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16/3/17

Lo nuevo y lo viejo, lo cierto y lo falso sobre la robotización... los cambios tecnológicos han llevado a un cambio en la composición y la estructura del empleo, pero no han supuesto su reducción... y existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social, tres fuentes de empleo

"Aunque el miedo a la robotización y a una tecnología que presagia el fin del trabajo no es nuevo, en los últimos meses, incluso me atrevería a decir que semanas, ese miedo se ha instalado en los salones de las casas a través de la televisión y los medios de comunicación. 

Muy especialmente, desde que la robotización se discutiera por segundo año consecutivo en el Foro de Davos el pasado mes de enero, unido con el anuncio apocalíptico de que no habrá trabajo para todos y la posibilidad de establecer una renta básica universal.

De esa manera puede pensarse que la falta de empleo no se genera por unas políticas económicas de corte deflacionista –ahora mal llamadas de austeridad- que no buscan el pleno empleo y generan un modelo de crecimiento pro-pobre distribuyendo las ganancias de la productividad de manera cada vez más desigual, sino por culpa de las máquinas. (...)

Ahora toca legitimar el sistema que está siendo cuestionado cada vez por un mayor número de personas y procesos electorales que no han salido como se esperaba, y el impacto de la robotización parece ser un buen chivo expiatorio.

A pesar de que los  informes especializados como el de Technology at Work v2.0. TheFutureisNotWhatitUsedto Be publicado en 2016 , nos habla de que el 76% de las personas encuestadas eran tecno-optimistas, frente a un 21% de tecno-pesimistas y un 3% que no se decantaba por ninguna de las dos opciones.

Es cierto que cuando se pone en marcha un proceso de cambio tecnológico, suele ir unido a la generación de muchos empleos redundantes, pero también a la aparición de otros nuevos. Como escribí hace unas semanas en este mismo periódico ( Los robots pueden cuidar de nosotros pero les traemos sin cuidado), a lo largo de la historia, los cambios tecnológicos han llevado a un cambio en la composición y la estructura del empleo, pero no han supuesto su reducción. 

El cambio tecnológico ha destruido empleo en ciertos sectores y tareas, y creado otros empleos, e incluso nuevas profesiones.

En muchas ocasiones las y los trabajadores que han visto desaparecer sus puestos de trabajo y hasta sus profesiones han tenido dificultad de reciclarse en otros sectores profesionales, derivando en una situación de paro, y una pérdida de bienestar para muchas personas e incluso para regiones enteras si estaban sectorialmente especializadas en los sectores afectados. Esto ha generado desajuste y claros perdedores y perdedoras del cambio tecnológico.

Pero, al mismo tiempo, se han generado otros empleos que, si bien no han sido necesariamente ocupados por los trabajadores que previamente habían perdido su empleo, han demostrado que el cambio tecnológico nunca ha traído el fin del trabajo. Y es muy posible que ahora tampoco, aunque los informes especializados nos lleven a pensar otra cosa.

Las estimaciones que se realizan desde grupos de investigación especializados en los cambios en empleo y robotización como el Citi GPS de la Martin School de la Universidad de Oxford, hablan citando informes del Banco Mundial, de un riesgo de trabajos reemplazados por máquinas en los próximos años de 77% para China, 72% para Tailandia, 69% para la India, un 57% en los países de la OCDE, un 47% para EE.UU, o un 35% para el Reino Unido. Aunque hay otros que reducen considerablemente estas cifras.

Se puede observar que esta pérdida de empleo afecta más a los países emergentes que a los países con renta per cápita alta como EE.UU o los de la OCDE en general, donde se concentran los mayores mercados del mundo. 

Esto tiene que ver en parte con el hecho de que si la mano de obra en ciertas fases del ciclo productivo es reemplazada por máquinas, se espera una relocalización empresarial allí donde están los mercados y no donde se concentre la mano de obra barata, como ocurre en la actualidad. Esto podría suponer un cierto alivio para las grandes potencias económicas pero no solucionaría el problema globalmente, con todos los desequilibrios y desplazamientos de población que eso podría suponer en países fuertemente poblados.

Las diferencias en el impacto geográfico de la pérdida de empleo vinculada a la robotización tienen también que ver con que hasta ahora las máquinas son mejores que las personas en tareas repetitivas o rutinarias, pero no en la creación de nuevas ideas o en la reacción a situaciones inesperadas o en el tratamiento a otros seres humanos como por ejemplo lo relativo a los trabajos de cuidados en sociedades fuertemente envejecidas. 

Así, esos mismos informes que presagian una pérdida de empleos escalofriante nos dan parte del antídoto. Existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social. Por tanto, lo que habría que hacer es invertir en industrias que requieran de trabajos que desarrollen esos aspectos y también en un sistema educativo que los potencie.

Pero el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) va precisamente en la línea de desarrollar esos aspectos más “humanos” en las máquinas que harían también a los empleos resguardados por ese triple cuello de botella, más vulnerables. Pero ni siquiera esto tiene por qué ser un problema, siempre y cuando la tecnología se ponga al servicio del bienestar de las personas y no al servicio de la acumulación de beneficios y poder en unas pocas manos.

La tecnología no es un aspecto independiente de nuestra organización social, política y económica, o de nuestras culturas. Y servirá para los intereses de quienes tengan más poder o logren imponerse sobre los demás.

 Si la concentración de poder que vivimos en la actualidad no se rompe, será difícil que los avances tecnológicos tengan un poder democratizador del bienestar común como sueñan muchas personas expertas en nanotecnología. No en vano, las menores barreras de entrada de estas tecnologías podrán suponer una democratización de las mismas y romper costuras del sistema.

De hecho, este es uno de los ejes sobre los que debe girar el debate sobre la robotización, el de las condiciones culturales y los desequilibrios de poder sociales y económicos en los que estos avances tecnológicos se desarrollarán  (...)

Los robots pueden ayudarnos a liberar tiempo de trabajo, a repartir mejor ese trabajo y a ocupar nuestros tiempo en tareas que nos satisfagan más como personas y por tanto, generar sociedades más sanas y pacíficas. Eso podría hasta facilitarnos el repartir mejor también los trabajos de cuidados no remunerados en el ámbito de la familia y la comunidad, con lo que estaríamos al mismo tiempo avanzando en igualdad de género, aspecto tan necesario para garantizar la sostenibilidad y el bienestar de nuestras sociedades.

Si miramos cómo se han distribuido las ganancias en productividad en los dos últimos siglos, veremos que no han sido principalmente en torno a liberar más tiempo de trabajo, tampoco en el ámbito doméstico. Así,  las estimaciones de Angus Madisson entre 1820 y 1998, nos hablan de que las ganancias de la productividad se han repartido más en torno al aumento salarial que en relación a la reducción de la jornada laboral, aunque ésta también se haya reducido.

 Los incrementos vinculados a la capacidad de consumo han vencido en el largo plazo 7 a 1 a la capacidad de disponer de más tiempo. Aunque la reducción de jornada ha sido muy importante y ha ayudado en el pasado, entre otras cosas, a crear empleo.

Tampoco en lo relativo al tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado se han visto reducciones muy espectaculares en tanto que la introducción de nuevas tecnologías domésticas, como puede haber sido la lavadora, ha llevado a cambios culturales en torno a la higiene más que a una reducción muy significativa del tiempo empleado en el lavado. 

O la reducción del trabajo doméstico que las nuevas tecnologías han hecho posible ha supuesto la sustitución de este tiempo por trabajo de cuidados directo a niñas y niños, también vinculado al desarrollo de nuevos modelos culturales de maternidad y paternidad.

Mientras las estimaciones sobre la pérdida de empleos son numerosas, escasean las estimaciones sobre los efectos del reparto de trabajos y beneficios , o sobre qué empleos se crearán y en qué sectores. Si miramos al pasado, esto último ocurrirá sin duda. Lo que no sabemos es en qué condiciones. 

Los propios sectores vinculados con las nuevas tecnologías y su aplicación, los servicios personales y la economía del cuidado a las personas y nuestro medioambiente, estarán sin duda entre ellos, pero la clave está en saber en qué condiciones de poder o laborales se desarrollarán esos empleos.

De hecho, los análisis que dicen que esta vez puede ser diferente y que el cambio tecnológico suponga ahora sí el fin del trabajo se basan, desde mi punto de vista, en un pilar que no tiene por qué darse. Se dice que esta vez el ritmo del cambio tecnológico es más acelerado, lo cual es cierto, y también su intensidad, que también es cierto, y, sobre todo, en que en esta ocasión, en comparación con lo ocurrido en el pasado, sus beneficios no estarán igualmente repartidos. Esto último no tiene por qué ser así.

Si las relaciones de trabajo que se establecen en estos nuevos sectores –y las que se mantienen en los que sobrevivan-, siguen las pautas actuales de distribución donde los salarios se llevan cada vez una parte menor de la tarta generando las fuertes desigualdades económicas que no paran de crecer en los últimos años, y también las pautas actuales de precarización, con relaciones laborales flexibles, mayor parcialidad, temporalidad, o contratos de cero horas que requieren de total disponibilidad y de ninguna seguridad, es muy posible que los avances tecnológicos no se pongan al servicio de las personas para avanzar en bienestar y en vidas dignas.

Pero eso no depende de la tecnología sino de las estructuras de poder que dominen nuestras sociedades, por tanto, de un cambio de sistema económico y del desarrollo de democracias reales y no de baja intensidad, disciplinantes o inexistentes como ocurre ahora en la mayor parte del mundo."            (Lina Galvez, Economía crítica y crítica de la economía, 13/03/17)

1/7/16

El capitalismo llegará a basarse en el conocimiento, impulsando su carácter social opuesto a las formas privadas de producción... en eso estamos, yendo de la economía digital al postcapitalismo

"El carácter exponencial de la economía digital y la naturaleza infinita de su input principal, la información, han detonado dos nuevas tendencias que están crecientemente conectadas. 

 Por un lado, el capitalismo necesita cada vez menos contenido de trabajo productivo; por otro, surgen nuevas actividades socialmente útiles que ocupan a cada vez más gente funcionando fuera de la lógica mercantil típica del capitalismo.

Estas lineas pretenden contribuir a la construcción de un relato que hilvana una nueva noción del progreso social y del avance de la humanidad a partir de esa íntima conexión.

El capitalismo necesita cada vez menos trabajo productivo

Los estudios que analizan la influencia tecnológica en el mercado de trabajo han ocupado no solo a grandes especialistas sino a instituciones de prestigio como el MIT que publicó un extenso informe sobre el futuro del mercado de trabajo en 2012, la Universidad de Oxford en 2013, en 2014, al Instituto Pew Research que elaboró una encuesta entre casi 2000 grandes expertos que debían responder sobre la incidencia estimada del cambio tecnólogico sobre el empleo neto en el horizonte 2025.

La conclusión dominante de esos trabajos es que se anticipan, por un lado, una oleada de desempleo que afectará especialmente a algunos grupos de especialidades cualificadas y, por otro, a cambios en la división del trabajo hombre-maquina con efectos profundos sobre el modo de producción, distribución y consumo.

Esas mutaciones se harán visibles en dos etapas: en la primera, los robots pasarán a convertirse en un objeto de uso general en muchas actividades, con efectos sustitutivos sobre efectivos humanos de cualificación media en diversos campos de la producción, administración, logística, marketing y servicios. 

La segunda etapa se verá afectada por los grandes avances en inteligencia artificial, que se ha convertido ya en una realidad cotidiana en los asistentes digitales (tipo Siri de Appel) que están en todos los teléfonos inteligentes. Cuando alcance su esplendor, podrían dejar de ser necesarios diversos perfiles de especialistas en áreas de ciencia, ingeniería y arte.

Los efectos sociales de esas transformaciones viene agudizadas por desarrollarse bajo la hegemonía absoluta del capitalismo financiero. A las desigualdades crecientes entre capital-trabajo se unirá la polarización entre los diferentes tipos de trabajadores acentuando las diferencias entre la renta del 20% de profesionales altamente cualificados y el resto de trabajadores.

Desigualdad y desempleo creciente parecen ser las señas de identidad de un futuro en el que el sistema capitalista no solo necesita cada vez menos volumen de trabajo productivo sino que no es capaz de retribuir con remuneraciones suficientes al trabajo para garantizar un nivel de vida minimo. 

La depresión consecuente del mercado de trabajo vendrá acompañado con una tendencia creciente a la deflación de precios, la baja productividad y al bajo crecimiento, con un PIB, insensible a las inyecciones monetarias que los bancos centrales están inyectando en la economías desarrolladas.

Se trata de un fenómeno general y estructural, de largo plazo que permite conectar el descenso de precios y salarios reales de bienes y servicios y el decreciendo de la cantidad de trabajo que precisan para ser producidos. Y ello, nos acerca a los postulados de la economía política clásica que, desde Adam Smith hasta Marx, conectaban el valor de un bien con la cantidad de trabajo que incorpora. 

Desde esa perspectiva, la tendencia a la disminución de la necesidad del trabajo humano en el mercado capitalista ya está operativa, y se comienza a percibir en nuestras sociedades en la forma de una disminución generalizada del tiempo de trabajo: las fórmulas de trabajo a tiempo parcial van progresando, las fronteras entre tiempo de trabajo profesional y tiempo dedicado a actividades no remuneradas comienzan a difuminarse, las carreras irregulares combinando periodos de trabajo asalariado o profesional y otras actividades proliferan. 

En otras palabras en la economía digital el pleno empleo, el de las carreras regulares a cuarenta horas semanales, se vuelve imposible, especialmente, en un contexto de agotamiento del modelo de organización neoliberal capitalista iniciado en la década de los 80.

Crecen las actividades que se articulan al margen del mercado 

Todos los economistas que se dedicaron a la economía política prestaron siempre gran atención a la base tecnológica del modo de producción. En concreto, Marx en su Fragmento sobre las máquinas, (incluido en los Grundisse) escribió un par de páginas en las que apunta que la ruta de escape del capitalismo es el intelecto social. 

Así, vislumbró con clarividencia una situación en la que el capitalismo llegaría a basarse en el conocimiento, impulsando su carácter social opuesto a las formas privadas de producción. Un momento en el que “el capital trabaja para su propia disolución”, en el que el principal factor de producción es la inteligencia colectiva, y “el desarrollo libre de las individualidades” trae como resultado la “reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo”.

 Ese planteamiento brillantemente rescatadas para la izquierda por Paul Mason en su Poscapitalismo (Paidos, 2016) , abre una vía para enjuiciar la transición desde el agotado modelo actual hasta un modo de producción alternativo que estaría germinando desde las propias entrañas capitalistas.

Lo cierto es que, junto a la expulsión gradual de trabajadores del mercado capitalista, han comenzado a surgir nuevas relaciones de producción informales, facilitadas por el cambio tecnologico, que caen completamente fuera de la esfera del mercado, acompañadas de modos de distribución y consumo abiertas, libres, sin precio. 

Pensamos que prefiguran un nuevo modo de producción que es hijo de la aceleración tecnológica nacida de la digitalización masiva de los procesos economicos que maneja un volumen de información que tiende a infinito, la procesa casi instantáneamente, la reproduce de modo ilimitado y la incorpora a multiples actividades que se nutren necesariamente de relaciones colaborativas.

Hay productos como Wikipedia, donde colaboran 75.000 voluntarios organizados en torno a una nueva jerarquía funcional que han construido la enciclopedia más vasta del mundo, con costes nulos de capital y trabajo. Se han realizado más de 500 mil millones de correcciones desde su creación, va siendo mejorada por sus propios usuarios, y es un producto libre, colaborativo y permanentemente actualizado. 

Todo el proceso se construye desde una lógica no mercantil: se alimenta desde la colaboración de las multitudes para compartir el saber (o crowd wisdom) y se financia desde el micropatrocinio a través de la aportación de fondos sin contrapartida (o crowdfunding).

No siempre es así. Los nuevos modos colaborativos a veces se insertan en procesos más complejos en los que la lógica mercantil termina apareciendo y pugnando por ser dominante. La rapidez en que se ha cimentado el liderazgo de Android, el sistema operativo de Google para movil, es su capacidad para crecer y adaptarse a distintos requerimientos de los fabricantes a partir de un nucleo Linux de código abierto. 

Con sus conflictos, el conjunto de relaciones que propicia, se alimenta de una red de aplicaciones que combinan contribuciones universales y compartidas, no mercantiles, con otras exclusivas, regidas por la lógica del coste y el beneficio tradicional.

La extensión de los “creative commons” han sido determinantes en la universalización de las actividades culturales y creativas que son el cimiento de la nueva economía de los intangibles. Se trata de licencias copy left en las que el creador organiza las prioridades de uso de sus obras anteponiendo que se cite su autoría sobre cualquier otra consideración mercantil asociada al copy right.  

Al poner el foco en la propiedad intelectual, quitan cualquier sentido transaccional a la reutilización de los contenidos y facilitan que el trabajo creativo se comparta rápidamente. En Noviembre de 2014 había ya 880 millones de trabajos estimados dentro de esta categoría. 

Ese altísimo volumen de producción creativa ha creado nuevos cuellos de botella en las que el control de la distribución se vuelve a convertir en el elemento determinante para el éxito. Es en esas fases donde los contenidos creados acaban sucumbiendo a nuevas plataformas, tipo Spotify, en las que la lógica mercantil se impone y reproduce esquemas que sigue sin retribuir como merece al creador.

Por último, el conjunto de actividades que caen bajo la categoría de “contenido generado por los usuarios” no solo se limitan a subir a la red blogs, fotos o videos personales, sino que tambien aportan valores crecientes a los procesos de decisión, añadiendo, por ejemplo, transparencia y control sobre la calidad de los servicios de hoteles, restaurantes o servicios; o alimentando los foros de discusión que resuelven cuestiones que antes atendían los departamentos comerciales, de atención al cliente y de mantenimiento, solucionando problemas e incidencias. Son actividades socializadas que quedan fuera del mercado pero que sustituyen a operaciones internas que antes realizaban y costeaban todas las empresas.

Dos modos de producción en disputa. 

La disputa entre esos modos de producir, el nuevo regido por pautas colaborativas y abiertas y el viejo regido por la lógica mercantil, se hace evidente. Aunque la hegemonía de lo mercantil permanece al conseguir apropiarse del plus producto generado bajo los nuevos modos de producción, convirtiendo a estos en modos subalternos, es evidente que la disputa se generaliza, mucho más cuando la transformación tecnológica expulsa a cada vez más trabajadores de los procesos productivos.

La socialización de esos procesos incorporarían cifras escalofriantes al PIB de los paises si pudieran ser medidas, pero, al no hacerlo, ocultan un fenómeno de una magnitud nunca imaginada: todo un nuevo sector en crecimiento, que viene a unirse a la emergencia de una oleada de nuevas actividades en el ámbito de la economía social y solidaria y de la innovación social.

Este nuevo sector lo identificamos con el sector postcapitalista de la economía. Lo que defendemos es que la irrupción de la economía digital está abriendo las puertas a una transición desde el sistema capitalista a otro nuevo sistema, que el mercado y el capital van a ir coexistiendo de modo creciente con un sector que no opera con la lógica del beneficio ni con la lógica del mercado. 

Al igual que ocurrió en la larga y compleja transición entre el modo feudal y el capitalista, en la que convivieron lógicas muy diversas durante mucho tiempo, la descomposición del sistema neoliberal nos muestra ya las entrañas de los modos post-capitalistas.

Con ello se cierra el círculo: la expulsión creciente de trabajadores fuera del sistema mercantil se está viendo acompañada por el crecimiento de actividades que, teniendo utilidad social, ya no se mueven dentro de la lógica del sistema. Por una parte, el sistema capitalista construyendo una modernidad ficticia que desprecia la actividad productiva, expulsa trabajo, aboca a la desigualdad y se mueve en espasmos de burbuja en burbuja; por otro, el sistema poscapitalista, creando actividad y empleo en modos que las estadísticas no son capaces de medir.

Todo se pone patas arriba. La hegemonía de lo mercantil en el sistema productivo no solo se debilita por debajo, en las nuevas formas colaborativas que nacen al margen, sino también por arriba, donde lo financiero le come el espacio de la rentabilidad. La financiarización de la economía, la obsesión por crear valor financiero al accionista mediante plusvalías en los mercados, acelera la concentración empresarial y detrae recursos crecientes al sistema productivo que queda debilitado también desde la propia lógica mercantil. 

El nuevo capitalismo, el patrocinado por las grandes empresas tecnológicas, queda tambien subyugado por la obsesión financiera y acelera la construcción de monopolios, cuyas barreras de entrada se nutren ya de su potencia financiera, la lentitud de las instituciones para abordar nuevos marcos regulatorios y en el perfeccionamiento de modos de elusión fiscal aprovechando los resquicios en el control de los flujos intangibles internacionales.

La renta básica universal, parte del mismo debate

Es lógico que, en este contexto, aparezca la renta básica universal como parte de las soluciones. Pero ésta no debería ser enfocada solamente como una respuesta a las secuelas de pobreza que acarrea la crisis, sino que tiene un recorrido mucho más largo: es consecuente con una situación en la que la tecnología va sustituyendo al trabajo remunerado y el propio capitalismo comienza a expulsar el trabajo productivo y merma su mercado interno por falta de consumo.

 En ese contexto, al sistema no le queda más remedio que aceptar soluciones del tipo renta de subsistencia, a pesar de operar al margen de la lógica mercantil que lo contempla como ociosidad alienante y desincentivadora de la busqueda de empleo.

El reto, por tanto, es conectar su necesidad con nuevos mecanismos de valoración de la utilidad social de las diferentes actividades que crecen por todos lados al margen de la lógica de precios y costes. Son los espacios del no-capitalismo, las consecuencias de las formas crecientes del post-capitalismo que es necesario impulsar incorporándolas al relato de la transición hacia una verdadera modernidad."                     (Ignacio Muro, Miguel Escudero, Economistas frente a la crisis, 21/06/16)

10/2/16

Salvo en el Sur más rural, la vida cotidiana de todos los norteamericanos cambió hasta hacerse irreconocible entre 1870 y 1940

"En los años 60s hubo una breve ola popular de “futurismo” de libros y artículos que trataban de prever los cambios del porvenir. Una de las obras más conocidas y, desde luego, la más detallada, fue The Year 2000 (1967), de  Herman Kahn y Anthony J. Wiener, que ofrecía, entre otras cosas, una lista sistemática de innovaciones tecnológicas que Kahn y Wiener consideraban “muy probables en el último tercio del siglo XX”.

Por desgracia, los dos autores estaban en su mayor parte equivocados. No erraron demasiado a la hora de prever transformaciones que se corresponden de modo reconocible con todos los elementos principales de la revolución de la tecnología de la información, entre ellos los “smartphones” e Internet. 

Pero la mayoría de las innovaciones predichas (“plataformas voladoras individuales”) no se habían materializado para el año 2000…y todavía están por llegar, década y media después.

La verdad es que si nos alejamos de los titulares acerca del último artilugio, se hace evidente que hemos hecho muchos menos progresos desde 1970 — y hemos experimentado una alteración mucho menor de los elementos fundamentales de la vida  — de los que casi cualquiera esperaba. ¿Por qué?

Robert J. Gordon, un distinguido macro­economista e historiador económico de la Northwestern University, lleva mucho tiempo argumentando en contra del tecno-optimismo que satura nuestra cultura, con su constante afirmación de que estamos en medio de cambios revolucionarios.

 Empezando por el auge del frenesí de las punto.com, ha apelado repetidas veces a mantener la perspectiva: las transformaciones de la tecnología de la información y la comunicación, ha insistido, no se condicen con pasados logros. 

Concretamente, ha sostenido que la revolución de la tecnología de la información es menos importante que cualquiera de las cinco Grandes Invenciones que impulsaron el crecimiento entre 1870 y 1970: la electricidad, las redes de saneamiento urbanas, los productos químicos y farmacéuticos, el motor de combustión interna y la comunicación moderna.

En The Rise and Fall of American Growth [“Ascenso y caída del crecimiento norteamericano”], Gordon hace doblete con ese tema, declarando que el tipo de rápido crecimiento económico que todavía damos por hecho y esperamos que continúe para siempre ha sido de hecho un acontecimiento de los que suceden sólo una vez. 

Primero llegaron las Grandes Invenciones, que datan casi todas de finales del siglo XIX. Luego llegó el refinamiento y la explotación de esas invenciones, proceso que llevó tiempo y que ejerció su efecto máximo sobre el crecimiento económico entre 1920 y 1970. Todo ha sido desde entonces un débil eco de esa gran ola y Gordon no espera que vayamos a ver nada semejante.

¿Está en lo cierto? Mi respuesta es un decidido tal vez. Pero acabe uno o no estando de acuerdo con la tesis de Gordon, esta tesis bien vale la pena su lectura: una combinación magistral de profunda historia tecnológica, vivos retratos de la vida cotidiana de las últimas seis generaciones y cuidados análisis económicos. 

Puede que los no economistas encuentren densos algunos de los gráficos y cuadros, pero Gordon nunca pierde de vista a la gente de verdad y a sus verdaderas vidas tras esos gráficos. Este libro pondrá en tela de juicio nuestras visiones acerca del futuro; transformará definitivamente la forma en que vemos el pasado.

Desde luego, casi la mitad del libro está dedicada a cambios que tuvieron lugar antes de la II Guerra Mundial. Otros hay que han cubierto este terreno, y muy notablemente Daniel Boorstin en The Americans: The Democratic Experience. Aun conociendo, sin embargo, esta literatura, me ha fascinado el relato que hace Gordon de los cambios forjados por las Grandes Invenciones. 

Tal como él dice, “Salvo en el Sur más rural, la vida cotidiana de todos los norteamericanos cambió hasta hacerse irreconocible entre 1870 y 1940.” La luz eléctrica substituyó a las velas y el aceite de ballena, los retretes de cisterna a las casetas con letrina, los coches y los trenes eléctricos reemplazaron a los caballos (en la década de 1880s, había partes del distrito financiero de Nueva York con más de metro y medio de estiércol).

Mientras tanto, las labores agotadoras tanto en el lugar de trabajo como en el hogar se vieron substituidas por empleos bastante menos onerosos. Se trata de un aspecto que a menudo pierden de vista los economistas, que tienden a pensar solamente en de cuanto poder adquisitivo dispone la gente, y no en lo que tienen que hacer para conseguirlo, y Gordon realiza un importante servicio al recordarnos que las condiciones en las que trabajan hombres y mujeres son tan importantes como las cantidades que les pagan.

Aparte de que se trate, sin embargo, de una historia interesante, ¿por qué tiene su importancia estudiar esta transformación? Principalmente, sugiere Gordon  — aunque estas palabras son mías, no suyas — para proporcionar un punto de referencia. 

Lo que ocurrió entre 1870 y 1940, sostiene, y yo estaría de acuerdo, es a lo que se asemeja una verdadera transformación. Cualquier declaració acerca del actual progreso se tiene que comparar con ese punto de referencia para ver hasta qué punto se condice.

Y es difícil no estar de acuerdo con él en que no ha sucedido nada desde entonces que sea ni remotamente. La vida urbana en Norteamérica en vísperas de la II Guerra Mundial ya era reconociblemente moderna; usted o yo podíamos caminar hasta un apartamento de los años 40, con su instalación de fontanería, hornillos de gas, luz eléctrica, nevera y teléfono, y lo encontraríamos básicamente funcional. Nos disgustaría la falta de television y de Internet, pero no nos sentiríamos horrorizados o indignados.

Por contraposición, los urbanitas norteamericanos de 1940 que entraran en alojamientos al modo de 1870 — cosa que podían hacer todavía en el Sur más rural— se sentían desde luego horrorizados e indignados. La vida progresó de manera fundamental entre 1870 y 1940 de un modo como no ha vuelto a suceder desde entonces.

Ahora bien, en 1940 muchos norteamericanos vivían ya en lo que era reconociblemente el mundo modern, pero muchos otros, no. Lo que sucedió en los siguientes treinta años fue que una mayor maduración de las Grandes Invenciones que llevó a ingresos rápidamente en ascenso y a la difusión de esa forma de vida moderna al conjunto del país.

 Pero luego todo se volvió más lento. Y sostiene Gordon que es probable que la ralentización sea permanente: la gran era del progreso ha quedado detrás de nosotros.  

Pero ¿es sólo que Gordon viene de la generación equivocada, incapaz de apreciar las maravillas de la ultimísima tecnología? Sospecho que cosas como las redes sociales suponen una diferencia positiva en la vida de la gente mayor de lo que él reconoce. Pero hace dos observaciones realmente magníficas que arrojan mucha agua fría sobre las afirmaciones de los tecno-optimistas.

En primer lugar, apunta que que las innovaciones auténticamente de envergadura traen normalmente grandes cambios en las prácticas comerciales, en la apariencia de los lugares de trabajo y en cómo funcionan. 

Y hubo algunos cambios de acuerdo con esas líneas entre mediados de los 90 y mediados de la primera década del 2000, pero no gran cosa desde entonces, lo que es evidencia de la afirmación de Gordon de que el principal impacto de la revolución tecnológica ya ha tenido lugar.

En segundo lugar, uno de los argumentos principales de los tecno-optimistas es que las estimaciones oficiales del crecimiento restan importancia al alcance real del progreso, porque no dan plenamente cuenta de las ventajas de bienes verdaderamente nuevos. Gordon reconoce este extremo, pero advierte que fue siempre así y que el sobreentendido que da por sabido el progreso fue  probablemente mayor durante la gran transformación de preguerra de lo que es hoy.

Así pues, ¿qué nos dice esto acerca del futuro? Gordon sugiere que el futuro va a verse caracterizado con suma probabilidad por niveles de vida estancados para la mayoría de los norteamericanos, porque los efectos de ralentizar el progreso tecnológico se verán reforzados por un conjunto de “vientos de cara”: creciente desigualdad, parón en los niveles educativos, población envejecida y más cosas.

Resulta una predicción estremecedora para una sociedad cuya imagen de sí misma, y se puede decir que su misma identidad, está ligada a la expectativa de progreso constante. Y hay que preguntarse acerca de las consecuencias sociales y políticas de otra generación de estancamiento y de declive en los ingresos de la clase trabajadora.

Por supuesto, Gordon podría estar equivocado: tal vez estemos en el umbral de un cambio transformador, digamos, de la inteligencia artificiall o de un progreso radical en la biología (lo que plantearía sus riesgos). Pero argumenta su postura de forma sólida. Quizás es que el futuro ya no es lo que solía ser."

 Robert Gordon - The Rise and Fall of American Growth - The U.S. Standard of Living Since the Civil War [ “Ascenso y caída del crecimiento norteamericano – El nivel de vida norteamericano desde la Guerra Civil” ], Princeton University Press, 2015.    (Paul Krugman , Sin Permiso, 31/01/2016)

8/6/12

El capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

"La cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido tan de actualidad: se plantea hoy de una manera novedosa y con la necesidad urgente de una radicalidad nueva. Debido a su propio desarrollo, el capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

La crisis del sistema se manifiesta tanto a nivel macro-económico como a nivel micro-económico. La principal causa es el cambio radical tecno-científico que introduce una ruptura en el desarrollo del capitalismo y arruina, con sus repercusiones, la base de su poder y su capacidad para reproducirse. Intentaré analizar esta crisis primero bajo la perspectiva macro-económica [1], y segundo a través de sus efectos en el funcionamiento y la gestión de las empresas [2]. (...)

La informatización y la robotización han permitido producir cada vez más mercancías con cada vez menos trabajo.  (...)

 La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficientemente rentables. (...)

Las cifras prueban que se ha alcanzado este límite. La acumulación productiva de capital productivo no ha dejado de experimentar una regresión. (...)

 En Francia, la inversión productiva de las empresas del CAC 40 ni siquiera aumenta cuando sus beneficios se multiplican.

Puesto que la producción ya no es capaz de valorizar todos los capitales acumulados, una parte creciente de ellos se queda bajo la forma de capital financiero. Se constituye una industria financiera que no deja de refinar el arte de hacer dinero comprando y vendiendo solamente diversas formas de dinero (...)

La masa de capital que la industria financiera drena y gestiona supera desde luego la masa de capital que valoriza la economía real (el total de los activos financieros representa 160.000 millones de millones de dólares, es decir de tres a cuatro veces el PIB mundial). 

El “valor” de este capital es puramente ficticio; descansa en gran parte sobre el endeudamiento y el “good will”, es decir sobre anticipaciones: la Bolsa capitaliza el crecimiento futuro, los beneficios futuros de las empresas, el futuro alza de los precios inmobiliarios, las ganancias que podrán aportar las reestructuraciones, fusiones, concentraciones, etc… (...)

La capitalización de las anticipaciones de beneficios y crecimiento mantiene un endeudamiento creciente, alimenta la economía en liquidez, debidos al reciclaje bancario de plus-valías ficticias, y permite a los Estados-Unidos un “crecimiento económico” que, basado en el endeudamiento interno y externo, es claramente el motor principal del crecimiento mundial (incluso del crecimiento chino).  (...)

Siempre podremos culpar a la especulación, a los paraísos fiscales, a la opacidad y a la falta de control de la industria financiera (en particular los “hedge funds”), pero la amenaza de depresión, incluso de colapso que pesa sobre la economía mundial, no se debe a la falta de control: se debe a la incapacidad del capitalismo de reproducirse. (...)

La “reestructuración ecológica” sólo puede agravar la crisis del sistema. Es imposible evitar una catástrofe climática sin romper de manera radical con los métodos y la lógica económica que impera desde hace 150 años.  (...)

Por tanto el decrecimiento es un imperativo de superviviencia. Pero supone otra economía, otro estilo de vida, otra civilización, otras relaciones sociales. Sin estas premisas, sólo se podrá evitar el colapso a través de restricciones, racionamientos, repartos autoritarios de recursos característicos de una economía de guerra.  (...)

Ya conocemos la forma bárbara. Prevalece en varias regiones de África, dominadas por jefes de guerra, por el saqueo de las ruinas de la modernidad, las masacres y tráfico de seres humanos, en un panorama de hambrunas. Los tres Mad Max eran novelas de anticipación.  

En cambio, no se suele plantear una forma civilizada de salida del capitalismo.  (...)

Proyectar otra economía, otras relaciones sociales, otros métodos y medios de producción y otros modos de vida se tacha de “irrealista”, como si la sociedad de la mercancía, del asalariado y del dinero fuera infranqueable. 

En realidad una multidud de indicios convergentes sugieren que ya se ha iniciado esta superación y que las probabilidades de una salida civilizada del capitalismo dependen ante todo de nuestra capacidad de distinguir las tendencias y las prácticas que anuncian su factibilidad. (...)

Con la especialización, la división y la mecanización del trabajo en grandes instalaciones, los trabajadores se convirtieron en los apéndices de las megamáquinas del capital. Se tornó así imposible para los productores apropiarse de los medios de producción.

Gracias a la eliminación del poder de aquéllos sobre la naturaleza y el destino de los productos, se ha asegurado al capital el cuasi-monopolio de la oferta, es decir el poder de anteponer en todos los ámbitos las producciones y los consumos más rentables, así como el poder de crear los gustos y deseos de los consumidores y la manera con la que iban a satisfacer sus necesidades. Este poder es el que la revolución informacional empieza a agrietar. (...)

En un primer momento, el objetivo de la informatización fue la reducción de los costes de producción. Para evitar que esta reducción de costes conllevara la correspondiente baja de los precios de las mercancías, había que, en la medida de lo posible, sustraerlas a las leyes del mercado. Esta sustracción consistía en conferir a las mercancías cualidades incomparables gracias a las que parecen no tener equivalente y dejan de ser por tanto simples mercancías.

El valor comercial (el precio) de los productos tenía, por lo tanto, que depender más de sus cualidades inmateriales no medibles que de su utilidad (valor de uso) sustancial. Estas cualidades inmateriales -el estilo, la novedad, el prestigio de la marca, la rareza o “exclusividad”- tenía que conferir a los productos un estatuto comparable al de las obras de arte. (...)

 Las cualidades inmateriales incomparables proporcionan a la empresa productiva el equivalente de un monopolio y la posibilidad de asegurarse una renta de novedad, rareza, exclusividad. (...)

 De un punto de vista económico, la innovación no crea valor: es el medio para crear una rareza fuente de renta y conseguir un sobreprecio en detrimento de los productos competidores. La parte de la renta en el precio de una mercancía puede ser diez, veinte o cincuenta veces más grande que su coste de producción, y no sólo se aplica a los artículos de lujo; también se aplica a los artículos del día a día como zapatillas de deporte, camisetas, móviles, discos, pantalones vaqueros, etc… (...)

 La aceleración de la obsolescencia, que va de la mano con la menor durabilidad de los productos y de la menor facilidad para repararlos, se convierte en el medio decisivo para aumentar el volumen de ventas. Obliga a las empresas a inventar continuamente necesidades y deseos nuevos, a atribuir a las mercancías un valor simbólico, social, erótico, a difundir una “cultura del consumo” que apuesta por la individualización, singularización, rivalidad, envidia, es decir, lo que he llamado en otro escrito la “socialización antisocial”.

En este sistema todo se opone a la autonomía de los individuos; a su capacidad de reflexionar juntos sobre sus objetivos y necesidades comunes; de concertarse sobre la mejor manera de eliminar el despilfarro, de ahorrar recursos, de elaborar juntos, como productores y consumidores, una norma común de lo suficiente -lo que Jacques Delors llamaba una “abundancia frugal”.  (...)

Sin embargo, la “dictadura de las necesidades” pierde fuerza. La influencia que las empresas ejercen sobre los consumidores se vuelve más débil a pesar del aumento exponencial de los gastos para el marketing y la publicidad. La tendencia a la autoproducción gana de nuevo terreno gracias al peso creciente que tienen los contenidos inmateriales en la naturaleza de las mercancías. El monopolio de la oferta escapa poco a poco al capital.

 No era difícil privatizar y monopolizar contenidos inmateriales mientras los conocimientos, ideas, conceptos utilizados en la producción y concepción de las mercancías se definían en función de máquinas y de artículos en los que se incorporaban para un uso concreto. Máquinas y artículos se podían patentar y la posición de monopolio quedaba protegida. 

La propiedad privada de los conocimientos y de los conceptos se hacía posible, ya que eran inseparables de los objetos que les materializaban. Eran un componente del capital fijo. Pero todo cambia en el momento en que los contenidos inmateriales no son inseparables de los productos que los contienen, ni siquiera de las personas que los poseen; cuando acceden a una existencia independiente de todo uso particular y se convierten en susceptibles de ser reproducidos en cantidades ilimitadas por un coste ínfimo, tras su traducción en programas. 

Entonces se pueden convertir en un bien abundante que, por su disponibilidad ilimitada, pierde cualquier valor de cambio y cae en el dominio público como bien común gratuito - salvo si se consigue impedirlo al prohibir el acceso y el uso ilimitados para los cuales está hecho. 

El problema que enfrenta “la economía del conocimiento” proviene del hecho de que la dimensión inmaterial de la que depende la rentabilidad de las mercancías no es, en la edad de la informática, de la misma naturaleza que éstas últimas: no es propiedad privada ni de las empresas ni de sus colaboradores; no tiene un carácter privatizable y no puede por consiguiente convertirse en una verdadera mercancía. (...)

 Así la economía del conocimiento se basa en una riqueza cuya vocación es la de ser un bien común, y los patentes y copyrights que debieran privatizarlo no cambian nada: la era de la gratuidad se expande de manera irrefrenable. La informática y el Internet atacan las bases del reino de la mercancía. Todo lo que se traduce en lenguaje numérico y reproducible, comunicable sin gastos tiende irresistiblemente a convertirse en un bien común, incluso en un bien común universal cuando es accesible a todos y utilizable por todos.  (...)

Más de 200 millones de referencias están actualmente accesibles bajo licencia “creative commons”.  (...)

Lo importante por el momento es que la principal fuerza productiva y la principal fuente de rentas caen progresivamente en el dominio público y tienden hacia la gratuidad; que la propiedad privada de los medios de producción y por tanto el monopolio de la oferta son cada vez menos posibles; que por consiguiente la influencia del capital sobre el consumo se relaja y éste puede tender a emanciparse de la oferta mercantil. 

Se trata aquí de una ruptura que ataca la base del capitalismo. La lucha emprendida entre los “programas propietarios” y los “programas libres” (libre, “free”, es también el equivalente en inglés de “gratuito”) ha sido el inicio del conflicto central de esta época.

Se extiende y se prolonga en la lucha contra la mercantilización de las riquezas primas -la tierra, las semillas, el genoma, los bienes culturales, los saberes y las competencias comunes que constituyen la cultura cotidiana y que son las condiciones previas a la existencia de una sociedad. Del resultado de esta lucha dependerá que la salida del capitalismo tenga lugar de forma civilizada o bárbara. 

Salir del capitalismo implica necesariamente nuestra emancipación de la influencia que ejerce el capital sobre el consumo y de su monopolio sobre los medios de producción. Significa restablecer la unidad del sujeto de la producción y del sujeto del consumo y retomar la autonomía en la definición de nuestras necesidades y de su modo de satisfacción.  (...)

Las herramientas high-tech existentes o en curso de desarrollo, generalmente comparables a periféricos de ordenadores, apuntan hacia un futuro donde prácticamente todo lo necesario y deseable podrá ser producido en talleres cooperativos o comunales; donde las actividades de producción se podrán combinar con el aprendizaje y la enseñanza, con la experimentación y la investigación, con la creación de nuevos gustos, perfumes y materiales, con la invención de nuevas formas y técnicas agrícolas, de construcción, de medicinas, etc… (...)

Dos circunstancias abogan en favor de este tipo de desarrollo. La primera es que existe bastante más know-how, talento y creatividad de lo que la economía capitalista es capaz de utilizar. Este excedente de recursos humanos sólo puede ser productivo en una economía donde la creación de riqueza no se someta a criterios de rentabilidad. La segunda es que “el empleo es una especie en vía de extinción”.

No digo que estas transformaciones radicales vayan a tener lugar. Sólo digo que por primera vez podemos querer que se realicen. Los medios existen, así como la gente que los ponen en práctica metódicamente. "                (Jaque al neoliberalismo, 01/06/2012, 'El fin del capitalismo ya ha comenzado', de     André Gorz, Decrecimiento)