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18/10/17

“La igualdad es un valor fundamental de la tradición republicana democrática”

"Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones aquí publicadas, Joaquín Miras Albarrán es miembro-fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y Estado republicano.
 
Cojo de nuevo el hilo central. En tus críticas a ese tercer republicanismo hablas de igualdad y libertad. A bocajarro: ¿Qué es para ti la igualdad ¿Cómo la definirías? ¿Es, debe ser valor central de una tradición republicana y democrática?
 
Te respondo. Para la tradición republicana, que parte de la comunidad y de la prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo, cuya suerte depende de la totalidad organizada, libertad e igualdad son inseparables. Trato con todo de diferenciar analíticamente, porque la tradición diferencia y tiene palabras distintas para hablar de ambas nociones

La Igualdad es un principio fundamental de la tradición republicana. Por ello, por ser inherente a una tradición y a una tradición de lucha organizada por los de abajo, es un principio que solo puede ser elaborado por la teoría ex post, no es la teoría la que puede dirimir sobre su cómo y hasta dónde. No puede ser definido ni delimitado a priori por la academia. 

Precisamente esto queda claro en la Política de Aristóteles. A él no le gusta la noción de justicia que defienden los pobres: la igualdad sustantiva, a comenzar por la de los bienes, y no la de la proporcionalidad.

 Pero a pesar de que le indigna –exclama ¡Por Zeus!- que los pobres mayoritarios definan la justicia como la igualdad irrestricta y no como la proporcionalidad de bienes entre pobres y ricos, él, que sabe que la política es frónesis, elaboración práxica, no tiene argumento teorético para negar este proyecto igualitario que es el fundamento de la praxis del movimiento de masas democrático.

Por tanto, desde la tradición demo republicana, igualdad es el principio que garantiza que todo individuo dispone por igual de los mismos recursos, materiales e intelectuales, que le permiten el mismo grado de dominio o control sobre la actividad generada por la comunidad en la que vive y en consecuencia sobre su propia praxis y su propia vida. 

Y que por tanto le permite ser igual a los demás, no ser ni superior ni inferior a todos los demás en todas y cada una de las comunidades de vida y praxis en las que participa y que constituyen el entramado de su comunidad política. Para el logro de la igualdad, la tradición práxica siempre ha considerado que la igualdad material es una condición fundamental, evidente. 

Puede haber correcciones en el sentido de que, puede haber individuos que por sus problemas requieran una mayor disponibilidad de recursos que los demás. O, según otras correcciones, propias de otros movimientos plebeyos, puede haber individuos que como consecuencia de su actividad individual posean más. Nunca se aceptará, sin embargo, la acumulación de riquezas a partir de la posesión del producto creado por el esfuerzo ajeno –contra la asalarización de otros y contra la herencia, a la par-.

Por lo demás, en la tradición demo republicana el ciudadano que dedique todo su tiempo a trabajar para enriquecerse está mal considerado. Incluso para Aristóteles, ese tipo de sujeto desasiste sus obligaciones directas, inmediatas para con la polis, no participa en la actividad política mediante la que se preserva la libertad de la comunidad.

Es un mal ciudadano…

Es un mal ciudadano. Y, reitero, la igualdad sí es un valor fundamental de la tradición republicana democrática; las democracias clásicas surgen como resultado de la creación de movimientos de masas que luchaban por la igualdad de los habitantes de aquellas comunidades. 

Contra la esclavitud por deudas, contra las hipotecas, etc., contra la desigualdad impuesta por el poder de los oligoi. También para las repúblicas reaccionarias, aristocráticas, la igualdad entre los ciudadanos era un principio, solo que en ellas mandaban los ricos y se excluía de la ciudadanía a los pobres. Era solo la igualdad entre los ricos iguales.

Lo mismo que antes te pregunto ahora en el caso de la libertad.
 
Ya he adelantado que en la tradición republicana igualdad y libertad son principios unidos, como es sensato y lógico para el sentido común; y que, en todo caso, y para las repúblicas aristocráticas, lo que sucede es que los desiguales-pobres son excluidos de la ciudadanía. 

La libertad es no estar sometido a nadie, a voluntad ajena de ningún otro individuo, en el bien entendido de que esto no significa creer –muy implícitamente pettitiano- que vivimos –individualismo antropológico/robinsonada liberal, a la que ya me he referido- en mundos aislados, sino que todos dependemos de todos, porque la praxis social, que nos permite existir, es producto superior la suma de la de las individualidades.

 Precisamente la libertad republicana nos garantiza que poseemos igual poder que los demás en la deliberación y control sobre la actividad de todas las comunidades de las que formamos parte y en las que actuamos con nuestra praxis. Y por ello somos libres, podemos autodeterminarnos voluntariamente y realmente.

La noción republicana de libertad garantiza que no somos instrumentos inmediatos dominados en manos de otros, a través de los cuales, estos aumentan su poder y su dominio mediato sobre la totalidad social. Garantiza que existe una organización social tal que posibilita que todos tengamos acceso a los recursos que permiten la independencia de nuestro vivir dentro de la comunidad, de forma que seamos libres, esto es, podamos ejercer de veras la autodeterminación y la codeterminación de los destinos de nuestra comunidad. igualmente libres que todos los demás 

Para el republicanismo la libertad, -la igualdad- es sustantiva: o es un hecho o no existe. Su existencia depende, no de la declaración de la ley, sino del acceso material a los medios que la garantizan.

Hablas también en algún momento de virtud, de amistad republicana. ¿Qué es eso, qué virtud es esa?
 
Esta virtud republicana es difícil de entender desde la ideología liberal. Pasa algo semejante a lo que sucede con las otras dos nociones sobre las que me has preguntado. Para la ideología liberal, la amistad es asunto «privado»; además, y sé que me reitero, la sociedad es la denominación «flatus vocis», vacía de sentido, que se aplica a la totalidad de individualidades aisladas que compiten y comercian entre sí en un lugar. 

Por supuesto, este dislate hubiera hecho reír a cualquier republicano clásico. Todos ellos partían de la consciencia clara de que la sociedad es una totalidad o entramado humano, que genera actividad coordinada, superior a la suma de las actividades individuales aisladas. Que la organización social es lo que nos permite vivir bien, como seres humanos. 

Por tanto, la comunidad social es un bien fundamental a preservar, y, para ello, todos debemos concernirnos activamente en la generación y la preservación de la concordia social, de la solidaridad; todos debemos obrar para que todos se sientan incluidos, atendidos por la comunidad, el daño infligido a un ciudadano debe ser sentido como el daño infligido a todos por cada ciudadano. Esta actitud hacia los formantes de la propia comunidad es lo que propicia la filia o amistad. 

Una virtud a promover en la polis a todos los niveles de la realidad social, en el microgrupo social inmediato, en la unidad militar a la que se pertenece y en la polis como totalidad social a la que se pertenece, etcétera. A ese tener activamente presente a los demás ciudadanos y sus necesidades y problemas para solidificar la comunidad como un todo es a lo que se le denomina Filia o amistad. 

A todos ellos, y a sus (nuestras) diversas necesidades y problemas. Es esencial básico.

Y por eso la amistad es virtud política de los ciudadanos de la polis. Porque sin creación de un bloque social organizado –mayoritario y de pobres, cuando la polis es una democracia- que asuma el reconocimiento de las necesidades y demandas de sus miembros, y los considere propios, los haga efectivos, luche por preservarlos sin la creación de un bloque social solidario, sin solidaridad –le llamaríamos ahora- sin concernimiento activo en el vivir de los demás, no existe fuerza social que luche, imponga y preserve una república democrática. 

No existe sujeto que elabore un nuevo ethos, un vivir nuevo verdaderamente digno de ser denominado vivir libre, asunto fundamental, sin el cual no existe comunidad. Porque la res publica, esto es, lo que se crea y se elabora en la comunidad res publicana, aquello en lo que consiste la polis, es el vivir en común, la praxis de la comunidad.

 Y lo que el bloque de subalternos organizados, el movimiento denominado la Democracia, lucha por generar es esto. Sin amistad, sin comunidad solidaria, no existe res publica, ni existe posibilidad de existencia de la res publica en caso de que esta no exista.

Es magnífica tu exposición: sin amistad no existe res publica ni se posibilita su existencia.
 
La amistad republicana es denominada Filia por Aristóteles. Como ya he adelantado, Antonio Gramsci la denomina Bloque Social, Bloque histórico, proyecto no económico corporativo, no inmediatamente fundado en las inmediatas necesidades particulares de cada uno, respetables sin duda, sino bloque altruista, abierto a tener en cuenta las necesidades de la mayoría, y en lucha por construir un proyecto de cultura y vida alternativo que tenga en cuenta a la mayoría.

 La Filia es la denominación de la actividad de todos para constituir la comunidad. Sin mayoría activa que se oc, upe de la Cosa o Res, no hay Res publica. La Res publica no es una noción abstracta, ni un ente de razón –un papel, una ley constitucional-. La democracia, la res publica, no es abstracta: o es un movimiento organizado de masas, que se autoprotagonice y delibere e imponga su hacer y genere un vivir nuevo, o no es nada. 

O, para matizar, solo lo es en la medida en que eso otro se vaya dando. (...)"             (Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y Estado republicano. Crítica del republicanismo liberal, Salvador López Arnal , Rebelión, 17/10/17)

18/1/10

El pactismo republicano de Francesc Eiximenis

"El año que acaba de expirar señaló el 600 aniversario de la muerte del mayor pensador político catalán de la historia, Francesc Eiximenis. Su aportación a la filosofía política republicana es una de las más descollantes entre las inmediatamente anteriores a la realizada por Nicolás Maquiavelo. Sorprende que, a pesar de la dimensión europea que alcanzó en vida, Eiximenis luzca por su ausencia en los anales más conocidos del republicanismo. (...)

El pactismo obliga al respeto a acuerdos entre partes desiguales y el reconocimiento por parte de las más altas o generales de los derechos de las más circunscritas. Tiene una dimensión pública -para ceñirnos a la época medieval, entre señores y vasallos, o entre éstos y sus superiores, como lo era el monarca, o entre éste y otros soberanos- y otra privada, entre particulares. No constituye quintaesencia alguna catalana que la haga única en Europa -la alusión al documento inglés basta para dejarlo claro- pero no cabe duda de que el pactismo ha formado una de "las formas de la vida catalana" más características, para decirlo con la conocida expresión de José Ferrater Mora.

Jaume Vicens Vives, en su Noticia de Cataluña, de 1954, supo presentar los avatares, pero también la permanencia, de la mentalidad pactista y de su manifestación -con altibajos, reveses y logros- en la política de todos los territorios de cultura catalana a lo largo de los siglos. La visión de Vicens se apoya explícitamente en la eiximeniana.

Eiximenis parte de la necesidad de que los mayores -rey, magistrados, señores- cumplan los acuerdos que se alcancen con todos los estamentos y personas, sobre todo respetando la integridad de cada cual. Por eso no manda el pueblo mismo, sino -según una noción esencial en todo republicanismo- la ley. Su imperio es garante de la paz, la prosperidad y la justicia, así como del albedrío que a cada cual corresponde.

El republicanismo rehúye el populismo. La ley pactada deja así de ser abstracta para adaptarse a las necesidades y dignidad de cada cual. Aunque esta visión parezca estar más acorde con un mundo feudal que con el burgués, hay que entender que para Eiximenis, defensor de la burguesía y de los oficios, y enemigo abierto del mundo rural, feudal, que mantenía a los siervos en práctica esclavitud, el mayor respeto debe rendirse a los estamentos cívicos, sobre todo a la mà mitjana, o clase media.

La libertad sólo podía ejercerse si éstos gozaban de una autonomía protegida por su alianza y pacto con el monarca. Éste era, para el "republicano monárquico" Eiximenis, el árbitro protector de la cosa pública, garante del cumplimiento de los pactos entre los elementos desiguales de la Corona de Aragón y entre sus diversos territorios, extendidos por el Mediterráneo. (Una concepción que nuestros Habsburgos mantuvieron con mayor convicción -a pesar de Olivares- que Felipe V o las políticas jacobinas que tanto estrago y malhumor engendrarían en las Españas).

Por si cupieran dudas acerca del protorrepublicanismo eiximeniano, Lo regiment apoya su argumentación en el concepto de la virtud cívica. Elaborada desde Tucídides, Aristóteles y Cicerón hasta Maquiavelo, esa noción es crucial en el republicanismo moderno, desde Milton, Locke y los padres de la Constitución yanqui hasta hoy. Eiximenis, moralista franciscano, no se hace ilusiones sobre la virtud del hombre, pero comprende, aristotélicamente, que es menester confiar en el ciudadano medio, trabajador y honrado, que hace posible la ciudad. (La idea de cómo debe ordenarse una buena ciudad atrae también la atención de nuestro fraile, uno de los urbanólogos más notables del Medioevo.)

Su preocupación por el ejercicio de la virtud cívica llega a inspirarle normas para desterrar de la ciudad a inútiles y perezosos -jamás a los dispuestos a ganarse el pan- y también a no excluir de su condena a los mismos magistrados, notarios y oficiales. Su número debe ser el justo y no excesivo, so pena de convertirse en parásitos que viven del sudor de sus conciudadanos. La corrupción de magistrados y cargos públicos es el mayor pecado, pues "echa por tierra todo el edificio de la comunidad".

La identificación del trabajo con la virtud cívica es uno de los rasgos más modernos de la obra eximeniana. De ahí su entusiasmo por los mercaderes como estamento decisivo para el buen gobierno y prosperidad de la ciudad. Los mercaderes pactan. Cuando violan pactos, especulan con sus precios o indebidamente "regatean" -compran barato, almacenan y venden carísimo-, caen en el vicio y destruyen el tejido social. Eiximenis admira y promueve pero no glorifica. Censura cuando es menester.

No hay en su obra una teoría temprana del capitalismo, una concepción de la reinversión del capital. Eso sí, hay una legitimación del trabajo y una dignificación de la honestidad en la vita activa del ciudadano que ya es plenamente moderna. (...)

La promoción de la convivencia armoniosa como negociación entre gentes honradas, la de la libertad como responsabilidad en la esfera pública, la de la ley y la justicia como fuentes de soberanía, la de la república como cosa común, la de la virtud como práctica política, son algunas aportaciones de Eiximenis al desarrollo posterior de la filosofía política republicana." (SALVADOR GINER: Orígenes del pactismo republicano. El País, ed. Galicia, opinión, 13/01/2010, p. 29)