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5/8/21

Las farmacéuticas sin ánimo de lucro existen, y salvan millones de vidas cada día

"El cristal con el que se mira a las enfermedades es muy diferente según quién sea el observador. Para un paciente, cuestiones como si la dolencia será grave o leve, crónica o pasajera, incurable o curable, resultan vitales para su proyecto de vida.

 Para la industria farmacéutica, las enfermedades se dividen principalmente en rentables o no rentables. A partir de esta clasificación fundamental se dirigen las inversiones y los esfuerzos de las farmacéuticas para investigar, desarrollar y comercializar fármacos.

 
Nadie espera que las farmacéuticas actúen como hermanitas de la caridad en el terreno sanitario. Son empresas, al fin y al cabo, y su fin principal es ganar dinero. Y lo hacen muy bien, de hecho: el ámbito farmacéutico es uno de los sectores económicos más lucrativos. Los márgenes de beneficios de las grandes empresas farmacéuticas son muy superiores a la absoluta mayoría de las diversas empresas que cotizan en bolsa.

Por supuesto, los laboratorios farmacéuticos tienen todo el derecho del mundo a cosechar beneficios millonarios. El problema llega cuando el afán de lucro va en contra del bien común. Un ejemplo clásico es el desarrollo de nuevos antibióticos. La limitada rentabilidad que ofrecen este tipo de fármacos contra infecciones pasajeras, en comparación con aquellos dirigidos a tratar enfermedades crónicas, ha sido un factor clave. Principalmente para que casi todas las grandes farmacéuticas en las últimas décadas hayan abandonado la investigación en antibióticos en un momento u otro.

Y más si tenemos en cuenta que las resistencias a antibióticos se presentan, en el futuro próximo, como una de las grandes amenazas para la salud de la población mundial (la OMS estima que podría ser la primera causa de muerte para 2050). Con esto está claro que el conflicto entre rentabilidad farmacéutica y bien común tiene claras consecuencias sobre todos nosotros. 
 
Medicamentos huérfanos, una apuesta común

Desafortunadamente, en ocasiones, lo que es mejor para la salud financiera de las empresas no tiene por qué coincidir con lo que es mejor para la salud de los pacientes. Para atajar estos puntos conflictivos, gobiernos e instituciones públicas crean incentivos para que las farmacéuticas destinen esfuerzos y dinero en aquellos ámbitos sanitarios menos rentables. Un ejemplo de ello es la consideración de medicamentos “huérfanos” a fármacos de interés en salud pública, pero que no se investigan o comercializan porque carecen de un claro potencial lucrativo al dirigirse a enfermedades raras o a dolencias típicas de vías en desarrollo.

Las farmacéuticas que se implican en medicamentos huérfanos tienen diversas ventajas según la región del planeta como desgravaciones fiscales, financiación pública de las investigaciones, exclusividad de la comercialización, procedimientos más rápidos en la aprobación del fármaco… En España, además, los medicamentos huérfanos quedan exonerados del sistema de control de precios.

Más allá de lo anterior, han ido surgiendo con el tiempo diferentes iniciativas farmacéuticas sin ánimo de lucro en diferentes lugares del mundo que han conseguido beneficiar a los pacientes que habían quedado olvidados por el sector farmacéutico convencional. Iniciativas que demuestran que se pueden hacer las cosas de otra manera en el sector de los medicamentos, con los pacientes como prioridad. 
 
La farmacéutica sin ánimo de lucro contra el desabastecimiento

Estados Unidos tiene un grave problema desde hace tiempo con el desabastecimiento o la ausencia de medicamentos genéricos. No existen incentivos en este país para que genéricos de bajo precio lleguen al mercado y, con frecuencia, estos no llegan siquiera a comercializarse porque su rentabilidad es limitada. El ejemplo más extremo se encuentra en la insulina que, hasta hace unos pocos años, carecía de genéricos en el mercado a precio asequible. El resultado de todo ello: precios desorbitados, bancarrota por facturas médicas entre diabéticos de pocos recursos o directamente la muerte de aquellos más vulnerables que no pueden acceder a este fármaco esencial para su supervivencia.

En 2018, decenas de hospitales, siete importantes sistemas sanitarios y tres grupos filantrópicos de Estados Unidos se plantaron ante los serios problemas de desabastecimiento de genéricos críticos y la escalada artificial de precios de medicamentos antiguos que estaban sufriendo: se decidieron a crear su propia farmacéutica sin ánimo de lucro: Civica Rx. El presidente de Civica, Dan Liljenquist, explicaba al Washington Post en el momento de su creación cuál era su objetivo: «Estamos intentando hacer lo correcto: crear el primer bien social de este tipo con una misión: asegurar que los medicamentos genéricos esenciales sean asequibles y estén disponibles para todo el mundo».
Un camino de éxitos

Esta farmacéutica atípica, enfocada en la producción de fármacos genéricos a precios asequibles y transparentes, ha conseguido numerosos logros en los tres años que lleva funcionando. Su objetivo inicial era mantener suministros estables de 14 fármacos genéricos que se administran en hospitales. Dicho objetivo se ha superado con creces: para finales de 2020, Civica estaba involucrada en la producción de más de 40 genéricos diferentes, entre los que se incluyen analgésicos, sedantes o bloqueantes neuromusculares, lo que ha supuesto el ahorro de millones de dólares para los hospitales. Su objetivo es llegar a más 100 medicamentos diferentes para 2023.

Además, esta farmacéutica ha creado reservas de medicamentos esenciales para evitar cualquier escasez en caso de mayor demanda (como ha ocurrido con algunos medicamentos usados para tratar la COVID-19) y ha aportado millones de dosis de medicinas a la Reserva Nacional Estratégica de Estados Unidos. En la actualidad, Civica sirve medicamentos a más de 50 sistemas sanitarios, lo que implica a más de 1.200 hospitales y más del 30% de las camas de hospital en dicho país. Esta iniciativa sin ánimo de lucro ha recibido numerosos reconocimientos por su labor centrada en los pacientes. 
 
La Iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi)

Las enfermedades raras o las enfermedades infecciosas limitadas a los países en desarrollo son áreas, en general, muy poco atractivas para las farmacéuticas por su escaso potencial de beneficio económico. Como resultado, las opciones terapéuticas para tratar estas dolencias han sido históricamente de escasa eficacia, tóxicas, excesivamente caras o ni siquiera estaban disponibles. Así, dolencias como el ébola, la tripanosomiasis (enfermedad del sueño) o el pian han sido frecuentemente dejadas a un lado por esta industria cuando no directamente ignoradas.

A raíz de este problema, en 2003 siete organizaciones de diferentes lugares del mundo se unieron para crear la Iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi). Entre ellos, se encontraban la Organización Mundial de la Salud, el Instituto Pasteur de Francia y Médicos sin Fronteras que contribuyó a esta causa destinando los fondos recibidos por el Premio Nobel de la Paz (otorgado en 1999).

La idea de esta organización sin ánimo de lucro era sencilla: crear un modelo alternativo de investigación y desarrollo farmacéutico en áreas de gran interés sanitario, pero de nulo o reducido interés empresarial. El objetivo era llegar hasta donde las farmacéuticas convencionales no llegaban para mejorar la salud de pacientes afectados por enfermedades como las antes mencionadas u otras como la leishmaniasis, la enfermedad de Chagas o el SIDA infantil. 
 
18 años y 8 tratamientos para enfermedades olvidadas

En los 18 años de existencia de la DNDi , esta iniciativa ha conseguido desarrollar ocho nuevos tratamientos para enfermedades olvidadas que han supuesto un antes y un después para millones de personas. Entre ellos destaca el fexinidazol, un fármaco olvidado durante décadas, rescatado en 2007 por la DNDi y clave en la lucha contra la tripanosomiasis en África. Gracias a este medicamento, se han producido grandes avances en la erradicación de esta enfermedad, que se limitaba a menos de 1.000 casos en todo el mundo en 2020.

Además, esta organización también ha contribuido a atraer inversiones privadas para I+D de medicamentos destinados a enfermedades de poco interés empresarial y ha establecido alianzas con diversas farmacéuticas para acelerar y reducir el coste de las fases más tempranas de descubrimiento de fármacos."                      (Esther Samper, Hipertextual, 26/07/21)

29/10/20

No hay nada nuevo en la historia de la sustitución del trabajo por máquinas... bajo el capitalismo, la mecanización no conduce "automáticamente" a menos horas y menos esfuerzo... sino a más esfuerzo, no menos trabajo

 "La pandemia ha abierto una caja de Pandora en relación con el futuro del trabajo. La crisis ha provocado una gran pérdida de puestos de trabajo, horas y ganancias, especialmente para aquellos que se encuentran en todo tipo de sectores de servicios, como comercio minorista, entretenimiento, ocio, eventos, preparación de alimentos, etc. y está obligando a miles de pequeñas empresas a sobrevivir con pequeños márgenes y con grandes cargas de deuda a sus espaldas.

Pero es más que eso. La recesión brindará y está brindando una oportunidad para que las empresas, particularmente las grandes, eliminen partes sustanciales de su fuerza laboral y las reemplacen con máquinas, robots, tele-trabajo en el hogar y algoritmos. El resultado es que habrá una mayor concentración de empresas por sectores, ya que las empresas más grandes devoran los mercados de las más pequeñas. Por supuesto, este no es un fenómeno nuevo, pero es parte integrante de las recesiones del capitalismo. 

Friedrich Engels detectó este proceso ya en la década de 1840 en la Inglaterra industrial: `` Los antiguos estratos bajos de la clase media - los pequeños comerciantes, tenderos, jubilados, artesanos y campesinos - todos ellos se hunden gradualmente en el proletariado, en parte porque su capital diminuto no es suficiente para la escala en que se desarrolla la industria moderna, y se hunden en la competencia con los grandes capitalistas, en parte porque su especializada capacidad pierde valor con los nuevos métodos de producción”.

Es probable que despegue la tan comentada revolución de la automatización, al menos en algunos sectores de crecimiento importantes. Bajo el capitalismo, el sistema de producción con fines de lucro, esto no significará menos horas de trabajo para los asalariados; un trabajo más interesante en vez de un trabajo rutinario; o ingresos crecientes.

 Por el contrario, la revolución de la automatización bajo el capitalismo tendrá como objetivo reducir la fuerza de trabajo, aumentar las horas de los que aún sigan empleados y evitar que aumenten los salarios, todo para incrementar la rentabilidad de los más eficientes a expensas de los menos eficientes.

Hay muchos pronósticos sobre la pérdida de puestos de trabajo a medida que los robots reemplacen a los trabajadores. Los consultores de gestión, McKinsey, pronosticaron que la automatización podría desplazar 53 millones de puestos solo en el continente europeo hasta 2030, el equivalente a aproximadamente el 20% de la fuerza laboral actual. Las mayores reducciones de puestos de trabajo se producirán en la venta al por menor, la manufactura y los servicios de alimentación y alojamiento. Y los más afectados serán los que tengan menos "capacitación" y se les pague menos.

Una vez más, no hay nada nuevo en la historia de la sustitución del trabajo por máquinas. Es la esencia del capitalismo industrial. La llamada "revolución industrial" de principios del siglo XIX sustituyó a millones de gestes de oficios y artesanos expertos por máquinas. Los salarios reales se estancaron o incluso cayeron cuando los ingresos de los artesanos desaparecieron y las ganancias de las nuevas industrias fueron a parar a sus propietarios. 

Engels señaló este proceso en su brillante libro, La condición de la clase obrera en Inglaterra (1844). Los industriales propietarios de máquinas se hicieron “ricos con la miseria de la masa de asalariados”. La recesión pandémica está creando en la actualidad las condiciones para la eliminación de puestos de trabajo en todos los ámbitos, como sucedió después de la recesión de la tercera década del siglo XIX. En la tercera década de este siglo podría ocurrir lo mismo.

En su libro, Engels señaló que la mecanización condujo a una caída de la participación del trabajo en el ingreso nacional, incluso si algunos trabajadores obtuvieron empleo en las nuevas industrias a medida que morían las antiguas. Este proceso se repetirá también esta década tras la pandemia. En los EEUU, los salarios de los hombres en su edad más productiva con un diploma de escuela secundaria han disminuido desde 1980 y las tasas de participación en la fuerza laboral de los hombres de 25 a 55 años también han disminuido.

 En parte, fue debido a su sustitución por mano de obra femenina más barata y el desplazamiento de la industria manufacturera de las economías capitalistas avanzadas al "sur global" para utilizar mano de obra incluso más barata con plantas industriales modernas. 

Una vez más, Engels señaló que la tendencia en la década de 1840 a industrializar Inglaterra: “cuanto más se desarrolla la industria moderna, más se reemplaza el trabajo de los hombres por el de las mujeres y los niños ... Las diferencias de edad y sexo ya no tienen ningún valor social distintivo para la clase trabajadora. Todos son instrumentos de trabajo, más o menos costosos de usar, según su edad y sexo”.

Pero el cambio tecnológico que reemplazó a la mano de obra también fue una razón importante. Las estimaciones muestran que cada robot multipropósito ha reemplazado alrededor de 3.3 puestos de trabajo en la economía estadounidense y ha reducido los salarios reales. Y las previsiones de expansión de los robots en la década de 2020 predicen un crecimiento exponencial. El número de robots industriales ya se ha multiplicado por tres en el transcurso de la última década, pasando de poco más de un millón de unidades operativas en 2010 a unas 3.15 millones de unidades previstas en 2020.

 Mientras tanto, los robots supuestamente se han vuelto capaces de sustituir, o incluso superar, a los humanos en muchas tareas, como producir piezas personalizadas e implantes médicos utilizando tecnologías de impresión 3D, diagnosticar enfermedades y ayudar a la toma de decisiones, por ejemplo, por parte de ‘robots con capacidad de juicio'.

Las tareas rutinarias y más simples siguen siendo más fáciles de realizar para los robots que las tareas no rutinarias y muy complejas. Esto implica que el aumento del número de robots o las mejoras en su productividad tienden a afectar a los trabajadores poco calificados de manera mucho más adversa que a los trabajadores altamente calificados. 

Además, los trabajadores altamente cualificados tienden a especializarse en tareas para las que la automatización es complementaria, como el diseño y mantenimiento de robots, la supervisión y la gestión. El impacto diferencial de la automatización implica que los salarios de los trabajadores poco calificados podrían estancarse e incluso disminuir a causa de la automatización; tal y como describió Engels en la década de 1840.

Cuando los robots constituyen un sustituto perfecto del trabajo, los trabajadores y los robots compiten directamente en el mercado laboral, manteniendo bajos los salarios.

 Como consecuencia, la automatización conduce a una disminución de la participación de los ingresos laborales. En los EEUU, la participación del trabajo en el ingreso dentro de los sectores productivos cayó durante la década de 1970 cuando las empresas intentaron compensar la caída de la rentabilidad mediante la reducción de su fuerza laboral, gracias a dos grandes recesiones en 1974-5 y 1908-2. La participación del trabajo se estabilizó durante los años ochenta y noventa a un nivel más bajo, ya que la rentabilidad empresarial mejoró algo en el período neoliberal. 

Claramente, hubo otros factores además de la mecanización que provocaron una caída en la participación del trabajo (destrucción de los sindicatos, congelación de salarios, etc.), pero se estima que de la caída del 3% de la participación del trabajo desde la década de 1990 hasta 2010, aproximadamente el 1% se puede atribuir a la automatización.

Pero como también señaló Engels, la mecanización funciona en ambos sentidos. Por un lado, la introducción de nueva maquinaria o tecnología conllevará la pérdida de puestos de trabajo para aquellos trabajadores que utilizan tecnología obsoleta. Por otro lado, las nuevas industrias y técnicas pueden crear nuevos puestos de trabajo.

 Pero sólo en los sectores de la industria que requieren alta cualificación y / o están bajo protección sindical se mantiene la tendencia a crecer de salarios y empleos: “Los obreros conocidos por "hilanderos finos" (los que hacen el hilado fino en la Mule) perciben, desde luego, un salario elevado, de 30 a 40 chelines por semana, porque poseen una asociación poderosa que lucha por mantener su salario, y su oficio exige un penoso aprendizaje, pero los hilanderos de hilo grueso, que tienen que competir con las máquinas automáticas (self-actors), —inutilizables  para el  hilo fino—  y cuyo  sindicato  ha  sido debilitado por la introducción de esas máquinas, reciben en cambio un salario muy bajo.” (Engels). 

En general, sin embargo, “la afirmación unánime de los obreros es que los perfeccionamientos mecánicos han hecho generalmente bajar los salarios; y en todas las reuniones de obreros de los distritos industriales, se puede oír decir claramente que la afirmación de la burguesía industrial, según la cual la situación de la clase trabajadora ha mejorado gracias a la fabricación mecánica es considerada por esa propia clase como pura mentira.".

La mecanización, los robots y la automatización reducirán el tiempo de trabajo. Eso debería significar menos horas de trabajo, ya que la mano de obra crea más valores de uso en menos tiempo. Pero bajo el capitalismo, los valores de uso adicionales solo realizan más valor a través de la venta de esos valores de uso y ese valor solo se paga a los trabajadores, ya sea en menos horas, salarios más altos o ambos a través de una lucha de clases entre los propietarios del capital y la fuerza de trabajo. Por lo tanto, bajo el capitalismo, la mecanización no conduce "automáticamente" a menos horas y menos esfuerzo.

En un nuevo libro, El trabajo: una historia de cómo pasamos nuestro tiempo, James Suzman explica que, contrariamente a las esperanzas y predicciones de Adam Smith o John Maynard Keynes, la tecnología no ofrece una "vida feliz" (Smith) o " abundante ocio ”(Keynes). Como demostró el recientemente fallecido (y añorado) David Graeber, la mecanización bajo el capitalismo en realidad ha llevado a más 'trabajos de mierda' que destruyen la creatividad y el trabajo con sentido, al tiempo que aumentan el esfuerzo.

Como mostró la consultora Gallup en una encuesta reciente sobre la vida laboral en 155 países, publicada en 2017, solo uno de cada 10 europeos occidentales se describió a sí mismo como 'comprometido' con su trabajo. En otra encuesta realizada por YouGov en 2015, el 37 por ciento de los adultos británicos que trabajan dijeron que sus trabajos no hacian ninguna contribución significativa al mundo.

Es cierto que la jornada laboral media en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas se ha reducido desde la época de Engels, pero no ha sido por la mecanización, sino por las luchas sindicales por mejorar las condiciones de trabajo y por las luchas políticas por la legislación laboral y por la reducción de la jornada de trabajo, etc. De hecho, dado que los sindicatos fueron diezmados a finales del siglo XX en la mayoría de los países, ha habido poca reducción en la semana laboral media (que todavía ronda las 40 horas) a pesar de la aceleración de la introducción de los robots y la automatización.

Cuando los sindicatos de Finlandia propusieron recientemente una jornada de 6 horas, respaldada verbalmente por el primer ministro finlandés, la idea se trasladó a un comité debido a la “ resistencia de los empleadores, que tienen interés en pagar (lo menos posible) por las horas trabajadas, no según la productividad. Una jornada de seis horas con salarios equivalentes a ocho horas significa un salario por hora más alto.

 También significa una pérdida de control sobre los trabajadores, no solo en términos de una parte más pequeña de cada día en la que los empleadores controlan las actividades de los empleados, sino también a través del reconocimiento implícito de que los trabajadores deberían tener más voz en la organización de la vida laboral". El sueño de Keynes hace casi 100 años de una semana de 15 horas sigue siendo solo eso: un sueño.

La recesión pandémica parece ser un nuevo catalizador para un cambio en las condiciones laborales. 'Trabajar desde casa' es la nueva moda. Pero eso solo se aplicará a una minoría, principalmente a aquellos con trabajos de oficina mejor remunerados.

 Y no hay garantía de que "trabajar desde casa" mejore la satisfacción laboral o haga que la gente sea "más feliz”, como esperaba Adam Smith. Los empleadores ya están desarrollando nuevos métodos para controlar al personal en sus hogares y, de hecho, se aseguran de que trabajen aún más horas ya que no tienen que trasladarse. Y para la gran mayoría, salir a trabajar en trabajos que no ofrecen creatividad, pagan mal y son cada vez más inseguros seguirá siendo la norma. Más esfuerzo, no menos trabajo."           (Michael Roberts, Sin permiso, 08/10/20)

2/6/20

Los contrastes entre los EE. UU. y el Reino Unido, por un lado, y Vietnam, Corea del Sur y Nueva Zelanda, por el otro, ofrecen importantes lecciones. Lejos de replegarse al papel de reparador de fallas de mercado y subcontratista de servicios, los gobiernos deberían invertir en sus propias competencias esenciales. La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de una mayor capacidad productiva del Estado, la capacidad de contratación pública, la colaboración simbiótica entre los sectores público y privado, la infraestructura digital y unos protocolos claros de privacidad y seguridad.

"No es casualidad que los países con gobiernos orientados hacia objetivos hayan lidiado mejor con la crisis del coronavirus que aquellos atrapados por el culto a la eficiencia.


Décadas de privatización, externalización y recortes presupuestarios en nombre de la “eficiencia” han obstaculizado considerablemente las respuestas de muchos gobiernos a la crisis del Covid-19. Al mismo tiempo, las respuestas exitosas de otros gobiernos han demostrado que las inversiones en los instrumentos básicos del sector público marcan la diferencia en tiempos de emergencia. 

Los países que han gestionado bien la crisis son aquellos en los que el Estado mantiene una relación productiva con los creadores de valor de la sociedad, invirtiendo en capacidades críticas y diseñando contratos del sector privado para servir al interés público.

Desde los Estados Unidos y el Reino Unido hasta Europa, el Japón y Sudáfrica, los gobiernos están invirtiendo miles de millones -y, en algunos casos, billones- de dólares para apuntalar las economías nacionales. 

Sin embargo, si algo hemos aprendido de la crisis financiera de 2008 es que la calidad importa, al menos tanto como la cantidad. Si el dinero cae en estructuras vacías, débiles o mal gestionadas, tendrá poco efecto y puede ser simplemente absorbido por el sector financiero. Están en juego demasiadas vidas como para repetir los errores del pasado.

El credo de la gestión

Lamentablemente, durante el último medio siglo, el mensaje político predominante en muchos países ha sido que los gobiernos no pueden, y por lo tanto no deben, gobernar de verdad. Los políticos, los dirigentes empresariales y los expertos han confiado durante mucho tiempo en un credo de gestión que se centra obsesivamente en medidas estáticas de eficiencia para justificar los recortes de gastos, la privatización y la subcontratación.

Como resultado, los gobiernos tienen ahora menos opciones para responder a la crisis, lo que puede ser la razón por la que algunos se aferran ahora desesperadamente a la esperanza poco realista de panaceas tecnológicas como la inteligencia artificial o las aplicaciones de rastreo de contactos. Con una menor inversión en la capacidad pública se ha producido una pérdida de memoria institucional (como ha descubierto el gobierno del Reino Unido) y una mayor dependencia de las empresas consultoras privadas, con costes multimillonarios. No es sorprendente que la moral de los empleados del sector público haya caído en los últimos años.

Considere dos responsabilidades básicas del gobierno durante la crisis del Covid-19: la salud pública y el ámbito digital. Sólo en 2018, el gobierno del Reino Unido externalizó contratos de salud por valor de 9.200 millones de libras (11.200 millones de dólares), poniendo el 84% de las camas de las residencias de ancianos en manos de operadores del sector privado (incluidas empresas de capital privado). Para empeorar las cosas, desde 2015, el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido ha sufrido recortes presupuestarios por valor de 1.000 millones de libras esterlinas.

La subcontratación por sí misma no es el problema. Pero la subcontratación de instrumentos estatales críticos sí lo es, especialmente cuando las “asociaciones” público-privadas resultantes no están diseñadas para servir al interés público. Irónicamente, algunos gobiernos han externalizado con tanto entusiasmo que han socavado su propia capacidad para estructurar los contratos de externalización. Después de un esfuerzo de doce años para estimular al sector privado a que desarrollara ventiladores de bajo costo, el gobierno de los Estados Unidos está aprendiendo ahora que la subcontratación no es una forma fiable de garantizar el acceso de emergencia a los equipos médicos.

Un enfoque exitoso

Mientras tanto, el exitoso enfoque de Vietnam con el Covid-19 ha surgido como un sorprendente contraste en comparación con las respuestas de EE. UU. y el Reino Unido. Entre otras cosas, el gobierno vietnamita pudo acumular rápidamente equipos de prueba de bajo costo, porque ya tenía la capacidad de movilizar a la academia, el ejército, el sector privado y la sociedad civil en torno a una misión común. En lugar de limitarse a la subcontratación con poco control, utilizó la financiación y las adquisiciones públicas de investigación y desarrollo para impulsar la innovación. La colaboración público-privada resultante permitió una rápida comercialización de los kits, que ahora se exportan a Europa y más allá.

Nueva Zelanda es otra historia de éxito, y no por casualidad. Tras adoptar inicialmente el mantra de la subcontratación en la década de 1980, el gobierno de Nueva Zelanda cambió de rumbo, adoptando un “espíritu de servicio” y una “ética del cuidado” en todos sus servicios públicos, y se convirtió en el primer país del mundo en adoptar un presupuesto de bienestar. Debido a esta visión de la gestión pública, el gobierno adoptó un enfoque de “la salud primero, la economía después” para la crisis actual. En lugar de buscar la inmunidad de grupo, se comprometió tempranamente a prevenir la infección.

Lecciones similares se aplican a los datos y la tecnología digital, ámbitos en los que el desempeño de los gobiernos ha variado mucho. En Pakistán, los ciudadanos pudieron solicitar transferencias de efectivo de emergencia (puestas a disposición de la impresionante cifra de 12 millones de hogares) directamente desde sus teléfonos móviles, mientras que los italianos han tenido que imprimir autoevaluaciones para demostrar que cumplen las normas de bloqueo.

No cabe duda de que los gobiernos de Asia meridional se han beneficiado de la memoria institucional acumulada durante la epidemia de SARS de 2002-03, que también cambió las actitudes públicas hacia la privacidad. Pero muchos de esos países también han invertido en sus capacidades básicas en materia de datos, que han sido particularmente eficaces para facilitar la acción descentralizada. Corea del Sur, por ejemplo, adoptó un enfoque de seguimiento agresivo y de alta tecnología y publicó datos en tiempo real sobre las existencias de mascarillas y las ubicaciones de las farmacias, lo que permitió a las empresas de nueva creación y a los ciudadanos de a pie crear servicios complementarios para garantizar una distribución más eficaz y segura.

Lecciones importantes

Los contrastes entre los EE. UU. y el Reino Unido, por un lado, y Vietnam, Corea del Sur y Nueva Zelanda, por el otro, ofrecen importantes lecciones. Lejos de replegarse al papel de reparador de fallas de mercado y subcontratista de servicios, los gobiernos deberían invertir en sus propias competencias esenciales. La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de una mayor capacidad productiva del Estado, la capacidad de contratación pública, la colaboración simbiótica entre los sectores público y privado, la infraestructura digital y unos protocolos claros de privacidad y seguridad.

Este enfoque de la administración pública basado en objetivos no debe confundirse con la toma de decisiones de arriba abajo. Al contrario, debe considerarse como la mejor manera de asegurar el dinamismo, mediante el fomento de relaciones fructíferas entre quienes innovan y el aprovechamiento del valor de la inteligencia distribuida. Los gobiernos que durante mucho tiempo han abdicado de sus obligaciones hacia el sector privado deben ahora ponerse al día, lo cual les exigirá replantearse los regímenes de propiedad intelectual y su enfoque de la investigación y el desarrollo, así como de la inversión pública y las adquisiciones en general.

¿Por qué, por tomar un ejemplo del mundo real, un ventilador de bajo costo que ha sido aprobado por los organismos reguladores en Japón no debería ser aceptado fácilmente por otros países? Es evidente que, además de una función renovada de los gobiernos nacionales, necesitamos un centro internacional de intercambio de información para soluciones de base y dirigidas por los ciudadanos.

En cualquier crisis -financiera, de salud pública o relacionada con el clima- la falta de elección limita drásticamente el margen de maniobra del sector público. Después de años persiguiendo un modelo de gobernanza erróneo, los políticos de todo el mundo seguramente se lamentan de la falta de conocimientos técnicos y recursos internos para desplegar las herramientas digitales necesarias para salvar vidas. Resulta que la gobernanza eficaz no puede aparecer a voluntad como por arte de magia."                

(Mariana Mazzucato es profesora de economía de la innovación y valor público, y directora del University College London Institute for Innovation and Public Purpose, Giulio Quaggiotto  , Sin Permiso, 29/05/20)

17/4/20

Las grandes tecnológicas serán las ganadoras de esta crisis y es un problema... un ejemplo es la alianza entre Google y Apple para crear una app que permita saber si hemos estado expuestos al virus rastreando nuestros movimientos y nuestros contactos. Antes de la crisis hubo un gran rechazo público en contra de que las Big Tech entraran en el campo de la salud; ahora nadie protesta... debería haber límites estrictos sobre lo que cualquier entidad, ya sea un gobierno o una empresa privada, puede hacer en términos de rastrearnos y recopilar y monetizar nuestros datos personales

"Leemos las noticias a través de los grupos de whatsapp, buscamos información o artículos periodísticos en Google, sabemos de los demás a través de Facebook o Instagram, vemos películas y series en plataformas digitales como Netflix, encargamos bienes a Amazon o a Glovo, y quienes tenemos la suerte de conservar nuestro empleo, recurrimos al teletrabajo. 

El confinamiento ha convertido a las firmas ligadas a la tecnología en parte indispensable de nuestra cotidianeidad, y mucha gente que no estaba habituada a utilizarlas está adquiriendo la costumbre. Es además obvio que, en ese proceso, esas compañías están recogiendo enormes cantidades de datos sobre nuestros comportamientos y formas de pensar, que aprovecharán y monetizarán de diversas formas. 

Las grandes tecnológicas aparecen como las triunfadoras económicas de este apagón general, y más aún en la medida que se les está abriendo con facilidad las puertas de otros sectores, como la salud o las finanzas. El confinamiento parece un ensayo general de la vida económica después del coronavirus.

Rana Foroohar, columnista y editora asociada de ‘Financial Times’, había publicado poco antes de la pandemia ‘Don’t be evil’ (Penguin Random House), un estimable libro sobre la presencia y el poder que estaban acumulando las grandes tecnológicas y las consecuencias sociales y económicas que se derivaban de su auge. Foroohar, que trabajó para ‘Time’, es también la autora de ‘Makers and Takers’, un revelador texto acerca del funcionamiento de nuestra economía.

PREGUNTA. Parece muy evidente que las grandes empresas tecnológicas serán las vencedoras y saldrán muy reforzadas de la crisis del coronavirus. ¿Veremos cómo incrementan su poder?

RESPUESTA. Por resumirlo en una palabra, sí. Ha sido sorprendente ver el cambio del sentimiento público hacia las Big Tech en las últimas semanas. Todas las preocupaciones existentes antes del coronavirus sobre la privacidad y el uso de nuestros datos, la concentración corporativa y las grandes sumas de dinero que dedicaban a hacer lobby político han desaparecido, y las personas están volcadas en los servicios que ofrecen, desde la entrega de comestibles por las noches hasta el teletrabajo. 

Las empresas más grandes están aprovechando al máximo el momento y lo utilizan para presionar y conseguir más poder y tomar el control de nuevas áreas ligadas a los datos: un ejemplo es la alianza entre Google y Apple para crear una app que permita saber si hemos estado expuestos al virus rastreando nuestros movimientos y nuestros contactos. 

Antes de la crisis hubo un gran rechazo público en contra de que las Big Tech entraran en el campo de la salud; ahora nadie protesta. Veremos cómo estás empresas van a penetrar mucho en sectores como la salud y las finanzas, y terminarán siendo más grandes y más poderosas que antes de la crisis. Esto supone, por supuesto, un grave problema: si no hay límites en los poderes adicionales y los datos que se les dan como resultado de la crisis, entraremos en una pendiente muy resbaladiza que terminará en un Estado de vigilancia estilo chino en los Estados Unidos e incluso en Europa.

P. ¿La guerra contra China beneficia a estas compañías? ¿Les autoriza a someterse a menos límites con la excusa de competir con las firmas asiáticas?

R. Los líderes de empresas como Facebook, Google, Amazon, etc., han utilizado siempre el argumento de que se necesitan campeones nacionales cuando los reguladores han intentado reducir su poder. Es decir, afirman que si se las divide o si se ponen límites a las formas en que pueden extraer y monetizar los datos de sus usuarios, se acabará perjudicando a Estados Unidos en la lucha contra China. Su argumento principal es que la mayoría de las industrias estratégicas del futuro (inteligencia artificial, Internet de las cosas, etc.), que son los sectores que tendrán mayor crecimiento, requerirán la extracción de grandes cantidades de datos. 

Debido a que China es un estado de vigilancia que no tiene en cuenta la privacidad, las grandes compañías tecnológicas de los Estados Unidos argumentan que, sin acceso ilimitado, estarán en desventaja competitiva en la batalla por tales sectores. Pero este es un argumento falso: las empresas más pequeñas y descentralizadas han sido mucho más innovadoras que las grandes en el pasado, y no hay razón para que no siga siendo así. De hecho, el último gran caso antimonopolio en los EEUU, hace más de veinte años, fue contra Microsoft, y permitió el nacimiento de Google. Más grande no significa mejor cuando se trata de innovación y de competencia.

P. En estos días hay mucha preocupación acerca del control de nuestros datos por parte de los gobiernos. Parece claro que la vigilancia tecnológica de los ciudadanos se incrementará gracias al coronavirus, y eso asusta a mucha gente, en la medida en que puede dar lugar a un nuevo tipo de control totalitario. Sin embargo, se trata de datos que ya tienen las grandes compañías tecnológicas. ¿Por qué nos preocupa tanto que nos vigilen los gobiernos y tan poco que lo hagan firmas privadas?

 R. Es una buena pregunta y creo que la respuesta variará según el país del que se sea nacional. Las personas que viven en lugares como China, Rusia, Turquía o cualquier otro con un gobierno autoritario están más preocupados con la vigilancia del Estado que con la del ‘surveillance capitalism’. Pero, en realidad, esto no tiene que ver con el hecho de que la vigilancia provenga del sector público o del privado, sino de si las democracias liberales deberían permitir que se extraigan y se exploten los datos sobre nuestros comportamientos y nuestras formas de pensar. 

Creo que debería haber límites estrictos sobre lo que cualquier entidad, ya sea un gobierno o una empresa privada, puede hacer en términos de rastrearnos y recopilar y monetizar nuestros datos personales. Lamentablemente, en este momento, parece que nos estamos dividiendo en tres sistemas separados: un estado de vigilancia chino con tecnologías para monitorear a los ciudadanos que se está exportando a otros gobiernos autoritarios; un sistema estadounidense de laissez-faire en el que las empresas pueden recopilar y monetizar datos con poca regulación; y un término medio europeo que todavía está definiéndose. 

P. En ‘Don’t be evil’ cita dos informes del Pentágono y el del Departamento de Defensa estadounidense en los que se mostraba una gran preocupación, antes del coronavirus, acerca de la posición débil de EEUU en la cadena de suministro de sectores estratégicos. Hoy estamos asistiendo a la falta de productos sanitarios de urgente necesidad en la pandemia, desde mascarillas hasta respiradores. ¿Se va a acelerar la reindustrialización de EEUU? ¿Será un paso más hacia la desglobalización?

R. Sin ninguna duda. La crisis de Covid-19 solo ha acelerado la desglobalización y localización de las cadenas de suministro que ya estaba en marcha. En los Estados Unidos, la reindustrialización es pretendida por la izquierda por razones laborales: quieren ver una economía basada menos en el consumidor y más en el productor. La derecha quiere lo mismo, pero por razones de seguridad nacional: no desean que las cadenas de suministro se vinculen a China más de lo absolutamente necesario. Hay algunas razones comerciales y de seguridad pública legítimas para querer construir más resiliencia en las cadenas de suministro nacionales. 

Pero esto podría convertirse fácilmente en una carrera hacia el abismo. En un mundo ideal tendríamos cierta regionalización de las cadenas de suministro para crear más seguridad, pero también más cooperación entre naciones democráticas dentro de la OCDE, lo que podría crear acuerdos comerciales beneficiosos para todos y con altos estándares de salud, empleo y seguridad. Sin embargo, estamos yendo hacia un mundo en el que se tiene que elegir si se quiere hacer negocios con Estados Unidos o con China, lo que no es bueno para nadie.

P. Google y Facebook y las empresas que dependen de ellas se han convertido en las redes de transmisión de información dominantes en el mundo y están canalizando gran parte de las partidas publicitarias. Pero, al mismo tiempo, son las principales impulsoras de la difusión de noticias sensacionalistas y de contenidos que polarizan la sociedad. ¿Qué se puede hacer para detener esta tendencia?

R. Creo que probablemente deberíamos girar hacia un modelo en el que las búsquedas se conviertan en servicios públicos, así como el acceso a la banda ancha, y en el que la publicidad personalizada se rija por las mismas normas y regulaciones que operan en otras formas de publicidad. Eso cambiaría el modelo de negocio de Facebook y Google, los haría menos dominantes, y reduciría su capacidad de llevarnos hacia el capitalismo de vigilancia.

P. En el libro propone un New Deal digital. ¿En qué consiste y por qué es necesario?

R. La banda ancha es una necesidad moderna, al igual que el agua o la electricidad. Sin embargo, en los EEUU solo cuentan con ella el 50% de las personas con ingresos inferiores a 30.000 dólares al año. Es una parte esencial de la división entre ricos y pobres que se ve exacerbada por el auge de la economía digital. Si no ponemos en marcha un programa importante de infraestructuras públicas para garantizar que tanto ricos como pobres tengan el mismo acceso a Internet, y no nos aseguramos de que parte del valor de los datos personales que Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google extraen de forma gratuita regresan a sus usuarios, o mejor dicho, a los ciudadanos, iremos hacia una distribución de la riqueza aún menos equitativa de la que ya tenemos. Y eso no es políticamente sostenible.

P. Afirma que “los EEUU están en peligro de convertirse en un monopolio dirigido por los ricos y mejor conectados”, y subraya que los ciudadanos cada vez nos sentimos más impotentes para cambiar las reglas con las que estas compañías operan. ¿Esta tendencia también se acelerará con el coronavirus?

R. Sin duda. El virus está afectando más a los pobres y las minorías en número de infectados, en la tasa de mortalidad y en los trabajos que se han perdido. Muchos de ellos se encuentran en sectores como el comercio minorista, los viajes, los restaurantes, los servicios y otras áreas en las que son frecuentes los empleos con baja remuneración

P. ¿Cuál serán las consecuencias de la crisis para la Unión Europea? ¿Seremos los perdedores del coronavirus?

R. La crisis del Covid-19 está subrayando el problema fundamental de la UE, que se creó como unión económica que funciona solo en los buenos tiempos, en lugar de como unión política completa en la que los países comparten las cargas y las recompensas, tanto en lo bueno como en lo malo. Hasta que esos programas políticos sean puestos en marcha (a través de una unión fiscal común, una unión bancaria, estructuras impositivas comunes, etc.), se verá una crisis de deuda continua que socavará la estabilidad y la unidad de Europa."       
             
(Entrevista a Rana Foroohar, columnista y editora asociada de ‘Financial Times’, Esteban Hernández, El Confidencial, 16/04/20)