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4/9/23

Mariana Mazzucato : La sensación de ansiedad está en todas partes... por ello, los gobiernos debieran centrarse en la dirección de la economía... Después de todo, ¿de qué sirve un alto crecimiento económico si para él se precisan malas condiciones laborales o ampliar la industria de los combustibles fósiles? Significa alejarse de la financiación digital de la actividad económica y volver a comprometerse con invertir en la economía real... Los gobiernos que han tenido más éxito en catalizar el crecimiento lo han hecho cuando impulsaban otros objetivos, no el crecimiento por sí mismo. La misión de la NASA de enviar hombres a la Luna... hoy en día, si se considera la rapidez con la que está avanzando la inteligencia artificial, se precisan con urgencia gobiernos que puedan reformular la próxima revolución tecnológica en el interés de la gente... Para alcanzar un desarrollo inclusivo, debemos reconocer que los trabajadores son los verdaderos creadores de valor, y que sus intereses deberían tener un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza... de ahí la necesidad de reformular el crecimiento y reexaminar el Estado empresarial... La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente deseable... Para alcanzar una mayor producción económica que, al mismo tiempo, sea inclusiva y sostenible, los gobiernos necesitarán aceptar su potencial de ser creadores de valor y potentes fuerzas que dan forma a la economía. Si reorientamos las organizaciones públicas alrededor de misiones ambiciosas -en lugar de obsesionarnos sobre estrechas metas de crecimiento-, podremos estar a la altura de enfrentar los grandes desafíos del siglo veintiuno y tener la seguridad de que la economía crezca en la dirección correcta

 "La sensación de ansiedad está en todas partes, desde los debates de políticas de alto nivel y los manifiestos políticos a la cobertura noticiosa diaria. En Alemania, el último plan presupuestario del gobierno identifica un mayor crecimiento como una de las prioridades máximas. En la India, las autoridades nacionales se muestran anhelosas por reclamar el lugar de su país como la economía de más rápido crecimiento del planeta. En China, donde se ciernen perspectivas deflacionarias, es indiscutible que el gobierno está preocupado de alcanzar su objetivo de crecimiento de 5% para este año.

  En el Reino Unido, Keir Starmer, líder del opositor Partido Laborista, ha prometido lograr el máximo crecimiento sostenido del G7 si resulta electo, y los conservadores, desde el gobierno, expresan ambiciones parecidas (recordemos el ahora infame mantra de la ex Primer Ministra Liz Truss: “crecimiento, crecimiento, crecimiento”). 

Sin embargo, poner el crecimiento al centro de la elaboración de políticas económicas es un error. Aunque importante, el crecimiento en abstracto no es una meta ni una misión coherente. Antes de comprometerse a objetivos específicos (sean de crecimiento del PIB, producción global, etc.), los gobiernos debieran centrarse en la dirección de la economía. 

Después de todo, ¿de qué sirve un alto crecimiento económico si para él se precisan malas condiciones laborales o ampliar la industria de los combustibles fósiles? Es más, los gobiernos que han tenido más éxito en catalizar el crecimiento lo han hecho cuando impulsaban otros objetivos, no el crecimiento por sí mismo. La misión de la NASA de enviar hombres a la Luna y hacer regresarlos, produjo innovaciones en materiales aeroespaciales, electrónica, nutrición y software que más adelante aportarían un importante valor económico y comercial. Pero la NASA no se planeaba crearlas por esa razón, y es probable que nunca lo hubiera hecho si sus misiones se hubieran emprendido simplemente para aumentar la producción.

 De manera similar, la Internet surgió de la necesidad de que los satélites se intercomunicaran. Debido a su adopción generalizada, durante la última década el PIB digital ha estado creciendo 2,5 veces más rápido que el PIB físico, y hoy la economía digital está en camino de valer unos $20,8 billones estimados para 2025. Una vez más, tales cifras de crecimiento son resultado de un involucramiento activo con las oportunidades que presenta la digitalización; por sí mismo, el crecimiento no era el objetivo. 

 En lugar de centrarse en la aceleración de la brecha del PIB digital, los gobiernos deberían apuntar a cerrar la división digital y asegurarse de que el crecimiento actual y el futuro no se basen en el abuso del poder de mercado de las Grandes Tecnológicas. Si se considera la rapidez con la que está avanzando la inteligencia artificial, se precisan con urgencia gobiernos que puedan reformular la próxima revolución tecnológica en el interés de la gente.

  En términos más generales, impulsar el crecimiento en una dircción más inclusiva significa alejarse de la financiación digital de la actividad económica y volver a comprometerse con invertir en la economía real. Tal como están las cosas, demasiadas compañías (las manufacturas, entre ellas) están gastando más en recompras de acciones y pagos de dividendos que en capital humano, equipos, e investigación y desarrollo. Si bien tales actividades pueden reforzar el precio de la acción en el corto plazo, reducen los recursos disponibles para reinvertir en los trabajadores, haciendo mayor la brecha entre quienes controlan el capital y lo que no. La financiación suele basarse en la extracción de valor y la maximización de utilidades de corto plazo, en vez de creación de valor para beneficiar a la sociedad como un todo. Para alcanzar un desarrollo inclusivo, debemos reconocer que los trabajadores son los verdaderos creadores de valor, y que sus intereses deberían tener un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza.

 En este sentido, la nueva postura del Partido Laborista británico resulta preocupante. Es un acto reflejo para apaciguar a los líderes corporativos y refutar las afirmaciones de que son “antiempresas”. Los laboristas han suavizado su compromiso, previamente declarado, de brindar mayores protecciones a los trabajadores independientes. Y, sin embargo, el crecimiento impulsado por la inversión y los derechos de los trabajadores no deberían verse como prioridades en competencia. Equilibrar la gestión corporativa con un compromiso hacia los trabajadores no solo es esencial para alcanzar un crecimiento inclusivo: ya se ha demostrado que impulsa la productividad y el crecimiento en el largo plazo. La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente deseable. Como lo subrayé hace diez años, el estado tiene un importante papel empresarial que desempeñar. Después de los recientes intentos de los gobiernos de reactivar sus economías tras la pandemia, está claro que todavía tenemos pendiente el desarrollar nuevos caminos sobre cómo lograr un crecimiento que sea no solo “inteligente”, sino también verde e inclusivo.

 Los gobiernos necesitan rutas de política económica con objetivos claros que se basen en lo más les importe a sus pueblos y al planeta. El apoyo público para estos negocios debería estar condicionado a que se hagan nuevas inversiones que “aceleren y mejoren” el camino hacia una economía real más verde e incluyente. 

Piénsese en la Ley de CHIPS y Ciencias de Estados Unidos, que se propone impulsar la industria de los semiconductores local. La ley prohíbe el uso de los fondos para la recompra de acciones, y sería fácil de imaginar cláusulas adicionales que exijan que las utilidades futuras se reinviertan en formación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, para ayudar a orientar el crecimiento en la dirección correcta, los gobiernos también deben hacer inversiones orientadas a objetivos en sus propias capacidades, herramientas e instituciones. La externalización de capacidades centrales ha socavado su capacidad de responder a necesidades y demandas cambiantes, en último término reduciendo su potencial de crear un crecimiento y un valor público intencionados en el tiempo. Peor todavía, ya que las capacidades y experticia del sector público se han ido vaciando desde dentro, este se ha vuelto más susceptible para su captura por intereses creados. 

 Solo con las capacidades y competencias correctas los gobiernos podrán conseguir la movilización de recursos y la coordinación de iniciativas con empresas dispuestas a ir hacia esas metas en común. Para una estrategia industrial orientada a una misión se requiere que tanto el sector público como el privado funcionen simbióticamente. Si se hace bien, tal enfoque puede maximizar los beneficios públicos y el valor de largo plazo para las partes involucradas: el crecimiento impulsado por la innovación se convierte en sinónimo de un crecimiento inclusivo. 

 La pregunta que debiéramos estar haciéndonos no es cuánto crecimiento podemos lograr, sino de qué tipo. Para alcanzar una mayor producción económica que, al mismo tiempo, sea inclusiva y sostenible, los gobiernos necesitarán aceptar su potencial de ser creadores de valor y potentes fuerzas que dan forma a la economía. Si reorientamos las organizaciones públicas alrededor de misiones ambiciosas -en lugar de obsesionarnos sobre estrechas metas de crecimiento-, podremos estar a la altura de enfrentar los grandes desafíos del siglo veintiuno y tener la seguridad de que la economía crezca en la dirección correcta."

( Mariana Mazzucato, Profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público en el University College de Londres, Project Syndicate, 28/08/23)

4/10/21

¿Por qué resultan incomprensibles los retrasos en la implantación del teletrabajo como fórmula organizativa en la Administración?

"Desde Gestha no podemos comprender los retrasos en la implementación del teletrabajo como forma de organización. La pandemia ha resultado aleccionadora, así como la actitud de los empleados públicos, poniendo sus medios personales a disposición del trabajo.

 La decisión de la secretaria de Estado de Función Pública de desmantelar el teletrabajo, implementado durante la pandemia, sin dar entrada a su vertiente organizativa acordada el pasado 12 de abril con los sindicatos, ha provocado entre los empleados públicos una fuerte sensación de frustración y de falta de reconocimiento, tras todo ese esfuerzo, compromiso y probada eficacia en el trabajo a distancia desarrollado.

Entendemos que correspondería a la Administración General del Estado liderar un proceso en el que ya le han adelantado las Administraciones autonómicas.

 De las últimas resoluciones nos cuesta entender que se estén estableciendo límites máximos al teletrabajo, que parecen más destinados a ralentizar que a impulsar la modernización de la Administración. Tal es el caso, por su relevancia, de la Agencia Tributaria, que a pesar de ser el organismo más afectado por las restricciones, lideró la implementación del teletrabajo tras la alarma sanitaria para la práctica totalidad de su personal.

No solo es que la implementación de la última Resolución a este respecto vaya a entrar en contradicción con los límites sanitarios establecidos en la Ley, sino que en caso de que no haya moratoria para seguir impulsando el teletrabajo, volveremos a la pérdida de concentración y de eficacia, tanto de la AEAT, como de la Intervención General y otros Centros del Ministerio de Hacienda por el trabajo generalizado en áreas diáfanas.

Además, convendría tener en cuenta el riesgo para la salud de buena parte de empleados públicos, especialmente dada la elevada edad media que superan los 50 años. O el perjuicio en la conciliación familiar. Por no hablar de la congestión del tráfico rodado, del aumento de la contaminación en el centro de las ciudades o de la mayor saturación del transporte público en hora punta.

Además, existe una tremenda contradicción en los directivos de la AEAT y del Ministerio de Hacienda que, por un lado, presumen de una amplia carta de servicios digitalizados a los ciudadanos, chats, drones, inteligencia artificial y otras nuevas tecnologías, y, por otro lado, restringen el teletrabajo a sus empleados.

Por todo ello hemos solicitado una moratoria en la entrada en vigor de la resolución hasta que sea de aplicación la nueva normativa sobre el teletrabajo en la Administración del Estado.

Si ya resultaba incomprensible que el Gobierno recomendara el teletrabajo en las empresas, pero lo restringiera a los empleados públicos durante las olas más virulentas de la pandemia; ¿qué sentido tiene ahora la tardanza y lentitud en la implementación de esta fórmula de trabajo como forma de organización?"                  

 (Carlos Cruzado, presidente de los Técnicos de Hacienda (GESTHA), Nueva Tribuna, 30/09/21)

16/2/21

España tiene un problema de perfeccionismo legislativo... En España, el legislador es un gran creador de inseguridad jurídica... “Las gestiones de la vida normal se miden en la Administración por años. (…) Se exigen unas condiciones de perfección burocrática (como en Alemania), con una Administración irracional, deficiente, ineficaz, (casi tercermundista en sus resultados); lo que se pide no toma en cuenta, en ningún momento, los medios disponibles.”

 "La selección del personal de las administraciones. Debemos preguntarnos por qué las administraciones se ven obligadas a recurrir a la contratación temporal. "

 "Dice el arquitecto Juan Enrique de Balbín Behrmann, refiriéndose a la legislación urbanística pero que es extensible a todos los ámbitos del sector público: 

“Las gestiones de la vida normal se miden en la Administración por años. (…) Se exigen unas condiciones de perfección burocrática (como en Alemania), con una Administración irracional, deficiente, ineficaz, (casi tercermundista en sus resultados); lo que se pide no toma en cuenta, en ningún momento, los medios disponibles.”

El 14 de enero de 2020, empleados públicos interinos e indefinidos no fijos de plantilla se manifestaron para exigir la fijeza ante el abuso de la temporalidad por las administraciones públicas.

Las interinidades –en sus distintas modalidades– son una plaga bíblica en la administración pública española, en particular en la administración local. Su mayor síntoma es un oxímoron de construcción judicial: “Personal laboral indefinido no fijo de plantilla”.

Pero ¿por qué ocurre esto de manera sistemática desde hace al menos 40 años?

 No es un problema de gestión sino de legislación. Las dificultades de gestión, de exceso de burocracia, provienen de la legislación, y de su interpretación maximalista.  Sin embargo, el legislador, el Parlamento, el órgano de representación popular por excelencia no suele ser objeto de la crítica. Dispone siempre de la mayoría. ¿Cómo se va a equivocar la mayoría?

La legislación aplicable es, esencialmente, el Estatuto Básico del Empleado Público y el Estatuto de los Trabajadores. Este último, que se aplica a todos los empleados públicos que no son funcionarios, y la jurisdicción social que lo interpreta, ignora de manera absoluta la realidad de la administración. El primero, lleva trece años sin desarrollarse, así que, en la práctica, el sistema de función pública vigente es casi el mismo que diseñó la Ley de medidas para la reforma de la Función Pública de… ¡1984!

Debemos preguntarnos por qué las administraciones se ven obligadas a recurrir a la contratación temporal. Por varias razones que se resumen en su objetivo principal: hay que prestar los servicios públicos; ¡y cuanto antes! Esta es la demanda de los ciudadanos, que los políticos transmiten a los funcionarios insistentemente. 

Contratar de manera indefinida o nombrar nuevos funcionarios de carrera es una misión imposible cuya dificultad, además, se ha incrementado exponencialmente en los últimos años. 

Primero hay que aprobar una relación de puestos de trabajo. Se debe negociar con los representantes de personal para que no sea anulada por los tribunales de justicia. Unos tres años de trámites es un buen tiempo. 

Además, hay que cumplir la tasa de reposición. La tasa de reposición es un concepto ya antiguo, mi memoria alcanza sólo hasta los primeros años 2000, pero que se radicalizó en su redacción a partir de la crisis de 2008. Significa que solo se puede contratar (o nombrar funcionario) al mismo número de trabajadores fijos (y esto es importante) que se hayan jubilado el año anterior. 

La tasa de reposición para el año 2021 es del 110 %. Es decir, para que se pueda contratar a un funcionario más de los que ya existen es necesario que haya al menos 10 vacantes el año anterior. Créanme, hacen falta muchos habitantes en el municipio para que eso ocurra cada año. 

En el año 2012 la tasa de reposición fue 0, en los siguientes fue del 50 % y sólo en los últimos tres años fue superior al 100 %. 

A pesar de tasas de reposición tan estrictas, los colegios han seguido funcionando, la sanidad curando y los policías locales dirigiendo el tráfico. ¿Cómo? Con funcionarios interinos y personal laboral temporal: no había otra forma para no cerrar. 

Después hay que aprobar una oferta de empleo público (OEP). Pero este documento no se aprueba un año antes de las jubilaciones previstas, para que a un funcionario de carrera le suceda otro. Se aprueba en el ejercicio siguiente a que el jubilado se haya ido a descansar a su casa. ¿Para qué sirve la OEP? Reconozco que en 15 años no he conseguido descubrirlo. En teoría para dos cosas:  para controlar presupuestariamente que no se ofrecen más plazas que las que se pueden pagar y para dar publicidad de las plazas que se convocarán (pero… a la convocatoria también se le dará publicidad unos meses después).

La OEP también hay que negociarla con los representantes de los trabajadores, a pesar de que no guarda ninguna relación con sus condiciones de trabajo. Es un documento puramente organizativo.

 En las últimas décadas ha habido dos procesos de consolidación de interinos. En 2007-2011 y desde 2018 hasta el 31 de diciembre de este año. El primero fracasó. Y el segundo… no está teniendo mucho éxito. A pesar de que la Ley prevé expresamente que se les puntúe la experiencia acumulada, cuando la OEP llega a la mesa de negociación cargadita con las plazas de interinos (con 20 o más años de antigüedad) los representantes, de los mismos sindicatos que a nivel nacional obligaron al legislador a introducir el proceso de consolidación, lo sabotean. Y esas plazas nunca llegan a convocarse.  Es normal. Es humanamente comprensible que esto pase. El deseo del legislador, una vez más, no tiene en cuenta la realidad.

Una vez que se haya publicado oficialmente la OEP todavía hay que aprobar la convocatoria: las bases de la oposición. Ya no hay que negociarla con los sindicatos, pero es habitual que se recurra ante los tribunales, dando lugar a un nuevo retraso. 

Las pruebas de la oposición llevarán un año más.  Estos cuatro años de trámites no suponen un valor añadido de un proceso de selección de interinos tramitado en tres meses. En ambos casos, el resultado puede ser un trabajador negligente, normal o excelente. El sistema de selección no asegura el mérito y capacidad, que se hace depender de la suerte, sólo lo aparenta. 

¿Quién ha estado ocupando la plaza esos tres años? Un interino. Que ante el cese se revuelve. Y al que los tribunales a veces le dan la razón. Tantas veces le dan la razón que en la ley de presupuestos de este año han tenido que regularlo expresamente para que deje de ocurrir. En cambio, seleccionar un interino apenas consume tres meses.

¿Por qué existe la tasa de reposición? En principio sirve para impedir el incremento de gasto de personal en las administraciones (que tienen un 30 % menos de empleados públicos por habitante que Francia o Portugal, la mitad que Finlandia). A partir de 2012 se radicalizó para aparentar ante la UE que España era un estado fiable como para ser rescatado. Y sirve también para convertir ese gasto de personal en contratos administrativos que ingresan empresas privadas. En ese proceso ese gasto de personal sufre un incremento del 6 por ciento de beneficio del contratista, del 13 por ciento para cubrir sus gastos generales y del 21 por ciento del IVA. 

Sería fácil, entonces, convertir todas las necesidades de personal en contratos administrativos. Pues no, porque la Ley de Contratos (es decir el Congreso de los Diputados) lo prohíbe expresamente: Es necesario que el servicio que se licita tenga un contenido objetivo distinto de la mera contratación de personal.

¿En los años duros del rescate, en los que la tasa de reposición era 0, disminuyó el gasto de personal? No. Se cubrió con interinos. Los mismos que exigen ahora su fijeza, que se mezclan con los que todavía provienen de los años 90 y los 2000. Se trataba de aparentar ante Europa que se controlaban los gastos de personal no de hacerlo realmente. En otro caso, habría que haber cerrado colegios, hospitales y ayuntamientos enteros. 

Por otro lado, las Comunidades Autónomas (y a veces el Gobierno de la nación) están diseñando continuamente políticas que exigen contratar personal. Pero como el ‘Padrino’, no se manchan las manos. Sueltan la pasta y ya se ocupará el sicario (el Ayuntamiento) de hacer malabarismos. Por si fueran poco las limitaciones de la tasa de reposición, la financiación de estas políticas sólo está garantizada anualmente lo que presiona a favor de la temporalidad del personal. Algunas de estas políticas no son cuestiones menores: los servicios sociales municipales; la ayuda a domicilio; las escuelas infantiles; los agentes de desarrollo local; los normalizadores lingüísticos; etc.

Lo único que se ha intentado para limitar el recurso a los interinos es prohibirlo. Prohibir la realidad. Hay una Disposición Adicional en la Ley de Presupuestos para 2018 –que no ha sido derogada en la de este año– que establece la responsabilidad de la autoridad que formalice un contrato laboral temporal de manera indebida. Todavía no ha ocurrido, pero es posible que veamos a algún alcalde o algún funcionario imputado por prevaricación por intentar cuadrar el círculo:  contratar a un profesor de una escuela infantil para que esta siga funcionando.

Por tanto, afirmar que las administraciones abusan de la temporalidad en la contratación de personal es una perspectiva muy simplista. En realidad, en España, existe un verdadero vía crucis legislativo y burocrático que dificulta prestar los servicios públicos con eficacia. Estos inconvenientes son cada vez mas evidentes y salen a la superficie con cada dificultad que la realidad nos brinda: la pandemia, la nevada, el ingreso mínimo vital, la gestión de los fondos europeos, etc.

Por concluir esta parte, la demanda de los interinos de que se les haga fijos sin pasar una prueba abierta a la participación de cualquier ciudadano exige la reforma de la Constitución pues el Tribunal Constitucional ya ha resuelto sobre su inconstitucionalidad.

¿Qué se puede hacer para que la selección del personal de las administraciones vuelva a funcionar y desaparezcan los interinos como síntoma estructural?

En primer lugar, hay que tener seleccionados a los empleados públicos antes de que se produzcan las necesidades de personal. En la Comisión Europea se utilizan unas listas de personas que han superado las oposiciones. Estas listas tienen una determinada vigencia, normalmente dos años. Se recurre a esas listas para cubrir los puestos vacantes.

En segundo lugar, hay que abandonar la demagogia de la tasa de reposición. Hay que regular otros sistemas que limiten el incremento de los gastos de personal, por ejemplo, refiriéndose a un porcentaje del presupuesto de cada administración.

En tercer lugar, hay que prohibir delegaciones de competencias encubiertas de las comunidades autónomas a los Ayuntamientos.

Finalmente, un cierto grado de temporalidad será siempre necesaria y debe ser regulada adecuadamente por el legislador: las políticas activas de empleo, las brigadas veraniegas de extinción de incendios o las bajas por enfermedad."           

(Anxelo Estévez Torres, CTXT, 30/01/2021)
 

 "El 25 de enero de 2021 Iñaki Gabilondo dijo en el programa Hoy por Hoy de la Cadena SER: 

“Hay muchas señales que indican que tenemos problemas de estructura. (…) Se oye que los bomberos no pueden salir porque no tienen cadenas para las ruedas; que el problema de la vacunación se agrava porque no teníamos las jeringuillas necesarias. Tenemos un problema que tenemos que reconocer: ¡España no funciona! (…) España es un Estado moderno, pero tiene problemas de estructura, engranajes que no engarzan bien, problemas de desajustes claros, desorden, y una sensación de ineficacia porque parece que las palabras mandan más que los hechos. En los hechos estamos fallando, pero parece que no importa con tal de que luego tengamos palabras. Parece que la política se ha convertido en el oficio para explicar por qué no se pueden hacer las cosas.”

En el primero de los artículos de esta serie expusimos la tesis de que España tiene un problema de perfeccionismo legislativo. Se cree que exigiendo en la ley que la Administración sea perfecta esta lo será. Pero lleva sin ocurrir más de un siglo. La Administración española es pequeña y tiene pocos medios. Mas de un siglo de perfeccionismo legislativo no ha arreglado el problema de la corrupción. El instrumento utilizado no es el adecuado. Pero este mecanismo sí ha provocado otro problema: el Estado es ineficaz.

En 2017 se aprobó una nueva Ley de Contratos públicos1 con un amplio consenso. Es la ley que transpone la nueva directiva europea de contratación administrativa.

 La directiva sólo es un marco común para asegurar un mercado único de la contratación administrativa. Y sólo es obligatoria a partir de unos umbrales. Por encima de 200.000 euros, grosso modo, para los contratos de servicios y suministros, y de los 5 millones de euros, para los contratos de obras.

La directiva se transpuso de manera maximalista. No se aprovecharon las oportunidades de simplificación que ofrece la norma europea ni se flexibilizaron los contratos de cuantía inferior a los umbrales citados. España es un país del sur, pero legisla como si dispusiera de los medios de los países del norte de Europa.

En los años anteriores se identificaron dos procedimientos como un “coladero” de corrupción: los contratos menores (los de cuantía inferior a 15.000 euros) y el procedimiento negociado. Era una corrupción menor, si se me permite. La verdadera corrupción, como recientemente hemos asimilado, se hizo a lo grande.

Pero eran dos procedimientos muy eficaces y ágiles. El primero permitía atender de manera inmediata, sin burocracia, los pequeños gastos del día a día (ej. comprar las cadenas para las ruedas de los camiones de bomberos). El segundo posibilitaba la negociación con los licitadores para concretar las características de un producto o servicio del que la Administración no tenía a priori la información suficiente. Era, de alguna manera, como el proceso de búsqueda del mejor producto que hacemos en nuestra vida privada.

A partir de 2018 el procedimiento negociado está, en la práctica, prohibido. Mientras que el contrato menor se ha convertido en un procedimiento farragoso lleno de papeles y de regulación imprecisa. Al inicio de la vigencia de la Ley, las Juntas Consultivas de Contratación de distintas Comunidades Autónomas nos confundieron con interpretaciones completamente divergentes. En España, el legislador es un gran creador de inseguridad jurídica.

 El principal objetivo de la nueva Ley de Contratos es presionar para que la máxima cantidad de gasto público se licite a través del procedimiento abierto. Es decir, una licitación a la que se le da publicidad, a la que se puede presentar cualquier empresario y que se adjudica atendiendo a criterios objetivos.

Sin embargo, en lugar de poner medios para llegar a ese resultado, el proceso se ha llenado de dificultades. Los medios humanos y materiales dedicados a la contratación administrativa son los mismos que los que se empleaban para anteriores leyes menos exigentes.

La contratación menor –que sigue existiendo, a pesar de ser denostada, porque de otro modo no funcionaría nada– consume muchos más recursos que antes. Lo que habitualmente solo llevaba un “papel”, la factura, ahora es un expediente formal –electrónico– que integra al menos cuatro informes y puede llegar a requerir la firma de cinco personas. Recursos que no pueden ser dedicados a incrementar la contratación por procedimiento abierto.

En ese afán de perfeccionismo también se ha dificultado la propia contratación abierta. Además de los documentos reguladores del contrato –los conocidos como “pliegos”– ahora se exige uno nuevo llamado memoria justificativa. Para los ideólogos de esta ley, este documento es “imprescindible”. Esta memoria es un documento trabajoso donde debe argumentarse cuáles de los criterios de adjudicación que esboza la ley se van a utilizar y, lo más complicado de todo, en el que debe justificarse que el precio de licitación es un precio de mercado desglosando todos los costes del contrato. En la práctica, se producen sesudos estudios de mercado de varias decenas de páginas o se utilizan otros métodos, indirectos, que no dejan de ser la conversión pícara de la exigencia idealista de la ley a la realidad precaria de la administración española.

El tiempo de redacción de esta documentación preparatoria se ha duplicado respecto de la anterior legislación.

Otro de los objetivos de la ley, es facilitar el acceso de las pymes a la contratación administrativa. Objetivo muy loable pero que quizás habría que haber moderado. Para ello el legislador exige que todos los contratos se liciten por lotes. Un lote es una subdivisión del objeto del contrato, de modo que varias empresas puedan ser adjudicatarias simultáneamente. Pero no le ha fijado ningún tamaño mínimo o máximo a esos lotes de manera que se produce el disparate de que contratos de escasa cuantía, perfectamente accesibles para una pyme, también se tengan que licitar por lotes. Cada lote en que se divide un contrato duplica la complejidad de su tramitación.

Uno de los aciertos de la ley es imponer la licitación electrónica como obligatoria. Esta se realiza a través de la plataforma de contratación del sector público. Pero no se ha invertido suficiente dinero en ella y tiene asignado poco personal. El resultado es una aplicación web farragosa y lenta en sus tiempos de carga. Acusa la saturación conforme va avanzando la mañana. Se cuelga no pocas veces y tiene un diseño rígido que no facilita la gestión. Aporta muy poco en términos de automatización: en realidad es un formulario extremadamente riguroso en el que hay que volver a “picar” toda la información que ya figura en los pliegos de la contratación. En esta fase de la licitación se vuelve a duplicar el tiempo de trabajo requerido.

 También hay funcionarios, en cada administración, que se pasan meses rellenando estadísticas para el registro de contratos del Ministerio de Hacienda y para el Tribunal de Cuentas triplicando la información que ya consta en la Plataforma de Contratación por falta de conexión entre ellas, a pesar de que la Ley lo prevé. 

La contratación administrativa representa el 20 % del PIB, alrededor de 200.000 millones de euros, ¿sería razonable invertir 2.000 millones, un 1% de esa cantidad, en una herramienta informática verdaderamente revolucionaria? Por comparación, el presupuesto total de la Dirección General del Patrimonio del Estado, del que la plataforma de contratación es sólo una de sus actividades, es de “únicamente” 182 millones de euros.

Los defensores de esta Ley han promovido los “sistemas de racionalización de la contratación” como alternativa al recurso desmesurado a los contratos menores. Son los conocidos acuerdos-marco pero generan mucha burocracia, tanto en la primera adjudicación como en los contratos derivados, y su eficacia es bastante discutible. La tramitación de uno de estos acuerdos-marco puede alargarse un año y medio sin demasiado problema.

Otro de los aciertos de la Ley, que ya venía de los últimos años de la anterior legislación, es el recurso administrativo ante el Tribunal Administrativo Central de Recursos Contractuales (en algunas autonomías hay un Tribunal propio). Permite que en unos tres meses se resuelva de manera ágil cualquier tipo de conflicto alrededor de la licitación. Pero han surgido dos efectos indeseados. Su carácter gratuito está produciendo que en casi cualquier contrato haya algún licitador que lo interponga, con razón o sin ella, generando la saturación del TACRC y el alargamiento de la licitación. Por otro lado, la Administración tiene un incentivo muy alto para no recurrir la resolución del Tribunal Administrativo contraria a sus intereses ante la jurisdicción contencioso-administrativa: el contrato quedaría paralizado durante años. 

Esto ha producido que se hayan consolidado interpretaciones del TACRC que son contrarias a la literalidad de la ley. Uno de los objetivos de la Ley de Contratos es que entre los criterios de adjudicación no se recurra únicamente al precio. Se fomenta el establecimiento de criterios medioambientales y sociales, como por ejemplo “la mejora de las condiciones laborales y salariales” (cito literalmente a la Ley). Pues bien, este tribunal administrativo anula sistemáticamente los pliegos que valoran el aumento del salario del personal adscrito al contrato aduciendo que es una cuestión que no está relacionada directamente con su objeto.

En las últimas dos décadas se ha acelerado la inflación de órganos que emiten doctrina. A los seculares Consejo de Estado y Tribunal de Cuentas se han unido sus homólogos autonómicos, las múltiples juntas consultivas de contratación, los tribunales administrativos de contratación, las intervenciones generales. Y finalmente, la OIRESCON. Detrás de este raro acrónimo está la Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación.

 Todos estos órganos, con la ayuda del legislador, parecen competir en la construcción del discurso burocrático más alejado del principio de eficacia que, conforme el artículo 103 de la Constitución, rige la actuación de la Administración.

Vamos a poner un ejemplo. Debido a la saturación que sufren los servicios de los órganos de contratación y a que se puede alargar de manera imprevisible el procedimiento de licitación puede ocurrir que al término del plazo de un contrato todavía no esté adjudicado el siguiente. Para no perjudicar la prestación de servicios públicos, el anterior empresario continúa con la ejecución del contrato, aunque no sea conforme a la Ley. Una vez que se adjudica el nuevo contrato, la ilegalidad desaparece.

Pero para pagar al empresario las facturas de los meses en que se alargó indebidamente su contrato hay que hacer un expediente administrativo. El Consejo de Estado dictaminó hace 25 años que para ello debía de utilizarse el procedimiento más sencillo posible. Es un problema que llevaba resuelto ¡25 años! En cambio, recientemente se ha impuesto el criterio legislativo y de esa pléyade de órganos doctrinarios de que lo “perfecto” es utilizar el procedimiento de revisión de oficio, que consume recursos del órgano de contratación que podían ser utilizados para la licitación de nuevos contratos, que dura unos seis meses y que demora el pago de las facturas al contratista que de buena fe no interrumpió la prestación de un servicio público. Así figura en el último informe de la OIRESCON.

El último problema es la sanción que pueden recibir los funcionarios y autoridades para el caso de que cometan una infracción de la normativa que hemos sintetizado. La sanción que recibe un funcionario que utilice indebidamente el procedimiento de contrato menor será la misma independientemente de que su objetivo sea que continúe la prestación de un servicio público o la corrupción: el delito de prevaricación administrativa. Conlleva una pena muy dura: inhabilitación por 7 años y pérdida de la condición de funcionario. No hay nada intermedio. No hay una sanción de 200 euros por saltarse el límite de velocidad. Una sanción tan dura produce dos efectos: la paralización de la mayoría y que sólo actúen los más osados.

 En 2009, el Plan E distribuyó 8.000 millones entre los ayuntamientos porque se consideró que serían las únicas administraciones capaces de gestionarlos y ejecutarlos en apenas nueve meses. En muchos casos, representó cuadruplicar el importe de la inversión anual de cada municipio. Con la legislación actual, conseguir esa eficacia ya no sería posible.

 Ahora España se enfrenta al reto de gestionar una cantidad de fondos europeos diez veces mayor. Las medidas que introduce el Real Decreto-ley 36/2020, de 30 de diciembre, por el que se aprueban medidas urgentes para la modernización de la Administración Pública y para la ejecución del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, son tímidas y decepcionantes. Prácticamente todo se fía a declaraciones de urgencia y reducciones de plazos en la emisión de informes y en la tramitación de los procedimientos de licitación. Si tenemos en cuenta que en la actualidad los plazos ordinarios ya no se pueden cumplir ¿cómo se van a reducir a la mitad por mucho que la ley lo ordene? No se afrontan las dificultades estructurales relatadas en este artículo ni se simplifica, más que cosméticamente, la preparación de los contratos. Debemos felicitarnos por la moderada potenciación del que conocemos como procedimiento supersimplificado que, sin embargo, sigue prohibido para la contratación de proyectos técnicos –paso previo a iniciar cualquier licitación de obras– por la presión de los colegios de arquitectos e ingenieros.

¿Qué se puede hacer para que España vuelva a funcionar en materia de contratación administrativa?

En primer lugar, debe reservarse el perfeccionismo para los grandes contratos, facilitando de manera radical la preparación de la documentación reguladora de la mayoría de las licitaciones y aprovechando las opciones de simplificación que ofrece la directiva europea.

En segundo lugar, debe asumirse por el legislador que el contrato menor, incluso de duración plurianual, es imprescindible para el funcionamiento de la administración, sin perjuicio de que se mantenga la publicación de la adjudicación.

En tercer lugar, es necesario realizar una fuerte inversión en la plataforma de contratación electrónica de manera que automatice la redacción de los pliegos y reduzca la participación manual de los funcionarios.

Finalmente, el legislador y los órganos que emiten doctrina en el sector público deben tener especialmente presente que uno de los principios constitucionales que rigen el funcionamiento de la administración es el de eficacia."           (Anxelo Estévez Torres, CTXT, 8/02/2021)