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30/5/23

Emigración española en Alemania: "Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente"

 "El invierno era rudo, por utilizar un adjetivo antropomórfico, en Hannover. Tan rudo como saberte diferente de algún modo, en un sitio que no te corresponde, que no es el tuyo. Diferente cuando vas en el U-bahn, metro con una sola línea en aquella época, camino de Kröpcke, el centro social y neurálgico de la ciudad, y conversas en español. 

Diferente cuando quieres entrar en una discoteca hablando en español con tus amigos y simplemente te dicen despectivamente 'No se puede pasar'. 

Incluso me llegaron a decir que en algunas salas de baile aparecía un cartel indicando que la entrada estaba prohibida para animales y extranjeros. 

Todo esto, claro, a ojos de un niño de unos 15 años.

Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente. 

En ocasiones soportaba estoicamente que, de camino a casa en el U-bahn, alguna respetable anciana -por razones bélicas obvias, en la Alemania de los 70 había más ancianas que ancianos- me dijera, al escuchar hablar otras lenguas, con complicidad y a media voz aquello de 'Que fastidio de gastarbeiter, desaliñados y hablando esas jergas'.

Asentía cobarde y desganadamente con la cabeza. Si no hablaba demasiado, mi pelo rubio y piel clara no desentonaba entra la masa poblacional autóctona."

 (José Antonio López Guerrero JAL: Virus, chicas y laboratorios. Memorias de un científico. Ed. Guadalmazán, Madrid, 2023, p. 48/9)

13/1/23

Un pequeño pueblo de Francia está al centro del debate migratorio del país... Un plan para revitalizar Callac con refugiados calificados ha dividido a la localidad y se ha convertido en el epicentro de un debate nacional sobre inmigración e identidad... cuando los miembros del consejo municipal oyeron hablar de un programa con el que se podrían renovar los edificios en mal estado y cubrir puestos de trabajo muy necesarios, como auxiliares de enfermería y constructores, mediante refugiados calificados, les pareció un boleto de lotería ganador... otros lo consideraron prueba de un “gran remplazo” de nativos franceses que se ha convertido en motivo de la ira y la ansiedad, en particular de la extrema derecha. En poco tiempo, la diminuta Callac, un pueblo de apenas 2200 habitantes, se dividió... Hoy se encuentra en la intersección de complejas cuestiones que han atormentado a Francia durante muchos años: cómo hacer frente al creciente número de inmigrantes que llegan al país y cómo inyectar vida nueva a localidades en declive, antes de que sea demasiado tarde

 "Un pueblo con cada vez menos habitantes, situado entre pastos de vacas en Bretaña, parece un escenario poco probable para el examen de conciencia que se lleva a cabo en Francia en materia de inmigración e identidad.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 
 
La plaza principal se llama en honor a la fecha en 1944 en que los soldados nazis reunieron a los combatientes de la resistencia local, muchos de los cuales nunca volvieron a ser vistos. Tiene una cafetería que gestiona un club social, un museo dedicado al spaniel bretón y una buena dosis de escapada rural: edificios vacíos y desolados, con herrería puesta y las ventanas cerradas, algunos desde hace décadas.

Por eso, cuando los miembros del consejo municipal oyeron hablar de un programa con el que se podrían renovar los edificios en mal estado y cubrir puestos de trabajo muy necesarios, como auxiliares de enfermería y constructores, mediante refugiados calificados, les pareció un boleto de lotería ganador.

“Fue un momento de eureka”, dijo Laure-Line Inderbitzin, adjunta del alcalde. “No ve a los refugiados como un caso de caridad, sino como una oportunidad”.

Sin embargo, lo que los dirigentes de la localidad vieron como una oportunidad de rejuvenecimiento, otros lo consideraron prueba de un “gran remplazo” de nativos franceses que se ha convertido en motivo de la ira y la ansiedad, en particular de la extrema derecha.

En poco tiempo, la diminuta Callac, un pueblo de apenas 2200 habitantes, se dividió: se convirtió en el centro de atención nacional y el escenario de protestas a favor y en contra del plan. Hoy se encuentra en la intersección de complejas cuestiones que han atormentado a Francia durante muchos años: cómo hacer frente al creciente número de inmigrantes que llegan al país y cómo inyectar vida nueva a localidades en declive, antes de que sea demasiado tarde. 

Como ha sucedido en muchas localidades francesas, la población de Callac ha ido disminuyendo lentamente desde el final de los Trente Glorieuses, el periodo de crecimiento de 30 años de la posguerra, cuando aumentaron el nivel de vida y los salarios. En la actualidad, casi la mitad de las personas que quedan son jubiladas. El mayor empleador es la residencia de ancianos.

Un paseo por el centro del pueblo revela decenas de escaparates vacíos, donde antes había florerías, tintorerías y estudios fotográficos. El último consultorio dental de Callac anunció en julio que cerraba: el estrés de rechazar continuamente nuevos pacientes, ya que su lista de pacientes superaba los 9000, era demasiado para Françoise Méheut.

Dejó de dormir, se puso a llorar sobre la silla de tratamientos y recurrió a los antidepresivos antes de decidir al final tomar su jubilación anticipada.

“Es una catástrofe”, dijo Méheut. “Tengo la impresión de abandonar a la gente”.

“Estoy vendiendo el local, pero nadie lo compra”, añadió sobre su negocio. “Si hubiera un dentista entre los refugiados, estaría encantada”.

Aunque muchos en el pueblo dicen que no hay puestos de trabajo, el ayuntamiento hizo una encuesta y encontró lo contrario: 75 puestos de trabajo remunerados sin cubrir, desde auxiliares de enfermería hasta contratistas, a pesar de la tasa de desempleo local del 18 por ciento.

El ayuntamiento aún espera llevar a cabo su plan en colaboración con el Merci Endowment Fund, una organización creada por una acaudalada familia parisina que hizo su fortuna con la ropa infantil de alta gama y quería retribuir a la sociedad

“La idea es que todos ganen”, señaló el hijo mayor, Benoit Cohen, cineasta y autor francés que escribió un libro sobre la experiencia titulado Mohammad, ma mère et moi.

“Ayudarán a revitalizar el pueblo”.

El proyecto Merci ha propuesto seleccionar a los solicitantes de asilo, reclutando según sus habilidades, así como su deseo de vivir en el campo. Después, los Cohen prometen desarrollar un programa integral para ayudarlos a asimilarse, con cursos de francés y apartamentos en edificios rehabilitados.

El plan también prevé nuevos espacios comunitarios y programas de formación para todos —locales y refugiados juntos—, algo que entusiasma a Inderbitzin, defensora local del proyecto en el consejo y profesora de la escuela secundaria local.

El pueblo cuenta con más de 50 clubes y asociaciones sin fines de lucro, entre ellos uno que gestiona el cine local y otro que reparte comida a las familias hambrientas de la localidad.

“El desarrollo social para todos está en los genes de Callac”, dijo Inderbitzin. “Es un círculo virtuoso. Podrían aportar mucha energía, cultura y juventud”.

No todo el mundo está tan entusiasmado con esa posibilidad. Una petición que lanzaron tres residentes opuestos al proyecto cuenta con más de 10.000 firmas, muchas de ellas de fuera de Callac.

Sin embargo, incluso en el pueblo, algunos se quejan de la falta de consulta o transparencia. Les preocupa que Callac pierda su carácter francés y cambie su tranquilidad de pueblo pequeño por los problemas de una gran ciudad. Otros cuestionan los motivos de una familia rica de París que se entromete en su hogar.

“No somos ratas de laboratorio. No estamos aquí para que experimenten con nosotros”, dijo Danielle Le Men, una profesora jubilada del pueblo que está creando un grupo comunitario para detener el proyecto; teme que el “islam radical” llegue a la comunidad.

Al enterarse de la disputa, Reconquista, un partido antiinmigración de derecha, dirigido por Éric Zemmour, quien fue candidato presidencial que no logró avanzar, organizó una protesta en septiembre, con la advertencia de que el proyecto traería una inseguridad peligrosa y la queja de que se introducirían tiendas halal y mujeres con velos islámicos.

 A una cuadra de distancia, los contramanifestantes abarrotaron la plaza principal. “A los fascistas que enarbolan la bandera roja de un remplazo hipotético”, dijo a la multitud Murielle Lepvraud, política local del partido de izquierda radical France Unbowed, “les respondo que sí, que sus ideas pronto serán remplazadas”.

Más de cien policías antidisturbios con escudos mantuvieron separados a los grupos.

Incluso muchos de los que han vivido personalmente el declive de Callac siguen sin convencerse.

“Todos los jóvenes se han ido, porque aquí no hay trabajo”, dijo Siegried Leleu, quien servía vasos de kir y cerveza a un grupo pequeño de caballeros de pelo blanco reunidos en torno a su bar, Les Marronniers, un viernes por la tarde.

Relató que hubo un tiempo en que ofrecía billar y karaoke y mantenía los barriles abiertos hasta tarde. Pero cuando la juventud de la localidad se marchó, recalibró su horario de cierre para que coincidiera con el de la clientela que quedaba: las 8 p. m.

“¿Por qué debemos dar trabajo a los de fuera? Deberíamos ayudar primero a la gente de aquí”, dijo

De pie en la calle, frente a su pequeño bar, que también hace las veces de abarrotada tienda de antigüedades, su vecino, Paul Le Contellac, evaluó la propuesta desde otro punto de vista.

Su tío se casó con una refugiada que había huido de España con su familia durante la guerra civil y encontró refugio en este pueblo. Más tarde, cuando Francia fue ocupada por la Alemania nazi, su abuela albergó a miembros de la resistencia en su ático.

“Este es un pueblo que siempre ha acogido a los refugiados”, dijo Le Contellac. “Callac no es fea, pero tampoco es bonita. Necesita nuevas energías”.

Aunque la inmigración puede tener el potencial de hacerlo, la cuestión sigue siendo muy controvertida, incluso cuando la crisis migratoria se ha visto atenuada por la pandemia

Hoy, cuando la pandemia parece remitir, el número de solicitantes de asilo que llegan a Francia vuelve a aumentar, amenazando con restablecer la volatilidad del asunto.

Desde el punto álgido de la crisis migratoria, hace varios años, el gobierno del presidente Emmanuel Macron ha intentado dividir la diferencia en su política migratoria.

Por un lado, ha pretendido disuadir a los solicitantes de asilo, aumentando la policía en la frontera y recortando algunos servicios estatales.

Por otro, para quienes son aceptados como refugiados, ha volcado recursos en las clases de francés y en programas de empleo para facilitar su integración.

El gobierno también ha intentado dispersar a los solicitantes de asilo fuera de París, donde los servicios están saturados, es difícil encontrar alojamiento y han surgido grandes campamentos provisionales.

Hace poco, Macron anunció que quería formalizar la política en un nuevo proyecto de ley de inmigración, enviando a los solicitantes de asilo desde los densos centros urbanos, ya plagados de problemas sociales y económicos, a las “zonas rurales, que están perdiendo gente”.

El plan se parece mucho al que se está poniendo en marcha en Callac, que, de manera paradójica, lleva recibiendo familias de refugiados desde 2015, cerca de 40 personas en la actualidad, casi sin previo aviso, como muchos pequeños pueblos franceses.

Mohammad Ebrahim escuchó el ruido de las protestas agresivas desde la ventana de la sala de su casa, pero no tenía idea de qué se trataba la conmoción, desde luego no sobre él, su mujer y sus cuatro hijos, que llegaron hace un año.

Los kurdos que escaparon de Al Qaeda en Siria no han sentido más que una buena acogida; muestran en sus celulares fotografías de las comidas y celebraciones comunitarias a las que han sido invitados. Sin embargo, las ventajas de la hospitalidad del pueblo se compensan con las desventajas logísticas de vivir en el campo sin auto. La capacitación, las citas médicas e incluso las clases regulares de francés están muy lejos.

Cuando escucha el plan de ofrecer servicios integrales y escuela en Callac, Ebrahim sonríe pleno. “Así podríamos ir a clase de francés todos los días”, se emocionó.

Callac puede ser ahora un campo de pruebas de si un enfoque más estructurado puede funcionar y las divisiones pueden superarse.

“Esto se convirtió en una cuestión de política francesa”, dijo Sylvie Lagrue, una voluntaria local que lleva a los refugiados a las citas con el médico y los ayuda a configurar su internet. “Ahora, todo el mundo espera que esto se calme y sigamos con el programa”.

Aunque el proyecto aún no cuenta con un presupuesto oficial, un calendario o un número objetivo de solicitantes de asilo a reasentar, el ayuntamiento sigue avanzando de manera sutil.

Recientemente, compró una enorme escuela abandonada, que se levanta como un fantasma en medio del pueblo, y anunció que planeaba convertirla en el “corazón” del proyecto, con una zona de recepción de refugiados, así como una guardería comunitaria y un espacio de trabajo compartido.

El fondo Merci ya ha comprado el edificio donde cerró la última librería del pueblo en agosto. Ahora planea reabrir la tienda para la comunidad, mientras aloja a una primera familia de solicitantes de asilo en el piso de arriba.

“El comienzo tiene que ser lento”, dijo Cohen. “Tenemos que ver si funciona. No queremos asustar a la gente”.                       (

28/6/22

"Europa está en peligro": la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge... Un autoritarismo de la escasez que conecta con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población... Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea... lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase... Al imaginario de invasiones bárbaras de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso... La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa... Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín... emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas

 "(...) Borrell había presentado el Plan Estratégico para la Defensa Europa, afirmando que "Europa está en peligro". Hasta ahora ese peligro parecía provenir fundamentalmente de los flujos migratorios que han sido abordados desde la securitización de las fronteras de la Europa Fortaleza.

Una dinámica que, como define Tomasz Konicz, es consustancial al imperialismo de crisis del siglo XXI, que ya no solo es un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge (Konicz, 2017: 187-188). Una buena muestra de ello es el endurecimiento de las leyes migratorias de la UE en las últimas décadas.

 Un autoritarismo de la escasez que conecta perfectamente con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población. Este sentimiento de escasez está en el tuétano de la xenofobia del chovinismo del bienestar que conecta perfectamente con el auge del autoritarismo neoliberal del sálvese quien pueda en la guerra de los últimos contra los penúltimos.

 Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras 2/ exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un “negocio de la xenofobia” en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier. Un negocio que, dada su opacidad y márgenes difusos, cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de “promoción de buena vecindad”. De hecho, podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase.

 

La propia Frontex señaló el año pasado a Bielorrusia por permitir los cruces ilegales de frontera a Polonia y Lituania, acusándola de utilizar los flujos migratorios como “arma política” con la intención de desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en titular como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se ha llegado a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica sobre si este tipo de actos híbridos pueden invocar el artículo 5 de la OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto terminó ese debate en el marco de la OTAN, lo que sí ha sucedido es que la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país báltico (Estonia, Letonia, Lituania) además de a Polonia, mientras los países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria con Bielorrusia.

Al imaginario de invasiones bárbaras 3/ de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso. La coartada perfecta sobre la que construir el nuevo proyecto neo-militarista europeo que refuerce aún más el neoliberalismo autoritario europeo. Nada cohesiona y legitima más que un buen enemigo externo. “Europa está hoy más unida que nunca” es el nuevo mantra en los pasillos de Bruselas. Un mantra que se repite para alejar los fantasmas de crisis recientes y proyectar hacia el exterior que Europa vuelve a tener un proyecto político común.

Una Europa en crisis en busca de un proyecto común

Desde las sendas derrotas en referéndum del proyecto de Constitución Europea en Francia y Países Bajos, la UE perdió el horizonte de un proyecto de unidad política. El sueño federalista de un Estado europeo parecía desvanecerse. El rechazo popular al modelo de integración europea no solo fue desoído desde las instituciones y élites europeas, sino que, por el contrario, se aceleró el paso de las reformas estructurales con la máxima de mejor decretar que preguntar. En ausencia de una constitución política, se ahondó en el constitucionalismo de mercado en el conjunto de las normas comunitarias, destacando el Tratado de Lisboa que, aunque no tiene formalmente el carácter de una Constitución, se erigió como un acuerdo entre Estados con rango constitucional. Una especie de Constitución económica neoliberal que consagra las famosas reglas de oro: estabilidad monetaria, equilibrio presupuestario, competencia libre y no falseada.

Así, como sostiene Pierre Dardot:

“En ausencia de un Estado europeo, existe una expresión concentrada del constitucionalismo de mercado en el conjunto de las llamadas normas comunitarias que prevalecen sobre el derecho estatal nacional. La ecuación que se impone es la misma que la que formuló Hayek en su tiempo: primacía del derecho privado, garantizada por un poder fuerte. Esta primacía está consagrada en los tratados europeos; el poder fuerte encargado de velar por el respeto de esta primacía lo encarnan diversos órganos que se complementan, como el Tribunal de Justicia, el Banco Central Europeo (BCE), los Consejos interestatales (de jefes de Estado y de ministros) y la Comisión 4/.”

Órganos a los que tendríamos que sumar el Eurogrupo, que en la crisis de la deuda griega jugó un papel fundamental. Mecanismos de decisión institucionales no sometidos a ningún control democrático a escala supranacional, en donde el Parlamento Europeo no deja de ser un mero maquillaje.

Con todo, la ausencia de un proyecto político europeo más allá del rebuscado máximo beneficio de los mercados, de la constitucionalización del neoliberalismo y de la consagración de un modelo de autoridad burocrática protegida de la voluntad popular, ha ido erosionando poco a poco el apoyo social a la UE. Un proceso acelerado a raíz del encadenamiento de crisis en el seno de la UE que han afectado a su legitimidad e incluso a su propia integridad. Fundamental en este sentido ha sido la radicalización neoliberal del austeritarismo como respuesta a la crisis de 2008 y, sobre todo, sus consecuencias: un brutal aumento de la desigualdad, la aceleración en la destrucción de los restos del Estado del Bienestar y la expulsión de millones de personas trabajadoras de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Y, sin embargo, hasta la fecha ha sido el Brexit la crisis que ha golpeado más traumáticamente a la eurocracia bruselense. Por primera vez, la UE no solo no ampliaba el club sino que perdía a uno de sus miembros. Y no a uno cualquiera. Así, la salida del Reino Unido hay que leerla no como una crisis más, sino como el síntoma mórbido de la profunda crisis que sufre la mutación neoliberal del proceso de integración europea. Una ruptura con la UE, hegemonizada desde la derecha, en clave de repliegue nacional y de un mayor acercamiento si cabe a EE UU.

Europa rompe su tabú militar

La dura, larga y no exenta de problemas negociación para aplicar el artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se ejecutaba la separación británica de la UE aumentó la melancolía de unas instituciones europeas que parecían asistir impasibles a su lento desmoronamiento. Pero, a la vez, la salida del Reino Unido del club europeo abría una posibilidad hasta entonces bloqueada por los británicos: la integración militar. En su discurso sobre el estado de la Unión de 2016 5/, con el referéndum del Brexit aún caliente, el ex presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, rompió el tradicional tabú europeo en cuestiones militares para hablar de un fondo de defensa común, un "cuartel general europeo" y una "fuerza militar común" para "complementar a la OTAN". De esta forma se abría paso en los pasillos de Bruselas una vieja aspiración de gran parte de las élites, defendida ardientemente por una Francia necesitada de un ejército europeo que vele por sus intereses neocoloniales en África.

 (...) ya en 2017 esa ya era la gran (y por lo visto única) apuesta estratégica de las élites europeas: la militarización de la UE. Un proyecto ni mucho menos nuevo que se asentaba sobre la lógica de: si ya no podemos ofrecer bienestar y democracia, al menos sí seguridad ante las amenazas que surgen y crecen por todo el mundo. Y, para ello, se empieza a desarrollar la “cooperación reforzada” entre los Estados Miembros que así lo deseen, con el objetivo de crear un Fondo Europeo de Defensa, una industria común militar y armamentística y una mayor coordinación policial y militar para, quién sabe si más temprano o más tarde, ver por fin nacer el tantas veces anunciado ejército europeo. (...)

Un informe reciente del diario francés Le Monde mostró un ejemplo instructivo del efecto de la guerra de Ucrania en la opinión pública y en la financiación de la industria armamentística: citando a Armin Papperger, jefe de Rheinmetall, uno de los principales fabricantes de armas de Alemania que en enero se quejó de la renuncia de los fondos de inversión a colaborar con su empresa, el periódico señalaba cómo el cambio radical de atmósfera ha permitido que el Commerzbank, uno de los principales bancos alemanes, anunciara su decisión de dedicar una parte de sus inversiones a la industria de armamento. Algo impensable hace tan solo unos meses por el impacto que podría tener en la opinión pública. Algo, sin embargo, perfectamente pasable ahora mismo en el contexto de la guerra en Ucrania.

En Francia, donde la presión ciudadana originó una tendencia creciente a la desinversión de la industria de armamento por motivos de responsabilidad ética (especialmente a la luz de la repugnante contribución de las armas occidentales a la destrucción de Yemen por parte del ejército de Arabia Saudí), Guillaume Muesser, director de asuntos de defensa y económicos de la Asociación de la Industria Aeroespacial, explicó a Le Monde que “la invasión de Ucrania ha cambiado el tablero de juego. Demuestra que la guerra sigue en el orden del día, ante nuestras puertas, y que la industria de defensa es muy útil” 7/. 

La militarización de la UE como proyecto de integración

Aunque la propuesta de rescatar el proyecto de integración de la UE en torno a la re-militarización de Europa es un proceso que lleva años en marcha, nadie puede negar que la invasión de Ucrania lo ha acelerado dramáticamente y le ha dado un soporte de legitimidad popular nunca soñado meses antes. Un buen ejemplo de ello es el reciente referéndum en Dinamarca por el que el país escandinavo abandona después de 30 años la cláusula de exclusión voluntaria de las políticas de defensa de la Unión Europea. Esto implica, entre otras cosas, que Dinamarca se convertirá en miembro de pleno derecho de la Política Común de Seguridad y Defensa; que los soldados daneses podrán ser enviados a operaciones militares de la UE si así lo ratifica la mayoría del Parlamento de Dinamarca; y que el Gobierno danés podrá incrementar en 7.000 millones de coronas (unos 940 millones de euros) el gasto en defensa en los dos próximos años. (...)

Por cierto, el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB no es una cifra baladí: ha sido una demanda del gobierno estadounidense a todos sus aliados de la OTAN desde la cumbre de Gales en 2014 y, especialmente, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien hizo la suya hasta el punto de amenazar a sus socios europeos con reducir sus aportes a la Alianza Atlántica si no aumentaban sus presupuestos militares hacia ese horizonte. El cambio europeo más drástico ha sido el del Gobierno alemán, que gastará 100.000 millones de euros más en defensa y aumentará el presupuesto por encima del 2% del PIB a partir de 2024. Con ello, Alemania sobrepasará a Reino Unido, que el año pasado fue el segundo país de la OTAN y el tercero del mundo en gasto militar. Un aumento que supone casi el doble del presupuesto de defensa ruso, que en 2020 fue de 55.494,3 millones de euros. (...)

La guerra como doctrina del shock

La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa. Un cambio de paradigma en la defensa y en su relación con Rusia, su vecino nuclear. Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín. Un auténtico acontecimiento entendido como una quiebra disruptiva en donde emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas. (...)

Pues si la gestión de la pandemia fue la excusa, la guerra de Ucrania se está convirtiendo en una coartada perfecta para aplicar una auténtica doctrina del shock. Porque la UE no solo se está remilitarizando para poder hablar el “lenguaje duro del poder” en un desorden global en donde las disputas por los recursos escasos son cada vez más agudas. También se está acelerando la agresiva agenda comercial europea con el pretexto de la guerra. Porque todo vale cuando estamos en guerra. Un buen ejemplo de ello es lo rápido y fácil con que el maquillaje verde de la UE ha saltado por los aires al decretar la Comisión Europea que el gas y la nuclear pasaban a ser consideradas energías verdes con el pretexto de romper con la dependencia energética rusa.

Estrategias como la recientemente aprobada de la “granja a la mesa”, uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los pesticidas y recortar los fertilizantes químicos en la UE en un 20% para 2030, se ha desvanecido en cuestión de semanas. Porque en guerra todo vale (...)

Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico, económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano. Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/”

La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC) (...)"                         (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

19/2/21

Hay más suecos que italianos que tienen puntos de vista antifeministas... La Europa del odio...

 "Pocos considerarían a Italia, conocida por su política "machista" y sus líderes de extrema derecha que promueven los roles de género "tradicionales", como un punto de acceso para los valores feministas en Europa. Pero una nueva encuesta, realizada a fines de 2020 y publicada ayer, sugiere que esto puede estar cambiando.  

De los ocho países europeos incluidos en la encuesta, que contó con 12.000 encuestados, los italianos eran los menos propensos a culpar al feminismo de los sentimientos de marginación y demonización de los hombres. 

 Mientras tanto, en Suecia, considerada durante mucho tiempo como un bastión de las políticas progresistas de igualdad de género, más personas (41 por ciento) que en cualquier otro lugar encuestado dijeron estar al menos de acuerdo con la afirmación: 'Es culpa del feminismo que algunos hombres se sientan marginados de la sociedad y demonizado. 

 Daniel Poohl, editor en jefe del grupo sueco anti-extremismo Expo, dijo a openDemocracy que "las sorprendentes opiniones antifeministas de los suecos" podrían explicarse en parte como una reacción violenta a los movimientos feministas exitosos. "Algunas victorias del feminismo sueco en los últimos años podrían haber activado el surgimiento de fuertes actitudes opuestas", dijo.

 Después de Suecia, alrededor del 30 por ciento de los participantes en Polonia expresaron opiniones antifeministas, seguidos por el Reino Unido (28 por ciento), Francia (26 por ciento), Hungría (22 por ciento), Alemania (19 por ciento) y el Holanda (15 por ciento). Sin embargo, solo el 13 por ciento de los encuestados italianos expresó tales opiniones y el 65 por ciento dijo que estaba muy o algo en desacuerdo con ellas. Simone Rafael de la Fundación Amadeu Antonio en Alemania, que encargó la investigación junto con Expo y HOPE not Hate en el Reino Unido, calificó la magnitud de la opinión antifeminista en Europa como "muy preocupante". 

Nick Lowles, director ejecutivo de HOPE not Hate, agregó que, en muchos países, una 'agenda antifeminismo' ahora está 'envuelta en las crecientes guerras culturales de derecha que es mucho más agresiva, retórica bastante violenta y se usa particularmente por hombres más jóvenes '. 

"Estado de odio" 

La encuesta de los grupos anti-extremismo se encargó como parte de un nuevo informe titulado "Estado del odio: extremismo de extrema derecha en Europa". También reveló que al menos una cuarta parte de los encuestados dijeron que tenían sentimientos negativos hacia los musulmanes. Casi un tercio reflejaba opiniones hostiles hacia los inmigrantes en general y más de un tercio reflejaba esas opiniones sobre los romaníes. 

 “Este informe muestra que la amenaza contra la democracia está cambiando de forma y estrategia. La extrema derecha de hoy es un movimiento transnacional que organiza a sus partidarios a través de redes en lugar de organizaciones anticuadas ", dijo Poohl. Antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2019, openDemocracy descubrió cómo una docena de grupos "fundamentalistas" de derecha cristiana de Estados Unidos habían invertido al menos 50 millones de dólares de dinero oscuro en Europa durante una década, impulsando a la extrema derecha que buscaba victorias récord ese año. Lowles dijo que las ideologías extremistas ahora están "internacionalizadas como nunca antes", y "la resistencia también debe serlo".

Según la encuesta, la mayoría de los encuestados en Hungría tienen opiniones negativas hacia los inmigrantes (60 por ciento) y los musulmanes (54 por ciento). Estas cifras son aproximadamente el doble que en el Reino Unido, donde el 30% tiene esa opinión sobre los inmigrantes y el 26% sobre los musulmanes. Cuando se les preguntó si simpatizaban con las protestas de Black Lives Matter contra el racismo y la discriminación contra las minorías, la mayoría de los encuestados en Alemania (52 por ciento), Suecia (51 por ciento) y el Reino Unido (51 por ciento) dijeron que sí. Este no fue el caso en ninguno de los otros países encuestados.
 
 "Gran desconfianza" en las autoridades 
 
El informe también destacó un "pozo profundo de desconfianza" en las autoridades, y agregó que los populistas y extremistas de toda Europa podrían intentar explotar ese entorno. El desencanto político fue particularmente pronunciado en Italia y Francia, donde el 79% y el 67% de los encuestados, respectivamente, dijeron que pensaban que su sistema político estaba total o parcialmente roto.
 
 Estas cifras también fueron elevadas en Polonia (63 por ciento), el Reino Unido (58 por ciento) y Hungría (55 por ciento). `` La escena europea de extrema derecha y antidemocrática está conectada de muchas maneras en la actualidad: es el antisemitismo, la islamofobia y el pensamiento de supremacía blanca lo que concuerdan los enemigos de extrema derecha de la democracia '', concluyó Anetta Kahane, presidenta de Amadeu Antonio Fundación. Este informe, argumentó, "hace visibles los puntos en común de que debemos luchar juntos para proteger la democracia y los derechos humanos en Europa".   
 
 ( , Social europe,   This article was originally published on opendemocracy.net)

17/12/19

«El empobrecimiento de la población crea chivos expiatorios»... el mensaje contra la emigración sirve para amedrentar y conseguir mano de obra más barata. Dónde más se necesita esta mano de obra, como la agricultura, es donde más se usa la amenaza. En lugares como el oeste almeriense...

"Doctor en Antropología Social, forma parte del Grupo de Investigación en Exclusión y Control Sociales (GRECS). Es presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado y autor de ensayos y novelas, entre las cuales, Aguas de venganza y Crímenes de hambre.


Está trabajando en un proyecto editorial sobre refugiados climáticos. A día de hoy, ¿Cómo sería una foto fija de esta realidad?
Lo que está pasando en este momento es que el cambio climático se está manifestando de una manera acusada en muchas zonas del planeta. No es una cosa del futuro, sino que ya está pasando. Se están destruyendo hábitats de poblaciones: terrenos de cultivo que dejan de ser productivos, costas que van desapareciendo... El nivel del mar no sube igual en todas partes. 

Lo hace más en las zonas ecuatoriales porque, al disminuir la fuerza gravitacional hacia los polos, pierden demasiado, y el agua tiende a gravitar hacia el Ecuador. Sabemos que en Barcelona ha subido 20 centímetros, pero prácticamente no lo percibimos. No es así en África o el Sudeste asiático... Están desapareciendo islas del Pacífico.
¿Cuál es la tendencia de todo esto?
Todos los informes climáticos que van saliendo advierten que las cosas están mucho peor de lo que pensábamos hasta ahora y, además, más aceleradas. Los procesos de desertificación, la subida del nivel de la mar, la pérdida de agua potable, las oleadas de calor... irán a más. Por lo tanto, esta pérdida de hábitats que ya se está produciendo será más grande y, en consecuencia, habrá más gente que tiene que marchar de dónde es.

Y esto, actualmente, es cosa de pobres…
Sí, pero hay que matizarlo. Las zonas tropicales son las más afectadas y lo continuarán siendo. Ahora, el impacto del crecimiento de los huracanes se está notando mucho en las costas de los Estados Unidos. Cada año son más destructivos. Y en Europa, todo el sur está siendo cada vez más árido y se irá desertizando. La península Ibérica lo tendrá muy mal. Londres también se podrá ver afectada por la subida del nivel de la mar y Venecia ya está sufriendo los efectos.

En el pasado, el clima ha experimentado fenómenos extremos. ¿Cuál es la diferencia respecto a los de ahora?
Ha habido un tipo de fenómenos extremos que los científicos denominan "de cada cien años". Lo que ahora está pasando es que estos fenómenos se producen cada muy pocos años, y tienden a acelerarse. Además, por primera vez los fenómenos no son causados por la misma dinámica de la naturaleza, sino que son debidos a la intervención humana. Somos los humanos con nuestras actividades los que estamos modificando el comportamiento del clima. Sobre esto hay que dejar claro que no hay controversia científica. Es unánime la opinión de que somos nosotros los que hemos elevado la temperatura de la atmósfera a unos niveles intolerables. La temperatura media actual no la hemos tenido desde hace 130.000 años.

Una consecuencia inmediata de todo esto es que la gente afectada tiene que buscarse la vida como pueda para poder sobrevivir…
Principalmente, lo que ahora está pasando es que la gente deja las zonas rurales para irse a los suburbios de las ciudades. Por eso crecen tanto las ciudades tropicales. También con los conflictos, que, a su vez, no son ajenos al cambio climático. También hay personas que se van a otros países. Los somalíes se desplazan hacia Uganda, Kenia, Etiopía... Emigran a países cercanos. 

Cuando la gente huye para salvar la vida no se va muy lejos. El 84% de los refugiados por conflictos bélicos viven en países vecinos. Sólo un 16% se van más lejos. Otra cosa es cuando se emigra para cambiar de vida, para buscarse un trabajo mejor... Esto es lo que pasa también con los refugiados climáticos.
En cualquier caso, las crisis, como las consecuencias de la pobreza, suelen ser acumulativas…
Hay muchos conflictos que están muy relacionados con el cambio climático. El más paradigmático es el de Siria, con seis millones y medio de exiliados aproximadamente y el mismo número de desplazados internos. Más de la mitad de la población de Siria. En el 2006, empezó en Siria una gran sequía. Mucha gente acabó marchándose a las ciudades, y esto, ligado con la subida del precio de los alimentos, etc., generó mucha conflictividad. La revuelta inicial siria no se explica sin esta crisis. En Darfur, los pastores de norte se quedaron sin tierras de pastos y se iban hacia el sur, donde se enfrentaban con los agricultores.

¿Así pues, la "invasión" que se proclama desde Occidente, refiriéndose a los emigrantes, parece que está bastante alejada de la realidad?
La "invasión" es una falacia. Las migraciones laborales funcionan de acuerdo con la capacidad de atracción de los países. Si no hay trabajo en un país, la gente no va. En España hubo más emigración entre el 1998 y el 2008. Y después ha ido bajando. Además, todos los estudios serios sobre emigración coinciden en que las migraciones son beneficiosas para los países receptores. 

Lo que pasa es que las mentiras de la extrema derecha funcionan, porque se trata de mensajes muy simples: nos toman nuestros puestos de trabajo, utilizan nuestra sanidad, aumenta la delincuencia. Mensajes fáciles que la gente, cuando está angustiada, acaba compartiendo.
Llama la atención la aparente contradicción entre las ventajas económicas que comporta la emigración y el discurso político que la penaliza...
Si, aunque si a esto damos la vuelta resulta que no es tan contradictorio, porque todo este mensaje contra la emigración también sirve para amedrentar y, en definitiva, para conseguir mano de obra más barata. Y dónde más se necesita esta mano de obra, como la agricultura, es donde más se usa la amenaza. En lugares como el oeste almeriense, que ha prosperado basándose en el trabajo semiesclavo, es donde se produjeron las primeras revueltas contra los inmigrantes.

¿Cómo se explica la xenofobia en un mundo tan globalizado como el actual?
Porque los problemas que sufre la gente también son muy graves, y la necesidad de buscar explicaciones fáciles nos llevan a buscar cabezas de turco. Y esto tiende a agravarse porque las desigualdades crecen, la gente se empobrece... Globalmente, las migraciones han crecido, pero de un 2,8% a un 3,2% de la población mundial. Es decir, dentro de unos márgenes perfectamente asumibles. Si no fuera porque hay partidos que están sacando rédito de la xenofobia, ni nos enteraríamos.

En la mayoría de los países europeos y en los EE.UU. de Trump, la extrema derecha presenta la emigración como el enemigo principal…
La extrema derecha actual, que nace a principios de los 80, cuando Jean Le Pen saca un 14% de los votos, enlaza con la crisis del petróleo y el empobrecimiento de la población obrera, el triunfo de Reagan, la aparición del neoliberalismo... España parecía una excepción a todo esto, porque, como en el Reino Unido de la época de Margaret Thatcher, la extrema derecha estaba oculta entre los conservadores. 

Así, cuando estos pierden el poder, como le ha pasado ahora al PP, surge una extrema derecha con más posibilidades electorales. Pero no se tiene que olvidar nunca que la extrema derecha se beneficia del empobrecimiento de la población, que necesita buscar chivos expiatorios.
Ante este panorama, no faltan movimientos de repliegue a la izquierda, como el que propone Diego Fusaro en Italia...
No creo que esto tenga salida, pero es verdad que la democracia está defraudando, porque está siendo utilizada por los más ricos para enriquecerse más. Vemos que el simple hecho que Podemos entre al gobierno está despertando alarmas muy poco fundadas. Esta tentación de ir hacia regímenes más autoritarios pero que se enfrenten a los poderes fácticos puede estar bastante justificada. 

También está surgiendo lo que se ha denominado ecofascismo, un ecologismo que dice que los mercados no renunciarán a los combustibles fósiles, y que hay que obligarlos a hacerlo, como sea. En situaciones críticas, como la que estamos viviendo, la tentación de ir hacia poderes autoritarios es muy fuerte. Pero no veo que tenga futuro. Los autoritarios que han tomado el poder, en contra aparentemente de las élites, son parte significativa de ellas, y los más serviles.
O sea, ¿más democracia?
Sí. Y menos desorientación política, porque el cuerpo electoral actúa frecuentemente en modo zombi. Los gobiernos de Lula y Rousseff en Brasil bajaron el índice de pobreza de 34 a 13 millones de pobres, en un periodo relativamente rápido. Hicieron una revolución. Es obvio. Pero muchos que dejaron de ser pobres han votado Bolsorano. Una cosa parecida está pasando en Bolivia." 

(Entrevista a Miguel Pajares, presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado, El Triangle, 09/12/19)

30/10/19

La ansiedad del emigrante

"Algunas personas sienten que desde que están viviendo en el extranjero tienen (más) ansiedad. 

Suelen comentar que de por sí han sido personas nerviosas o algo inseguras pero que sabían manejar los retos de su día a día y se consideraban suficientemente adaptadas. Otras desconocían la ansiedad por completo. Sin embargo, tras dar el paso de ir a vivir fuera, comienzan a ver que se les escapa el control: ataques de ansiedad, nerviosismo, inquietud, tensión interna y muchos, muchos pensamientos.


La ansiedad del emigrante es algo común. De por sí mudarse a vivir a otro país resulta una aventura y se producen cambios que pueden afectar a nuestra estabilidad emocional. Nuestros familiares, amigos y entornos conocidos quedan atrás para dar paso a lugares, personas y costumbres nuevas. Algunas personas lo viven como algo totalmente retador y disfrutan de este proceso. 

Otras logran adaptarse tras algunas dificultades iniciales. Y otro grupo de emigrantes nota que su salud mental parece haberse perdido de camino al nuevo país. „Yo me encontraba bien en mi país y aquí sufro de ansiedad“. Esto no significa que hayamos sido infectados con el virus de la ansiedad durante la mudanza. Probablemente tenga que ver con otras causas.


Teniendo que construir una nueva vida en el extranjero, de repente nos asaltan las dudas. ¿Podré lograrlo? ¿Seré suficientemente fuerte? ¿Y si no me dan un trabajo? ¿Y si fracaso? 

Estas dudas iniciales no tienen que ser patológicas. De hecho, es positivo cuestionarnos y ser capaces de reconocer cierta falta de habilidades ya que sólo así podremos tomar medidas. Por otro lado, puede que al inicio de la adaptación al nuevo país parezca que cambien las reglas del juego. Lo que hasta ahora creíamos saber y controlar parece haber cambiado. Por ejemplo, nos rechazan en varias entrevistas de trabajo, no congeniamos con las personas de nuestro nuevo entorno, se comienzan a producir cambios negativos en la convivencia de pareja… Así, puede que comencemos a generar miedos por estas nuevas experiencias. 

Es probable que comencemos a ver el mundo y a los demás como posibles amenazas ante las que desarrollamos la respuesta natural de nuestro cuerpo: estrés y ansiedad. El expatriado siente sus nervios a flor de piel, se ve más afectado que antes por el estrés, siente que no tiene control, reacciona de manera irritada y se siente muy inseguro de sí mismo. Esto, a su vez, le enfada y le decepciona, empeorando aún más su estado de ánimo. 


En nuestro proceso migratorio nos llevamos con nosotros las posibles inseguridadesya presentes desde hace tiempo, como „no consigo hacer nada bien“, „soy débil“, „no gusto a los demás“, „soy raro“… La seguridad y la adaptación que hayamos podido generar en nuestro país a lo largo de los años desaparece en el nuevo entorno. A cambio, se nos presentan muchas situaciones en las que no nos desenvolvemos bien y en las que es muy probable que estas creencias se reactiven.

 Por ejemplo, uno de los pasos más difícil a la hora de emigrar es establecer nuevos contactos. El simple hecho de conocer gente nueva puede resultar muy estresante y ser valorado como potencialmente peligroso, ya que estamos expuestos a un posible rechazo. 

Si conocer a gente nueva lo interpretamos como una situación en la que se pone a prueba nuestra valía (“seguro que caigo mal porque soy aburrida”), muy probablemente nos sintamos bajo presión y reactivemos inseguridades durante el proceso de establecer nuevos lazos afectivos. Esto puede tener como resultado un desarrollo de ansiedad. 

Cómo afrontar la ansiedad en el extranjero:


Cada caso debe ser analizado de manera individual dado que las factores desencadenantes pueden ser muy diferentes y, por tanto, la intervención ser también distinta en cada caso. A rasgos generales se podría recomendar:


* Paciencia. Emigrar puede llevar tiempo. Se suele decir que de media se tardan unos 2 años en realmente sentirse acogido en un nuevo país: comprender la nueva cultura, el idioma, comenzar a tener un círculo de amigos en vez de conocidos…


* Analizar a qué le tienes miedo exactamente. ¿Es al rechazo? ¿Al fracaso? ¿A estar solo? ¿A no ser importante para las personas que has dejado atrás? Conociendo el desencadenante del miedo y la ansiedad, podrás cambiar tu diálogo interior de manera más precisa. Las nuevas experiencias que vayas sumando en el extranjero pueden ser una gran oportunidad analizar, comprobar y reajustar ideas y creencias. También nos ayudarán a poner en marcha acciones para evitar que se produzca eso a lo que le tenemos miedo. Por ejemplo:


– Si a lo que tienes miedo es al rechazo, piensa que la ventaja de estar en contacto con personas que no te conocen es que no van a valorarte por algo que hiciste en el pasado, si no por cómo actúas a día de hoy. Esto puede ser una excelente oportunidad para generar nuevas creencias sobre ti mismo y desarrollar más seguridad.


– Respecto al fracaso, plantéate: ¿qué significa exactamente fracasar? Vivir en el extranjero no implica demostrarle nada a nadie. Mientras tú decidas que quieres seguir viviendo en otro país, adelante. Si decides que para ti lo mejor es volver, adelante. He oído muchas veces que mis clientes formulaban ideas como „si me vuelvo ahora, habré fracasado“ o „tengo que esperar, no puedo volver ahora“. Comprueba si la presión realmente es externa o si te la estás generando tú. ¿Acaso eres tú el que considera que volver es un fracaso? ¿Cómo llegas a esa conclusión? Cualquier decisión que tomes será legítima, ya que para ti será importante.


* Permítete cambiar tus planes. Que tus planes inciales (montar una empresa, estudiar, comenzar de cero …) no sean llevados a cabo no implica un fracaso. ¿Has intentado montar una empresa y no ha funcionado? Seguro que probarás a trabajar de otra forma o incluso te reorientes a nivel laboral. ¿Te habías planteado estudiar en el extranjero pero te has dado cuenta de que no te interesa? Encontrarás otra forma de formarte o de ganarte la vida. ¿Pensabas que vivir en el extranjero iba a propiciarte un gran cambio interno y no se ha dado de esa manera? A lo mejor existe otra estrategia que te ayude más. Date permiso para adaptarte a la vida que te está ocurriendo y no a la planificada en tu mente.


* Valora tus esfuerzos. Si emigrar y adaptarte te está resultando difícil, es porque lo es. No es útil infravalorarse y decirse que debería adaptarme mejor o más rápido. Cada persona necesita su tiempo y va realizando los pasos necesarios a su ritmo. Observa qué estás realizando para acercarte a tu objetivo y háblate de manera empoderadora. ¿A un amigo le echarías la bronca si lo está pasando mal? Pues lo mismo ocurre contigo.  


* Contacta con un profesional. Si compruebas que la ansiedad y el estrés te están superando, no lo dudes. Contacta con un psicólogo. Trabajar con psicólogos en el extranjero te ayudará a entender la procedencia de la ansiedad y aprender pautas para manejarla y reducirla. Si tienes suerte, en tu ciudad puede haber profesionales que hablen tu idioma. Si no, siempre existe la terapia online que es una herramienta muy potente para las personas expatriadas.

…

(Este texto se publicó originalmente en blog personal de Marina González Biber...

9/1/18

En los países desarrollados hay un modelo económico único –la mundialización- y un modelo de sociedad único: el multiculturalismo. Cualquiera que fuese la especificidad autóctona que prexistiera –el comunitarismo a la anglosajona, el republicanismo asimilacionista francés, etc.-, este multiculturalismo plantea en todas partes las mismas preguntas y engendra en todas partes la mismas inquietudes


"(...) Tomemos la cuestión de la inmigración. Es interesante: se trata de una cuestión obsesiva en las clases populares, y no solamente entre los blancos, contrariamente a lo que se repite permanentemente. 
La noción de inseguridad cultural la teoricé hace veinte años para responder a los interrogantes de un arrendador social que se enfrentaba a una explosión de peticiones de realojamiento en barrios de viviendas sociales que no tenían necesariamente problemas de seguridad. 
Esas demandas – que no han dejado de aumentar desde entonces – no provenían ni provienen siempre únicamente de la clase media blanca! Muchas proceden también de familias magrebíes que han conocido un ascenso social y que piden mudarse cuando el barrio se transforma con la llegada de una inmigración venida del África subsahariana, por ejemplo. 
La delicada cuestión de la alteridad y de su gestión en lo cotidiano cuando se convierte en mayoritaria no se detiene en tal o cual origen o comunidad. Pero este género de matices, esas violaciones del maniqueísmo nunca siguen su camino hasta llegar a las columnas de los periódicos o hasta los discursos de los políticos respetables. 
Desde arriba, se considera esta obsesión por los flujos migratorios como indigencia mental: en el mejor de los casos se trataría de estupidez – “A la buena gente le calientan la cabeza los sembradores de odio” – , en el peor, de racismo espontáneo. Hoy en día, hay un cierto discurso antifascista que tiene que ver sencillamente con el desprecio de clase.

A menudo se le reprocha a los “bobós” [“bohemios burgueses”, “hippie-chics” o “yuppies”] que son gente bienintencionada sin conexión con la realidad…Ahora bien, algunos viven en barrios populares mixtos. En Montreuil, en Gennevilliers, o en barrios parisinos como la calle Jean-Pierre-Timbaud, no están desconectados y reivindican que se mantienen firmes en la diversidad…

No niego que en algún caso estén animados por la benevolencia y la generosidad, que algunos, sin embargo, muestran discretamente, sólo que la realidad es que es fácil gestionar eso de vivir juntos cuando se reside en lugares en los que el multiculturalismo posee fronteras invisibles. En primer lugar, los “bobós” no se marchan de los sitios en los que “pasan las cosas”, los lugares en los que se crea la riqueza, en los que funciona la policía, etc. 
¡No me consta que hayan escogido instalarse en un bloque de viviendas sociales de la ciudad de los 4.000 en La Courneuve [municipio de la periferia parisina caracterizado por su población de origen migratorio]! No, se quedan en las metrópolis o en la periferia más próxima. Ahora bien, cuando se compra un apartamento en un inmueble del a calle Jean-Pierre Timbaud, en el Distrito XI parisino, por retomar ese ejemplo, se tienen que desembolsar igualmente de 400.000 a 600.000 euros…
Automáticamente, se te garantiza que tengas un vecindario de escalera que se te parece, pues resulta evidente que la familia de inmigrantes chechenos recién llegada no tendrá medios para ese billete de entrada y se alojará en una vivienda social, no lejos, pero distinta. 
Aquí bien que tenemos una frontera invisible de la cohabitación. Y es igual en la escuela: muchos cobistas de la convivencia practican la separación de hecho saliéndose del régimen escolar. Con enchufe o recurriendo a “trucos y astucias” para iniciados, como inscribirse en un plan de estudios internacional, o eligiendo una lengua rara. 
En resumen, los “bobós” disponen de todas las herramientas para vivir en un medio mixto. Por eso digo que el multiculturalismo de 10.000 euros al mes no es lo mismo que el multiculturalismo de 1.000 euros al mes. Ahora bien, es verdaderamente eso lo que divide la percepción francesa hoy en día: la capacidad o no de gestionar el multiculturalismo que existe de facto en nuestro país.

Muchos intelectuales debaten, justamente, que estaríamos basculando hacia un modelo multicultural. Pero para usted, se trata de un falso debate: ya estaríamos en él…

¡Desde luego que ya estamos en él! Sin que haya sido proyecto de nadie, fíjese. En los países desarrollados, hay un modelo económico único –la mundialización- y un modelo de sociedad único: el multiculturalismo.

Cualquiera que fuese la especificidad autóctona que prexistiera –el comunitarismo a la anglosajona, el republicanismo asimilacionista francés, etc.-, este multiculturalismo plantea en todas partes las mismas preguntas y engendra en todas partes la mismas inquietudes.

Frente a una demografía del vecindario que se transforma, la angustia natural de cada uno, sea cual sea su cultura o su religión, proviene de no saber si va a convertirse en minoritario. 
Ser o no ser minoritario: esa es la cuestión, hoy en día…Porque cuando es lo que eres, dependes de la benevolencia de la mayoría. Cuando eres minoritario, te planteas preguntas como “¿Debo o no bajar los ojos?”, “¿Puedo ligar con la hermana de mi compa o no?”, “Y él puede ligar con mi hermana o no?”, etc.

Cambian las reglas de juego y, como no se dicen y son invisibles, eso genera complejidad e inquietud, las cuales preferimos eludir, mudándonos y reagrupándonos entre semejantes. No por xenofobia sino porque es más sencillo. 
Cuando curras ocho horas de mozo de almacén en Auchan [cadena de hipermercados francesa, conocida en España como Alcampo] no tienes ganas de gestionar lo multicultural cuando vuelves por la tarde. Es hipercomplejo. Yo digo: decir esto en Francia ya es demasiado. Y sin embargo, sí, es hipercomplejo.

¿Qué piensa usted de los temores de guerra civil que se expresan aquí y allá?
La guerra civil implica que haya dos campos. ¿Quién contra quién? ¿Quiénes son los beligerantes? No se sabe. Yo no digo, por supuesto, que no haya tensiones. Hay conflictos étnicos localizados, que no son, por lo demás, acaso siempre los que se imagina.

En ciertas ciudades hay tensiones entre africanos anglófonos y africanos francófonos. Existen también tensiones entre magrebíes y originarios del África subsahariana.

Pero, de hecho, la gente hace todo lo que puede para que los territorios de contacto se reduzcan al mínimo. Esa es la razón que explica que haya un reagrupamiento étnico en ciertos territorios. Más que una guerra de civilizaciones, creo que la gente intenta gestionar el choque de los “bleds” [“villorrios”], eso es lo que pasa “abajo”.

Y, honestamente, han evitado esta guerra civil por una sencilla razón: porque nadie quiere la guerra. Estamos lejos de la sociedad Benetton, de acuerdo, pero se desactiva el enfrentamiento.

Evitarse significa una gestión obligada pero hipersutil del multiculturalismo. Una gestión adulta, por oposición a la visión totalmente infantil en curso en la Francia favorecida. Para esta última, las cuestiones multiculturales son o la guerra civil o el mundo del Oui-Oui [dibujos animados infantiles, como decir en España “los mundos de Yupi”].(...)"



(Christophe Guilluy [1964], geógrafo de campo, hurga desde hace veinte años en las fracturas sociales francesas, su libro más conocido y discutido es La France périphérique. Comment on a sacrifiè les clases populaires, Sin Permiso, 08/12/17)

11/9/17

La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos

"(...) Es una completa locura pensar que un proceso como éste puede desarrollarse sin el menor control; los refugiados, cuando menos, necesitan provisiones y atención médica.

Hay que admitir que en 2015 Alemania demostró una inesperada apertura al aceptar cientos de miles de refugiados. (Y uno se pregunta si la razón secreta de la magnanimidad alemana no será la necesidad de quitarse el amargo sabor del trato que se dio a Grecia en la primera mitad del mismo año.)

Lo que hace falta para impedir el caos es una coordinación y una organización a gran escala: instalar centros de recepción cerca del mismo epicentro de la crisis (Turquía, Líbano, la costa de Siria, la costa norteafricana), donde hay que inscribir y examinar a millares de personas; el transporte organizado de las que se acepten a los centros de recepción de Europa y su redistribución a posibles asentamientos.

El Ejército es el único agente que puede acometer una tarea de estas dimensiones de manera organizada. Decir que asignar a los militares un papel como ése desprende un tufo a estado de emergencia es simplemente hipócrita: cuando decenas de miles de personas cruzan zonas densamente pobladas sin ninguna organización, entonces sí que es un estado de emergencia, y esto es lo que está ocurriendo ahora en algunas partes de Europa.

Los criterios de aceptación y asentamiento deben formularse de manera clara y explícita: a qué personas y cuántas se aceptan, dónde se las realoja, etc. Lo complicado aquí es encontrar un término medio entre obedecer los deseos de los refugiados (tener en cuenta Su voluntad de trasladarse a países donde ya tienen parientes, etc.) y la capacidad de acogida de los distintos países.

El derecho absoluto a la «libertad de movimiento» debería limitarse, aunque sólo sea por el hecho de que no existe ni siquiera entre los refugiados: que alguien -sobre todo en relación con la posición socialsea capaz de superar todos los obstáculos y entrar en Europa es evidentemente una cuestión de privilegios económicos, entre otras cosas.”

Además, es obvio que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas de Europa Occidental de lo que son los derechos humanos.

El problema es que resulta igual de obvio que la solución evidente y tolerante (el respeto a la sensibilidad del otro) tampoco funciona: si a los musulmanes les resulta «imposible soportar» nuestras imágenes blasfemas y nuestro humor despiadado (que consideramos parte de nuestras libertades), a los liberales de Occidente también les resulta «imposible soportar» muchas prácticas de los refugiados (la subordinación de las mujeres, etc.) que forman parte de las «relaciones vitales» de los musulmanes.

En resumen: la situación estalla cuando miembros de una comunidad religiosa experimentan como una ofensa blasfema y como un peligro para su modo de vida no un ataque directo a su religión, sino el mismísimo estilo de vida de otra comunidad, como fue el caso de los ataques a gays y lesbianas por parte de musulmanes fundamentalistas en Holanda, Alemania y Dinamarca, o como es el caso de esos franceses que consideran que ver una mujer cubierta con un burka es un ataque a la identidad francesa, y por eso les resulta «imposible permanecer callados».

En este caso hay que hacer dos cosas: primero, formular una serie mínima de normas que sean obligatorias para todos, sin temor a que parezcan «eurocéntricas»; libertad religiosa, protección de la libertad individual contra la presión del grupo, derechos de las mujeres; y segundo, dentro de estos límites, insistir de manera incondicional en la tolerancia hacia los distintos modos de vida.

¿Y si las normas y la comunicación no funcionano Entonces debe aplicarse la fuerza de la ley en todas sus formas. Debería rechazarse la imperante actitud humanitaria de la izquierda liberal: las quejas que moralizan la situación -el mantra de «Europa ha perdido empatía, es indiferente al sufrimiento de los demás», etc.— son simplemente el reverso de la brutalidad antiinmigración.

Comparten el mismo presupuesto (de ninguna manera evidente) de que defender el modo de vida propio excluye el universalismo ético.

En el debate sobre la Leitkultur (la cultura dominante) que tuvo lugar hace una década, los conservadores insistían en que cada Estado se basa en un espacio cultural predominante que debe ser respetado por los miembros de las demás culturas que lo comparten.

En lugar de jugar al Alma Bella y lamentarnos del nuevo racismo europeo que presagiaron dichas afirmaciones, deberíamos dirigir una mirada crítica hacia nosotros mismos y preguntarnos hasta qué punto nuestro propio multiculturalismo abstracto ha contribuido a que llegáramos a esta desdichada situación.

Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo se convierte en una forma de ignorancia u odio mutuos legalmente regulados.

El conflicto acerca del multiculturalismo ya es un conflicto acerca de la Leitkultur; no es un conflicto entre culturas, sino un conflicto entre diferentes visiones de cómo pueden y deberían coexistir diferentes culturas, acerca de las reglas y prácticas que han de compartir esas culturas para poder coexistir.

Por consiguiente, deberíamos evitar quedar atrapados en el juego liberal de «cuánta tolerancia podemos permitirnos»: ¿deberíamos tolerarlo si los refugiados que se establecen en Europa impiden que sus hijos vayan a la escuela pública, si obligan a sus mujeres a vestirse y comportarse de determinada manera, si conciertan el matrimonio de sus hijos, si maltratan -y cosas peores- a los gays de su comunidad? A este nivel, naturalmente, nunca seremos lo bastante tolerantes, o siempre lo seremos demasiado, pues descuidaremos los derechos de las mujeres, etcétera.

La única manera de salir de esta disyuntiva consiste en ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.

Por eso una tarea crucial de quienes luchan por la emancipación consiste en avanzar en dirección a una Leitkultur emancipadora y positiva, lo único que puede sustentar una auténtica coexistencia y una mezcla de distintas culturas. 

Nuestro axioma debería ser que todo forma parte de la misma lucha universal: la lucha contra el neocolonialismo occidental, la lucha contra el fundamentalismo, la lucha de Wikileaks y Snowden, la lucha de Pussy Riot, la lucha contra el antisemitismo y también la lucha contra el sionismo agresivo.

Si aquí transigimos, nos perdemos en componendas pragmáticas, y nuestra vida no vale la pena.

Así pues, hay que ampliar la perspectiva: los refugiados son el precio que paga la humanidad por la economía global. Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante de la historia humana, en la historia moderna su principal causa es la expansión colonial: antes de la colonización, los países del Tercer Mundo estaban formados de manera casi exclusiva por comunidades locales relativamente aisladas y autosuficientes, y fue la ocupación colonial lo que destruyó este modo de vida tradicional y condujo a renovadas migraciones a gran escala (sin olvidar, por supuesto, las otras migraciones forzosas relacionadas con el comercio de esclavos).

La actual ola de migraciones en Europa no es una excepción. En Sudáfrica hay más de un millón de refugiados procedentes de Zimbabue que se ven expuestos a los ataques de los pobres de la zona porque les roban sus empleos.

Y habrá más ataques, no sólo por los conflictos armados, sino también a causa de los nuevos «estados canallas», la crisis económica, los de que, después del desastre nuclear de Fukushima en 2011, las autoridades japonesas se plantearon evacuar toda la zona de Tokio; más de veinte millones de personas.

¿Dónde habrían ido, en este caso? ¿En qué condiciones? ¿Se les debería haber asignado un trozo de tierra en Japón donde establecerse o se habrían dispersado por el mundo? ¿Y si el norte de Siberia se volviera más habitable y adecuado para la agricultura al tiempo que grandes regiones subsaharianas pasaran a ser demasiado áridas para que subsistiera una gran población?

¿Cómo se realizaría el intercambio de personas. Cuando en el pasado han ocurrido cosas parecidas, los cambios sociales se han dado de manera descontrolada y espontánea, con violencia y destrucción, y hoy en día en que todas las naciones disponen de armas de destrucción masiva, dicha perspectiva sería una catástrofe.

La principal lección que hay que aprender, por tanto, es que la humanidad debería prepararse para vivir de una manera más nómada y «plástica»: los cambios locales o globales en el entorno podrían imponer la necesidad de insólitas transformaciones sociales y movimientos de población a gran escala.

Todos estamos más o menos arraigados en un modo de vida concreto, y tenemos todo el derecho a protegerlo, pero podría darse alguna contingencia histórica que de repente nos sumiera en una situación en la que nos viéramos obligados a reinventar las coordenadas básicas de nuestro modo de vida.

Parece que incluso hoy, siglos después de la llegada del hombre blanco, los nativos americanos (los «indios») todavía no han conseguido adaptarse de manera estable a un nuevo modo de vida. Una cosa está clara: si se diera una alteración de ese calibre, la soberanía nacional tendría que redefinirse radicalmente, y habría que inventar nuevos niveles de cooperación global.

¿Y qué decir de los inmensos cambios en la economía y el consumo debidos a los nuevos climas, a la escasez de agua y de fuentes energéticas?

Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso con proporcionar medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados. En este punto no podemos ceder: las grandes migraciones son nuestro futuro, y la única alternativa a ese compromiso es una renovada barbarie (lo que algunos denominan el «choque de civilizaciones»).

No obstante, la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos.

Cuando yo era joven, el intento organizado de regular el bien común se llamaba comunismo. Quizá deberíamos reinventarlo. No es suficiente con permanecer fieles a la Idea Comunista: hay que encontrar en la realidad histórica antagonismos que conviertan esta Idea en una urgencia práctica.

La única cuestión verdadera hoy en día es la siguiente: ¿hemos de respaldar la aceptación del capitalismo como un hecho de la naturaleza (humana), o acaso el capitalismo global actual contiene antagonismos lo bastante fuertes para impedir su reproducción indefinida? 

De hecho, se dan cuatro antagonismos: la inminente amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso cada vez más evidente de la propiedad privada para integrar en su funcionamiento la así llamada «propiedad intelectual», las implicaciones socioéticas de los nuevos descubrimientos tecnocientíficos (sobre todo en el campo de la biogenética), y, no menos importante, y como se ha mencionado antes, las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y los nuevos suburbios.

Existe una diferencia cualitativa entre el último punto, la brecha que separa a los Excluidos de los Incluidos, y los otros tres, que designan el dominio de lo que Michael Hardt y Toni Negrí denominan «bien común», la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que habría que resistirse con todos los medios a nuestro alcance, incluso violentos en caso de que sea necesario. 

Estos dominios Son:

-el bien común de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital «cognitivo», sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también la infraestructura compartida de transportes públicos, electricidad, correos, etc. (Sí a Bill Gates se le hubiera concedido el monopolio, habríamos llegado a la absurda situación en la que un individuo privado habría poseído literalmente el software de nuestra red básica de comunicación.)

-el bien común de la naturaleza exterior, amenazada por la polución y la explotación (desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural).

-el bien común de la naturaleza interior (la herencia biogenética de la humanidad). Con la nueva tecnología biogenética, la creación de un Hombre Nuevo, en el sentido literal de cambiar la naturaleza humana, se convierte en una perspectiva realista.

Lo que todas las luchas para defender estos bienes comunes comparten es la Conciencia del potencial destructivo que podría liberarse si se permite que la lógica capitalista de privatizar estos bienes comunes campe a sus anchas, quizá hasta el punto de la autodestrucción de la propia humanidad.

Es esta referencia a los «bienes comunes» lo que justifica la resurrección de la idea del comunismo: nos permite ver la progresiva «privatización» de los bienes comunes como un proceso de proletarización de aquellos que quedan excluidos de su propia sustancia.

No obstante, los bienes comunes también se pueden devolver a la colectividad humana sin comunismo, en un régimen autoritario-comunitario. Al sujeto, desustanciado, «desarraigado», privado de su contenido sustancial, se le puede guiar en la dirección del comunitarismo, de encontrar su lugar adecuado en una nueva comunidad sustancial.

No hay nada más «privado» que una comunidad estatal que percibe a los Excluidos como una amenaza y procura mantenerlos a la distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los Incluidos y los Excluidos es el fundamental: sin él, todos los demás pierden su carga subversiva.

La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual, en un reto legal complejo, la biogenética, en un tema ético. Uno puede luchar sinceramente por la ecología, defender una idea más amplia de la propiedad intelectual, oponerse al Copyright de los genes, sin enfrentarse al antagonismo existente entre los Incluidos y los Excluidos, e incluso se podría formular alguna de estas luchas afirmando que los Incluidos se ven amenazados por la contaminación de los Excluidos.

Pero de este modo no llegamos a ninguna auténtica universalidad, sólo tenemos intereses «privados» en el sentido kantiano del término.

Corporaciones como Whole Foods y Starbucks siguien disfrutando del favor de los liberales aun cuando ambas participen en actividades antisindicalistas.

El truco es que venden productos con un aire progresista: consumimos café hecho con granos comprados a precio de comercio justo, conducimos vehículos híbridos, compramos a empresas que proporcionan un buen beneficio a sus clientes (según los propios criterios de la corporación), etc.

En resumen, sin antagonismo entre los Incluidos y los Excluidos podríamos encontrarnos perfectamente en un mundo en el que Bill Gates sea la figura humanitaria más importante que luche contra la pobreza y las enfermedades, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, capaz de movilizar a centenares de millones a través de su imperio mediático.

Llegados a este punto, los refugiados -aquellos de Fuera que quieren entrar en el Interior- son la prueba de otro bien común en peligro: el bien común de la propia humanidad amenazada por el capitalismo global, que genera nuevos Muros y otras formas de apartheid. 

Sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los Excluidos, justifica el término «comunismo»; los tres primeros se refieren, de hecho, a cuestiones de supervivencia de la humanidad (económica, antropológica e incluso física), mientras que el cuarto es, en definitiva, una cuestión de justicia.

¿Quién se pondrá al frente de esta tarea? ¿Quién será el agente de la recuperación de los bienes comunes? Sólo existe una respuesta correcta para los intelectuales izquierdistas que esperan con ansia la llegada de un nuevo agente revolucionario, y es un antiguo dicho hopi con un maravilloso giro dialéctico hegeliano de la sustancia al sujeto: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando.» (Este dicho es una versión del lema de Gandhi: «Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo.»)

Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es una manera de racionalizar nuestra inactividad. Sin embargo, la trampa que hay que evitar es la perversa autoinstrumentalización: «nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando» no significa que tengamos que descubrir que somos el agente predestinado por el destino (la necesidad histórica) para llevar a cabo la tarea.

Significa, por el contrario, que no existe ningún Gran Otro que nos saque las castañas del fuego. Contrariamente al marxismo clásico, en el que «la historia está de nuestro lado» (el proletariado lleva a cabo una tarea predestinada de emancipación universal), en la constelación actual el Gran Otro está contra nosotros: abandonado a sí mismo, el impulso interno de nuestro desarrollo histórico conduce a la catástrofe, al Apocalipsis.

Lo único que puede prevenir la catástrofe es el puro voluntarismo, es decir, nuestra libre decisión de actuar contra la necesidad histórica. En cierto modo, ya fueron los bolcheviques quienes, al final de la guerra civil de 1921, se encontraron en una encrucijada parecida.

Dos años antes de su muerte, cuando quedó claro que la revolución no se extendería a toda Europa y que la idea de construir el socialismo en un solo país era absurda, Lenin escribió:

¿Y si una situación absolutamente sin salida que, por lo mismo, decuplicaba las fuerzas de los obreros y los campesinos, nos brindaba la posibilidad de pasar de distinta manera que en todos los demás países del Occidente de Europa a la creación de las premisas fundamentales de la civilización?”

Giorgio Agamben observó que «el pensamiento es el valor de la desesperanza», o una intuición que resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, cuando incluso los diagnósticos más pesimistas acostumbran a terminar aludiendo a alguna esperanzadora versión de la proverbial luz al final del túnel.

El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible.

El sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos.

En resumen, la postura realmente valiente consiste en admitir que es probable que la luz al final del túnel sea la de un tren que se acerca en dirección contraria.

¿No es ésta la disyuntiva en que se encuentra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, o el (ahora depuesto) Gobierno de Aristide en Haití, o el Gobierno maoísta del Nepal, o el Gobierno de Syriza en Grecia? Su situación carece «objetivamente» de salida: la corriente de la historia va básicamente en contra suya, no pueden confiar en ninguna «tendencia objetiva» que los empuje, y todo lo que pueden hacer es improvisar, hacer lo que puedan en una situación desesperada.

Y sin embargo, ¿no les concede eso una libertad única? Uno siente la tentación de aplicar aquí la antigua distinción entre «libertad de» y «libertad para»: ¿acaso el verse libres de la Historia (con sus leyes y tendencias objetivas) no alimenta su libertad para experimentar de manera creativa? En su actividad, sólo pueden confiar en la voluntad colectiva de sus partidarios.

A lo mejor ésta es, a largo plazo, nuestra única solución. ¿Es todo esto una utopía? A lo mejor, quién sabe. De hecho, es incluso posible que así sea. Los últimos sucesos caóticos en Europa, la mezcla medio trágica y medio cómica de declaraciones de impotencia y comportamiento caótico y egoísta por parte de los miembros de la Unión Europea, la incapacidad de imponer un mínimo de acción coordinada, demuestran no sólo el fracaso de la Unión Europea, sino que también suponen una amenaza para su supervivencia.

El contrapunto izquierdista a esta confusión es una idea que sostienen en secreto muchos izquierdistas radicales decepcionados, una repetición más blanda de la decisión de optar por el terror en el periodo posterior al movimiento de Mayo del 68: la descabellada idea de que sólo una catástrofe radical (preferiblemente ecológica) puede despertar de su letargo a grandes multitudes y dar así un nuevo ímpetu a la emancipación radical.

La última versión de esta idea se relaciona con los refugiados: sólo la afluencia de un número realmente considerable de refugiados (y su decepción, pues es evidente que Europa no será capaz de satisfacer sus expectativas) puede revitalizar a la izquierda radical europea.

A mí esta línea de pensamiento me parece obscena. A pesar del hecho de que un suceso así seguramente daría un gran impulso a la brutalidad antiin migración, el aspecto realmente delirante de esta idea es el proyecto de llenar el vacío de los proletarios radicales ausentes importándolos del extranjero, para que la revolución llegue mediante un agente revolucionario importado.

Durante la primera mitad de 2015, el temor a los movimientos radicales emancipadores (Syriza, Podemos) recorrió Europa, mientras que en la segunda mitad la atención se desplazó hacia la cuestión «humanitaria» de los refugiados: un desplazamiento mediante el que la lucha de clases fue literalmente reprimida y reemplazada por la cuestión liberal-cultural de la tolerancia y la solidaridad.

Con los asesinatos terroristas de París del viernes 13 de noviembre, incluso esta cuestión (que al menos todavía implica importantes motivos socioeconómicos) ha quedado eclipsada por la simple oposición de todas las fuerzas democráticas, atrapadas en una guerra implacable con las fuerzas del terror, y es fácil imaginar lo que seguirá: una búsqueda paranoica de agentes del ISIS entre los refugiados (...)"
(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs. 112-125)