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5/10/26

De Reikiavik a La Haya, los gobiernos europeos están empezando a prepararse para un cambio marino literal que pondría fin a la vida tal como la conocemos en el continente... es parte de la razón por la que Islandia y los países del norte de Europa no sufren un clima siberiano... pero la corriente marina que transporta aguas cálidas tropicales hacia el norte, evitando que Europa se congele, podría debilitarse. Incluso podría apagarse... ... el océano podría volverse en nuestra contra antes de lo que se pensaba... aunque este proceso se desarrollaría a lo largo de muchas décadas, una desaceleración grave o un colapso de la corriente trastornaría la agricultura, la infraestructura, el bienestar y la economía de Europa. El continente podría enfrentar inviernos glaciares y veranos secos, niveles del mar en aumento y tormentas de viento feroces... podrían necesitarse rompehielos en el mar Báltico. Los canales de Ámsterdam podrían congelarse por completo, mientras las olas de frío harían que las temperaturas se desplomen a menos 20 C en Países Bajos y menos 40 C en Escandinavia... a medida que se acumulan las investigaciones sobre la probabilidad de una desaceleración importante o —menos probable— un colapso total, los gobiernos están empezando a tomárselo en serio y a tratar de determinar cómo minimizar los daños... existe un riesgo sustancial de que pueda ocurrir en los próximos 20 años... "Para reducir el riesgo de que esto ocurra, lo único real que se puede hacer es simplemente frenar el calentamiento global" (Zia Weise)

"Una pesadilla climática acecha en el Atlántico. Europa empieza a prestar atención.

Una desaceleración de las corrientes oceánicas que trastornaría la vida en el continente a una escala impensable.

De Reikiavik a La Haya, los gobiernos europeos están empezando a prepararse para un cambio marino literal que pondría fin a la vida tal como la conocemos en el continente.

En las profundidades del Atlántico Norte, un vasto sistema de corrientes arremolinadas conocido como Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico, o AMOC (por sus siglas en inglés), transporta aguas cálidas tropicales hacia el norte, evitando que Europa se congele. Pero a medida que los humanos siguen bombeando gases que calientan el planeta a la atmósfera, esta bomba de calor oceánica se debilitará. Incluso podría apagarse.

Una zona de agua más fría de lo habitual justo al sur de Groenlandia, apodada la "mancha fría", tiene a algunos científicos preocupados de que esta desaceleración ya esté en marcha. Otros investigadores han examinado modelos climáticos, estudiado registros de temperatura del mar y realizado simulaciones para concluir que el océano podría volverse en nuestra contra antes de lo que se pensaba.

Aunque este proceso se desarrollaría a lo largo de muchas décadas, una desaceleración grave o un colapso de la AMOC trastornaría la agricultura, la infraestructura, el bienestar y la economía de Europa a una escala que haría que el calor y los incendios del verano pasado parecieran recuerdos leves de tiempos más tranquilos. El continente podría enfrentar inviernos glaciares y veranos secos, niveles del mar en aumento y tormentas de viento feroces.

Hasta hace poco, esta perspectiva se consideraba remota: un escenario de pesadilla esgrimido para advertir sobre los peligros catastróficos del cambio climático sin control. Pero a medida que se acumulan las investigaciones sobre la probabilidad de una desaceleración importante o —menos probable— un colapso total, los gobiernos están empezando a tomárselo en serio y a tratar de determinar cómo minimizar los daños.

Islandia ha declarado un colapso de la AMOC como riesgo de seguridad nacional. Países Bajos está investigando qué podría significar una desaceleración para sus defensas marítimas. Finlandia está examinando las posibles consecuencias. El Reino Unido está gastando millones en un sistema de alerta temprana. Y los ministros nórdicos han comenzado a discutir la amenaza.

Para los responsables de las políticas, la inestabilidad de la AMOC plantea un desafío inusual: ¿Cómo se prepara uno para un desastre lejano que puede que nunca ocurra —pero que, si ocurre, trastornaría la vida en Europa a una escala impensable? Pero los gobiernos concluyen cada vez más que la incertidumbre en sí misma no es excusa para esperar.

"Es irresponsable esperar a tener certeza absoluta antes de prepararse", declaró a POLITICO Jóhann Páll Jóhannsson, ministro de Clima de Islandia. "Porque, para cuando las consecuencias sean innegables, puede que ya sea demasiado tarde para evitar que ocurran".

"Esto no se trata de pánico ni de alarmismo", añadió. "Es simplemente una gobernanza responsable".

La sensación de alarma también ha llegado a Bruselas, donde el año pasado la responsable de transición verde de la Unión Europea, Teresa Ribera, sugirió añadir la AMOC "a la lista de siglas de seguridad nacional en Europa".
Esa sensación de hundimiento

El motor de la AMOC se encuentra en el Atlántico Norte, donde el agua fría y salada se hunde en las profundidades del océano. Ese hundimiento ayuda a atraer más agua cálida hacia el norte, impulsando una circulación que ha dado forma al clima de Europa durante milenios.

Ayuda a explicar por qué París no tiene los inviernos fríos de Ottawa, aunque la capital francesa se encuentra ligeramente al norte de la ciudad canadiense. También es parte de la razón por la que Islandia y los países del norte de Europa no sufren un clima siberiano.

Pero el cambio climático ahora amenaza con perturbar este motor estable durante tanto tiempo. A medida que se derrite la capa de hielo de Groenlandia y las lluvias más intensas añaden más agua dulce al Atlántico Norte, el mar se vuelve más cálido y menos salado —y por lo tanto menos denso—. Se hunde con menos facilidad, debilitando la circulación.

Esto puede desencadenar un bucle de retroalimentación: las corrientes más débiles transportan menos sal hacia el norte, lo que hace que el agua sea aún más dulce y ralentiza aún más la AMOC. El temor es que, con suficiente calentamiento, la agitación podría ralentizarse significativamente o incluso detenerse.

Si esto le suena familiar, probablemente sea por la película de catástrofes de 2004 "El día de mañana", que imagina la detención de las corrientes oceánicas del Atlántico desencadenando una congelación repentina que sumerge al mundo en una nueva era glacial de la noche a la mañana. No hay evidencia de que un escenario tan extremo y rápido sea posible.

Y sin embargo, el peligro no se limita a un futuro lejano. Aunque un colapso total de la AMOC se desarrollaría a lo largo de muchas décadas, probablemente más allá del final de este siglo, partes del sistema podrían empezar a fallar mucho antes —con consecuencias que se sentirían mucho antes de que las corrientes se detengan por completo.

"Partes de la AMOC podrían empezar a colapsar en el camino hacia el colapso total", dijo Laurie Laybourn, investigador asociado de Chatham House y director de la Iniciativa de Riesgos Climáticos Estratégicos. "Es un proceso que tendría perturbaciones a lo largo del camino".

Los científicos están particularmente preocupados por el giro subpolar, una corriente circular al sur de Groenlandia que ayuda a impulsar la AMOC. Algunos estudios sugieren que su función de mezcla de agua podría empezar a detenerse ya en la década de 2040, desencadenando cambios importantes en tan solo una década.

Un colapso del giro no sumiría a toda Europa del Norte en la congelación profunda asociada con un cierre total de la AMOC. Pero podría traer inviernos significativamente más fríos y aumentar el riesgo de sequía.

"Cuándo exactamente es difícil de decir, pero creo que existe un riesgo sustancial de que pueda ocurrir en los próximos 20 años", dijo Swinda Falkena, investigadora que estudia el giro subpolar en la Universidad de Utrecht. "Básicamente significaría que hay que empezar a planificar ahora".

En cuanto a la AMOC en su conjunto, los científicos todavía no saben en qué punto las corrientes podrían cruzar su llamado punto de inflexión, tras el cual un colapso hacia un estado muy débil se vuelve inevitable. Tampoco saben qué cerca están de cruzarlo. Las estimaciones van desde un calentamiento global de 1,4 grados Celsius por encima de las temperaturas preindustriales —un nivel que el mundo acaba de alcanzar— hasta 8 C.

Cuánto se perturbarán las corrientes sigue siendo objeto de debate; los científicos también siguen discutiendo si la desaceleración ya ha comenzado. Pero todos coinciden en que, a medida que el clima siga calentándose, la AMOC disminuirá.

En 2023, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático —que publica informes que representan el consenso científico actual— concluyó que es "muy probable que la AMOC se debilite a lo largo del siglo XXI", con su fuerza cayendo entre un 24% y un 39% por debajo de los niveles preindustriales.

El IPCC también expresó una "confianza media" de que "no se espera un colapso abrupto antes de 2100" —pero las investigaciones publicadas desde la divulgación del informe han aumentado la posibilidad de que el sistema pueda alcanzar un punto de inflexión mucho antes.

Dos estudios recientes situaron ese umbral alrededor de mediados de este siglo. Otro artículo encontró que incluso si se reducen las emisiones que calientan el planeta, es más probable que no que un colapso comience antes del final del siglo. Y aún otro sugirió que incluso con un calentamiento leve, el riesgo de un cierre de la AMOC es de alrededor del 25 por ciento. Y un estudio de este año concluyó que las corrientes perderían la mitad de su fuerza hasta 2100. (En contraste, un artículo reciente encontró poco probable un colapso total este siglo).

"Los riesgos", dijo Jóhannsson, el ministro de Clima islandés, "están resultando más graves de lo que se entendía anteriormente".
Futuro helado

Los científicos están empezando a esbozar cómo podría ser Europa después de un colapso de la AMOC, basándose en modelos climáticos y en investigaciones sobre el efecto de las corrientes en las temperaturas, las precipitaciones, los niveles del mar y los ecosistemas. El panorama que describen, en estudios publicados y entrevistas con POLITICO, es dramático.

En invierno, las tormentas podrían azotar el continente, alimentadas por la marcada diferencia de temperatura entre un norte recién gélido y un sur tan cálido como siempre.

El hielo marino del Ártico podría empujar hacia el sur, hacia Escocia y los fiordos nórdicos. Podrían necesitarse rompehielos en el mar Báltico. Los canales de Ámsterdam podrían congelarse por completo, mientras las olas de frío hacen que las temperaturas se desplomen a menos 20 C en Países Bajos y menos 40 C en Escandinavia.

La sequía en África Occidental podría impulsar a los migrantes hacia el norte a medida que el cinturón de lluvias tropicales se desplaza hacia el sur. Mientras tanto, Islandia podría enfrentar una devastación económica a medida que colapsen las poblaciones de peces, según un escenario que los investigadores elaboraron para el Consejo Nórdico de Ministros.

A lo largo de la costa atlántica norte de Europa, los niveles del mar más altos podrían agravar las inundaciones y empujar el agua salada hacia las tierras agrícolas bajas. Los veranos seguirían trayendo calor extremo, pero una disminución de las precipitaciones podría agravar la escasez de agua. Un artículo encontró que en el Reino Unido, la tierra apta para el cultivo agrícola caería del 32% actual al 7% después de un colapso de la AMOC.

La preocupación por estos posibles impactos está empezando a moldear la planificación gubernamental. Islandia, que ha declarado un colapso de la AMOC como riesgo de seguridad nacional, llevó la amenaza al Consejo Nórdico de Ministros esta primavera. "Discutimos preparar una evaluación de riesgos conjunta para los nórdicos", dijo Jóhannsson.

En Finlandia, la ministra de Clima, Sari Multala, lanzó este verano una evaluación de lo que podría significar una desaceleración de la AMOC para el país, incluidas sus consecuencias para el clima, el mar Báltico y sectores clave como la agricultura, la energía y el transporte.

"Sería bastante obvio que si la temperatura cayera tan drásticamente como en los peores escenarios, las condiciones de vida en Finlandia se deteriorarían muchísimo", declaró a POLITICO. "Como creo que estamos en primera línea en lo que respecta a este punto de inflexión, queremos ser los que tengan el mejor conocimiento al respecto".

Países Bajos está realizando una evaluación similar, con especial atención a la amenaza para sus defensas marítimas. El comisionado del programa Delta neerlandés —un funcionario designado por el gobierno encargado de proteger al país de las amenazas relacionadas con el agua— está trabajando para incluir el debilitamiento de la AMOC como un "escenario hipotético" en los planes de preparación del país. Los estudios sugieren que un cierre de la AMOC podría añadir aproximadamente medio metro al aumento del nivel del mar a lo largo de partes del Atlántico Norte, además del aumento ya causado por el calentamiento global.

"La velocidad es incierta, el momento es incierto y el impacto es incierto", dijo Saskia van Vuren, que asesora al comisionado Delta sobre la AMOC. Pero ya está afectando la planificación sobre el terreno. "Deberíamos reconocer que puede haber capas de hielo [en los ríos] en el futuro", añadió, señalando los proyectos de restauración de ríos en curso.

Aun así, persisten grandes incertidumbres. Existe la posibilidad de que el calentamiento global cancele cualquier enfriamiento invernal relacionado con la AMOC, por ejemplo.

Pero "la incertidumbre no es razón para la inacción", dijo Walid Oueslati, jefe de la división de clima de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, que supervisó un informe sobre cómo los responsables de las políticas pueden abordar tales riesgos. "Es una razón para una mejor gestión de riesgos".

"Los gobiernos lidian con riesgos inciertos todos los días", añadió, citando "la crisis financiera, por ejemplo, o la pandemia, o los terremotos y otros peligros naturales".
Vigilancia oceánica

Una de las primeras líneas de defensa contra un colapso de la AMOC es darse cuenta de cuándo comienza. Los gobiernos y los científicos están invirtiendo en sistemas de alerta temprana para detectar cuándo las partes críticas de la circulación empiezan a acercarse a un punto de inflexión.

El gobierno británico ha vertido 81 millones de libras (94 millones de euros) en un programa de investigación para crear un mecanismo de alerta temprana para dos sistemas clave vinculados a la AMOC que pueden estar ellos mismos acercándose a un punto de no retorno: la capa de hielo de Groenlandia y el giro subpolar.

"Estamos tratando de reunir equipos para observar, modelar y pronosticar mejor los puntos de inflexión, de modo que podamos responder mejor a ellos", dijo Gemma Bale, una de los dos científicos que lideran el programa.

El programa —y cualquier esfuerzo por rastrear la AMOC— depende de observaciones fiables y a largo plazo del océano, añadió.

Los investigadores han tendido amarres a lo largo del Atlántico para medir las corrientes; una de esas redes, conocida como RAPID, es el programa de observación más longevo, con 20 años de datos consistentes.

"Es lo único que nos dice directamente cómo está cambiando la AMOC día a día, mes a mes, año a año", dijo Penny Holliday, directora científica del Centro Nacional de Oceanografía del Reino Unido, que codirige el proyecto. Hasta ahora, la red ha registrado un ligero declive en la AMOC, aunque los científicos aún no están seguros de si el cambio climático es responsable.

Pero la red de monitoreo sigue siendo precaria. Muchas de las redes se financian mediante subvenciones de investigación a corto plazo, algunas de las cuales se agotan para 2028, dejando programas de observación de décadas de duración vulnerables a los cambios en las prioridades gubernamentales.

En Estados Unidos, por ejemplo, la administración del presidente Donald Trump decidió recortar la financiación para la observación oceánica y desmantelar las boyas a principios de este año, para luego dar marcha atrás tras una protesta.

Para los científicos, el episodio subrayó el problema de tratar el monitoreo oceánico a largo plazo como una serie de proyectos de investigación a corto plazo. Lo que quieren en su lugar es un sistema de observación permanente y financiado internacionalmente —infraestructura a la escala que los gobiernos ya apoyan para el pronóstico del tiempo o la investigación espacial.

"Si pudiéramos unirnos colectivamente... entonces tendríamos un sistema de alerta temprana", dijo Holliday. "Podríamos decirle a cada nación si ese declive de la AMOC predicho por los modelos ya ha comenzado".

La Comisión Europea dio un primer paso este verano, anunciando 92 millones de euros en financiación para la observación oceánica; un evento de promesas en septiembre elevó la cantidad a 220 millones de euros. Los científicos de la AMOC acogieron con beneplácito el dinero, pero dijeron que un sistema fiable en todo el Atlántico requeriría mucho más.

"Necesitas alrededor de 500 millones o 1.000 millones de euros al año, y entonces puedes medir el océano a fondo", dijo Sjoerd Groeskamp, investigador del Real Instituto Neerlandés de Investigación Marina. "Lo que suena a mucho, pero no lo es. El acelerador de partículas [del CERN] tiene un presupuesto de 1.000 millones de euros al año, ¿verdad? El telescopio James Webb costó 10.000 millones de euros".

Groeskamp se ha asociado con un puñado de legisladores del Parlamento Europeo para presionar a la Comisión para que destine 25 millones de euros adicionales al año al monitoreo de la AMOC.

Mohammed Chahim, eurodiputado neerlandés de centroizquierda que lideró la campaña por financiación adicional, dijo que Bruselas debería "crear un programa financiero estructurado para el monitoreo oceánico, como estamos haciendo para el espacio".

"La AMOC es una de las mayores preocupaciones que tengo", añadió. "Si se observan los daños económicos que podríamos ver a causa de la AMOC, gastar un par de millones o un par de cientos de millones en un programa de observación a largo plazo desempeña un papel esencial".
Preparación en la que todos ganan

Incluso si los datos de observación solo informaran a los gobiernos de que un colapso de la AMOC se ha vuelto inevitable —proporcionando una alerta tardía en lugar de temprana—, esa información seguiría siendo importante, dado las décadas durante las cuales se desarrollarían sus impactos.

"Una vez que sabemos que se ha cruzado el punto de inflexión, que la AMOC no se recuperará de repente sino que seguirá disminuyendo en las próximas décadas, eso tiene un impacto importante en las medidas de adaptación que se tomen", dijo Stefan Rahmstorf, oceanógrafo del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático.

Mientras tanto, los expertos dicen que hay una serie de "medidas sin arrepentimiento" que los responsables de las políticas pueden tomar y que protegerán a sus ciudadanos si las corrientes colapsan, y beneficiarán a los países incluso si la AMOC permanece estable.

"Hay situaciones en las que todos ganan, como mejorar el aislamiento de las viviendas, que ayudan tanto contra el calentamiento global como en caso de un enfriamiento significativo", dijo Rahmstorf.

Muchos de los impactos de un cierre de la AMOC agravarían problemas que Europa ya enfrenta a medida que el planeta se calienta, incluidos la sequía, el clima extremo y el aumento del nivel del mar. Eso significa que gran parte de los preparativos necesarios son familiares: reforzar la infraestructura contra los fenómenos meteorológicos extremos, invertir en la protección contra inundaciones costeras y construir cadenas de suministro menos frágiles.

"Podemos identificar algunas cosas que no implican arrepentimiento", dijo Laybourn, el investigador de Chatham House. Señaló la renovación de edificios, la restauración de la naturaleza para hacer la agricultura más resiliente y el apoyo a los países de África donde los monzones podrían verse perturbados. "Hay algunas cosas que funcionan sin importar lo que vaya a pasar".

La medida sin arrepentimiento más importante es también la única que los científicos dicen que puede reducir el riesgo de que la AMOC colapse en primer lugar: reducir las emisiones que calientan el planeta.

"La respuesta principal debe ser dejar de titubear y retrasar cuando se trata de reducir emisiones y eliminar gradualmente los combustibles fósiles", dijo Rahmstorf.

Eso es cierto incluso para las partes del sistema que podrían desestabilizarse antes, como el giro subpolar. "Para reducir el riesgo de que esto ocurra, lo único real que se puede hacer es simplemente frenar el calentamiento global", dijo Falkena, la investigadora de la Universidad de Utrecht. "Reducir las emisiones lo más rápido que se pueda".

Ese mensaje está siendo cada vez más repetido por los gobiernos más expuestos a la amenaza.

"Lo más importante que podemos hacer para limitar el aumento de temperatura es reducir las emisiones rápidamente", dijo el ministro de Clima noruego, Andreas Bjelland Eriksen, cuando se le preguntó cómo su país está abordando el riesgo de un cierre de la AMOC.

Jóhannsson, de Islandia, comparó la reacción de su país a la amenaza de la AMOC con la forma en que el aumento del nivel del mar ha empujado a los estados insulares del Pacífico a exigir una acción climática global más fuerte.

"Para nosotros, la posibilidad de un colapso de la AMOC no es una cuestión científica abstracta", dijo. "Es básicamente una cuestión existencial, porque sabemos que la desestabilización de la AMOC traería una profunda perturbación a nuestra infraestructura, nuestros ecosistemas y nuestra forma de vida"." 

(Zia Weise, POLITICO, 02/10/26, traducción deepseek, enlaces en el original) 

25/3/24

Carlos Taibo: Cuando hablo de ecofascismo no estoy pensando, o no lo estoy haciendo de forma singular, en marginales grupos neonazis o de extrema derecha. Estoy pensando, antes bien, en un proyecto que nace en el seno de algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez que se avecina y cada vez más firmemente decididos a preservar en unas pocas manos esos recursos escasos al amparo de un horizonte de darwinismo social militarizado. La perspectiva que invoco tiene mucho que ver con las prácticas más conocidas del colonialismo de siempre

 "Nota.— Hace dos semanas, publicamos una reseña de Ecofascismo, el último libro de Carlos Taibo, primero editado en España y luego en Argentina. Hoy damos a conocer la entrevista que le realizamos con posterioridad, donde hablamos del contenido de la obra, pero también de otros tópicos de actualidad no menos interesantes. Quienes no hayan leído la recensión bibliográfica de nuestro compañero Ariel Petruccelli y deseen hacerlo, aquí tienen el enlace. Nuestra profunda gratitud con el entrevistado por su predisposición y amabilidad.

14/3/24

Cuando los millonarios se preparan para el colapso... El 1% más rico está construyendo refugios de seguridad para sobrevivir ante posibles colapsos ambientales, sociales y nucleares. La tendencia no es nueva, pero se ha multiplicado desde la pandemia y la invasión de Ucrania... unos cuantos multimillonarios entienden que ya no alcanza con construir refugios subterráneos blindados, sino que buscan crear ecosistemas propios, porque la supervivencia de la clase dominante depende de desarrollar y controlar un ecosistema propio, en el que no sólo pueda salvarse del colapso, sino continuar con sus vidas... hay que recordar que millones de personas en grandes ciudades, como la Ciudad de México o Sao Paulo, no tienen agua potable ni alcantarillado

 "El 1% más rico está construyendo refugios de seguridad para sobrevivir ante posibles colapsos ambientales, sociales y nucleares. La tendencia no es nueva, pero se ha multiplicado desde la pandemia y la invasión de Ucrania. Sobre todo, las modalidades han cambiado, a tono con los tiempos neoliberales.

Las cientos de páginas web que ofrecen refugios o búnkeres, aseguran que el negocio está al alza. Desde un crecimiento de 400 por ciento en Estados Unidos, según New York Post (4/4/20), hasta una empresa de Berlín que asegura que las consultas se centuplicaron según un informe de la Deutsche Welle (18/1/23).

El portal xataka.com destaca que las empresas dedicadas a la “gestión de emergencias” o “preparacionismo”, como lo denominan, ganarán 149 mil millones de dólares en 2025. Estima que 50 por ciento de los multimillonarios de Silicon Valley tiene al menos un refugio blindado, cuyo costo oscila entre 40 mil y 2.5 millones de dólares (2/8/23).

Un recorrido por los portales dedicados a ofrecer refugios, permite aquilatar la sofisticación propia de una clase dominante que no escatima recursos para vivir mejor.

Durante la guerra fría los países europeos, la Unión Soviética y China –donde era más probable una conflagración nuclear– construyeron enormes refugios para sus poblaciones. La República Federal de Alemania contaba con unos 2 mil refugios que podían albergar a 3 millones de personas, 5 por ciento de la población. En Finlandia se construyeron más de 50 mil refugios, para 80 por ciento de la población.

En China, Mao llamó al pueblo a construir refugios. La respuesta fue rápida y masiva, al punto que “las 75 ciudades más grandes del país habían cavado suficientes túneles como para albergar a 60 por ciento de sus poblaciones” (Clarin, 10/8/20).

La URSS construyó ciudades subterráneas para millones de personas.

Sin embargo, ahora los refugios son bien diferentes, como destaca un reciente informe de Asia Times (1/3/24) titulado “Los búnkeres de los multimillonarios son el nuevo tecnofeudalismo”. Mark Zuckerberg, el multimillonario creador de Facebook, ha estado comprando grandes extensiones en la isla hawaiana de Kauai, donde está construyendo un complejo de 400 millones de dólares australianos. La finca está vigilada por numerosos guardias.

Además del “enorme búnker subterráneo”, tiene varias mansiones de gran tamaño, maquinaria dedicada a la potabilización, desalinización y almacenamiento de agua. “Está criando su propio ganado, alimentándolo con nueces de macadamia cultivadas en el rancho y también con cerveza elaborada allí”, señala el informe de Asia Times firmado por los profesores Katherine Guinness, Grant Bollmer y Tom Doig.

Al parecer, unos cuantos multimillonarios entienden que ya no alcanza con construir refugios subterráneos blindados, sino que buscan crear ecosistemas propios, porque la supervivencia de la clase dominante depende de desarrollar y controlar un ecosistema propio, en el que no sólo pueda salvarse del colapso, sino continuar con sus vidas.

Como se ve, ya no se aspira a proteger a las poblaciones de las catástrofes, sino apenas a la propia familia, lo que muestra el triunfo de un individualismo feroz que no toma en cuenta al resto de la humanidad. Ambos hechos están mostrando la deriva actual de los sectores dominantes en el mundo.

Para los sectores populares no son éstas las alternativas posibles ante el colapso. No pueden construirse refugios, ni ecosistemas propios. Apenas pueden sobrevivir bajo el capitalismo de guerra que los condena al sótano sistémico. Los estados y los gobiernos en América Latina no tienen la menor previsión sobre las catástrofes por venir. Alcanza con recordar que millones de personas en grandes ciudades, como la Ciudad de México o Sao Paulo, no tienen agua potable ni alcantarillado.

Los pueblos no pueden encarar el colapso de modo individual sino comunitario, con base en trabajos y cuidados colectivos. A la luz de lo que hace el 1% más rico, podemos comprender mejor la tenacidad de los pueblos en el cuidado de su mundo natural y el empeño de los de arriba en destruir los ecosistemas que pueden proteger la vida en común.

Por lo que conozco, sólo el EZLN ha promovido un debate sobre el colapso, hace ya nueve años en el seminario El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista. Han sido coherentes y se preparan para sobrevivir a la multiplicación de desastres, como enseñan los 21 comunicados desde octubre de 2023 hasta el 30 aniversario del levantamiento del 1º de enero de 1994.

Lamentablemente, ni las izquierdas progresistas, ni las academias ni el grueso de los movimientos, están adoptando una actitud similar de pensar y hacer ante el colapso. Sólo algunos pueblos originarios comparten las preocupaciones zapatistas, en base a sus propias cosmovisiones."                     (Raúl Zibechi,Jaque al neoliberalismo, 09/03/24, fuente La Jornada )

1/3/24

Pedro Fresco: “El colapsismo es uno de los grupos que más bulos energéticos expande”... las renovables tienen impactos en el territorio, pero a nivel ambiental el impacto de las energías renovables es muchísimo menor que el de las energías a las que están sustituyendo, que son las fósiles y las tradicionales. Eso no quiere decir que no haya un impacto y, sobre todo, que no haya impactos de carácter paisajístico que son los más difíciles de evitar, porque son obvios. Pero yo defiendo que el impacto paisajístico es un impacto muy asumible para los beneficios que traen las energías renovables... y el impacto sobre la biodiversidad es bajo

 "Pedro Fresco (Valencia, 42 años) es el director de la Asociación Valenciana del Sector de la Energía y es una de las voces que desde hace años defiende públicamente la expansión de las renovables y la necesidad de las macroplantas solares y eólicas. Tras trabajar en este sector durante más de una década, fue asesor del Ministerio para la Transición Ecológica. De ahí saltó a la Generalitat valenciana en 2021, donde fue nombrado director de Transición Ecológica. Pero en diciembre de 2022 fue destituido por Compromís tras imponerse en esa formación la corriente que rechazaba la implantación de grandes parques fotovoltaicos. Ahora publica el libro Energy Fakes. Mitos y bulos sobre la transición energética (Barlin Libros), donde combate los bulos que se difunden a diestra y siniestra del arco político y desde empresas. “Hay mitos que son transversales, pero la mayor intensidad de mitología sobre energía viene de las dos partes del extremo ideológico: de la derecha radical y luego de ciertos grupos de extrema izquierda”, resume Fresco en esta conversación telefónica con EL PAÍS.

Pregunta. ¿Dónde nacen las noticias falsas?

Respuesta. De muchos sitios, pero generalmente tienen dos fuentes principales. La primera son los intereses económicos —por parte de compañías— o políticos —por parte de determinadas cosmovisiones—. Luego hay otra parte que viene de aprendizajes previos, de cosas que fueron ciertas en el pasado, cuando la tecnología era diferente, y que hoy no lo son.

P. ¿Hay empresas del sector fósil que difunden las noticias falsas?

R. Las fake news que vienen de esas empresas son algo histórico. Comenzó en los años setenta y ochenta con el cambio climático, cuando grandes petroleras usaban fakes para sembrar desconfianza sobre lo que decía la ciencia. Pero luego ha continuado con distintas tecnologías. Hoy las fakes provenientes de empresas sobre las renovables son mucho menores, porque prácticamente todas las compañías, incluso las petroleras, tienen secciones que se dedican a las renovables. Donde se observan actualmente más noticias falsas que salen de las compañías es en el campo del coche eléctrico, que supone una amenaza para el destino principal del petróleo: la movilidad en los vehículos.

P. ¿Y provienen más de empresas que suministran esos combustibles o de fabricantes de automóviles?

R. Vienen de los dos, de empresas que suministran el petróleo, que es un negocio que no quieren perder rápidamente, y del sector de los fabricantes de automóviles y todo lo que envuelve al motor de combustión. Creo que esto se ve claramente con muchísimos supuestos estudios, que son falsos, que dicen que el coche eléctrico contamina más o que no hay suficientes materiales para tantos coches eléctricos o que siempre van a ser carísimos o que la red eléctrica no puede sostener un sistema de coches eléctricos.

P. ¿Las noticias falsas abundan más en la izquierda o la derecha ideológicas?

R. Hay mitos que son transversales, pero la mayor intensidad de mitología sobre energía viene de las dos partes del extremo ideológico: de la derecha radical y luego de ciertos grupos de extrema izquierda. Quizás la derecha radical difunde más mitos, porque al final la base de muchos mitos es el pensamiento conspirativo y las ideologías de derecha radical se basan muchísimo en el pensamiento conspirativo para extenderse. Lo curioso es que también hay bastantes mitos en la parte de los sectores más radicales de la izquierda. Lo estamos viendo, por ejemplo, contra las renovables y en todos los sectores que tienen cierta afinidad con el colapsismo, porque el colapsismo es uno de los grupos que más bulos energéticos expande.

 P. ¿Considera que defender el decrecimiento como única forma de luchar contra el cambio climático es una fake news?

R. Las evidencias demuestran que insistir en que el decrecimiento es la única vía para combatir el cambio climático es falso, es una fake news. Eso no quiere decir que todos los decrecentistas expandan fake news. El decrecentismo es un movimiento amplio donde hay distintas familias y distintas ramas. Algunos son más moderados, más realistas, y no suelen expandir fake news, pero hay sectores que son radicales, y estoy hablando fundamentalmente del colapsismo, cuya idea de colapso se basa en propagar que nada es posible, que nada es real, que no hay alternativa. Por tanto, se convierten en difusores máximos de cualquier mitología que ven en el mercado de las mitologías. De hecho, es extremadamente curioso ver cómo los colapsistas usan muchos de los mitos de la derecha radical para defender sus tesis.

P. ¿Por ejemplo?

R. Cosas como que no se puede introducir más electricidad en la red eléctrica es algo que se ha defendido desde las opciones energéticas más conservadoras. O, por ejemplo, toda esa tendencia a minusvalorar los coches eléctricos son mitologías que vienen del mundo fósil y de la fabricación de los vehículos de combustión, y los colapsistas lo usan sin ningún problema, porque les es útil para difundir sus teorías.

P. ¿Usted se considera una víctima de estos bulos energéticos por haber sido destituido de su cargo en la Generalitat?

R. Es verdad que mi cese tuvo mucho que ver con uno de los mitos: que se puede hacer la transición energética solo con fotovoltaica en los tejados y sin necesidad de instalar energías renovables en el territorio. Ese no es un pensamiento colapsista realmente, porque el colapsismo cree que la transición energética es imposible. Es otro tipo de mitología diferente que arraiga en aquellas visiones políticamente infantiles que no son capaces de asumir que hay que hacer cosas que tienen cierto rechazo para conseguir los objetivos climáticos.

 P. ¿Pero usted considera que las renovables tienen impactos en el territorio?

R. Para empezar, cualquier cosa que hacemos los seres humanos tiene un impacto, y las renovables tienen un impacto y lo tienen en el territorio. La cuestión es que a nivel ambiental el impacto de las energías renovables es muchísimo menor que el de las energías a las que están sustituyendo, que son las fósiles y las tradicionales. Eso no quiere decir que no haya un impacto y, sobre todo, que no haya impactos de carácter paisajístico que son los más difíciles de evitar, porque son obvios. Pero yo defiendo que el impacto paisajístico es un impacto muy asumible para los beneficios que traen las energías renovables.

P. ¿Y qué impacto tienen sobre la biodiversidad?

R. El impacto en la biodiversidad es bajo. Sobre todo es bajo cuando tenemos autorizaciones ambientales para que los proyectos salgan adelante. Los impactos de las energías renovables se valoran en los estudios ambientales y las autorizaciones que dan las administraciones. No son nulos, obviamente, pero son bajos. Y muchas veces lo que observamos es que cuando se hacen estas energías renovables sobre los sitios menos sensibles y sustituyen actividades que también intrínsecamente tienen un impacto, como puede ser la agricultura, en muchas ocasiones el impacto sobre la biodiversidad es positivo.

P. ¿De todos los mitos que ha analizado usted en el libro cuál cree que ha calado más entre la población?

R. Hay dos mitos extremadamente persistentes. Uno es que la energía nuclear es barata, que es una cosa que llevamos viendo en Europa desde hace más de dos décadas que no es así. Y otros mitos que perviven mucho son los relativos a las bombas de calor. Hay muchísimo mito sobre que una bomba de calor no es eficiente, no puede calentar una casa, no puede estar en climas fríos.

P. ¿Está viviendo la nuclear un auge en el mundo?

R. No, la nuclear no está viviendo ningún auge internacional, eso es propaganda. De hecho, en tres de los últimos cuatro años la potencia nuclear ha retrocedido en el mundo, es decir, se han cerrado más centrales de las que se han conectado. Llevo escuchando hablar del renacimiento nuclear desde hace alrededor de 25 años y siempre se decía que estaba llegando. Es una energía estancada en el mundo desde hace tres décadas.

 P. ¿Los residuos de las nucleares son igual de difíciles de gestionar o de peligrosos que los de las renovables?

R. Los residuos de la nuclear son muchísimo más difíciles de gestionar que los de las renovables porque son peligrosísimos. Otra cosa es que sean menos voluminosos, pero son infinitamente más peligrosos. Los residuos de las renovables son residuos normales: aluminio, hormigón, cobre o cristal. Lo más complicado son los composites de las palas de los aerogeneradores, que son difíciles de reciclar, pero siguen siendo un residuo no peligroso. Comparar los residuos nucleares con los residuos de las renovables es una argumentación totalmente ridícula, un fake.

P. ¿Cree que el expresidente Felipe González estuvo mal asesorado o sabía que era un fake lo que estaba difundiendo cuando comparó ambos residuos?

R. Este caso nos demuestra hasta qué punto las fake news pueden llegar a confundir a las personas más inteligentes. Felipe González es probablemente el personaje histórico más importante vivo que hay en España y ha caído en varios de los bulos que comento en el libro, tanto sobre la nuclear como en que no se pueden reciclar los paneles de solares. Es un caso muy paradigmático de cómo incluso las personas más ilustradas y más preparadas, cuando no tienen un conocimiento específico sobre la materia energética, son víctimas de las fake news como podemos ser cualquiera de nosotros.

P. ¿Hay algún bulo que se ha dejado en el tintero y le preocupe?

R. Me preocupan mucho dos bulos que comienzo a ver por parte de las plataformas contra las renovables y que se pueden ver en sus alegaciones a proyectos concretos. Uno es que las plantas solares van a aumentar la temperatura de la zona y de las personas que tienen casas alrededor, lo cual es un bulo, es falso. Y otro que he visto nuevo es que las plantas solares van a hacer que llueva menos, otro bulo que tampoco tiene ningún sustento científico. Estos dos bulos no están en el libro porque son relativamente nuevos."              (Manuel Planelles, El País, 01/03/24)

26/10/23

«El decrecimiento no es algo que puedas elegir, es algo que va a ocurrir»... estaríamos en un grado leve de colapso... se ve en la pérdida de recursos esenciales como el agua, la alimentación o el acceso a la educación y sanidad... podemos elegir entre tres únicos escenarios: extinción, gobernanza autoritaria o transformación

 "Asiduo a la divulgación en redes sociales y programas de televisión, Fernando Valladares ahora se adentra en el mundo editorial con ‘La recivilización. Desafíos, zancadillas y motivaciones para arreglar el mundo’ (Destino, 2023). El ser humano construye su propia ruina, paradójicamente, destruyendo la naturaleza en la que está inserto. Por eso, este doctor en biología e investigador del Instituto Superior de Investigaciones Científicas, propone un camino mediante el que poder renacer, de alguna forma, como especie. El experto desgrana los principales retos a los que nos enfrentamos, los problemas que se encontrará la sociedad para conseguir el cambio deseado, las razones que harán del decrecimiento económico algo ineludible y el porqué del debate entre colapsistas y posibilistas dentro del ecologismo.

 En la primera parte del libro, expone que podemos elegir entre tres únicos escenarios: extinción, gobernanza autoritaria o transformación. ¿En qué se basan cada uno de ellos?

Se trata de simplificaciones de un abanico más amplio de escenarios. El primero está ligado a no hacer nada, que es prácticamente lo que estamos haciendo ahora. El no hacer nada ya es una decisión en sí misma, y la ciencia te dice lo que pasará si no actuamos. No hace falta insistir mucho para que nos demos cuenta hacia dónde nos dirigimos si seguimos así. Otra posibilidad es que sean los gobernantes o los responsables políticos los que se hagan cargo de la cuestión. Eso podría dar lugar a un modelo de gobernanza autocrática donde se ejecutarían decisiones más o menos dictatoriales. Significaría un retroceso profundo de los derechos humanos y en la salud física y mental de las personas. Se podrían arreglar los problemas logísticos más acuciantes, pero a un coste elevadísimo. Yo apuesto por el último, el escenario de la transformación. Hay que poner todo patas arriba para que el mundo vaya a mejor. Nos equivocaremos, no será fácil, pero tenemos mucho que ganar, sobre todo porque no tenemos prácticamente nada que perder si seguimos como hasta ahora, en un sistema completamente insostenible.

¿De qué escenario cree que estamos más cerca como sociedad a nivel mundial? ¿Y en España?

El escenario global remite a que estaríamos en un grado leve de colapso, aunque en algunas regiones ese grado se encuentra en estado avanzado. El colapso se ve en la pérdida de recursos esenciales como el agua, la alimentación o el acceso a la educación y sanidad. Eso, que está amenazado en el Norte global, no tenerlo o estarlo perdiendo es común en el Sur global, aunque lo hayamos normalizado. Tenemos que tomar decisiones rápidas porque el escenario cambia día a día. En España parece que la gente está muy preocupada por el medio ambiente, pero la sociedad no ha encontrado la forma de canalizarlo hacia la resolución del problema. La mayoría de la gente apenas da urgencia a algunas cosas, además de que la descoordinación reina entre las acciones individuales y colectivas o del sector público y privado. También somos más vulnerables por la posición geográfica, la sequía que podremos sufrir y nuestras características climáticas.

También aborda ocho desafíos que requieren hablar claro, como usted dice. El primero que trata es el desafío natural. ¿Considera que es el más importante? Parece que todos los demás desafíos van supeditados a este.

Sí, pero no lo digo yo con mi posible sesgo de científico y ecólogo. Cuando uno escucha a los grandes economistas del Foro Económico Mundial, ellos mismos aceptan que las crisis que afrontamos no son económicas de raíz. Lo mismo ocurre al escuchar hablar a médicos de las crisis sanitarias. Todas las crisis que sufrimos, ya sea geopolítica, social, sanitaria o energética, tan solo son manifestaciones de crisis ambientales. Si solo vamos a los síntomas, lo único que haremos será posponer un poco el colapso.

En la parte en la que trata el desafío económico, usted afirma que el sistema actual no funciona, al menos como debería funcionar para la supervivencia y confort humano. ¿Cuál es su plan B?

Mi plan B es el de muchas otras personas que llevan décadas hablando del decrecimiento económico, que es ineludible. No es un escenario que puedas elegir, es algo que va a ocurrir. Hasta los propios multimillonarios firman manifiestos para que les suban los impuestos porque ellos mismos se dan cuenta de que su bonanza económica está en riesgo en el actual sistema. El plan B es planificar al contrario de lo que lo hacemos desde hace siglo y medio. En lugar de que el objetivo sea que el PIB suba, tendrá que bajar. ¿Cómo hacerlo? Con políticos valientes, porque ahora mismo no se atreven. Son medidas difíciles de explicar. Imagina un candidato a presidente diciendo que su propuesta es decrecer un 17%, por ejemplo. La gente también tiene que estar preparada para entender bien qué significa y por qué este debe ser el recorrido futuro.

La democracia, la ideología y la religiosidad aparecen como el último desafío cuando, a priori, se podrían considerar categorías alejadas del respeto y la preservación del medio ambiente, pero no es así. ¿Por qué?

El problema de algunas ideologías y religiosidades muy marcadas es que tienen una visión con una gran primacía del ser humano. Lo entienden como si estuviera aislado, sin soporte alguno en la naturaleza, como una colección de individuos y no una sociedad integrada. Esas son una serie de simplificaciones que sirven para mantener el modelo económico, por lo que aquellas personas que las profesan son obstáculos a la hora de explicarles el desafío civilizatorio. Pero hay razón para el optimismo. En el último sínodo, celebrado este mismo año, se dio una gran convergencia en los objetivos, entre los que se encontraba que el ser humano conviviera en mayor armonía con la naturaleza. Otro ejemplo es el papa Francisco con su nueva encíclica. Que siga vivo es uno de los mayores misterios después de la Trinidad, porque es algo que los creyentes más acérrimos se tienen que tragar como un sapo. Es un gran avance que personas tan influyentes como él digan cosas basadas en la ciencia y en el sentido común.

Algunas personas confían en que la tecnología nos podrá salvar del destino que usted plantea. Es lo conocido como «tecnoptimismo». ¿Qué les respondería a estas personas?

Yo les diría que no fueran tan ingenuas, que tienen una actitud muy infantil. Sus ideas no se ajustan a la cruda realidad. Tienen una especie de confianza en que el ser humano será capaz de sobreponerse hasta a las leyes de la termodinámica y hacer de un planeta finito algo infinito. Hay que trabajar con lo que tenemos hoy, y ahí sí que tenemos tecnología de sobra para hacer frente a un cambio de civilización.

Otro concepto que se empieza a utilizar es el de «ecomodernismo», que también aborda en su libro. ¿Cree que se trata de un falso ecologismo? ¿Quién puede tener interés en potenciarlo”?

Desde el momento en que quiere construir alternativas únicamente fijándose en las bondades alcanzadas en el último siglo, el ecomodernismo es un falso ecologismo. Se dan ciertos avances indiscutibles como la vacunación, el alfabetismo o la mejora de la esperanza de vida, que son logros de la humanidad sin duda. El ecomodernismo viene a fijarse en estas cuestiones para contrarrestar lo peyorativo del concepto «antropógeno». En lugar de ralentizar las cosas como decimos los científicos, sus defensores cada vez apuntan más arriba. Son cosas lunáticas, hasta divertidas si no habláramos de la vida de millones de personas y nuestro futuro como especie a medio y largo plazo. Piensan, por ejemplo, que si vienen mal dadas podremos irnos a vivir a Marte.

Ya ha comentado que el decrecimiento es algo ineludible. ¿Existen personas dentro del ecologismo en contra del decrecimiento?

El decrecimiento despierta dudas y recelos en mucha gente, y dentro del ecologismo hay muchas orientaciones. Hay ciertas personas que se siguen agarrando al milagro de los panes y los peces, que pretenden reconciliar el planeta con el modelo económico preponderante. Quizá lo hagan por miedo, desconocimiento o como una posición ideológica. Otras personas defienden que se trata de una posición muy utópica y que sería mejor aprovechar lo que ya existe en forma de energía renovable y tecnologías más blandas y verdes para hacerlo mejor. Están bienintencionadas, pero lo que sí es utópico es posponer el momento de tomar las decisiones más duras. Yo creo que nunca habrá un periodo de transición. Vemos que nada es gradual, que el clima no cambia gradualmente, y las pandemias tampoco golpean de forma planificada. Tenemos que prepararnos para un futuro cercano muy revuelto, lleno de adversidades inesperadas, e intentar hacerles frente sin decrecimiento complicará las cosas.

En el último tiempo se ha dado un debate muy enconado en un sector del ecologismo entre aquellos que podríamos denominar colapsistas y otros estudiosos y activistas más posibilistas. ¿Usted se ubica en alguna de estas etiquetas?

Yo planteo que el colapso es uno de los escenarios, pero eso es algo que está presente en los informes del IPCC desde hace muchos años. En realidad, a partir de 3 o 4 grados centígrados de calentamiento de la atmósfera ya entraríamos en colapso. Yo no quiero imaginar un escenario catastrofista, pero pongo ejemplos de cómo avanzamos hacia él. Por otra parte, apoyo el suavizar el concepto de colapso. A alguien que no esté muy metido en el mundo del ecologismo y las crisis ambientales le puede crear cierta repulsión, ya sea por miedo o porque lo ven algo muy catastrofista. Eso es lo que busco con el libro, que gente que no ha oído hablar de la crisis de biodiversidad se interese por lo que sucede y decida formar parte de la solución. Sin ir más lejos, el libro de Emilio Santiago, una vez que superas su título [Contra el mito del colapso ecológico], ves que hay muchos matices que van en este sentido, el de empoderar a la gente a otras alternativas más sociales y económicas mediante las que poder sortear el colapso.

En realidad, su figura sirve casi de puente entre los colapsistas y los posibilistas.

Soy consciente de ello y me tiemblan las piernas, porque los puentes son los puntos más vulnerables. Yo intento tender puentes de forma activa, es algo que va con mi carácter, el asumir esa responsabilidad y encontrar puntos de interés y lógica en las distintas posturas, pero eso me estresa un poco y me pone en situaciones complicadas.

Por último, volvamos al principio. Su obra se titula La recivilización, es decir, volver a civilizar. Para eso, tendremos que revertir ciertos procesos aprehendidos e interiorizados. ¿Cuáles son los principales?

Hablaría de uno, el mayor de todos: el individualismo. Esto es lo que nos hace ser una sociedad tan vulnerable. De hecho, estamos al límite de lo que es una sociedad porque apenas hemos establecido una red en la que compartir valores. Fortalecer eso no solo nos hará posible el camino, sino que nos hará sentir más sanos y felices. Si revertimos algunos efectos secundarios del capitalismo, como el afán de productivismo, volveremos a humanizarnos. Así nos adentraremos en el abandono del antropocentrismo e iremos al ecocentrismo."

(Entrevista a Fernando Valladares, Guillermo Martínez, Ethik, 24/10/23)

23/8/23

La era de la ebullición global... En los extremos planetarios, no hay una nueva normalidad. Sólo una alteración exponencial... Este mes de julio fue el más caluroso, posiblemente, de los últimos 120000 años... En medio de las crisis climáticas, también, se batieron otros récords: el mayor número de pasajeros aéreos en un solo día en Estados Unidos; los mayores beneficios jamás registrados por las aerolíneas europeas IAG y Air France-KLM; récord de consumo de petróleo y de producción de carbón... Hay que enseñar, en las escuelas, que el clima es un problema de stock... El modelo mental correcto es el de una tina de baño. Mientras fluya más agua del grifo (nuestras emisiones) a la tina (las acumulaciones atmosféricas de carbono) que la que se va por la coladera (selvas tropicales, océanos, etcétera), el nivel de agua de la tina seguirá subiendo... no hay punto medio; no hay medias; no hay vuelta a la normalidad. Es un tráfico unidireccional hacia lo desconocido». El sistema terrestre es una «bestia furiosa» a la que estamos picando y provocando con el palo de las acumulaciones de carbono... La crisis climática exige una electrificación rápida, nuevos recursos y nuevas máquinas para mover, calentar, enfriar, fundir y fabricar objetos. Todas estas máquinas deben ser fabricadas, financiadas, comercializadas e instaladas

 "Este mes de julio fue el más caluroso de nuestra historia y, posiblemente, el más caluroso de los últimos 120000 años. Cuatro «cúpulas de calor» repartidas por el hemisferio norte –en Asia Occidental, Norteamérica, África del Norte y sur de Europa– contribuyeron a la subida de las temperaturas y batieron récords de varios grados. En los Andes, el invierno se convirtió en un verano abrasador. La luz del sol se ha quedado oculta por el humo de los gigantescos incendios que asolan Canadá.

Al calor mortífero, se le sumaron lluvias e inundaciones sin precedentes, sobre todo, en Delhi y Pekín. No sólo el ciclo del carbono, sino, también, el del agua se han visto sobrealimentados por la modernidad, que se nutre de combustibles fósiles. El planeta que llamamos Tierra es  principalmente, oceánico y la mayor parte del exceso de calor es absorbido por los océanos, que nunca habían estado tan calientes. Sus corrientes cálidas han provocado que parte de la Antártida, del tamaño de México, no se haya vuelto a congelar este año.

El aumento del vapor de agua, en sí mismo, un potente gas de efecto invernadero, provocado por el calentamiento global de los océanos, ejerce, a su vez, presión sobre la inmensa máquina de calor de la atmósfera, lo que provoca condiciones meteorológicas más extremas. No en vano, el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Gueterres, declaró que ya entramos a una era de «ebullición global». (...)

En medio de las crisis climáticas, también, se batieron otros récords: el mayor número de pasajeros aéreos en un solo día en Estados Unidos; los mayores beneficios jamás registrados por las aerolíneas europeas IAG y Air France-KLM; récord de consumo de petróleo y de producción de carbón. Entre los extremos climáticos y los beneficios récord de los combustibles fósiles, la reacción política de los partidos de derecha a favor del clima es cada vez más fuerte.

Acumulación y flujos

Cuando era estudiante de posgrado, en la década del 2010, me desagradaba la negación masiva de la emergencia climática. El calentamiento global aún era una causa marginal y una ocurrencia tardía en la política nacional. En 2012, ni siquiera se mencionó el tema del clima en el último debate presidencial entre Mitt Romney y Barack Obama. ¿Cómo iba a ser así? Las encuestas situaban el clima en el último lugar de la escala de preocupaciones; la economía, en el primero.

Esta década es diferente. Acontecimientos extraordinarios nos están golpeando a un ritmo acelerado y el público actual está cada vez más conciente de que entramos a un antropoceno omnicida. Sin embargo, esta conciencia no conduce, necesariamente, a la acción. Al contrario, los avances positivos, pero parciales, en la mitigación del cambio climático corren el riesgo de perpetuar la ilusión de que la acción actual es suficiente.

 Aunque ya empezamos a reorientar actividades marginales –compra de autos nuevos, nuevos edificios eficientes– hacia tecnologías más ecológicas, seguimos corriendo el riesgo de pasar por alto la extraordinaria amenaza que supone la cantidad de carbono que ya se acumula en la atmósfera.

 Hay que distinguir entre flujos y acumulación de carbono. Al planeta no le preocupa, como a nosotros, la tasa anual de emisiones; lo que cuenta es la acumulación de carbono en la atmósfera: esto es lo que rige el grado de calentamiento2. Los miles de artículos de prensa que aparecieron durante la pandemia, en los que se preguntaban si un descenso de las emisiones significaría un descenso de las temperaturas, son una buena ilustración de hasta qué punto el modelo de flujo sesga nuestra percepción de las cosas. Hay que enseñar, en las escuelas, que el clima es un problema de stock, no de flujos. Y los profanos no son los únicos que están preocupados. En un artículo clásico, John Sterman puso a prueba a ingenieros y a científicos del MIT y descubrió que ellos tampoco tenían idea de las acumulaciones en sus modelos mentales del cambio climático

 El modelo mental correcto es el de una tina de baño. Mientras fluya más agua del grifo (nuestras emisiones) a la tina (las acumulaciones atmosféricas de carbono) que la que se va por la coladera (selvas tropicales, océanos, etcétera), el nivel de agua de la tina seguirá subiendo. Los últimos cinco años han sido los más cálidos de los que se tiene constancia, al igual que veinte de los últimos veintidós años. Este calentamiento constante es una consecuencia directa del aumento del nivel de agua en la tina. La situación sólo empeorará a medida que la acumulación de CO2 aumente cada año.

Gradualismo y gradualistas

La ignorancia del problema de la acumulación ha correspondido a marcos de mitigación climática dominados, durante mucho tiempo, por el gradualismo. Esta orientación optimista supone que la inestabilidad global es un problema que puede resolverse en las próximas décadas mediante cambios graduales en el uso de energía. Los intereses poderosos prefieren que las reducciones drásticas de emisiones de carbono se logren en un futuro lejano y más moderno, cuando, por supuesto, todos seríamos más ricos.

Este gradualismo motivado ha alimentado herramientas políticas –aplicadas o, simplemente, propuestas– como la tarificación del carbono y las «vías de transición energética» y ha sido popularizado por conceptos como la «curva de costos de reducción de McKinsey». Los consultores se preguntan esto: ¿qué emisiones son más baratas de reducir?; ¿la fruta madura? El gradualismo se basa en modelos de costo-beneficio muy criticados. Su lógica parece razonable si pensamos que el problema radica en la tasa de emisiones de carbono y que reducir el flujo de emisiones reducirá el calentamiento global. No obstante, no es así. La razón está ligada con la lógica de acumulación del efecto invernadero.

 En 2018, el modelo gradualista empezó a perder fuerza. Ese año, se publicó el informe especial del GIECC sobre las consecuencias de un cambio de 1.5 °C en la temperatura global, así como el documento titulado «Una Tierra de efecto invernadero»; Greta Thunberg, que, en ese entonces, tenía 15 años, empezó a liderar huelgas estudiantiles por la conciencia climática todos los viernes.

Aquí y ahora

En la India, el río Yamuna se desbordó e inundó tres plantas de tratamiento de agua; el gobierno del Estado de Delhi advirtió que racionaría el agua potable. En Uruguay, la sequía ha privado de agua potable a más de la mitad de la población. El gobierno le está suministrando agua embotellada a la población, ya que se espera que la situación se prolongue durante meses.

Los fenómenos extremos ejercen una enorme presión sobre las explotaciones agrícolas, las redes eléctricas, los ecosistemas y las vidas humanas. Estaciones subterráneas, alcantarillas, carreteras, puentes, cables de transmisión y cimientos… Todo está diseñado para un nivel de tolerancia. Sobrecargada de carbono, la naturaleza está destrozando nuestro mundo diseñado por los ingenieros. No olvidemos nunca que la economía es una filial de pleno derecho de la naturaleza.

 Todas estas catástrofes hacen que se hable de una «nueva normalidad». Esto también es una forma de negación. Nos enfrentamos a una inestabilidad planetaria y a una perturbación de la vida cotidiana porque la combustión del carbono está lastrando el dado climático hasta el punto de lanzar varios de ellos sucesivamente. Mark Blyth habla de un «gigantesco generador de resultados no lineales con convexidades malévolas. Para decirlo claramente, no hay punto medio; no hay medias; no hay vuelta a la normalidad. Es un tráfico unidireccional hacia lo desconocido»4. El sistema terrestre es una «bestia furiosa»5 a la que estamos picando y provocando con el palo de las acumulaciones de carbono.

El petróleo arde; el dinero fluye

El sector del petróleo y del gas ha registrado beneficios récord en los dos últimos años, tanto en conjunto como a nivel de empresas individuales. La AIE calcula que el sector, en su conjunto, obtuvo la asombrosa cifra de 4 billones de dólares de beneficios el año pasado6, frente a la estimación anual habitual de 1.5 billones. Sólo las cinco mayores petroleras internacionales declararon beneficios netos de 199000 millones de dólares en 2022. Las petroleras nacionales fueron las que más se beneficiaron. Saudi Aramco ganó 161 mil millones de dólares.

 El uso que se hace de estos beneficios es revelador. Durante los auges petrolíferos del pasado, los altos precios siempre han animado a financieros y productores a invertir masivamente en nuevas capacidades. La exploración continúa a pesar de que no se pueden explotar nuevos recursos si queremos mantenernos dentro del límite de 1.5 °C. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió durante la última escalada de los precios del petróleo, las empresas internacionales se han comprometido a gastar menos en la perforación de combustibles más sucios, lo que sugiere un reconocimiento tácito, por parte de la comunidad financiera, de que las perspectivas de la demanda de petróleo y de gas se están debilitando.

¿Invierten en la transición? No. Las empresas están reaccionando a la defensiva ante un futuro seguro de caída de la demanda. Las grandes petroleras les están devolviendo efectivo a los accionistas a un ritmo frenético. Por otro lado, las empresas petroleras, desde Arabia Saudita hasta el municipio brasileño de Marica, están desviando sus beneficios para diversificarse fuera de un sector en declive.

Mil millones de máquinas

Hoy en día, reconstruir el mundo para hacerlo más limpio y resistente exigirá un enorme esfuerzo físico y mano de obra calificada. Sean cuales sean sus convicciones o su definición de crecimiento económico, la desindustrialización no es una opción.

Los socialdemócratas de todo el mundo comparten un diagnóstico correcto de la crisis climática7. Los más ricos crean CO2 a través del consumo, del control de la producción y del encuadramiento de la democracia. Las soluciones propuestas –ampliación del Estado de bienestar y construcción de un «gran Estado verde»– crean poderosos enemigos. Éste es el callejón sin salida global en el que nos encontramos.

Si la Ley de Reducción de la Inflación, que proporciona financiamiento para una nueva cohorte de intereses industriales verdes americana, ofrece la posibilidad (no exenta de riesgos ni de preocupantes escaladas geopolíticas) de que el capitalismo verde salga del atolladero, vale la pena fijarse en otra acción. Miles de millones de máquinas que funcionan con combustibles fósiles –motores, turbinas, hornos– producen CO2 diario. Estamos frente a «choque de lo antiguo»: seguimos viviendo en la era de las máquinas de la época victoriana.

La crisis climática exige una electrificación rápida, nuevos recursos y nuevas máquinas para mover, calentar, enfriar, fundir y fabricar objetos. Todas estas máquinas deben ser fabricadas, financiadas, comercializadas e instaladas.

 Nos encontramos en una fase muy temprana de este proceso. La AIE calcula que la descarbonización exigirá duplicar y casi triplicar las líneas de transporte y de distribución de electricidad de aquí a 2050. Se prevé que la demanda de acero eléctrico de grano orientado se duplique de aquí a 2030.

Los autos ilustran el problema de la acumulación y de los flujos. Hay más de mil millones de autos en el planeta. Las ventas de vehículos con motor de combustión interna alcanzaron su punto máximo hace seis años, pero las emisiones del transporte de carretera no alcanzarán su punto máximo hasta 2029. El desplazamiento de los flujos (ventas) hacia los vehículos eléctricos ya está molestando a grupos políticos y amenaza las lealtades internacionales.

El futuro es ahora

Ni siquiera las catástrofes, como el calor abrasador del verano que sigue asolando Europa, conducen directamente a la acción. Según un estudio, las olas de calor que azotaron Europa el año pasado mataron a más de 61000 personas. Europa debía tomar medidas tras la, tristemente, famosa ola de calor de 2003, que mató a más de 70000 personas y que fue objeto de uno de los primeros estudios sobre atribución de fenómenos climáticos11. Sin movimientos sociales, domina la inacción. Las sociedades ricas no están protegidas, pero son complacientes. Persiste la idea trastornada –como la describe Amitav Ghosh12– de que estamos a salvo, de que las cosas están bajo control, de que lo malo sólo le ocurre a la gente que está lejos. Anticipando la ruina futura, no actuamos aquí ni ahora.

Los servicios de emergencia comunitarios pueden ayudar a mantener frescos a los ancianos vulnerables y a los bebés. Los gobiernos pueden hacer más para mantener a la gente fresca abriendo instalaciones públicas con aire acondicionado. China fue más allá y ha abierto refugios subterráneos para los ciudadanos que quieran escapar del calor. En Arizona, treinta y un días de calor por encima de los 43 °C/110 °F provocaron una oleada de muertes y, en una reincidencia del COVID, el gobierno necesitó remolques adicionales para las morgues.

Urge una adaptación creativa. Cabe decir lo mismo de la reducción de la cantidad de CO2 en la atmósfera. No es una cuestión de costos y beneficios, sino de medios y fines: no de economía, sino de supervivencia."                      (Tim Sahay, Kate Mackenzie ,El Gran Continente, 08/08/23)

4/8/23

Una sociedad decrecida no perdería un ápice de calidad de vida, incluso más al contrario. Casi bastaría con no desperdiciar tanto. Pero para muchos economistas esto de decrecer suena a destrucción de empleo, de riqueza, de un modelo de vida… cuando uno mira lo que nosotros realmente necesitamos, realmente necesitamos en el día a día, nos damos cuenta de que a lo mejor nuestras necesidades de energía y de materiales en el fondo son como una décima parte de lo que está consumiendo, per cápita, la población española. La mayoría de la energía y los materiales están destinados al sustento de un sistema de acumulación de riqueza del capital [la mayoría de la energía se emplea en mover combustibles fósiles de un lugar a otro... El cambio que se tiene que hacer es fundamentalmente social y cultural... Que los objetivos de la sociedad sean básicamente satisfacer las necesidades, reducir las desigualdades, dar un empleo digno a todo el mundo. La educación, la sanidad, la alimentación adecuada, agua potable, etcétera. No a aumentar un porcentaje creciente o un interés aplicado al capital... Se puede mantener el bienestar

 "Antonio Turiel (León, 1970) es un doctor en Física Teórica experto en océanos que lleva años navegando por las aguas de la política energética y la economía. Investigador en el Instituto de Ciencias del Mar (CSIC) en Barcelona, su nombre suele asociarse al del colapsismo, pensamiento que preconiza un más o menos cercano umbral en que la humanidad no podrá seguir satisfaciendo sus necesidades de manera universal al haberse alcanzado los límites planetarios.

La idea, germinada en Francia en la última década, ha tenido enfoques tachados de apocalípticos, como los del exministro galo Yves Cochet, quien llega a decir que el medio de locomoción del futuro es el caballo. Si embargo, Turiel dice no identificarse como colapsista (y menos como un ‘fatalista’), sino más como un defensor del decrecimiento económico, como garantía para vivir en cierta armonía con las limitaciones de la Tierra y garantizar nuestro bienestar.

Convirtió a su libro Petrocalipsis (Alfabeto, 2020) en un bestseller en el mundo del ecologismo y de las alternativas económicas, no exento de debate. Le siguieron El otoño de la civilización (Escritos Contextatarios, 2022) y Sin Energía (Alfabeto, 2022), en lo que es una puesta al día de sus análisis, tras la crisis de suministros, los chips y la guerra de Ucrania.

Pasó el primer invierno de la guerra, proyectando una sombra casi apocalíptica sobre una Europa dependiente del gas ruso y ante la oportunidad de dar un salto importante hacia las energías renovables.

PREGUNTA: ¿Al final, no ha pasado nada, o han pasado muchas cosas en este año?

R: Recordemos que en Europa hemos tenido una temperatura de hasta 15 grados por encima de la media. Con menos demanda de energía, menos demanda de gas y ‘menos problemas’. La otra cuestión es el fuerte parón de la industria. Esto ha permitido cumplir los objetivos que se marcó la Unión Europea en disminución del consumo del gas. Recordemos un 15%. Al final ‘nos falta’ energía.

Estamos en una situación en la que hay muchos países en el mundo en los que están faltando combustibles, que están faltando alimentos, en los que hay una inestabilidad creciente y hay situaciones que son bastante inauditas, cosas que no se habían visto nunca antes. Es decir, claramente se observa una deriva climática peligrosa, se observa que hay un problema de falta de agua recurrente en España, temperaturas crecientes, problemas con las cosechas… los problemas no se han solucionado, simplemente se han postergado un poco.

P: Habla usted de decrecimiento y no tanto de colapso. ¿Hay tiempo para que no sea algo traumático?

R: Hay tiempo para hacerlo por las buenas, de eso no hay ninguna duda. No vamos necesariamente a una catástrofe. Incluso también por la componente climática. No es verdad que no se pueda hacer nada, no es verdad que todo esté perdido. Hay tiempo para hacer cosas y hay muchas medidas que se pueden tomar tanto para gestionar el problema, los recursos, como para gestionar la crisis climática. De lo que ya no hay tiempo es para perder el tiempo.

P: ¿Es a lo que el presidente francés, Emmanuel Macron, se refería el año pasado como ‘el fin de la abundancia’?

R: Cuando Macron hace este discurso lo hace desde la visión económica clásica. El fin de la abundancia, es ‘no vamos a poder mantener un estado de bienestar como se ha podido mantener hasta ahora’, que se basa esencialmente en un crecimiento de las ganancias para que luego haya una cierta repartición en medio de protección social a la gente. Se puede interpretar con la visión que tiene Macron (vamos a tener que apretarnos el cinturón y va a haber una disminución de las prestaciones del Estado de Bienestar) o se puede interpretar que hay que reformular la manera en la cual uno concibe los fines de la sociedad y cómo se reparte las ganancias, cómo se reparte la riqueza para conseguir un sistema más justo, que es complejo.

En todo caso, lo que está claro es que nos tenemos que adaptar a una situación inevitable de descenso de la disponibilidad de energía y de materiales. Y esto requiere una actuación. Esto no se puede dejar que se regule por sí solo, se requiere una actuación política y un pensar cómo lo vamos a hacer.

P: Su tesis es que el modelo de transición energética, sustuiyendo directamente consumo fósil por consumo renovable no da de sí sin decrecer. ¿No habrá tecnologías (baterías, por ejemplo) que lo hagan viable?

R: El modelo utilización de energía que tenemos es uno que está muy orientado al uso fósil. ¿Qué características tiene energía fósil? Primero, que es fácil de transportar. Después, son energéticamente densos (consigues mucha energía con relativamente poca cantidad). Esto favorece un modelo de producción y de consumo centralizado. Grandes centros de producción-transformación, grandes factorías… y luego se distribuye a todo el mundo.

Las renovables, por el contrario, son por su propia naturaleza distribuidas, pueden llegar (y producirse) en más partes. Y en todas partes llegan con poca intensidad, pero la tienes en todos los sitios. Es una energía con una capacidad de acceso mucho más democrática. Los modelos a los que se están tendiendo son modelos fuertemente centralizados, son lo que se está buscando es crear grandes sistemas de captación, grandes sistemas de concentración para convertirlo en algo que rápidamente nos lo permita transportarlo a los centros de producción y consumo. Como las características de las energías renovables son muy diferentes, se producen ineficiencias y además en el proceso de captación masiva y transporte masivo se requieren enormes cantidades de materiales que tampoco son fáciles de obtener y que además implican también pérdidas.

Y todo esto, al final, es fruto de esta obsesión de mantener el modelo fósil. Tenemos un modelo económico que se basa en la concentración del capital y lógicamente lo que busca es la maximización del beneficio. Y con las renovables lo que podríamos tener es modelos más distribuidos, en los que la producción fuera más local, para satisfacer las necesidades reales y que no busque siempre esta concentración y ese crecimiento.

P: El tema de las necesidades… ¿puede ser subjetivo, quién dice lo que es ‘necesario’?

R: La cuestión es, ¿cuál es nuestro objetivo? ¿Consumir energía o darle a la población aquello que necesita satisfacer sus necesidades? Obviamente es lo último desde el punto de vista sistema económico. Sin embargo, parece que lo importante es producir por producir y ahí está el conflicto. Realmente, si nos preocupáramos en satisfacer las necesidades reales de la población, nos daríamos cuenta de que no necesitamos consumir ni tanta energía ni tantos materiales, y se podría hacer de una manera viable. Las orientaciones de los políticos son ‘vamos a seguir haciendo esto hasta el infinito’. Los impactos se acumulan y hay limitaciones sobre lo que puedes hacer. Hay que empezar a pensar en términos de lo que la gente realmente necesita y no lo que el sistema económico necesita.

P: Lo de cambiar el sistema económico a muchos les sonará a ‘comunismo’ o ‘racionamiento’…

R: La solución a los problemas que tenemos no es un sistema comunista. La gran diferencia que tiene con el capitalismo está en la propiedad de los bienes de producción y que el mercado, en vez de ser libre, es un mercado regulado. Pero el fracaso viene de la necesidad del crecimiento. Y los sistemas comunistas, tal y como los hemos visto, están orientados al productivismo y al crecimiento, con lo cual chocan exactamente contra los mismos límites planetarios. Yo veo perfectamente lógico que digas que podemos plantear un sistema comunista que no sea crecentista. Pero creo que puedes igualmente plantear un sistema económico con propiedad privada y libre mercado que no sea crecentista y sería igualmente viable. Por supuesto que desde un punto de vista social, uno puede legítimamente preferir un sistema u otro.

Al final, delante de una situación de disminución de la disponibilidad de recursos, de carestía y escasez de energía y de recursos (carestía es que se hace más caro; escasez es que no hay lo suficiente, que es hacia donde vamos a ir), se tiene que decidir cómo se van a asignar esos recursos. La decisión que uno tome, sea del tipo que sea –incluso no hacer nada y dejar que el mercado regule– es una decisión siempre política. Es una decisión que tú haces conforme con tus ideas de cómo se debe repartir. [Si lo hace sólo el mercado], será un sistema de racionamiento por renta. Es decir, quien tiene más renta no sufre la escasez. Esta es una manera posible de razonar. Seguramente socialmente es la más injusta porque no es muy equitativa. Hay otras maneras de racionar y uno puede decir que va a priorizar ciertos colectivos porque son vulnerables, porque son estratégicos o por la razón que sea.

 

P: En sus libros leemos que una sociedad decrecida no perdería un ápice de calidad de vida, incluso más al contrario. Casi bastaría con no desperdiciar tanto. Pero para muchos economistas esto de decrecer suena a destrucción de empleo, de riqueza, de un modelo de vida… ¿Por qué cree que se equivocan?

R: Tenemos que plantear es si nosotros estamos haciendo el mejor uso posible de esta energía. Lo que creo que es importante es ver cuáles son las necesidades de las personas (y no los territorios). Entonces, cuando uno mira lo que nosotros realmente necesitamos, realmente necesitamos en el día a día, nos damos cuenta de que a lo mejor nuestras necesidades de energía y de materiales en el fondo son como una décima parte de lo que está consumiendo, per cápita, la población española. La mayoría de la energía y los materiales están destinados al sustento de un sistema de acumulación de riqueza del capital [la mayoría de la energía se emplea en mover combustibles fósiles de un lugar a otro, sostiene en sus libros].

A mí, como soy físico, la gente me viene y me habla de si la solución está en la fusión, si la solución está en nuevas tecnologías de almacenamiento, nuevas posibles fuentes de energía a explotar… y todo el esfuerzo y el enfoque se pone en la cuestión técnica, como si la solución al problema fuera cómo vamos a encontrar una forma de energía que reemplace a las fósiles de tal manera que todo pueda seguir siendo exactamente igual. El cambio que se tiene que hacer es fundamentalmente social y cultural.

P: ¿Sin sacrificar bienestar? ¿Cómo se imagina esa transición?

R: Una situación de transición ideal es una en la que hay una comprensión profunda de los problemas que tenemos con los límites planetarios. Esto va mucho más allá que dejar de medir el PIB, que a veces se dice, porque nosotros podríamos no medirlo, pero los grandes agentes económicos lo medirían igual.

Que los objetivos de la sociedad sean básicamente satisfacer las necesidades, reducir las desigualdades, dar un empleo digno a todo el mundo. La educación, la sanidad, la alimentación adecuada, agua potable, etcétera. No a aumentar un porcentaje creciente o un interés aplicado al capital. Ahora, actualmente, en nuestro sistema económico, si no hay crecimiento económico, se genera paro, se genera inestabilidad económica, se generan desigualdades. Necesitamos que nuestro sistema económico no necesite el crecimiento, entonces hay que organizarse de otra manera y esto implica cambios en el sistema financiero. Crees que tienes más riqueza, pero es una riqueza que a lo mejor no se puede generar, simplemente porque no es posible porque los recursos son los que son.

[Decrecer] no lo veo como destrucción, sino evolución. Se puede mantener el bienestar. Aunque yo quiera mantener este sistema económico tal y como es ahora mismo, va a fracasar, porque por una parte tenemos la desestabilización climática y ambiental, por otro lado tenemos la escasez de los recursos. Yo pienso que el decrecimiento nos habla más de hábitos saludables [con nosotros y la Tierra]. Solamente cuando comprendamos que tenemos que vivir en los límites del planeta tendremos hábitos saludables de vida. Al final es lo que estamos hablando."                  (Entrevista a Antonio Turiel, Mario Viciosa, Newtral, 11/07/23)