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2/2/24

La cuestión de la colaboración con los nazis en la 2 Guerra Mundial... y después (Michael Ignatieff)

 "La mayoría de los países ocupados por la Alemania nazi han tardado dos generaciones en admitir que la minoría eran los resistentes, no los colaboracionistas. Pero ahora corremos el riesgo de ir demasiado lejos: normalizar la colaboración y hacer de la resistencia una opción tan excepcional que sólo los santos la elegirían.

En una entrevista para su biografía, Isaiah Berlin se preguntó en voz alta quién, en la alta sociedad inglesa, habría colaborado si los alemanes hubieran invadido el país en 1940. Los antisemitas, canallas y aduladores de su entorno estaban en su lista, pero ¿quién más? Hacerse esa pregunta era una forma de permanecer alerta ante las posibilidades de traición que acechaban bajo la bonhomía y la adulación mutua de la élite londinense. La idea de Berlin era que, cuando el mundo toca fondo, no se puede estar demasiado seguro de lo que hará nadie, ni siquiera uno mismo.

Los colaboradores, argumenta Ian Buruma en su apasionante estudio de tres de estas figuras, son un tema convincente porque han sucumbido a una tentación a la que nos enfrentaríamos todos si nos pusieran en la misma situación. Antes no se entendía así la colaboración. Cuando los regímenes de ocupación nazis fueron expulsados de Francia y los Países Bajos en 1945, los colaboracionistas fueron perseguidos como una minoría deshonrada.

Ambos países reconstruyeron sus identidades nacionales en torno al mito de que sus héroes de la resistencia habían representado el verdadero espíritu de su pueblo. La mayoría de los países han tardado dos generaciones en admitir que la minoría eran los resistentes, no los colaboracionistas. Pero ahora corremos el riesgo de ir demasiado lejos: normalizar la colaboración y hacer de la resistencia una opción tan excepcional que sólo los santos la elegirían.

En Los colaboradores: Tres historias de engaño y supervivencia en la Segunda Guerra Mundial, Buruma se centra en Felix Kersten, el masajista de Heinrich Himmler; Friedrich Weinreb, un judío que conspiró con las autoridades de ocupación alemanas en los Países Bajos; y Kawashima Yoshiko, una princesa china travestida que cooperó con la ocupación japonesa de Manchuria.

Colaboradores

Kersten utilizó su habilidad para aliviar los dolores de estómago de Himmler para congraciarse con la jerarquía nazi. Cuando el régimen empezó a desmoronarse, salvó el pellejo convenciendo a su amo de que perdonara la vida a unos cuantos judíos. Aunque viajó en el tren privado de Himmler a las regiones infernales de Polonia y Ucrania donde se llevaron a cabo los asesinatos en masa, Kersten fingió no tener ni idea de lo que estaba ocurriendo.

En Los colaboradores: Tres historias de engaño y supervivencia en la Segunda Guerra Mundial, Buruma se centra en Felix Kersten, el masajista de Heinrich Himmler; Friedrich Weinreb, un judío que conspiró con las autoridades de ocupación alemanas en los Países Bajos; y Kawashima Yoshiko, una princesa china travestida que cooperó con la ocupación japonesa de Manchuria.

Colaboradores

Kersten utilizó su habilidad para aliviar los dolores de estómago de Himmler para congraciarse con la jerarquía nazi. Cuando el régimen empezó a desmoronarse, salvó el pellejo convenciendo a su amo de que perdonara la vida a unos cuantos judíos. Aunque viajó en el tren privado de Himmler a las regiones infernales de Polonia y Ucrania donde se llevaron a cabo los asesinatos en masa, Kersten fingió no tener ni idea de lo que estaba ocurriendo.
A diferencia de Kersten, que fingía ignorancia, Weinreb, un emigrante judío de Ucrania, sabía exactamente lo que harían los nazis cuando se apoderaron de los Países Bajos en 1940. Pero también sentía desprecio por los dirigentes judíos, que habían proporcionado a las SS listas de judíos con la esperanza de salvar a sus propios parientes. Así empezó a reclutar judíos para su propia lista, diciéndoles que tenía contactos secretos con un general alemán de alto rango que les permitiría escapar si le pagaban y si las mujeres se sometían a exámenes médicos en sus manos. 

Buruma se esfuerza por dar sentido a la red de mentiras de Weinreb, llegando a la conclusión de que era un fantasioso atrapado en su propia fantasía. Pero esto puede ser dejarle demasiado libre. De hecho, era una figura mucho más siniestra, un desgraciado que explotaba el terror ajeno para obtener beneficios, gratificación sexual y la exultante sensación de poder que produce tener a personas indefensas a tu merced. Kawashima era un tercer tipo de colaboradora: al menos tenía una agenda política discernible. Como princesa manchú, colaboró con los japoneses para restaurar la dinastía manchú en Manchukuo, el estado que Japón creó en Manchuria en la década de 1930 tras conquistar la mayor parte de China. En su fantasía, presidiría la fusión de las dos grandes culturas de Oriente. Sin embargo, Manchukuo nunca fue más que un endeble intento de legitimar (para los chinos) una ocupación extranjera excepcionalmente brutal.

Personalidades y política

Los judíos que confiaron en el plan de Weinreb fueron detenidos y exterminados. 

Buruma se esfuerza por dar sentido a la red de mentiras de Weinreb, llegando a la conclusión de que era un fantasioso atrapado en su propia fantasía. Pero esto puede ser dejarle demasiado libre. De hecho, era una figura mucho más siniestra, un desgraciado que explotaba el terror ajeno para obtener beneficios, gratificación sexual y la exultante sensación de poder que produce tener a personas indefensas a tu merced. Kawashima era un tercer tipo de colaboradora: al menos tenía una agenda política discernible. Como princesa manchú, colaboró con los japoneses para restaurar la dinastía manchú en Manchukuo, el estado que Japón creó en Manchuria en la década de 1930 tras conquistar la mayor parte de China. En su fantasía, presidiría la fusión de las dos grandes culturas de Oriente. Sin embargo, Manchukuo nunca fue más que un endeble intento de legitimar (para los chinos) una ocupación extranjera excepcionalmente brutal.

Personalidades y política

A Buruma le fascina la vida lúgubre y escabrosa de sus protagonistas. Lo más interesante de los colaboradores, según él, es su habilidad para explotar las fisuras de los regímenes totalitarios y abrirse camino a través de las grietas hasta llegar a posiciones de poder. Kawashima pasó de un caudillo japonés a otro, utilizando sus artimañas eróticas para manipularlos en su propio beneficio, para acabar siendo traicionada y abandonada al final. Tras la guerra, fue perseguida por los nacionalistas chinos y ejecutada como traidora. Por el contrario, el masajista de Himmler salió con vida explotando la paranoia y el odio dentro del nido de víboras que era el régimen de Hitler; y Weinreb sobrevivió haciendo creer a las SS, al menos durante un tiempo, que trabajaba con un círculo secreto de oficiales de la Wehrmacht. Aunque Buruma hace un buen trabajo describiendo el retorcido mundo de los regímenes de ocupación en Europa y Asia, su trío tiene poco en común más allá de su capacidad para el autoengaño. Como resultado, el fenómeno de la colaboración queda reducido a la psicopatología de tres estafadores. Pero la colaboración fue mucho más que un juego de oportunistas. Fue una opción fundamentalmente política tomada por agentes responsables, y tuvo consecuencias de gran alcance para sociedades y pueblos enteros. 

Consideremos el agonizante dilema del Judenrat, los consejos judíos cuyos miembros optaron por colaborar con las SS y facilitaron listas de judíos y su paradero, con la esperanza de salvar a sus propias familias. Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, censuró estas decisiones. Pero Berlin tenía una opinión diferente. Uno de sus tíos, líder del Judenrat en Riga en 1941, se vio obligado a ayudar a la ocupación, que culminó con la expulsión de todos los judíos de la ciudad, masacrados y arrojados a fosas comunes. El juicio de Berlin sobre la "colaboración" de su tío -si es que así debe llamarse- fue que en situaciones en las que te enfrentas a la muerte pase lo que pase, veredictos como el de Arendt eran imperdonablemente arrogantes. La respuesta adecuada sólo podía ser el dolor y el recuerdo.

Espada y escudo

Aunque algunos casos de colaboración representan una elección imposible en condiciones extremas, en otros casos puede defenderse como un intento de salvar el honor de un país tras una derrota militar. Encontramos este argumento en la obra del historiador Julian Jackson France on Trial: The Case of Marshal Pétain, del historiador Julian Jackson, que ofrece una fascinante y meticulosa recreación del procesamiento del líder de Vichy en 1945 por colaborar con los ocupantes alemanes.

Juicio en Francia

Jackson sostiene que la colaboración fue la consecuencia lógica del armisticio de junio de 1940, del mismo modo que el armisticio había sido la consecuencia lógica del apaciguamiento de Munich. No en vano, la opinión pública francesa estaba a favor primero de apaciguar a Hitler y luego de colaborar con él tras la derrota.

El hecho de que la opinión pública apoyara a Pétain no justifica la colaboración, pero ayuda a hacer comprensible la decisión de colaborar. Cuando el héroe de Verdún "hizo el don de su persona" al pueblo francés en su hora de derrota, les dijo: "si ya no podía ser vuestra espada, he querido ser vuestro escudo". Al firmar el armisticio con Alemania en junio de 1940, Pétain prometió que su régimen en Vichy impediría que los alemanes ocuparan todo el territorio francés y protegería a la población francesa de toda la fuerza de los decretos alemanes. En su discurso al pueblo francés, utilizó la palabra "colaboración" para describir su posición frente a las autoridades alemanas. Esta palabra, que pronto se acortó a "collabo", pasó a formar parte del lenguaje vernáculo de la ocupación. Talleyrand dijo una vez que la traición es una cuestión de fechas. Lo que parece aquiescencia en un momento puede convertirse en traición en otro. En junio de 1940, la decisión de Pétain pareció, a los ojos de muchos franceses patriotas, haber salvado el honor del país en un momento en que era inútil seguir resistiendo. 

El general Maxime Weygand, comandante del ejército francés, había pronosticado tras la caída de Francia que en tres semanas Inglaterra tendría el cuello retorcido como una gallina. Los estadounidenses no habían entrado en la guerra y Stalin estaba del lado de Hitler. La decisión de Charles de Gaulle de huir a Inglaterra y reunir una resistencia parecía quijotesca, mientras que la colaboración parecía la opción más realista. Incluso Léon Blum -el primer ministro socialista de los años 30 que más tarde fue internado por los alemanes- pensaba que el armisticio era una respuesta honorable a la catástrofe, preferible incluso a la huida de los gobiernos holandés y polaco al exilio en Londres. Pétain insistió en que la colaboración había evitado que Francia compartiera el horrible destino de Polonia bajo la ocupación nazi.

Cruzando la línea

La colaboración de Pétain se convirtió en deshonor cuando traicionó su promesa de proteger al pueblo francés. Es cierto que, entre 1940 y 1942, su régimen consiguió retrasar o modificar los dictados alemanes. Pero tras el desembarco de los Aliados en el norte de África, en noviembre de 1942, los alemanes ocuparon toda Francia y eliminaron toda la autoridad que le quedaba a Pétain. Quienes le habían perdonado su colaboración en 1940 no podían entender por qué no se marchó a Argel para unirse a los franceses libres. En lugar de eso, se quedó, mientras la Gestapo torturaba y asesinaba a los résistants franceses. También dio carta blanca a la milicia francesa (una fuerza paramilitar fascista francesa) y a la Gestapo para cazar a judíos franceses y extranjeros y enviarlos a Auschwitz y Buchenwald. En el juicio, Blum describió tanto el hecho de que Pétain no abandonara Francia en 1942 como su abyecta incapacidad para enfrentarse a los alemanes como un "abuso masivo y atroz de la confianza moral". Su comportamiento, concluyó Blum, merecía el nombre de traición. Pero en el momento de su juicio, en agosto de 1945, Pétain era un cascarón de 89 años de edad. Muchos de los miembros de la resistencia creían que, como símbolo ejemplar de la degradación de Francia, merecía la muerte, mientras que los apologistas de Vichy replicaban que era víctima de una caza de brujas. Cada bando comprendió que el juicio había abierto la herida de la colaboración en el cuerpo de toda una sociedad. 

Cuando el escritor résistant Maurice Druon preguntó: "¿Quieren juzgar a todos los gendarmes que empujaron a la gente a los trenes?", otra persona de la sala gritó "¡Sí!". Druon advirtió que el proceso se estaba "convirtiendo en un juicio a Francia". Pero ni siquiera los résistants querían sentar a todo el país en el banquillo. Después de que el tribunal condenara a muerte a Pétain, De Gaulle le concedió el indulto; y décadas más tarde, depositó una corona de flores en la tumba de su antiguo comandante. "Un juicio como éste", observó entonces el escritor François Mauriac, "nunca termina ni terminará". Y tenía razón. La colaboración de Francia en tiempos de guerra persiguió a su política durante 50 años. Por ejemplo, François Mitterrand -que desafió a De Gaulle por la presidencia en 1965, llevó a los socialistas al poder en 1981 y fue presidente durante 14 años- tuvo que explicar cuando era presidente por qué había viejas fotografías suyas de joven funcionario de Vichy siendo presentado al Mariscal. Las generaciones más jóvenes, subrayó, debían comprender que había sido habitual empezar colaborando y luego pasarse al bando de la resistencia, como hizo él en 1943.

¿Dejar que la Historia juzgue?

Los juicios de los funcionarios de Vichy que habían sido cómplices del asesinato de judíos continuaron en la década de 1990. Pero no fue hasta la presidencia de Jacques Chirac (1995-2007) cuando Francia reconoció públicamente que la deportación de judíos franceses a los campos de exterminio nazis había sido obra de un gobierno, una policía y unos colaboradores franceses. La cuestión de la colaboración ha proyectado una sombra más alargada sobre la vida francesa de lo que nadie hubiera podido imaginar en 1945. Cuando Jackson concluye su ejemplar y fascinante relato con la observación de que "el caso Pétain está cerrado", uno no puede estar del todo seguro. Tal vez el caso esté realmente cerrado en Francia. Pero ahora que Europa está de nuevo en guerra, la cuestión de la colaboración sigue ante todos nosotros. Una vez concluida la guerra en Ucrania, sus dirigentes tendrán que decidir qué hacer con quienes colaboraron con los invasores rusos. Si se obliga a los ucranianos a un armisticio mientras Rusia sigue ocupando su territorio, algunos de los que lucharon para expulsar a los rusos condenarán sin duda como traidor a quien firme tal acuerdo. Pero, como en el caso de Pétain, que ese juicio se mantenga dependerá de lo que venga después."               

 (Michael Ignatieff , Project Syndicate, 28/07/23; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

21/4/23

La segunda guerra mundial fue un conflicto imperialista, pero que el fascismo le permitió desarrollarse en un escenario ideológico completamente distinto al de la contienda de 1914-1918. En el mundo entero millones de personas ansiaban la destrucción del fascismo y estaban dispuestas a respaldar a los líderes de sus países si estos podían lograrlo

 "Una historia de la segunda guerra mundial que asume desde el vamos su encuadre en el análisis marxista es de por sí un acontecimiento auspicioso. El conflicto ha sido y es objeto de muchos abordajes apologéticos. En este caso asistimos a un meritorio acercamiento crítico.

 Bambery no es un historiador académico. Ha sido por décadas un militante activo de agrupaciones del socialismo radical de raíz trotskista en su país natal, Escocia. Los trabajos historiográficos jalonaron su trayectoria, en simultáneo con su actividad militante.

Eso se trasunta en cierta frescura de su trabajo, que si bien respeta las reglas básicas de la escritura académica, con todo un aparato erudito, se orienta por senderos diferentes al de la “corriente principal” de la historiografía universitaria.

Su libro es una muestra, por si hiciera falta, de que puede escribirse buena historia desde ámbitos diferentes a los recintos universitarios. No se trata, ni mucho menos, de invalidar lo producido en estos últimos. Sí de eludir cierto menosprecio a lo que se genera por fuera de los circuitos de enseñanza e investigación más reconocidos.

¿Epopeya antifascista? ¿Choque entre imperios?

Escribe el autor en las conclusiones: “La tesis principal de este libro es que la segunda guerra mundial fue un conflicto imperialista, pero que el fascismo le permitió desarrollarse en un escenario ideológico completamente distinto al de la contienda de 1914-1918. En el mundo entero millones de personas ansiaban la destrucción del fascismo y estaban dispuestas a respaldar a los líderes de sus países si estos podían lograrlo.”

A diferencia de abordajes más convencionales sobre su objeto de estudio, el autor se ocupa de desmitificar el carácter antifascista del conflicto, si se lo mira desde la perspectiva de los ámbitos dirigentes de las grandes potencias capitalistas, las llamadas “grandes democracias”.

Destaca así el empeño de los futuros aliados en evitar enfrentarse a la Alemania nazi y al mismo tiempo el intento de desatar una guerra de exterminio entre ésta y la Unión Soviética. O las finalidades imperialistas de las grandes potencias, como Gran Bretaña, que va a la guerra movida por la voluntad de preservar su imperio colonial. O Estados Unidos, que ve una oportunidad de consolidar su rango de primera potencia mundial.

El conflicto entrañó varios antagonismos armados al mismo tiempo, de contenidos muy diferentes entre sí: El de las potencias imperialistas enfrentadas; el choque a muerte entre el nazismo y el Estado soviético, el empuje de liberación de los pueblos colonizados de Asia y África; el esfuerzo chino por sacudirse su status semicolonial.

Cada uno tuvo su resolución específica y contribuyó a dar nueva fisonomía al mapa del mundo una vez concluido el gigantesco choque armado.

Busca así Bambery un interesante equilibrio entre el tratamiento del carácter interimperialista de la guerra entre las clases dominantes, y el emprendimiento antifascista visto desde el abajo social. Lo que va acompañado por el señalamiento de la tendencia a acomodarse con el fascismo de las burguesías “democráticas”, tal como ocurrió en Francia después de la derrota de 1940.

Las clases trabajadoras, por el contrario, se alineaban contra los regímenes reaccionarios y vieron la guerra como un modo de librarse de ellos de modo definitivo. Estuvieron dispuestos a poner en riesgo sus vidas para terminar con las dictaduras, no en pos de los antagonismos entre capitalistas.

El historiador llama la atención acerca de que las actitudes de las dirigencias “democráticas” estuvieron en buena medida guiadas por el temor a una revolución social en sus países respectivos. Y a la asunción de que el enemigo principal era el comunismo, no el fascismo.

Sólo el incremento y la repetición de las agresiones del régimen nazi terminaron por arrastrarlos al enfrentamiento, luego de buscar por todos los medios un arreglo, incluso después de la invasión de Polonia.

Guerra, revolución y masacres.

El empeño antifascista de las masas tuvo en varios países derivaciones revolucionarias. Los movimientos de resistencia triunfantes intentaron proyectar la victoria frente al Eje en liberación social en perspectiva socialista.

El autor despliega de manera adecuada el papel de la dirigencia encabezada por Stalin de reducir a movimientos “democráticos” y volcar a gobiernos de “unión nacional” a los resistentes conducidos por los respectivos partidos comunistas.

De todos modos cabría la objeción de que Bambery recurre a cierto esquema en el que las masas siempre aparecen dispuestas a la disputa del poder y las dirigencias actúan de modo indefectible como mecanismo de freno. La mirada a los distintos procesos nacionales puede inducir a miradas más matizadas.

Sólo quienes desoyeron las orientaciones stalinianas, como los chinos y yugoeslavos, lograron llevar a término procesos revolucionarios exitosos, ya después de terminada la guerra. Los que fueron mediados por la derrota en combate de las fuerzas nacionalistas y anticomunistas que también habían tomado parte en la victoria sobre los ocupantes, en lugar de buscar alianzas con ellos.

La orientación del Estado soviético, tanto durante la guerra como en el diseño del poder posbélico, estuvo guiada por sus propios intereses de gran potencia. La prioridad era la protección de las fronteras de la URSS, encuadrada en un reparto de esferas de influencia que la conducción soviética no quería ver perturbada de ninguna manera.

 Una mención aparte merece el tratamiento del papel soviético en las operaciones bélicas. Insospechable de simpatías con el stalinismo por su militancia trotskista, el historiador marca la centralidad del choque alemán-soviético y el enorme costo de la guerra para esa sociedad, tanto en términos económicos como humanos.

Asimismo marca el carácter decisivo de la acción del ejército rojo, desde la exitosa defensa de Stalingrado a la ofensiva final que desembocó en la toma de Berlín. Su contribución al esfuerzo de guerra tuvo un peso desproporcionado en relación al británico y estadounidense.

La guerra desenvuelta entre 1939 y 1945 no fue una cruzada mundial por la democracia y la libertad de los pueblos. Fuerzas más oscuras se desenvolvieron a lo largo de toda su duración.

Y se pusieron en evidencia en particular en los medios bélicos empleados. Sin establecer un parangón con el genocidio cometido por los nazis, el otro bando puso en movimiento recursos atroces.

Los bombardeos masivos de los aliados, que causaron a conciencia cientos de miles de muertos en la población civil, no fueron compatibles con ningún parámetro humanista. Y manifestaron total falta de respeto por las vidas humanas. La guerra fue muchas cosas, pero no un enfrentamiento entre el bien y el mal.

 Bambery no se circunscribe al relato estricto de la guerra sino que parte de unos años antes y se extiende después a la remodelación del mundo en la posguerra. En esa línea completa una síntesis del panorama mundial desde 1930 hasta 1950 aproximadamente, de un modo en que proporciona importantes pistas para la comprensión del mundo de la segunda mitad del siglo XX.

El libro que nos ocupa no es un trabajo exhaustivo, sino una síntesis vivaz del conflicto armado más cruento del siglo XX, sus antecedentes y consecuencias. El que fue decisivo para la configuración del mundo posterior. Su enfoque disruptivo resulta loable, en medio de tanta apología en las coordenadas “democracia vs. totalitarismo” que se ha escrito durante décadas.

La obra acerca sin duda a la comprensión de que durante los seis años de guerra se asistió a una gigantesca lucha de los pueblos contra el fascismo, es cierto. Y al mismo tiempo a una puja entre potencias por un nuevo reparto del mundo, del que Estados Unidos resultó el beneficiario mayor.

Y puede constituir una buena puerta de entrada para todo lector con espíritu crítico, que quiera poner en cuestión la mirada al uso acerca de la guerra."                   (Daniel Campione , Rebelión, 15/04/2023)

7/2/22

Rafael Poch: Reventando el polvorín ucraniano... La OTAN justifica su vigencia en la necesidad de afrontar problemas por ella creados... Un repaso a una crisis de treinta años.

 "I) Pueblos hermanos

Se dice que rusos y ucranianos son “pueblos hermanos”, y es verdad. Siglos de vida en común, dos lenguas bien parecidas y una geografía sin obstáculos físicos, de llanuras surcadas por ríos mansos, que complica y difumina todo concepto de frontera. Al mismo tiempo, el parentesco fraternal no es incompatible con fuertes diferencias de carácter. Cuando una abuela dice sobre sus nietos, “¡Qué diferentes son, parece mentira que sean hermanos!” está formulando un tópico familiar de los más recurrentes. Veamos algunas de esas diferencias.

Como tantos otros países, Ucrania contiene una considerable diversidad regional entre el Oeste y el Este. Simplificando: cuanto más hacia Rusia, más ruso se habla, mayor influencia del cristianismo oriental adscrito al Patriarcado (ortodoxo) de Moscú y menos perceptible se hacen las diferencias fraternales. Cuanto más al Oeste mas fuerte es la identidad nacional ucraniana, el carácter mixto (oriental-occidental) del cristianismo, etc., etc.

A lo largo de su historia, Ucrania vivió varios procesos de integración, bien en la órbita rusa, bien en la polaca. Al colisionar con el poder superior ruso, el nacionalismo burgués ucraniano se vio condenado a colocarse bajo patronazgo extranjero. En el siglo XX sus efímeros gobiernos se afirmaron bajo la protección militar alemana (el del atamán Skoropadski) o polaca (Petliura). El nacionalismo popular ucraniano fue más anti polaco y anti judío que anti ruso. Políticamente fue frecuentemente socialista o social-revolucionario y al final, en un contexto de grandes convulsiones como los de la guerra civil rusa, tuvo que decantarse entre blancos y rojos en beneficio de los segundos.

El espacio ucraniano ha sido frecuente campo de batalla. En el siglo XVII conoció la revuelta de Bogdan Jmenitski contra la unión polaco-lituana, en el XVIII el zar Pedro I se impuso a los suecos en Poltava, y en el siglo XX fue uno de los principales escenarios bélicos tanto de la guerra civil rusa como de la Segunda Guerra Mundial.

El periodo 1917-1922 contiene en Ucrania un sinfín de conflictos. Parte de los nacionalistas ucranianos lucharon junto con los alemanes y austro-húngaros y otra parte contra ellos. La población ucraniana pro rusa se dividió en su lucha a favor de una Rusia unida, unos con los rojos y otros con los blancos. Otras fuerzas, como la del ejército campesino de Nestor Majno, con un gran componente social libertario y nacional ucraniano, lucharon tanto contra los rojos como contra los blancos.

Para comprender el actual mapa de Ucrania es ineludible hablar de tres regiones. En primer lugar Galitzia, zona occidental de claro dominio de la lengua ucraniana, con influencia católica mestiza (greco-católicos o “uniatas”), que en su mayoría nunca formó parte del resto de Ucrania ni estuvo sometida a Rusia hasta Stalin en los años cuarenta, después de dos siglos de sometimiento a regímenes polacos o austro-húngaros opresivos. De Galitzia partió en el siglo XIX el más fuerte impulso nacionalista. Ya en la época postsoviética desde allí se ha irradiado hacia el resto del país la ideología nacionalista más fuerte, con su particular narrativa histórica sobre la URSS: la revolución bolchevique como asunto “ruso” o “judío” (ignorando la larga lista de ucranianos presente en la dirección bolchevique), la mortífera hambruna de los años treinta con varios millones de muertos como “genocidio comunista-ruso contra el pueblo ucraniano” (ignorando que la misma hambruna de esos años devastó igualmente zonas rusas en el Don, Kubán,Volga, etc. y otras repúblicas como Kazajstán), todo ello aspectos de la nueva historia adecuada a la nueva estatalidad adquirida en 1991 que debía enmendar la historia oficial soviética, igualmente repleta de omisiones y manipulaciones.

Desde sus orígenes a principios de siglo XX, las organizaciones armadas del nacionalismo ucraniano en Galitzia (que entonces actuaban contra el dominio polaco) estuvieron financiadas y teledirigidas por el Abwehr, el espionaje alemán. Durante la Segunda Guerra Mundial los invasores alemanes fueron recibidos como libertadores por muchos ucranianos occidentales que habían sufrido la cruda represión estalinista y las hambrunas. Una vez más, la invasión hitleriana dividió a los ucranianos en dos bandos; el mayoritario que luchó con el ejército soviético contra el fascismo, y el minoritario de nacionalistas de Ucrania Occidental que fue utilizado por los nazis como fuerza de choque, creó una división SS específica y actuó frecuentemente de una forma aún más cruel que sus amos contra judíos y comunistas en los campos de exterminio, empuñando la bandera de la liberación nacional ucraniana.

Hay que decir que los ucranianos occidentales no fueron los únicos “colaboracionistas”: también los rusos del ejército de Vlasov, tártaros, chechenos, cosacos, etc. tuvieron representantes en el ejército alemán.

A los colaboracionistas de Ucrania Occidental, cuya relación con los nazis no fue fluida e incluyó episodios de enfrentamientos armados, se les conoce como “banderovski” por el nombre de su principal líder, Stepan Bandera. Con la victoria soviética y la incorporación definitiva de Galitzia a la URSS en 1945, los “banderovski” mantuvieron una guerrilla muy brava contra el NKVD de Stalin, recibiendo apoyo de la CIA en armas y lanzamiento de paracaidistas. Su cuartel general en Europa estaba en Munich, donde Bandera fue eliminado por un agente de Stalin en 1959…

Esta corriente, con la que en la época de la Perestroika solo se identificaba un sector minoritario del nacionalismo ucraniano, es reconocida hoy por un sector mucho más amplio como símbolo de la liberación nacional, o por lo menos como inspiradora de su principal ideología y narrativa nacionalista. La revuelta de Maidán del invierno de 2014 y el golpe de Estado pro occidental en que desembocó, instalaron ese nacionalismo exclusivista del Oeste de Ucrania en el centro del Estado.

En el sur y el Este de Ucrania, la llamada Novorossia, siempre se rechazó con toda claridad cualquier glorificación de los fascistas “banderovski”. Se trata de un arco que va desde Járkov, en el norte, hasta la región de Odesa en el sur-oeste, mayoritariamente ruso parlante y con gran población que se define como “rusa”. Ese arco no formó parte de Ucrania hasta la guerra civil de los años veinte (era la parte más industrial y a los bolcheviques les interesaba tener una base obrera en el gran universo campesino que era Ucrania), conserva una fuerte memoria soviética de la Segunda Guerra Mundial, y, al mismo tiempo, desde la nueva independencia de 1991 tendía hacia una cierta lenta ucrainización, o, por lo menos, a acentuar sus diferencias sutiles y difusas con Rusia. A grandes rasgos, Novorossia (la “Rusia nueva”) fue objeto de la reconquista imperial rusa en los siglos XVII y XVIII.

Mención especial merece la península de Crimea, tierra ancestral rusa, poblada por rusos y ruso parlante en un 80%, por donde llegó el primer cristianismo a la Rus de Kíev (¿el primer estado ruso fue ucraniano, o es que el primer estado ucraniano se llamaba Rusia?, eh aquí un interesante objeto de disputa entre besugos), reconquistada por Catalina II a los tártaros del janato de Crimea, el último vestigio de la Horda de Oro heredero del imperio de Chingiz Jan, que para entonces era un satélite del Imperio Otomano. Crimea fue escenario de glorias militares rusas y soviéticas, tanto durante la guerra de Crimea del XIX (todos contra Rusia) como durante la Segunda Guerra Mundial, con heroicas batallas en Sebastopol, Kerch y Odesa. La caprichosa entrega de Crimea a Ucrania por Jruschov en 1954, desgajándola de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR) en una época en la que las diferencias entre repúblicas era completamente irrelevante, tuvo un carácter simbólico. A partir de la disolución de la URSS eso se convirtió en un problema.

Otra diferencia entre rusos y ucranianos tiene que ver con su tradición política, con las formas, símbolos y héroes en los que unos y otros se sienten identificados. Aquí el contraste entre los hermanos es importante. Ucrania fue un país situado geográficamente en el límite y la confluencia de grandes imperios (turcos, polacos, rusos). Su propio nombre, “U-kraine”, significa algo así como “junto al límite”, “en la frontera”, un espacio al que la autoridad imperial de unos y otros, y sus relaciones de servidumbre, apenas llegan o se perciben como algo lejano y difuminado. Esa posición determinó cierta holgura y libertad, un “arréglatelas tu mismo como puedas y sin gobierno” que asociamos al espíritu de frontera del “Far West”.

Los héroes de esa tradición política son líderes cosacos “libres” que luchan; ahora contra los turcos, ahora contra los polacos o contra los rusos, absorbiendo rasgos de unos y otros (Maidán -plaza- es una palabra turca). Todo eso es muy diferente de la tradición rusa, que es una galería llena de cuadros de grandes zares y caudillos absolutistas tanto más grandes cuanto más Estado e Imperio construyen.

Esa diferencia ha influido en la diferente evolución que ha tenido la formación de los estados postcomunistas pese a su común régimen oligárquico.

Mientras en Rusia tras una época turbulenta se recuperó la “vertical de poder” con su vector tradicional autocrático con considerable facilidad (eso es lo que representa Putin), en Ucrania el Estado ha sido mucho más débil. Eso ha hecho que la sociedad haya sido mucho más suelta, incontrolada e independiente hacia el poder que en Rusia, lo que ha tenido ciertas ventajas para la autonomía social y también serios inconvenientes para estabilizar un gobierno efectivo independiente de intereses externos…

Dicho todo esto y situados ya un poco ante el mapa, hay que decir que por más que esas semejanzas y diferencias sean importantes para comprender el universo ruso-ucraniano y para entender la diversidad interna de Ucrania, apenas aportan una explicación concreta a lo que tenemos hoy encima de la mesa: una verdadera fractura que explota en una guerra civil. ¿Cómo ha podido podrirse tanto la situación para que los hermanos se tiroteen y bombardeen?

Para comprender eso, no hay más remedio que fijarse en los regímenes políticos -igualmente emparentados- de Rusia y Ucrania.

II) Privatización y regímenes

En los años noventa, Rusia y Ucrania sufrieron el mismo proceso de saqueo de su economía, sus recursos, su patrimonio material nacional, a manos del mismo estrato administrativo-burocrático-oligárquico del antiguo régimen comunistoide, la Estadocracia (según el término del profesor Marat Cheskov). Eso que se conoce como “privatización” dio lugar al mismo tipo de sistema de capitalismo oligárquico. La diferencia con Rusia ha sido “el factor Putin”.

Si en Rusia con el cambio de siglo acabó emergiendo un poder político que restableció la vertical de poder y sometió a los magnates de la privatización a unas reglas de juego en las que era obligatorio reconocer la primacía del Estado, en Ucrania eso no ocurrió. Después de los años noventa, la política ucraniana continuó siendo la lucha entre, fundamentalmente, dos grupos de magnates. Unos vinculados industrialmente a Rusia y por tanto que tendían geopolíticamente hacia ella, y otros mucho más en la órbita occidental.

Esos grupos apenas se diferenciaban internamente en su programa socio-económico, maltrataban exactamente igual la aparición de cualquier manifestación social o de izquierda, y mantenían una cruda lucha subterránea por el poder. Ambos grupos se disputaron ese poder y alternaron en él, con incidentes pero sin llegar a un enfrentamiento abierto y militar como el de octubre de 1993 en Moscú.

Cada uno de los dos bandos de este sistema clánico-oligárquico con fuertes anclajes en la descrita diversidad regional ucraniana, era demasiado débil para imponerse definitivamente a sus adversarios. Esa debilidad hizo que cada uno de ellos aumentara la conexión y dependencia clientelista hacia el elemento geopolítico exterior. Los intereses de los grandes vecinos se mezclaron cada vez más en una amalgama, junto con los intereses económicos, industriales e ideológicos, “orientales” u “occidentales” de cada bando. Sobre esa lógica de poder actuaron tanto subvenciones rusas al suministro de gas, como la compra y financiación de ONG, medios de comunicación e instituciones con los 5000 millones de dólares reconocidos por la señora Victoria Nuland, vicesecretaria de Estado norteamericana, o por su vector correspondiente alemán, polaco y europeo en general.

Diferencia fundamental entre esos dos vectores externos era que si Moscú era desde el principio consciente de la diversidad interna de Ucrania y de la imposibilidad de imponer por completo sus intereses allá sin romper el país, en Washington, Bruselas y Berlín se buscaba, cada vez más, una victoria total y definitiva, ignorando los peligros de una fractura.

Ese sentido común acerca de la necesidad de cierto equilibrio interno había regido la política ucraniana de los dos bandos oligárquicos enfrentados desde 1991 hasta 2014. Siempre que uno u otro bando llegaba al poder en Kíev, ambos gobernando sobre el mismo fondo de corrupción y parasitismo (muy superior al de Rusia), había conciencia de que el país sería ingobernable y se rompería si se ignoraban por completo los intereses del otro. La propia población, socialmente muy descontenta con el poder tanto en el Este como en el Oeste del país, dependía de la apertura y el acceso a los grandes vecinos orientales y occidentales. De los 45 millones de ucranianos, unos seis millones respondieron a la pobreza emigrando a trabajar en el extranjero, unos 3 millones hacia Rusia (ucranianos de Novorossia) y otros tres hacia Polonia y la Unión Europea, mayormente ucranianos occidentales.

III) La revuelta del Maidán y su secuestro.

En este contexto de debilidad del poder ucraniano que acentúa el recurso de los dos grupos oligárquicos enfrentados a padrinazgos geopolíticos exteriores, apareció la provocativa y desestabilizadora oferta de la Unión Europea de un acuerdo de “Asociación oriental” con Ucrania. Hay que decir que a diferencia de la Unión Aduanera propuesta por Moscú, esa oferta europea se planteó desde el principio como excluyente, no compatible y no negociable con cualquier interés ucraniano vinculado a Rusia. Dada la permeabilidad existente entre los mercados ruso y ucraniano, abrir el segundo a la UE significaba perjudicar directamente la economía rusa. En materia de seguridad, la Unión Europea dejaba claro en aquel tratado que Ucrania debía ponerse en sintonía con “Europa” en su política exterior y de seguridad, fundamentalmente adversa a la de Moscú.

Mientras Moscú y Kíev pedían a la Unión Europea una negociación a tres bandas para solucionar el entuerto, la canciller Merkel se negó rotundamente a admitir a Rusia en cualquier negociación con Ucrania. Eso hizo que la jugada de la adhesión a “Europa” se convirtiera en una bomba desestabilizadora que transformaba equilibrios y diferencias, territoriales y de intereses, hasta ahora gobernables en una verdadera fractura.

Esa circunstancia, unida a las improvisadas contraofertas y fuertes presiones de Moscú, alimentó las más que razonables vacilaciones del Presidente Viktor Yanukovich. El no de Yanukovich al tratado con la UE hizo estallar el descontento social contra la corrupción, la oligarquía, contra el gobierno inefectivo, opaco y socialmente injusto, aspectos que el polo popular occidentalista ucraniano asocia con el modelo ruso.

El primer Maidán fue un movimiento surgido de un impulso genuinamente popular que expresaba elementales deseos de regeneración democrática, civil y nacional. Pero a diferencia de, digamos, el 15-M, tenía detrás a uno de los dos bandos oligárquicos y a los socios exteriores americanos y europeos (particularmente polacos y alemanes), con apoyo de medios de comunicación locales e internacionales, por lo que desde el principio estaba bien cargado de ambigüedad social y geopolítica.

El gobierno de Yanukovich respondió a ese desafío con gran inseguridad, represión y juego sucio: movilizando bandas de lumpen que apalizaban a activistas, etc., lo que aún indignó más a la gente.

Por sí solo, el sujeto que formaba la infantería de este Maidan (la intelligentsia creativa, los grandes y pequeños hombres de negocios del sector servicios, estudiantes, profesiones liberales y funcionarios apoyados por los clanes oligárquicos “alternativos”), no era capaz de tomar el poder y tumbar al desprestigiado régimen -por otra parte electo y completamente legítimo desde el punto de vista formal. Para derribarlo se necesitaba una fuerza de choque, disciplinada, y dispuesta a jugarse el físico. Una caballería pesada. Esa fuerza fue la extrema derecha armada con la ideología nacionalista de tradición “banderovski”, apoyada por los oligarcas y los padrinos geopolíticos occidentales. Si la trama subterránea de complicidades, financiación, asesoramientos y adiestramiento de servicios secretos occidentales (americanos, polacos y alemanes) apenas ha trascendido, cuarenta políticos occidentales de primera fila, entre ellos primeras figuras de Estados Unidos y los ministros de exteriores de Alemania, Polonia, países bálticos, etc. pasaron por la plaza de Kíev repartiendo solidaridades y pastelitos. Fue ese segundo Maidán el que ejecutó el cambio de régimen en las jornadas de febrero en un contexto de batallas campales con incendio y toma de sedes ministeriales en medio de una masacre indiscriminada de manifestantes y policías (en total un centenar, además de más de una decena de policías) a cargo de tiradores de precisión el 20 de febrero, lo que precipitó la caída del gobierno y la huida del presidente.

El estudio académico mas convincente sobre aquella masacre, obra del profesor Ivan Katchanovski, de la School of Political Studies de la Universidad de Otawa concluyó lo siguiente:

“La evidencia indica que una alianza de elementos de la oposición de Maidan y la extrema derecha estuvo involucrada en el asesinato en masa tanto de los manifestantes como de la policía, mientras que la participación de las unidades especiales de la policía en los asesinatos de algunos de los manifestantes no se puede descartar por completo en base a la evidencia disponible. El nuevo gobierno que llegó al poder en gran parte como resultado de la masacre falsificó su investigación, mientras que los medios de comunicación ucranianos contribuyeron a tergiversar la matanza masiva de manifestantes y policías. La evidencia indica que la extrema derecha desempeñó un papel clave en el derrocamiento violento del gobierno en Ucrania”

A la misma conclusión llega Richard Sakwa, de la Universidad de Kent, autor del mejor libro sobre el Maidan publicado hasta la fecha (Frontline Ukraine).

En febrero de 2014, estuve metido de lleno en la crónica periodística del Maidán en Kíev y escribí lo siguiente:

“Hasta el más iluso activista de cualquier movimiento social europeo comprende ahora el misterio de lo que se está viendo estos días en Kíev:si la causa es “justa”, se puede ocupar más de media docena de edificios y sedes ministeriales en el centro de la capital, varias sedes regionales del gobierno, organizar escuadras paramilitares, presentar una fuerte resistencia física ante los antidisturbios, matar agentes y ganarse el aplauso de la Unión Europea. Las batallas campales son aquí “valientes y pacíficas manifestaciones”. Las autoridades, y no los ciudadanos, “deben renunciar a la violencia” y derogar “las leyes que limitan las libertades y derechos” y sus reivindicaciones deben ser escuchadas, Merkel et Bruselam dixit. ¿Comienza una nueva época? ¿Veremos a políticos rusos, bielorrusos y ucranianos llamando a la huelga general en Atenas, coreando el “no nos representan” en la Puerta del Sol o aplaudiendo a quienes lanzan botellas incendiarias a la policía en el Ocupy Frankfurt?”

Obviamente si todo aquello hubiera ocurrido con los vectores y escenarios invertidos -un gobierno favorable a los intereses occidentales, en México o Canadá, con políticos rusos, chinos y venezolanos de primera fila repartiendo pastelitos entre los manifestantes- no se habría celebrado como progreso democrático, sino como escandaloso y sangriento golpe de estado, terrorismo y demás…

El cambio de régimen en Kíev precipitó la revuelta del Este de Ucrania con padrinazgo ruso. Primero en Crimea, donde las declaración de soberanía y el posterior ingreso del territorio en Rusia, fue fácil por el amplio apoyo de la población y la presencia de la flota rusa, y luego en todo el arco de Novorossia. Todas esas regiones, temerosas de las primeras disposiciones de un gobierno con participación de “banderovski” en materia de lengua, etc., y ante la evidencia de que sus derechos e intereses iban a ser atropellados, pidieron federalismo en pequeños antimaidanes pro rusos, sin el menor apoyo de oligarcas locales (todos se pasaron a Kíev), que expresaban el mismo genuino descontento social y temor popular que el de Kíev desde un vector identitario y geopolítico distinto. En Odesa, ciudad rusofila y rusoparlante, presencié aquel febrero manifestaciones de decenas de miles de ciudadanos contra el nuevo gobierno de Kíev salido del Maidán y contra el nacionalismo ucraniano antiruso. Aquella protesta se aplastó con otra masacre, la de la Casa de los Sindicatos del 2 de mayo a cargo de la extrema derecha y los hinchas de futbol venidos de todo el país a poner orden en la ciudad, con el resultado de 46 muertos y 214 heridos, muchos de ellos abrasados en el edificio de cinco plantas incendiado con cócteles molotov ante la pasividad de la policía. En otras regiones rusófilas el miedo, la debilidad de la protesta o la pasividad de los disconformes con lo que sucedía decidió la situación. No fue así en el Este del país, donde se organizó una fuerte resistencia popular armada mezclada con intervención camuflada rusa. La respuesta del nuevo gobierno de Kíev fue el envío del ejército en misión antiterrorista -lo que el presidente Yanukovich no se había atrevido a hacer- y que dio paso a la militarización y al actual escenario de guerra civil con 14.000 muertos y centenares de miles de refugiados y desplazados.

Una vez más: si cambiamos las fichas, toda esta utilización de aviación y artillería contra ciudades habría sido valorado en Occidente como intolerable crimen contra la humanidad, etc., etc.

Dicho esto, se impone la evidencia de que todo lo que hubo y hay de genuinamente popular y liberador, tanto en el primer Maidán de Kiev como en la revuelta de Novorossia, importa muy poco a fin de cuentas en este conflicto en el que lo determinante es su dimensión geopolítica. Nada se entiende sin poner el zoom de nuestra observación en posición de gran angular.

IV) El Imperio del caos y la “arquitectura de la seguridad europea”.

La propaganda occidental achaca el conflicto de Ucrania a la maldad de Putin, al nuevo expansionismo ruso y propone cronologías tan descaradas como la película que comienza con la invasión rusa de Crimea. Vaya por delante que el régimen oligárquico ruso tiene intereses correspondientes (aunque mucho más legítimos, desde el punto de vista de la historia y de la geografía) a los occidentales por: 1- Mantener su control y acceso a buena parte de los recursos naturales e industriales de Ucrania, 2- Ampliar su influencia geopolítica y 3- Por consolidar el régimen autocrático de Putin y la unión autoritaria de burócratas y magnates que lo sustenta, con medidas de tanta carga patriótica como el regreso de Crimea a Rusia.

Desde ese punto de vista, tal como decía el profesor Mijaíl Buzgalin, la recuperación de Crimea es tan “progresista” como el intento de los militares de Argentina por hacerse con las Islas Malvinas ante Inglaterra.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta -sobre todo a efectos de la imprevisible evolución interna de Rusia en los próximos años- pero es bastante secundario e irrelevante al lado del hecho principal: por primera vez en un cuarto de siglo una gran potencia regional, como es Rusia ahora, paró los pies a la superpotencia hegemónica del conglomerado imperial Estados Unidos-OTAN-Unión Europea. Es este desafío que crea un precedente, lo que es visto como intolerable y es contestado con sanciones y escenarios de nueva guerra fría.

La situación lanza señales a la correlación de fuerzas global y a la recomposición de las alianzas del mundo multipolar en formación. El siempre interesante Pepe Escobar se lanza a la piscina y ya anuncia un eje euroasiático Pekín-Moscú-Berlín para dentro de 20 o 30 años. Personalmente soy bastante escéptico no ya en este tipo de construcciones, sino sobre algo mucho más básico: sobre la mera posibilidad de pronosticar cualquier cosa de esa envergadura a 20 años vista en el actual mundo revuelto. Por eso, antes que perderse en inciertas proyecciones futuras más vale repasar la película que ha conducido hasta el conflicto ucraniano.

Durante la Perestroika, el pacto que Gorbachov acabó ofreciendo a Occidente fue el de cancelar la guerra fría a cambio de una arquitectura europea de seguridad integrada. Esa fue la oferta implícita de Moscú a Alemania y así fue entendida y aceptada por todos los actores. A nivel contractual todo eso quedó reflejado en la Carta de París de la OSCE para una nueva Europa, firmada en el Elíseo en noviembre de 1990, es decir aún en vida de la URSS. Las implicaciones de tal esquema eran enormes. La integración soviética en Europa habría dado lugar a un gran conglomerado político-económico, con un gran mercado, una enorme potencia energética y cierto eje político París-Berlín-Moscú. Por mal que se jugase, aquella partida acababa con la hegemonía de Estados Unidos en Europa, a todas luces innecesaria una vez disuelto el enemigo. Todo esto no funcionó por varias razones.

Sin duda Washington lo percibió enseguida como una amenaza a sus intereses generales y actuó en consecuencia. Gorbachov pecó también de ingenuidad al no amarrar aquellos pactos en acuerdos y contratos sólidos, confiándose en acuerdos entre caballeros. Pero en Moscú sucedieron también cosas que facilitaron mucho que este escenario fracasara.

En agosto de 1991 se produjo el golpe de estado de quienes consideraron que se había ido demasiado lejos. El golpe fracasó, porque sus autores no dispararon contra la gente, como luego haría en octubre de 1993 Boris Yeltsin con el aplauso de Occidente, y sobre todo porque la estadocracia ya estaba muy metida en la perspectiva de una entrada en el mercado global con privatización etc. Con todo, el proyecto de Gorbachov para Europa, lo que llamaba la “Casa común europea”, podría haber sobrevivido a aquello. Pero en diciembre la emancipación y degeneración de la estadocracia rusa liderada por Yeltsin, disolvió la URSS. Ya sin Gorbachov siguieron diez años de juerga en la que las energías de los dirigentes de Moscú se centraron en el saqueo del patrimonio nacional (privatización), renunciando a toda política exterior autónoma. Eso hizo que Occidente le perdiera por completo el respeto a Rusia y se convenciera de que podía tratar con ella como con un vasallo. En cualquier caso, Rusia ya no daba miedo: recordemos que era la época en la que 5000 guerrilleros chechenos batían al ejército ruso en el Cáucaso del Norte.

En ese contexto las actitudes cambiaron radicalmente. Si Rusia era tan débil podía hacerse con ella cualquier cosa. Zbigniew Brzezinski, un conocido estratega americano -luego asustado por lo que se ha visto en Ucrania y partidario de la “finlandización” de ese país- propuso en aquella época desmembrar Rusia en cuatro o cinco estados, con una república de Extremo Oriente, otra siberiana, una Rusia europea, una confederación caucásica, etc., etc. Su libro, de 1997, fue muy leído en Moscú.

Esa fiesta se acabó cuando, una vez concluido el asalto al supermercado, en Moscú decidieron poner orden. Putin ha sido eso: el restablecedor de un orden elemental y el hombre que quiere impedir la desmembración de Rusia proyectada por el Deep State de Estados Unidos, una convicción profundamente arraigada en la mentalidad de Putin y en los medios de los servicios secretos rusos que tan importante papel juegan en el Kremlin.

En 2001, mientras los americanos se deshacían de algunos de los acuerdos de desarme más importantes de la guerra fría (por ejemplo el acuerdo antimisiles, ABM) y descafeinaban otros, y mientras tras la caída de Milosevic en una de esas revoluciones de colores el Washington Post editorializaba anunciando que la siguiente jugada sería en Bielorusia y Ucrania, Putin propuso su colaboración a Bush en el esfuerzo “antiterrorista” posterior al 11-S. Cedió acceso a Afganistán por la puerta trasera de Asia Central ex soviética y cooperó en logística e inteligencia todo lo que pudo. Todo eso no sirvió para nada. En Europa las cosas siguieron igual.

Mientras las bombas calientes de la OTAN caían sobre Yugoslavia, Javier Solana venía a Moscú a mediados de los noventa a convencer a los rusos de que la ampliación hacia el Este del bloque occidental, rompiendo todas las promesas, no tenía nada que ver con seguridad ni confrontación: “ya no estamos en los pulsos militares de la guerra fría”, decía, “las zonas de influencia son cosa del Siglo XIX”. Evidentemente nadie le tomaba en serio. Fue así como, a partir de mediados de los noventa, se decide ampliar la OTAN.

En la primera etapa ingresaron, en 1999, República Checa, Polonia y Hungría. En la segunda, (2004) Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. Este proceso se hizo paralelamente a las intervenciones en Yugoslavia (1995 Bosnia, 1999 Kosovo), cuya lectura externa era anular el único espacio no sometido a la nueva disciplina continental tras la guerra fría, y entre sucesivas advertencias rusas sobre “líneas rojas” (avances del bloque que serían considerados inadmisibles en Moscú) que fueron ignoradas. En la cumbre de abril de 2008 en Bucarest la OTAN ya se planteó el ingreso de Ucrania y Georgia, con la oposición de Francia y Alemania, lo que no impidió reflejar la promesa de tal ingreso en el comunicado final de la reunión. Sigue en agosto el ataque de Georgia a Osetia del Sur y la respuesta militar rusa. Pese a aquella señal, la OTAN sigue sin renunciar a la integración de ambos países y prosiguió su ampliación, en 2009, con Albania y Croacia.

A lo largo de 30 años, mientras se le iba avasallando, Moscú no ha dejado de insistir en el esquema de Gorbachov: reclamando un esquema de seguridad continental integrado. Entre 2008 y 2013 seguí esa situación desde la Conferencia de Seguridad de Munich, el foro atlantista más importante al que se invita a Rusia. El discurso ruso siempre fue muy claro en ese foro. (Véase: https://blogs.lavanguardia.com/berlin-poch/munich-el-occidente-autista)

En 2007 Putin denunció directamente el juego sin reglas en el que se había convertido el intervencionismo occidental. Dijo, “el hermano lobo no pide permiso a nadie y come donde quiere”. En 2008 advirtió que “si Ucrania ingresa en la OTAN dejará de existir” porque se partirá”. En 2009 el Presidente Dmitri Medvedev propuso celebrar en Berlín, “una cumbre paneuropea, abierta a Estados Unidos” (fíjense en el detalle) para “preparar un acuerdo sobre seguridad europea jurídicamente vinculante” que ponga fin a las actuales tensiones. En lugar de globalizar la OTAN, usurpando el papel de la ONU, Europa debe recrear la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (aquella OSCE de la Carta de París de 1990), dijo. Todo eso se ha venido repitiendo hasta la saciedad pero nunca fue motivo de titular de prensa o de telediario en Europa Occidental. En la visión que se nos ofrecía, el “problema de Rusia” no era su exclusión, manifiesta y provocadora, del sistema europeo, sino la esquizofrenia de sus “percepciones de amenaza”, se nos decía en los raros momentos en que alguien se interesaba.

Con Ucrania toda esta arrolladora serie acumulada a lo largo de 30 años ha explotado y los motivos son claros. En Europa se ha creado un enredo fenomenal sobre el que muchos advertíamos en los años noventa. Estaba claro desde el principio de que no habría estabilidad continental a largo plazo en un esquema de seguridad que no implicara a Rusia y menos aún que se planteara contra Rusia. A Estados Unidos ese desastre no le venía mal, porque era la garantía de que podría continuar manteniendo su tutela sobre el viejo continente, sin la cual su estatuto de superpotencia se vería mermado. La historia nos advertía que el miedo de los países del Este a Rusia era perfectamente razonable, pero ¿qué decir del miedo de Rusia, dos veces invadida por Occidente desde 1812 hasta Moscú, la última de ellas con el resultado de 27 millones de muertos? Si hubiera que resumir la situación en una frase, diríamos que la OTAN justifica hoy su vigencia en la necesidad de afrontar los riesgos creados por su propia existencia y ampliación al Este del continente. ¿Será la Unión Europea capaz de reconocer su error y dar marcha atrás?

En nuestro siglo, acuciados por problemas existenciales imposibles de resolver sin una intensa concertación internacional, no tenemos mucho tiempo que perder. En la hipótesis más optimista, el resultado del conflicto de Ucrania podría retrasar unos cuantos años más la integración de Rusia en un esquema europeo de seguridad. En la más pesimista, una guerra en Ucrania consolidaría y anticiparía el escenario de un conflicto global de grandes proporciones.

(*) Este artículo sigue las notas del curso impartido en noviembre de 2014 en el seminario para profesorado de Historia de IES. Universidad Pompeu Fabra de Barcelona."

(Rafael Poch de Feliu, blog,  02/02/22)

25/1/22

De Pétain a Macron, de la Resistencia a los Chalecos Amarillos: 1944-1945, la falsa purga de “los colaboradores” en Francia... la “historiografía dominante” presenta ahora a los colaboradores como decentes, respetables, bienintencionados e “íntegros ciudadanos” en la mayoría de los casos, víctimas de la coacción de los alemanes, impotentes y, por lo tanto, inocentes “subordinados”, atrapados sin poder defenderse entre la Scilla nazi y la Caribdis de la Resistencia... cuando esta élite había prosperado bajo los auspicios del régimen de Vichy del Mariscal Pétain, había colaborado entusiasmada con los alemanes y luchado con uñas y dientes contra una Resistencia

 "La historiadora francesa Annie Lacroix-Riz pone en tela de juicio en su último libro, «La Non-épuration en France de 1943 aux années 1950» (Armand Colin, París, 2019) [La no depuración de Francia de 1943 en la década de 1950] una idea de la liberación del país en 1944-1945 (y del periodo subsiguiente) que ha sido dominante últimamente en una historiografía cada vez más controlada por el ala derecha del espectro político (“derechizada”).

Esta idea es extremadamente crítica con la Resistencia y, a la inversa, bastante indulgente respecto a la colaboración. Por ejemplo, se afirma que la Resistencia no fue eficaz en general, de modo que Francia debe su liberación casi exclusivamente a los esfuerzos de los estadounidenses y otros aliados occidentales (estos últimos secundados por las fuerzas de la “Francia Libre” del general De Gaulle), que desembarcaron en Normandía en junio de 1944. Se nos dice, además, que la Resistencia aprovechó la oportunidad que presentaba la liberación para cometer todo tipo de atrocidades, incluido el asesinato y el rapar públicamente la cabeza a mujeres jóvenes culpables de “colaboración horizontal”, es decir, de haber mantenido relaciones amorosas con soldados alemanes. Esta “purga salvaje” de colaboradores fue supuestamente equivalente a un “terror comunista” organizado por los comunistas, miembros reales o falsos de la Resistencia, en un intento de cumplir sus siniestros objetivos revolucionarios.

 Excepto en los casos más flagrantes, la “historiografía dominante” presenta ahora a los colaboradores como decentes, respetables, bienintencionados e “íntegros ciudadanos” (“gens très bien”, una expresión tomada del título de una novela de Alexandre Jardin) en la mayoría de los casos, víctimas de la coacción de los alemanes, impotentes y, por lo tanto, inocentes “subordinados”, atrapados sin poder defenderse entre la Scilla nazi y la Caribdis de la Resistencia, y que a menudo participaron ellos mismos en actos secretos de la Resistencia. Por supuesto, algunos colaboradores fueron fanáticos y sí cometieron crímenes, pero en su mayoría eran maleantes de la clase baja, cuyo mejor ejemplo fueron los miembros de la tristemente célebre organización paramilitar del Régimen de Vichy, la Milicia.

En 1944-1945 el gobierno provisional francés encabezado por el general de Gaulle logró finalmente restaurar la “ley y el orden”. Así es como, supuestamente, nació en Francia un estado de derecho gaullista después de años de problemas económicos y políticos, de derrota militar, de ocupación alemana y de la confusión de la liberación. Aun así, tuvo lugar una inevitable purga de colaboradores reales e imaginarios, que se cobró muchas víctimas inocentes, especialmente en los rangos superiores de la burocracia estatal, la crème de la crème de los negocios y la élite de la nación en general.

Lacroix-Riz echa por tierra esta interpretación revisionista en su nuevo libro, minuciosamente investigado y documentado, que además está repleto de nombres de personalidades tanto obscuras como importantes, lo que dificulta un tanto la lectura a aquellas personas que no estén familiarizadas con la historia de Francia en la Segunda Guerra Mundial. 

En sus libros anteriores, como Le choix de la défaite y De Munich à Vichy, esta historiadora explicaba por primera vez que en la primavera de 1940 la élite política, militar y económica de Francia había entregado el país a los nazis para poder instalar un régimen fascista con la esperanza de que un sistema autoritario de gobierno fuera más sensible a sus necesidades y deseos que el sistema que había antes de la guerra, el de la “Tercera República”, que se consideraba demasiado indulgente con la clase trabajadora, sobre todo bajo el gobierno del “Frente Popular” de 1936 y 1937. 

Lacroix-Riz siguió con otros estudios meticulosamente investigados (Industriels et banquiers français sous l’Occupation and Les élites françaises, 1940-1944. De la collaboration avec l’Allemagne à l’alliance américaine) que demostraron que esta élite había prosperado bajo los auspicios del régimen de Vichy del Mariscal Pétain, había colaborado entusiasmada con los alemanes y luchado con uñas y dientes contra una Resistencia en la que predominaban personas pertenecientes a la clase trabajadora y comunistas, y estaba decidida a introducir cambios radicales, incluso revolucionarios, después de la guerra. 

Esta historiadora demuestra ahora que la liberación no estuvo acompañada de una verdadera purga de colaboradores sino, bien al contrario, que las “gens très bien” de la élite estatal y empresarial de Francia lograron expiar sus pecados colaboracionistas y que gran parte del sistema de Vichy que tan bien les había servido de 1940 a 1944 siguió vigente, se podría decir que hasta la actualidad.

 Empecemos por la llamada “purga salvaje”, la supuesta persecución de personas inocentes por parte de partisanos comunistas o de comunistas que se hacían pasar por partisanos, es de suponer que en un intento de eliminar a rivales y oponentes para preparar un golpe de Estado revolucionario. Lacroix-Rix demuestra que hubo asesinatos y ejecuciones sumarias, pero la mayoría se produjeron en el contexto de los cruentos combates que surgieron ya antes del desembarco de Normandía y la liberación de París. Contrariamente a lo que sostiene la teoría de la ineficacia militar del Resistencia, esta desbarató los preparativos del enemigo de una defensa ante el desembarco de los aliados que se iba a producir en Normandía y provocó fuertes bajas, como admitieron las propias autoridades alemanas.

 Y la mayoría de las atrocidades perpetradas en el contexto de esa forma de guerra no fueron obra de los partisanos, sino de los nazis y los colaboradores, especialmente de la Milicia, por ejemplo, la ejecución de rehenes y la tristemente célebre masacre de Oradour-sur-Glane. Por otra parte, quienes luchaban en la Resistencia no atacaban a víctimas inocentes, sino a soldados alemanes y a colaboradores particularmente detestables, a menudo hombres a los que el programa de radio de la Francia Libre del general de Gaulle en Inglaterra había pedido reiteradamente castigar (e incluso ejecutar). Por lo que se refiere a las mujeres a las que se rapó la cabeza, muchas de ellas, si no la mayoría, eran culpables de actividades más atroces que la mera “colaboración horizontal”, por ejemplo, de traicionar a miembros de la Resistencia.

No hubo “purga salvaje” antes o durante la liberación y la supuesta purga importante que se iba a producir tras la propia liberación resultó ser una farsa. La élite tanto del Estado como del sector privado de Francia se había aprovechado a manos llenas de la colaboración y tenía buenas razones para temer la llegada al poder de sus enemigos de la Resistencia. Pero los radicales de la Resistencia no llegaron al poder tras la liberación, la élite fue castigada poco o nada por sus pecados colaboracionistas, su querido orden socioeconómico capitalista permaneció intacto (a pesar de algunas reformas) y la propia élite conservó la mayor parte de su poder y sus privilegios. Tenían que agradecer esta bendición inmerecida tanto a los estadounidenses que había liberado a la antaño grande Nation como al general Charles de Gaulle, el general que aspiraba a hacer que Francia fuera grande otra vez.

De Gaulle era un verdadero patriota, pero también un hombre conservador, extremadamente devoto del orden económico y social establecido de Francia. Por lo que se refiere a los estadounidenses, destinados a suceder a los alemanes como amos de Europa o, al menos, de la mitad occidental del continente, estaban decididos a hacer triunfar la “libre empresa” en toda Europa y a situar el continente bajo la órbita política y económica del Tío Sam, lo que significaba impedir cualquier cambio político y socioeconómico, excepto los meramente cosméticos, sin tener en cuenta los deseos y aspiraciones de quienes habían resistido a los nazis y a otros fascistas, ni del pueblo en general.

 También significaba perdonar, apoyar y proteger a aquellos colaboradores que tenían credenciales anticomunistas, que es exactamente lo que habían sido los miembros de la élite de Francia. De hecho, las autoridades estadounidenses no tenían nada en contra del régimen de Vichy y en un principio esperaban que subsistiera una vez que los alemanes fueran expulsados de Francia, ya fuera bajo Pétain o bajo cualquier otra personalidad de Vichy, como Weygand or Darlan, si fuera necesario tras una purga de sus elementos proalemanes más furibundos y tras aplicar una pátina de democracia.

 A fin de cuentas, el sistema de Vichy había funcionado esencialmente como la superestructura política del sistema socioeconómico capitalista de Francia, un sistema que Washington pretendía salvar de las garras de sus enemigos de izquierdas en la Resistencia. Al contrario, tras los reveses sufridos por Alemania en el Frente Oriental y en particular tras la Batalla de Stalingrado muchos colaboradores de Vichy lo vieron claro y esperaron la salvación en forma de un “futuro estadounidenses” para Francia o, en palabras de Lacroix-Riz, pasando de un “tutor” alemán a otro estadounidense. Después de una liberación por parte de los estadounidenses podían esperar que sus pecados e incluso sus crímenes colaboracionistas fueran perdonados y olvidados, mientras que las aspiraciones revolucionarias o incluso simplemente progresistas de la Resistencia iban a estar condenadas a seguir siendo un sueño imposible.

 A los dirigentes de Washington no les gustaba de Gaulle. Al igual que los partidarios de Vichy, lo consideraban una fachada de los comunistas, alguien que, si llegaba al poder, iba a preparar el camino para una toma de poder “bolchevique”, del mismo modo que Kerensky había precedido a Lenin durante la Revolución rusa de 1917. Pero poco a poco se dieron cuenta, como ya había hecho Churchill antes que ellos, de que iba a ser imposible endilgar al pueblo francés una personalidad que estuviera asociada a Vichy y que un gobierno encabezado por de Gaulle resultaba ser la única alternativa a uno establecido por la Resistencia, que estaba dominada por los comunistas y tenía ideas reformistas radicales. Necesitaban al general para neutralizar a los comunistas cuando acabaron las hostilidades. 

El propio De Gaulle logró tranquilizar a Washington prometiendo respetar el statu quo socioeconómico y como garantía de este compromiso incorporó a su movimiento Francia Libre a muchos colaboradores de Vichy que gozaban de los favores de los estadounidenses e incluso se les confiaron cargos de responsabilidad. De Gaulle se transformó así en un “líder de derecha”, aceptable tanto para la élite francesa como para los estadounidenses, que estaban dispuestos a suceder a los alemanes como “protectores” de los intereses de esa élite. 

Este es el contexto en el que de Gaulle fue llevado a toda prisa a París cuando la ciudad fue liberada a finales de agosto de 1944. La idea era impedir que la Resistencia dominada por los comunistas tratara de establecer un gobierno provisional en la capital. Los estadounidenses se encargaron de que de Gaulle se pavoneara por los Campos Elíseos como el salvador que la Francia patriótica había estado esperando durante cuatro largos años. Y finalmente, el 23 de octubre de 1944, Washington lo hizo oficial y lo reconoció como líder del gobierno provisional de la Francia liberada.

Bajo los auspicios del general de Gaulle Francia sustituyó el sistema de Vichy por una nueva superestructura política democrática, la “Cuarta República” (en 1958 ese sistema iba a ser sustituido por un sistema presidencialista más autoritario, al estilo estadounidense, la “Quinta República”). Y se ofreció a la clase trabajadora, que tanto había padecido bajo el régimen de Vichy, un paquete de beneficios entre los que se incluían salarios más altos, vacaciones pagadas, seguros de salud y de desempleo, generosos planes de pensiones y otros servicios sociales; en resumen, un modesto tipo de “estado de bienestar”.

 Todas estas medidas contaron con el apoyo generalizado de las personas plebeyas asalariadas, pero fueron rechazadas por los patricios de la élite y especialmente por los empleadores, por la patronal. Con todo, a la élite le agradó que esas medidas calmaran a la clase trabajadora, con lo que se quitaba viento a las velas revolucionarias de los comunistas, a pesar de que estos estaban en la cúspide de su prestigio debido al papel dirigente que habían desempeñado en la Resistencia y a su relación con la Unión Soviética, que en Francia todavía era considerada en general la vencedora de la Alemania nazi.

Se elevó oficialmente a los hombres y mujeres de la Resistencia a la categoría de héroes, se les dedicaron monumentos y calles. A la inversa, se “purgó” oficialmente a los colaboracionistas y se castigó a sus más abyectos representantes, incluso se condenó a la pena de muerte a algunos de ellos, pero ejemplo, al siniestro Pierre Laval, y se nacionalizó a importantes colaboradores económicos, como el fabricante de coches Renault. 

Pero con el gobierno provisional del general de Gaulle repleto de miembros de Vichy reciclados y con el Tio Sam mirando por encima de su hombro, de Gaulle se aseguró de que solo se castigara o purgara a los peces gordos del régimen de Vichy que tenían el perfil más alto. Muchos, si no la mayoría, de los bancos y corporaciones colaboracionistas debieron su salvación a tener una conexión estadounidense, por ejemplo la filial francesa de Ford. Se conmutaron muchas penas de muerte y los nuevos jefes supremos estadounidenses de Francia hicieron salir del país a escondidas a los altos cargos de la ocupación nazi (como Klaus Barbie) y a los colaboradores que habían cometido crímenes graves para que iniciaran una nueva vida en Sudamérica o incluso en Norteamérica, ya que los estadounidenses apreciaban el celo anticomunista de esos hombres. 

Muchos colaboradores se salvaron porque consiguieron presentar “certificados de Resistencia” falsos o porque de pronto contrajeron enfermedades que hicieron que se aplazaran sus juicios y se acabaran anulando. Los altos cargos locales culpables de haber trabajado con y para los alemanes se libraron de las represalias al ser trasladados a una ciudad donde no se conocía su pasado colaboracionista, por ejemplo, de Burdeos a Dijon. Y la mayoría de quienes fueron considerados culpables solo recibieron un castigo muy leve, un mero tirón de orejas. Todo esto fue posible porque el gobierno del general de Gaulle, y en particular su Ministerio de Justicia, estaban repletos de antiguos miembros de Vichy no arrepentidos. No es de extrañar que conformaran lo que Lacroix-Riz denomina “un club de apasionados oponentes de la purga”.

 Aunque la élite de Francia tuvo que volver a aguantar, como antes de 1940, los inconvenientes de un sistema parlamentario democrático en el que se permitía a las personas plebeyas cierta participación, logró conservar firmemente el control de los centros de poder no electos del Estado francés posterior a la guerra, como el ejército, el sistema judicial y los altos rangos de la burocracia y la policía, unos centros que siempre había monopolizado.

 Por ejemplo, los generales de Vichy, la mayoría de los cuales se sabía que habían sido enemigos de la Resistencia que se habían convertido convenientemente al gaullismo, conservaron el control de las fuerzas armadas y muchos altos cargos que había servido diligentemente a Pétain o a las fuerzas de ocupación alemanas conservaron sus cargos y pudieron continuar con sus prestigiosas carreras y beneficiarse de promociones y honores. 

Annie Lacroix-Riz concluye que el supuesto “estado de derecho” del general de Gaulle “saboteó la purga de los altos cargos [colaboracionistas] y permitió así […] que sobreviviera una hegemonía de Vichy sobre el sistema judicial francés” y, podríamos añadir, que sobreviviera un sistema al estilo de Vichy en general.

En 1944-1945 la élite de Francia no expió sus pecados colaboracionistas y tuvo la suerte de que gracias a la introducción de un sistema de seguridad social se pudiera conjurar la amenaza revolucionaria a su orden socioeconómico capitalista, encarnada por la Resistencia. Así, no acabó realmente el amargo conflicto de clase que había entre patricios y plebeyos de Francia en el momento de la guerra, que se reflejó en la dicotomía colaboración-resistencia, sino que meramente se dio una tregua. 

Y esa tregua fue esencialmente “guallista” ya que se firmó bajo los auspicios de una personalidad que era lo bastante conservadora para el gusto de la élite francesa y sus nuevos “tutores” estadounidenses, pero cuyo intachable patriotismo le granjeó el cariño de la Resistencia y sus votantes.

No obstante, con el colapso de la Unión Soviética y la desaparición de la amenaza comunista la élite francesa dejó de considerar necesario mantener el sistema de servicios sociales que había adoptado a regañadientes. La tarea de desmantelar el “estado del bienestar” francés, emprendida bajo los auspicios de presidentes proestadounidenses como Sarkozy y ahora Macron, se vio facilitada por la adopción de facto por parte de la Unión Europea del neoliberalismo, una ideología que defiende la vuelta al capitalismo del laissez-faire sin restricciones a la estadounidense. 

De este modo se reinició la guerra de clases que había enfrentado a la colaboración con la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. En este contexto es en el que la historiografía francesa estuvo cada vez más dominada por un revisionismo que es crítico de la Resistencia, e indulgente con la colaboración e incluso con el propio fascismo.

 El libro de Annie Lacroix-Riz ofrece un antídoto muy necesario para esta falsificación de la historia. Esperemos que otros historiadores sigan su ejemplo e investiguen hasta qué punto la historiografía revisionista (y los políticos de derechas) de otros países europeos, como Italia y Bélgica, han rehabilitado a los fascistas y los colaboracionistas, y han denigrado a la Resistencia antifascista.

Tenemos que hacer una última observación. Macron trata de destruir un estado de bienestar que se introdujo tras la liberación para evitar los cambios revolucionarios que propugnaba la Resistencia dirigida por los comunistas. Juega con fuego. En efecto, al tratar de liquidar los servicios sociales que limitan, pero no impiden, la acumulación de capital y que, por lo tanto, en esencia no son sino un incordio para el orden socioeconómico establecido, está eliminando un obstáculo importante para la revolución, una verdadera amenaza existencial para ese orden. Su ofensiva ha provocado una resistencia generalizada, la de los Chalecos Amarillos*.

 Hay que reconocer que este variopinto grupo no está dirigido por una vanguardia comunista como la Resistencia en la época de la guerra, pero sin duda parece tener un potencial revolucionario. El conflicto entre, por una parte, un presidente que representa a la élite francesa y a sus tutores estadounidenses, y que en muchos sentidos es el heredero de Pétain, y, por otra parte, los Chalecos Amarillos que representan a las descontentas e inquietas masas plebeyas que anhelan un cambio, herederas de los partisanos de la época de la guerra, puede hacer que Francia experimente algo de lo que se libró en el momento de la liberación: una revolución, y una verdadera depuración, no una falsa."          (Jacques R. Pauwels  , Rebelión, 24/01/2022)

14/10/21

Viaje a la Francia tenebrosa del nazismo y el colaboracionismo... Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada... El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo... Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis... estos traumas históricos no se liquidan jamás

 "El escritor de novela negra Hervé Le Corre, de 66 años, se acerca a un callejón que hace curva en la parte vieja de Burdeos, su ciudad natal y en la que ha vivido siempre. Se para junto a un edificio abandonado. En el segundo piso hay un letrero luminoso antiguo, de los años cincuenta o sesenta, que dice “Hôtel Les voyageurs” (Hotel Los viajeros). Le Corre señala: “Ahí”. Y añade: “Yo venía a este barrio de joven porque un amigo mío vivía cerca. Era, por entonces, una zona peligrosa, con gente del hampa, y me atraía mucho. 

Por eso situé aquí, en ese hotel, el arranque de Después de la guerra. Me alegro de que, al menos, el letrero aún perdure. Es un buen nombre para un hotel, ¿no?”. La novela, publicada recientemente en la colección Roja y Negra por Reservoir Books, discurre casi enteramente en esta ciudad, se circunscribe a un año, 1957, particularmente convulso de la historia de Francia —y de Burdeos— y aborda dos elementos aún traumáticos para los franceses: el colaboracionismo y la guerra de Argelia.

En el hotelucho en cuestión donde empieza la historia unos policías corruptos, que en su tiempo ayudaron a los nazis a perseguir judíos y miembros de la Resistencia, interrogan a un pobre diablo que esconde una información que escupe a palos. A partir de ahí se desarrolla una trama violenta en la que confluyen las venganzas personales y las heridas históricas que nunca acaban de cerrarse y que son consecuencia de que una parte de la sociedad ayudó al peor enemigo en el peor momento. Por ahí desfilan soldados de la guerra de Argelia, policías depravados, exiliados españoles de la Guerra Civil, víctimas escapadas de un campo de exterminio, nazis ocultos, luchadores de la Resistencia y simples colaboracionistas.

 Le Corre tuvo muy claro dónde situar la acción. Y lo hizo por dos razones: “La primera, porque, al ser yo de aquí, todo me era más cómodo”. La segunda es más importante: “Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada. Esto lo dejó patente el estudio del comercio de esclavos —origen de la prosperidad de la ciudad—, que ha sido siempre muy difícil porque los archivos personales de las grandes familias burguesas siempre estaban ocultos. 

Y con lo que ocurrió en la II Guerra Mundial pasa lo mismo. El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo. Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis. Además, aquí no hubo ninguna liberación de la ciudad. Simplemente, el ejército alemán se retiró. Y después se corrió un manto de silencio”.

Cuesta imaginar todo eso hoy, en esta animada y bella ciudad atravesada de tranvías y de calles peatonales, llena de bicicletas y de restaurantes al aire libre. Le Corre es un estupendo guía, y rescata de cada esquina o de cada portal una historia de resistentes traicionados o de colaboracionistas que a última hora se pasaron al bando bueno simplemente porque intuían que también era ya el bando vencedor.

“A los burgueses no les interesaba hablar, estaban demasiado implicados, los comunistas eran partidarios también de mantener aquello de que la Resistencia había ganado la guerra y la historia. De Gaulle fue partidario de dejar a jueces, policías y funcionarios en sus puestos, sin preguntar mucho a fin de que el Estado se volviera a poner en marcha sin demasiada interrupción, aprovechando la inercia, sin perder tiempo, ya que tenía miedo de que el Estado colapsara y fuera a parar a manos precisamente de los comunistas”.

 Para este escritor, que tiene publicadas en España, en la misma colección, otras dos obras, estos traumas históricos no se liquidan jamás. “Es normal que los momentos trágicos sigan suscitando polémica. Entre otras cosas, porque hay tendencias políticas que los retroalimentan. En Francia, por ejemplo, la extrema derecha, que es muy poderosa, sostiene que aquel periodo no fue tan negativo ni tan malo, defiende al mariscal Pétain y fomenta una especie de racismo antiárabe y antinmigración que nació en la guerra de Argelia. Hay un racismo poscolonial que aún está vivo, que aún perdura en el debate político”.

Le Corre fue durante toda su vida, hasta su jubilación, profesor en un colegio público de Francés y de Literatura francesa. Y siempre persiguió inculcar a sus alumnos, además de la gramática y de la indigesta ortografía francesa, el principio del placer ante la lectura. Él mismo lo sigue antes de embarcarse en cada libro: “A mí me encanta sumergirme en una época, aprenderlo todo. Disfruto muchísimo haciéndolo. Soy soldado o miembro de la Resistencia, sin padecer ningún riesgo. Esto no tiene precio. No creo ni en la literatura comprometida ni en la utilidad práctica de las novelas. Sí en su disfrute”. Recuerda, a propósito de eso, el día en que un alumno le pidió prestado el primer tomo de una novelota de 650 páginas de la que él había hablado en clase y que a los pocos días, tras devorarlo, le pidió el segundo. Al entregárselo, dice, se sintió orgulloso de sí mismo y de su tarea.

El personaje principal de la novela es un policía corrupto, egoísta, violento, cruel, colaboracionista sin ideología y arribista experto en saltar de un régimen a otro amparándose en sus contactos y en su puro egoísmo. “Hay muchos como él en la historia. Hay por todos lados. Y gracias a ellos, a los egoístas, las dictaduras prosperan. Son gente comprometida solamente con sus intereses personales y por eso se convierten en los mejores aliados de los totalitarismos”.

 Remarca la presencia de lo español en Burdeos (y por lo tanto, en la novela). Y señala que esta ciudad del sur de Francia se convirtió, tras la Guerra Civil, en un refugio para los exiliados republicanos. Después recuerda que la primera manifestación a la que acudió en su vida, en 1972, fue una convocada por españoles contra Franco. Y añade: “Aquí, cuando mataron a Carrero Blanco, se celebró en la calle, se bebió en la calle y se bailó. Yo eso lo he visto”. Después vuelve a recordar: “Había un vieux anarch, un viejo anarquista que se llamaba Sánchez que nos dejaba usar su linotipia para imprimir panfletos nuestros...”.

Pasan entonces por la calle unos chicos de 12 o 13 años jugando entre ellos y Le Corre se queda mirándolos y parece que está recordando más cosas de su juventud. Pero no: “No lo echo de menos, pero, ¿sabe? Ser profesor de chicos de esas edades era un trabajo fenomenal”.              (Antonio Jiménez Barca, El País, 10/10/21)