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8/11/23

Michael Roberts: No existe una mano invisible que guíe los mercados, ni una institución estatal sabia que dirija la economía. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación, multiplicando la riqueza de las minorías y el sufrimiento de las mayorías... en el imperialismo moderno, la transferencia de valor de la periferia a las economías centrales a través del intercambio desigual en el comercio se debe principalmente a diferencias de productividad y superioridad tecnológica, y sólo en menor medida debido a mayores tasas de explotación en la periferia. Y no se debe a salarios más bajos per se

 "La teoría de la dependencia surgió en los años 60 y 70 como crítica a la teoría de la "modernización", que sostenía que los países pobres podrían desarrollarse siguiendo el mismo camino que los países ricos.  Los teóricos de la dependencia sostenían que esto no era posible porque los países pobres son sistemáticamente explotados por los países ricos.  La teoría se desarrolló principalmente en América Latina, cuando la llamada Edad de Oro del pujante desarrollo capitalista posterior a la Segunda Guerra Mundial en las principales economías capitalistas avanzadas llegó a su fin.

Parecía que el desarrollo económico de "Occidente" no se aplicaba a las economías de Sudamérica, Oriente Medio o África.  En 1945, países latinoamericanos como Argentina y Brasil tenían rentas per cápita no muy inferiores a las de las economías capitalistas más débiles del sur de Europa y se esperaba que, bajo gobiernos que pretendían seguir a las economías industriales del Norte, América Latina prosperaría.  Esa esperanza se evaporó con la caída de la rentabilidad y la inversión que sobrevino a finales de los años sesenta y durante el resto del siglo XX.

En su libro, publicado ahora en inglés, Claudio Katz, profesor de la Universidad de Buenos Aires y autor de numerosos libros sobre economía y sociedad latinoamericana, nos ofrece un amplio relato de la teoría de la dependencia tal como se ha expuesto principalmente en América Latina en los últimos 50 años.  Ganó el premio Libertador al Pensamiento Crítico en 2018.

Creo que podemos empezar a considerar la teoría de la dependencia a partir de una breve frase que Marx escribió en su prefacio de 1867 al Tomo uno de El Capital.  Escribió: "El país más desarrollado industrialmente sólo muestra, al menos desarrollado, la imagen de su propio futuro."  Marx escribía cuando Gran Bretaña estaba en la cúspide de su poder económico y su potencia industrial.  El Capital era un análisis de esa economía capitalista.  Y Marx pensaba que el capitalismo se extendería por todo el mundo, de modo que surgirían otras potencias capitalistas rivales, y tenía razón.  Alemania, Francia y, sobre todo, Estados Unidos alcanzaron a Gran Bretaña (a su "imagen") a finales del siglo XIX.

Pero ahora sabemos que sólo sería un pequeño grupo de economías capitalistas industriales y comerciales las que alcanzarían la predicción de Marx.  Esas potencias fueron entonces capaces, gracias a sus proezas militares, financieras y tecnológicas, de bloquear el progreso de los capitalistas y sus trabajadores en la mayor parte del resto del mundo.  Lenin escribió en 1915 que sólo había un puñado de países que controlaban la tecnología, las finanzas y los recursos del mundo.  Cien años después, esas economías "imperialistas" son prácticamente las mismas y, en líneas generales, siguen siendo dominantes.  Por tanto, podemos hablar de un bloque imperialista dominante y de un resto del mundo "dependiente".

Pero "dependencia" puede tener diferentes significados y Katz nos muestra que así es con su análisis de las variantes dentro de la escuela de la dependencia.  Los teóricos de la dependencia identifican dos grupos principales de países en el sistema económico mundial: el núcleo y la periferia. Los países centrales son países ricos que controlan la economía mundial. Los países periféricos son países pobres que dependen de los países centrales para el comercio, la inversión y la tecnología.  De hecho, la palabra "periferia" me parece mejor que "dependiente".  Esta última podría implicar que la clase capitalista de la periferia no desempeña ningún papel independiente en la explotación de su propia clase trabajadora y que la explotación es totalmente el resultado de la dominación imperialista y de las empresas extranjeras.

Donde la teoría de la dependencia desempeña un papel explicativo positivo es en la idea de que los recursos fluyen desde una "periferia" de Estados pobres y subdesarrollados hacia un "núcleo" de Estados ricos, enriqueciendo a estos últimos a expensas de los primeros. Esta teoría rechaza la teoría dominante de la "economía del desarrollo" en la que se basan las instituciones internacionales de las Naciones Unidas (UNCTAD - "comercio y desarrollo"), el Banco Mundial y el FMI, según la cual todas las sociedades progresan a través de etapas similares de desarrollo y, por tanto, las zonas subdesarrolladas actuales se encuentran en una situación similar a la de las zonas desarrolladas actuales en algún momento del pasado.  Por lo tanto, la tarea de ayudar a las zonas subdesarrolladas a "salir de la pobreza" consiste en acelerarlas a lo largo de esta supuesta senda común de desarrollo capitalista, por diversos medios como la inversión, las transferencias de tecnología y una mayor integración en el mercado mundial.  La periferia se describe así como economías "emergentes" o "en desarrollo".

Sería un error pensar que Marx adoptó la "economía del desarrollo" en ese sentido, como en la cita de El Capital.  Entonces se refería a las economías capitalistas industriales inmediatas de su época.  En sus escritos posteriores, hizo hincapié en cómo los países más poblados, como India, Rusia y China, fueron explotados y finalmente suprimidos en su capacidad de unirse a las principales naciones industriales.

Katz concentra su explicación de la teoría de la dependencia en su variante marxista, en lugar de la corriente principal que sostiene que la dependencia puede superarse mediante políticas nacionales de gasto estatal de tipo keynesiano, sustitución de importaciones de bienes extranjeros y regulación financiera. Esta variante ha demostrado haber fracasado en la práctica a la hora de llevar a países como Argentina o Brasil al nivel superior de las economías capitalistas. En cambio, la teoría marxista de la dependencia sostiene que estos países seguirán siendo “dependientes” debido a la enorme extracción de valor del trabajo en sus economías hacia el bloque imperialista a través del comercio, las finanzas y la tecnología. El “intercambio desigual” en el comercio internacional es un componente fundamental de la teoría del valor de Marx. 

Sin embargo, dentro de la teoría de la dependencia, surgen diferencias sobre la naturaleza de ese intercambio desigual: ¿se debe a diferencias salariales o a diferencias de productividad impulsadas por la tecnología? ¿Obtienen los países imperialistas, a través de sus multinacionales, beneficios excedentes de la mano de obra barata de los países periféricos o de su tecnología superior y menores costos unitarios en el comercio internacional? Katz reconoce que el más destacado de los teóricos marxistas de la dependencia latinoamericanos, Ruy Mauro Marini, “tenía mayores afinidades que aquellos que atribuían el intercambio desigual a diferencias en productividades más que a salarios”. Este sostenía que las brechas salariales se explicaban por disparidades en el desarrollo de las fuerzas productivas y no al revés. “El salario es un resultado más que un determinante de la acumulación, argumentando que los niveles salariales en cada país dependen de la productividad, los ciclos, el stock de capital y la intensidad de la lucha de clases”.

Si ésta era la posición de Marini, entonces estoy de acuerdo. Mi propio estudio empírico conjunto con Guglielmo Carchedi sobre el imperialismo moderno encuentra que la transferencia de valor de la periferia a las economías centrales a través del intercambio desigual en el comercio se debe principalmente a diferencias de productividad y superioridad tecnológica (...), y sólo a una en menor medida debido a mayores tasas de explotación en la periferia (RSV). Y no se debe a salarios más bajos per se.

Sin embargo, Marini propuso el concepto de superexplotación, es decir, cuando los salarios en la periferia caen por debajo del valor de la fuerza de trabajo o por debajo del salario internacional promedio. Según Katz, “fue la tesis central de la teoría de la dependencia inspirada en Marini”. Pero Katz sostiene que la “superexplotación” no puede ser el principal determinante de la transferencia de valor entre países ricos y pobres. “Diluye la lógica de la plusvalía” y sugiere un concepto Proudhoniano de robo en lugar de la “lógica objetiva de la acumulación”. Como señala Katz, la superexplotación también existe en las economías imperialistas neoliberales con “empleo precario” y contratos de cero horas, etc. En mi opinión, la cuestión es que la transferencia de valor al Norte imperialista se produce debido a su tecnología y productividad laboral superiores. Eso permite al Norte imperialista vender sus productos en los mercados mundiales a costos inferiores al promedio internacional. Los capitalistas de la periferia intentan compensar su menor nivel técnico y productividad reduciendo los salarios de sus trabajadores. De modo que la mayor tasa de explotación en el Sur, ya sea por superexplotación o no, es una reacción al fracaso en competir contra el Norte.

¿Fue el poder monopolista la principal causa del dominio de las empresas imperialistas? Algunos teóricos de la dependencia así lo afirman. Sin embargo, Katz considera que no fue el caso de Marini. “Marini siempre estuvo más cerca de pensadores marxistas como Mandel, quienes resaltaron esta dinámica de competencia diferenciada entre monopolios. Mantuvo una mayor distancia de teóricos como Sweezy, que enfatizaban la capacidad ilimitada de las grandes empresas para gestionar los precios”. Pero Marini no llegó tan lejos como Shaikh, quien, según Katz, niega "la clara existencia de corporaciones gigantescas que obtienen ganancias extraordinarias en ciertos mercados a expensas de empresas más pequeñas".

Katz considera que Marini tenía lo que yo llamaría una comprensión ecléctica de la teoría del valor de Marx. “Pertenecía a una tradición de la economía marxista que no estaba de acuerdo con los enfoques centrados exclusivamente en el análisis del valor en la esfera de la producción. Ese enfoque cuantifica el valor sólo en la fase inicial de la creación de plusvalía, señalando insistentemente el peso que Marx dio a la lógica de la explotación y deduciendo todas las contradicciones del capitalismo desde esta esfera”. Marini quiso incluir “desequilibrios situados en la esfera de la demanda”. Katz resumió la visión de Marini sobre las crisis económicas como un “enfoque multicausal de la crisis, que combina desequilibrios de realización con la tendencia a la baja de la tasa de ganancia”. Los lectores de este blog sabrán que, como defensor de un análisis “monocausal” de las crisis, creo que la visión de Marini nos deja sin teoría alguna de la crisis.

Ésa no es la única debilidad de la versión de Marini de la teoría de la dependencia. Promovió fuertemente la idea del “subimperialismo”, una categoría de países intermedios entre la periferia dominada y el núcleo imperialista. Katz dedica varios capítulos a discutir la relevancia de esta categoría. En resumen, dice que “ayuda a comprender la estructura jerárquica del capitalismo contemporáneo” con “una cúspide de potencias centrales y una base de países dominados... en el medio están estas potencias subimperiales tratando de obtener hegemonía regional”.

Dudo que el subimperialismo nos ayude a comprender el capitalismo contemporáneo. Debilita la delimitación entre el bloque imperialista central y la periferia de los países dominados. Si cada país es un “poco imperialista”, si entra en guerra con un vecino por mercados, recursos y territorio, entonces el imperialismo comienza a perder su validez como concepto útil. Los países llamados subimperialistas no reciben transferencias enormes y sostenidas de valor y recursos desde economías más débiles. En nuestro propio trabajo sobre el imperialismo y en el trabajo empírico de otros, esta estructura jerárquica de transferencia de valor no se revela. India, China y Rusia en realidad transfieren cantidades de valor mucho mayores al bloque imperialista que América del Sur. (...).

 Tomemos como ejemplo a los BRICS, los mejores candidatos por ser “subimperialistas”. No hay evidencia de transferencias de valor significativamente grandes y duraderas hacia ellos desde economías más débiles y/o vecinas. Simplemente no tienen la superioridad financiera, tecnológica y militar para obtener tales transferencias. ¿Se pueden considerar imperialistas de algún modo útil las guerras entre países periféricos (por ejemplo, Irán contra Irak, Azerbaiyán contra Armenia)? ¿No sería mejor verlos como guerras entre países capitalistas débiles para obtener beneficios económicos y políticos? De hecho, Katz señala que Brasil no es subimperialista como lo veía Marini. No se ha convertido en una potencia industrial en ascenso que domina el subcontinente.  

La gran esperanza de la década de 1990, promovida por la economía del desarrollo dominante, de que Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) pronto se unirían a la liga de los ricos en el siglo XXI, ha demostrado ser un espejismo. Estos países siguen siendo perdedores y todavía están subordinados y explotados por el núcleo imperialista. Y la brecha entre las economías imperialistas y el resto no se está reduciendo, al contrario. Y eso incluye a China, que tampoco se unirá al club imperialista.

Sin embargo, Katz quiere preservar el concepto de Marini: “En este contexto, las formaciones intermedias ocupan un lugar significativo que rompe el estricto paralelo entre potencias subimperiales y semiperiferias económicas, ya que el peso geopolítico de algunos países difiere de la integración en la producción globalizada. logrado por otros. La teoría de la dependencia es muy útil para comprender esa variedad de situaciones. Explica la lógica del subdesarrollo y la marginación de la periferia sin limitar su análisis a las polaridades globales, y también analiza las bifurcaciones y diferencias entre distintas formaciones intermedias”. No estoy seguro de que así sea. 

 Lo que sí muestra el amplio estudio de Katz sobre 50 años de teoría de la dependencia es que la teoría del valor de Marx de “la globalización productiva basada en la explotación de los trabajadores remodela las divisiones entre el centro y la periferia a través de transferencias de plusvalía”. Y es que “la omisión de ese mecanismo impide que los críticos de la dependencia comprendan la lógica del subdesarrollo”. Así pues, “reintegrar la teoría del valor en la explicación de la dependencia también es vital para descubrir el esqueleto oculto del capitalismo actual. No existe una mano invisible que guíe los mercados, ni una institución estatal sabia que dirija la economía. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación, multiplicando la riqueza de las minorías y el sufrimiento de las mayorías. La misma indignación y rebelión que impulsaron el estudio del subdesarrollo en el pasado orienta esa investigación en el presente”.

 (Michael Roberts, Brave New europe, 05/11/23; traducción google)

28/4/22

Dani Rodrik: Los problemas de los países desarrollados se parecen cada vez más a los de los países pobres... tanto en los países de renta alta como en los de renta baja, el desarrollo económico tendrá que basarse en el futuro mucho más en los servicios y en las pequeñas y medianas empresas. Ambos tipos de economías necesitarán una nueva clase de políticas coordinadas dirigidas a los lados de la oferta y la demanda de los mercados laborales, que combinen programas de formación de habilidades con apoyo a las empresas

 "Cuando los economistas hablan de convergencia mundial, lo que suelen tener en mente es que las economías en desarrollo crezcan más rápidamente que las avanzadas y que los ingresos de los pobres del mundo aumenten hasta alcanzar los niveles de las economías más ricas. Lo irónico hoy en día es que estamos experimentando una convergencia hacia abajo en lugar de hacia arriba.

En el corazón de la economía del desarrollo se encuentra la idea del "dualismo productivo". Los economistas que fundaron el campo de la economía del desarrollo, como el economista caribeño W. Arthur Lewis, galardonado con el premio Nobel, observaron que las economías de los países pobres se dividen entre un estrecho sector "moderno" que utiliza tecnologías avanzadas y un sector "tradicional" mucho más amplio caracterizado por una productividad extremadamente baja.

 Durante mucho tiempo se consideró que el dualismo era la característica que definía a los países en desarrollo, en contraste con los países desarrollados, donde se suponía que las tecnologías de frontera y la alta productividad prevalecían en toda la economía. Esto marcó a la economía del desarrollo como una rama distinta de la disciplina, separada de la economía neoclásica convencional. 

La política de desarrollo, a su vez, se centraba tradicionalmente en la superación de las disparidades de ingresos, educación, salud y oportunidades de vida en general. Su tarea consistía en superar el dualismo productivo mediante nuevos acuerdos institucionales que modificaran el funcionamiento de los mercados y ampliaran el acceso a las oportunidades productivas. Aunque esta distinción pudo tener cierto sentido en los años 50 y 60, ya no parece ser muy relevante. 

Por un lado, los métodos utilizados para estudiar los países desarrollados y en desarrollo se han fusionado básicamente: la economía del desarrollo es hoy esencialmente la aplicación de los marcos estándar de las finanzas públicas, la economía laboral, la economía industrial o la macroeconomía a los entornos de bajos ingresos. Pero lo que es más importante (e interesante) es que el dualismo productivo se ha convertido también en una característica crítica y visible de las economías avanzadas, que requiere remedios que salen directamente de la caja de herramientas de la política de desarrollo.

 En su libro de 2017 The Vanishing Middle Class, el historiador económico del MIT Peter Temin señaló que el modelo de Lewis de una economía dual se había vuelto cada vez más relevante para las condiciones en Estados Unidos. Una combinación de fuerzas -la desindustrialización, la globalización, las nuevas tecnologías que favorecen a los profesionales y a los capitalistas, y la disminución de las protecciones para el trabajo- han producido, en efecto, una brecha cada vez mayor entre los ganadores y los que se quedan atrás. 

La convergencia entre las partes pobres y ricas de la economía se detuvo, el nivel educativo polarizó cada vez más los mercados laborales y las disparidades regionales aumentaron. En Europa, el aumento de la desigualdad no fue tan marcado, debido a un estado de bienestar más fuerte, pero allí también operaron las mismas fuerzas. Las diferencias entre los líderes y los rezagados entre las empresas y las regiones aumentaron, y la clase media se redujo.

 En consecuencia, los responsables políticos de las economías avanzadas se enfrentan ahora a las mismas cuestiones que han preocupado durante mucho tiempo a las economías en desarrollo: cómo atraer la inversión, crear puestos de trabajo, aumentar la cualificación, estimular el espíritu empresarial y mejorar el acceso al crédito y a la tecnología; en resumen, cómo cerrar la brecha con las partes más avanzadas y productivas de la economía nacional. 

Los puntos de partida pueden ser diferentes, pero los problemas de una región en la que han desaparecido los buenos puestos de trabajo resultan angustiosamente familiares para un economista del desarrollo: Escaso empleo productivo, proliferación de problemas sociales como la delincuencia y el abuso de sustancias, y escasa confianza en el gobierno por parte de diversos grupos sociales y de la comunidad empresarial. Los obstáculos que deben superar las minorías raciales o étnicas, los inmigrantes recientes o los trabajadores con escasa formación en estos entornos son el pan de cada día de la economía del desarrollo.

 No cabe duda de que las localidades rezagadas de las economías avanzadas pueden tener acceso a recursos financieros mucho mayores. En EE.UU., los gobiernos estatales y locales gastan decenas de miles de dólares, no muy eficazmente, en incentivos fiscales y otras subvenciones para atraer a las grandes empresas. Pero sus funcionarios suelen actuar con limitaciones estructurales y burocráticas que resultarían familiares a sus homólogos de las naciones pobres. Como dijo recientemente un experimentado profesional estadounidense en una reunión celebrada en la Universidad de Harvard, "estamos en el centro de todo, pero no controlamos nada". También se enfrentan a límites similares en los remedios disponibles.

 La industrialización ha sido el vehículo tradicional para superar el dualismo; a medida que los trabajadores son absorbidos por actividades manufactureras más productivas, los salarios aumentan y la productividad general de la economía se incrementa. Pero, tanto en las economías en desarrollo como en las avanzadas, la industria manufacturera ha perdido su capacidad de crear muchos puestos de trabajo, debido a la automatización y a otras innovaciones que ahorran mano de obra. El empleo en el sector manufacturero se ha reducido (como porcentaje del empleo total) incluso en países que han mantenido sectores industriales fuertes, como Corea del Sur o Alemania. 

Por tanto, tanto en los países de renta alta como en los de renta baja, el desarrollo económico tendrá que basarse en el futuro mucho más en los servicios y en las pequeñas y medianas empresas. Ambos tipos de economías necesitarán una nueva clase de políticas coordinadas dirigidas a los lados de la oferta y la demanda de los mercados laborales, que combinen programas de formación de habilidades con apoyo a las empresas. Los buenos empleos requieren buenas empresas, y viceversa.

Los marcos políticos nacionales tendrán que apoyar estos experimentos productivistas locales con recursos y políticas macroeconómicas propicias. En particular, esto significa reconsiderar las políticas nacionales de innovación que fomentan alegremente los cambios tecnológicos que se inclinan a favor del capital y de los profesionales altamente formados. Una nueva mirada a la dirección de la innovación y el incentivo a las tecnologías que aumentan, en lugar de reemplazar, las habilidades de la mano de obra actual, ayudaría en gran medida a abordar los desafíos del mercado laboral a los que se enfrentan los países ricos y pobres. 

Cuando los economistas hablan de convergencia mundial, lo que suelen tener en mente es que las economías en desarrollo crezcan más rápidamente que las avanzadas y que los ingresos de los pobres del mundo aumenten hasta alcanzar los niveles de las economías más ricas. Lo irónico hoy en día es que estamos experimentando una convergencia hacia abajo en lugar de hacia arriba. Los problemas de los países desarrollados se parecen cada vez más a los de los países pobres. Los modelos y marcos utilizados para estudiar las economías en desarrollo son cada vez más pertinentes para los problemas a los que se enfrentan los países ricos. "                   (

17/12/21

El surgimiento de las Teorías de la Dependencia

 "Las Teorías de Dependencia se desenvolvieron en los años 60-70 en torno a tres vertientes. Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos y Vania Bambirra postularon una concepción marxista, que fue complementada por la visión metrópoli-satélite de André Gunder Frank. Ambas miradas confrontaron con la tesis del desarrollo asociado dependiente que propuso Fernando Henrique Cardoso. ¿Cuáles fueron sus divergencias?

Socialismo y liberalismo

La Teoría Marxista de la Dependencia fue un producto directo de la revolución cubana. Hasta 1960 nadie imaginaba el debut de un proceso anticapitalista a 90 millas de Miami. Se suponía que esas transformaciones serían consecuencia de cambios previos en los centros del poder mundial. El éxito de Cuba trastocó ese escenario y abrió una gran expectativa de horizontes socialistas próximos para América Latina.

Marini, Dos Santos y Bambirra postularon conceptos acordes a esa esperanza. Participaron en organizaciones que luchaban contra las dictaduras militares y alentaban proyectos de izquierda, en el turbulento período comprendido entre el ascenso de la Unidad Popular chilena (1970) y la caída del Sandinismo (1990).

Los tres autores confrontaron con el imperialismo estadounidense y concibieron propuestas de integración latinoamericana y de asociación internacional con el denominado bloque socialista. Propiciaron una drástica ruptura con la estrategia política de los partidos comunistas, que proponían forjar alianzas con la burguesía para gestar modelos de capitalismo nacional.

Los pensadores brasileños buscaron convergencias con las tendencias radicales del nacionalismo y tomaron distancia de las vertientes conservadoras de esa corriente. Sus conceptualizaciones del subdesarrollo se desenvolvieron en estrecha conexión con todos los debates de la izquierda de esa época (actitud frente a la URSS, posturas frente a los gobiernos reformistas, oportunidad de la lucha armada) (Bambirra, 1986: 113-115, 78-82).

Los teóricos de la dependencia polemizaron con las interpretaciones liberales, que atribuían el atraso regional a la insuficiente absorción de la civilización occidental o a la herencia cultural indígena, mestiza e hispano-portuguesa.

Marini demostró la inconsistencia de esa concepción, recordando la exacción colonial padecida por América Latina y el posterior dominio de oligarquías despilfarradoras (Marini, 2007: 235-247).

También Dos Santos cuestionó la propuesta liberal de repetir el modelo estadounidense mediante la adopción de comportamientos modernizantes. Señaló que la inserción internacional de la región como exportadora de productos agro-mineros obstruía su desarrollo y refutó la falacia de una paulatina convergencia con las economías avanzadas (Dos Santos, 2003). Además, demostró la inconsistencia de todos los indicadores utilizados por los economistas neoclásicos para evaluar el pasaje de una sociedad tradicional a otra industrial (Sotelo, 2005).

Dos Santos rechazó la interpretación liberal dualista del subdesarrollo como un conflicto entre sectores modernos y retardatarios de la economía. Resaltó el carácter artificial de esa antinomia y retrató la estrecha integración entre ambos segmentos (Dos Santos, 1978: 283-198).

También Frank participó de esa crítica, destacando que el sector atrasado no era una rémora del modelo imperante sino su principal recreador. Señaló que el subdesarrollo latinoamericano no obedecía a la ausencia de capitalismo, sino a la gravitación de una modalidad dependiente de ese sistema.

Este planteo de Frank no sólo confrontó con la mitología liberal que contraponía el rezago regional con la modernización occidental. Al definir al subdesarrollo como un rasgo intrínseco del capitalismo dependiente, sustituyó las miradas centradas en tipologías ideales por caracterizaciones históricas de los regímenes sociales (Laclau, 1973; Wolf, 1993: 38).

Desarrollismo y marxismo

Los teóricos marxistas de la dependencia fueron influidos por las concepciones de la CEPAL, que atribuían el retraso de la periferia al deterioro de los términos de intercambio y a la heterogeneidad estructural de economías con alto desempleo, consumismo de las elites y estancamiento de la agricultura.

Los desarrollistas promovían la industrialización mediante la sustitución de importaciones y mayores inversiones del sector público. Cuestionaban la atadura al modelo agro-exportador y auspiciaban políticas económicas favorables a la burguesía nacional.

Marini coincidió con varios diagnósticos de Prebisch sobre el origen del subdesarrollo y con algunas tesis de Furtado sobre el impacto adverso de la oferta laboral en los salarios. Pero nunca compartió la esperanza de resolver esos desequilibrios con políticas burguesas de modernización. Ponderó los hallazgos teóricos de la CEPAL, cuestionando sus expectativas en el desenvolvimiento capitalista autónomo de América Latina (Marini, 1991: 18-19).

Además, criticó su desconocimiento de la función cumplida por la región en la acumulación de las economías centrales. Marini explicó la brecha centro-periferia por la dinámica del capitalismo y subrayó la inexistencia de otra variante de ese sistema para el Tercer Mundo. Señaló que el subdesarrollo no podía erradicarse con simples políticas correctivas o con mayores dosis de inversión (Marini, 1993).

Dos Santos formuló una crítica semejante. Recordó que el atraso latinoamericano no obedecía a la orfandad de capitales, sino al lugar ocupado por la zona en la división internacional del trabajo (Dos Santos, 1978: 26-27).

Los teóricos de la dependencia objetaron, además, la presentación del estado como un artífice del crecimiento, ajeno a las limitaciones de las clases dominantes. Por eso descreyeron del margen sugerido por CEPAL para completar la industrialización latinoamericana.

En este abordaje exhibieron una afinidad con los economistas marxistas de otras regiones que renovaron la caracterización del capitalismo de posguerra, evitando la presentación de esta etapa como una simple continuación del escenario leninista precedente (Katz, 2016).

Dos Santos destacó la nueva gravitación de las empresas multinacionales y la creciente integración global del capital. Empalmó con los diagnósticos de Amin sobre la ley del valor operando a escala mundial y coincidió con la evaluación de Sweezy del protagonismo estadounidense. También Bambirra señaló ese predomino norteamericano en el nuevo circuito de la acumulación global.

Estas miradas conectaron las mutaciones del capitalismo con el estudio de la crisis de ese sistema. Marini evalúo la dinámica de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en la periferia, recordando que el declive porcentual de la rentabilidadproviene de la reducción del nuevo trabajo vivo incorporado a las mercancías, en relación al trabajo muerto ya objetivado en materias primas y maquinaria. Remarcó que esa modificación reduce la tasa de beneficio en proporción al capital total invertido.

Marini también señaló que la afluencia de capital a la periferia morigeraba ese declive en las economías centrales, mediante incrementos de la explotación de los trabajadores de la periferia y abaratamientos de la provisión de alimentos e insumos para la industria metropolitana. Pero destacó que esa compensación acentuaba la asfixia de la capacidad de consumo en los países con salarios más reducidos (Marini, 2005).

Dos Santos compartió este razonamiento combinado de la crisis por desequilibrios de valorización (tendencia decreciente de la tasa de ganancia) y tensiones en la realización del valor (insuficiencia del poder de compra) (Dos Santos, 1978: 154- 155). Ambos autores adoptaron una mirada multicausal -semejante al enfoque de Mandel- que clarificó varios rasgos de la crisis en la periferia (Katz, 2009:117-119).

Los teóricos de la dependencia convergieron, además, con Mandel y Amin en el registro de las nuevas bifurcaciones presentes en los países subdesarrollados. Por eso Marini indagó los desequilibrios fabriles de economías intermedias afectadas por mayores costos, desventajas tecnológicas y déficits crónicos en la balanza comercial. Su diagnóstico de Brasil (o Argentina y México) fue coincidente con el expuesto por los estudiosos de la industria de países equivalentes de Asia y África.

Marini analizó las economías medianas de Latinoamérica para superar las presentaciones de la periferia como un universo indistinto. Corrigió viejas tradiciones del marxismo que asemejaban a América Latina con regiones de Asia o África.

El mismo propósito impulsó a Dos Santos a indagar la especificidad de las industrias latinoamericanas, sujetas a encarecimientos externos de importaciones y ahogos internos por estrechez del mercado laboral.

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Bambirra conceptualizó el mismo problema introduciendo distinciones entre las economías latinoamericanas. Contrastó los países de industrialización antigua (Argentina, México, Brasil), industrialización posterior (Perú, Venezuela) y estructuras agro-exportadoras sin industria (Paraguay, Haití) (Bambirra, 1986: 57-69). Esta atención por el subdesarrollo desigual de la región fue un pilar analítico de los teóricos de la dependencia.

Las nuevas categorías

Marini interpretó el deterioro de los términos de intercambio como una expresión del intercambio desigual. Afirmó que las transferencias de valor hacia el centro no derivaban de la inferioridad de la producción primaria, sino de la dinámica objetiva de la acumulación a escala mundial (Marini, 1973). De esta forma resaltó la gravitación genérica de la ley del valor en ese proceso.

Pero el pensador brasileño no profundizó ese análisis y soslayó el estudio diferenciado de esos fenómenos dentro y fuera de la industria, que iniciaron los teóricos del intercambio desigual (Emnanuel, Amin, Bettelheim). Tampoco exploró la dinámica de rentas petroleras recicladas en circuitos financieros que indagó Mandel. La misma óptica adoptó Dos Santos. Solamente situó el intercambio desigual en el escenario de las pujas comerciales internacionales, que habitualmente afectan a la periferia (Dos Santos, 1978: 322-323, 367).

Los autores latinoamericanos concentraron su atención en los desequilibrios de la reproducción dependiente. Dos Santos estudió cómo se combinan los desbalances comerciales con los desajustes de endeudamiento e inflación en los países industrializados de la periferia.

Marini conceptualizó el ciclo de financiación, producción y comercialización de esas economías en contraste con los países centrales. Observó que la inversión privada es menor que en las metrópolis y que el capital extranjero drena fondos a través de royalties, utilidades o compras de maquinaria. Describió cómo las empresas obtienen lucros extraordinarios aprovechando la baratura de los salarios e ilustró de qué forma la baja capacidad de compra recorta el mercado interno (Marini, 2012).

De esta forma teorizó la heterogeneidad estructural de la CEPAL en términos marxistas, como un ciclo dependiente. Retomó de Prebisch el diagnóstico de fuertes límites a la acumulación como consecuencia de las desproporciones sectoriales y las restricciones al consumo y estimó que esa adversidad capitalista impedía el desarrollo.

Pero observó estos desequilibrios como contradicciones específicas del capitalismo dependiente e indagó su dinámica utilizando un modelo extraído del tomo II de El Capital. En ese razonamiento evitó presupuestos abstractos de equilibrio y detectó las mismas tensiones en la acumulación industrial que observaron Amin y Mandel.

Marini remarcó la estrechez del poder adquisitivo retomando las hipótesis de sub-consumo de Luxemburg. Pero ubicó el problema en los escenarios periféricos. En lugar de analizar cómo la obstrucción de la demanda interna empuja hacia el exterior al capital metropolitano, estudió los desequilibrios que genera ese proceso en las economías subdesarrolladas.

El pensador brasileño ya conocía la dinámica del consumo de masas en los países centrales y por eso expuso una teoría del fordismo obstruido en las economías medianas de la periferia. Resaltó la existencia de una gran estratificación del consumo entre segmentos bajos y medio-altos y subrayó la ausencia de una masa de adquirientes medios, comparable a los países desarrollados.

Pero Marini situó la principal peculiaridad de las economías periféricas industrializadas en la superexplotación del trabajo. Utilizó ese término para describir la condición de los obreros sometidos al pago de remuneraciones inferiores al valor de su fuerza de trabajo. Señaló que esa anomalía era el trasfondo de la situación dependiente y de la conducta de clases dominantes que lucraban con tasas de plusvalía superiores al centro.

Marini consideró que la burguesía de la periferia compensaba por esa vía las pérdidas derivadas de su lugar subordinado en el mercado mundial. Señaló que los capitalistas latinoamericanos utilizaban el fondo de consumo de los trabajadores como una fuente de acumulación del capital.

El teórico de la dependencia aclaró que la superexplotación sólo era viable en regiones con grandes excedentes de mano de obra, surgidas de la sobrepoblación indígena (México), el éxodo rural (Brasil) o los flujos inmigratorios.

Situó en la forma de generar plusvalía la principal peculiaridad de las economías medianas latinoamericanas. Al igual que Amin resaltó la vigencia de mayores niveles de explotación. Pero en lugar de explicar este dato por diferencias de salarios mayores que las diferencias de productividades, atribuyó el fenómeno a una remuneración cualitativamente inferior de la fuerza de trabajo. Esta evaluación fue formulada con la mira puesta en el proceso de industrialización de un país con enormes desigualdades del ingreso (Brasil).

Sub-imperialismo y burguesía nacional

Marini no se limitó a retomar las viejas denuncias sobre el rol opresor de Estados Unidos. Introdujo el controvertido concepto de sub-imperialismo para retratar la nueva estrategia de la clase dominante brasileña. Describió las tendencias expansivas de grandes empresas afectadas por la estrechez del mercado interno y percibió su promoción de políticas estatales agresivas para incursionar en las economías vecinas.

Esta interpretación se basó en un razonamiento semejante al desarrollado por Luxemburg para caracterizar las tendencias imperiales de Alemania, Francia o Inglaterra. Esa visión subrayaba que esos cursos se implementaron para contrarrestar el reducido poder de compra local (Marini, 2005).

Pero el marxista latinoamericano le asignó al concepto una dimensión geopolítica muy diferente al registro clásico. No postuló que Brasil se incorporaba al club de potencias que disputan el dominio mundial. Más bien resaltó la subordinación de ese país a la estrategia estadounidense. Por eso habló de sub-imperialismo y retrató el papel de gendarme anticomunista regional jugado por la dictadura brasileña durante la guerra fría contra la URSS.

El teórico de la dependencia completó posteriormente ese sentido del sub- imperialismo introduciendo otras nociones como “estado de contrainsurgencia”. Utilizó ese concepto para describir el papel de tutelaje represivo ejercido por los militares, en la transición hacia regímenes constitucionales (Martins, 2011a; Mendonça 2011).

Marini habló de sub-imperialismo para subrayar que la principal burguesía sudamericana era socia y no títere de Washington. Resaltó especialmente el rol geopolítico autónomo de una clase dominante que buscaba proyectarse como potencia económica y militar a escala regional (Marini, 1985).

Con esta mirada retomó percepciones de los marxistas clásicos sobre el rol de los imperialismos menores e incorporó los nuevos análisis sobre el papel de Estados Unidos en la posguerra. Su tesis sintonizó con la idea de imperialismo colectivo de Amin en tres planos: la creciente asociación mundial de capitales, la función capitalista protectora ejercida por el Pentágono y el nuevo rol de los custodios regionales asociados con Washington.

Mientras que el subimperialismo fue un tema específicamente abordado por Marini, el giro de la burguesía nacional fue tratado por los tres teóricos marxistas de la dependencia. Señalaron el pasaje de una clase industrialista con proyectos de desarrollo independiente a un segmento asociado con empresas extranjeras. El sostén burgués al golpe de 1964 fue presentado como un contundente indicio de esa renuncia a procesos de acumulación autónomos (Chilcote, 1983).

Los pensadores de la dependencia remarcaron las conexiones con el capital extranjero y no su simple subordinación. Destacaron el nuevo perfil de burguesías industriales más internacionalizadas, puntualizando las diferencias con la vieja oligarquía terrateniente y con el capitalismo nacional precedente. Dos Santos señaló que ese giro creaba un conflicto con sectores de la burocracia apegados al desarrollismo clásico (Dos Santos, 1978: 34, López Segrera, 2009).

El teórico brasileño profundizó, además, la dimensión política de ese proceso, al definir el status de una situación subordinada. Estimó que la dependencia se verifica cuando cierto grupo de países condiciona el desarrollo de otros (Dos Santos, 1978: 305). Retrató esta situación para el caso latinoamericano, mediante un análisis semejante al propuesto por Amin.

En ambos casos la dimensión política de la dependencia fue diferenciada de la polarización económica, aclarando las conexiones entre procesos que no se desenvuelven (necesariamente) en forma simultánea. Los dos pensadores exploraron la especificidad de la subordinación política al poder imperial, que anteriormente era asemejada a la sujeción económica. Pero en un contexto de absorbente primacía de las estrategias socialistas, esas caracterizaciones sólo fueron esbozadas.

Teorías y singularidades

Marini, Bambirra y Dos Santos intentaron amoldar el marxismo al estudio de la nueva realidad latinoamericana de posguerra. Por esa razón se embarcaron en la misma búsqueda de nociones específicas que encararon Baran-Sweezy con el excedente, Amin con el valor mundial y Mandel con las Ondas Largas. Esta indagación siguió, a su vez, la pista inaugurada por Lenin con el desenvolvimiento desigual, por Luxemburg con la revisión de la acumulación primitiva y por Trotsky con el desarrollo desigual y combinado.

Pero el status de la dependencia como teoría suscitó fuertes debates. Se discutió si constituía una concepción, un paradigma o un enfoque, según las distintas interpretaciones en boga de las leyes sociales.

Dos Santos sostuvo que la teoría de la dependencia ya había alcanzado un nivel científico, al definir las leyes que rigen el desarrollo de los países periféricos. Señaló que esos principios esclarecían la evolución del capitalismo dependiente, con razonamientos equivalentes a los utilizados por Lenin para explicar el imperialismo.

El economista brasileño estimó que las reglas de la dependencia clarificaban de qué forma la sujeción comercial, financiera o tecnológico-industrial generaba bloqueos a la acumulación en América Latina (Dos Santos, 1978: Santos: 300, 360-366). Marini trabajo en la misma dirección y atribuyó legalidad científica a los mecanismos generadores de plusvalía en las regiones dependientes.

Ambos teóricos estudiaron la peculiaridad de América Latina frente a otras sociedades dependientes y notaron que sus investigaciones eran distintas a las predominantes en Asia o África. En los principales países de esos continentes los interrogantes giraban en torno a las razones históricas que permitieron a Europa superar a viejas civilizaciones, para someterlas a una degradación colonial (India) o semicolonial (Egipto, China) (Amin, 2005).

En América Latina los enigmas de la dependencia surgían de la renovación de un status subordinado, al cabo de un siglo y medio de independencia política sin parangón en otras zonas del Tercer Mundo. Esta visión estimuló investigaciones sobre las peculiaridades del Caribe, Centroamérica, Brasil, la región andina y el Cono Sur (Dos Santos, 1998).

Estos estudios fueron abordados con una mirada “desde la periferia”, que Marini adoptó en oposición al paternalismo elitista de estudios latinoamericanos localizados en Estados Unidos, Inglaterra o Francia. Propuso revertir esa anomalía generando conocimientos desde la región (
Marini, 1991: 9-10, 42). Con el mismo enfoque Dos Santos intentó corregir a los autores clásicos del imperialismo, que a su juicio no abordaron esa problemática desde una óptica propia de los países dependientes (Dos Santos 1978: 301-303, 340-345)

Con estas caracterizaciones del status teórico de la dependencia, los tres marxistas brasileños completaron la presentación de un enfoque que trastocó la agenda de las ciencias sociales latinoamericanas. Los conceptos introducidos por Marini, las caracterizaciones políticas de Dos Santos y las miradas de Bambirra sobre el subdesarrollo desigual crearon perdurables referencias analíticas para los pensadores de ese período.

La visión metrópoli-satélite

André Gunder Frank participó activamente en el surgimiento de la teoría marxista de la dependencia y sus tesis tuvieron un impacto inmediato superior al resto de los autores. Pero su mirada fue diferente y su enfoque de metrópolis-satélites constituyó apenas la primera de las tres concepciones que sostuvo a lo largo de su vida. El periodo inicial fue curiosamente el más corto y afamado de esa trayectoria.

Comenzó sus trabajos bajo el fuerte impacto de la revolución cubana, adoptó las críticas de izquierda a la estrategia comunista de etapas y cuestionó la política de apoyo a la burguesía nacional. Subrayó la inexistencia de espacios para repetir el desarrollo clásico del capitalismo, remarcó la inviabilidad del desarrollismo y postuló la necesidad del socialismo (Frank, 1970: 211-213).

Frank asumió esa actitud radicalizando ideas políticas liberales y abandonando un esquema evolutivo, que identificaba la superación del subdesarrollo con la erradicación de instituciones pre-capitalistas. No maduró su visión asimilando los debates teóricos marxistas que incorporaron otros autores de la dependencia.

El pensador estadounidense no expuso ese corolario identificando los mecanismos de la reproducción dependiente. Tampoco enmarcó su caracterización en el funcionamiento global del capitalismo, ni relacionó su teoría con algún diagnóstico del valor, el sub-consumo o la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

Frank postuló simplemente que el capitalismo generaba subdesarrollo en la periferia del sistema mundial. Señaló que esa inserción subordinada determinaba la apropiación del excedente de las economías relegadas por parte de las avanzadas.

El autor alemán presentó la polarización metrópoli-satélite como dos caras de una misma trayectoria mundial. Subrayó la complementariedad de esos procesos y remarcó el carácter excepcional de la interrupción de esa fractura. Recordó que en la era contemporánea ninguna economía sometida alcanzó el status de potencia central y estimó que el debilitamiento de una metrópoli no modificaba el perdurable status de la dependencia (Frank, 1970: 8-24).

El teórico germano aplicó este razonamiento a la historia latinoamericana. Ubicó el origen de la relación centro-periferia en la integración subordinada de la región al capitalismo mundial en siglo XVI. Señaló que en ese encadenamiento a la acumulación global un centro metropolitano (Europa) somete a los satélites periféricos (América Latina), a través de la mediación de ciertos países (España, Portugal), que a su vez se convierten en satélites de la potencia dominante (Gran Bretaña).

Al interior de América Latina este mismo circuito conecta al satélite periférico (Chile) con el satélite colonial principal (Perú), que a su vez es manejado por la metrópoli extra-regional (España o Inglaterra). Esta cadena de sometimientos se recrea junto a la confiscación jerárquica de los excedentes (Frank, 1970: 1-7).

Frank expuso dos ejemplos de esta conexión. Ilustró cómo Chile quedó sometido a esa subordinación desde la época colonial, a través de una clase dominante local atada a las exigencias de un puñado de firmas extranjeras. En el caso de Brasil, remarcó la inserción dependiente a través de satélites principales (Sao Paulo), que aseguraron la subordinación de los satélites secundarios (Recife) a las metrópolis (primero Portugal, luego Estados Unidos). No observó diferencias significativas entre los dos países (Frank, 1970: 119-123, 149-154).

Dos abordajes diferentes

Pero la afinidad con ese enfoque fue señalada por Marini, que resaltó el acierto de la fórmula utilizada por Frank para retratar el retraso latinoamericano. Consideró que el “desarrollo del subdesarrollo” ilustraba cómo la consolidación de las economías avanzadas se consumaba a costa de las relegadas (Marini, 1993).

Frank priorizó el análisis de los drenajes que sufre la periferia, en sintonía con los enfoques de polarización absoluta entre el centro y la periferia de la periferia. En cambio Marini, Dos Santos y Bambirra incorporaron un registro de las bifurcaciones existentes entre economías agro-exportadoras (Chile) y parcialmente industrializadas (Brasil).

Esta diferencia determinó abordajes distintos. Mientras que el pensador estadounidense observó la economía latinoamericana como una totalidad uniforme, sus colegas brasileños estudiaron contradicciones nacionales específicas. Establecieron distinciones en lo que Frank observó como subordinaciones equivalentes.

Los teóricos brasileños partieron, además, de caracterizaciones generales del capitalismo de posguerra que Frank no tuvo en cuenta. Su enfoque no incorpora las evaluaciones de empresas multinacionales, las trasformaciones tecnológicas o los cambios de la inversión que señaló Dos Santos.

Por esta omisión Frank sólo notó que en los momentos de crisis del centro se amplían los espacios para el desenvolvimiento de la periferia. Pero con ese señalamiento explicó sólo el debut de la industrialización latinoamericana, sin aclarar lo sucedido posteriormente.

El pensador estadounidense salteó todas las elaboraciones de la fractura centro-periferia que desenvolvieron los economistas marxistas y asimilaron los autores brasileños. Por eso estudió solamente la dinámica de la exacción, mientras Marini captaba las articulaciones con el capitalismo avanzado y Dos Santos percibía los amoldamientos con la mundialización. Ese registro les permitió evitar simplificaciones y notar las nuevas formas de la dependencia.

Dos Santos cuestionó tempranamente la omisión de Frank de las transformaciones internas de los países subdesarrollados. Objetó su mirada estática y la consiguiente sugerencia de inmutabilidad de la sociedad latinoamericana  Atribuyó esa unilateralidad al apego a una metodología estructural-funcionalista (Dos Santos, 1978: 304-305, 350-352, 346).

Este error se verificó en la presentación de encadenamientos del centro con sus satélites, como si fueran simples piezas de un tablero dirigido por las grandes potencias. En esta visión los sujetos sociales están ausentes o cumplen un mecánico rol, emanado del lugar que ocupan en el dispositivo global. Los antagonismos entre clases sociales, los conflictos entre segmentos capitalistas y las mediaciones del estado no tienen cabida en ese abordaje.

Por el contrario, en el razonamiento de Marini la preeminencia de ciclos dependientes, formas de superexplotación o transferencias del valor, no anula la gravitación protagónica de los opresores y oprimidos en la dinámica de la dependencia.

Los mecanismos económicos que recrean la polaridad centro-periferia en Frank constituyen sólo el punto de partida de Marini, Bambirra o Dos Santos. Por esta razón los teóricos brasileños no utilizaron el término satélite para describir a las economías dependientes. Esa metáfora alude a un cuerpo que gira en forma invariable en torno a cierto centro, sin ninguna autonomía o desenvolvimiento interno.

Ciertamente Frank aportó varias intuiciones provechosas, pero el desarrollo de esas percepciones quedó obturado por su omisión de los sujetos sociales. Su registro de relaciones tripolares es un ejemplo de observaciones acertadas, que no tienen soporte en conceptualizaciones adecuadas.

Frank notó que la jerarquía global desborda la dualidad centro-periferia, pero al mismo tiempo desconoció la especificidad de las formaciones intermedias. Por eso utilizó el mismo razonamiento para indagar la evolución de Chile y Brasil.

Este reduccionismo fue mayor en su mirada de las burguesías nacionales. A diferencia de Marini y Dos Santos se limitó a constatar la defección de ese sector, sin analizar las contradicciones que inauguraba ese cambio. Además, identificó la asociación con empresas extranjeras con una degradación de las clases dominantes locales a la condición de “lumpen-burguesías” (Frank, 1979).

Esa noción implica una descomposición de los grupos dirigentes que imposibilitaría su conducción del estado. Marini y Dos Santos nunca perdieron de vista que las burguesías latinoamericanas combinan el usufructo de la renta agro-minera con plusvalías extraídas a los trabajadores. Son grupos gobernantes y no simples capas tributarias del capital foráneo.

Los dominadores de la región están sujetos a patrones de competencia, inversión y explotación propios del capitalismo. Esas normas difieren del puro pillaje que implementa una “lumpen-burguesía”. Esa denominación puede ser aplicada, por ejemplo, a las mafias del narcotráfico que blanquean sus fortunas en actividades financieras o productivas. Son capitalistas marginados del club estable de los dominadores (Katz, 2015: 41-42).

Frank tampoco incorporó las distinciones entre la polarización económica y dependencia política que concibieron los teóricos brasileños. Esta omisión no fue ajena a su limitada participación política en los procesos que signaron la trayectoria de Marini, Dos Santos y Bambirra.

Estos tres autores estuvieron directamente involucrados en las disyuntivas de Cuba, Chile o la guerrilla. En cambio Frank sólo adoptó en forma entusiasta las banderas de la revolución cubana, sin aportar reflexiones significativas sobre los dilemas políticos de la izquierda. No formó parte del universo militante que definió la obra de la teóricos marxistas de la dependencia. Esta distancia influyó en el viraje posterior de sus trabajos.

Desarrollo y dependencia

Fernando Henrique Cardoso desenvolvió un enfoque opuesto a Frank, Marini, Dos Santos y Bambirra, pero quedó inicialmente ubicado en el mismo campo de teóricos de la dependencia. Su texto con Faleto cuestionó la presentación tradicional del retraso regional como un efecto de fracturas entre la sociedad tradicional y moderna. También objetó las explicaciones de Prebisch-Furtado basadas en el deterioro de los términos de intercambio y la heterogeneidad estructural.

Retrató los mecanismos de sujeción económica que acentuaban la integración subordinada de América Latina al mercado mundial, describiendo dos variantes de esa situación. En los modelos de control nacional las elites, burocracias u oligarquías manejan el principal recurso exportado (Brasil, Argentina), en las economías de enclave esa administración queda en manos de compañías extranjeras (pequeñas naciones de Centroamérica o el Caribe). A partir de este esquema Cardoso describió la diversidad de ordenamientos sociales, que en cada país desembocaron en escenarios de estancamiento o crecimiento.

Más que un diagnóstico del subdesarrollo, el teórico brasileño trazó un cuadro de múltiples cursos, subrayando la importancia de las relaciones establecidas entre los grupos dirigentes locales y las potencias centrales. Identificó esas conexiones con distintas situaciones de dependencia en la asociación entre grupos dominantes nacionales y foráneos (Cardoso; Faletto, 1969: 6-19, 20-34, 40-53).

Cardoso no contrapuso la dependencia con el desarrollo. Sólo destacó que ambos rumbos generan modelos diferenciados, que permiten o frustran el desenvolvimiento de largo plazo. Remarcó que esos senderos son determinados por el bloque conductor del estado, la cohesión social y la conformación de órdenes legítimos de consentimiento y obediencia.

En su mirada los grupos dirigentes definen modelos políticos, que a su vez determinan cursos económicos convenientes o adversos para cada en país. Como esa acción exige autonomía, FHC concentró sus análisis en los países medianos con manejo propio de sus recursos productivos. Estimó que en las economías de enclave predominan regímenes políticos excluyentes, con poco espacio para continuar el desarrollo (Cardoso; Faletto, 1969: 39, 83-101).

Cardoso evaluó que Argentina avanzó significativamente en 1900-30, al incorporar a las clases medias a un dinámico proyecto de la burguesía exportadora. Consideró que Brasil mantuvo una confederación de oligarquías sin hegemonías, ni gravitación de los sectores medios y por esa razón su economía se retrasó. La acción política desde el estado determinó ambos resultados.

FHC estimó que en el periodo posterior (1940-60) el distribucionismo afectó la expansión de Argentina, mientras que Brasil logró un mayor desenvolvimiento industrial, mediante auxilios del estado y menores presiones populares. Las articulaciones generadas por el peronismo y el varguismo definieron ese desemboque.

Cardoso concluyó su estudio señalando la generalizada tendencia a superar los límites del desenvolvimiento, mediante mayores inversiones foráneas y asociaciones de los grupos capitalistas nacionales con sus pares extranjeros (Kubistechek, Frondizi) (Cardoso; Faletto, 1969: 54-77, 111-129, 130-135).

Confusión de teorías

Las tesis de Cardoso no confrontaron con el liberalismo, no compartieron el espíritu crítico de CEPAL y fueron ajenas a la tradición marxista. Sólo presentaron afinidad con la sociología convencional, con el método funcionalista y con ópticas indefinidas en la relación entre dimensión política y estructura económica, que algunos analistas asocian con Weber (Martins, 2011b: 229-233).

Cardoso asignó formalmente primacía analítica al condicionante económico (control nacional versus enclave), pero en los hechos atribuyó a los actores políticos (clases, burocracias, elites) la capacidad de generar modelos positivos (desarrollo) o negativos (subdesarrollo).

En todos los casos desconoció los límites que impone el capitalismo a los cursos en juego. Concibió a ese sistema como un régimen conflictivo, pero superior a cualquier alternativa. A diferencia de Frank, Dos Santos, Bambirra o Marini, no adoptó ópticas anticapitalistas, ni propuestas socialistas.

FHC sólo contrastó esquemas de mayor o menor efectividad a partir de tipologías construidas en torno a modelos ideales. Asignó total primacía a los determinantes políticos de ese contrapunto. Estimó que en el marco de ciertas posibilidades estructurales, las trayectorias de cada país quedan definidas por el tipo de alianzas políticas predominantes.

Consideró que en cierto momento la presión obrera favorece la acumulación y en otras etapas la obstruye. Supuso lo mismo para los acuerdos de la burguesía industrial con las oligarquías exportadoras o para la afluencia y salida de capitales (Cardoso; Faletto, 1969: 136-143).

Con esta mirada evaluó la compatibilidad de cada proceso con el desarrollo, siguiendo una lógica funcionalista de amoldamiento o inadaptación a los requerimientos del capitalismo. Adoptó a este régimen social como un dato invariable, omitiendo cualquier reflexión sobre la explotación de los trabajadores.

Cardoso eludió opiniones nítidas. Adoptó la actitud de un investigador distante que diseca su objeto de estudio, observando cómo los distintos sujetos capitalistas forjan alianzas entre sí, aprovechando el acompañamiento pasivo del pueblo.

Lo más curioso de este enfoque fue su presentación como una teoría de la dependencia. En el esquema de FHC ese término constituye un ingrediente más de la deducción funcionalista. Algunas situaciones de dependencia son disfuncionales y otras compatibles con el desarrollo.

En esta visión la dependencia no supone necesariamente una adversidad. Por eso es tan sólo registrada sin ninguna denuncia de sus efectos. FHC omitió considerar cualquiera de los mecanismos de la reproducción dependiente que Marini, Dos Santos o Bambirra señalaron como causantes del subdesarrollo.

Cardoso únicamente observó adversidades significativas en los enclaves. En los países con control nacional del recurso exportado, estimó que las situaciones de dependencia podían diluirse con manejos adecuados. La total lejanía de este enfoque con una teoría de la dependencia quedó inicialmente oscurecida por las ambigüedades y el reconocimiento que rodeó a FHC.

Un debate esclarecedor

La mirada de Cardoso se clarificó en la polémica que entabló con Marini. En un artículo coescrito con Serra acusó al teórico marxista de estancacionismo. Cuestionó la consistencia de la superexplotación, objetó el deterioro de los términos de intercambio, rechazó la existencia de un declive de la tasa de ganancia y subrayó el pujante consumo de las clases medias (Cardoso; Serra, 1978).
En otros artículos complementó esta crítica, puntualizando que las situaciones de dependencia no obstruían el dinamismo de las economías industrializadas de la periferia (Cardoso, 1980; Cardoso, 1978; Cardoso, 1977a). Estimó que la inversión extranjera incentivaba una revolución burguesa, internacionalizaba los mercados y revertía la estrechez del consumo local (Cardoso, 1973; Cardoso, 1977b; Cardoso, 1972).

Marini respondió ilustrando el nivel de explotación de los asalariados Expuso indicadores de prolongación e intensificación del trabajo y aclaró que su concepto del superexplotación estaba referido a esas modalidades. Señaló también que su modelo no implicaba predominio de la plusvalía absoluta, ni ausencia de incrementos de la productividad.

El teórico marxista retrató, además, la severidad de las crisis de realización, observando que en un marco de alto desempleo y deterioro del salario, el surgimiento de clases medias no compensa la debilidad general del poder de compra (Marini, 1978).

Marini recordó que el estancacionismo fue un defecto del pesimismo desarrollista de Furtado y de su tesis de la “pastorización” brasileña. Esa visión diagnosticaba una regresión hacia estadios agrícolas, que fue desmentida por el nuevo periodo de industrialización (Marini, 1991: 34).

El revolucionario brasileño nunca fue estancacionista. Escribió Dialéctica de la Dependencia para indagar contradicciones y no estadios finales del capitalismo (Osorio, 2013). En la valoración de la dinámica expansiva de ese sistema se ubicó más cerca de Mandel que de Sweezy.

La respuesta de Marini permitió aclarar que sus divergencias con Cardoso no giraban en torno a la existencia de una nueva burguesía local, estrechamente asociada al capital extranjero. Ambos autores resaltaban esa novedad. El punto de discordia era la consistencia y alcance de la industrialización en curso.

Para Marini ese proceso no corregía las viejas limitaciones de la economía brasileña, ni equiparaba su desenvolvimiento con los países centrales. Por el contrario, Cardoso suponía que esas restricciones habían quedado atrás y que el país sudamericano ingresaba en un círculo virtuoso de desarrollo.

En el curso de la polémica Marini modificó su visión inicialmente considerada hacia su adversario y estimó que Cardoso había roto con su pasado, para embarcarse en una “grotesca apología al capitalismo vigente en Brasil”.

Esa fascinación le impedía registrar los datos básicos de un país con desigualdades superiores al promedio mundial, mercados internos más segmentados y desequilibrios de industrialización más significativos. Cardoso omitió estos problemas e ignoró la imposibilidad brasileña de alcanzar la performance histórica de Estados Unidos, Francia o Japón (Marini, 2005).

Dos Santos expuso las mismas críticas. Señaló su coincidencia con Cardoso en la existencia de un giro de la burguesía brasileña hacia mayores asociaciones con el capital multinacional. Pero subrayó su total discrepancia con la presentación de ese viraje como un camino al desarrollo. Puntualizó que el modelo adoptado por la clase dominante incrementaba las inversiones, sin repetir el desenvolvimiento auto-sustentado de las economías avanzadas (Dos Santos, 2003).

Todo el debate confirmó que el deslumbramiento de Cardoso con el capital extranjero había germinado en su libro clásico con Faleto. Ya el título de esa obra –Dependencia y desarrollo– había sido expuesto en implícita oposición al Desarrollo del subdesarrollo de Frank.

Allí se expusieron situaciones de dependencia muy alejadas de las dinámicas estructurales de sujeción que retrataron Marini, Dos Santos o Bambirra. Se supuso que el desenvolvimiento se materializa con políticas económicas acertadas y que el capitalismo no obstruye la erradicación del subdesarrollo.

Involución socio-liberal

La disolución del sentido de la dependencia fue acentuada por Cardoso en la revisión de su libro. Allí utilizó la fórmula “desarrollo dependiente asociado” para caracterizar la gestión conjunta de las empresas multinacionales con las burocracias y las burguesías locales (Cardoso, Faletto, 1977).

FHC señaló que bajo esa administración las inversiones extranjeras facilitan una intensa expansión económica, sin generar los obstáculos señalados por los teóricos marxistas. Rechazó el enfoque de los autores que ilustraban cómo el crecimiento motorizado por el capital foráneo genera desequilibrios superiores a los padecidos por los países centrales. Esta diferencia cualitativa fue olvidada por Cardoso, que transformó a la dependencia en un concepto antagónico a lo imaginado por los gestores de esa idea.

El único límite real al desarrollo que observó Cardoso en los países intermedios fue la existencia de regímenes políticos excluyentes y obstructores de los mercados que integran a toda la población. Supuso que la remoción de esa barrera política erradicaba también la principal causa del subdesarrollo.

En ese período FHC aún consideraba varios caminos para el logro de esa democratización. Pero poco tiempo después estimó que sólo las transiciones negociadas con las dictaduras pavimentaban ese rumbo. Por eso participó activamente en la gestación de las democracias tuteladas, que en los años 80 aseguraron la continuidad del esquema económico neoliberal inaugurado por esas tiranías.

A partir de ese enfoque Cardoso promovió las transiciones pos-dictatoriales como el marco político ideal para atraer capital extranjero. Inició una fervorosa reivindicación del neoliberalismo y sus divergencias con la izquierda se concentraron en torno a esa apología. Las evaluaciones dispares sobre la dependencia quedaron relegadas como una problemático del pasado.

FHC tomó mayor distancia también de la CEPAL y abandonó cualquier presentación del estado como entidad impulsora de la industrialización (López Hernández, 2005). Es cierto que a diferencia del desarrollismo captó la conversión de las viejas burguesías nacionales en asociadas, pero nunca lamentó, ni cuestionó ese giro. Al contrario, lo reivindicó como un acertado camino hacia la prosperidad latinoamericana.

Su crítica a Marini coincidió con la asunción de posturas más derechistas. Cuestionó todos los conceptos de su adversario que chocaban con su fascinación por el mercado y las empresas multinacionales.

En ese período Cardoso introdujo a la Fundación Ford en el medio académico e incentivó el financiamiento privado de las ciencias sociales. Cortó toda referencia a los problemas discutidos con Marini y evitó los debates relacionados con su propio pasado (Correa Prado, 2013).

Posteriormente como presidente de Brasil Cardoso se transformó en el principal artífice de ajustes, privatizaciones, aperturas comerciales y flexibilizaciones laborales. En la última década traspasó nuevos límites hasta convertirse -junto a Vargas Llosa- en el principal adalid de las causas reaccionarias. Actualmente es un vocero de la intervención imperialista en Venezuela y de todos los atropellos del Pentágono.

Por eso no sorprende su activa participación en el reciente golpe judicial- mediático- institucional que desplazó a Dilma Rouseff. FHC tuvo un papel descollante en esa tropelía, al presentarse como un noble estadista que enaltece los valores de la república, reclamando la destitución de una presidenta electa.

Cardoso escribió 22 artículos con ese hipócrita mensaje en el principal periódico de los destituyentes (O Globo) y asumió esa campaña como una venganza personal contra su rival Lula (Anderson, 2016; Feres Júnior, 2016). Esta actitud ya generó contundentes repudios de la intelectualidad progresista (CLACSO, 2016).

La involución neoliberal de Cardoso fue anticipada por la crítica de Marini. La polémica entre ambos no fue un episodio coyuntural de los años 70, ni concentró equívocos de ambos lados. El primer autor negó la persistente realidad del atraso y el segundo explicó su continuidad. Esa diferencia los ubica en polos contrapuestos.

También el socio de FHC en la crítica a Marini -José Serra- ha sido un activo golpista premiado con el cargo de canciller. Desde allí promueve el mayor giro pro-norteamericano de la historia reciente de Brasil (Nepomuceno, 2016).

En los últimos años comenzó una revalorización de la obra de Marini (Murua, 2013:1-3; Traspadini, 2013:10-12). Se difunden sus escritos y se retoman trabajos para actualizar su concepción. Algunos investigadores sostienen que construyó una “economía política de la dependencia” y aporta los cimientos para comprender el subdesarrollo (Sotelo, 2005).

Esta caracterización suscita varias preguntas: ¿Los pilares señalados por Marini son suficientes? ¿La valoración de su enfoque se refiere a la época del revolucionario brasileño o se proyecta hasta la actualidad? ¿Cómo evaluar los cuestionamientos que recibió desde el campo del marxismo?"                    (Claudio Katz, JACOBIN América Latina, 08/08/21)