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16/4/24

Optimismo por el futuro del planeta... Los liberales creen que el mayor obstáculo para la necesaria intervención climática es la falta de conciencia social y de liderazgo profesional. El verdadero problema es la ausencia de un programa de estabilización climática militante y dirigido por los trabajadores... Los trabajadores, no los tecnócratas, garantizarán un planeta sostenible

"Los liberales creen que el mayor obstáculo para la necesaria intervención climática es la falta de conciencia social y de liderazgo profesional. El verdadero problema es la ausencia de un programa de estabilización climática militante y dirigido por los trabajadores.
Reseña de Not the End of the World: How We Can Be the First Generation to Build a Sustainable Planet No es el fin del mundo: cómo podemos ser la primera generación en construir un planeta sostenible, de Hannah Ritchie (Little Brown Spark, 2024)
Ya no es ningún secreto que las generaciones más jóvenes están acosadas por la ansiedad ecológica y la angustia climática. Según la revista Lancet Planetary Health, estos sentimientos se han convertido en un verdadero fenómeno mundial, que prevalece en los países de renta alta, media y baja. Mientras tanto, el movimiento ecologista lleva mucho tiempo aquejado de un sentimiento generalizado de pesimismo sobre las perspectivas de su propio éxito.

Hannah Ritchie, científica medioambiental y subdirectora de Our World in Data, se sintió obligada a introducir un urgente sentimiento de optimismo en el debate sobre el clima. En su libro Not the End of the World: How We Can Be the First Generation to Build a Sustainable Planet (No es el fin del mundo: cómo podemos ser la primera generación en construir un planeta sostenible), Ritchie pretende representar a «una generación de jóvenes que quieren ver cambiar el mundo», pero que se ven abrumados por la inacción ante los boletines de noticias apocalípticos y la indiferencia de los gobiernos.

En el mejor de los casos, el libro de Ritchie da un vuelco a la sabiduría convencional de los ecologistas del estilo de vida consumista -cuya teoría del cambio es tan confusa y errónea como elevada es su ansiedad- para restaurar un sentido colectivo de control sobre nuestro futuro compartido. Ritchie tampoco está dispuesta a adormecer a sus lectores con una falsa sensación de seguridad identificando soluciones técnicas fáciles para combatir el cambio climático. «Los problemas de este libro no se resolverán por sí solos», subraya Ritchie, sino que «requerirán el esfuerzo creativo y decidido de personas que desempeñen diversas funciones». De este modo, Ritchie recuerda la última y oculta idea de David Graeber sobre el mundo: es algo que hacemos, y que podríamos hacer de otro modo.

Sin embargo, en un claro reflejo de sus propias inclinaciones profesionales, Ritchie se equivoca a la hora de identificar a los agentes que reharán el mundo, delegando la tarea en los innovadores, los responsables políticos, los financiadores y, lo que es más importante, «los individuos valientes y las empresas privadas». En consecuencia, el camino que propone hacia la estabilización climática está pavimentado con impuestos sobre el carbono y otras soluciones inadecuadas orientadas al mercado, una defensa anacrónica de recetas políticas liberales ineficaces que arroja luz sobre un nuevo conjunto de sensibilidades y alianzas entre los activistas climáticos de la corriente dominante.

Es cierto, como sostiene Ritchie, que combatir el cambio climático no es ni completamente imposible ni tranquilizadoramente fácil. La cuestión pendiente es quién liderará la carga.

Comunicadores científicos y tecnócratas políticos del mundo, uníos . . .

En Climate Change as Class War: Building Socialism on a Warming Planet, Matt Huber ofrece una esquemática tipología tripartita de los profesionales de la escena política climática: divulgadores científicos, tecnócratas políticos y radicales antisistema. Las críticas socialistas se han centrado principalmente en este último grupo, responsable del decrecimiento, un movimiento académico y social incipiente que expresa una desafección generalizada hacia nuestras sociedades industriales intensivas en emisiones. La generalización de ciertas variedades neomalthusianas del movimiento del decrecimiento, cuyo programa preferido de reducción agregada y ecoausteridad desempoderaría aún más a la clase trabajadora, no sustituye al movimiento climático mayoritario liderado por los trabajadores, necesario para descarbonizar rápida y democráticamente nuestras economías a gran escala, al tiempo que se mejora, no se empeora, la vida de la clase trabajadora.

La generalización de la perspectiva del decrecimiento propuesta por los radicales antisistema es preocupante. Pero debemos estar igualmente atentos a la aparición simultánea de una nueva generación de divulgadores científicos y tecnócratas políticos liberales cuyos mensajes están diseñados para fabricar el apoyo popular a las ineficaces estrategias de descarbonización orientadas al mercado.

Not the End of the World, de Ritchie, ilustra una alianza cada vez más coherente entre distintos grupos de profesionales del clima de la corriente dominante. La nueva hornada de expertos en clima con credenciales tiende a compartir la crítica de Ritchie a la información sensacionalista de los medios de comunicación sobre la crisis climática, que les preocupa que transmita una sensación de fatalidad inminente que paralice a la sociedad hasta una aceptación apática del colapso planetario. Para Ritchie, esta observación proviene de una experiencia personal: cuando tenía poco más de veinte años, las incesantes profecías catastrofistas la convencieron de que ya no tenía ningún futuro por el que mereciera la pena vivir. Años más tarde, Ritchie llegó a considerar la incomprensión de la escala y la naturaleza del problema como el obstáculo fundamental para una acción climática eficaz.

Otro obstáculo, según Ritchie, es la polarización política, que en su opinión impide la cooperación necesaria para combatir la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, la deforestación y la contaminación ambiental. En otras palabras, no hay tiempo para el fútbol político; la resolución de problemas debe delegarse en tecnócratas imparciales.

Para ejemplificar este punto, Ritchie establece un paralelismo con la exitosa defensa de la capa de ozono por parte de la comunidad científica, que ella describe como «el cambio climático de su época». En su relato, un trío de científicos galardonados con el Premio Nobel descubrió que las emisiones humanas de clorofluorocarbonos (CFC) estaban destruyendo el ozono de la estratosfera, pero sus descubrimientos fueron difamados por industriales y políticos interesados. Finalmente, una campaña de presión pública llevó a los países a adoptar en 1987 el Protocolo de Montreal, que regula la producción de sustancias que agotan la capa de ozono. Desde su adopción, se ha producido una disminución del 99,7% de los CFC y otras sustancias que agotan la capa de ozono.

En esta narración de los hechos, los ciudadanos preocupados dieron poder a los expertos científicos y a los tecnócratas de la política para combatir los intereses malignos de los gigantes industriales y sus secuaces políticos. Por tanto, debería adoptarse la misma fórmula, incluida la evasión de la arena democrática de los intereses políticos contrapuestos, para combatir el cambio climático y otros problemas de sostenibilidad actuales.

Pero la historia de la capa de ozono y la crisis actual no son fenómenos análogos. La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, a diferencia de los CFC, no puede lograrse sin alterar nuestros sistemas energéticos basados en combustibles fósiles. Y son los combustibles fósiles, y no las moléculas de cloro, los que han permitido nuestro desarrollo industrial. Así pues, como advierte el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), abordar el problema del calentamiento global exigirá «cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad». El problema va más allá de la afición tecnocrática de los activistas climáticos profesionales, cuya principal preocupación es contabilizar y gestionar con precisión los impactos ecológicos y medioambientales («externalidades») de nuestros sistemas económicos de producción, y requiere en cambio una acción masiva y una transformación social para superar las relaciones de propiedad capitalistas que sustentan las estrategias insostenibles de acumulación.

Ritchie reconoce que «cuando nuestras economías funcionan con combustibles fósiles, estamos a merced de quienes los producen». Sin embargo, en lugar de una aquiescencia muda, se ha producido una creciente protesta pública y resistencia política a las empresas de combustibles fósiles. En Estados Unidos, por ejemplo, ocho estados y tres docenas de municipios han presentado demandas contra las grandes petroleras por engañar intencionadamente al público sobre la crisis climática.

«Proteger nuestros bienes comunes públicos frente a los intereses adquisitivos de los accionistas corporativos siempre ha requerido contestación política».
Según la teoría del cambio de Ritchie, que se basa en una ciudadanía científicamente informada que empodere a los responsables políticos ilustrados, se dan todas las condiciones necesarias para una transición rápida que abandone las fuentes de energía basadas en combustibles fósiles. Sin embargo, los productores de petróleo y gas siguen obteniendo beneficios récord y la producción nacional de petróleo alcanzó su máximo histórico en 2023. Está claro que necesitamos otro tipo de intervención.

La clase trabajadora tiene el poder

La divergencia entre las expectativas liberales y las realidades materiales es el resultado de una teoría ingenua del cambio social. Proteger nuestro patrimonio público y el bienestar social colectivo frente a los intereses adquisitivos de los accionistas corporativos siempre ha requerido contestación política. El trastorno sin precedentes históricos de nuestro complejo industrial-energético requiere un contramovimiento mayoritario capaz de forzar una rápida transición hacia las emisiones netas cero. Debemos centrarnos en el poder y la planificación, no en la persuasión y las señales de precios.

En honor a Ritchie, reconoce que tenemos que hacer que la gente «sienta que está mejorando su vida» para «conseguir que todo el mundo se sume al cambio a una vida baja en carbono». Más que convencer a la gente de que optimice su huella de carbono, lo que transforma a los ciudadanos en consumidores éticos, «nuestra imagen social de la sostenibilidad tiene que cambiar». Desgraciadamente, la sensibilidad profesional de Ritchie parece seguir dando lugar a un punto ciego respecto a las condiciones materiales de la mayoría de la clase trabajadora. Aquí vale la pena citar a Ritchie en extenso: “Lo último que puedes hacer es pensar en cómo empleas tu tiempo. Los problemas de este libro no se resolverán solos. Una persona media pasará unas 80.000 horas en el trabajo a lo largo de su vida. Elige una gran carrera en la que realmente puedas marcar la diferencia y tu impacto podría ser miles, o millones, de veces mayor que tus esfuerzos individuales por reducir tu huella de carbono.”

De la lectura de este pasaje se desprende claramente que Ritchie piensa en términos de carreras más que de empleos, y entiende que las carreras se eligen libremente. En consecuencia, anima a los jóvenes aspirantes a profesionales -la supuesta audiencia del libro- a elegirlas sabiamente. Por supuesto, para la mayoría de los trabajadores, navegar por el mercado laboral es una experiencia muy diferente. Sin alguna combinación de credenciales universitarias, conexiones familiares y redes profesionales, las preferencias personales de la mayoría de la gente quedan extinguidas por las leyes del movimiento de la economía de mercado capitalista.

Aunque las personas de clase trabajadora no suelen estar en condiciones de diseñar libremente sus carreras para maximizar su impacto medioambiental positivo, no son ni mucho menos impotentes. Al contrario, como sostiene Matt Huber, nuestra atención debería centrarse en resucitar el movimiento obrero y «recuperar la capacidad militante de los trabajadores para hacer huelga y obligar a las élites a ceder a las demandas radicales», especialmente entre los trabajadores de base de los servicios públicos que pueden aprovechar su poder estratégico sobre la generación de electricidad y las redes de transmisión para forzar una rápida descarbonización de la red.

En última instancia, nuestro problema no es la falta de conciencia social y de liderazgo profesional, sino un sistema político que privilegia los beneficios de unos pocos a expensas de un planeta habitable y de un futuro sostenible para todos. Para resistir a la imposición de un nuevo sentido común tecnocrático liberal, que nos condenaría a todos a la catástrofe climática, necesitamos alimentar una visión positiva de un programa de estabilización climática socialmente justo y dirigido por los trabajadores.

Como declararon los manifestantes franceses durante las protestas por la reforma de las pensiones del verano pasado: «Fin du monde, fin du mois, même combat». El fin del mundo y el fin de mes son el mismo combate."

(Alec Fiorini investiga la economía política de la transición energética y el complejo alimentario mundial como doctorando en la Universidad Queen Mary de Londres. JACOBIN, 14/04/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

25/3/24

Carlos Taibo: Cuando hablo de ecofascismo no estoy pensando, o no lo estoy haciendo de forma singular, en marginales grupos neonazis o de extrema derecha. Estoy pensando, antes bien, en un proyecto que nace en el seno de algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez que se avecina y cada vez más firmemente decididos a preservar en unas pocas manos esos recursos escasos al amparo de un horizonte de darwinismo social militarizado. La perspectiva que invoco tiene mucho que ver con las prácticas más conocidas del colonialismo de siempre

 "Nota.— Hace dos semanas, publicamos una reseña de Ecofascismo, el último libro de Carlos Taibo, primero editado en España y luego en Argentina. Hoy damos a conocer la entrevista que le realizamos con posterioridad, donde hablamos del contenido de la obra, pero también de otros tópicos de actualidad no menos interesantes. Quienes no hayan leído la recensión bibliográfica de nuestro compañero Ariel Petruccelli y deseen hacerlo, aquí tienen el enlace. Nuestra profunda gratitud con el entrevistado por su predisposición y amabilidad.

6/11/23

Chantal Mouffe: Un proyecto de «revolución democrática verde» puede resonar con la demanda de seguridad y protección que se está expresando, aunque de formas diferentes, en una amplia variedad de luchas sociales... La crisis ecológica abre un nuevo campo de posibilidades para la izquierda. Frente al iliberalismo autoritario o la pospolítica del capitalismo verde, la dimensión transversal de los efectos de la catástrofe climática invita a imaginar una nueva forma de populismo ecológico... Los activistas y militantes ecologistas tienen sin duda un papel importante que desempeñar, pero no podrán lograr avances decisivos si se niegan a organizarse políticamente. Además, la transición hacia las energías renovables no puede tener éxito sin recurrir a la planificación ecológica, y el Estado tendrá que desempeñar un papel importante en este proceso. Para crear las condiciones de un enfrentamiento victorioso con las industrias de combustibles fósiles, tenemos que ganar las elecciones y llegar al poder... para vincular las batallas ecológicas con otras luchas democráticas es esencial crear un «nosotros» que sea la fuerza motriz de la acción política... cuando las sociedades sufren graves perturbaciones en su modo de vida, la necesidad de protección se convierte en la exigencia primordial, y que esa necesidad puede satisfacerse de forma progresiva o regresiva... Es vital que la izquierda aborde esta demanda de seguridad y protección de forma inclusiva e igualitaria... propongo movilizar los recursos simbólicos de la tradición democrática concibiendo la lucha por la habitabilidad del planeta al modo de una «revolución democrática verde», que contemple la bifurcación ecológica como un nuevo frente para la radicalización de la democracia... y brindar a la izquierda la oportunidad de desarrollar un proyecto capaz de convertirse en hegemónico... Su carácter transversal debería permitir construir una frontera política entre la izquierda y la derecha sobre una base diferente de la tradicional... esta crisis también puede ser una oportunidad para lograr un modelo de producción más igualitario

 "A pesar de la persistencia de un movimiento de escépticos climáticos, en la actualidad existe un acuerdo bastante amplio sobre la necesidad de una transición ecológica para descarbonizar nuestras economías. El desacuerdo se centra en las modalidades de la transición y en el camino que hay que seguir para lograrla. No se trata sólo de una cuestión técnica; también tiene una importante dimensión política que tendrá consecuencias para el futuro de la democracia. Está claro, por ejemplo, que el capitalismo verde promovido por las fuerzas neoliberales tiene implicaciones claramente autoritarias, mientras que la transición hacia las energías renovables podría crear las condiciones para un modelo de desarrollo que garantice las libertades democráticas y la justicia social.

Me gustaría ofrecer algunas reflexiones sobre cómo una política de izquierda debería enfocar la transición ecológica en las condiciones específicas en las que se encuentran hoy los países europeos.  En primer lugar, dejemos claro lo que entiendo por «política de izquierda». Según mi perspectiva teórica, que se inscribe en una concepción «disociativa» de la política, ésta siempre tiene que ver con el conflicto y el antagonismo. Como nos enseñó Maquiavelo, la sociedad está dividida y la política tiene un carácter «partidista» que adopta la forma de nosotros contra ellos. Esto también se aplica a la democracia pluralista, cuya especificidad no consiste en negar esta división, sino en reconocer y legitimar el conflicto y negarse a imponer un orden autoritario. Esto requiere que los oponentes no sean considerados como enemigos que hay que destruir, sino como adversarios cuyas posiciones serán combatidas, sin que por ello se cuestione su derecho a defenderlas. Este enfrentamiento entre adversarios corresponde a la «lucha agonística» que es la condición misma de una democracia pluralista. En palabras de Marcel Mauss, es lo que permite «oponerse sin matarse». Cuando falta esta confrontación, las pasiones ya no pueden encontrar expresión política, lo que conduce a un proceso de desafección de las instituciones democráticas o a la aparición de formas de polarización basadas en cuestiones étnicas o religiosas.

 Una democracia viva no puede sobrevivir sin debates sobre alternativas políticas. Debe ofrecer formas de identificación basadas en posiciones democráticas claramente diferenciadas. Este es el papel de la oposición derecha/izquierda que, en una democracia pluralista, contribuye a escenificar el conflicto proponiendo cuestiones capaces de movilizar las pasiones políticas. La lucha entre derecha e izquierda no debe concebirse de forma esencialista como un conflicto entre identidades inmutables o categorías sociológicas determinadas, sino como un enfrentamiento entre posiciones axiológicas. Norberto Bobbio1 ha demostrado que, aunque el contenido de esas nociones varíe según los tiempos y las circunstancias, siempre están referidas a la cuestión de la igualdad, que es un objetivo central para la izquierda, mientras que la derecha se acomoda a las desigualdades y las justifica. Por eso, cuando hablo de política de izquierda, me refiero a una estrategia cuyo objetivo es consolidar y extender la lucha por la igualdad y la justicia social.

 Enmarcaré mis reflexiones en la coyuntura actual, con las relaciones de fuerzas y afectos que la configuran. Para empezar, examinaré los efectos sobre la política democrática de las transformaciones políticas y económicas que ha traído consigo el neoliberalismo en los últimos 40 años. En lo que respecta a Europa, esas transformaciones han llevado a la erosión de dos de los pilares del ideal democrático: la igualdad y la soberanía popular, lo que ha creado una situación que a menudo se describe como «postdemocracia». En el ámbito político, lo que caracteriza a la postdemocracia es lo que he denominado «postpolítica», que difumina la frontera existente entre derecha e izquierda y celebra el consenso entre los partidos de centro-derecha y centro-izquierda como un gran avance para la democracia2. Afirmando que no hay alternativa a la globalización neoliberal, la perspectiva postpolítica reduce las decisiones políticas a cuestiones técnicas de las que deben ocuparse los expertos. Convencidos de que la globalización requiere «modernización», los partidos socialdemócratas aceptan los dictados del capitalismo financiero y los límites impuestos a los Estados en sus políticas redistributivas. Los ciudadanos se ven privados de la posibilidad de decidir entre proyectos políticos sustancialmente diferentes, y las elecciones se reducen a una simple alternancia entre los llamados partidos «gobernantes». Declarando que el modelo adversarial de la política, con su división izquierda-derecha, ha quedado obsoleto, la postpolítica aboga por una «política sin adversarios» que suprima su carácter partidista.

 Tal situación postpolítica dominó Europa a partir de los años ochenta, durante el periodo de hegemonía incontestable del neoliberalismo. Pero con el crack financiero de 2008, tal hegemonía entró en crisis. Cuando las políticas de austeridad empezaron a afectar a las condiciones de vida de amplios sectores de la población, una oleada de protestas recorrió muchos países. Asistimos al surgimiento de movimientos «populistas» que rechazaron el consenso en el centro y reafirmaron el conflicto estableciendo una frontera política entre «el pueblo» y las fuerzas del establishment.  Lo que he descrito como el «momento populista»3 indica un «retorno de lo político» tras años de postpolítica.

Este retorno de lo político no garantiza un avance democrático, y puede producirse de modo autoritario. Todo depende de cómo se construya «el pueblo». Por ejemplo, el populismo de derecha construye un pueblo utilizando un discurso etnonacionalista que excluye a los inmigrantes, considerados una amenaza para la identidad nacional y la prosperidad. Aboga por una democracia basada exclusivamente en la defensa de los intereses de los «auténticos» originarios del país. En nombre de la recuperación de la democracia, lo que propone es en realidad su restricción y la introducción de un modelo autoritario.

Pero recuperar la democracia también puede ser una oportunidad para ampliarla. Con este espíritu he defendido la tesis de que es necesario promover un «populismo de izquierda» que federe diversas luchas ecológicas, sociales y «societales» para construir un «pueblo», cuyo adversario común sea la oligarquía neoliberal y las fuerzas asociadas a ella. La especificidad de una estrategia populista de izquierda consiste en establecer una «cadena de equivalencias» entre las luchas democráticas contra la explotación, la dominación y la discriminación para impulsar un proceso de «radicalización de la democracia».

Es importante subrayar que una cadena de equivalencia no es simplemente una coalición de sujetos políticos ya existentes. El pueblo y la frontera política que define a su adversario se construyen a través de la lucha política y siempre son susceptibles de ser redefinidos como resultado de las intervenciones hegemónicas. El proceso de articulación es crucial, porque es a través de su inscripción en una cadena de equivalencias como las demandas particulares adquieren su significado político. No hay lucha intrínsecamente emancipadora que no pueda dirigirse hacia fines opuestos. Tanto si hablamos de ecología como de feminismo o de otros ámbitos, la cuestión de la articulación es decisiva.

También me gustaría aclarar que una estrategia populista de radicalización de la democracia no significa una ruptura total con las instituciones de la democracia pluralista. Pretende transformar y enriquecer tales instituciones para que sus principios ético-políticos de «libertad e igualdad para todos» entren en vigor en un número creciente de relaciones sociales. Pretende lograrlo utilizando procedimientos democráticos, por ejemplo mediante lo que André Gorz denomina «reformas no reformistas». El objetivo no es crear una vanguardia, sino formar un pueblo cuyo proyecto sea defender y profundizar la democracia. Podemos hablar de «reformismo radical» para distinguir esta estrategia de la política revolucionaria, pero también del reformismo estéril de los social-liberales. Tal proyecto es ciertamente «radical» en la medida en que pretende crear un nuevo equilibrio de poder e instaurar una nueva hegemonía, pero sin romper con los principios de la democracia pluralista.

 Una estrategia populista de izquierda no está grabada en piedra y evoluciona en función de la situación. Antes de la pandemia, se trataba sobre todo de cuestionar el modelo postpolítico y de revitalizar la lucha agonística contra el neoliberalismo. Ahora también tenemos que hacer frente a las consecuencias económicas y sociales del Covid-19 y abordar la urgencia de la crisis climática, todo ello en un contexto geopolítico sacudido por la guerra de Ucrania y la guerra de Sucot. El objetivo de la política de izquierda sigue siendo la extensión de los principios democráticos de igualdad y justicia social, pero a los retos anteriores se han añadido otros nuevos. Hoy, el proyecto democrático debe reformularse a la luz del imperativo ecológico, liberado de su sesgo racionalista y de su ambición prometeica de dominar la naturaleza. Necesitamos integrar las lecciones del Antropoceno y rechazar la separación entre naturaleza y cultura, así como la oposición entre humanos y no humanos.

Estamos, pues, en el umbral de una nueva fase de la revolución democrática. A partir del siglo XIX, bajo el impacto de las luchas obreras y del pensamiento socialista, la concepción liberal de la democracia, centrada en los derechos políticos, se transformó al incorporar las reivindicaciones sociales. A lo largo del siglo XX, la lucha contra las desigualdades y por la justicia social se concibió principalmente en términos de distribución equitativa de los frutos del crecimiento. La lucha de los nuevos movimientos sociales ha abierto nuevas perspectivas sobre la cuestión de la justicia social, pero se centran en la autonomía y la libertad y, a excepción de algunos movimientos ecologistas, no tienen como objetivo la naturaleza del crecimiento.

Hemos llegado a un punto en el que la lucha por la justicia social exige cuestionar los modelos productivistas y extractivistas. El crecimiento ha dejado de verse como una forma de protección para convertirse en un peligro para la habitabilidad del planeta y para las condiciones materiales de la reproducción social. Por lo tanto, ya no es posible concebir la lucha por la justicia social sin incluir el fin de un modelo de crecimiento que amenaza la existencia misma de la sociedad y cuyos efectos son especialmente destructivos para los grupos sociales y los países más vulnerables. Esto significa luchar tanto a nivel de la producción como a nivel de la reproducción, entendida esta última en el sentido amplio de la totalidad de la vida en el planeta, y no reducida a la reproducción humana.

 Con el nuevo régimen climático, la habitabilidad del planeta se ha convertido en la cuestión crucial. Debemos situar la transición ecológica en el centro del proyecto de radicalización de la democracia y vincular las luchas ecológicas a las luchas sociales. Para ello es necesario establecer una auténtica «bifurcación» ecológica que rompa la dependencia de nuestras sociedades del sistema económico del capitalismo financiero, responsable de la aceleración de las catástrofes ecológicas. Tal bifurcación no puede producirse sin confrontación con el capital financiero, y es ilusorio imaginar que pueda lograrse sólo por los movimientos sociales. Los activistas y militantes ecologistas tienen sin duda un papel importante que desempeñar, pero no podrán lograr avances decisivos si se niegan a organizarse políticamente. Además, la transición hacia las energías renovables no puede tener éxito sin recurrir a la planificación ecológica, y el Estado tendrá que desempeñar un papel importante en este proceso. Para crear las condiciones de un enfrentamiento victorioso con las industrias de combustibles fósiles, tenemos que ganar las elecciones y llegar al poder.

 Hay un punto que me gustaría subrayar, y es que, para vincular las batallas ecológicas con otras luchas democráticas, es esencial crear un «nosotros» que sea la fuerza motriz de la acción política. Para crear esa voluntad colectiva, no basta con elaborar un buen programa; es esencial movilizar afectos ecológicos y políticos compartidos. Esta dimensión emocional suele descuidarse en la izquierda debido al marco teórico racionalista que con demasiada frecuencia informa su visión de la política. La izquierda es rica en ideas sobre la naturaleza de una sociedad emancipada y sus dirigentes gastan mucha energía en elaborar programas ambiciosos. Sin embargo, suelen olvidar que, en política, no basta con tener un buen programa; los ciudadanos también deben identificarse con el proyecto que se les propone. Las buenas ideas no bastan porque, como nos recordaba Spinoza, las ideas son tan fuertes como las emociones que despiertan. Para generar apoyo y animar a la gente a actuar, estas ideas deben resonar con los afectos, los deseos y las experiencias vitales de las personas a las que hay que movilizar.

La pandemia y el aumento de la precariedad han creado un sentimiento de vulnerabilidad en amplios sectores de la población, dando lugar a afectos que expresan una fuerte necesidad de seguridad y una demanda de protección. Es esencial tener en cuenta estos afectos, porque pueden dirigirse en direcciones muy diferentes. En cierto modo, nuestra situación es similar a la analizada por Karl Polanyi en La Gran Transformación4, donde muestra que cuando las sociedades sufren graves perturbaciones en su modo de vida, la necesidad de protección se convierte en la exigencia primordial, y que esa necesidad puede satisfacerse de forma progresiva o regresiva. Pone como ejemplo la crisis de los años treinta, que condujo al fascismo en Europa y al New Deal en Estados Unidos.

 En la situación actual, la demanda de protección puede ser fácilmente explotada por la derecha nacional-populista, que intenta convencer a la población de que la seguridad sólo puede lograrse mediante una concepción de la soberanía basada en el nacionalismo excluyente. Y está claro que ya han conseguido resultados en muchos países. Sin embargo, sería un error pensar que es el único adversario y pasar por alto el hecho de que los gobiernos neoliberales también explotan este sentimiento de vulnerabilidad. Su objetivo es promover lo que Gramsci llamó una «revolución pasiva», una estrategia que en este caso consiste en utilizar la crisis ecológica para impulsar el desarrollo de una nueva forma de neoliberalismo, el «tecnosolucionismo autoritario». Así es como las fuerzas neoliberales presentan el desarrollo del «capitalismo verde» y la geoingeniería, no sólo como la solución al problema del calentamiento global, sino también como la mejor forma de proporcionar seguridad y protección a los ciudadanos. Esto les permite alejarse de la necesidad de protección para legitimar una serie de medidas autoritarias.

Es vital que la izquierda aborde esta demanda de seguridad y protección de forma inclusiva e igualitaria, en lugar de rehuirla por conservadora. Para despertar emociones más poderosas que las de sus oponentes, debe ofrecer una visión de futuro que inspire esperanza. También en este caso hay que escuchar a Spinoza, que nos dice que la única manera de desplazar un afecto es producir otro más fuerte.

Con miras a crear afectos comunes, cuya cristalización podría conducir a la construcción de un «pueblo», propongo movilizar los recursos simbólicos de la tradición democrática concibiendo la lucha por la habitabilidad del planeta al modo de una «revolución democrática verde», que contemple la bifurcación ecológica como un nuevo frente para la radicalización de la democracia. Es la fuerza emocional de la imaginación democrática la que ha situado en el centro de la política los ideales que estuvieron en el origen de las conquistas sociales más importantes. Y como han demostrado las recientes movilizaciones populares, los valores democráticos siguen informando muchas de las luchas sociales y políticas de nuestras sociedades.

 Estoy convencido de que, frente a la crisis ecológica, un proyecto de «revolución democrática verde» puede resonar con la demanda de seguridad y protección que se está expresando, aunque de formas diferentes, en una amplia variedad de luchas sociales. Es probable que reactive y enriquezca la imaginación democrática y suscite entusiasmo, y podría desempeñar el papel de principio articulador para federar demandas heterogéneas. La supervivencia del planeta y la preservación de las condiciones de vida que lo hacen habitable pueden movilizar a un gran número de personas, así como a una gran variedad de movimientos sociales. Junto a sindicatos y grupos organizados en torno a intereses socioeconómicos, encontramos personas implicadas en diversas luchas feministas, antirracistas, anticoloniales y LGBT+. Si bien estas reivindicaciones se derivan de luchas específicas, también son expresiones de reivindicaciones democráticas. Ante la gravedad de la crisis ecológica, podrían identificarse con un proyecto que pretende preservar un planeta habitable y garantizar el futuro de una sociedad democrática, proporcionando así el impulso necesario para construir una mayoría social.

Paradójicamente, la crisis ecológica puede brindar a la izquierda la oportunidad de desarrollar un proyecto capaz de convertirse en hegemónico. De hecho, el sentimiento de vulnerabilidad que suscita no se limita a los sectores obreros. Su carácter transversal debería permitir construir una frontera política entre la izquierda y la derecha sobre una base diferente de la tradicional. Lo que está en juego en la lucha política es la forma en que se construye el antagonismo y se define al adversario. La derecha radical construye el antagonismo con los «beneficiarios de la asistencia» y los inmigrantes, mientras que las fuerzas neoliberales postpolíticas, al tiempo que niegan la existencia del antagonismo, lo construyen descalificando a los «extremos», a quienes sitúan fuera del «arco republicano» porque atentan contra su poder.

 La lucha por la defensa de la habitabilidad de la Tierra concierne a un amplio abanico de grupos sociales. Señalando al neoliberalismo como principal responsable de la destrucción de las condiciones de vida en el planeta, la izquierda puede construir un «nosotros» más amplio que el basado en las relaciones de producción o en la oposición entre perdedores y beneficiarios de la globalización.

Evidentemente, un proyecto de «revolución democrática verde» debe proponer medidas concretas, detalladas en un programa que especifique las políticas democráticas, económicas y sociales que deben aplicarse. Éstas dependerán de cada situación particular, y no es mi propósito examinarlas aquí. Lo que quiero subrayar es el papel de los afectos. Para crear una voluntad colectiva, los ciudadanos deben identificarse con un proyecto, deben quererlo, de lo contrario carecerá de la fuerza que los impulse a actuar. Por ello, la construcción del «nosotros» debe llevarse a cabo en primer lugar a nivel del Estado-nación, que sigue siendo un lugar crucial para el ejercicio de la democracia y la expresión de la soberanía popular. Ignorar la fuerza emocional que actúa en las formas nacionales de identificación ha sido a menudo un obstáculo para el éxito de los movimientos progresistas.

 Es ciertamente necesario que dicho proyecto adquiera una dimensión europea, pero ello no presupone la creación de un «nosotros» europeo homogéneo y postnacional que sustituya a la diversidad de los «nosotros» nacionales. La negación del «nosotros» nacional, o el miedo a que pueda existir, está en la raíz de muchas resistencias a cualquier forma de integración europea, así como de la aparición de formas de antagonismo entre las distintas naciones. Lo deseable es la creación de una Europa «agonística» que combine unidad y diversidad y reconozca la multiplicidad y diversidad de las identidades colectivas que existen en su seno, así como su dimensión afectiva.

 Desde un punto de vista constitucional, podríamos inspirarnos en los trabajos de Kalypso Nicolaïdis5, que propone concebir la Unión Europea como una «demoi-cracia», una unión de Estados y pueblos que reconoce la pluralidad y la permanencia de las diferentes demoi que la componen. Esta Unión respetaría las identidades nacionales de sus miembros, tal y como se expresan a través de sus estructuras políticas y constitucionales. No se sacrificaría el ejercicio de la democracia a nivel de los distintos Estados-nación en favor de un conjunto de instituciones correspondientes a un demos europeo homogéneo.

Nos encontramos en un momento crucial para la democracia, cuyo futuro depende del camino que tomemos para afrontar el reto de la crisis ecológica. Hay dos resultados posibles.  Por un lado, un desenlace autoritario, bien con el advenimiento de regímenes nacionalistas de «democracia iliberal», bien con la evolución hacia un nuevo tipo de postpolítica digital de «capitalismo verde». Por otro lado, una bifurcación ecológica que conduzca a una revolución democrática verde, una estrategia populista de izquierda guiada por la búsqueda de la igualdad y la justicia social. Por supuesto, no podemos descartar la perspectiva de un desenlace catastrófico. Pero todavía hay formas de escapar de ella, y esta crisis también puede ser una oportunidad para lograr un modelo de producción más igualitario y una sociedad en la que predominen los valores de justicia y solidaridad.

Lo que hay que abandonar es la perspectiva postpolítica que niega la existencia de antagonismos, así como la visión mesiánica de una resolución definitiva de los conflictos y de una sociedad totalmente armoniosa. Nunca habrá una «lucha final», y la democracia siempre estará «por venir», según la expresión de Derrida. La tarea de la izquierda hoy es dirigir los afectos generados por la situación actual hacia la justicia social y articularlos para construir un «pueblo» que luche por defender la democracia y crear las condiciones que permitan profundizarla."

( Chantal Mouffe  , El Grand Continent, 03/11/23) 

21/3/23

Antonio Turiel: El crecimiento económico ya no será posible de manera sostenida... solo veremos breves periodos de recuperación que precederán a graves hundimientos. La única solución realista pasa por el decrecimiento del consumo, lo que hoy por hoy es inevitable... Hay que buscar nuevas maneras de aprovechar la energía, tenemos que fomentar la eficiencia y el ahorro, sí, pero además tenemos que cambiar el sistema socioeconómico para que no se requiera un consumo incesantemente creciente de energía y materiales. Y nadie quiere entrar en ese aspecto

 "Cada día, los medios de comunicación se hacen eco de un nuevo invento destinado a revolucionar el mundo de la energía, pero, a la postre, todo sigue igual, no existe una ‘bala de plata’ tecnológica que vaya a resolver todos los problemas de la humanidad. Tenemos una fe casi religiosa en la ciencia y la tecnología y estamos dispuestos a creer cualquier patraña con tal de no acabar devorados por la crisis.

Hemos llegado a una fase histórica en la que el crecimiento económico ya no será posible de manera sostenida: solo veremos breves periodos de recuperación que precederán a graves hundimientos. La única solución realista pasa por el decrecimiento del consumo, lo que hoy por hoy es inevitable

Si en Petrocalipsis, el divulgador científico An­tonio Turiel, abordaba las posibles alternati­vas al actual sistema energético, y analizaba por qué no funcionan ni funcionarán las falsas soluciones que se han propuesto durante las últimas dos décadas, en su nuevo libro –Sin energía– confirma que el descenso energéti­co es una realidad apremiante y que anticipa un futuro muy oscuro. Si queremos prevale­cer, si queremos evitar el colapso, necesitamos hacer muchos cam­bios, desde el sistema productivo hasta el modelo de sociedad. Y te­ner una guía para entender qué está pasando ahora mismo, por qué y cómo evitar lo peor.

 Licenciado en Físicas, en Matemáticas y doctor en Física Teórica, Antonio Turiel (León, 1970) es investigador científico en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona (CSIC). Su investigación se ha centrado en la turbulencia y en la oceanografía por satélite, aunque también es experto en el ámbito de los recursos naturales. Su blog, The Oil Crash, es una de las grandes referencias en castellano sobre el problema del cenit del petróleo. Es también autor de Petrocalipsis (2020), igualmen­te publicado por Editorial Alfabeto.

En Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) la vamos a resol­ver, publicado a finales de 2020, reflexionaba sobre las causas de la cri­sis energética. En su análisis cargaba contra el pensamiento positivo y la palabra que más se repite en el libro es ‘no’. ¿Hemos planteado mal este problema desde el principio y, en consecuencia, resulta inútil buscar so­luciones?

No, no es inútil buscar soluciones, pero sí que hemos planteado mal el problema. Si sigue la discusión sobre la transición energéti­ca y el modelo que se quiere implantar, todo el planteamiento radi­ca en el cambio de energías que usamos y en buscar nuevas fuen­tes de energía. Pero lo que no se plantea es que es un sinsentido tener un sistema económico orientado al crecimiento infinito en un planeta finito.

Hay que buscar nuevas maneras de aprovechar la energía, tenemos que fomentar la eficiencia y el ahorro, sí, pero además tenemos que cambiar el sistema socioeconómico para que no se requiera un consumo incesantemente creciente de energía y materiales. Y nadie quiere entrar en ese aspecto.

Desde entonces se han sucedido crisis económica, pandemia, guerra, fe­nómenos extremos originados por el cambio climático, etc. En Sin ener­gía. Pequeña guía para el Gran Descenso plantea un escenario apocalípti­co que conduce al Gran Descenso. ¿El colapso es inevitable?

Hay que decir varias cosas aquí. Primero: “Sin energía” no plantea un escenario apocalíptico; de hecho, lo que hace es describir las tenden­cias a corto plazo que estamos siguiendo y por qué está pasando lo que está pasando. Tiene mucho más de descriptivo que de predictivo. Describe nuestros problemas, sí, pero eso no es el apocalipsis: es una grave crisis, una crisis con profundas consecuencias sobre el modelo de sociedad sin duda, pero no es el apocalipsis. Segundo: el Gran Des­censo de nuestro consumo energético y material es inevitable. Es una consecuencia de las leyes de la Física y de la Geología.

No se puede hacer nada que cambie eso, por más eficiencia que introduzcamos –la Termodinámica limita las ganancias por eficiencia–, por más tecno­logía que introduzcamos –ídem, por más inversión que queramos ha­cer– al final todo es cuestión del balance de energía. Pase lo que pase, en el conjunto del planeta vamos a tener cada vez menos energía y materiales. De hecho, ya está pasando. Eso no quiere decir que se re­parta esa escasez de manera equitativa. Ya se está viendo que algunos países lo están pasando bastante peor que nosotros, pero al final no­sotros también tendremos problemas. Pero eso no quiere decir que el colapso sea inevitable.

El colapso es fruto de una decisión, consciente o inconsciente, que toman las civilizaciones cuando apuestan por hacer cosas que simple­mente les hacen daño, y en nuestro caso es nuestro absurdo empe­ño de crecer indefinidamente en un planeta finito. Estamos chocando contra numerosos límites biofísicos de la Tierra: ambientales (con el cambio climático a la cabeza), pérdida de biodiversidad, desertización, contaminación… y también la escasez de recursos.

¿Quiere decir que tenemos que colapsar? No. Si abandonamos la absurda idea del cre­cimiento, podríamos garantizar un estándar de vida a todo el planeta comparable al que tiene España con un consumo de energía y mate­riales que sería per cápita la décima parte del que tiene España ahora mismo. Nuestro sistema económico es crematístico: derrocha y malgasta simplemente porque tiene un sentido económico hacerlo. Eso es lo que hay que cambiar.

 ¿Es posible un Gran Apagón? ¿Qué consecuencias tendría?

Por desgracia, es un escenario que no solo es posible, sino que ya se está dando en muchos países que tradicionalmente no habían tenido problemas, incluyendo China, India, Sudáfrica o Japón. En Europa podría llegar a producirse, aunque la posibilidad de que pase en España es muy remota, por sus características en cuanto a diversificación de la producción de la electricidad y su escasa interconexión a Europa.

La mejor manera de evitarlo es racionalizando el consumo y posiblemente replanteando las redes y el modelo de penetración de energía renovable y, sobre todo, abandonando la idea de crecer siempre. Un Gran Apagón catastrófico en algún país es por desgracia posible, incluso en Europa, y eso llevaría a que se tardase muchos días, incluso meses, en recuperar la red y, más aún, que no se pudiese recuperar completamente su funcionalidad. Resulta mucho más probable un escenario de racionamiento eléctrico, con apagones rotatorios, como los que se ha planificado en Austria, Suiza, Finlandia, Reino Unido o Francia. Las altas temperaturas de este invierno han alejado el espectro de la necesidad de racionar, aunque el invierno aún no ha terminado.

¿Cree que la humanidad debe abordar un proceso de adaptación a la nueva realidad? ¿Por qué las soluciones que se adoptan son cortoplacistas?

Fundamentalmente porque se priman dos factores: uno, no poner en peligro el crecimiento económico, aunque estamos llegando a una fase histórica en la que el crecimiento económico ya no será posible de manera sostenida, solo durante breves períodos de recuperación que vendrán seguidos de hundimientos económicos más importantes.

El segundo factor es el cortoplacismo: se buscan soluciones a corto plazo, y se priman negocios del aquí y ahora (como construir multitud de parques renovables sin saber muy bien qué haremos con esa energía) sin pensar en el largo plazo.

Hay un tercer factor que refuerza a los dos principales y que de alguna manera lo implican, y es una absurda fe, prácticamente religiosa, en el poder la de la ciencia y la tecnología, como si todo problema se pudiera siempre resolver gracias a los desarrollos científico-técnicos, y que además se resolverán a tiempo, en el momento que más nos interese.

Sin embargo, tanto ciencia como tecnología tienen limitaciones y, no solo eso, sino que sus ritmos no son los que decide la economía, sino que muchas veces son más pausados, más reflexivos. Cada día nos asaltan en los diarios con un nuevo invento que ha de revolucionar el mundo de la energía, pero en la práctica todo sigue igual siempre, y cada vez nos adentramos más en esta crisis energética que acaba siendo una crisis civilizatoria.

La crisis alimentaria es uno de los problemas más graves. ¿Será uno de los factores más desestabilizantes?

Sin duda. La falta de alimentos amenaza a decena de países ahora mismo y tiene un gran potencial de creación de conflictos internos, externos (guerras) y grandes desplazamientos humanos, creando más inestabilidad en otras zonas. Encima, es un problema que tiene tendencia a agravarse, en parte por los efectos cada vez más duros del cambio climático, en parte por el encarecimiento de los fertilizantes y del combustible para la maquinaria agrícola y el transporte.

Sin embargo, se cree que la tecnología tiene hoy las soluciones más eficientes para revertir el cambio climático. ¿Es verdad?

No, en absoluto, esa afirmación es rotundamente falsa. Desafío a cualquiera a que mire los diarios de hace 10 años y se encontrará con prácticamente las mismas fantasías tecnomágicas que iban a resolver todos nuestros problemas, y sin embargo la situación es cada vez peor. No, no hay ninguna “bala de plata” tecnológica que vaya a resolver todos nuestros problemas, por más que en los diarios también salgan de éstas cada dos por tres.

La única solución realista pasa por un decrecimiento de nuestro nivel de consumo, algo que de todas maneras ya inevitablemente sucederá por razón del descenso energético y material.

¿Por qué prefiere hablar de transición energética más que de transición ecológica?

Porque no se está realmente hablando de transición ecológica: es una falacia. El modelo que se está proponiendo no es en absoluto respetuoso con el medioambiente desde un punto de vista ecológico; al contrario, genera mucha contaminación y destrozo ambiental, sobre todo en la extracción y elaboración de los materiales que se requieren.

Además, siendo realistas, los aspectos ecológicos y ambientales nunca han importado nada, tampoco en Europa: las emisiones de CO2 mundiales no han dejado nunca de crecer (que ya sería malo que se mantuvieran constantes, ya que el CO2 se va acumulando en la atmósfera. Si dejáramos de emitir hoy, el planeta tardaría dos siglos en llegar a un nuevo equilibrio y más de un milenio en empezar a reducir el exceso de CO2 atmosférico), y si en Europa han disminuido es porque se ha externali­zado la producción más contaminante a otros países como China.

En­cima, cuando ha empezado a haber problemas importantes, la UE ha aprobado incrementar el uso del carbón, contradiciendo 30 años de legislación ambiental europea. No. Aquí lo único que importa, y que ha importado siempre, es mantener a ultranza el sistema económico, al coste que sea, y ahora lo que lo amenaza en el corto plazo es la escasez de energía: por eso se pone todo el acento en producir energía como sea, cueste lo que cueste.

¿Son las renovables la mejor alternativa?

¿La mejor alternativa a qué? ¿A los combustibles fósiles? Obviamen­te, desde el punto de vista del cambio climático los sistemas de capta­ción de energía renovable tienen mucho menores emisiones de CO2 que los usos directos de la energía fósil. Además, por razón del ago­tamiento de los combustibles fósi­les y el uranio (que es lo que más rápido está cayendo, aunque los fans de la energía nuclear prefie­ran mirar para otro lado), sin duda el futuro tiene que ser y acabará siendo 100% renovable.

Eso no quiere decir que no ten­gan otros impactos, pero es que, además, los sistemas renovables que se proponen (dentro del mo­delo que yo denomino Renova­ble Eléctrica Industrial o REI) tie­nen muchos problemas. De hecho, pensar que se puede sustituir nues­tro consumo energético actual tal cual por energía renovable es com­pletamente ilusorio.

Hay límites a la cantidad de energía que se pue­de producir, hay límites en la canti­dad de materiales que se requieren, hay una fuerte dependencia de los combustibles fósiles que no es fá­cil de resolver, y encima se orien­tan a la producción de electricidad, que es un vector energético útil, pero minoritario: en el conjunto del mundo solo el 20% de la energía final se consume de forma eléctrica, y ese porcentaje es solo ligeramente mayor en España y las economías avanzadas.

Es mucho más difícil electrificar los usos de la energía de lo que se quiere admitir, y las dos tecnologías palanca que se quieren usar para ello (coche eléctrico e hidrógeno verde) no acaban de funcionar y no se pueden masificar. Y por si eso fuera poco, el consumo de electri­cidad cae en España, la UE y la OCDE desde 2008, es decir, ya hace 15 años. Hay un problema muy serio aquí del que nadie quiere hablar por­que muestra que la situación está lejos de ser idílica.

¿Es posible una transición energética justa que no deje a nadie atrás?

Sí, por supuesto, pero con un planteamiento muy diferente al que se está dando ahora, y en particular una que apueste por un decrecimien­to justo y democrático.

El hidrógeno verde irrumpe como la gran apuesta en la transición, pero es una fuente de energía que usted llega a equiparar con un mecanismo de neocolonialismo energético. ¿A qué se refiere?

Empecemos por lo más básico: el hidrógeno verde no es una fuente de energía. No hay minas de hidrógeno en el mundo: el hidrógeno se tie­ne que producir a través de otra fuente de energía, en un proceso que tiene pérdidas. El hidrógeno, como la electricidad, es lo que se deno­mina un vector energético: es una forma de tener la energía para usar­la de cierta manera.

Cuando hablamos de hidrógeno verde, hablamos del hidrógeno producido a partir de energía renovable, generalmente mediante la electrólisis del agua usando electricidad de origen renova­ble, en un proceso con notables pérdidas energéticas: entre un 20 y un 30% de la electricidad que entra en la planta de electrólisis, y un 2030% adicional en la energía usada para calentar el agua. Las plantas de electrólisis más eficientes del mundo tienen rendimientos totales (no solo de la parte eléctrica) de en torno al 50%.

Más cosas básicas: el último informe del Grupo III del Panel Intergu­bernamental del Cambio Climático, incluido en el sexto informe de re­visión, y que fue publicado en abril del año pasado, dice explícitamen­te que la tecnología del hidróge­no verde no está madura para una implementación masiva, ni lo esta­rá en unas cuantas décadas (yo me planteo si no lo estará nunca).

Más cuestiones básicas: la pro­pia Comisión Europea, a través de su documento Estrategia Euro­pea del Hidrógeno, reconoce que la UE no será autosuficiente en pro­ducción de hidrógeno por medios renovables y que tendrá que im­portarlo de fuera. No será autosu­ficiente porque, por supuesto, no se plantean decrecer el consumo de energía, pero además porque la producción de hidrógeno verde es muy ineficiente. Si, además, se pre­tende usar como combustible para vehículos pesados (única alternati­va viable al diésel, ya que las bate­rías no son posibles en esos casos), las pérdidas aún son mayores, lle­gando a la descomunal cifra de un 90% de la energía usada en primer lugar o incluso más.

Por tanto, no hay, ni es previsible que haya en décadas, una tecnología viable del hidrógeno verde, y la única manera de mantener la entelequia es importándolo a un precio por debajo del coste real de otros territorios. Eso explica los numero­sos acuerdos de Alemania con Marruecos, Chile, Argentina, Paraguay, Congo, Namibia, etc., para que le exporten hidrógeno verde. Y aho­ra nos los quieren aplicar a nosotros. Eso es colonialismo energético: empobrecimiento de las zonas de producción (porque no se paga a su coste real) para el mantenimiento de una metrópoli reducida y alejada.

Sostiene que el verdadero problema que tenemos no es de recursos, sino del sistema socioeconómico que tenemos y que no queremos cambiar. ¿Por qué ese empecinamiento?

Porque implicaría el abandono del capitalismo tal y como lo entende­mos ahora mismo, y eso es simplemente impensable, es algo de lo que no se puede hablar. Es un tabú. El capitalismo detenta la hegemonía del discurso, y por tanto no se permite imaginar un futuro más allá del ca­pitalismo: de hecho, estoy seguro de que muchos lectores se sienten incómodos leyendo estas líneas. Pero, pensémoslo bien: ¿no hay liber­tad de expresión? ¿no podemos discutirlo todo dentro de los límites del respeto a los derechos humanos? En realidad, no. Nadie se atreve a criticar al capitalismo, y nadie puede poner en cuestión el dogma del crecimiento; nuestros gobiernos tienen como objetivo siempre el crecimiento del PIB, el cual se identifica con el bienestar.

Pero, ¿qué pasa si el crecimiento económico se vuelve imposible simplemente porque cada vez hay menos energía y materiales? Lo estamos viendo con las elevadas inflaciones actuales: no hay suficiente para mantenerlo todo, los negocios van quebrando y eso es contracción económica. ¿Qué pasa si este fenómeno no es coyuntural, sino estructural? ¿Si a partir de ahora faltará siempre energía y materiales, y cada vez habrá menos? Si no hacemos nada, lo único que podemos esperar es seguir una espiral de degradación económica, en la cual las treguas (períodos sin inflación y pequeñas tasas de crecimiento) son causadas por la destrucción de grandes sectores económicos o incluso países enteros, dejando así recursos para los que quedan, pero que vendrán seguidas por otros períodos de más inflación y más destrucción económica, a medida que el inevitable descenso continúe.

Nadie quiere aceptar eso: siempre se piensa que aparecerán nuevos recursos, que la mano invisible del mercado los acabará poniendo a disposición. Pero, ¿y si no los hay? ¿y si cada vez hay menos? Entonces avanzaremos por la senda de la degradación económica hasta que nos demos cuenta de que nos hace falta un cambio de paradigma radical.

¿Es rentable la sostenibilidad?

Esa pregunta es una demostración de la completa desorientación de nuestra sociedad. ¿Entendemos qué quiere decir la palabra sostenibilidad? Quiere decir hacer las cosas de manera tal que nuestros descendientes las puedan seguir haciendo igualmente. ¿Qué pasa cuando un sistema es, como el nuestro, no sostenible? Que se acaba volviendo inestable, como le está pasando al nuestro, y puede acabar por colapsar.

El único destino posible de no ser sostenible es el colapso, así de claro. Por tanto, por supuesto que es rentable la sostenibilidad: la alternativa es la destrucción absoluta. Que se haga esta pregunta demuestra lo poco que se entiende esa palabra. No se es sostenible por gusto o por razones éticas: es una pura necesidad. Si no llegamos a ser sostenibles, sucumbiremos.

Asegura que hay cuatro posibilidades: ecofascismo, neofeudalismo, el colapso o vivir con un 90% menos de lo que tenemos. ¿Es preciso elegir o el sistema se autorregulará por sí mismo?

Para empezar, no digo eso. La cuarta opción no es “vivir con un 90% menos de lo que tenemos”. Es vivir de manera sostenible, y lo que sí que he dicho –hay que mirarse con detalle lo que dice la persona entrevistada, no los titulares click-bait que usan algunos medios– es que podemos mantener el mismo nivel de vida actual (con un estilo de vida diferente, eso sí) consumiendo el 10% de la energía y materiales que consumimos hoy en día.

Creo que hay una diferencia muy grande con lo que usted ha puesto en la pregunta, ¿no le parece? La autorregulación nos llevará a una de las tres primeras opciones. Son perfectamente autorreguladas, qué quiere. Elegir el decrecimiento democrático implica trabajar activamente por él: es más difícil, pero obviamente mucha mejor opción.

¿Qué medidas se podrían aplicar de manera inmediata para cambiar radicalmente la situación actual?

Esto lo he comentado muchas veces, pero sinceramente no creo que estamos preparados para esta discusión aún. No si ni siquiera sabemos lo que significa la palabra sostenibilidad. Primero de todo, comprender dónde estamos: que la producción de petróleo y uranio ya disminuye, y que la de carbón y gas lo hará en breve, y que el REI no podrá sustituirlo completamente. Si ni siquiera eso lo tenemos claro, no tiene sentido discutir nada más.

No quiere aventurarse en escenarios de futuro porque dependen de quie­nes adoptan las decisiones. ¿Qué deberían tener en cuenta?

Algo muy simple: si las soluciones propuestas realmente funcionan. A mí me pone los pelos como escarpias que se venda la idea de que todo se va a resolver instalando más y más parques fotovoltaicos y eólicos en un país cuyo consumo de electricidad cae desde el año 2008 y no se ven maneras de que se pueda aumentar. Hay que analizar las actua­ciones de una forma crítica y, algo muy importante, por organizaciones e individuos independientes, algo que escasea hoy en día. Si no se au­ditan los resultados, es imposible hacer nada que funcione.

Por la vehemencia catastrofista con la que defiende sus argumentos, se le conoce en algunos medios como el profeta de la quiebra energética. ¿Se siente como una nueva Casandra que arrastra la maldición de predi­car en el desierto?

Yo no soy catastrofista: catastrofista es quien, a pesar de la flagran­te evidencia de que las ‘soluciones’ propuestas no están funcionan­do y de que los problemas se multiplican, se empeña en seguir en la misma dirección sin escuchar las críticas de carácter técnico que per­sonas como yo hacemos. No olvidemos que yo soy científico, y mis objeciones son de carácter técnico.

Aún ha de venir el día en el que al­guien sea capaz de refutarme las objeciones técnicas que hago: todo el rato escucho críticas basadas en frases sacadas de contexto o descali­ficaciones gratuitas como ésa que usa usted de llamarme “catastrofis­ta”, pero nadie baja a los números o datos que yo enseño. Una mues­tra de lo desnortada, degradada y decadente que está una sociedad es que cuando un científico (por cierto, como otras dos o tres docenas que hay en España que estamos trabajando en estos temas y decimos lo mismo) da datos y plantea cuestiones, se le descalifique llamándole “catastrofista” sin entrar a valorar o discutir los argumentos.

Es la mis­ma sensación de los científicos de la película No mires arriba, inten­tando alertar a una sociedad estupidizada. Una parte importante de la culpa de esto la tienen los medios de comunicación y por extensión los periodistas, que hace décadas abdicaron de su obligación de propor­cionar una información veraz y contrastada a la población. Para poder emitir juicios razonados es preciso que la población cuente el mejor conocimiento disponible; sin información, no puede haber una toma de decisiones adecuada, y sin ella la democracia muere.

La información completa y veraz constituye el principal nutriente de la democracia; por eso, en esta era de las fake news y en el discurso de odio, ascienden los mensajes populistas y totalitarios. Eso, combinado con los retos que plantea el choque contra los límites bio­físicos del planeta, hace que aumente la inestabilidad social y que su­cumban las democracias.

En ese sentido, la profesión periodística se debería plantear qué gran parte de la culpa de lo que está pasando le es directamente atribuible, y en qué momento pasamos ese tenebro­so umbral en el que se considera normal descalificar a un científico –que aporta datos contrastados y objetivos– simplemente porque no nos gustan, en qué momento dejamos de escuchar la voz de la razón mo­tejando a los que nos avisan con sambenitos como “catastrofista” para no tener que pensar en lo que nos dicen."              (Juan Emilio Ballesteros , Cambio16, 18/03/23)

15/2/23

Tejados, renovables y territorio: un debate abierto sobre transición energética

 "En las últimas semanas, en la red se han sucedido los hilos hablando sobre potencia renovable instalada, generación de energía verde y despliegue de grandes instalaciones. El debate se articula entre dos posturas diferenciadas de, por un lado, quienes consideran que las medidas prioritarias deben centrarse en los tejados; por otro, quienes argumentan que, además de apostar por el autoconsumo, la emergencia climática requiere de mayores instalaciones. En el centro, una verdad incontestable: la transición energética no es una necesidad de futuro, sino de presente.

Las «zonas de sacrificio» son un concepto acuñado por la escritora Naomi Klein en su libro Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima para hacer referencia a una verdad incómoda de los combustibles fósiles: el carbón, el gas y el petróleo fueron –y, en muchas ocasiones, son– extraídos mediante procesos que entrañan un altísimo coste humano, social y ambiental para las comunidades que tienen la suerte de albergar en su subsuelo estos tesoros energéticos. 

La actual transición que vivimos hacia un nuevo modelo basado en las energías renovables debería significar, entre otras cosas, el fin de las zonas de sacrificio: las energías limpias no suponen un peligro en cuanto a la contaminación de los ríos, los mares y el aire que respiramos. Sin embargo, sí tienen asociadas otras complicaciones que afectan directamente a diversos territorios y no de la misma forma.  

Hace unas semanas, se produjo un pequeño incendio digital a raíz de un manifiesto publicado por la Alianza Energía y Territorio (ALIENTE), una plataforma en la que participan más de 200 entidades y colectivos, presentes en doce comunidades autónomas, y entre los que se encuentran multitud de movimientos ambientales, sindicatos, fundaciones, colegios profesionales, ayuntamientos y cooperativas energéticas. En él, advierten del «daño al equilibrio y cohesión del territorio, a la biodiversidad y al desarrollo local sostenible» que provocan las grandes instalaciones renovables centralizadas. Una clara alusión a los enormes parques fotovoltaicos y eólicos que consideran perjudiciales para el patrimonio natural, el turismo y la agricultura en algunos parajes. Su visión se resume en un grito de guerra: «renovables sí, pero no así».

Frente a este modelo, ALIENTE aboga por la «la generación distribuida y las pequeñas instalaciones renovables», que permiten una mayor compatibilidad con la ordenación del territorio por su proximidad a los centros de consumo. De hecho, acaban de presentar además el estudio Renovables sostenibles: fotovoltaica, desarrollado por el Observatorio de Sostenibilidad, que concluye que «toda la potencia renovable proyectada cabe en zonas ya alteradas, sin sacrificar nada más». 

«Existen más de 300 mil hectáreas en tipos de superficie como tejados y cubiertas, zonas industriales, vertederos, escombreras, minas abandonadas, zonas aledañas a infraestructuras de autovías, autopistas y vías férreas, canales al aire libre e invernaderos ya consolidados en los que sería posible instalar fotovoltaica», calculan en el informe. Todo ello, insisten, sin afectar ni a un solo metro de territorio protegido por alguna de las muchas figuras ambientales existentes (Reserva de la Biosfera, Red Natura, ZIM, ZEPA, LIC, etc.).

¿Realmente basta con los tejados?

Pero para el director general del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), Joan Groizard, la realidad es otra bien distinta. En un episodio del podcast Sendas, dedicado a la transición ecológica, manifestó recientemente su postura sobre el reparto de las cargas de la transición energética. «Claro que hay que aprovechar todos los tejados y todas las cubiertas», señaló, pero sin perder de vista que también «hay que ocupar territorio: si estamos en una emergencia climática, no da tiempo a estar pensándolo varias décadas».

El responsable del IDAE, entidad dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, se pronunció claramente sobre los planteamientos recogidos en el manifiesto lanzado por ALIENTE. «Cuando decimos ‘renovables sí pero no así’, porque nos preocupa el impacto paisajístico y ambiental de las renovables, hay que ver si, realmente, lo que estamos diciendo es ‘renovables, bueno, ya veremos cómo y cuándo’ si no somos capaces de plantear un escenario alternativo», comentó. 

Groizard no es el único con esta postura. Pedro Fresco, exdirector general de Transición Ecológica de la Comunidad Valenciana, era destituido hace unas semanas por sus discrepancias con Compromís, que defiende empezar la transformación del modelo energético por pequeños proyectos solares de autoconsumo en los tejados. Él cree que el debate planteado es irreal porque, aunque haya que seguir avanzando e instalando fotovoltaica a escala doméstica, con eso no sería suficiente. «El año que hemos instalado más fotovoltaica de autoconsumo en España (2020) fueron casi 600 MW. Aunque pudiésemos duplicar esa cifra, tardaríamos casi 40 años en conseguir llenar todos los tejados, es decir, 40 años para conseguir ese 6,5% de la energía final que consumimos hoy. Y les recuerdo que tenemos que descarbonizar la economía entera en 29 años. Como ven, es absolutamente inviable eso de los tejados primero. No, la emergencia climática requiere que se haga todo a la vez», explicaba en un artículo varios meses antes de su cese. 

En él, aunque reconocía que existen algunos proyectos renovables inadecuados o municipios que no se ven suficientemente compensados por albergarlos, como también denuncia ALIENTE, advertía del riesgo de dar alas a ciertas narrativas que, sin ser negacionistas del cambio climático, si contribuyen al retardismo. «Tan sólo se me ocurren dos formas coherentes de oponerse a la instalación de energías renovables: la primera, abrazando efectivamente el negacionismo climático; la segunda, proponiendo un desarrollo masivo de centrales nucleares. Intentar oponerse al desarrollo rápido de renovables sin defender una de esas dos opciones resulta un ejercicio de funambulismo argumental insostenible en el tiempo», sostenía.

En Twitter, reconocidos activistas climáticos se pronunciaron tras su cese y se alinearon con sus argumentos a favor de instalar masivamente energías limpias. «Tenemos muy poco tiempo y necesitamos correr. Y no, los tejados no son suficientes. Necesitamos plantas en tierra y eólica. Frenar la instalación de renovables significa seguir usando combustibles fósiles», reclamaba por ejemplo Javier Peña, comunicador y divulgador viral con sus vídeos en Hope. Desde entonces, el debate sobre el modelo energético ha estado encendido en los medios especializados y generalistas y en la propia red social, donde en las últimas semanas se han ido acumulando hilos con datos técnicos para avalar las cuentas.

Dialogar con los territorios y acelerar la burocracia

Para Carlos Ariñez, uno de los principales impulsores de Luco Energía –la primera comunidad energética de Aragón y una iniciativa ciudadana reconocida además con el Premio Aragón Medio Ambiente 2022 por su contribución al medio ambiente rural–, la cuestión es compleja pero no reviste mayores contradicciones. En referencia a la postura de Groizard, Ariñez reconoce los esfuerzos de las entidades públicas para acelerar la transición energética –según el propio responsable del IDAE, el gobierno ha dedicado más de 1.300 millones de euros en actuaciones para autoconsumo, entre los que se incluye además una partida específica de 100 millones de euros para comunidades energéticas– pero lamenta que no se esté produciendo, hasta el momento, un necesario «diálogo con los territorios». 

También critica los muchos problemas con los que se están encontrando él y sus compañeros para iniciar la actividad de la comunidad energética, una figura novedosa para el autoconsumo y la autoproducción de energía gestionada de forma participativa por sus propios miembros. Un nuevo actor en el enrevesado sector de la energía al que le está costando hacerse hueco, a pesar de su creciente popularidad: como cuenta, ya llevan casi año y medio perdido para la puesta en marcha de Luco Energía por diversos problemas, derivados del desconocimiento de la normativa por parte de los técnicos municipales –en su caso, del Ayuntamiento de Calamocha– y de la lentitud de la distribuidora energética para aprobar el último trámite pendiente.

«No solo está pasando con esta comunidad energética, sino que la puesta en marcha de otras va a sufrir los mismos problemas o más», asegura Ariñez. José Miguel Granados, miembro de CooperaSE, cooperativa granadina de servicios energéticos dedicada a la transición hacia las renovables e involucrada además en la constitución de la Comunidad Energética del Río Monachil, comparte su testimonio.

En este caso, hablamos ya de dos años de espera. «Casi todos los elementos que intervienen han fallado de un modo u otro», señala Granados. Estas dificultades empezaron con la Junta de Andalucía, cuya plataforma digital para el registro de instalaciones renovables no incluía entre sus opciones la del autoconsumo colectivo, un motivo por el que tuvieron que acudir a otras vías para dicho registro.

Este fue sin embargo el menor de los problemas. Después ha venido el laberinto de notificaciones, confusiones y retrasos protagonizado por la distribuidora de la zona –la dueña de la infraestructura eléctrica, es decir, de los cables y los postes–, todas las comercializadoras implicadas –uno por cada miembro de la comunidad, ya que la comercializadora es a quien pagamos como consumidores la factura de la luz– y la empresa encargada de conectar el nuevo contador.

Sin embargo, pese a estas dificultades, el miembro de la cooperativa granadina insiste en la necesidad de apostar por la autogestión ciudadana de la energía. Si no, insiste, la alternativa es la de fiarlo todo al modelo de los grandes parques fotovoltaicos y eólicos. «En Granada, tenemos una zona que parece el lejano oeste y que está totalmente despoblada. Allí por muy poco dinero puedes montar un gran parque», lamenta Granados. 

Más allá de las discrepancias, parece claro el punto común del debate: urge acelerar la transición energética hacia un modelo renovable que garantice la descarbonización. Aunque se debata el cómo, está claro el porqué: la transformación no podrá realizarse sin consenso y, enfrente, el tiempo corre y el enemigo es más grande que nunca. De conseguirlo depende terminar, de una vez por todas, con esas zonas de sacrificio."                   (