"(...) Borrell había presentado el Plan Estratégico para la Defensa Europa, afirmando que "Europa está en peligro". Hasta
ahora ese peligro parecía provenir fundamentalmente de los flujos
migratorios que han sido abordados desde la securitización de las
fronteras de la Europa Fortaleza.
Una dinámica que, como define Tomasz Konicz, es consustancial al
imperialismo de crisis del siglo XXI, que ya no solo es un fenómeno de
saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar
herméticamente los centros de la humanidad superflua que el sistema
produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas
del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las
estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de
control que alimentan un autoritarismo en auge (Konicz, 2017: 187-188).
Una buena muestra de ello es el endurecimiento de las leyes migratorias
de la UE en las últimas décadas.
Un autoritarismo de la escasez que
conecta perfectamente con la subjetividad del no hay suficiente para
todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas
de la población. Este sentimiento de escasez está en el tuétano de la
xenofobia del chovinismo del bienestar que conecta perfectamente con el
auge del autoritarismo neoliberal del sálvese quien pueda en la guerra
de los últimos contra los penúltimos.
Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras 2/
exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una
mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las
mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a
la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son
la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa
buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el
equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia
para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para
realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un
“negocio de la xenofobia” en palabras de la investigadora francesa
Claire Rodier. Un negocio que, dada su opacidad y márgenes difusos,
cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de
ayuda al desarrollo o de “promoción de buena vecindad”. De hecho,
podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta
ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de
administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores
como si de un frente militar se tratase.
La propia Frontex señaló el año pasado a Bielorrusia por permitir los
cruces ilegales de frontera a Polonia y Lituania, acusándola de
utilizar los flujos migratorios como “arma política” con la intención de
desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de
Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en titular
como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se ha
llegado a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica
sobre si este tipo de actos híbridos pueden invocar el artículo 5 de la
OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto
terminó ese debate en el marco de la OTAN, lo que sí ha sucedido es que
la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país
báltico (Estonia, Letonia, Lituania) además de a Polonia, mientras los
países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas
de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria
con Bielorrusia.
Al imaginario de invasiones bárbaras 3/ de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo
ruso. La coartada perfecta sobre la que construir el nuevo proyecto
neo-militarista europeo que refuerce aún más el neoliberalismo
autoritario europeo. Nada cohesiona y legitima más que un buen enemigo
externo. “Europa está hoy más unida que nunca” es el nuevo mantra en los
pasillos de Bruselas. Un mantra que se repite para alejar los fantasmas
de crisis recientes y proyectar hacia el exterior que Europa vuelve a
tener un proyecto político común.
Una Europa en crisis en busca de un proyecto común
Desde las sendas derrotas en referéndum del proyecto de Constitución
Europea en Francia y Países Bajos, la UE perdió el horizonte de un
proyecto de unidad política. El sueño federalista de un Estado europeo
parecía desvanecerse. El rechazo popular al modelo de integración
europea no solo fue desoído desde las instituciones y élites europeas,
sino que, por el contrario, se aceleró el paso de las reformas
estructurales con la máxima de mejor decretar que preguntar. En
ausencia de una constitución política, se ahondó en el
constitucionalismo de mercado en el conjunto de las normas comunitarias,
destacando el Tratado de Lisboa que, aunque no tiene formalmente el
carácter de una Constitución, se erigió como un acuerdo entre Estados
con rango constitucional. Una especie de Constitución económica
neoliberal que consagra las famosas reglas de oro: estabilidad
monetaria, equilibrio presupuestario, competencia libre y no falseada.
Así, como sostiene Pierre Dardot:
“En ausencia de un Estado europeo, existe una expresión concentrada
del constitucionalismo de mercado en el conjunto de las llamadas normas
comunitarias que prevalecen sobre el derecho estatal nacional. La
ecuación que se impone es la misma que la que formuló Hayek en su
tiempo: primacía del derecho privado, garantizada por un poder fuerte.
Esta primacía está consagrada en los tratados europeos; el poder fuerte
encargado de velar por el respeto de esta primacía lo encarnan diversos
órganos que se complementan, como el Tribunal de Justicia, el Banco
Central Europeo (BCE), los Consejos interestatales (de jefes de Estado y
de ministros) y la Comisión 4/.”
Órganos a los que tendríamos que sumar el Eurogrupo, que en la crisis
de la deuda griega jugó un papel fundamental. Mecanismos de decisión
institucionales no sometidos a ningún control democrático a escala
supranacional, en donde el Parlamento Europeo no deja de ser un mero
maquillaje.
Con todo, la ausencia de un proyecto político europeo más allá del
rebuscado máximo beneficio de los mercados, de la constitucionalización
del neoliberalismo y de la consagración de un modelo de autoridad
burocrática protegida de la voluntad popular, ha ido erosionando poco a
poco el apoyo social a la UE. Un proceso acelerado a raíz del
encadenamiento de crisis en el seno de la UE que han afectado a su
legitimidad e incluso a su propia integridad. Fundamental en este
sentido ha sido la radicalización neoliberal del austeritarismo como
respuesta a la crisis de 2008 y, sobre todo, sus consecuencias: un
brutal aumento de la desigualdad, la aceleración en la destrucción de
los restos del Estado del Bienestar y la expulsión de millones de
personas trabajadoras de los estándares preestablecidos de ciudadanía.
Y, sin embargo, hasta la fecha ha sido el Brexit la crisis que ha
golpeado más traumáticamente a la eurocracia bruselense. Por primera
vez, la UE no solo no ampliaba el club sino que perdía a uno de sus
miembros. Y no a uno cualquiera. Así, la salida del Reino Unido hay que
leerla no como una crisis más, sino como el síntoma mórbido de la
profunda crisis que sufre la mutación neoliberal del proceso de
integración europea. Una ruptura con la UE, hegemonizada desde la
derecha, en clave de repliegue nacional y de un mayor acercamiento si
cabe a EE UU.
Europa rompe su tabú militar
La dura, larga y no exenta de problemas negociación para aplicar el
artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se ejecutaba la separación
británica de la UE aumentó la melancolía de unas instituciones europeas
que parecían asistir impasibles a su lento desmoronamiento. Pero, a la
vez, la salida del Reino Unido del club europeo abría una posibilidad
hasta entonces bloqueada por los británicos: la integración militar. En
su discurso sobre el estado de la Unión de 2016 5/,
con el referéndum del Brexit aún caliente, el ex presidente de la
Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, rompió el tradicional tabú
europeo en cuestiones militares para hablar de un fondo de defensa
común, un "cuartel general europeo" y una "fuerza militar común" para
"complementar a la OTAN". De esta forma se abría paso en los pasillos de
Bruselas una vieja aspiración de gran parte de las élites, defendida
ardientemente por una Francia necesitada de un ejército europeo que vele
por sus intereses neocoloniales en África.
(...) ya en 2017 esa ya era la gran (y por lo visto única) apuesta estratégica
de las élites europeas: la militarización de la UE. Un proyecto ni
mucho menos nuevo que se asentaba sobre la lógica de: si ya no podemos
ofrecer bienestar y democracia, al menos sí seguridad ante las amenazas
que surgen y crecen por todo el mundo. Y, para ello, se empieza a
desarrollar la “cooperación reforzada” entre los Estados Miembros que
así lo deseen, con el objetivo de crear un Fondo Europeo de Defensa, una
industria común militar y armamentística y una mayor coordinación
policial y militar para, quién sabe si más temprano o más tarde, ver por
fin nacer el tantas veces anunciado ejército europeo. (...)
Un informe reciente del diario francés Le Monde mostró un
ejemplo instructivo del efecto de la guerra de Ucrania en la opinión
pública y en la financiación de la industria armamentística: citando a
Armin Papperger, jefe de Rheinmetall, uno de los principales fabricantes
de armas de Alemania que en enero se quejó de la renuncia de los fondos
de inversión a colaborar con su empresa, el periódico señalaba cómo el
cambio radical de atmósfera ha permitido que el Commerzbank, uno de los
principales bancos alemanes, anunciara su decisión de dedicar una parte
de sus inversiones a la industria de armamento. Algo impensable hace tan
solo unos meses por el impacto que podría tener en la opinión pública.
Algo, sin embargo, perfectamente pasable ahora mismo en el contexto de
la guerra en Ucrania.
En Francia, donde la presión ciudadana originó una tendencia
creciente a la desinversión de la industria de armamento por motivos de
responsabilidad ética (especialmente a la luz de la repugnante
contribución de las armas occidentales a la destrucción de Yemen por
parte del ejército de Arabia Saudí), Guillaume Muesser, director de
asuntos de defensa y económicos de la Asociación de la Industria
Aeroespacial, explicó a Le Monde que “la invasión de Ucrania ha
cambiado el tablero de juego. Demuestra que la guerra sigue en el orden
del día, ante nuestras puertas, y que la industria de defensa es muy
útil” 7/.
La militarización de la UE como proyecto de integración
Aunque la propuesta de rescatar el proyecto de integración de la UE
en torno a la re-militarización de Europa es un proceso que lleva años
en marcha, nadie puede negar que la invasión de Ucrania lo ha acelerado
dramáticamente y le ha dado un soporte de legitimidad popular nunca
soñado meses antes. Un buen ejemplo de ello es el reciente referéndum en
Dinamarca por el que el país escandinavo abandona después de 30 años la
cláusula de exclusión voluntaria de las políticas de defensa de la
Unión Europea. Esto implica, entre otras cosas, que Dinamarca se
convertirá en miembro de pleno derecho de la Política Común de Seguridad
y Defensa; que los soldados daneses podrán ser enviados a operaciones
militares de la UE si así lo ratifica la mayoría del Parlamento de
Dinamarca; y que el Gobierno danés podrá incrementar en 7.000 millones
de coronas (unos 940 millones de euros) el gasto en defensa en los dos
próximos años. (...)
Por cierto, el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB no es una
cifra baladí: ha sido una demanda del gobierno estadounidense a todos
sus aliados de la OTAN desde la cumbre de Gales en 2014 y,
especialmente, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien hizo la
suya hasta el punto de amenazar a sus socios europeos con reducir sus
aportes a la Alianza Atlántica si no aumentaban sus presupuestos
militares hacia ese horizonte. El cambio europeo más drástico ha sido el
del Gobierno alemán, que gastará 100.000 millones de euros más en
defensa y aumentará el presupuesto por encima del 2% del PIB a partir de
2024. Con ello, Alemania sobrepasará a Reino Unido, que el año pasado
fue el segundo país de la OTAN y el tercero del mundo en gasto militar.
Un aumento que supone casi el doble del presupuesto de defensa ruso, que
en 2020 fue de 55.494,3 millones de euros. (...)
La guerra como doctrina del shock
La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete
reconfigurar el futuro de Europa. Un cambio de paradigma en la defensa y
en su relación con Rusia, su vecino nuclear. Un shock político similar
al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa
tras la caída del muro de Berlín. Un auténtico acontecimiento entendido
como una quiebra disruptiva en donde emerge una nueva Europa, que por
desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos
de las élites europeas. (...)
Pues si la gestión de la pandemia fue la excusa, la guerra de Ucrania
se está convirtiendo en una coartada perfecta para aplicar una
auténtica doctrina del shock. Porque la UE no solo se está
remilitarizando para poder hablar el “lenguaje duro del poder” en un
desorden global en donde las disputas por los recursos escasos son cada
vez más agudas. También se está acelerando la agresiva agenda comercial
europea con el pretexto de la guerra. Porque todo vale cuando estamos en
guerra. Un buen ejemplo de ello es lo rápido y fácil con que el
maquillaje verde de la UE ha saltado por los aires al decretar la
Comisión Europea que el gas y la nuclear pasaban a ser consideradas
energías verdes con el pretexto de romper con la dependencia energética
rusa.
Estrategias como la recientemente aprobada de la “granja a la mesa”,
uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la
superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los
pesticidas y recortar los fertilizantes químicos en la UE en un 20% para
2030, se ha desvanecido en cuestión de semanas. Porque en guerra todo
vale (...)
Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una
guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país
lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía
pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa
disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del
país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del
país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes
antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en
Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico,
económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano.
Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria
Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de
dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no
gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/”
La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el
final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a
una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al
menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado
a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las
interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y
que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la
economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en
una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos
principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la
órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales
subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque
quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de
los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo
el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC) (...)" (Miguel Urbán , Viento Sur, 24 junio 2022)