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13/1/22

Condonar las deudas impagables... El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas»... De eso se trató el primer sermón de Jesús... La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Pagar se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor... Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal... como hoy y como en Roma... Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese»... Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma, y sucede hoy

"Hace siglos que las deudas y el endeudamiento tienen efectos nocivos sobre las sociedades humanas. En el mundo antiguo, los gobernantes y sus súbditos tenían una solución: conocida como jubileo de deuda, esta práctica implicaba la supresión incondicional y periódica de toda obligación contraída. Hoy necesitamos recuperarla.

Aun cuando sea uno de los problemas más persistentes que atormentan nuestro mundo, las deudas son un hecho. La vivienda, el consumo cotidiano, en ciertos casos la educación y, si uno vive en Estados Unidos, la atención médica, dependen del endeudamiento. Uno de los resultados de esta situación son las crisis económicas periódicas a las que estamos tan acostumbrados. Cada vez que emergen estas crisis, surgen distintos pedidos que apuntan a condonar las deudas. Pero las clases dominantes y todo un ejército de «analistas» argumentan que debemos limitar esas soluciones que tienden a llevar al caos y al desorden.

No es eso lo que piensa Michael Hudson. Economista, exempleado del Chase Manhattan Bank y asesor de múltiples gobiernos, incluido el de Washington, es autor de Super Imperialism, obra importantísima en la que explica que la emergencia del sistema monetario internacional fundado en el dólar durante la época de la posguerra terminó financiando el gasto ilimitado del complejo militar estadounidense.

Hudson, quien hoy se desempeña como profesor de Economía en la Universidad de Missouri-Kansas, emprendió una investigación histórica con el fin de descubrir los orígenes de la deuda y de la propiedad privada. Conversó con Branko Marcetic, editor de Jacobin, sobre los resultados de su investigación, publicados en su libro de 2018 …and forgive them their debts: Lending, Foreclosure, and Redemption from Bronze Age Finance to the Jubilee Year. La obra abarca desde la condonación de las deudas en las sociedades antiguas hasta los importantes errores que determinan nuestra comprensión del cristianismo. La conversación fue editada en aras de la brevedad y la claridad, pero se puede escuchar completa en inglés aquí.
 

Tu estudio de la historia humana indica que nuestra relación moderna con la deuda y la forma en que la comprendemos es bastante singular. ¿Cuál era la relación de las antiguas sociedades con la deuda y cómo la mantenían bajo control?

MH: En las sociedades antiguas casi todas las deudas eran interpersonales, eran lo que los europeos denominaban deudas tipo wergeld. Si lastimabas a alguien, si le rompías un brazo o si lo matabas, había dos opciones: o tenías un feudo, y tu familia luchaba con su familia, o el conflicto se solucionaba mediante una indemnización. Con el tiempo, el pago de la wergeld, sin importar si fuera en dinero, esclavas o ganado —estos últimos casos eran más comunes cuando el asunto era muy serio— se convirtió en la palabra para designar las deudas, la ofensa, o incluso en un sinónimo de «pecado». El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas».

En la Mesopotamia, sociedad agraria, las deudas solían contraerse contra los palacios y los templos. Las obligaciones se pagaban a lo largo de todo el año. Durante el tercer milenio de Sumeria, o el segundo de Babilonia, el cliente que asistía a un bar en el año de cosechas, emitía una especie de bono que garantizaba el derecho a animales, agua o productos agrícolas futuros: la operación era una forma de crédito. Las deudas se pagaban en especie en los locales de trillado. Una unidad de grano equivalía a una unidad de plata.

Pero sucedía que se perdieran las cosechas, que hubiera una guerra o una sequía, y entonces era imposible pagar. En esa época, como estipulaban las leyes de Hammurabi, uno decía: «Si Hadad, dios de la tormenta, viene y arruina la cosecha, entonces no es necesario pagar las deudas». Básicamente, así funcionaba la sociedad durante el tercer y segundo milenios, incluso durante la primera parte del tercero. Cuando un nuevo gobernante subía al trono, o cuando había otros motivos —se terminaba una guerra o algo por el estilo—, las deudas se cancelaban, se liberaba a los sirvientes de sus cargas para que volvieran con sus familias y se les perdonaban los compromisos que habían asumido. Pues, en caso de no condonar las deudas, ¿qué habría sucedido? Todas esas personas se hubiesen convertido de pronto en servidores del acreedor, es decir, de una persona más rica que no necesariamente gobernaba.

BM: Tu análisis también muestra que este tema ocupa el centro de las historias bíblicas con las que creemos estar tan familiarizados.

MH: De eso se trató el primer sermón de Jesús. Cuando fue a la sinagoga, extendió el pergamino de Isaías el profeta, dijo, «He venido a proclamar el año del Señor», que era el año de cancelación de las deudas —el año de jubileo— que los judíos habían adoptado de los babilonios, igual que había hecho todo el Oriente Medio. Los que tradujeron la Biblia no tenían idea de lo que significaban estas palabras. ¿Qué significa, «El año del Señor»? ¿Qué significa «deror»? En realidad, el texto habla de la condonación de las deudas.
Esto quedó claro recién cuando los asiriólogos empezaron a estudiar los mecanismos de condonación de las deudas en el Oriente Medio, del mismo modo que los antropólogos descubrieron que los pueblos originarios de América y los antiguos pueblos de Europa habían recurrido a estas prácticas para recuperar el equilibrio social. La idea era simple: ¿Cómo evitar que la sociedad se desestabilice y polarice? Cancelando las deudas.

BM: ¿Cómo cambió esta actitud hacia la deuda y hacia la condonación de las deudas a lo largo de la historia?

MH: El concepto de interés no existía en Occidente. No hay rastros de él en ningún documento griego del lineal B, escritura que abarca el período de 1600 a 1200 antes de Cristo. Alrededor del siglo ocho antes de Cristo apareció por primera vez la idea de deuda que rinde interés, y los jefes tribales de repente se convirtieron en lo que algunos historiadores denominan familias mafiosas. Descubrieron un modo de monopolizar la tierra que sirvió hasta los siglos séptimo y sexto antes de Cristo. Hubo revoluciones en todas partes, sobre todo en Grecia y en Italia. Los reformadores terminaron siendo conocidos como «tiranos».

Toda la lucha de estas sociedades antiguas se reducía a lo siguiente: ¿Cómo evitar que la población cayera en la esclavitud? La preocupación de los palacios tenía sentido. Si los pequeños terratenientes que pagaban impuestos contraían deudas demasiado grandes con sus acreedores y se veían obligados a trabajar en sus tierras en vez de bajo el sistema de la corvea —es decir, en vez de construir los muros de los palacios y cavar canales de irrigación—, no serían capaces de pagar el plusproducto de granos y de trabajo que necesitaba la nobleza. Por lo tanto, los acreedores tomarían el poder.

Los gobernantes de todo el Oriente Medio y probablemente los primeros reyes de Roma, decían: «Lo único que debemos evitar es que la clase de los acreedores se convierta en una oligarquía independiente. Pues si se vuelve independiente de nosotros y se apropia del excedente económico, utilizará ese trabajo para contratar un ejército, nos derrocarán y se convertirán en el Estado».

Así que siempre existió una lucha entre el Estado que protege a la sociedad y la clase de los acreedores —la oligarquía—, que buscaba su independencia y no quería condonar las deudas. Y fue una lucha que se propagó hasta cuatro siglos antes de Cristo. Los primeros cristianos eran básicamente defensores del año de jubileo, es decir, intentaban condonar las deudas.

BM:  ¿Cómo se presenta la deuda y el poder creciente de los acreedores en la compleja historia de Roma?

MH: En Roma, cerca del 509 antes de Cristo, los malos reyes fueron derrocados por una oligarquía que básicamente pretendía reducir al resto de la población romana a la servidumbre. Toda la República fue un largo proceso de revueltas que apuntaban a la condonación de las deudas y a la redistribución de las tierras. Es decir, apuntaban contra la democracia. Para la oligarquía, democracia significaba que todos los acreedores eran iguales y, por lo tanto, implicaba la libertad de esclavizar al resto de la población.

En síntesis, en la Antigüedad la democracia significaba la servidumbre de la mayor parte de la población. Aristóteles es muy claro. Dice: «Muchas ciudades tienen constituciones que parecen democracias, pero en realidad son oligarquías». Y, de hecho, toda democracia —escribe Aristóteles— tiende a convertirse en una oligarquía, pues los ricos se hacen más ricos; después la oligarquía se convierte en una aristocracia hereditaria y los nobles dominan el resto de la sociedad.

Todos estos antecedentes llevan al mundo moderno, que puso fin a la condonación de las deudas, que hasta entonces había servido para liberar a las poblaciones de la esclavitud y de la servidumbre. La idea subyacente a este cambio es que la ley es inexorable.

Los historiadores de hoy suelen decir: «Bueno, chicos, el Imperio romano no estaba tan mal, miren toda la plata que hizo». Pero la riqueza estaba concentrada en el 1% de la población, mientras que el otro 99% estaba atado a la tierra. Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese». Toda esa idea es antirromana.

Ahora bien, toda economía es planificada. La pregunta es: ¿Quiénes la planifican? ¿Deben planificarla los acreedores, como sucedió hasta hoy? ¿O llegará un gobierno, o un gobernante, que dirá «Mi trabajo es mantener a la sociedad estable y evitar sus desgarramientos y garantizar que sobreviva y avance»? A los acreedores no les interesa esa resistencia. Sus plazos son más bien cortos.

BM: Puesto que vivimos en sociedades con altos niveles de endeudamiento, ¿qué enseñanzas nos deja tu estudio a la hora de abordar la recuperación pospandémica?

MH:  La tendencia de toda economía que tiene una deuda que rinde interés es a que la deuda crezca más rápido que la economía en su conjunto. Observamos que las deudas se duplican a un ritmo demasiado acelerado y las economías nunca fueron capaces de acoplarse a él. La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Paga se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor, en el sentido de que tiene que pagar con trabajo, o con cualquier cosa que produzca. Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal.

Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma. Por eso la República romana condujo al Imperio romano.

Se volvió una sociedad centralizada. La tendencia de toda economía financierizada apunta a la centralización. Cuando se centraliza la riqueza, se centralizan en manos de las clases financieras el poder político y la toma de decisiones y, en última instancia, la fuerza militar."                               (Entrevista con Michael Hudson , JACOBIN, 12/01/22)

16/2/18

La voluntad de libertad de la ciudadanía aún hoy es demasiado tenue porque todavía sentimos en carne y hueso que la democracia no funciona. La ciudadanía no tiene la información suficiente porque se la están hurtando. Los economistas tienen mucha culpa de ello...

"Christian Felber (Salzburgo, 1972), profesor universitario, activista y cofundador del movimiento ATTAC en Austria —entre otras muchas cosas—, es conocido por ser el padre de la economía del bien común, una teoría que propugna un modelo económico basado en la ética y donde el Producto Interior Bruto (PIB) como unidad de medida de la riqueza dejaría paso a otro indicador, el Balance del Bien Común, que prima valores como la confianza, la honestidad, la responsabilidad, la cooperación, la solidaridad, la generosidad o la sostenibilidad ecológica.

En su último libro, titulado Por un comercio mundial ético (Deusto), publicado hace escasos días, da un paso más allá y denuncia los excesos del libre comercio mundial "convertido en la religión de nuestra era". 

Aboga por que las relaciones comerciales internacionales estén reguladas por Naciones Unidas y se atengan también a criterios éticos. Para lograr este objetivo, sin embargo, es necesario avanzar hacia lo que Felber denomina "democracia soberana",  superando a la actual democracia representativa, que él cree que "no funciona".

¿Qué aporta de nuevo su libro con respecto a su best-seller 'La economía del bien común'?

La dimensión internacional. Muchas personas me han preguntado qué tiene que hacer un país para implementar la economía del bien común y lo que expongo con detalle es cómo podría funcionar un sistema internacional de comercio ético y cómo serían las relaciones internacionales resultantes.

 Lo que intento demostrar en este libro es que el comercio, al igual que el capital, no es un fin en sí mismo, sino un medio que sirve a unos fines que ya están definidos. Fines como los derechos humanos, las condiciones laborales, la defensa del medio ambiente, la cohesión social y la diversidad cultural. El derecho internacional tiene que sobreponer los fines a los medios y someter los medios a los fines.

¿Qué entiende usted por comercio ético?

El comercio ético debe servir a los derechos humanos y a los valores fundamentales de una sociedad democrática. 

Su objetivo es la plena implementación de los derechos humanos, del desarrollo sostenible —los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU— y de una buena vida para todos o incluso del bien común mediante balances comerciales equilibrados entre países y posibilitando que los países con un nivel inferior de industrialización y tecnología den alcance a los países más desarrollados. 

Ahora impera el libre comercio y lamentablemente, eso no se está haciendo; se está haciendo justo lo contrario.

Eso le iba a decir, que parece que lo tiros no van por ahí. La pujanza del neoliberalismo sigue en todo lo alto.

Sí, efectivamente, pero al menos tenemos el marco legal. Al igual que la economía del bien común, las diferentes constituciones de los países democráticos establecen que el capital es un medio y que el fin de la actividad económica debe ser el bien común, el bien de la comunidad. Nosotros simplemente aplicamos lo que ya dicen las diferentes constituciones democráticas.

Si ya tenemos el marco legal, ¿qué falta entonces? ¿Voluntad política?

Es un problema de democracia y de poder. No es cierto que no haya alternativas al neoliberalismo; sí las hay, y una inmensa mayoría de la población las apoya, pero los ciudadanos no tienen poder para cambiar las cosas. Por eso, la otra pata de nuestra propuesta es avanzar hacia una democracia soberana. Hacen falta otros mecanismos democráticos.

¿La democracia actual entonces no es soberana?

La democracia está rota, no funciona. El poder está concentrado en los parlamentos y en los gobiernos y éstos a su vez están instrumentalizados por los poderes económicos. Esa es la debilidad de la democracia actual. El único derecho que ahora tiene el cuerpo soberano, el pueblo, es elegir unos representantes cada cuatro años que luego hacen lo que les da la gana sin dar muchas explicaciones. 

No hay forma de controlarlos de manera efectiva ni de destituirlos; no hay forma de elegir entre varias propuestas; no hay forma de cambiar una constitución. Quien cambia una constitución es un parlamento y quien incluye en los tratados europeos el mandato marco para la política comercial de la UE son los parlamentos y organismos europeos.

Y ahí es donde entraría en juego la democracia soberana

Una verdadera democracia soberana implica desarrollar la división de poderes. Está muy bien que ya tengamos el poder legislativo, ejecutivo y judicial pero eso no es suficiente. Los ciudadanos tienen que moverse, impulsar plataformas de iniciativas civiles, promover la creación de asambleas democráticas en los municipios, en muchos municipios, participar en la toma de decisiones y publicar los resultados de sus decisiones. De esta forma, los ciudadanos optarían por otras vías totalmente distintas para regular el comercio internacional.

Eso parece difícil: no me imagino a Mariano Rajoy, que también habla de valores y de democracia, apoyando una democracia soberana como la que usted propone.

Con un buen libro no lo voy a convencer. El mejor libro no va convencer a ningún gobernante mientras los grupos de presión sigan siendo tan poderosos. Pero puedo convencerlo con un movimiento ciudadano fuerte, un movimiento popular que crezca poco a poco, de abajo a arriba. 

Cuantos más ciudadanos, municipios, regiones, comarcas e instituciones se involucren, mayor será la presión. Entonces Mariano Rajoy empezaría a escuchar. Pero para que eso ocurra, los ciudadanos tienen que involucrarse, tienen que querer ser libres.

¿Cree que los ciudadanos no quieren ser libres o es que no saben cómo hacerlo?

Ambas cosas. La ciudadanía no tiene la información suficiente porque se la están hurtando. Los economistas tienen mucha culpa de ello, porque nos dicen todos los días que el libre comercio es lo mejor que tenemos. El neoliberalismo se ha terminado por imponer en todos los campos, hasta en las cátedras universitarias. 

El CETA es un tratado de 1.598 páginas de coerción legal creado para proteger desmesuradamente los derechos de los inversores y de las multinacionales, pero nos lo venden como algo maravilloso. Eso es simple proteccionismo bajo la máscara del neoliberalismo. Pero hace falta un segundo requisito: la ciudadanía debe tener una voluntad hacia la libertad más fuerte que la tiene hoy. 

La voluntad de libertad de la ciudadanía aún hoy es demasiado tenue porque todavía sentimos en carne y hueso que la democracia no funciona por sí sola, sino que es fruto de un esfuerzo continuo. Hay que moverse, para que los políticos, por ejemplo, no hagan una cosa totalmente distinta a lo que han prometido.

¿Con un comercio ético habría más abundancia y menos austeridad?

Habría más abundancia emocional, ética, de valores inmateriales, abundancia de calidad de vida, de felicidad, pero no necesariamente consumiríamos la misma cantidad de cosas que estamos consumiendo ahora.

¿Debemos consumir menos?

Lo que tenemos que hacer es limitar la capacidad de compra ecológica de la humanidad. La Tierra nos brinda un regalo de recursos naturales gigantesco cada año. Y este regalo en forma de recursos naturales deberíamos repartirlo de forma equitativa entre los 8.000 millones de habitantes del planeta adjuntando a nuestra cuenta bancaria financiera una cuenta ecológica, en la que abonaríamos el presupuesto ecológico, lo que podemos consumir cada año. 

Todo el mundo recibiría el mismo derecho de consumo ecológico, independientemente de su capacidad de compra. ¿No dicen los liberales dicen que los derechos tienen que ser iguales para todos?

A los mercados eso no les gustaría

Hay que empezar por derribar el mito de que los mercados se autorregulan. Ese es un criterio que hay que tener en cuenta para que los mercados puedan funcionar. Las empresas podrían tratar de producir más de lo necesario, sí, pero no podrían vender porque no existiría la demanda ecológica. Eso es un diseño inteligente de los mercados. 

Explíquese, por favor.

Permítame que me alargue un poco entonces. Los economistas clásicos creen en el mito de que los mercados se autorregulan y se estabilizan por sí solos. Pero eso  ocurre en los ecosistemas, no en los mercados. 

Los mercados son reducciones sociales, construcciones culturales que implican relaciones de poder, y hay tres cosas que nunca lograrán por sí solos: nunca jamás lograrán balances comerciales equilibrados, nunca jamás disminuirán la desigualdad ni nunca jamás limitarán el consumo ecológico.

 La gran visión de la economía del bien común es completamente opuesta: para que la economía sea estable a largo plazo hay que limitar la desigualdad, equilibrar los balances comerciales y limitar el consumo de recursos naturales por parte de la humanidad. Los mercados son diseñados al 100% por los seres humanos, así que tendríamos que tener en cuenta estos factores a la hora de hacerlo para que sean más inteligentes y efectivos.

Usted en el fondo habla de derrotar al neoliberalismo imperante

Trabajamos para transformar el pensamiento económico y la economía práctica en su conjunto y no para poner parches. Requiere un gran esfuerzo, pero estamos en ello. Hace falta.

¿Es optimista al respecto?

Me imagino un escenario positivo. Soy optimista a largo plazo, aunque a corto plazo no tengo ni idea. Pero sí, soy optimista porque las buenas ideas, las ideas con autoridad natural, se terminan imponiendo a la larga. 

A corto plazo será más difícil porque los imperios que se basan en la violencia son más fuertes, aunque si no tienen una autoridad natural, tienen una fecha de caducidad, sólo que no sabemos cuándo ocurrirá eso. Y el escenario positivo es que cada vez más empresas eligen el balance del bien común, sobre todo en Europa."             (Entrevista a Christian Felber, Jorge Otero, Público, 14/04/18)

11/6/14

El gobernador del Banco de Inglaterra: "el capitalismo corre el riesgo de autodestruirse si los banqueros perseveran en ignorar su obligación de crear una sociedad más justa". Cousas veredes...

"Hay noticias ante cuya lectura uno no sabe si llorar o desternillarse de risa. En esa disyuntiva me encontré esta mañana cuando leí en las páginas del periódico británico "The Guardian" unas declaraciones formuladas por el gobernador del Banco de Inglaterra, Mr. Mark Carney, en las que, con todo desparpajo, manifestaba que "el capitalismo corre el riesgo de autodestruirse si los banqueros perseveran en ignorar su obligación de crear una sociedad más justa". (...)

 Según Mr. Carney, existe en el mundo de nuestros días la sensación de que el contrato social básico del capitalismo se está viniendo abajo en medio de una creciente desigualdad. "Simplemente -puntualizaba el jerarca de los banqueros británicos- no es sostenible un sistema capitalista que produce este tipo de situaciones de miseria para tantos. La prosperidad requiere no sólo la inversión en capital económico, sino también la inversión en capital social". (...)

Pero Mr. Carney no se limitaba en su discurso a descubrir estos difusos y confusos mediterráneos. Por alguna extraña razón se atrevió a proclamar en el mismo cogollo de la City londinense que "el radicalismo de mercado y su mínima regulación han erosionado el capitalismo justo, mientras que escándalos como los aparejos de los mercados Libor habían socavado la confianza en el sistema financiero". (...)

En la conferencia de Carney, en la que se encontraba presente, miren ustedes por dónde, el mismísimo ex presidente norteamericano Bill Clinton, el vértice de las finanzas británicas dijo además que el capitalismo pierde su sentido de la moderación "cuando su creencia en el poder del mercado llega a convertirse en una cuestión de fe". "En las décadas que precedieron a la crisis -afirmó Carney- tal radicalismo llegó a dominar las ideas económicas, convirtiéndose en un patrón de comportamiento social".   (...) 

Finalmente, Mark Carney aconsejó, como de alguna forma propone hace IU en su programa, que se "debería considerar la posibilidad de elaborar principios de mercados justos, códigos de conducta para mercados específicos, e incluso obligaciones reglamentarias en este marco”. Así como "mandar al ostracismo profesional a aquellos banqueros que incumplan las normas". (...)

Y la verdad es que si le obligan a uno a ser realista y el ejemplo de Mr Carney encuentra eco entre los magnates españoles, a quien se debería votar en el próximo evento electoral es a los banqueros."             (Manuel Medina, Canarias-semanal.org, en Rebelión, 02/06/2014)

27/2/14

Tejiendo la red de una economía más ética

"Existen desde hace mucho tiempo empresas, organizaciones y grupos variados que funcionan con lógicas de comercio justo, consumo responsable, finanzas éticas… y redes que relacionan a muchas de ellas en un nivel más bien de coordinación política.

Pero lo novedoso del Mercado Social es pretender extender esta relación al ámbito económico y comercial, ampliando alianzas intersectoriales e introduciendo a los consumidores como actores del proceso de regulación económica.

El Mercado Social no se plantean como alternativa al Estado, pero sí pretende generar un campo de realidad significativa que muestre que hay otras formas de hacer economía posibles que generan riqueza, renta y trabajo.

Las entidades proveedoras de bienes y servicios que participan en el Mercado Social se comprometen a ir mejorando el cumplimiento de unos criterios éticos comunes establecidos, cuyos avances se irán contrastando a través de un sistema de evaluación continuo.

“Las cooperativas, en concreto, las empresas sociales en general están abocadas a intercooperar entre ellas creando redes de producción y creando una franja de consumidores intermedios y finales fieles, sino quieren caer en la sobre-explotación, la marginalidad, o siendo satélites (llegando a ser franquicias de las transnacionales, por ejemplo) o bien, asimiladas, explícita o tácticamente, a la empresa capitalista. El cooperativismo puede ser tanto víctima de su fracaso como de su éxito, que le puede llevar igualmente a abandonar los principios cooperativos”.

Las palabras del catalán Jordi Garcia escritas hace unos 10 años en el artículo titulado ‘Objetivo mercado social’ supusieron una declaración de intenciones -tal y como fueron tomadas- de hacía dónde se debían dirigir los esfuerzos en crear una economía socialmente útil, ecológicamente sostenible y cuya producción debía ser equitativa y democrática.

Garcia definirá el mercado social como una red de producción, distribución y consumo de bienes y servicios (los flujos), que funciona con criterios democráticos, ecológicos y solidarios y que está constituído tanto por empresas sociales como por consumidores individuales y colectivos, como Ayuntamientos, escuelas, etc. (“los nodos”).

Su funcionamiento consistirá en que cada componente (nodo, en las palabras de Garcia), bien fuera empresa social o consumidor individual, procuraría consumir el máximo de bienes y servicios producidos por otros componentes del Mercado Social. 

 Del mismo modo que cada componente debe contribuir a crear nuevas empresas sociales vinculadas al Mercado Social, con el fin de ir complementando dichos productos. El Mercado Social, además de bienes y servicios, genera aprendizaje colectivo, innovación tecnológica, cultura, relaciones sociales, proyectos, valores, etc. (...)

Lo novedoso en el Mercado Social fue pretender extender esta relación al ámbito económico y comercial, ampliando alianzas intersectoriales e introduciendo a los consumidores como actores del proceso de regulación económica.

 Definiendo este espacio por REAS como “una red estable de producción, distribución, financiación y consumo de bienes y servicios y de aprendizaje común que funciona con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios, constituida tanto por empresas y organizaciones sociales y solidarias, como por consumidores/as individuales y colectivos”.

Para ello el Mercado Social se plantea unos objetivos basados en la idea del apoyo mutuo:
Cada componente de la red contribuye a crear otras iniciativas vinculadas a ésta, depositando ahorros y excedentes en instrumentos financieros de la red.

Una red que permita cubrir una parte significativa de las necesidades socioeconómicas de quienes participan en ella y experimentar nuevas formas de producir, consumir, invertir y vivir cualitativamente mejores.

“Tenemos 4 nodos principales: uno es el de la producción, ahí tendríamos como ejemplo el de las cooperativas de trabajo como principal referente; otro es en de la distribución o el pequeño comercio donde el referente principal son tanto las entidades de distribución ética, como las pequeñas tiendas, las comercializadoras o las distribuidoras que funcionan bajo criterios éticos; luego tendríamos la pata del consumo y de los consumidores como elemento principal de la transformación de la economía a partir de un acto tan cotidiano como es que todos los días tomamos decisiones a cerca de qué queremos consumir y cómo queremos consumirlo”, señala Sabín. (...)

Considera REAS que en la medida en que la red vaya consolidándose localmente y creciendo estatalmente podrá ir cubriendo cada vez más necesidades socioeconómicas y ser más viable. “Algunos ejemplos como los de la cooperativa de consumidores de energía Som Energía o la cooperativa de crédito Fiare nos demuestran la capacidad que tenemos como comunidades conectadas en el territorio físico y en las redes para hacer posibles proyectos económicos fundamentales”, argumentan.

En este sentido Sabín apunta: “El Mercado Social tiene sentido a nivel local para generar esos circuitos tanto de comercialización corta, como de producción e intercambio, pero luego hay proveedores que son de ámbito estatal, por lo tanto, también se necesita que haya una conexión de trabajo a nivel estatal, para cumplir principios básicos que tienen que ver sobre todo con la marca, con la generación de una imagen corporativa conjunta al Mercado Social, con la generación de una estrategia de comunicación que aborde la necesidad de sensibilizar en los ámbitos de consumo y estilos de vida, que es lo que está detrás”. (...)"               (Periodismo humano, Attac Madrid, 18/01/2014)