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23/8/23

El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes... A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio

 "La modernidad tardía está creando dos fenómenos interrelacionados que apuntan en direcciones opuestas: el aumento de la soledad y del suicidio y el imperativo cultural de la felicidad. El primero ha llevado en Reino Unido a la creación de una secretaría de Estado. En España hay 10 suicidios diarios y el Gobierno prepara un plan para remediar cuestión tan alarmante. La escasa información solo señala que se produce entre mayores, personas sin techo y mujeres maltratadas. Pero España arroja cifras altísimas de consumo de ansiolíticos y antidepresivos en toda la población. Luego la depresión y el suicidio constituyen un horizonte posible en todo el espectro social. Vienen a la mente la crisis económica y la devastación que conlleva. Pero más allá de ella hay que analizar nuestra cultura.

 La sociología clásica —Émile Durkheim— teoriza tres tipos de suicidios. El llamado altruista era propio de sociedades tradicionales donde las normas de la comunidad tenían un peso excesivo: así, la mujer hindú se suicidaba cuando enviudaba. Los otros dos tipos, el egoísta y el anómico, interesan más aquí porque son el producto de una individuación desintegrada, y de momentos de perturbación del orden colectivo y de crisis económica, respectivamente. En ambos, los individuos pierden los lazos sociales y se hallan insertos en una cultura individualista que avanza desde los albores de la sociedad industrial.

 El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes. La sociedad individualizada crea instituciones zombis, que no están ni vivas ni muertas porque permanecen, pero que han perdido sus contornos y la certeza que antaño proveían. Entre ellas destacan el matrimonio y la familia. A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio. Dentro, el colchón económico en tiempos de crisis, el salvavidas afectivo, la energía emocional que nos dan los otros y que nos mantiene como seres vinculados. La literatura contemporánea muestra tal paisaje. Las novelas del último Philip Roth narran las vidas sin esperanza de ancianos rodeados de soledad, enfermedad y muerte.

 En Ampliación del campo de batalla, Houellebecq profundiza en una depresión y divide al mundo entre quienes tienen una vida sexual y quienes no. En Sumisión describe cómo un profesor universitario, expulsado de su trabajo y por ende desinstitucionalizado, se encuentra repentinamente solo. También el cine refleja la soledad contemporánea: The Visitor, La cour, Annalisa y sobre todo la excelente Her, donde un holograma encantador es la única compañía de un joven, completamente solo, que se enamora de la cálida voz de su ordenador, a falta de lazos estables. En ese futuro cercano de una sociedad tecnologizada no existen ni amigos ni familia ni pareja. La compañía del ordenador está programada para durar brevemente: el tiempo de sufrir una profunda decepción, dolor y de pensar en acabar esa vida tan miserable.

 La modernidad tardía engendra soledad en una vida más larga y con un ocio —y desempleo— que se extienden en el tiempo. Pero además ha creado un mandato cultural bifronte: el imperativo de la felicidad, de ser “positivos” a toda costa. Por una parte, ofrece un camino a seguir que da sentido a una vida secularizada. Por otra, se impone como una nueva ideología que agudiza la desdicha. El imperativo de la felicidad forma parte del credo estadounidense basado en un voluntarismo radical por el cual con esfuerzo y determinación todo se puede conseguir: éxito y bienestar. También ser feliz. El voluntarismo se une a un individualismo que proclama el valor de la independencia por encima de la interdependencia y que condena la dependencia, del Estado y del prójimo. El credo americano anida en la literatura de autoayuda desde su fundación. Desde los pasados noventa, la psicología positiva en su vertiente científica y popular es el estandarte de dicha ideología. Se difunde por la autoayuda y ha penetrado el sentido común actual con gran éxito.

 Su presupuesto es que el carácter es moldeable y ofrece el cambio del yo para conseguir la felicidad. Es un proyecto privado, propio de una cultura individualista que ha dejado atrás los colectivos, el llamado programa de emancipación. La oferta del cambio interno no es poco en una sociedad secular y desencantada. La literatura de consejos quiere construir un yo fuerte y autosuficiente e instaura un código frío con la autosuficiencia y el distanciamiento como valores centrales. La felicidad es cuestión de técnicas.

 Según el cognitivismo sociológico, el pensamiento domina la emoción: cambie su “estilo negativo” de pensar por uno “positivo” y será feliz. La voluntad ha de vencer a la necesidad, en forma de herencia genética y de circunstancias sociales: no busque reconocimiento, sea usted la fuente de su propia valía, no se compare con los demás; afirme el “aquí y el ahora” y deje de lamentarse por su pasado, no tema al futuro, aunque sea incierto; sustituya a los amigos o amores que pierda; céntrese en su interior, único ancla de seguridad. Un mercado creciente de bienestar subjetivo le espera. Y si la dicha es cuestión de método, alcanzarla depende de uno. Solo el individuo es responsable tanto de hacerse como de deshacerse a sí mismo. Vuelve el budismo light de los sesenta, ahora llamado mindfulness, que ayuda a ser feliz. A aprender a suspender el deseo, la tristeza, el yo mismo. En la respiración está la clave de su vida. Líderes morales como David Lynch o Martin Scorsese practican la meditación, que se está extendiendo en los colegios como parte de una educación para ser feliz.

 La cultura actual de la felicidad condena las emociones y actitudes “negativas” —tristeza, duda, queja— mientras que la soledad se estigmatiza. Si uno carece de lazos sociales será por su culpa, por su estilo negativo. Por carecer de flexibilidad, valor ya incontestable, y no poder adaptarse al mercado, al trabajo, a los otros. La soledad se ha convertido en la nueva cara del fracaso y ha de ocultarse, porque la depresión que puede conllevar es contagiosa y “tóxica”, según el credo positivo. La psicología popular recomienda la interacción social como un recurso, los otros renovados: redes sociales, páginas de encuentros, grupos de intereses comunes.

 Pero hay que recordar que en España carecemos de tradición asociativa, sea cívica, política o de autoayuda. Tenemos solo las redes sociales, hechas de contactos inestables y efímeros, guiados por una lógica mercantil donde todos somos intercambiables en una ilusión de infinitas opciones. La adaptación a las nuevas formas de integración social es signo de ductilidad, de “estar abiertos” a ese interior plástico y optimista. El imperativo de la felicidad hace responsables de la desdicha. El ascenso de la ideología positiva deja más solos a los que fracasan en el cambio del yo. Y con la suspensión de las causas sociales de la soledad —y del suicidio— avanza el progreso de la conciencia psicológica, el declive de las instituciones y la colonización de la moral por parte de la cultura psicoterapéutica."

(Helena Béjar es catedrática de Sociología y autora de Felicidad: la salvación moderna. Obituario... El País, 17/01/2019) 

22/6/23

El 42% de los americanos y el 29% de los franceses se declaran negacionistas climáticos, e incluso un 18% y un 12% (¡seis millones de franceses!) creen que la Tierra es plana. No sé si hay cifras para España, pero conviene no tomar a risa estos datos... Con porcentajes como estos se pueden ganar unas elecciones y gobernar un país. Con porcentajes como estos se dibuja el declive de una civilización... El conspiracionismo me interesa más aquí como síntoma neurótico. En 1960, para describir la indiferencia de los franceses ante los crímenes coloniales en Argelia, Jean Paul Sartre diagnosticó tajante: “Francia no es un país, es una neurosis”. El mundo entero es hoy, diría, una neurosis narcisista de clase media (los más pobres, como decía Chesterton, no se pueden permitir ni el optimismo ni el desánimo)... Esta pulsión de muerte suele ser la respuesta pendular a la pérdida de control sobre el propio entorno, a la impotencia y a la sensación de derrota; los conspiracionistas, en efecto, prefieren un mundo gobernado por una Mano Negra que un mundo ingobernable. Incluso los negacionistas climáticos no buscan protegerse del miedo mediante un engaño confortable: encuentran satisfacción, más bien, en la idea de que se les está engañando. ¿Y por qué le puede apetecer a alguien que la Tierra sea plana? Porque eso colma, precisamente, el deseo neurótico de que el poder nos mienta... Esta neurosis históricamente hispana y hoy universal se acompaña de tres deseos subjetivos: el deseo de ser apaleado, el deseo de que nos gobierne el Mal y el deseo de distinción. Queremos ser víctimas de alguien; queremos el apocalipsis now; queremos formar parte de la contra-élite que conoce la fecha y la hora de la perdición

 "Según una encuesta realizada en enero de este año por el IFOP, el 55% de los estadounidenses y el 35% de los franceses creen en al menos una teoría de la conspiración, tendencia al alza entre los más jóvenes y los más conservadores. Por ejemplo: el 42% de los estadounidenses y el 33% de los franceses están convencidos de que el Gobierno de EE UU conocía de antemano, y no impidió, el atentado terrorista contra los Torres Gemelas; el 41% y el 23%, respectivamente, aseguran que el Apolo nunca llegó a la luna en 1969; el 41% y el 31% creen que Biden desencadenó la invasión de Ucrania para ocultar los negocios de su hijo y el 27% y el 20% que las matanzas de Bucha fueron una “puesta en escena” de los ucranios; un 40% de los estadounidenses y un 26% de los franceses cuestionan el triunfo electoral de Biden y estiman que el asalto al Capitolio fue amañado para desacreditar a los partidarios de Trump; el 42% y el 29% se declaran negacionistas climáticos e incluso un 18% y un 12% (¡seis millones de franceses!) creen que la Tierra es plana. No sé si hay cifras para España, pero conviene no tomar a risa estos datos. Con porcentajes como estos se pueden ganar unas elecciones y gobernar un país. Con porcentajes como estos se dibuja el declive de una civilización.

No voy a explorar las razones sociológicas de esta tendencia universal. El conspiracionismo me interesa más aquí como síntoma neurótico. En 1960, para describir la indiferencia de los franceses ante los crímenes coloniales en Argelia, Jean Paul Sartre diagnosticó tajante: “Francia no es un país, es una neurosis”. El mundo entero es hoy, diría, una neurosis narcisista de clase media (los más pobres, como decía Chesterton, no se pueden permitir ni el optimismo ni el desánimo). Las épocas de peligro se reconocen por esto: la gente que antes era indiferente ante el Mal pasa a desearlo con todas sus fuerzas: “que se imponga de una vez, aunque me cueste la vida”. Esta pulsión de muerte suele ser la respuesta pendular a la pérdida de control sobre el propio entorno, a la impotencia y a la sensación de derrota; los conspiracionistas, en efecto, prefieren un mundo gobernado por una Mano Negra que un mundo ingobernable. Incluso los negacionistas climáticos no buscan protegerse del miedo mediante un engaño confortable: encuentran satisfacción, más bien, en la idea de que se les está engañando. ¿Y por qué le puede apetecer a alguien que la Tierra sea plana? Porque eso colma, precisamente, el deseo neurótico de que el poder nos mienta.

Podemos decir que se trata de la típica neurosis narcisista del perdedor: si no puedo ganar, entonces quiero perderlo todo. Se trata de una neurosis, por cierto, muy española; o lo ha sido y quizás vuelve a serlo. Pensemos, por ejemplo, en el fútbol como receptor transversal de nostalgia imperial y fragilidad nacional en un país mal construido que solo ha sabido pensarse a sí mismo como conquistador o como paria; como Imperio sin puestas de sol o como periferia cutre de Europa. Esta neurosis decimonónica, prolongada durante el franquismo y superada en las últimas décadas, encontró su último refugio en los campos de fútbol. Opera así: si la selección gana el primer partido del Mundial, entonces España es el mejor equipo del mundo; si pierde el segundo, entonces es el peor y queremos que sea derrotada una y otra vez, para darnos la razón, de la manera más humillante. “Si no ganas, quiero que pierdas por goleada”. Hasta el gol de Iniesta en 2010, todos los españoles —y no solo los independentistas catalanes y vascos— deseaban profundamente la derrota de la selección. Cuando no son los judíos y los masones (o la embajada estadounidense), es el Destino el que conspira contra los españoles.

Esta neurosis históricamente hispana y hoy universal se acompaña de tres deseos subjetivos: el deseo de ser apaleado, el deseo de que nos gobierne el Mal y el deseo de distinción. Queremos ser víctimas de alguien; queremos el apocalipsis now; queremos formar parte de la contra-élite que conoce la fecha y la hora de la perdición.

Esta neurosis, ¿es de derechas o de izquierdas? De ambas. Pero con una diferencia. La derecha, que suele ganar, no sabe ganar: cuando gana —heredera de una tradición nefasta— nunca perdona al vencido. La izquierda, por su parte, se quiere perdedora y, por lo tanto, no sabe perder: cuando pierde, tiende a destruirse a sí misma. Hay una izquierda superoptimista, en efecto, que apuesta por el “cuanto peor mejor”; una izquierda teológica que quiere que el Mal sea uno y no múltiple y que desea reducir toda contingencia a una Voluntad omnipotente que al menos nos reconocería como enemigos y cuya victoria anhelamos como evidencia irrefutable de nuestra superioridad cognitiva y moral.

Más allá de los cálculos y las estrategias, creo que esta neurosis narcisista, muy reaccionaria, opera hoy activamente en el inconsciente de Podemos. Derrotados, quieren ser apaleados en la plaza pública, como víctimas agresivas de una traición general: su proyecto es ser odiados y se las arreglan para que todo el mundo los odie. Derrotados, quieren que gobierne el Mal, para resistir heroicamente al determinismo y la brutalidad metafísicas. Derrotados, quieren al menos tener razón, para así distinguirse del resto de los españoles, que se dejan engañar con mansedumbre o ceden por felonía. Da mucho miedo que Podemos traslade esta neurosis narcisista de derrota necrófila al interior de Sumar. Ya lo ha hecho. Lo ha hecho durante unas negociaciones lastradas de bulos, filtraciones y presiones subsidiarias; y ha seguido haciéndolo después, atacando sin escrúpulos a sus compañeros de Unidad, como si su único proyecto político fuera el de extender el morbo a la totalidad de la izquierda y con independencia del precio a pagar: aunque con ello —digo— se facilite una victoria ultraderechista que confirmaría (máxima felicidad neurótica) las tesis conspiracionistas en torno a los medios de comunicación, la “izquierda cuqui” y las cloacas del Estado. En las negociaciones, Podemos se ha movido entre el interés pragmático de una máquina partidista amenazada de muerte y necesitada de escaños y el placer neurótico del apocalipsis colectivo. Ojalá el interés más bajo hubiese contenido en este caso el deseo más alto de destrucción. Ojalá todavía lo contenga. Porque Podemos puede hacer aún mucho daño a un proyecto al que se unió voluntariamente con el propósito de sobrevivir. No tengo muchas esperanzas. Entre la supervivencia y la destrucción, el neurótico —ay— elige siempre la destrucción.

¿Hay alguna curación para esta neurosis general, tan española y tan universal? Cambiar el deseo. Ahora bien, el problema es que el deseo no lo puede cambiar la voluntad: solo se puede cambiar en el mundo y desde el mundo. Hace falta una pequeña victoria que sustituya el narcisismo entrópico por la autoestima compartida. Por desgracia, la neurosis misma —pues es deseo de derrota— hace difícil cualquier victoria; y hace difícil (como han demostrado los años de la nueva política) gestionarlas bien —las victorias. Sumar es imprescindible, pero si quiere sumar tiene que ser ante todo un proyecto de salud mental.

El 23-J nos jugamos mucho, porque las derechas globales son hoy muy “españolas” y la española aún más. No estamos ante un cambio de ciclo sino ante un cambio de mundo. Las teorías conspiratorias, lo hemos dicho, son fundamentalmente reaccionarias: los judíos, los masones y los comunistas (y los inmigrantes y los maricones) nos están robando España. Una victoria de la derecha será una victoria imperial: somos los mejores y ganamos por goleada; y no tendremos piedad con los vencidos. No olvidemos a la hora de votar que las neurosis narcisistas, las de derechas y las de izquierdas, hoy campantes en la política global, son causa y efecto de la renuncia a la política y del fracaso de la democracia."

(Santiago Alba Rico es escritor y filósofo. El País, 16/06/23)

23/9/22

Michael Roberts: ¡La esperanza de vida al nacer en China ahora es más alta que la de los EEUU! No fue sólo la pandemia. Los estadounidenses de todas las edades, en todos los niveles de ingresos, tienen una probabilidad inusual de morir a causa de las armas, las drogas, los automóviles y las enfermedades... Europa tiene mejores índices de esperanza de vida que los EEUU en todos los ámbitos, para personas blancas y negras, en áreas de gran y poca pobreza

 "(...) La disminución en la esperanza de vida en los EEUU está muy racializada: las mayores caídas en 2020 ocurrieron entre las poblaciones de indios americanos/nativos de Alaska, hispanos, negros y asiáticos. Para los nativos americanos y nativos de Alaska, la esperanza de vida se redujo a 65 años, cerca del promedio nacional durante la Segunda Guerra Mundial.

Esta disminución de la esperanza de vida en EEUU, a pesar de su afluencia, contrasta con el continuo aumento en China durante la pandemia de COVID, donde la tasa de mortalidad por el virus fue mínima en comparación con EEUU y Europa. Como resultado, en 2021, ¡la esperanza de vida al nacer en China ahora es más alta que la de los EEUU!

 Este dato es una condena dura y deprimente del capitalismo estadounidense en el siglo XXI. “El estancamiento de la esperanza de vida refleja profundos desafíos sociales, no solo en nuestro sistema de salud, sino también en nuestros sistemas económicos y políticos”, según Dave Chokshi, médico y ex comisionado de salud de la ciudad de Nueva York.

No fue sólo la pandemia. Los estadounidenses de todas las edades, en todos los niveles de ingresos, tienen una probabilidad inusual de morir a causa de las armas, las drogas, los automóviles y las enfermedades. Los bebés estadounidenses tienen más probabilidades de morir antes de cumplir los cinco años; los adolescentes estadounidenses tienen más probabilidades de morir antes de cumplir los 20 años; y los adultos estadounidenses tienen más probabilidades de morir antes de cumplir 65 años. Europa tiene mejores índices de esperanza de vida que los EEUU en todos los ámbitos, para personas blancas y negras, en áreas de gran y poca pobreza.

EEUU tiene más muertes por sobredosis de drogas que cualquier otro país de altos ingresos, tanto en general como per cápita. Incluso antes de la pandemia, la esperanza de vida en los EEUU disminuyó sucesivamente en 2015 y 2016, en gran parte debido a la epidemia de opioides y las sobredosis de drogas. Estados Unidos tiene una  tasa de mortalidad por accidentes de tráfico más alta que Canadá, Australia, Japón, Corea del Sur y la Unión Europea. Incluso por milla recorrida, EEUU todavía tiene una tasa de mortalidad más alta que gran parte de Europa.

Con un 40 por ciento entre los adultos, la tasa de obesidad de EEUU es el doble del promedio de la mayoría de los países europeos y ocho veces mayor que la de Corea o Japón. Aunque la relación precisa entre el peso y la salud es controvertida, el Commonwealth Fund, una organización independiente, ha declarado sin rodeos que los niveles de obesidad en los Estados Unidos son responsables de aproximadamente una quinta parte de las muertes entre los adultos estadounidenses de 40 a 85 años. 

Estados Unidos tiene menos médicos generales per cápita que la mayoría de los países ricos, en parte debido a la larga y costosa educación médica que alienta a los médicos a convertirse en especialistas bien pagados. Y junto con esta falta de atención primaria asequible y accesible, EEUU tiene la tasa más alta de muertes evitables de cualquier nación rica. (Como ejemplos de la definición de la OCDE de mortalidad "evitable" se incluyen muertes relacionadas con alcohol, tiroteos, accidentes y gripe).

La esperanza de vida es un índice importante de desarrollo humano, pero no es el único. La ONU ha creado un índice de desarrollo humano (IDH) que mide no solo la esperanza de vida, sino también el avance educativo y la prosperidad económica. El IDH se lanzó en 1990. En su último Informe sobre Desarrollo Humano (IDH), los datos confirman que el capitalismo del siglo XXI, si es que alguna vez lo fue, ya no es progresista en el desarrollo del bienestar humano. El informe dice que “décadas de progreso en términos de esperanza de vida, educación y prosperidad económica han comenzado a desmoronarse desde la pandemia”.  En los últimos dos años, nueve de cada diez países han retrocedido en su IDH.  (...)

Volviendo a la medida de la esperanza de vida, encontramos que a medida que las personas tienen vidas más saludables y más largas, se vuelven más capacitadas y educadas y, por lo tanto, eso permite que las economías crezcan y aumenten los ingresos y los medios de subsistencia. Por lo tanto, las medidas de salud pública son la palanca más importante para fomentar el desarrollo económico. (...)"         (Michael Roberts  , Sin Permiso, 17/09/2022)

1/2/22

Cuando se permite la reducción de los servicios públicos o las libertades, una sociedad democrática puede acabar considerando normal la miseria extrema o la violencia y convivir con ello, como en Estados Unidos... una chica recuperada de su adicción a los opiáceos me reveló que había contemplado las mayores aberraciones, robos, asesinatos, durante la época en que se inyectaba... “Yo estaba hecha una mierda, ¿sabes?, pero mucha gente estaba peor que yo, y no fui capaz de mover un dedo por ella. Jamás imaginé que podría llegar a ser tan mala persona"... El desdén hacia el dolor del otro no es un rasgo intrínseco al ser humano, sino que se cultiva socialmente... son sintomas de la desaparición progresiva de nuestras sociedades democráticas y su transformación en otra cosa, de la inexistencia del Estado del bienestar, que empobrecen los bolsillos tanto como la moral... y sobre todo, la oportunidad perdida de haber podido ser, tal vez, buenas personas

 "El metro de Filadelfia, como casi todo el transporte público de Estados Unidos, se convierte, una vez transcurrida la hora punta, en una suerte de antro que acoge a los seres más desarrapados del lugar, los más pobres o débiles según el patrón ideológico dominante, los menos aptos para la supervivencia.

 En la ciudad desde la que escribo, esta lacra nacional viene con la particularidad de una presencia muy específica entre esos olvidados, la de muchos adictos a los opiáceos que, raíl arriba y abajo, se pinchan a la vista de cualquiera y sufren los efectos de una crisis creada por las empresas farmacéuticas. 

Filadelfia alberga el mayor mercado al aire libre de drogas de todo el país; sus víctimas, si logran moverse, a menudo se agrupan en los vagones que los trasladan de un barrio a otro, sea para dedicarse al robo de pequeñas mercancías que después puedan vender, o simplemente en busca de calefacción.

 El otro día, mi marido se encontraba en uno de esos vagones y fue testigo de una escena desgarradora que, de tanta reiteración, se ha erigido ya en costumbre: un hombre se balanceaba al ritmo del traqueteo hasta que, de repente, perdió el equilibro: en la caída de frente se partió la nariz, a juzgar por los gritos de dolor. “¿Y tú qué hiciste?”, quise saber. “Preguntarle si estaba bien, pero no podía hablar. El resto de los viajeros permaneció indiferente”.

Son cientos las situaciones de ese calibre que el ciudadano estadounidense observa en su rutina diaria, cuando no le toca sufrirlas de primera mano. La mayor parte de las veces, el gentío no pasa de mero espectador ante las desgracias ajenas. Si ese día a mi marido le latió algo que lo instigó a proferir unas palabras, en otras ocasiones no ha sido así: la tarde que vimos a un mendigo tirado en el suelo, agonizante y ensangrentado, ambos seguimos caminando mientras conteníamos una rabia, por lo demás, inservible. Semanas después, una mujer fue violada en un tren a la vista de multitud de pasajeros: nadie hizo nada por evitarlo. 

Meses antes, yo había entrevistado a una chica recuperada de su adicción a los opiáceos que me reveló lo errado de una sociedad sin ningún tipo de atención pública en la que se deja morir a los más indefensos: había contemplado las mayores aberraciones —robos, asesinatos, agresiones físicas— durante la época en que se inyectaba aquellas sustancias. Incontenible, el llanto le resbalaba por las mejillas al contestar a mis preguntas: “Yo estaba hecha una mierda, ¿sabes?, pero mucha gente estaba peor que yo, y no fui capaz de mover un dedo por ella. Jamás”, argumentaba con dificultad, entre espasmos, “jamás imaginé que podría llegar a ser tan mala persona.

 El desdén hacia el dolor del otro no es un rasgo intrínseco al ser humano, sino que se cultiva socialmente. Suele nacer del miedo al contagio, a que la situación desesperada en que alguien se encuentra nos salpique de alguna manera, lo cual refuerza un sistema que fomenta el individualismo y normaliza esa completa desasistencia, especialmente entre los más vulnerables. Ante la visión de una persona enferma yaciendo en la calle, el primer impulso quizá sea llamar a la ambulancia, pero automáticamente surge el interrogante de cuánto va a costar y quién pagará la factura, cuando no el pensamiento que la culpabiliza por su condición. 

La falta de sanidad pública construye así una tolerancia frente al cuerpo aquejado de mil males que habrán sido, decimos, instaurados por el propio sujeto y cuya sanación vale dinero. De la misma forma, el pánico a que alguien lleve un arma nos disuade de actuar, pero también el pavor a unas fuerzas del orden militarizadas, en las que abundan energúmenos de extrema derecha entrenados para reducir al enemigo y no para asistir a la ciudadanía. Se les podría escapar una bala en la dirección inapropiada, podrían acusarme a mí de las circunstancias en que se halla el otro y arrestarme sin motivo; la cooperación entre gentes que conviven y deberían preocuparse por el bienestar común se esfuma si se ha sido educado para subsistir en la jungla.

 Estas dinámicas, que no son más que síntomas de la desaparición progresiva de nuestras sociedades democráticas y su transformación en otra cosa, de la inexistencia del Estado del bienestar, empobrecen los bolsillos tanto como la moral, que acaba siendo el andrajo con que arropar a la familia más cercana, la nuclear, y, si acaso, al reducido grupo de contactos que constituyen tanto como resguardan nuestro pequeño círculo de privilegio.

 Cuando desde instancias gubernamentales se impone el sálvese quien pueda a costa de los ahogados que yacen debajo, se institucionaliza también una maldad que es tan administrativa como personal y termina haciendo mella en nuestra concepción del ser humano, los cuidados —y los derechos— que merece, si no nos transforma directamente en piedras.

 Describía el escritor portugués Valter Hugo Mãe en la novela La máquina de hacer españoles las vicisitudes de un puñado de ancianos, residentes en un geriátrico, en quienes transpiraba “el fascismo de los hombres buenos”, a saber, una vileza sutil, desmigada en actos suavemente violentos, como minúsculos alfileres, que provenía de haber sido socializados en la dictadura de Salazar. No eran seres diabólicos; al contrario, sus chascarrillos e historietas los tornaban entrañables, hasta que el monstruo del hábito alimentado durante décadas brotaba de improviso, provocando daños incalculables. El literato jugaba así con el concepto de “la banalidad del mal” que acuñó Hannah Arendt: basta un engranaje estatal dañino, una burocracia perniciosa, para que cualquier ser humano se transforme en una criatura despreciable.

Si atravesamos fronteras y comparamos países cuidadosamente, admitimos las diferencias, pero establecemos paralelismos, rimas que nos permitan abrir los ojos, discerniremos con lucidez una atomización social que es capaz de pudrirnos por dentro mientras se despedazan los vínculos colectivos. Que comunidades autónomas como Madrid o Andalucía se hayan empeñado en destruir la atención primaria y, con ello, la sanidad pública, como se han hartado de gritar las multitudes que se han manifestado recientemente, no solo engorda la masa de clientes de la privada, sino que desgaja al individuo del objetivo común que debería ser cuidarnos entre todos y no salvarnos —quien lo consiga— aisladamente.

 Lo mismo podría decirse del desmantelamiento de la educación pública e, igualmente, de una ley mordaza que reprime el civismo en cuanto que lo criminaliza y autoriza la mano dura policial sin restricciones ni fiscalización por parte de esa gente que, además, les paga el sueldo con sus impuestos a cambio de un servicio que no recibe. Ante la paliza arbitraria o la declaración que da con tus huesos en la cárcel sin más pruebas que un testimonio, muchos optarán por no hablar, por torcer la vista en un gesto de desinterés que es también de egoísmo, por no denunciar el abuso que conlleva empobrecernos cada vez más y privarnos de derechos fundamentales. 

Después, como ya he vivido tantas veces aquí, seguiremos remando en soledad, en mitad de aguas sépticas y procelosas, para acabar llorando no solo la democracia y sus pilares del bienestar, sino, sobre todo, la oportunidad perdida de haber podido ser, tal vez, buenas personas."         (Azahara Palomeque , El País, 29/01/22)

9/11/21

Richard D. Wolff: Por qué el problemático imperio estadounidense podría desmoronarse rápidamente. Las guerras perdidas por Estados Unidos en Irak y Afganistán mostraron una extralimitación imperial... El hecho de que las derrotas se prolongaran durante tantos años demuestra que la política interna y la financiación del complejo militar-industrial nacional fueron, más que la geopolítica, los principales motores de estas guerras. Los imperios pueden morir por extralimitarse y sacrificar objetivos ampliamente sociales por los estrechos intereses de minorías políticas y económicas... La negativa a aceptar los mandatos de vacunación y mascarilla contra el COVID-19 que salvan vidas en nombre de la "libertad" mezcla un espantoso guiso de confusión ideológica, división social y amarga hostilidad creciente dentro de la población... Además de los tres choques de este nuevo siglo (2000, 2008 y 2020), cada uno peor que el anterior, otro choque, que podría ser aún peor, podría desafiar la supervivencia del sistema capitalista... Los imperios declinan cuando sus largos hábitos de servir a las élites minoritarias les impiden ver los momentos en los que la supervivencia del sistema requiere anular las necesidades de esas élites

 "Las guerras perdidas por Estados Unidos en Irak y Afganistán mostraron una extralimitación imperial que ni siquiera 20 años de guerra podrían lograr. El hecho de que las derrotas se prolongaran durante tantos años demuestra que la política interna y la financiación del complejo militar-industrial nacional fueron, más que la geopolítica, los principales motores de estas guerras. Los imperios pueden morir por extralimitarse y sacrificar objetivos ampliamente sociales por los estrechos intereses de minorías políticas y económicas.

Estados Unidos tiene el 4,25% de la población mundial y, sin embargo, es responsable de cerca del 20% de las muertes mundiales por COVID-19. Una rica superpotencia mundial con una industria médica altamente desarrollada demostró no estar preparada ni ser capaz de hacer frente a una pandemia viral. Ahora lucha con un enorme segmento de su población que parece tan alejado de las principales instituciones económicas y políticas que se arriesga a la autodestrucción y exige el "derecho" a infectar a otros. La negativa a aceptar los mandatos de vacunación y mascarilla contra el COVID-19 que salvan vidas en nombre de la "libertad" mezcla un espantoso guiso de confusión ideológica, división social y amarga hostilidad creciente dentro de la población. Los acontecimientos del 6 de enero en Washington, D.C., mostraron apenas la punta de ese iceberg.

 Los niveles de endeudamiento -del gobierno, de las empresas y de los hogares- están todos en un nivel histórico o cerca de él, y van en aumento. La Reserva Federal, con sus años de flexibilización cuantitativa, alimenta y apoya el aumento de la deuda. Funcionarios de alto nivel están discutiendo ahora la posible emisión de una moneda de platino de un billón de dólares para que la Reserva Federal dé esa suma en nuevo crédito al Tesoro de Estados Unidos para permitir más gasto del gobierno de Estados Unidos. El propósito va mucho más allá de las disputas políticas sobre el límite de la deuda nacional.

 El objetivo es nada menos que liberar al gobierno para inyectar aún más cantidades masivas de dinero nuevo en el sistema capitalista para sostenerlo en tiempos de dificultades sin precedentes. La Reserva Federal aprendió que el capitalismo actual necesita tales cantidades de estímulo monetario gracias a los tres choques recientes (2000, 2008 y 2020) que ha sufrido el sistema capitalista. Un imperio desesperado se acerca a una versión de la Teoría Monetaria Moderna de la que los líderes del imperio se burlaban y rechazaban no hace mucho tiempo.

La desigualdad extrema, que ya es un rasgo distintivo de Estados Unidos, se agravó durante la pandemia. Esta desigualdad alimenta el aumento de la pobreza y las crecientes divisiones sociales entre los que tienen, los que no tienen y los que piensan que tienen, cada vez más ansiosos. Los intentos de los empresarios por recuperar los beneficios perdidos por la pandemia y por el colapso capitalista durante 2020 y 2021 han llevado a muchos a imponer recortes adicionales a los empleados. Esto ha dado lugar a huelgas oficiales y no oficiales que continúan en medio de un movimiento obrero que vuelve a despertar. A nivel individual, la tasa de trabajadores que han abandonado sus puestos de trabajo ha alcanzado máximos históricos.

 Los intentos de los empresarios por recuperar los beneficios perdidos en los dos últimos años también se manifiestan en la inflación que está sufriendo el imperio. Los empresarios fijan los precios de lo que venden. Saben que la Reserva Federal ha aumentado el poder adquisitivo potencial al inundar los mercados con dinero nuevo. La demanda, reprimida por la pandemia y las crisis económicas, ayudará, al menos durante un tiempo, a sostener la inflación. Pero incluso si es temporal, la inflación empeorará aún más las desigualdades de ingresos y de riqueza y, por lo tanto, preparará a Estados Unidos para el próximo choque. Además de los tres choques de este nuevo siglo (2000, 2008 y 2020), cada uno peor que el anterior, otro choque, que podría ser aún peor, podría desafiar la supervivencia del sistema capitalista.

Incendios, inundaciones, huracanes, sequías: los signos de la catástrofe climática -por no hablar de sus costes, que aumentan rápidamente- se suman a la sensación de fatalidad inminente provocada por todos los demás signos del declive del imperio. También en este caso, la pequeña minoría de dirigentes de la industria de los combustibles fósiles ha conseguido bloquear o retrasar la acción social necesaria para hacer frente al problema. Los imperios declinan cuando sus largos hábitos de servir a las élites minoritarias les impiden ver los momentos en los que la supervivencia del sistema requiere anular las necesidades de esas élites, al menos por un tiempo.

 Por primera vez en más de un siglo, Estados Unidos tiene un competidor global real, serio y ascendente. Los sistemas británico, alemán, ruso y japonés nunca alcanzaron ese estatus. La República Popular China lo ha hecho ahora. No se ha demostrado que sea posible una política estadounidense establecida con respecto a China debido a las divisiones internas de Estados Unidos y al espectacular crecimiento de China. Los líderes políticos y los contratistas de "defensa" encuentran atractivo el ataque a China. Denunciar a China sirve como chivo expiatorio popular para muchos políticos de ambos partidos y como apoyo a un gasto en defensa cada vez mayor por parte de los militares. Sin embargo, importantes segmentos de las grandes empresas han invertido cientos de miles de millones en China y en las cadenas de suministro globales vinculadas a China. 

No quieren arriesgarlos. Además, durante décadas, China ha ofrecido una de las fuerzas laborales más baratas, mejor educadas y formadas, y más disciplinadas del mundo, junto con el mercado de más rápido crecimiento del mundo, tanto para bienes de capital como de consumo. Las empresas estadounidenses competitivas creen que el éxito global requiere que sus empresas estén bien establecidas en esa nación con la mayor población del mundo, entre los trabajadores menos costosos del mundo, y con el mercado de más rápido crecimiento del mundo. Todo lo que se enseña y se aprende en las escuelas de negocios apoya esa opinión. Así, la Cámara de Comercio de Estados Unidos se opuso a las guerras comerciales/arancelarias del ex presidente Donald Trump y ahora se opone al exagerado programa del presidente Joe Biden para atacar a China.

 No hay manera de que Estados Unidos cambie las políticas económicas y políticas básicas de China, ya que son precisamente las que han llevado a China a su posición, ahora envidiada a nivel mundial, de ser un competidor de una superpotencia como Estados Unidos. El problema para el imperio estadounidense crece, y Estados Unidos sigue atascado en divisiones que impiden cualquier cambio significativo, salvo quizás un conflicto armado y una impensable guerra nuclear.

Cuando los imperios declinan, pueden entrar en espirales descendentes que se refuerzan a sí mismas. Esta espiral descendente se produce cuando los ricos y poderosos responden utilizando sus posiciones sociales para descargar los costes del declive sobre la masa de la población. Esto sólo agrava las desigualdades y divisiones que provocaron el declive en primer lugar.

Los Papeles de Pandora, publicados recientemente, ofrecen una visión útil del elaborado mundo de la gran riqueza oculta a los gobiernos que recaudan impuestos y al conocimiento público. Esta ocultación se debe en parte al esfuerzo por aislar la riqueza de los ricos de ese declive. Eso explica en parte por qué la exposición de los Papeles de Panamá en 2016 no hizo nada para detener la ocultación. Si el público conociera los recursos ocultos -su tamaño, sus orígenes y sus propósitos-, la demanda pública de acceso a los activos ocultos sería abrumadora. Los recursos ocultos serían vistos como los mejores objetivos posibles para utilizarlos en la desaceleración o reversión del declive.

El declive provoca más ocultación, y eso a su vez empeora el declive. La espiral descendente está comprometida. Además, los intentos de distraer a un público cada vez más ansioso -demonizar a los inmigrantes, convertir a China en el chivo expiatorio y participar en guerras culturales- muestran rendimientos decrecientes. El declive del imperio continúa, pero se niega o se ignora como si no importara. Los viejos rituales de la política, la economía y la cultura convencionales continúan. Sólo que sus tonos se han convertido en los de las profundas divisiones sociales, las amargas recriminaciones y las abiertas hostilidades internas que proliferan por todo el paisaje. Estas desconciertan y molestan a los muchos estadounidenses que todavía tienen que negar que la crisis ha acosado al capitalismo
estadounidense y que su imperio está en declive."                

(Richard D. Wolff, Brave new Europe, 04/11/21)

29/9/21

Se trata mal a los haitianos de forma individual y colectiva... Por eso me impresionan esas personas que, a pesar de todo, logran tener una vida rica en emoción, en sentimientos. Una vida intelectualmente rica. Esa gran elegancia de las relaciones humanas en Haití, pese a la violencia endémica y las catástrofes... El joven protagonista debe huir y lamenta la situación, pero no pasa la noche esnifando cocaína en plan baudelairiano en los baños de las discotecas como los jóvenes de su edad en Norteamérica y Europa. Está atrapado en un asunto candente, convulsivo. Y eso es también Haití...

 "(...) Haití es también un lugar con mucho que ofrecer, un país donde a pesar de estar en la ruta de los ciclones, sobre fallas sísmicas y con problemas estructurales inmensos, “en la vida real nada ha impedido a la gente bailar, reír y construir una vida muy confortable”. (...)

Los pueblos no son problemas que busquen solución. Hay una riqueza a pesar de todo. Hay un mundo vibrante. Conozco a montón de lectores y personas en todo el mundo que habrían querido vivir en un espacio tan vibrante como el que narro en mi libro. Por supuesto nadie quiere una dictadura, pero describo una noche, mi última noche, en la que no nos aburrimos. 

El joven protagonista debe huir y lamenta la situación, claro que sí, pero también piensa en el jazz, está enamorado, va al teatro a ver Antígona traducido al creole. Evidentemente no pasa la noche esnifando cocaína en plan baudelairiano en los baños de las discotecas como los jóvenes de su edad en Norteamérica y Europa. Está atrapado en un asunto candente, convulsivo. Y eso es también Haití.

(...) Me he pasado toda la vida viendo que se trata mal a los haitianos de forma individual y colectiva. En Haití y en el exterior. Por eso me impresionan esas personas que, a pesar de todo, logran tener una vida rica en emoción, en sentimientos. Una vida intelectualmente rica. Esa gran elegancia de las relaciones humanas en Haití, pese a la violencia endémica y las catástrofes. 

(...) los que asistimos a la gran epopeya haitiana sabemos que lo lograrán superar. En dos semanas nadie hablará de estas imágenes de Texas, como nadie habla ya del terremoto, del asesinato del presidente o lo que sea. Todo lo que queda es el espectáculo en televisión, y el espectáculo siempre es fugaz. Pero los haitianos quieren energía, no lágrimas. Ofrezcan energía, si es posible. Porque cuando el problema se olvide, ellos siempre estarán ahí, enfrentados a él. (...)"                     (Berna G. Harbour, El País, 27/09/21)

2/11/15

Todo el aumento en la esperanza de vida logrado en Estados Unidos en los últimos 80 años lo ha disfrutado el 60% más rico de la población

"El incremento de la desigualdad en todo el mundo es un hecho que muy pocos se atreven a negar. Y sus manifestaciones son cada vez más diversas: entre mujeres y hombres, entre territorios y naciones, entre razas o etnias y, por supuesto, entre grupos sociales, es decir, entre esas clases sociales que también algunos vienen diciendo desde hace tiempo que ya no existen. (...)

La “esperanza de vida” es el indicador que se utiliza para saber qué número de años puede esperar vivir una determinada persona de una determinada edad si se mantiene el patrón de mortalidad por edad del grupo al que pertenece. (...)

Eso es completamente cierto, pero lo que viene ocurriendo en los últimos decenios es que el gran incremento de las desigualdades hace que la esperanza de vida sea también muy desigual en función de la clase social o de los ingresos que reciben las personas. E incluso entre los países, pues en los ricos la esperanza de vida es de casi 30 años por encima y ha aumentado casi veinte más en los últimos decenios que en los pobres.

Los datos no dejan lugar a dudas y un informe que acaba de publicarse en Estados Unidos proporciona una realidad escalofriante (The Growing Gap in Life Expectancy by Income: Implications for Federal Programs and Policy Responses, 2015)

– Una persona de 50 años nacida en 1930 en Estados Unidos que formara parte del 20% más rico de la población tenía una esperanza de vivir cinco años más que si perteneciera al 20% más pobre. Pero esa diferencia ha aumentado hasta los 13 años para los nacidos en 1960. (...)

– Prácticamente todo el aumento en la esperanza de vida logrado en Estados Unidos en los últimos 80 años lo ha disfrutado el 60% más rico de la población.

– La probabilidad de llegar a los 85 años cuando se tenía 50 años es la misma para los hombres nacidos en 1930, 1960 o 2010 que forman parte del 20% más pobre. Sin embargo, los hombres que pertenecen al 20% más rico han visto aumentar sustancialmente su probabilidad de llegar a los 85 años cuando tenían 50: 45% de probabilidad para nacidos en 1980 y 66% en 2010.

En España hay también estudios de este tipo que muestran claramente lo que mucha gente todavía no se cree, que los ricos viven más años simplemente por el hecho de serlo. Entre los grupos con más y menos renta hay una diferencia de entre 7 y 8 años en su esperanza de vida.

La explicación de esta desigualdad tan sangrante es clara y también se poner de evidencia en todo tipo de estudios: los grupos sociales con menos ingresos tienen peor salud, disponen de menos medios de cuidado, trabajan en peores condiciones y, para colmo, muchos recursos públicos se manejan mal y benefician en mayor medida a los grupos sociales más ricos.

La desigualdad afecta, cada vez más, incluso al más elemental de los derechos humanos, el derecho a la vida. "                (Juan Torres López, Publicado en Público.es el 20 de septiembre de 2015, en Ganas de Escribir, 22/09/2015)

26/3/14

¿Cómo miden la calidad de vida?

"La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) a finales del año pasado lanzó su Indice de calidad de vida (How’s Life Index) que evalúa la calidad de vida de los distintos países. 

Como las estadísticas que normalmente obsesionan son el nivel del Producto Interior Bruto (PIB) o de PIB per capita, es bueno ver índices que tienen en cuenta la calidad de vida de las personas y no sólo el nivel total o promedio de las economías, en términos estadísticos.  (...)

¿Cómo miden la calidad de vida?

En su evaluación, eligen 11 elementos que han identificado como esenciales para el bienestar y, en cada elemento, evalúan las diferencias de bienestar entre las mujeres y los hombres. Los temas evaluados son los siguientes:
  1. Las rentas y la riqueza.
    • la renta disponible neta de los hogares
    • la riqueza financiera neta de los hogares
  2. Los empleos y sueldos.
    • la tasa de empleo
    • la tasa de desempleo a largo plazo
    • el promedio de ingresos anuales brutos de los empleados a tiempo completo
    • la seguridad y la estabilidad en el empleo
  3. La vivienda.
    • el número de habitaciones por persona
    • los gastos por vivienda
  4. El estado de la salud.
    • la esperanza de vida al nacer
    • el estado de salud reportado por los ciudadanos
  5. El equilibrio entre el trabajo y la vida, la conciliación.
    • los trabajadores que trabajan horas largas
    • el tiempo dedicado al ocio y a la vida personal
  6. La educación y la formación.
    • los logros educativos
    • las habilidades cognitivas de los estudiantes
    • los años proyectados de educación
  7. Las conexiones sociales.
    • la red de apoyo social
  8. El compromiso cívico y la gobernanza.
    • cómo se consulta sobre las nuevas leyes
    • la participación ciudadano en el sistema de gobernanza
  9. La calidad medioambiental.
    • la calidad del aire
    • la satisfacción con la calidad del agua
  10. La seguridad personal.
    • las tasas de homicidios
    • el crimen sufrido, reportado por los ciudadanos
  11. El bienestar subjetivo.
    • la satisfacción en la vida

     La comparativa de España

     Como vemos en este gráfico, nos traen (PDF) un desglose de la situación en España donde se ve que sólo está entre los líderes en los tres últimos elementos analizados. No obstante, sorprende ver a España tan alto en eso de conciliación, ya que los empresarios españoles ni saben cómo deletrear esa palabra."                    (, El blog salmón,  27/01/2014)

14/3/13

Economía del Bien Común: la utopía congruente. ¿Desea usted un nuevo orden económico?” La respuesta del 88% de los alemanes (del 90% en Austria) fue “sí”

“¿Desea usted un nuevo orden económico?” La respuesta del 88% de los alemanes (del 90% en Austria) en una encuesta de la Fundación Bertelsmann –ligada al establishment político-económico germano- fue “sí”. Y es que el shock de la crisis ha mostrado un abismo que está desgastando exponencialmente la marca capitalismo. (...)

Christian Felber (Salzburgo, 1972) propone dar un paso al frente en busca de una solución, a la par que plantear un itinerario: la Economía del Bien Común (EBC). Un “sistema económico alternativo completo” que deja atrás la economía planificada comunista, pero también los excesos del capitalismo financiero desregulado. 

¿Por qué los valores que nos hemos otorgado constitucionalmente y que, además, son los que todos impulsamos en nuestras relaciones humanas –honestidad, aprecio, confianza, responsabilidad, solidaridad y generosidad-, se comprueban radicalmente opuestos –avidez, envidia, desconfianza, irresponsabilidad, desconsideración y egoísmo- a los que rigen en la economía?

Para Felber y su equipo, se debe legislar en pos de que las coordenadas de la gráfica –que suele expresar moviendo los brazos- que perfilan el actual “orden económico legal” -afán de lucro y competencia- dejen de ser seductoras para los empresarios, y enfocar y recompensar el éxito económico remplazando (con el desarrollo de leyes que serán explicadas en las próximas líneas) dichas coordenadas por las de la contribución al bien común y la cooperación: las reglas del juego económico en la EBC. (...)

El profesor Felber, de personalidad magnética y retórica consistente, aboga por romper esta contradicción haciendo que el dinero ocupe su rol original: 

“Es un medio, un instrumento; no un fin: los indicadores del éxito deben medir el nuevo objetivo final, que es el bien común”. Actualmente, la unidad de medida en la macroeconomía es el PIB, y en la microeconomía el balance financiero de las empresas. Ambos son indicadores exclusivamente monetarios.

 Así, en lo que califica de un “error metodológico fundamental”, el PIB creciente de un país no nos refleja si su ciudadanía padece un conflicto bélico, vive en una dictadura o siente miedo, en vez de confianza, ante el futuro. Por tanto, la EBC propone, a nivel macro, conocer, anualmente, mediante encuestas y asambleas comunales, el nivel de bienestar de la población midiendo una veintena de factores sobre la calidad de vida.  

Pero es a nivel microeconómico donde la EBC muestra una practicidad, madurez y conectividad para con la sociedad, en un proyecto que se formula “de abajo a arriba”. (...)

la EBC propugna algo similar a una auditoría, merced a una herramienta que Felber considera el “corazón” del sistema: La matriz del Bien Común. 

Esta -en constante evolución y mejora con la aportación de los actores económicos que se están sumando al proyecto en todo el mundo- consiste en un cuadrante que, mediante puntuaciones correspondientes a la interacción de, por un lado, los factores relacionados con valores constituciones (dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social y participación democrática y transparencia), que pueden sumar hasta 200 puntos cada uno y, por el otro, los grupos de contacto o ‘stakeholders’ (proveedores, financiadores, empleados –inclusive propietarios-, clientes/productos/servicios/copropietarios y ámbito social), así como los criterios negativos, que restan puntos, permite obtener la puntuación final (entre 0 y 1.000) de cada empresa, ayuntamiento, universidad, etc., de forma no solo cuantitativa, sino también cualitativa. 

Por tanto, la empresa que tenga una gestión participativa en las decisiones, que reduzca la huella ecológica o que iguale los salarios de hombres y mujeres, por poner algunos ejemplos puntuables de las células de este cuadrante, tendrá una mayor puntuación. Es decir, estará más cerca de alcanzar el éxito en su meta: el bien común.

Y aquí es donde toma protagonismo la persona que decide la supervivencia de cualquier empresa: el consumidor. Cada producto tendrá un color en su código de barras según su puntuación en el Balance del Bien Común -rojo (0-200 puntos), naranja (200-400), amarillo (400-600), verde claro (600-800) o verde oscuro (800-1000)- para que el cliente pueda decidir gracias a la transparencia (una aplicación de móvil permitirá que cada cual compruebe los datos que más le interesan) de una información que Felber califica de “holística”, ya que “no solo es un sello de comercio justo, o ecológico, o social; sino una visión global de la responsabilidad –cuyos parámetros son hoy día una propuesta de la EBC sujeta a modificaciones- de una empresa”. 

 La entrada en escena de la política es, llegados a este momento, la clave. Como sabemos, los productos poco éticos (fabricados con mano de obra infantil o arrasando el ecosistema, por ejemplo) son más baratos que los de comercio justo, gracias a que el marco legal favorece estas prácticas. Felber plantea desarrollar legislativamente los principios constitucionales y, así, las empresas, según se aproximen al objetivo del bien común, obtendrían una reducción en los impuestos y tasas aduaneras, créditos a interés reducido (Felber está fundando en Austria el primero de una serie de bancos del bien común que sigan las líneas comerciales de la banca en sus albores), la prioridad en la contratación pública y la cooperación con la investigación universitaria.

 Por su parte, las empresas que no se adecúen a la justicia social, verán aumentados sus gravámenes y no se podrán beneficiar de esta legislación, con lo que sus productos dejarán de ser más baratos que los de las empresas que opten por la EBC. Teniendo un precio similar, se presupone que la ciudadanía desechará los productos irresponsables, viéndose obligadas todas las marcas a buscar el nuevo éxito empresarial. O a desaparecer.
 
“La EBC sigue siendo una economía de mercado, basada en empresas privadas, en dinero, en oferta y demanda –subrayó Felber en una conferencia en Alcoy-. Por tanto todas las empresas seguirán haciendo sus balances financieros, pero basados en una producción real, y no en un capital que se multiplica por sí solo, como ocurre con la economía financiera globalizada anónima”. 

Así, estos balances ya no serían un fin, sino un medio, por lo que propone, insistiendo una vez más en que estas medidas “deberán ser aprobadas en referéndums democráticos”, prohibir cuatro usos de los excedentes monetarios en esta economía “postcapitalista”: las inversiones financieras especulativas, el absorber hostilmente otras empresas, la distribución a personas que no trabajen en esas empresas y las donaciones a partidos políticos, para evitar que el poder económico y el poder político converjan.

Manteniendo el aroma quincemayista que impregna sus propuestas, Felber aboga por establecer el “consenso sistémico” (un método que logra concretar qué propuesta ofrece menor resistencia por parte de la población, y que suele ser un punto intermedio entre los extremos) para preguntar a la ciudadanía, entre otras decisiones, si debería haber un límite legal entre el salario mínimo de un país y el sueldo máximo que se pueda cobrar. 

En la actualidad, en Austria el beneficio personal máximo multiplica por 800 el salario mínimo, en Alemania por 5.000 y en el sector financiero estadounidense por 360.000. “Nada en exceso”, advertían ya los antiguos filósofos griegos.

Anteriormente se analizó la primera de las dos coordenadas (sustituir el afán de lucro por la contribución al bien común) que la EBC propone para un nuevo marco legal. Abordando la segunda de ellas (el reemplazo de la competencia por la cooperación), Felber reflexiona:

 “Competir viene de las raíces latinas com (juntos) y petere (buscar), por lo que su significado original, buscar juntos, estaría más cercano a lo que hoy llamamos cooperar”. Y añade: “Se dice que competir nos motiva, pero la cooperación nos motiva, además, emocionalmente. Con la fuerza incomparable que ello tiene”. 

Se pregunta también cuál es el factor de motivación más fuerte en el cóctel contemporáneo de la competencia. “El miedo”, resuelve; y verbaliza sus síntomas: estrés, presión, mobbing… La EBC propone liberar a las empresas de la “coerción” del crecimiento infinito, con el objetivo de que las empresas alcancen su tamaño óptimo y, después, puedan ayudar a otras empresas, fomentando la cooperación y la solidaridad. 

“Si las reglas del juego de la economía son las mismas que los valores de la vida privada, habrá más personas con ganas de crear empresas”, asegura Felber.  

“No es una idea, sino un proyecto social”, una pata más de la mesa sobre la que escribir el futuro, que se sustenta junto con otros elementos (I+D+i científico y sanitario, educación universal en todos los niveles, partidos políticos verdaderamente representativos…). 

En los siempre complicados primeros dos años de vida, 935 empresas de más de una docena de países se han sumado al proyecto, la matriz del Bien Común sigue implementándose, y se han creado “campos de energía” (grupos regionales de la EBC que hacen pedagogía entre los actores económicos de sus zonas). 

La idea de Felber y su equipo es empezar de abajo a arriba, con asambleas locales a las que todas las personas, empresas e instituciones públicas están invitadas. Buscan madurar el proyecto en asambleas democráticas comunales y, entonces, pasar a un proceso puramente democrático a través de una Asamblea Económica abierta cuyas decisiones, en un mundo digital con infinidad de posibilidades, se voten en referéndum, para que la legislación económica al fin conecte con los valores constitucionales. 

¿Se comprometerá alguna formación política de los países de la UE a pedir el voto en las próximas elecciones para legislar en favor de la EBC?

Felber se muestra optimista de cara al futuro: “Hoy es impensable. Mañana será lógico”, ya que históricamente “la autoridad natural vence, a largo plazo, a la autoridad violenta”.   (Attac Madrid, 10/03/2013)

22/9/10

La segunda mejor calidad de vida de Europa... la española. Pues habrá que convencer a los parados...

Según The Guardian, Reino Unido e Irlanda son los peores lugares de Europa en calidad de vida. El mejor país es Francia. Los datos, de uSwitch.com's, http://cort.as/0CIr sobre el índice de calidad de vida dicen que España ocupa el segundo puesto. http://cort.as/0CIs)

"France enjoys the earliest retirement age (joint with Poland), spends the most on healthcare (11% of GDP) and has the longest life expectancy in Europe at 81.09 years. Its workers also benefit from 36 days holiday a year – compared with just 28 in the UK – and it comes only behind Spain (second in the rankings) and Italy for hours of sunshine."

15/6/09

"Lo que cambia un lugar es la gente"

"Pregunta. ¿Los urbanistas descuidan factores al diseñar?

Respuesta. Sí. Para ser un excelente urbanista debes sobresalir en 30 asignaturas y ser notable en 80. Nadie puede abarcarlo. Por eso, todos los urbanismos tienen alguna carencia. A los arquitectos les preocupan los edificios, pero ignoran el conjunto. Los geógrafos son buenos analizando el marco general, pero se pierden en los temas estéticos. La solución es crear equipos.

P. ¿Qué cambia las ciudades?

R. Lo que cambia un lugar es la gente. Si su vida es buena, la ciudad es buena. Históricamente, la gente vivía en ciudades pasando hambre expuestos a peligros, pero no se iban. Hay un dicho medieval alemán: El aire de la ciudad hace libre. Es esa cualidad de dejar vivir lo que hace crecer las ciudades. Una ciudad permite la discreción y el anonimato.

P. Las personas hacen las ciudades, pero el anonimato es una cualidad impersonal.

R. Sí, pero sale de la relación entre las personas. Supongo que las mejores ciudades son las más civilizadas. Hoy ser civilizado incluye una palabra de moda pero esencial: la cohesión social. Para lograrla se deben integrar tradiciones y personas. Los buenos edificios pueden contribuir a esa integración de extraños, pero una buena vida urbana puede desarrollarse en todo tipo de situaciones físicas. No hay un modelo único. Londres y Barcelona son dos ejemplos muy distintos." (PETER HALL: "Lo que cambia un lugar es la gente". El País, ed. Galicia, Cultura, 12/04/2009, p. 47)

4/6/09

El "decrecimiento" económico

"En el origen de la grave crisis actual hay una nueva manifestación de la desmesura, de la búsqueda infinita de omnipotencia. Las empresas y entidades financieras han estado persiguiendo obtener unos beneficios en crecimiento perpetuo. En esta búsqueda incesante del "cada vez más", los mercados existentes no bastaban, y hubo que crear mercados incluso donde no existían. (...)

Eso es lo que pretende el movimiento del "decrecimiento", que propone una crítica constructiva, argumentada, pluridisciplinar, de rechazo de los límites que constriñen nuestras sociedades contemporáneas, para así poder liberarnos de ese "cada vez más". La filosofía del decrecimiento trata de explicar que en muchas ocasiones "menos es más". (...)

¿Qué es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días? No estamos padeciendo una crisis sino un conjunto de ellas... Todas ellas no son crisis aisladas, sino más bien el resultado de un problema estructural, sistémico: cuyo origen está en la desmesura, en la búsqueda obsesiva del "cada vez más".

¿Qué se puede decir sobre la crisis económica desde el punto de vista de quienes somos "objetores al crecimiento"? Que nadie se equivoque, porque decrecimiento no es sinónimo de recesión. Tal como escribí hace más de dos años: "No hay que elegir entre crecimiento o decrecimiento, sino más bien entre decrecimiento y recesión. Si las condiciones ambientales, sociales y humanas impiden que siga el crecimiento, debemos anticiparnos y cambiar de dirección. Si no lo hacemos, lo que nos espera es la recesión y el caos".

Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de "decrecimiento". (...)

El decrecimiento no es un crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento, descolonizar nuestro imaginario de la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social. El proyecto del decrecimiento pasa por un cambio de paradigma, de criterios, por una profunda modificación de las instituciones y un mejor reparto de la riqueza. (...)

En un mundo de recursos limitados, las cosas no pueden crecer de manera indefinida. Por eso, "la objeción al crecimiento" habla de la necesidad de compartir, el regreso de la sobriedad, en particular para aquellos que sobreconsumen. (...)

El crecimiento es adornado por sus defensores con todas las virtudes, por ejemplo en materia de empleo. Sin embargo, como dijo Juan Somavia, director general de la OIT, en su informe de enero de 2007: "Diez años de fuerte crecimiento no han tenido más que un leve impacto -y sólo en un pequeño puñado de países- en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Así como tampoco ha hecho nada por reducir el paro". En efecto, los beneficios empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema.
(...)

Volvamos a Keynes, aunque no el que relanza las economías desfallecientes gracias a la intervención del Estado, sino al que escribía en sus Perspectivas económicas para nuestros nietos (1930) que sus nietos (es decir, nuestra generación) deberían liberarse de la coacción económica, trabajar 15 horas semanales y tender a una mayor solidaridad que permitiese compartir el nivel de producción ya alcanzado. No hacerlo así, según él, nos llevaría a caer en una "depresión nerviosa universal". (...)

La filosofía del decrecimiento hoy dice que debemos trabajar menos para vivir mejor. No tener la mira puesta en el poder adquisitivo (que a menudo es engañoso y reduce al hombre a la única dimensión de consumidor), sino buscar el poder de vivir. Se trata de cambiar la actual organización de la producción y repartir mejor el trabajo: utilizar los beneficios obtenidos para que todos trabajen moderadamente y todas las personas tengan un empleo. Esta reorganización debe ir acompañada de una revisión de las escalas salariales. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.

Reducir la cantidad de trabajo permitiría asimismo que pudiésemos llevar una vida más equilibrada, que nos realizáramos a través de cosas que no sean la sola actividad profesional: vida familiar, participación en la dinámica del barrio, vida asociativa, y también actividad política, práctica de las artes... (...)

Una producción de calidad pide habilidad y tiempo, y ofrecería empleos numerosos y más gratificantes. Supone no recurrir sistemáticamente a la potencia industrial (exige sobriedad energética) lo cual mejoraría la necesidad de fuerza de trabajo (como se observa al comparar la agricultura intensiva, muy mecanizada, gran consumidora de petróleo pero parca en mano de obra, con la agricultura biológica). De esta manera, quizá también se pudiese equilibrar mejor trabajo intelectual y trabajo manual, y combatir al mismo tiempo la epidemia de obesidad que padecen nuestras sociedades demasiado sedentarias." (NICOLAS RIDOUX: Por una vida más frugal. El País, ed. Galicia, Opinión, 21/03/2009, p. 33 )

28/3/08

La felicidad es un trabajo

“En su último libro, Convivir, sostiene que la calidad de vida es la calidad de las relaciones que uno tiene: "Las personas que no pueden relacionarse son las que más sufren".

Dice que España es un país de optimistas pero que parece que está mal visto decir que estás contento, te tendrán envidia. "Optimista es el que tiene esperanza, se perdona los fallos y no se echa la culpa de todo".

Para ser feliz, asegura, hay que querer serlo, hay que estar motivado. "La felicidad, como el deporte, hay que trabajársela. Todo el mundo sabe que es bueno hacer ejercicio, pero no todos lo practican" (LUIS ROJAS MARCOS: "La felicidad, como el deporte, hay que trabajarla". El País, ed. Galicia, Última, 27/03/2008)