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10/10/23

La epidemia de la desesperación... "no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad"... entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas... a 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos... entre ellos, los adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles aparatos dentales... entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa... Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo... No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación... el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico, la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad... el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera» (Helena Villar)

 "Jenny Roberts entra con un busto de plástico a la sala y lo coloca con delicadeza en la mesa. A continuación, abre el kit que contiene el Naxolone, la medicación necesaria para revertir una sobredosis de opiáceos. Con la pericia de una enfermera o un médico explica cómo revivir el muñeco inerte que tenemos delante. Lo hace de forma casi automática, no en vano 15 mil personas han aprendido en dos años gracias a ella.

En su rostro no hay atisbo del drama que, apenas cinco años antes, la empujó a enseñar a los demás a intentar burlar la muerte. El día en que Jenny encontró a su hermano menor Chris tendido en el salón de casa pensó que podía ser como las anteriores veces, ya eran seis años entrando y saliendo de tratamientos, pero esta vez no volvió a respirar. «Ni siquiera sabía que existía un medicamento para revertir esa situación.

Cuando me enteré, empecé a pensar en todas esas familias que iban a pasar por lo mismo, por lo que decidimos crear una fundación con el nombre de mi hermano con esta única misión: salvar vidas.» En el momento de la entrevista, al menos 86 personas habían vuelto a abrir los ojos gracias al entrenamiento impartido por Jenny, quien da el dato con un orgullo tímido, para nada triunfal.

Aún queda demasiado por hacer: «no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad y no es que se despertasen un día y dijeran, oye, creo que me he vuelto adicto a los opioides. Cada camino es diferente aunque, por supuesto, de lo que más se hable sea de la medicación recetada».

Según una investigación del diario The Washington Post basado en datos federales, entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas. Un volumen que, además, se disparó a medida que la epidemia iba siendo más mortal, llegando al punto de cobrarse un centenar de vidas al día.

Para hacernos una idea, en 2014, cada 15 minutos nacía en el país un bebé con síndrome de abstinencia neonatal –cada 25 minutos en 2020–; según un estudio basado en la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud, a más de la tercera parte de los adultos, 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos, y en 2016 hubo más muertes por este motivo que por violencia armada.

Este tipo de medicación altamente adictiva está tan normalizada que el primer ejemplo que me puso un exdrogodependiente y activista al que entrevisté fue el enganche temprano de adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles bráckets o aparatos dentales. Así, los estupefacientes en este país son ingeridos de una manera tan masiva que no parece exagerado afirmar que el Soma[1] de la distopía de Huxley, Un mundo feliz, es una realidad en los Estados Unidos actuales. Detrás, sobre todo, seis compañías distribuidoras: McKesson Corp., Cardinal Health, Walgreens, AmerisourceBergen, CVS y Walmart, y tres fabricantes: SpecGx, una subsidiaria de Mallinckrodt; Actavis Pharma, y Par Pharmaceutical, una subsidiaria de Endo Pharmaceuticals. «Se las comen como si fueran Doritos. Haremos más», escribiría en un correo electrónico, filtrado posteriormente, Victor Borelli, gerente nacional de cuentas del mayor fabricante de opiáceos de Estados Unidos.

Pese a la ingente cantidad de pruebas y al dolor inflingido, la mayoría de los responsables resolvieron cualquier demanda con acuerdos sellados a base de millones de billetes de dólar. Tampoco fueron obligados a dejar de producir la droga. Una paradoja constante en este país, donde es más común de lo que parece pasar buena parte de tu vida en la cárcel por consumir o menudear con drogas si se es un ciudadano pobre.

La dureza del castigo penal por consumo, sin embargo, no evita lo siguiente: pese a la referencia de Jenny al perfil universal del adicto, existe una mayor incidencia entre jóvenes y adultos jóvenes. Así, la principal causa de muerte entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, con una enorme ventaja sobre los siguientes de la lista. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa.

Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo. Estados Unidos es el único país avanzado del mundo donde la flecha de la esperanza de vida se movió en la dirección equivocada de 2014 a 2017. Si entre 1959 y 2014 aumentó de los 69,9 años a los 78,9 años, el promedio tres años más tarde era de 78,6. Aunque la tendencia logró revertirse tímidamente en años recientes, la pandemia la empujó por debajo de los setenta y ocho años, niveles inferiores a los de Líbano, Chile o Cuba, países con un PIB muy inferior.

Esto es sumamente sangrante para el orgullo de la nación que se autoerige como modelo si tenemos en cuenta que en 1960 los estadounidenses tenían la esperanza de vida más alta del mundo. «Es un problema desgarrador» y «extremadamente insólito», llegó a admitir la propia presidenta de la Reserva Federal en 2017. Janet Yellen, ahora actual secretaria del Tesoro, reconoció que el nivel de consumo de estupefacientes era tal que estaba reduciendo el número de población activa.

No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Yellen, por otro lado, también destacó lo siguiente: cuando la tasa de población activa se reduce, el paro también.

Otro factor que, por lo tanto, evidencia lo expuesto anteriormente: había que mirar con lupa los en principio espectaculares datos de desempleo. Es decir, dicho problema se termina si los parados acaban en la cárcel, son drogodependientes o directamente se mueren.

En su obra Deaths of despair, Anne Case y Angus Deaton vinculan de manera magistral el papel que la clase y la educación, y, por tanto, el sistema, desempeñan en la era de la angustia a la que se ha visto abocada la otrora nación de los sueños: «para la clase trabajadora blanca, la América de hoy se ha convertido en una tierra de familias rotas y pocas perspectivas. Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación». Una de las cuestiones más interesantes de su estudio es que Case y Deaton ponen el foco más allá de la desigualdad racial, situándolo en la clase trabajadora blanca y más concretamente en los hombres. En este sentido, no es que nieguen el racismo sistémico y estructural, todo lo contrario, pretenden llamar la atención sobre el hecho de que, si hay algo realmente transversal en la actualidad, es el flagelo a la clase trabajadora.

Así, si bien, tal y como apuntan los datos, las tasas de mortalidad entre los afroamericanos siguen siendo las más altas, la diferencia entre este grupo y el de los blancos ha disminuido de manera muy considerable entre 1990 y 2015. En este sentido, la brecha real se sitúa entre quienes tienen y quienes no tienen un título universitario; coincidiendo además con las respuestas a encuestas sobre sufrimiento y dolor. Volviendo al objeto principal de su análisis –los hombres blancos–, si el salario medio de los varones estadounidenses se ha estancado de forma generalizada, el poder adquisitivo en el caso de los blancos sin educación superior se redujo un 13% entre 1979 y 2017, periodo durante el cual el ingreso nacional per cápita creció un 85%.

La falta de trabajo estable o de calidad, argumentan, ha conllevado además una desintegración de las antiguas costumbres sociales de clase, como el formar una familia y tener hijos, por lo que el sujeto se ha encontrado de repente en una situación vital sin perspectiva conocida. Cualquier ávido lector podría argumentar que esto no sólo sucede en Estados Unidos, sino en buena parte del mundo occidental.

Sin embargo, elementos como los que vamos describiendo, como el poder de las grandes empresas sobre los brazos legislativos y judiciales del Estado, la ausencia de una sanidad universal y de un sistema social básico, la agonía del sindicalismo o las enormes dificultades de acceso a una educación superior son excepcionalmente definitivos en la situación de unos ciudadanos alimentados por los mitos del individualismo y la tierra de las oportunidades.

«Hay algo de ser pobre en este país que es super deprimente. Vienes aquí y vas a lugares desfavorecidos, y, por encima de todo, del crimen o de todo aquello que no tienen, está lo siguiente: la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad. Para mí, el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico.» Carol Graham es investigadora especialista en pobreza, desigualdad y salud pública del Instituto Brookings. Tras años de estudio en América Latina, al regresar a su país se dio cuenta de que había un elemento diferencial que se le estaba escapando y decidió medir la falta de esperanza.

Empecé comparando las actitudes acerca de que si un individuo trabaja duro en este país puede subir en el escalafón social, es decir, hice la clásica pregunta basada en el sueño americano. Comparé las respuestas obtenidas en América Latina y Estados Unidos, y cómo varían entre pobres y ricos. Lo que encontré fue fascinante. En América Latina, los pobres y los ricos casi contestaban igual, con un «no», y no había diferencias estadísticas. Sin embargo, aquí, había una diferencia de casi 20 veces entre pobres y ricos.

Es decir, en Estados Unidos, aquellos que no están en los estratos más bajos creen fervientemente que es por méritos propios. O lo que es lo mismo, los ricos que siempre lo han sido creen que quienes no lo son pueden llegar a serlo mediante esfuerzo y trabajo. Dicho desprecio e incomprensión son fatales en el caso de la población blanca, a la que se presupone que debería irle bien por su condición social. Graham lo explica de este modo:

El suicidio y la depresión son menos comunes en pobres de América Latina, y, en Estados Unidos, lo son menos entre los latinos y los afroamericanos que entre los blancos, porque los primeros no tienen el estigma y, por ejemplo, sus familias los ayudan. Para los blancos, el devenir pobre en los últimos tiempos ha sido un gran shock; de hecho, siguen siendo el grupo más opuesto a las ayudas gubernamentales porque lo relacionan con las minorías.

Graham pone como ejemplo de esta disociación el programa sanitario impulsado por Barack Obama, el llamado Obamacare, asegurando que muchos beneficiarios acabaron por votar a Donald Trump, contrario al mismo. «Es increíble. Hay cosas que puedo explicar y otras cosas que no puedo explicar, pero lo que sí puedo afirmar en función de los resultados de mis estudios es que este tipo captó la frustración con promesas que no tenían que ver con la realidad. Cuando la gente está en situación de perder es mucho más fácil manipularlos.» Graham desgrana el siguiente perfil:

Aquellos hombres ahora sin trabajo o con empleos precarios que se dedicaban a oficios manuales, pesados, difíciles, como minas, factorías…, que además conllevan estilos de vida no muy sanos, con lesiones o dolores. En este contexto, además, las compañías de opiáceos empezaron a repartirlos como caramelos. Se creó la tormenta perfecta: un mercado saturado de opiáceos, altas tasas de desesperación, falta de ayuda comunal y, en muchos casos, lugares completamente aislados. Ve al Misuri rural, vas a encontrar la nada.

Es decir, el votante blanco de clase trabajadora, un tercio del total de los adultos estadounidenses y que en esas elecciones serían decisivos en la victoria de Donald Trump. Siguiendo el ejemplo del Obamacare, poco después de las elecciones en las que el republicano saldría ganador, una reportera de la publicación VOX se acercó a Kentucky a preguntar a beneficiarios de dicho programa sanitario qué los había llevado a votar en contra de sus intereses.

En general, todos le contestaron que creían en la promesa de que Donald Trump mejoraría aún más su plan de salud, pese a no haber concretado cómo. Meses después, la misma periodista regresó para tantear los ánimos. Si bien se encontró con una decepción generalizada, también con justificaciones de que el presidente lo estaba haciendo muy bien en otras áreas como la inmigración, además del clásico: «Como decía mi padre, este es y será un condado republicano».

Este ejemplo sobre el terreno coincidiría con un análisis hecho por The Atlantic en el que, contrariamente a la narrativa de que solamente la pobreza o la ansiedad económica impulsaron ese voto hacia Donald Trump, fue la ansiedad cultural lo que definitivamente los empujó a decidirse por el republicano. En resumen, aquellos que aseguraban sentirse como un extraño en Estados Unidos, que apoyaban la deportación de inmigrantes o que no creían que a mayor educación su situación individual pudiera mejorar.

Así, la publicación destacó que el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera». Además, el 87% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que dijeron estar a favor de una política de identificación y deportación de inmigrantes ilegales también le votaron. Finalmente, un 61% de los hombres blancos de clase trabajadora aseguraron que invertir en una carrera universitaria es «una apuesta arriesgada».

Este texto es un extracto del capítulo III (Cómo sobrevive y se sobrevive al sistema) del libro de Helena Villar “Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream”. Editorial Akal. Colección A Fondo. Publicado con la autorización de la editorial y de la autora."

(Helena Villar , Venezuela News, 21/09/23)

3/3/22

"Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente"

 "Cuando su madre se moría, Julián Herbert (Acapulco, 1971) se sentó a su lado a limpiarla. Y a escribir. Canción de tumba (Random House) es la historia de esa madre, que se ganaba la vida como prostituta, y la suya propia, plagada de huidas y búsquedas en las adicciones. También su poesía o cuentos son una celebración desatada y una lucha contra sí mismo, su miedo y su soberbia. “Lo malo de ser hijo de una puta es que muchos actúan como si la puta fueras tú”, dice mientras caminamos en Ciudad de México. Pide que le disculpe: él tiene que andar por el lado de la calzada. Es su instinto protector. “O machista, si quieres”. 

En un puesto de tacos pide un sidral. No para de dar pesos a todo el que le pide. “Es parte de estar aquí. En Saltillo es distinto”. Acaba de llegar en autobús para devolver a su hijo Leo a su madre. Tiene dos hijos anteriores. “Y la hija de Sylvia, de 18 años, que he adoptado”. ¿De dónde saca fuerza para casarse cada vez? “Le tengo mucha fe a la vida de pareja”.

“Soy un huérfano cínico, ex hijo de puta que ha leído a San Juan de la Cruz: sé que la tribu no me dará palabras más puras que las vulgares de Lorenzo Santamaría para hablarle a mi hijo: ‘Para que no me olvides, ni siquiera un momento”. ¿La vida está en esas canciones?

Son una de las grandes escuelas. Pero varía. El Gangnam Style no me dice nada. Y Bad Bunny, tampoco. Lo tradicional es lo que va quedando.

¿Hace falta que nos haga llorar?

Puede hacernos bailar. Dos o tres de Madonna. O Zorba el Griego, que tras la muerte de su hijo baila de dolor. El baile y el llanto tienen una conexión profunda.

Cuando reivindica a Santamaría, ¿crítica el esnobismo de cierta escritura?

No. Creo en el lenguaje culto. Lo que no encuentro es distancia. Mi trabajo es reducir esa distancia artificial entre la alta y la baja cultura.

¿Qué la ha provocado?

Pasar la vista por encima de las cosas y no entrar en ellas. Venía caminando con el GPS. Es enloquecedor. Uno puede sentarse a mirar un mapa o caminar, pero las dos cosas a la vez…

Cuando quiso ser padre con 21 años, su madre le dijo: “Ya no eres mi hijo, cabrón, no eres más que un perro rabioso”.

Mi mamá creció con un lenguaje sumamente violento. Su experiencia del mundo era la que reflejaba su lenguaje. Palabras que me resultaban habituales hace 15 años ahora me parecen violentas.

¿Por ejemplo?

Cabrón. Aprendí a ser muy mal hablado desde niño, pero en mi casa no se decían obscenidades: ni referencias a partes del cuerpo ni asuntos sexuales. Mientras me relacioné con mujeres de mi misma clase social no era un problema. Mis últimas dos parejas vienen de la clase media ilustrada. No me han impuesto un lenguaje, pero la experiencia cambia. La forma violenta del lenguaje tiene momentos de insulto y momentos en los que la costumbre hace que no se perciba como insulto.

 A su madre acabó limpiándola cuando estaba “borracha de transfusiones”. ¿Hay forma de amor mayor que cuidar?

La gravedad y la gracia, de Simone Weil, dice que no podemos dar a quienes amamos más de lo que nos da una obra de arte: que nos mejora la vida porque existe. Para mí, ese es el sentimiento del amor: dar. Creo que los sufrimientos amorosos tienen que ver con que no podemos dejar de ser egoístas. El amor no hace sufrir. Es el egoísmo de querer que las cosas sean como tú quieres y las personas se queden y no se mueran sometiéndose a tu voluntad. Eso no es amor. Son cosas que estorban al amor y a las que no podemos renunciar porque no somos monjes.

Acompañando a su madre, durante su leucemia mielítica, escribió su obra maestra Canción de tumba, a tumba abierta como casi todo lo que hace. ¿Fue un escape? ¿Una defensa?

Creo en la experiencia radical de la escritura. No quisiera escribir de otra manera. Aunque dejé de escribir poesía cuando Leonardo aprendió a hablar: qué flojera escribir obras maestras sin parar como esos novelistas tipo Vargas Llosa.

Habla de Leo, como si no tuviera tres hijos.

Nació cuando yo ya era un hombre más enfocado en la paternidad. Pero tiene 12 años. Está a punto de salir de mi marco de referencias. Adoro ser papá.

¿Cuál es el cansancio del padre?

El normal es físico: seguirlo cuando aprende a caminar. Pero lo extenuante es el asunto de las neuronas-espejo: uno siempre está leyendo a los demás en cada rasgo.

¿Tiene que ver con la ausencia de un padre en su vida?

Seguramente. No sé porque no tengo esa experiencia. Mi experiencia de ser hijo está acotada a ser hijo de mi mamá.

Guadalupe, Lorena, Vicky, Juana. Su madre cambiaba de nombre como las de otros cambian de peinado.

Era una experiencia de la identidad. Y la mexicanidad. Una de las formas de expresar el clasismo aquí es sabiendo cuántas generaciones has sido dueño de tu nombre. No lo vi hasta que jugué con eso en la novela. Los que no venimos de ningún lado no venimos tampoco de ningún nombre.

Su nombre de prostituta, Marisela Acosta, era fijo.

Sí. El único. Mi abuelo biológico se llamaba Pedro Acosta, aunque a ella la adoptó mi abuelo Marcelino.

De sus cuatro hermanos, solo usted viajaba con ella. Y cambiaba de colegio: Acapulco, Laredo, Oaxaca. ¿Por qué?

Mis hermanos se enfadarán, pero pienso que era su consentido. O esa es la fantasía que me hago. De ella aprendí a ir por el mundo como si todas las cosas fueran tuyas.

¿Sintió también lástima por ella? ¿Vergüenza?

De niño, no. Me dio en algún momento pena ajena verla muy borracha cuando volvía de trabajar. Su trabajo me avergonzó de mayor. Estaba muy resentido.

¿No sintió agradecimiento porque los sacara ­adelante?

Es que en la adolescencia te resientes con tu papá incluso si es Carlos Slim. Yo tenía además buenas herramientas para articular mi resentimiento: la pobreza, la prostitución. Eso se volvió para mí un tabú. Para mi hermano mayor, que vive en Japón, sigue siéndolo.

Vivieron en un cuarto levantado con bloques de hormigón y un techo de cartón donde entraban a gatas. Escribió: “Tres años de pobreza extrema no destruyen”. ¿Qué destruye?

Esa frase hoy la veo demasiado entusiasta. Hubo huellas que surgieron después. Lo que hace sangrar las heridas, viejas o nuevas, siempre es lo mismo: el orgullo, la soberbia. Lo que me ha hecho pedazos siempre no ha sido lo que he sufrido, sino no saber administrar las recompensas de la vida. No tener espesor emocional ni una visión suficientemente generosa. Lo más destructivo ha sido, y sigue siendo, lidiar con la soberbia. Soy un hombre muy soberbio. Eso es veneno puro. Y siempre se disfraza de una cosa nueva.

De un desahucio salvó las Obras completas de Oscar Wilde y el tomo 13 de la Nueva enciclopedia temática. ¿Cómo llega a leer y escribir quien no tiene nada?

No necesitas ni ser pobre ni ser rico para escribir. Va a suceder. Uno fantasea con eso, pero pienso que lo supe siempre.

Margarito J. Hernández, el último marido de su madre, le dijo que sería escritor.

Sí. Cuando mi madre me enseñó las primeras letras y logré escribir una palabra lloré. Walter Benjamin cuenta que empezamos a leer antes de saber leer: uno lee el clima, las expresiones… Antes del lenguaje ya existía una forma de leer.

También le recomendó que se fuera de México, que aquí era peso muerto.

Es la lectura de los periodistas: los escritores no le sirven de nada al país.

¿Era periodista?

Del tipo rancho-corrupto mexicano con una visión utilitaria y cínica. ¿De qué vas a vivir? Vas a morir de hambre. Mi hermano Jorge también creía que había que irse de México.

Y se fue a Japón.

Sí. Yo no me fui ni de Saltillo. Un poco para ir contra esa opinión.

¿Se quedó por resistencia?

Puede. Pero todo el tiempo tengo que vigilar que no sea mi soberbia.

¿Por qué salvó las Obras completas de Oscar ­Wilde?

Para ir en contra de ellas. Es un gran maestro de lo que no quisiera ser. Me gusta mucho que estemos aquí donde las mesas están medio jodidas. Vivo en un edificio viejo frente a una zapatería que antes era un cine. En los cuarenta, Edward Hopper pasó por Saltillo y pintó ese cine que veo todos los días. No es que yo viva allí por eso, pero por qué tiene que venir un tipo educado en Chicago para decirte que eso es importante y aquello otro bonito. ¿Por qué no puedes verlo tú? Si estás pensando en irte, no lo ves.

 Se queda, pero es autocrítico.

Creo en la figura de los aguafiestas. La única manera en la que pueden cumplir con su deber es yendo a una fiesta. La relación que tengo con México es intensa pero alejada del mexicano perpetuamente enamorado de su tierra.

¿López Obrador se ha vuelto muy populista?

Hay algo que cuesta ver desde fuera y desde ciertas clases sociales que se preguntan cómo es posible que siga teniendo tanta aceptación. Tras 70 años de gobernantes que nos han arruinado, es difícil cuestionar los errores de un tipo que lleva tres años montando un desbarajuste. No es que no haya corrupción ahora, seguro que hay mucha de la que todavía no nos hemos enterado. No es que el Gobierno sea honesto. Pero sí creo que hay un cambio de dinámica respecto a la corrupción. Y ese tema no se alcanza a ver. Creo que ha habido decisiones legislativas de largo plazo, como realizar consultas. Hacer el plebiscito ahora para él es decorativo: una manera de demostrar que tiene el poder. Pero como norma legislativa de futuro es importante. Significa que el presidente deberá enfrentarse a un control. Esas decisiones serán buenas a largo plazo. Pero lo que se ve ahora es nefastísimo. Se parece demasiado al pasado.

Se define como hartista: hace arte con el hartazgo.

Supongo que aprendí a ir a los extremos. Yo quiero más, de todo.

¿Le viene de la pobreza?

Seguramente. Pero aunque sigo lidiando con esa necesidad del hartazgo, ya no lo veo como una virtud, sino como uno de mis defectos. Es una de las múltiples encarnaciones de la soberbia.

 Hay mucho humor en lo que escribe.

Creo que viene de mi mamá, en el fondo sabes que todo es un poco ridículo, dramático pero chistoso. Poderte burlar de ti mismo es importante. Hay una sensibilidad que reacciona peor o mejor al ridículo. En parte viene dada por la cultura y en parte por el temperamento. Todos hemos estado haciendo el amor en una posición ridícula, ¿no? Casi todo puede ser ridículo. Piénsalo: tú y yo no nos conocemos y estamos hablando como si nos conociéramos desde hace 30 años.

Las drogas le dieron para un libro, Cocaína. “Tu novia te quiere, pero las montañitas blancas te quieren más”.

Son un sustituto de muchas cosas: una pareja o haber crecido sin padre. Todos somos yonquis de algo.

¿Sintió la tentación de pensar que cualquier derrumbe le iba a convertir en mejor escritor?

 Lo importante es la condición yonqui. No se me ha quitado. Ni se me va a quitar. Me engancharé con otras cosas. La diferencia es que ahora, cuando estoy crudo y me levanto por la mañana, tengo claro con qué tiene que ver mi sensación de resaca: con haberme burlado de alguien, con haber controlado un grado de ira. Son los restos de la vida emocional. He descubierto que necesito estar sobrio para poder ver esos restos y armar algo con eso. De la otra manera, la resaca es como la plastilina, que llega en colores y al mezclarla se vuelve toda de color marrón y pierde los colores. Si te detienes cuando todavía existen los colores, con eso se puede construir.

Ganó 100.000 pesos por un libro y compró bourbon y cocaína con la voluntad de suicidarse. Tenía dos hijos. Había dejado y vuelto a la cocaína.

Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente.

Lleva sobrio tres años.

Estoy ahora como recién licenciado, comprendiendo la sobriedad.

¿Cuántas veces lo ha dejado y ha vuelto?

Como cinco. Pero nunca había estado tres años. Ahora estoy en un programa. Antes siempre pensé que mi voluntad iba a poder controlar eso.

La soberbia.

Exacto. Aceptar que no podía fue liberador. Hace años hice un viaje a Baja California. Un pescador me contó su vida. Era muy hablantín. Dijo que siempre había sido pescador clandestino. Y hacía poco había entrado a trabajar como comisario del mar. “Me mandaron al mar para sacarme del mar”, decía. Entraron a su casa a revisarla y no encontraron nada. Pero esa noche él se despertó para mirar a sus hijos y al día siguiente pidió trabajo. Le dije que escribiría esa historia. Y hace algo más de tres años, Leo estaba conmigo un fin de semana. Me hice unas rayas y fui a ver cómo dormía. Me acordé de la historia del pescador. No fue una gran aventura. Fue eso: verlo.

No hay sobredosis mayor que la realidad.

Aprendí que hay trucos para curarse. Me levanto a las seis de la mañana. Hago una serie de lecturas. Medito. Corro cinco kilómetros. Subo y bajo las escaleras. Hago una hora de pesas. Eso me toma hasta las once de la mañana. Pero me da resistencia. Llego arrastrándome a la medianoche. Y ahí necesito cortar lazos. Menos con Sylvia [Georgina Estrada, también escritora y su pareja], corto con el resto del mundo. Y, claro, no eres buen amigo, no eres buen anfitrión. Jamás había disfrutado de la soledad no creativa. Cuando levantas pesas no tienes chance ni de pensar.

 Al final tienen razón los fanáticos del gimnasio.

Hay una cosa de ellos que no me gusta: están muy preocupados por cómo se ven.

Es una religión y para usted una salvación.

El control del cuerpo te da distancia.

A la edad de Leo, su hermano mayor lo salvó de ser violado por lo menos en tres ocasiones. Y le explicó cuáles eran los riesgos con los que tendría que vivir hasta convertirse en adulto.

La violación podía llegar de otros niños, de profesores, de adultos… Ojalá se tratara solo de protegerte de la curiosidad de otros niños.

Su hermano Jorge lo salvó porque él lo había ­vivido.

Sí. Me quiso avisar. Es un tipo fuerte. De esos peces que nadan con agresividad. Desde joven dijo que quería saber idiomas, salir del país, tener tres hijos, y… lo ha hecho.

Desde los 33 años canta en bandas de rock con nombres como Madrastras, La Dictadora, Bruja…

Ahora el grupo se llama Los Tigres de Borges.

¡Menos mal!

La música fue lo primero que llegó. Empecé escribiendo canciones con 15 años. Y con 18 cantaba en bares de Saltillo por unas monedas. Nunca he sido notable. Como dice Borges, con muy poco éxito, pero con mucha vocación.

De Saltillo, donde vive, ha escrito: “Se habla del problema de la entrada de droga en la frontera, no del tráfico de armas”.

El fiscal de EE UU considera que las drogas son ilegales en origen. Las armas, no. ¿Cómo llegan las armas a México? Los narcos tienen una cantidad de armamento impresionante que no se fabrica aquí. El periodismo no lo está cubriendo. Estados Unidos acusa a México de la entrada de drogas, pero la de armas ni se considera.

¿Qué teme ahora?

No entender cómo lidiar con las cosas de la manera menos destructiva posible. Lo que yo no entendía antes es que las crisis tienen una razón de ser. Y lo que necesito es verlas venir. Y aceptar que no tengo control sobre lo que va a venir. A Leo le van a pasar muchas cosas que yo no voy a poder controlar. No sé si Sylvia se va a enamorar de otro. No sé si tendremos dinero suficiente. Antes todo eso era mi sentido de la realidad. Ahora acepto la incertidumbre. Es esperanzador saber que hay una crisis a la vuelta de la esquina."                                     ( Anatxu Zabalbeascoa , El País Semanal,  24/12/21)

12/4/21

Thomas Vinterberg: "Me di cuenta de cuántas cosas grandes se habían hecho en la historia por gente borracha". El cineasta danés reflexiona en ‘Otra ronda’ sobre la manera en que bebemos alcohol, la felicidad o no, que nos procura y la pérdida de curiosidad y de incentivos en la sociedad occidental

 "El psicólogo Finn Skårderud, psiquiatra del Comité Olímpico Noruego, defiende la teoría de que el ser humano nace con un déficit de nivel de alcohol en sangre de 0,05%. Según su hipótesis, si cada día bebiéramos la cantidad de alcohol suficiente para corregir ese desequilibrio, rendiríamos mucho más y mejor. El danés Thomas Virterberg, una voz muy personal del cine europeo hoy, encontró en este ‘dudoso’ estudio la coartada perfecta para "celebrar el alcohol". 

Otra ronda, ganadora de los Premios del Cine Europeo a la Mejor Película, Dirección y Actor (Mads Mikkelsen); aspirante a los Oscar a Dirección y Película en Lengua no Inglesa, y Premio al Mejor Actor en San Sebastián, entre otros muchos galardones, nació para festejar la liberación y la felicidad que nos proporciona el alcohol, y terminó siendo una auténtica celebración de la vida.

Con cuatro intérpretes –Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang y Lars Ranthe-insuperables, la película presenta a un grupo de profesores de mediana edad que deciden someterse al experimento sociológico que corrobore la teoría de Skårderud... e indagar un poco más allá. La película se va transformando, como los personajes, a medida que aumenta el nivel de alcohol en su sangre. De la primera felicidad, al desconcierto, los momentos amargos, la relación con los demás… hasta la decisión final. ‘Otra ronda’, además, denuncia la hipocresía de una sociedad que acepta el alcohol en las fiestas, pero criminaliza beber en soledad.

¿El estudio sobre el alcohol en el que se basa la historia existe?

Sí existe un trabajo de un psiquiatra noruego, Finn Skårderud, aunque no se puede verificar. Mi idea es que la teoría está creada para generar polémica y habla más de la vida que de beber alcohol. Lo que trata de decir es que con uno o dos vasos de vino mejora la comunicación, la creatividad, el coraje, la alegría… El grado óptimo es eso, pero no es científico y es muy polémico. Supongo que el estudio está señalando algunas de las virtudes que perdemos con el tiempo en civilizaciones occidentales y sobre-seguras. 

¿La película nació a partir de esta teoría? 

Siendo sincero, esta película nació como una celebración del alcohol, porque me di cuenta de cuántas grandes cosas se habían hecho en la historia por gente borracha, los libros de Ernest Hemingway, las decisiones loquísimas de Churchill que cambiaron la historia mundial para siempre, como mandar 200.000 civiles a la guerra, y estoy seguro de que tomó esas decisiones mientras estaba borracho. Y me pregunté si las habría tomado si no hubiera estado borracho y empecé a pensar en lo que se escapa al control. Hay poco espacio para lo incontrolable. 

Entonces, ¿esta es una historia sobre la felicidad que nos da el descontrol? 

Creo que en la película se habla de cómo vivimos la vida, sí, de lo que no es controlable y de cómo lo gestionamos. Por ejemplo, enamorarse es incontrolable. Hay muchas cosas así en la vida, por eso quizás esta película. Asociamos la bebida con algo que nos hace sentir bien, que nos aporta felicidad. Así que ahí empezó todo, quería celebrar el alcohol, pero en seguida me di cuenta de que era importante también contar la historia de la tragedia detrás de eso.

¿La inevitable soledad del bebedor?

Claro, la película es consciente de ello, por eso es interesante que el alcohol sea un líquido socialmente aceptado que eleva las artes, las decisiones políticas, el grado de las conversaciones, pero también mata gente, destruye familias… por eso es interesante. En realidad, la película habla de estar juntos, del amor, de compartir una situación desesperada en la vida… Pero lo más fascinantes es que el alcohol puede elevar a la gente y también matarla. El alcohol mata y, a pesar de todo, está completamente aceptado en la sociedad. El alcohol se acepta en fiestas, celebraciones, pero si una persona bebe mucho y bebe sola, no lo aceptamos igual, lo juzgamos… 

La película no juzga a los personas…

…Me dedico a la exploración, no juzgo nada, se trata de hacer preguntas, el espectador es el que debe buscar respuestas, en cada país se preguntarán cómo hablamos del alcohol y cómo bebemos. Nosotros seguimos bebiendo como vikingos. En las comidas de Navidad la anarquía está institucionalizada. Hoy, la situación de la pandemia es distinta en cada país y eso puede afectar, pero cada país tiene un problema con el alcohol particular y, al mismo tiempo, un deseo de beber. 

¿Cómo cree que sentirá la gente esta película, en medio de la pandemia?

En este mundo de muerte, de control y de contaminación, puede parecer un poco irrelevante, pero también puede ser, como ha pasado en Dinamarca, que la película sea una especie de revelación, un momento de libertad. Creo que este mundo necesita una borrachera colectiva. 

Al final, ¿la película no es tanto una celebración del alcohol como de la vida?

Sí, la película acabó siendo una celebración de la vida, espero. En este mundo necesitamos películas que celebren la vida. En un momento dado, en la vida te arriesgas a perder la curiosidad, la inspiración. Estos personajes hacen un esfuerzo de recuperarla. Tiene que haber un elemento en tu vida de riesgo, de recuperar la curiosidad por la vida, cuando llegas a una zona segura, en esta civilización occidental y, particularmente, en un país pequeño como el mío, el riesgo es caer en el aburrimiento, en la desilusión y cosas así. Los personajes se levantan contra eso. Pero al final la película es más personal que todo eso.

¿A qué se refiere?

Tuvimos la ambición de hacer esta película como una celebración, cuando la escribimos, pero luego sucedió una tragedia en mi vida. El cuarto día de rodaje perdí mi hija, entonces esta película se convirtió en una necesidad para mí. El sinsentido de todo era tan grande, y aún lo es en cierta forma, que si había una razón para hacer esta película, era insistir en la vida.

¿En algún momento los actores bebieron para interpretar a sus personajes?

Uno de los actores había entrado en Alcohólicos Anónimos, así que no debíamos tener alcohol en el set, era abstemio desde hacía solo unos meses. Por otro lado, los actores no pueden trabajar borrachos doce horas de rodaje, actuar borracho es muy difícil… en la pantalla todo es interpretación. Aunque, es verdad que al ensayar el comportamiento con los diferentes grados de alcohol, a veces bebían un poco. Buscábamos procedimientos para tratar de estar sobrios, para conocer el comportamiento si has bebido a partir de 0,8, 0,9 de alcohol, pero después la cosa se ponía explosiva, física.

¿Y cómo se prepararon para las escenas en que los personajes han bebido más?

Estuvimos viendo vídeos rusos para ambientarnos y nos dimos cuenta de que la película solo la podríamos hacer con actores no borrachos, así que les pedí que defendiesen un viaje emocional y que interpretaran personajes vulnerables.

¿Cuál es su relación con el alcohol?

Con 8 o 9 años mis padres me daban, en Grecia, a probar el vino. Estábamos en una zona de montaña y la verdad es que yo tenía la sensación de que volaba. Con 14 sí empecé a beber, vivíamos en una comuna y vivíamos cómo queríamos y hacíamos lo que queríamos. Recuerdo un día, con 16 años, que estaba borracho por la mañana y me sentía enamorado de la vida entera, fue un momento de libertad y felicidad. Siento cierta añoranza que no he querido reflejar en estos personajes.

Y ¿cómo piensa que bebe la juventud hoy?

La juventud no sé si cada vez bebe más, pero es interesante ver cómo viven hoy. Es interesante también ver ciertos estudios sobre la juventud y cómo se considera a sí misma. Se sienten mal, no atractivos, ven el futuro con temor, sienten mucha presión… les falta espacio para saber cómo controlar lo incontrolable. Tienen que aparecer como bien preparados constantemente. Ellos también necesitan dejarse ir, puede ser una reacción incluso saludable. "                   (Begoña Piña, Público, 09/04/21)

25/6/18

"La narcoeconomía no genera riqueza, destroza al pequeño comercio"

"La lucha contra el narcotráfico en el Campo de Gibraltar no sólo está encabezada por las fuerzas del orden y las instituciones. 

Son muchas las asociaciones de ciudadanos que vienen peleando desde hace muchos años y una de las personas más activas es Miguel Alberto Díaz, cofundador de la asociación Barrio Vivo y secretario comarcal de la Federación de Servicios a la Ciudadanía de CCOO.

Pocos como él conocen el daño que hace el narcotráfico en la comarca y puede hablar del asunto desde el prisma laboral y también desde el humano. "La narcoeconomía de la comarca no crea nada de empleo. Alrededor del narcotráfico hay mucho dinero y mucho poder, pero eso no genera riqueza, sino gente comprada. 

Si están blanqueando con una tienda de textil, a las empresas de textil del sitio donde sea le hace la puñeta porque ellos venden a un precio muy barato no para vender más, sino para justificar que después tienen otros ingresos, y eso crea una competencia desleal con el pequeño comercio y lo destroza", explica.

 El Puerto de Algeciras es uno de los pilares de la economía de la zona, pero todas las voces coinciden en que siguen faltando inversiones e infraestructura para plantar cara a los grandes problemas de la comarca. "La única manera de contrarrestar el narcotráfico es hacer inversiones, crear un tejido empresarial donde la gente pueda vivir de una economía que no esté ligada a ese mundo. 

Sin entrar en las consideraciones de que te cojan y de entrar en la cárcel, el narcotráfico trae también una cultura del dinero fácil. Por una noche puedes ganar 1.000 euros y los chavales ven la posibilidad de tener un móvil de última generación, una moto o un coche de gran cilindrada. Pero no consiste en hacer terapia de grupo, sino convencer al niño de que si estudia va a trabajar, algo que a día de hoy es muy complicado", explica Díaz.

"Aquí cuando se abrió la Verja fue un bálsamo porque hay unas 10.000 personas del Campo de Gibraltar trabajando allí. En el nubarrón que tenemos encima también está el Brexit. Es mucha incertidumbre para la gente joven de aquí. Hay muchos que se han ido a trabajar a Londres o la Costa del Sol como camareros. 

Es necesario implantar un plan integral. Aquí se pueden instalar grandes empresas, pero para eso es necesario un proyecto de tejido de empresas que puedan vivir del Puerto. Eso generaría empleo con ingresos. Aquí no se puede vivir de una escuela taller porque eso alivia la situación económica por un año o dos nada más", añade.

Otro problema de fondo es de formación para estar preparados en el momento en el que aparezcan las posibilidades laborales. En una zona donde hay un 40% de paro y con un paro juvenil que puede llegar al 70% en algunos barrios, es esencial la preparación. Según Miguel Alberto Díaz, "esta comarca ha sido rica y hay sectores que tienen una situación económica importante. En torno al Puerto viven unas 30.000 personas de un modo directo o indirecto. 

Después hay refinerías va a hacer una inversión que va a crear unos 2.000 empleos, pero la gente tendría que haber hecho formación para absorber el empleo local. No estamos en contra de que venga a trabajar gente de fuera, pero si se genera eso, que se hagan cursos de formación para la gente de aquí para ser parte de esa mano de obra que pedirán las industrias".

Una barrera invisible

En opinión del sindicalista, "la comarca está separada del resto del mundo por una barrera invisible que es la barrera del sonido. No llegan nuestras reivindicaciones arriba y no sé si es por el perfil de los que nos representan o por lo esquinado que está esto.

 La gente aquí vive normal, pero es como si te vas a Sevilla a Las Tres Mil Viviendas o en Cádiz en el barrio de Santa María. Nosotros ganamos una batalla a finales de los 80 y principios de los 90 porque logramos que dejaran de morir los chavales por la droga. Creamos centros alternativos, comunidades terapéuticas y hay cosas que el narcotráfico impide ver".

"Aquí hay muchos esfuerzos de asociaciones, empresas e instituciones, pero si después hay un tiroteo o un alijo de 900 kilos de cocaína, todo el esfuerzo que has hecho por ganar imagen, se te va. Los que estamos acostumbrados a pelear con esto no nos aburrimos porque sabemos que si lo dejamos ir es cuando esta comarca ya no tendrá solución. Por eso cuando pedimos protección para las fuerzas de seguridad lo hacemos porque sabemos que son el muro de contención ante esta gente", explica Miguel.

Conocedor de lo que supone enfrentarse al narcotráfico, ensalza "el papel de los medios de comunicación de esta zona. Hacen un gran trabajo con valentía dando nombres y hay que ponerlo en valor porque son de aquí y se la juegan cada día". 

Él también se expone siendo un luchador constante, pero lo asume: "Si van a por ti, lo van a hacer y quien no tenga miedo, está loco. Yo pienso en mis hijos, mis nietos... Si a mí me queda un cacho de vida, tengo que emplearla. Sería un cobarde si no hiciera lo que tengo que hacer para pelear. Algunos tenemos que dar la cara. Me encanta la vida y lucharé mientras pueda".

Frivolización del narco

Ya son muchos años de pelea de alguien que sufrió en sus propias carnes la dureza de la droga: "Entro en este mundo porque fallece mi hermano en 1990 por drogas. Llegué a la conclusión de que la mejor venganza era una venganza dulce: ayudar a los chavales. En el año 90 hicimos una manifestación y nos paramos en la puerta de la comisaría de Algeciras para hacer cinco minutos de silencio porque sabíamos que había algo que no olía bien. 

Eso fue en mayo y en junio, durante la Feria, detuvieron a toda la brigada de estupefacientes. Desde entonces hemos creado centros terapéuticos y hemos denunciado puntos de venta de droga. Barrio Vivo fue la respuesta a tantas muertes".

Las cosas han cambiado en las tres últimas décadas, pero para Miguel Alberto Díaz lo más importante es haber creado "una conciencia". "Hemos creado una conciencia de que el toxicómano es un enfermo y no es el culpable. Aquello de los años 80 ha mutado en narcotráfico. Aquí estamos por la ética y no por la estética y le estamos plantando cara y por eso denunciamos todo lo que está pasando. 

Ahora hay una nueva generación de narcotraficantes. Queda gente antigua, pero ha entrado mucha gente joven, que son unos inconscientes y que se meten más de lo que venden. Lo malo es la relajación de la sociedad porque ahora, con tantas series y películas sobre los narcos, la gente relativiza y frivoliza sobre esta figura".

El papel de la justicia

Se siente orgulloso de que la sociedad del Campo de Gibraltar le haya plantado cara a la lacra del narcotráfico en concentraciones como la del día 17 de mayo en Algeciras: "Una hora antes de la manifestación hubo un tiroteo y a pesar de eso la gente fue. Algeciras y la comarca se tiraron a la calle contra el narcotráfico. 

Aquí estamos siempre al filo de la navaja, en preinfarto permanente. Esta semana dijo el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Algeciras, el coronel Jesús Núñez, que no habrá paz para los que agredan a los agentes y queremos que sea así. Ojalá se conjuren la justucia, la fiscalía y las fuerzas del orden con medios para poder trabajar".

Y sabe cómo se las gastan los narcotraficantes a la hora de ganar tiempo en los procesos judiciales: "Ellos tienen abogados muy preparados que se encargan de dilatar los procesos hasta que haya una sentencia que atenúe la condena. Tienen mucho dinero y se lo montan muy bien. Pero los policías no se aburren, nosotros tampoco y vamos a seguir exigiendo medidas. Hay que hacer un juzgado especial que coordine todo igual que la fiscalía antidroga".   
     (ENTREVISTA | Miguel Alberto Díaz, cofundador de la asociación Barrio Vivo y sindicalista de CCOO. Francisco J. Jiménez, eldiario.es, 01/06/18)

3/11/17

En los últimos 20 años, Islandia ha reducido radicalmente el consumo de tabaco, drogas y bebidas alcohólicas entre los jóvenes. ¿Cómo lo ha conseguido y por qué otros países no siguen su ejemplo?

"Falta poco para las tres de una soleada tarde de viernes, y el parque Laugardalur, cerca del centro de Reikiavik, se encuentra prácticamente desierto. Pasa algún que otro adulto empujando un carrito de bebé, pero si los jardines están rodeados de bloques de pisos y casas unifamiliares, y los críos ya han salido del colegio, ¿dónde están los niños?  (...)

Hace un par de minutos hemos pasado por dos salas dedicadas al bádminton y al pimpón. En el parque hay también una pista de atletismo, una piscina con calefacción geotérmica y, por fin, un grupo de niños a la vista jugando con entusiasmo al fútbol en un campo artificial.

En este momento no hay jóvenes pasando la tarde en el parque, explica Gudberg, porque se encuentran en las instalaciones asistiendo a clases extraescolares o en clubs de música, danza o arte. También puede ser que hayan salido con sus padres.

Actualmente, Islandia ocupa el primer puesto de la clasificación europea en cuanto a adolescentes con un estilo de vida saludable.  (...)

“Estuve en el ojo del huracán de la revolución de las drogas”, cuenta Milkman mientras tomamos un té en su apartamento de Reikiavik. A principios de la década de 1970, cuando trabajaba como residente en el Hospital Psiquiátrico Bellevue de Nueva York, “el LSD ya estaba de moda, y mucha gente fumaba marihuana. Había un gran interés en por qué la gente tomaba determinadas drogas”.

La tesis doctoral de Milkman concluía que las personas elegían la heroína o las anfetaminas dependiendo de cómo quisiesen lidiar con el estrés. Los consumidores de heroína preferían insensibilizarse, mientras que los que tomaban anfetaminas preferían enfrentarse a él activamente. 

Cuando su trabajo se publicó, Milkman entró a formar parte de un grupo de investigadores reclutados por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos para que respondiesen a preguntas como por qué empieza la gente a consumir drogas, por qué sigue haciéndolo, cuándo alcanza el umbral del abuso, cuándo deja de consumirlas y cuándo recae.

“Cualquier chaval de la facultad podría responder a la pregunta de por qué se empieza, y es que las drogas son fáciles de conseguir y a los jóvenes les gusta el riesgo. También está el aislamiento, y quizá algo de depresión”, señala. “Pero, ¿por qué siguen consumiendo? Así que pasé a la pregunta sobre el umbral del abuso y se hizo la luz. Entonces viví mi propia versión del “¡eureka!”. Los chicos podían estar al borde de la adicción incluso antes de tomar la droga, porque la adicción estaba en la manera en que se enfrentaban a sus problemas”.


“¿Por qué no organizar un movimiento social basado en la embriaguez natural, en que la gente se coloque con la química de su cerebro –porque me parece evidente que la gente quiere cambiar su estado de conciencia– sin los efectos perjudiciales de las drogas?”

En la Universidad Estatal Metropolitana de Denver, Milkman fue fundamental para el desarrollo de la idea de que el origen de las adicciones estaba en la química cerebral. Los menores “combativos” buscaban “subidones”, y podían obtenerlos robando tapacubos, radios, y más adelante, coches, o mediante las drogas estimulantes. Por supuesto, el alcohol también altera la química cerebral. Es un sedante, pero lo primero que seda es el control del cerebro, lo cual puede suprimir las inhibiciones y, a dosis limitadas, reducir la ansiedad.

“La gente puede volverse adicta a la bebida, a los coches, al dinero, al sexo, a las calorías, a la cocaína… a cualquier cosa”, asegura Milkman. “La idea de la adicción comportamental se convirtió en nuestro distintivo”.

De esta idea nació otra. “¿Por qué no organizar un movimiento social basado en la embriaguez natural, en que la gente se coloque con la química de su cerebro –porque me parece evidente que la gente quiere cambiar su estado de conciencia– sin los efectos perjudiciales de las drogas?”

En 1992, su equipo de Denver había obtenido una subvención de 1,2 millones de dólares del Gobierno para crear el Proyecto Autodescubrimiento, que ofrecía a los adolescentes maneras naturales de embriagarse alternativas a los estupefacientes y el delito. Solicitaron a los profesores, así como a las enfermeras y los terapeutas de los centros escolares, que les enviasen alumnos, e incluyeron en el estudio a niños de 14 años que no pensaban que necesitasen tratamiento, pero que tenían problemas con las drogas o con delitos menores.

“No les dijimos que venían a una terapia, sino que les íbamos a enseñar algo que quisiesen aprender: música, danza, hip hop, arte o artes marciales”. La idea era que las diferentes clases pudiesen provocar una serie de alteraciones en su química cerebral y les proporcionasen lo que necesitaban para enfrentarse mejor a la vida. Mientras que algunos quizá deseasen una experiencia que les ayudase a reducir la ansiedad, otros podían estar en busca de emociones fuertes.

Al mismo tiempo, los participantes recibieron formación en capacidades para la vida, centrada en mejorar sus ideas sobre sí mismos y sobre su existencia, y su manera de interactuar con los demás. “El principio básico era que la educación sobre las drogas no funciona porque nadie le hace caso. Necesitamos capacidades básicas para llevar a la práctica esa información”, afirma Milkman. Les dijeron a los niños que el programa duraría tres meses. Algunos se quedaron cinco años.

En 1991, Milkman fue invitado a Islandia para hablar de su trabajo, de sus descubrimientos y de sus ideas. Se convirtió en asesor del primer centro residencial de tratamiento de drogadicciones para adolescentes del país, situado en la ciudad de Tindar. “Se diseñó a partir de la idea de ofrecer a los chicos cosas mejores que hacer”, explica. Allí conoció a Gudberg, que por entonces estudiaba Psicología y trabajaba como voluntario. Desde entonces son íntimos amigos.

Al principio, Milkman viajaba con regularidad a Islandia y daba conferencias. Estas charlas y el centro de Tindar atrajeron la atención de una joven investigadora de la Universidad de Islandia llamada Inga Dóra Sigfúsdóttir. La científica se preguntaba qué pasaría si se pudiesen utilizar alternativas sanas a las drogas y el alcohol dentro de un programa que no estuviese dirigido a tratar a niños con problemas, sino, sobre todo, a conseguir que los jóvenes dejasen de beber o de consumir drogas.

¿Has probado el alcohol alguna vez? Si es así, ¿cuándo fue la última vez que bebiste? ¿Te has emborrachado en alguna ocasión? ¿Has probado el tabaco? Si lo has hecho, ¿cuánto fumas? ¿Cuánto tiempo pasas con tus padres? ¿Tienes una relación estrecha con ellos? ¿En qué clase de actividades participas?

En 1992, los chicos y chicas de 14, 15 y 16 años de todos los centros de enseñanza de Islandia rellenaron un cuestionario con esta clase de preguntas. El proceso se repitió en 1995 y 1997.

Los resultados de la encuesta fueron alarmantes. A escala nacional, casi el 25% fumaba a diario, y más del 40% se había emborrachado el mes anterior. Pero cuando el equipo buceó a fondo en los datos, identificó con precisión qué centros tenían más problemas y cuáles menos. Su análisis puso de manifiesto claras diferencias entre las vidas de los niños que bebían, fumaban y consumían otras drogas, y las de los que no lo hacían.

 También reveló que había unos cuantos factores con un efecto decididamente protector: la participación, tres o cuatro veces a la semana, en actividades organizadas –en particular, deportivas–; el tiempo que pasaban con sus padres entre semana; la sensación de que en el instituto se preocupaban por ellos, y no salir por la noche.

“En aquella época había habido toda clase de iniciativas y programas para la prevención del consumo de drogas”, cuenta Inga Dóra, que fue investigadora ayudante en las encuestas. “La mayoría se basaban en la educación”. Se alertaba a los chicos de los peligros de la bebida y las drogas, pero, como Milkman había observado en Estados Unidos, los programas no daban resultado. “Queríamos proponer un enfoque diferente”.

El alcalde de Reikiavik también estaba interesado en probar algo nuevo, y muchos padres compartían su interés, añade Jón Sigfússon, compañero y hermano de Inga Dóra. Por aquel entonces, las hijas de Jón eran pequeñas, y él entró a formar parte del nuevo Centro Islandés de Investigación y Análisis social de Sigfúsdóttir en 1999, año de su fundación. “Las cosas estaban mal”, recuerda. “Era evidente que había que hacer algo”.

Utilizando los datos de la encuesta y los conocimientos fruto de diversos estudios, entre ellos el de Milkman, se introdujo poco a poco un nuevo plan nacional. Recibió el nombre de Juventud en Islandia.

Las leyes cambiaron. Se penalizó la compra de tabaco por menores de 18 años y la de alcohol por menores de 20, y se prohibió la publicidad de ambas sustancias. Se reforzaron los vínculos entre los padres y los centros de enseñanza mediante organizaciones de madres y padres que se debían crear por ley en todos los centros junto con consejos escolares con representación de los padres. 

Se instó a estos últimos a asistir a las charlas sobre la importancia de pasar mucho tiempo con sus hijos en lugar de dedicarles “tiempo de calidad” esporádicamente, así como a hablar con ellos de sus vidas, conocer a sus amistades, y a que se quedasen en casa por la noche.

Asimismo, se aprobó una ley que prohibía que los adolescentes de entre 13 y 16 años saliesen más tarde de las 10 en invierno y de medianoche en verano. La norma sigue vigente en la actualidad.

Casa y Escuela, el organismo nacional que agrupa a las organizaciones de madres y padres, estableció acuerdos que los padres tenían que firmar. El contenido varía dependiendo del grupo de edad, y cada organización puede decidir qué quiere incluir en ellos. Para los chicos de 13 años en adelante, los padres pueden comprometerse a cumplir todas las recomendaciones y, por ejemplo, a no permitir que sus hijos celebren fiestas sin supervisión, a no comprar bebidas alcohólicas a los menores de edad, y a estar atentos al bienestar de sus hijos.

Estos acuerdos sensibilizan a los padres, pero también ayudan a reforzar su autoridad en casa, sostiene Hrefna Sigurjónsdóttir, directora de Casa y Escuela. “Así les resulta más difícil utilizar la vieja excusa de que a los demás les dejan hacerlo”.

Se aumentó la financiación estatal de los clubs deportivos, musicales, artísticos, de danza y de otras actividades organizadas con el fin de ofrecer a los chicos otras maneras de sentirse parte de un grupo y de encontrarse a gusto que no fuesen consumiendo alcohol y drogas, y los hijos de familias con menos ingresos recibieron ayuda para participar en ellas. Por ejemplo, en Reikiavik, donde vive una tercera parte de la población del país, una Tarjeta de Ocio facilita 35.000 coronas (250 libras esterlinas) anuales por hijo para pagar las actividades recreativas.

Un factor decisivo es que las encuestas han continuado. Cada año, casi todos los niños islandeses las rellenan. Esto significa que siempre se dispone de datos actualizados y fiables.

Entre 1997 y 2012, el porcentaje de adolescentes de 15 y 16 años que declaraban que los fines de semana pasaban tiempo con sus padres a menudo o casi siempre se duplicó ­–pasó del 23 al 46%–, y el de los que participaban en actividades deportivas organizadas al menos cuatro veces por semana subió del 24 al 42%. Al mismo tiempo, el consumo de cigarrillos, bebidas alcohólicas y cannabis en ese mismo grupo de edad cayó en picado.

“Aunque no podemos presentarlo como una relación causal –lo cual es un buen ejemplo de por qué a veces es difícil vender a los científicos los métodos de prevención primaria– la tendencia es muy clara”, observa Kristjánsson, que trabajó con los datos y actualmente forma parte de la Escuela Universitaria de Salud Pública de Virginia Occidental, en Estados Unidos. Los factores de protección han aumentado y los de riesgo han disminuido, y también el consumo de estupefacientes. Además, en Islandia lo han hecho de manera más coherente que en ningún otro país de Europa”.

El caso europeo

Jón Sigfússon se disculpa por llegar un par de minutos tarde. “Estaba con una llamada de crisis”. Prefiere no precisar dónde, pero era una de las ciudades repartidas por todo el mundo que han adoptado parcialmente las ideas de Juventud en Islandia.

Juventud en Europa, dirigida por Jón, nació en 2006 tras la presentación de los ya entonces extraordinarios datos de Islandia a una de las reuniones de Ciudades Europeas contra las Drogas, y, recuerda Sigfússon, “la gente nos preguntaba cómo lo conseguíamos”.

La participación en Juventud en Europa se hace a iniciativa de los Gobiernos nacionales, sino que corresponde a las instancias municipales. El primer año acudieron ocho municipios. A día de hoy participan 35 de 17 países, y comprenden desde zonas en las que interviene tan solo un puñado de escuelas, hasta Tarragona, en España, donde hay 4.200 adolescentes de 15 años involucrados.

 El método es siempre igual. Jón y su equipo hablan con las autoridades locales y diseñan un cuestionario con las mismas preguntas fundamentales que se utilizan en Islandia más unas cuantas adaptadas al sitio concreto. Por ejemplo, últimamente en algunos lugares se ha presentado un grave problema con las apuestas por Internet, y las autoridades locales quieren saber si está relacionado con otros comportamientos de riesgo.

A los dos meses de que el cuestionario se devuelva a Islandia, el equipo ya manda un informe preliminar con los resultados, además de información comparándolos con los de otras zonas participantes. “Siempre decimos que, igual que la verdura, la información tiene que ser fresca”, bromea Jón.

 “Si le entregas los resultados al cabo de un año, la gente te dirá que ha pasado mucho tiempo y que puede que las cosas hayan cambiado”. Además, tiene que ser local para que los centros de enseñanza, los padres y las autoridades puedan saber con exactitud qué problemas existen en qué zonas.

El equipo ha analizado 99.000 cuestionarios de sitios tan alejados entre sí como las islas Feroe, Malta y Rumanía, así como Corea del Sur y, muy recientemente, Nairobi y Guinea-Bissau. En líneas generales, los resultados muestran que, en lo que se refiere al consumo de sustancias tóxicas entre los adolescentes, los mismos factores de protección y de riesgo identificados en Islandia son válidos en todas partes. Hay algunas diferencias. En un lugar (un país “del Báltico”), la participación en deportes organizados resultó ser un factor de riesgo. 

Una investigación más profunda reveló que la causa era que los clubs estaba dirigidos por jóvenes exmilitares aficionados a las sustancias para aumentar la musculatura, así como a beber y a fumar. En este caso, pues, se trataba de un problema concreto, inmediato y local que había que resolver.

Aunque Jón y su equipo ofrecen asesoramiento e información sobre las iniciativas que han dado buenos resultados en Islandia, es cada comunidad la que decide qué hacer a la luz de sus resultados. A veces no hacen nada. Un país predominantemente musulmán, que el investigador prefiere no identificar, rechazó los datos porque revelaban un desagradable nivel de consumo de alcohol. 

En otras ciudades –como en la que dio lugar a la “llamada de crisis” de Jón– están abiertos a los datos y tienen dinero, pero Sigfússon ha observado que puede ser mucho más difícil asegurarse y mantener la financiación para las estrategias de prevención sanitaria que para los tratamientos.

Ningún otro país ha hecho cambios de tan amplio alcance como Islandia. A la pregunta de si alguno ha seguido el ejemplo de la legislación para impedir que los adolescentes salgan de noche, Jón sonríe: “Hasta Suecia se ríe y lo llama toque de queda infantil”.

A lo largo de los últimos 20 años, las tasas de consumo de alcohol y drogas entre los adolescentes han mejorado en términos generales, aunque en ningún sitio tan radicalmente como en Islandia, y las causas de los avances no siempre tienen que ver con las estrategias de fomento del bienestar de los jóvenes. En Reino Unido, por ejemplo, el hecho de que pasen más tiempo en casa relacionándose por Internet en vez de cara a cara podría ser uno de los principales motivos de la disminución del consumo de alcohol.


“Es el estudio más extraordinariamente intenso y profundo sobre el estrés en la vida de los adolescentes que he visto nunca”

Sin embargo, Kaunas, en Lituania, es un ejemplo de lo que se puede conseguir por medio de la intervención activa. Desde 2006, la ciudad ha distribuido los cuestionarios en cinco ocasiones, y las escuelas, los padres, las organizaciones sanitarias, las iglesias, la policía y los servicios sociales han aunado esfuerzos para intentar mejorar la calidad de vida de los chicos y frenar el consumo de sustancias tóxicas.

 Por ejemplo, los padres reciben entre ocho y nueve sesiones gratuitas de orientación parental al año, y un programa nuevo facilita financiación adicional a las instituciones públicas y a las ONG que trabajan en la mejora de la salud mental y la gestión del estrés. En 2015, la ciudad empezó a ofrecer actividades deportivas gratuitas los lunes, miércoles y viernes, y planea poner en marcha un servicio de transporte también gratuito para las familias con bajos ingresos con el fin de contribuir a que los niños que no viven cerca de las instalaciones puedan acudir.

Entre 2006 y 2014, el número de jóvenes de Kaunas de entre 15 y 16 años que declararon que se habían emborrachado en los 30 días anteriores descendió alrededor de una cuarta parte, y el de los que fumaban a diario lo hizo en más de un 30%.

Por ahora, la participación en Juventud en Europa no es sistemática, y el equipo de Islandia es pequeño. A Jón le gustaría que existiese un organismo centralizado con sus propios fondos específicos para centrarse en la expansión de la iniciativa. “Aunque llevemos 10 años dedicados a ello, no es nuestra ocupación principal a tiempo completo. Nos gustaría que alguien lo imitase y lo mantuviese en toda Europa”, afirma. “¿Y por qué quedarnos en Europa?”

El valor del deporte

Después de nuestro paseo por el parque Laugardalur, Gudberg Jónsson nos invita a volver a su casa. Fuera, en el jardín, sus dos hijos mayores –Jón Konrád, de 21 años, y Birgir Ísar, de 15–, me hablan del alcohol y el tabaco. Jón bebe alcohol, pero Birigr dice que no conoce a nadie en su instituto que bebe ni fume. 

 También hablamos de los entrenamientos de fútbol. Birgir se entrena cinco o seis veces por semana; Jón, que estudia el primer curso de un grado en administración de empresas en la Universidad de Islandia, practica cinco veces. Los dos empezaron a jugar al fútbol como actividad extraescolar cuando tenían seis años.

“Tenemos muchos instrumentos en casa”, me cuenta luego su padre. “Hemos intentado que se aficionen a la música. Antes teníamos un caballo. A mi mujer le encanta montar, pero no funcionó. Al final eligieron el fútbol”.

¿Alguna vez les pareció que era demasiado? ¿Hubo que presionarlos para que entrenasen cuando habrían preferido hacer otra cosa? “No, nos divertía jugar al fútbol”, responde Birgir. Jón añade: “Lo probamos y nos acostumbramos, así que seguimos haciéndolo”.

Y esto no es lo único. Si bien Gudberg y su mujer Thórunn no planifican conscientemente un determinado número de horas semanales con sus tres hijos, intentan llevarlos con regularidad al cine, al teatro, a un restaurante, a hacer senderismo, a pescar y, cada septiembre, cuando en Islandia las ovejas bajan de las tierras altas, hasta a excursiones de pastoreo en familia.

Puede que Jón y Birgir sean más aficionados al fútbol de lo normal, y también que tengan más talento (a Jón le han ofrecido una beca de fútbol para la Universidad Metropolitana del Estado de Denver, y pocas semanas después de nuestro encuentro, eligieron a Birgir para jugar en la selección nacional sub-17), pero, ¿podría ser que un aumento significativo del porcentaje de chavales que participan en actividades deportivas organizadas cuatro veces por semana o más tuviese otras ventajas, además de que los chicos crezcan más sanos?

¿Puede que tenga que ver, por ejemplo, con la aplastante derrota de Inglaterra por parte de Islandia en la Eurocopa de 2016? Cuando le preguntamos, Inga Dóra Sigfúsdóttir, que fue votada Mujer del Año de Islandia 2016, responde con una sonrisa: “También están los éxitos en la música, como Of Monsters and Men [un grupo independiente de folk-pop de Reikiavik]. Son gente joven a la se ha animado a hacer actividades organizadas. Algunas personas me han dado las gracias”, reconoce con un guiño.

En los demás países, las ciudades que se han unido a Juventud en Europa informan de otros resultados beneficiosos. Por ejemplo, en Bucarest, la tasa de suicidios de adolescentes ha descendido junto con el consumo de drogas y alcohol. En Kaunas, el número de menores que cometen delitos se redujo en un tercio entre 2014 y 2015.

Como señala Inga Dóra, “los estudios nos enseñaron que teníamos que crear unas circunstancias en las cuales los menores de edad pudiesen llevar una vida saludable y no necesitasen consumir drogas porque la vida es divertida, los chicos tienen muchas cosas que hacer y cuentan con el apoyo de unos padres que pasan tiempo con ellos”.

En definitiva, los mensajes –aunque no necesariamente los métodos– son sencillos. Y cuando ve los resultados, Harvey Milkman piensa en Estados Unidos, su país. ¿Funcionaría allí también el modelo Juventud en Islandia?

¿Y Estados Unidos?

Trescientos veinticinco millones de habitantes frente a 330.000. Treinta y tres mil bandas en vez de prácticamente ninguna. Alrededor de 1,3 millones de jóvenes sin techo frente a un puñado.

Está claro que en Estados Unidos hay dificultades que en Islandia no existen, pero los datos de otras partes de Europa, incluidas ciudades como Bucarest, con graves problemas sociales y una pobreza relativa, muestran que el modelo islandés puede funcionar en culturas muy diferentes, sostiene Milkman. Y en Estados Unidos se necesita con urgencia. El consumo de alcohol en menores de edad representa el 11% del total consumido en el país, y los excesos con el alcohol provocan más de 4.300 muertes anuales entre los menores de 21 años.

Sin embargo, es difícil que en el país se ponga en marcha un programa nacional en la línea de Juventud en Islandia. Uno de los principales obstáculos es que, mientras que en este último existe un compromiso a largo plazo con el proyecto nacional, en Estados Unidos los programas de salud comunitarios suelen financiarse con subvenciones de corta duración.

Milkman ha aprendido por propia experiencia que aun cuando reciben el reconocimiento general, los mejores programas para jóvenes no siempre se amplían, o como mínimo, se mantienen. “Con el Proyecto Autodescubrimiento parecía que teníamos el mejor programa del mundo”, recuerda. “Me invitaron dos veces a la Casa Blanca; el proyecto ganó premios nacionales. Pensaba que lo reproducirían en todos los pueblos y ciudades, pero no fue así”.

Cree que la razón es que no se puede recetar un modelo genérico a todas las comunidades porque no todas tienen los mismos recursos. Cualquier iniciativa dirigida a dar a los adolescentes estadounidenses las mismas oportunidades de participar en la clase de actividades habituales en Islandia y ayudarlos así a apartarse del alcohol y otras drogas, tendrá que basarse en lo que ya existe. “Dependes de los recursos de la comunidad”, reconoce.

Su compañero Álfgeir Kristjánsson está introduciendo las ideas islandesas en Virginia Occidental. Algunos colegios e institutos del estado ya están repartiendo encuestas a los alumnos, y un coordinador comunitario ayudará a informar de los resultados a los padres y a cualquiera que pueda emplearlos para ayudar a los chicos. No obstante, admite que probablemente será difícil obtener los mismos resultados que en Islandia.


Se reforzaron los vínculos entre los padres y los centros de enseñanza mediante organizaciones de madres y padres que se debían crear por ley en todos los centros junto con consejos escolares con representación de los padres. Se instó a estos últimos a asistir a las charlas sobre la importancia de pasar mucho tiempo con sus hijos en lugar de dedicarles “tiempo de calidad” esporádicamente

La visión a corto plazo también es un obstáculo para la eficacia de las estrategias de prevención en Reino Unido, advierte Michael O’Toole, director ejecutivo de Mentor, una organización sin ánimo de lucro dedicada a reducir el consumo de drogas y alcohol entre los niños y los jóvenes. Aquí tampoco existe un programa de prevención del alcoholismo y la toxicomanía coordinado a escala nacional. 

En general, el asunto se deja en manos de las autoridades locales o de los centros de enseñanza, lo cual suele suponer que a los chicos solamente se les da información sobre los peligros de las drogas y el alcohol, una estrategia que O’Toole coincide en reconocer que está demostrado que no funciona.

El director de Mentor es un firme defensor del protagonismo que el modelo islandés concede a la cooperación entre los padres, las escuelas y la comunidad para ayudar a dar apoyo a los adolescentes, y a la implicación de los padres o los tutores en la vida de los jóvenes. Mejorar la atención podría ser de ayuda en muchos sentidos, insiste. Incluso cuando se trata solamente del alcohol y el tabaco, abundan los datos que demuestran que, cuanto mayor sea el niño cuando empiece a beber o a fumar, mejor será su salud a lo largo de su vida.

Pero en Reino Unido no todas las estrategias son aceptables. Los “toques de queda” infantiles es una de ellas, y las rondas de los padres por la vecindad para identificar a chavales que no cumplen las normas, seguramente otra. Asimismo, una prueba experimental llevada a cabo en Brighton por Mentor, que incluía invitar a los padres a asistir a talleres en los colegios, descubrió que era difícil lograr que participasen.

El recelo de la gente y la renuencia a comprometerse serán dificultades allá donde se proponga el método islandés, opina Milkman, y dan de lleno en la cuestión del reparto de la responsabilidad entre los Estados y los ciudadanos. “¿Cuánto control quieres que tenga el Gobierno sobre lo que pasa con tus hijos? ¿Es excesivo que se inmiscuya en cómo vive la gente?”

En Islandia, la relación entre la ciudadanía y el Estado ha permitido que un eficaz programa nacional reduzca las tasas de abuso del tabaco y el alcohol entre los adolescentes y, de paso, ha unido más a las familias y ha contribuido a que los jóvenes sean más sanos en todos los sentidos. ¿Es que ningún otro país va a decidir que estos beneficios bien merecen sus costes?"                              ( , El País, 07/10/17.  Este artículo fue publicado originalmente en inglés por Mosaic Science)