"¿Tenemos claro lo que queremos? ¿Sabemos, como militantes
socialistas, en qué se concretan nuestras aspiraciones de construir un
mundo radicalmente distinto? ¿Podemos responder sin titubeos a preguntas
sobre la naturaleza de la sociedad por la que luchamos? ¿El proceso
económico seguirá funcionando a través de mecanismos mercantiles?
¿Prescindiremos del dinero? ¿Qué instituciones gestionarán la vida
pública? ¿O no somos capaces de imaginar más allá de las experiencias
históricas que nos han precedido?
Es evidente que nos toca vivir tiempos melancólicos. Una época
caracterizada por el debilitamiento extremo de la historicidad, en la
que un tiempo histórico sin aparentes posibilidades de ruptura nos
obliga a habitar en un presente eterno. Y aunque para Daniel Bensaïd no
exista “una crisis de la utopía, sino del contenido del ideal”[1],
no está tan claro que, en realidad, sí estemos ante dicha doble crisis.
Sea como fuere, esta reflexión nos pone ante el espejo y nos presenta
uno de los retos más acuciantes para los revolucionarios de un mundo sin
revolución: la urgencia de preconfigurar un horizonte convincente.
La desaparición de la ambición futurista y sus implicaciones para una
política transformadora nos obligan a esforzarnos por superar la idea
del presente como tiempo vacío, y revitalizar “una facultad que se
encuentra adormecida: la de imaginar y de producir un futuro que no sea
un mero pastiche de la sociedad ya existente”, como dice Martín Arboleda
(2021: 19)[2].
Y no es suficiente con repetir hasta la extenuación el mantra de que la
izquierda carece de proyecto, pues ello únicamente observa algo que, en
realidad, no entraña ninguna dificultad analítica, planteándolo sin
ninguna intención propositiva y delegando en otros la tarea de pensar en
un proyecto digno de tal nombre. Por eso, la asunción findelahistoricista
se combate haciéndonos cargo de esa necesidad, y trabajando
colectivamente por definir los fundamentos básicos de un proyecto que se
nutra tanto de la experiencia histórica como de los problemas presentes
a los que nos enfrentamos las clases dominadas. Concretar el contenido
del ideal emancipatorio con el objetivo de arremeter contra el origen de
nuestras desgracias: el modo de producción capitalista.
Pues bien, aunque el panorama sea desolador, no es cierto que nadie
esté tratando de ponerle remedio. La intención de este texto es,
simplemente, poner en valor y dar a conocer algunas de las notables
excepciones que encontramos ante la parálisis generalizada, y ofrecer
algunas de las referencias más importantes sobre propuestas
organizacionales tas y de planificación económica para que quien quiera
iniciarse en estos prometedores debates pueda acudir a la bibliografía
de este texto.
Se esté o no de acuerdo con sus postulados, unos cuantos autores
llevan décadas tratando de desarrollar corrientes teóricas originales en
torno a modelos sobre cómo organizar el proceso productivo y, por lo
tanto, la base de nuestra vida social, en una economía postcapitalista.
Ello no quiere decir que propongan un modelo de sociedad cerrado,
teorizando hasta el último de sus detalles, sino que plantean los
principios fundamentales sobre los que debería basarse la producción, la
distribución y el consumo. Y a pesar de que exponer estos modelos en
abstracto suponga ignorar lo que para Jodi Dean y Kai Heron[3]
es el problema de nuestro tiempo, la transición (o lo que es lo mismo,
la revolución), estas propuestas no dejan de ser algunas de las más
valiosas aportaciones con las que contamos hoy en día para pensar
nuestro futuro.
Aquí se presentarán, eso sí, únicamente los tres modelos más desarrollados y con mayor seguimiento[4]: La Democracia Económica, de David Schweickart; el Parecon de Michael Albert y Robin Hanhel; y el Cibercomunismo, de Paul Cockshott y Allin Cottrell.
La utilidad del debate
Ante estas tres propuestas, cabe añadir algunas consideraciones
acerca de cómo afrontar este debate. En primer lugar, no debe perderse
de vista que, como Marx y Engels (1846)[5],
“nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el
estado de las cosas actual”. ¿Qué significa esto? Que nuestra tarea como
revolucionarios no es la de implantar un ideal, un modelo preconcebido
ajeno a la propia práctica política de los trabajadores autoorganizados.
Pero ello no es en absoluto contradictorio con la labor que se propone
en este artículo, mal que le pese a los críticos de cualquier
aproximación a nuestro futuro socialista más inmediato.
En realidad, son varios los que han tratado de ofrecer un modelo más o
menos desarrollado del funcionamiento de una economía postcapitalista,
desde los consejistas holandeses del GIKH[6], pasando por los socialistas neoclásicos Lange y Taylor[7], hasta el economista inglés Pat Devine, con su Coordinación Negociada[8].
Incluso autores como Peter Hudis han elaborado trabajos minuciosos que
tratan de descifrar las pocas pistas que dejó Marx al respecto de una
alternativa al capitalismo[9].
Pero cualquiera que propone un modelo acostumbra a alertar de que su
intención es, solamente, la de plantear una alternativa factible, no el
culmen del desarrollo social. No se trata de exponer un modelo perfecto,
un diseño organizativo detallado al completo, sino una propuesta de carácter político que ofrezca una alternativa a la parálisis generalizada, así como una confrontación teórica
que combata contra los defensores del capitalismo en el campo más
general y ambicioso posible: el de las posibilidades organizativas de
nuestra sociedad.
Y que las propuestas tengan una utilidad política, incluso
estratégica, no es baladí. La utilidad de concretar un proyecto, un
objetivo al que aproximarse mediante la lucha, no es hoy la misma que la
que podía tener hace un siglo. Vivimos tiempos de derrota, abatimiento y
desesperanza. Como mucho, hemos podido celebrar pequeñas victorias
puntuales o meras resistencias, ante un aluvión incontrolable de
ofensivas para las que solo nos ha quedado resignarnos. Esto no ha sido
siempre así. La historia del movimiento obrero cuenta con momentos mucho
más pujantes, más combativos y ganadores. Momentos en los que
previsualizar sociedades mejores quizás no era tan relevante para la
movilización de las masas, como sí lo es hoy en día. Y a pesar de ello,
tampoco es cierto que careciera de interés, como lo demuestran la
potentísima acogida de novelas utópicas como Looking Backward, de Edward Bellamy (1888)[10] o News from Nowhere, de William Morris (1890)[11].
Pero en nuestros tiempos, un horizonte organizativo alternativo es
indispensable para impulsar nuestros propósitos revolucionarios,
conectando reivindicaciones y luchas presentes con propuestas
realizables, no utópicas, que tengan la capacidad de demostrar que
nuestras ambiciones no son simples deseos sin posibilidad de
materializarse.
Por otra parte, es necesario abordar la cuestión desde una
perspectiva militante. Nuestras organizaciones tienen la obligación de
trabajar este tipo de cuestiones, de dotar a sus militantes de la
formación necesaria para que seamos capaces de conocer cuál es nuestro
objetivo más inmediato tras hacernos con el poder político. Y ello,
también, para dar la batalla en el debate sobre las posibilidades de
construir el socialismo. No por nada Lenin cita a Engels en ¿Qué hacer? (2015: 26)[12]
para recordar que la lucha teórica está al mismo nivel de importancia
que la lucha política y la lucha económica: “el socialismo, desde que se
ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le
estudie”. Ofrecer una formalización desarrollada y concreta del tipo de
sociedad que aspiramos a construir, no en un sentido utópico y abstraído
de la realidad, sino desde el punto de vista de conocer los principios
generales que podrían regir en una economía socialista, nos permite dar
cauce a las inquietudes sobre un futuro postcapitalista de militantes y
ciudadanos comunes, además de prevenir contra las tentaciones
reformistas que el posibilismo capitalista acostumbra a ofrecer.
Y llama la atención que las labores de investigación y divulgación
que llevan a cabo colectivos como Cibcom, Association for the Design of
History, o Next System Project, no surjan de las propias organizaciones
(para que se pueda dar un cauce estratégico que posibilite la eventual
puesta en marcha de las propuestas), sino de socialistas y
revolucionarios de tradiciones muy distintas que no tienen más remedio
que asociarse para abordar el problema por su cuenta. Y todo ello por
pura necesidad de desenmascarar el diabólico eslogan de los
conservadores británicos acerca de la imposibilidad de un mundo
distinto: There Is No Alternative.
Los modelos
Democracia Económica
En primer lugar, y como heredera de la tradición del socialismo de mercado, el modelo bautizado como Democracia Económica
por el filósofo y matemático estadounidense David Schweickart defiende
la posibilidad de conjugar el mercado y la democracia en el trabajo. El
autor busca integrar en su modelo aquellas características rescatables
de tres experiencias históricas notablemente diferentes entre sí: el
socialismo autogestionario yugoslavo, el capitalismo japonés y la
experiencia de la Corporación Mondragón, en el País Vasco.
La crítica de Schweickart al capitalismo se centra en su falta de
democracia y en su falta de eficiencia. Pero, al ser crítico también con
la concentración autoritaria del poder y la ineficiencia de la
planificación central, su propuesta busca integrar mercado y plan en un
contexto democrático. Por ello, las características básicas de su modelo
son tres: 1) dirección de cada empresa por parte de sus propios trabajadores; 2)
una economía de mercado en la que materias primas y bienes de consumo
se compran y se venden a precios determinados por la oferta y la
demanda; y 3) inversión controlada socialmente, cuya
financiación corre a cargo de los impuestos, y su distribución la
determina el plan económico y el propio mercado.
Schweickart propone que sean los trabajadores de cada cooperativa los
que asuman las funciones de organización y disciplina en la fábrica, de
determinar las técnicas de producción a utilizar, de qué y cuánto se
produce, y de cómo se distribuyen los beneficios. Además, las decisiones
se tomarían mediante el voto de todos y cada uno de los trabajadores,
en condición de igualdad, aunque no descarta la posibilidad de otorgar
poderes de dirección en los casos en los que sea necesario (por tamaño
de la empresa, por ejemplo).
En relación con el papel central del mercado en su propuesta, y pese a
no ser este el lugar en el que llevar a cabo una crítica al modelo, es
evidente que la pretensión de utilizar el mercado como una herramienta
más, como si de un mecanismo de asignación neutral se tratara, sin
concebirlo como una parte elemental (¡e indisociable!) del modo de
producción capitalista, pone en duda la deseabilidad de esta propuesta.
En línea con la crítica austríaca a la posibilidad del cálculo económico
en el socialismo, Schweickart considera que la dificultad de la
planificación para saber qué, cuánto y cómo producir bienes y servicios,
nos obliga a echar mano de los mecanismos mercantiles, dejando la
planificación únicamente para orientar las nuevas inversiones. Todas
estas cuestiones serán puestas en duda por los siguientes modelos,
especialmente por el tercero.
Por último, revisando la experiencia yugoslava y poniendo en valor el
desarrollo capitalista en Japón y a la Corporación Mondragón, se
presenta una característica crucial del modelo: el control social de la
inversión. Esta pretende funcionar como un “contrapunto al mercado”, una
forma de “aliviar la ‘anarquía’ de la producción capitalista”. Gravando
los bienes de capital, se trata de, por una parte, fomentar el uso
eficiente de estos bienes, y por otra, financiar un fondo común para
nuevas inversiones. Una vez conformado este fondo, su distribución queda
abierta a distintas posibilidades, que van desde instituciones
burocráticas que lleven a cabo una planificación indicativa de la
inversión hasta confiando en una suerte de "laissez-faire socialista"[13].
Como será evidente para muchos, resulta complicado identificar este
modelo con algo a lo que podamos llamar socialismo, aunque cabe poner en
valor la profundización y detalle en algunos de los aspectos
económico-institucionales que han llevado a cabo el autor y sus
seguidores. Pero es necesario confrontar y debatir con una corriente
que, pese a su buena voluntad, naturaliza y hace suyas gran parte de las
características fundamentales del sistema del que pretendemos
liberarnos.
En nuestro país esta corriente cuenta con cierto seguimiento, y
actualmente Carmen Madorrán puede ser la representante más destacada de
ella, con una elaboradísima tesis doctoral en la que analiza dicha
propuesta desde la perspectiva de la ética ecológica[14]. Economistas como Antoni Comín, entre otros, también trabajaron en su momento este modelo[15].
Parecon
De los tres modelos, el que más seguimiento parece tener, sobre todo
en el mundo anglosajón y particularmente en Estados Unidos, es el
conocido como Parecon (abreviatura de Participative economics),
de Michael Albert y Robin Hanhel. Los intelectuales y activistas
americanos han publicado una buena cantidad de libros y artículos para
exponer su propuesta de una economía participativa, desde textos
académicos hasta escritos orientados a un público no especializado.
Inspirada en valores como la solidaridad, la igualdad, la diversidad,
la autogestión o el equilibrio ecológico, Albert y Hanhel llevan a cabo
su propuesta argumentando que los tres grandes pilares del capitalismo
son la propiedad privada de los medios de producción, la distribución a
través del mercado y la división corporativa del trabajo. Por lo tanto,
su modelo trata de ofrecer una alternativa a todas ellas.
En primer lugar, la más sencilla e intuitiva de todas: la propiedad
social, de todos los ciudadanos, de los medios de producción. Una
propiedad común que asegure que nadie disfruta de un poder
desproporcionado respecto de los demás por el hecho de poseer medios de
producción, así como que nadie obtenga una renta por ese mismo motivo.
En segundo lugar, la alternativa propuesta a los mercados es un
sistema (integrado en una planificación participativa) en el que
consejos de trabajadores y de consumidores llevan a cabo valoraciones
sobre los costes y los beneficios sociales de sus elecciones. Ello se
hace a través de la comunicación mutua de las preferencias de todos los
actores, mediante distintos instrumentos tanto organizativos como
comunicativos: comités de asistencia, precios indicativos, distintas
fases de ajuste de la propuesta de producción, etc. La cuestión clave
para los autores es que las preferencias reales de los individuos
emergen a través de la interacción social, por lo que para obtener
estimaciones precisas de los beneficios y costes sociales se deben
llevar a cabo grandes procesos comunicativos, consultivos y
deliberativos.
Para la facilitación de estos procesos se proponen Comités de
Asistencia a la Iteración, que coordinan el proceso de planificación
recogiendo todas las propuestas iniciales de producción y consumo (que
son, básicamente, predicciones de lo que se quiere producir y consumir)
para compararlas y sugerir alternativas a los distintos consejos. Estas
propuestas son llevadas a cabo a distintos niveles, y tanto por los
consumidores (organizados en consejos de consumidores vecinales,
federaciones de distrito, de ciudad, de comarca, estatales…) como por
los productores (organizados en centros de trabajo, consejos
industriales, federaciones regionales…). A partir de ahí, se inicia una
serie de fases iterativas de comparación de propuestas y negociación,
hasta encontrar un resultado definitivo de convergencia que permita un
plan factible.
Esta propuesta de planificación participativa descentralizada dice
ser la única que “logra establecer un sistema de precios y de ajuste
económico más preciso que los mercados y que la planificación central,
pero, además, refuerza en lugar de anular la solidaridad, la diversidad,
la equidad y la autogestión” (Albert, 2005: 148)[16].
En tercer lugar, contra la división corporativa del trabajo en el
capitalismo, tenemos una de las propuestas estrella del Parecon: las
combinaciones equilibradas de empleo. Estas tienen por objetivo dividir y
reorganizar las tareas tanto dentro de los mismos centros de trabajo
como entre los distintos centros de trabajo, creando un conjunto
equilibrado de tareas más deseables y menos deseables. Por lo tanto, no
es un intento de suprimir la división del trabajo, sino más bien una
redistribución equitativa entre tareas desagradables y empoderadoras.
Además, Albert y Hanhel proponen que la medida de la contribución
laboral a la sociedad, y, por tanto, aquello que justifique la
remuneración de cada individuo, sea el esfuerzo o sacrificio que cada
trabajador realiza, algo que quizás pueda ser problemático (¿es deseable
una fiscalización de nuestro esfuerzo?), pero sin duda nos obliga a
pensar en cómo organizar nuestra compensación por aportar trabajo a la
comunidad.
Aunque no existen representantes claros de esta corriente en el
Estado español, el Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión
(ICEA) ha trabajado y difundido sobre este modelo en alguna ocasión. Y
no es de extrañar que en entornos anarquistas tenga éxito: algunas de
las inspiraciones de sus autores son las distintas luchas anarquistas y
colectivizaciones de centros de trabajo llevadas a cabo en el mundo
entero, aunque también experiencias como la de la Comuna de París o la
de distintas formas alternativas de gestionar el trabajo y la
producción: cooperativas, centros autogestionados, la economía
solidaria, experiencias de democracia participativa como las de Porto
Alegre o Kerala, etc.
Cibercomunismo
Por último, tenemos la corriente del Cibercomunismo y su
propuesta de planificación computarizada de la economía, que supone el
modelo más ambicioso en cuanto al control colectivo del proceso
productivo se refiere. Paul Cockshott y Allin Cottrell llevan
desarrollando sus propuestas desde la publicación de Towards a New Socialism (1993)[17],
reflexionando sobre la potencialidad de las nuevas tecnologías de la
información y la comunicación como herramientas para una gestión
racional de nuestro proceso productivo, así como criticando la
inadecuación de los procesos de planificación de la Unión Soviética,
tanto en términos de democracia como de eficiencia.
Combinando la crítica de la economía política y la cibernética, como
ciencia de la información y el control, la perspectiva cibersocialista
propone la abolición de la propiedad privada, del mercado, del dinero y,
en definitiva, de las leyes que rigen el funcionamiento del proceso
económico capitalista. Una de sus aportaciones más desarrolladas es la
crítica de los mercados, con su inherente tendencia a resultados
socialmente desigualitarios (sean capitalistas o pretendidamente socialistas).
Además, la incapacidad de estos para funcionar al margen de la lógica
de la rentabilidad hace de ellos un mecanismo ciego, rudimentario e
ineficiente como procesador de información, incapaz de incorporar
variables que no sean monetarias.
Por ello, este modelo propone un sistema de planificación
centralizado y descentralizado a la vez, en el que, en un estado acéfalo
(sin cabeza), se diseñen, debatan y seleccionen
democráticamente tres tipos de planes: macroeconómicos, estratégicos y
detallados. Con una red de ordenadores interconectando cada unidad de
producción, con el uso de la optimización lineal para resolver las
ecuaciones de la matriz de producción de la economía, con la posibilidad
de llevar a cabo un cálculo en especie (in-natura) de los
recursos, o integrando orgánicamente las restricciones ambientales en el
problema de optimización para lograr un plan ecológicamente sostenible,
las posibilidades que abre la planificación económica democrática para
resolver los grandes problemas de nuestro tiempo son inmensas.
Contrariamente a la propuesta del Parecon, la
contabilización económica en este modelo se lleva a cabo usando el
tiempo de trabajo como unidad de cuenta, a partir del cual se calcula el
coste laboral de la producción de bienes y servicios, y se remunera a
los productores en bonos de trabajo según su aportación laboral. Esto
último se concreta en que
cada productor recibe un certificado (…( donde se indican
las horas de trabajo que ha aportado (después de deducir (…) la parte
destinada al fondo común) y con el que podrá retirar medios de consumo
del fondo social que han costado un trabajo equivalente. Así pues, cada
productor recibe de la sociedad exactamente lo mismo que aporta a ella.
Decidiendo la cantidad de horas que quiere realizar un productor se está
eligiendo el nivel de consumo deseado (Cockshott y Nieto, 2017: 153)[18].
Por otro lado, tenemos también la contraparte político-institucional
de la propuesta: la democracia directa. Inspirados en la democracia
clásica ateniense, sus autores llevan a cabo una crítica a los procesos
representativos electorales, en tanto que sistemas eminentemente
aristocráticos, para defender una elección por sorteo: una conformación
de consejos de ciudadanos comunes elegidos al azar. Y la apuesta por una
democracia genuina no es ningún capricho: es un prerrequisito
indispensable desde un punto de vista informacional para el control
efectivo de los medios de producción por parte de los trabajadores.
Algunas de las referencias históricas que inspiran esta propuesta son
el abortado proyecto OGAS en la Unión Soviética o el Cybersyn de la
Chile de Allende. Investigadores como Maxi Nieto, con varios artículos y
un libro reciente[19],
en los que se desarrollan los principios fundamentales del modelo, o
Cibcom, colectivo de investigación y difusión del comunismo cibernético,
son los representantes más relevantes de esta corriente en el Estado
español.
Modelar y construir
Llegados a este punto, conviene volver a recordar que, como
planteaba Mandel (1990) “la forma más eficaz y más humana de construir
una sociedad sin clases sigue siendo la experimentación”[20].
Experimentación que debe ser entendida en el sentido de
perfeccionamiento, de mejora “mediante aproximaciones sucesivas”, a
través de las cuales rescatar aquellos elementos valiosos para la
construcción de una sociedad distinta. Pero que sea la más eficaz no nos
puede absolver, de ninguna manera, de afrontar teóricamente el
problema. En línea con Brassier,
la experiencia es un correctivo de la teoría, no su
matriz generativa. La afirmación de que la teoría empieza y acaba en la
experiencia es empirismo. Asume que la experiencia habla unívocamente y
que sus lecciones son incontrovertibles. Pero la experiencia es equívoca
y lo que tiene que enseñarnos solo puede cristalizarse a través de un
subsecuente esfuerzo teórico[21].
Además, debemos ser conscientes de que dicha experimentación es cara.
Los procesos revolucionarios no son experimentos de laboratorio de los
que dispongamos a nuestro antojo; conllevan gigantescos esfuerzos de
miles y miles de seres humanos que arriesgan su vida para la
construcción de mundos mejores. Por ello, también es nuestro deber
adelantar la tarea mediante el trabajo teórico, con el objetivo de que
este sea puesto en práctica cuando logremos abrir ventanas de
oportunidad para ello. Renunciar a esta herramienta, la teórica, resulta
absurdo se mire por donde se mire, pues de ninguna forma estamos en
condiciones de darnos el lujo de no contribuir, desde todos los frentes
en los que sea posible, a la tarea revolucionaria de construir nuevas y
democráticas relaciones sociales.
Así, ante el tímido pero creciente interés por construir mundos mejores que se refleja en la buena acogida de libros como Contra la distopía (Francisco Martorell, 2021) o Utopía no es una isla (Layla Martínez, 2021), o en el desarrollo de movimientos artísticos como el Solarpunk[22],
la organización política de la clase trabajadora debe asumir el papel
de dotar de contenido a estos nuevos ideales, a esta incipiente ambición
creadora. A nosotros nos corresponde el papel de estudiar, debatir y
delimitar las formas que puede tomar la economía una vez la liberemos de
las opresivas relaciones sociales capitalistas y la pongamos al
servicio de las necesidades del ser humano y su medio natural.
La construcción económica del socialismo, puesta en práctica, deberá
atender necesariamente al debate entre autores como Cockshott, Albert o
Schweickart, o caminará a ciegas por un sendero que estamos obligados a
recorrer. Esa es la idea central de este pequeño texto: recordar que el
futuro alternativo por el que luchamos es más deseable, más viable y más
factible que nunca, por lo que concretarlo tiene una utilidad política
que no podemos ignorar.
Como suele decirse, llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones.
Pero, hoy en día, urge modelar sus principios fundamentales en nuestras
cabezas para dotarnos de las condiciones para construirlo. Y estamos de
sobra capacitados para ello, pues toda actividad del ser humano se
define por estar orientada a un fin, por la voluntad de efectivizar un
objetivo, y este último existe previamente en nuestra imaginación, igual
que sucede en el proceso de trabajo cuando se realiza y se obtiene un
resultado. Siguiendo a Marx:
(…) una abeja avergonzaría, por la construcción de las
celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que
distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es
que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla
en la cera[23].
Gonzalo Bárcena es militante de Anticapitalistas y miembro del colectivo Cibcom
Notas
[1] Bensaïd, Daniel (1997). L’arc tendu de l’attente, Le Monde de l’éducation, de la culture et de la formation.
[2] Arboleda, Martín (2021). Gobernar la utopía. Sobre la planificación y el poder popular. Caja Negra.
[3]
Dean, Jodi y Heron, Kai (2022). Leninismo climático y transición
revolucionaria. Organización y antiimperialismo en tiempos
catastróficos. Viento Sur. Disponible en: https://vientosur.info/leninismo-climatico-y-transicion-revolucionaria-organizacion-y-antiimperialismo-en-tiempos-catastroficos.
[4] Para profundizar en la comparación entre varios modelos se recomienda la lectura de Derecho a decidir
(2006), editado por Joaquín Arriola, que recoge una serie de artículos
de varios de los proponentes de los modelos. También se recomienda el
artículo A brief sketch of three models of democratic economic planning,
de Frédéric Legault y Simon Tremblay-Pepin, en el que, en este caso, se
comparan el Parecon y el Cibercomunismo con la Coordinación Negociada,
modelo propuesto por Pat Devine. Este último está disponible en
castellano en: https://cibcom.org/un-breve-esquema-de-tres-modelos-de-planificacion-democratica.
[5] Marx, Karl y Engels, Friedrich (1846). La ideología
[6] GIKH (1976). Principios fundamentales de una producción y distribución comunista. Zero.
[7] Lange, Oskar y Taylor, Fred (1981). Sobre la teoría económica del socialismo. Ariel
[8] Devine, Pat (1988). Democracy and economicplanning. Thepoliticaleconomyof a self-governingsociety. WestviewPress.
[9] Hudis, Peter (2013). Marx’s concept o fthe alternative to capitalism. Haymarket.
[10] Bellamy, Edward (2014). Mirando atrás. Akal.
[11] Morris, William (2016). Noticias de ninguna parte. Langre.
[12] Lenin, Vladimir I. (2015). ¿Qué hacer? Akal.
[13] Schweickart, David (1993). Democracia económica: propuesta para un socialismo eficaz. Cristianismo y justicia (53).
[14] Madorrán, Carmen (2017). Necesidades humanas y límites ecológicos en la Democracia Económica. Una revisión de la propuesta de David Schweickart. Universidad Autónoma de Madrid.
[15] Comín, Antoni (coord.) (2011). Democracia Económica: Hacia una alternativa al capitalismo. Barcelona: Icaria editorial.
[16] Albert, Michael (2005). Parecon. Vida después del capitalismo. Madrid: Akal.
[17] Cockshott, Paul y Cottrell, Allin (1993). Towards a New Socialism. Spokesman.
[18] Cockshott, Paul y Nieto, M. (2017). Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia. Trotta.
[19] Nieto, Maxi (2021). Marx y el comunismo en la era digital (y ante la crisis eco-social planetaria). Maia
[20] Mandel, Ernest (1991). Plan ou marché: la troisiènevoie. Critique Communiste, nº 106-107.
[21] Brassier, Ray (s.f.). Texto inédito en proceso de publicación.
[22] Petruccioli, Marco (2021). ¿Un porvenir luminoso? Jacobin América Latina. Disponible en: https://jacobinlat.com/2021/06/11/un-porvenir-luminoso.
[23] Marx, Karl (2017). El Capital. Crítica de la economía política, libro primero. Siglo XXI, pp. 239-240."
(
Gonzalo Bárcena , viento Sur, 15/10/22)