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13/1/25

Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y Silicon Valley ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras (consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales)... El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización... Silicon Valley cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación... la inteligencia artificial puede reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión... Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia... La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes... Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político (Esteban Hernández)

 "Peter Thiel es uno de los empresarios tecnológicos con más prestigio y una figura fundamental en el capital riesgo de Silicon Valley. Fundó PayPal, el dinero que gestiona ha apoyado a empresas como Facebook, Tesla, Uber o Airbnb y es el CEO de Palantir. Forma parte de esa aristocracia empresarial nacida con la tecnología, pero también es uno de los nombres de referencia dentro del republicanismo trumpista.

El periodista Max Chafkin firmó una biografía de Thiel, The Contrarian, en la que quedaba definido de esta manera: "Es brillante, tiene ideas visionarias y una asombrosa habilidad para saber exactamente cómo ganar. Posee la habilidad especial de ver la vida como un juego de ajedrez: utiliza a sus amigos, sus socios comerciales y las empresas de su cartera como medios para lograr un fin".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto

Thiel, que insiste en la necesidad de que existan nuevas élites en EEUU (las contraélites están triunfando), describió a la consultora McKinsey como una "estafa total". Según Thiel, "McKinsey era algo real en 1985 en Estados Unidos. Si contratabas a un consultor, en realidad te ayudaba a mejorar tu empresa porque las empresas estaban mal administradas en ese momento. La administración Reagan-Thatcher fortaleció a McKinsey porque permitió que se adquirieran más empresas y que se produjeran más fusiones y adquisiciones. Generó una reorganización de la sociedad algo brutal pero muy poderosa. Pero ahora McKinsey es un fraude total. Todo es falso. A estas alturas, McKinsey nunca va a ser otra cosa que un engaño corrupto".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto y, en general, a esa profesión. Hay dos aspectos relevantes en la posición del inversor que delimitan con precisión cuáles son los cambios que están produciéndose, la magnitud de los mismos y lo que significa el ascenso de los empresarios del capital riesgo en el nuevo gobierno republicano.

La sustitución de élites

El primero es político-social. La llegada al poder de Trump de la mano de Musk, y de gestores del capital riesgo como Thiel y Marc Andreessen, implica algo más que una suerte de alianza con el sector tecnológico. De hecho, Silicon Valley no fue particularmente afín a Trump durante su campaña, y menos todavía el personal y muchos directivos de las big tech. Ahora, con Trump en la Casa Blanca, esas compañías se están acercando a Trump, pero siempre contra la voluntad de personas como Musk o Thiel. Hay una brecha entre el venture capital y las big tech que está por cerrarse.

El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización

En todo caso, es innegable que Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y este entorno tecnológico ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras.

Ese cúmulo de consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales que han influido sobre la política durante estos años se ha visto especialmente presionado con el triunfo de los republicanos. El orden basado en reglas, las interconexiones globales, la paz comercial y la mundialización feliz eran sus dogmas. Trump los está haciendo saltar por los aires. Es un nuevo mundo que necesita de nuevas reglas, y son sectores especialmente incapaces para comprenderlas. Eso es lo que afirman Musk y Trump.

Las grandes consultoras pertenecen a ese pasado, ya no es su tiempo. Fueron útiles en algún momento, pero no ahora. Se necesitan nuevos líderes y nuevas fuentes de influencia.

La tecnología y el conocimiento humano

Hay que entender de dónde viene Peter Thiel, cuál es su recorrido y cuál su manera de pensar para comprender el desafío que lanza. Fue el primero en Silicon Valley en apoyar a Donald Trump en 2016 y es el valedor del próximo vicepresidente, J.D. Vance. Fundó PayPal y fue uno de los primeros inversores de Facebook. Pero, sobre todo, junto con Alex Karp y Stephen Cohen, creó Palantir, una exitosa empresa especializada en software y soluciones de big data para la defensa y para las agencias de inteligencia.

Palantir es una firma con mucho prestigio en un sector en el que las máquinas y la tecnología cada vez tienen mayor importancia, al mismo tiempo que disminuye la relevancia que se le da a los humanos. Thiel, como tantos otros en el Valle, cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación.

"La IA se ha convertido en una forma de que la empresa eluda su responsabilidad: afirma que solo hace lo que dice el algoritmo"

Esa superioridad de la tecnología a la hora de ofrecer soluciones, con las grandes bases de datos y la mejora de la inteligencia artificial de fondo, es una de las creencias más asentadas de nuestra época. Esa es la tarea que Palantir ha llevado a cabo. Y si ha funcionado en un ámbito tan relevante como la seguridad, puede hacerlo con mayor eficacia aún en el terreno empresarial. Más allá de la clase de instrumentos que utilicen, los consultores no dejan de aportar conocimiento humano para la gestión, y es justo eso lo que está en discusión.

El cambio de modelo

Hay otros aspectos en los que la gran consultoría podría salir perjudicada. El escritor Ted Chiang explicó de manera nítida uno de ellos en un artículo para The New Yorker. El uso de la consultoría como justificación, que es una de las prácticas más frecuentes en la empresa, estaría deslizándose hacia la IA: "Si quieres que se haga algo, pero no quieres ensuciarte las manos, McKinsey lo hará por ti. Esa huida de la responsabilidad es uno de los servicios más valiosos que ofrecen las consultorías de gestión. Los jefes tienen ciertos objetivos, pero no quieren que se les culpe por hacer lo necesario para alcanzarlos; al contratar consultores, la dirección puede decir que solo estaban siguiendo el consejo de expertos independientes. Incluso en su forma rudimentaria actual, la IA se ha convertido en la manera en que una empresa elude la responsabilidad, al afirmar que solo hace lo que dice el algoritmo, aunque haya sido la empresa la que haya encargado ese tipo de algoritmo".

La IA es un modo de ahorrar costes más que una solución eficaz. Pero da beneficios. Y eso es lo que hacían los consultores

La tecnología, en este sentido, aportaría un plus de credibilidad. Basta con afirmar que son soluciones apoyadas en datos y que han sido diseñadas con la fría objetividad de las máquinas, para que resulten menos cuestionables que las conclusiones aportadas por los consultores.

Además, existe otra realidad, que apenas se suele mencionar, pero que conforma la aplicación práctica y concreta que la inteligencia artificial está teniendo en la vida empresarial contemporánea. Por más que se expresen grandes posibilidades futuras, lo cierto es que "la IA se reduce a analizar una tarea que realizan los seres humanos y a encontrar la manera de reemplazarlos". Es un modo de ahorro de costes mucho más que una solución eficiente. Pero dado que el propósito de las firmas es ampliar la cantidad de beneficios, se trata de un instrumento útil. Eso es justo lo que hacían los consultores. Lo que nos viene a decir Thiel es que no solo se pueden reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión. Su sector tiene los instrumentos adecuados para esa tarea.

Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por múltiples áreas de administración, existe una intención expresa de ampliar el negocio aportando nuevos sistemas de gestión basados en algoritmos. Es un sector en crecimiento y que se espera explotar en los próximos años.

La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes, o al menos de llevarse una parte significativa de su negocio. De eso ha ido la tecnología hasta ahora, que se ha apoyado en modelos de negocio que trataban de evitar toda regulación (Airbnb, Uber, las redes sociales). Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 13/01/25)

30/8/23

Morozov: “Allende convirtió Chile en una meca ‘high tech que el golpe liquidó”... La socialdemocracia chilena de Allende intentó poner la high tech al servicio de todos y fue defenestrado por la CIA... su proyecto Cybersyn logró crear y gestionar con un eficiente y revolucionario sistema informático las multinacionales nacionalizadas... Si la CIA y Pinochet no le hubieran derribado, Chile sería hoy una meca high tech, como Japón, Corea del Sur o Taiwán...

 "Silicon Valley y el Pentágono

“Si la guerra es la continuación de la política por otros medios... ¿debemos resignarnos a que la tecnología también lo sea?”. Morozov reflexiona sobre la ausencia de alternativas a la hege­monía high tech de Silicon Valley: si no controlas tus redes, quienes las controla nos controla. Y ahora su inteligencia artificial crece a costa de robar nuestros derechos de autor para luego vendernos –ya piden suscripciones– los mismos contenidos que nosotros mismos hemos ido creando y colgando en la red durante años. La socialdemocracia chilena de Allende intentó, sostiene Morozov, poner la high tech al servicio de todos y fue defenestrado por la CIA. Leo ahora en The Wall Street Journal que los grandes de la inteligencia artificial californiana colaboran ya con el Pentágono en la generación de nuevas armas.

La presidencia de Allende no fue una ruina económica?

Al contrario, lo más importante del legado de Allende es precisamente lo menos conocido: su apuesta innovadora, disruptiva y democratizadora por las nuevas tecnologías y la gestión cibernética de la economía y las empresas chilenas.

¿No fueron sus nacionalizaciones de multinacionales una ruina económica?

Si estudia aquel periodo, verá que su proyecto Cybersyn logró crear y gestionar con un eficiente y revolucionario sistema informático esas empresas.

¿Y no quedó nada de aquel intento modernizador?

Si la CIA y Pinochet no le hubieran derribado con un golpe militar contra la democracia hace ahora 50 años, Chile sería hoy una meca high tech, como Japón, Corea del Sur o Taiwán.

¿Por qué está tan seguro?

Lo hemos investigado a fondo y lo que hizo Pinochet, tras defenestrar a Allende, fue precisamente abortar aquel incipiente despegue tecnológico y sustituirlo por la ideología ultraliberal de los apodados Chicago Boys, de la Universidad de Chicago, que reorientaron el país hacia la derecha económica y el libre mercado.

¿Por qué Allende le parece relevante?

Porque demuestra que hubo una alternativa en el mundo a Silicon Valley y que la CIA la abortó, pero aún es posible: Allende en los 70 estaba construyendo fábricas de semiconductores en Arica. Por eso hablo de sus ingenieros, los Santiago Boys, como alternativa a los Chicago Boys.

¿Qué demuestra su investigación?

Fíjese en Corea del Sur, Taiwán, incluso en Alemania... Todos esos estados tuvieron un papel protagonista invirtiendo en una infraestructura tecnológica que permitió luego el despegue de sus grandes industrias tecnológicas y exportadoras.

La mayoría de esos estados, como hoy China, eran autoritarios.

Y Chile, en cambio, era una democracia y Allende, un socialdemócrata...

Pero la CIA no parecía hacer distingos.

No en plena guerra fría. Pero si hubieran dejado prosperar el proyecto de Allende, hoy Latinoamérica sería más justa y rica y Chile, una potencia tecnológica alternativa; porque es posible un modelo de desarrollo tecnológico, que no es solo el de Silicon Valley y el del ego de los Elon Musk.

Pues ese modelo hoy domina el mundo.

Pero hay una alternativa de socialdemocracia tecnológica, aunque en Silicon Valley digan que ellos son los únicos innovadores, los emprendedores antiestado, y que el resto es aburrida burocracia. Y en The Santiago Boys creo demostrar que Chile con Allende tenía el software, el talento y las ideas para transformarse en un Taiwán democrático en Sudamérica.

¿Cómo era ese Cybersyn de Allende?

Incluso bajo el bloqueo de la CIA, las sanciones de EE.UU. y la presión de Nixon y Kissinger, funcionaba como un fantástico sistema informático capaz de demostrar que no solo se innovaba en California. Era tan eficiente que en los 70 muchos pensaron al saber de él que solo eran fake news .

Si se trata de que los estados innoven, nunca han tenido tanto poder como hoy.

Lo que hacen hoy esos estados es canalizar fondos hacia iniciativas privadas y startups , muchas extranjeras. Cuando Pedro Sánchez recibe a Sam Altman, pionero de la inteligencia artificial, solo trata de captar inversiones estadounidenses...

¿No le parece que esa es su misión?

Lo que el Estado hace así solo es crear mercados para un puñado de multinacionales y no infraestructuras para que los emprendedores españoles en inteligencia artificial progresen. Y los conozco y son muy buenos, pero sin apoyo estatal.

¿Sin inversión extranjera puede haber empleo? ¿Globalizarse no es prosperar?

Abrir el mercado español a esas tecnológicas en vez de Pedro Sánchez lo podrían hacer Goldman Sachs o McKinsey. Por eso reivindico el Cybersyn de Allende, porque no lo dejaron durar más de tres años, pero ya era una vía tecnológica democrática –recuerde que en Chile había democracia plena– y no solo de mercado.

¿La tecnología es la ideología de hoy?

Pudo ser también el progreso justo y no le dejaron. Allende demuestra que ya en los 70 las grandes multinacionales tecnológicas hacían geopolítica pura y que espiaban e interferían a favor de sus intereses, como hizo la ITT en Latinoamérica.

¿Quiénes son las ITT de nuestros días?

Cuando no son los ciudadanos y sus democracias los que innovan, quienes sí inventan y controlan las redes acaban espiándote, robándote, quedándose con tus derechos de autor y tus posibilidades de prosperar y te hacen su siervo."              (Lluís Amiguet, La Vanguardia, 08/08/23)

3/8/23

Varoufakis: lo que ha matado al capitalismo es... el capital mismo. No el capital como lo conocemos desde los albores de la era industrial, sino una nueva forma de capital, una mutación tóxica... el capital en la nube es un medio de producción para la modificación del comportamiento. Nos convierte a todos en un tipo de siervo... A diferencia del capitalismo, cuyo combustible era la ganancia, nuestro mundo tecnofeudal funciona con rentas, como el feudalismo solía... excepto que la renta de la nube es posible no a través de la propiedad de la tierra sino a través de la propiedad de esta forma tóxica y novedosa del capital (nube), los espacios digitales cerrados de nuestra era

 "(...) Tecnofeudalismo

Pasé la mayor parte de la semana encerrado en un estudio grabando el audiolibro de mi próximo Technofeudalism: What killed capitalism. Fue un trabajo duro y muy divertido leer en voz alta un libro que, aunque escrito desde una perspectiva analítica marxista, está obligado a molestar a los izquierdistas tanto como molesta a los verdaderos creyentes en la inevitabilidad del capitalismo. ¿Por qué temo que los izquierdistas se enojen? En el centro de mi tesis hay una ironía que puede sonar, al principio, confusa: lo que ha matado al capitalismo es... el capital mismo. No el capital como lo conocemos desde los albores de la era industrial, sino una nueva forma de capital, una mutación tan tóxica que como un virus estúpido y demasiado celoso ha matado a su huésped. Al oírme decir esto, un encantador amigo del PST me lo dijo airadamente: "Si el sistema bajo el que vivimos ya no es capitalista, ¿por qué no es socialista?" ¡Lo es bastante!

Capital en la nube

 Entonces, ¿qué demonios es el capital en la nube? Para empezar, no vive cerca de las nubes, sino que comprende nuestra maquinaria en red, miles de kilómetros de cables de fibra óptica en los fondos oceánicos, algoritmos impulsados por IA y hardware de comunicaciones que cruzan el planeta. Así, como las vías férreas y los robots industriales, es una forma de capital. 

Pero, en lugar de ser simplemente un medio de producción, el capital en la nube es un medio de producción para la modificación del comportamiento. Nos convierte a todos en un tipo de siervo, al incitarnos a trabajar gratis para acumular sus existencias (por ejemplo, cuando subimos cosas en TikTok). Acelera el trabajo proletario en las fábricas y almacenes. Y, de manera crucial, reemplaza los mercados con plataformas, como amazon.com, que parecen mercados pero que ciertamente no son mercados. Los cloudalistas, sus propietarios, ahora tienen el poder de extraer rentas gigantescas de los capitalistas convencionales (por ejemplo, el 35% de Amazon, Apple, Alibaba, etc. cobran a los vendedores). 

A diferencia del capitalismo, cuyo combustible era la ganancia, nuestro mundo tecnofeudal funciona con rentas, como el feudalismo solía - excepto que la renta de la nube es posible no a través de la propiedad de la tierra sino a través de la propiedad de esta forma tóxica y novedosa del capital (nube), los espacios digitales cerrados de nuestra era.

Pero, ¿no es Amazon un mercado capitalista? 

Si no es un mercado capitalista, ¿en el nombre del Señor estamos entrando en amazon.com?" , un estudiante de la Universidad de Texas me preguntó hace unos años. Un tipo de feudo digital, respondí instintivamente. Una postcapitalista, cuyas raíces históricas permanecen en la Europa feudal pero cuya integridad se mantiene hoy en día por un tipo futurista y distópico de capital basado en las nubes.

¿No son Meta y TikTok competidores capitalistas?

 TikTok agotó a los usuarios y los ingresos de Facebook. ¿No es esta exactamente la competencia de mercado que enfrentaron Ford, Edison y Westinghouse? No, no lo es. Las batallas y rivalidades que llevaron al surgimiento y la caída de los feudos, fueron parte integral del feudalismo. Pero no debemos confundir la rivalidad entre feudos con la competencia basada en el mercado, donde los precios más bajos y las cualidades más altas gobiernan. Bajo el tecnofeudalismo, la rivalidad entre los miembros de la clase tecnofeudal está determinada por el poder que trasciende los mercados."           

( , New Statesmant, 18/07/23; traducción Reverso)

27/1/23

Hacer las cuentas... Un día en la oficina de planificación socialista... Bienvenidos a la oficina de planificación central, el organismo encargado de organizar la producción de una economía socialista. En ausencia de un mercado que determine los costes de los bienes de consumo, debemos recurrir a las matemáticas, la informática y las telecomunicaciones para asignar a cada producto un valor o coste... se han realizado una serie de avances algorítmicos y tecnológicos que permiten la optimización de la economía de un país entero, por ejemplo la de Suecia (Hagberg & Zachariah, 2022)

"Bienvenidos y bienvenidas a la oficina de planificación central, el organismo encargado de organizar la producción de una economía socialista. En ausencia de un mercado que determine los costes de los bienes de consumo, debemos recurrir a las matemáticas, la informática y las telecomunicaciones para asignar a cada producto un valor o coste. En oposición al mercado, caótico y coordinado por medio de la competencia, las decisiones de una economía planificada son conscientes, tomadas democráticamente por los trabajadores y trabajadoras a través de diferentes organismos, como consejos, organizaciones de consumo o referendos.

Uno de estos órganos es la oficina de planificación central, que tendremos la oportunidad de recorrer para hacernos una idea de las herramientas técnicas y la coordinación entre los diferentes organismos que hacen posible una economía planificada. En oposición al capitalismo depredador encontramos aquí una simbiosis en la que los conocimientos e información son compartidos para avanzar la sociedad hacia una mejor gestión de los recursos naturales, del tiempo de trabajo y una mayor calidad de vida. 

Los planes económicos 

Una de las tareas fundamentales de la oficina de planificación es elaborar los planes económicos para los años futuros, que se pueden dividir en tres categorías generales: planes estratégicos, planes macroeconómicos y planes detallados (Cockshott & Cottrell, 1993). Los planes estratégicos, más generales, se proponen a los trabajadores mediante referéndum y se ejecutan según sus preferencias. Aquí se eligen, por ejemplo, la cantidad de impuestos destinados a servicios públicos, la proporción de bienes de consumo y de producción a fabricar, la inversión en infraestructuras, los efectos sobre el ambiente, etc.

En base a estos planes estratégicos, la oficina de planificación elabora planes macroeconómicos —que detallarán el balance entre producción y consumo, ahorro y crédito, impuestos y gasto público, etc.— y planes detallados, donde se estiman las unidades de los diferentes productos que deben fabricarse en base a las preferencias de los trabajadores y los propios límites ecológicos y de recursos del planeta. Estos planes no son algo burocrático, impuesto desde arriba; por el contrario, en su elaboración participan los ciudadanos a través de diferentes organismos, como agrupaciones de consumidores, consejos especializados o institutos de investigación.

Por ejemplo: si según el plan estratégico se quiere incrementar el uso del transporte público en un 10%, el plan detallado deberá responder qué significa especificando cuántos autobuses, trenes y tranvías de cada modelo haría falta producir, cuántas ruedas y motores se necesitan y, para esos motores, cuántos tornillos, tuercas y cilindros… y así sucesivamente. Mientras tanto, el plan macroeconómico se ocupará de asegurar el presupuesto necesario para hacer factible el objetivo.

Método de Leóntief 

Además de elaborar los planes generales, la oficina de planificación puede resolver diferentes problemas a petición de los trabajadores, consejos, etc., en tanto es un organismo más al servicio (y no por encima) de los trabajadores. Sobre las 9 de la mañana nos llega el primer encargo del día, desde uno de los centros de innovación tecnológica: «Los agricultores de la unión de cooperativas agrarias requieren planificar la producción de cereal para el año venidero. Tras varias pruebas con diferentes procesos industriales, los investigadores del centro de innovación tecnológica proponen dos nuevos procesos muy eficientes para aprovechar el grano: uno para producir harina y otro para cerveza. Los aspectos técnicos de estos procesos se detallan de forma precisa a continuación».

Seguimos leyendo y la primera información clave que nos encontramos son los coeficientes técnicos para cada proceso industrial [1]. Estos coeficientes nos indican la cantidad de cada material que necesitamos para producir una unidad de producto final, y se recogen en una tabla insumo-producto. Allí podemos leer, en vertical, las unidades de insumos que necesitamos para cada unidad de producto final. En nuestro caso tenemos tres insumos —cereal, electricidad y agua— y tres productos (cereal, cerveza y harina). Para producir cereales necesitamos semillas, agua y electricidad para la maquinaria agrícola; para producir cerveza necesitamos agua, cereal y electricidad para tostar la malta y cocer el mosto y, finalmente, producir harina demanda cereal y electricidad (para limpiar y moler el grano).

Cuando queremos planificar una economía real tenemos que recoger en estas tablas todos los productos e industrias disponibles. Estos datos son los que se recogían en la oficina de Wassily Leóntief el siglo pasado [2], reunidos en pósteres de varios metros de ancho y largo. Hoy en día podemos almacenar estas tablas de miles de millones de productos en un pequeño ordenador. De hecho, es común que los gobiernos publiquen este tipo de tablas (aunque a nivel agregado) y se pueden usar para visualizar las relaciones entre los diferentes sectores de la economía con un grafo.

Es aquí donde entra en escena el método desarrollado por Leóntief [3] que, dadas unas cantidades de producto final que queremos elaborar de acuerdo con lo estimado por el plan, nos permite calcular a través de la tabla insumo-producto la cantidad total de bienes iniciales que necesitamos. El hecho de que las materias primas estén interrelacionadas —incluso con ellas mismas— nos obliga a resolver un sistema de ecuaciones lineales para encontrar estos insumos [4]. El desarrollo de este método supuso a Leóntief el Premio en Ciencias Económicas en honor a Alfred Nobel en 1973.

Una vez que sabemos las unidades de cada producto que debemos elaborar, podemos usar el tiempo promedio que se tarda en producir este y cada uno de sus componentes para calcular el tiempo total que tardan los trabajadores en elaborar una unidad de este producto final. Por tanto, este tiempo de trabajo encarnado en cada producto incluye tanto el tiempo indirecto necesario para fabricar las máquinas, electricidad, materias primas, etc., como el tiempo directo tomado en fabricar propiamente el artículo. Este tiempo se conoce como coste laboral integrado y será una cantidad central en el cálculo económico socialista. 

Algoritmo de ajuste 

Existen diversas propuestas para tasar los productos disponibles en las tiendas para los trabajadores, aunque por simplicidad nos centraremos en la propuesta de horas de trabajo expuesta en Cockshott & Cottrell, 1993 y soslayada por Marx [5]. En general, los costes de los productos vendrán determinados por estos costes laborales integrados, es decir, las horas de trabajo requeridas para elaborar dicho producto. Para lograr un balance entre producción y consumo, cada trabajador recibirá como compensación las horas que haya trabajado (los servicios públicos se descuentan de la compensación vía impuestos).

Sin embargo, estos costes laborales serían tan solo una primera aproximación al precio. Nunca se podrá predecir exactamente cuántas unidades de sandía se van a comer en el verano siguiente, puesto que depende de decisiones individuales y factores externos imposibles de controlar. Es por ello que necesitamos un sistema de control de inventario que retroalimente [6] a los planificadores sobre qué están consumiendo los trabajadores y qué no [7]. Esta información se utilizará tanto en futuros planes como para corregir los precios de los productos. Por ejemplo, si solo se ha vendido un 80% del stock de sandías se podrá bajar el precio para que se consuman antes de que se desperdicien. De forma similar, si tenemos un producto con una alta demanda, se puede modificar el plan futuro para producir una mayor cantidad. 

Optimización 

Seguimos en nuestra oficina de planificación. Son las 12 del mediodía, y llega otro encargo. En el último plebiscito se decidió que se debería planificar cómo se aprovechan las tierras del campo de Murcia para cultivar sus dos productos estrella: los limones y la uva para hacer el vino de Jumilla. Es responsabilidad de la oficina diseñar un plan de producción de acuerdo con lo acordado. Disponemos de los fértiles valles de la vega del Segura, que producen un rendimiento de 25 toneladas de limones por hectárea o de 18 toneladas de uva por hectárea, y los terrenos más montañosos del Altiplano de Jumilla, cuyo rendimiento es de 11 toneladas de limones y 35 toneladas de uva por hectárea.

Para cultivar limoneros necesitamos un trabajador por hectárea y un tractor por cada 200 hectáreas de tierra cultivada, mientras que para cultivar viñedos se necesitan un trabajador y un tractor por cada 20 hectáreas. Se tienen que producir limones y uva en proporciones más o menos parecidas y se dispone de 1050 tractores y 10500 trabajadores ¿cuál sería la distribución de tierras de cultivo óptima?

Este tipo de problema se modela fácilmente mediante programación lineal. Resolviendo con el paquete SciPy [8], en 0.006 segundos es posible concluir que se deberían usar 9500 hectáreas del campo de la vega del Segura para cultivar limones y 5 para cultivar viñedos, mientras que se deberían usar la totalidad de los campos de jumilla para cultivar viñedos. Esto ha sido un resultado poco obvio a simple vista, ¿verdad? Bueno, es una de las ventajas de la planificación: una vez que existan estos flujos de información libre y no se oculten los secretos de la producción, no hace falta el thymos [9] de un empresario para que se pueda hacer un proyecto, sino que consciente y democráticamente se pueden elegir las soluciones óptimas a los problemas que afronta nuestra sociedad [10].

Aunque herramientas como estas nos ayuden a organizar la producción, no siempre se puede dar con la solución adecuada en todos los aspectos. En una democracia socialista, los principales problemas deberían resolverse mediante referéndum después de un debate prolongado y abierto. Por ejemplo, si se propone un plan hidroeléctrico que inundase un valle que es a la vez un lugar de belleza y un hábitat único, no tiene sentido buscar una fórmula económica que decida si el proyecto debe seguir adelante. El problema es político, no económico. Es una decisión que requiere un juicio deliberado de prioridades y no puede reducirse a una comparación de simples números (Cockshott & Cottrell, 1993). 

Conclusiones y perspectivas de futuro 

Esperamos que hayáis disfrutado de este breve recorrido. Como hemos visto, la planificación socialista no solo se lleva a cabo desde el lado técnico, haciendo uso del método de Leóntief y la optimización, sino también institucional, gracias a los diferentes organismos democráticos a través de los cuales los trabajadores pueden organizar la producción y distribución de los bienes que desean producir. Los planes económicos no son por tanto un sistema algocrático, manejado por una inteligencia artificial más allá de la consciencia de los seres humanos, sino una herramienta para llevar a cabo la planificación consciente y democrática de la economía. No somos engranajes en el plan y no somos peones en las maquinaciones de los complejos industriales, sino que toda la clase trabajadora es diseñadora, directora y ejecutora del plan.

Aun así, el programa cibersocialista sigue lejos de estar completo y la planificación económica es un área de creciente investigación. En el campo del análisis insumo-producto, Cockshott, Härdin y Zachariah están refinando el modelo original propuesto por Leóntief hace más de 70 años. Han introducido, por ejemplo, las tablas supply-use. En el campo de la programación lineal, concebido a mediados de la era soviética, se han realizado una serie de avances algorítmicos y tecnológicos que permiten la optimización de la economía de un país entero, por ejemplo la de Suecia (Hagberg & Zachariah, 2022). Además, Cockshott, Cottrell y Dapprich están preparando un nuevo libro sobre la planificación económica en la era del cambio climático, donde hacen uso del método insumo-producto y la programación lineal para atajar el problema ecológico. 

Los comunistas del siglo XXI deben prestar especial atención al desarrollo de estas ideas para explorar las posibilidades que tiene el socialismo con las condiciones tecnológicas actuales y tener un buen norte de hacia dónde dirigirnos. Mucho más temprano que tarde, deberemos hacer las cuentas si queremos responder a las cuestiones de qué queremos producir y cómo lo queremos producir."                          (CibCom , JACOBINLAT, 11/12/22)

14/12/22

Trabajar menos y vivir mejor... El dinero y el mercado no son instrumentos neutrales. Una economía verdaderamente democrática requiere que los reemplacemos. Aquí traemos una propuesta.

 "Se suele decir que el comunismo aspira a una sociedad sin clases, sin Estado y sin dinero. La primera consigna se entiende; la segunda, a pesar de muchas confusiones, también; pero la tercera no deja de generar confusión. ¿Qué significa abolir el dinero? ¿Queremos volver al trueque? ¿Nuestra propuesta consiste en una «economía de regalo»? A continuación responderemos a estas preguntas y más. En particular, veremos cómo los bonos laborales nos permiten eliminar el intercambio entre personas como mecanismo de distribución.

Resulta obvio que toda sociedad necesita producir para poder reproducirse a sí misma. Queremos alimentos, medicinas y otros tipos de bienes para poder tener vidas plenas y satisfactorias. Para ello hay que ampliar y reponer los instrumentos de trabajo. Ahora bien, en el modo de producción capitalista esto se lleva a cabo de una forma que no solo provoca injusticias y sufrimiento, sino que en última instancia puede llevarnos a la extinción como especie.

El modo de producción capitalista presenta como pilar fundamental la propiedad privada de los medios de producción. Como consecuencia, las diferentes unidades productivas han de ir al mercado, tanto para comprar a otras los insumos que requieren como para vender las mercancías que sus trabajadores con tales insumos e instrumentos de producción han producido. Por supuesto, el trabajador recibe una compensación salarial que, aunque significativamente menor que el valor que ha añadido, le permite ir al mercado a comprar bienes de consumo. Así, las esferas de producción y circulación quedan inexorablemente ligadas.

Aun así, a pesar de esta simbiosis manifiesta, resulta frecuente que la crítica hacia el capitalismo recaiga desproporcionadamente sobre la forma de propiedad que toman los medios de producción, dejando indemne así el proceso de circulación y apartando la reflexión de posibles alternativas al dinero como unidad contable. Un ejemplo notorio serían los defensores del socialismo de mercado como David Schweickart [18].

Este artículo pretende ser una crítica a la aceptación del mercado como entidad económica neutral, presentando una posible alternativa al dinero en forma de bonos laborales. Además, esbozaremos por qué a nuestro juicio las críticas habituales dirigidas hacia los bonos laborales carecen de fundamento.

El mercado desde la Econofísica

Una de las críticas más sólidas hacia la desigualdad estructural generada por el mercado, concurran a éste cooperativas socialistas o prominentes magnates, la presentan Dragulescu y Yakovenko (2000) en el marco de la Econofísica [17]. La Econofísica es una disciplina que propone implementar conceptos propios de la física, principalmente procedentes de la física estadística, en el estudio de fenómenos económicos. Utilizar estas técnicas resulta factible debido a que en el mercado concurren de forma descoordinada cientos de miles de compradores y vendedores, volviéndolo complejo y caótico. La Econofísica busca establecer analogías entre las acciones de los agentes económicos y  el movimiento también caótico de las partículas de un gas [2] [13-15].

El modelo de Dragulescu y Yakovenko parte de una economía sencilla con un número de personas y dinero constante, donde cada actor se caracteriza por el dinero que posee. Considerando que nuestro objetivo es evaluar la tendencia económica que impone el mercado, suponemos que cada persona parte con el mismo dinero inicial. De esta manera se descartan efectos achacables a desigualdades de origen que puedan enmascarar la acción del mercado.

En resumen, la forma en la cual se propone que van a interactuar estos agentes económicos es la siguiente: aleatoriamente se toman dos actores (un comprador y un vendedor), se elige al azar un precio p para la transacción y se reduce el dinero que tiene el comprador en p unidades, recibiéndolo el vendedor. Mutatis mutandis, esta interacción es análoga a la de un gas ideal cuyas partículas intercambian energía en lugar de dinero.

En la práctica, se comprueba que las simulaciones siempre convergen a una distribución del dinero tremendamente desigual donde la mayoría de personas acaban con muy poco dinero y una pequeña minoría acapara el resto. En concreto, la distribución de dinero a la que evoluciona el sistema es una distribución exponencial decreciente, conocida en física como distribución de Boltzmann. Cuando el sistema alcanza la distribución exponencial, se dice que el sistema ha llegado al equilibrio estadístico [2].

Pero, ¿qué es esto del equilibrio estadístico? Al objeto de aclararlo, comenzamos primero recordando el concepto de equilibrio mecánico. En física, decimos que hay equilibrio mecánico cuando «la suma de fuerzas y momentos, sobre cada partícula del sistema es cero». Un ejemplo paradigmático de esto es una balanza de platillos con pesas: una vez se llega al equilibrio, a no ser que una fuerza externa actúe sobre la balanza, el sistema (y cada uno de sus constituyentes) permanece estático. Metafóricamente hablando, la sociedad del Antiguo Régimen podría asemejarse a un castillo de naipes en equilibrio mecánico: una sociedad donde encontramos estamentos bien diferenciados (nobleza, clero y Tercer Estado), a los que se pertenecía por nacimiento y donde no era posible la movilidad social sin provocar un desplome de todo el sistema, es decir, una salida del equilibrio que diera lugar a otra estructura diferente tras un periodo de evolución.

Por el contrario, el equilibrio estadístico propio del mercado es dinámico. Nótese que el equilibrio estadístico de mercado sí permite que los actores del modelo modifiquen su posición en la estructura social. Esto es así ya que las reglas impuestas permiten a los individuos seguir realizando intercambios libremente, variando su poder adquisitivo. ¿Por qué hablamos de equilibrio entonces? La razón es que, aunque los elementos individuales cambian continuamente de posición, la distribución desigual del dinero que hemos descrito es estable. De esta manera, la movilidad social de las partes disfraza una verdad descarnada sobre el todo: la desigualdad económica es una condición intrínseca del mercado. El mercado se vislumbra así como un sistema de asignación extremadamente flexible, para el cual las crisis económicas no son necesariamente preludios de su abolición sino reajustes de componentes individuales prescindibles que, lejos de comprometer su estructura, crean las condiciones propicias para un nuevo crecimiento [9].

Las deficiencias del mercado no serían debidas al papel coercitivo del Estado o a una avería del ascensor social, sino que aparecen en su versión más abstracta. Aún así, no hay que perder de vista que su aplicación real superpone también desigualdades de otra índole. Por ejemplo, la desigualdad evidente de que unos individuos acaban disponiendo de la propiedad de medios de producción mientras que otros solo pueden vender su fuerza de trabajo. Sin ánimo de profundizar en ello en este artículo, cabe mencionar la existencia de modelos más complejos donde se diferencia el papel de capitalistas, trabajadores y desempleados, obteniéndose curvas de desigualdad ligeramente diferentes en la cola final pero que ratifican nuestra posición crítica con el mercado [2][8] [14].

Dicho lo cual, creemos que un sistema socialista de mercado también tenderá inevitablemente a reproducir los problemas endémicos del capitalismo. A pesar de haberse transferido la propiedad de la empresa a los trabajadores, si la asignación de recursos entre unidades productivas sigue siendo mercantil, nada nos impide pensar que la distribución entre actores (interpretados ahora como cooperativas de distinta índole) sigan la necesidad capitalista de valorización. La producción en el socialismo de mercado, aunque cooperativa, se sigue refrendando en el mercado. Por tanto, aquellas cooperativas que se alejen de los tiempos socialmente necesarios en su producción serán desplazadas de la economía provocando los mismos desajustes que el capitalismo (desempleo, desigualdades salariales, sobreproducción, crisis recurrentes, etc.).

Ahora bien, por prudencia y realismo político, aceptamos el hecho de que el socialismo de mercado pueda revertir en ciertas ventajas para los trabajadores frente al capitalismo liberal o, incluso, ser una vía de transición hacia formas más eficientes. Pese a esto no podemos dejar de advertir que el mercado es un elemento difícilmente reconducible en la proyección hacia etapas socialistas superiores [7].

El porqué de los bonos laborales

Es evidente que cualquier unidad productiva en una economía debe disponer de la información sobre los bienes y personas que necesita para producir una cantidad deseada de productos. Lo que no parece tan claro es el motivo por el que se hace necesario reducir todos los bienes reproducibles de una economía a alguna unidad común (unidad contable universal). En una economía capitalista este papel lo realiza el dinero. Nosotros ambicionamos una sociedad capaz de ejercer un control consciente sobre la economía en lugar de que sea la economía la que mediante los ciegos y automáticos mecanismos del mercado lo ejerza sobre la sociedad. Consecuentemente, debemos analizar dos cuestiones. En primer lugar: ¿es realmente necesario fuera de una economía de mercado una unidad contable universal, sea ésta monetaria o no?  Y segundo, en caso afirmativo, ¿cuál debería de ser esa unidad contable universal? ¿Sería deseable —y posible— deshacerse del dinero?

Centrémonos en la primera cuestión. En economías modernas, donde las diferentes unidades productivas necesitan insumos fabricados por otras y existe un excedente suficiente para reproducir a escala extendida la economía, es necesario que exista cierta coordinación entre las diferentes ramas productivas y mecanismos de retroalimentación entre las diferentes unidades y el resto de la sociedad. ¿Cómo podríamos comparar de manera objetiva la productividad de diferentes ramas industriales, por ejemplo, de una azucarera y una fábrica de diamantes? Al ser el azúcar y el diamante objetos heterogéneos y de necesitar incluso tipos de bienes diferentes parecería una cuestión fútil, salvo que consideremos una «sustancia» común a todos los tipos de bienes reproducibles, por ejemplo, la cantidad de petróleo directo o indirecto que cada tipo de bien necesita para ser producido o las emisiones de CO2 acumuladas que cada tipo de bien requiere para su producción. En el primer caso, al medir los costes reales de todos los bienes de una economía por su consumo de petróleo, estaríamos considerando el petróleo como bien ulterior. Así, maximizar la productividad sería minimizar la cantidad de petróleo por unidad de producto. Sin embargo, no necesariamente habríamos de excluir del plan otras restricciones reales sobre la economía. En el segundo caso, al medir los costes reales de cada tipo bien por su «huella ecológica», de forma análoga, productividad sería sinónimo de reducción de emisiones de CO2 por unidad de producto.

Adicionalmente, los trabajadores, niños y jubilados deben consumir parte del producto social. Por tanto, es necesario proporcionar una «cesta de la compra» a cada núcleo familiar o individuo. Por estas razones y otras, es virtualmente imposible coordinar una economía moderna sin «homogeneizar» los diferentes tipos de productos, es decir, tasarlos en alguna unidad común a todos ellos.

¿Cuál creemos que debería de ser esa unidad? El trabajo, medido en horas (por falta de espacio no vamos a poder argumentar por qué necesariamente ha de ser éste; el lector interesado en algunos de los argumentos y temas relaciones puede consultar [3-7], [13] y [16]). El trabajo es un recurso finito muy valioso en una economía, cuya asignación a las diferentes ramas y tareas es fundamental y que, además, deseamos minimizar, por ser los tiempos de trabajo algo indeseable para la mayoría mientras el tiempo libre, en contraposición,  algo deseable para todos. Tasando todos los bienes reproducibles con las horas de trabajo social directo e indirecto necesario para su producción obtenemos una unidad contable universal. En [1] explicamos dos formas precisas de hacerlo.

Ahora el producto social pasa a ser una cierta cantidad de horas de trabajo cristalizado en un conglomerado de objetos y servicios que permitan satisfacer alguna necesidad. Es obvio que una porción relativamente grande de los trabajadores no puede persistentemente consumir más horas de trabajo de las que proporciona a ese producto social y que no todo el producto social puede ser consumido por los trabajadores, pues tiene que haber una caja común para hacer frente a catástrofes imprevistas, expandir y mantener los medios de producción, proporcionar servicios públicos como la educación, sanidad y transporte, proveer para los que no puedan trabajar, etc. Es necesario también que haya mecanismos de retroalimentación entre la producción y el consumo. Adicionalmente, consideramos fundamental, no solo por interés de la mayoría sino también para eliminar la fuente de los principales conflictos sociales, que el tiempo de todas las personas se considere igual de importante y que todos las personas con posibilidad de trabajar aporten al fondo común la misma cantidad de trabajo.

 Tal como Marx proponía en Crítica del Programa de Gotha [11]: «la jornada social de trabajo se compone de la suma de las horas de trabajo individual; el tiempo individual de trabajo de cada productor por separado es la parte de la jornada social de trabajo que él aporta, su participación en ella». La sociedad le entrega un bono consignando que ha rendido tal o cual cantidad de trabajo (después de descontar lo que ha trabajado para el fondo común), y con este bono saca de los depósitos sociales de medios de consumo la parte equivalente a la cantidad de trabajo que rindió. La misma cantidad de trabajo que ha dado a la sociedad bajo una forma, la recibe de esta bajo otra distinta y, por tanto, como apunta El Capital [12], «El certificado de trabajo representa solamente la parte individual del productor en el trabajo colectivo y su derecho individual a la parte del producto colectivo destinada al consumo».

Esta propuesta consistente con la elección de la unidad contable solventa de un plumazo muchas dificultades; permite ajustar los objetivos de producción en tiempo real sin necesidad de «adivinar» los patrones de consumo de todos los individuos de forma exacta y restringe el consumo de las personas de manera compatible con las metas democráticamente fijadas, priorizando la satisfacción de las necesidades consideradas básicas de todos los integrantes de la sociedad. Además, es un sistema deseable para bienes considerados lujosos pues quien quiera consumirlos deberá aportar al producto colectivo un equivalente de su propio tiempo de trabajo.

A medida que el fondo común va creciendo en relación al producto social, la importancia de los bonos de trabajo en la distribución del producto colectivo va decreciendo. Solo con un fondo común grande podemos hacer realidad la famosa consigna comunista «a cada cual según sus necesidades».

Objeciones habituales a los bonos

En ocasiones se critica los bonos laborales equiparándolos al dinero, sosteniendo que el abolir éste mientras se reintroducen «por la puerta trasera» los bonos laborales sería un simple cambio de nombre. Esta crítica es repetida algunas veces tanto desde la izquierda como desde la derecha (estos última aprovechando para concluir que el dinero es irremplazable).

La crítica liberal sostiene que no existe alternativa al capitalismo mientras que la de algunos comunistas se basa en equiparar el comunismo con la implantación mágica del Cielo en la Tierra, indescriptible e inimaginable. Consecuentemente, sería fútil tratar de describir el funcionamiento de un modo de producción capaz de sustituir los mecanismos del mercado y en donde la sociedad controle el metabolismo social. Ambas críticas coinciden en la aceptación de que no hay propuesta inteligible que pueda superar el estado actual de las cosas.

 Para nosotros, en contraposición, los bonos laborales forman parte de una propuesta más amplia que trata de hacer factible la superación del capitalismo. Para contestar adecuadamente a la crítica liberal se debería demostrar la viabilidad y superioridad de nuestro modelo. Para contestar a los segundos deberíamos mostrar, adicionalmente, que nuestro sistema elimina de facto la explotación del hombre por el hombre, la producción de mercancías y además es capaz de hacer del emblema «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades» una realidad. Esa réplica sería mucho más ambiciosa de lo que este artículo pretende. Nos contentamos, en lo que resta, con confrontar la crítica de que los bonos laborales son un equivalente universal que funciona como compensación salarial.

Este escepticismo se basa en que el trabajador «recibe» unos tickets (bonos laborales) que canjea por ciertos bienes en la tienda pública, cualidad que los hace superficial y sospechosamente parecidos a un salario. Los certificados de trabajo serían, por tanto, mero «dinero laboral» que se cobra por el trabajo realizado. Empecemos desmintiendo que los bonos laborales son un equivalente universal. Estos, al contrario del «dinero laboral» que proponía Proudhon, presuponen que todos los medios de producción pertenecen a la sociedad en su conjunto, es decir, que no existe propiedad privada de los medios de producción. No hay sujetos independientes que puedan intercambiar bienes entre ellos ni comprar fuerza de trabajo.

Los certificados de trabajo, como hemos comentado previamente, no pueden circular: están asociados a personas concretas, solo se obtienen trabajando y se reciben en proporción a las horas de trabajo aportadas al producto social (salvo deducciones para el fondo común). Tras adquirir bienes de consumo con un «trabajo cristalizado» equivalente al trabajo aportado, los bonos de trabajo se «cancelan». Así, los bonos laborales funcionarían de forma similar a los billetes de avión, que son una asignación de asientos a personas con nombres y apellidos para un viaje concreto. Por tanto, tenemos que los certificados de trabajo solo pueden adquirir bienes de consumo (y no cualquier bien de consumo: solo aquellos que el plan social acuerda a priori producir y poner a disposición de los ciudadanos vía certificados de trabajo).

 Ahora procedemos a desmentir que los bonos laborales son una compensación salarial. Para ello hay que entender qué es una compensación salarial en primer lugar. Por mucho que los liberales se obcequen en lo contrario, un salario no es un pago por el trabajo o servicio realizado. Es la remuneración por el alquiler de la habilidad para trabajar por un número determinado de horas. Los salarios son, por tanto, un cobro por la venta de una mercancía especial, la fuerza de trabajo, y, consecuentemente, están sujetos a las leyes de la oferta y la demanda.

Dos personas pueden (ocurre persistentemente) recibir salarios muy diferentes por un mismo número de horas de trabajo, incluso teniendo entrenamientos parecidos y estando ocupados en el mismo sector. Además, cuando existen salarios y unas condiciones tecnológicas determinadas, el comprador de fuerza de trabajo es capaz de obtener más dinero del que ha gastado en insumos, instrumentos y fuerza de trabajo, haciéndose así de un beneficio que le permite repetir el proceso, incluso de forma ampliada, y/o consumir bienes. En nuestra propuesta, en contraste, todos los integrantes de la sociedad reciben el mismo número de tickets por el mismo número de horas de trabajo y obtienen de vuelta, bajo una forma distinta, lo que han aportado a la sociedad (salvo lo destinado al fondo común). Así, los trabajadores en su conjunto adquieren todos los bienes de consumo que han producido, salvo los destinados a enfermos, niños y jubilados.

En nuestra propuesta entonces la distribución de riqueza no sería una distribución de Boltzmann (tal como hemos comentado previamente, la distribución de riqueza de una sociedad mercantil sin producción de nuevos bienes). Existiría, no obstante, una cierta desigualdad menguante derivada de necesidades objetivas diferentes —que se habrían de corregir usando el fondo común— y de la preferencia por trabajar más para poder consumir más.

Es fundamental garantizar que la planificación de la economía sea democrática y que nuestro trabajo sea canalizado de forma racional y consciente, decidiendo colectivamente en qué se emplea y en qué proporciones; en otras palabras, que sea directamente social. Para ello resultan cruciales las propuestas de participación democrática del cibercomunismo, como las de Nicolas D. Villareal [8]. Cuando la sociedad tome las riendas de su destino y la pluralidad de voces de sus componentes hablen, dialoguen y decidan como un todo, sea con bonos laborales o sin ellos, habrá abolido la explotación del hombre por el hombre.

 [1] Cibcom. Matemáticas para planificar una economía (2022)."        (   , JACOBINLAT, 07/12/22)

2/8/21

Mazzucato: tenemos que conformar, cocrear y coproducir el mercado. Para hacerlo necesitamos capacidad dentro de la administración pública, cosa que no tenemos. Italia, España, Portugal, y muchos otros países, han subcontratado el 'cerebro' de los gobiernos a consultoras como McKinsey, que han orientado el destino de los fondos del programa de recuperación. El objetivo es sacar el plástico del océano, convertir las ciudades en neutras en carbono... para esto es necesita inversión pública y privada... y China se aleja de la estrategia de mano de obra barata en pro de la innovación mucho más rápidamente que EEUU y Europa

 "Mariana Mazzucato es uno de los nombres más mencionados últimamente en el ámbito económico, y tiene su lógica. En un instante en que incluso los ámbitos más ortodoxos han percibido la necesidad de cambios, y constatada, al menos en el plano intelectual, que la salida de esta crisis no puede ser como la anterior, se han buscado nuevas fórmulas para afrontar tiempos difíciles.

 Las ideas de Mazzucato han tenido su instante de auge, y han sido examinadas y valoradas (aunque sin demasiada convicción) por buena parte de los gobernantes occidentales, Pedro Sánchez incluido. El último libro de Mazzucato 'Misión Economía' (Ed. Taurus), una suerte de resumen para todos los públicos de sus tesis, ha contribuido a lanzar el debate sobre el sentido y la dirección de las acciones gubernamentales en la era pospandemia.

La perspectiva de Mazzucato, que aboga decididamente por la colaboración público-privada, toma un hecho histórico, la actividad enorme que se puso en marcha para conseguir que EEUU llegara a la Luna, ("un descomunal ejercicio de resolución de problemas"), como espejo en el que estos tiempos deberían mirarse. 

 Fue una iniciativa en la que el sector público tomó el mando, y de la que formaron parte empresas pequeñas, medianas y grandes en múltiples ámbitos. El Gobierno necesitó de la colaboración en muchos sectores diferentes, desde la informática, hasta la nutrición o la creación de nuevos materiales. El gobierno estadounidense utilizó grandes cantidades de dinero para conseguir ese propósito, pero lo desarrolló mediante contratos breves, claros y muy ambiciosos.

Si el sector privado no cumplía lo estipulado, la NASA no pagaba hasta que la solución fuera la correcta. Si tenían éxito, esas empresas crecían, ya que contaban con nuevos mercados que les abrían las compras del Gobierno, y ampliaban su campo de operaciones. Ambos sectores salieron beneficiados, y el objetivo último, la llegada a la Luna, se cumplió con enorme éxito. Esa experiencia, insiste Mazzucato, que implica colaboración público-privada bajo la dirección de los gobiernos, es la que deberíamos aplicar ahora, ya que sería extremadamente útil en un momento de cambio estructural con los riesgos generados por el cambio climático de fondo. 

 PREGUNTA. El papel del Estado es una de las grandes objeciones que se ponen a su proyecto. Hay mucha animadversión respecto del liderazgo de los Estados, vale decir, de los liderazgos políticos. En las 'misiones' que propone, este papel central del Estado es crucial. ¿Por qué es temido por muchas personas, y muchas de ellas en puestos de decisión económica y política?

RESPUESTA. Como sabes, hay mucha ideología en el tema del Estado, y yo he tratado de ir más allá de ella. El Estado siempre ha sido importante, pero cuando no tenemos una teoría clara de lo que debería hacer, el Estado se vuelve lento y aburrido, y adopta un papel equivocado. En Italia lo vemos claramente, porque no hay una relación dinámica entre Estado y empresas: hay una relación muy potente, pero no es el tipo de Estado que defiendo. 

Yo utilizo el programa Apolo como ejemplo. Las empresas invirtieron mucho para llegar a la Luna, en industria, nutrición, software, etc., pero fue el Estado el que dirigió el proceso, ya que tenía una misión y un plan. Y para hacerlo tuvo que rediseñar su organización, y hacerlo todo más dinámico y más horizontal, con más comunicación entre departamentos, con una nueva política de compras y utilizando los créditos para galvanizar y catalizar la inversión del sector privado de modo que fueran unos socios adecuados.

Esto ahora no lo hacemos, porque tenemos subsidios, garantías y demás, pero sin ningún objetivo claro acerca de lo que se necesita hacer. Las plataformas digitales —toda la tecnología en nuestros teléfonos— han sido financiadas por Estados, pero no han gobernado ese proceso para que respondiera a una finalidad y ahora nos encontramos ante la tragedia de que las compañías tecnológicas abusan de su poder. No era inevitable, podíamos haber gobernado a ese sector.

 Y no estoy hablando de que el Estado lo haga todo, pero sí de que debemos tener una visión acerca del tipo de mercados que necesitamos: en lugar de, como dicen los economistas en sus teorías, que el Estado arregle los problemas del mercado; lo que digo es que tenemos que conformar, cocrear y coproducir el mercado. Y para hacerlo necesitamos capacidad dentro de la administración pública, cosa que no tenemos.

 Hemos diezmado su capacidad, hemos subcontratado el cerebro de nuestras instituciones. Y la NASA, con el programa Apolo, era consciente de cómo debían hacerse las cosas. Se trataba de conformar un partenariado, de transformar esa relación para que se asumieran riesgos conjuntamente, pero con objetivos comunes. 

Hoy el objetivo no es la Luna, sino sacar el plástico del océano, resolver el problema de la división digital que tenemos en todas las partes del mundo, convertir las ciudades en neutras en carbono, y todo esto necesita inversión pública y privada. Mi tesis es que, a causa de la ideología, ya no sabemos cómo trabajar juntos, que es a lo que te referías en tu pregunta.

P. Su propuesta de las 'misiones' suelen enfocarse en la economía verde. Pero puestos a cambiar de rumbo, y entendiendo la importancia del cambio climático, ¿por qué no hacer la misma operación con la economía occidental en su totalidad? ¿Por qué no un 'New Deal', y no solo un 'Green Deal'?

R. En el libro no hablo solo de 'green', también lo hago de salud, de plataformas digitales, de división digital. Durante el confinamiento, hemos visto que muchos niños del mundo no han tenido acceso a las oportunidades de lo digital. Y de todos los objetivos de desarrollo sostenible, de los 17, no hay ni uno que pueda ser inspirador a la hora de galvanizar las inversiones entre lo público y lo privado. El problema es que muchas empresas prefieren simplemente recoger garantías, rescates y fondos y no devolver nada.

En muchas partes del mundo no hay suficiente inversión en negocios. Un amigo mío dice que Brasil tiene capitalismo sin capitalistas y así suele ocurrir en muchos lugares del mundo. Existe esta inercia en el sector privado, pero también hay muchas empresas innovadoras y lo que subrayo es que hay una oportunidad de innovación, de inversión, de cambio estructural que permita perseguir objetivos que interesan a toda la sociedad. No son solo verdes, también incluyen un sistema sanitario más fuerte y sólido o la redefinición de lo que significa vivir de una manera más sostenible y saludable, con nuevas maneras de distribuir y de producir.

 Para alcanzar ese objetivo, la relación entre el Estado y las empresas debe tener una condicionalidad vinculada con la innovación para ayudar a resolver problemas, pero sin que el Estado microgestione el proceso, porque si no dañaría a la innovación. Tenemos que estar abiertos al cómo, pero con una idea clara de hacia dónde vamos. Fijémonos en los fondos de recuperación del covid: se ha dado mucho dinero a muchas empresas sin ningún propósito, sin ninguna dirección, y eso es una estupidez, una oportunidad perdida.

Respecto del 'Green Deal', el 'Green' ya sabemos cómo va, lo que no sabemos es cómo va el 'Deal'. Necesitamos una nueva manera de crear un contrato social, un acuerdo que realmente fomente asociaciones que sean dinámicas y no parasitarias. Ahora tenemos un partenariado entre lo público y lo privado que es muy complicado y parasitario, y no es por culpa de las empresas, sino por culpa del Estado, que ha perdido la capacidad de gobernar de una manera dinámica.

P. Gobernar de forma dinámica es difícil cuando existen empresas y sectores empresariales que cuentan con mayor poder que muchos Estados. ¿Cómo se logra dirigir a ese tipo de firmas, en general reacias a aceptar el papel de los gobiernos, hacia los propósitos marcados por los Estados? Es un problema que podemos tener con los fondos de recuperación, y lo hemos visto con las compras de bonos o con los subsidios en Occidente, que finalmente se han convertido en mero parasitismo de los fondos públicos.

R. Te daré algunos ejemplos. En Francia, el ministerio de finanzas le dijo a Air France y a Renault que para recibir el dinero de la recuperación tenían que reducir las emisiones de carbono en 5 años. En Dinamarca o en Austria, les dijeron que tenían que comprometerse, para recibir fondos, a dejar de utilizar paraísos fiscales; si quieres dinero público tienes que someterte a estas condiciones. Elizabeth Warren, antes de Biden, dijo que para recibir parte de los fondos las empresas estaban obligadas a no utilizarlos para recomprar acciones. La clave es reinvertir en la economía y si las empresas no quieren hacerlo, no hay ningún problema, pero no pueden recibir dinero público; si no quieres, pues hasta luego, Lucas.

 No obligas a las empresas a nada, solo impones tus condiciones. Si nos fijamos en el sector de la salud, es increíble, hay tanto dinero gastado por los gobiernos, en EEUU 40.000 millones al año, que se utilizan en innovación para la salud, en fármacos, vacunas, terapias, etc., y, sin embargo, los precios de los fármacos no reflejan esto. 

Por lo tanto, es un pacto estúpido, porque el Estado está invirtiendo dinero, pero no lo gobierna en beneficio de la gente, de forma que en EEUU muchos de sus ciudadanos no se pueden permitir una cobertura sanitaria. En Europa, el Estado paga dos o tres veces por la misma cosa, porque las empresas farmacéuticas se benefician de la financiación, ponen el dinero donde quieren y luego encima el Estado subsidia. Y eso es estúpido, porque el Estado no debería estar financiando dos o tres veces la misma cosa.

Para cambiar esta dinámica se precisa confianza, capacidad y mentalidad de inversión. A menudo digo que el Estado debería ser como un emprendedor. No estamos hablando de comunismo, sino de que si queremos un crecimiento basado en la innovación, y que la innovación se plasme en la energía, en la salud, en internet, no deberíamos simplemente inundar el sistema con inversión, sino que hay que gobernar ese sistema para que en los países democráticos las personas se beneficien de lo que se hace con sus impuestos.

 Por eso, creo que si las empresas tuvieran una asociación con un Estado más fiable, todo funcionaría mucho mejor; sin embargo, hay Estados que prefieren que su Gobierno reparta dinero estúpidamente. Hay empresas que sí se preocupan del largo plazo, y por tanto el Estado debería ser mucho más selectivo a la hora de decidir con qué empresas quiere trabajar, como aquellas que se preocupan por el crecimiento inclusivo y sostenible. 

Evidentemente, en esa asociación las empresas deben tener beneficios, porque no hablamos de caridad, pero deben ser justos. La NASA tenía una cláusula en sus acuerdos según la cual los beneficios no podían ser excesivos. Es importante que se compartan riesgos y recompensas, evitando que esto se convierta en un casino. Y si ves a Elon Musk en los últimos 15 días, esto parece un casino.

P. Hay mucho dinero destinado a la inversión, el problema es que casi todo se dedica a una inversión financiera y especulativa. En la pandemia ha vuelto a ocurrido, que la liquidez de los bancos centrales ha tenido un destino poco relacionado con la economía productiva. ¿El gran cambio consistiría en devolver ese dinero a la esfera real, a la productiva? ¿Cómo se convence a los poseedores de grandes cantidades de capital que no quieren saber nada de la economía real?

R. Exactamente, este es el problema. En mi libro anterior, 'El valor de todo', analizaba estos dos problemas. El primero consiste en que la mayor parte de la financiación y de los beneficiosos regresa a las finanzas, a lo que en inglés se denomina FIRE (Finance, Insurance, Real Estate), y esto es lo que provocó la burbuja de la vivienda, porque el dinero no se pone en la economía real, sino en otras partes del sector financiero.

El otro problema es que la economía está financiarizada, y los dos problemas podrían ser resueltos si las empresas no pusieran solo dinero en la parte especulativa, sino en la capacidad productiva, en la formación de trabajadores, en nuevos materiales, en nuevos tipos de innovación. Pero eso exige una dirección para esa inversión, una misión, un propósito. 

Si tuviéramos unos objetivos globales y nos asegurásemos de que tanto las subvenciones y ayudas como las cantidades que el Banco Europeo y otros ponen en la economía se destinan a invertir en áreas claras, para que sepamos lo que sucede y para qué, sería una manera de garantizar la economía que queremos. Pero la financiarización de la economía que mencionabas se debe al hecho de que los gobiernos no son ambiciosos con sus herramientas.

 P. Uno de los mayores problemas que nos podemos encontrar con los fondos de recuperación, y en España será muy importante, es que si no se utilizan de un modo inteligente generarán alivio momentáneo, pero ningún cambio a medio plazo. Si no se emplean en fomentar una actividad económica continuada, si no se crean empresas y puestos de trabajo, supondrán no solo una oportunidad desaprovechada, sino un problema añadido, porque los fondos son deuda que debe devolverse.

R. Ahora mismo tenemos un nivel muy alto de deuda privada, parecido al de antes de la crisis financiera, creada por la deuda privada, no pública. Si inundas el sistema de préstamos, tendrás más deuda. Si no han aumentado los salarios en 30 años, no deberías asumir una hipoteca, sería más inteligente disponer de vivienda social. 

Alemania tiene un programa de alquiler social muy importante para que la gente no tenga la obsesión de comprar casa; en Reino Unido hay programas para que el Gobierno te ayude a comprar una vivienda. Pero también es cierto que, en la anterior crisis, la mayor parte del dinero dado por el gobierno y por los bancos centrales volvieron a los bancos y al sector financiero y por eso tenemos ahora una economía muy financiarizada.

Si no garantizamos que los instrumentos que utilizamos no aumentan simplemente la deuda en las empresas o en las personas, si no van a parar a la economía real, si no reducen la división digital, si no crean otro tipo de infraestructuras, estamos perdiendo una oportunidad. Tenemos que estar seguros de que no solo contamos con proyectos aislados de un ministro de aquí o de allá, sino con proyectos que realmente duren, que formen parte de un cambio sistémico. No se trata de inundar el sistema con proyectos aleatorios, sino de que la suma del sistema sea mayor que la de sus partes. 

 P. Si comparamos las distintas reacciones a la pandemia que se han experimentado en los países occidentales, parece claro que EEUU ha sido mucho más ambicioso que la Unión Europea. Veremos en qué se concretan los planes de Biden, pero desde luego parecen mucho más contundentes y mejor orientados.

 R. Hice un trabajo para la Comisión Europa en el que intentaba ayudar, con esta perspectiva de la 'misión', al programa Horizon de crecimiento sostenible, pero al final no se concretó en nada. Mi idea es que esta orientación hacia la misión tiene que estar en la parte superior de la acción. El 'Green Deal' no va a funcionar si no está orientado hacia una misión, hacia la solución de problemas estructurales en la economía real.

 Como decía antes, Italia, España, Portugal, y muchos otros países, han subcontratado el 'cerebro' de los gobiernos a consultoras como McKinsey, que han orientado el destino de los fondos del programa de recuperación. Esto es una locura porque estamos reduciendo el talento de un país a una empresa de consultoría. Y no tiene sentido ser ambicioso si no sabes cómo implementar los planes.

En EEUU sucede lo mismo, también han subcontratado mucha capacidad gubernamental. Pero ahora, con Biden, hay una infraestructura gubernamental potente, un plan tipo pacto verde y una parte ya ha pasado por el Congreso, pero si no aterriza en estructuras que no puedan ser absorbidas por las finanzas, solo estaremos hablando de más finanzas. 

Alexandria Ocasio-Cortez decía que teníamos que invertir en personas, en talento y en capital humano que realmente puedan dar respuesta a este pacto, porque si no, tienes el sistema lleno de carreteras y de puentes, pero se olvida que la parte verde necesita otro tipo de trabajador profesional, con talento y aptitudes específicas. Vamos a ver si el plan Biden incluye todo esto, porque, en otro caso, no se va a crear una transformación real. Pero sí, sus planes son mucho más ambiciosos de los que se tienen aquí.

 P. Una de las grandes fortalezas chinas ha sido precisamente su planificación, que ha sabido operar a largo plazo, con objetivos claros y con una evidente dirección estatal. Esta planificación, que una vez fue un distintivo occidental, está ahora completamente ausente. ¿Hasta cuándo podemos seguir compitiendo con China sin incluir la planificación, el medio plazo y los objetivos claros que impulsen otro tipo de futuro? ¿No parte China con mucha ventaja?

R. Sí, Europa como región compite con China y con EEUU, pero quiero subrayar una cosa muy positiva, y es que la recuperación europea no ha sido resuelta como en la crisis económica anterior, con políticas de austeridad, y creo que España redujo en un 40% la investigación y el desarrollo porque toda la obsesión era la reducción del déficit.

 Esa fue una política estúpida que, en realidad, aumentó la deuda pública porque no fomentaba el crecimiento a largo plazo, y por eso el PIB se redujo. Esta vez las condiciones para la recuperación tienen que ver con el clima y la digitalización, y no con la austeridad, y se trata de un cambio muy positivo. Dicho esto, el plan es mucho menos ambicioso que el estadounidense, como ya ocurrió en la crisis anterior, de la que EEUU salió mucho más reforzado.

China, desde mucho antes del covid, ha estado invirtiendo en torno a este 'Green Deal' unos dos billones, más que la UE y que EEUU, y ha cambiado completamente el sistema de fabricación y la base manufacturera con un plan a largo plazo. Así que quizá el covid pueda servir para que los gobiernos europeos se den cuenta de esto, y el hecho de que esta inyección masiva de liquidez esté vinculada a unos objetivos básicos, creo yo, es el resultado de ver lo que están haciendo China y EEUU. 

Vuelvo al tema: si la capacidad y el talento del sector público no se centran en esto, no funcionará. China tiene un servicio mucho más meritocrático, puedes ascender más que en otros sistemas gracias a la meritocracia. En el Reino Unido si no has ido a Oxford y Cambridge no puedes entrar en esa vía rápida de ascenso del funcionariado. Tenemos esa manera de pensar un poco antigua, y hay más ideología que en China.

 Es curioso ver cómo China se aleja de la estrategia de mano de obra barata en pro de la innovación mucho más rápidamente que EEUU y Europa. Y con la innovación, el que hace la primera jugada va más rápido, y el que llega tarde se queda atrás. Los EEUU siguen siendo los mejores en la tecnología de la comunicación porque fueron los primeros, y algo similar le pasó a Alemania con la máquina herramienta. Y con la revolución verde, el hecho de que China empezara a hacer inversiones mucho antes les ha dado mucha ventaja, y vemos lo resultados, van adelantados. 

Mientras, Europa se está preguntando a ver qué hace. También es cierto que en Europa hay países más ambiciosos: Dinamarca es el mayor proveedor de servicios digitales verdes de alta tecnología a China, y Dinamarca es un país pequeño y eso fue por un montón de empresas jóvenes que se lanzaron e invirtieron en nuevos proyectos. Países como España o como Italia, y España está mejor que Italia, por cierto, sin una visión de lo que se desea hacer, no van a poder desarrollar la capacidad del sector empresarial, como por ejemplo en los servicios digitales o de alta tecnología."                   

 (Entrevista a Mariana Mazzucato, Esteban Hernández, El Confidencial, 01/08/21)

4/10/18

¿Es Silicon Valley producto del libre mercado o de la mano activa y visible del Estado? El Estado ha intervenido en prácticamente todos los aspectos relacionados con Silicon Valley...

"Mariana Mazzucato es catedrática de Economía de innovación y valor público en la University College London.  (...)

Todos conocemos el relato típico: nuestras economías serían más dinámicas si el Estado se quitara de en medio. La economista Mariana Mazzucato sostiene lo contrario: la financiación pública de la investigación en las etapas iniciales ha permitido en gran parte el desarrollo de los sectores tecnológico, energético y farmacéutico. 

Sin embargo, el Estado se muestra muy poco eficaz a la hora de llevarse los laureles y, lo que es más grave, a la hora de rentabilizar su inversión. Sin embargo, ¿qué habría sido de Uber sin la financiación pública para el desarrollo del GPS? ¿Qué sería de Google si no se hubiera producido la financiación pública para el desarrollo de internet?

¿Qué diría ante afirmaciones como que el libre mercado es casi siempre bueno y el Estado casi siempre malo?

 Lo primero que preguntaría es qué entendemos por libre mercado. (...)

Lo primero que preguntaría es qué entendemos por libre mercado. Es curioso que Adam Smith, uno de los primeros economistas de finales del siglo XVIII, definiera el “libre mercado” no como algo libre de la intervención del Estado, sino libre de prácticas rentistas y de las actividades centradas en la extracción de valor. 

A aquellas personas que afirman que necesitamos menos intervención del Estado para generar más innovación y dinamismo les diría que se fijaran en Silicon Valley. ¿Es producto del libre mercado o de la mano activa y visible del Estado? Lo que yo defiendo es que el Estado ha intervenido en prácticamente todos los aspectos relacionados con Silicon Valley. 

Eso no significa, por supuesto, que no haya tenido algo que ver en todo ello el sector privado, de hecho, todos conocemos las importantes empresas asentadas allí. Pero los actores públicos intervinieron a lo largo de toda la cadena de innovación.

Se refiere a agencias como DARPA, NASA y los National Institutes of Health por ejemplo, ¿verdad?

Sí, me refiero a organismos encargados de desarrollar investigación puntera como la National Science Foundation, pero también a otros dedicados a la investigación aplicada, como DARPA y su organización hermana en los últimos tiempos, ARPA-E. Estas instituciones públicas son cocreadoras de valor.

 Es bastante curioso que nos hayamos acostumbrado a términos mucho más pasivos para describir al sector público. Hay que empezar a cambiar el vocabulario que empleamos. En lugar de decir que el sector público elimina el riesgo del sector privado, hay que decir que se trata de compartir los riesgos. En lugar de hablar de facilitar y permitir la actividad empresarial, hay que hablar de liderar la inversión como inversor preferente.

Uno de los argumentos centrales que defiende es que las instituciones públicas y cuasi públicas invierten, asumen riesgos y, sin embargo, apenas participan de los beneficios. ¿Hasta qué punto es esto problemático?

Es muy problemático y tiene que ver, de nuevo, con cómo hablamos de las cosas. A menudo recuerdo que ya Platón advirtió de que los contadores de historias dominan el mundo. De hecho, estos relatos sobre quién crea valor son los que han creado los relatos que justifican la extracción de valor. 

Déjeme que ponga un ejemplo que creo que ilustra la idea: después de la crisis, el Gobierno de Estados Unidos decidió desarrollar una serie de medidas de estímulo fiscal de casi 800.000 millones de dólares. Y parte de esas medidas iban encaminadas realmente a potenciar la economía verde. 

Quizá recuerde que Obama financió a algunas compañías como Solyndra a través del Departamento de Energía, mediante un préstamo garantizado de unos 500 millones. La compañía quebró.


La gente dijo “¡Dios mío, el Gobierno es un caso perdido! Una panda de burócratas que no saben lo que tienen entre manos. No deberían apostar a los caballos sino ejercer de mediadores, hacer carreteras, invertir en educación e infraestructuras y quitarse de en medio”. Para empezar, este enfoque obvia el hecho de que el Gobierno de Estados Unidos ha sido el principal financiador en materia de energía solar y eólica –junto con otros Gobiernos– pero también de la energía nuclear. El propio fracking recibió financiación pública con anterioridad. 

De hecho, a la par que financiaba a Solyndra estaba financiando a Tesla con una cantidad similar de dinero. De modo que el coche Tesla S obtuvo un préstamo garantizado de 465 millones de dólares. Y cuando digo garantizado, me refiero garantizado por los contribuyentes. Contribuyentes a los que no les gustaba en absoluto tener que pagar la factura de la quiebra de Solyndra.

 Sin embargo, ¿por qué no sabían que habían financiado también a Tesla? ¿Acaso eso no habría cambiado el relato y la percepción de las acciones de aquellos burócratas de Washington? Lo cierto es que contaban con una cartera, como cualquier otro inversionista de riesgo. Cualquier inversor de riesgo te dirá que consigue un éxito entre muchos fracasos. 

Sin embargo, si realmente quieres dedicarte a esto tienes que elaborar una cartera que te permita obtener alguna ventaja de tus triunfos, precisamente para poder cubrir los reveses. El Gobierno de EE.UU. no lo hizo. No solo fracasaron en materia de marketing, no habían sido capaces de comunicar a la ciudadanía el éxito de algunas de sus inversiones, como en los componentes de tu iPhone o smartphone, internet, GPS, las pantallas táctiles, Siri: todos han recibido financiación pública.

 Pero en este caso concreto, la gente no sabía que el propio Elon Musk había recibido financiación para Tesla. Y Elon Musk, por cierto, ha recibido un total de 5.000 millones, con sus nueve ceros.

Por lo tanto, defiende que, por un lado, no se le atribuye lo suficiente el éxito al Estado por sus anteriores inversiones en organismos como DARPA y la NASA, o en el sector farmaceútico, etc. Y, por otra parte, defiende también que no está rentabilizando sus inversiones lo suficiente, todo ello bastante verosímil. Sin embargo, tampoco ayuda nada que el sector empresarial obtenga altos rendimientos y pague pocos impuestos. Me gustaría que ilustrara esto con algunos ejemplos. Me estoy refiriendo, como sabe, a EE.UU., porque ¿dónde están los Googles europeos? ¿Qué distingue a Estados Unidos de Europa, por qué no se dan allí compañías como Facebook y Google?

En primer lugar, EE.UU. contaba con un sistema de innovación que no tienen muchos países europeos, con un sector financiero paciente, y organismos muy activos orientados a cumplir una misión y preocupados por los grandes problemas. Para ir a la luna es necesaria la innovación en distintos sectores, incluido el de la ropa, no es solo una cuestión de aeronáutica. 

También se requieren otro tipo de instrumentos como los premios y las políticas de compra que permiten crecer a las startups. Y lo importante es contar con un sistema, con un ecosistema emprendedor, yo no creo en los emprendedores, creo en los ecosistemas de emprendimiento, que son los que permiten escalar a las startups. 

Es curioso que Europa haya aprendido lo peor de la experiencia de Silicon Valley. Y eso se debe en parte al discurso imperante en Estados Unidos, un país que habla como Jefferson pero actúa como Hamilton.

 Jefferson hablaba de cómo librarse del Estado y Hamilton, antes de su duelo con Burr, hablaba más bien de una estrategia industrial activa. Sin embargo, China sí ha aprendido la lección correcta. China está haciendo por la economía verde lo que Estados Unidos hizo por la revolución IT. Al mismo tiempo que sucede esto, Donald Trump desmantela lo que yo llamo el Estado emprendedor.

Pero la pregunta es: ¿a dónde van a parar los beneficios dado que todo se construye sobre las espaldas de infraestructuras financiadas con dinero público?

¿A dónde le gustaría que fueran a parar? Si pudiera diseñar y poner en marcha un marco de colaboración público-privada para los próximos 50 años, ¿qué mecanismos elegiría para que el Estado obtuviera rendimientos, que a su vez revertieran sobre los contribuyentes, en lugar de ver cómo el beneficio sigue fluyendo a manos privadas y de los accionistas?

Hay distintos mecanismos, no uno sólo. Sería absurdo pensar que sirve el mismo mecanismo para todos los sectores o las distintas fases del ciclo innovador. En el caso de las farmacéuticas, lo lógico es recurrir a los precios.

 Los precios que se fijan para los medicinas, los fármacos que las personas tienen que comprar para poder sobrevivir cuando contraen esas terribles enfermedades, ya sean diabetes, hepatitis C o cáncer, deberían reflejar esa aportación pública y así evitar que los contribuyentes paguen dos veces, por un lado por el gasto en investigación puntera, y por otro pagando los altísimos precios que fija la industria farmacéutica. Pero volvemos al tema de los contadores de historias de Platón. 

Si el relato que circula es contrario a ti y te convierte en un impedimento intervencionista, regulador y no te define como un inversor preferente, carecerás de la confianza, la seguridad y el mandato para poder influir sobre los precios.

¿Y teme un retroceso?

Exactamente. Los precios son un ejemplo. Otro sería generar las condiciones adecuadas para que los beneficios se reinviertan en las áreas que han recibido gran cantidad de ayudas y fondos públicos. Si las empresas quieren un libre mercado total, estupendo, que lo tengan, pero que no reciban un solo céntimo del Estado. 

Pero si vas a recibir esas enormes cantidades de dinero del Estado, entonces habría que imponer algunas condiciones para la obtención de valor público, porque de lo contrario, solo se trata de valor privado.

Por muy convincente que resulte su enfoque desde un punto de vista tanto económico como político, ¿no tiene la sensación de estar perdiendo la batalla? Porque, hasta dónde yo sé, la mayor parte de los gobiernos de los grandes países y las mayores industrias están precisamente empujando en el sentido contrario, ¿no es cierto?

Yo creo más bien que estas ideas están ganando terreno. Creo que resultaba mucho más difícil hace unos años. Volvamos al ejemplo de las farmacéuticas. Ya no pueden fingir que los precios elevados se deben al gasto en I + D porque ya hemos demostrado que eso no es así y que gastan mucho más en marketing y que su I + D es mucho más downstream que la del sector público.

Bien, para terminar, una pregunta un tanto odiosa. Pide que se valore más el gasto público, y que haya una mayor inversión en gasto público y mayores beneficios, pero a la vez es asesora de muchos Gobiernos y organismos, incluyendo el Gobierno escocés y la Comisión Europea. Cuando acusa a la empresa privada de estar plagada de rentistas, convénzame de que ni usted ni sus aliados gubernamentales lo son.

 En primer lugar, y no quiero que parezca que estoy a la defensiva, no obtengo un solo céntimo como asesora. Quisiera matizar mi punto de vista para que se entienda bien. Yo no digo que el Estado tenga que invertir más. Lo que digo es que el Estado tiene que entender cuál es su papel. No está solo para arreglar los problemas marginales ni para limitarse a esperar a que las cosas vayan a peor para poner un parche. 

Tiene que ser un co-creador y co-artífice activo. Mi papel ha consistido en mediar cuando se sientan a hablar el sector privado y el sector público, y que mantengan una conversación interesante. Y mi papel en el proceso político es ser la piedra en el zapato, que por desgracia no siempre se consigue sacar, y la piedra en el zapato de las empresas, para que nos les resulte tan fácil decir cosas como: “Ah, claro, es que el cortoplacismo se debe a las presiones del mercado”.

 A lo que yo respondo, “¿Qué quieres decir? ¿Qué el mercado es un resultado, el resultado de tus acciones? ¿Qué es el mercado?”. Y recibo palos por todas partes. En mi función de asesora, intento evitar la complacencia en torno a una mesa, la petulancia de los colectivos tanto públicos como privados. 

Y creo que se avecinan tiempos difíciles a los que solo nos podremos enfrentar juntos, y eso significa que hay que cambiar las palabras que empleamos, el relato y la historia hacia la necesidad de compartir los riesgos y las recompensas, y no de eliminar el riesgo."                

(Resumen de la entrevista radiofónica realizada por Stephen J. Dubner a Mariana Mazzucato el 5 de septiembre en Freakonomics y producida por Zack Lapinski. El programa llevaba por título ‘¿Es el Estado más emprendedor de lo que pensamos?’. CTXT , 30/09/18)