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26/4/23

Boaventura de Sousa Santos: Diario de una difamación

 "Las acusaciones de acoso sexual en contra de Boaventura de Sousa Santos, vuelven a abrir un tema complejo. Es obvio y evidente que hay que estigmatizar y condenar todo abuso de poder en el mundo académico, y su derivación en el campo del acoso sexual. Sobre esto, Othernews ha siempre inducido una campana continua, dando eco a Mee Too y toda expresión de defensa de la dignidad de la mujer.

Por otro lado, es posible crear situaciones donde acusaciones lleven a destruir la imagen profesional y humana del supuesto agresor. Es una situación compleja, ya que se trata de episodios que nunca tienen testigos.

Othernews quiere abrir su espacio a sus lectores dando la palabra a los que quieran intervenir, para que sea el lector que decida su posición  en esta materia , que se  abre tras décadas de silencio.

Empezamos para dar la palabra al Prof. Boaventura de Sousa Santos, acusado de abuso de poder y acoso sexual.

Estimados/as colegas y estudiantes (antiguos/as y actuales),

Les escribo desde Santiago de Chile donde voy a participar en la feria del libro.

El Centro de Estudios Sociales (CES), algunos de nuestros investigadores y yo, acabamos de ser víctimas de una difamación anónima, vergonzosa y vil por parte de tres autoras. Una de ellas era becaria Marie Curie en el CES (Lieselotte Viaene), las otras dos eran estudiantes de doctorado (Miye Tom y Catarina Laranjeiro). En primer lugar, me gustaría decir que todos los casos de mala conducta mencionados en el texto por cualquier persona, si se confirman, deben ser juzgados rápidamente tanto en el CES como en los órganos judiciales y, como en el momento era director del CES, asumo la responsabilidad institucional por cualquier negligencia que pueda haber ocurrido.

Aunque el artículo está centrado en mí, nunca he tenido reuniones con dos de las autoras (Miye Tom y Catarina Laranjeiro) y con la tercera, la autora principal (Lieselotte Viaene), tuve dos reuniones, una como su supervisor dentro de la beca Marie Curie cuando llegó al CES y otra como director estratégico del CES, a petición del director ejecutivo, para intentar resolver los problemas de comportamiento incorrecto e indisciplinado desde el punto de vista institucional de esta investigadora. Su comportamiento fue tan insolente e incorrecto que el CES finalmente abrió un procedimiento disciplinario contra ella y no aceptó que designara al CES como institución anfitriona en un proyecto del Consejo Europeo de Investigación (ERC). 

Esta negativa se basó en su conducta anterior en el CES. En resumen, esta investigadora fue expulsada del CES. Aquí está la declaración de culpabilidad con fecha del 6 de junio de 2018: 

«Asunto: Proceso disciplinario – Despido. Lieselotte Viaene: Tras haber sido objeto de un procedimiento disciplinario por parte del Centro de Estudios Sociales (CES), se le notifica el procedimiento de despido que se le ha levantado (anexo). Una vez establecidos los hechos indicados en la nota de acusación, el CES tiene la intención de despedirla con justa causa. De conformidad con el artículo 335 del Código de Trabajo, puede rechazar el acta escrita de la acusación, indicando los elementos que considere pertinentes para el esclarecimiento de los hechos y su conducta. Puede adjuntar documentos de respaldo que considere pertinentes para el esclarecimiento de la verdad. Los documentos que se relacionan con este caso están en la Secretaría del CES con Célia Viseu»

En mi opinión, que obviamente no compromete a la Dirección del CES, del que ahora solo soy Director Emérito, este artículo, en lo que respecta a su autora principal, Lieselotte Viaene, es un miserable acto de venganza institucional y personal. Como pueden leer en el texto publicado, toda la información difamatoria que se refiere a mi es anónima y se basa en rumores, es decir, en «hechos» para los que no se ofrece ningunaprueba o forma de llegar a ella.

Ante esto, la primera cuestión que me surge es la perplejidad de cómo una editorial respetable (que ha publicado algunos de mis libros) puede publicar un texto tan engañoso, tan poco veraz en lo que directamente me concierne y tan desconcertante, como el que estoy comentando. Es un texto que tiene una mezcla entre un sólido marco teórico, tomado de la literatura que se ha producido a raíz del movimiento Me Too, al que se superpone una información empírica basada en referencias anónimas, rumores e incidentes no identificados ni probados de forma que puedan ser rebatidos. 

Me pregunto, ¿Quiénes fueron los revisores inter pares (peer reviewers) que analizaron este texto? ¿Qué clase de ciencia es ésa que permite que se mancille y enturbie una institución de prestigio y, en concreto, al investigador que fue su director durante tantos años? En el texto se hace referencia a mí como «profesor estrella» (Star professor), una denominación acuñada en Estados Unidos para caracterizar a los profesores que, por su trabajo o su fama, percibían salarios inmensamente superiores a los de sus colegas. Ese nunca fue mi caso. Lo que fui y con gran placer digo es un caput scholae, un director de escuela que fundó hace cuarenta y cuatro años una institución con la colaboración de un pequeño grupo dedicado y entusiasta de jóvenes investigadores orientados a producir conocimiento crítico, libre, plural e independiente sobre la sociedad portuguesa, sobre Europa y sus relaciones con el mundo, especialmente lo relacionado al colonialismo portugués. 

Fue esta institución la que creció y floreció durante décadas y lo que motivó a las autoras a elegirla como institución para continuar sus estudios. De hecho, las dos autoras en su momento estudiantes de doctorado concluyeron sus doctorados con la máxima calificación. También lo hizo la autora principal.

Reconozco que debido al hecho de compartir mi tiempo entre Portugal y los Estados Unidos habré decepcionado a la autora principal en cuanto a la orientación de su beca. Pero también es cierto que los becarios Marie Curie son generalmente muy autónomos y no requieren una supervisión estricta. Sea lo que sea, nada de lo dicho justifica esta diatriba contra una institución y, además, tan personalizada, contra alguien que a lo sumo estuvo ausente en su orientación. ¿Cómo se justifica arrastrar al barro a toda una institución que en el momento en que las autoras asistieron a ella ya tenía más de un centenar de investigadores e investigadores, con perspectivas e intereses que nada tenían que ver con el «profesor estrella»?

He podido comprobar que se trataba de una forma habitual de comportamiento. Entre septiembre del año pasado y este mes de abril, recibí peticiones de ayuda de estudiantes indígenas de doctorado de la Universidad española en la que ahora se ubica el proyecto que el CES había decidido no acoger. Conocedores de los problemas que la autora principal había causado en el CES, se comunicarán conmigo. 

He aquí elcontenido algunos de los correos electrónicos que recibí eliminando detalles que pudieran violar el anonimato: “Hemos conversado con los compañeros de otros países y la mayoría de nosotros hemos sido víctimas de la misma persona. Es una larga y triste historia este Proyecto en mi vida y la de los compañeros, por eso nos gustaría conversar con usted. Le escribo hoy, justo porque mi indignación a su histeria envidiosa me conmueve…. Es por demás mi indignación. Hemos vivido muchas situaciones de violencia. Nadie de los compañeros llevó a cabo ninguna situación judicial porque no tenían los recursos económicos y los costes emocionales que requería un proceso judicial. Principalmente porque todos los afectados somos de otros países… Estamos viendo acciones para denunciar el extractivismo epistémico que Lieselotte a través del proyecto RIVERS comete contra los pueblos indigenas. 

Pero parece que ella es solo impune, esto es frustrante, al mismo tiempo que buscamos caminitos de esperanza para lograr justicia.” (Mantengo el anonimato de la autora del correo electrónico, pero su nombre está depositado en la dirección del CES y puede ser revelado si mi corresponsal lo autoriza).

Tengo claro que el texto difamatorio al cual me he referido aquí configura una intención de difamación que responde a un patrón de conducta bien documentado en la literatura y que en este caso se centró en mi para proceder a una venganza institucional.

Respecto a las insinuaciones vertidas contra mí, quiero manifestar que responderé a cualquier presunta víctima con serenidad y sentido de la responsabilidad.

Tengo la conciencia tranquila. Me repugnan especialmente dos aspectos de este indigno texto.

El primero es la indigna forma de referirse a mis asistentes de investigación que, según la autora principal, habría explotado o abusado de ellos/as. Obviamente me apoyaron en la investigación porque para eso fueron contratados. Pero mis libros los he escrito yo. Facilito al CES los nombres de todos mis asistentes de investigación, portugueses, norteamericanos, brasileños, mozambiqueños, angoleños y colombianos que han trabajado conmigo en los últimos cincuenta años, por si alguien deseapreguntarles. Estoy muy orgulloso de haber trabajado con todos ellos. 

He escrito muchos libros porque trabajo incesantemente y nunca he tenido vacaciones, porque amo mi trabajo y porque tengo una secretaria y una ayudante de corrección, dos personas maravillosas y excelentes profesionales que me acompañan desde hace varias décadas.

El segundo aspecto que me ofende y me disgusta particularmente se refiere a las tertulias que durante muchos años tuvieron lugar después de mis clases en el restaurante Casarão. Cito: «En esta institución, este tipo de relaciones de poder desequilibradas a menudo ocurrieron en forma de eventos sociales como parte de la cultura institucional, como cenas en restaurantes y casas privadas, donde se fomentaron relaciones personales más íntimas entre investigadores de diferentes posiciones jerárquicas. 

La regla no escrita es que después de las Clases Magistrales del Profesor Estrella todos los investigadores se reúnen en cierto restaurante. De hecho, en una reunión con la exestudiante postdoctoral, el Profesor Estrella le aconsejó ir a estas cenas para integrarse mejor en la institución. A la ex Doctoranda Nacional lo mismo le aconsejaron ambos coordinadores del programa de doctorado». 

Como nunca he promovido fiestas en mi casa, solo puedo referirme a las reuniones en el restaurante Casarão. Sólo mentes perversas pueden transformar la más sana convivencia entre alumnos y profesores en maquinaciones maquiavélicas de pastores de pobres rebaños de estudiantes. Invito a todos a ir al restaurante para ver los marcos de azulejos con los nombres de los estudiantes de doctorado que a lo largo de los años han compartido buenos momentos de conversación, leyendo poesía y música allí. 

El dueño del restaurante me dice que incluso hoy los estudiantes de Brasil muestran a sus hijos las fotos donde están sus nombres cuando eran estudiantes. ¡Qué perversidad puede transformar una convivencia en el más puro espíritu académico en manipulaciones de conciencia y rituales de lealtad!

Se mencionan otros casos de mala conducta relacionados con otros investigadores. En relación con ellos, estoy seguro de que los investigadores involucrados y las víctimas/supervivientes, si las hay, encontrarán en el CES y en las instituciones judiciales diversos foros para discutir juzgar y determinar sus consecuencias. A todos se les debe dar espacio para explicarse. El CES tiene una estructura de gobernanza muy descentralizada, distribuida entre varios de sus órganos.

Si hubiera omisiones de los titulares de estos órganos, deben ser analizadas, evaluadas y corregidas. Independientemente de los procedimientos internos y judiciales que adopte el CES, quiero informarles que voy a presentar una denuncia penal por difamación contra las autoras. Me declaro disponible para dar toda la información y proporcionar todas las aclaraciones que se me soliciten, tanto en el contexto del proceso judicial como en el contexto de los procedimientos internos, que el CES sin duda pondrá en marcha.

Un abrazo solidario con todos, un abrazo indignado, pero un abrazo, un largo abrazo, de creer en la lucha por la verdad y la justicia. El CES es una gran institución, se ha ganado merecidamente prestigio tanto a nivel nacional como internacional. Sus investigadores seguirán luchando por merecer este prestigio, corrigiendo errores, siendo rigurosos y transparentes ante todos los actos de violación de la ética profesional y denunciando a quienes, yendo más allá de los límites de la verdad y la justa denuncia, pretenden distraernos de nuestra mayor misión, la de contribuir a la ciencia ciudadana que es una marca de nuestra presencia en el ámbito académico nacional e internacional.

Esta es mi primera información con respecto a este procedimiento de difamación y ciertamente daré otras informaciones según corresponda. Este texto corresponde a laersión en español del original publicado en portugués y del cual también saldrá una versión en inglés.

Boaventura de Sousa Santos

Santiago de Chile, 11 de Abril de 2023

*Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial"            (OtherNews, 18/04/23)

20/3/23

Critico a las mujeres blancas que han escrito sobre varios tipos de agresión sexual, que lo cuentan todo en ese tono casi religioso… Claro, el horror es el horror, pero si hay algo que nos ayuda a sobrevivir es el humor. Tú no tienes que usarlo si no quieres, pero no me digas a mí que no lo utilice, ¿sabes? En este libro explico cómo en las culturas de donde provengo el humor es esencial para sobrevivir a lo peor... La autora chicana publica en español ‘Mala onda’, una novela de no ficción en la que reflexiona sobre su vida tras sufrir una violación

 "Myriam Gurba me recibe virtualmente en su cocina de California. Se acaba de despertar. Al fondo veo a un perro que pasea a sus anchas y, de vez en cuando, aparece también su actual pareja: “¿Tú has estado en España, verdad?”, le pregunta ella. Oigo un grito a lo lejos: “Sí, ¡en Madrid y en Barcelona!”. Nos reímos. Maldecimos a una antigua profesora suya que penalizaba a los alumnos que utilizasen vocabulario latinoamericano: “Me puso un notable en vez de un sobresaliente, ¡y yo hablaba español en casa!”. De madre mexicana, Gurba se ha convertido en una de las voces chicanas, queer y multirraciales más importantes de la literatura estadounidense. En su tercer libro, Mean (2017), recupera la agresión sexual que sufrió a manos de Tommy Martínez, quien además asesinó a Sophia Castro Torres. Ahora la editorial Tránsito acaba de publicarlo traducido con el título de Mala onda. Hablamos sobre esta obra, la violencia de género, el racismo, sus próximos proyectos…

El libro se llama Mala onda en español, pero el título original es Mean. Enfatizas mucho el querer “ser mala”, ¿por qué?

Mean tiene muchas definiciones en inglés que no se traducen bien a español. La más próxima quizá sería “crueldad”, pero no es lo mismo, porque ser cruel es más fuerte… Pero hay otra razón para elegir ese título, y es que en inglés también es un verbo, “to mean”, en la acepción de darle significado a algo, de que algo tiene sentido [lo aclara en español]. Así que en inglés el título funciona de dos maneras: como una crueldad ligera, y como dar sentido. Por una parte, la crueldad es parte de la vida, ¿no? Y yo la ejerzo de varias formas en estas memorias, pero la última crueldad es la que comete mi perpetrador. Estoy invitando a mis lectoras a considerar los diferentes tipos de crueldad, sopesarlos y valorarlos. Y luego, claro, estoy intentando encontrarle un significado a lo que me sucedió, porque muchas mujeres que hemos sido violadas al final nos preguntamos: ¿para qué sirve mi vida si sufro esto? Mean es mi tentativa de construir significado con lo que ocurrió en un sentido literario.

La verdad es que fue interesante leerlo en español. A veces, intentaba descifrar el inglés de debajo pero, al mismo tiempo, me di cuenta de que la traducción estaba adaptada a un público mexicano, y me tocaba navegar por esa riqueza lingüística…

Claro, es que la traductora [Elisa Díaz Castelo] es mexicana.

Mi pregunta entonces es… ¿cuál es tu relación con el español como lengua literaria? Hay palabras escritas directamente en este idioma; estoy segura de que se pierden matices en la traducción, pero aun así se nota la mezcla.

Pues yo no quería escribir un libro en spanglish, ésa no era mi intención. De hecho, cuando empecé Mean ni siquiera quería escribir un libro; creía que estaba haciendo experimentos personales que no saldrían del ámbito privado. Pero luego noté que se estaba convirtiendo en algo más grande y, conforme narraba mi infancia, me di cuenta de que sería estúpido contarla exclusivamente en inglés, porque yo no tengo una mente monolingüe. Quería que la gente se adentrase en mi conciencia, pero mi conciencia es políglota, así que debía invitar al lector a este modo de pensar en dos idiomas, sin costuras. E hice algo inusual en el mundo del libro anglófono, y es que hay fragmentos que aparecen en español, sin cursivas que indiquen que es una lengua extranjera, sin traducción. Depende del lector darse el trabajo de entender o no, porque hay mucha gente como yo, especialmente en el suroeste de Estados Unidos, que se desliza dentro y fuera de las dos lenguas; hay mucha gente que puede leer así, y habrá más en el futuro.

¿Cómo fue la recepción del libro? ¿Te criticaron por eso?

La crítica no vino por mezclar idiomas sino por el humor. Me dijeron que el humor era inapropiado, que el humor y el horror no deberían ir juntos. Yo creo que el principal problema que tiene la gente con el humor del libro es que existe la expectativa de que las supervivientes, cuando escribimos sobre agresiones sexuales –especialmente sobre violación–, debemos hacerlo según un formato preestablecido. Hay un hábito narrativo que impera y nos dice que contemos el evento como el peor de nuestras vidas, arruinadas por completo, porque ésa es la única forma de provocar compasión. Si muestras resiliencia, si tu sentido del humor permanece intacto, parece que la violación no fue tan mala… Las críticas más duras han sido ésas, al humor.

Me da la sensación de que esa expectativa de la violación y del dolor es muy blanca. El dolor también se racializa y debe ser narrado según ciertos patrones. Sin embargo, en las personas multiculturales, que habitan el cruce entre varias lenguas, el humor puede representar otro universo diferente. No sé si estás de acuerdo conmigo…

Completamente, tanto que acabo de escribir un pequeño ensayo sobre eso para mi próximo libro. Critico a las mujeres blancas que han escrito sobre varios tipos de agresión sexual, que lo cuentan todo en ese tono casi religioso… Claro, el horror es el horror, pero si hay algo que nos ayuda a sobrevivir es el humor. Tú no tienes que usarlo si no quieres, pero no me digas a mí que no lo utilice, ¿sabes? En este libro explico cómo en las culturas de donde provengo el humor es esencial para sobrevivir a lo peor. Nos divertimos con la muerte, su lenguaje es como un juguete, y el humor es también un arma. Una cosa que no se tiene en cuenta es cómo una manera de luchar contra la misoginia es reírse de ella. ¿Qué hace la risa con la persona a la que va dirigida? Los encoge, los achica… Y lo último que quiere un machista es ser “pequeño” [señala la medida con los dedos, carcajea, sonrío…]

Myriam, al principio del libro hay una violación brutal. Luego esto desaparece y sólo retomas el tema muchas páginas después, pero obviamente la lectora es incapaz de olvidarlo y debe convivir con esto durante todo el relato. ¿Por qué este enfoque?

El libro sigue las convenciones narrativas del true crime, aunque también las subvierte. En este género normalmente el narrador empieza con el crimen, y luego te aparta y te lleva de la mano por la historia… Estoy usando ese patrón, pero para darle la vuelta, porque hay elementos ausentes en el género que yo empleo, como fantasmas… Eso es fantasía. Otra razón es que la violencia con la que se abre el libro es la que sufre Sophia Castro Torres, y ella no recibió ningún aviso de que iban a agredirla y asesinarla, ¿verdad? Pues el lector tampoco. Yo quería introducir esta violencia de forma que el lector experimentara la conciencia de la víctima: sin advertencias, surge de la nada, es una emboscada. Cuando lees sobre el asesinato se te queda en la cabeza todo el tiempo; esto es una aproximación al trastorno de estrés postraumático (TEPT), con el que yo vivía. Mientras vas por el mundo viviendo tu vida hay ecos de lo que pasó dentro de ti, así que replico este síndrome para el lector, que lo comparte conmigo.

¿Cómo manejaste el dolor durante el proceso de escritura? ¿Fue difícil, liberador? Dame un adjetivo.

Fue muy estresante, no fue liberador en absoluto [se emociona]. Cuando empecé a escribir el libro yo había acabado de leer algunas memorias sobre el mismo tema y quería intentar un relato propio. Pero tenía TEPT, sin tratamiento, así que, mientras intentaba escribir sobre abuso sexual, agresiones, lo que me encontré fue que me daba ansiedad, entraba en pánico… y descubrí que si utilizaba varios elementos del humor y el surrealismo era capaz de enfrentarme al tema sintiéndome protegida. Una vez que me calmé, pude proceder con el humor como un mecanismo de protección estilística, pero… conforme estaba escribiendo esto, porque me llevó varios años, bueno… una de las ironías es que me quedé atrapada en una relación de violencia doméstica. A esa persona que me metió en la trampa yo le había contado mi historia, y la utilizó para aterrorizarme. Hacía cosas similares a las que había hecho mi violador, para torturarme. Al final conseguí escaparme de esa relación, pero ésa fue la época en que el libro salió, y yo me tuve que esconder para que esa persona no me encontrara, porque cuando abandonas una relación violenta es justo el momento en que es más probable que esa persona te mate, y ya me había dicho que estaba pensando asesinarme… Así que me tuve que esconder y no disfruté nada el lanzamiento de mi libro.

Qué horror. Cuando necesitabas estar más expuesta, hacer presentaciones…

Las cancelé todas. De hecho, acabé traumatizada, porque estaba intentando sobrevivir, seguir viva… Ahora bien, ¡mi próximo libro trata de cómo escribir un libro sobre violencia sexual perpetrada por un extraño mientras tu pareja te quiere matar! [se ríe] Una de las cosas que subrayo es que la violencia que viene de un extraño es terrible, pero muy rara en comparación con la violencia íntima, y lo que pretendo ilustrar es que esa violencia de fuera a la que nos han acostumbrado a tenerle pavor es más pequeña y fácil de aguantar que cuando tienes al agresor en tu puta casa.

Es interesante cómo lo cuentas, porque en Estados Unidos, fuera de los ambientes académicos, no existe la noción de “violencia de género”. Es “doméstica”, pero obviamente esto significa otra cosa. Cuando leí tu libro me pareció una buena manera de empezar a decir que la violencia tiene género; no es casual que las agredidas en tu relato sean siempre mujeres.

Sí, totalmente; el libro va de violencia de género. Como has dicho, ese término no existe fuera de la academia, y a mí me gustaría que se usara en Estados Unidos, y que sustituyese al lenguaje que empleamos al respecto… Aquí hay un falso énfasis en la igualdad, como algo ya se hubiera logrado. Tipo… ¡ah, las mujeres pueden ser las agresoras!, ¡las mujeres también pegan a sus maridos! Claro, cuando estamos intentando defendernos de esos cabrones. Muchas veces se llama a la policía [en casos de maltrato] y actúan como si fuesen dos personas que no saben gestionar su ira, pero ¿quién se está defendiendo de quién? La razón por la que esto ocurre es una opresión de género. ¿Sabes? Valoro mucho que en América Latina el discurso se centre en el género como la causa de la violencia, y la palabra “feminicidio”, que enfatiza el asesinato de una mujer porque es mujer. La gente no quiere hablar de esto en Estados Unidos, pero es una conversación que voy a intentar instigar con mi próximo libro. No hay ninguna epidemia de maridos asesinados, ni centros de acogida para hombres, ¡venga ya! Ni hombres corriendo a protegerse con sus niños. ¡Qué gilipollez! Como ves, me saca de mis casillas [risas].

Vamos a hablar de orientación sexual… Dices que Mala onda no es un libro sobre salir del armario, pero ya desde el principio, cuando relatas tu infancia, dices cosas como: “Me puse a cuatro patas e hinqué las rodillas en el polvo junto a los columpios. Miré el agujero del topo, queriendo deslizar mi puño por ahí”. Mmm… ¿esto no es una declaración de intenciones?

¡Es un libro queer! [Se ríe] Pero intentaba escapar de la idea de que se trata exclusivamente de un libro sobre salir del armario. Durante mucho tiempo en Estados Unidos, si escribías sobre temática gay, estabas obligado a hacerlo contando esta escena reveladora de darte cuenta… y yo nunca he tenido un momento así. Yo creo que fue el resultado de lo que las editoriales elegían publicar, pero yo no quería que la lectora tuviese esa expectativa, porque es un estereotipo. Hay materia queer, LGBT, pero estoy lidiando con muchas más cosas. También es cierto que los libros a los que estaba respondiendo con Mala onda eran muy hetero. Luego está mi propia orientación sexual, y creo que la mejor palabra para describirla es “bisexual”. No me gusta del todo porque sugiere lo binario, pero hago las paces con ella en el sentido de que me atraen los que comparten mi expresión de género y también los que no.

Una última pregunta. Hay un pasaje donde contemplas a varios mexicanos cogiendo fresas y tú te diferencias de ellos. Dices: “Me sentía mal por ser principalmente mexicana y no tener que estar allá haciendo eso”. ¿Por qué te sentías mal?

El libro negocia diferentes manifestaciones de la culpa. La primera es la culpa del superviviente. Sophia Castro Torres murió y yo viví [lo dice en español] ¿Por qué? La razón es el privilegio de clase.

 A mí me asaltaron mientras caminaba hacia el trabajo de mi madre, a las dos de la tarde, en la ciudad, en frente de una casa de un barrio residencial… Habría sido muy inoportuno asesinarme allí, pero Sophia no tenía casa [en español], era una sin techo, y estaba andando a las dos de la madrugada. Es oportuno matar a una mujer sin casa a las dos de la madrugada. El privilegio de clase es lo que me salvó la vida, y fue la pobreza lo que posibilitó que el asesino matara a Sophia. En el libro medito sobre esa abundancia en mi vida que ella no tenía, sobre esa injusticia… Así que reflexiono sobre la culpa y la diferencia de clase respecto a otros miembros de la diáspora mexicana. Pero también comparto muchas ideas sobre raza. Una de las cosas que ocurre en California es que a los mexicanos se nos racializa independientemente de nuestros rasgos. Quizá en México tienes el privilegio de ser huerita [blanca], pero eso no te lo traes a Estados Unidos. Y, mira, en torno a este debate siempre hay alguien que suelta: “Mexicano es una nacionalidad, no una raza”. ¡Pues ve y díselo a los racistas! Seguro que dejan de serlo cuando escuchen esa distinción, ¡ja! Realmente me molesta. Una definición de racismo que es bastante exacta es la de Ruth Wilson Gilmore: “La vulnerabilidad diferenciada de un grupo respecto a la muerte prematura”. Es decir, un grupo señala a otro y dice: “Está bien que mueran pronto”. Es muy sucinta, aquí no hablamos de apariencia física, idioma, etcétera. simplemente de quién muere antes de tiempo, porque eso es lo que hace el racismo, te acorta la vida, te inhabilita, te aniquila."             (Azahara Palomeque  , La Marea, 16 marzo 2023)

12/3/21

"Nos hacen creer que conseguir sexo o pareja es tan sencillo como comprar en Amazon"

  "Las periodistas Rosa Márquez y Marta Jaenes, creadoras del documental de Netflix ¿Qué coño está pasando?, reflexionan sobre las agresiones sexuales y la cultura de la violación en ¿Cerró usted las piernas? (Ediciones B). Un título que surge de la pregunta que en 2016 una jueza le hizo a la víctima de una violación, y que da entrada a un ensayo periodístico que busca desmontar los mitos y falacias en los que se sustentan la violencia machista y la cultura de la violación.

Cada capítulo comienza con la transcripción de un caso de violación. ¿Por qué es tan importante ponerle palabras?

Rosa Márquez (RM): La violencia sexual ha estado históricamente muy silenciada y eso ha propiciado que siguiera reproduciéndose, por eso creíamos que era necesario aportar testimonios de mujeres que hubieran vivido una situación así y se atrevieran a contarla.

Marta Jaenes (MJ): Cuando las entrevistamos, tanto Cristina Fallarás como Lucía Lijtmaer, ambas periodistas, nos hablaron de la importancia de los relatos en primera persona para el activismo. A través de estas experiencias otras mujeres pueden identificarse y perder a su vez el miedo a hablar.

 Se ha perpetuado un perfil de violador que es extranjero, de clase baja, marginal y reincidente. ¿Por qué es importante impugnar ese retrato?

MJ: En el 80% de los casos, agresor y víctima se conocían de antes, lo que significa que el violador era alguien de su entorno: un familiar, la pareja, un compañero de trabajo... Tampoco es verdad que la mayor parte de las agresiones las cometan extranjeros, ni enfermos mentales o psicópatas, son en su mayoría hombres normales y perfectamente integrados en la sociedad.

RM: Presentarlos como enfermos o monstruos sirve para separarlos del conjunto social y nos lleva a creer que esos actos que repudiamos solo pueden hacerlos tipos marginales. La sorpresa viene cuando los agresores resultan ser militares, guardia civiles, productores de cine o deportistas famosos a los que admirábamos, porque no encajan en nuestra idea (errónea) de lo que es un violador.

¿Qué peso tiene la cultura en nuestro modo de entender la violación?, ¿de qué forma la ha ido moldeando?, ¿creen que la ha idealizado?

RM: Se ha idealizado por ejemplo en la mitología. A partir de violaciones y raptos se han fundado ciudades o han nacido estirpes de dioses y héroes.

MJ: En el arte se ha erotizado porque se entendía que la sexualidad masculina era agresiva por naturaleza y que las mujeres, aunque al principio se resistieran, en el fondo les gustaba así.

El cine ha contribuido y de qué manera a esa idealización...

MJ: La violación de Mónica Belluci en Irreversible es una agresión a tiempo real de un sujeto misógino que además no para de insultarla mientras la golpea. Es una escena muy buscada en las páginas porno de internet, es decir, hay gente que se masturba viéndola.

RM: En el cine también se ha insistido mucho en que el "no" inicial de una mujer es el fondo un "sí" encubierto. Lo vimos en Perros de paja, donde la mujer del protagonista es violada por dos hombres pero en el fondo parece estar disfrutando o en Elle de Paul Verhoeven, donde la protagonista busca a su violador e inicia una extraña relación con él.

 Hablan de la hipersexualización del cuerpo de las mujeres y también de la cultura del porno. ¿En qué medida son corresponsables de esta cultura de la violación?

RM: Gran parte del porno que se hace hoy día se basa en la violencia y la humillación de las mujeres, solo hay que entrar en cualquier buscador y ver los títulos, a esto hay que añadir que la línea entre la realidad y la ficción se ha desdibujado, hasta el punto de que en páginas como Pornohub hay vídeos de violaciones reales y han estado colgados meses e incluso años hasta que alguien lo ha denunciado.

MJ: El principal problema es que el porno se está convirtiendo en la educación sexual de los jóvenes, porque es gratuito y de muy fácil acceso.

¿Hasta qué punto la violación incide en el deseo y el deseo en la violación? Me explico; ¿cómo se conjuga algo tan reprobable como una violación y la posibilidad de excitarse con ello?

RM: Todas las fantasías sexuales, mientras sean entre personas adultas y desde el consentimiento por parte de ambas, son legítimas, no hay nada de malo en ello. Pero no está de más preguntarnos de dónde vienen esos deseos y cómo los hemos construido.

MJ: Seguramente son consecuencia de esa erotización de la violencia de la que hablábamos.

¿De qué forma creen que la 'tinderización' de las relaciones trastoca nuestra forma de entender el deseo?, ¿se ha banalizado?

RM: El deseo se ha mercantilizado, se ha convertido en un bien de consumo muy rentable. La tinderización de las relaciones en consecuencia, por un lado del auge de la tecnología, y por otro del neoliberalismo porque en estas aplicaciones somos a la vez en consumidores y en productos y nos hacen creer que conseguir sexo o una pareja puede ser tan sencillo como comprar en Amazon (aunque luego no es así).

¿Qué dice de nuestra sociedad la proliferación de artilugios como Satisfyer o Lelo?

MJ: Somos, cada vez más, una sociedad individualista y sin tiempo para la pareja o para un deseo más elaborado, de ahí que el Satisfyer se presente como una revolución porque puede conseguir orgasmos en menos de dos minutos.

¿Y qué hay de la proliferación de los aliados feministas? Los hay muy motivados...

MJ: Una sociedad no cambia si solo lo hace la mitad de su población y la lucha por la igualdad nos beneficia a todos, por tanto los hombres son bienvenidos en el feminismo, siempre y cuando venga a aportar y no solo a hacerse la foto.

RM: Lo que pasa es que hay mucho falso aliado que en público defiende la lucha feminista y en su casa no es capaz ni de recoger la mesa, para ser feminista hay que empezar por ahí, compartiendo las tareas domésticas y los cuidados.

Canciones como 'Merichane' de Zahara o series como 'Podría destruirte', de Michaela Coel, empoderan y sirven de catarsis. Algo está cambiando...

MJ: Hasta ahora en la cultura como en casi todo, las mujeres apenas estábamos presentes como creadoras. Los cuadros, las novelas o las películas las hacían los hombres y las artistas eran invisibiles. Por suerte esto está cambiando y los ejemplos que nombras nos parecen muy valiosos porque aportan un punto de vista nuevo y distinto."                     (Entrevista a Rosa Márquez y Marta Jaenes,  Juan Losa, Público, 24/02/21)

29/12/20

Argentina: Soy ginecóloga y objetora de conciencia del aborto. Y aun así lucho por legalizarlo...

 "Soy una doctora católica, madre de cuatro hijos y objetora de conciencia del aborto, que intenta conciliar su religión con la salud pública. Porque la realidad que yo vivo es que todas las mujeres abortan. Aborta la casada, la soltera, la católica, la judía, la atea. Abortan las que no usan métodos anticonceptivos y a las que les falló el método. Abortan las mujeres analfabetas y las que tienen títulos universitarios. La diferencia, sin embargo, está en las condiciones sanitarias bajo las cuales abortan. Y eso depende, siempre, de sus posibilidades económicas.

Vivo en la provincia de Tucumán, en Argentina, declarada provida por su legislatura y cuyo porcentaje de personas viviendo bajo la línea de pobreza es de 41.50%. Es un lugar donde los derechos reproductivos de la mujer no se aplican de manera uniforme, no está adherida a la Ley de Salud Sexual y Procreación Responsable y no tiene protocolo de la interrupción legal del embarazo. Es decir, es la tierra que le niega todas las herramientas a las mujeres; les niega educación; les niega anticoncepción; y cuando quedan embarazadas sin desearlo, les niegan la interrupción legal, incluyendo a las niñas violadas.

Bajo estas circunstancias se vivió en Tucumán el caso de Belén: una mujer que estuvo presa 29 meses por un aborto espontáneo. Su historia se publicó en el libro Somos Belén, de Ana Elena Correa. Sin embargo, no todas somos Belén, porque a la cárcel solo van las pobres.

Eso ha sido lo que he visto durante mi carrera. En mi consultorio privado, donde ejerzo hace 16 años, no llamé una sola vez a la policía. En cambio, en el hospital público, atendía con una al lado.

Yo también ejercí violencia obstétrica sobre mujeres que estaban bajo mi cuidado en el sistema público. Ejercí sobre ellas, sin duda alguna, un abuso de poder, exponiéndolas ante la policía, juzgándolas o interrogándolas de una manera cruel. Yo sé que no tengo redención ni tengo perdón. Pero tengo claridad de que fui parte del problema y que hoy lo busco solucionar.

Así me crucé con el caso de “Lucía”, una niña de 11 años proveniente de una zona rural, abusada y embarazada por su abuelastro de 65 años. Cuando Lucía se puso en contacto con el sistema de salud y fue declarada embarazada, dijo: “Quiero que me saquen lo que el viejo me puso adentro”. La niña estuvo en el hospital durante un mes en el que se retrasó y obstaculizó la interrupción, y en el que todos los profesionales de salud se declararon objetores de conciencia.

La realidad, sin embargo, parece haber sido otra. La fiscal penal de la provincia había emitido un oficio al hospital para que no se realice la interrupción. Es decir, se estaba torturando a una niña por orden directa de la Fiscalía de Homicidios. Cuando una jueza de familia ordenó la interrupción legal en un plazo perentorio de 48 horas, el Ministerio de Salud de la provincia tuvo que convocar efectores del sistema privado para el acto médico, porque nadie lo quería hacer en el público.

Hasta el día de hoy, los dos médicos actuantes, entre los que me incluyo, tenemos abierta una causa penal de investigación por homicidio agravado por la interrupción legal de “Lucía” con causal de violación y salud. No archivan nuestra causa. Se siguen gastando fondos públicos en un aborto no punible en una clara maniobra para disciplinar a todo el personal de salud por parte del estado provincial.

En este caso, yo, que iba de acompañante, terminé colaborando con el procedimiento médico a pesar de ser objetora. Continúo siendo católica y con mi fe intacta, porque, como lo veo, las creencias personales no pueden superar los derechos de las personas. Si un médico no está dispuesto a cumplir con la ley, no puede ejercer su profesión.

Hace unos días hablé con “Lucía”, quien logró su interrupción porque no se calló. Gritó hasta que la escuchó el estado y el mundo. En esta conversación, me dio un mensaje para los senadores que este 29 de diciembre decidirán sobre el proyecto de ley para legalizar el aborto en Argentina: “Deciles que cuando ellos dicen que el aborto no es legal, los médicos se confunden y creen que ningún aborto es legal y se enojan con nosotras, aunque seamos menores. Deciles que no tarden ni un solo segundo”.

Las mujeres instruidas hablamos de techos de cristal cuando no podemos acceder a puestos de poder en las empresas o en las instituciones públicas. Las personas gestantes más humildes, obligadas a parir una y otra vez, hablan de pisos pegajosos. No se atreven ni a soñar con educación y con empleos de calidad.

Debemos legalizar el aborto. Los médicos y las personas gestantes necesitamos leyes claras y regulación del gobierno. Necesitamos poder trabajar con tranquilidad. Pero, sobre todo, necesitamos poder velar por el bienestar de todas las mujeres. El obligar a niñas violadas a parir no es un hecho inocente. El no respetar los derechos reproductivos de las mujeres y obrar sobre sus cuerpos no es un hecho ingenuo. Si dominamos los cuerpos de las mujeres, dominamos sus futuros."                       (Cecilia Ousset , Revista de prensa, 26/12/20; fuente: The Washington Post)

7/7/20

¿Quieren un monumento al sur confederado? Mi cuerpo es un monumento a la Confederación Mis antepasadas negras eran propiedad de mis antepasados blancos y las violaban. ¿Quién se atreve a decirme que los celebre?

"Tengo la piel del color de una violación. Mi negritud morena clara es testimonio viviente de las reglas, las prácticas y las causas del Viejo Sur.

Para quienes quieren recordar el legado de la Confederación, los que quieren monumentos, bueno, entonces, mi cuerpo es un monumento. Mi piel es un monumento.
A los confederados muertos se les honra en todo el país: con estatuas privadas caricaturescas, solemnes monumentos públicos e incluso en los nombres de las bases del Ejército de Estados Unidos. 

Me fortalece y me anima ser testigo de las protestas contra esta práctica y el creciente clamor de los servidores públicos serios y apartidistas para remediarla. Pero todavía existen quienes, como el presidente Donald Trump y el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, son incapaces de entender la diferencia entre reescribir y replantearse el pasado. Yo digo que no se trata de “alterar” la historia, sino de añadir una nueva perspectiva.

Soy una mujer negra, sureña, y todos mis antepasados blancos inmediatos eran violadores. Mi propia existencia es una reliquia de la esclavitud y de Jim Crow.


Según la regla de la hipodescendencia (la práctica social y jurídica de asignarle a una persona de raza mixta genética la raza con menos poder social) soy hija de dos personas negras, nieta de cuatro personas negras, bisnieta de ocho personas negras. Si retrocedemos una generación más, las cosas se complican y se tornan más siniestras. Como cuenta la historia que se dice en mi familia, y como me han permitido confirmar las modernas pruebas de ADN, soy descendiente de mujeres negras que eran sirvientas domésticas y hombres blancos que violaban a sus empleadas.

Es una realidad extraordinaria de mi vida que biológicamente soy más de la mitad blanca y, sin embargo, no hay ninguna persona blanca en mi genealogía en la memoria viva. Ninguna. Blancura. Voluntaria. Más de la mitad de mi ser es blanca y nada de eso fue consensuado. Los hombres blancos sureños, mis antepasados, tomaron lo que querían de mujeres que no amaban, sobre las que tenían un poder extraordinario y luego no reconocieron a sus hijos.

¿Qué es un monumento sino un recuerdo permanente? Un artefacto para hacer tangible la verdad del pasado. Mi cuerpo y mi sangre son una verdad tangible del sur y su pasado. Los negros de los que provengo eran propiedad de los blancos de los que provengo. Mis antepasados blancos lucharon y murieron por su Causa Perdida. Y ahora pregunto: ¿quién se atreve a decirme que los celebre? ¿Quién se atreve a pedirme que los acepte en sus pedestales?

No pueden desestimarme por no entender. No pueden decirme que no fueron los miembros de mi familia los que lucharon y murieron. Mi negritud no me pone del otro lado de nada. Me ubica directamente en el centro del debate. No solo vengo del sur. Desciendo de los confederados. Por mis venas corre sangre azul gris rebelde. Mi bisabuelo Will fue criado con la conciencia de que Edmund Pettus era su padre. Pettus, el histórico general confederado, el gran dragón del Ku Klux Klan, el hombre por el que el Puente del Domingo Sangriento de Selma, Alabama, se llama de esa forma. Así que no es una persona ajena la que hace estas demandas. Soy tataranieta.

Y debo decir que hay muchas cosas del sur que me resultan valiosas. Hago lo mejor que puedo enseñando y escribiendo aquí. Sin embargo, hay un peculiar modelo del orgullo sureño que ahora, por fin, debe tenerse en cuenta.


No es un orgullo ignorante sino desafiante. Es un orgullo que dice: “Nuestra historia es rica, nuestras causas están justificadas, nuestros ancestros están más allá de todo reproche”. Es un anhelo de grandeza, si se quiere, un deseo de volver a tener un cierto tipo de memoria estadounidense. Un recuerdo digno de un monumento.

Pero esta es la cuestión: nuestros antepasados no merecen su orgullo incondicional. Sí, estoy orgullosa de cada uno de mis antepasados negros que sobrevivieron a la esclavitud. Se ganaron ese orgullo, según el criterio de cualquier persona decente. Pero no estoy orgullosa de los antepasados blancos que sé, por mi propia existencia, que actuaron mal.

Entre los apologistas de la causa sureña y de sus monumentos, hay quienes se olvidan de las dificultades del pasado. Imaginan un mundo de amos benévolos y hablan con lágrimas en los ojos de la gentileza, el honor y la tierra. Niegan las violaciones en las plantaciones, o las justifican, o cuestionan el grado de frecuencia con el que ocurrieron.

A esas personas es mi derecho decir: yo soy prueba de ellas. Soy prueba de que cualquier otra cosa que el sur pudiera haber sido, o pudiera creerse que es, fue y es un espacio cuya prosperidad y sentido del romance y la nostalgia se construyeron sobre la penosa explotación de las vidas negras.

La versión soñada del Viejo Sur nunca existió. Cualquier monumento fabricado de esa época y en ese lugar dice, cuando mucho, la mitad de la verdad. Las ideas e ideales que pretenden honrar no son reales. Para aquellos que han aceptado estas fantasías: ahora es el momento de volver a examinar su postura.

O han estado ciegos a una verdad que la historia de mi cuerpo los obliga a ver, o de verdad quieren honrar a los opresores a expensas de los oprimidos y, por fin, deben reconocer su interés emocional en un legado de odio.

 De cualquier manera, digo que los monumentos de piedra y metal, los monumentos de tela y madera, todos los monumentos hechos por el hombre, deben caer. Desafío a cualquier sureño sensible a defender a nuestros antepasados ante mí. Literalmente, estoy hecha de razones para despojarlos de sus laureles."                

 (Caroline Randall Williams es autora de Lucy Negro, Redux y Soul Food Love y escritora en residencia de la Universidad de Vanderbilt. The New York Times, 05/07/20)

31/1/20

El 'Washington Post' suspende a una periodista por un tuit sobre Bryant en el que recordaba el caso por violación, cerrado en su día, contra la estrella fallecida el domingo

"Represalias en The Washington Post por recordar el caso de violación contra Kobe Bryant.

El uso de redes sociales por los empleados de The Washington Post afecta directamente a «la reputación y credibilidad» del medio, dicen las normas de obligado cumplimiento que existen en su redacción. Este tipo de normas, más o menos estrictas, son habituales en las empresas periodísticas norteamericanas. Los conceptos que explican suelen ser claros. Su aplicación a casos concretos es inevitablemente más discutible.

El Post ha sancionado a Felicia Sonmez, periodista de su sección de Política, con una suspensión de empleo sólo por haber publicado en Twitter el enlace de una noticia copiando su titular. 

Lo hizo no mucho tiempo después de que se conociera la muerte de Kobe Bryant en un accidente de helicóptero cerca de Los Angeles. El artículo enlazado era de Daily Beast y fue publicado en 2016: ‘Kobe Bryant’s Disturbing Rape Case: The DNA Evidence, the Accuser’s Story, and the Half-Confession’. 

Es la historia de la acusación de violación contra Bryant por una trabajadora de hotel que finalmente decidió no declarar en el juicio contra el jugador de baloncesto, pero que le demandó por la vía civil. Bryant acepto pagarle una indemnización millonaria y pedirle perdón en un comunicado a cambio de la retirada de esa demanda. 

Sonmez no hizo ningún comentario más allá de poner el enlace. No lo relacionó con la noticia de la muerte, aunque la intención era clara: dejar constancia de un hecho de la vida de Bryant que creía que no se debía olvidar. Ella sufrió hace años abusos sexuales a manos de otro periodista. 

Recibió miles de tuits de respuesta con críticas, insultos y amenazas. Alguien publicó su dirección personal (ella decidió después pasar la noche en un hotel por miedo a las consecuencias). En otro tuit, se refirió a estos ataques personales con una captura de su buzón de email en la que se veían algunas direcciones. 

Luego, llegaron las consecuencias laborales. Recibió un mensaje de una subdirectora del diario ordenándole que borrara los tuits, cosa que hizo. Daba igual, porque ya circulaban en la red capturas del mensaje. También recibió un email del director del periódico, que no leyó hasta el día siguiente. Martin Baron, que estaba en España o camino de España, escribió un mensaje tajante: «Felicia. Ha sido un claro error haber tuiteado esto (por el enlace al artículo de Daily Beast). Por favor, para. Estás dañando a la institución (es decir, la empresa) al hacerlo». 

La subdirectora le había dado un aviso similar en otro email: «Tu conducta en las redes sociales hace que el trabajo de otros como periodistas del Washington Post sea más difícil».

La periodista recibió una suspensión de empleo temporal a la espera de que la dirección tome una decisión disciplinaria definitiva.

La noticia de la muerte de Kobe Bryant provocó una conmoción no sólo en el mundo del deporte y no sólo en EEUU. Hasta su retirada, era una de las grandes figuras del deporte en EEUU y uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia. Como siempre que muere alguien muy conocido, y en especial si es de forma prematura por un accidente, el dolor de sus admiradores es sincero y masivo. 

La convención social de que no se debe hablar mal de las personas que acaban de fallecer no tiene sentido en periodismo. Al hacer un balance de su trayectoria en un perfil, resulta imprescindible que el artículo incluya sus virtudes y defectos, sus éxitos y sus antecedentes más oscuros. Por eso, la mayoría de los largos perfiles dedicados a Kobe tras su muerte dedicaron un espacio a esa acusación de violación, de la que en su momento se publicaron un número ingente de artículos en EEUU y fuera del país. 

Las horas inmediatamente posteriores a una muerte como la de Kobe son especialmente sensibles. Mucha gente no acepta que se arroje la más mínima sombra sobre la reputación de su ídolo. Se puede discutir si es o no inteligente recordar las historias sobre la violación tan poco tiempo después de la muerte del deportista en una red social en la que priman las reacciones más viscerales. Pero el periodismo tiene una obligación con los hechos. 

La decisión de la empresa ha causado un fuerte rechazo en la redacción. Erik Kemple, periodista del Post que cubre noticias sobre comunicación, publicó un artículo crítico como opinión. Comentó entre otras cosas que la alegación de que los tuits de Sonmez perjudicaban el trabajo de sus compañeros era algo que debía ser justificado con pruebas, cosas que no se había hecho.

Fuentes del Post explicaron a algunos medios que la periodista no fue castigada por el tuit con el artículo sobre la investigación de la violación, sino por mostrar en otro tuit una captura con direcciones de email de las personas que le escribieron. Sin embargo, el email que le envió el director contenía una captura del primer tuit. 

El comité de empresa del Post publicó un comunicado especialmente duro con la dirección. Acusa a la empresa de arbitrariedad en la aplicación del código de uso de redes sociales. La publicación de opiniones controvertidas por algunos miembros de la redacción, incluidos directivos, no han sido castigadas, mientras que ahora se sancione a Sonmez sólo por dejar constancia de un hecho conocido. 

Más grave es la acusación de que «esta no es la primera vez que el Post ha intentado controlar cómo Felicia habla sobre violencia sexual», refiriéndose al asalto que sufrió y a la falta de apoyo que recibió.

Este texto, promovido por los representantes sindicales de los trabajadores, ha sido firmado por 200 integrantes de la plantilla del medio. 

The Washington Post ha popularizado un eslogan para estos tiempos en que campa la desinformación a sus anchas y en EEUU los periodistas reciben constantes ataques del presidente del país: «La democracia muere en la oscuridad» (Democracy dies in darkness). Ha sido también un gancho efectivo para reclamar el apoyo económico de los lectores en forma de suscripciones. 

Oscuridad también es coartar la libertad de expresión de sus periodistas en redes sociales –en especial cuando se limitan a reflejar hechos–, impedir que dejen patente en todo momento la importancia de luchar contra la violencia sexual, y obviar la obligación periodística de contarlo todo sobre las figuras más conocidas de la sociedad, incluso en las peores circunstancias.

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1.00
En la noche del martes, hora española, la subdirectora Tracy Grant anunció que el Post ha levantado la suspensión de empleo a la periodista Felicia Sonmez: «Después de llevar a cabo una revisión interna (del caso), hemos decidido, a pesar de considerar que los tuits de Felicia se hicieron en el momento equivocado, que ella no cometió una violación clara y directa de nuestra política de redes sociales». Dice que lamentan haber hablado en público de una cuestión de personal del periódico, pero en ningún momento pide disculpas a Sonmez ni muestra apoyo hacia ella por los ataques recibidos. 


Es muy posible que la reacción habría sido distinta si no hubiera sido tan rápida la reacción del comité de empresa y de una parte importante de la redacción del periódico."           (Íñigo Sáez de Ugarte, Guerra Eterna, 28/01/20)

7/1/19

Juliette Binoche: creo que al #MeToo le ha llegado ya la hora de evolucionar hasta crear una especie de “conciencia de lo femenino”. Quiere decir que hombre y mujer —los dos juntos— alcancen un equilibrio...

"SON LAS TRES de la tarde en San Sebastián y Juliette Binoche no parece estar para bromas. “Ya pueden coger y marcharse tranquilamente, váyanse a tomar algo, den un paseo y vuelvan cuando hayamos acabado. ¡Necesitamos intimidad!”, les suelta airada a los fotógrafos, a los asistentes, al camarero, a los responsables de prensa y a todo bicho viviente que pulule por la suite y no sea estrictamente el entrevistador. 

La Binoche (París, 1964) no sugiere la idea de un personaje fácil (una vez, en otra entrevista, en aquella ocasión en una playa privada de Cannes, bajaba la cabeza y se quedaba callada cada vez que una pregunta no le hacía tilín). Ni falta que hace. 

Ante la avalancha actual de tanto simpático profesional hueco de contenido, la mezcla entre las cosas que dice esta superlativa actriz francesa y la forma que tiene de decirlas es impagable. Poesía, sensibilidad, sinceridad, incorrección política y una proverbial mala leche si es preciso se entremezclan en su discurso mientras se relaja progresivamente en el sofá.  (...)

Es usted actriz, pero también canta, pinta y, sobre todo, escribe poesía. ¿Considera la poesía necesaria en este mundo tan rápido, tan virtual y tan de saberes útiles? Necesaria, no. Indispensable.

¿Por qué? Porque es la quintaesencia de la experiencia íntima. En un poema, la asociación de palabras a veces no es correcta gramaticalmente, pero siempre es justa, porque es una creación de un universo personal, entra en el ámbito de la persona. Yo soy una lectora ferviente de poemas no tanto que brillen en la forma, sino que entren en un fondo complejo.

 O sea, poemas en los que la forma llega a ser brillante gracias al fondo. Y no lo contrario, que es utilizar la forma como un atajo para llegar al fondo. A veces una se pregunta cómo van unidos, qué llega antes, ¿fondo o forma? Ese es el misterio de la poesía. Que lleguen a la vez. De la mano.   (...)

¿Se lleva esos personajes a casa con usted después de los rodajes? ¿O los mete en un armario y cierra con llave hasta el día siguiente? Lo que cuenta en la interpretación es la preparación. Una puede decidir no prepararse mucho previamente, es una forma como otra cualquiera de trabajar, pero en mi caso es una obligación. Es como la gestación de un embarazo. El rodaje es solo la llegada, el parto. 

Es una consecuencia, no es casi nada. Pero la gestación lo es casi todo. Y a menudo los productores llevan eso muy mal. Por ignorancia, no se fían de los actores. “¿Qué va a hacer esta?”, se preguntan. Resulta bastante penoso. En Inglaterra o en Estados Unidos, que un actor contrate a un coach es completamente normal. En Francia, no. Y después de 35 años de profesión, la cosa sigue igual. Es bastante triste.

¿Usted siempre trabaja con un coach? Yo sé perfectamente lo que necesito en cada película. Y desde luego un coach no te resuelve la vida, pero sí te permite hacer un trabajo de guion y de diálogos para el que normalmente no se tiene tiempo si se quiere hacer con el director.

 ¿Sabe?, en un rodaje de cinco semanas no tienes demasiado tiempo para buscar, para investigar, para dudar. Y ese trabajo previo es tiempo ganado. Además, a menudo el director no sabe hacer ese trabajo, sencillamente porque no conoce nada acerca del camino personal que un actor atraviesa cuando prepara un papel.  (...)

Es que un actor o una actriz son materiales para que el espectador pueda leer dentro de él mismo.
¿Son espejos? ¿Transmisores? El intérprete es un medio de transmisión, sí. Es como el lenguaje. Puro sistema de transmisión. Si uno se obsesiona demasiado con las palabras, se queda colgado de la poesía bonita de la que hablábamos antes, y nada más. No sirve de nada. Así que la humildad permite ser de verdad, ser auténtico.  (...)

¿Le atraen las cosas bellas? Hoy no es un concepto muy en boga. Una película bonita, un cuadro bello… A mí me atrae la belleza y no me da vergüenza admitirlo. Hubo un momento en mi carrera en el que no hacía comedias. No les encontraba mucho interés artístico. Entonces dijeron: “Binoche no sabe hacer comedias”. Así que hice comedias. 

Bah, fue divertido, pero desde luego no una gran revelación en mi vida. Algunas veces he tenido la sensación de estar obligado a justificarme, y entonces pienso: “¿Es que Marguerite Duras tuvo que justificarse por no escribir libros cómicos? ¿Es que Paul Gauguin tuvo que justificarse por pintar los cuadros que pintaba?”. ¿Quién y a partir de dónde se establece la forma en que debes gustar a la gente?   (...)

Usted contó en el diario Le Monde que había sido víctima de tres agresiones sexuales de joven. También declaró que Harvey Weinstein no había abusado de usted aunque era consciente de “la bestia que él llevaba dentro”. Y apoyó el manifiesto impulsado por Catherine Deneuve contra los excesos del movimiento #MeToo. ¿Cómo contempla hoy la relación hombre-mujer y la lucha por la igualdad femenina? Ha habido un movimiento que era necesario para que se produjera una toma de conciencia, para que las cosas se empezaran a mover. Y a mí que exista ese movimiento me parece bien. Pero al mismo tiempo creo que al #MeToo le ha llegado ya la hora de evolucionar hasta crear una especie de “conciencia de lo femenino”. 

 Quiere decir que hombre y mujer —los dos juntos— alcancen un equilibrio. No se trata de que la mujer diga: “¡Quiero ser exactamente igual que los hombres!”, sino de poder llegar a ese equilibrio y respetarlo.

Impresionaba bastante leer su relato de esas tres agresiones sexuales a los 7, a los 18 y a los 21 años. ¿Se ha arrepentido alguna vez de haberlo contado? No. Para mí no es en absoluto un tema tabú. Quizá, entre otras cosas, porque había hablado de ello mucho antes de que saliera el movimiento #MeToo y todas esas historias. ¡Desde luego, no esperé a ese momento para hablar de ese tema! Bueno, cuando me ocurrió el primero, ya hablé de ello con mi madre. 

Primero hablé con una amiga y eso creo que me dio fuerzas para hablar con mi madre. Yo estaba aterrada de que ella se lo dijera a alguien, y sobre todo a los profesores. De hecho, nunca supe si lo hizo o no. 

Empecé a usar siempre pantalón. Y de forma inconsciente empecé a tener una relación mucho más desconfiada con los hombres. Pero a la vez sufrir esas tres agresiones sexuales me fortaleció porque me enseñó a construir mis propias defensas. Desde luego, es mucho mejor no tener que hacerlo, claro.

De hecho, ha admitido en público que Weinstein nunca la molestó… Pero es que es eso, es que cuando me tocó estar con él y tratarlo, yo ya estaba muy preparada por… digamos que por las cosas a las que había tenido que hacer frente. 

Ya tenía muy claro que tenía que protegerme, así que cuando tuve que trabajar con él, hacía muchos años ya que me encontraba en una situación de alerta."         (Entrevista a Juliette Binoche, Borja Hermoso, El País Semanal, 29/12/18)

3/7/18

Jessa Crispin, el azote del feminismo de chapita: "Lo que llaman empoderamiento es narcisismo"

"Pertenece a la generación híbrida, ni nativa digital ni analógica, sino adolescente cuando cambia el siglo; cuando todo cambia. Pero Jessa Crispin nació en una minúscula ciudad de Kansas a dos horas de distancia de la librería más próxima y en la que «sólo había volúmenes de Stephen King y John Grisham, donde ni siquiera internet llegaba».

Eran los 90 y en su país «comenzaba a cabalgar la tercera ola feminista» pero hasta allí «no había llegado ni la segunda». Dos décadas después es ella la que cabalga, ella la que se enfrenta a un movimiento feminista aparentemente monolítico empezando por la base. 

 ¿Que lo más importante es empoderarse? Pues no, dice Crispin. Como si, a fuerza de potenciarse, las mujeres hubieran perdido capacidad para mirar lejos, Crispin escupe, esculpe: «Esto ya no es empoderamiento, señoras, esto es narcisismo».

Lo dejó así de claro el año pasado en un panfleto. Se titulaba Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista (Lince Ediciones) y, ahora, publica el origen de todo ello, El complot de las damas muertas (Alpha Decay), el relato de una vida nómada en Europa: pocas posesiones, algunas intenciones, ojos bien abiertos, 
algo de desazón, ocasional esperanza y mucha, mucha literatura.

«Escribir ese libro me hizo entender cómo estructurar mi vida. Me probé a mí misma. Me forcé a coger una maleta e irme lejos para pensar cómo y dónde me sentía bien, a pesar de los miedos, de la soledad, de las relaciones dramáticas... 
Y ahora sé que donde yo me siento a gusto es con una maleta yendo en tren, viendo gente, así estoy estable, saludable, bien...».

Lo cuenta así y recuerda a aquellas mujeres que retrataba Edward Hopper en habitaciones de hotel o en vagones en marcha; mujeres que leían. Podrán estar solas, pero no desvalidas. Llegó Crispin a Madrid la semana pasada desde Grecia, y a Grecia desde Italia, en viajes que son ahora de promoción y prensa. Vino a participar en un encuentro en La Casa Encendida, Princesas y Darthvaders, para hablar, ya se imagina, de feminismo.
¿Está agotada de feminismo, o de debatirlo?
Ambas cosas. Y también estoy cansada de hablar de mí misma. Estoy agotada de cómo se habla y escribe hoy sobre feminismo. Leo cosas tan vagas que me dan ganas de vivir en una isla, no hablar con ningún ser humano y vivir con animales. Sí, estoy cansada...
 
Y sin embargo aquí está, para seguir hablando del asunto, ¿siente acaso la responsabilidad?
Pienso que todos tenemos una responsabilidad, y creo que la mía, en este momento, es expresar mi manera de entender el feminismo. Ojalá en el futuro pueda hacer otra cosa pero por ahora...
 
Su discurso se asemeja al de las feministas de los márgenes, al de la keniata Kankindi, por ejemplo, que defiende un feminismo centrado en los deberes y no en los derechos.
Sí, ya lo dijo Simone de Beauvoir. «Antes de pensar en nuestros derechos pensemos en nuestras obligaciones y en qué debemos a los demás». Me adhiero absolutamente a esta idea porque cada vez que hablamos de feminismo, de derechos gays o transgénero... estamos formando parte de la cultura blanca tradicional sin intención de reformarla.
 Por ejemplo, un enfoque feminista que se trabajó en Estados Unidos antaño fue cómo compaginar el matrimonio con la vida y esto fue un gravísimo error porque el reto real era abolir el matrimonio, o convertirlo en algo privado y no público, no algo que firmas con el Estado porque existen prebendas a las que no se pueden acceder si no estás casado y esto es inmoral.
 
¿Qué otras opciones hay y qué pasa con el amor?
Es una locura que no se ofrezcan alternativas al matrimonio. Parte del problema de la violencia de género y de la cultura de la violación es el matrimonio, que está enlazado a cierta idea de estructura social que influye en todo: con quién te relacionas, cómo de a menudo te tocan... Los hombres viven más si están casados que si están solteros, hacen más dinero si tienen una mujer al lado.
 Tratamos el amor y el romance como la salvación, es la nueva religión y, si eres un hombre o una mujer no deseable, vives un continuo infierno, un tormento... Los hombres están destinados a relacionarse con mujeres porque su vida mejora si lo hacen, pero se les ha dicho que no expresen sus sentimientos y que no muestren debilidad, de forma que su único acceso a todo eso es a través del cuerpo de la mujer, y esto tenemos que cambiarlo. Todo esto es trabajo del feminismo, empezando por cómo el matrimonio reproduce la violencia.
 
La lucha parece centrada en cuestiones relacionadas con el cuerpo de la mujer: la prostitución, la gestación subrogada...
Debe haber espacio para hablar de prostitución, de aborto, de gestación subrogada, pero no pueden ser el foco principal porque no son asuntos del sistema. El sistema ha de ser el reto real, la estructura política y social, la necesidad de justicia y los problemas que afectan a naciones enteras. 
Debemos ir más allá de lo biológico, que ciertamente es un asunto que el feminismo debe analizar pero ha de ir más allá porque no se trata de que el patriarcado esté en contra de las mujeres sino que está en contra de todo el mundo. Además, si nos centramos en los derechos biológicos de las mujeres corremos el riesgo de olvidarnos de otros colectivos, como los transgénero, o los inmigrantes, o los niños...
Crispin recuerda a primera vista a aquel título de película: mujer, blanca, soltera busca... sin necesidad de mostrar ni un solo lema y sin chapitas en sus solapas. Ella con belleza de otra época, si todavía se permite a las mujeres que se piropeen entre ellas. Cuéntanos, Crispin, qué estamos haciendo mal, hombres y mujeres, a la hora de relacionarnos.

«La relaciones son ahora mucho más complicadas que antes. Empecemos por los hombres: ellos deben encontrar la manera de flirtear y de seducir a una mujer sin emplear la dominación. Pero la dominación ha sido la forma de conquista tradicional desde hace siglos. 

Esto debe ser confuso para ellos. Y estoy con ellos al 100% pero mis últimas relaciones sexuales han sido con hombres como 10 años menores que yo, en su veintena. Ellos están aprendiendo. Escucho: '¿Puedo besarte aquí? ¿Y aquí?' o 'No te tocaré hasta que no me toques tú'. Era yo la que tomaba la decisión y la que recibía la invitación y esto es sexy e interesante, sorprendente... Ellos tienen que aprender, pero es algo que ya está sucediendo...»
¿Qué debemos aprender nosotras?
Si los hombres están cambiando, nosotras también debemos cambiar nuestra jodida manera de comportarnos con ellos, esta incapacidad para expresar deseos... Hay que desaprender esos comportamientos y no veo que se hable mucho de eso... 
Parte del problema de la cultura de la violación es que las mujeres no consiguen expresar sus deseos y entonces los hombres perseveran, y perseveran y perseveran... Una mujer dice no y el hombre cree que dentro de un rato dirá que sí. También ellos debe aprender a estar cómodos con mujeres que manifiestan deseo, sin pensar: 'ah, es una puta'.
 
Se me antoja complicadísimo de conseguir y también que de conseguirlo sería una revolución.
Sí, sería alucinante, sería la verdadera revolución sexual, ¿verdad?, y no esas pesadillas de los 70 y los 80, que fueron más exitosas para ellos que para ellas. Sí, sería impresionante que sucediera. Uhm, me estoy divirtiendo un poco a mí misma ahora...
 
¿Tal vez debería escribir sobre esto en su próximo libro?
Ya lo estoy haciendo [se ríe], junto a otro escritor, y será algo como... la sexualidad heterosexual es una puta pesadilla. [Se sigue riendo...].
Y eso que no está el ambiente como para hacer risas, y menos con cuestiones feministas. Decía la poeta Adrianne Rich que en toda mujer sucedía, en algún momento de su vida, una pulsión, «el tumulto interior de la mujer rebelde», y esa explosión le llegó a Crispin a sus 15, en aquella Kansas inhóspita que esperaba de ella que fuera «esposa y madre».

«Descubrí una publicación anarquista y les envié un sobre con su sello dentro para que me enviaran el catálogo, le di dinero a mi madre para que ella me hiciera un cheque, y entonces empecé a pedir libros prácticamente al azar y a leer todos aquellos autores, toda esa locura. Ése fue el comienzo de mi estructuración».
¿Y el siguiente paso?
Internet, dejar la universidad, irme a Texas... Allí trabajaba en un centro de educación sexual y parte de mi trabajo era leer todo lo que había en su biblioteca. Encontré un hueco enorme entre la teoría feminista y cómo las mujeres vivían su vida. Eso me pareció un problema entonces pero, ahora, el fenómeno es mucho mayor. 
En Occidente, el feminismo se ha convertido en ambición, en empoderamiento, y hay muchísimas mujeres en el mundo que no pueden empoderarse porque no tienen dinero ni tienen acceso a métodos de anticoncepción ni pueden abortar... Hemos abandonado a todas esas mujeres porque estamos pensando en nosotras. Eso es inmoral.
 
Es la segunda vez que utiliza el término inmoral.
Sí. Soy cada día más consciente de que empleo terminología religiosa para explicarme... Y eso que el cristianismo no hizo mella en mí. Mi ideología o mi espiritualidad nace con aquellas revistas que recibía con 15 años.
 
¿Dónde irá ahora?
En septiembre me iré a Berlín, a pensar qué hacer con mi vida de nuevo. No es que esté siempre yéndome a la mierda pero sucede en ocasiones.
Ve, Crispin, ve, pero no demasiado lejos."                  (Entrevista a Jessa Crispin, Rebeca Yanke, El Mundo, 07/06/18)