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4/5/22

Los determinantes políticos de la felicidad

 "Las Naciones Unidas acaban de publicar un informe que cada año produce su Grupo de Trabajo sobre Desarrollo Sostenible (United Nations Sustainable Development Solutions Network) que  ha catalogado a la gran mayoría de países de las Naciones Unidas según su Nivel de Felicidad. 

La edición de este año es la 10ª y su intento ha sido hacer una valoración de 148 países de tal organización por nivel de felicidad. Su intento de definir la felicidad se basa en la propia evaluación de la persona entrevistada, de su situación en la vida actual, así como sus respuestas a situaciones concretas de distinto contenido emotivo que puedan configurar tal medida de felicidad. Los investigadores son científicos sociales de disciplinas variadas que incluyen  primordialmente psicólogos, sociólogos y economistas. Y gran parte de la información ha sido recogida por Gallup World Poll.

LAS ENORMES LIMITACIONES DE UTILIZAR INDICADORES ECONÓMICOS PARA DEFINIR El DESARROLLO HUMANO

El objetivo de este tipo de análisis es presentar una alternativa a la manera más común de analizar el grado de desarrollo de un país centrándose en indicadores económicos, como por ejemplo su nivel de riqueza, medida por su Producto Interno Bruto, qué es el valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos en un país en un determinado tiempo. Si el objetivo del desarrollo sostenible es alcanzar el mayor nivel posible de calidad de vida, bienestar y felicidad de las poblaciones actuales y venideras, entonces hay que admitir que la evidencia muestra que muchos de los mayores indicadores económicos que se utilizan hoy para medir el desarrollo son insuficientes, cuando no erróneos. Por ejemplo, ninguno de los países más ricos del mundo, con mayor Producto Interno Bruto (el indicador más frecuente para medir riqueza económica), como son los Estados Unidos no.1 , China no. 2, India no 7, y Rusia no.13, están entre los países más felices del mundo. Antes al contrario, todos ellos están, según este informe, en niveles bajos y la mayoría, muy bajos en este ranking de  felicidad:  Estados Unidos no.16, China no.72, Rusia no. 80 y la India no.136.

Estos países de elevada riqueza tienen modelos económicos distintos e incluso opuestos (ej. EEUU y China), pero todos ellos tienen enormes desigualdades sociales con enorme concentración de las riquezas, generando impactos negativos en el bienestar, calidad de vida y felicidad de la mayoría de sus poblaciones. Y esto sucede, en gran parte, como consecuencia de la excesiva influencia que los super-ricos (billonarios) tienen sobre sus gobiernos. En la lista del número de billonarios (empresarios, gestores, y accionistas de grandes empresas) por país, EEUU es no.1. China es no.2. India es no.3 y Rusia es no.5.

Ejemplos de cómo el poder económico se transforma en poder político de forma perjudicial para la felicidad de la mayoría de la población, son múltiples. Y ello ocurre en países de sistemas económicos distintos e incluso opuestos. En EEUU por ejemplo (el país más rico del mundo y uno de los más desiguales), los poderosos empresarios y dueños de la industria del carbón de aquel país hicieron fracasar la altamente popular propuesta energética del Gobierno Federal (que hubiera aumentado el bienestar, calidad de vida y felicidad de la mayoría de la población), esto debido al voto negativo en el Senado Estadounidense del Senador Manchin, miembro del mismo Partido Demócrata que está gobernando el país. Tal Senador está financiado por tales grupos empresariales de la industria del carbón, lo cual es legal en un sistema político considerado como Estado Liberal Demócrata, en donde la mayoría del sistema electoral está financiado privadamente. En el polo opuesto, en China (también uno de los países con mayores desigualdades), el propio Presidente, el señor Xi Jinping Jen, ha indicado en plena campaña electoral (pues se presenta para reelección de Secretario General del Partido Comunista Chino, el partido gobernante por definición), que por el bien del país, hay que controlar más a los oligarcas (término utilizado en China para definir a los billonarios), temeroso a que tengan excesiva influencia sobre el Estado Chino (que él ha estado presidiendo por muchos años), definido como Estado Popular.

Tampoco es una condición de felicidad el ser muy poderoso y tener gran poderío militar. De nuevo, ninguno de los países que tienen mayor gasto militar está entre los más felices. Antes al contrario, ninguno entre los cuatro países más armados del mundo, Estados Unidos no.1, China no.2, India no.3 y Rusia no.4 (que sumando su gasto militar representan más del 60 % del gasto militar mundial), están entre los países más felices. La mayoría de sus poblaciones dista mucho de ser feliz. En realidad, en muchos de estos países el elevado gasto militar se ha alcanzado a costa de un descenso del gasto público social. Por cierto, el país con menor nivel de felicidad es Afganistán no.146 (el país que ha estado en guerra por más tiempo).

¿CUÁLES SON LOS MÁS FELICES? ¿HAY ALGO EN COMÚN ENTRE ELLOS?

Según el informe, los 10 países más felices del mundo son: Finlandia no.1, Dinamarca no. 2, Islandia no.3, Suiza no.4, Holanda no.5, Luxemburgo no.6, Suecia no.7, Noruega no.8, Israel no.9 y Nueva Zelanda no.10. España por cierto es el no.29, por encima de Italia no.30. Es interesante señalar que tampoco hay una relación entre nivel de felicidad y PIB per cápita. Entre los 10 más felices, siete de ellos (Finlandia, Dinamarca, Islandia, Holanda, Suecia, Israel y Nueva Zelanda, no están entre los doce países con mayor PIB per cápita. Finlandia es el país más feliz del mundo, y en cambio es el no. 25 en la lista de países catalogados por su PIB per cápita. Nueva Zelanda es el no. 10 entre los más felices y solo el no.31 en cuanto al PIB per cápita. Por otro lado, Singapur, el no. 3 en la lista de PIB per cápita, es el no. 27 en cuanto a felicidad. Debería ser obvio que el indicador de PIB per cápita tiene también muy escaso valor, pues asume que la riqueza está igualmente distribuida entre los ciudadanos, lo cual nunca es cierto. Y de ahí que su valor para analizar el grado de bienestar y felicidad sea muy limitado, pues no define ni documenta un tema clave para determinar ambos indicadores, que es precisamente la distribución de la riqueza, así como de los bienes y servicios. Y ello queda claro cuando analizamos las características de algunos de los países catalogados como más felices.

En este sentido es importante destacar que los cinco países nórdicos escandinavos, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Noruega e Islandia, que están todos ellos entre los más felices, tienen características comunes que sorprendentemente el informe no detalla. Todos ellos han estado gobernados (por periodos largos después de la II Guerra Mundial) por coaliciones de partidos progresistas de izquierda que históricamente han priorizado las políticas redistributivas,  estando entre los países con menos desigualdades de renta y menos concentración de la riqueza, con menos desigualdades también por clase social y por género, con programas universales de derecho de acceso a la  asistencia sanitaria, a la educación y a los servicios  de ayuda a las familias, denominado este último como el Cuarto Pilar del Bienestar (el primero es el Derecho de Acceso a la Sanidad; el  segundo, a la Educación; el tercero, a la Jubilación; y el cuarto, a los Servicios de Atención Familiar, como son las escuelas de infancia y los servicios de atención a las personas dependientes). Es sorprendente la escasa atención del informe a estos servicios esenciales y transferencias del Estado de Bienestar, que juegan un papel clave en determinar la calidad de vida y el bienestar de la mayoría de la población. Y por cierto, estos países tienen relativamente bajo gasto militar. Su gasto militar es 1.22% del PIB en Suecia, 1.49% en Dinamarca y 1.53 % en Finlandia (mucho más bajos que el 2.88% en India, el 3.74% en EEUU y el 4.26 % en Rusia).

Ni que decir tiene que tales países escandinavos tienen problemas graves y algunos de ellos están diluyendo su vocación transformadora. Pero ello no desmerece la importancia de los datos que muestran que aquellas formaciones políticas que históricamente han llevado a cabo políticas redistributivas, basadas en principios de solidaridad  y equidad, hayan alcanzado niveles de bienestar y felicidad más acentuados que aquellos países gobernados (durante la mayor parte del periodo post II Guerra Mundial) por formaciones liberales y conservadoras poco redistribuidoras de la riqueza y del bienestar, y que priorizan la acumulación individual de bienes y servicios sobre la universalización de los derechos y el bien común. Y lo que es  también interesante es que, como ha tenido que reconocer incluso el Vaticano del neoliberalismo -Davos, están entre los países de mayor eficiencia económica.

ÚLTIMA OBSERVACIÓN. LO QUE EL INFORME NO CITA.

Como he indicado en el artículo, el enorme dominio del pensamiento neoliberal en las llamadas ciencias económicas explica la sobreutilización de indicadores económicos sesgados en los trabajos de evaluación del Desarrollo Sostenible, llevados a cabo por agencias e instituciones internacionales, que van desde el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a muchas agencias de las Naciones Unidas. De ahí que sea muy positivo desarrollar indicadores distintos, como hace este informe, que valoren más directamente la felicidad de la mayoría de las poblaciones, que por cierto, en cualquier país son las clases populares.

Ahora bien, también es importante que tales informes vayan más allá que la mera descripción del fenómeno y que traten de analizarlo para cambiarlo. Y ahí es donde el informe que he analizado tiene vacíos importantes. Y uno de ellos, es el silencio sobre la importancia del contexto político para configurar la naturaleza del Desarrollo Sostenible y sus objetivos. Entre las variables que hay que analizar  para explicar el nivel de felicidad de un país, hay que incluir las variables políticas, estudiando las políticas públicas de las formaciones políticas existentes en cada país, sean del color que sean. Y de ahí que pueda analizarse si hay alguna que mejoren más que otras su nivel de felicidad. Y es ahí donde radica el silencio sistemático en estos informes internacionales sobre este punto, pues la evidencia muestra claramente que algunas políticas públicas (por ejemplo, las redistributivas) características de opciones políticas progresistas, crean mayor seguridad, bienestar y felicidad que otras. Y esto es lo que incomoda a algunos gobiernos enormemente poderosos en estas agencias e instituciones internacionales.

Hay otros temas también en el informe que merecen mayor explicación, como el elevado nivel de felicidad de países como Arabia Saudita, bien conocidos por su explotación de clase y genero entre la mayoría de la población, así como la importancia que el informe atribuye a factores genéticos como determinantes de felicidad para algunas poblaciones. No creo que haya sido la intención de los autores, pero esta última consideración puede generar interpretaciones de determinismo racial, que sorprenden aún más si hacen parte de un informe de las Naciones Unidas. Por lo demás y a pesar de sus vacíos e imprecisiones, el informe es un paso importante en la búsqueda de alternativas a la sabiduría convencional neoliberal que domina los estudios sobre el Desarrollo Sostenible."               ( Vicenç Navarro , Público, 04/05/22) 

3/12/21

El capitalismo nos hace miserables a todos... incluso a los superricos... A menos que seas un psicópata, ser exorbitantemente rico suele implicar necesariamente dolorosas contorsiones del alma... hay algo profundamente antinatural en explotar y dominar a otras personas, al igual que es profundamente inhumano y antisocial que la mayoría de tus relaciones se definan por la proximidad al dinero

 "A principios de esta semana, The Guardian publicó una columna titulada "Soy terapeuta de los superricos: son tan miserables como lo hace Succession". A primera vista, el artículo es un puro clickbait: un ejemplo de libro de texto del tipo de titular que tiende a atraer tráfico en una economía de medios sociales que se nutre de la provocación. Y por supuesto, ha sido recibido por una avalancha de comentarios demasiado predecibles que expresan una mezcla de schadenfreude y falta de simpatía por los exorbitantemente ricos. 

Pero el artículo de opinión escrito por Clay Cockrell -un psicoterapeuta que por casualidad se convirtió en especialista en el tratamiento de personas ultra ricas y que ahora considera que la serie Succession de la HBO está más cerca del documental que del drama- merece la pena leerlo por el destello que ofrece de la vida interior de los superricos.

Tal y como sugiere el titular, a muchos de los clientes de Cockrell les resulta difícil alcanzar la felicidad, a pesar de la insondable libertad personal y la comodidad material que conlleva la riqueza. Después de haber mimado a sus hijos, algunos luchan por ser padres eficaces. Muchos tienen problemas para entablar relaciones no instrumentales o no transaccionales, les resulta difícil confiar en quienes les rodean y se sienten desprovistos de sentido o propósito en la vida. El tema del dinero en sí, por su parte, es espinoso e incómodo, y está claro, según las investigaciones existentes, que muchas personas ricas experimentan una especie de ansiedad perpetua por su estatus, en lugar de la sensación de seguridad que cabría esperar. Como escribe Cockrell

    Es incómodo hablar de dinero. El dinero está envuelto en la culpa, la vergüenza y el miedo. Existe la percepción de que el dinero puede inmunizarte contra los problemas de salud mental cuando, en realidad, creo que la riqueza puede hacerte -y a las personas más cercanas a ti- mucho más susceptible a ellos.
Lo que es digno de mención aquí es totalmente independiente de lo que la mayoría de nosotros sentimos con razón sobre la riqueza extrema, y mucho menos de una necesidad ardiente de aumentar nuestra compasión hacia los exorbitantemente ricos.

Ni que decir tiene que las personas con problemas reales siempre serán más merecedoras de simpatía que las que vuelan en aviones privados, residen en mansiones llamativas o se sientan en la cima de las doradas jerarquías directivas de las grandes empresas. Estar mal pagado y explotado es una experiencia mucho más común que ser rico, y el peaje psicológico que supone representa indiscutiblemente una mayor injusticia que cualquier patología que un puñado de propietarios de yates esté litigando actualmente con la ayuda de terapeutas bien pagados.

Tampoco creo que la verdadera conclusión sea un refrito trillado del viejo tópico de que la felicidad no se puede comprar. Lo que más llama la atención del artículo de Cockrell tiene que ver con lo que sugiere sobre la casi imposibilidad de conciliar la posesión de una riqueza extrema con los impulsos morales o éticos básicos u otros rasgos humanos. Algunas personas ultra ricas, por supuesto, son sencillamente incapaces de sentir empatía o compasión, y como tales, no sienten ningún remordimiento por explotar y manipular el mundo que les rodea. Según una estimación del periodista Jon Ronson, los casos de psicopatía son cuatro veces mayores entre los directores ejecutivos que entre la población general, lo que nos da muchas razones para creer que el mundo enclaustrado de la élite cuenta con un número desproporcionado de Patrick Batemans.

Sin embargo, incluso sobre la base de esta estimación algo asombrosa, seguimos hablando de una tasa de psicopatía inferior al 5%. Por lo tanto, la inmensa mayoría de los ultrarricos no son literalmente psicópatas, aunque muchos de ellos hagan regularmente cosas que causan un inmenso daño, estrés y sufrimiento a otras personas. Ser extremadamente rico es, por tanto, al menos para algunos, un constante tira y afloja psicológico. No es que los ricos estén oprimidos por el capitalismo, sino que están cautivos de él como todos los demás - y, como los mayores beneficiarios de nuestro sistema económico jerárquico, a menudo tienen una vista de pájaro de sus depredaciones.

Como dijo Meagan Day de Jacobin en 2017, el capitalismo, en última instancia, "obliga a todo el mundo, incluida la clase dominante, a una posición de dependencia y disciplina del mercado." El resultado, como sostiene Vivek Chibber, es la subordinación moral y ética a los dictados huecos del valor de cambio y la competencia rapaz:

El simple hecho de sobrevivir a la batalla competitiva obliga al capitalista a priorizar las cualidades asociadas al "espíritu empresarial". . . . Cualquiera que haya sido su socialización previa, aprende rápidamente que tendrá que ajustarse a las reglas asociadas a su ubicación o su establecimiento se hundirá. Es una propiedad notable de la estructura de clases moderna que cualquier desviación significativa por parte de un capitalista de la lógica de la competitividad del mercado se manifiesta como un coste de alguna manera: la negativa a verter lodos tóxicos se manifiesta como una pérdida de cuota de mercado frente a los que sí lo hacen; el compromiso de utilizar insumos más seguros pero más caros se manifiesta como un aumento de los costes unitarios, etc. Así, los capitalistas sienten una enorme presión para ajustar su orientación normativa -sus valores, objetivos, ética, etc.- a la estructura social en la que están insertos, y no al revés. . . . Los códigos morales que se fomentan son los que ayudan al resultado final.
A menos que seas un psicópata, ser exorbitantemente rico suele implicar necesariamente dolorosas contorsiones del alma. En la medida en que es posible generalizar sobre un concepto vago y controvertido como la "naturaleza humana", hay algo profundamente antinatural en explotar y dominar a otras personas, al igual que es profundamente inhumano y antisocial que la mayoría de tus relaciones se definan por la proximidad al dinero.

Con la introducción de algo así como un impuesto global sobre la riqueza, los miles de millones no ganados por los superricos podrían redistribuirse para aliviar las cargas reales a las que se enfrenta la gran mayoría actualmente explotada por el capitalismo. Aunque sólo sea por eso, los de la primera categoría podrían pasar menos tiempo sentados en el diván del terapeuta." 
            

(Luke Savage  , JACOBIN,  29/11/21; traducción DEEPL)

26/5/20

“La industria de la felicidad se alimenta de que haya insatisfacción constante”

"¿Se puede ser feliz durante un confinamiento forzado por una pandemia mundial? El problema no reside tanto en la respuesta a esta pregunta como en que existan disciplinas, como la denominada psicología positiva, que no alberguen duda alguna sobre ello: depende de lo que tú te esfuerces individualmente. 

En plena era de dominio ideológico neoliberal, la felicidad representa para algunos un principio incuestionable que sirve para distinguir el éxito y el fracaso de los individuos. En su trabajo Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (Paidós) –traducido a más de diez idiomas–, la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Cabanas (que responde a esta entrevista)  analizan, por una parte, la ideología que subyace a una disciplina que cuenta cada vez con más fuentes de financiación y, por otra, su falta de soporte científico y sus efectos secundarios.

La psicología positiva nos concibe como empresas que persiguen maximizar su felicidad. ¿Qué nos diría un psicólogo positivo sobre cómo llevar este confinamiento? ¿Nos sugeriría convertir también esta crisis en una oportunidad?

Estoy seguro de que muchos ya han dicho eso... Para la psicología positiva, todo es susceptible de ser instrumentalizado para nuestro propio bien, bienestar o interés. Y lo mejor que podemos hacer es no dejarnos abatir por las circunstancias externas –porque, al fin y al cabo, no tienen demasiada influencia–, para centrarnos en trabajar nuestras actitudes, nuestros pensamientos y nuestras emociones positivas, dejando al lado todo lo negativo. Como si lo positivo y lo negativo se situaran como dos polos opuestos. 

‘Positivo’ y ‘negativo’ es una simplificación... 

Es una falacia: de hecho, habría que ver si todas estas emociones positivas son tan beneficiosas. Y tachar de ‘negativos’ sentimientos como, por ejemplo, la ira, el enfado o la indignación es algo sumamente conservador, porque hay que tenerlos en cuenta ya que también nos mueven a cambiar las cosas, a modificar el statu quo. Al patologizarlos, estos sentimientos quedan denunciados como ‘improductivos’ personal y socialmente.  

Lo que siempre me sorprende es la capacidad de estos discursos para calar pese a todo lo que esté ocurriendo. Ya en la crisis iniciada en 2008 se multiplicaron. Porque en esos momentos, cuando uno tiene la sensación de que no puede influir en su entorno es quizá cuando estas llamadas para recluirse en el interior de uno mismo proliferan. Pero, si nos damos cuenta, el hecho de no atender a las circunstancias que nos están rodeando es absolutamente delirante: en momentos como los que estamos viviendo se hace evidente que nuestra vida, en general, está puesta en manos de lo que esté sucediendo, y que no depende de nosotros. 

En Happycracia se cita un pasaje escalofriante. Una mujer le cuenta a su marido que ella es feliz, pero que cree que debería serlo más, y que debería luchar por ello a toda costa… 

La idea detrás de esto es que la persona se conciba a sí misma como un proyecto. Hasta ahora, la unidad de utilidad había sido el dinero, pero, en estos momentos, la felicidad se ha acabado convirtiendo, quizá, en el mayor valor de utilidad. Las personas tienen que buscar la forma de conseguir el máximo enriquecimiento personal e individual, entendiendo la felicidad como su máxima expresión.  

Y la felicidad, en este punto, adquiere un aspecto paradójico: es, a la vez, fin y medio para lograr otros fines. Porque no solo hay que dirigirse a la felicidad, sino que, siendo feliz, se es más productivo; y cuanto más productivo eres, más feliz eres, y viceversa. Se trata de una enorme tautología, un argumento circular en el que apenas se repara y del que puede ser muy difícil salir.

Si usted no me obedece y no es feliz, no será productivo.

Felicidad, productividad, rendimiento económico e interés propio entran en el mismo círculo, retroalimentándose. Normalmente, la gente asume que una persona feliz es más productiva. Pero no hay una demostración científica de ello, se trata simplemente de un argumento que encaja ideológicamente.
¿Quién obtiene los mayores beneficios de la difusión de todo este pensamiento relacionado con la felicidad?

Cuando tú prometes que tu teoría, tus técnicas o talleres suponen una forma más barata de obtener rendimientos laborales, de que tus trabajadores no solo sean más productivos sino más aquiescentes con la cultura corporativa, etc., puede haber mucha gente interesada. Además, gracias a determinadas investigaciones y publicaciones, quienes defienden estos principios quedan, de alguna manera, ‘científicamente’ legitimados. Los mismos ‘coach’ o quienes van dando cursos terapéuticos de este tipo ya pueden afirmar que cuentan con herramientas científicas. Todo lo que está filtrado por la ciencia –o por una apariencia de ciencia– vende muchísimo más.

Hay mucha gente que necesita tratamiento psicológico, apoyo, etc. Si, como promulga esta disciplina, estas personas se olvidan de lo negativo y se centran en aumentar lo positivo, en la felicidad, ¿qué les ocurre si no llegan a ella? 

Se generan lo que denominamos los ‘happycondríacos’, es decir, las personas que, al creer que siempre se puede ser más feliz, acaban permanentemente frustradas, persiguiendo un proyecto que nunca se cierra, lo que les genera ansiedad, frustración, obsesiones... Además, muchas personas que padecen estrés o ansiedad pueden caer en una doble trampa, ya que acaban doblemente castigadas porque, por una parte, sufren el estrés, y por otra, sufren el peso de concluir que no salen de esta situación por su propia culpa. 

La industria de la felicidad se alimenta de que haya infelicidad e insatisfacción constante. E intenta copar todo el mercado: no solo se dirige a las personas que no son felices, sino a todas, tratando de convencer a las que están bien de que siempre se puede estar mejor. Y mucha gente que estaba bien se embarca en una persecución para salir de la ‘deficiencia’ que le han ‘descubierto’ que tienen. A su disposición siempre tendrán un enorme abanico de posibilidades y de técnicas para ‘mejorar’. Se trata de una estrategia de marketing y, además, de un discurso muy perverso que siempre responsabiliza a la persona de lo que le pasa.

¿Puede ser la felicidad una nueva señal de triunfo personal, de ‘riqueza interior’?

La felicidad, desde este enfoque, nunca ha dejado de asociarse ni con el individualismo ni con una determinada concepción del éxito personal. Es como otra forma de estatus no ligado ya al consumo, sino más bien el signo de que uno ha aprovechado bien su vida, independientemente de los elementos materiales que posea.

El estudio y la promoción de la felicidad han penetrado en muchas instituciones políticas y educativas. ¿Puede convertirse en un mecanismo de control?

Una vez que has introducido la felicidad como criterio único para valorar lo que es bueno en términos políticos, te va a valer para compensar otros indicadores económicos y sociales. Por ejemplo, países como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o India, con enormes desigualdades, claras violaciones de los derechos humanos, mortalidad infantil, etc., sacan bandera de lo bien que están en términos de felicidad, como una forma de lavado de cara que no se podría hacer en otros ámbitos. 

En muchos casos, esta noción de felicidad viene a sustituir a la del Estado del Bienestar, que engloba mucho más que el bienestar subjetivo: derechos sociales, laborales, condiciones de vida mínimas, etc. Este nuevo discurso de la felicidad nos impide hablar y discutir sobre las condiciones de bienestar, porque se parte de que las condiciones externas no importan. Y, con ello, se hace imposible introducir cuestiones de tejido social, políticas, económicas, que son mucho más importantes que las cuestiones emocionales o personales.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué recomiendan otros enfoques psicológicos para superar esta crisis? 

Sobre todo, entender que lo que nos está sucediendo tiene un origen circunstancial y que no depende exclusivamente de nosotros. No debemos machacarnos porque las cosas ahora no vayan bien: se trata de una situación extraña e inédita en la que  todo el mundo está tratando de capear el temporal de la mejor manera posible. Además, y esto es muy importante, no existen recetas para todo el mundo. Si hay alguna solución, esta descansa más en cómo podamos afrontarlo como sociedad que como personas individuales."                    

 (Entrevista a Edgar Cabanas / Psicólogo, coautor de ‘Happycracia’. Andrés Villena, CTXT, 19/05/20)

27/3/20

¿Quebró aquel empresario que decidió hace cinco años subir el salario de todos sus empleados a 70.000$?

"¿Qué ocurriría si de repente a usted su jefe decidiese subirle el sueldo a 70.000 dólares? ¿Qué ocurriría si además a la vez se lo subiese a la misma cantidad a todos sus compañeros? 

Tal vez ya hayan leído sobre esta disruptiva decisión que tomó un ahora famoso empresario estadounidense, y también tal vez hayan leído los incontables vaticinios que al respecto hicieron muchos analistas, y que auguraban un siniestro futuro financiero para el disruptor empresario.


Pero ahora ya ha pasado un tiempo prudencial desde aquella desorbitante subida salarial en aquella empresa, así que ya va siendo momento de, más allá de vaticinios fúnebres de unos, y de efusivos aplausos de otros, valorar de verdad qué ha sido de aquella empresa y de su disruptivo empresario. 

Así que la última pregunta que les planteo ahora es ¿Quebró finalmente aquel empresario que decidió subirle el sueldo a todos sus empleados a la “mágica” cantidad de 70.000 dólares brutos anuales? Pues no sé si la respuesta les sorprenderá, pero lo que es seguro es que hay otros empresarios y analistas que pueden aprender de la experiencia (entre los cuales me incluyo, al igual que hago para cualquier otro tema).

El dueño y fundador de la ahora famosa Gravity Payments, el disruptor Dan Price, fue el que allá por 2015 sorprendió al panorama empresarial estadounidense y a parte del mundo con la resoluta y disruptora medida de subir el salario de todos sus empleados hasta cobrar la generosa cantidad 70.000$ anuales. 

Sin quitar ni un ápice de valentía a un empresario cuyo osado movimiento considero un auténtico experimento de campo, lo cierto es que analistas como un servidor preferimos abogar por una u otra receta socioeconómica con más datos objetivos en la mano, y menos corazonadas que, por muy bienintencionadas que puedan llegar a ser en algunos casos, al final nos hacen correr el riesgo cierto de traer destrucción socioeconómica, pérdida de puestos de trabajo, y muy probablemente también incontables muertes provocadas por el supuesto suicidio económico.


En este sentido, un servidor considera infinitamente más valiosos los datos que arroje el experimento socioeconómico, que las motivaciones de Price, que pueden ser lo mismo acertadas que equivocadas, e igualmente ser visionarias o meras corazonadas. Ante el terreno de lo desconocido e inexplorado, un servidor prefiere buscar las causas a posteriori, una vez observado que los resultados merecen la pena como para dedicar tiempo a la investigación forense de las condiciones iniciales que llevaron a dicho resultado. 

Es por un mero tema de eficiencia y optimización de ese tiempo del que (casi) todos vamos siempre tan escasos. Pero aún así, y para satisfacer una comprensible y lógica curiosidad que aflorará a las mentes de algunos lectores, voy a simplemente sintetizar brevemente las razones que llevaron a este empresario a hacer de Papá Noel con las nóminas en el saco de regalos.


Como habrán podido leer en el enlace anterior del New York Times, Dan Price dio a luz su nueva política salarial tras leer un artículo en el que participaba el Nobel Kahneman y que versaba sobre la felicidad y sobre el nivel salarial adecuado para conseguirla, y que le cambió su visión de la empresa y… de la vida. Este hombre vio claro que sus empleados serían mucho más felices en términos generales con un salario de 70.000$ (un punto bastante obvio), pero donde verdaderamente está lo osado de su apuesta fue en creer que ello redundaría en una mayor calidad en su trabajo y en su vida profesional. 

Al menos para un servidor, este segundo punto es igualmente bastante obvio; lo que ya no me resulta tan obvio es saber a priori si la mejora en la eficiencia y la productividad que ello va a revertir sobre la empresa es suficiente para compensar un incremento de los costes salariales tan importante. Ahí es donde ni más ni menos Dan Price se la jugó totalmente, porque con los datos disponibles en aquel momento, ni él ni nadie podía asegurar con un mínimo rigor ningún tipo de resultado.


En este sentido, el factor oculto más importante podría ser cómo mejora la productividad de la empresa porque la gente con mejores ingresos tiene por lo general menos problemas graves en su vida personal, y puede dedicarse a pensar más en el trabajo, y a centrarse en las capacidades de orden superior de la pirámide de Maslow, que son las que más beneficios personales y profesionales pueden llegar a aportar. Es un argumento que respaldaría todos esos grandes beneficios que trae también para las empresas que puedan contar con empleados que mantengan una vida armoniosa y equilibrada. 

Y este es un punto socioeconómico clave, porque a veces parece que ciertos resortes de nuestro sistema tratan de buscar desesperadamente que una proporción mayoritaria de la población tenga una vida personal desordenada y caótica, que les mantenga presos de preocupaciones personales muy graves, para que quizás así no se preocupen tanto por otros problemas del país, y pasen automáticamente a ver como un tema menor la corrupción política, el deterioro de la clase media, la ausencia de la búsqueda del bien común... y otros tantos temas socioeconómicos clave de verdad, y que nuestros políticos prefieren mantener oportunistamente "apartados" de nuestras mentes.

 Así por ejemplo, aunque no acabe de venir al caso pero que demuestra el razonamiento anterior, hoy en día se está tratando de normalizar e incentivar la infidelidad en la pareja, y ya no se trata exclusivamente de perpetuar la infidelidad masculina con el clásico de "todos los hombres somos iguales" o de que "resistirse a los encantos de una mujer es inútil", sino que la vuelta de tuerca por el inevitable cambio de modelo familiar pasa en algunos medios por vendernos exactamente los mismos mantras falsos respecto a las mujeres.

 Y oigan, que puedo llegar a admitir que pueda haber parejas en las que se ambos sean infieles sistemáticamente y con consentimiento mutuo, pero que así también otros puedan llegar a disfrutar de cierta estabilidad personal, pero realmente esas parejas son las menos (y por mucho). De nuevo, a veces parece que se buscan familias infelices, parejas con problemas graves, vidas personales inestables, y gente que se vea desbordada por una vida familiar nefasta, para que así no pueda ni preocuparse por los problemas reales del sistema, que son debidamente explotados por terceros "camuflados de lagarterana".

 Volviendo al tema de hoy, la mañana en que Price reunió a los 120 empleados de Gravity Payments en sus oficinas de Seattle para darles la “buena nueva” (y tan buena), sus empleados no daban crédito. Les iban a subir el salario a toda la plantilla y de una sola vez hasta la “mágica” cantidad de 70.000$ brutos anuales, y además lo iban a hacer igualmente para todos, indistintamente de su ocupación, puesto, funciones o desempeño. Más de uno debió de darse la vuelta buscando por algún lado la cámara de algún programa de bromas televisivas. 

Pero no la había, el asunto iba totalmente en serio, y durante los tres subsiguientes años a aquel 2015 ésa iba a ser su generosa asignación salarial para cada uno de ellos. Como en todos sitios hay todo tipo de opiniones, buena parte de las resistencias a las que Price se enfrentó para sacar adelante su nueva política salarial fueron paradójicamente internas, con algunos de los “pesos pesados” de su empresa mostrando una frontal oposición a una “feliz idea” que iba a arruinar la empresa y acabar dejándoles sin empleo a todos. Pero Price persistió con determinación, y siguió adelante puesto que, al fin y al cabo, él era el dueño de la empresa.

No es que Price adoptase una política salarial que podía permitirse financieramente, sino que tuvo que hacer también ímprobos esfuerzos corporativos y personales para poder sacar la medida adelante con un mínimo de sostenibilidad. Así, Price se redujo su propia asignación salarial desde alrededor de 1 millón de dólares hasta los mismos 70.000$ que iban a cobrar a partir de aquel momento todos sus empleados. 

Y además Price apalancó financieramente a su empresa, utilizando por adelantado en torno a un 80% del beneficio estimado de su compañía para el año en curso. Desde luego, la osadía de Price era épica, puesto que no se trataba de un simple capricho socioeconómico de un multimillonario que se podía permitir incluso prescindir totalmente de su empresa; no, Price se la estaba jugando realmente.


Pero las motivaciones de Price no iban encaminadas simplemente por una corazonada centrada en la mera felicidad que una posición económica más desahogada puede aportar. No. Dan Price también había decidido hacer lo que hizo por una sana convicción en la que (esta vez sí) coincidimos desde estas líneas mayormente, al menos en lo referente a la degenerativa tendencia salarial de la clase media en los últimos años de la que tanto les hemos escrito (a pesar de la reciente revitalización que llega demasiado tarde). 

Y es que Price tenía muy claro que la ampliación de la brecha salarial entre los ejecutivos y el trabajador medio era insostenible, y perjudicial socioeconómicamente. En la “feliz idea” de Dan había pues buena dosis de sistémica, y decidió emprender por su cuenta la guerra esencial de refundar ese capitalismo que ha dejado mayormente de ser de los ciudadanos según les hemos analizado.

Pero lo cierto es que, ni de lejos, todo es color de rosa en esta historia económica de Dan Price y Gravity Payments. Aquí, como siempre, hay también algunas sombras, y con la mala costumbre del rigor al que nos debemos desde estas líneas, no podemos hacer otra cosa que hacernos también eco de la parte de la historia menos azucarada. Como bien informaba Bloomberg Businessweek, el tema es que algunos de sus ejecutivos más preciados optaron por dejar la empresa, se dice que porque no veían compensado el mayor esfuerzo y la mayor responsabilidad que sus cargos implicaban respecto a otros empleados de base.


Efectivamente éste fue un momento difícil para Price, especialmente porque su hermano estaba entre esas dimisiones, que además era co-propietario de Gravity Payments con un 30% de participación en la empresa. Price no sólo se enfrentó a un problema de personal de alto nivel, sino que los problemas que su política le ocasionó le afectaron incluso en el plano más personal, deteriorando sus relaciones familiares. Otras sombras de la historia son que realmente las cuentas de Gravity Payments no son públicas, y hay que hacer un acto de fé en base a lo que Dan Price afirma al respecto. 

Además, a Price le echan en cara que el partió en su apuesta desde una posición holgada con un salario que era anormalmente alto para la casuística y situación de su empresa, un punto que para algunos muestra cierto grado de incongruencia personal entre el Dan de antes y el Dan de después, así como que le puede haber puesto en una posición mucho más favorable para poder afrontar el reto, donde otros empresarios no puedan permitirse enfrentarse a una apuesta similar sin poner seriamente en riesgo su empresa.

 Y es que además, el experimento de Price podría estar “viciado”, no tanto ya por las condiciones iniciales, sino por el mero desarrollo del mismo, que entró en una dinámica que se realimentaba a sí misma, y tanto el experimento como el propio Price se volvieron tan mediáticos que con ello la experiencia de campo pudo desvirtuarse por sí misma, y perder por el camino su útil condición como fuente de datos objetivos y experimentales. 

El hecho es que muchos ciudadanos a lo largo y ancho del país (y del mundo) se sintieron ampliamente identificados con Price y su idea, y así esto pudo traducirse en decididas apuestas por este modelo empresarial que consideraban más sostenible, y llevarle o mantenerle a Price negocio por el mero hecho de ser quién ahora era, en vez de por la actividad y servicios que su empresa era capaz de dar destacando sobre la competencia gracias al incremento salarial.

De una manera u otra, el caso de Gravity Payments es el que es, y Dan Price actúa con total coherencia empresarial si la fórmula a él en concreto le ha dado buenos resultados a nivel corporativo. Y estos resultados no deben ser calificados de buenos por las meras cifras financieras tan positivas que arroja la compañía, a lo que habría que añadir los beneficios mayormente imponderables como buen ambiente de trabajo, que pueda realizar mejores contrataciones porque más perfiles con talento quieren optar a sus vacantes, etc. Aquí hay que remitirse a los hechos, y ver que Price predica con el ejemplo: está plenamente convencido de que los resultados cosechados son muy positivos, puesto que, en 2019, no sólo no revertió su disruptiva política salarial (que recuerden, en principio era para tres años), sino que Price redobló su apuesta salarial y la hizo extensiva también a todas las nuevas incorporaciones en plantilla.


Pero ahora estamos ya en 2020, y el horizonte temporal de la visibilidad sobre la política de los 70.000$ se ha ampliado considerablemente, y puede arrojar nuevos datos más allá de los tres años iniciales que Price se puso como plazo inicial de su plan. A fecha de hoy, la BBC hizo una nueva evaluación del estado de Gravity Payments y de sus políticas salariales, y los resultados demuestran que la apuesta de Price sigue vigente con todo su alcance. Price sigue manteniéndose actualmente su propio salario en los mismos 70.000$ que cobra cualquier otro empleado de su empresa.


Tras cinco años de camino recorrido a bordo de la experiencia, Price sólo se siente responsable de un error: pasó por alto que las conclusiones del estudio académico en el que se basó no ubicaban el umbral mínimo salarial para dar felicidad a los empleados en los 70.000$, sino en los 75.000$. Pero poca es realmente la diferencia, y Price explica cómo, aún así, aquella cifra supuso un importante incremento salarial para una buena parte de su plantilla, que llegó incluso a cobrar el doble de dinero en el caso de 30 de sus 120 asalariados; unos asalariados que, en términos globales, hasta aquel momento cobraban una media de 48.000$. En estos cinco años, la plantilla de la compañía se ha duplicado, y el importe de pagos procesados por la compañía (es éste su principal negocio) ha pasado de los 3.800 millones de dólares anuales a los 10.200: se han multiplicado por un galopante 2,7 veces, y con ellos se ha multiplicado también, lógicamente, el negocio que hace Gravity Payments y sus beneficios.

Pero otros parámetros no habituales en las cuentas corporativas, y que también demuestran la calidad de vida de los empleados, su confianza en el futuro (hay indicadores macroeconómicos que utilizan el número de embarazos como indicador adelantado), así como su capacidad y disposición a asumir nuevos gastos, es la natalidad. Antes del mediático incremento salarial, en la empresa de Price, entre los 120 de empleados traían cada año entre ninguno y dos bebés al mundo. Por el contrario, a partir del incremento el número de nacimientos se ha catapultado como un cohete hasta alcanzar los 40 nuevos bebés en los cuatro años y medio que llevan desde que se tomase la medida.


Se trata de un dato contundente e incontestable, con muchísima más trascendencia de la que podría parecer, porque es un dato que además refrenda la tesis de que el problema de natalidad y de las pensiones en los países desarrollados van en realidad de la mano, y que la falta de recién-nacidos tendría mucho más que ver con unas condiciones económicas de la clase media venidas a menos que con otros factores, como el clásico argumento de determinados sectores que afirman categóricamente que el progreso implica que las mujeres deciden liberarse de la “esclavitud” de ser madres: sí, puede ser que estemos hablando de esclavitud, pero este último dato de Gravity Payments apunta a que la esclavitud depende más bien de las facturas y de los salarios exiguos en el banco, que de no querer traer niños a un mundo que los necesita, y al que traen gran felicidad y muy buenos sentimientos para la práctica totalidad de los padres y madres que deciden tenerlos.


La mayor parte de lo anterior, y en especial tanto que Price redoble su apuesta como los datos que arroja su empresa a día de hoy, verdaderamente apuntan en la dirección de dar validez a los resultados empresariales que Price airea (recuerden que no son públicos). 

Aunque, sin pretender quitar ni un ápice de mérito al movimiento salarial de Price, la pregunta procedente es: ¿Todas las empresas pueden permitirse esta política salarial contando con que van a tener la misma progresión de ingresos que tuvo Price tras volverse tan mediático? ¿En qué proporción la mejora de los resultados de su empresa se debieron a la nueva política salarial y no a otros factores que han podido estar influyendo en estos años, como por ejemplo la recuperación económica? Personalmente yo no tengo una respuesta rigurosa a estas intrigantes preguntas, pero realmente encuentro una confirmación muy interesante el hecho contrastado de la mejora del bienestar de los empleados y del conjunto de la socioeconomía que un mejor salario para la clase media puede aportar.


Mucho me temo que, aún así, tampoco puedo decidirme en este punto por ser partidario de abogar por una extensión del experimento de Price a gran escala, pensando que es demasiado pronto como para defender llevarlo a toda la economía en su conjunto o a una parte importante de ella. 

Pero lo que sí se puede hacer, como en todo experimento inconcluso aunque con resultados prometedores, es apostar por el siguiente paso de ampliar la base experimental, y sin hacer el nuevo experimento masivo, ampliar ligeramente la escala a una serie de empresas más heterogéneas y dispares, y ver la evolución de todas ellas para sacar nuevos datos y conclusiones. Ahí sí que íbamos a poder dilucidar de verdad si lo de Price fue un milagro admirable pero auto-inducido, o si por el contrario es algo replicable para el conjunto de la socioeconomía, que al final es de lo que verdaderamente se trata.

 El caso de Gravity Payments es efectivamente un caso muy concreto de una única empresa con una casuística que puede serle muy particular. No todas las empresas desarrollan su actividad en un mercado que les permita catapultar de esta manera sus ingresos, ni aunque en ello influya el bienestar de sus empleados. Al final el mercado en su conjunto es el que es, y va a seguir siendo el mismo pastel a repartirse más o menos entre las mismas empresas. 

El beneficio en realidad sería socioeconómico y en forma de progreso de nuestra sociedad y del bienestar de los ciudadanos, pero para ello inevitablemente las cuentas tienen que salir microeconómicamente y también macroeconómicamente. Pero lo cierto es que parece haber terrenos inexplorados en los que no se adentra nadie, y de los que además nos vamos alejando con salarios medios cada vez más exiguos para la clase media. Se hace necesario tener más resultados y que sean más concluyentes, y aunque a unos pueden sorprenderles y a otros reafirmarles, lo importante aquí será saber cuál es la mejor dirección para seguir avanzando en el progreso socioeconómico real de nuestros sistemas, además de en sus sostenibilidad en los plazos más largos. El resto es caminar a ciegas con la venda puesta."                 ( , El blog salmón, 26/03/20)

30/6/17

Ilegales: 'Ser políticamente correcto es una muy mala costumbre que tienen muchos grupos del momento y de mi quinta, pues no sólo acaba con las libertades, sino también con la cultura y con todo.'

"Jorge Ilegal tardó en comerse a Jorge Martínez el mismo tiempo que le llevó triunfar en la música.

(...) Ilegales jamás se ha arrastrado por los escenarios.
Nunca hemos sufrido un declive. Después de miles de conciertos, quizás hayamos dado uno o dos malos. Porque hubo meses en los que tocábamos casi todos los días. Ese ritmo te enferma y tanto dinero termina jodiéndote. Por no hablar de las carreteras de la época, que eran matadoras y estaban hechas de puro tiempo. Eso acaba con las relaciones entre los miembros del grupo.

¿Cómo se sobrelleva el cansancio y la resaca?
Lo llevábamos fatal. En el libreto de Mi vida entre las hormigas hablo de los peligros que pueden hacer que no crees canciones, y uno de ellos es tener demasiado dinero. A veces, es necesario sabotear tu propia carrera. Llegó un momento en el que la pasta era muy tóxica para nosotros, porque nos distraía muchísimo y nos ponía al alcance de la mano cosas perniciosas para el grupo. El dinero no es tan bueno como parece y a nosotros no nos sentó demasiado bien.

Sin embargo, siempre respetaron el directo.

Los grupos eran muy precarios. Se miraban mucho al espejo y cuidaban sus ropas y peinados, pero luego no sabían tocar. Los Secretos se sabían los acordes y Nacha Pop y Radio Futura se defendían, pero después el nivel bajaba. El problema era que, aunque algunos tocaban mínimamente, no sabían sonar ni tenían conocimientos técnicos. Muchos eran más famosos que nosotros, porque salían en la tele, pero Ilegales éramos los que más vendíamos. Incluso llegamos a alquilar salas para organizar conciertos por nuestra cuenta. (...)

 ¿Lúcido después de tantos excesos?
La lucidez es una llamita inextinguible en medio del exceso, aunque hay momentos en que debes parar las máquinas, sobre todo si entras en coma porque te has pasado muchísimo. Es fácil ir hasta la muerte, porque estamos hechos para ello, pero el regreso de la muerte hasta la vida es difícil, porque no estamos hechos para regresar.

¿La ha visto de cerca?
Unas cuantas veces…  (...)

Siempre tuvo fama de repartidor de hostias. Las mejores, que diría Ordovás.
Bueno, algunas hostias sí que he dado, pero también he hecho muchas cosas buenas. Por ejemplo, he ayudado a muchos colegas, tanto en cuestiones técnicas como económicamente. Mira, no soy partidario de la violencia, pero de vez en cuando una hostia a tiempo soluciona el problema. (...)

 ¿Qué hizo con la pasta que amasó en sus años gloriosos?
Me lo gasté en guitarras, porque soy un apasionado de la música. Tengo todas las guitarras de mis sueños juveniles, un estudio, una casa en Oviedo y otro par en el campo, una pegada a otra para evitar que un vecino pijo me quiera cerrar el estudio. 

Me lo he gastado bien... ¿En droga y en bebida? Bastante, pero también he tenido la mala cabeza de dejar dinero a amigos que han tenido problemas y que no podrán devolvérmelo jamás. Pero he hecho bien: ¿para qué es el dinero, cojones? Yo creo que lo he gestionado correctamente.

Europa ha muerto fue una canción visionaria y muchas otras letras siguen vigentes y se ajustan a los tiempos (salvajes) que corren.
El truco es que la naturaleza del ser humano no ha variado en los últimos cinco mil años. La cultura en la que vivimos inmersos, que perdimos y luego recuperamos a través de la Escuela de Traductores de Toledo, se repite, al igual que el individuo. Las canciones de Ilegales entroncan con vicios y con querencias antiguas, por eso son tan certeras. 

Van en todos nosotros desde siempre, son inherentes a nuestra especie. Probablemente, dentro de cincuenta años sigan siendo actuales, mientras que el Sgt. Pepper's de los Beatles no lo era en 1967. No sé por qué hay un empeño tremendo en defender la contemporaneidad de sus canciones, cuando a nosotros entonces ya nos parecía música déjà vu. En fin, no sé por qué estoy hablando de esto...  (...)

Hoy algunas de sus canciones no serían bienvenidas por machistas, homófobas, violentas o no aptas para hippies.
Sí, porque se ha adocenado a la gente y porque los artistas no hemos ensanchado las fronteras de libertad, transgrediendo constantemente, algo que debería ser nuestro deber. Eso ha hecho que todos los biempensantes fueran constriñendo y menguando las libertades individuales y colectivas.

Bienvenido a lo políticamente correcto.

Ser políticamente correcto es una muy mala costumbre que tienen muchos grupos del momento y de mi quinta, pues no sólo acaba con las libertades, sino también con la cultura y con todo. Siempre hay un colectivo que se siente ofendido por cualquier tontería. Pues señores, oféndanse, porque eso significa que ustedes están vivos, pero la próxima vez háganlo por algo que no sea una gilipollez.

¿Le gustaría retirarse con Los Magníficos, su banda paralela de boleros, guarachas, joropos y chachachás? Casinos, verbenas, boîtes…

Es una banda interesante, pero en este momento tengo que ser tan honesto con ella como lo he sido con mi combo de siempre. Cuando la fuente dejó de dar música para Ilegales, el grupo paró. Ahora no tengo canciones para Los Magníficos, por lo que toca hibernar.

¿Le cuesta más hacer una canción redonda que cuando empezó?
No, ahora fluyen con más facilidad, pero me exijo más a nivel literario. Podría hacer canciones telegrama, como las de antes, pero prefiero que sean más literarias, aunque requieran un mayor esfuerzo. En fin, más que un compositor, soy un buscador de canciones.  

¿Le tiene miedo a la soledad?
Al contrario, la valoro muchísimo. La soledad es una forma de compañía. Para ver un cuadro de Velázquez —probablemente, el primer impresionista—, hace falta distanciarse un poco, una cierta perspectiva. Del mismo modo, la soledad también es necesaria para entender el mundo y la propia compañía."           (Entrevista a Jorge Ilegal, Henrique Mariño, Público, 19/06/17)



23/12/15

La felicidad existe sólo en la representación, es siempre el fruto de una elaboración. Hay que trabajarla. Está en otro lugar, en otro tiempo, es casi una utopía

"Nouvel Observateur: Usted ha escrito mucho sobre la aptitud para ser felices de aquellos que la vida parecía condenar a la desdicha, aquellos que llamamos “resilientes”, rescatados de la desgracia. Igualmente usted ha escrito mucho sobre la inaptitud para la felicidad de aquellos que, como se dice, “tienen todo para ser felices”. En el fondo, ¿qué es este estado que denominamos felicidad?

 Boris Cyrulnik: Comenzaré con una anécdota. Un día un laboratorio me solicitó dar unos cursos postuniversitarios a médicos generales. Yo me propuse anotar durante dos meses las frases divertidas o penetrantes de mis pacientes, para comentarlas con los médicos. Llené así varias libretas. Entre las frases, había una que se repetía regularmente y que siempre anotaba con la misma extrañeza: “A menudo conocí la dicha, pero nunca me hizo feliz”. ¿Cómo explicar esta frase?

 “A menudo conocí la dicha”: dicho de otra manera, conocí situaciones que correspondían a la idea, a la anticipación que yo tenía de lo que era necesario para ser feliz. Siendo pobre, sueño que si fuera rico, sería feliz. Siendo lisiado, sueño que si tuviera mis dos piernas sería feliz. O aún más –pienso particularmente en un paciente: “Si apruebo el concurso (y lo aprobó. 

Fue admitido en una Grande Ecole), si soy nombrado en el Midi (y fue nombrado en el Midi), si puedo trabajar en esta empresa (fue nombrado en esa empresa) yo sería feliz”. Él realizó esas porciones de sueño, por lo tanto “conoció” la dicha… y sin embargo no era feliz, ya que en el curso de su historia personal, había aprendido a no ser feliz. Cuando era niño, sus padres estaban ausentes muchas veces; así que había vivido largos periodos de aislamiento, refugiándose en los libros para escapar del sufrimiento.

 Lo que se impregnó en su memoria, era una manera insegura de amar: “nadie puede amarme, no soy amable; la prueba es que aquellos que amo me abandonan para irse a recorrer el mundo. 

Así pues, que si por desgracia amo a alguien, me dejará”. Como era un muchacho inteligente, había podido esconder su miedo de vivir y su miedo a la sociedad convirtiéndose anormalmente en buen estudiante. Gracias a esto había realizado sus sueños… y sin embargo era desdichado. Porque su memoria estaba impregnada de una inaptitud para ser feliz.

Nouvel Observateur: ¿Tal vez era desdichado, no a pesar de sus éxitos sino a causa de ellos? No hay una forma de desgracia o de no-dicha, que resulta de la realización de nuestros sueños que nos deja carentes de deseo?

Boris Cyrulnik: Mucha gente, en efecto, se pone triste después de realizar un proyecto. Los estudiantes, al día siguiente de un examen, dicen: “estoy vacío, no tengo nada que hacer hoy”. Ellos encuentran rápidamente otra cosa que hacer, ya que son jóvenes y tienen placeres e inquietudes: cosas con las cuales llenar una vida.

 Pero muchos se deprimen después de un acto cumplido. Un amigo, que acababa de realizar una bella exposición de pintura, recientemente, me dijo: esto es para mí una dicha, y sin embargo sé que voy a tener seis meses de depresión…

Nouvel Observateur: ¿no podría extenderse el razonamiento y decir que nuestra sociedad es “depresiva”, según las palabras empleadas por Tony Anatrella, ya que realizó las grandes aspiraciones colectivas de la Postguerra? 

La mayoría de nosotros, vivimos hasta muy viejos y con mejor salud, comemos bien, estamos al abrigo, nos calentamos en invierno y nos refrescamos en verano, estamos asegurados contra las enfermedades, el desempleo, la vejez, tenemos carros y aviones para desplazarnos, tenemos vacaciones varias veces al año…

Todo eso que llamamos progreso, parecía un sueño inaccesible a nuestros bisabuelos. Y, sin embargo, vemos cada vez más a la gente sucumbir en lo que Alain Ehrenberg denomina “la fatiga de ser uno mismo”…

Boris Cyrulnik: Todo lo que usted dice es verdad sin duda alguna. Y podríamos seguir con la enumeración: las mujeres controlan la fecundidad, es decir, pueden convertirse en personas, participar en la aventura social. Los resultados sexuales son mejores que antaño, y mejor compartidos. 

Antiguamente, en el acto sexual, era un hombre quien obtenía placer con una mujer ansiosa. Hasta los años 70 dos de cada tres mujeres eran frígidas o insatisfechas. Hoy menos del 15%. En el 86% de los casos, es un hombre y una mujer quienes comparten su placer. Se trata de un progreso inmenso, debido al control de la fecundidad, es decir, gracias a un descubrimiento técnico, seguido de una ley social.

Pero eso es el bienestar no la felicidad. Hay una fábula de Péguy que me parece hermosa: la fábula de los picapedreros. Charles Péguy va en peregrinaje a Chartres. Observa a un tipo cansado, que suda y que pica piedras. Y le pregunta: “¿qué está haciendo señor? -Acaso no ve, pico piedras; es duro, me duele la espalda, tengo sed, tengo calor. Practico un sub-oficio, soy un sub-hombre”. Péguy continúa y ve más lejos a otro hombre que pica piedras, que no se ve tan mal. 

“¿Señor qué hace? -Gano mi vida. Pico piedra, no he encontrado otro oficio para alimentar a mi familia, estoy muy contento de tener éste”. Péguy continúa su camino y se aproxima a un tercer picapedrero que esta sonriente y radiante y le hace la misma pregunta, y este responde: “yo señor, construyo una catedral”.

 El hecho es el mismo, la atribución de sentido es completamente diferente. Esta atribución de sentido viene de nuestra propia historia y de nuestro contexto social. Cuando se tiene una catedral en la cabeza, no se pica piedra de la misma manera.

Nouvel Observateur: Así pues, el sentido de su apólogo es: el malestar no es la infelicidad. Para ser feliz, es necesario un proyecto que dé sentido a nuestra existencia.

Boris Cyrulnik: Cuidado, el bienestar es importante: si sufrimos físicamente, si tenemos hambre, si estamos en duelo, no somos felices. Por lo tanto, no idealicemos el pasado. 

Antes, uno de cada dos niños fallecía en el primer año. Los niños morían de diarrea, las mujeres de hemorragias y los hombres morían más tarde, generalmente, de infecciones. Sólo el 2% de la población alcanzaba nuestra esperanza de vida. La gran mayoría vivía en la desgracia constante, en el sufrimiento inmediato. Puesto que cuando uno está atrapado por un sufrimiento, se es prisionero de lo inmediato: no se tiene la posibilidad de soñar, de elaborar. “Elaborar” es la palabra importante.

Pero a la inversa, cuando los problemas materiales están aparentemente solucionados, si el contexto familiar y social no tiene sentido, el individuo no puede construir su identidad: “no puedo saber lo que soy, lo que quiero, lo que valgo sino en el encuentro y en la confrontación con otros.

 Voy a la escuela, papá y mamá son simpáticos, la comida está servida, tengo una pieza para mí, un televisor y sin embargo no sé quién soy. Tengo el bienestar, más no la felicidad. No tengo ninguna cuenta que arreglar con la vida, ningún proyecto que realizar, nada que contar. Ya que jamás he tenido la ocasión de alcanzar una sola victoria. Entonces me identifico con héroes efímeros, un cantante del cual olvidaré su nombre seis meses después, un futbolista que me hará gritar como si estuviera en trance…” Lo efímero.

“Hasta que llegue un día un acontecimiento, una experiencia que me identificará”. Eric Zorn dice que se sintió vivo por primera vez el día que le anunciaron que tenía cáncer. Y Cyril Collard: es bello, tiene una familia adorable, entra a la Central con el primer esfuerzo, y no sabe quién es. 

Él dice: “descubro quién soy a partir del momento en que comienzo a drogarme y a tener sexo sin protección. Porque hasta ahora, sólo he escrito una biografía con páginas blancas”. Yo sé que voy a ofender a muchas personas diciendo esto, pero muchos jóvenes se hunden en la droga simplemente por eso: para vivir algo, para ser alguien. Por otra parte, existen adicciones sin droga: el juego, el sexo, el amor…

Nouvel Observateur: Usted evocaba el caso de Zorn. Es un fenómeno muy conocido por los médicos: en una existencia donde no sucede nada, paradójicamente, la enfermedad puede hacerlo feliz, ya que permite contar su vida a otros, poner su vida en un relato…

 Boris Cyrulnik: Esto es lo que Paul Ricoeur llama “la identidad narrativa”. A partir de los 6 años, desde el instante en que soy capaz de hacer un relato de mi vida, construyo lo que soy. Pero lo hago en el encuentro: con los otros y con los acontecimientos –nadar, saltar desde un risco o estar enfermo.

Nouvel Observateur: Lo que explicaría que nuestra sociedad, en términos generales en buena salud, esté al mismo tiempo acosada por la enfermedad, capturando hasta el más mínimo síntoma, el cual habría sido considerado sin importancia en el siglo pasado. Dicho de otra manera, ¿entre mejor se esté, más incapaz se es de gozar de nuestra salud?

Boris Cyrulnik: Desde luego. El mismo razonamiento puede hacerse con relación a la violencia. No hay una sola sociedad que se haya construido sin violencia. La noción de violencia, cuando uno está inmerso en su interior, no es ni siquiera pensada; no tiene relevancia, es normal. El hecho que hoy ya no sea soportada es una prueba de los progresos realizados.

Igual sucede con el maltrato. En la época en que se consideraba como normal e incluso moral maltratar a los niños, no se empleaba la palabra “maltrato”, se decía “educación”. El látigo, que acaba de desaparecer, era vendido en las droguerías y se pensaba que era bueno hacer daño a los niños. Conocí personas de mi edad que crecieron en instituciones religiosas: a los sujetos malos se los encerraba en un calabozo durante varios días, sin luz y sin comida.

 Era así, como se creía, que había que adiestrar a los niños, sino se convertirían en perversos, ladrones y mentirosos. Hoy, se le avisaría a la trabajadora social y los curas serían enviados a prisión. En estos casos, igualmente, la dimensión que adquiere el maltrato, muestra el progreso alcanzado.

Nouvel Observateur: Se puede extender el razonamiento, y decir que ¿el grado de insatisfacción, de angustia y tal vez de infelicidad aumenta a medida que nos aproximamos, asintomáticamente, a un ideal inalcanzable? Dicho de otra manera, ¿cuanto mejor está la sociedad, peor la gente?

Boris Cyrulnik: Más bien piensan que están mal. Ya que se necesita una representación de la felicidad y de la desdicha, y ésta es la función de los artistas, de los periodistas, de los que fabrican el discurso social. Creo que muchas personas son, sin saberlo, felices o desdichadas.

[…]  Nouvel Observateur: Volvamos sobre la distinción bienestar/felicidad. ¿Qué se necesita para pasar del uno al otro?

Boris Cyrulnik: El bienestar es lo inmediato, es la percepción: “me alimento bien, me siento bien, no tengo hambre, no tengo miedo”. La felicidad existe sólo en la representación, es siempre el fruto de una elaboración. Hay que trabajarla. Está en otro lugar, en otro tiempo, es casi una utopía. 

Pero hay utopías fundadoras. Pueden ser fundadoras del delito (creo incluso que la mayoría lo son). La utopía es una representación que provoca un sentimiento que podemos experimentar en lo real. Enunciar una utopía seductora provoca una representación que no existe, tal vez, más que en la verbalización, pero que tiene, sin embargo, efectos sobre lo real. 

Y que nos hace felices. Todo el mundo utiliza esto, los partidos políticos, las iglesias, las sectas (“todos moriremos, pero nosotros, gracias a nuestro ritual, viviremos después de la muerte y conoceremos el paraíso”) e incluso los vendedores de carros.

 Nouvel Observateur: ¿Así pues nuestra sociedad depresiva no estaría enferma a causa de su presente, sino de su futuro?

Boris Cyrulnik: Más bien de su falta de representación del futuro. Yo hice mis estudios en una época en que la medicina ascendía. Era un éxtasis constante. Había salas con 60 camas. Las condiciones de vida de los enfermos en los hospitales eran innobles. Vivían entre las infecciones y los excrementos. 

Debí desesperarme. Pero yo no vivía en esa realidad asquerosa: vivía en la utopía del progreso. Me decía: encontraremos medicamentos, nuevas técnicas… Es en estos últimos años que nos hemos dado cuenta que no hay ni un solo progreso que no tenga efectos indeseables. Mucho tiempo se creyó que el progreso era lineal, que todos los problemas tendrían solución mañana. Y esta creencia embelleció mi vida.

Nouvel Observateur: “La idea de progreso entró en decadencia”, decía Octavio Paz. ¿Piensa Usted que es esta crisis del progreso la que bloquea nuestra proyección hacia el futuro?

Boris Cyrulnik: Diría casi lo contrario: es la ausencia de proyecto lo que provoca la crisis del progreso. Anteriormente, la mayor parte de los hombres pasaban sobre la tierra como por un valle de lágrimas. Esta idea fue central hasta la Revolución Francesa. En el discurso cristiano había dos paraísos: el paraíso antes del pecado y el que se encontraría al final de los tiempos. 

Sólo se podía ser feliz antes de la vida o después de la muerte. Llega la Revolución Francesa: “la felicidad es una idea nueva en Europa”. A partir de esta frase de Saint-Just, la felicidad ya no es metafísica, se convierte en un proyecto social, en algo accesible. Es un objetivo, y va a ser necesario que nos unamos. El odio nos unirá contra los aristócratas, contra los curas o, después, contra los capitalistas, que nos han reducido al estado de acompañantes de las máquinas. 

Yo conocí esto en la región de la Seyne, cuando era médico, en el Centro Médico Social: los hombres descendían a los tanques de los barcos petroleros a las cinco de la mañana con un fiambre en el morral, y volvían a salir a las cinco de la tarde. Volvían a sus casas atontados, bebían un litro de vino que les servía de somnífero y de tranquilizante, después se dormían. 

Durante decenas de años hacían lo mismo… Algunos de estos hombres no resistieron: depresión, agotamiento, suicidio. Muchos soportaron verdaderas torturas físicas, el calor, la sed, gracias al discurso social que los glorificaba: “Yo, señor, tengo una mujer y tres niños”. Porque tenían un proyecto: “haremos un paro, nos uniremos y los trabajadores mejorarán sus condiciones de existencia”. Esta utopía provocó en ellos una representación del futuro que los hizo felices.

Nouvel Observateur: ¿Se podría ser más feliz en un valle de lágrimas que en un río en calma?

Boris Cyrulnik: No, pero se puede soportar un valle de lágrimas si se tiene un proyecto que realizar, de la misma manera que se necesita un proyecto para no morir de aburrimiento en un río en calma, se necesita una utopía.

En una cultura de la utopía, que reposa sobre una representación del tiempo futuro, se puede aceptar la duración del sufrimiento. En nuestra cultura de lo inmediato no se acepta la espera. El sufrimiento, la angustia, deben desaparecer enseguida: los deseos deben ser satisfechos de manera inmediata. 

Y esta cultura de lo inmediato conlleva a la frustración, es decir, a la agresión y a la acrimonia. Puesto que las cosas necesitan de duración para tener sentido. Si no, se está en una búsqueda extraviada del goce, como sucede con Don Juan o con el drogadicto.

Nouvel Observateur: ¿Tal como lo hace Pascal Bruckner, diría usted igualmente que “la ideología de la felicidad”, la conminación que se nos hace de ser siempre jóvenes, bellos, de estar en buena salud, productivos, induce mecánicamente al sentimiento de desdicha?

Boris Cyrulnik: Yo diría más bien de frustración y de amargura: desde que se deja de gozar, lo real adquiere un gusto amargo. La búsqueda de la felicidad inmediata destruye la catedral que tenemos en la cabeza. Es por eso, que a pesar de mejorar realmente nuestras condiciones de existencia y nuestros sistemas de protección, hay cada vez más depresivos y agrios. La OMS prevé que la depresión será la enfermedad del siglo XXI.

Nouvel Observateur: Necesitamos utopías, según usted. Pero hoy éstas producen miedo y con razón: de la revolución de Octubre al 11 de Septiembre de 2001, pasando por Nuremberg, la historia nos ha enseñado que las utopías producen, sobre todo, desgracia…

Boris Cyrulnik: Ellas son al mismo tiempo necesarias y peligrosas. Crean un mundo de representación que nos hará felices. Los participantes de las sectas son felices, en un primer momento. Los miembros del Frente Nacional son felices. Y los nazis, ¡ni para que hablar! Observe las películas de Leni Riefenstahl: esos individuos jóvenes y bellos, orgullosos de ser rubios, delgados, musculosos… se trataba de una utopía criminal, pero ¡sí que los hizo felices!

 Y la utopía comunista, en mi opinión, ha sido también criminal. Pero hizo feliz a muchos corajudos proletarios que recuperaron su dignidad gracias a ella. Cuando yo estaba en la Juventudes Comunistas, ¡era formidablemente feliz! Hasta el día en que me enviaron a Rumania y a Hungría por lo buen militante que era. Un tío que era muy joven me dio direcciones de amigos que tenía que visitar allí, se trataba de veteranos de la Resistencia. 

Fui hasta ese lugar. Todos habían desaparecido, habían sido capturados por la policía. Comencé entonces a dudar, hice preguntas y lo real destruyó mi utopía. Abrí los ojos y eso me convirtió en desdichado; ya que perdí una bella esperanza, un bello relato, noviecitas, amigos, noches de teatro, compromisos “US go home”, todas esas cosas que habían encantado mi juventud.

Nouvel Observateur: ¿Fue la utopía lo que usted perdió? ¿O la camaradería, las reuniones de célula, la venta del periódico L’Humanité, es decir, el sentimiento de pertenencia?

Boris Cyrulnik: Yo habría podido conservar ese sentimiento de pertenencia (tenía dieciséis años) si los mayores a quienes yo hacía preguntas hubieran aceptado dudar y sorprenderse conmigo. El sentimiento de pertenencia como la utopía, es delicioso y peligroso. Nos ayuda a identificarnos. 

Pero cuando este sentimiento de pertenencia es cerrado, trae consigo el desprecio por los demás, la ausencia de empatía, y puede conducir al crimen. “Si yo pertenezco a la raza de los señores, que importa que los judíos mueran, que los gitanos mueran, después de todo no son completamente hombres. Vamos a purificar el mundo y eso está bien”.

Nouvel Observateur: ¿Por qué el sentimiento de pertenencia produce tanta felicidad?

Boris Cyrulnik: Opera como el mito, más el afecto. Yo estoy en un mundo confuso, no sé lo que está bien ni lo que está mal. No sé lo que me volverá fuerte. Y de pronto llega alguien, un fabricante de mitos, que puede ser un filósofo, pero que muchas veces es un soldado o un cura. 

Observo un movimiento de masas alrededor mío, que hace que este hombre sea iluminado por la mirada de los demás. Tiene un discurso –religioso, filosófico, científico– gracias al cual el mundo será al fin claro: ahora sé lo que está bien y lo que está mal, dónde están los hombres y dónde las mujeres, dónde están los buenos y donde los malos; el mundo está categorizado. Además, hay ritos que permiten ir a escuchar a este hombre maravilloso. No conozco mito sin rito. 

El contenido de su discurso nos importa un pepino. Los discursos de Hitler casi no se entendían. Pero la escenografía provocaba un trance colectivo. Le Pen encontró casi lo mismo: pasa en medio de la masa ordenada (una masa comunista no habría estado ordenada), hay hombres bellos, bien vestidos, los reflectores lo enfocan, lo siguen, cada vez más luminoso; sube una gran escalera; se voltea, abre los brazos. Los tambores suenan, los estandartes (oriflammes) se mueven. Y lloro.

Recuerdo un paciente que era realmente desdichado. No tenía ni familia, ni oficio, ni proyecto. No tenía nada. Estas son las psicoterapias más difíciles. El muchacho creía poder calmar su desdicha bebiendo, lo que, evidentemente, agravaba todo. Un día, lo vi llegar tranquilo y me dijo: estoy mejor, dejé de beber, entré al Frente Nacional. Él encontró un lugar de pertenencia, unas categorías mentales que le permitían organizar su mundo, ritos de interacción. Este muchacho se volvió feliz.

Nouvel Observateur: ¿Entre más cerrado y sectario es el grupo, es más seguro y genera más felicidad?

Boris Cyrulnik: Sin duda. El racismo, el fanatismo, la intolerancia, son euforizantes. Esta es la clave de las sectas o de los partidos extremistas. El cáncer de la democracia es la duda, puesto que se discute todo. Por lo tanto angustia. El racismo hace feliz. Usted se da cuenta: “no tengo nada que hacer, nada que probar. 

 Soy blanco, nací en un buen lugar y en una buena familia, pertenezco a la esencia humana superior”. Esta es la aristocracia de los despreciables. Yo vacilo al decir esto, pero asistimos hoy a un fenómeno comparable en los barrios: “Soy un niño nacido en la periferia, no tengo trabajo, hablo mal el idioma, no participo en la aventura social y cultural: soy humillado”.

Nouvel Observatur: “Siento odio”, como dicen…

Boris Cyrulnik: El odio que me permitirá reparar mi autoestima herida. Es maravilloso poder odiar a alguien…

Nouvel Observateur: ¿El odio hace feliz?

Boris Cyrulnik: Sí, en la medida en que, como el mito, categoriza: bien/mal, negro/blanco, ellos/nosotros. Y además refuerza el sentimiento de pertenencia: el amor del semejante y el odio del diferente. “Tienes el mismo enemigo que yo: gracias al odio, nos amaremos”. Es esto lo que vemos en los barrios, en donde estos muchachos atacan los símbolos del orden social establecido: las patrullas de los policías, los bomberos, los carros… 

He tenido muchas veces la ocasión de discutir con ellos; me aterra su euforia, la misma de los racistas después de una emboscada. La violencia y el odio tienen un efecto antidepresivo, euforizante, unificador. Es en los grupos de pertenencia humillados donde se encuentran los héroes más magníficos.

Nouvel Observateur: ¿Qué es un Héroe?

 Cyrulnik: Alguien que tiene la función de reparar la identidad de un grupo humillado, “reparar su herida narcisista”, como dicen los psicoanalistas. El héroe me representa, pertenece al mismo grupo que yo: en cierta medida es un poco de mí. Su valentía es la mía. Hoy el Medio Oriente está lleno de héroes. 

Héroes bellos, muy valientes, totalmente sometidos a un discurso social, prestos a morir por la realización de esta utopía “yo, candidato al martirio, no sólo voy a reparar a mi pueblo humillado, sino que, si por fortuna muero seré aún más amado –aún vivo– después de mi muerte. 

Gracias a mi sacrificio heroico viviré eternamente en la representación”. Esta es la trascendencia perfecta. La vida es la des-dicha (mal-heur), no les interesa. Lo que es interesante para ellos, es lo absoluto, la gran felicidad del fanático. Se está más allá de la euforia: se está en el éxtasis, que roza el sufrimiento extremo.

Nouvel Observateur: ¿Todo el mundo puede convertirse en fanático, o es asunto de ciertas personalidades?

Boris Cyrulnik: Los extasiados, los místicos, por ejemplo, son personas muy ansiosas. El éxtasis es un mecanismo defensivo. Yo pienso que son personas que no soportan el malestar de la duda. ¿Dónde está el bien, dónde está el mal? Esto no es claro. ¿Son los Palestinos o los Israelíes quienes tienen razón? Eso depende… todos vivimos en la duda y en la ambivalencia. 

Por mi parte encuentro muy tranquilizador que la gente dude. Puesto que la ambivalencia es fuente de conflictos, de debates y de evolución. La ambivalencia nos permite tomar en cuenta a los demás: “Yo quiero comprender lo que él piensa, por qué me agrede, tal vez él tiene sus razones”. 

La duda puede ser también fuente de angustia. Los que, entre nosotros, no han adquirido un mecanismo tranquilizador de control de la angustia, sufrirán hasta el momento en que alguien –Bin Laden u otro– les aporte al fin la verdad. Es así como nacen los kamikazes.

Por el contrario en una sociedad en paz, habituada a vivir en lo inmanente y lo relativo, los héroes son un poco anticuados: El Saint-Cyriens (el especialista militar) que está presto al asalto con una ametralladora y un casco con plumas de color rojo y gris, guantes blancos, es para nosotros hoy ridículo. 

Nosotros tenemos héroes instantáneos: Zidane, Kouchner, Lady Di. Un grupo que necesita héroes pequeños no hará odiseas, pero es un buen signo: eso quiere decir que vivimos un presente aceptable. Eso quiere decir también que no tenemos la misma idea de felicidad…

Nouvel Observateur: “Hay dos cosas que el hombre detesta, escribió uno de sus colegas psicoanalistas: la felicidad y la libertad…”

Boris Cyrulnik: Está dicho de una manera un poco abrupta, pero creo que es verdad. Si la libertad es una utopía, proporciona felicidad. Las utopías de la liberación son maravillosas. Pero la libertad es angustiante, ya que nos hace responsables de nuestras elecciones.

En Portugal, bajo el régimen de Salazar, había mucho sufrimiento, pobreza, desapariciones, pero no había angustia. Si todo andaba mal, se sabía quién era el responsable: los militares decían que eran los comunistas; la gente del pueblo decía que eran los curas y los militares. Había una utopía que les daba esperanza, pero sobre todo, había ritos de interacción. La gente del pueblo se encontraba a escondidas, se ayudaba, discutía. 

Eso creaba vida, vida con sentido. Cuando Salazar murió, fue necesario aumentar las consultas para la angustia, no estaba el salvador para expiar las faltas, no había un totalitario que dijese donde está la verdad, no había más enemigo que combatir para que al fin se pudiese vivir maravillosamente: la gente se convertía en dueña de su destino. La angustia aparecía junto con la libertad.

Nouvel Observateur: Hoy nuestra sociedad no lucha por la libertad, si no por el tiempo libre: las 35 horas de trabajo, las vacaciones. Para mucha gente, trabajo = desdicha; distracciones = felicidad. ¿Cree usted en ésto?

Boris Cyrulnik: La búsqueda de la felicidad inmediata conduce a la frustración. La gente en vacaciones, cuando se le impide gozar, tiene reacciones muy agresivas. Si se construye una civilización de diversiones sin sentido, yo temo que nos volvamos cada vez más agresivos. 

Por el contrario, se puede inventar una cultura de las 35 horas de trabajo. Apuesto a que aquellos que se beneficiaran de esta nueva moral de la felicidad, serán quienes tienen una doble vida, organizada alrededor de dos proyectos: un proyecto social (hay que ganarse la vida) y un proyecto personal (intentar una bella aventura).

Nouvel Observateur: Muchas personas pasan su vida imaginando cuan felices serán durante su jubilación. Y cuando llega, se hunden en la depresión.

Boris Cyrulnik: En el momento de la jubilación se observan descompensaciones sorprendentes. Pienso en ese hombre que me dijo murmurando: “Desde que estoy jubilado ya no soy nadie”. Este es el ejemplo del tipo que había invertido todo en su trabajo. Pero si el futuro está en la doble vida, la jubilación puede convertirse en una promoción. Aquellos que tengan otro proyecto de existencia, podrán realizarse.

Nouvel Observateur: Mucha gente vive con un sueño de felicidad: “si pudiera dejaría todo y me iría a vivir en Provenza. Allá, viviría con muy poco, comería ensaladas, tendría todo el tiempo para mí y mi familia”. ¿Este sueño, que muy pocos realizan, les ayuda a vivir o hace crecer su sentimiento de frustración?

Boris Cyrulnik: Hay que distinguir entre la fantasía y la mitomanía. La fantasía es un mecanismo de defensa precioso: “estoy triste, mi patrón me exaspera, mi mujer me enerva; si estuviera en Forcalquier, sería maravilloso, mi mujer sería adorable, nuestra relación se renovaría, desayunaríamos en la terraza…” En fin, toda la fantasmagoría.

 Este es un mecanismo eficaz porque, sacando a la gente de lo real, les permite sentirse bien, a pesar de estar en una realidad agresiva. El problema está en introducir la fantasía en lo real: realizar una parte de esta fantasía. “¿No puedo pagarme una casa en Fourcalquier? Pues bien, pagaré dos días en un hotel de los Alpes de Alta Provenza, que me permitirán aguantarme aún tres meses en ese oficio que detesto”. La fantasía modifica lo real y lo hace aceptable.

La mitomanía es un mecanismo diferente. El sueño está cortado de la realidad sensible e incluso no debe adaptarse a ella. Ya que el sueño es tan bello y la realidad tan miserable que lo que yo quiero como mitómano, es ser amado por la idea que usted se hace de mí. No por lo que yo soy. Usted sólo puede amarme, si soy maravilloso. Así pues, voy a mentir y encerrarme en ese mito.
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Nouvel Observateur: Otro complemento de la felicidad es la fe. En un libro reciente del Dalai Lama se lee lo siguiente: “encuestas recientes señalan que la fe contribuye de manera substancial a la felicidad y muestran que la gente que está animada por la fe, cualquiera sea, en general se sienten más felices que los ateos. Según estos estudios, la fe permite afrontar mejor la vejez, los periodos críticos o los acontecimientos traumáticos”. ¿Estos son hechos o bagatelas?

Boris Cyrulnik: Creo que es verdad. Lo he escuchado muchas veces en mis treinta y ocho años de práctica. Y he leído muchos trabajos de psicología y de sociología que van en ese sentido. Por ejemplo, hay pocos decesos de gente anciana durante las fiestas religiosas. Y después hay una avalancha de decesos. 

Esto quiere decir que estas personas son estimuladas: durante la fiesta, aún tienen el gusto por la vida –están acompañadas, hay rituales, todo es sensato–, estas personas esperan la finalización de todo esto para partir. Igualmente en el grupo de trabajo que dirigimos con Michel Mancieux, hay creyentes que nos explican hasta qué punto la creencia juega un papel importante en la resiliencia.

Pero no sólo la creencia religiosa es importante. En mi opinión, la creencia en un bello proyecto de existencia –creer en el hombre, por ejemplo– produce los mismos efectos.

Nouvel Observateur: En el ejemplo de personas ancianas, ¿qué es lo importante: la religión o los ritos sociales que rodean a la fiesta? En otras palabras, ¿no perdió nuestra sociedad una de las llaves de la felicidad, al cambiar el lazo social de antaño por el anonimato de la sociedad urbana?

Boris Cyrulnik: Cuando el lazo social es fuerte, es el mejor tranquilizante que hay. Pero también conocemos lo que provoca el exceso de tranquilizante: el estadio 1 de adormecimiento. Uno cree que es consciente y no lo es verdaderamente. Cuando el lazo es fuerte –conocí esto en una sociedad rural de mi infancia– uno está bien; se sabe quién es quién y quién hace que: cada cual tiene atribuido su función. 

Está el payaso, el jefe, el experimentado, el agitado. El grupo del pueblo tenía una función homeostásica; se autoequilibraba. Cuando alguno moría, el grupo se reacomodaba y otro tomaba su lugar.  (...)

Nouvel Observateur: Para recapitular, la felicidad no es un objeto que se pueda atrapar; la felicidad se construye en el tiempo y en el intercambio.

Boris Cyrulnik: En el compartir. El intercambio es un término comercial. Compartir es un término creador: vamos a hacer un niño, compartamos los placeres y las preocupaciones, vamos a hacer una casa. El intercambio es un placer inmediato. Compartir, es vivir juntos en lo que se ha creado. Exige el encuentro de dos mundos mentales, por lo tanto el conflicto, que es creador.

Nouvel Observateur: ¿Solo no se es feliz?

Boris Cyrulnik: Solo, nada puede desarrollarse. Los niños rumanos que hemos visto en la televisión, estaban sanos: cerebro sano, biología sana. No sabían hablar, hacían sus necesidades sobre ellos mismos, ya que no conocían la alteridad. El hombre es una especie viviente constituida por la alteridad. 

No puedo ser yo mismo sino hay otro. Incluso la bipedia no es posible si no hay un grupo: ésta es un factor cultural. Muchos de los niños abandonados caminan en cuatro patas. Y cuando llega la palabra, se crean mundos intersubjetivos, construcciones de representaciones verbales con combinaciones infinitas.

Nouvel Observateur: La felicidad es un objetivo, no un estado…

Boris Cyrulnik: El paraíso es un lugar imaginario. Uno lo busca. De la misma manera la felicidad está ligada a un lugar metafórico: Cythere. Hay que partir en su búsqueda. La felicidad no es un deber, aquí y ahora. Si está aquí y ahora, se trata entonces de la felicidad de los farmaceutas: del prozac. Pero cuando el efecto se disipa, esta felicidad desaparece. Para encontrar la felicidad es necesario de una aventura: desatar las velas y navegar."  

 (Entrevista a Boris Cyrulnik, Extraído de: Nouvel Observateur No. 1939, enero 3 del año 2002. Traducción de William González V., en Socioideas,18/08/2015)