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19/8/20

“Uno tiene una reputación que mantener. Y a Twitter vinimos a odiar». La endogamia que han institucionalizado los algoritmos de Google y las redes sociales han venido a reforzar la tendencia humana a la atención y memoria selectivas, que nos hacen atender y retener aquellos argumentos que reafirman nuestras preconcepciones y rechazar cada vez más los contrarios

"El auge de los discursos neofascistas, la proliferación de los canales de difusión de las fake news, el mal uso de las redes sociales y la irresponsabilidad del periodismo juegan un papel fundamental en la polarización de la sociedad. 

Ismael Serrano odia a Jorge Drexler. Y a Pedro Guerra. Y a Rozalén. Y a Silvia Pérez Cruz. Dice que hacen cosas maravillosas. Pero dice, además, que puede que también los ame, las ame. «Pero que no salga de aquí”, avisa en una red social. “Uno tiene una reputación que mantener –prosigue–. Y a Twitter vinimos a odiar». El auge de los discursos fascistas y neofascistas, la expansión de los rumores y las fake news, y el modelo de confrontación que han normalizado determinadas tertulias televisivas se han instalado en nuestras vidas. O es blanco o es negro. O estás conmigo o contra mí. 

No hay apenas margen para los matices. La endogamia que han institucionalizado los algoritmos de Google y las redes sociales han venido a reforzar la tendencia humana a la atención y memoria selectivas, que nos hacen atender y retener aquellos argumentos que reafirman nuestras preconcepciones y rechazar cada vez más los contrarios. 

Lo hemos visto con el conflicto en Cataluña, lo estamos viendo con los feminismos y lo vemos también con los desencuentros feroces entre la propia izquierda –sin contar, por supuesto, la polarización entre posiciones de derecha y de izquierda–. Son solo algunos ejemplos. ¿Recuerdan los insultos a Serrat, a Ada Colau? ¿Les suenan los ataques a propósito de las propuestas de abolición o regulación de la prostitución? ¿Acaso alguien no ha oído hablar aún de La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé?

Hace tres años, la Universidad Politécnica de Madrid desarrolló un modelo para detectar el grado en que una conversación en Twitter está polarizada. En concreto, medía el efecto que una minoría de individuos influyentes, o «usuarios de élite» –en la política, en el periodismo…–, tuvo en la opinión de cualquier usuario o usuaria de la red. El caso elegido para el estudio fue la muerte en 2013 del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. 

 Durante los días más críticos –entre la muerte y el funeral–, la polarización cayó a sus niveles más bajos, debido al hecho de que la población usuaria extranjera se unió a la conversación. Seis días después, cuando comenzó la campaña política electoral, volvió la estructura polarizada de la red social, que se correspondía con los registros de votación y las afiliaciones políticas de cada municipio.

Un estudio reciente, publicado el pasado noviembre en la revista científica PNAS, analiza, con el caso de Cataluña de fondo, cómo los bots se dirigen principalmente a personas influyentes, pero generan contenido semántico dependiendo de la postura polarizada de sus objetivos. «Durante el referéndum catalán de 2017, utilizado como un estudio de caso, los robots sociales generaron y promovieron contenido violento dirigido a los independentistas, lo que finalmente exacerbó el conflicto social online«, dice el estudio, que recoge cuatro millones de publicaciones en Twitter el 1-O generadas por casi un  millón de personas usuarias. 

Aunque estos sistemas pueden ser beneficiosos, por ejemplo, para mejorar el rendimiento colectivo, expresa la investigación, su uso incorrecto puede tener efectos dramáticos: «Nuestros hallazgos respaldan la hipótesis de que los bots pueden influir en la difusión de información en los sistemas de redes sociales, específicamente al acentuar la exposición a contenidos negativos, inspiradores de odio e inflamatorios, lo que exacerba los conflictos sociales online. Esta tendencia relativa, junto con la capacidad emergente de controlar redes que varían en el tiempo, como los sistemas sociales online, motiva aún más la necesidad crucial del desarrollo de técnicas cuantitativas como la que aquí se propone para desenmascarar la manipulación social promulgada por los robots».

Tras 20 años  trabajando para los principales medios estadounidenses, Amanda Ripley, abrumada por la creciente crispación en su país, decidió dedicar tres meses a investigar cómo podía contrarrestarse esta peligrosa deriva desde el periodismo. Entre sus conclusiones, publicadas en The whole story, explica que de las personas que participaron en laboratorios de debate sobre cuestiones en las que tenían opiniones polarizadas, “las que habían leído artículos basados en planteamientos simplistas antes de su intervención tendían a permanecer en actitudes negativas durante la conversación. 

Mientras que aquellas que habían leído informaciones más complejas hacían más preguntas, proponían ideas de mayor calidad, finalizaban su participación en los grupos más satisfechas con sus conversaciones” y con mayor predisposición a continuar con la conversación.

La creciente precarización del periodismo –con el despido de más de 12.000 profesionales de los medios de comunicación en esta década de crisis en España– ha conllevado la proliferación de freelances y falsos autónomos/as. Y esta radical transformación del ecosistema del oficio ha convertido la profesión periodística no solo en productora de información, sino también en representación y divulgación de la misma a través de las redes sociales. 

 La ecuación, por tanto, parece de cajón: a mayor visibilidad, mayor difusión del trabajo. Es decir, donde antes había un simple o una simple periodista, una firma sin más –o acreditada por una trayectoria rigurosa–, ahora existe una marca. Crearse una marca, como enseñan en algunas facultades de periodismo. “Es un disparate. 

Es verdad que los medios tradicionales han perdido la credibilidad y quienes la conservan son los nombres, da igual que trabaje para la BBC o para La Voz del barrio. Y es natural que 20 o 40 años de buen trabajo te generen una firma, pero el objetivo no puede ser empezar por crearte un envoltorio de ‘qué guay soy’ y que dentro no haya nada”, afirma el veterano y reputado periodista Javier Espinosa. Una marca crece gracias a la satisfacción de sus clientes, una firma se construye a través de los años con la calidad de su trabajo.

Y aquí llega otro factor que influye en la polarización. Ganar seguidores o depender económicamente de tu comunidad, en el caso de los medios de comunicación, no está exento de riesgos para la independencia. Porque el peaje en forma de campañas de descrédito, unfollows e, incluso, destierro de determinados espacios o eventos, puede también desembocar en la tentación de abstenerse de informar sobre temas incómodos o enrevesados. Y aquí llega otra cuestión importante: otra forma de autocensura, tan vilipendiada cuando nacía de la dependencia de los medios a los intereses económicos y políticos de sus financiadores, pero tan difícil de admitir cuando se trata de nuestros propios lectores y lectoras. Es decir, en algunos casos, se ha pasado de la autocensura por la publicidad a la autocensura por las audiencias.

Retroalimentación

Ressetting the table es una organización estadounidense dedicada a fomentar el diálogo entre comunidades divididas por sus opiniones. En su documentación explican que “según pasa el tiempo, las personas crecen alimentando su certeza en lo obvio que resulta la veracidad de sus creencias y el rechazo a lo que les parece irracional, maléfico, extremista o loco de los posicionamientos o acciones de los otros”. Esta tendencia natural a la reafirmación conduce a la búsqueda de aquellas informaciones que refrendan nuestras preconcepciones, que resuenan como nuestro eco y, consecuentemente, penaliza aquellas que la contradicen total o parcialmente.

Este proceso de retroalimentación conduce a la polarización de las sociedades en aquellos asuntos más controvertidos, como estamos viendo en los temas anteriormente mencionados, el auge de los discursos fascistas, el conflicto sirio o la reciente crisis nicaragüense. Cubrir estos procesos en los que hay sectores con posiciones muy alejadas y hacerlo atendiendo a su complejidad, zonas grises, matices e, incluso, incoherencias, es a menudo penalizado en un contexto en el que la búsqueda de la tribu se construye desde el relato del ‘nosotrxs versus ellxs’, y en el que apenas hay espacios de encuentro o desde los que empezar a construir consensos.

Así fue cómo el triunfo del presidente de EEUU, Donald Trump, pilló por sorpresa a muchos de los grandes medios de comunicación estadounidenses y a parte de su sociedad. Haber querido entender y explicar las complejas razones de una parte importante del electorado para votar al candidato republicano no era tarea fácil, y la simplificación, mucho más consumida y demandada por su fácil digestión, no se lleva bien con la realidad.

 Más cercano nos pilla el ejemplo de la guerra siria: periodistas con reconocidas trayectorias han sufrido insultos y campañas de descrédito por incluir en sus informaciones datos sobre los crímenes de lesa humanidad del régimen de Assad documentados in situ. 

Algo muy parecido a lo que está ocurriendo ahora con quienes están contándonos los asesinatos, violaciones y desapariciones que están sucediendo en Nicaragua desde que parte de la ciudadanía nicaragüense saliese a las calles a protestar contra la corrupción y la censura del gobierno de Daniel Ortega. En ambos casos, hay una parte minoritaria de la izquierda que se ampara en la crítica al imperialismo de EEUU para ocultar los crímenes de quien considera sus hijos de puta, una expresión muy usada por los secretarios de Estado norteamericanos desde los tiempos de Roosevelt.

En el debate sobre la prostitución, los y las autoras de artículos que no partan claramente de una de las dos posiciones dicotómicas –el abolicionismo o el regulacionismo– son habitualmente tildadas de aliadas de los proxenetas y las redes de trata o, desde la posición contraria, negadoras de los derechos laborales de las ‘trabajadoras sexuales’. Cécile Barbeito, investigadora de la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona, una reputada institución dedicada a la investigación y la práctica de la mediación y la resolución de conflictos, sostiene que para que una confrontación o disensión se resuelva, es necesario incorporar al diagnóstico todas las visiones sobre un asunto, sin demonizar ninguna de las partes y, desde luego, jamás reducirla a dos facciones en liza.

 “El prestigioso negociador de conflictos John Paul Lederach nos dijo una vez que había que pasar de las conjunciones disyuntivas a las copulativas, es decir, el trabajo de alcanzar la paz consiste en conseguir una cosa y la otra, hacer compatibles ideas que de entrada parece que no lo son a través de los puntos en común”.

Intensidad emocional

Este tipo de análisis, tradicionalmente observado como propio de los posconflictos, resulta cada vez más pertinente para promover la sana convivencia y para los medios de comunicación que configuran “actitudes sociales en relación con los conflictos y su transformación” y que, en algunos casos, tienden a fomentar “los estereotipos, las imágenes del enemigo y las demonizaciones”, como lo resume en sus escritos Vicenç Fisas, director de la Escola y experto mediador internacional.

La investigadora del Centro Suizo de Ciencias Afectivas Cristina Soriano analizó en una de sus investigaciones los tipos de metáforas que usamos para hablar de las negociaciones y cómo afecta su uso en la resolución de conflictos. Según explicó en un workshop del Instituto Cultura y Sociedad, recogido por la Universidad de Navarra, el primer tipo de metáforas tiene que ver con la lucha: «Consiste en plantear la negociación como una guerra, con un ganador y un vencedor, sin confiar en el otro, y llama al no entendimiento”. 

La segunda fórmula consiste en entender los conflictos como una construcción. Y en tercer lugar, habla de las metáforas neutras. “Estas ni ayudan ni perjudican, son metáforas en las que la negociación se entiende como un proceso abierto que no sabemos dónde va a llegar». Tras realizar un experimento en el que varias personas tenían que negociar, se llegaba a la conclusión de que si todas colaboraban ganaban dinero, si ninguna cooperaba todas perdían mucho dinero. Y si una decidía cooperar pero la otra persona no, la que no cooperaba se lo llevaba todo y la que cooperaba lo perdía todo.

Lo estamos viendo, insiste Barbeito, en el caso del procés, que lo pone como ejemplo para hablar sobre cómo algunos medios contribuyen al enrocamiento de la controversia: “En contextos muy polarizados, los medios empiezan a fijarse cada vez más en los polos extremos porque son los más llamativos, convirtiendo a las personas con posiciones más equilibradas en chivos expiatorios. Pasó con Serrat cuando fue a visitar a los presos: fue acusado de todo porque era socialista y estos son antiindependentistas y, por el lado contrario, porque se acercase a los presos. Hay que mostrar que hay posiciones intermedias pero haciéndole preguntas distintas”. 

Barbeito subraya la necesidad de proponerles hablar de cuestiones transversales al conflicto y que alumbren así nuevos espacios de encuentro, en lugar de plantearles las mismas cuestiones que a los polos más distanciados, lo que les obligaría a rebatir los argumentos de ambas y exponerse así a sus agravios. “Lo que quiero es comprender”, respondió la filósofa Hannah Arendt cuando parte de la sociedad judía estadounidense la rechazó y boicoteó por contar en The New Yorker, por primera vez, el papel que tuvieron los representantes de la comunidad judía en el Holocausto. La acusaron de responsabilizar a las víctimas, cuando lo que buscaba era que comprendiésemos los mecanismos del mal.

En el XIII Seminario Internacional de Lengua y Periodismo celebrado el pasado mayo en San Millán de la Cogolla, la ponencia de la investigadora Soriano –leída por el investigador en el Complexity Science Hub de Viena David García– incidía en la importancia del lenguaje y las emociones para frenar esta polarización: «Construimos una representación de la realidad simplemente por lo que los demás sienten y nos hacen sentir. […] Una mayor competencia lingüística contribuye a una mayor inteligencia emocional», resumió.

«¿Por qué creemos lo que creemos? Necesariamente tenemos que cuestionarnos aquello que creemos», intervino durante las jornadas la filósofa Ana Carrasco. De no hacerlo, advirtió, existe un riesgo de contribuir no ya a la posverdad, sino a lo que llamó «posrealidad»: «No es la realidad, pero la ha deformado. Las falsas noticias han tenido éxito», dijo. El proyecto Maldito bulo, inmerso estos días en un crowdfunding para recaudar fondos que le permitan seguir trabajando, se encarga precisamente de chequear las noticias. “Hace poco fui a trabajar con un grupo temas de inmigración y refugio. Ante los rumores que reproducía el alumnado –”se llevan todas las ayudas”, “vienen a quitarnos el trabajo”…– les exponía los datos de la ONU, del Ministerio de Trabajo. No se los creían. 

Fueron siete jornadas y era evidente que me rechazaban. La orientadora me explicó por qué: «Les hacía pensar y eso les disgustaba porque conlleva una deconstrucción, lo que no es fácil para nadie”, cuenta Ana Soriano, técnica de Educación para el Desarrollo de la ONG CEAR Madrid. Para cambiar la atmósfera que se había creado, Soriano echó mano de su herramienta más eficaz: “Escucharles, porque cuando las personas se sienten escuchadas, sienten que son tomadas en consideración, y entonces hablan”.

Esa es una de las sugerencias que ofrece en sus manuales, disponibles online, la plataforma Stop Rumores, de Andalucía Acoge. Entre sus recomendaciones sobre cómo desmontar prejuicios racistas, subrayan la importancia de elegir momentos de baja intensidad emocional y ofrecer información al interlocutor o interlocutora de manera amable para que sean ellos quienes lleguen a sus propias conclusiones. Una práctica de esos buenos tratos –conciliación, desapasionamiento, escucha activa– que, el periodismo de paz, una metodología con casi medio siglo de existencia basada en el análisis del funcionamiento de los conflictos, propone que convirtamos en noticia, dándole así el valor social que merecen.

Puesto que el respeto por la pluralidad de ideas –siempre que respeten los derechos fundamentales– y la convivencia las construye la ciudadanía a través de los hechos, pero también de la comunicación, el periodismo de paz nos ofrece una serie de técnicas aplicables al ejercicio informativo y a las relaciones personales. En su investigación sobre esta práctica periodística, Eva Espinar Ruiz y Maribel Hernández Sánchez reivindican la necesidad de desarrollar el sentido del escepticismo teniendo en cuenta que “la información es una representación” construida a través del sesgo que nos atraviesa a cada uno de nosotros y nosotras. Pero, sobre todo, mirar la realidad con una perspectiva periférica y buscar narraciones periodísticas que no teman problematizar la realidad, describirla desde su complejidad.

“La complejidad es contagiosa, funciona, lo que resulta una maravillosa noticia para la humanidad”, concluye Ripley en The whole story. Y esa asunción de la complejidad es el primer paso para deshacernos de los pensamientos únicos, aprender a debatir sobre ideas sin que se viva –o se convierta– en un cruce de ataques personales. Se trata, al fin y al cabo, de respetar, que no es sino una forma de cuidar y de cuidarnos."                    (Patricia Simón, La Marea, 01/01/19)

4/8/20

¿Qué habilidades intelectuales, o virtudes cognitivas, deberían poseer los ciudadanos de una democracia moderna?

"¿Qué habilidades intelectuales –o, si se prefiere, virtudes cognitivas– deberían poseer los ciudadanos de una democracia moderna? Durante décadas, una respuesta dominante ha girado en torno a las habilidades epistémicas y cognitivas asociadas con la alfabetización científica. 

La evidencia científica es indispensable para la creación eficaz de políticas públicas. Y para que una sociedad que se gobierna a sí misma coseche los beneficios de la ciencia relevante para la política, sus ciudadanos deben ser capaces de reconocer la mejor evidencia posible y sus implicaciones para la acción colectiva.

Claramente, esta explicación no anda errada. Pero la emergente disciplina de la comunicación científica, que usa métodos científicos para entender cómo la gente llega a conocer lo que es conocido por la ciencia, sugiere que es incompleta.

De hecho, es peligrosamente incompleta. A menos que vaya acompañada de otro rasgo propio del raciocinio científico, las habilidades asociadas con la alfabetización científica pueden en realidad impedir el reconocimiento público de la mejor evidencia disponible y profundizar formas perniciosas de polarización cultural.

Para que la alfabetización científica no socave el autogobierno ilustrado sino que lo respalde, el rasgo complementario necesario es la curiosidad científica.

Dicho de manera sencilla, cuando los miembros ordinarios del público adquieren más conocimiento científico y se vuelven más duchos en el razonamiento científico, no convergen a la hora de detectar la mejor evidencia disponible respecto a hechos controvertidos relevantes en política. En lugar de eso, se vuelven incluso más polarizados culturalmente.

Este es uno de los hallazgos más claros asociados a la ciencia de la comunicación científica. Es una relación que se observa, por ejemplo, en las percepciones públicas de innumerables fuentes de riesgo para la sociedad –no solo el cambio climático, sino también la energía nuclear, la posesión y control de armas o el fracking, entre otros–.

Además, este mismo patrón –a mayor competencia científica, más aguda es la polarización– caracteriza múltiples formas de razonar esenciales para la comprensión de la ciencia: la polarización aumenta, no solo con la alfabetización científica, sino también con la alfabetización numérica (la capacidad para razonar correctamente con información cuantitativa) y con el razonamiento de apertura de mente activa –la tendencia a revisar las creencias propias a la luz de nueva evidencia–.

Lo mismo pasa con la reflexión cognitiva. El Test de Reflexión Cognitiva (CRT por sus siglas en inglés) mide cuánto depende la gente de dos formas de procesamiento de información: “rápida”, preconsciente, formas de raciocinio movidas por emociones, normalmente llamado “sistema 1”; o una forma consciente, deliberada, analítica, “lenta”, denominada “sistema 2”.

No hay duda de que el razonamiento científico requiere un alto grado de dominio en el procesamiento de información propio del sistema 2. Pero cuando los miembros legos del público se vuelven más competentes en este tipo de raciocinio, no piensan de forma más parecida a como lo hacen los científicos. En lugar de eso, estas personas se convierten en indicadores más fiables de qué piensa la gente que comparte sus compromisos grupales sobre riesgos culturalmente disputados y los hechos asociados a estos.

Dicha relación se hace patente de inmediato en encuestas de opinión pública (figura 1). También ha sido documentada experimentalmente. Los experimentos captan estas habilidades cognitivas “con las manos en la masa”: a los razonadores competentes se les descubre usando sus habilidades analíticas para encontrar evidencia que sustente la posición de su grupo, al tiempo que racionalizan el rechazo de la empiria cuando desautoriza las creencias de su bando.

¿Qué explica este efecto? Por contraintuitivo que pueda sonar, usar la propia razón de este modo en un ambiente de comunicación científica contaminado por el tribalismo es perfectamente racional.

Lo que una miembro ordinaria del público piensa sobre el cambio climático, por ejemplo, no tiene impacto sobre el clima. Tampoco cambia nada lo que haga como consumidora o votante; su impacto individual es demasiado pequeño para marcar la diferencia. De este modo, cuando ella actúa en cualquiera de estas capacidades, cualquier error que cometa en lo relativo a la mejor evidencia científica disponible tendrá un impacto nulo sobre ella o sobre aquellos que le importan.

Pero dado que las opiniones sobre el cambio climático ahora identifican las alianzas grupales de cada uno, adoptar la posición “incorrecta” al interactuar con sus pares podría romper vínculos de los cuales depende en gran medida su bienestar material y emocional. Bajo estas condiciones patológicas, ella usará predeciblemente su raciocinio, no para discernir la verdad, sino para formar y persistir en creencias características de su grupo, una tendencia conocida como “cognición protectora de la identidad”.

Uno no tiene que ser un premio Nobel para darse cuenta de qué opinión defiende su tribu. Pero si alguien disfruta de especial dominio en la comprensión e interpretación de evidencia empírica, es perfectamente predecible que usará esa habilidad para forjar vínculos incluso más fuertes entre lo que cree y quién cree que es, culturalmente hablando.

Ahora considere la curiosidad.

Conceptualmente, la curiosidad tiene propiedades directamente opuestas a las de la cognición protectora de la identidad. Mientras que la segunda denota una dura resistencia a explorar la evidencia que pueda disputar las propias opiniones, la primera consiste en ansiar lo inesperado, movidos por el placer anticipado de la sorpresa. En ese estado, los centinelas defensivos de la opinión existente bajan la guardia. Uno podría esperar razonablemente, entonces, que aquellos dispuestos hacia la curiosidad científica fueran más abiertos de mente y, como resultado, menos polarizados en torno a trincheras culturales.

Esto es exactamente lo que observamos cuando probamos empíricamente esta conjetura. En las encuestas generales a la población, diversos ciudadanos que puntuaron alto en la Escala de Curiosidad Científica (SCS por sus siglas en inglés) están menos divididos que sus conciudadanos con puntuaciones bajas.

De hecho, en lugar de tornarse más polarizados a medida que su alfabetización científica aumenta, aquellos que puntuaron más alto en el SCS tienden a converger en lo que la evidencia indica sobre el cambio climático, la posesión de armas, la energía nuclear y otras fuentes de riesgo.

Los datos experimentales sugieren por qué. Cuando se les da a elegir, los individuos de baja curiosidad optan por la evidencia ya conocida, consistente con lo que ya creen; los ciudadanos de curiosidad alta, en cambio, prefieren explorar nuevos hallazgos, incluso si esa información implica que la posición de su grupo es errónea (figura 2). Al consumir una dieta informacional más rica, los ciudadanos de mayor curiosidad forman, predeciblemente, menos opiniones banderizas y, por tanto, menos polarizadas.

Esta investigación empírica muestra una imagen más compleja del ciudadano democrático virtuoso cognitivamente. Por supuesto, conoce una gran parte de los métodos y descubrimientos de la ciencia. Pero de igual importancia es que se maraville y asombre –los distintivos emocionales de la curiosidad– con el conocimiento que la ciencia ofrece sobre los procesos ocultos de la naturaleza.

Los hallazgos sobre la curiosidad científica también tienen implicaciones para la práctica de la comunicación científica. La mera transmisión de información es poco probable que sea efectiva –y puede incluso empeorar las cosas– en una sociedad que ha fracasado en la inculcación de curiosidad en sus ciudadanos y que no involucra a la curiosidad cuando se comunica ciencia relevante en política.

Entonces, ¿qué deben hacer los educadores, los periodistas de ciencia y otros profesionales de la comunicación científica para adquirir los beneficios de la curiosidad científica?

La respuesta a esta pregunta en el corto plazo es clara: unir fuerzas con los investigadores empíricos para estudiar la curiosidad científica y el avance de su oficio.

El valor de tales colaboraciones fue un gran tema del reciente informe de la Academia Nacional de las Ciencias consensuado entre expertos, Communicating Science Effectively. De hecho, iniciativas que conectan el trabajo experimental y de campo como las propuestas por el informe de la Academia ya están teniendo lugar. La Escala de Curiosidad Científica es en sí misma producto de un proyecto colaborativo: por un lado, de investigadores de ciencias sociales afiliados al Proyecto de Cognición Cultural en la Facultad de Derecho de Yale y al Centro Annenberg de Políticas Públicas en la Universidad de Pensilvania (APPC); por otro, de productores de películas sobre ciencia en Tangled Bank Studios.

Los resultados de esa iniciativa, a su vez, informan una colaboración entre los científicos sociales de la APPC y los comunicadores científicos de la cadena de televisión pública KQED. Financiada por la Fundación Nacional de la Ciencia y la Fundación Templeton, esa asociación está realizando estudios de campo destinados a hacer películas de ciencia y formas de comunicación relacionadas con la ciencia que atraigan a personas curiosas de grupos culturalmente diversos, incluidos los grupos que están amargamente divididos en cuanto al cambio climático y otras cuestiones.

Por ahora, no hay protocolos probados para utilizar la curiosidad científica para ayudar a extinguir las rivalidades entre grupos que generan desacuerdos públicos sobre la ciencia pertinente a la política, en particular entre los miembros de esos grupos con mayor alfabetización científica.

Pero si la ciencia de la comunicación científica no está todavía en posición de decir a los comunicadores científicos exactamente qué hacer para aprovechar los efectos unificadores de la curiosidad, sí que les dice inequívocamente cómo averiguarlo: mediante el uso de los métodos empíricos de la propia ciencia."                

 (Dan Kahan , catedrático de derecho y psicología en la Facultad de Derecho de Yale. Sin Permiso, 13/06/20; fuente: Scientific American)

24/4/19

Manual para acabar con Vox: lo más importante no son las propuestas políticas en sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen... su aceptación por parte de los ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan... si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer... la izquierda tendría que lograr repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox...

"(...) Los think tanks creados desde los años ochenta, más de 500 distribuidos por todo el territorio norteamericano con infinidad de investigadores sociales generosamente remunerados, han sido especialmente activos en los principales centros de poder. Todo ello culminó con la adquisición o puesta en servicio de un importante aparato de propaganda que difundiera y aplicara las recetas elaboradas en aquellos centros. (...)

Con tamaña maquinaria para propagación de sus ideas, los republicanos han logrado ocupar la Casa Blanca, desde los años ochenta, tanto o más que los demócratas. 

Frente a la corriente general del pensamiento progresista, que sostiene que los seres humanos hacemos nuestras elecciones basándonos únicamente en el cálculo de la razón, los think tanks conservadores, basándose en estudios neurológicos, se percataron de que la razón viene a ser un factor ajeno a la motivación profunda que determina la mayor parte del pensamiento, de la palabra y de la acción de las personas. 

La neurociencia había demostrado que el pensamiento consciente de los seres humanos representa solamente el 2% y que el 98% restante era inconsciente. La intervención de la razón consciente acaece normalmente para justificar ex post facto las decisiones tomadas, insertándolas en una lógica discursiva, como racionalización ad hoc.

No se trata aquí de ninguna suerte de conjetura o desiderátum reaccionario.  (...)

Damasio sostiene que el pensamiento, todo pensamiento, tiene su origen en la emoción. Ese estudio constató que los pacientes que habían sufrido daños en los centros cerebrales de la emoción, de los sentimientos, pero cuyo raciocinio no había perdido un ápice de su capacidad lógica, pensaban, hablaban y actuaban como seres asociales, casi sociópatas, incapaces de articular una respuesta adecuada a los desafíos más simples de la vida cotidiana. 

Por ello, Reagan y su equipo de comunicación dirigieron sus mensajes a la mente emocional de los americanos. De ahí que sus discursos políticos se vieran siempre preñados de alusiones continuas y machaconamente recurrentes a la metáfora política que ve la nación como si fuera una familia, metáfora que permite hablar de “padres fundadores”, “madre patria”, etc.  Este ha sido el telón de fondo constante del discurso político republicano, desde entonces. Discurso mimetizado por M. Thatcher en Gran Bretaña, H. Khol en la RFA, J. Chirac en Francia o J. M. Aznar en España.

No pienses en el elefante republicano
La victoria de Trump en las elecciones de 2016 tomó un cariz especial pues las estrategias desarrolladas por el equipo liderado por Steve Bannon, derrotando al poderoso stablishment norteamericano (tanto al demócrata, como al republicano), se produjo aplicando los más recientes avances de la neurociencia cognitiva, algo que los demócratas y la izquierda europea en general aún no han sabido ver ni aprovechar. 

La estrategia desarrollada a partir de esos conocimientos es sencilla y tremendamente eficaz, la llamaremos la técnica del “no pienses en un elefante”, en reconocimiento al lingüista cognitivo George Lakoff por ser quien mejor, más lúcida y claramente la ha analizado. La aplicación de dicha técnica permite dominar la agenda política.

 Imponer una determinada agenda política significa hacer prevalecer el marco propio (el Estado como padre estricto de los republicanos o bien como padre cuidador de los demócratas) sobre el marco de los oponentes.

 Hacerse con las riendas de la agenda política se logra de forma aparentemente simple y sencilla: proponiendo iniciativas que atraigan el foco y provoquen la reacción mediática, generando un debate tanto dentro como fuera de las filas del partido. Numerosas investigaciones han demostrado fehacientemente que da igual el apoyo o el rechazo que genere una propuesta, su aceptación por parte de los ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan. 

Si quien se muestra a favor de una determinada propuesta, que defiende públicamente, genera nuestro rechazo, la propuesta nos parecerá inaceptable por muy razonable que esa, y al revés, si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.

(...) si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.

Dicho con otras palabras, cada opinión que genera en los medios producirá una hueste de seguidores y detractores que aumentará en proporción directa al número de opiniones vertidas y difundidas. Lo más destacable de esta teoría es que la negación de un argumento no invalida en ningún caso los efectos cognitivos que induce, de ahí lo ingenioso del mensaje “no pienses en un elefante” que inmediatamente ilumina su imagen en nuestro cerebro, aunque intentemos evitarlo.

 Por consiguiente, lo más importante no son las propuestas en sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen. Además, entra en juego otro factor de la máxima importancia: cuanto más relevantes sean los personajes que las comentan y con mayor fervor las avalen o rechacen, mayor será su impacto. La intuición artística de Salvador Dalí supo percibir esos efectos cuando comentó irónicamente que “lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien”.

Teniendo en cuenta lo dicho, el gurú de la campaña de Donald Trump diseñó toda la estrategia victoriosa del magnate abatiendo, contra todo pronóstico, primero al stablishment republicano y luego al demócrata. 

Cada día Trump presentaba una propuesta o hacia una valoración sobre algún tema relevante tanto o más descabellada que la del día anterior, pero que, involucrando de alguna manera los sentimientos más inconfesados y recónditos del americano medio, fuera acumulando apoyos hasta la derrota de todos sus oponentes. Armar a los docentes en los institutos de enseñanza media como solución a la inseguridad que se produce en algunos centros escolares de los barrios más pobres para atajar episodios como la matanza de Columbine; construir un muro de 2.200 kilómetros para detener la supuesta invasión sigilosa de los inmigrantes latinos para robar, violar y asesinar americanos o, al menos, arrebatarles sus empleos, son dos ejemplos palmarios del tipo de iniciativas que incitaron la reacción, a veces histérica, de los medios, suscitando más y más adhesiones (con sus correspondientes rechazos). 

Lo crucial de este planteamiento, al margen del rechazo de quienes jamás lo admitirían, es que gente que antes no pensaba en Trump ahora sí que lo hacían, esto es, movilizaba a su favor a los indiferentes.

La estrategia, brillantemente descrita por Lakoff, forma parte de un programa conservador que intenta difundirse a escala global y ahí están los ejemplos de Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina o Salviani en Italia. 

Vox, que también fue asesorado por el equipo de Bannon en su campaña de las elecciones andaluzas, tomó buena nota de ello, y explotó ese tipo de mensajes impactantes, provocando a la opinión pública y a los líderes sociales más representativos, para que hablaran cada día de sus propuestas, imponiendo el qué, el cómo y el cuándo en la agenda política andaluza. 

De esa manera logró 12 diputados en la cámara y se volvió imprescindible para la formación del gobierno de derechas que ahora gobierna Andalucía, saliendo de la irrelevancia más absoluta de elecciones previas.

La misma estrategia (asesorado nuevamente por Bannon) es la que Abascal está aplicando a pies juntillas en esta precampaña para las elecciones de 28 de abril, y lo más grave es que la izquierda política y mediática ha mordido el anzuelo y están convirtiendo a una formación política, antes residual e insignificante, en un actor de primera división en el debate político español.

La cuestión debería ser ¿cómo se combaten este tipo de estrategias? Lo primero sería no caer en el error de rebatir o negar cada una de las palabras de Vox, sino más bien declararlas fuera de lugar, extemporáneas o simplemente reírse, sin mayor comentario. 

El humor, la sátira, la ironía y el sarcasmo son las opciones más corrosivas, deslegitimadoras y útiles para hundir el discurso político de la extrema derecha, sin olvidarse del lanzamiento de las propias iniciativas que, para atraer el foco de atención mediático y recuperar así la agenda política, deben ser lo suficientemente novedosas e impactantes como para imponer el relato propio.

Inconscientemente me temo, esa estrategia fue la que, en su debut, elevó a los cielos a Podemos. La descalificación del Régimen del 78, el cuestionamiento de la Monarquía, la salida del euro, de la Unión Europea y de la OTAN y el ataque inmisericorde contra los políticos corruptos del bipartidismo, eran el tipo de discurso radical e iconoclasta que movilizaba la reacción vociferante, imperiosa y convulsiva de los poderes fácticos (políticos, económicos y mediáticos) del Estado, generando un tsunami de adhesiones que, con la moderación y el acomodo posterior, se ha ido desinflando poco a poco. 

El victimismo que ahora exhibe el partido morado (aunque pueda beneficiarle en algo) no sirve para volver alcanzar aquellos resultados. Refrescar aquel discurso y proponer reformas radicales del sistema, claramente de izquierdas, debería preñar su discurso electoral si de verdad pretenden asaltar los cielos de nuevo.

Con una estrategia similar, aunque mucho menos agresiva y provocativa, José Luis Rodríguez Zapatero, asesorado por lo que se llamó en su día el “comité de sabios” (entre los que se contaban dos premios nobel, Helen Caldicott y Joseph Stiglitz y otros intelectuales progresistas como André Sapir, Mª Joao Rodrigues, Wolfang Merkel, Jeremy Rifkin, Nicolas Stern y el mismo George Lakoff), lanzó en la campaña de las elecciones de 2008 una serie de iniciativas rompedoras y claramente 
progresistas que desataron la histeria de la derecha mediática, pero que lograron, a la postre, imponer la agenda política socialista y llevarse de calle el voto de los electores.

La diferencia cardinal entre conservadores y progresistas en la utilización de las estrategias descritas más arriba debería ser de orden ético, mientras la derecha busca el impacto en el exabrupto rayano en la grosería, la izquierda tendría que lograr repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox."                   (José Carlos Fernández . Doctor en Ciencias Políticas y Sociología, Público, 18/04/19)

19/1/17

Jones hablaba de “todos los niños que Hillary Clinton ha asesinado, descuartizado y violado”... cuatro días antes de las elecciones

 Edgar Welch, el que estuvo a punto de convertirse en el asesino del Comet Ping Pong de Washington, detenido por la Policía

"Cerca de una semana antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos en noviembre pasado, alguien publicó en Twitter que Hillary Clinton era parte central de un círculo pedófilo. 

El rumor se propagó por las redes sociales y un presentador de derechas llamado Alex Jones señaló varias veces que Clinton estaba implicada en abusos sexuales a niños y que su jefe de campaña, John Podesta, participaba en ritos satánicos. 

En un vídeo de YouTube (que ya se ha eliminado), Jones hablaba de “todos los niños que Hillary Clinton ha asesinado, descuartizado y violado”. Se publicó cuatro días antes de las elecciones y fue visto 400.000 veces.

Por los correos electrónicos difundidos por WikiLeaks se supo que Podesta cenaba a veces en una pizzería de Washington llamada Comet Ping Pong. Parece ser que por eso las acusaciones sobre el círculo pedófilo se centraron en ese lugar, dando origen al hashtag #pizzagate.

 Muchos de los retuits de las acusaciones se originan en “bots” o programas diseñados para difundir ciertos tipos de mensajes, ayudando así a dar la impresión de que mucha gente se estaba tomando el “pizzagate” en serio. Increíblemente, la historia también fue retuiteada por el General Michael Flynn, que pronto será asesor de seguridad nacional del presidente electo Donald Trump.

Incluso después de la elección de Trump (y a pesar de que el New York Times y el Washington Post la desacreditaran), la historia siguió difundiéndose. El Comet Ping Pong recibió llamadas telefónicas constantes, abusivas y a veces amenazantes. 

Cuando el gerente se comunicó con la policía de la ciudad, le dijeron que los rumores eran parte de la libertad de expresión protegida por la constitución.

Edgar Welch, uno de los oyentes de Jones, es un cristiano con versos de la Biblia tatuados en su espalda que el 4 de diciembre condujo unas 350 millas desde su hogar en Carolina del Norte hasta Comet Ping Pong, armado con un rifle de asalto, un revolver y un cuchillo. 

Esperó a que los clientes y el personal se marcharan para ponerse a buscar por los túneles niños supuestamente esclavizados. Disparó al menos una vez con su rifle para abrir una puerta cerrada. Tras no encontrarlos, se entregó a la policía.

Las noticias falsas (“desinformación activa” que se presenta como si procediese de un sitio noticioso serio) es una amenaza a las instituciones democráticas. Ha habido ejemplos menos absurdos, como un falso informe de una amenaza nuclear por parte del ministro de defensa israelí que llevó a su contraparte pakistaní a retuitearlo y advertir a Israel que Pakistán también es una potencia nuclear.

 El Presidente Barack Obama reconoció el peligro a las libertades democráticas al hablar con la prensa en Alemania poco antes de las elecciones estadounidenses. Le hayan costado o no la presidencia a Hillary Clinton, está claro que podrían hacer que un candidato pierda las elecciones y afectaran las relaciones internacionales. También son contrarias a uno de los pilares fundamentales de la democracia: el que los votantes pueden tomar decisiones informadas entre los candidatos en competencia.  (...)"             (Profesor de Bioética en la Universidad de Princeton, eldiario.es, 14/01/17)

"(...) El 28 de octubre, James B. Comey, director del FBI, informó al Congreso que reabriría la investigación, sobre el uso de un servidor privado de correos electrónicos por parte de Hillary Clinton cuando se desempeñaba como secretaria de Estado.

 La novedad de la revelación de Comey fue que Anthony Weiner, exesposo de una importante asesora de Hillary, Huma Abedin, escribió correos electrónicos en donde incluía fotos de menores de edad. Dos días más tarde, desde la dirección de Twitter @DavidGoldberNY, se distribuyeron mensajes sobre el caso; supuestamente, el tema alcanzaba a Hillary Clinton en un bochornoso caso de pedofilia.

El rumor fue retuiteado más de 6,000 veces y fue creciendo hasta que un anónimo vinculó a John Podesta con rituales satánicos. “Cuando pienso en los niños que ha picado, violado y matado Hillary Clinton, no tengo miedo de cruzarme con ella en la calle”, dijo el 4 de noviembre a través de YouTube, Alex Jones, creador del sitio de conspiraciones InfoWars, y conductor del programa de radio “The Alex Jones Show”. 

De acuerdo con YouTube, el video se ha visto 427,000 veces.
Pocos días después de la comparecencia del director del FBI, una serie de información sobre Podesta fue liberada por WikiLeaks que apuntaba sobre sus rutinarias visitas a la pizzería. El 7 de noviembre apareció por primera ocasión el hashtag #Pizzagate.

Desde Chipre, Vietnam y la República Checa, miles de mensajes en Twitter fueron escritos con el mencionado hashtag, comentó Jonathan Albright, profesor asistente de Análisis de Medios de la Universidad Elon en Carolina del Norte. En algunos casos, agregó, los retuits provenían de robots y programas para ampliar noticias falsas.

 “El uso de robots tiene el objetivo de convertir en tendencia los mensajes en Twitter”. El viernes anterior a la elección presidencial, James Alefantis, que es dueño de la pizzería Comet Ping Pong, notó que semanas antes de la elección presidencial, en Instagram se divulgaban mensajes acusándolo de pedófilo.

Alefantis no ha sido ajeno a la política. En su pizzería se juntaron donadores de la campaña de Hillary Clinton y es amigo de David Brock, némesis de Clinton. Además, tiene clientes y amigos pertenecientes a círculos demócratas.

Pocos días antes de la elección, otros comerciantes de la cuadra donde se encuentra la pizzería recibieron llamadas telefónicas y correos electrónicos perturbadores. Varias personas se interesaron por los símbolos de los escaparates y fotos de las paredes.

Frente a la pizzería se ubica Terasol, un bistro francés cuya propietaria, Sabina Ousmaal, encontró en Goolge una nota sobre el rumor de que en ese lugar se tejía un complot para abusar sexualmente de niños. 

En la nota aparecía una fotografía de la propietaria del bistro junto a su hija y Hillary Clinton, en una visita que hizo la excandidata demócrata años atrás. Ousmaal, quien tuvo cáncer, y ha realizado donaciones al hospital infantil St. Jude, colocó en su página web el logotipo del corazón similar al del hospital infantil, por lo que los conspiradores de internet, vinculan a la dueña con abusos de niños. 

“Estos maníacos pensaron que era un símbolo de la pornografía infantil”, dijo el esposo de Ousmaal. “¿Qué podemos hacer?, se pregunta Ousmaal: “No hay un sótano. No hay túnel, no hay nada”.

El propietario del restaurante 4chan, Hiroyuki Nishimura, que también está en la misma calle que la pizzería y el bistro, dijo que “pizzagate me recuerda que todo un país fue engañado por el supuesto arsenal nuclear que tenía Sadam Husein en Irak, es la misma vieja historia”.

#PizzaGate es un caso más de la era de la posverdad. Formar a la opinión pública a partir de elementos subjetivos (mentiras)."             (Marc Fisher; John Woodrow 
y Peter Herman / The Washington Post, en El Confidencial, Dic 8, 2016


"(...) Al caso se le ha dado el sobrenombre de “Pizzagate”. Empieza así: este pasado domingo, un bombero voluntario de Carolina del Norte llamado Edgar Welch, de 28 años, dos hijos, coge su coche y a toda velocidad se va hasta Washington. 

Lleva con él un rifle de asalto. Llega ante la pizzería Comet Ping Pong, en uno de los barrios más ricos de la capital. Welch entra en el local, busca pasillos secretos, niños secuestrados y pederastas, y empieza a disparar. No hiere a nadie y es detenido por la Policía.

Luego, el diario Washington Post indagó en la actitud de Welch y resultó ser que se creyó una de esas teorías conspiratorias que los fanáticos de Donald Trump, tanto en Internet como en medios de comunicación, iban vertiendo contra Hillary Clinton y contra su jefe de campaña, John Podesta: que ella era la jefa de una Red de pedofilia y que a él le gustaban las prácticas satánicas. Y decidió ir él mismo a “investigar” el “Pizzagate”, al más puro estilo Charles Bronson. 

Quien más cuenta estas rocambolescas historias es Alex Jones, locutor de radio que deja a Jiménez Losantos y Tertsch como a corderitos, y al cual Trump, entrevistado muchas veces por él, tiene en un altar.

“Cuando pienso sobre los niños que Clinton ha asesinado personalmente, troceándolos y violándolos, pierdo todo el miedo para enfrentarme a ella”, dijo Jones en un vídeo colgado en YouTube con más de 500.000 visitas.

 El inefable locutor llegó a acusar a Obama de que la matanza de niños en la escuela de Sandy Hook fue “falsa”, entre otras barbaridades. Luego, si Welch sabía que Podesta comía en Comet Ping Pong, era por los famosos e-mails desvelados por Wikileaks.

Además, hubo alguien que escribió poco después en Twitter este texto: “Todo apunta a una red de pedofilia y Hillary Clinton está en el centro”. Alex Jones se hizo eco, y la mente calenturienta de Welch empezó a diseñar su plan justiciero. Mientras, como la pizzería recibió críticas por querer poner mesas en la calle por temor a “violaciones y asesinatos”, pese a ser un barrio tranquilo, la historia llegó a su cénit: llamadas telefónicas extrañas con amenazas. Luego, el resto.

Para rematarlo, Michael Flynn Jr., hijo del asesor de Seguridad Nacional elegido por Trump, difundió la historia en Internet. Lejos de disculparse, alardeó de ella: “Hasta que se demuestre que el ‘Pizzagate’ es falso, seguirá siendo una noticia. La izquierda parece olvidar los emails de Podesta y las muchas ‘coincidencias’ que muestran”. 

Ante la indignación en su contra general, el equipo de transición del magnate ha decidido despedirlo fulminantemente. Muchos creen que no por vergüenza, sino por que Flynn Jr. les deja en evidencia."            (Julián Juan Lacasa, blastingnews, 09/12/16)

"(...)  Dos días después de que el FBI decidiera reabrir las pesquisas contra Clinton por el asunto de sus emails, apareció un tuit que decía: “Todo apunta a una red de pedofilia y Hillary Clinton está en el centro”.

 El bulo se extendió por varios foros de la derecha alternativa como 4chan y webs como Reddit hasta que lo recogió el mayor propagandista de las conspiraciones en EE UU, el locutor radiofónico Alex Jones, el mismo que dijo que la matanza de niños en la escuela de Sandy Hook había sido un montaje falso del gobierno o que la Administración Obama pretendía meter a los ‘patriotas’ en campos de concentración.

“Cuando pienso sobre los niños que Clinton ha asesinado personalmente, troceándolos y violándolos, pierdo todo el miedo para enfrentarme a ella”, dijo en un vídeo colgado en Youtube y reproducido en casi medio millón de ocasiones. 

Jones sostuvo que la exsecretaria de Estado estaba envuelta en una red de pedofilia y que su jefe de campaña, John Podesta, tenía debilidad por los rituales satánicos. En contra de lo que podría parecer, el locutor no es un apestado. Trump le concedió durante la campaña varias entrevistas y llegó a a decir que tiene “una increíble reputación”.

A la conspiración le faltaban algunos cabos para acabar de tomar forma y esos salieron de los emails de Podesta publicados por Wikileaks. De ahí se extraía, que el veterano lobista y estratega demócrata comía ocasionalmente en la pizzería. Pero había otro elemento.

 Cuando el establecimiento abrió hace una década, un burócrata del Distrito de Columbia se opuso a que pusiera mesas en la terraza, arguyendo que podían dar pie a “violaciones y asesinatos” en un barrio libre de crimen. La paranoia ya estaba completa y el ’pizzagate’ se convirtió en trending topic. El teléfono empezó a sonar con llamadas inquietantes y amenazadoras y hasta algunos asesores de Trump, como Michael Flynn Jr, el hijo del militar que ha elegido para ser su asesor de seguridad nacional, propagaron la historia.

Y así hasta el pasado domingo, cuando Edgar Welch, el bombero de 28 años de Carolina del Norte, se presentó en el local frecuentado por numerosas familias de Washington para desenmascarar la ‘trama’ con su fusil semiautomático. Welch disparó varias balas sin herir a nadie y acabó siendo detenido por la policía. “Quería hacer el bien, pero no salió bien”, dijo después de ser arrestado al New York Times. “La inteligencia no era correcta del todo”.

 Poco después Michael Flynn Jr tuiteó: “Hasta que se demuestre que el pizzagate es falso, seguirá siendo una noticia. La izquierda parece olvidar los emails de Podesta y las muchas ‘coincidencias’ que muestran”. Ante la indignación que sus palabras despertaron, la campaña de Trump optó por despedirlo. No lo hizo porque estuviera abochornada por sus alegaciones, sino porque desvía la atención de la labor del equipo de transición de Trump."           (Ricardo Mir de Francia, El Periódico, 08/12/16)

1/6/16

Las consecuencias morales del desempleo

"Las consecuencias económicas y sociales del desempleo son devastadoras. El desempleo suele venir acompañado de una importante pérdida de poder adquisitivo de las personas que lo padecen y supone uno de los mayores gastos sociales para un estado. 

Además, el desempleo ha sido relacionado con problemas de salud como el estrés, la depresión, la ansiedad o, comparando países, con un aumento de los suicidios, los homicidios o las muertes relacionadas con el alcohol. Y el desempleo no solo se padece en primera persona, sino que también tiene efectos sobre la salud física y mental de otros miembros de la familia.

Por si fueran pocos todos estos efectos negativos, recientemente los científicos sociales han puesto su lupa sobre otra consecuencia del desempleo: un cambio de los valores o preferencias sociales y políticas de las personas que lo sufren. Lo que economistas, politólogos y sociólogos, entre otros, han empezado a preguntarse es si, al quedarse desempleadas, las personas cambian sus valores morales y sus demandas políticas.

 Un estudio reciente realizado en EEUU muestra que tras quedarse desempleadas las personas demandan más políticas sociales. Sin embargo, se trata de un efecto pasajero. Cuando la situación laboral de las personas mejora, éstas vuelven a apoyar las políticas sociales que apoyaban antes de quedarse desempleadas.

¿Por qué se produce este cambio de preferencias? ¿Por qué el desempleo hace que las personas demanden más políticas sociales? Hay al menos dos posibles respuestas a estas preguntas. La primera es que los desempleados experimentan una pérdida de poder adquisitivo y por tanto necesitan más al Estado. Y hasta cierto punto esto es lo que han asumido los economistas hasta tiempos recientes. Pero hay una segunda posibilidad: puede que al quedarse desempleadas, las personas cambien sus preferencias o valores más allá de su propio interés. Claro, simplemente preguntándoles a las personas, incluso a lo largo del tiempo, sobre sus opiniones políticas no podemos distinguir entre las dos explicaciones planteadas. Es en estos casos donde los científicos sociales hemos comenzado a utilizar experimentos conductuales, similares a los que desde hace décadas se llevan a cabo en psicología, para intentar distinguir entre diversas explicaciones de un fenómeno social.
En un estudio experimental reciente intentamos diferenciar el efecto del desempleo sobre la necesidad o el propio interés, de un cambio de los ideales de justicia distributiva de las personas. Este tipo de estudios tienen dos dificultades. 

Una es cómo medimos los valores, al menos hasta que la neurociencia nos permita escanearlos directamente. Un segundo problema es cómo medimos el cambio de valores. En nuestro estudio, intentamos salvar la primera dificultad con un experimento conductual bastante simple y, la segunda, haciendo que los participantes tomen parte en el estudio dos veces, antes y después de quedarse desempleados. 

Si solo las que se han quedado desempleadas cambian sus valores diremos que el desempleo es el causante. Pero antes de contar qué resultados obtuvimos, vamos a detenernos un poco en qué consistía ese experimento que pretendía medir los valores de las personas.

Lo que sabemos por estudios anteriores es que las personas tienden a distinguir entre dos tipos de desigualdades: aquellas que no estamos dispuestos a aceptar bajo ningún concepto y aquellas que consideramos que aceptamos hasta cierto punto. Entre las primeras se encuentran todas las desigualdades que hoy en día consideramos arbitrarias e injustas, como las diferencias salariales entre hombres y mujeres, entre personas de distinto origen étnico, etc. 

 Entre las segundas se encontrarían desigualdades que hasta cierto punto aceptamos al estar relacionadas con el mérito o el esfuerzo, como que un médico gane más que un enfermero o que la estrella de un equipo de fútbol gane más que el utillero. 

Lo que hacemos en el laboratorio es generar de forma artificial estos dos tipos de desigualdades. ¿Cómo? Pues primero hacemos que todos los participantes realicen una tarea productiva y, después, les pedimos que decidan cómo quieren repartir lo producido en grupos de cuatro personas.

 El truco (experimental) está en que en algunas sesiones del experimento, los participantes se han ganado lo que van a repartir luego y en otras lo que tiene cada uno nada tienen que ver con el desempeño en la tarea productiva.

Lo que observamos es que cuando las personas no se han ganado los recursos de los que disponen, la inmensa mayoría de los participantes proponen un reparto igualitario. La diferencia viene cuando nos fijamos en la condición experimental en la que se transmite un cierto sentido de que las personas se lo han ganado. 

En este caso es donde encontramos nuestro resultado principal: las mismas personas que estando empleadas o estudiando respetaban hasta cierto punto lo que cada uno se había ganado, pasan a proponer distribuciones igualitarias después de quedarse desempleadas. Lo importante del resultado es que es la misma persona la que pasa de reconocer lo que otras se han ganado a no hacerlo tras quedarse desempleada.

 Además, el diseño de este experimento permite ver si las personas se han vuelto más egoístas, simplemente observando si se quedan con más dinero en el reparto tras quedarse desempleadas. Y esto no es así. Los nuevos desempleados realizan repartos más igualitarios, sin que esto suponga quedarse con más dinero respecto al año anterior. 

Nosotros interpretamos este hecho como un cambio genuino en los valores de las personas, que pasan de reconocer y recompensar el esfuerzo a proponer repartos más igualitarios una vez que se han quedado desempleadas.

¿Qué efectos prácticos tiene el cambio de valores que hemos identificado? Aquí podemos distinguir entre efectos directos y efectos indirectos. De forma directa, este cambio de valores implicaría la pérdida de una de las motivaciones para buscar trabajo, en concreto, la pérdida de la motivación de trabajar por el hecho de ganarse el sustento con tu propio esfuerzo, más allá de la compensación material que te da el trabajo. Sin esta motivación es probable que la reincorporación al mercado de trabajo sea más lenta y menos efectiva.

 Esto es algo que ya estamos estudiando, analizando el efecto que tienen sobre los valores las intervenciones públicas, como las acciones de orientación o el coaching. Entre los efectos indirectos, y aunque es algo que va mucho más allá de nuestro estudio, siempre acabamos dándole vueltas a los efectos del cambio de valores identificado sobre la participación política.

 Un reciente artículo nos hace pensar que el cambio de valores que provoca el desempleo, la pobreza y la desigualdad tiene también su reflejo en la arena política. Sobre esto todavía queda mucho que investigar y que decir."                    (Luis Miller, eldiario.es, 14/04/16)

24/5/16

El Mercado funciona como un dispositivo que se nutre de una permanente presión que impacta sobre las vidas marcándolas con el deber de construir una vida feliz

"(...) El capitalismo se comporta cómo una fuerza acéfala, que se expande ilimitadamente hasta el último confín de la vida. Esta es precisamente la novedad del neoliberalismo, la capacidad de producir subjetividades que se configuran según un paradigma empresarial, competitivo y gerencial de la propia existencia. (...)

Desde muy temprano las vidas deben pasar por la prueba de si van a ser o no aceptadas, si van a tener lugar o no, en el nuevo orden simbólico del Mercado. El Mercado funciona como un dispositivo que se nutre de una permanente presión que impacta sobre las vidas marcándolas con el deber de construir una vida feliz y realizada, la creciente expansión del fenómeno de la autoayuda da testimonio de ello, construcción imposible ya que lo “ilimitado” de las exigencias del Capital está hecho para impedir la realización plena que se demanda. Es una explotación sistemática del “sentimiento de culpabilidad” que formalizó Freud en el Malestar en la Cultura.

De este modo, las epidemias de depresión, el consumo adictivo de fármacos, el hedonismo depresivo de los adolescentes, las patologías de responsabilidad desmedida, el sentimiento irremediable de “estar en falta”, el “no dar la talla”, la asunción como “problema personal” de aquello que es un hecho estructural del sistema de dominación, no son más que las señales de que el capitalismo contemporáneo nace tal como lo confirma la cultura norteamericana con la primacía del yo y los distintos relatos de autorrealización formulados para sostenerla. (...)

Ya no se trata de la clásica alienación, esa parte extrañada de uno mismo. Ahora el Neoliberalismo se propone fabricar un “hombre nuevo”, sin legados simbólicos, sin historias por descifrar, sin interrogantes por lo singular e incurable que habita en cada uno.

 Toda esta dimensión de la experiencia humana debe ser abolida al servicio de un rendimiento, que esta por encima de las posibilidades simbólicas con las que los hombres y mujeres ingresan al lazo social.  (...)

Cabe preguntarse qué tipo de Santidad laica debe abrirse ante nosotros para salir del circuito culpabilizante de la “salud mental” neoliberal y no ceder a los designios del “consumidor consumido” con las que se regodea el tiempo histórico que nos toca vivir. Aunque sea metafóricamente, intentamos hablar aquí de un nuevo tipo de militancia."           (Jorge Alemán, Cuarto Poder, 20/05/16)

17/2/16

Las personas ajustan su visión de los problemas del mundo al sistema de creencias que define sus identidades

"La identidad no se discute.

 Tampoco se vota. Nadie elige a sus padres, ni escoge su lugar de nacimiento, ni resuelve hablar su lengua materna, ni diseña su educación básica. La mayor parte de nosotros somos del país de nuestra infancia y quienes luego lo abandonan, o se ven forzados a hacerlo, se llevan para siempre los jirones de su acento. 

El que esto es así llena páginas de las mejores revistas que publican los trabajos de mis colegas más listos. Créanme, por favor (bueno, no todos ustedes lo harán, pues supondría renunciar a sus identidades, algo que casi nadie de nosotros está dispuesto a hacer).

(...) Dan Kahan, un psicólogo que enseña en la facultad de Derecho de la Universidad de Yale (la mejor del mundo en todos los ránkings), lleva años escribiendo que las personas ajustan su visión de los problemas del mundo al sistema de creencias que define sus identidades respectivas. 

Y lo hacen hasta el punto de que, con independencia del nivel de educación que hayan alcanzado (incluso si es muy alto), las personas tendemos a rechazar aquellas teorías y evidencias científicas que minan nuestras identidades. Ello, escribe Kahan, es perfectamente racional: aceptarlas nos marginaría al instante de nuestra propia gente, con un sacrificio personal inmenso, inasumible en muchos casos. 

He citado primero al de Yale por ibérico complejo de inferioridad, pero Ortega y Gasset ya escribió lo mismo hace más de un siglo: las ideas se tienen, pero en las creencias se está. Nunca (sabemos bien los abogados) defiendan a alguien por el procedimiento de atacar las creencias de quien ha de resolver sobre la suerte de su defendido.  (...)"            ( , El País,28 ENE 2016)

10/12/12

"Las víctimas de la crisis se encuentran doblemente penalizadas: además de perder su empleo, son sospechosos de querer vivir a costa de los demás”

"El sociolingüista George Lakoff, autor del libro No pienses en un elefante, ha definido el papel de estos marcos conceptuales en la conformación de la opinión pública. Cuando la ideología conservadora, afirma Lakoff, utiliza por ejemplo la expresión “hay que aliviar la carga impositiva”, el marco conceptual en el que se inscribe implica una visión de los impuestos como algo que aprieta, que oprime a la sociedad.

 Del mismo modo, cuando Mitt Romney se refiere a “ese 47% de la población norteamericana que no paga impuestos y depende de las Ayudas del Estado”, que se siente “víctima” y se “cree con derecho a recibir atención médica, comida o vivienda”, está diciendo que ni es víctima ni tiene derecho a esas ayudas. 

Esa idea forma parte de un marco ideológico según el cual, cada uno ha de espabilarse y si alguien es pobre o fracasa, es por su culpa. Algo habrá hecho mal. En este marco conceptual, los poderes se sienten legitimados para abandonar a su suerte a los desfavorecidos.

Todo discurso político tiene un marco conceptual de referencia. También el de la crisis. Montserrat Ribas ha observado que el relato que se hace de la crisis está orientado a neutralizar cualquier resistencia a las medidas que se aplican. 

“El relato hegemónico presenta la crisis como una catástrofe natural, que ha ocurrido por una serie de fuerzas que no podemos controlar y que tiene consecuencias graves para todos. Como en las catástrofes, hay que resignarse, aceptar los sacrificios y colaborar para salir de ella”.

Con este enfoque, la crisis no tiene responsables, ni se considera importante determinar cómo se reparten sus cargas. Una vez instaurado este discurso, quienes cuestionan las políticas de ajuste y se resisten a los sacrificios son malos ciudadanos, como sugirió Rajoy en Nueva York al ensalzar “a la mayoría de españoles que no se manifiesta, que no sale en las portadas de prensa”, en referencia a las protestas de la plaza de Neptuno de Madrid.

 Montserrat Ribas invita a imaginar qué ocurriría si en lugar del “relato de la catástrofe” se impusiera “el relato de la estafa”. Estaríamos buscando a los responsables de lo ocurrido, les estaríamos exigiendo responsabilidades políticas y penales, y exigiríamos cambios radicales en la regulación del sistema financiero para evitar que vuelva a repetirse.

 “En este relato, el papel del ciudadano es totalmente diferente. No es de pasividad y resignación, sino de exigencia y reforma”, señala.

Y aún hay un tercer relato posible: el de la crisis como “golpe de Estado del capitalismo”. En este relato, la recesión es utilizada para limitar la democracia e imponer un sistema autoritario que permita someter a toda la población a los dictados del poder económico, en beneficio de este.

De momento, el relato de la crisis como estafa pugna por abrirse paso desde la plaza de Neptuno de Madrid y desde los foros sociales abiertos al calor del movimiento del 15-M. Pero en el discurso oficial el que predomina es el de la crisis como catástrofe.

La culpabilización de las víctimas aparece, en este contexto, como un mecanismo de legitimación de los recortes sociales. En la presentación del plan Prepara, la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, insistió en que se iban a aplicar medidas contra los parados que no quisieran aceptar un trabajo, como si los parados españoles recibieran muchas ofertas de empleo.

 Báñez justificó los nuevos criterios de concesión de la ayuda de 430 euros en la necesidad de hacerla más equitativa y evitar abusos. Para justificarlo, declaró sentirse “insultada” al saber que había “hogares que ingresan 8.000 euros, en los que un niñato recibe una paga de 400 por no hacer nada”. 

De entrada, hogares en los que entran 8.000 euros al mes no hay tantos como para ponerlos como paradigma, pero lo que en realidad la ministra encubría con esta retórica era un drástico recorte en las ayudas, que a partir de ahora solo podrán cobrar quienes estén prácticamente al borde de la indigencia. (...)

“Es curioso que cuando la pobreza ha escalado dos puntos en un año y hay 1.737.000 hogares en los que todos sus miembros están en el paro, se insista tanto en la idea de que los desempleados no hacen suficiente esfuerzo para poder trabajar”, añade. “Con este discurso, las víctimas de la crisis se encuentran doblemente penalizadas: además de perder su empleo, son sospechosos de querer vivir a costa de los demás”. (...)

 El mismo marco conceptual que permite culpabilizar a los pobres y a los parados es el que opera en los países del norte contra los del sur. El discurso culpabilizador genera angustia, pero también insolidaridad. Y abre la puerta a una nueva ignominia: la competencia feroz entre los mismos pobres por los escasos recursos disponibles.

 “No quiero ser apocalíptico, pero lo peor que nos puede ocurrir es que después de la crisis económica venga la crisis social”, afirma Isidro Rodríguez. “Los países que mejor resisten la crisis son aquellos que tienen un Estado de bienestar más sólido y una sociedad civil fuerte y cohesionada. No podemos pasar del Estado de bienestar al Estado de beneficencia”, concluye Carreras.    (El País, 05/10/2012)

1/6/11

"Una buena ideología, una causa fetén, no sólo justifican cualquier barbaridad, sino que dan un subidón a quien mata"

"Por naturaleza o diseño genético el ser humano tiende a ser bueno o, al menos, a mantener una relación sostenible con los restantes miembros de su especie. Por este motivo, la solidaridad, el respeto y, en general, las buenas obras, no requieren justificación.

Se hacen porque sí. En cambio, para cargarse a una persona hace falta un motivo de cierta envergadura, y si el objetivo es una colectividad, lo que hace falta es una ideología. Y para esta función, casi todas valen.

Ahora bien, los actos humanitarios hay que hacerlos a golpe de buena voluntad, normalmente quedan sin recompensa y además suelen ser aburridos. Saludar en el ascensor, ceder el asiento a un anciano o cuidar a un enfermo no son actividades estimulantes.

Por el contrario, una buena ideología, una causa fetén, no sólo justifican cualquier barbaridad, sino que dan un subidón a quien mata o a quien se inmola berreando eslóganes. El problema es que, a diferencia de las buenas obras, que son labor menuda y pasan sin dejar rastro perceptible, las ideologías enseguida alzan el vuelo; los profetas son sustituidos por aprovechados, salvo que los propios profetas decidan hacer doblete, y el propósito inicial deriva en un aparato jerarquizado que a menudo actúa con voluntad propia, incluso contra los planes de sus propios adherentes.

Como ya no hay responsabilidad individual, pasar a las vías de hecho cuesta poco. Entonces alguien ha de salir a decir que no era eso, que ha habido un problema de interpretación. Y a mesarse las barbas." (EDUARDO MENDOZA: Interpretación. El País, 20/09/2004)