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13/2/15

Tiembla la oligarquía madrileña y española

"Hoy sabemos con certeza que las bases del llamado milagro económico español fueron la burbuja inmobiliaria, el endeudamiento y la corrupción. 

No en vano, en los últimos treinta años se ha producido una transformación radical de nuestra estructura productiva. En este tiempo el peso de la industria ha caído desde el 28% hasta el 15%, mientras que la actividad inmobiliaria y la construcción ha crecido desde el 17% hasta el 29%.

Pero el ladrillo y cemento se propulsaban gracias a la actividad financiera. El papel del sistema financiero –bancos y cajas de ahorro- ha sido fundamental para alimentar la burbuja inmobiliaria y la actividad económica derivada. Y el lugar de España dónde más peso ha tenido y tiene el capital financiero es sin duda Madrid. De hecho la comunidad madrileña es una anomalía dentro de España. 

Mientras el peso medio del sector financiero en la economía regional española era antes de la crisis del 5%, en Madrid superaba el 7%. Madrid ha sido el corazón de las finanzas españolas, muy dependientes a su vez de las relaciones establecidas con las empresas constructoras e inmobiliarias y de las relaciones políticas.

De ahí que las cajas de ahorro hayan sido el instrumento central que casaba los intereses políticos con los empresariales. Eliminada su función social originaria, las cajas han sido el nido de corrupción que engrasaba el crecimiento económico a la española. Y hablar de Madrid es también hablar de su principal caja de ahorros, CajaMadrid-Bankia.

 Y hablar de Madrid es hablar de las grandes empresas de la construcción como FCC, Acciona o OHL. Todas ellas muy bien relacionadas políticamente, hasta el punto de absurdos como el que llevó a OHL a anunciar antes que el ministerio de Fomento una ley de rescate de las autopistas madrileñas quebradas –y que obviamente beneficiaba a la propia OHL. 

Su crecimiento económico les ha permitido, además, expandir sus negocios fuera de las fronteras españolas y también fuera de sus sectores originales. Hasta el punto que podría decirse que dejaron de ser, en esencia, empresas constructoras. Y ello ha alimentado ampliamente la concentración del poder económico en toda España, quedando así en manos de una élite económica rentista que por lo general es parasitaria del poder político y de sus favores. 

Una clase empresarial del siglo XIX encubierta por la retórica posmoderna. Un puñado de millonarios que determinan el destino de la población española en reuniones celebradas en palcos vip de fútbol y en oscuras negociaciones en despachos oficiales.

Madrid, la comunidad del tamayazo, sabe mucho de eso. Es consciente de que la oligarquía madrileña, ese matrimonio clientelar entre el poder económico y el poder político, va a usar todo su inmenso poder para evitar cualquier cambio político. Hasta ahora han conseguido determinar qué rescates económicos son prioritarios, como los de la banca, la autopistas o la empresa Castor. 

Y ello mientras se recorta en Sanidad y Educación. Miles de millones públicos que de forma democrática van directos a los bolsillos de la oligarquía. Un saqueo democrático orquestado por esa oligarquía. Pero también sabe la oligarquía madrileña que tiene que cerrar el paso a cualquier alternativa, sea con el clásico transfuguismo o usando a todos los poderes del Estado. 

Ello incluye, claro está, el uso arbitrario de la –mal llamada- justicia. Una oligarquía que está más débil que nunca, pero que mantiene aún una influencia que penetra con enorme fuerza en parte de las organizaciones políticas dominantes. Sólo así se puede entender el fenómeno de las tarjetas black, que es sólo la anécdota de una gran estafa que pagamos entre todos. 

Blesa, Granados, Bárcenas, Moral Santín y el resto de ladrones y cómplices silenciosos son sólo simples piezas de un tablero de ajedrez mucho más amplio al que tenemos que dar una patada.

Hay una ventaja, una esperanza: no claudicaremos. Quienes pensamos que este país merece una oportunidad, para la decencia y para la transformación social, sabemos que es indispensable acabar con el poder de esta oligarquía.

 Que el poder ha de ser devuelto al pueblo. Las grandes empresas y sus representantes políticos vasallos temen, por encima de todo, la democratización de la economía. Temen una alternativa de izquierdas que devuelva los recursos y el poder al pueblo.

 Sabemos, por eso mismo, que enfrentamos innumerables obstáculos. Las élites no sólo han corrompido las instituciones democráticas, que necesitamos recuperar, sino que sus estrategias y tácticas son más propias de la mafia.

 Pero unidos somos más fuertes. Nos jugamos un modelo de sociedad; nos jugamos la capacidad de satisfacer nuestras necesidades más básicas; nos jugamos nuestros empleos; nos jugamos la democracia. Apartemos egos, apartemos liturgias y concentrémonos en la oportunidad histórica que tenemos por delante. (...)"                 (Alberto Garzón, Attac España, 12/02/2015)

8/1/15

Retrato del corrupto: 'Alejandro y Ana', la obra de teatro que destapó la trama Gürtel


"La edición especial del Hola fue el detonante: había que hacer una obra de teatro sobre el pensamiento de la derecha. Once años más tarde supimos que, con Alejandro y Ana. Lo que España no pudo ver del banquete de la boda de la hija del presidente –uno de los acontecimientos teatrales del país en pleno aznarismo–, los Animalario descubrieron, mientras parodiaban la corrupción, el caso Gürtel. 

 José María Aznar reinaba con mayoría absoluta, acababa de hacerse la foto de las Azores con George Bush y Tony Blair y el sector cultural mostraba su cara más incómoda en los Goya del "No a la guerra", ideada y protagonizada también por Animalario un mes antes del estreno de la obra.

Alejandro y Ana tomó ese paseíllo de políticos, banqueros, empresarios y demás poderosos nacionales e internacionales a la entrada del monasterio de El Escorial y, en un ejercicio de transparencia que va mucho más allá de una página web, nos enseñó lo que nadie quería que viéramos.

 Tejemanejes, pisotones, trapicheos, codazos, falta de valores y escrúpulos… Todo por el poder. Muchos de aquellos ilustres invitados hoy están imputados, con Francisco Correa y Álvaro Pérez el Bigotes a la cabeza, quienes, además, “regalaron” a los novios parte de la boda con cargo a la trama corrupta.  

Reunimos a Andrés Lima, director del montaje, y a Juan Mayorga y Juan Cavestany, sus dramaturgos, en el Teatro del Barrio de Alberto San Juan, también parte de Alejandro y Ana, para recordar lo que supuso esta obra –y esta boda– pero, sobre todo, quiénes éramos entonces, qué somos hoy y cómo (no) ha cambiado la casta.

Mayorga: Esa boda fue expresiva precisamente de algo que luego se ha convertido en un lugar común: apareció una casta. José María Aznar nos dijo “os mando una casta”.
Cavestany: Hizo alarde de ello.

Mayorga: Un hombre que además había presumido permanentemente, y sus partidarios, de su austeridad y su gravedad castellana, sobre el hecho de que su primera acción en Castilla y León fue quitar la Visa Oro esa a sus consejeros. Pues, de repente, se le subió el poder a la cabeza y, desde esa embriaguez, hizo un gesto absolutamente obsceno que se reflejaba extraordinariamente en aquel número del Hola.

Lima: La obra atendía coyunturalmente a un momento muy particular. Era el momento álgido del PP en el poder, con mayoría absoluta, e hizo esta exhibición. Pero justo en ese momento álgido es cuando empiezas a caer y ese acto de ‘somos los más poderosos y entramos en guerra junto al entrañable George’ fue lo que hizo que fuéramos una pequeña balsita en la cresta de esa ola. Y eso le dio una significación especial al montaje.

Mayorga: Creo que nos quedamos cortos. El personaje más corrupto es ese que interpretaba Javi Gutiérrez, Volpone, que se dedica a vender de todo y hasta acaba vendiendo a su hija, pero lo que hemos visto luego supera a cualquier Volpone.

Cavestany: Hay algo de tragedia para mí y, sobre todo, visto con el paso del tiempo. Miro estos años atrás y lo que fue aquello, una especie de culminación patética de la austeridad traicionada o el no poder contener las ganas que tenía ese señor de hacer ese despliegue, y me parece trágico.

Lima: Y, de hecho, la consecuencia fue trágica: la guerra de Irak.

Mayorga: Una boda como esta hoy no sería posible. Se montaría tal lío…

Lima: A mí la impresión que me ha dado en estos 11 años es que el peso de toda esa boda ha estado sobre el país. Ahora toda esta gente es la que está metida en casos de corrupción y es muy significativo. Hace falta echarlos fuera a todos. 

Cavestany: En este tiempo lo que ha irrumpido es la crisis, que ha puesto en un segundo plano la reflexión sobre la política, que es de lo que hablaba esta obra. Creo que lo que ha habido últimamente ha sido una cierta oleada con mucho montaje y comentario sobre la crisis, la supervivencia, los desahucios… pero no ha habido una mirada o visión política documental del momento como fue esto. 

A lo largo de los años nos decían: “Oye, de esto podéis hacer un Alejandro y Ana”, de la boda de Felipe y Letizia o de la Gürtel…

Lima: Se siguen haciendo pero no suficientemente y creo que es por la precariedad del sector. El poder y el pensamiento de la derecha han tenido muy claro desde aquel entonces que no es cuestión de callarle la boca a la gente sino de quitarle el sustento a la cultura para que no se pueda hablar. Creo que hay un ataque directo hacia la cultura en este país, salvaje, y el buque insignia es el 21% de IVA.

Mayorga: Un ejemplo de obra que podría hacerse hoy y sería muy interesante son las andanzas del Pequeño Nicolás. Dan para un muy interesante espectáculo. Y también la apertura del retrato de retrato de Antonio López de la Familia Real.

Lima: La aparición de Podemos es un descanso porque hubo mucho tiempo en que nos pedían hacer cosas con la actualidad. Así que me hace muchísima ilusión que haya salido y que la izquierda empiece a reaccionar un poquito ante todo este atropello.

Mayorga: Usamos en aquel momento la noción de teatro histórico de urgencia.
Lima: Nosotros queríamos hacer mucho hincapié en que no era parodia. Era un análisis muy serio pero evidentemente jugábamos con elementos paródicos y el humor. Tomarnos esto con sentido del humor era básico.

Mayorga: Recuerdo que hubo mucha presión. Un buen amigo, un autor veterano, me dijo pocos días antes del estreno, de esta sólo os podéis librar por la calidad. Como hagáis una mierda, os van a machacar.

Lima: Había también un reto claro difícil que es representar a gente que existe y que vive todavía hoy. Eso en una obra tan coral y que quería hablar de algo tan grande como se supone que es el pensamiento de la derecha, es decir, no hablar de un hecho concreto te obliga por un lado a generalizar y hacer cierta parodia pero, por otro lado, a ser muy fiel a la realidad y no meter la gamba. Ese equilibrio es lo que le da algo especial. Y es verdad que realmente es documental.

Cavestany: Hoy tenemos algo que no había entonces y que me inquieta: las redes sociales. Hay una respuesta instantánea de humor, parodia y comentario que se extiende como la pólvora al minuto de cualquier acontecimiento. Nos pone el nivel de exigencia más alto porque tenemos que hacer con el teatro otra cosa. 

La pregunta es cómo plantear escenas de reflexión sobre la actualidad que no sean lo que se hace a diario en las redes, que es la parodia, la farsa… Por ejemplo, ¿cómo meterle mano con rigor y altura de miras a un tema como el del pequeño Nicolás sin caer en la broma?

Mayorga: Plantea una mayor exigencia. Hacer algo que no sea un gag.

Cavestany: Cuando hicimos Alejandro y Ana contamos con una balsa de varios meses, pero ahora no existe esa balsa para trabajar, estrenar y estar ahí, porque lo de Granados ya se ha acabado, las tarjetas black, el ébola…

Mayorga: Creo que precisamente la proliferación de reacciones en las redes sociales, además muy ingeniosas, nos lleva a nosotros a una mayor autoexigencia y a buscar precisamente, parafraseando el subtítulo, lo que España no puedo ver de Nicolás o de la elaboración durante 20 años del retrato de la Familia Real. Ahí hay algo explosivo, que podría ser enorme. Invitas a la gente a ver eso y es algo vinculado a la coyuntura, pero que puede rebasarla. Es verdad que esto nos obliga a ser más exigentes y autocríticos.

Lima: Un año antes habíamos tomado la decisión de hablar del pensamiento de la derecha. Surge un 12 de octubre cuando Alberto [San Juan] y yo íbamos paseando por Colón y, de repente, nos encontramos toda la movida del Ejército. A partir de ahí empezamos a pensarlo y con esa premisa fue con la que os llamamos. No había boda ni nada. Había las ganas de hacer algo juntos nada más.

Cavestany: Te has saltado el momento clave. Teníamos esa inquietud y nos juntamos los tres con Roberto y Alberto para hablar de cómo abordar el tema de cómo piensa la derecha. Y tú trajiste el Hola de la boda.  (...)

Mayorga: Era tan rico el material que tuvimos que dejar mucho fuera. Recuerdo que dejamos fuera era que la escena de que a Gallardón no le dejaran entrar en la boda. En ese momento era como el electrón libre. Nos lo planteábamos como Spiderman intentando entrar por cualquier ventana y siempre le echaban. A veces he lamentado eliminarlo (risas)."              (

18/12/13

El exceso de riqueza de la minoría social genera un exceso de liquidez que se dirige a los mercados financieros y bursátiles y no la economía real

"(...)  Lo que implosionó en el verano de 2007, en las entrañas del sistema financiero de los Estados Unidos de Norteamérica, fue el modelo de regulación capitalista iniciado con la contrarrevolución conservadora y neoliberal de Reagan y Thatcher a principios de los años ochenta del siglo pasado.
 Casi treinta años de orgía neoliberal, de desregulación, de globalización, de pensamiento único, de liquidación de lo público, de hipertrofia financiera, de contrarreforma fiscal a favor de los más ricos, de una redistribución injusta de la renta que baja los salarios y sube el excedente del capital, de recomposición de la tasa de beneficio, de deterioro en las condiciones de vida y trabajo de la mayoría social, de reducción de salarios reales, de privatizaciones, de ataque a los servicios públicos, de desmantelamiento del estado de bienestar, de un cambio radical en la división internacional del trabajo, de desindustrialización en los países más desarrollados, de la descentralización y la subcontratación como nuevo paradigma empresarial que debilita la capacidad de respuesta de los trabajadores. 
Son los rasgos básicos de los profundos cambios del capitalismo en las últimas tres décadas.

Pero en solo 25 años, el mundo feliz que prometían los profetas neoliberales se transformó en la peor pesadilla de la crisis económica más dura desde 1929, que, además, en esta ocasión se extiende a todo el planeta.

Una crisis en la que juega un papel destacado la avaricia, la irresponsabilidad de los directivos de los mercados financieros, de las empresas auditoras y sobre todo de las agencias personales de calificación de riesgos, que han sido cómplices necesarios en la gran estafa financiera perpetrada por los que Tom Wolfe calificó como los «Amos del Universo».

Resultaba evidente, para todo el que quisiese verlo, que el crecimiento económico basado en la especulación financiera —lo que se denominó «economía de casino»— era y sigue siendo un modelo de crecimiento inestable que genera muchos episodios de crisis financiera, con enormes costes en empleo destruido y tejido industrial arrasado. Un modelo que encuentra en la desregulación y en la falta de control el origen tanto de su expansión como de su crisis. (...)
La quiebra del modelo financiero globalizado es el fenómeno más visible, pero el origen de la crisis actual está en los profundos cambios que se han dado en la forma de trabajar y de vivir en la fase neoliberal del capitalismo global.

La internacionalización de la economía se construyó exclusivamente desde el modelo neoliberal, esto es, con libertad total para los movimientos de capital, sin levantar al mismo tiempo los mecanismos de regulación internacional que, como ocurre en los Estados nacionales, sirvan de contrapoder democrático a los excesos inevitables de la economía de mercado. Así, la globalización neoliberal actuó como ariete contra el pacto social de la posguerra mundial, el estado de bienestar europeo y el New Deal estadounidense.

Desde los años ochenta, y tras la caída del muro de Berlín y la desaparición del contrapoder que representaban los países del Este, la desigualdad se ha extendido a escala planetaria: la riqueza se redistribuye de forma injusta en los países más desarrollados, caen los salarios reales de los trabajadores, lo que se traduce en la disminución del peso de las rentas de trabajo en la renta nacional, los asalariados pierden derechos y las reformas sociales y fiscales causan un grave retroceso en los modelos de distribución más justa de la riqueza.

En este período se propició que los ricos ganaran más, alguno muchísimo más, y que, al tiempo, pagaran menos impuestos en detrimento del resto de la sociedad. Esto tiene consecuencias. Los trabajadores y las clases medias dedicamos el grueso de nuestra renta al consumo, lo que fomenta la demanda de la economía real. 
Por el contrario, el exceso de riqueza de la minoría social genera un exceso de liquidez que se dirige a los mercados financieros y bursátiles, favoreciendo así la economía financiera y la especulación y no la economía real.

Sirvan aquí las palabras pronunciadas en 1933 por el entonces presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Marriner S. Eccles, para explicar la crisis de 1929: «La producción masiva debe ser acompañada por el consumo masivo, lo que a su vez exige una redistribución de la riqueza.
 Allá por 1929, una creciente proporción de la riqueza se concentraba en unas pocas manos. Pero reduciendo el poder de compra de los consumidores, los acumuladores de capital se negaron a sí mismos la demanda que sus productos necesitaban para justificar nuevas inversiones. En consecuencia, como en una partida de póker en la que las fichas se acumulan cada vez en menos manos, los otros jugadores sólo podían seguir en el juego pidiendo crédito. Cuando el crédito se acabó, se acabó el juego». (...)
Esta crisis afecta con especial intensidad y dramatismo al Estado español porque golpeó los pies de barro, de arena en realidad, sobre los que se había levantado lo que la derecha llamó «el milagro económico español»: la década expansiva de crecimiento de 1996 a 2007 que estalló abruptamente hacia el final de 2008. 
Una expansión económica falsa, asentada sobre la estela de la burbuja inmobiliaria, la sagrada alianza entre la oligarquía financiera y los promotores de la construcción, que lanzó la actividad económica al precio de corroer las bases reales de la economía del país.

Porque esta crisis tiene culpables, que en nuestro caso son los responsables financieros que enladrillaron el país, que enladrillaron sus balances, que endeudaron a las familias de por vida y que endeudaron al país con la banca extranjera para décadas.

Ese modelo absurdo, irracional, inviable e insostenible a medio plazo puede resumirse en dos datos: en las 900.000 viviendas visadas en el año 2006 y en los 700.000 millones de euros en los que la banca se endeudó en los mercados financieros europeos vendiendo cédulas hipotecarias para financiar esta aberración.

La economía artificial, instalada en una burbuja, solo podía vivir a caballo de un endeudamiento creciente, y se hundió cuando la crisis financiera internacional secó las fuentes de financiación.
  En España, como en ningún otro país del mundo, es una crisis del empleo. Desde el año 2008 se han destruido 3,6 millones de empleos, primero en la construcción y después en la industria; y ahora también en los servicios, en especial entre los empleados públicos. 
En cuatro años, la ya larga cola del paro que teníamos en 2008 creció de forma brutal porque se incorporaron a ella 3,6 millones de hombres y mujeres hasta superar el abismo de los 6 millones de personas en paro.
 La crisis se convierte en estafa cuando, a partir de mayo de 2010, la derecha europea, a las órdenes del capital financiero y con  la complicidad de partidos que formalmente se reclaman de la izquierda, impone su plan de ajuste no solo a la economía, sino a toda la sociedad española.
Seis millones de parados es un enorme ejército industrial de reserva que se utiliza como un ariete terrible para atacar la resistencia de la clase trabajadora. (...)

No es economía, es lucha de clases y, parafraseando al multimillonario norteamericano Warren Buffett, es cierto que por ahora estamos perdiendo, pero el partido aún no ha terminado."                   ('
La izquierda ante la crisis del capitalismo', de  Ramón Górriz,  Sin Permiso, 29/09/2013)

14/2/13

¿Por qué no castigamos la corrupción? Cuando nos beneficia de alguna manera

"Las causas de la persistencia de la corrupción en nuestras instituciones son múltiples. En nuestra opinión una de sus principales explicaciones se encuentra en la ausencia de un castigo en las urnas a aquellos representantes que incurren en comportamientos delictivos o, al menos, poco éticos. 

Evidencia de ello es que, en los dos últimos comicios locales, un elevado porcentaje de los alcaldes imputados en casos de corrupción fueron reelegidos: 70% en 2007 y 39% en 2011. A nivel autonómico, casos como los de la Comunidad Valenciana o Andalucía sugieren también que los votantes otorgan poco peso a la corrupción a la hora de decidir la orientación de su voto. (...)

La paradoja existente entre la popularidad de los políticos corruptos y la impopularidad de la corrupción es el objeto de estudio de nuestro más reciente artículo de investigación. Utilizando datos electorales y de corrupción municipal, encontramos un interesante resultado: la magnitud del castigo electoral depende de manera muy significativa del tipo de corrupción de que ha sido acusado el alcalde.

 Aquellos casos de corrupción que produjeron, al menos en el corto plazo, un enriquecimiento del municipio no generaron ningún tipo de consecuencias electorales. Por el contrario, cuando el escándalo consistía en una merma del bienestar económico de los votantes, estos reaccionaron con un castigo electoral de 5 puntos porcentuales de media.

Para entender la diferencia entre estos dos tipos de corrupción política, vale la pena considerar dos ejemplos que ilustran, en nuestra opinión, la diversidad existente en España. El primero de ellos ocurrió en el muncipio de El Ejido (Almería), cuyo alcalde fue acusado de malversación y desvío de fondos públicos en 2011. 

Con la colaboración de varios miembros del gobierno local y la complicidad del alcalde, una empresa municipal cedió la prestación de servicios públicos a empresas políticamente cercanas que inflaron el importe de las facturas al municipio. Según la investigación judicial, el desvío de fondos alcanzó una cantidad cercana a los 150 millones de euros, el doble del presupuesto anual del municipio. 

La actuación del alcalde en este caso constituye una clara apropiación indebida de recursos públicos para su beneficio personal que esperaríamos que fuera castigada por los votantes, siempre que tengan información precisa sobre estos comportamientos.

Aunque la mayoría de escándalos de corrupción a nivel municipal está asociado a un enriquecimiento ilícito de miembros de sus consistorios, ha sido relativamente frecuente que la corrupción haya producido, a su vez, externalidades positivas a nivel económico en el electorado, al menos a corto plazo.

 Muchos de estos casos están relacionados con la burbuja inmobiliaria, que dio lugar a grandes plusvalías para propietarios de terrenos rurales recalificados y que, en general, supuso para muchas localidades un aumento temporal de la actividad económica impulsado desde el sector de la construcción. Un ejemplo de ello es Pastrana, en Guadalajara. 

En 2010, el alcalde este municipio de 1.200 habitantes permitió presuntamente la construcción de edificios de viviendas en suelo rústico de protección especial. En una localidad de este tamaño, este tipo de obras puede generar un impacto considerablemente positivo en la economía local, al crear nuevos puestos de trabajo y revalorizar las viviendas existentes. 

En este contexto, una amplia proporción de los votantes comparten los beneficios asociados con la acción irregular. Incluso si existe la sospecha de que esta decisión política es ilegal, los votantes pueden considerar que el flujo de ingresos para el beneficio "compensa" los perjuicios asociados al comportamiento corrupto del alcalde.

Estos dos casos representas únicamente un par ejemplos de una pauta generalizada a nivel municipal, y cuya validez se mantiene incluso tras descontar el efecto de otros factores que explican el voto en elecciones locales. El gráfico bajo estas líneas resume los principales resultados de nuestro análisis.


Como podemos ver, al considerar de manera agregada las consecuencias electorales de todos los escándalos de corrupción destapados entre 2007 y 2011 (primera fila del gráfico), encontramos que los alcaldes corruptos perdieron de media menos de 2 puntos en su porcentaje de voto, un castigo que estadísticamente es indistinguible de cero.

 Sin embargo, al diferenciar entre casos de corrupción que incrementaron el bienestar del municipio (segunda fila) y aquellos que lo disminuyeron (tercera fila), podemos comprobar el importante poder explicativo de este factor. Cuando la corrupción genera beneficios que revierten en todo el municipio, muchos electores parecen no tener problema en ignorar el comportamiento irregular de su alcalde y contribuir con su voto a mantenerle en el poder.


Los resultados de nuestro análisis son relevantes tanto para el diagnóstico de la corrupción en España como para el debate sobre las posibles estrategias a seguir para combatirla. En efecto, nuestras conclusiones contribuyen a cuestionar el lugar común según el cual la corrupción en España es endémica por razones de cultura política.

 Por el contrario, demostramos que los ciudadanos hacen dejadez de su capacidad de sancionar de manera racional: entienden que determinados políticos, aun dispuestos a actuar al margen de la ley, proporcionan resultados positivos para sus conciudadanos. En definitiva, no se castiga porque se tolere la corrupción en sí, sino porque se valoran los beneficios indirectos de la misma.

9/4/12

Muy a su pesar, España es un país primario-exportador, con escaso desarrollo industrial, poca inversión en I&D y un hipertrofiado sector servicios, el cual concentra 73 por ciento de todo el empleo

"Para entender su dinámica interna hay que recurrir al estilo de desarrollo dependiente y trasnacional al cual se integró España en los años 60. El llamado milagro español fue una quimera. Su expansión se apoyó en el turismo, la banca, las remesas de la emigración habidas durante la dictadura franquista, y la construcción o el ladrillo.

 Muy a su pesar, España es un país primario-exportador, con escaso desarrollo industrial, poca inversión en I&D y un hipertrofiado sector servicios, el cual concentra 73 por ciento de todo el empleo.

 Los cambios políticos de los años 70 maquillaron esta realidad, pero fueron incapaces de revertirla. Los gobiernos de UCD, PSOE y PP han agravado esta situación, haciendo oídos sordos a la necesidad de generar inversión pública y políticas sociales inclusivas. La marca España, cacareada por unos y otros, es un espejismo.

 Es verdad y no se puede negar que a partir de los años 80 del siglo pasado, su economía mostró un elevado crecimiento económico pero no modificó las condiciones estructurales, por el contrario se conformó con modificar su apariencia externa, realizó un foto shop y vendió dicha imagen por el mundo.

 Igual creaba empleo, en momentos de bonanza, como los destruye, con la misma intensidad, en tiempos de crisis. Esta intensidad en la creación/destrucción de empleo es absolutamente atípica en términos de comparación internacional... si lo comparamos con la evolución del empleo en la Europa de los 15, vemos que de 1994 a 2005 en el conjunto de estos países, el empleo crece 12.5 por ciento, mientras en España lo hace en 42, casi cuatro veces más.

 Pues bien, la crisis actual es la crisis de ese crecimiento acelerado: una destrucción también acelerada. El resultado no puede ser más desalentador. En la actualidad la tasa de desempleo se sitúa en 22.85 por ciento e incluye a 5.3 millones de personas.

España es país sin revolución industrial. Su estructura productiva esta permeada por trasnacionales que han ido ganando terreno y desarticulando la poca industria nacional. La falta de competitividad la hace más vulnerable a las oscilaciones internacionales.
Sin embargo, las clases políticas dirigentes han decidido apostar por el modelo neoliberal como solución a la crisis.

 La fe ciega en la mano invisible del mercado ha sido el motor de los cambios y de las reformas. Desarticulación del tejido industrial, privatizaciones, desregulación, apertura financiera y flexibilidad laboral. Para ser competitivos, el mensaje lanzado ha consistido en la necesidad de revisar las condiciones de contratación del mercado laboral, considerado rígido y proteccionista.

Así, se emprendió un ataque concéntrico a las conquistas democráticas de las clases trabajadoras. Los gobiernos, en complicidad con los empresarios y la patronal, han aprovechado cualquier coyuntura para dar un paso adelante en la total liberalización del mercado de trabajo. Lo dicho ha sido el motivo que explica las ocho huelgas generales habidas desde la muerte del dictador.

 La dos primeras se realizaron contra el gobierno de Adolfo Suarez, luego le siguieron cuatro contra Felipe González, otra contra Aznar en 2002, la penúltima contra Rodríguez Zapatero en 2010 y la actual, contra el gobierno de Mariano Rajoy, convocada para el 29 de marzo de 2012.

Todas han tenido elementos en común, los recortes en las prestaciones sociales, la reducción de los salarios, el abaratamiento del despido, el deterioro de las condiciones de trabajo, los contratos basura, el despido libre o el retraso en la edad de jubilación."               (Jaque al neoliberalismo, 26/03/2012, 'Crisis, reforma laboral y huelga general en España', de Marcos Roitman Rosenmann, La Jornada)

5/12/11

La gran debilidad de la economía española para financiarse en el exterior es la excesiva deuda privada, de particulares y empresas, que asciende a un 217% del PIB

"¿Cuáles son las principales debilidades de nuestra economía? El problema no es la deuda pública (65,2% del PIB, mientras en el resto de la zona euro se llega al 85%), sino el fuerte endeudamiento privado.

El problema no es haber invertido de más en el Estado de bienestar (una inversión social que se sitúa en el 74% de la media europea, mientras nuestra renta media está en el 94%), sino el haber sido campeones mundiales, en terminología de Zapatero, en inversiones y en infraestructuras caras e infrautilizadas.

El problema de nuestra economía no es la pretendida rigidez del mercado laboral (nuestro mercado laboral arroja cifras que expresan claramente su flexibilidad: somos los segundos de Europa en temporalidad y primeros en precariedad), sino nuestra fuerte dependencia energética.

Y dichos problemas tienen mucho que ver con los orígenes de determinadas decisiones y la influencia de tres sectores, el financiero, el de las grandes constructoras y el eléctrico.
 
La gran debilidad de la economía española para financiarse en el exterior es la excesiva deuda privada, de particulares y empresas, que asciende a un 217% del PIB (47% por encima de la media europea, siendo más de la mitad de esta deuda del sector inmobiliario y de la construcción).

El impago de deudas del sector inmobiliario es de 142.000 millones de euros. Y se ha llegado a estos porcentajes porque en los años en que se debía legislar para evitar el sobreendeudamiento hubo quien se negó a regularlo.

En los años de crecimiento tampoco se permitió regular las remuneraciones en el sector financiero ni para fijar un límite a los sueldos de los directivos ni para evitar las altas remuneraciones asociadas a prácticas de riesgo.

Riesgos que acaba asumiendo el conjunto de la sociedad, con esa perversa lógica que se aplica de la socialización de las pérdidas precedida siempre por la privatización de las ganancias. Si nunca se avanzó de forma sustancial no es solo por la negativa a regular de la mayoría parlamentaria sino también por la extraordinaria influencia del sector financiero.

La segunda debilidad de nuestra economía no ha sido invertir en exceso en áreas que desarrollaban y ampliaban derechos. En cambio, se ha invertido en enormes infraestructuras infrautilizadas: aeropuertos sin aviones, carreteras sin coches y AVE sin pasajeros. Lo peor es que la previsión es continuar haciéndolo.

Vamos a ser el segundo país del planeta en kilómetros de AVE, mientras que en Alemania, con un coste que no llega al tercio del kilómetro construido de AVE, llevan años invirtiendo en trenes que circulan hasta 250 kilómetros por hora, una infraestructura que además de más barata permite compatibilizar transporte de mercancías y transporte de pasajeros.

Hemos construido autovías para que las utilicen menos de 3.000 vehículos al día, con una tasa de rentabilidad negativa todos los días del año (a lo sumo son útiles 10 o 15 días al año). Si esto es así no es por casualidad o por una mayor estupidez de nuestros políticos, sino por el peso de las grandes constructoras en las decisiones que toman nuestros Gobiernos y nuestro legislador.

Y como muestra, uno de los últimos botones: en plena crisis se ha conseguido dinero y crédito para ayudar a las concesionarias de aquellas autopistas (las radiales en el entorno de Madrid) por donde no pasan suficientes coches para amortizar las inversiones realizadas, volviendo a la socialización de las pérdidas.

La tercera debilidad es nuestra dependencia energética. Nuestro país es el que más depende energéticamente del exterior en la zona euro, si entre las dependencias contamos el uranio, siendo especialmente vulnerables ante un escenario de subida del precio de los carburantes.

Pero las políticas energéticas se basan más en las necesidades de las empresas energéticas que en las necesidades económicas del país. Un ejemplo paradigmático es el debate eléctrico. Se habla del déficit tarifario, en cambio, no se explica que año tras año, por una mala regulación, las eléctricas ganan miles de millones de euros en lo que se conoce como los beneficios caídos del cielo, ya que venden la electricidad generada en instalaciones ya amortizadas (nucleares e hidráulicas) al mismo precio de la tecnología más cara.

Pero los diferentes Gobiernos solo hablan de lo que cuestan las renovables, quizás porque hay quien invirtió en ciclos combinados que no funcionan las horas previstas y ahora temen que un mayor impulso de las energías renovables les imposibilite amortizar dichas inversiones.

De esta manera pagamos todos, no pudiendo reducir nuestra dependencia energética porque lo prioritario es que las eléctricas amorticen sus inversiones."                      (JOAN HERRERA: ¿Por qué es frágil la economía española?. El País, 30/11/2011, p. 29)