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17/10/23

‘Diario de un peón’, de Thierry Metz, un libro que es a la vez crónica y poema, narra el trabajo de los más pobres, el trabajo más duro, el de un obrero... Nadie había encontrado el lenguaje para contar esta historia

 "Este es un libro que cuenta una historia que nadie había contado hasta ahora. El librito, sereno y apasionado a la vez, es Diario de un peón, de Thierry Metz. Narra, día a día, el trabajo de los más pobres, el trabajo más duro, el de un peón. Pero este libro, único en su especie, es a la vez crónica y poema. En cierto modo, es un milagro, ya que, en principio, un hombre que trabaja siete u ocho horas al día en una obra, cargando sacos de cemento, descargando bloques de hormigón y cavando zanjas, no tiene ni tiempo ni oportunidad para escribir. A veces lo vemos trabajando de lejos, en la calle o al borde de la carretera. Reconocemos su silueta, pero no sabemos nada de su existencia ni de sus cualidades interiores. Y es que, desde la noche de los tiempos, la escritura ha sido el privilegio de unos pocos, un pequeño grupo de escribas, hombres de letras.

Thierry Metz es un poeta francés contemporáneo; murió en 1997, a los 40 años. Era hijo de un repartidor parisino. En casa de sus padres no había un solo libro. Tampoco había dinero. Thierry Metz bregó toda su vida como peón, jornalero, trabajador agrícola y albañil. Se mataba a trabajar y, durante los periodos de desempleo, escribía.

Y nos ha legado, entre otros, este libro sereno y apasionado a la vez, Diario de un peón, que relata en un lenguaje nuevo, encendido y conciso, lo que nadie había relatado antes. Y es una de las obras más logradas y admirables jamás escritas. Arthur Rimbaud escribió en un momento de rebeldía: “Siento horror por todos los oficios”. Thierry Metz no sentía horror por su oficio. No lo idealizaba, sino que expresaba toda su crudeza en una prosa densa y clara. 

Sabía perfectamente que era prescindible, que le utilizaban, que utilizaban a los obreros; era consciente del desequilibrio de su situación y no pretendía escapar de los condicionantes sociales escribiendo. Pero por mucho que le disgustara el materialismo vulgar, pese a la dureza del trabajo y de la injusticia social, no se olvidaba del sol, ni del áspero mango de la herramienta, ni del profundo silencio de sus compañeros, ni de la intensidad del más repetitivo de los trabajos, el inmenso esfuerzo realizado por el mayor número de personas desde tiempos inmemoriales y que constituye el motor esencial de la historia de la humanidad. 

Así, desde el prosaísmo infinito de sus obras, Thierry Metz descubrió una forma de susurrarnos, en un lenguaje modesto pero altivo, meditativo y concreto, el enigma de nuestra condición: “Me gusta creer que, tal vez un buen día, un dios sin nombre se sentará en este montoncito de tierra y ocupará su sitio en la tumba iluminada de mis esfuerzos con palabras cotidianas, meros gorriones. Recobrará el aliento y volverá adonde tienen lugar las cosas, a los desiertos donde se hallan los hombres y sus obras. ‘¡Viernes!’ Ese será su nombre”.

En este breve pasaje de Diario de un peón, se ve enseguida por qué Thierry Metz no podía contentarse con ser un simple narrador; habría traicionado su vocación de poeta, habría debido quemar las fórmulas del lenguaje que le había salvado; pero tampoco podía ser solo poeta, habría tenido que olvidar a los suyos, los albañiles y porteadores que, desde Mesopotamia, trajinan en las obras del mundo. 

Y por eso tuvo que elevar el lenguaje a un punto de equilibrio al que nadie lo había llevado antes que él; tuvo que escribir a la vez un poema y un relato, sin separar el uno del otro, sin dejar nunca que el relato cayera junto al saco de cemento, y sin dejar nunca que el poema volara con los pajarillos. Era necesario que las dos partituras se convirtieran en una, que las contradicciones de la vida social se fundieran en la escritura, y que el dolor del esfuerzo redundara un poco en la belleza del mundo.

Pero le costó caro, demasiado caro, un precio muy alto, querer seguir viviendo entre los suyos, en un mundo de polvo y ladrillos, de sed y dolor, y buscar, en esta dura estancia, el oro del tiempo. Hace falta un esfuerzo inconmensurable, es una tarea imposible; pero la tenaz determinación de Thierry Metz nos ha dejado un librito único, tristemente único, en el que un joven fornido, lleno de esperanza, de palabras, de fuerza y también de tristeza, ha intentado decirnos a gritos, pero en un lenguaje muy dulce y hermoso, a través de la dureza del trabajo, de la desigualdad de condiciones y de la modestia de los salarios, hasta qué punto las palabras de cada día y de cada uno son poesía, y cómo el esfuerzo o el hastío, mediante una transubstanciación muy real, transforman el cemento, el golpe del pico, la jornada de trabajo, en pan, pan de verdad. Pero por el camino, el jefe saca tajada; y la poesía, ¿qué saca?"

(Éric Vuillard, escritor y cineasta, ganó el premio Goncourt en 2017 por su novela ‘El orden del día’. El País, 14/10/23)

2/5/23

Hay una guerra de clases y la libran los ricos... el aumento de la demanda de artículos de lujo es incesante:... Los que están en guerra necesitan un uniforme. La moda y el consumo de alta gama proporcionan ese uniforme de privilegio que quienes participan en esta guerra de clases están decididos a mantener

  "El FT publica hoy un artículo bajo el título: "¿Terminará algún día el extraordinario auge de los artículos de lujo?"  (Financial Times)

El artículo celebra el ascenso de LVMH, que es ahora la mayor empresa europea por valor. Se dedica sobre todo a la moda, pero los artículos de lujo, los hoteles y los servicios forman parte de sus actividades.

Según el FT, el aumento de la demanda de artículos de lujo es incesante:

Se me ocurren dos cosas. Una es que esto deja muy claro de dónde viene la presión inflacionista de los consumidores. Esa presión procede exclusivamente del extremo superior de los mercados, razón por la cual se necesitan impuestos sobre la riqueza para atajarla.

La otra se refiere a los comentarios que hice ayer en el programa de Nicky Campbell en Radio Five Live y en el canal de noticias de la BBC. El National de Escocia se hizo eco de mis comentarios, por lo que dispongo de una transcripción. Dije, al concluir mis comentarios sobre la afirmación del economista jefe del Banco de Inglaterra, Huw Pill, de que todos debemos aceptar que ahora somos más pobres:

    Nos dicen que debemos aceptarlo - bueno, yo no lo acepto, ni acepto que el gobierno tenga que seguir con la política de continuar con la austeridad diciendo que no deben equilibrar las cuentas. Estas cosas no son ciertas.

    Lo único que no quieren aumentar son los salarios, y soy tajante al respecto.

    Esto es una conspiración y hay una conspiración en marcha, y la conspiración es contra los trabajadores a favor de los ricos y hay una guerra de clases en marcha en este país ahora mismo.

    Esa guerra de clases la libran los ricos contra los trabajadores y eso es algo que tenemos que reconocer que no es necesario.

    Podríamos recortar los impuestos a los que trabajan, podríamos aumentar los impuestos sobre la riqueza para redistribuirla, porque eso es esencial, podríamos recortar los tipos de interés y podríamos gastar más, y eso es totalmente posible.
Por supuesto, no soy el primero en referirme a la guerra de clases que libran los ricos. Warren Buffet lo ha hecho. Otros lo hicieron antes que él. Es un tema recurrente en la historia. Pero había que decirlo de nuevo, porque eso es exactamente lo que está sucediendo ahora.

¿Qué tiene esto que ver con LVMH? Es fácil de explicar. Los que están en guerra necesitan un uniforme. La moda y el consumo de alta gama proporcionan ese uniforme de privilegio que los que participan en esta guerra de clases están decididos a mantener.

 El economista noruego Thorstein Veblen acuñó el término "consumo conspicuo" para explicar este comportamiento hace más de un siglo. Tenía razón. Por supuesto, los productos que se venden no valen lo que se paga por ellos. Por eso LVMH es tan rentable. Lo que importa es el uniforme que se compra y la señalización que proporciona sobre de qué lado se está.

¿Y a quién se oponen los comprometidos con el lujo? A todos los que trabajan para ganarse la vida, y muy especialmente a los que trabajan para el Estado.

 Que esos mismos trabajadores sean la base de la riqueza de los ricos es algo que probablemente nunca se les haya ocurrido. Sin duda se creen "hechos a sí mismos", como hizo uno de los oyentes del programa de ayer. Pero no es así. Y es por el bien de toda la sociedad, incluidos los ricos, que la riqueza tiene que perder la guerra de clases que están librando los ricos."

 (Richard Murphy es un defensor de la justicia económica. Profesor de Contabilidad en la Escuela de Gestión de la Universidad de Sheffield. Brave New Europe, 27/04/23; traducción DEEPL)

17/11/21

La pandemia y el bloqueo del canal de Suez de marzo de 2020 dejaron en claro que las cadenas de suministro globales son vulnerables a múltiples formas de interrupción, entre ellas, las huelgas obreras... asistimos a un recrudecimiento de las luchas obreras sin precedente a nivel histórico en cuanto a su escala y a su alcance. Si bien la magnitud del desafío que plantea la crisis del capitalismo global para la humanidad tampoco tiene antecedentes... de estos nuevos movimientos surgirá un proyecto emancipatorio capaz de guiarnos fuera de este capitalismo destructivo, hacia un mundo donde la dignidad humana valga más que las ganancias

 "Cuando los especialistas en ciencias sociales se refieren al período 2019-2021, destacan tres signos de crisis sistémica profunda: en primer lugar, la incapacidad de la mayoría de los Estados para responder adecuadamente a la pandemia de COVID-19, ese gran revelador de las falencias sociales y gubernamentales. En segundo lugar, la aceptación de Estados Unidos del fracaso de la guerra en Afganistán, que dejó en claro que la «guerra contra el terrorismo» no logró revertir la pérdida de poder de Estados Unidos a nivel mundial. Por último, pero no menos importante, el tsunami de protestas sociales a nivel mundial, que empezó en 2010-2011 —como consecuencia de la crisis financiera de 2008— y no dejó de crecer hasta 2019.

Si ponemos la mirada en el futuro, está claro que cualquier estrategia obrera y socialista deberá tener en cuenta el terreno en el que se despliegan las luchas, es decir, la inestabilidad hegemónica de Estados Unidos en el marco de una crisis capitalista mundial sin parangón luego de los años 1930. Como sucedió durante la primera mitad del siglo veinte, la crisis actual del capitalismo global adopta la forma de una enorme crisis de legitimidad: la consigna «socialismo o barbarie» vuelve a plantearse con urgencia.

La creación, destrucción y reconstrucción de la clase obrera mundial

¿Qué pueden hacer las movilizaciones clasistas para frenar el deslizamiento del presente hacia la «barbarie»? Hasta hace algunos años, la respuesta de los teóricos de la globalización, de izquierda y de derecha, era unánime: «No mucho». La tesis de la «carrera hacia el abismo» plantea que la globalización creó barreras insuperables para la movilización de la clase obrera. Desde los años 1980, los partidarios de esta perspectiva escribieron innumerables obituarios para la clase y el movimiento obreros, centrados en el debilitamiento y la destrucción de las clases obreras existentes, sobre todo —y esto es significativo— las ocupadas en la producción industrial de los países centrales. Pero ignoraron las formas en que el capitalismo —por medio de transformaciones recurrentes de la organización productiva mundial— crea nuevas clases obreras con nuevas fuentes de poder, padecimientos y reivindicaciones.

Este enfoque alternativo pone el eje en la creación y reconstrucción de las clases obreras, que responden a su vez a los costados creativos y destructivos del proceso de acumulación de capital. En efecto, la ola mundial de movilizaciones de los años 2010-2011 estuvo marcada por las protestas de nuevas clases en proceso de formación y clases existentes que luchaban para conservar los derechos conquistados en ciclos anteriores. El espectro abarcó huelgas de obreros industriales en China, huelgas ilegales en las minas de platino de Sudáfrica, jóvenes desempleados y subempleados que se lanzaron a ocupar las plazas en todo el mundo y protestas contra la austeridad que se extendieron desde África del Norte hasta los Estados Unidos. El proceso terminó siendo solo el preludio a un tsunami de protestas de clase que duró más de una década y estuvo compuesto tanto por huelgas obreras como por luchas callejeras.

Hay quienes piensan que la lección de los años 2010-2011 es que las luchas de clase se desplazaron desde los lugares de producción hacia las calles. Con todo, aunque no deberíamos menospreciar el significado de las «luchas callejeras», sería un grave error subestimar las huelgas en los lugares de trabajo, pues son las fuentes de poder que operan detrás de esos movimientos. Así, por ejemplo, aunque la historia estándar de los levantamientos egipcios de 2011 se centra en la ocupación de la plaza Tahrir, la verdad es que Mubarak renunció a su cargo solo cuando los obreros del canal de Suez —sitio fundamental para el comercio internacional y nacional— hicieron huelga.

Desde los años 1980, la adopción generalizada de la producción «Just in time» —la provisión de inputs se mantiene en niveles mínimos con la perspectiva de recortar costos distribuyéndolos «justo a tiempo»— incrementó la vulnerabilidad de las fábricas situadas más abajo en la cadena a las huelgas que se desarrollan en los sitios de los proveedores. Este es el caso aun si la fábrica que para está en la misma provincia, como sucedió, por ejemplo, cuando la huelga de una autopartista forzó a Honda a cerrar todas sus plantas de ensamblado en China.

La pandemia y el bloqueo del canal de Suez de marzo de 2020 dejaron en claro que las cadenas de suministro globales son vulnerables a múltiples formas de interrupción, entre ellas, las huelgas obreras. Hasta cierto punto, esto no es nada nuevo. En el siglo veinte, los trabajadores del transporte disponían de mucho poder en virtud de su localización estratégica en las cadenas de suministro globales y nacionales. De ahí el rol central que jugaron en el movimiento obrero en general. No cabe duda de que las cadenas de suministro globales serán distintas a mediados del siglo XXI —de hecho, la pandemia y las tensiones geopolíticas están forzando a reestructurarlas—, pero es muy probable que los trabajadores del transporte, los almacenes y la comunicación sigan teniendo poder (y tal vez cobren más relevancia), dada su localización estratégica en los procesos de acumulación de capital.

Del mismo modo, sería insensato descartar la importancia futura de las huelgas de los obreros industriales, pues la diseminación mundial de la producción a gran escala, puesta en marcha durante el siglo veinte, tuvo como consecuencia la formación de nuevas clases obreras y oleadas sucesivas de conflictos de clase. A comienzos del siglo veinte, cuando el epicentro de la producción industrial a gran escala se desplazó al continente asiático, también lo hizo la lucha obrera: se confirmó la tesis de que donde hay capital, hay conflicto.

Esa frase tiene un sentido geográfico, pues el capital, al ser relocalizado en busca de mano de obra dócil y barata, termina creando clases obreras y conflictos nuevos en sus lugares de destino. Pero también tiene un sentido intersectorial, pues a medida que el capital se desplaza a nuevos sectores de la economía, se crean nuevas clases obreras y emergen conflictos originales.

Una perspectiva obrera hegemónica

¿En qué sectores debemos centrarnos hoy? Sin duda, uno muy importante es la «industria de la educación» que, según la UNESCO, pasó de contar 8 millones de docentes a nivel mundial en 1950 a 62 millones en 2000, y creció otro 50% en 2019, hasta alcanzar un total de 94 millones de docentes. Más allá del crecimiento meteórico de los números, existen otros motivos para pensar que los docentes están jugando un rol fundamental en el movimiento obrero a nivel mundial, análogo al que jugaron los obreros de la industria textil en el siglo XIX y los obreros de las automotrices en el siglo XX.

La tendencia al conflicto obrero en la «industria de la educación» se convirtió en un dato incuestionable a fines del siglo XX, pero las movilizaciones de la última década marcaron un punto de inflexión. En Estados Unidos, este punto correspondió a la emergencia de la organización Caucus of Rank-and-File Educators (CORE) que, con amplio consenso social, dirigió a los docentes de Chicago a través de su exitosa huelga de 2012. El conflicto logró instalar la idea de que los docentes no solo luchaban por sus propios intereses, sino por los de los estudiantes y las familias. La huelga de Chicago fue seguida de una oleada nacional de paros y movilizaciones en todo el país, especialmente en los distritos escolares localizados en estados con una fuerte política antisindical.

En Chile, los docentes de las escuelas públicas que fueron a la huelga bajo dirección del Colegio de Profesores de Chile (CPC) —con apoyo de estudiantes, vecinos y otros trabajadores— jugaron un rol central en el ciclo de protestas nacionales que reivindicó el acceso universal a la educación y el abandono de la constitución neoliberal heredada de la época de Pinochet. Se observaron acciones similares en Costa Rica, Honduras y Colombia y, en Perú, el presidente de izquierda Pedro Castillo llegó al poder con apoyo del sindicato docente.

Esta nueva oleada de militancia docente responde a una serie de reclamos fundados en un claro proceso de proletarización, que incluye la intensificación del trabajo, el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de autonomía y control sobre el proceso de trabajo en las aulas. En parte, las huelgas docentes son exitosas debido a que sus reivindicaciones se complementan con un fuerte poder de negociación en sus lugares de trabajo. Es posible argumentar que la «industria de la educación» suministra los bienes de capital más importantes del siglo XXI, es decir, esos obreros educados que luego deben insertarse en una «economía de la información». A diferencia de la mayoría de las actividades manufactureras, es imposible presionar a los docentes mediante la amenaza de relocalizar la producción (más allá de los experimentos virtuales a partir de la pandemia, la enseñanza debe realizarse donde están los estudiantes). Del mismo modo, la «industria de la educación» parece resistir a la automatización (reemplazar a los docentes por robots no es algo que aparezca en el horizonte).

Además, los docentes ocupan un lugar estratégico en la división del trabajo social concebida en términos más amplios. Si los docentes hacen huelga, generan un efecto dominó que afecta toda la división social del trabajo: interrumpen la rutina de las familias y dificultan el trabajo de los padres. En ese sentido, el poder estratégico de los docentes, aunque en última instancia está fundado en su capacidad de interrumpir la economía, es bastante singular, pues depende especialmente de la centralidad que tiene su actividad en la sociedad. Sin embargo, a menos que este poder se ejerza en el marco de una perspectiva hegemónica más amplia, los docentes quedan expuestos a que el Estado y el capital los utilicen como chivos expiatorios y los sometan a la represión. En efecto, la crisis cada vez más grave del capitalismo conlleva también la ampliación y la profundización de las formas coercitivas del poder.

Como sea, las huelgas más grandes de la última década muestran que los docentes tienen el potencial de formular dicha perspectiva, es decir, de mostrar que sus luchas particulares implican la defensa de los intereses de toda la sociedad. Su propia labor hace que entren en contacto cotidiano con círculos mucho más amplios de la clase obrera, pues son testigos de todos los problemas que enfrentan los estudiantes y sus familias. Entonces, basta con que difundan la idea de que, aun si sus reivindicaciones buscan un beneficio que los afecta específicamente como docentes, también promueven los intereses de los estudiantes, sus familias, sus barrios y sus ciudades. Por supuesto, este potencial hegemónico, fundado en condiciones estructurales, debe realizarse a través de una agencia política que vincule las luchas particulares de los docentes —y de los trabajadores— con luchas más amplias por la dignidad humana y la supervivencia planetaria.

Solidaridad forever

La automatización que promueve la Inteligencia Artificial llevó a muchos intelectuales a sugerir que estaríamos llegando al «fin del trabajo» y que, en consecuencia, se terminarán los conflictos laborales. Con todo, la prescindencia completa del trabajo humano en los procesos de producción continúa siendo una fantasía esquiva, y no deberíamos subestimar la importancia que siguen teniendo las luchas obreras en los sitios de producción.

Sería un error también subestimar las movilizaciones callejeras. En efecto, es posible derivar el entrelazamiento esencial de estos dos sitios de lucha —el lugar de trabajo y la calle— a partir del Tomo I de El capital. Por un lado, llegando a la mitad —donde describe el conflicto ininterrumpido entre el capital y el trabajo por la duración, la intensidad y el ritmo de la actividad—, Marx se refiere a lo que sucede en la «oculta sede de la producción». Por otro lado, en el capítulo 25, Marx aclara que la lógica del desarrollo capitalista, no solo lleva a constantes luchas en los lugares de trabajo, sino también a conflictos más amplios a nivel social, pues la acumulación de capital avanza de la mano de la «acumulación de miseria», especialmente bajo la forma de la expansión de un ejército industrial de reserva de trabajadores desempleados, subempleados y precarios.

En este sentido, la historia del capitalismo se caracteriza, no solo por el proceso cíclico de destrucción creativa en el punto de la producción, sino también por la tendencia de largo plazo a destruir los modos de vida existentes a un ritmo más veloz del que define la creación de otros nuevos. Esto conlleva la necesidad de conceptualizar tres tipos de conflictos obreros: 1) las protestas de las clases obreras en proceso de formación; 2) las protestas de las clases obreras existentes que están siendo destruidas y 3) las protestas de esos trabajadores que el capital ignora y excluye, es decir, los miembros de la clase obrera que, aunque dependen exclusivamente de ello para sobrevivir, es probable que nunca logren vender su fuerza de trabajo.

Los tres tipos de conflictos obreros son manifestaciones distintas de un proceso de desarrollo capitalista único. Los tres son visibles en las luchas actuales. El destino de cada uno está íntimamente entrelazado con el de los otros. Una estrategia socialista debe abarcarlos a todos. En efecto, la perspectiva estratégica de Marx y Engels —articulada en el Manifiesto del Partido Comunista y en otras obras—, convocaba a los sindicatos a organizar a estos tres segmentos de la clase obrera mundial en un proyecto común.

No hace falta decir que se trata de una tarea inmensa. Pero además, sin dejar del todo de pecar de cierto optimismo, Marx asumía que estos tres tipos de trabajadores —los que son incorporados como asalariados durante las últimas fases de expansión material, los que son expulsados durante la última ronda de reestructuraciones y los que son excedentes desde el punto de vista del capital— habitaban los mismos hogares y barrios obreros. Vivían juntos y luchaban juntos.

En otros términos, las distinciones al interior de la clase obrera —entre trabajadores empleados y desempleados, activos y en reserva, capaces de imponer pérdidas costosas al capital y capaces solo de manifestarse en las calles— no se solapaban con diferencias de ciudadanía, raza, etnicidad o género. Entonces, los trabajadores que encarnaban cualquiera de esos tres tipos conformaban una sola clase obrera con mismo poder y las mismas demandas, y con la capacidad de generar una perspectiva poscapitalista sobre la emancipación de la clase en su conjunto.

Sin embargo, en términos históricos, el capitalismo se desarrolló junto al colonialismo, al racismo y al patriarcado, es decir, dividió a la clase obrera en función de su condición y limó sus capacidades para generar una visión común de la emancipación. En períodos de grandes crisis capitalistas, como la que estamos viviendo, estas divisiones tienden a endurecerse. El capitalismo en crisis empodera directa e indirectamente a los «monstruos» del «interregnum» gramsciano (movimientos neofascistas, racistas, patriarcales, antinmigrantes y xenófobos). Entonces se despliegan formas coercitivas de control social y militarismo contra un movimiento socialista que es a la vez «demasiado fuerte» como para ser ignorado (por el capital) y «demasiado débil» (hasta ahora) como para salvar a la humanidad de una larga época de caos sistémico.

Con todo, también asistimos a un recrudecimiento de las luchas obreras sin precedente a nivel histórico en cuanto a su escala y a su alcance. Si bien la magnitud del desafío que plantea la crisis del capitalismo global para la humanidad tampoco tiene antecedentes, estos nuevos movimientos están construyendo puentes y, en algunos casos, son capaces de solidarizar a los protagonistas de los tres segmentos de la clase obrera a los que nos referimos. Es en estas luchas —y a través de ellas— que surgirá un proyecto emancipatorio capaz de guiarnos fuera de este capitalismo destructivo, hacia un mundo donde la dignidad humana valga más que las ganancias."                  ( , Viento Sur, 16/11/21; Publicado en Jacobinlat 08/11/2021)

3/3/21

Por qué los ciudadanos con niveles más bajos de educación sienten descontento político... 'Ellos no conocen nuestros sentimientos'... Es revelador que muchos políticos populistas hayan capitalizado esta percepción de distancia entre los políticos y una parte sustancial del electorado

 "Investigaciones anteriores sugieren que los ciudadanos con niveles de educación más bajos tienen más probabilidades de expresar insatisfacción con la política. Basándose en una nueva investigación en los Países Bajos, Kjell Noordzij, Willem de Koster y Jeroen van der Waal explican por qué la distancia que estos ciudadanos sienten de los políticos fomenta su descontento. 

Los ciudadanos con niveles de educación más bajos y más altos existen esencialmente dentro de diferentes "mundos de vida". Tienen diferentes posturas y preferencias políticas, por ejemplo sobre la ley y el orden o la diversidad cultural, pero también participan en diferentes actividades de ocio, exhiben distintas prácticas de consumo y tienen diferentes niveles de familiaridad con las convenciones institucionales. 

Investigaciones recientes han puesto de relieve cómo esta división da lugar a brechas de reconocimiento, definidas por la socióloga Michèle Lamont como "disparidades en el valor y la pertenencia cultural entre los grupos de una sociedad". Los ciudadanos con niveles de educación más bajos pueden percibir que sus propios mundos de vida tienen un estatus más bajo dentro de la sociedad que los de los ciudadanos más educados. 

Además, dado que los ciudadanos con niveles más altos de educación tienden a dominar campos como la política, otros ciudadanos pueden percibir que los políticos están distantes de su forma de vida.

 Es revelador que muchos políticos (populistas) hayan capitalizado esta percepción de distancia entre los políticos y una parte sustancial del electorado. Un ejemplo poderoso surgió durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 cuando Hillary Clinton se refirió a los partidarios de Donald Trump como "deplorables", lo que llevó a Trump a afirmar que esto reveló que Clinton "es una persona que desprecia a los orgullosos ciudadanos de nuestro país". 

Varios estudios han insinuado cómo la percepción de que los políticos no comparten las experiencias vividas por los ciudadanos comunes puede alimentar el resentimiento entre grupos como los residentes rurales, los ciudadanos blancos de clase trabajadora y los partidarios del Brexit. Sin embargo, todavía necesitamos una mejor comprensión de cómo esta percepción juega un papel en su descontento político, y en el de los ciudadanos con menor nivel educativo en particular.

 Evidencia de Holanda Para arrojar luz sobre esta pregunta, realizamos entrevistas grupales en profundidad con 26 ciudadanos políticamente descontentos con niveles más bajos de educación en los Países Bajos, un país caracterizado por una brecha educativa excepcionalmente amplia en la confianza política.

 Debido a que queríamos establecer contextos de entrevistas seguros y familiares en los que las personas se sintieran libres de expresar sus opiniones, realizamos las entrevistas en entornos y grupos elegidos y reunidos por los propios participantes. Si bien todos los participantes estaban descontentos con la política, provenían de múltiples regiones y diferían sustancialmente en la orientación política y los niveles de interés y participación políticos. 

 Nuestras entrevistas revelaron una percepción profundamente sentida de que muchos políticos - "ellos" - estaban muy lejos de la gente "común", o "nosotros". Si bien nuestros entrevistados no especificaron qué grupos constituían la gente "común", el concepto se articuló con frecuencia en relación con los políticos que se consideraban distantes de ellos. 

Esta distancia percibida constaba de tres aspectos, cada uno a su manera asociado con el descontento político. 

 En primer lugar, nuestros entrevistados percibieron que muchos políticos eran insensibles a las experiencias vividas por la gente "común", lo que a menudo se atribuía a los niveles más altos de educación de los políticos o sus diferentes estilos de vida. Un entrevistado dijo que muchos políticos "viajan en diferentes círculos, se enfrentan a diferentes cosas, por lo que tienen diferentes intereses ... y por eso no saben lo que es para nosotros". 

A raíz de esta percepción de insensibilidad a sus experiencias vividas, nuestros entrevistados creían que muchos políticos no los representaban y que sus políticas no coincidían con sus intereses. Esto se reflejó en un comentario en una de nuestras entrevistas de que los políticos, “después de haber seguido un par de cursos”, “de repente se meten en política y les dicen a todos aquí cómo deben hacer las cosas”.

 En segundo lugar, nuestros entrevistados observaron que muchos políticos "se andan por las ramas", mientras que la gente "común" sería "sencilla, sin límites" y "directa". Esta observación fue muy importante para evaluar a estos políticos: sus estilos de comunicación se percibieron como una señal de indecisión y falta de integridad. Estos políticos están "siempre lloriqueando", lo que "no logra nada", y utilizan estrategias de "doble discurso".

 Por último, muchos políticos fueron acusados ​​de señalar superioridad y despreciar a la gente "común" debido a las opiniones políticas que tienen estos últimos (que experimentan al ser acusados de "racistas"), su posición social ("deplorable") o limitada conocimiento político ("almas simples").

 Esta percepción contribuyó en gran medida a que nuestros entrevistados se sintieran mal reconocidos y percibidos como incompetentes en el ámbito político. Sin embargo, también activó una reacción en la que muchos de nuestros entrevistados sintieron la necesidad de destacar su preeminencia frente a los políticos.

 De manera reveladora, los políticos que se creía que compartían experiencias vividas con nuestros entrevistados fueron evaluados positivamente. Uno enfatizó que cuando los políticos “hablan desde la perspectiva del pueblo”, “hablan por mí”. Del mismo modo, los políticos que hablarían "simplemente normal" se asociaron con una mayor decisión e integridad que aquellos que "andaban por las ramas". 

Además, los políticos que señalaron que estaban en el mismo "nivel" que la gente "común" fueron apreciados: un político que "simplemente se pone un par de jeans" demostraría que "no vale más que los ciudadanos holandeses normales".

Nuestros hallazgos tienen implicaciones para la política contemporánea. Lo más importante es que muestran que la sobrerrepresentación de ciudadanos con niveles más altos de educación en las instituciones políticas, también denominada “democracia diplomática”, es de mayor importancia de lo que comúnmente se reconoce. 

Esta sobrerrepresentación no solo hace que los ciudadanos con niveles más bajos de educación se sientan subrepresentados en lo que respecta a sus preferencias políticas, sino que también hace que estos ciudadanos se sientan incomprendidos por los políticos con respecto a sus experiencias vividas.

 En esencia, sienten que los políticos los menosprecian. El estilo de comunicación dominante utilizado en el ámbito político también puede hacer que los ciudadanos con menor nivel educativo cuestionen la integridad y la decisión de los políticos. Como tal, el impacto de una democracia diplomática en los niveles de descontento político es más amplio de lo que sugieren investigaciones anteriores. Quienes pretenden reducir este descontento se enfrentan a un desafío aún mayor."                    

(Kjell Noordzij es candidata a doctorado en el Departamento de Administración Pública y Sociología de la Universidad Erasmus de Rotterdam. Willem de Koster es profesor asociado de Sociología Cultural en el Departamento de Administración Pública y Sociología de la Universidad Erasmus de Rotterdam. Jeroen van der Waal es Catedrático de Sociología de la Estratificación en el Departamento de Administración Pública y Sociología de la Universidad Erasmus de Rotterdam.  EUROPP, 19/02/21)

16/11/20

Decenas de miles de trabajadores estadounidenses se han lanzado a la vida en la carretera. Náufragos del colapso de las clases medias. Utilizan vehículos para alternar trabajos estacionales y han formado sus propios códigos...

"No he dormido”, justifica Jessica Bruder para no conectar la cámara durante la entrevista. No es para menos, es 4 de noviembre y Estados Unidos sigue sin tener claro quién será el próximo presidente. 

De hecho, hoy es 15 de noviembre y aunque la victoria de Joe Biden ha sido clara, la transición presidencial no está tan clara como parece. “Nuestros nervios están disparados”, continúa Bruder “esperábamos que Biden ganase de manera aplastante. Sigo creyendo, sigo siendo optimista, en que va a ganar, pero el solo hecho de que Trump esté tan cerca es aterrador, es terrible para el futuro del país”.

Pero la llamada no es para discutir sobre las elecciones estadounidenses, sino para hablar de País Nómada (Capitán Swing, 2019) un ensayo periodístico sobre las vidas de un puñado de trabajadores que viven en la carretera, en furgonetas, autocaravanas y otros vehículos adaptados. El ensayo ha dado lugar a una película Nomadland, sin estrenar en España, que ganó el León de Oro del último festival de Venecia.

Esa vida nómada ha dado lugar a una subcultura pero, antes que eso, a un ejército laboral de temporeros formado mayoritariamente por personas mayores —muchas de ellas sobrepasan los 70 años— que migra en busca de currillos estacionales y aspira a no pasar demasiado frío en invierno y mantener unos ahorros para sus gastos imprevistos. Son, en gran medida, víctimas del colapso de la clase media en Estados Unidos que decidieron salirse por la tangente y eliminar el principal gasto que marcaba sus vidas: los derivados de un mercado de la vivienda averiado para las mayorías.

“Me pregunto si a la gente le habría llamado la atención en un libro como País Nómada si no hubiera sido por Trump y no se hubieran sentidos concernidos por los marginados, los desfavorecidos que hay en América”, valora Bruder. 

Pero el libro en su totalidad fue escrito durante la administración de Barack Obama, porque, como reconoce, los problemas que estaba siguiendo son muy profundos y sistémicos: “Cuando observas la desigualdad arraigada, los salarios planos y el creciente ritmo de crecimiento de los alquileres, te das cuenta que son problemas que estaban ahí hace mucho tiempo, que ya forman parte de la historia de Estados Unidos. No es que hayan comenzado con Trump, creo que antes de él ya teníamos mucho trabajo que hacer como sociedad. En primer lugar, para construir una economía que sirva a la sociedad antes que un mercado que tiene a la sociedad como un apéndice”.

¿De verdad había mucha diferencia, para gente como la que has seguido en País Nómada, entre que ganase Trump o que ganase Biden las elecciones del 3 de noviembre? 

Bueno, sí me preocupa que Trump encuentre formas de atacar la Seguridad Social y el Medicare, así como muchos de los programas depauperados de la Seguridad Social que todavía tenemos. En la carretera, mucha de la gente que encontré no tenía ni siquiera la oportunidad de votar. Además, este año todo es distinto con el covid. 

El hecho es que, como son nómadas, tienen que tener direcciones postales falsas. Es muy probable también que, cuando se abrieron las urnas, ellos no estaban en el Estado en el que estaban registrados para votar. Así que muchos, pase lo que pase, están marginados de ese proceso.

Da la sensación de que son personas que viven al margen también de la dicotomía entre dos países que ha marcado estas elecciones.

Desde un punto de vista más general, cuando yo estaba en el camino, el país ya estaba dividido. Pero no de la manera en lo que está ahora. Entre la gente a la que seguí en ese viaje, conocí a algunos que no votaban, otras que iban a votar por Hillary Clinton y algunos otros más “libertarios”. Ha habido quien ha querido hacer un mapa que explicase que la subcultura nómada que he seguido la forman los blancos enfadados que están con Trump... No es algo que encaje completamente.

 En la carretera encontré a gente con todo tipo de experiencias. Pero, independientemente de eso, sí que pienso que lo que ha hecho la Administración Trump no ha sido positivo para ellos. Por ejemplo, ha aumentado la diferencia entre lo que cobra un CEO respecto a la paga de un trabajador. Si ves la desigualdad salarial en América, cuando yo estaba escribiendo el libro, era de 270 a uno. El año pasado, los CEO ganaron 320 veces más que el trabajador medio. Antes, en 1965, la diferencia era 21 a uno. Este es uno de los grandes problemas de Estados Unidos, es una nación muy rica pero la forma en que esa riqueza se distribuye es problemática. Hace que la movilidad social sea imposible. Es una amenaza real a nuestra democracia.

Las personas que aparecen en País Nómada no cumplen el estereotipo de lo que de forma despectiva se llaman los “red necks”, son, de hecho náufragos del colapso de las clases medias a las que haces referencia.

 Sí, son gente que lidia con toneladas de inestabilidad. Creo que es psicológicamente tranquilizador para la gente agrupar a estos nómadas en categorías: “son todos derechistas” o “son hijos del rust belt” o “son gente que se arruinó”. Y de nuevo, tengo que insistir en que no conocí a todas las personas que se lanzan a la carretera. Estuve trabajando en ello, viajando con este grupo de gente durante tres años.

Mi experiencia no es la de una socióloga o una estadística, aunque sí pude ver que había múltiples procedencias y circunstancias. Creo que, en una cultura como la nuestra, especialmente en una época de miedos, es fácil para nosotros mirar a grupos de gente que no comprendemos y convertirlos en otros, en una especie de “sombra” u opuesto a lo que somos nosotros mismos. Una lección para mí es que esta gente puede ser cualquiera. Racialmente, étnicamente, no hay tanta diversidad, pero en términos de estatus socieconómico y nivel formativo hay mucha diversidad.

Son historias de crisis personales y de un sistema en crisis, pero también hay un canto a la alegría de vivir y la resiliencia.

Creo que es gente que está muy acostumbrada a sentirse machacada por el sistema. De nuevo, por los sueldos bajos, los alquileres altos, la ansiedad constante acerca de si serán capaces de seguir viviendo “una vida normal”. De forma que, cuando encuentran una manera de dar un paso al costado de ese día a día, encuentran un sentimiento de liberación. 

Pero las cosas van bien hasta que dejan de ir bien, porque si tú estás viviendo en una furgoneta, y ese es tu hogar, y no tienes ahorros, estás a una rotura de motor de llegar a la “ciudad del sinhogarismo”. Así que sí, puedes tomártelo como la libertad de la que hablaba Janis Joplin en esa vieja canción “Libertad es solo otra forma de decir nada que perder”. Pienso en George Orwell escribiendo en París y Londres y me doy cuenta de que cuando has abandonado o has sido expulsado de la sociedad de masas, la vida sigue sucediendo. 

Quizá se esperaba que la gente con la que me he encontrado iba a pasarse la vida quejándose o presentándose como víctimas, pero todos necesitamos despertarnos cada mañana y seguir haciendo lo que hacemos. Son los protagonistas de su historia. Así que fue bastante sorprendente ver cómo estaban tratando de sacar el máximo provecho de lo que tienen, aunque para muchos de nosotros lo que tienen no sea suficiente. 

También fue importante encontrar una especie de “comunidad” que empuja contra el tipo de alienación que domina nuestra cultura. Porque pienso que, de una manera extraña, dejar de lado la cultura de la productividad, de las “metas”, del individualismo, aporta cierto alivio. Por supuesto, viene con un montón de inconvenientes, pero esos vínculos, el sentimiento de compartir, de compañerismo… es algo de lo que la cultura mainstream debería aprender.

País Nómada me recordó a una obra de Barbara Ehrenreich.

Por cuatro duros. Es increíble. Ella es increíble. Hay otra autora, Rebbeca Solnit, que me gusta mucho, que escribió Un paraíso construido en el infierno, que podría haber mencionado en mi libro. Solnit sostiene que hay una serie de micro-utopías que crecen rápidamente en torno a los desastres. Sucede cuando se producen terremotos que la gente se une, se encuentra.

 Lo vi en Nueva York como alguien que vivía en el centro de la ciudad durante el 11 de septiembre de 2001. En las semanas y los meses después de aquello, la gente se trataba mejor entre sí, y con el mayor espíritu de comunidad que nunca he visto en Nueva York. Es una paradoja horrible que esta respuesta conjunta se dé en circunstancias así. La pregunta sería cómo podemos aprender a hacerlo sin ese dolor.

País Nómada también me remitió a una obra de los años 30 del siglo XX, Boxcar Bertha, de Ben Reitman. ¿Crees que hay similitudes entre la historia de esa subcultura, la larga tradición de viajes en tren, con sus códigos, sus consejos y sus narrativas?

Sí, definitivamente hay paralelismos. El libro está dedicado a un amigo mío, Dale Maharidge. Su primer ensayo se llama Journey to nowhere (“Viaje a ninguna parte”). En los 80, se subió a trenes de carga con gente desposeída, que buscaba trabajos. Fue muy interesante hablar con él mientras llevaba a cabo este proyecto. Porque, en aquella época, a quien se encontró mayoritariamente fueron hombres, y en la actualidad ves a multitud de hombres y mujeres. Es un fenómeno interesante. 

Hay cosas que permanecen aunque hayan cambiado, como el hecho de que estas personas se dejaban mensajes unas a otras en forma de jeroglíficos para saber dónde pueden ir, qué sitios son seguros, etc. En la actualidad, utilizan la web para dejarse esos mensajes y consejos: qué Walmart es seguro para llevar la furgoneta, cuál no lo es. Hay un sentimiento de camaradería compartido en afrontar la adversidad juntos. El hecho de que la economía los excluye, y el hecho de que la sociedad de masas los mira por encima del hombro y los contempla como inadaptados, los hace cohesionarse como una subcultura.

¿Sigue aumentando el número de personas en esta situación?

Una de las cosas que más me preocupan en este momento es la situación con el covid. Y el hecho de que mucha gente ha perdido su trabajo. Cuando comience el año, vamos a ver una oleada de gente expulsada de sus casas, es cuando expira la moratoria de la mayoría de desahucios. Y vamos a ver esta situación terrible: hay tantísimas casas vacías y tantísima gente que ha sido desplazada que muchos de los nómadas que aparecen en el libro —incluidos los del Rubber Tramp Rendezvous— están posteando vídeos explicando cómo la gente puede vivir en un vehículo si es desahuciada.

 La cuestión es, cuando tienes cierta cantidad de personas viviendo en la carretera, pueden hacerlo de manera encubierta, pero cuando tienes masas y masas de gente viviendo así, en un país en el que muchas ciudades legislan para hacer ilegal dormir en un vehículo, tienes un problema importante. Y creo que es terrorífico. También está el simple hecho de saber que muy pronto va a haber mucha, mucha gente, ahí fuera, y cómo eso va a influir en la gente que ya está viviendo así.

Una de las cuestiones que explican el fenómeno que describes es el enorme beneficio que una compañía como Amazon obtiene de estos trabajadores itinerantes. ¿Hay alguna manera de hacerlos responsables de esta situación de precariedad?

La gente me pregunta, ¿por qué no se sindican, porque no funcionan en equipo? Básicamente porque están en tránsito y se quedan poco tiempo en los sitios. No tienes el tipo de solidaridad y de organización a largo plazo que te permitiría obtener derechos de un empleador como Amazon.

 Creo, sin embargo, que hay cosas importantes pasando en este momento en torno a Amazon. El pasado año saqué una historia, que fue portada de Wired, sobre la comunidad somalí y del África occidental en Minneapolis.

 Fueron de los primeros en organizarse y sentar a Amazon a una mesa para negociar con los trabajadores. Ahora, hay un grupo llamado Athena que es una organización enorme tratando de poner a esa compañía bajo control. En el caso de los nómadas es complicado estar a la cabeza de estos movimientos. Muchos de ellos son tan precarios que, tristemente, están agradecidos por el trabajo, incluso aunque se les explote. Pero esta gente que vive a tiempo completo en comunidades más tradicionales, han llegado a un punto de decir “basta ya”. No creo que vayamos a ver ese movimiento social partir de los nómadas. 

Es muy interesante que esté viniendo de esas comunidades procedentes de África occidental, en cuanto conservan lazos culturales muy fuertes. Si alguien viene a Estados Unidos desde Somalia hay muchas oportunidades de que hayan pasado por la guerra civil o situaciones extremas. Son comunidades fuertes, que están preparadas para unirse contra la adversidad, precisamente por esas experiencias anteriores."                              (Entrevista a Jessica Bruder, Pablo Elorduy, El Salto, 15/11/20)

12/11/20

Cuando la mitad de un país cae derrotada... los escándalos sexuales, los casos de corrupción o el impago de impuestos de Trump no le han pasado factura. Otros hubieran sido aniquilados por la opinión pública y las instituciones. Para el corazón de sus votantes (más que en 2016) estas irregularidades se han convertido en virtudes. Para la nueva clase baja en el interior de la clase baja blanca trabajadora, que se siente preterida respecto a las minorías afroamericanas o latinas; son los más pobres de entre los pobres...

 "(...) Con motivo del reciente estreno de su última película El juicio de los siete de Chicago (una denuncia de la persecución del sistema a los líderes de 1968 americano), Sorkin actualizó su opinión: “Trump ha sido peor de lo que imaginamos que sería”.

¿Qué ha pasado en estos cuatro años? El ascenso del trumpismo, que no será tan sólo un accidente histórico: el trumpismo irá más allá de Trump como el reaganismo trascendió a Reagan. Es sorprendente observar que los escándalos sexuales, los casos de corrupción o el impago de impuestos de Trump no le han pasado factura, lo que no ha sucedido, ni habría sucedido, con cualquier otro presidente o candidato a presidente. 

Otros hubieran sido aniquilados por la opinión pública y las instituciones. Lo mismo ha ocurrido con sus continuas mentiras y, hasta ahora, con su delirante destrucción de la fe pública en la legitimidad de las elecciones.

Para el corazón de sus votantes (más que en 2016) estas irregularidades se han convertido en virtudes. En buena parte, el trumpismo representa el descontento y el resentimiento de la parte baja de la población. Ha surgido con mucha potencia el concepto sociológico de “escoria banca” (white trash) para definir a una buena parte de los seguidores de Trump. 

Quizás se acerque al concepto de “lumpen” (grupo social formado por individuos socialmente marginados, como indigentes, mendigos, etcétera, desprovistos de toda conciencia de clase), que desarrollaron Marx y Engels..

 La “escoria blanca”, en definición de la profesora de Historia Nancy Isenberg (White trash. Capitán Swing, recién publicado en España) es una especie de nueva clase baja en el interior de la clase baja blanca trabajadora, que se siente preterida respecto a las minorías afroamericanas o latinas; son los más pobres de entre los pobres, aquellos a los que las fluctuaciones económicas no disminuyen o mejoran su miseria. 

Son capas estancadas, incapaces de incorporarse a la corriente dominante de la sociedad. Representan la doctrina del destino manifiesto y muestran la molesta tensión entre las promesas que se inculcan en EE UU (el sueño de la movilidad social ascendente) y la mucho menos atractiva realidad (la vulnerabilidad).

¿Cómo llegaron a Trump? Mientras la “escoria blanca” se ha multiplicado con la Gran Recesión y con la pandemia de la covid-19, un trabajador del cinturón del óxido declara concienciado en televisión: “El trabajo de una persona es su última línea de defensa contra los peligros de la vida. Un trabajo es una de las propiedades más preciosas que poseer”.                 (Joaquin Estefanía, El País, 06/11/20)

9/11/20

La base social del trumpismo

 "(...) De aproximadamente 155 millones de votantes, lo cual corresponde a casi tres cuartos de la población adulta estadounidense, entre 72 y 75 millones han votado para reelegir a Donald Trump. Este es un aumento considerable sobre los 63 millones que llevaron a Trump al poder en 2016. De este modo, Trump no sólo perdió una cantidad reducida de sus seguidores anteriores, además reclutó nueves -incluides les afroestadounidenses, latines y jóvenes blancxs-. 

Casi un tercio de les votantes estadounidenses afirman su presidencia y quieren más, o al menos quieren evitar fervientemente una presidencia de Biden.

¿Y qué sabemos sobre eso?

A estes votantes les gusta o no les importa que este presidente no intente liderar o reunir a la nación, sino más bien que grite, alardee, insulte y ataque como un matón indisciplinado en el patio del recreo.

Les gusta o no les importa que pague menos impuestos que les trabajadores y que esté en deuda con acreedores desconocides por casi 500 millones de dólares.

Les gusta o no les importa que haya fallado en cumplir las promesas de su campaña del 2016, desde un nuevo plan de atención médica, la reindustrialización del Medio Oeste y un muro fronterizo pagado por México, hasta abordar la crisis de opioides.

Les gusta o no les importa que incite a grupos de odio de supremacistas blancos, milicias armadas de la derecha, y peligrosas teorías conspirativas vinculadas a amenazas de violencia civil extrema.

Les gusta o no les importa que más de dos docenas de mujeres lo hayan acusado de forma creíble por acoso o agresión sexual, y que habitualmente ataque a interlocutoras y opositoras con insultos misóginos.

Les gusta o no les importa que haya abordado el Covid 19 casi con indiferencia, sin consideración por la salud pública ni por los protocolos médicos; tanto que la tasa estadounidense de infección y muerte ahora está creciendo en regiones que lo apoyan y supera la de cualquier nación industrializada, ha ayudado a crear un cráter en la economía, y probablemente pronto romperá el ya sobrecargado sistema de salud estadounidense.

Les gusta o no les importa que el único paquete de rescate fiscal federal durante el Covid 19, la ley CARES, lejos de paliar las aterradoras dificultades de la clase media trabajadora, económicamente desplazada por la pandemia, constituyó la mayor redistribución ascendente de la riqueza en la historia del capitalismo, a través de recortes en los impuestos para quienes tienen mayores riquezas, y préstamos baratos sin restricciones para las corporaciones.

Les gusta o no les importa su rechazo a la emergencia climática y a las crisis ecológicas relacionadas que amenazan todo en torno al futuro.

Quizás más significativamente, les gusta o no les importa el desprecio del Presidente por las instituciones, normas y prácticas democráticas. Afirman o son indiferentes al hecho de que su régimen tiene todas las marcas de un nuevo fascismo, garantizado para intensificarse en un segundo mandato. 

Aparte de su propia personalidad dictatorial, exhibida cuando -sin fundamento- se declaró a sí mismo el ganador de la elección en la noche del martes, éstas incluyen intentos de nombrar y controlar los tribunales y las agencias gubernamentales independientes; castigar a legisladores, gobernadores y estados enteros por falta de lealtad; ataques implacables a medios de comunicación, profesionales e intelectuales; difundir propaganda desde su oficina; usar al ejército y la policía para intimidar y sofocar la resistencia; y, por supuesto, desafiar procedimientos y resultados establecidos para las elecciones.

Pero aparte de aquelles a quienes realmente les gusta todo lo mencionado arriba -ya algunes efectivamente les gusta- ¿qué pasa con aquelles a quienes simplemente no les importa porque el régimen de Trump les ofrece algo más que les es fundamental? Aquí no hay una cuestión simple o una explicación monolítica. Para algunes, todo lo que importa es su cartera de inversiones o la factura tributaria. Para otres, es la santidad del matrimonio heterosexual o la incomparable inocencia de los fetos. Para unes pocxs, es Jerusalem o los asentamientos en Cisjordania, y aún para otres es el derecho a la posesión de armas. Y por supuesto, para muchos es su privilegio supremacista blanco y masculino puesto en peligro.

 Para casi todes, sin embargo, un cierto tipo de libertad está en juego. En casi todas las entrevistas con votantes de Trump antes de la elección, Biden y el Partido Demócrata fueron identificados con el socialismo y Trump con la libertad. Las campañas del GOP[1] para el Congreso insistieron en este tema: votar en contra de un demócrata era prevenir una toma socialista de la nación, ejemplificada en las primarias del DNC[2], por el “Escuadrón” en el Senado, por los supuestos marxistas que organizan Black Lives Matter[3], y por la candidata a vicepresidenta afroestadounidense que una vez respaldó el Medicare for All[4].

Sería fácil imaginar esto como un discurso de recalentamiento de la Guerra Fría, y ciertamente eso es lo que consolidó el apoyo a Trump en Miami, Florida, donde millones de cubanes aún guardan resentimiento por la Revolución de 1959. Pero la Guerra Fría apenas estaba en juego en el intento de adosar la boleta Biden-Harris al socialismo. En cambio, el peligro en ciernes es del tipo que Hayek trazó en Camino de servidumbre y Friedman describió en Capitalismo y Libertad. 

Este es el gigante socialista durmiendo que la derecha ve contenido en cualquier programa de justicia social (lo que la derecha llama “ingeniería social”), esto es,  en cualquier esfuerzo por compensar el acceso sistemática e históricamente desigual a la vivienda, la banca, la educación, el empleo e incluso a la votación, y la promesa por reemplazar impuestos regresivos por unos progresivos sobre la renta y la riqueza.

El Obamacare[5] está identificado por el Partido Republicano con el socialismo. Fox News habitualmente hace referencia al socialismo del DNC. Y el sitio de noticias de derecha, Breitbart, identificó a “Camarada Kamala” con el comunismo, luego de que realizara un video de campaña explicando la equidad como un principio en el cual todos comienzan una competencia desde la misma línea de partida y juegan con las mismas reglas.

 Estas atribuciones no invocan al peligro de la represión política (aunque pueden extenderse a asociaciones con “corrección política” impuesta). Más bien, se basan en un temor de que la provisión social y la redistribución reemplacen una economía de mercado cruda (manipulada) que les seguidores de Trump han aprendido a identificar como el espacio de la autodeterminación. 

Pueden estar viviendo en un precipicio financiero, sobrellevando la adicción a los opioides en sus familias y comunidades, enviando a sus hijes a escuelas que fracasan y considerando la universidad como financieramente inalcanzable. Pero el mantra socialista les llena de miedo de que lo poco que tienen les será quitado por un Green New Deal[6], un Obamacare expandido, un acceso ampliado a la universidad, una reforma migratoria, y una nación menos dura y cruel con quienes vienen desde afuera, como así también con quienes -dentro del país-son humillades racial y étnicamente.

Por supuesto que lo que anima a algunes de les votantes de Trump es más crudo: racismo y xenofobia viscerales; odio a feministas, ambientalistas y élites costeras; resentimiento enfurecido por el desprecio que saben que les estadounidenses educades y cosmopolitas tienen por elles; y amor por un matón que agarra lo que quiere y ataca como le place. La pasión de todes les seguidores de Trump no puede ser explicada sólo por el neoliberalismo.

 Pero lo más brillante que el Partido Republicano y sus medios de comunicación auxiliares hicieron para superar el desempeño real de Trump fue adosar a los demócratas tout court al socialismo e identificar a Trump con la libertad. Fue una versión de la libertad expresada en su resistencia a los protocolos del Covid, en sus recortes sobre los impuestos a les ricxs, en la extensión del poder y los derechos de las corporaciones, y en la búsqueda de destruir lo que quedaba del Estado regulatorio y social. Fue una versión de la libertad que ya colmaba la cultura neoliberal antigubernamental y antidemocrática. Todo lo que el Partido Republicano tenía que hacer era construir sobre esto.

Una sólo puede preguntarse. Si el DNC iba a ser adosado con la etiqueta socialista, ¿habría sido mejor presentar un socialista democrático real, en lugar de Biden? ¿Esto podría haber generado una chance para enseñar a los Estados Unidos qué es realmente el socialismo democrático (¡y la libertad que presenta!), para fustigar abiertamente a la cleptocracia trumpista y no sólo a la persona, y también para estimular a las decenas de millones de millennials que alguna vez consideraron al 2020 como el año que podía producir una posibilidad de lucha para el planeta y para sus propias expectativas de prosperar? Biden se basó en la decencia, pero esa virtud anticuada no estaba exactamente en la cima de las preocupaciones de la mayoría de la gente en el siglo XXI. Para muches, un futuro mejor sí lo está."           (Wendy Brown  , Sin Permiso, 07/11/2020)

3/8/20

Erasmus, una generación de esclavos sin lugar fijo (de trabajo y de vida)

"Animada por el anarquismo posmoderno del deseo ilimitado y el capricho desmedido, la Generación Erasmus encuentra su figura antropológica de referencia en el homo novus. Este es un ciudadano del mundo, es decir, privado de toda ciudadanía. 

Su casa es cualquier lugar del mundo, es decir, no tiene hogar fijo. Está arraigado igualmente en cualquier lugar, es decir, privado de todo arraigo. Además, tiene una mente abierta, es decir, sin identidad cultural propia y, por lo tanto, «abierto» a todo lo que la sociedad de consumo y la dictadura de la publicidad querrá imponerle.


De la Política de Aristóteles aprendemos, entre otras cosas, que el esclavo es aquel que carece de vínculos y de hogar fijo, por eso puede ser utilizado en todas partes y de cualquier manera. Sin embargo, el hombre libre es, aristotélicamente, el que entabla muchas relaciones y tiene muchas obligaciones con los demás, con la polis y con el lugar donde vive.


Lo que nos enseña esta fábula (fabula docet) es que la libertad no se construye como una especie de autonomía del átomo errático, sin raíces éticas ni arraigo territorial. Esta figura sería, al contrario, la de la esclavitud, aunque sus cadenas sean invisibles. Tal es la subalternidad del nuevo polvillo de egoísmos cósmicos y de mónadas cínicas en un mundo desorientado, sin centro de gravedad. La libertad, en cambio, se construye por medio de vínculos con los lugares y las personas: existe siempre como nexo relacional, no como propiedad atesorada por la individualidad de los nuevos Robinson Crusoe.


También de la lección aristotélica emerge la falsedad del discurso cosmopolita actual, que celebra como peculiaridad del hombre libre esa errancia, ese desarraigo y esa ausencia de vínculos que, en realidad, son los rasgos específicos de la esclavitud y de su capacidad de transformar al individuo en un átomo abstractamente omnipotente -al no tener vínculos- y, concretamente impotente, completamente subordinado al orden de la producción y el intercambio.


Una vez más, la lógica capitalista transforma en oportunidades o chances emancipadoras las que, en realidad, son condenas y penas para las clases desclasadas de la globalización, hijos de un dios menor.


Es lo que podríamos llamar justamente la «paradoja de Andrew Ure». Este último, dice Marx con «despiadado sarcasmo», en las páginas de La Filosofía de las manufacturas (1835) se oponía a la propuesta de reducir las horas de trabajo de los jóvenes y se empeñaba en demostrar «científicamente» que, trabajando doce horas al día en las hilanderías, los chicos crecían más sanos y más fuertes.


Los Andrew Ure del nuevo orden mundial son aquellos que hoy rechazan cualquier propuesta de reducir la flexibilidad laboral y existencial, pero también la competitividad global, citando como hipócrita demostración «científica» el supuesto daño que se derivaría para las clases dominadas y, en particular, para las nuevas generaciones."          (Diego Fusaro, El Viejo Topo, 17/06/20)

14/10/19

¿Quién vota a la derecha? En todas las elecciones la clase trabajadora y las profesiones socioculturales votan significativamente más a la izquierda, mientras que directivos y cuadros, profesionales tradicionales, profesionales de gestión, otras profesiones, pequeños propietarios y autónomos y agricultores votan más a la derecha...


"(...) nuestro interés reside en contrastar empíricamente dos hipótesis. En primer lugar, queremos conocer si el comportamiento electoral de la población española en 2015, 2016 y 2019 sufrió algún tipo de desclasamiento. En segundo lugar, queremos averiguar si la clase trabajadora se encuentra detrás del ascenso de Vox o, al menos, de las derechas españolas. En ambos casos usaremos algunos resultados de la investigación, más amplia, que se publicará en ¿Quién vota a la derecha? en la editorial Península en otoño de este año.

El voto de clase en España

En lo que se refiere a España, la investigación del sociólogo Miguel Caínzos concluyó que «la presencia del voto de clase ha sido una característica relevante y persistente del comportamiento de los electores españoles durante el período estudiado»[4], es decir, entre 1986 y 2000. A la misma conclusión llegó el también sociólogo Modesto Gayo en su investigación para un período que se extendía hasta 2008[5]. Ambos trabajos han demostrado que la clase social importa a la hora de votar, al menos hasta la primera década de siglo.

En concreto, los estudios de Caínzos y Gayo revelaron que las clases trabajadoras tienen una mayor probabilidad de votar a la izquierda (especialmente PSOE, pero también IU) mientras que las clases medias tienen una probabilidad mayor de votar a la derecha (PP).
Sin embargo, existe una excepción notable entre las clases medias, y se encuentra en un segmento radicalizado que tiene una mayor probabilidad de votar a IU que al resto. Se trata de las llamadas profesiones socioculturales, y que engloba a profesores de universidad, científicos, músicos y profesionales del espectáculo, escritores y periodistas, especialistas y científicos sociales, entre otros –ver nota explicativa al final del artículo–. Se trata de un conjunto particular de ocupaciones que se diferencia del resto de las clases medias.

Lógicamente, toda investigación empírica se realiza dentro de un marco teórico que nos permite disponer de herramientas con las que proceder a la contrastación. En la tradición del análisis de clase hay múltiples corrientes, desde las inspiradas por Karl Marx hasta las inspiradas por Pierre Bourdieu, pasando por las que se derivan del trabajo de Max Weber.
En otro lugar[6] hemos descrito y discutido estas corrientes, pero aquí nos vale recordar que los esquemas de clase neomarxistas, como los de Erik Olin Wright, se han aproximado mucho en la práctica a los esquemas de clase neoweberianos. De ahí que nosotros hayamos utilizado, para nuestra investigación, el esquema neoweberiano de Erikson-Goldthorpe-Portocarero (EGP) con algunas modificaciones.

Utilizando el citado esquema EGP, y descomponiendo las clases medias en diferentes segmentos para observar mejor en su interior, en ¿Quién vota a la derecha? hemos demostrado que las conclusiones de Caínzos y Gayo pueden extenderse, básicamente, hasta 2019. Es decir, España sigue manteniendo un voto de clase muy marcado en el que las clases trabajadoras tienen mayor probabilidad de votar a la izquierda y las clases medias mayor probabilidad de votar a las derechas. También, como veremos luego, se mantiene la excepción de algunos segmentos radicalizados de la clase media.

Debemos recordar que los estudios empíricos sobre clases sociales han demostrado que la clase media no es un conjunto homogéneo y que, como hemos visto, está compuesta de segmentos que difieren notablemente en su comportamiento electoral. De ahí que tenga más sentido hablar de clases medias en plural. Por eso conviene abandonar tanto la versión dicotómica de la estructura social, que señala a capitalistas y trabajadores, pero también la más convencional versión tridente conformada por clase alta, clase media y clase baja. (...)

En todas las elecciones la clase trabajadora (formada por trabajadores cualificados, trabajadores no cualificados y jornaleros) y las profesiones socioculturales votan significativamente más a la izquierda, mientras que directivos y cuadros, profesionales tradicionales, profesionales de gestión, otras profesiones, pequeños propietarios y autónomos y agricultores votan más a la derecha. Además, la tendencia entre elecciones es de estabilidad. (...)
La clase trabajadora

La clase trabajadora rara vez es definida con precisión en los discursos políticos, pero muchas veces tampoco en los escritos académicos. El pensador que encarnó la ortodoxia del catecismo marxista de la II Internacional, Karl Kautsky, ni siquiera logró esquivar la confusión entre sus referencias al proletariado industrial, es decir, al obrero fabril de mono azul, y el más amplio conjunto de asalariados.

Lo mismo le había pasado a Karl Marx, y tuvo que llegar Nicos Poulantzas para reconocer que a lo largo de la historia del pensamiento socialista habían existido múltiples definiciones de lo que era la clase trabajadora. De hecho, Poulantzas optó por una definición mínima que incorporaba bajo ese rótulo únicamente a los trabajadores manuales, siguiendo la tradición obrerista que otorga a dicho grupo social la misión histórica de cambiar el mundo de base.

El problema es que ese grupo social no ha sido nunca mayoritario, frente a lo que predijo el Manifiesto Comunista, y por lo tanto cualquier organización política de trabajadores tendrá que verse abocada a pactar con algún segmento de las clases medias si no quiere verse como un mero reducto de marginalidad.

Esta fue, precisamente, la conclusión lógica a la que llegó Poulantzas en su defensa de las tesis eurocomunistas. Al menos era rigurosa, dado que aún hoy es común oír hablar de clase trabajadora sin haber pasado una mínima prueba socrática, esto es, sin saber muy bien a qué nos estamos refiriendo.

Dado que la clase trabajadora es un concepto central no sólo en la teoría marxista, sino también en la práctica política –puesto que la interpelación también construye clase– conviene definir correctamente el concepto y seguirlo históricamente con acierto. No podemos dejar de observar que la noción de clase trabajadora ha estado simbólicamente vinculada con la mayoría de los proyectos de emancipación y que, por tanto, su declive numérico ha sido causa de innumerables discusiones académicas y políticas.

En efecto, las desindustrializaciones que han tenido lugar en las últimas décadas han mermado numéricamente el conjunto de ocupaciones que caían dentro del proletariado industrial o clase fabril, la más icónica y que, no en vano, es germen de la mayor parte de la simbología socialista. La estructura de clases de las sociedades postindustriales ha sido, no en vano, el punto de inicio de todo debate sobre el final de las clases.

Y es que, por ejemplo, en España el empleo industrial ha pasado de representar el 25% durante la Transición a representar actualmente el 13%. La trayectoria histórica, que puede seguirse en el siguiente gráfico, revela un período de auge durante todo el siglo XX, interrumpido durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores, pero que llega a su fin con la recuperación de la democracia.

Puede decirse, entonces, que la clase trabajadora, en términos de empleo industrial, ha mermado no como efecto de ninguna conspiración política sino como efecto de los cambios y transformaciones económicas, sociales y tecnológicas de las últimas décadas. Desde nuestro punto de vista es imposible interpretar la evolución del Partido Comunista de España y de los sindicatos de clase, por ejemplo, sin atender a estas transformaciones estructurales. (...)

Con todo, la clase trabajadora, en una definición neoweberiana, sigue siendo el grupo social más numeroso de toda la estructura de clases española. Según nuestros cálculos, la clase trabajadora es aproximadamente el 50% de la población (lo que incluye un 30% de trabajadores no cualificados, un 15% de trabajadores cualificados y un 5% de jornaleros), mientras que la clase de servicio sería del 22% y las ocupaciones intermedias (trabajadores no manuales, supervisores y pequeños propietarios y autónomos) el 28% restante.

Pero ello implica comprender que la clase trabajadora ya no refiere únicamente al obrero de mono azul, sino que incluye a muchos otros tipos de ocupaciones que tienen en común lo que los weberianos llaman situación de mercado y situación de trabajo, es decir, la cantidad y calidad de ingresos y seguridad económica y el tipo de autonomía y control que se tiene sobre el proceso de trabajo.

Como hemos dicho, algunas tesis que han proliferado en los últimos tiempos sugieren que la clase trabajadora es el sostén principal de los nuevos proyectos políticos de extrema derecha. Pero ¿ocurre eso en nuestro país para el caso de Vox y de otras derechas? Hasta la fecha, algunos análisis sobre el voto de Vox, como el de José Fernández-Albertos[9], han mostrado que no hay indicios de que este partido esté siendo capaz de llegar a los grupos sociales más desfavorecidos. Sin embargo, la mayoría de estos análisis refieren a categorías socioeconómicas diferentes de las de clase, así que con ayuda de nuestra metodología debemos explorar este campo.

Ya hemos visto que, en general, para España no es cierto que la clase trabajadora vote más a la derecha. De hecho, sucede exactamente lo contrario. El problema es que los bloques que hemos construido pueden ser heterogéneos y se puede estar perdiendo información. (...)

En general, y teniendo en cuenta otros análisis complementarios cuyos resultados no podemos incorporar aquí pero que pueden analizarse en el libro ¿Quién vota a la derecha?, estamos en condiciones de confirmar algunas ideas:

En primer lugar, no es cierto que la clase trabajadora esté detrás del ascenso de la extrema derecha en España y tampoco de la derecha tradicional. De las tres derechas, el partido con mayor fortaleza entre la clase trabajadora era hasta 2016 el Partido Popular, aunque con claro sesgo de edad y nivel de estudios. Desde las últimas elecciones generales, el que más se aproxima es Vox entre los trabajadores no cualificados, PP entre los jornaleros y Ciudadanos entre los trabajadores cualificados. Esta conclusión no es estadísticamente significativa y debe tomarse con cautela porque carecemos de datos suficientes como sí tenemos para 2015 y 2016. En todo caso, la mayor fortaleza entre la clase trabajadora la tiene destacadamente el PSOE.

En segundo lugar, es llamativa la ausencia de fortaleza relativa de Unidas Podemos entre la clase trabajadora, pero es algo que también le ocurría a Podemos (2015) y a IU (1986-2015) por separado. Como nuestra investigación ha subrayado, la composición de clase de IU y de Podemos en las elecciones de 2015 fue prácticamente idéntica y sólo en el caso de los jornaleros, más inclinados hacia IU, pudo constatarse una diferencia significativa. En general es válido decir que en términos de composición de clase Podemos vino a ocupar prácticamente el espacio que ocupaba IU. 

Y este espacio, lejos de lo que se puede deducir por los discursos políticos, no es el de la clase trabajadora. La fortaleza de Unidas Podemos está en las profesiones socioculturales, que no por casualidad es el grupo más izquierdista de todos. Como han demostrado Medina y Caínzos[10], durante los años ochenta el grupo más izquierdista fue el de la clase trabajadora, pero este grupo social ha ido derechizándose con el paso de los años al tiempo que el segmento de la clase media que comprende las profesiones socioculturales ha ido en dirección opuesta. 

En definitiva, el voto de clase está profundamente ideologizado y la clase trabajadora es más moderada que los partidos que más la interpelan en sus discursos. Una paradoja que, sin embargo, no es tampoco específicamente española. (...) el grupo social más izquierdista –en una escala del 1 al 10– es claramente el de las profesiones socioculturales, seguido de las profesiones técnicas. Sólo después llegan los otros grupos sociales de las clases trabajadoras, a saber, los jornaleros, trabajadores cualificados y trabajadores no cualificados. Todos estos grupos se encuentran más a la izquierda que la media de la población española. A la derecha se encuentran el resto, y como se esperaba destacan aquellos en los que los partidos de derechas tienen mayor fortaleza. (...)

En tercer lugar, la aparición de Vox ha difuminado las diferencias, en términos de clase, dentro del bloque de la derecha. Así, en comparación con las elecciones de 2015, donde existían algunas diferencias notables entre Ciudadanos y PP, los datos de 2019 revelan un bloque mucho más homogéneo. En todo caso, todos ellos tienen una mayor inclinación a ser más votados entre las clases medias y menos entre las clases trabajadoras que el bloque de izquierdas. Llamativamente, y con los datos de las últimas elecciones generales, el votante de Vox se parece más al de Ciudadanos que al del PP.

Finalmente, debe recordarse de nuevo que estamos trabajando con datos doblemente relativos y que expresan las fortalezas relativas de cada partido, pero no sus apoyos absolutos dentro de cada grupo social. Nuestra investigación es más completa, pero de momento creemos que con estos elementos pueden rechazarse las dos hipótesis que se habían planteado al comienzo de este artículo para la revista LaU. Por un lado, Podemos y Ciudadanos no han desclasado el voto en España, que sigue manteniendo pautas estándar donde la clase trabajadora vota más a la izquierda y las clases medias lo hace más a las derechas. Por otro lado, la fortaleza de la extrema derecha y del resto de las derechas se encuentran en las clases medias y, en particular, en los directivos y cuadros y profesionales tradicionales."

(Alberto Garzón (@agarzon) es director de la revista LaU, economista y autor de ¿Quién vota a la derecha?, libro que se publicará en otoño en la editorial Península. Economía crítica y crítica de la economía, 09/08/19)