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16/2/23

La influencia musulmana en Europa... Durante medio milenio, el territorio de la España contemporánea fue dominado por reinos musulmanes que estuvieron a la cabeza de un experimento cultural extraordinario

 "Un siglo después de haber surgido en el oeste de la península arábiga a comienzos del siglo siete, el Islam conquistó Medio Oriente, África y parte del sur de Europa. Esta religión dinámica y expansiva estableció su puesto fronterizo en el territorio que hoy comparten una buena parte de España y Portugal.

Aunque esto tal vez sorprenda a quienes tienen cierta familiaridad con la historia de las políticas religiosas medievales de ambos lados del Mediterráneo, en este territorio, más que en ninguna otra parte del mundo musulmán —por no decir nada de los Estados cristianos de Europa— las religiones minoritarias gozaban de cierto nivel de tolerancia. Al menos durante un tiempo, judíos y cristianos pudieron seguir practicando su fe, muchas veces junto a los musulmanes.

El Corán defendía la aceptación de lo que Mahoma había denominado las otras «religiones del Libro», como el cristianismo y el judaísmo. Sin embargo, esta aceptación estuvo generalmente acompañada, en la práctica, de ciertas formas de discriminación contra los seguidores de estas religiones, especialmente la exigencia de pagar impuestos adicionales.

Con todo, en Al-Ándalus esta tolerancia fluctuante —que, dependiendo del período, a veces adquiría un rango bastante amplio y otras veces quedaba reducida a nada— estuvo combinada con préstamos culturales significativos. Algunos autores hablan incluso de una verdadera Ilustración andaluza.

En una Europa donde el rol político pasado y presente del Islam es objeto de polémica, la experiencia de Al-Ándalus es fascinante. Pero, ¿en qué condiciones fue posible esta experiencia?

Pluralismo por necesidad

Una primera respuesta está en las circunstancias en las que Al-Ándalus tomó forma y se desarrolló. Durante medio milenio, la península ibérica representó una parte significativa del mundo musulmán (de su población, su economía, su poder político y su cultura). Desde comienzos del siglo ocho, el nuevo reino musulmán fusionó de manera inextricable el elemento árabe, que representaba a una pequeña minoría de la población, con elementos ibéricos y bereberes, que representaban a la gran mayoría.

La Andalucía musulmana no tardó en alcanzar un callejón sin salida, bloqueada en su avance hacia el norte por la resistencia de los francos, y amenazada simultáneamente en el sur por la insubordinación de las poblaciones bereberes del Magreb. Por este motivo, tuvo que buscar un compromiso entre el orden socioeconómico que dependía del poder del califato de los omeyas de Damasco y el sistema protofeudal de las élites cristianas visigodas derrotadas de Iberia.

 En este sentido, el Islam ibérico nació bajo el signo de la hibridación social, política y cultural, porque no fue capaz de sacar mucho provecho de los botines de las nuevas conquistas, como había sucedido en Medio Oriente. Esta especificidad fue el punto de partida de la relativa tolerancia religiosa que mostró en sus inicios, en un período en el que el imperio de los omeyas de Damasco tendía, por el contrario, a restringir los derechos de las otras religiones.

A mediados del siglo ocho, ante la caída del califato de los omeyas y la emergencia de pequeños Estads bereberes en el Magreb, enriquecidos por el comercio sahariano de oro y esclavos, y gobernados por un Islam disidente y culturalmente abierto, Al-Ándalus tuvo que reinventarse. La formación de un emirato musulmán independiente combinó el rigor conservador del estado con la apertura a la diversidad de una sociedad civil heterogénea.

Este compromiso renovado favoreció el desarrollo de fuerzas políticas centrífugas con las que tuvieron que lidiar más tarde los emires de Córdoba. Desde mediados del siglo nueve, debiendo pagar los costos de una larga guerra civil, los emires derrotaron gradualmente a los caudillos y a las ciudades rebeldes.

En el año 929, Abd al-Rahman III, triunfante en la batalla contra sus enemigos, asumió el rol de califa desafiando el poder de los califatos abasí y fatimí. Construyó una maravillosa ciudad palaciega y promovió el desarrollo cultural de su corte. A partir de entonces, su reino intentó fascinar y apropiarse de sus oponentes en vez de aniquilarlos.

Esta hegemonía sin oposición brindó una glosa particular a la diversidad cultural de Al-Ándalus. El país también estaba experimentando un espectacular boom económico en la agricultura, la industria y el comercio, y alentó la urbanización y el aumento regular de la recaudación impositiva. De esta manera, una formación social tributaria islámica triunfó sobre los vestigios feudales de la vieja Hispania.

Sin embargo, a comienzos del siglo once, la base territorial del califato mostró ser demasiado estrecha. No era suficientemente grande como para soportar la presión militar de los reinos cristianos del norte y el control del comercio sahariano del imperio de Ghana en el sur. El califato terminó dividiéndose entre principados rivales conocidos como taifas.

Desde mediados del siglo once hasta las primeras décadas del siglo trece, las dos dinastías norteafricanas de los almorávides y los almohades, lograron revertir esta tendencia hacia la fragmentación. Fueron suficientemente fuertes como para recuperar el control del comercio en el Sahara, en el Magreb y en Al-Ándalus. A pesar de su propio fundamentalismo religioso, también presidieron un nuevo renacimiento de las ciencias y las artes, llevando a la consumación la Ilustración hispanomusulmana.

Conquista y consolidación

Desde las primeras victorias de Táriq ibn Ziyad, que dio su nombre a Gibraltar (Yabal Tarik) después de cruzar el estrecho en el año 711, los árabes y los bereberes que habían invadido la península ibérica necesitaban pactar un armisticio con sus antiguos señores visigodos. La cantidad precisa de aquellos que llegaron en las primeras décadas del siglo ocho sigue siendo un tema debatido entre los historiadores: Eduardo Manzano Moreno sugiere que fueron aproximadamente cincuenta mil árabes y ciento veinte mil bereberes.

 Alcanzar un pacto con los conquistados permitió que los nuevos amos de la península triunfaran sin necesidad de desplegar una gran cantidad de tropas. A falta de expansión territorial, la remuneración  que habrían recibido estos ejércitos no habría sido suficiente para garantizar el crecimiento de nuevas ciudades.

A diferencia de Egipto y de Irak, las ciudades militares de Alcalá y Castilla no duraron mucho. Los conquistadores se instalaron rápidamente en las áreas rurales para vivir de los tributos. Crearon una moneda de cobre con la que se pagaban los tributos y se desarrollaba el comercio. Esta moneda de poco valor intrínseco jugó un rol importante durante las primeras décadas de la conquista.

Desde el año 721 hasta el año 732, los jefes de Al-Ándalus desplegaron una serie de redadas a través de los Pirineos contra las sedes episcopales de Narbona, Toulouse, Nîmes, Carcassone, Bordeaux y Autun. Las campañas fueron finalmente interrumpidas por las fuerzas francas, borgoñesas y aquitanas. Los andaluces terminaron aliándose con los provenzales de la región, y un levantamiento bereber contra los impuestos y el reclutamiento de esclavos del imperio omeya (739-743) debilitó el interior.

Los historiadores otorgan mucha importancia a la victoria de Charles Martel, abuelo de Carlomagno, contra las fuerzas musulmanas en la batalla de Tours de 732, y presentan esta campaña como un punto decisivo en la historia de Europa. Muchos grupos políticos islamofóbicos de extrema derecha alaban a Martel.

Sin embargo, fue la resistencia de las tribus bereberes más que la de los francos la que realmente detuvo el avance musulmán en Europa. También sobrevivieron varios reinos cristianos pequeños en lo que hoy es el norte de España, Cataluña y el País Vasco, y esto fue muy significativo para el futuro de Iberia.

Animadas por el descontento político, las tribus seminómadas del norte de África fundaron varios Estados independientes en el Magreb y dominaron el comercio de oro y de esclavos en el sur del Sahara. Los seguidores del jariyismo, la más antigua corriente disidente del Islam, pero también los de una forma primitiva de chiismo, decidieron volver a la «democracia tribal» de los tiempos del profeta, y rechazaron la influencia creciente de las tradiciones monárquicas bizantina y persa sobre el Islam de Medio Oriente.

El antropólogo marxista Pierre-Philippe Rey identificó una tensión creciente entre la ideología contractual de las confederaciones tribales, abierta a debate, investigación empírica y pensamiento racional, y la de los imperios territoriales, basados en el principio de autoridad. Durante un siglo y medio, desde mediados del siglo ocho hasta comienzos del siglo diez, estos pequeños Estados bereberes desarrollaron una civilización rica y abigarrada.

 Era una sociedad abierta a las diferencias, que vinculaba un Islam escasamente codificado con elementos de la democracia de clanes, y que resistía a todo poder autoritario central. Según Rey, esta civilización siguió influyendo en las civilizaciones hispanoislámica y soninké hasta el siglo dieciséis.

La economía de Al-Ándalus

A mediados del siglo ocho, el islam ibérico, distante de la metrópolis siria, adoptó como líder a un sobreviviente de la dinastía omeya, Abd al-Rahman I. Ahora Al-Ándalus podía reclamar la independencia política del nuevo imperio abasí, que tenía su centro en Bagdad y que había reemplazado a los omeyas.

Aunque siguió perteneciendo al mundo de los abasíes en términos económicos y culturales, estaba separado geográficamente de su dominio por el Magreb occidental y central, emancipado del control del califato de Bagdad. También se distinguía de él como formación social todavía híbrida, que retenía ciertos rasgos protofeudales.

Las clases dominantes islamizadas de la península, desprovistas de toda posibilidad real de expansión, dependían de sus territorios agrícolas del interior como medio de obtener riqueza. Por eso aprovechaban los vínculos de dependencia personal fundados por la nobleza visigoda, que garantizaban la solidez del vínculo entre los campesinos y la tierra.

A cambio, los musulmanes permitían la conservación de los cementerios y las iglesias cristianas. Los musulmanes rezaban y eran sepultados junto a los cristianos, como prueba el descubrimiento de restos que descansan sobre su lado derecho, con sus caras apuntando a la Meca.

Al-Ándalus fue el primer laboratorio de una forma de dominación árabe musulmana que renunció a la conquista para apostar al desarrollo económico de su territorio. Esta forma social tendió a imponerse gradualmente sobre los nativos, y los condujo a adoptar el lenguaje, la cultura y las creencias de los árabes sin ejercer una presión excesiva.

 La corte de los emires también recibió muchos juristas, científicos y artistas orientales. El célebre Ziryab (857), músico, escritor y filósofo de Mosul, introdujo en Andalucía el ancestro de la guitarra (el laúd), le agregó una quinta cuerda y empezó a tocar el instrumento con una púa. Una novela de Jesus Greus, Zyriab, recrea la tumultuosa vida cultural de la corte de Abd al-Rahman II en Córdoba durante la primera mitad del siglo nueve. 

Mientras tanto, la costa levantina de la parte este y centroccidental de la península profundizó su decadencia. En contraste, el sur y el este de Andalucía y del valle del Ebro, dos regiones donde la islamización había sido rápida y masiva, no hizo más que crecer.

Las cuencas de Guadiana y de los ríos de Guadalquivir, y las cinco grandes ciudades de Córdoba, Sevilla, Mérida, Toledo y Zaragoza, expandieron sus suburbios y fueron el centro de gravedad del emirato. La red administrativa del país dependía de una red de ciudades secundarias situadas en las cuencas de Tagus y del Ebro, y también en el sudeste.

Una formación social tributaria

A mediados del siglo ocho todavía había profundas diferencias económicas, culturales y religiosas en el emirato de Córdoba. Esta heterogeneidad alentó una dinámica centrífuga que se hizo cada vez más amenazante. El Estado central corría el riesgo de desaparecer si no lograba contenerlas por la fuerza.

Esta confrontación inevitable sumió al país en una larga guerra civil. Buscando amparo en sus fuertes, en sus ciudades y en los caudillos locales, la población resistió con firmeza los intentos de centralización de los emires. Finalmente, en 929 triunfó Abd al-Rahman III y se convirtió en califa.

Según los cálculos más precisos de los que disponemos, en la segunda mitad del siglo diez el mundo musulmán representaba casi un quinto de la población mundial. En Oriente, desde Irak hasta Tayikistán, vivían entre quince y veinte millones de personas sujetas a la autoridad espiritual de los califas suníes abasíes.

La parte central, desde Siria hasta el este del Magreb, tenía un peso demográfico similar, y estaba bajo dominio de los califas chiitas fatimíes. Por último, la parte occidental hispánica, con una población de entre siete y nueve millones, conformaba un tercer califato dirigido por los descendientes de los omeyas de Damasco.

El nuevo estado había liquidado las relaciones de dependencia personal de la sociedad visigoda y ahora gobernaba una formación social islámica tributaria típica. En estas sociedades tributarias, la posición de la clase dominante se confundía con la del Estado. En la variante islámica, dos tipos de actores sociales, las tribus seminómades y los comerciantes urbanos, jugaban un rol específico.

La colonización de tierras que no habían sido cultivadas fomentó la creación de nuevos poblados. El cultivo de algodón y la crianza de gusanos de seda requería complejos sistemas de irrigación. De esta manera, el califato de Córdoba se convirtió en un socio fundamental del comercio mediterráneo, y estableció vínculos con África del Norte, el Sahara, el sur de Italia, Bizancio y Egipto. Sus recursos empezaron a crecer significativamente.

 El nuevo jefe de los creyentes demostró su liderazgo indiscutible construyendo la lujosa ciudad palaciega de Madinat al-Zahra, en las afueras de Córdoba, donde vivían casi trescientas cincuenta mil personas. A cargo de la escuela de derecho malikí, el nuevo gobierno trabajó en lo que Manzano Moreno denomina «un vasto programa de legitimación ideológica».

El sucesor, Al-Hákam II, empezó a delegar cada vez más sus obligaciones políticas en sus ministros, y terminó ocupando el rol de símbolo del poder más que el de gobernante. Nunca más abandonó la capital, donde presidió un renacimiento cultural sin precedentes, como prueba su biblioteca, que supuestamente albergaba cuatrocientos mil títulos.

Conquistadores del Magreb

Después de que Al-Hákam muriera a los 61 años en 976, se produjo una rápida decadencia de los omeyas de Córdoba. Su base territorial fue insuficiente para resistir a los reinos cristianos del norte, que empezaron a expandirse hacia el sur, y tampoco pudieron extender su control a las turbulentas tribus del Magreb.

A mediados del siglo once, una confederación tribal de pastores de camellos del desierto del norte de África, los almorávides, aprovecharon este vacío político para construir un Estado hispanoislámico. Un siglo más tarde, los almorávides cedieron su lugar a un joven grupo de conquistadores que dirigió el movimiento de protesta social iniciado por la secta bereber de los almohades.

 Estas dos dinastías sentaron las bases de una nueva civilización que duraría un siglo y medio. Esta civilización inspiró al historiador del siglo catorce, Ibn Khaldun, a construir una de las primeras teorías del cambio histórico que destacaba la importancia del ambiente social en la dinámica de las transformaciones políticas y religiosas.

La fuerza de los almorávides descansaba en las confederaciones tribales de los Lamtuna, que tenían un sistema de parentesco matrilineal: las mujeres no usaban velos, pero los hombres usaban pañuelos que cubrían sus bocas. Durante el siglo once, lograron recuperar el control del comercio de oro y esclavos del reino de Ghana. Fundaron Marrakesh y sometieron las regiones agrícolas de los alrededores. También ocuparon las ciudades de Fez, Tánger, Ceuta, Tremecén, Orán y Argelia.

Los almorávides restauraron la unidad de Al-Ándalus. Acuñaron monedas de oro y sostuvieron vínculos comerciales rentables con los mercaderes cristianos de Almería. Sin embargo, su riqueza dependía sobre todo de los botines de las conquistas. Cuando estas conquistas encontraron un tope, tuvieron que incrementar los impuestos, y esto alimentó nuevas formas de disidencia política y religiosa.

Más tarde los almohades reemplazaron a los almorávides. Los nuevos gobernantes habían recibido de la confederación tribal Masmuda del Atlas todo su poder bélico, y el carisma de su predicador, Ibn Tumart. Ibn Tumart se presentaba como el redentor de su comunidad, y combinaba su fe en la unidad de Dios con la idea de la unidad de las tribus de las montañas.

Florecimiento tardío

La doctrina ecléctica de Ibn Tumart manaba de cuatro fuentes de la historia del Islam: el jariyismo, con su fe en el poder colectivo de los concilios; el chiismo, con su milenarismo; el zahirismo, con su literalismo textual; y el mutazilismo, con su apelación a la razón. Esta mezcla despertó el entusiasmo del joven Ibn Rushd, que terminó siendo conocido en todo el mundo como el filósofo Averroes. 

A mediados del siglo dice, los almohades tomaron Marrakesh, la costa atlántica de África del Norte y Al-Ándalus. Forzaron a los judíos y a los cristianos a convertirse o a exiliarse, y obligaron los territorios musulmanes del este del Magreb a pagar los mismos impuestos que los infieles.

Sin embargo, la beligerancia de los reinos de la Iberia cristiana y la insubordinación del Magreb oriental terminaron debilitando el nuevo califato, proclamado en 1195. Como los almorávides, los almohades fracasaron en su intento de arraigar su poder en las sociedades que dominaban. A mediados del siglo trece, el triunfo militar quedó del lado de los gobernantes cristianos de Iberia.

 A pesar de su compromiso con el fundamentalismo religioso y de la dependencia creciente de los juristas malikíes, había sido una oleada creciente de protestas sociales la que había llevado a los almohades al poder, y había fomentado reivindicaciones intelectuales y espirituales que encontraron su concreción en el refinamiento del sufismo y en el progreso de la filosofía racional. El reinado de los almohades albergó el desarrollo de las expresiones más avanzadas de la cultura árabe musulmán: la filosofía autodidacta de Ibn Tufayl (1110-1185), el realismo crítico de Ibn Rushd (1126-1198) y la imaginación creativa de Ibn Arabi (1165-1240).

Estos regímenes autoritarios, que inicialmente habían intentado imponer sus concepciones religiosas, terminaron brindando un espacio de libertad inesperado para el misticismo disidente y el pensamiento racional. Es cierto que en 1197, los guardianes de la ley religiosa forzaron a Ibn Rushd, el gran cadí de Córdoba y médico personal del califa Abu Yakub Yusuf al-Mansur, a exiliarse y quemaron todos sus libros. Sin embargo, dieciocho meses después, su maestro en Marrakesh lo trajo de vuelta y logró que lo perdonaran.

¿Cómo fue posible? En primer lugar, porque las formas más rigurosas del Islam siempre estuvieron más preocupadas por la ortopraxis (observancia de las prácticas) que por la ortodoxia (observancia de las creencias). En segundo lugar, el fuerte desarrollo del comercio, al que contribuyeron mucho los dos imperios bereberes, reanimó las concepciones contractuales del «pueblo del oro», en detrimento de las monárquicas de los califatos orientales.

Un espacio único

En síntesis, la «Ilustración» andaluza e hispanislámica tuvo su origen en realidades distintas y muchas veces contradictorias. Primero, estableció una especie de «libertad negativa», debido a la fragilidad de una conquista que fue interrumpida por la resistencia cristiana del norte y por el disentimiento bereber en el sur. Esto hizo que el islam andaluz tuviera que hacer concesiones.

 La fase siguiente vino con el triunfo de una nueva formación social tributaria respaldada por un poder central que fue capaz de promover el espectacular crecimiento económico del nuevo califato. En este momento los príncipes de Córdoba sintieron que tenían suficiente poder como para convertirse en los promotores de una cultura abierta, como los señores de Bagdad a fines del siglo ocho y comienzos del siglo nueve, o como sus contemporáneos fatimíes.

Durante todo este período, los disidentes jariyistas y chiitas del Magreb nunca dejaron de sostener una visión contractual de las relaciones sociales que resistía a la concepción monárquica del poder. Esta peculiar forma de antiautoritarismo reflejaba la posición de las clases dominantes, que derivaba más del comercio que de la agricultura.

Estos disidentes encontraron respaldo en el pensamiento filosófico antiomeya, que había nacido entre los luchadores árabes musulmanes que habían sido privados de los principales beneficios económicos y políticos de las conquistas. Algunos de estos personajes buscaron refugio en el Magreb y tuvieron una influencia directa sobre Andalucía.

Desde este punto de vista podemos definir la Ilustración hispanoislámica, a pesar de su naturaleza desigual y contradictoria, como la reelaboración más abstracta de una cosmovisión que había nacido inicialmente en la ciudad iraquí de Basora bajo influencia griega, persa, india y malaya, antes de anclar en el oeste del Magreb, donde la llevaron los refugiados. Fue de ahí que el jariyismo berebere y soninké tomó su visión del mundo y la desarrolló, defendiendo las acciones racionales fundadas en la naturaleza y en el gobierno consensuado de los hombres.

 Estas ideas tuvieron una influencia duradera y dieron forma a la filosofía de Ibn Rushd. Poco tiempo después de la muerte del filósofo andaluz, la campaña cultural iniciada por el emperador romano Federico II en el sur de Italia terminó convirtiéndolo en un personaje conocido y sus obras fueron traducidas al latín junto a las de muchos pensadores griegos, musulmanes y judíos. De hecho, esta campaña fue una de las corrientes que alimentó el Renacimiento europeo.

Después de 1492

Pierre-Philippe Rey sugiere que en el siglo trece, en Europa y en el Mediterráneo, podría haber surgido un espacio cultural compartido que trascendiera los conflictos entre musulmanes y cristianos. Desafortunadamente, los papas y los príncipes decidieron luchar contra las posibilidades que ofrecía este encuentro fascinante, y terminaron ganando. Cuando las monarquías cristianas de Castilla y Aragón expulsaron el último reino musulmán de Granada en 1492, impusieron una cultura religiosa monolítica y forzaron a judíos y musulmanes a convertirse o a abandonar el país.

El grado de «tolerancia» ideológica de Al-Ándalus durante la Edad Media es un tema que sigue en discusión, y las ideas sobre el islam que dominan el mundo occidental contemporáneo, positivas o negativas, influyen mucho en este debate. Pero no cabe duda de que el mundo musulmán, especialmente la parte hispanoislámica, no experimentó una represión del pensamiento crítico equivalente a la de la cristiandad europea, sobre todo después de la Inquisición y hasta fines del siglo doce.

Sin embargo, tampoco deberíamos atribuir a este mundo un concepto anacrónico de libertad intelectual y religiosa. Esta libertad simplemente no existía en esa época, ni en Europa, ni en África del Norte ni en Oriente. Espero haber mostrado que ningún enfoque simplista de Al-Ándalus resiste los datos de la investigación histórica, y aunque tal vez esta exposición decepcione a quien busca respuestas fáciles, tiene el mérito de ceñirse a lo que esta investigación nos enseña."                    

(Jean Batou, profesor de Historia Moderna Internacional en la Universidad de Lausana. JACOBINLAT, 27/12/22)

 

1/6/22

¿Que diablos ocurre con la historia en España? ¿Qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado? Que en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia

 "Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos- circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del Universitario de la UCM.

Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal lapso de tiempo.

No sorprenderá que apenas si tardase treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera no se tardaría en descubrir la superchería.

Para mí llueve sobre mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso. El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí  la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza mi blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.

Se trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas, históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha sacado recientemente de la oscuridad.

Innecesario es decir que personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no compinchado con la sublevación.

Pues bien, si las concepciones de la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de, con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros invasores. La fecha mítica es el año 711.

No soy tan lerdo como para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido “historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig) Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada de nuestras latitudes.

En cualquier caso, el escrito que he firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es una casualidad:  es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al parecer, la “toma” de la Facultad.

Obvio es señalar que la fecha de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término “Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria, en la historia española sino también a movimientos perfectamente definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del partido de Mr Zemmour. Una casualidad.

El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no) en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la “teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.

Leyendo algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?

Para mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una condición suficiente.

Personalmente no tengo tiempo de seguir la política actual y dos años largos de ausencia total de España no me permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que, para mí, no es deseable en absoluto.

Si las controversias que más o menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y me preocupa son los siguientes temas:

*¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos.  Menos mal que por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.

*La apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal. ¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera? Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca, ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus archivos?

*¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos, no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia.

No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones."             

(Ángel Viñas . Historiador, economista, diplomático. Es catedrático emérito de la UCM. Rebelión, 31/05/22)

16/11/21

Hay muchos más preocupados por reescribir lo que pasó hace más de cinco siglos que por poner el foco en el desangre actual que las grandes empresas europeas y españolas llevan décadas practicando en Latinoamérica... Yo no tengo el menor interés en revisar ni la historia de la conquista y colonización, ni de rehabilitar ninguna figura histórica. Excepto en un caso, en el de la Malinche... Malitzin era una princesa heredera de su tribu que tuvo la mala suerte de que su padre muriera y su madre se volverá a casar, teniendo un hijo varón que ocuparía su puesto en la línea sucesoria. Para asegurarse de esto, su propia familia la vendió como esclava en un mercado y dijeron que había muerto a quién preguntó por ella. Pasó de mano en mano, siendo violada por sus diferentes amos, hasta que la compró un cacique en Tabasco, que la regaló, junto con otras mujeres, a los españoles como muestra del buen rollito local. Fue allí donde la conoció Cortés y él se dio cuenta de que esa mujer era, literalmente, el puente que necesitaba para comunicarse con todas las gentes de esas tierras. Así fue, y Malitzin, entonces Doña Marina, sobrevivió y se hizo poderosa. Y eso, a las mujeres, no se les perdona

 "(...) los posmodernos, mucho más preocupados por reescribir lo que pasó hace más de cinco siglos que por poner el foco en el desangre actual que las grandes empresas europeas y españolas llevan décadas practicando en Latinoamérica.

Pretenden hacerlo además y como no podría ser de otra manera, desde la más completa ignorancia hacia todo lo que tiene que ver con Latinoamérica, la del S.XV y la del s.XXI. Nos proponen el revisionismo histórico gentes que, en su mayoría, no han puesto un pie al otro lado del charco, y si lo han hecho, en un 90% no han traspasado las puertas de los resorts de pulserita y “todo incluido” de República Dominicana o Cancún.  Alguno que se debe creer Indiana Jones, a lo mejor ha llegado a ir a Perú y ha hecho un tour dirigido por Cuzco, o tirando largo, ha subido al Machu Pichu a por su foto para el Instagram.

Estas nuevas gentes de la secta de “lo correcto”, deberían mostrar mayor interés en que se hiciera cumplir a las empresas extractivistas una mínima legislación que no tuviera a sus trabajadores y trabajadoras latinoamericanos en régimen de cuasi esclavitud. Podrían entretenerse en pensar si las mejoras en las condiciones de contratación que les ofrecen aquí, por ejemplo, el BBVA, no se deben a que más de la mitad del beneficio de la compañía lo sacan, precisamente de México, y precisamente, a base de pagarle a los y las empleadas, miseria y compañía.

Y así con Naturgy, Telefónica, Banco Santander, ACS, y un montón de empresas españolas, que son la mayoría del IBEX 35, y que aumentan sus beneficios y dan “estabilidad a la economía” gracias a seguir exprimiendo a Latinoamérica.

Pero ni media palabra he escuchado al respecto de esta cuestión a los nuevos “justicieros de la historia”. En serio que se me hace complicado encontrar alguna cuestión más pendeja que querer que se pida perdón por lo que hizo Hernán Cortés, mientras tienes contratado Movistar en tu tele, por un ínfimo precio que sería diez veces mayor, si Telefónica no sacara su beneficio de América Latina.

Ni cuestión más pendeja que ésta, ni personajes más pendejos que quienes lo proponen. Y me permitan ustedes la expresión debido al contenido de esta columna y a las fechas en las que estamos. Hasta que alguno de estos imbéciles pretenda también revisar la lengua y sus expresiones. Ya pasó con una canción del grupo Molotov, “Puto”, que algunos catetos dejaron de poner porque otros más catetos se sentían ofendidos, sin molestarse en saber si quiera, que significa tal cosa al otro lado del Atlántico.

Yo no tengo el menor interés en revisar ni la historia de la conquista y colonización, ni de rehabilitar ninguna figura histórica. Excepto en un caso, en el de la Malinche.

Malintzin, bautizada cristianamente como “Marina” al ser regalada como esclava a los españoles por su gente, llegó a ser Doña Marina, pero para la Historia se quedó en Malinche, para pasar del nombre al insulto de malinchista.

Una de esas grandes figuras femeninas a la que el patriarcado no nos permite sacar del encasillamiento de la mujer malvada y pecadora. En el caso de Malitzin, una traidora, culpable de miles de muertos y de la caída del impero azteca. Sin duda hasta hoy, la mujer más odiada de México. Y para los historiadores españoles, una olvidada, porque según ellos, gran parte de la “conquista de América”, es mérito exclusivo del gran volumen de los testículos de Hernán Cortés.

Por poner un ejemplo, no les importa un pimiento (un chile picante) ni a los historiadores, ni a sus inquisidores revisionistas que en realidad, la caída de Tenochtitlán fuera dada porque todas las etnias diferentes a los aztecas, (unos 80.000 Tlaxcaltecas y huexotzincas, entre otros), se unieron a Cortés para quitarse de encima a los aztecas dominantes, que los tenían fritos a tributos, incluidos seres humanos para su consumo.  

Para los mexicanos la culpa fue de La Malinche y para los españoles el mérito fue de “los conquistadores” y de Cortés que “enamoró” a la traductora que veló por sus intereses.

Malitzin era una princesa heredera de su tribu, que tuvo la mala suerte de que su padre muriera y su madre se volverá a casar, teniendo un hijo varón que ocuparía su puesto en la línea sucesoria. Para asegurarse de esto, su propia familia la vendió como esclava en un mercado y dijeron que había muerto a quién preguntó por ella. Pasó de mano en mano, siendo violada por sus diferentes amos, hasta que la compró un cacique en Tabasco, que la regaló, junto con otras mujeres, a los españoles como muestra del buen rollito local. Fue allí donde la conoció Cortés y él se dio cuenta de que esa mujer era, literalmente, el puente que necesitaba para comunicarse con todas las gentes de esas tierras.

Así fue, y Malitzin, entonces Doña Marina, sobrevivió y se hizo poderosa. Y eso, a las mujeres, no se les perdona.  Así que, si hay que revisar algo y alguien tiene que arrepentirse, que sean todos los sabios que han demonizado a la Malinche, y con ella a todas las mujeres. Que la Malinche se quede en todas nosotras."                    (Nuria gonzález, elTaquígrafo, 11/10/21)

3/11/21

A vueltas con la Hispanidad... comparando el colonialismo español con el francés del s. XIX... el imperio español mantiene un elemento legal que hasta entonces era el habitual, todos, conquistadores y conquistados, súbditos de misma corona, estaban sujetos a la misma jurisdicción...no sería muy frecuente, pero una empleada doméstica india podía perfectamente llevar a los tribunales a su señora terrateniente española en el México o Perú del siglo XVI y ganar el juicio... La Argelia francesa establece dos sistemas jurídicos diferentes: uno francés, para los colonos, y otro para los “musulmanes”... la República francesa permitió la poligamia y el casamiento de las hijas menores a los argelinos de fe musulmana... La división se vendió entonces como respeto al pueblo sometido, aunque en realidad era precisamente lo contrario: se consideraba a la hija de un musulmán argelino indigna del respeto que merecía una francesa

 "Doce de octubre, día de la Hispanidad. Como todos los años se suceden las dos ceremonias, ambas obligadas, inevitables: la oficial, aplaudida y repetida sobre todo por partidos de la derecha y tertulianos que se inscriben en la tradición de considerar España el Faro de Occidente, llamado a cristianizar el mundo —¿cómo va a ser simplemente un país como los demás?— y la otra, a fuerza de costumbre hoy día casi igual de oficial, la que insiste en que España es una nación genocida, exterminadora de pueblos y destructora de continentes; ¿cómo va a ser simplemente un país como los demás?

Siempre me ha parecido hasta cierto punto absurdo que una sociedad se enorgullezca de algo que hicieron sus lejanos antepasados: cómo si alguien de quienes hoy hablan de hispanidad hubiera aguantado viento y oleaje en la Niña de los Hermanos Pinzón. No menos absurdo es, desde luego, flagelar al conjunto de los ciudadanos españoles por algo que cometieron los que no son antepasados de estos ciudadanos sino de quienes ahora blanden la fusta.

Era aún adolescente cuando vi en la televisión española, creo que era la pública, una tertulia en la que se recriminaba con duras palabras a España que hubiese descubierto América, conllevando una conquista que exterminaba a aztecas y mayas. Lo que me sorprendió, en aquel momento, era que quien hablaba no era Rigoberta Menchú sino un señor rubio, creo que alto cargo del Gobierno mexicano, que se apellidaba Alemán.

Luego me fui acostumbrando a esa ceremonia de flagelamiento, aunque reconozco que aún tuvo capacidad de sorprenderme un reciente tuit de una joven española de Canarias que se declaró, aparentemente con toda seriedad, descendiente de unos antepasados guanches “exterminados a sangre y fuego por los castellanos” y denunciaba carecer de lengua propia.  Llevaba así a su última consecuencia este hábito de castellanoparlantes americanos de declararse víctimas de la colonización española.

Porque hoy día, para ser un ciudadano hecho y derecho, lo primero es ser víctima de alguna colonización; es un vocabulario que ha prendido hasta en Cataluña. Y que están copiando incluso amigas mías que el mismo día de la Hispanidad denuncian la falta de interés por la “colonización árabe e islámica” del Magreb que ha arrasado con la cultura original bereber. Y no en un sentido figurado, plenamente justificado, para denunciar la expansión de la ideologia panarabista a mediados del siglo XX y la subsiguiente difusión de la ideología panislamista, hermana melliza y heredera de aquella, sino en referencia al proceso histórico iniciado en el siglo VIII. Y eso es preocupante.

Es preocupante porque por una parte, hablar de una colonización árabe toma en serio y repite la ficción sobre la que se ha creado, precisamente, la ideología panarabista con todas sus nefastas consecuencias: la de un traslado de grandes poblaciones desde Arabia hasta el Magreb, antepasados de la mayor parte de la población local actual, que debe por lo tanto considerarse “árabe”. Eso es simplemente falso, tan falso como considerar a los españoles descendientes de una invasión italiana de la Península Ibérica. Precisamente, para liberarse de la ideología panarabista que ha reprimido los idiomas y culturas locales del Magreb, y lo sigue haciendo, es preciso entender primero que estas culturas son fruto de un proceso de asimilación de un idioma, el árabe, y una religión, el islam, por parte de la población local, y no resultado del traslado de una población ajena que colonizara la región.

Debería ser algo obvio para todo marroquí, porque es sencillamente imposible diferenciar dos “pueblos”, uno árabe y uno bereber, en el Magreb. Algunas familias de Fes pueden creer en su descendencia de Arabia, o del profeta, si prefieren, pero eso no quita que la totalidad del pueblo marroquí es tan autóctona de la región (y tan mestiza) como lo es el pueblo español de la Península Ibérica, al margen del idioma que utilice cada familia… o cada generación dentro de la misma familia, porque este proceso de asimilación del árabe (mejor dicho, de un idioma local magrebí derivado del árabe) se ha intensificó notablemente en el siglo XX.

Pero además es preocupante, porque denunciar el “colonialismo” en todas partes, aparte de permitir rodearse con el glamour que confiere el estatus de víctima, muestra una ignorancia de conceptos históricos. Ni la expansión árabe e islámica hace un milenio comparte características con la conquista española del Nuevo Mundo, ni esta conquista se asemeja a la dominación europea de África y Asia a partir del siglo XIX conocida como época colonial. España colonizó las Américas, sí, pero en un proceso que se distingue tanto del posterior colonialismo francés, británico, belga, español o alemán en África, Asia y Norteamérica que es difícil utilizar el mismo término para ambos fenómenos.

La colonización española de América a partir de los primeros viajes de Colón aún mantenía en gran parte la lógica de expansión de los grandes imperios de siglos y milenios anteriores, ya fuese el romano, el persa, el bizantino o el otomano. Se conquistaban tierras con el fin esencial de cobrarles tributo, en oro, plata o especie, a sus habitantes. Para ello se mandaban militares y administradores, que a menudo se quedaban a vivir en el territorio, formando una élite que se iba mezclando con la población local. Lo facilitaba la escasa diferencia de desarrollo civilizatorio técnico entre los pueblos: todos usaban metal, espada, rueda, montura y habitualmente también escritura. La superioridad militar de un imperio residía en poco más que los detalles de un carro de combate o la disciplina de sus guerreros.

Muy distinta fue la conquista del Nuevo Mundo. La diferencia de desarrollo tecnológico entre la población americana y la mediterránea es enorme, incluso en el caso de los dos imperios más organizados, el azteca y el inca. A la ausencia de la rueda y los animales de montura y un uso muy limitado de metalurgia y escritura se añade la reciente invención de las armas de fuego en el Viejo Mundo. En el plano civil, la tecnología mediterránea permitía una explotación mucho más eficaz de minería y agricultura que la habitual entre los indígenas. Razón para favorecer el traslado importantes contingentes de población desde España a las tierras conquistadas, no solo para recaudar las riquezas, como era habitual en los imperios, sino para producirlas primero.

No bastaba con someter y controlar, había que hispanizar (en términos antropológicos, mediterraneizar) la región, y a tal efecto se legitimaba y se fomentaba desde la primera década el mestizaje, en la práctica por supuesto casi siempre entre hombres españoles y mujeres indias. Pero también hubo matrimonios entre españolas e indios, y lo pedía expresamente una cédula real de 1503: “que asimismo procure que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser doctrinados en las casas de nuestra Santa Fe Católica, y asimismo como labren sus heredades y entiendan en sus haciendas y se hagan los dichos indios e indias, hombres y mujeres de razón”.

Presentar estas consignas políticas de asimilación de la población local como una armónica convivencia entre el pueblo colonizador y el colonizado sería una burla. No obstante, es innegable que la conquista e incorporación de las Américas al imperio español mantiene un elemento legal que hasta entonces era el habitual: si bien se exigía servidumbre a los pueblos sometidos y se les vetaban determinados oficios o el acceso a las armas, todos, conquistadores y conquistados, súbditos de misma corona, estaban sujetos a la misma jurisdicción. Tal vez no fuese muy frecuente, pero una empleada doméstica india podía perfectamente llevar a los tribunales a su señora terrateniente española en el México o Perú del siglo XVI y ganar el juicio.

Esto cambia radicalmente con el advenimiento del colonialismo en el sentido moderno en el siglo XIX, respaldado por obras pretendidamente científicas que cimentaban una visión de razas superiores e inferiores. La Argelia francesa establece dos sistemas jurídicos diferentes: uno francés, para los colonos, y otro para los “musulmanes”, es decir, argelinos nacidos de familia musulmana, sin que importase su fe individual. Así lo precisó el Tribunal de Apelaciones de Argel en 1903: “sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano”. A los indígenas se les aplicaban leyes diferentes, si es que había un tribunal civil cerca. Si no, simplemente se les sometía a un consejo de guerra, donde los militares hacían las veces de juez.

Esta división de la población en ciudadanos propios e indígenas sometidos —sin derecho a viajar a la metrópoli— caracteriza el colonialismo como sistema legal y como ideología política. Para resumirlo: el Imperio español prohibió la poligamia a los indios y el casamiento de las hijas menores, porque esa era la ley en España; la República francesa permitió ambas cosas a los argelinos de fe musulmana, aunque la ley lo prohibía en Francia.

La división se vendió entonces como respeto al pueblo sometido, aunque en realidad era precisamente lo contrario: se le consideraba a la hija de un musulmán argelino indigna del respeto que merecía una francesa y que la ley le confería. Y es ese misma ideario colonialista que hoy se refleja en el concepto de la “multiculturalidad”, bajo cuya bandera se pide “respeto” a cualquier norma que la ideología islamista-patriarcal intenta imponer a quienes hayan nacido musulmanes, así se hallen en Europa desde hace dos generaciones (y “sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano”).

Esto sí es, en sentido figurado, una colonización, aunque ya no se haga mediante traslado de población sino via satélite e internet. Y de los políticos españoles, franceses o británicos que la respaldan, llenándose la boca con la palabra respeto, solo cabe decir una cosa: que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón tenían más respeto por las indias que ellos por las musulmanas."                   (Ilya U. Topper , Estambul, MSur, 10/21)

15/10/21

Ana Iris Simón: La Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural... la Hispanidad es hoy periferia del mundo... millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores... cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán pensé en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte

 "Siempre digo que aprendí a leer dos veces: la primera, con seis años, me enseñó mi profesora Rosa en el colegio. La segunda, ya en el instituto y con 16, fue Julio Cortázar. En su Rayuela descubrí, como tantos adolescentes, una nueva forma de mirar al mundo y de estar en él, pero sobre todo una nueva manera de narrarlo.

Mis años de la ESO suenan al llanto de Rocamadour, a fiesta en Macondo y al silencio de la Biblioteca de Babel, porque después de Cortázar vinieron García Márquez y Borges, Carlos Fuentes y Vargas Llosa. Leyendo a los del lado de allá descubrí la belleza de una lengua que partió del lado de acá hace más de medio milenio.

Después de leerlos mucho, el año pasado, publiqué mi primer libro y lo hice con pena porque mi yo niña nunca tendría la gracia de los críos de Formas de volver a casa de Zambra. Y han sido muchas las sorpresas que me he llevado desde entonces, porque la generosidad de los lectores es infinita, pero uno de los mensajes que más ilusión me ha hecho en todo este tiempo llegó hace unos días y desde muy lejos. Lo firmaba una muchacha llamada Génesis que desde Masaya, en Nicaragua, me contaba que, “aunque nos separaba un océano” se había sentido “muy hermanada conmigo” al leer mi relato.

A mí me emocionó leerla a ella y en mi soberbia me sentí muy orgullosa por haber conseguido hacer universalizable un relato repleto de mancheguismos y que habla de una infancia entre paredes encaladas en blanco y añil. Pero, releyendo su mensaje, me daba cuenta de que el tanto no lo había marcado mi pericia relatora sino la realidad. De que nos separa, en efecto, un océano, pero nos unen una cultura y unos valores, nuestra querencia por los vínculos fuertes y nuestra manía de anteponer —aún y menos mal— lo afectivo a lo productivo.

Génesis no había empleado el término “hermanada” en vano, pensaba, y pensaba también en la sorpresa que me llevé cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán y en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte. Como los Simones de mi libro, la Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural que entiende poco de la realidad tecnificada y acelerada que quieren imponerle los que no son capaces de ver ya lo sagrado del mundo. Como La Mancha de mi relato, la Hispanidad es hoy periferia del mundo.

En el encabezado de su mensaje Génesis me preguntaba que dónde estaba enterrado el tío de mi madre, porque en el libro hablo de él. Era escolapio y murió muy joven durante una misión en Nicaragua en los ochenta. Y ella quería llevarle flores décadas después. Pueda finalmente hacerlo o no, su gesto encierra, además de un tremendo amor, la evidencia de que la Hispanidad no es solo un capítulo en nuestros libros de texto y la razón por la cual discutimos cada 12 de octubre. 

Que no se escribe solo en pasado, sino que cose en presente a millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores. Que es la culpable de enseñarle a tantos adolescentes a lo largo y ancho del globo su propia lengua de ida y vuelta a través de la mejor literatura. Y de que, a miles de kilómetros de su familia de sangre, alguien le lleve un ramito de flores a la tumba del misionero que se dejó la vida en el lado de allá."              (Ana Iris Simón , El País, 09/10/21)

13/10/21

La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera... La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV... Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables

 "Puesto que mañana es 12 de octubre, que no solo es el día del Pilar, sino también Fiesta Nacional de España y de la Hispanidad, vale la pena hacer alguna reflexión con el ánimo de contribuir a quitarnos de encima algunos absurdos complejos, los mismos que, por ejemplo, ahora mismo nos impiden mostrarnos orgullosos de que nuestro país figure entre los primeros del mundo en la campaña de vacunación contra la Covid. Es un éxito del sistema público salud y sus profesionales, pero también de la sociedad española en su conjunto, en la que no ha habido un rechazo significativo hacia las vacunas.

 En cambio, solo que hubiéramos estado por debajo de la media europea, nos lo estaríamos reprochando cada día. Sin duda en España hay muchos problemas de los que avergonzarnos, pero si nos mostráramos un poquito más orgullosos de lo que somos y de nuestras fortalezas, nos iría todo mucho mejor.

 La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera.

 Solo hay que pensar en el importantísimo intercambio de alimentos entre ambos continentes. En Europa, la dieta mejoró extraordinariamente gracias a la patata, el tomate, el maíz, el pimiento, la calabaza o el pavo, por no hablar del chocolate o la vainilla. La comida que llegó de América evitó no pocas hambrunas.

 La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV.

 Por un lado, la aventura americana no se entiende sin la construcción del Estado moderno en España a partir de nuestra pluralidad y de la integración de los diversos reinos en una misma monarquía. Sin la unión entre las coronas de Castilla y Aragón, no cabe duda de que América se hubiera descubierto igualmente por parte de los europeos, pero todo hubiera sucedido de otra manera. Y, por otro, es una efeméride con la que nuestro país inicia su proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos, cuya relevancia llega hasta hoy.

Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables. En realidad, hoy la hispanidad nos habla más de España que de América."             (Joaquim Coll, 20Minutos, 11/10/21)

28/9/21

Un estudio genético descubre que vascos y bereberes tienen un origen similar... predominan los genes de las poblaciones iberas iniciales, que escaparon en parte a las invasiones celta, romana y árabe. El resto de los iberos se mezcló más con los invasores, sobre todo celtas y árabes.

 "El análisis genético comparado de poblaciones vascas, del resto de España, sardas y argelinas ha llevado a la conclusión de que en los vascos predominan los genes de las poblaciones iberas iniciales, que escaparon en parte a las invasiones celta, romana y árabe posteriores. Entre sus antepasados predominarían, según los genes HLA estudiados por científicos españoles, los norteafricanos blancos de hace más de 10.000 años, de los que descienden los actuales bereberes. El resto de los iberos se mezcló más con los invasores, sobre todo celtas y árabes.

Estudiando la frecuencia de los genes HLA se puede elaborar el árbol de parentesco de las poblaciones humanas a lo largo de la historia. Es lo que han hecho los investigadores dirigidos por Antonio Arnaiz, catedrático de la Universidad Complutense, en vascos de San Sebastián, españoles de Madrid y argelinos de Argel. Ahora se están haciendo estudios similares en la población del Marruecos.Los HLA son genes muy variables que se utilizan para singularizar personas en estudios de paternidad y poblaciones en estudios antropológicos y para elegir las parejas donante-receptor en los trasplantes. En anteriores estudios se había encontrado que los vascos, sardos y el resto de los españoles están más cercanos en el árbol de parentesco a las poblaciones africanas que al resto de las poblaciones europeas, y apuntaban la existencia de un parentesco preneolítico entre ellos.

Por el Estrecho

El estudio de los genes HLA en una población de Argel, el primero que se hace con este detalle, señala Arnaiz, demuestra que los argelinos tienen un gran componente de genes de la población blanca paleonorteafricana (los actuales bereberes), que ocupaba el territorio norteafricano antes de las invasiones árabes del siglo VII. El parentesco genético de los argelinos resulta así ser muy estrecho con la población española en general, con los vascos y también con los sardos, otra población que se ha mantenido relativamente aislada, por su insularidad.Esto demostraría o bien que los iberos poblaron en alguna época preneolítica el norte de África o bien que pobladores blancos norteafricanos cruzaron el estrecho de Gibraltar hacia la península Ibérica. Lo último sería más probable, debido a los cambios climáticos que dieron lugar al actual desierto del Sáhara.

El origen común genético de vascos y argelinos casa con las similitudes encontradas por algunos lingüistas entre las lenguas vasca y la bereber, hablada por los miembros de este grupo étnico que viven en la actualidad en el norte de África.

Estos resultados han sido presentados en el congreso sobre Genoma Humano Europeo, celebrado los pasados 9 y 10 de noviembre en Barcelona, donde fueron corroborados, según Arnaiz, por otros dos trabajos, uno de ellos sobre el cromosoma Y de sardos y vascos, y otro con referencia a los argelinos. Los trabajos han sido publicados en revistas científicas, los últimos en Human Inmunology y Tissue Antigens, este año.

Para la muestra de vascos españoles se han tomado 82 personas de San Sebastián con apellidos característicos vascos en la últimas tres generaciones. Para el resto de los españoles se han tomado 176 personas de Madrid, consideradas como muestra representativa de la población española en general dada la gran inmigración que ha habido desde que dio comienzo la revolución industrial

Aislado genético y cultural

En el caso de los argelinos se ha partido del estudio del ADN de 106 ciudadanos de Argel que no habían recibido genes europeos durante al menos tres generaciones. Los estudios han sido financiados en parte por el Fondo de Investigaciones Sanitarias.De acuerdo con los estudios, los vascos representarían un aislado genético y cultural relativo de las poblaciones iberas iniciales. McEvedy y Jones, en su Atlas de poblaciones, recuerda Arnaiz, parten de que los habitantes antiguos de la península Ibérica recibieron una mezcla significativa de genes de los celtas de Centroeuropa (50% de nuevos genes) durante el primer milenio antes de Cristo. Luego las aportaciones de otros invasores fueron más bien comerciales y culturales que genéticas, con la excepción de la de los árabes, que en número de unos 30.000 (entre ellos muchos bereberes) se mezclaron con los aproximadamente cuatro millones de habitantes de la península Ibérica en el siglo VIII."                 (Malen Ruiz Elvira, El País, 24/11/95)

23/8/21

Paul Krugman compara el desastre de Afganistán con la derrota de Napoleón en España... Buena comparación... de allí viene la carlistada (la talibanada española) que, derrotada por los liberales en tres guerras civiles, vence en la cuarta, con Franco (nuestro talibán, apoyado por los norteamericanos de ese momento, los alemanes)

Paul Krugman @paulkrugman 

1/ No pretendo tener una visión del desastre de Afganistán, ni de lo que podríamos/deberíamos haber hecho de otra manera. Sin embargo, leo mucha historia, y resulta que recientemente he releído este libro:

2/ La Guerra Peninsular fue el largo intento de Napoleón de poner a España bajo el dominio francés. La mayoría de los libros en inglés sobre esa guerra están centrados en Wellington, pero hasta casi el final los británicos fueron literalmente actores periféricos

3/ En cambio, fueron los franceses los que se enfrentaron a un levantamiento nacionalista, con un fuerte componente religioso. Y seamos claros: al menos inicialmente había un buen argumento a favor de los franceses, que intentaban arrastrar a una nación atrasada al mundo moderno

4/ Pero no pudieron hacerlo. España tenía entonces un tercio de la población actual de Afganistán, y Francia destinó alrededor de 350.000 soldados en su momento álgido; no pudieron reprimir a los españoles, que seguían perdiendo las batallas regulares pero libraban una brutal guerra de guerrillas

5/ Y, por supuesto, los franceses cometieron increíbles atrocidades en represalia. Los paralelismos no son ni mucho menos perfectos, pero la historia debería habernos dicho que esperáramos un fracaso

(Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)


1/ I claim no insight into the disaster in Afghanistan, or what we could/should have done differently. I do, however, read a lot of history, and it so happens that I recently reread this book:

2/ The Peninsular War was Napoleon's long attempt to place Spain under French rule. Most English-language books on that war are Wellington-centric — but until near the end the British were literally peripheral players

3/ Instead, it was the French against a nationalist uprising, with a strong religious component. And let's be clear: there was at least initially a good case for the French, who were trying to drag a backward nation into the modern world

4/ But they couldn't do it. Spain at the time had maybe a third Afghanistan's current population, and France committed around 350,000 soldiers at the peak; they couldn't suppress the Spaniards, who kept losing regular battles but fought a brutal guerrilla war

5/ And of course the French committed incredible atrocities in reprisal. The parallels are far from perfect, but history really should have told us to expect failure

10:50 p. m. · 16 ago. 2021
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"Paul Robin Krugman, premio nobel de Economía en 2008, ha comparado en su red social Twitter la situación que se está viviendo actualmente en Afganistán con la derrota que sufrió Napoleón en España en 1813: "Afirmo que no tengo conocimiento del desastre en Afganistán ni lo que se podría o debería haber hecho diferente. Sin embargo, leo mucha historia y resulta que recientemente releí este libro".

El economista explica que la Guerra de la Independencia Española fue el largo intento de Napoleón de someter a España bajo el dominio francés. "La mayoría de los libros en inglés sobre esa guerra se centran en Wellington, pero hasta cerca del final, los británicos eran literalmente jugadores periféricos".

 En cambio, fueron los franceses contra un levantamiento nacionalista, con un fuerte componente religioso. "Y seamos claros: al menos inicialmente hubo buenos motivos por parte de los franceses, que estaban tratando de arrastrar a una nación atrasada (como la española) al mundo moderno", sigue en su hilo de Twitter.

 "Pero no pudieron hacerlo. España en ese momento tenía quizás un tercio de la población actual de Afganistán, y Francia comprometió alrededor de 350.000 soldados; no pudieron reprimir a los españoles, que seguían perdiendo batallas regulares pero libraban una brutal guerra de guerrillas".

"Y, por supuesto, los franceses cometieron atrocidades increíbles en represalia. Los paralelos están lejos de ser perfectos, pero la historia realmente debería habernos dicho que esperáramos el fracaso". Así, salvando las diferencias entre ambos momentos de la historia, Krugman reflexiona sobre la importancia de aprender de los errores del pasado."                 (20Minutos, 17/08/21)

22/2/21

El 23-F... Sorprende que, con el tiempo, el relato golpista haya sido asumido por una parte de la izquierda y por el independentismo, sin reparar en su origen

 "23-F: Un extraño consenso. Sorprende que, con el tiempo, el relato golpista haya sido asumido por una parte de la izquierda y por el independentismo, sin reparar en su origen.

 ¿En qué se parecen un golpista de 1981, un dirigente de Podemos, un independentista vasco o catalán y un conspiranoico de extrema derecha? En que todos ellos tienen por falsa la versión oficial del 23-F y buscan con ahínco pruebas que demuestren la implicación del rey Juan Carlos en el golpe y acabar así con uno de los mitos fundadores de la actual democracia española. 

Como dijo en su día el comandante Ricardo Pardo Zancada, que intentó, sin éxito, sublevar la División Acorazada Brunete en la noche del 23 de febrero, Juan Carlos I es “la pieza que falta” en el relato oficial del golpe: “El gran beneficiado del 23-F, aunque nadie lo diga tan claro, fue sin duda S.M. el Rey”.

Juan Carlos Monedero, ideólogo y dirigente de Podemos, afirmó algo parecido ―“el golpe de Tejero triunfa clamorosamente con su fracaso”, entre otras cosas porque de él salió “un rey remozado”― y el exsenador del PNV Iñaki Anasagasti remitió directamente a Pardo Zancada como principal fuente de autoridad: “El rey es ‘la pieza que falta’ en el puzle del golpe”.

 El propio Anasagasti publicó en su blog una pormenorizada crónica de lo sucedido aquella noche en la Zarzuela que dejaba en muy mal lugar al monarca. Catalunya Ràdio tardó apenas 24 horas en entrevistarle para confirmar su versión de los hechos, pero, para decepción de sus entrevistadores, Anasagasti reconoció que lo publicado por él no pasaba de ser “un diálogo simulado de lo que podría haber sido”. Ni por esas: al día siguiente, otra emisora de parecido signo político anunciaba a bombo y platillo “la veritat del 23-F i el rei segons Iñaki Anasagasti (abans de fer-se enrere el dia després)”.

 El tráfico de supuestas revelaciones sobre el 23-F ha dado lugar a episodios verdaderamente llamativos, como el que se produjo hace tres años cuando un diario digital de extrema derecha publicó una información titulada “Los papeles del 23-F salen a la luz: ‘El Rey Juan Carlos organizó el golpe de Estado”. El independentismo catalán, a través de uno de sus foros digitales, se hizo eco de aquella sensacional noticia con un titular calcado del original ―”El rei Joan Carles I de España va organitzar el cop”―, que causó el delirio de los suyos: “Ja era hora! A veure que diuen ara els monàrquics”. 

No faltó, sin embargo, quien advirtiera de la dudosa fiabilidad de la fuente y pidiera prudencia ante informaciones no contrastadas. La historia era ciertamente disparatada, aunque no tanto como la de Jordi Évole en su documental Operación Palace, sin duda, la mayor mentira jamás contada sobre el golpe de Estado, urdida ―hay que reconocerlo― con un grado de sofisticación y de superioridad moral al que nunca podrá aspirar la extrema derecha.

¿Qué ha llevado a sectores tan diversos de la política española a compartir un relato alternativo del 23-F contrario al que estableció en su día la justicia? La existencia de coaliciones de fuerzas antagónicas contra un enemigo común tiene numerosos antecedentes.

 En su libro Los lenguajes totalitarios, Jean-Pierre Faye llamó la atención sobre “la herradura de los partidos” que resultaba de la cercanía entre los dos polos opuestos de la política alemana durante la República de Weimar, combatida con la misma saña por nazis y comunistas. También la democracia española ha sido víctima de la “herradura” formada por sus enemigos de toda condición, dispuestos a creer cualquier interpretación de lo ocurrido el 23 de febrero de 1981 que haga saltar por los aires la versión oficial de los hechos y, de paso, el llamado “régimen del 78”. 

Este es el fondo de la cuestión y, por eso, desde el primer momento, el objetivo de los sublevados y de sus cómplices fue hacer del rey Juan Carlos el responsable último del golpe, la pieza que permite completar el puzle, por utilizar una vez más el símil de Pardo Zancada. Su estrategia respondía entonces a dos motivos fácilmente comprensibles: justificar ante la justicia el argumento de la “obediencia debida” ―una acción ordenada por el rey a través de sus correveidiles― y debilitar al régimen democrático sembrando dudas sobre la actuación del jefe del Estado.

 Sorprende que, con el tiempo, el relato golpista haya sido asumido por una parte de la izquierda y por el independentismo, sin reparar en su origen. Los testimonios utilizados en las versiones más “creativas” del 23-F proceden, por lo general, de los propios protagonistas y están tomados del sumario del juicio o de declaraciones posteriores. Otras fuentes escritas permiten aclarar tal o cual aspecto del golpe o de la conspiración que le precedió, pero sin alterar en lo sustancial lo que ya sabíamos. 

Es el caso de dos importantes documentos conocidos recientemente: el informe de Enrique Múgica sobre su célebre comida con Armada en Lérida, del que Jordi Gracia ha dado a conocer un amplio extracto, y el extenso relato que el general Gabeiras escribió sobre aquellas horas dramáticas, publicado en 2019 por el coronel Mariano Aguilar. Ambos testimonios coinciden con lo que el rey le dijo a Adolfo Suárez al reencontrarse en La Zarzuela el 24 de febrero, tras la liberación del Congreso, cuando el todavía presidente del Gobierno le confesó que tal vez se había equivocado con Armada: “Agárrate, no te equivocaste: ha sido el cerebro de todo”.

Pierden el tiempo quienes llevan años buscando la piedra Rosetta del 23-F, el documento que resuelva el jeroglífico de la manera que ellos desean. El golpe de Estado ocurrió en general como nos lo han contado, aunque, como en todo episodio histórico, queden algunos cabos sueltos. Así es la historia. Solo las teorías conspirativas proporcionan relatos perfectos en los que todo cobra sentido. Eso es lo que las hace tan atractivas, sobre todo cuando obedecen a un propósito político, que en este caso es el mismo que hace 40 años: acabar con el régimen constitucional."

(Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro 23-F: El golpe que acabó con todos los golpes (Taurus), El País, 21/02/21)

 "Anatomía del 23-F. 

Conforme discurre el año de 1979, la luna de miel entre España y Estados Unidos, entre el Gobierno Suárez y el presidente Carter, que había durado casi tres años, y había permitido y facilitado la “transición”, comienza a agriarse por ambas partes, y a una velocidad de vértigo. 

La política de Carter (democracia y derechos humanos para contener el expansionismo soviético) está naufragando estrepitosamente, y los centros de poder de Estados Unidos comienzan a emitir señales de alarma y signos de un inminente cambio de rumbo.

 En 1979, y en una cascada que parece imparable, se produce el desmoronamiento del régimen del Sha y el triunfo de la revolución islámica en Irán, el establecimiento de un régimen prosoviético en Kabul, el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua y un auge desbordante de las guerrillas en El Salvador, Angola, Mozambique,… La sensación de debacle de la hegemonía americana es total, y la convicción de que la política de Carter debe ser sustituida de inmediato por otra de mano dura adquiere una posición dominante en los círculos de poder de EEUU. 

De modo que, a todo lo largo de 1980, aunque Carter sigue nominalmente como presidente, EEUU está ya poniendo los cimientos de un acelerado cambio de línea, que acabará aupando a Reagan a la presidencia en noviembre.

«Con un gobierno militar y fiel en Ankara, y otro igual en España, la seguridad y el control del Mediterráneo quedarían totalmente garantizados» 

Este giro radical de la actitud de EEUU dará pie a una rápida sucesión de terremotos políticos, cuyo primer epicentro se sitúa en la orilla oriental del Mediterráneo: en septiembre de 1980 un golpe militar avalado por la OTAN derriba al gobierno civil de Turquía y deja el poder en manos del Ejército. 

En los meses sucesivos, todo el “vientre blando” de Europa va a sufrir –de una u otra forma– los embates de los movimientos sísmicos provocados por el cambio de línea en EEUU, un cambio que implica, de partida, no aceptar la continuidad de gobiernos que no sean incondicionalmente leales a EEUU y que no estén dispuestos a comprometerse hasta el final con su estrategia antisoviética global.

Vectores opuestos

Este viraje drástico de la política norteamericana va a pillar absolutamente a contrapié a España. Frente a la sumisión y lealtad sin fisuras exigida por EEUU a sus aliados, Adolfo Suárez ha ido poniendo los cimientos de una política exterior relativamente autónoma, de tinte neutralista y próxima y solidaria al tercer mundo. Suárez se reúne en Madrid con Arafat, viaja a La Habana, envía representantes a la Cumbre de países no alineados de Argel, y pretextando la falta de “consenso interno”, se niega a promover el ingreso de España en la OTAN, que es el objetivo prioritario de la política norteamericana. 

«Cuatro días antes del 23-F, la 16 Fuerza Aérea de EEUU puso en estado de alerta todos sus dispositivos» 

Los choques entre Suárez y los norteamericanos van a ir increscendo desde finales de 1979, y paralelamente se va a ir produciendo un paulatino enrarecimiento de la vida política interna en España. Suárez va a comenzar a sufrir un acoso sistemático en todos los frentes. Por un lado, el terrorismo etarra (sobre el que Suárez se hará más tarde la célebre reflexión de que no sabía “si cobraba en rublos o en dólares”) alcanza niveles brutales: en dos años, ETA pone encima de la mesa una media de un muerto cada tres días: generales, magistrados, guardias civiles, policías…

Esta sangría incesante alimenta, en el otro extremo, un creciente y bien orquestado “ruido de sables” que traspasa los muros de los cuarteles y emponzoña la situación con pautados rumores de preparativos de un golpe de Estado. Al mismo tiempo, en el seno de la UCD, los barones de la derecha más proyanquis (los Garrigues, Ordóñez, Lavilla, etc.) van socavando el liderazgo de Adolfo Suárez, a quien, por otro lado, acosa inmisericorde un PSOE que amenaza abiertamente con una moción de censura que,con el previsible apoyo de diputados de la UCD, podría tumbar el gobierno.

 Sin embargo, a lo largo de 1980 Suárez resiste –cada vez más aislado– todas las presiones, se niega a dimitir y dejar el poder –en definitiva, ha ganado las elecciones y es el presidente legítimo– y persiste, contra viento y marea, en las líneas básicas de su política, tanto interior como exterior, desoyendo los reclamos para que promueva una rápida integración de España en la OTA N .

Todos los diferentes vectores contradictorios de esta situación –el cambio de línea en EEUU, la resistencia de Suárez a las exigencias de los americanos y el acoso creciente a su gobierno– van a colisionar de forma brutal a partir de noviembre de 1980, cuando se produce el triunfo electoral de Reagan en EEUU. 

Fernando Reinlein nos ha dejado el relato de una significativa anécdota que se produjo la misma noche del 8 de noviembre en que se conoció la victoria de Reagan: un grupo de oficiales de la División Acorazada Brunete (la mayor y más importante del país), de maniobras en Chinchilla, brindan con champán esa noche. Entre los mandos presentes están el coronel San Martín (ex jefe del CESID en la época de Carrero y verdadero cerebro del 23-F) y Pardo Zancada, otro de los muñidores y participantes del golpe. 

Ese brindis celebra y anticipa lo que, desde hacía meses, se venía cocinando secretamente en España entre el embajador norteamericano, Terence Todman, el jefe de la Estación de la CIA en Madrid, Ronald Edwards Estes, y los agentes, contactos y simpatizantes de éstos en el Ejército, los servicios secretos y las fuerzas de seguridad, y que ahora, con el triunfo de Reagan, cobra visos de urgencia y necesidad. Y que no es otra cosa que eliminar a Suárez y establecer un “gobierno fuerte”, presidido por un militar, cuya tarea esencial sería poner a España a la nueva hora que marca Washington. 

Con un gobierno militar y fiel en Ankara, y otro igual en España, la seguridad y el control del Mediterráneo quedarían totalmente garantizados. Esa es la idea central de la nueva estrategia que Reagan traía en cartera. Estrategia que tenía esos dos puntos nodulares, pero que afectaba a todos los países de la franja mediterránea.

Tras el golpe turco y mientras se cocinan los preparativos del 23-F en España, se encadenan una serie de hechos de indudable relieve y de evidente conexión : el 4 de diciembre de 1980 fallece en un extraño accidente aéreo el primer ministro portugués, Francisco Sá Carneiro, mientras crecen los rumores sobre un golpe de Estado en Portugal; en enero de 1981, Hassan II empieza una campaña de rearme en Marruecos, que se mantendrá, pese a su participación en un golpe de Estado fallido en Mauritania dos meses después; en Italia se pone al descubierto una trama golpista en torno a la logia masónica P-2, en la que está implicada la “red Gladio”,una organización secreta creada por la CIA e n la posguerra; también tienen lugar provocativas maniobras navales de la VI Flota norteamericana en el golfo de Sirte, en aguas territoriales de Libia, durante las cuales varios aparatos estadounidenses derriban dos aviones libios. El clima de tensión en todo el Mediterráneo es máximo.

Los preparativos del golpe

A finales de 1979 ya existía entre amplios sectores del Ejército (heredado intacto del franquismo) un enorme descontento por la marcha del país, por la incapacidad del gobierno para enfrentar la espiral terrorista y por la amplitud y profundidad que había alcanzado el hecho autonómico (con la aprobación de los estatutos vasco y catalán,el restablecimiento de la Generalitat de Catalunya y la constitución del gobierno vasco).

 Los sectores más ultra-derechistas clamaban desde hacía tiempo por un golpe de Estado, pero sus reuniones conspirativas –de escaso vuelo, como se puso de relieve con la famosa “operación Galaxia”– estaban perfectamente controladas por el CESID y los servicios de información del Ejército. Más allá de ellos, existían discrepancias, descontento, malestar y cierta inquina contra Suárez (propiciada incluso por el rey Juan Carlos), pero nada más.

Esta situación, sin embargo, va a dar un vuelco con el cambio de línea de Estados Unidos y, aún más, con la llegada de Reagan al poder. Durante varios meses, el embajador de EEUU en España y el jefe de la CIA (dos expertos en operaciones golpistas) van a estar reuniéndose constantemente con generales, coroneles y altos mandos del Ejército español (con los que tienen múltiples conexiones, tejidas a lo largo de treinta años), pulsando su estado de ánimo y su disposición ante la “posibilidad” de que haya un golpe de Estado, qué modalidad tendría éste y, sobre todo, acerca de la necesidad de que los intereses norteamericanos en España quedaran totalmente salvaguardados en la “nueva situación”. El gobierno Suárez conoce estos contactos y llega a protestar abiertamente de ellos ante el embajador Todman, pero éste no hace el menor caso y sigue a lo suyo. Incluso el 14 de febrero de 1981 –nueve días antes del golpe y con Suárez ya dimitido– Todman se reúne en una finca de Logroño con el general Armada, que parece el militar definitivamente elegido para encabezar la intentona golpista, ya que reúne las características más adecuadas: sus conexiones van desde la Zarzuela –había sido jefe de la Casa Militar del Rey– hasta Tejero, pasando por personalidades muy destacadas de todos los partidos –desde Fraga en AP a Tamames en el PCE–, y parece el único capaz de aglutinar a todos en un gobierno de “salvación nacional”, de tinte autoritario y pro-americano, que podría mantener una cierta apariencia de “legalidad”.

Pero para imponer la “solución Armada” como algo aceptable para el país y, a ser posible, incluso “con el respaldo del Parlamento”, era necesario crear una “situación extrema”: esa “situación extrema” es la que se va a producir con la aparatosa irrupción de Tejero, pistola en mano, en el Congreso, el secuestro del gobierno y el Parlamento, la salida de Milans del Bosch a las calles de Valencia y su famoso bando.

 Ante la amenaza –sin duda real– de un verdadero golpe de Estado fascista (y el consiguiente baño de sangre), era razonable pensar que los diputados –secuestrados en el Congreso– y, después–colocado en la trágica disyuntiva de la sartén o el fuego– el país entero, acabarían asumiendo como un “mal menor” la instauración de un gobierno encabezado por un militar, pero con la presencia de figuras destacadas de todos los partidos.

Para desencadenar el “golpe fascista” (la intervención de los Tejero y Milans) sin duda fue clave el trabajo de hombres como el coronel San Martín, el comandante Cortina (jefe del grupo operativo del CESID) o el coronel Quintero, personajes que ya venían trabajando en los servicios secretos españoles desde los tiempos de Carrero Blanco y cuya imbricación con los servicios secretos norteamericanos e influencia en el Ejército era notable. San Martín coordinó de hecho los “dos golpes”, el de Tejero-Milans y el de Armada, cuyo desenlace final debía ser la formación de un gobierno de “salvación nacional”, presidido por Armada .

La versión más probable del “golpe”, minuciosamente preparado por la Embajada americana, la CIA y sus hombres en los servicios secretos y el Ejército español, consistía en lograr imponer un gabinete presidido por un militar de confianza, que tuviera en cierta forma la aquiescencia de la Monarquía y a ser posible contara con ministros de diversos partidos con presencia en el Parlamento.

Incluso –parece ser– se barajó la idea de que el Congreso–secuestrado y bajo amenaza– diera su apoyo inicial a semejante gabinete. De hecho, Armada llevaba al llegar al Congreso una lista de ese presunto gabinete, en el que figuraban conocidos dirigentes de la UCD, Alianza Popular (Fraga era, al parecer, el ministro de Defensa), el PSOE…¡y hasta el PCE! Esa lista no era una mera especulación azarosa: Armada ya había mantenido contactos previos con distintos partidos y sondeado a algunos de sus líderes sobre la necesidad de constituir ese “gobierno fuerte” o gobierno de “salvación nacional”. 

Como era de esperar, en el juicio del 23-F no se indagó nada relacionado con todo esto. Otro aspecto crucial para preparar el clima golpista en los cuarteles y entre los oficiales corrió a cargo del coronel Quintero y su “informe sobre el golpe turco”, un documento que circuló profusamente por las salas de mando en los meses anteriores al 23-F. Quintero, otro militar duro y muy relacionado con los americanos, que ya fue indagado con motivo del asesinato de Carrero Blanco (era, entonces, el jefe de la policía de Madrid) se encontraba –¿casualmente?– en Ankara, como agregado militar, en los días del golpe turco. 

Por “propia iniciativa”, Quintero elaboró un “informe” sobre el golpe militar en Turquía que calcaba la problemática turca con la española (terrorismo, separatismo…) y elogiaba la salida adoptada por los militares turcos. El informe pretendía crear un clima de opinión y marcar una salida, inspirada evidentemente por la CIA. El coronel Quintero estaba en Madrid el 23 de febrero de 1981.

Junto a estos preparativos, que podríamos llamar “internos”, los norteamericanos adoptaron y llevaron acabo numerosas medidas, sobre todo de carácter militar, con vistas a dar cobertura al golpe en ciernes. Desde algunas semanas antes, y por petición expresa del embajador Todman, EEUU había desplegado en Lisboa un avión AWACS a fin de interceptar y controlar todas las comunicaciones en España. Empezando por ahí y acabando por el despliegue de la VI Flota frente a las costas de Valencia, EEUU puso en marcha un dispositivo militar completo para dar cobertura al golpe.

Cobertura militar, y también diplomática. No de otra manera pueden interpretarse las palabras del secretario de Estado de EEUU, el general Alexander Haig, cuando a las 10 de la noche del día 23 (y con todo aún por decidir), en vez de condenarlo, definió el golpe como “una cuestión interna”. Haig (que había sido comandante en jefe dela OTAN desde 1974 hasta 1979) adoptaba así la actitud que Todman había garantizado a los golpistas españoles: EEUU no condenaría diplomáticamente el golpe y esperaría un desenlace favorable.

¿Qué fracasó?

Es ya una obviedad y un lugar común señalar, lógicamente, que el golpe del 23-F “fracasó”. Pero, ¿qué es exactamente lo que fracasó? Lo sustancial del “programa” que inspiró y motivó su preparación se cumplió a rajatabla: Suárez presentó su dimisión una semana justo después de la toma de posesión de Reagan (dando una explicación enigmática de sus razones, que sin embargo apuntaban a un acto necesario para impedir una nueva dictadura) y le sustituyó en el cargo Calvo Sotelo, un hombre que proclamó desde el principio que el objetivo prioritario de su gobierno era el ingreso de España en la OTAN, lo que llevó a cabo en agosto de 1981. Por otro lado, el país se puso plenamente en la órbita atlántica y “reaganiana” y una profunda “derechización” se adueñó de toda la vida política española. Así pues, el “programa nuclear” del golpe, no sólo no fracasó sino que triunfó plenamente.

Lo que fracasó fue la “solución Armada”, o la mucho más drástica –e improbable– “solución Milans-Tejero”, que habían tejido Todman, Estes y la CIA, con la complacencia de Haig y Reagan. Estas “soluciones” hubieran supuesto destrozar probablemente toda la arquitectura política laboriosamente puesta en pie en un larguísimo proceso de casi 30 años (pues desde finales de los 60 los americanos ya estaban programando la transición en España). A medio plazo, hubiera significado la muerte de la Monarquía y el suicidio de la mayoría de los partidos. 

Un precio demasiado alto, sobre todo cuando ya no era “imprescindible” para alcanzar unos objetivos que, en gran medida, se podían lograr sin echar abajo todo. Eso lo entendió perfectamente el Rey y muchos de los capitanes generales en cuyas manos estuvo la noche del 23-F la posibilidad de inclinar la balanza del lado de la solución golpista. 

El posterior juicio del 23-F se cebó con Tejero y Milans, condenó levemente a Armada y exculpó a Cortina. Conforme la responsabilidad se acercaba más a la Embajada americana y a la CIA, hubo más impunidad. Por supuesto, no se investigó la participación de EEUU en el diseño, la preparación y la realización de un golpe que tenía inscrito en el rostro las huellas de su absoluta paternidad.

23-F: el Ejército americano en estado de alerta

– Semanas antes del 23-F, el embajador Todman solicitó a Washington el envío de un avión AWACS para controlar las comunicaciones en España, que operó desde su base en Lisboa.

– Cuatro días antes del 23-F, la 16 Fuerza Aérea de EEUU puso en estado de alerta todos sus dispositivos.

– A primeras horas del 23-F, el Strategic Air Command –sistema de control aéreo norteamericano –, a través de su estación central en Torrejón de Ardoz, anuló el Control de Emisión Radioeléctrica Española.

– Los pilotos y las tropas americanas en las bases de Torrejón, Morón y Zaragoza permanecieron en estado de máxima alerta, preparados para cualquier emergencia.

– Frente a las costas de Valencia, un significativo contingente de la VI Flota americana permaneció en situación de vigilancia."                     (Juanjo Albacete, De Verdad Digital, 21/02/21)