Desde la Inquisición y los juicios contra las brujas de Salem, pasando por los juicios soviéticos de la década de 1930 y Abu Ghraib, se han utilizado variedades de “interrogatorio extremo”, o tortura física y mental sin disimulo para obtener “confesiones” religiosas o políticas.
29/1/19
No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos. No poseemos ningún acceso directo a la verdad histórica, y lo que nos parece cierto o afirmamos que lo es se basa tanto en nuestra imaginación como en nuestros sentidos...
Desde la Inquisición y los juicios contra las brujas de Salem, pasando por los juicios soviéticos de la década de 1930 y Abu Ghraib, se han utilizado variedades de “interrogatorio extremo”, o tortura física y mental sin disimulo para obtener “confesiones” religiosas o políticas.
28/2/11
La memoria se fija en la niñez y nos da identidad: lo primero que se aprende es lo último que se olvida
La infancia es la caja negra de la memoria. En la ahora famosa película El discurso del Rey, candidata a 12 oscars, el personaje que encarna Colin Firth (Jorge VI) le confiesa detalles de su infancia a Lionel Logue (Geoffrey Rush), su excéntrico logopeda.
Y en ese relato sobre las maldades que sufrió de niño descubre Lionel la raíz de la tartamudez de su ilustrísimo cliente.
La memoria, dice el doctor Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante, almacena "los recuerdos intensos, las amenazas; y cuando esos recuerdos proceden de la infancia son más difíciles de eliminar".
Durante un periodo de tiempo, eso que está en la memoria desde la infancia "puede ser borrado, reforzado o cambiado, pero pervive sobre todo lo que viene de la niñez, que es la memoria más vívida". "Mire, por ejemplo", dice Belmonte, "Ciudadano Kane... Lo único que Kane recuerda es Rosebud, el nombre de su trineo...".
La infancia, en efecto, envía postales. Hay un libro de Llamazares, Escenas de cine mudo, en el que aparecen "muchas de esas postales que la infancia nos envía". "El metabolismo sentimental de las personas lo marca la infancia". Y la memoria que se nutre de ese metabolismo "es un campo de arenas movedizas, como un banco de nubes que dejan pasar la luz o que la niegan".
La memoria, dice Soledad Puértolas, novelista, "nos sitúa en la infancia; en ese recuerdo estás". Ella recibe postales, por decirlo así, "de compañía y de soledad". Y cuando son de compañía le viene la imagen de su abuela materna. "Ella es la referencia del cariño incondicional, la metáfora de la persona que nunca te deja".
Y la postal de su soledad es el balcón del piso que tenían en Zaragoza. Sería imposible vivir sin olvido, por mucha insistencia que ponga la infancia en enviar postales. "Así que borras aquello que no quieres que haya sucedido". Pero vuelve; es la esencia de la literatura, "que deja volver también los recuerdos indeseados". (...)
Pero la memoria no solo tiene su lugar de nacimiento (en la infancia), a partir de los tres años, sino que tiene un sitio.
El doctor Jorge Tizón, psiquiatra, psicólogo y neurólogo, autor de varios libros de su especialidad, está de acuerdo con Llamazares: hay muchas memorias (la psicológica, la neurológica, la endocrina, la inmunitaria...), todas nos permiten reacciones (el amor, el odio...), pero la que más nos importa, la que el común de los mortales llama simplemente memoria, "es la que nos proporciona identidad".
Hay maneras de agredir a esta memoria, hay formas de traumatizarla con sufrimientos y otras alteraciones. Cuando esto se produce en la infancia, cuando más postales estamos percibiendo para enfrentarnos luego a la vida, "se producen estragos que duran en forma de alergias y otros inconvenientes".
Entre estas alteraciones está, por ejemplo, la afección que ahora resulta tan famosa que parece de ficción: la tartamudez del rey Jorge VI.
Todo lo que recordamos más nítidamente nace a los tres años, y ese almacenamiento más puro dura hasta la adolescencia. Luego, la memoria empieza a ser quebradiza; a los 40 años tenemos charcos, a los cincuenta ya hay lagunas, y la memoria empieza a causar malas pasadas cuando superamos los sesenta.
Y hay un momento, dice el doctor Tizón, en que se deshace la memoria; por ejemplo, a causa del alzhéimer. "No solo se deshacen los recuerdos; se deshace la identidad... Las experiencias están ahí, en el hipocampo, donde se almacenan". En esa "unidad central de procesamiento" están. El alzhéimer los aleja. La infancia los hace durar.
Estamos programados genéticamente, dice el doctor Tizón; el sistema nervioso va diciendo cuánta memoria nos queda, y nada detiene ese proceso cuya intensidad marca la infancia. Los medicamentos no impiden la acción del tiempo sobre el hipocampo. Ahí se concentra el temor que animaba esta frase de Henry James que recuerda Tizón: "La mayor fuente de terror en la infancia es la soledad".
Y la felicidad es lo que hace sólido el recuerdo que más cuesta perder. Esas postales de las que habla Krüger y en las que insiste, por ejemplo, la memoria de Maragall.
Andrés Trapiello, que narra su vida en diarios, considera que fijar lo que sucede "sirve para reconstruir la memoria, pues si esta actúa te ha de hallar recordando". La memoria es "un movimiento continuo"; "hay un libro mío, El arca de las palabras, que nace de mi recuerdo de cómo aprendí el significado de una serie de palabras que descubrí en mi infancia.
Ahí relaciono los recuerdos con las primeras palabras, y por tanto con la infancia". La infancia "es intensiva (la edad adulta es extensiva). Nos obliga a sumergirnos, a ahondar (la memoria involuntaria de Proust). La edad adulta discurre, se extiende. La infancia es un territorio ilimitado, insondable; la edad adulta tiene límites". (...)
José María Ruiz Vargas, catedrático de Psicología de la Memoria en la Universidad Autónoma de Madrid, cree que, para los creadores, y para todo el mundo, "la memoria es como un cesto de cerezas; nos esforzamos un poco, y ahí está la memoria enviándonos postales, casi siempre de la infancia".
¿Y por qué de la infancia? "Porque a esa edad estamos abiertos a todo tipo de estímulos; somos esponjas, inmaduros, y guardaremos esas memorias hasta que nos muramos". Además, dice Ruiz Vargas, "a partir de los 35 años ya recordamos mucho más nítidamente todo lo que nos ocurrió hasta los quince. Ahí hay una avalancha de recuerdos que son los que, por decirlo con esa metáfora, nos vienen en las postales...". (El País, 26/02/2011, p. 30/1)
16/12/09
La memoria del miedo se puede borrar sin utilizar fármacos
Un método para bloquear las memorias del miedo. Es puramente psicológico, no usa fármacos. Aprovecha la fase de reconsolidación de la memoria, cuando el recuerdo concreto (y horripilante, en este caso) sale del archivo y se hace muy vulnerable. En ese momento, los investigadores lo sustituyen por un recuerdo tranquilizador. El efecto dura al menos un año, y no altera las memorias que no hayan sido reactivadas durante el experimento. (...)
Pero la técnica que hoy publican en Nature Elizabeth Phelps y Joseph LeDoux, de la Universidad de Nueva York, no usa ningún fármaco. "Nuestros resultados plantean un enfoque natural, no farmacológico, para gestionar con eficacia las memorias emocionales", dice Phelps.
"Este trabajo, inspirado en la ciencia básica con roedores, promete una aplicación como terapia contra la ansiedad y el estrés postraumático", afirma el director del Instituto Nacional de Salud Mental, uno de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de Estados Unidos, que ha financiado el estudio.
Phelps y sus colegas empezaron condicionando a sus voluntarios a sentir miedo al ver un cuadrado de cierto color. Esto se hace aplicando un "calambrazo moderado" en la muñeca del sujeto. Con ser moderado, el tratamiento es lo bastante desagradable para que los voluntarios muestren en días posteriores los signos de miedo -como la agitación del pulso o el sudor- cuando se les presenta el cuadrado del color correspondiente, justo como el perro de Pavlov.
Cuando los pacientes están viendo los cuadros de colores, el recuerdo del miedo se reactiva. Ése es el momento que aprovechan los psicólogos para someterles a lo que llaman el "entrenamiento de extinción". Consiste en mostrarles repetidamente el cuadrado de color que les da miedo, pero sin el corrientazo. El resultado es que la memoria del miedo se borra.
El borrado es lo bastante estable para permanecer un año después. Esto es así incluso después de reexponer a los sujetos al condicionamiento inicial (el cuadrado de color más el corrientazo moderado). Y es lo bastante específico para que sólo afecte al cuadrado del mismo color, nunca de otro color.
"El tiempo parece tener un papel más importante en el control del miedo de lo que creíamos", dice Phelps. "Nuestra memoria no refleja un registro exacto del suceso original, sino la última vez que la retiramos del archivo". Esto no sólo es cierto para el miedo, sino para cualquier memoria. Nuestros recuerdos de un hecho, a diferencia del hecho en sí, parecen estar en permanente revisión." (El País, ed. Galicia, sociedad, 10/12/2009, p. 33)