camiseta con una viñeta de la revista CIA (Conspiración Internacional Anarquista) en que se ve a Olivia con las siglas GAC añadidas con letraset en el pecho. ¿El motivo? Porque me gusta pensar que yo también soy un Grupo Autónomo de Combate. Me habría gustado añadirle una L para generar la sigla de Grupo Autónomo de Combate Literario, pero no había suficiente espacio.

Empezaste este proyecto queriendo hacer una novela que fuera de 1969 a 1980. De momento, y no es poco, nos has ofrecido el pistoletazo de salida. A partir de ahora, ¿qué?
Ahora toca esperar y ver. Si encuentro los medios para establecer unas condiciones menos costosas para mi bolsillo, seguiré adelante e intentaré llegar al año 1980. En caso contrario, tendré que dejarlo aquí. Y, por lo que han representado para mi vida personal y literaria, por todo lo aprendido y por todas las emociones vividas, los últimos ocho años de trabajo ya habrán valido la pena. Sin duda."              (Pau Casanellas, El Salto, 22/03/23)

13/11/15

Barracas: la Barcelona escondida...

 
 Vista general de las barracas de Montjuïc en la década de los sesenta del siglo pasado

"Aquí hemos estado y aquí hemos vivido. Esta fue mi primera Barcelona”. Tiene unos 65 años muy bien llevados. Se llama Carmen. Viste con elegancia y mantiene un monólogo sordo frente a los paneles que muestran imágenes de la montaña de Montjuïc en 1969, barracas, chamizos, caminos sin pavimentar y vegetación rala entre el estadio y el monumental palacio de la exposición de 1929.

 “No teníamos agua, ni luz, ni calles pavimentadas, pero aquí pasé los años más felices de mi vida”.

Es domingo, 25 de octubre, y Carmen y otras 500 personas se han reunido en la confluencia del paseo Olímpico y la calle del doctor Font i Quer para participar en la colocación de las grandes placas que recuperan una historia perdida, escondida durante años como si de una vergüenza se tratara, como si esas viviendas no hubieran formado parte de la opulenta Barcelona.



Las barracas que puntearon las afueras de la ciudad (1) acabaron de desaparecer con la llegada de los ayuntamientos democráticos y los Juegos Olímpicos de 1992 acabaron por cubrir sus cicatrices en el territorio. Después, el silencio. Montjuïc se convirtió en la aclamada zona olímpica por antonomasia; la Diagonal fue amplio paseo, césped y centro comercial; Can Valero se transformó en jardín botánico y Somorrostro en hermosa playa recuperada; Camp de la Bota cedió su espacio para el frustrado Fórum Universal de las Culturas del 2004, y el potente puerto engulló Can Tunis. 

La nueva Barcelona había hecho desaparecer las barracas, pero también su recuerdo. La ciudad perdió parte de su pasado, de su historia. Contra el olvido fueron surgiendo voces que con pausa trabajaron para recuperar aquella memoria. 

El punto de partida fue el seminario La inmigración en Barcelona en el siglo XX que del 19 de febrero al 4 de junio del 2003 acogió el Institut d’Història de Barcelona. La sesión dedicada al crecimiento demográfico y el barraquismo despertó el interés de un joven historiador, Òscar Casasayas, que junto a historiadores y antropólogos del grupo Pas a Pas formó un equipo de trabajo dirigido por Mercè Tarjer y Cristina Larrea (2) con el fin de investigar la formación de los núcleos barraquistas, la procedencia de los hombre y mujeres que las habitaron y cómo vivieron y fueron expulsados de sus casas cuando la ciudad necesitó el espacio para sus fastos, como el Congreso Eucarístico Internacional de 1952. 

Este grupo buscó a los antiguos vecinos, recuperó material gráfico y grabó testimonios, retazos de aquella gran historia olvidada que acabaron con el silencio que durante tanto tiempo había tapado su propia vida. Tres años de trabajo dieron como resultado el estudio El fenómeno del barraquismo en la ciudad de Barcelona, punto de partida de la exposición Barracas. La ciudad informal, de abril del 2009. 

Los visitantes de esta muestra se vieron protagonistas en fotografías, cifras, textos, orgullo de haber pertenecido a un grupo, a una clase social, que llegó a Barcelona huyendo de la miseria, de la represión política, se integró para siempre en la ciudad de acogida y aportó  su trabajo en la reconstrucción económica.

 

A la exposición del 2009 siguieron un dossier de Carrer, publicación de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB), un reportaje en el programa 30 Minuts y el documental del programa Sense ficción, de TV3, de enero del 2010 que planteaba la necesidad de rescatar la memoria colectiva de aquellas barracas y de sus ocupantes. 

El resto fue llegando  poco a poco. Surgió un movimiento vecinal y asociativo que exigió el reconocimiento público de lo que habían sido aquellos años de supervivencia, de olvido. 

Fueron las voces de Rafael Usero de las barracas de Montjuïc, o las de Julia Aceituno y su hermano José, vecinos de Somorrostro, las que marcaron el camino: “No quieren recordar que aquí estuvo Somorrostro. Pues estuvo, y muchos años de sufrimiento, de penuria…No, no hay ni un letrero que ponga Somorrostro…”. Las calles se bautizaron como avenida Icaria o Bogatell, pero Somorrostro nunca existió para la Barcelona postolímpica.  

El lamento fue recogido por diversos sectores ciudadanos y canalizado a través de los autores del documental, Alonso Carnicer y Sara Grimal, los historiadores Mercè Tatjer, Oriol Granados y Jaume Fabre, y representantes vecinales, como Custodia Moreno y José Molina.

 Se constituyó una comisión para la recuperación de la memoria de los barrios de barracas y se  redactó un manifiesto que consiguió la adhesión de más de 80 entidades  y 800 personas a título individual. La petición era modesta: que el nomenclátor y la señalización de la ciudad recogiera la existencia y el reconocimiento sobre el terreno de los diversos núcleos barraquistas de la ciudad.

 Ese proceso se ha prolongado durante el mandato de tres alcaldes, el socialista Jordi Hereu, el convergente Xavier Trias y Ada Colau, de Barcelona en Comú. Finalmente, el trabajo de tanta gente se concretó el 25 de noviembre del 2014 con la colocación en la playa del Somorrostro (3) de la primera de las grandes placas que visualizan el pasado de lo que hoy es una atractiva playa y concurrido paseo marítimo, a escasos metros del barrio de la Barceloneta. Junto a la placa, unos paneles con fotografías del núcleo barraquista. 

El mismo proceso se repitió en Montjuïc (4) y seguirá en el Carmel (5) y La Perona. Otras siete placas de menor tamaño se muestran ya en Can Tunis, Poble Sec, Poblenou, Santa Engracia, Diagonal, Camp de la Bota y La Perona.

 ¿Qué se ha conseguido con tanto esfuerzo? Mercé Tatjer asegura que reportajes, documentales, comisiones, placas y encuentros han servido para recuperar el pasado, cierto, pero también para acabar con el recelo de vincular a los barraquistas con la degradación urbana y romper el miedo a expresar en voz alta cómo fueron los primeros años de existencia de aquellos vecinos, “años lastrados por una leyenda negra que ahora también se ha roto”.

 Los  primeros barraquistas procedían, en general, de fuera de Barcelona, pero Tatjer ha documentado un elevado número de familias que llegaron de Lleida y de otros puntos de Catalunya. 

Algunos eran pescadores que decidieron recalar definitivamente en la ciudad, otros abandonaron sus pueblos huyendo de la miseria o de la represión franquista, y todos aquellos hombres y mujeres que llegaron con la esperanza bajo el brazo han tenido historias de superación más allá de barracas y primeras miserias. 

Tatjer recuerda que en la década de los 50 y 60 del siglo pasado faltaba mano de obra en Barcelona y que la inmigración colaboró en el resurgimiento industrial y las necesidades del servicio doméstico. “De las barracas pasaron a los polígonos construidos con prisa en el extrarradio, sin equipamientos, y surgieron barrios con vida propia, reivindicativos, exigentes con la administración, el núcleo obrero de la lucha antifranquista”. 
 
La preparación de Barcelona para los Juegos Olímpicos acabó con los últimos vestigios de barraquismo, pero Mercè Tatjer no está segura de que  Barcelona haya superado la lacra de la infravivienda y prefiere decir que, simplemente, ha cambiado de aspecto: “Hoy hay hipotecas que expulsan a la gente, superocupación de pequeños pisos, naves industriales abandonadas convertidas en alojamiento de los nuevos emigrantes y viviendas de autoconstrucción aisladas cuya existencia, otra vez, nadie quiere reconocer, así que da miedo pensar que la historia pueda volver a repetirse”.    


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(1) En la década de los 60 del siglo pasado se calcula que 100.000 personas vivían en diferentes núcleos barraquistas de Barcelona, aproximadamente el 10% de la población de la ciudad.
(2) Barraques. La Barcelona informal del segle XX. Mercè Tatjer y Cristina Larrea. Diciembre 2010. Publicaciones del Ayuntamiento de Barcelona.
(3) En 1957 se contabilizaron en esta zona 1.332 barracas. La erradicación de las mismas comenzó en 1966.
(4) Las diversas zonas de la montaña acogían casi 6.000 barracas que desaparecieron en 1972.
(5) En 1957, el ayuntamiento reconoció en los tres núcleos del barrio casi 600 barracas.

1/9/14

El padre de Jordi Pujol hizo gran parte de su fortuna con el contrabando de divisas, durante el franquismo

 Marta Ferrusola besa a su suegro, Florenci, en 1980. / KIKE PÉREZ DE ROZAS (EFE)

"¿Quién fue Florenci Pujol, el tenedor de la fortuna en el extranjero que supuestamente destinó a sus nietos y a su nuera, Marta Ferrusola, y que según su hijo Jordi es la causa de sus actuales desvelos?  (...)

Le apodaban El Pujolet de la Borsa, porque “era un hombre no muy alto”, describe Jordi, “pero bien plantado, simpático, enérgico y al mismo tiempo, dulce; era seductor y tenía muchos amigos que le querían y respetaban”.  (...)

Entre sus amigos destacaba su socio David Moisés Tennebaum “un judío originario de la Galitzia polaca” que había salido de su país con una mano delante y otra detrás, y había hecho mucho dinero en Barcelona gracias a estar dotado de un buen olfato mercantil, en la versión del hijo. 

Otros destacaron sus negocios de joyería; o su especulación con productos de primera necesidad en la posguerra del hambre y la necesidad; o su capacidad de inversor en la sociedad de comercialización de diamantes Diamansa, en la Rambla de Catalunya.

La historia no oficial de la pareja Pujol-Tennembaum incluye que tenían “una particular oficina de cambio de moneda, junto al puerto” de Barcelona, y que fue “en los muelles barceloneses” donde hicieron “suculentos negocios”, destacan Baiges y Reixach. Esa fue probablemente la más lucrativa de sus actividades. 

En la España franquista y autárquica de los años cuarenta, incomunicada con el mundo exterior, se carecía de todo. También de divisas, que ambos conseguían por la vía portuaria. No había mucho demandante de moneda extranjera, pero sí bastante demanda. Entre otra, de los empresarios.

 “Tuve que hacer, como todos los industriales algodoneros, la inevitable especulación de moneda, contrabando de divisas, si se quiere llamar así: todos tuvimos que ser unos honrados contrabandistas”, escribió quien fuera director del Consorcio de los fabricantes textiles de algodón, directivo del Banco de Bilbao, luego director del IEME (Instituto Español de Moneda Extranjera, en 1965), promotor del Banc Industrial de Catalunya y amigo y consejero del presidente Tarradellas, Manuel Ortínez (Una vida entre burgesos, Edicions 62, Barcelona, 1993).

Y para satisfacer esa demanda, aparecía la pareja. Florenci y David, “entre otros, me proporcionaban las divisas”. ¿Para qué? “Yo necesitaba cubrir las diferencias entre el valor de exportación y el de importación; si exportabas un producto que te daba un millón de pesetas, lo vendías al doble de precio y por tanto podías importar por dos millones, era evidente que necesitabas comprar un millón extra, o sea, necesitabas comprar el millón de dólares que te faltaba”, detalla Ortínez. Fuese en los muelles de Barcelona o en Tánger.

 Claro que la dictadura perseguía esta especulación —rompía su aislacionismo y su intervencionismo—, a través de la policial Brigada de Delitos Monetarios. Aunque se trataba de un “contrabando” necesario, indispensable por ejemplo para el suministro de materia prima, en este caso el algodón, inglés o egipcio. Florenci y David “eran importantes” en este tráfico, “ellos me proporcionaban las divisas y yo necesitaba muchas”, precisaba el ya fallecido Ortínez.  (...)

Florenci, al que Jordi califica como “el primero de mis maestros”, es un liberal, “poco religioso”, republicano y catalanista, votante de Esquerra, pero no un exaltado, del bando perdedor en la Guerra Civil, si bien pasó esta cómodamente, pues cuando le llamaron al frente “se las ingenió para que le diesen un destino de chófer”, de forma que “iba y venía del campo de batalla sin tener que situarse en primera línea”, recuerda el hijo.

 Aunque anglófilo, le lleva a la Escuela Alemana, y eso que esta coreaba himnos y lucía esvásticas: tiempos de Hitler, un mal trago para quien más tarde se convertiría en mito de la resistencia democrática y catalanista.   (...)

—Mi hijo quiere que compremos un banco —le dijo Florenci Pujol a Joaquim Dorca, operador como él en la Bolsa de Barcelona, porque al chaval se le había metido entre ceja y ceja que Cataluña necesitaba un banco autóctono y él debía cumplir la misión de ofrecerlo a la patria; quizá también porque eso simbolizaría su propio, y fulgurante, ascenso profesional y social.
—Mi familia quiere que os vendamos el nuestro —le replicó Joaquim, miembro de la familia propietaria de la Banca Dorca.  (...)

“Convencí a mi padre y al cabo de un tiempo adquiríamos la pequeña Banca Dorca, de Olot”. Costó doce millones de pesetas, incluidas las 250.000 que Florenci había reservado para comprar un terreno en Premià “para construirme una casa”, deletrea el hijo, “le convencí de que renunciásemos a cambio de invertir el dinero en la compra” del banco, al que acabarían bautizando Banca Catalana. Hubo otros obstáculos.

 Algunos de los Dorca no acababan de fiarse de aquellos parvenus, aquella armada Brancaleone de financieros de tropa y soñadores imposibles, más aún cuando disponían de una oferta alternativa, la del entonces todopoderoso Banesto. Hasta que Pujol pudo presentar como socio a Jaume Carner, a quien conocía de los círculos católicos. 

Carner era nieto del famoso Jaume Carner, ministro de Hacienda de la República, que salvó a Manuel Azaña del problema del crédito de la Banca Morgan e introdujo el impuesto sobre la renta en España, y luego fundó la azucarera CIA (Compañía de Industrias Agrícolas).

El grueso del dinero lo pusieron Florenci y David Moisés. Pero ellos no pudieron figurar entre el grupo de accionistas fundadores. Les representaron sus esposas, Maria Soley y Ruth Kirchner. ¿Por qué? Porque el mismo día en que se formalizó la compraventa de acciones, el 18 de marzo de 1959, sus nombres aparecían en el BOE, en una lista de 872 financieros descubiertos por el delito de evasión de capitales a Suiza y condenados por el Juzgado Especial de Delitos Monetarios. 

El intermediario, George Laurent Rivara, de la Societé de Banque Suisse, había vehiculado un total de 16.240 millones de pesetas. Una fortuna. No toda ella, claro está, dedicada a garantizar los saldos entre los precios industriales de importación y exportación.

“Ya éramos amos de un banco”, celebra retrospectivamente el hijo de Florenci en sus Memòries.  (...)

Pero carecían del pedigrí de los grandes banqueros catalanes de la Restauración, arruinados, decadentes o fallecidos. El núcleo inicial de Banca Catalana era casi completamente ajeno a la gran burguesía industrial y financiera barcelonesa. Más bien gente de comarcas, aquí un mediano industrial textil, allá un ingeniero químico, acullá un abogado, un notario, un comercial. 

Salvo Carner, casi todos de medio pelo, pero patrimonialmente “arregladets”. Hasta que conectaron con los del grupo promotor del Banc Industrial de Catalunya (BIC, pensado como “un INI catalán”) que encabezó Manuel Ortínez, no absorbieron a bastantes de los big names de la burguesía catalana: Andreu Ribera Rovira, Domingo Valls i Taberner, Oleguer Soldevila, los Bultó, los Casablancas… (...)

Lo que la burguesía más acrisolada calificaba de “nuevos ricos”. Gente que “durante la guerra no pasamos hambre”, reconoce Pujol, atribuyendo este éxito a la familia payesa de Premià. ¿Tan solo? Gente, “genteta”, a quienes los grandes señores —a su vez descendientes de algún menestral— despreciaban. Por cursis, por republicanos, por sus gustos poco refinados, por hablar catalán (esa lengua del servicio), por a-franquistas o antifranquistas, porque eran sus “encarregats” para los trabajos sucios… 

El hijo de Florenci les devolvía la inquina, y siempre quiso embridarles: a la cuestión de “si es que la alta burguesía catalana tiene categoría, yo he de decirle que no”, le espetó al periodista Sergio Vilar hace casi medio siglo (Protagonistas de la España democrática. La oposición a la dictadura, Ediciones Sociales, París, 1968). Repregunta actual: ¿la tiene hoy esa menestralía que tan bien encarnó?"                ( , El País, 29 JUL 2014 )