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1/7/26

He sido privilegiado; he disfrutado de muy buenos veranos... Mi suerte no es la de todos pero debería serlo... El verano es para hacer el tonto, para jugar. Para que el cuerpo tome las riendas. Es la época de apagar el despertador, de mojar la cama de sudor y de pereza. De sentirte libre y un poco pequeño en el mar... tomando aire, disfrutando de la brisa y cogiendo fuerzas para, el día siguiente, volver a pelear contra el sol... No todo el mundo ha tenido pueblo que recorrer jugando hasta las tantas, de arriba abajo, perdiendo el sentido del tiempo y las cadenas... No todo el mundo ha podido escapar, aunque ojalá no hubiera hecho falta hacerlo (Contra el diluvio)

 "(...) He sido privilegiado; he disfrutado de muy buenos veranos. No solamente por el clima clemente del que solíamos disfrutar; también porque he podido desconectar, descansar, descubrir. Mi suerte no es la de todos pero debería serlo. A diferencia del diluvio, el verano no es universal; hay tantos como latitudes, privilegios, familias, renta. Pero debería serlo, grabado en piedra. Las bicicletas son para todo el año y el verano es para parar.

El verano es para hacer el tonto, para jugar. Para que el cuerpo tome las riendas. Es la época de apagar el despertador, de mojar la cama de sudor y de pereza. De sentirte libre y un poco pequeño en el mar, del primer beso o el enésimo como fuego que corre dientes abajo, como escribió Hernández. De compartir la noche como se comparte lo bueno, sin mesura; tomando aire, disfrutando de la brisa y cogiendo fuerzas para, el día siguiente, volver a pelear contra el sol; una batalla intensa pero justa, deportiva, de igual a igual. Ángel González la llamaba una estación y un lugar “propicio para el amor”:

Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades ya de por sí amarillas como plátanos.


No todo el mundo ha tenido pueblo que recorrer jugando hasta las tantas, de arriba abajo, perdiendo el sentido del tiempo y las cadenas. No, aunque la autopercibida clase media no se lo crea, no todo el mundo coge un avión cada año, ni siquiera cada lustro. No todo el mundo ha podido escapar, aunque ojalá no hubiera hecho falta hacerlo.

La diferencia es que cada vez va a ser más difícil la huida, incluso para los que se sienten -aunque sea en secreto, aunque sea sin darse cuenta- que vuelan por encima de las nubes. Nos resistimos a creerlo, pero ya no estamos ahí. El verano está muriendo, aunque parezca que se intensifica. Porque ya no huele a libertad. (...)

(Contra el diluvio, 21/06/26)

10/9/13

¿Acaso es tan negativa la nostalgia?

"(...) Durante mucho tiempo se consideró un trastorno y llegó a ser descrito como una enfermedad neurológica de causas demoníacas. 

Pero la nostalgia vive hoy un renacer gracias a más de una década de estudios que ven en este sentimiento agridulce no sólo una inagotable fuente de inspiración para el arte, sino también un remedio contra no pocas fuentes de malestar como la soledad, el aburrimiento o la ansiedad.

Las parejas son más felices cuando comparten memorias, según estudios que también indican que la nostalgia hace a la gente más generosa y tolerante. Aporta significado a la vida y hace que la muerte parezca menos aterradora. 

 Cuando la gente habla melancólicamente sobre su pasado, habitualmente se convierte en más optimista de cara al futuro. La nostalgia también tiene su contraparte puramente física: en lugares fríos, la gente puede usar la nostalgia para sentirse, literalmente, más calentita.

 Los investigadores descubrieron que la música –una de las herramientas favoritas para inducir a la nostalgia–tiene el potencial de subir la temperatura del cuerpo a la par que la añoranza (pincha aquí para acceder a la selección musical de los investigadores).

 “La nostalgia nos hace más humanos”, resume en este artículo el profesor Constantine Sedikides, de la Universidad de Southamptom. Este y otros investigadores pioneros en el estudio de este campo insisten en la universalidad de un sentimiento extendido por todo el mundo –a través de reminiscencias sobre amigos y familiares, vacaciones, canciones, puestas de sol– y alcanza hasta niños de siete años.

A la psicóloga española Mertxe Pasamontes le llama la atención que la nostalgia se interprete de este modo. “En teoría, supone un sentimiento de pena o tristeza por el recuerdo de una pérdida. Sin embargo, estas investigaciones se refieren más bien a la acción de recrearse en recuerdos agradables del pasado”. 

 Pasamontes cree que está claro que la nostalgia, si la conceptualizamos en ese sentido, “puede ser positiva. Los momentos que atesoramos nos ayudan también a construir quiénes somos. Y si a eso le sumamos un disfrute intenso del presente, entre ambas cosas podemos tener muchos momentos de dicha”.

¿Te consideras una persona nostálgica? Para caracterizar a los individuos que participaron en sus estudios, los investigadores de Southampton desarrollaron una escala de la nostalgia. La mayoría de la gente confiesa experimentar nostalgia al menos una vez por semana, y casi la mitad tres o cuatro veces por semana. Estos encuestados aseguraron que la nostalgia les ayuda a sentirse mejor.

Es importante señalar que no todas las memorias son felices; incluso las agradables están teñidas con un sentimiento de pérdida. A pesar de ello, los elementos positivos pesan más que los negativos.

 Estos estudios llegan a decir que la nostalgia tiene una función existencial crucial, ya que trae a la mente experiencias preciosas que nos recuerdan el papel de seres queridos que nos valoran, o nos valoraban en el pasado. Por esta razón, los investigadores creen que la gente que tiende a la nostalgia lidia mejor con los temores ante la muerte.

Con tanta nostalgia, ¿nos escabullimos acaso del momento presente? “Sería ingenuo pensar que podemos estar todo el tiempo en un estado de presente”, señala Pasamontes. “Nuestro cerebro necesita planificar en ciertos momentos y para eso tiene que acudir a experiencias pasadas.

 Si no fuera así tendríamos que volver a aprenderlo todo cada día. Debe darse un cierto equilibrio entre vivir en el pasado o futuro y vivir en el presente”.

En este equilibrio, cree Pasamontes, está una de las claves de nuestro bienestar. La otra cuestión importante es cómo son esos “viajes” mentales al pasado y al futuro. “Si acudimos al pasado para conectar con recuerdos tristes o desagradables, no creo que eso tenga el impacto positivo que hemos visto en los estudios.

 Del mismo modo, si pensamos en el futuro como un lugar amenazante, eso no hará más que provocarnos ansiedad”. Por tanto, también es importante qué se recuerda, apunta Pasamontes, y que esto se haga de manera puntual, no como un modo de no estar nunca en el presente, porque el disfrute más pleno se da en el aquí y ahora.

Por otra parte, la nostalgia conlleva una desaceleración del ritmo vital. Cuando va a la carrera, la mente no tiene tiempo para recrearse en ningún tiempo pasado. Seguramente no sea casual que los estudiosos vayan al rescate de la nostalgia en un momento de prisas como el actual. Como señala Pasamontes, es necesario que podamos recrearnos en el momento que vivimos, respirarlo, dejarnos impregnar por él.

 “En ese estar en el presente sin fisuras, aderezado con esos recuerdos de otros instantes en que también supimos vivir la vida, es donde podemos encontrar más momentos de felicidad”.       (El País, SModa, 05/08/2013)

28/2/11

La memoria se fija en la niñez y nos da identidad: lo primero que se aprende es lo último que se olvida

"El poeta alemán Michael Krüger escribió en su libro Previsión del tiempo (NorteySur, traducción de J. L. Reina Palazón) unos versos que resumen la importancia que la infancia tiene en ese ADN del que habla Llamazares: "A veces me escribe la infancia / una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?"

La infancia es la caja negra de la memoria. En la ahora famosa película El discurso del Rey, candidata a 12 oscars, el personaje que encarna Colin Firth (Jorge VI) le confiesa detalles de su infancia a Lionel Logue (Geoffrey Rush), su excéntrico logopeda.

Y en ese relato sobre las maldades que sufrió de niño descubre Lionel la raíz de la tartamudez de su ilustrísimo cliente.

La memoria, dice el doctor Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante, almacena "los recuerdos intensos, las amenazas; y cuando esos recuerdos proceden de la infancia son más difíciles de eliminar".

Durante un periodo de tiempo, eso que está en la memoria desde la infancia "puede ser borrado, reforzado o cambiado, pero pervive sobre todo lo que viene de la niñez, que es la memoria más vívida". "Mire, por ejemplo", dice Belmonte, "Ciudadano Kane... Lo único que Kane recuerda es Rosebud, el nombre de su trineo...".

La infancia, en efecto, envía postales. Hay un libro de Llamazares, Escenas de cine mudo, en el que aparecen "muchas de esas postales que la infancia nos envía". "El metabolismo sentimental de las personas lo marca la infancia". Y la memoria que se nutre de ese metabolismo "es un campo de arenas movedizas, como un banco de nubes que dejan pasar la luz o que la niegan".

La memoria, dice Soledad Puértolas, novelista, "nos sitúa en la infancia; en ese recuerdo estás". Ella recibe postales, por decirlo así, "de compañía y de soledad". Y cuando son de compañía le viene la imagen de su abuela materna. "Ella es la referencia del cariño incondicional, la metáfora de la persona que nunca te deja".

Y la postal de su soledad es el balcón del piso que tenían en Zaragoza. Sería imposible vivir sin olvido, por mucha insistencia que ponga la infancia en enviar postales. "Así que borras aquello que no quieres que haya sucedido". Pero vuelve; es la esencia de la literatura, "que deja volver también los recuerdos indeseados". (...)

Pero la memoria no solo tiene su lugar de nacimiento (en la infancia), a partir de los tres años, sino que tiene un sitio.

El doctor Jorge Tizón, psiquiatra, psicólogo y neurólogo, autor de varios libros de su especialidad, está de acuerdo con Llamazares: hay muchas memorias (la psicológica, la neurológica, la endocrina, la inmunitaria...), todas nos permiten reacciones (el amor, el odio...), pero la que más nos importa, la que el común de los mortales llama simplemente memoria, "es la que nos proporciona identidad".

Hay maneras de agredir a esta memoria, hay formas de traumatizarla con sufrimientos y otras alteraciones. Cuando esto se produce en la infancia, cuando más postales estamos percibiendo para enfrentarnos luego a la vida, "se producen estragos que duran en forma de alergias y otros inconvenientes".

Entre estas alteraciones está, por ejemplo, la afección que ahora resulta tan famosa que parece de ficción: la tartamudez del rey Jorge VI.

Todo lo que recordamos más nítidamente nace a los tres años, y ese almacenamiento más puro dura hasta la adolescencia. Luego, la memoria empieza a ser quebradiza; a los 40 años tenemos charcos, a los cincuenta ya hay lagunas, y la memoria empieza a causar malas pasadas cuando superamos los sesenta.

Y hay un momento, dice el doctor Tizón, en que se deshace la memoria; por ejemplo, a causa del alzhéimer. "No solo se deshacen los recuerdos; se deshace la identidad... Las experiencias están ahí, en el hipocampo, donde se almacenan". En esa "unidad central de procesamiento" están. El alzhéimer los aleja. La infancia los hace durar.

Estamos programados genéticamente, dice el doctor Tizón; el sistema nervioso va diciendo cuánta memoria nos queda, y nada detiene ese proceso cuya intensidad marca la infancia. Los medicamentos no impiden la acción del tiempo sobre el hipocampo. Ahí se concentra el temor que animaba esta frase de Henry James que recuerda Tizón: "La mayor fuente de terror en la infancia es la soledad".

Y la felicidad es lo que hace sólido el recuerdo que más cuesta perder. Esas postales de las que habla Krüger y en las que insiste, por ejemplo, la memoria de Maragall.

Andrés Trapiello, que narra su vida en diarios, considera que fijar lo que sucede "sirve para reconstruir la memoria, pues si esta actúa te ha de hallar recordando". La memoria es "un movimiento continuo"; "hay un libro mío, El arca de las palabras, que nace de mi recuerdo de cómo aprendí el significado de una serie de palabras que descubrí en mi infancia.

Ahí relaciono los recuerdos con las primeras palabras, y por tanto con la infancia". La infancia "es intensiva (la edad adulta es extensiva). Nos obliga a sumergirnos, a ahondar (la memoria involuntaria de Proust). La edad adulta discurre, se extiende. La infancia es un territorio ilimitado, insondable; la edad adulta tiene límites". (...)

José María Ruiz Vargas, catedrático de Psicología de la Memoria en la Universidad Autónoma de Madrid, cree que, para los creadores, y para todo el mundo, "la memoria es como un cesto de cerezas; nos esforzamos un poco, y ahí está la memoria enviándonos postales, casi siempre de la infancia".

¿Y por qué de la infancia? "Porque a esa edad estamos abiertos a todo tipo de estímulos; somos esponjas, inmaduros, y guardaremos esas memorias hasta que nos muramos". Además, dice Ruiz Vargas, "a partir de los 35 años ya recordamos mucho más nítidamente todo lo que nos ocurrió hasta los quince. Ahí hay una avalancha de recuerdos que son los que, por decirlo con esa metáfora, nos vienen en las postales...". (El País, 26/02/2011, p. 30/1)