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8/11/23

El monstruoso vicio de la servidumbre voluntaria... Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón... No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos

 "Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.

Este poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo ello a pesar de que es perjudicial, pues la servidumbre al tirano implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad, después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.

El tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula, próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo hay conspiración. Todo se corrompe.

 No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a la derrota.

 

Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.

En su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos compañeros.

Montaigne describó a La Boétie como un hombre de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad. Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado. Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos."                        (Berta Ares Yáñez , El País, 03/09/23)

10/1/23

Las psicopatologías de la clase política... el poder alimenta los factores de riesgo psicopatológico personales dentro de un gueto que los normaliza

 "El ser humano es político por naturaleza y necesita líderes políticos. El perfil de un político debería ser el de una persona que se siente comprometida con su comunidad y que está dispuesta a ponerse al servicio de esta para mejorar su calidad de vida. Sin embargo, muchas personas que sufren distintos trastornos mentales, la mayoría trastornos de personalidad, han encontrado en la política el contexto ideal donde desarrollarse.

Cuando sus respectivas psicopatologías representarían una dificultad de adaptación en la sociedad de ciudadanos de a pie, el sistema político les brinda la posibilidad de un desarrollo personal en el que la psicopatología se nutre del microcosmos de la clase política, sin representar un problema para la persona que lo padece.

Así, el trastorno de personalidad narcisista se satisface con la notoriedad de ser político y la percepción subjetiva de poder sobre los demás. El trastorno de personalidad antisocial está encontrando un contexto muy confortable con el auge de la extrema derecha, o incluso el trastorno histriónico de la personalidad encuentra en las sedes parlamentarias el lugar ideal donde escenificar sus espectáculos. El trastorno de personalidad obsesivo-compulsiva ha encontrado su espacio en la politización de la justicia. Lo mismo ocurre con la psicopatía, la sociopatía y los déficits graves de autoestima, que encuentran en el poder el mejor antídoto.

Enfermedades mentales en el ruedo político

El psiquiatra y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Francisco Alonso Fernández ya se preguntaba en 1978:

“¿Cuántos políticos, llevados por factores personales, han cometido errores en sus gestiones? (…) Cuando un político no disfruta de un estado de salud mental aceptable, su conducta rezuma peligrosidad”.

 ¿Hay determinadas enfermedades mentales que encuentran en el ruedo político un ecosistema de desarrollo? ¿Son los hemiciclos parlamentarios lo mismo que el lienzo y el pincel con el que Salvador Dalí pudo convertir su “locura” en arte? En cualquier caso, no tiene las mismas consecuencias una obra de arte surrealista que una toma de decisiones sesgada por una eventual distorsión de la realidad.

También podemos verlo en sentido contrario. ¿Es la actividad política un factor de riesgo para desarrollar la “locura”? El neurólogo David Owen estudió durante siete años el cerebro de los líderes políticos y concluyó que:

“El poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes”.

Factores de riesgo

La secuencia sería la siguiente: un ciudadano con factores de riesgo de determinadas psicopatologías entra en política y, abruptamente, alcanza cotas de poder inimaginables para él. Quizá al principio sienta dudas sobre su capacidad de gestionar ese poder, pero rápidamente le aparece el grupo de incondicionales que le reconocen su valía, precisamente por el poder que ostenta.

A partir de aquí empieza a creer que está ahí por mérito propio y que por lo tanto queda situado por encima de los demás mortales. En este punto se entra en el momento megalomaníaco, creyéndose infalible e insustituible (de ahí que tan pocos políticos dimitan, negando sus propios errores, y aferrándose adictivamente al poder).

El siguiente paso consiste en realizar grandes planes para los que quizás tendrá la necesidad de perpetuarse, incluso cambiando las leyes que limitan la permanencia en el poder. Y por fin se llega a la etapa paranoide, en la que percibe que todo el mundo está contra él. Ya no distingue entre diferencias ideológicas, sino que solo es capaz de entender el “si no estás conmigo, estás contra mí”.

Esto le aleja y le aísla por completo de la sociedad que le eligió. La única salida es dejar de escuchar, ir hacia adelante al precio que sea, aunque implique el sacrificio de miles de vidas humanas, tomando decisiones sin permitir recibir asesoramiento y ajeno a la pérdida de la capacidad de autocrítica ante los propios errores. Finalmente “cae” del poder y el baño de realidad implica un duelo imposible de elaborar, de modo que lo más probable es que desarrolle una clínica depresiva.

Síndrome de Hubris: orgullo desmedido y arrogancia

Esta sintomatología ya se observó en la Grecia clásica y se ha definido como el síndrome de Hubris. En griego antiguo, húbris (ὕϐρις) significa orgullo desmedido, arrogancia y presunción. Se caracteriza por un ego exageradamente sobredimensionado, ambición sin límite, actitud desafiante y temeraria, insolencia y un sesgo cognitivo que hace creer a quien lo padece que merece mucho más que el resto de los seres humanos, a quienes desprecia.

Síntomas del síndrome de Hubris:

Exceso de autoconfianza.

Conductas imprudentes.

Gran sentimiento de superioridad. Arrogancia, soberbia y chulería.

Preocupación exagerada por la autoimagen personal.

Pasión por el lujo y las excentricidades.

Convicción de que todo vale; el rival debe ser derrotado a cualquier precio.

Creencia irracional de infalibilidad. Incapacidad de autocrítica y de asumir las responsabilidades de sus decisiones, que nunca reconocerá como erróneas.

Desprecio por el asesoramiento profesional, que implicaría reconocer que otras personas saben más que ellos.

Distanciamiento gradual de la realidad. Carencia de empatía, humanidad y compasión.

Incapacidad absoluta para la elaboración del duelo por la pérdida del rol de poder, que se solventa mediante las llamadas “puertas giratorias”, o que se mitiga mediante sustanciosas pagas vitalicias.

A pesar de que el síndrome de Hubris responde más a una caracterización sociológica, la psicología y psiquiatría siempre han reconocido los efectos que el poder puede generar en la salud mental. Como dice el proverbio, “aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.

Un problema que se retroalimenta

Nos encontramos, pues, ante un problema circular que se retroalimenta. Los factores de riesgo de determinadas psicopatologías empujan al sujeto a encontrar en el ruedo político un ecosistema que tendría la función de normalizar los síntomas de la enfermedad mental.

Una vez dentro de la clase política, la actual aristocracia, el poder alimenta los factores de riesgo psicopatológico personales dentro de un gueto que los normaliza, pero el coste se paga en sintomatología de Hubris.

Sin duda, una espiral de la que resulta casi imposible salir, que cada vez aleja más al sujeto de la realidad. Y esta es, precisamente, la definición más simple de la psicopatología."               (Contrainformación, 02/01/23)

31/8/20

La neurotecnología ya lee cerebros: protejamos nuestros pensamientos... con los 'neuroderechos'

  "La crisis de la covid ha demostrado, entre muchas otras cosas, la fragilidad de la protección de la privacidad de nuestros datos personales y las carencias de los sistemas legales y administrativos, nacionales e internacionales, para abordar estos problemas. Escribo para poner de relieve un problema aún mayor: el de nuestra privacidad mental. Es un problema que nos viene de frente, pero que estamos todavía a tiempo de evitar.

 Esta historia empieza en febrero de 2013 en el Congreso de Estados Unidos. En una reunión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado, el presidente Barack Obama pronuncia el discurso del estado de la Unión y anuncia el lanzamiento de un proyecto científico a gran escala y a largo plazo, la iniciativa BRAIN (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies: investigación cerebral a través de neurotecnologías avanzadas innovadoras). Este proyecto, que Obama comparó con la gesta de llevar al hombre a la Luna, desarrollará herramientas que se aplicarán en cerebros de animales de laboratorio y en pacientes humanos. Estas herramientas (electrónicas, ópticas, moleculares y computacionales) servirán para registrar la actividad cerebral o para interferir con ella, colocando dispositivos invasivos (dentro del cerebro) o no invasivos (por encima del cráneo).

¿Por qué Obama lanza este proyecto? La neurotecnología es necesaria por razones científicas, clínicas y económicas. Desde la perspectiva de la ciencia es clave entender el cerebro, última frontera del conocimiento del cuerpo humano. Al comprender el cerebro, nos entenderemos por dentro por primera vez.

Desde el punto de vista de la medicina, las herramientas facilitarán el diagnóstico, la comprensión y la cura de enfermedades psiquiátricas y neurológicas, que resultan cada vez más devastadoras en la población.

En cuanto a la economía, la neurotecnología seguramente abrirá un campo enorme de desarrollo para empresas e industrias, como ocurrió con el proyecto del Genoma Humano [la gran iniciativa internacional de mapeo genético nacida a finales de los ochenta], que multiplicó por 124 la inversión en este campo. Este último fue el argumento más convincente para el Congreso de EE UU.

La iniciativa BRAIN, con una financiación estimada de 6.000 millones de dólares (el presupuesto no se ha visto reducido a pesar del cambio de inquilino en la Casa Blanca) está en su quinto año de los 12 previstos de duración, e involucra a más de 500 laboratorios que desarrollan todo tipo de neurotecnologías. Es una revolución metodológica para la neurociencia, como ocurrió en la biomedicina con la técnica de secuenciación del genoma. Esto no está ocurriendo solo en EE UU: desde 2013 se han lanzado proyectos centrados en el cerebro en China, Japón, Corea, Australia, Canadá, Israel y la Unión Europea, aunados en una iniciativa BRAIN internacional. Además de estos esfuerzos públicos, las empresas privadas, farmacéuticas y, sobre todo, las tecnológicas se están incorporando cada vez con más fuerza al desarrollo de interfaces cerebro-computador que conecten el cerebro a la Red. Estas interfaces pueden llegar a ser el equivalente a los iPhones del futuro.

Esta revolución neurotecnológica es buena, necesaria y, de hecho, urgente, como saben bien los lectores con familiares o amigos que sufren enfermedades neurológicas o psiquiátricas, y para quienes necesitamos desarrollar terapias más efectivas. Pero la ciencia es neutra, y estas técnicas, que tanto bien pueden causar a la humanidad, también pueden tener consecuencias negativas. Sería posible, por ejemplo, usar la neurotecnología para leer la actividad cerebral de una persona, o interferir en su cerebro y cambiar su comportamiento. Esto no es ciencia ficción, es algo que hacemos ya con animales de laboratorio, y, antes o después, se hará en humanos. ¿Cómo de lejos estamos? Desde el año 2008, un laboratorio en Berkeley (California) utiliza escáneres magnéticos para adivinar cada vez con mayor precisión en qué imagen está pensando un voluntario. Facebook está desarrollando una interfaz cerebro-computadora no invasiva, como una gorra electrónica, capaz de descifrar la palabra en la que el usuario está pensando y escribirla en la pantalla sin utilizar los dedos. Este tipo de dispositivos pueden revolucionar la industria, pero también destrozar nuestra privacidad mental. La actividad cerebral genera no solo nuestros pensamientos conscientes, sino también los subconscientes. Registrar la actividad cerebral permitirá, antes o después, acceder al subconsciente.

Motivados por estos y otros avances, un grupo de 25 expertos científicos, ingenieros clínicos, psicólogos, juristas, filósofos y representantes de distintos proyectos sobre el cerebro de todo el mundo nos reunimos en 2017 en la Universidad de Columbia (Nueva York) y propusimos una reglas éticas para la utilización de estas neurotecnologías. Pensamos que estamos ante un problema que afecta a los derechos humanos, ya que el cerebro genera la mente, lo que nos define como especie. Se trata, al fin y al cabo, de nuestra esencia: pensamientos, percepciones, memorias, imaginación, emociones, decisiones…

Para proteger a la ciudadanía de la aplicación indebida de estas tecnologías, hemos propuesto unos derechos humanos nuevos, llamados “neuroderechos”. De estos, el más urgente es el derecho a la privacidad de nuestro pensamiento, pues las tecnologías para leer la actividad mental están más desarrolladas que las tecnologías para manipularla.

Para defender la privacidad mental, estamos trabajando en tres líneas paralelas. La primera consiste en legislar la “neuroprotección”: pensamos que los datos obtenidos del cerebro, a los que llamamos “neurodatos”, deberían ser protegidos con el máximo rigor legal, igual al que se aplica en donaciones y trasplantes de órganos. Pedimos que no se pueda comerciar con “neurodatos” y que estos solo puedan ser extraídos con el consentimiento del individuo, por razones médicas o científicas.

Esta sería una medida defensiva para proteger de abusos, pero, a la vez, en una segunda línea de trabajo, proponemos ideas proactivas: por ejemplo, que las compañías y las organizaciones que fabriquen estas tecnologías se adhieran, de entrada, a un código ético, deontológico, igual que hacen los médicos con el juramento hipocrático. Con Xabi Uribe-Etxebarria, fundador de la compañía de inteligencia artificial Sherpa.ai, y con la Universidad Católica de Chile, estamos trabajando en este “juramento tecnocrático”.

La tercera línea de acción es la ingeniería, y consiste en desarrollar tanto hardware como software para que los “neurodatos” cerebrales se mantengan privados, y que sea posible compartir cierta información pero no otra. El objetivo: que los datos más personales nunca salgan de los dispositivos conectados a nuestro cerebro. Una opción es que apliquemos sistemas que ya se usan con los datos financieros: archivos de código abierto, tecnología blockchain (para que siempre sepamos de dónde proceden), y contratos inteligentes (para evitar que los datos escapen de las manos adecuadas). Y, por supuesto, será necesario educar al público y lograr que ningún dispositivo pueda usar los datos de una persona a no ser que esta lo autorice puntualmente.

Este es sólo el comienzo del abordaje del problema. Estamos trabajando en España, en Chile y en otros países, además de con organizaciones internacionales, para concienciar a los Parlamentos y a los Gobiernos de la necesidad de actuar. En España, en concreto, el lanzamiento de la Carta de Derechos Digitales, dentro de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial, puede ser un buen comienzo. Aunque España no sea líder en la creación de neurotecnología o inteligencia artificial, podría serlo en sus aspectos sociales y éticos. En estos momentos urge prepararnos para prevenir la próxima epidemia, aunque no sea una epidemia vírica sino una que afecte a los derechos humanos más fundamentales. Es el momento ideal de sentar las bases del futuro, de la sociedad que queremos ser."

(Rafael Yuste, neurobiólogo, trabaja en la Universidad de Columbia de Nueva York, El País, 16/08/20)

24/4/19

Manual para acabar con Vox: lo más importante no son las propuestas políticas en sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen... su aceptación por parte de los ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan... si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer... la izquierda tendría que lograr repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox...

"(...) Los think tanks creados desde los años ochenta, más de 500 distribuidos por todo el territorio norteamericano con infinidad de investigadores sociales generosamente remunerados, han sido especialmente activos en los principales centros de poder. Todo ello culminó con la adquisición o puesta en servicio de un importante aparato de propaganda que difundiera y aplicara las recetas elaboradas en aquellos centros. (...)

Con tamaña maquinaria para propagación de sus ideas, los republicanos han logrado ocupar la Casa Blanca, desde los años ochenta, tanto o más que los demócratas. 

Frente a la corriente general del pensamiento progresista, que sostiene que los seres humanos hacemos nuestras elecciones basándonos únicamente en el cálculo de la razón, los think tanks conservadores, basándose en estudios neurológicos, se percataron de que la razón viene a ser un factor ajeno a la motivación profunda que determina la mayor parte del pensamiento, de la palabra y de la acción de las personas. 

La neurociencia había demostrado que el pensamiento consciente de los seres humanos representa solamente el 2% y que el 98% restante era inconsciente. La intervención de la razón consciente acaece normalmente para justificar ex post facto las decisiones tomadas, insertándolas en una lógica discursiva, como racionalización ad hoc.

No se trata aquí de ninguna suerte de conjetura o desiderátum reaccionario.  (...)

Damasio sostiene que el pensamiento, todo pensamiento, tiene su origen en la emoción. Ese estudio constató que los pacientes que habían sufrido daños en los centros cerebrales de la emoción, de los sentimientos, pero cuyo raciocinio no había perdido un ápice de su capacidad lógica, pensaban, hablaban y actuaban como seres asociales, casi sociópatas, incapaces de articular una respuesta adecuada a los desafíos más simples de la vida cotidiana. 

Por ello, Reagan y su equipo de comunicación dirigieron sus mensajes a la mente emocional de los americanos. De ahí que sus discursos políticos se vieran siempre preñados de alusiones continuas y machaconamente recurrentes a la metáfora política que ve la nación como si fuera una familia, metáfora que permite hablar de “padres fundadores”, “madre patria”, etc.  Este ha sido el telón de fondo constante del discurso político republicano, desde entonces. Discurso mimetizado por M. Thatcher en Gran Bretaña, H. Khol en la RFA, J. Chirac en Francia o J. M. Aznar en España.

No pienses en el elefante republicano
La victoria de Trump en las elecciones de 2016 tomó un cariz especial pues las estrategias desarrolladas por el equipo liderado por Steve Bannon, derrotando al poderoso stablishment norteamericano (tanto al demócrata, como al republicano), se produjo aplicando los más recientes avances de la neurociencia cognitiva, algo que los demócratas y la izquierda europea en general aún no han sabido ver ni aprovechar. 

La estrategia desarrollada a partir de esos conocimientos es sencilla y tremendamente eficaz, la llamaremos la técnica del “no pienses en un elefante”, en reconocimiento al lingüista cognitivo George Lakoff por ser quien mejor, más lúcida y claramente la ha analizado. La aplicación de dicha técnica permite dominar la agenda política.

 Imponer una determinada agenda política significa hacer prevalecer el marco propio (el Estado como padre estricto de los republicanos o bien como padre cuidador de los demócratas) sobre el marco de los oponentes.

 Hacerse con las riendas de la agenda política se logra de forma aparentemente simple y sencilla: proponiendo iniciativas que atraigan el foco y provoquen la reacción mediática, generando un debate tanto dentro como fuera de las filas del partido. Numerosas investigaciones han demostrado fehacientemente que da igual el apoyo o el rechazo que genere una propuesta, su aceptación por parte de los ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan. 

Si quien se muestra a favor de una determinada propuesta, que defiende públicamente, genera nuestro rechazo, la propuesta nos parecerá inaceptable por muy razonable que esa, y al revés, si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.

(...) si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.

Dicho con otras palabras, cada opinión que genera en los medios producirá una hueste de seguidores y detractores que aumentará en proporción directa al número de opiniones vertidas y difundidas. Lo más destacable de esta teoría es que la negación de un argumento no invalida en ningún caso los efectos cognitivos que induce, de ahí lo ingenioso del mensaje “no pienses en un elefante” que inmediatamente ilumina su imagen en nuestro cerebro, aunque intentemos evitarlo.

 Por consiguiente, lo más importante no son las propuestas en sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen. Además, entra en juego otro factor de la máxima importancia: cuanto más relevantes sean los personajes que las comentan y con mayor fervor las avalen o rechacen, mayor será su impacto. La intuición artística de Salvador Dalí supo percibir esos efectos cuando comentó irónicamente que “lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien”.

Teniendo en cuenta lo dicho, el gurú de la campaña de Donald Trump diseñó toda la estrategia victoriosa del magnate abatiendo, contra todo pronóstico, primero al stablishment republicano y luego al demócrata. 

Cada día Trump presentaba una propuesta o hacia una valoración sobre algún tema relevante tanto o más descabellada que la del día anterior, pero que, involucrando de alguna manera los sentimientos más inconfesados y recónditos del americano medio, fuera acumulando apoyos hasta la derrota de todos sus oponentes. Armar a los docentes en los institutos de enseñanza media como solución a la inseguridad que se produce en algunos centros escolares de los barrios más pobres para atajar episodios como la matanza de Columbine; construir un muro de 2.200 kilómetros para detener la supuesta invasión sigilosa de los inmigrantes latinos para robar, violar y asesinar americanos o, al menos, arrebatarles sus empleos, son dos ejemplos palmarios del tipo de iniciativas que incitaron la reacción, a veces histérica, de los medios, suscitando más y más adhesiones (con sus correspondientes rechazos). 

Lo crucial de este planteamiento, al margen del rechazo de quienes jamás lo admitirían, es que gente que antes no pensaba en Trump ahora sí que lo hacían, esto es, movilizaba a su favor a los indiferentes.

La estrategia, brillantemente descrita por Lakoff, forma parte de un programa conservador que intenta difundirse a escala global y ahí están los ejemplos de Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina o Salviani en Italia. 

Vox, que también fue asesorado por el equipo de Bannon en su campaña de las elecciones andaluzas, tomó buena nota de ello, y explotó ese tipo de mensajes impactantes, provocando a la opinión pública y a los líderes sociales más representativos, para que hablaran cada día de sus propuestas, imponiendo el qué, el cómo y el cuándo en la agenda política andaluza. 

De esa manera logró 12 diputados en la cámara y se volvió imprescindible para la formación del gobierno de derechas que ahora gobierna Andalucía, saliendo de la irrelevancia más absoluta de elecciones previas.

La misma estrategia (asesorado nuevamente por Bannon) es la que Abascal está aplicando a pies juntillas en esta precampaña para las elecciones de 28 de abril, y lo más grave es que la izquierda política y mediática ha mordido el anzuelo y están convirtiendo a una formación política, antes residual e insignificante, en un actor de primera división en el debate político español.

La cuestión debería ser ¿cómo se combaten este tipo de estrategias? Lo primero sería no caer en el error de rebatir o negar cada una de las palabras de Vox, sino más bien declararlas fuera de lugar, extemporáneas o simplemente reírse, sin mayor comentario. 

El humor, la sátira, la ironía y el sarcasmo son las opciones más corrosivas, deslegitimadoras y útiles para hundir el discurso político de la extrema derecha, sin olvidarse del lanzamiento de las propias iniciativas que, para atraer el foco de atención mediático y recuperar así la agenda política, deben ser lo suficientemente novedosas e impactantes como para imponer el relato propio.

Inconscientemente me temo, esa estrategia fue la que, en su debut, elevó a los cielos a Podemos. La descalificación del Régimen del 78, el cuestionamiento de la Monarquía, la salida del euro, de la Unión Europea y de la OTAN y el ataque inmisericorde contra los políticos corruptos del bipartidismo, eran el tipo de discurso radical e iconoclasta que movilizaba la reacción vociferante, imperiosa y convulsiva de los poderes fácticos (políticos, económicos y mediáticos) del Estado, generando un tsunami de adhesiones que, con la moderación y el acomodo posterior, se ha ido desinflando poco a poco. 

El victimismo que ahora exhibe el partido morado (aunque pueda beneficiarle en algo) no sirve para volver alcanzar aquellos resultados. Refrescar aquel discurso y proponer reformas radicales del sistema, claramente de izquierdas, debería preñar su discurso electoral si de verdad pretenden asaltar los cielos de nuevo.

Con una estrategia similar, aunque mucho menos agresiva y provocativa, José Luis Rodríguez Zapatero, asesorado por lo que se llamó en su día el “comité de sabios” (entre los que se contaban dos premios nobel, Helen Caldicott y Joseph Stiglitz y otros intelectuales progresistas como André Sapir, Mª Joao Rodrigues, Wolfang Merkel, Jeremy Rifkin, Nicolas Stern y el mismo George Lakoff), lanzó en la campaña de las elecciones de 2008 una serie de iniciativas rompedoras y claramente 
progresistas que desataron la histeria de la derecha mediática, pero que lograron, a la postre, imponer la agenda política socialista y llevarse de calle el voto de los electores.

La diferencia cardinal entre conservadores y progresistas en la utilización de las estrategias descritas más arriba debería ser de orden ético, mientras la derecha busca el impacto en el exabrupto rayano en la grosería, la izquierda tendría que lograr repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox."                   (José Carlos Fernández . Doctor en Ciencias Políticas y Sociología, Público, 18/04/19)

14/1/19

¿Cómo influyen el lenguaje y las emociones en la polarización política de una sociedad?

"¿Cómo influyen las emociones en la polarización de una sociedad?

Gran pregunta sin una respuesta sencilla. Sabemos que las emociones con alto componente de activación, como el miedo, el enfado, o el entusiasmo, hacen que los individuos tomen posiciones más extremas. 

Pero eso no significa necesariamente que las emociones sean las únicas responsables de la aparición de polarización estable a gran escala, aunque pueden ser una explicación. Desde otros puntos de vista, hay intervenciones en las emociones de las personas que ayudan a aliviar los conflictos entre grupos.

 Por ejemplo, un estudio vio que hacer pensar a la gente sobre sus reacciones emocionales les hacía reducir sus prejuicios en un análisis entre palestinos e israelíes.

¿Y el lenguaje?

Sobre el lenguaje tampoco es fácil responder. Uno de los patrones más habituales en sociolingüística es el sesgo de entregrupo, que es un patrón del lenguaje que aparece cuando hablamos de gente de nuestro grupo (o nuestro bando) en comparación con cuando hablamos sobre los de otro grupo. 

Por ejemplo, al hablar, generalizamos aspectos positivos de la gente de nuestro grupo y explicamos de forma concreta los aspectos negativos, mientras que sucede al revés cuando hablamos de gente de otros grupos. Un ejemplo de estudios al respecto es uno que hice con textos de Wikipedia. Más del 90% de editores son hombres y se ve ese sesgo cuando escriben biografías sobre mujeres o sobre hombres.

¿Y en Twitter, qué papel juegan las emociones?

Hay más de un papel, pero creo que el más relevante en este tema es cómo influyen la compartición de información o el retuiteo. Sabemos que el contenido más emocional se comparte más, y que esto es especialmente visible cuando hablamos de emociones relacionadas con temas morales en discusiones sobre política. 

Los temas que generan fuertes emociones o están ligados a fuertes identidades de grupo son más propicios a manifestar polarización. Sobre todo, los sentimientos de identidad nacional o de género en estos casos combinan los dos factores y son un caldo de cultivo perfecto para la polarización.

¿Cree que en España ha aumentado en los últimos tiempos esa polarización?

Depende de qué consideremos los últimos tiempos. Si hablamos de un par de generaciones, sí es cierto que ha aumentado la polarización. Pero este es un patrón a nivel mundial, no solo en España, y se puede explicar por el incremento de conflicto entre élites que se genera tras tiempos de bonanza económica y del aumento en la desigualdad ecónomica. 

Hay un modelo muy interesante de un colaborador mío, Peter Turchin, que explica las oscilaciones de conflicto político en la historia. En 2010 le invitaron a hacer una predicción en un número especial de Nature y, de todos los científicos que hablaron, él fue el único que dijo que la cosa se iba a poner peor y que los conflictos políticos iban a aumentar.

¿Cómo podemos reducirla desde el lenguaje y las emociones?

Esa es la pregunta del millón. Las intervenciones emocionales en estudios psicológicos parecen tener efecto, incluso a medio plazo, pero todavía estamos bastante lejos de poner a prueba esos métodos a la escala de sociedades enteras. A gran escala solo conozco dos estudios, uno funcionó y otro no, así que es difícil sacar conclusiones.

¿Cree que determinadas formas de hacer periodismo acrecientan la polarización?

Tampoco tenemos resultados muy fiables, pero ciertos contenidos no ayudan a reducir la polarización. Noticias con sesgo de entregrupo ayudan, por ejemplo, a normalizar un lenguaje polarizante, lo que a la larga puede contribuir.

 También el clickbait con títulos emocionales contribuye a la atención a contenidos con informacion errónea, o la falta de tiempo de los periodistas para contrastar noticias genera un ambiente de falta de confianza que es ideal para que emerjan rumores que aumentan la polarización.

¿Hacia dónde vamos en una sociedad polarizada?

Pensando en el ciclo histórico que mencionaba antes, parece que es demasiado pronto para que se reduzcan los conflictos políticos. Es decir, que va a ir a peor. Pero la diferencia con el pasado es que ahora tenemos esa perspectiva histórica y datos y medios para intentar contrarrestarla. 

Esta semana [posterior al cierre de esta edición] saco un artículo con unos colegas sobre cómo la ciencia de sistemas complejos puede ayudarnos a entender cómo estabilizar la democracia."        (Entrevista a David García, investigador en el Complexity Science Hub. Olivia Carballar, La Marea, 27/12/18)

1/6/18

La gran era del consumismo de masas iniciaba sus primeros pasos apoyándose en las novedosas herramientas e instrumentos del psicoanálisis, para dar forma, moldear un tipo de hombre nuevo: “producir consumidores, ése es el nuevo problema”. “Pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”

"El consumismo moderno tiene su origen en estrategias de persuasión, propaganda y domesticación de las mentes. Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, supo utilizar las herramientas del psicoanálisis para vendernos todo tipo de objetos innecesarios y para hacernos creer que en el acto de comprar radica la clave de la satisfacción de nuestros deseos más inconfesables.

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, y como en cualquier periodo posbélico, comenzaron a ponerse en marcha toda una serie de dispositivos simbólico-materiales destinados a la reconfiguración del ordenamiento mundial. La guerra había dejado menguada la economía de muchas de las grandes potencias de entonces, avecinándose tiempos de pauperización, miseria y pobreza.

 Las crisis, como bien sabemos, suelen traer en sus entrañas a polizontes y oportunistas de toda calaña, dispuestos a hacer su agosto allí donde el terreno ha quedado arrasado por la tragedia. Es posible que podamos interpretar hoy este intermezzo pesimista que separó una guerra de otra como un laboratorio de pruebas en el que distintas estrategias de poder pujaban por quedarse con la tajada más grande del pastel.

 En Europa, legiones de jóvenes nazis y fascistas canturreaban los cánticos mesiánicos del Angelus novus, como preludio de la gran catástrofe que se agazapaba entre sus alas. En Estados Unidos, sin embargo, una nueva religión comenzaba a gestarse, de manera mucho más silenciosa y latente, mucho más sutil y estudiada. La gran era del consumismo de masas iniciaba, tímidamente, sus primeros pasos.

 Y para ello, se apoyó en las novedosas herramientas e instrumentos de cierta corriente científico-filosófica, procedente de Austria. Dicha corriente no es otra que el psicoanálisis, el cual iba a otorgar un innovador marco conceptual para la gestión de emociones y deseos.

Son escasos los manuales de marketing o de publicidad que recojan las enseñanzas de uno de sus más discretos fundadores. Nos referimos a Edward Bernays, austríaco de nacimiento, pero radicado en América, sobrino de Sigmund Freud y fundador de las llamadas Relaciones públicas. 

Siendo muy joven, Bernays iniciaría sus investigaciones en persuasión y técnicas de propaganda para el control y manipulación de la opinión pública. Viendo las consecuencias que tuvo la Primera Guerra Mundial, Bernays se preguntaría por la posibilidad de resignificar muchas de las técnicas propagandísticas utilizadas durante la misma, para así aplicarlas en períodos de paz. 

En una vuelta de tuerca clausewitziana, Bernays sentaría las bases del consumismo moderno apoyándose en estrategias bélicas de resolución de conflictos, manipulación, propaganda y domesticación de las mentes. Si somos capaces, se preguntaría Bernays, de convencer a la opinión pública americana de la necesidad de una guerra, mucho más sencillo será animarles a comprar todo tipo de productos y objetos innecesarios. 

¿Por qué no utilizar la propaganda para el mero hecho de vender? De este modo, la economía se reactivaba, inoculando en el ciudadano la falsa premisa de la participación política a través del consumo. Incluso, podrían investirse algunos productos con determinadas categorías simbólicas, para producir en el consumidor la ilusión fetichizante de acceder a ciertos valores a través de la compra. 

Con estas técnicas de manual de psicoanálisis básico, debemos a Bernays la ocurrente perversión de empoderar con un discurso feminista a los cigarrillos de Philip Morris o de dar un aura de masculinidad a la industria automovilística. Los deseos más ocultos de la masa comenzaron a estimularse, gracias a las arrulladoras voces de los anuncios publicitarios y sus mundos de fantasía. 

Con pocas consignas, el consumo se transformó, para el americano medio, en casi una exigencia moral, dado que, solo participando del mismo, el ciudadano era capaz, de manera cuasi heroica, de apuntalar la maltrecha economía americana. De este modo, el consumidor se crea, se produce, se moldea, al mismo tiempo que el espacio democrático se reduce y banaliza, limitándolo al mero acto de la compra. El mundo deviene mercancía y la polis se transforma en un centro comercial.

Con un giro more copernicano, Bernays inaugura una modalidad de la publicidad entendida como dispositivo disciplinario, anatómico-político o biopolítico, en el que los cuerpos y las mentes son reducidas al único papel del consumidor. En su célebre manual de 1928, titulado Propaganda, no duda en recalcar que “la nueva propaganda no sólo se ocupa del individuo o de la mente colectiva, sino también y especialmente de la anatomía de la sociedad”. 

La finalidad, nos dice Bernays, no es otra que crear, dar forma, moldear un tipo de hombre nuevo: “producir consumidores, ése es el nuevo problema”. ¿Para qué vender coches con el lema “cómpreme usted este coche”, cuando podemos conseguir, a través de la persuasión, que miles de ingenuos nos reclamen y exijan “véndame, por favor, ese coche”?

La propaganda del dócil consumidor funciona con las mismas estrategias del poder, tal y como fue descrito por Foucault. Se trata de una suerte de dispositivo, viscoso e imperceptible, de tela de araña tan transparente como certera a la hora de cazar a su presa. 

Estamos ante una red de relaciones, de gestos, discursos y enunciados destinados a atravesar los cuerpos y los comportamientos. La “propaganda” está destinada a trabajar sobre la opinión pública a diversos niveles: tanto para vendernos una pasta de dientes, como para fomentar una actitud cívica por parte del ciudadano. “Pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”, nos dirá Bernays. 

Para éste, puesto que la mente del grupo no piensa, es preciso dirigirse a sus impulsos, sus deseos y sus emociones más básicas para, desde allí, modificar sus hábitos. Y, si conocemos los motivos que mueven la mente del grupo, “¿no sería posible controlar y sojuzgar a las masas con arreglo a nuestra voluntad sin que éstas se dieran cuenta?”.

 Sobemos, pues, el lomo de la Gran Bestia. Alimentemos sus instintos y deseos más básicos a base de gadchets inservibles, automóviles, cremas antiarrugas y experiencias prefabricadas de emociones baratas. El éxito está asegurado y las colas para comprar el nuevo Iphone comenzarán a formarse días antes de que este salga a la venta.

La democracia del consumidor o, como la definió Chomsky, del “rebaño desconcertado”, se asienta en estas siniestras premisas pseudofreudianas de Bernays, para quien no sólo era posible la modificación consciente y la manipulación de las opiniones y costumbres de las masas, sino que dicha manipulación era la condición necesaria para el desarrollo de las actuales democracias. Se trata de organizar el caos. 

De esta manera, un estado ideal sería aquel en el que las decisiones estuvieran en manos de unos pocos, de un “gobierno invisible” lo suficientemente capaz como para gestionar a esa mayoría estupidizada e infantiloide, inmersa en universos de estimulación constante de deseos. 

Tales fueron las ideas que tanto Walter Lippman como Bernays defendieron en el famoso Coloquio Lippman, celebrado en plena guerra mundial, en París, y que ha sido considerado el pistoletazo de salida del neoliberalismo. No es de extrañar que Hitler se sintiera atraído por las tesis de Bernays y solicitara sus servicios, propuesta que, al parecer, este rechazó. 

Huxley ya nos advertía que el nuevo totalitarismo no funcionaría de manera negativa, reprimiendo, prohibiendo, obstaculizando, privando, sino de forma positiva: constituyendo verdad. 

“Un estado totalitario eficaz —afirmaba Huxley—sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirlos a amarla es tarea asignada […] a los ministerios de propaganda”.           

 (Carolina Meloni González  . Profesora de Ética y Pensamiento Político. Universidad Europea de Madrid, El Salto, 22/05/18)

5/8/16

Entendiendo a Trump... por George Lakoff

"(...) ¿Quién apoya a Trump y por qué?

Donald J. Trump ha logrado convertirse en el candidato republicano a la presidencia, ¿Por qué? ¿Cómo? Hay varias teorías: La gente está enojada y él le habla a su ira. La gente no gusta mucho del Congreso y desea a un no político. Ambas pueden ser verdad. ¿Pero por qué? ¿Cuáles son los detalles? y ¿Por qué Trump? Parece haber salido de la nada. Sus posiciones sobre las cuestiones no se ajustan al molde común. (...)

Cómo Trump utiliza tu cerebro en su provecho

Cualquier vendedor eficaz sin escrúpulos sabe cómo usar tu cerebro en tu contra para conseguir que compres lo que está vendiendo. ¿Cómo se puede "utilizar tu cerebro contra ti"? ¿Qué significa?

Todo pensamiento utiliza circuitos neuronales. Cada idea está constituida por circuitos neuronales. Pero no tenemos acceso consciente a aquellos circuitos.

Como resultado, la mayoría de pensamiento -un estimado de 98 por ciento- es inconsciente. El pensamiento consciente es la punta del iceberg.

El pensamiento inconsciente opera por ciertos mecanismos básicos. Trump los usa instintivamente para convertir los cerebros de la gente hacia lo que quiere: absoluta autoridad, dinero, poder, celebridad.

Los mecanismos son:

1. Repetición.
Las palabras están neurológicamente vinculadas a los circuitos que determinan su significado. Cuanto más se escucha una palabra, más el circuito es activado y más fuerte se vuelve, y por lo tanto, más fácil es para disparar de nuevo. Trump repite. Ganar, Ganar, Ganar. Vamos a ganar tanto que te cansarás de ganar.

2. El encuadre: Hillary criminal. Encuadrar a Hillary con crímenes cometidos intencionalmente y con conocimiento para su propio beneficio, es lo que hace un ladrón. Repetir hace que mucha gente piense inconscientemente en ella de esa manera, a pesar de que se ha encontrado que ha sido honesta y legal por estudios exhaustivos por el comité de Bengazi de derecha (que no encontraron nada) y el FBI (que no encontró nada de que acusarla, excepto errar en la tecla (C) en el cuerpo de 3 de cada 110.000 mensajes de correo electrónico). Sin embargo, el encuadre está trabajando.

Hay una metáfora común que la inmoralidad es la irregularidad, y que actuar en contra de la moral del padre estricto (el único tipo de moralidad reconocida) es ser inmoral. Dado que prácticamente todo lo que Hillary Clinton ha hecho ha violado la moral del padre estricto, eso la hace inmoral.

Así pues, la metáfora tiene sus acciones inmorales, y por lo tanto ella es una delincuente. El canto "encerrarla!" activa toda esa línea de razonamiento.

3. Ejemplos bien conocidos: Cuando un desastre muy publicitado sucede, la cobertura activa el encuadre una y otra vez, fortaleciéndolo, e incrementando la probabilidad de que el encuadre se producirá fácilmente con alta probabilidad.

La repetición de ejemplos de disparos por los musulmanes, los afroamericanos y latinos hace temer que podría ocurrirle a usted y su comunidad - a pesar de la minúscula probabilidad real. Trump utiliza esto para crear miedo. El miedo tiende a activar el deseo de un padre estricto fuerte -es decir, Trump.

4. Gramática: Terroristas islámicos radicales: "Radical" pone a los musulmanes en una escala lineal y "terroristas" impone un marco en la escala, lo que sugiere que el terrorismo está integrado en la religión misma. La gramática sugiere que hay algo en el Islam que trae al terrorismo como inherente. Imagínese llamando al hombre armado de Charleston un "terrorista republicano radical".

Trump es consciente de esto al menos en cierta medida. Como dijo a Tony Schwartz, el fantasma-escritor que le escribió "The Art of the Deal", "Le llamo hipérbole veraz. Es una forma inocente de exageración - y es una forma muy eficaz de promoción”.

5. El pensamiento metafórico convencional es inherente a nuestro pensamiento en gran parte inconsciente. Tales modos normales de pensamiento metafórico no se advierten como tales.

Considere Brexit, que utiliza la metáfora de "entrar" y "salir" de la UE. Hay una metáfora universal de que los estados son lugares en el espacio: se puede entrar en un estado, adentrarse en algún estado, y salir de ese estado. Si entras a un café y después dejas la cafetería, estarás en la misma posición que antes de entrar. Pero eso no tiene por qué ser cierto en los estados del ser.

Pero esa era la metáfora utilizada con Brexit; Los británicos creen que después de salir de la UE, las cosas serían como antes cuando entraron en la UE. Estaban equivocados. Las cosas cambiaron radicalmente, mientras estaban en la UE.

Esa misma metáfora está siendo utilizada por Trump: Hacer América grande otra vez. Una vez que Estados Unidos sea segura. Y así. Como si hubo algún estado ideal pasado al que podemos volver simplemente mediante la elección de Trump.

6. También hay una metáfora de que un país es una persona y una metonimia del Presidente sostiene al país. Por lo tanto, Obama, tanto a través de la metáfora y la metonimia, puede relacionarse conceptualmente con los Estados Unidos. Por lo tanto, diciendo que Obama es débil y no respetado, se comunica que Estados Unidos, con Obama como presidente, es débil y no respetado. La inferencia es que es a causa de Obama.

7. El país como metáfora de la persona y la metáfora de que la guerra o conflicto entre países es una pelea entre personas, hace la inferencia de que sólo tener un presidente fuerte garantizará que Estados Unidos va a ganar los conflictos y las guerras. Trump acaba de lanzar golpes de knockout.

En su discurso de aceptación en la convención, Trump dijo en repetidas ocasiones que habían de lograrse cosas que sólo pueden ser hechas por personas actuando con su gobierno. Después de aquella declaración, hubo un canto desde el piso "Él lo hará".

8. La metáfora de que la nación es una familia fue utilizada durante la convención del Partido Republicano. Hemos oído que fuertes hijos militares se producen por fuertes padres militares y que "la defensa de país es un asunto de familia". Del amor de Trump de la familia y el compromiso con su éxito, hemos de concluir que, como presidente, él amará a los ciudadanos de Estados Unidos y estará comprometido con su éxito.

9. Hay una metáfora común que al identificarte con el patrimonio nacional de tu familia te hace miembro de esa nacionalidad. Supongamos que sus abuelos vinieron de Italia y que te identificas con tus antepasados italianos, es posible que declares cuán orgulloso estas de ser italiano. La metáfora es natural.

Literalmente, usted ha sido estadounidense durante dos generaciones. Trump hizo uso de esta metáfora vulgar al atacar al juez federal Gonzalo Curiel, que es estadounidense, nacido y criado en los Estados Unidos. Trump dijo que era un mexicano, y por lo tanto lo odiaría y tendería a fallar en su contra en un caso presentado contra la Universidad Trump por fraude.

10. Luego está el sistema de metáforas usado en la frase “to call someone out. (llamar la atención a alguien). En primer lugar la palabra "out". Hay una metáfora general de que el Conocimiento es Visión como en "Veo lo que quiere decir."

Las cosas que están escondidas en algo que no puede ser visto y por lo tanto desconocido, mientras las cosas no estén ocultos sino en público pueden ser vistas y por lo tanto conocidas. Decir "out" a alguien es hacer público su conocimiento privado. "Llamar la atención a alguien" es nombrar públicamente las fechorías ocultas de esa persona, permitiendo así el conocimiento público y las consecuencias apropiadas.

Esta es la base de la metáfora Trumpiana de que Identificar es Nombrar. Por lo tanto asignar nombres a los enemigos le permitirá identificar correctamente quiénes son, llegar a ellos, y por lo tanto le permite derrotarlos. Por lo tanto, sólo decir "terroristas islámicos radicales" le permite seleccionarlos, poder encontrarlos, y aniquilarlos.

Y a la inversa, si no lo dice, no serás capaz de escogerlos y aniquilarlos. Por consiguiente el hecho de utilizar esas palabras significa que está protegiéndonos de aquellos enemigos - en este caso los musulmanes, es decir, potenciales terroristas debido a su religión. (...)

Estas diez formas de uso de los mecanismos cerebrales cotidianos de la gente para sus propios propósitos ha logrado la nominación republicana de Trump. Pero millones de personas han visto y oído Trump y compañía en la TV y le han oído en la radio.

Los expertos en medios no han descrito estos diez mecanismos, u otros mecanismos cerebrales, que trabajan subrepticiamente en las mentes inconscientes de la opinión pública, a pesar de que el resultado es que las Grandes Mentiras repetidas una y otra vez están siendo creídas por un número creciente de personas.

Incluso si pierde la elección, Trump habrá cambiado los cerebros de millones de estadounidenses, con consecuencias futuras. Es de vital importancia que la gente conozca los mecanismos que se utilizan para transmitir las grandes mentiras y para pegarlas en los cerebros de las personas sin su conocimiento. Es una forma de control mental. (...)" (Extraído de la versión original en inglés: https://georgelakoff.com/2016/07/22/understanding-trump/ , en Socioideas)

1/6/16

Las consecuencias morales del desempleo

"Las consecuencias económicas y sociales del desempleo son devastadoras. El desempleo suele venir acompañado de una importante pérdida de poder adquisitivo de las personas que lo padecen y supone uno de los mayores gastos sociales para un estado. 

Además, el desempleo ha sido relacionado con problemas de salud como el estrés, la depresión, la ansiedad o, comparando países, con un aumento de los suicidios, los homicidios o las muertes relacionadas con el alcohol. Y el desempleo no solo se padece en primera persona, sino que también tiene efectos sobre la salud física y mental de otros miembros de la familia.

Por si fueran pocos todos estos efectos negativos, recientemente los científicos sociales han puesto su lupa sobre otra consecuencia del desempleo: un cambio de los valores o preferencias sociales y políticas de las personas que lo sufren. Lo que economistas, politólogos y sociólogos, entre otros, han empezado a preguntarse es si, al quedarse desempleadas, las personas cambian sus valores morales y sus demandas políticas.

 Un estudio reciente realizado en EEUU muestra que tras quedarse desempleadas las personas demandan más políticas sociales. Sin embargo, se trata de un efecto pasajero. Cuando la situación laboral de las personas mejora, éstas vuelven a apoyar las políticas sociales que apoyaban antes de quedarse desempleadas.

¿Por qué se produce este cambio de preferencias? ¿Por qué el desempleo hace que las personas demanden más políticas sociales? Hay al menos dos posibles respuestas a estas preguntas. La primera es que los desempleados experimentan una pérdida de poder adquisitivo y por tanto necesitan más al Estado. Y hasta cierto punto esto es lo que han asumido los economistas hasta tiempos recientes. Pero hay una segunda posibilidad: puede que al quedarse desempleadas, las personas cambien sus preferencias o valores más allá de su propio interés. Claro, simplemente preguntándoles a las personas, incluso a lo largo del tiempo, sobre sus opiniones políticas no podemos distinguir entre las dos explicaciones planteadas. Es en estos casos donde los científicos sociales hemos comenzado a utilizar experimentos conductuales, similares a los que desde hace décadas se llevan a cabo en psicología, para intentar distinguir entre diversas explicaciones de un fenómeno social.
En un estudio experimental reciente intentamos diferenciar el efecto del desempleo sobre la necesidad o el propio interés, de un cambio de los ideales de justicia distributiva de las personas. Este tipo de estudios tienen dos dificultades. 

Una es cómo medimos los valores, al menos hasta que la neurociencia nos permita escanearlos directamente. Un segundo problema es cómo medimos el cambio de valores. En nuestro estudio, intentamos salvar la primera dificultad con un experimento conductual bastante simple y, la segunda, haciendo que los participantes tomen parte en el estudio dos veces, antes y después de quedarse desempleados. 

Si solo las que se han quedado desempleadas cambian sus valores diremos que el desempleo es el causante. Pero antes de contar qué resultados obtuvimos, vamos a detenernos un poco en qué consistía ese experimento que pretendía medir los valores de las personas.

Lo que sabemos por estudios anteriores es que las personas tienden a distinguir entre dos tipos de desigualdades: aquellas que no estamos dispuestos a aceptar bajo ningún concepto y aquellas que consideramos que aceptamos hasta cierto punto. Entre las primeras se encuentran todas las desigualdades que hoy en día consideramos arbitrarias e injustas, como las diferencias salariales entre hombres y mujeres, entre personas de distinto origen étnico, etc. 

 Entre las segundas se encontrarían desigualdades que hasta cierto punto aceptamos al estar relacionadas con el mérito o el esfuerzo, como que un médico gane más que un enfermero o que la estrella de un equipo de fútbol gane más que el utillero. 

Lo que hacemos en el laboratorio es generar de forma artificial estos dos tipos de desigualdades. ¿Cómo? Pues primero hacemos que todos los participantes realicen una tarea productiva y, después, les pedimos que decidan cómo quieren repartir lo producido en grupos de cuatro personas.

 El truco (experimental) está en que en algunas sesiones del experimento, los participantes se han ganado lo que van a repartir luego y en otras lo que tiene cada uno nada tienen que ver con el desempeño en la tarea productiva.

Lo que observamos es que cuando las personas no se han ganado los recursos de los que disponen, la inmensa mayoría de los participantes proponen un reparto igualitario. La diferencia viene cuando nos fijamos en la condición experimental en la que se transmite un cierto sentido de que las personas se lo han ganado. 

En este caso es donde encontramos nuestro resultado principal: las mismas personas que estando empleadas o estudiando respetaban hasta cierto punto lo que cada uno se había ganado, pasan a proponer distribuciones igualitarias después de quedarse desempleadas. Lo importante del resultado es que es la misma persona la que pasa de reconocer lo que otras se han ganado a no hacerlo tras quedarse desempleada.

 Además, el diseño de este experimento permite ver si las personas se han vuelto más egoístas, simplemente observando si se quedan con más dinero en el reparto tras quedarse desempleadas. Y esto no es así. Los nuevos desempleados realizan repartos más igualitarios, sin que esto suponga quedarse con más dinero respecto al año anterior. 

Nosotros interpretamos este hecho como un cambio genuino en los valores de las personas, que pasan de reconocer y recompensar el esfuerzo a proponer repartos más igualitarios una vez que se han quedado desempleadas.

¿Qué efectos prácticos tiene el cambio de valores que hemos identificado? Aquí podemos distinguir entre efectos directos y efectos indirectos. De forma directa, este cambio de valores implicaría la pérdida de una de las motivaciones para buscar trabajo, en concreto, la pérdida de la motivación de trabajar por el hecho de ganarse el sustento con tu propio esfuerzo, más allá de la compensación material que te da el trabajo. Sin esta motivación es probable que la reincorporación al mercado de trabajo sea más lenta y menos efectiva.

 Esto es algo que ya estamos estudiando, analizando el efecto que tienen sobre los valores las intervenciones públicas, como las acciones de orientación o el coaching. Entre los efectos indirectos, y aunque es algo que va mucho más allá de nuestro estudio, siempre acabamos dándole vueltas a los efectos del cambio de valores identificado sobre la participación política.

 Un reciente artículo nos hace pensar que el cambio de valores que provoca el desempleo, la pobreza y la desigualdad tiene también su reflejo en la arena política. Sobre esto todavía queda mucho que investigar y que decir."                    (Luis Miller, eldiario.es, 14/04/16)

17/2/16

Las personas ajustan su visión de los problemas del mundo al sistema de creencias que define sus identidades

"La identidad no se discute.

 Tampoco se vota. Nadie elige a sus padres, ni escoge su lugar de nacimiento, ni resuelve hablar su lengua materna, ni diseña su educación básica. La mayor parte de nosotros somos del país de nuestra infancia y quienes luego lo abandonan, o se ven forzados a hacerlo, se llevan para siempre los jirones de su acento. 

El que esto es así llena páginas de las mejores revistas que publican los trabajos de mis colegas más listos. Créanme, por favor (bueno, no todos ustedes lo harán, pues supondría renunciar a sus identidades, algo que casi nadie de nosotros está dispuesto a hacer).

(...) Dan Kahan, un psicólogo que enseña en la facultad de Derecho de la Universidad de Yale (la mejor del mundo en todos los ránkings), lleva años escribiendo que las personas ajustan su visión de los problemas del mundo al sistema de creencias que define sus identidades respectivas. 

Y lo hacen hasta el punto de que, con independencia del nivel de educación que hayan alcanzado (incluso si es muy alto), las personas tendemos a rechazar aquellas teorías y evidencias científicas que minan nuestras identidades. Ello, escribe Kahan, es perfectamente racional: aceptarlas nos marginaría al instante de nuestra propia gente, con un sacrificio personal inmenso, inasumible en muchos casos. 

He citado primero al de Yale por ibérico complejo de inferioridad, pero Ortega y Gasset ya escribió lo mismo hace más de un siglo: las ideas se tienen, pero en las creencias se está. Nunca (sabemos bien los abogados) defiendan a alguien por el procedimiento de atacar las creencias de quien ha de resolver sobre la suerte de su defendido.  (...)"            ( , El País,28 ENE 2016)

25/3/15

Las reglas del juego en los medios: el mensaje emocional a través del infoentretenimiento... osea, con el escándalo

"El sociólogo Manuel Castells tiene claro que en la política contemporánea el poder se consigue y se ejerce a través de la comunicación (...) 

Las reglas del juego en los medios: el mensaje emocional a través del infoentretenimiento

Existe pues una relación inseparable entre la política y los medios. En este sentido, Castells afirma que “las reglas del juego político en los medios de comunicación dependerán de sus modelos de negocio concretos y de su relación con los actores políticos y la audiencia”.

Medios y política se retroalimentan: los políticos necesitan a los medios para trasladar su mensaje a los votantes, como ya se ha dicho. Pero por otro lado, los medios necesitan a los políticos para que les abran las puertas para acceder a una audiencia controlada emocionalmente por ellos, y acceder así a ese segmento y poder desarrollar su negocio en él. 

Esto último es así porque los medios “se dirigen a audiencias específicas, interesadas en confirmar sus opiniones más que en informarse en otras fuentes”, asegura Castells, que en este sentido recuerda que para los medios “no se trata simplemente de conseguir una cuota de audiencia, sino de conseguir la audiencia objetivo. Ésta es la lógica fundamental del modelo de comunicación partidista”.

Dada la necesidad recíproca entre los medios y la política la alianza entre ambos es constante: “La política mediática no se limita a las campañas electorales”, escribe Catells. “Es una dimensión constante y fundamental de la política, practicada por los gobiernos, partidos, líderes y actores sociales no gubernamentales por igual”, es decir, todos los actores que necesitan lanzar constantemente mensajes para existir.

Sin embargo, existe un problema práctico: la política resulta demasiado compleja como para resultar interesante de manera habitual para una gran audiencia y por lo tanto rentable para los medios de comunicación. Por ello el mensaje político debe adecuarse a las necesidades de los medios. 

 Castells explica que “la mayoría de las noticias políticas son ajenas a las preocupaciones de la vida diaria y frecuentemente resultan demasiado complejas para que los ciudadanos las sigan con el interés necesario para procesarlas y mucho menos para recordarlas. 

Sin embargo, cuando las noticias se presentan como infoentretenimiento, lo que incluye su personalización en una figura política concreta de forma que conecte las emociones e intereses del receptor, se procesan más fácilmente y se conservan en la memoria”. 

Infoentretenimiento: Castells afirma que “el denominador común es que lo que resulta atractivo para el público aumenta la audiencia, la influencia, los ingresos y los logros profesionales de los periodistas y presentadores. Si trasladamos esto al ámbito político, significa que la información de más éxito es aquella que maximiza los efectos de entretenimiento que corresponden a la cultura de consumismo de marca que se ha hecho predominante en nuestras sociedades”. 

No se trata de informar a los ciudadanos para que puedan tomar una decisión madura a la hora de elegir a la opción política que mejor se ciñe a sus intereses, sino de confirmar discursos políticos entre una audiencia tipo, y de hacerlo de manera que el espectador se sienta atraído y entretenido. Con ello los medios hacen negocio y los políticos trasladan su mensaje. La alianza se vuelve provechosa para ambas partes a costa de eliminar el debate político.

Para que encaje en el infoentretenimiento, ese mensaje debe ir dirigido a las emociones y no a la razón, ya que, como insiste Castells, “a muchos ciudadanos les puede resultar difícil comprender asuntos políticos complicados mientras que la mayoría confía en su capacidad para juzgar el carácter, lo que es una respuesta emocional al comportamiento de las personas encarnado en las narraciones políticas. Así pues, la política mediática es una política personalizada”. 

El medio más importante sigue siendo la televisión, según Castells: “A pesar de la creciente importancia de Internet, la televisión y la radio siguen siendo la fuente de información de noticias políticas que inspira más confianza. (…) si se ve, debe ser verdad”. 

Y la televisión es también el medio más eficaz ya que, como afirma el sociólogo: “Una audiencia masiva requiere un mensaje simple. El mensaje más simple es una imagen, y la imagen más simple con la que la gente más se identifica es un rostro humano”.

La televisión es, sobre todo, la que hace posible trasladar el mensaje político como un mensaje emocional e influir así en los votantes, porque “su formato atrae al espectador medio por lo que influyen a la hora de establecer la conexión entre las predisposiciones de la gente y su valoración de los asuntos de los que trata la vida política”, escribe Castells.

Infoentretenimiento y crisis de legitimación política

La necesidad de alimentar el infoentretenimiento obliga o facilita adoptar determinadas tácticas en la lucha política. La más destructiva y también la más utilizada es la política del escándalo, de tal manera que para Castells “es inseparable de la política mediática”.
Según el sociólogo el escándalo “es una característica fundamental a la hora de determinar las relaciones de poder y el cambio institucional. (…)

 La política del escándalo es una forma de lucha por el poder más enraizada y típica que el desarrollo ordenado de la competencia política de acuerdo con las leyes del estado”. Es por ello que se sigue utilizando sin cuartel.

Como ya se ha explicado, “la política mediática se organiza alrededor de la personalización de la política”. Por lo tanto, “los mensajes más eficaces son los mensajes negativos y puesto que la difamación es la forma definitiva de negatividad, la destrucción de un líder político (…) es el objetivo último de la política del escándalo”. 

Es decir, mientras el mensaje político se centra fundamentalmente en la personalidad del político y en despertar emociones que deriven en la creación de apoyos, los rivales tratan de contrarrestar ese mensaje atacando con las mismas armas emocionales para restar apoyos.

Los medios de comunicación son fundamentales en este juego. Castells subraya que “una cuestión clave es el papel que desempeñan los medios de comunicación en aumentar el impacto de los escándalos. 

Es cierto que sin medios de comunicación no hay escándalo”. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta: los medios necesitan entretener a sus audiencias y el mensaje político necesita despertar emociones entre el electorado. Ambas partes se necesitan.

Sin embargo, el uso indiscriminado de esta táctica tiene sus riesgos, ya que “la omnipresente cobertura mediática de un escándalo puede llevar a la ‘banalización de la corrupción’ y a la ´fatiga por los escándalos’ entre la audiencia”. Y se puede jugar con fuego. Castells avisa:

 “Dada la generalización de la política del escándalo, (…), el panorama político se ha transformado en todas partes porque la asociación de los políticos con conductas escandalosas contribuye a la desafección de los ciudadanos hacia las instituciones y la clase política, lo que provoca una crisis mundial de legitimación política”.             (Michael Neudecker  , Ssociólogos, enero 27, 2015)

6/5/13

Elegimos siempre a los guapos... ya sabes, Rubalcaba


« (...) En el año 2005, unos investigadores de Princeton recogieron fotografías en blanco y negro de todos los ganadores y perdedores de noventa y cinco elecciones al Senado de Estados Unidos y seiscientas elecciones a la Cámara de Representantes de este país de los años 2000, 2002 y 2004.

 Entonces reunieron a un grupo de voluntarios para evaluar la competencia de los voluntarios únicamente a partir del vistazo a las fotografías, descartando los datos sobre cualquiera de las caras que reconociera un voluntario. Los resultados fueron sorprendentes: el candidato que los voluntarios percibieron como más competente había ganado en el 72 por ciento de las elecciones al senado y el 67 por ciento de las elecciones a la Cámara, una tasa de éxito mayor aún que en el experimento del laboratorio de California.

 Entonces, en 2006, los científicos realizaron un experimento con resultados todavía más increíbles y, bien pensado, más deprimentes. Realizaron una evaluación de los rostros antes de las elecciones en cuestión y predijeron los ganadores únicamente en función de la apariencia de los candidatos. 

Las predicciones fueron sorprendentemente precisas: el candidato que había sido votado como el de apariencia más competente ganó en un 69 por ciento de las elecciones a gobernador y en un 72 por ciento de las elecciones al Senado.

Si he entrado tan al detalle de estos estudios políticos no es solo porque sean importantes por sí mismos sino porque, como ya he señalado, arrojan luz sobre nuestras interacciones sociales en todos los ámbitos. Es más que posible que en el instituto, nuestro voto para presidente de la clase se basase en la apariencia. Nos gustaría creer que hemos superado esas formas primitivas, pero no es fácil graduarse con nuestras influencias inconscientes.»      (Arcadi Espada, 04/05/2013)