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2/2/22

Zemmour trata de negar la francesidad del velo y, por lo tanto, de su portadora... concebe el republicanismo como una forma de racismo... esta lógica nacionalista zemmouriana, paradójicamente, es casi tan islámica como el islamismo que quiere combatir. La del takfir, la excomunión de los enemigos practicada por los grupos yihadistas... Rachida dice: “Yo me quito el velo si usted se quita la corbata”. Zemmour acepta casi relinchando de felicidad; está dispuesto a desnudarse, si hace falta, porque sabe, como sabemos los espectadores, que no hay equivalente subjetivo entre una corbata y un velo... ¿Cuál es el error de Rachida? El de no atreverse a decir la verdad... el velo es, en efecto, un símbolo religioso; un vínculo visible de religiosidad íntima. ¿Y qué? ¿Por qué no decirlo? Si Rachida no se atreve a reivindicar el carácter religioso del velo y necesita hacer creer que es culturalmente equivalente a la corbata de Zemmour es porque la república francesa, de hecho, ha suprimido la libertad religiosa... Habría que intentar que, al contrario de lo que ocurre en la nación vecina, donde ganará las elecciones –no importa quién las gane– la islamofobia de Zemmour, nuestros partidos, nuestros intelectuales y nuestras izquierdas se tomen en serio el peligro que entraña la construcción de un enemigo interno. Luchar contra la islamofobia es luchar por la libertad religiosa, es decir, por el laicismo, es decir, por la democracia... Rachida nunca debió cambiar su velo por una corbata

 "El pasado 25 de octubre circuló un vídeo en el que el libelista Eric Zemmour,  poco antes de presentar su candidatura a la presidencia de la república francesa, abordaba en la calle a una mujer velada. Era una francesa musulmana a la que el periodista encargado de la emisión presentaba como Rachida, porque es habitual, sobre todo si su origen es árabe, que las mujeres no tengan apellido: Zemmour versus Rachida, en un combate cuyo resultado estaba ya decidido desde la nominación misma de los contrincantes.

 Rachida, en todo caso, era una mujer entera, desenvuelta y elocuente que plantó cara, en un francés sin tacha, a la condescendencia agresiva del político, empeñado desde el principio en separar a su compatriota (lo que los yihadistas llamarían takfir) de la comunidad nacional francesa. Zemmour comenzó con un malhadado paralelismo de cuya torpeza se dio cuenta enseguida: “¿Llevaría usted minifalda en La Meca?”, una pregunta en la que afloraba la sacralización paralela del espacio civil inherente al mal llamado “laicismo republicano”. 

En La Meca del laicismo, que son las calles de Francia, es obligatorio vestir a la francesa, mientras que Rachida –le reprochaba Zemmour– iba vestida de musulmana. Los franceses, obviamente, no van vestidos de “franceses” sino de Zara, de Mango, de Springfield, de Bershka y, en todo caso, con el uniforme de su clase social, su edad o su tribu urbana; pero de lo que se trataba era de negar la francesidad del velo y, por lo tanto, de su portadora.

 “Usted no es francesa”, le estaba diciendo Zemmour y no lo era porque, pese a que pagaba sus impuestos, llevaba a sus hijos a una escuela pública y hablaba la lengua de Racine (como la propia Rachida le recordó) era musulmana; y no se puede ser francés y musulmán al mismo tiempo. Zemmour, en definitiva, le estaba negando la nacionalidad: Rachida era un cuerpo extraño, una intrusa, una quintacolumnista de le grand remplacement denunciado por Renaud Camus y aceptado por buena parte del arco político de la nación vecina. 

La llamada “ley contra el separatismo islamista” de febrero de 2021, cuya aplicación ha llevado ya al cierre de numerosos lugares de culto y organizaciones musulmanas, participa de esta lógica nacionalista zemmouriana y, paradójicamente, por eso mismo, es casi tan islámica como el islamismo que quiere combatir. He hablado del takfir, la excomunión de los enemigos practicada por los grupos yihadistas; pero se podría mencionar también la fitna, el pecado mayor para las escuelas coránicas: la voluntad –es decir– de fracturar o debilitar la umma o comunidad de los creyentes. Rachida estaba siendo excomulgada por portar el velo, expresión de su voluntad de secesión de la nación francesa. 

Ahora bien, para encerrar a Rachida en este espejo “laico” de la exclusión yihadista, era necesario sostener que el velo, con independencia de la voluntad de su portadora, era objetivamente un signo religioso: el símbolo indumentario de una religión, precisamente, que no reconoce la voluntad individual. Zemmour, que había reculado varias veces ante la firmeza de Rachida, encontró de pronto la fisura; de hecho se la proporcionó un pequeño error de su víctima.

 Basta ver la expresión de alivio exultante del libelista, fatuo e infantil, para entender que hasta entonces iba perdiendo y que no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad que se le brindaba. En un momento dado, ante la insistencia para que demostrara su francesidad retirándose el velo de la cabeza, Rachida dice: “Yo me quito el velo si usted se quita la corbata”. Zemmour acepta casi relinchando de felicidad; está dispuesto a desnudarse, si hace falta, porque sabe, como sabemos los espectadores, que no hay equivalente subjetivo entre una corbata y un velo.

 A la defensiva, quizás recordando la ley Sarkozy de 2004, Rachida ha repetido una y otra vez: “No es un símbolo religioso”, “no es un símbolo religioso”, pero Zemmour se despoja de la corbata, con rápida desenvoltura de matón de barrio, mientras que a Rachida, que ya no puede arrepentirse, le tiemblan las manos. Es un momento duro, porque percibimos el pudor y la desnudez que embarga a Rachida; y la victoria de Zemmour es la victoria pública, obscena, de un macho colonial sobre un cuerpo femenino desarmado. 

¿Cuál es el error de Rachida? El de no atreverse a decir la verdad. ¿Cuál es esa verdad? Que para ella, como para la mayor parte de las musulmanas, el velo es, en efecto, un símbolo religioso; un vínculo visible de religiosidad íntima. ¿Y qué? ¿Por qué no decirlo? Claro que hay racismo chovinista por parte de Zemmour: incluso “nuestras” creencias religiosas –viene a decir– son cultura, y alta cultura, mientras que “vuestras” expresiones culturales son religión, y una religión fanática, anti-republicana y, en consecuencia, antifrancesa.

 Sin embargo, más allá de esta arrogancia supremacista, Zemmour sabe que su corbata –de origen militar, por cierto– no tiene para él la importancia que Rachida ha depositado en su velo. ¿Y por qué habría de disimular esa importancia? Si hay algo intimidante y violento en el asalto del libelista, y de frágil e indefenso en el gesto de su víctima, es la conciencia que ésta tiene de vivir en un contexto de persecución religiosa. Porque sólo en un contexto de persecución religiosa uno tiene que hacer pasar por “cultura” lo que es expresión de la propia fe.

 El velo es, por supuesto, cultura, como lo prueba el hecho de que se resignifique sin parar subjetiva y geográficamente, pero es que, además, la religión forma parte de la cultura y, aún más, es quizás su matriz misma. Como veremos, se puede interpretar culturalmente una expresión religiosa, pero también se puede vivir y defender religiosamente una expresión cultural. Todas las tentativas históricas de generar una cultura antirreligiosa, horra de tradición religiosa, han acabado por perseguir no solo la religión sino la cultura misma. 

En todo caso, si Rachida no se atreve a reivindicar el carácter religioso del velo y necesita hacer creer que es culturalmente equivalente a la corbata de Zemmour es porque la república francesa, de hecho, ha suprimido la libertad religiosa. Viendo el vídeo de Zemmour y Rachida me acordaba, en efecto, del memorial que el morisco Francisco Núñez Muley dirigió en 1556 al rey Felipe II, después de que éste, en su Pragmática de dos años antes, hubiese prohibido el uso de la lengua árabe, los  patronímicos árabes, el velo musulmán y, en general, las indumentarias musulmanas, las zambras y los baños.

 En su memorial, Muley, que morirá el año en que estalla la revuelta de las Alpujarras (la “guerra civil”, según expresión a contracorriente de Ginés Pérez de Hita y Diego Hurtado de Mendoza) insiste en presentar todos estos usos ahora prohibidos como expresiones puramente “culturales”, sin ninguna relación con el Islam. Eran también, sin duda, expresiones culturales y probablemente, de haberse permitido, habrían acabado emancipándose de su origen religioso, como ha ocurrido, por ejemplo, con la Navidad o las fiestas de San Isidro o, más clamorosamente, con los sanfermines. 

Pero no hay que olvidar que Muley tiene que defender los atuendos y costumbres moriscas en una España que había expulsado a los judíos y obligado a los musulmanes a elegir entre la expulsión o la conversión (que en 1609 tampoco les serviría de nada); en una España monofideísta en la que la Inquisición perseguía cualquier expresión religiosa ajena al catolicismo hispano, y en la que, por tanto, las expresiones religiosas tenían que camuflarse de “cultura”. 

En vano. Porque allí donde triunfa la persecución religiosa, la diferencia misma, cualquiera que sea su hechura, acaba siendo sospechosa de “separatismo” y condenada al takfir como culpable de dañar la umma. En la guerra intercastiza de la que surge España –decía Américo Castro– todos se comportaban, en este sentido, como “musulmanes”. Los más “musulmanes” fueron, al final, los Reyes Católicos. 

¿Y qué pasa con la república francesa, heredera de Les Lumières y de la Revolución por antonomasia, la única que se escribe siempre con inicial mayúscula? He citado a menudo la interesante polémica que, a caballo entre el siglo XIX y XX, mantuvieron los juristas George Jellinek, alemán, y Emil Boutmy, francés, sobre el origen de los Derechos Humanos. Boutmy, que responde a su colega, hace una muy bonita defensa de la Ilustración, de Rousseau y del concepto de tolerancia como regazos universales desde los que irradian, desde Francia, todos los derechos civiles recogidos en las declaraciones de DD.HH., incluida la libertad religiosa.

 Jellinek, en cambio, sostiene que la libertad religiosa es un urrecht, un “derecho originario”, fuente de todos los otros derechos; y atribuye su paternidad a los bill of rights de las colonias inglesas en Norteamérica, y en concreto a la necesidad de separar el orden civil del religioso para asegurar precisamente la libertad de culto como garantía de convivencia. Contra el puritanismo intolerante de Salem, por ejemplo, Roger Williams funda en 1636 la colonia –después Estado– de Rhode Island, modelo extendido a otras comunidades protestantes, constreñidas ahora a conciliar el comunitarismo religioso con la obediencia republicana a una ley común. 

Para Boutmy las declaraciones de DD.HH. recogerían ideas universales nacidas en Francia mientras que para Jellinek representarían más bien la universalización de modelos muy concretos de respuesta a conflictos religiosos locales. La universalidad, digamos, es un apaño y no una idea. Como sabemos, las ideas suelen defenderse con más pasión que los apaños. Los apaños se universalizan desde el terreno, mediante procesos endógenos de expansión ejemplar; las ideas se universalizan mediante ejércitos y predicadores. O de otra manera; una constitución democrática es un apaño; el colonialismo es una idea.

Esta polémica continuó durante todo el siglo XX y prosigue hoy de una forma u otra, sobre todo en Francia. En 1989, el siempre provocativo Regis Debray, exguerrillero, exasesor de Mitterrand, autor de una interesante Crítica de la razón política, escribió un largo artículo titulado ¿Demócratas o republicanos?, artículo que no puede leerse sin emoción y –enseguida– sin preocupación. Fue rescatado y largamente difundido de nuevo en 2015, tras el atroz atentado contra el Charlie Hebdo, y su éxito transversal, a partir de entonces, se explica por el hecho de que concentra el mínimo común denominador entre las izquierdas y las derechas francesas: ese republicanismo cuyos valores defienden por igual la “ley contra el separatismo islamista” de Macron y la islamofobia militante de Le Pen o Zemmour.

 Como indica el propio título, en su texto Debray distingue entre “democracia” y “república” para reivindicar la segunda como forma política superior. En el mundo, dice, ya solo hay democracias –allí donde las hay–; únicamente en Francia sigue habiendo república, ahora amenazada o desgastada –eso sí– por la sombra democrática que se proyecta desde el resto de Europa y desde los EE.UU. Decir “república francesa”, pues, es una redundancia; la república es francesa; y Francia, si no quiere dejar de ser francesa, sólo puede ser republicana.

¿Pero qué es para Debray una “república”? Debray, a veces con frases de una belleza retórica incontestable, va desgranando las diferencias entre las “democracias” y la “república”, que yo resumo aquí muy rápidamente mediante una lista de oposiciones binarias. La república, explica el autor, es laicismo frente a religiosidad; razonabilidad frente a producción y comercio; excelencia en el foro frente a excelencia en el mercado; ciudadanía frente a comunidad; hermandad frente a ancestralidad; educación frente a tradición; universalidad frente a localidad; unidad frente a pluralidad; centralización frente a comunitarismo y particularismo; Estado frente a sociedad; esprit frente a literalidad; ayuntamiento y escuela frente a catedral y centro comercial; pueblo frente a muchedumbre; debate frente a comunicación; verdad frente a consenso. 

A Debray, muy en la línea de Boutmy, le interesa subrayar la paradójica excepción francesa como el último islote de universalidad en el mundo, y para ello tiene que desmarcarse al mismo tiempo del “espíritu protestante” y del politeísmo católico, a los que une de un modo forzado allí donde más chocan entre sí: oponer, por ejemplo, el ayuntamiento y la escuela a la catedral y el comercio, como si no pudiesen compartir el mismo espacio, es olvidar además que, para muchos cristianos, inspirados en el Evangelio, el comercio y el templo son incompatibles entre sí. Lo mismo para el Estado y la sociedad, de cuyo equilibrio depende el cumplimiento de la divisa jacobina: libertad, igualdad, fraternidad. 

En la casilla “república”, por lo demás, se incluyen algunos valores por todos compartidos junto a otros (unidad,  centralización, verdad) incompatibles, a mi juicio, con un régimen realmente republicano. Su conclusión pesimista, en todo caso, es la de que incluso en Francia está venciendo la democracia y que, frente a ella, hay que “volver a traer” la república; hay que elegir, sí, entre la “regresión” religiosa y el “regreso” a la República –ahora necesariamente con mayúsculas y encarnada en la Nación francesa–.  

No se puede no estar de acuerdo con Debray en que estamos viviendo una regresión religiosa, pero no estoy seguro de que este republicanismo anti-demócrata no forme parte de ella. Uno de los puntos fundamentales del republicanismo que Debray comparte con Mélenchon, Macron y Zemmour es el así llamado “laicismo”, concebido, como hemos visto, contra el islam y como en el espejo del islamismo, con sus takfires excluyentes y su horror castizo a la fitna.

 Ahora bien, dentro de la propia tradición liberal francesa, heredera asimismo de la Ilustración y de la revolución de 1789, encontramos muy pronto la voz alternativa de Benjamin Constant, a quien cito largamente en mi libro Islamofobia (2015) y cuya definición del laicismo es sencilla y tajante: “El Estado no puede imponer ni rechazar ningún culto”. 

De este principio –en el que se basa, por cierto, el artículo 18 sobre la libertad religiosa de la Declaración de DD.HH. de la ONU– el liberal francés saca conclusiones que deberían ser evidentes para todos. En su obra de 1815, Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos, Constant escribirá que “la intolerancia civil es tan peligrosa, más absurda y, sobre todo, más injusta que la intolerancia religiosa” porque “toda nación que cede a la fuerza en materia de conciencia es una nación de tal modo vil y corrompida que no se puede esperar nada de ella, ni en el terreno de la razón ni en de la libertad”. 

Y añade, contra sus compatriotas republicanos de hogaño: “el que prohíbe en nombre de la razón la superstición, el que proscribe en nombre de Dios la razón independiente, merecen por igual el desprecio de los hombres de bien”. Reparemos en que Constant no siente la menor inclinación religiosa; es ateo y considera la religión una “superstición”. Pero advierte contra los peligros de convertir la lucha contra la superstición en un nuevo culto; no podemos perseguir la superstición, dice, sin convertirnos en aquello mismo que perseguimos. Porque, en definitiva, lo único que podemos calificar de “religioso” es la persecución misma, ya se trate de una teocracia que persigue el ateísmo o de una república que persigue a los musulmanes. Toda persecución es religiosa y, por lo tanto, no laica; y el laicismo sólo puede ser, en contraste, una batalla contra la persecución bajo todas sus formas y ropajes.

 El laicismo solo consiste, pues, en esta doble operación: la de asegurar la libertad religiosa de los ciudadanos y la de asegurar que ningún lobby religioso (o –añadiría– económico) se adueñe de las riendas del Estado y de las vidas de los ciudadanos. En este sentido, es mucho más laico, a mi juicio, el gesto del papa Francisco de conceder la comunión a Biden, contra sus perseguidores dentro de la Iglesia, que el de Zemmour de quitar el velo, mediante violencia mediática, a una compatriota musulmana; o que el de la muy republicana Marine Le Pen, quien en julio de 2021 firmó una declaración, junto a Orbán, Abascal y Salvini, en defensa de una Europa cristiana como baluarte contra le grand remplacement. 

El vídeo de Zemmour y Rachida expone la normal islamofobia de un país en el que el único consenso entre la mayor parte de los partidos políticos es el de concebir el republicanismo como una forma de racismo, lo que sería una contradicción histórica si ese mismo republicanismo, como el casticismo español, no se sintiese orgulloso de su pasado colonial y no reivindicase –como Ayuso la labor civilizatoria de España en América– la expansión de la idea universal de DD.HH. a través de su violación concreta en las colonias. 

Cada país inventa su propia manera de perseguir al otro; y Francia, cuya influencia ha sido notoria en el continente, ofrece el suyo como modelo copiado ya por todas las ultraderechas europeas. Habría que intentar que no saliera de allí y que, al contrario de lo que ocurre en la nación vecina, donde ganará las elecciones –no importa quién las gane– la islamofobia de Zemmour, nuestros partidos, nuestros intelectuales y nuestras izquierdas se tomen en serio el peligro que entraña la construcción de un enemigo interno. Luchar contra la islamofobia es luchar por la libertad religiosa, es decir, por el laicismo, es decir, por la república; es decir, por la pluralidad frente a la unidad, por la federación frente a la centralización, por la comunidad frente al patriotismo, por la disputa democrática frente a la verdad imperativa. 

Rachida nunca debió cambiar su velo por una corbata. "                     (Santiago Alba Rico , CTXT,  28/01/22)

14/4/11

Ilham se confiesa feminista, anticapitalista e internacionalista.... y lleva velo


Mujeres musulmanas, con los colores de la bandera francesa, se manifiestan contra la prohibición del velo en los colegios

"Ahí está ella: sentada en la última fila, en una sala del Palacio de Justicia de Aviñón, con sus ropas claras y el pañuelo en la cabeza, mirando los mensajes del teléfono móvil, aburrida, como todos.

Es Ilham Moussaïd, de 23 años, estudiante de gestión de empresas, una joven perfectamente desconocida en Francia hasta hace diez días y convertida ahora, de buenas a primeras, en una de las candidatas más polémicas a las próximas elecciones regionales, convocadas para marzo. (...)

El asunto es simple: Ilham figura en la cuarta posición de la lista política del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) por el departamento de Vaucluse (sureste de Francia).

No tiene posibilidades de salir elegida, pero esa no es tanto la cuestión como que este partido es heredero de la vieja Liga Comunista Revolucionaria, de corte trotskista, comandado por el brioso y popular Olivier Besancenot, de profesión cartero, líder de la extrema izquierda, abonado a toda manifestación o protesta que se desarrolle en la calle. Así, Ilham se confiesa feminista, anticapitalista e internacionalista.

Hasta ahí, bien. Pero se confiesa todo eso, y más, con el pañuelo musulmán en la cabeza. Por eso el revuelo, las críticas, los elogios, la perplejidad, en suma, de la sociedad francesa ante una candidata extremista adepta a una prenda demonizada que, para muchos -incluidas, claro, muchas asociaciones feministas-, simboliza la sumisión de la mujer respecto del hombre. (...)

A principios de 2009 dio un paso más y se adhirió al NPA: "Mi fe, en el fondo, se une a los principios del partido: el anticapitalismo o el internacionalismo son valores que, para mí, están en los dos sitios. Mi partido y el islam, según yo lo veo, son complementarios, muy complementarios", explica durante un descanso del juicio.

¿Pero no es todo un poco contradictorio?

-No. Yo soy feminista, es decir, estoy en contra de todo tipo de violencia y de opresión contra la mujer, defiendo la igualdad entre el hombre y la mujer. Pero no hay una sola manera de ser feminista o de defender a las mujeres.

Yo no estoy oprimida por llevar el pañuelo. Sé que hay mujeres que piensan que taparse la cabeza es un símbolo de opresión. Pero repito: yo no lo estoy. En los años setenta, tal vez podría ser así. Pero no ahora. Se trata de una elección personal. ¿Por qué lo repiten constantemente? ¿No se esconde aquí una profunda islamofobia?

Ilham decidió ingresar en el partido después de ver en televisión el bombardeo israelí sobre Gaza. (...)

"Fue en noviembre cuando decidí presentarme como candidata", relata. "Un comité de 14 personas pensó que yo debía ir en la lista y acepté. Ya entonces hubo resistencia en el partido. Había gente que no estaba de acuerdo. Por el pañuelo, claro", añade.

Uno de los que no estaba de acuerdo era, precisamente, el cabecilla Abdel. Pero por otras razones: "Yo me imaginé que la presión iba a ser mucha, que iban a ir a por Ilham, pero sólo a nivel local. Jamás pensé que esto iba a llegar a lo que ha llegado".

Pero bastó con que el diario Le Figaro publicase que el NPA presentaba una candidata con velo para que todo se disparara. (...)

"Yo no sabía que llevar un pañuelo era signo de laicidad", ironizó el ex primer ministro socialista Laurent Fabius. (...)

Muchos politólogos se alzaban de hombros, incapaces de digerir el fenómeno.

La combativa Fadela Amara, secretaria de Estado para asuntos de los barrios periféricos, criticó sin ambages la candidatura. "Me extraña que un partido político que se dice laico y feminista lleve en sus listas a una mujer con un pañuelo.

Ese pañuelo no es simplemente diez centímetros de tela sino el símbolo de un proyecto político de la opresión de las mujeres y de la confiscación de sus derechos. Esta estudiante forma parte de ese tipo de personas a las que he combatido siempre. Su manera de defender las libertades individuales simplemente me horripila".

La asociación feminista Ni Putas Ni Sumisas, de la que Amara fue en su tiempo directora, fue más lejos: aseguró que denunciaría la candidatura por considerarla ilegal y contraria a los valores de la República Francesa. (...)

Besancenot, que exige que nadie le dé lecciones de laicidad, ha respetado hasta ahora la elección del comité local de Aviñón: "Ni es un estandarte del NPA ni tenemos tampoco por qué ocultarla". Un periodista de radio con retranca le preguntó esta semana: "¿No era la religión el opio del pueblo?".

Él se salió por la tangente: "Esos a los que he oído tanto estos días hablar de la laicidad han instrumentalizado a esta candidata para darse lustre en ese aspecto. En el caso de la UMP (el partido de Sarkozy) es insoportable".

Ilham lo dice a su manera, sonriendo, con su voz escasa pero terminante: "La religión es una cosa privada. Y la laicidad es la separación de la Iglesia y el Estado. Yo no represento ni a la mujer musulmana ni al islam.

Yo represento en todo caso al Partido Anticapitalista y a las gentes de los barrios pobres de los que procedo". Recuerda que en otras épocas ha habido diputados en sotana y que jamás se les ha cuestionado. (...)

No sólo ha encontrado oposición en la derecha y en la izquierda política. También en su propio barrio. "Hay jóvenes que me han acusado de ensuciar el islam", cuenta.

Porque Ilham afirma, con la misma determinación con la que pide el transporte público gratuito y multas a las empresas que echan a trabajadores, que está a favor del aborto, de los derechos de los homosexuales y de las medidas contraceptivas.

Junto con su inseparable Abdel, ha organizado reuniones pequeñas en pisos, en casas y en locales pequeños de su barrio, donde trata de hacerse conocer de cerca, cara a cara.

A la inevitable pregunta de si se siente francesa responde que sí, que no puede sentirse de otro modo. "Soy francesa porque hablo francés y vivo aquí. Pero también soy fiel a mis orígenes bereberes.

Hay muchas maneras de entender la identidad". Abdel, su compañero de partido, aún es más claro: "Somos franceses porque ya no podemos ser otra cosa. Luchamos para que haya mejores escuelas, mejor servicio de correos, por un mundo mejor. Eso es ser francés".

"Un ciudadano que se compromete con una opción política tiene derecho a tener convicciones religiosas. Tendrá que demostrar que representará a los ciudadanos de todas las confesiones. Por eso hay que elegirla por su competencia y no por llevar el pañuelo".

Besancenot recordó otra cosa en la famosa entrevista del opio del pueblo: "La apuesta del NPA es la de aglutinar a los obreros, a los trabajadores precarios y a los militantes de los barrios precarios, entre otros. Hay un cantante, Jamel Debbouze, que decía eso: 'El rostro de Francia está cambiando. Y extrañamente cada vez se parece más al mío".

Ilham también lo dice a su manera: "Se acusa al Nuevo Partido Anticapitalista de querer atraer a los jóvenes de los barrios. Es al revés. Los jóvenes de los barrios nos hemos ido a ese partido porque consideramos que es el que nos representa. Y los jóvenes de los barrios somos así".

Abdel refrenda: "Los viejos militantes de la Liga Comunista Revolucionaria son expertos en política, profesores de universidad de más de 50 años. Pero no saben lo que es un barrio de la periferia.

Por eso no nos aceptan del todo, a nosotros, a los que vivimos ahí y hemos decidido movernos y luchar. Por eso se extrañan de cómo somos. Yo también soy creyente y musulmán. Pero activista. Y seremos más. Eso es lo que ha cambiado". (El País, Domingo, 21/02/2011, p. 6)

7/4/11

"Si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio

"El debate celebrado ayer en París sobre la laicidad que monopolizaba -y monopoliza- la vida política francesa se cerró con una batería de propuestas. Algunas se convertirán en leyes pronto y otras, después de las elecciones de 2012.

Entre ellas destacan la de prohibir el rezo en la calle, los menús especiales por causas religiosas en los comedores en los colegios o el rechazo a un médico por su sexo o su religión en un hospital o centro de salud.

Los empresarios no deberán ceder a las exigencias de sus empleados en materia religiosa y los trabajadores que quieran que se respeten sus exigencias en cuanto a ayunos deberán prevenirlo en la entrevista de contratación.

También se regulará, entre otras cosas, la financiación de los centros religiosos y la forma de matar ganado por el rito musulmán. El debate no solo ha dividido a la sociedad francesa, sino a la formación de centroderecha del presidente Nicolas Sarkozy. (...)

Se trataba, en teoría, de proponer medidas para regular "algunos usos polémicos del islam en Francia". ¿Qué usos? Pues, entre otros, si se debe o no rezar en la calle, si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio o acompañen a los profesores en una excursión... (...)

También se le acusaba de tratar de regular prácticas minoritarias. Por ejemplo: es difícil ver en París a alguien rezando en la calle. Tampoco se sabe cuántas madres musulmanas con velo acompañan a las profesoras en las salidas escolares... Otro dato que encoleriza a los detractores del debate: fue Marine Le Pen, en diciembre, la que denunció los rezos en la calle, calificándolos de ocupación. (...)

(Alain Juppé) "Estas cosas se sabe cómo despegan, pero no cómo aterrizan".

Para colmo, una encuesta publicada por Le Parisien el domingo mostraba que el tema del laicismo era de los que menos interesaban a los votantes de la derecha francesa, por detrás de asuntos como el paro, el nivel de vida o la subida de los precios." (El País, 06/04/2011, p. 2)

3/6/09

Laicismo ¿agresivo? ¿Positivo?

"El arzobispo Silvano Tomasi, observador del Vaticano ante la ONU, dijo no hace mucho (EL PAÍS, 24 de marzo de 2009) que la Iglesia está preocupada por el "laicismo agresivo" de algunos países europeos. La expresión me dejó algo perplejo. ¿Qué quería decir con eso tan distinguido clérigo? (...)

El laicismo, según la argumentación de Ratzinger, estaba poniendo en peligro la libertad religiosa. Como prueba aducía el entonces cardenal el caso de un pastor protestante que, después de predicar en contra de la homosexualidad, fue condenado a un mes de cárcel. El laicismo, según Ratzinger, ha dejado de constituir un elemento de neutralidad capaz de abrir espacios de libertad para todos. (...)

¿En dónde radica el problema? En toda Europa hay ahora sociedades multirreligiosas y multiculturales. Si cada ciudadano basara sus principios morales en su pensamiento religioso, se produciría una carencia de base moral común. Los representantes de los diversos credos esperan de todos los demás que hablen en su lenguaje religioso particular. (...)

el laicismo es más útil que todos los demás modelos históricos de relación entre el Estado y la religión. ¿Cómo deberían relacionarse? Conocemos cinco modelos.

El primero es el "ateísmo político" o "ateísmo totalitario", en el que el ateísmo es la doctrina estatal. No se entiende como una convicción personal de unos individuos que piensan que Dios no existe, o que las razones para creer en su existencia no son incuestionables, sino que se convierte en la doctrina oficial del Estado, el cual trata de erradicar toda simpatía que la gente pueda sentir por las ideas religiosas y, sobre todo, por la idea de la existencia de Dios. El Estado ateo fue creado en 1917; sus ideólogos fueron Lenin y Stalin.

El segundo modelo es el del Estado religiosamente neutral o laico, en el que el Estado permanece "neutral". Admite todas las religiones, pero ninguna ocupa una posición de privilegio. El Estado no apoya la religión. No hace propaganda a favor de una u otra, ni financia públicamente ninguna Iglesia ni institución religiosa. Este modelo ha adoptado varias formas: la laicité francesa; la Wall of Separation de EE UU; el modelo turco. Ninguna de estas variedades tan diversas es necesariamente un laicismo "agresivo" (Tomasi), ni limita la libertad de expresión (Ratzinger), ni carece de dimensión "positiva" (Sarkozy). De hecho, en las sociedades multirreligiosas, no sería mala idea que el Estado fuese religiosamente neutral. (...)

El tercero de los modelos es el del Estado "multirreligioso" o "multicultural", que trata a todas las religiones por igual porque las ayuda a todas en la misma medida. Si hay subsidios estatales para los curas cristianos, para el mantenimiento de las iglesias o la organización de sus sacerdotes, los budistas y los musulmanes tienen derecho a reclamar el mismo trato.

El cuarto modelo es el del Estado que tiene una Iglesia oficial. El Estado y la Iglesia combinan en estos casos sus fuerzas en el mantenimiento del orden público. No se suprimen las demás Iglesias, pero no tienen la prioridad que se concede a la oficial. En muchas declaraciones de los representantes de las Iglesias cristianas (incluyendo al Vaticano) se percibe cierta nostalgia de este modelo. Si un político cristiano habla del papel de la "religión" como poderoso elemento cohesionador de la sociedad, siempre se refiere a la suya, aunque evite decirlo tal cual, por no parecer políticamente incorrecto.

El quinto modelo es la teocracia, un sistema opuesto al ateísmo político pero que, paradójicamente, debe ser rechazado por los mismos motivos. En este modelo hay una religión que es favorecida por encima de las demás, que son suprimidas con brutalidad, a menudo por medio de prohibiciones legales e incluso por la fuerza. (...)

La teocracia es tan "agresiva" (aquí el término es apropiado) y tan mala como el ateísmo político.La discusión acerca de cuál tendría que ser la actitud del Estado en relación con las religiones debe limitarse pues a elegir entre los tres modelos intermedios: laicismo, multiculturalismo o Iglesia oficial. El problema de este último modelo es que discrimina a las religiones que no ocupan la posición privilegiada de la que ha logrado ocupar ese lugar de privilegio. (...)

Por su parte, el modelo multicultural es igualitario en lo que concierne a todas las religiones pero discrimina a los no creyentes. Se olvida de la mitad de los ciudadanos de los países europeos, que no suscriben ningún credo religioso. Además, es incapaz de crear una base verdaderamente universal sobre la que construir una ética compartida, pues hoy en día la diversidad religiosa no es lo que nos une, sino lo que nos separa.El laicismo parece pues la idea más adecuada para proporcionar una base común a todos los ciudadanos, sea cual sea su fe religiosa, y permite unirlos a todos en torno a una serie de valores, los de democracia, derechos humanos y Estado de derecho. " (PAUL CLITEUR Por qué hablan de laicismo "agresivo". El País, ed. Galicia, Opinión, 02/06/2009, p. 29 )