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12/9/23

Los republicanos españoles lideraron la liberación de la Alta Saboya de la ocupación alemana

 "Los héroes españoles que lucharon contra el nazismo ya no tienen quien cuente su historia.

 “Soy un hombre sencillo, no tengo pretensión de notoriedad, pero en las calles de Annecy el prefecto se para a saludarme y los vecinos me tienen como a una personalidad que representa a la resistencia española”. Estas sinceras palabras corresponden a Miguel Vera, un malagueño de Nerja que, con solo 11 años, se exilió junto a su madre a la capital del departamento francés de Alta Saboya en 1948. En Annecy aguardaba Miguel Vera padre, héroe de la resistencia española que había liderado la lucha antifascista junto a los franceses, con una estrategia clave para convertir la Alta Saboya en la primera región del país galo en liberarse del yugo nazi en 1944, un año antes del final definitivo de la II Guerra Mundial. 

 Durante décadas, los últimos de aquellos resistentes —hoy todos fallecidos— y sus familias han salvaguardado el recuerdo de los republicanos que tuvieron que abandonar España al finalizar la Guerra Civil y que, ya en Francia, soportaron durísimas condiciones de vida y se vieron obligados a combatir a un nuevo enemigo, la Alemania nazi. Tanto en Annecy como en el resto de la región alpina, han participado en numerosos actos de homenaje, dando voz a la gesta de sus familiares.

A los 87 años, Miguel Vera hijo continúa con la labor registrada en los estatutos de la asociación Amicale de la Résistance Espagnole, creada en 1968, que consiste en “preservar la memoria de quienes lucharon por la libertad y transmitirla a los jóvenes”. El primero objetivo se ha cumplido, pero el malagueño lamenta no tener opciones de hacer calar el segundo con mayor fuerza: “Los hijos de los resistentes son de mi edad o incluso mayores, mientras que los jóvenes han perdido el afán por difundir lo que hicieron sus antepasados”, reconoce. 

 En tanto llega (o no) ese relevo, Miguel Vera sigue a lo suyo con la misma pasión: mantener vivo el espíritu de los luchadores españoles, narrando la vida del héroe que mejor conoce. “Mi padre siempre luchó por mejorar las duras condiciones laborales de los trabajadores. No podía soportar que un obrero que cogía un saco de carbón por necesidad fuera denunciado a la Guardia Civil, que le requisaba y destrozaba la mercancía y la emprendía a bofetadas con él”, relata Miguel Vera hijo desde su casa en Annecy. Aquella defensa de los trabajadores en tiempos oscuros lo enemistó con el terrateniente que reclutaba a los operarios en condiciones indignas, el marqués de Larios. Esta circunstancia, unida al estallido de la Guerra Civil, le obligaría a dejar su tierra. 

Un calvario tras la Guerra Civil

“Cuando Franco entró en Madrid, en marzo de 1939, mi padre se encontraba en Puertollano. Cada día, las camionetas iban recogiendo a los denunciados y los fusilaban. Él sabía que acabaría tocándole, así que huyó hacia los Pirineos, pero las abundantes lluvias que cayeron durante una semana hicieron que tardara más de 15 días en cruzar la frontera hacia Francia”. Finalmente, lo consiguió a mediados del mes de abril de 1939. Y cuando creyó encontrarse a salvo se presentó a la policía francesa. Lo que ignoraba entonces era que le aguardaba un nuevo calvario: la reclusión en los campos de concentración de Argèles-sur-Mer y Saint-Cyprien junto a decenas de miles de compatriotas. 

En vísperas de la ocupación nazi, Francia creó las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE), destinadas a realizar los trabajos más duros, desde la reparación de carreteras a la construcción de fortificaciones. El malagueño Miguel Vera acabó entrando en una de estas formaciones, dedicada a la fabricación de carbón, que entonces se utilizaba como combustible para vehículos, sustituyendo a la gasolina. Al fin y al cabo, fue un golpe de fortuna.

 “Era mejor quedarse en esta compañía que acudir a reforzar la Línea Maginot (una muralla construida por Francia para prevenir ataques de Alemania e Italia), cuyos trabajadores cayeron prisioneros de los alemanes tras su ataque relámpago”, reflexiona Miguel Vera hijo. Se refiere al inicio de la Ocupación francesa, en junio de 1940, y al trágico final de aquellos operarios, muchos de ellos exiliados republicanos. A unos 8.000 les aguardaba la pesadilla de Mauthausen, el “campo de los españoles”, y a más de la mitad de estos, cerca de 5.000, la muerte, en el infierno de Gusen. 

Maquis en la resistencia

Dos años más tarde (1942), Alemania creó el Servicio de Trabajo Obligatorio (STO), ante la necesidad de proveer a las fábricas germanas de trabajadores procedentes de los países ocupados. Esta circunstancia suponía un enorme riesgo de deportación que los españoles querían evitar a toda costa. La Alta Saboya, una región de montaña limítrofe con Suiza, se convertiría en un emplazamiento idóneo para organizar la resistencia.

Desde Annecy, Miguel Vera comenzó a organizar un movimiento que permitía luchar contra el reclutamiento forzoso hacia Alemania, lo que lo convirtió en uno de los principales cabecillas de los grupos de guerrilleros republicanos, los célebres maquis. “Mi padre consiguió hacerse con las llaves de las oficinas de los oficiales franceses, que recibían desde Vichy (capital de la zona colaboracionista, en el sur francés) las cartas con la identidad de las personas que serían deportadas; es así como podían alertarlas y facilitar su huida”, detalla el hijo del exiliado republicano.

La organización y eficacia de los maquis españoles comenzó a causar admiración entre los franceses, quienes valoraban de los republicanos su experiencia en la guerra civil española y su capacidad para sobrevivir al franquismo. En 1943, Miguel Vera, ya como jefe de los guerrilleros españoles en la zona de los Alpes, contactó con Tom Morel, miembro del Estado Mayor de la Resistencia en la Alta Saboya, y decidieron trabajar de forma conjunta contra la Alemania nazi, el enemigo común. 

 La confianza en los españoles era tal, que cuando en 1944 Reino Unido decidió suministrar armamento a la resistencia francesa lanzándolo a través de sus aviones en las montañas de los Alpes, la defensa de uno de los emplazamientos más complicados, el Plateau de Glières, fue encomendada a un grupo con fuerte presencia española: allí Miguel Vera estaba al mando de 56 compatriotas.

La derrota inicial frente a los alemanes que querían impedir la recepción de los envíos—saldada con numerosas muertes— fue interpretada como una “victoria moral” que, finalmente, posibilitó que la Alta Saboya se convirtiera en la primera región francesa liberada de la Ocupación nazi, meses antes de la expulsión completa de los invasores.

“Las armas obtenidas en el Plateau de Glières permitieron que la Alta Saboya se independizara por sus propios medios el 19 de agosto de 1944, mientras que el resto de departamentos franceses fueron liberados por los aliados (una maniobra que terminó el 8 de mayo de 1945). Ahí el papel principal fue español”.

Miguel Vera hijo no deja de insistir tanto en la decisiva intervención de los republicanos, como en el reconocimiento de los franceses a esta contribución capital. “No hay un aniversario sobre la liberación de la guerra o de los campos de concentración nazis donde no estemos invitados por las autoridades”, asevera, todavía hoy, después de decenas de actos, un tanto emocionado.

Un recuerdo muy especial

Los actos públicos de reconocimiento no se quedaron solo en eso. De la gesta republicana, de su lucha antifascista en Europa tras la derrota frente a Franco, debía quedar una sustancia material. La Alta Saboya está sembrada de monumentos que lo recuerdan. Pero hubo un recuerdo labrado en piedra muy especial. “El alcalde de Annecy tomó la decisión de homenajear a los españoles por su papel en la resistencia y en la liberación de Francia a través de las Fuerzas Francesas de Interior (FFI), para conseguir la liberación total”, relata Miguel Vera. En 1946, el representante de Annecy comenzó a colaborar con su padre para reservar un terreno en la ciudad donde poder situar un futuro monumento. 

 El ayuntamiento decidió abrir una suscripción popular para costear la obra, una recaudación que se suspendió tras aparecer en escena un empresario español al que Miguel Vera padre había ayudado a sostener su empresa durante los difíciles años de la Ocupación. José Calviño no solo se ofreció a financiar íntegramente la escultura, sino que su residencia en París fue clave a la hora de elegir el artista que pondría su firma al monumento. Calviño sugirió a los promotores del homenaje la participación del artista Baltasar Lobo, otro republicano exiliado en París y estrechamente ligado a Pablo Picasso. El zamorano Baltasar Lobo tallaría una obra de estilo vanguardista en su taller parisino, con la condición de viajar a Annecy para realizar, en persona, la inscripción sobre el pedestal, fabricado en piedra del lugar: “A los españoles muertos por la libertad en las filas del ejército francés de la Resistencia”, fue el texto estampado por el propio Lobo.

La custodia del monumento de Annecy, del que Miguel Vera destaca su originalidad —“es el único cuyo protagonista no es un soldado”, señala—, se convirtió desde su inauguración en 1952 en una de las funciones asumidas por los republicanos supervivientes y sus herederos. Pese a todo, ocho décadas más tarde de aquella gesta con sangre española, la extrema derecha que puso en jaque a todo el planeta resurge en la actual Unión Europea. Sin embargo, sea por su dilatada experiencia o por los valores que le inculcó su padre, Miguel Vera ni se inmuta al hablar sobre el futuro inmediato: “Aquí en Francia, aunque la popularidad de Macron ha caído, no hay riesgo de que la ultraderecha acceda al Gobierno; los partidos moderados gobernarán después de Macron”, pronostica, mientras repasa la documentación legada por su padre, cuya hazaña y la del resto de republicanos españoles frente al fascismo precisa de relevo, un relevo que aún no ha llegado."                (J. M. Sadía, eldiario.es, 09/09/23)

13/4/15

La Guerra Civil es nuestro Far West... pero también, a su manera, nuestra Ilíada, nuestra Odisea

"No soy el único que piensa que la Guerra Civil es nuestro Far West. Y es normal que lo sea. Hablamos de la épica, y para que la épica surja tiene que haber héroes, por mucho que ironicemos con ellos y los desgastemos. Tiene que haberlos o el sistema no funciona.

Y queda bastante claro que la guerra civil fue una fábrica de héroes, además de uno de esos momentos trágicos y épicos que se dan muy pocas veces en la historia. Son algo así como la guerra de Troya, y las diferentes generaciones tienden a ubicarse, al menos alguna vez, en ese espacio mítico, en ese Far West donde hasta lo imposible es perfectamente posible.  (...)

A un narrador de ahora le puede interesar más el ambiente de locura colectiva que presidió los días de la guerra, aquel aquelarre sangriento en el que podían darse cita todas las formas del extravío, que el asunto estrictamente político. He ahí la utilidad más evidente de los espacios míticos: en ellos cualquier exploración parece posible.

Pero es que también todo fue posible para aquellos españoles que ya se habían curtido en la Guerra Civil y entraron a formar parte de la división Leclerc, la que liberó París. Aquellos luchadores que llegaban a París y acogían con orgullo el clamor de la multitud podían decir que habían ganado la guerra. 

No habían liberado Madrid, pero habían liberado París: algo así como la capital de Europa. Podían mirar hacia atrás y marearse de vértigo. Se habían salvado por los pelos numerosas veces: eran los héroes de nuestro tiempo justo antes de que el existencialismo llenase las calles con sus brumas constantes y empezase a reinar el concepto de angustia.

Para los españoles que entraban en París con Leclerc, la angustia era un lujo que no se podían permitir, y la locura una enfermedad sólo al alcance de los suizos.

Únicamente los griegos de la Antigüedad tenían algo parecido. Por eso nos quedamos cortos cuando hablamos de Far West: es eso, desde luego, pero también es a su manera la Ilíada y la Odisea. La Ilíada sería la Guerra Civil en sí misma, y la Odisea el periodo de la división Leclerc y todo lo que Bergamín llamó la España peregrina. Una Odisea ya vinculable a otro mito muy poderoso, el del éxodo judío.

Aquellos peregrinos no conocieron el paraíso y sin embargo no transmitieron al final de sus vidas un retrato negativo del ser humano. Eran en realidad de una inteligencia hegeliana capaz de asimilar en ella todas las tragedias y convertirlas en sustancia positiva. Y para eso hay que tener mucha madera de héroe, y mucha perspectiva, que es lo que falta ahora.

Lo que más claramente percibí de esa generación épica cuando traté a algunos de sus representantes en París era su dureza, combinada con un sentido de la humanidad muy asentado. Algunos y algunas estaban casados en segundas nupcias porque se habían quedado viudos. Conformaban matrimonios discretos y amables, que sólo hablaban de la guerra cuando se lo preguntaban; y les gustaba transmitir su relato a los jóvenes. Si les pedías que hablasen, hablaban.

Recuerdo que una vez, yendo en tren desde París a Barcelona, me puse a hablar con un hombre muy entrado en años que, según me confesó, había sido esclavo en una granja alemana durante la II Guerra Mundial. Me interesó mucho su relato y sólo le hice una pregunta, más bien perversa: ¿se había llegado a crear entre amos y esclavos un lazo afectivo?

No dudó en decirme que sí. Se habían ido de la granja con síndrome de Estocolmo. Al fin y al cabo, su condición de esclavos les había salvado la vida. ¿Recordaba con rencor a los granjeros alemanes? No, si bien sabía ponerlos en su sitio. Y les censuraba que una noche estuviese a punto de morir de frío, porque cerraron todas las puertas de la granja olvidándose de él, que había permanecido todo el día trabajando en el bosque.

Los experimentos que los nazis hicieron sobre la resistencia al dolor en los campos de concentración les llevaron a la conclusión de que los individuos más resistentes parecían ser los ucranios y los españoles. 

Por descontado que si se trataba de españoles de la Guerra Civil, la resistencia al dolor estaba más que asegurada y podían batir cualquier récord. Justamente por eso siempre he dado cierta validez a los informes que hicieron a ese respecto los médicos alemanes, si bien es cierto que se trataba de españoles de una determinada generación, la generación de la guerra de Troya y del Far West: la generación mitológica. 

Dudo mucho que ahora los españoles ganásemos la medalla de oro de resistencia al dolor, aunque viendo la paciencia y la resignación que estamos teniendo ante la crisis es para pensar que seguimos siendo el pueblo con más resistencia al dolor de cuantos ha parido la historia, y que al menos en eso no nos diferenciamos tanto de los héroes de la Guerra Civil, “domadores de potros”.

La generación de la Guerra Civil tenía una fe supurantemente ideológica en lo que llamaban la “raza española”, tanto en la derecha como en la izquierda. Se trataba de un abuso extraordinario del concepto raza, que ya se confundía con el de estirpe y el de nación, y también Salazar hablaba de la “raza portuguesa”. 

Había que pensar que sólo la península Ibérica albergaba cuatro o cinco razas más o menos definidas. Cierto racismo interior estaba asegurado entonces y ahora, si bien ahora se camufla bajo otros conceptos hurtados a la etnología, pero que en realidad significan lo mismo y tienen la misma función: separar y crear fronteras.

Un republicano al que conocí en Barcelona tenía una fe asombrosa en la fortaleza de la raza. Cené con él una noche en el Ritz, en una de aquellas fiestas de Planeta, y entre otras cosas estuvimos hablando del sida, cuyo fantasma ya volaba por el mundo como el ángel exterminador. 

 El hombre al que me refiero hizo un gesto de escepticismo cercano al estupor y me dijo que nosotros no teníamos que preocuparnos por el sida, por la sencilla razón de que la raza española era muy fuerte. “Yo mismo”, me dijo, “estuve en campos de concentración en los que había hasta lepra y aquí me tienes”.

Sí, de acuerdo, pensé para mí, pero es que eso me lo estaba diciendo un héroe, y los héroes no son personas normales y corrientes. Son seres mitológicos, como el señor heroico que cenaba conmigo aquella noche en el Ritz y que había participado en el desembarco de Normandía, lo más parecido que tenemos hoy en día al desembarco de Troya. En esa acción habían participado 150 españoles: sólo murió uno. 

Normal, eran gentes tocadas por la gracia, en parte porque se habían jugado demasiadas veces la vida. Asombrosamente, materializaban en sus vidas todos los atributos del héroe, tanto positivos como negativos: dejaban tras ellos un largo camino de sepulcros pero seguían vivos. Habían regresado del abismo."                    (   , El País,   11 ABR 2015)

17/4/11

"Las historias de Europa y España hubieran sido muy distintas si la República hubiera ganado y el fascismo hubiera sido derrotado en España"

"Durante muchos años se ha desconocido, ignorado o silenciado el periodo republicano que se extendió de 1931 a 1939. Excepto en círculos académicos y en libros pertenecientes a la bibliografía historiográfica, la República ha sido una página desconocida de la historia de España, excepto en la versión promovida por la dictadura implantada por el general Franco que dio una imagen profundamente negativa de aquel periodo.

Es importante reconocer esta distancia entre lo analizado en los textos históricos (de escasa difusión en el país) y lo conocido por la mayoría de la población. Las encuestas señalan un desconocimiento muy notable de lo que fue la República en grandes sectores de la ciudadanía. Podría parecer que las cosas cambian. (...)

¿Por qué, salvo contadas excepciones, este silencio sobre la República en los foros –como la televisión– donde se reproduce la cultura popular? La respuesta es clara. Se debe al enorme dominio que las fuerzas conservadoras tuvieron en el proceso de Transición de la dictadura a la democracia y su intento de no mirar al pasado.

Este pasado incluía no sólo la dictadura sino, muy en especial, la República. Este intento de olvido por parte de las fuerzas conservadoras es comprensible, pues la historia de la República fue la historia de la resistencia provista por sus antecesores a las reformas propuestas por el Gobierno republicano, tanto en el periodo 1931-1933 como en 1936-1939.

Ni antes (ni después) se han hecho reformas más sustanciales que en aquellos periodos y ello como resultado del poder de las izquierdas, nunca después igualado. No ha habido un periodo histórico en España en que hubiera tantas reformas en tan poco tiempo.

Como bien afirma Helen Graham en su revisión histórica de la República, el programa de reformas de esta fue enormemente ambicioso. Republicanos y socialistas habían estado esperando durante muchos años aquella oportunidad. (...)

La República introdujo la Seguridad Social (por un ministro socialista, Largo Caballero), intentó universalizar la enseñanza (un programa enormemente popular que explica la selectividad de la represión fascista en contra del magisterio republicano), introdujo el aborto y el divorcio (por una ministra anarco-sindicalista catalana, Federica Montseny), introdujo elementos de la reforma agraria, desde Andalucía al Bajo Ebro, introdujo reformas en el Ejército, lleno de generales de probada ineficacia, introdujo el laicismo (intentando reducir la misión de la Iglesia en la enseñanza), y un largo etcétera.

Ni que decir tiene que hubo también muchos errores e insuficiencias. Pero no debería olvidarse que la República fue la época de mayor creatividad legislativa reformista que ha habido en el Estado español.

El enorme entusiasmo popular que ocurrió a raíz tanto del establecimiento de la República como de la victoria del Frente Popular, era un indicador del deseo de las clases populares de hacer cambios y reformas sustanciales. El mundo occidental estaba en medio de la Gran Depresión y la fortaleza del movimiento obrero estaba asustando a las estructuras de poder de los países europeos.

Tales estructuras estaban viendo el surgimiento del nazismo y del fascismo como el único dique capaz de parar este movimiento obrero. De ahí que los establishments financieros, económicos y políticos tuvieran simpatías con el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia.

Un caso representativo fue la monarquía británica, en la que las conocidas simpatías de Eduardo VIII por el nazismo hicieron que tuviera que abdicar del trono, hecho ocultado en la película El discurso del rey. Confirmando esta percepción, al año de abdicar hizo su viaje de novios a Alemania, saludando a Hitler con el brazo en alto en múltiples ocasiones y rodeándose de personajes próximos al nazismo.

En Francia, y a pesar de estar gobernada durante un periodo por las izquierdas, había gran preocupación por las reformas que estaban ocurriendo en España, pues el mundo empresarial y el funcionariado francés –profundamente conservador– estaban inquietos y la política del Gobierno francés era la de calmar a tales grupos. (...)

La Unión Soviética no deseaba una radicalización de tales reformas (lo que menos deseaba era que hubiera una revolución bolchevique, versión española, tal como erróneamente se presenta en el serial La República), pues, consciente de que el nazismo era su peor enemigo, quería establecer una alianza con las democracias occidentales en un frente anti-Hitler.

Este contexto europeo explica que cuando se dio el golpe militar contra un Gobierno democráticamente elegido, el resto de países democráticos se sumara al vergonzoso Pacto de No Intervención.

Los establishments europeos, temerosos del peligro de contagio reformista entre sus clases populares, simpatizaron con el nazismo y firmaron, además del Pacto de No Intervención (que dejaba a la República sin ayuda militar), el Pacto de Múnich en 1938, en el que el Gobierno Chamberlain del Reino Unido cedía a Hitler parte del territorio europeo a la Alemania nazi.

La Unión Soviética, que había apoyado el Pacto de No Intervención, lo rompió cuando vio el apoyo masivo de Hitler y Mussolini al general Franco. Sin tal ayuda, la República hubiera terminado y colapsado.

Un personaje nada sospechoso de simpatías comunistas, Winston Churchill, que había presionado para la abdicación de Eduardo VIII, se opuso al Pacto de No Intervención, acusando al establishment británico de anteponer su interés de clase (temerosos del reformismo republicano español) a sus obligaciones nacionales.

Churchill agradeció el apoyo militar de la Unión Soviética a la República, que la salvó transitoriamente, así como más tarde definió a aquel país como el que había derrotado al nazismo en Europa (con sus 22 millones de muertos).

Las historias de Europa y España hubieran sido muy distintas si la República hubiera ganado y el fascismo hubiera sido derrotado en España." (El recelo de las élites europeas, Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 14 de abril de 2011, citado en www.vnavarro.org, 14/04/2011)