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9/3/23

Chivos expiatorios: la frustración por unas condiciones adversas afecta a la sociedad, que reacciona proyectando sobre algunas personas los fallos del sistema... Los acusadores viven así libres de culpas y sin la responsabilidad de tener que cambiar nada

 "La salud mental ha encontrado una rendija por la que colarse en los medios. Se ha demostrado el impacto que provoca en nuestra sociedad desde el abuso de medicación hasta el aumento de suicidios. 

Era necesario poner nombre a lo que estaba silenciado por miedo, tabú o estigmatización. Sin embargo, dada la evolución del tema, cabría la posibilidad de que, en lugar de conseguir mayores recursos en la sanidad pública o disminuir las desigualdades que las causan, cayéramos en un fenómeno muy usual entre los seres humanos: la focalización sobre las personas que padecen enfermedades mentales y no sobre el sistema social que las genera. 

Etiquetar a amplios sectores de la sociedad con patologías como el trastorno por déficit de atención (TDA), espectro autista, depresión o trastornos diversos puede conllevar olvidar las causas, incluidas las sociales y económicas, y tranquilizar nuestras conciencias ubicando el malestar en esas personas, lejos del resto.

Se trata de un recurso social muy usado, el del chivo expiatorio, cuando una sociedad se siente en riesgo y tiene miedo, ansiedad o incertidumbre. Puede recaer sobre cualquier colectivo que se perciba como “diferente”. A lo largo de la historia ha sucedido, en sus formulaciones más crueles, en la persecución de las brujas en la Edad Moderna o en el genocidio nazi. Resulta fundamental analizarlo para evitar su aparición en nuestra época de enorme inestabilidad y desconcierto.

La científica Adela Muñoz Páez ha publicado recientemente su libro Brujas, en el que realiza un exhaustivo análisis de las causas que condujeron en Europa a tan cruel persecución de la brujería en la Edad Moderna. Muñoz desmonta algunos mitos, como la idea tan extendida de que las brujas eran en realidad mujeres sabias, alquimistas o hechiceras. A este potente imaginario contribuyó en gran medida el libro Brujas, comadronas y enfermeras, escrito en 1973 por las ensayistas feministas Bárbara Ehrenreich y Deirdre English. 

Con indisimulado pesar, Muñoz advierte de que no ha encontrado en su extenso estudio nada que haga pensar en una sabiduría propia de las llamadas brujas, sino que, por el contrario, encuentra en ellas de forma muy mayoritaria a las mujeres más pobres, a las analfabetas, las marginadas y, frecuentemente, con algún tipo de enfermedad mental. Sin embargo, lo que refleja el libro es el hecho de que son las condiciones socioeconómicas las que, sumadas a factores de misoginia y superstición, disparan el terror y las persecuciones. Se desencadenaron cazas de brujas en toda Europa por razones climáticas adversas, al perderse cosechas, al caer en la miseria o cuando la mortalidad infantil aumentaba.

Por su parte, los psicólogos Carl Hovland y Robert Sears mostraron un vínculo entre el linchamiento de afroamericanos y la curva de precios del algodón entre la emancipación y la Gran Depresión americana. La frustración con la economía del algodón condujo al odio hacia la minoría inofensiva representada por los esclavos negros. Por no hablar de la utilización de los judíos como chivos expiatorios para desviar las culpas de los desastres que sufrió Alemania como consecuencia de la I Guerra Mundial.

¿Podríamos identificar en la actualidad grupos con el rol de chivos expiatorios? Las personas inmigrantes, los menores adolescentes no acompañados, los jóvenes tildados de ninis, las personas con problemas de drogadicción, las sintecho, las de diferente orientación sexual son con frecuencia acusadas de todos los problemas de nuestras ciudades. También las jóvenes con anorexia o bulimia cargan con las culpas del sistema: los medios y las redes sociales muestran hasta la saciedad un prototipo de mujer imposible, pero quien sufre en sus cuerpos son las jóvenes, sin recursos para luchar contra ello y sin que la sociedad parezca apenas inmutarse.

El fenómeno del chivo expiatorio se utiliza en Psicología Social para explicar cómo la frustración o la falta de control debido a condiciones vitales adversas afectan a la sociedad, la cual reacciona proyectando sobre algunas personas o grupos las culpas del sistema. De este modo, los acusadores y la sociedad en general viven libres de culpas y no se sienten con la responsabilidad de tener que cambiar nada. Por el contrario, quienes asumen el rol de chivo expiatorio cargan con un peso emocional que afecta negativamente a su salud mental.

Las personas necesitamos mantener cierto control percibido sobre nuestro entorno y, cuando ocurren epidemias, recesiones, desempleo o guerras imprevistas, se simplifica la realidad designando uno o varios chivos expiatorios. Esta estrategia proporciona una solución aparentemente fácil, que es aislar, eliminar o focalizar el problema sobre el grupo escogido, al tiempo que nos permite mantener el mundo como estable y predecible, y no caótico o peligroso.

Por todo ello, señalar a las personas que están sufriendo psicológicamente como resultado de crisis sociales y desigualdades podría tener un efecto contrario al deseado, si no estamos muy alerta. Porque no debemos olvidar que son los chivos expiatorios quienes están reflejando, como en un espejo, el sistema en que vivimos y del que siempre somos, en alguna medida, responsables."          (Sara Berbel Sánchez , El País, 07/06/22)

19/10/21

"Mi principal ocupación era estudiar el plano de Santiago para buscar el mejor viaducto desde el que tirarme"

 "No podemos normalizar que tantas personas necesiten pastillas para poder dormir o para levantarse y vivir. No podemos normalizar que el trabajo produzca ansiedad ni que el sufrimiento se viva en soledad. Debemos dar respuesta inmediata a quienes tienen problemas de salud mental y abrir un gran debate social". Así se ha pronunciado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto institucional Salud Mental y covid 19. Plan de Acción celebrado en el Palacio de la Moncloa este sábado con motivo de la celebración este domingo del Día Mundial de la Salud Mental. Junto al líder del Ejecutivo, también estuvieron presentes la ministra de Sanidad, Carolina Darias, el escritor Anxo Lugilde, el periodista Quique Peinado y la deportista Victoria Cid, que han relatado en unas breves intervenciones sus experiencias con la ansiedad o la depresión.

Durante este acto, Sánchez ha anunciado el plan de acción 2021-2024 de salud mental que estará dotado con 100 millones de euros. "La salud mental es una prioridad para este Gobierno. Desde el año 2009 no se renueva la estrategia de salud mental, es una hoja de ruta que pretende avanzar con pasos afianzados hacia la mejora de la salud mental", ha señalado. El líder del Ejecutivo ha resaltado que, entre otras medidas, este proyecto impulsará la formación sanitaria en salud mental, lanzará una campaña para visibilizar los problemas de salud mental y se creará un teléfono 24 horas para ofrecer atención y apoyo ante la conducta suicida. Asimismo, ha anunciado que van a incorporar la especialidad de psiquiatría infantil y de adolescentes a la formación sanitaria especializada, sumando estas plazas a las ya ofertadas anteriormente.

Previamente a este anuncio, durante el coloquio inicial, Quique Peinado ha asegurado que la salud mental se ha convertido durante el último año en "el elefante en la habitación". No obstante, ha recordado que lo que ocurre con la salud mental tiene que ver "sobre todo con el tabú y el estigma". El periodista, que escribe semanalmente una columna en infoLibre, ha reconocido durante su intervención que a él lo que le sirvió es "ir a terapia". 

"No he tenido una gran depresión porque tuve la suerte de ir a terapia. Primero porque me lo pude permitir y segundo porque en mi entorno se había hablado de este tema", ha explicado Peinado durante su intervención. "Ahora no es tanto que me traten en terapia, sino que yo sé lo que me pasa y cuando empiezo a identificar eso, sé cómo tengo que actuar", ha admitido. 

Anxo Lugilde, por su parte, ha reconocido que llama a la depresión su "vieja compañera" que le diagnosticaron hace 30 años. Sin paños calientes, en el inicio de su turno de palabra, el escritor ha reconocido que hace un año, en el inicio de las pandemia y por las restricciones, su ocupación principal era "estudiar el plano de Santiago de Compostela para buscar el mejor viaducto desde el que precipitarme y morir". "Tuve la suerte de tener un entorno familiar que me sacó del pozo", ha asegurado, aunque ha recordado que hace cuatro meses estaba ingresado en la unidad de psiquiatría del Hospital del Mar de Barcelona y este sábado se encontraba en "el Palacio de la Moncloa". 

Victoria Cid, deportista de élite, tenía diagnosticada una depresión, pero aun así, tras decirle los médicos que "con esta enfermedad la gente se coge una baja", quiso prepararse para los Juegos Olímpicos aunque posteriormente fue consciente de que "este demonio coge muchísima fuerza y no puedes controlarlo". "El año pasado fue el peor de mis 24 de vida", ha reconocido tras afirmar que "lo primero que pensaba al abrir los ojos por la mañana era: muérete porque no sirves para nada". Asimismo, también ha contado que llegó a preguntarle a su psiquiatra si tenía alzhéimer porque "se me olvidaban las cosas": "Tuvo que explicarme que era por la depresión".  

 Sobre este desconocimiento acerca de la salud mental también ha incidido Sánchez durante su discurso, recogido por Europa Press, al tiempo que ha puesto el foco en que la normalización de los problemas de salud mental puede "acarrear problemas mayores y más grandes". "Hay que pasar del silencio al debate y del debate a la acción", ha afirmado, y ha señalado la "necesidad urgente" de un sistema sólido de prevención, promoción y atención de la enfermedad mental. "Nadie está a salvo, necesitamos una sociedad que facilite, alivie las vidas de estas personas y de los que les rodean, con un compromiso sanitario y político donde podamos afrontar este gran reto que tenemos por delante", ha admitido el presidente del Gobierno. 

Sánchez también ha alertado de que los datos sobre la salud mental "son muy crudos" y "esto dice mucho del problema que tenemos en nuestra sociedad con la salud mental, no podemos normalizarlo. Debemos dar respuesta a este asunto y analizar las causas y el origen". Citando cifras de la Organización Mundial de la Salud, Sánchez ha recordado que actualmente más de 300 millones de personas viven con algún tipo de depresión y que en el año 2030 los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo.

Sólo en España, ha insistido Sánchez, "el 5,8% de la población confiesa sentir ansiedad y casi el mismo sufre depresión". Asimismo, ha recordado que "entre niños de 4 a 14 años, el 13,2% corre riesgo de sufrir algún tipo de salud mental y el porcentaje es cinco puntos mayor en niños que en niñas". Tampoco ha pasado por alto que el 10,8% de los españoles han consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir.

 Con respecto a los suicidios, Sánchez ha recordado que en 2019 murieron un total de 3.671 personas en España. "Debemos hablar de él, visibilizarlo y actuar en consecuencia. Con la pandemia muy probablemente estos datos sean aún peores, pero todavía resulta complejo diagnosticar el impacto del covid en el bienestar de la salud española", ha apuntado.

Mejorar la salud mental en hospitales y en atención primaria

El presidente del Gobierno también ha subrayado la necesidad de mejorar la atención a la salud mental, que "debe ser de calidad tanto en atención hospitalaria como atención primaria". Y en cuanto a la promoción del bienestar emocional, ha explicado que van a poner el foco en la infancia y en la adolescencia y que se van a centrar en los grupos sociales más vulnerables: "Tenemos que analizar los problemas, hacerles frente con el apoyo de las sociedades científicas y el apoyo de la sociedad civil".

 Por su parte, Carolina Darias ha subrayado que ahora hay "más incidencia" en la depresión y en la ansiedad y que han identificado un aumento del consumo de fármacos hipnosedantes, con mayor intensidad en las mujeres. Igualmente, ha explicado que las personas vulnerables y el personal sanitario han sido los que "han sufrido más" las consecuencias del covid en la salud mental."             (Alba Precedo, InfoLibre, 09/10/21)

 

17/2/21

La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho. No hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido. Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. ¿Cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos

 "La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho.Se alude a ella continuamente en los medios de comunicación, que tratan de esbozar la amenaza que se cierne sobre la sociedad apoyándose en declaraciones de profesionales y datos sobre el incremento del consumo de psicofármacos. 

En otro plano, alguien como Bernie Sanders ha hecho referencia a los estragos causados por el aislamiento y la ansiedad en el primer párrafo de su artículo de opinión sobre las medidas que debe tomar la Administración de Joe Biden en los primeros compases de la nueva legislatura.

 La idea de que el sufrimiento psíquico de la gente es un problema de primer orden ha conseguido desbordar los márgenes de lo clínico y de la experiencia individual, lo que ofrece la oportunidad de pensar la salud mental sin los reduccionismos a los que estamos acostumbrados. 

Que se acepte la conexión directa entre el contexto y los denominados “trastornos mentales” puede parecer algo evidente a primera vista, pero lo cierto es que no ha sido ni es la tendencia dominante en psiquiatría. La interpretación hegemónica es biologicista, lo que quiere decir que los problemas de salud mental son considerados básicamente como desajustes bioquímicos. 

Así pues, la “enfermedad mental” se presenta como una patología análoga al resto de afecciones tratadas por la medicina, una disfuncionalidad cuyo abordaje es esencialmente farmacológico. Este es el motivo por el que a la mayoría de las personas que hemos sido atendidas en consultas psiquiátricas nunca nos han preguntado por lo que estaba ocurriendo en nuestras vidas, pero sí hemos escuchado reiteradamente que debemos tomarnos los psicofármacos recetados de la misma manera que un diabético tiene que ponerse la insulina.

 Un argumento que responde más a un anhelo que a los hechos, y que ha sido refutado hasta la saciedad por pacientes, profesionales e investigadores ajenos a esta forma de simplificar la complejidad de los fenómenos mentales, pero que, aun así, sigue vigente porque concuerda con un modo de concebir la realidad que cuenta con entusiastas y poderosos defensores.

 La apología extrema de la individualización que celebra la ideología neoliberal no solo se queda en las dinámicas de consumo, la configuración del sistema productivo o el quehacer institucional, también atraviesa otros territorios menos evidentes, entre los que se encuentra el cómo se percibe y gestiona la salud mental. Hacer del sufrimiento psíquico un problema estrictamente individual responde a la lógica que gobierna el mundo. Un mundo que hoy se cae a pedazos.

 La crisis global que ha provocado el coronavirus está tensando buena parte de las contradicciones sobre las que se asienta la organización de la vida que conocemos. Son muchas las viejas verdades que ya no se podrán sostener sin caer en el ridículo. No, no hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido, no hay nada parecido a una insulina para los problemas de salud mental que nos asolan. Nunca lo hubo. 

Al igual que no existen pruebas médicas objetivas que sirvan para diagnosticar la “enfermedad mental”, solo entrevistas subjetivas, y tampoco demostración empírica alguna de que la depresión, la ansiedad o la psicosis sean causadas por desequilibrios bioquímicos (como suele decir Joanna Moncrieff, profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, no se tiene la menor idea de cómo es un cerebro químicamente equilibrado).

Si todo esto fuera así, si los diagnósticos psiquiátricos tuvieran una base fundamentalmente biológica que pudiera subsanarse con medicación, no habría tanto de qué preocuparse en la actual situación: se podría prever el crecimiento de los casos en base a una prevalencia estimada y habría una solución farmacológica ya inventada desde hace décadas para ellos. 

Pero no, el problema de la salud mental estaba antes de la covid, las consultas psiquiátricas y el consumo de psicofármacos crecían desde hacía décadas sin que se produjera un verdadero cuestionamiento social acerca de los factores que propiciaban semejante escalada. La anterior crisis económica dio numerosas pistas al respecto, pero el modelo asistencial permaneció intacto. 

Las investigaciones sobre Procesos de desahucio y salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública y Los riesgos de la crisis económica en la salud mental en España: evidencias en los centros de Primaria o el más reciente informe del Observatorio Desc sobre Emergencia habitacional, pobreza energética y salud en Barcelona son claras muestras de ello. La irrupción del virus nos acerca a toda velocidad a un horizonte que llevamos tiempo atisbando.

 Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. En el caso de las experiencias psicóticas o el diagnóstico de esquizofrenia, por ejemplo, se ha estudiado su relación con las experiencias traumáticas, la pobreza o el desempleo. Lejos de querer defender la existencia una única causa, ni tampoco descartar la influencia de la biología (lo cual sería absurdo), creo honestamente que las vidas que vivimos son lo que mejor explica nuestro sufrimiento psíquico. 

Esta perspectiva, que nada tiene de novedosa, acarrea una serie de consecuencias lógicas y políticas que la han hecho sumamente impopular en determinados ámbitos. Para empezar, apela directamente a la responsabilidad social, es decir, si el contexto que habitamos empuja a una parte más que relevante de la ciudadanía a la atención psiquiátrica, parece urgente revisar el cómo estamos viviendo. 

También saca la salud mental del campo acotado de la psiquiatría y la psicología y hace de ella una preocupación compartida, ya que deja de ser una cuestión circunscrita únicamente a los individuos y sus dolencias. Plantea, entre otras muchas cuestiones, los límites de un modelo centrado en el fármaco, pues medicalizar la existencia no ofrece una salida real a los problemas de la gente.

 Porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de que no pueden ofrecerse soluciones individuales a problemas que son colectivos si lo que se busca es la reducción significativa del sufrimiento. A la larga es insostenible. Toda alfombra tiene una cantidad limitada de mierda que puede esconder, y esta ya rebosaba.

 Desgraciadamente, este es un momento perfecto para evaluar cómo afronta esta sociedad el deterioro del bienestar mental de las personas. Padecer ansiedad, estar deprimido o incluso tener experiencias psíquicas inusuales como la disociación u oír voces en un contexto como el actual no significa tener una enfermedad, es una respuesta humana a una situación extrema de confusión, precariedad y aislamiento. 

Llegar ahora a esta conclusión no es complicado, nos basta con mirarnos a nosotros mismos y a nuestro alrededor: el juicio se bloquea con pensamientos recurrentes, la incertidumbre paraliza, algunas ideas desembocan en paranoias, cuesta dormir [inciso: mientras escribo estos párrafos he hablado por teléfono con mi madre, una estoica mujer castellana de 75 años que ha dicho: “Si esto sigue así nos vamos a volver todos locos”]. 

 Nuestro propio día a día nos hace bastante más intuitivo el pensar que los problemas de nuestra salud mental están localizados en la vida que creer que lo están el cerebro. ¿Por qué no reflexionar también sobre cómo ha podido afectar el estrés continuado o un conjunto de experiencias negativas a todas esas personas que ya tenían diagnosticados trastornos mentales antes de la pandemia? Sin duda se podrían extraer valiosas conclusiones prácticas de ello…

 Solo si vamos más allá del qué nos está pasando, de la mera constatación de que la gente está sufriendo con todo lo que sucede, podremos plantearnos qué hacer al respecto. La consigna generalizada parece ser invertir en salud mental… ¿pero en qué consiste esa inversión?, ¿más gasto farmacéutico, más personal sanitario, mayor capacidad diagnóstica, más camas en las unidades agudos? Que las plantillas de los dispositivos en salud mental están mermadas es un hecho de sobra conocido. 

Que la posibilidad de ver a un psicólogo en la sanidad pública suele ser escasa, también. Sin embargo, centrar las necesidades exclusivamente en ello parece presuponer que tenemos un modelo correcto falto de medios, algo que cualquier visita a un centro de salud mental o una planta de psiquiatría pone seriamente en cuestión. Hay que mirar a todo lo que falla antes, esa es la idea implícita en el verbo “prevenir”. Voy a poner un ejemplo concreto que quizás ayude a ilustrar lo que estoy tratando de trasmitir:

Un compañero ha sufrido dos ingresos prácticamente consecutivos durante el confinamiento, un total de ocho semanas. Uno de los detonantes, si no el principal, fue la vulnerabilidad económica, ya que sus ingresos se vieron suspendidos por la situación sanitaria y quedaba fuera de las medidas de protección social al formar parte de la llamada economía sumergida. 

Cuando le dieron el alta se le facilitó el número de teléfono del trabajador social que le correspondía por zona para que tramitara el Ingreso Mínimo Vital. Nunca nadie atendió a ese teléfono, consiguió presentar la documentación por su cuenta y casi medio año después no tiene ninguna noticia al respecto (una situación compartida por cientos de miles de ciudadanos, tal y como vienen señalando movimientos sociales y sindicatos desde hace meses).

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas,

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas, pero ¿cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? 

Yendo más allá de estrictas necesidades materiales: ¿cómo nadie te va a enseñar a lidiar con el aislamiento cuando el futuro inmediato se caracteriza por el distanciamiento social? o ¿cómo aprender a gestionar la ansiedad provocada por la inseguridad si los vaticinios fallan día tras día desde hace diez meses? Por eso, por tentador que parezca en un primer momento, pedir psicoterapeutas para todos y todas lleva a otro callejón sin salida. No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos.

 De silenciar históricamente la salud mental se ha pasado a alarmar sobre la necesidad de tenerla en cuenta (la próxima ola de estos tiempos pandémicos), hay quienes han ido más allá y han exigido recursos. De acuerdo, ahora hace falta definirlos, plasmar su traducción práctica para hacer frente a los efectos que está teniendo en la población el miedo, la pérdida, la ausencia de control sobre las propias vidas y la precarización acelerada, cuando no directamente la pobreza.

 Una perspectiva que tiene que implicar a quienes han experimentado y experimentan el sufrimiento psíquico, a quienes tienen un conocimiento directo de lo que funciona y de lo que no cuando se necesita ayuda. Y que a su vez exige romper con todos los discursos que se quedan y agotan en los síntomas y obvian la vinculación con una vida que a todas luces está funcionando mal. 

Porque invertir en salud mental supone muchísimo más que “reforzar los dispositivos de salud mental de manera que puedan hacer frente a las necesidades no atendidas y afrontar el [aumento] previsible de la demanda” (Editorial del 11 de enero de El País); es hacer políticas que combatan la desigualdad y ofrezcan un sostén efectivo a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Y a partir de ahí, avanzar.

Ya no tiene sentido seguir pensando en la locura como algo situado al margen, algo ajeno. Está demasiado presente en nuestra cotidianidad para seguir desviando la mirada. Las consecuencias psicológicas de la pandemia evidencian que el sufrimiento psíquico es un problema que debe ser afrontado colectivamente.

 Su politización conlleva exigir con carácter de urgencia los mecanismos necesarios para minimizar su magnitud e impacto, pero desde luego no se queda solo ahí. Significa trabajar por agrietar los tabúes, reconocernos vulnerables a las acometidas de la vida y trazar un camino común a partir de ese reconocimiento. Asumir, en definitiva, que la construcción de una sociedad más libre y justa es por principio un problema de salud mental."              (Fernando Balius, CTXT, 09/02/21)

 

 

1/9/20

Mary L. Trump: “A mi tío nunca lo amaron de niño”... su tío, el presidente Donald Trump, reúne todos los criterios de un cuadro de trastorno narcisista

Una foto sin datar de los hermanos Trump: desde la izquierda, Robert, Elizabeth, Fred, Donald y Maryanne

"La madrugada del miércoles 9 de noviembre de 2016, la sorpresa se apoderó del mundo. Muchos sintieron euforia. Muchos otros sintieron tristeza. Algunos, miedo. Y Mary L. Trump daba vueltas por su casa, traumatizada como tantos estadounidenses, pero de una manera más personal. “Sentía que 62.979.636 votantes habían elegido convertir este país en una versión macro de mi malignamente disfuncional familia”, explica.

Aunque lo intentó durante años, Mary L. Trump no puede esconder su apellido. Es tan Trump como su tío, el 45º presidente de Estados Unidos. Es nieta del patriarca Fred Trump, un “sociópata” que empujó a su primogénito, el padre de Mary, a un alcoholismo que desembocó en su muerte temprana. Pero esta doctora en Psicología Clínica, de 55 años, es la antítesis de lo que el mundo asocia a los Trump. Culta, devoradora de libros desde la infancia, escritora vocacional, homosexual, de izquierdas. Y ha decidido contar cómo su familia creó “al hombre más peligroso del mundo”, como reza el subtítulo de su libro, Siempre demasiado y nunca suficiente (Urano), todo un fenómeno editorial que se publica ahora en España.

Toda la familia ha decidido guardar silencio sobre el tipo de persona que es Donald Trump, asegura la autora, por lealtad o por miedo. Pero ella no se siente atada por una ni por otro. “En primer lugar, fui desheredada por mis abuelos hace 20 años y eso me desgajó de la familia”, explica la autora en una conversación por Zoom. “Es difícil sentir lealtad por personas que han expresado tan abiertamente su deslealtad hacia ti. Pero esto no tiene que ver con ese hecho: quiero pensar que habría dado el paso de todas formas. Hay demasiado en juego. Y no tengo miedo de ellos. Quizá porque les conozco muy bien”.

Como psicóloga, Trump asegura que su tío reúne todos los criterios de un cuadro de trastorno narcisista. Pero aventurarse con un diagnóstico, asegura, sería complejo, además de innecesario. “Con los trastornos de personalidad, si estamos en el espectro de lo grave, hay muchas cosas que se superponen”, añade. “Podríamos centrarnos en lo más evidente y hacer el dibujo, pero evité hacerlo por varias razones. Primero, porque creo que es irrelevante. Debemos fijarnos solo en su comportamiento, que es atroz. Por otro lado, hay mucho más en él que su trastorno de personalidad. Hay potencialmente un abuso de sustancias, basado en cuánta cafeína consume. Claramente tiene un trastorno de sueño, no duerme lo suficiente. Y luego está lo físico. No hace ejercicio, tiene una dieta terrorífica. Todo eso impacta fuertemente en el bienestar psicológico de alguien. Sin embargo, insisto en que lo importante es su comportamiento. Se comporta de manera peligrosa, sea deliberadamente o como resultado de sus psicopatologías. ¡A quién le importa!”.

Sueño americano

El libro es el relato de la esencia putrefacta de una familia blanca en busca del sueño americano. Una familia marcada por la personalidad del patriarca, Fred Trump, abuelo de la autora y padre del presidente. Un hombre despiadado que destruyó al padre de Mary, el hijo mayor al que no consideró apto para liderar el negocio inmobiliario familiar, y cuya sombra sigue marcando al presidente. “Donald y mi abuelo son muy diferentes”, apunta. “Mi abuelo creo que era así de nacimiento. Y Donald se volvió así por mi abuelo, que fue un hombre muy cruel. Donald imita de muchas maneras a mi abuelo. Esa obsesión por ganar a toda costa. Esa idea de que todo es transaccional. Si alguien no tiene nada que ofrecerte, no hay que tomarlo en consideración. Solo hay un ganador; todos los demás son perdedores. Esa incapacidad de admitir errores, de pedir disculpas. Todas esas cosas en mi familia eran consideradas fortalezas. Igual que ser amable era considerado una debilidad”.

 Con una figura paterna así, es inevitable preguntarse qué tipo de padre habrá sido Donald Trump para sus hijos. “Él no tuvo nada que ver con ellos cuando eran niños”, asegura la autora. “Les criaron las sirvientas. Después han dependido totalmente del dinero de la familia y saben lo que tienen que hacer para que siga así”.

No es gratuito que Mary L. Trump utilice la inicial de su segundo nombre (Lea). Lo hace para diferenciarse de su abuela, Mary Trump, de quien tampoco guarda un buen recuerdo. Ayuda el hecho de que, tras la muerte de su abuelo, cuando la llamó para preguntarle por qué habían sido desheredados ella y su hermano, únicos hijos de su primogénito muerto, la abuela le respondió. “¿Sabes cuánto valía tu padre? Un montón de nada”. Y colgó.

Si su tío es víctima de una familia así, ¿no habría que sentir lástima por él? “Creo que deberíamos tener compasión por el niño que fue”, admite. “Crecer en la familia de mis abuelos tuvo que ser una pesadilla. Me resultaba incluso difícil escribir sobre ello. Pero mi padre vivió en la misma casa y era una persona buena y generosa. Mucha gente ha tenido infancias horribles y luego han sido adultos decentes, empáticos, compasivos. Donald es adulto. Sabe la diferencia entre bueno y malo. Conoce las reglas, aunque elija no cumplirlas. Así que ninguna compasión. Hay que hacerle rendir cuentas, y debe haber una reflexión seria en este país sobre cómo llegó donde está”.

 Eso lleva de nuevo a aquella madrugada de noviembre de 2016, en la que comprendió que millones de sus conciudadanos habían elegido convertir a su país en una versión de su familia. “La única manera de explicarlo es que en los últimos 40 años hemos hecho mucho para asegurarnos de que un porcentaje significativo del electorado sea ignorante”, opina.

Ella, que ha votado demócrata toda su vida, asegura que hará todo lo que esté en sus manos para que Joe Biden gane las elecciones. Y la elección de Kamala Harris para candidata a vicepresidenta le hace “muy feliz”. “Esto va más allá de la política”, defiende. “Nuestro país está en juego. Él pone en peligro la democracia americana. No va de demócratas y republicanos. No sé cómo puedo ser de ayuda. De momento, la gente está respondiendo bien al libro”.

 El libro, 200 páginas que se devoran, con un enfoque muy diferente del de otros títulos que se han acercado a la figura del controvertido presidente, vendió casi un millón de ejemplares el día de julio en que salió a la venta. Ayudó la expectación creada por la familia, que trató sin éxito de frenar la publicación en los tribunales. “Mi principal motivación era que la gente tuviera toda la información sobre qué tipo de persona es, para que cuando voten no puedan decir que no lo sabían”, subraya. “No es una venganza, es preocupación por lo que está sucediendo”. Ella no tiene reparos en afirmar que su tío es un “racista”. “En casa de mis abuelos el racismo, la misoginia y la homofobia eran aceptables. Pero, de nuevo, hay que fijarse en sus acciones. Las cosas que dice y hace no solo son asquerosas, son peligrosas y terroríficas”.

La autora, que se tiene por la primera Trump abiertamente homosexual, describe un ambiente familiar tóxico. “Nadie sabía nada sobre mí. No tenía motivos para decirlo. Aunque no era un tema de conversación, sabía que eran homófobos. Ese ambiente se ve en las políticas de Donald, con esa determinación por ser lo más divisivo que pueda. Es su manera de conectar con sus bases: cuanto más odioso es hacia la gente que ellos odian, más le quieren”.

Asegura la autora que, cuando ve por televisión al presidente, sigue viendo al tío que conoció en su niñez. “Sigue importándole si la gente le quiere”, concluye. “El problema es que no entiende lo que es el amor, porque nunca lo amaron de niño. Nunca será amado de una manera que importe. Eso es una gran parte de por qué es tan cruel. Tiene un gran concepto de sí mismo; enfrentarse a quien realmente es, le destruiría psíquicamente. Sería imposible hacerse cargo de que es una persona tan débil, mediocre y terrorífica”.             (Pablo Guimón, El País, 14/08/20)

24/9/19

La ruta migratoria de los 'homeless' en España explicada por sus psiquiatras

"Hace unos años, mientras hacía el camino de Santiago, María Victoria Ortega reconoció a otro peregrino. Vivía cerca de su casa, en Málaga. Más concretamente, debajo de un puente que hay en El Palo, tradicional barrio marinero de la capital de la Costa del Sol.

El hombre los acompañó durante parte del peregrinaje, que no hacía por asueto. "En verano se iba al norte haciendo el camino y el invierno lo pasaba en Málaga", explica Ortega. "Estuvimos unos días caminando junto a él y fue contando historias, fue una experiencia muy enriquecedora".
Entre otras cosas, les reprochó que viajaban con demasiado equipaje.
Probablemente, para cualquiera de nosotros esta persona habría resultado invisible, porque tal es la capacidad —o la maldición— de los ‘homeless’. Llaman la atención al primer golpe de vista, pero al segundo empiezan a diluirse en el paisaje urbano hasta desaparecer entre papeleras y carteles a medio descolgar.

Pero Ortega no pudo obviar su cara, dado que esta psiquiatra malagueña lleva más de una década centrada exclusivamente en las personas sin hogar. Un día colgó la bata blanca en su antiguo despacho del Hospital Carlos Haya y, vestida de calle, se enroló a tiempo completo en un programa pionero: el de atender a todos esos ciudadanos con patología mental grave, como esquizofrenia o brotes psicóticos, que por vivir en la calle no tenían acceso a la sanidad pública que —por su universalidad— se merecen.

Sin pautas, sin reglas

En aquel momento, Mavy Ortega, quien trabaja en este Programa de Intervención en Salud Mental y Exclusión Social junto a Trinidad Campos, enfermera, y Pedro González, trabajador social, comprendió que todo lo que había aprendido sobre psiquiatría a lo largo de los últimos 15 años de carrera no le servía con estos nuevos pacientes: acostumbrados al rechazo, refractarios a confiar en alguien y, sobre todo, esquivos.

Nunca se sabe cómo estarán en la próxima visita… o si aparecerán.

"Es duro saber que una persona que está enferma, a la que estás visitando y con la que ya tienes un vínculo está sola en la calle", dice Ortega, "y es cierto que entre visita y visita nuestra pueden pasar muchas cosas, por ejemplo que tengan problemas de salud física, o que sufran un robo, o una agresión, o que se muden de sitio y tardemos tiempo en retomar el contacto y los reencontremos en peores condiciones".

Pero después de tantos años, para ellos las recaídas "no son un fracaso, solo un paso más en el proceso".

Trabajar como psiquiatra de ‘homeless’ a tiempo completo era algo inédito fuera de las dos grandes ciudades españolas. Así que, además de conocer el programa de Madrid cuando comenzaron, Ortega y una compañera tomaron un avión a Copenhague, que llevaba bastantes años poniendo en práctica una iniciativa similar y por su tamaño, 600.000 habitantes, era una ciudad más comparable a Málaga.
Los camiones daneses de comida caliente que circulaban de noche no eran una opción realista para Málaga, pero tampoco el distante acercamiento nórdico a los ‘homeless’. Allí los psiquiatras podían pasar días simplemente observándoles desde la acera de enfrente. Ortega comprendió que, en Málaga, tendrían que escribir su propio manual.

El doble estigma

Estos psiquiatras se encargan de una parte muy específica de la sociedad: personas sin hogar con un trastorno mental significativo, que en España pueden rondar los 5.000 o 6.000 individuos. "La patología mental grave se detecta rápido", dice Juan José Martínez Jambrina, director de Salud Mental en el área sanitaria de Avilés, "es gente muy retraída o, en el momento en que consumen cualquier sustancia o se emborrachan, montan el pollo rápido… no es difícil de diagnosticar". Sin embargo, en estos casos el problema es que no todos estos ciudadanos tienen la suerte de caer dentro del ámbito de actuación de los psiquiatras (Madrid, Barcelona o Málaga) o permanecer en él durante mucho tiempo.

Como el vecino-peregrino, un gran número de 'homeless' recorren España de forma casi trashumante, en perpetuo movimiento de norte a sur. Por eso las palabras son tan imprecisas para referirse a ellos: ni todos vagabundean, ni todos mendigan, ni todos son 'sin techo'. Madrid es un lugar recurrente para los que vienen de fuera porque es donde están las embajadas, Barcelona por ser un lugar de paso hacia Europa y por sus suaves inviernos, Málaga es un destino idóneo para los meses fríos.

"En general hay mucha circulación por una variedad de motivos: el clima, la temporalidad en las ofertas de trabajo en sectores como la hostelería o la agricultura, también porque los centros de acogida tienen un límite de días, que varía según la ciudad y el centro, y que hace que muchas personas se hagan un itinerario", indica la psiquiatra.

En el caso de los trastornos mentales, ocurre algo más: a algunos, los propios delirios les hacen moverse, se sienten perseguidos o creen que tienen una misión que debe llevarlos a otra ciudad. "También es frecuente que se alejen de lugares donde han sufrido pérdidas o piensan que ya están etiquetados como enfermos mentales y que donde no les conozcan les va a ir mejor", dice Ortega.

El doble estigma, estar en la calle y ser enfermos mentales, añade múltiples capas de dificultad a la labor de estos especialistas de la sanidad pública. Además, en su descenso hacia la calle suelen haber tenido contactos previos con servicios sociales y sanitarios que han sido infructuosos. Recelan de las ayudas y nunca acudirían a una cita en una unidad de salud mental.

Los manuales de psiquiatría no sirven de nada, dado que la medicación aparece muy, muy, muy abajo en la lista de prioridades de estos pacientes. "Nuestro objetivo final no es que tomen medicación sino que mejore su salud y su calidad de vida, y aunque algunos compañeros del ámbito sanitario y del social puedan no compartir nuestro modelo de trabajo nosotros intentamos evitar la coerción, respetamos su autonomía, su capacidad de decidir, incluso de rechazar nuestra ayuda", dice la psiquiatra malagueña. "Procuramos implicarles en la toma de decisiones, convencer, no imponer, somos muy respetuosos con la autonomía de las personas".

El mito y el estigma

Un programa así habría sido inimaginable a mediados de los ochenta, hasta que entró en vigor la llamada desinstitucionalización psiquiátrica, también conocida como La Reforma.

“Cuando se cerraron los manicomios y toda la gente fue saliendo a la calle, se empezó a decir que se estaban llenando los albergues y las aceras de enfermos”, recuerda el psiquiatra Jambrina. “Un compañero hizo entonces un estudio en el albergue de Gijón durante un año y descubrió que patología mental grave había más bien poquita, sobre todo había gente con problemas de adicción, alcoholismo o con trastornos de la personalidad que, en realidad, no son auténticas enfermedades mentales sino personalidades un poco raras o inadaptadas”.

Hoy los manicomios forman parte del pasado y lo que se ha impuesto es una nueva corriente de intervención denominada Tratamiento Asertivo Comunitario, que consiste en no aislar a los pacientes sino tratarlos en su entorno. Los psiquiatras que salen a la calle para atender a personas sin hogar son, de alguna forma, consecuencia de este cambio de tendencia.

Treinta años más tarde de aquel estudio en Asturias, Jambrina y Lorena Pallas, psicóloga en el sistema sanitario de Castilla y León, se propusieron actualizarlo para ver si, una generación más tarde, algo había cambiado. Los resultados, a los que ha tenido acceso El Confidencial pero que se harán públicos en el próximo Simposio Nacional sobre Tratamiento Asertivo Comunitario, señalan que, a día de hoy, solo el 15% de los ‘homeless’ presentaban algún tipo de patología mental grave, como esquizofrenia o trastorno bipolar. La cifra concuerda con estudios anteriores, según los cuales entre el 13% y el 18% de las veces, el principal detonante de que una persona acabe en la calle es la enfermedad mental.

No obstante, nunca es la única causa por la que una persona acaba cayendo a través de todas sus redes de seguridad hasta darse de bruces en el duro asfalto.

La primera sonrisa de Málaga

Juan padece un deterioro cognitivo, agravado durante los años en que su padre lo mantuvo encerrado en un piso sin apenas contacto con el mundo exterior. Cuando éste falleció, el hijo, desprovisto de las habilidades sociales para mantenerse bajo un techo, acabó en la calle. Los tatuajes talegueros que luce en el brazo —una cruz y un número 13— apuntan a que esos años no fueron fáciles. Cuando Ortega y su equipo iniciaron su expediente, hace cuatro o cinco años, ni siquiera era capaz de comunicarse. Y no es de lo peor que se han encontrado. "Ha habido casos con tanto deterioro personal que al principio no sabíamos si eran hombres o mujeres", comenta Campos.

Hoy se ha acercado al centro de día que hay a unos diez minutos del Hospital Civil, y donde la psiquiatra y sus compañeros suelen acercarse a diario para comprobar la evolución de sus pacientes. Juan, que ha ido a por comida, les muestra un par de conjuntos de camiseta y pantalón corto que se ha agenciado en el mercadillo. Ellas y las monitoras de Faisem —la entidad pública andaluza que gestiona el centro— le observan, serias pero emocionadas.

El mero gesto de ir a comprar ropa parecía imposible hace unos meses. "Aquí hay que venir despenado y llorado de casa", dice la enfermera, "el modelo paternalista no sirve de nada, hay que acompañarles: dejar que tomen sus decisiones y se equivoquen".

Lo mismo sucede con otro paciente, que se pasa solo para entregar unos papeles. "El otro día insistió en ir él solo a hacerse el DNI", explica Carolina, una de las trabajadoras del centro. El lugar es uno de los puntos de apoyo de estos 'homeless' en su regreso hacia la funcionalidad. Aquí pueden venir a echarse en uno de los sofás, lavarse la ropa, hacer un poco de elíptica, comer algo o, simplemente, intercambiar unas palabras tras horas y horas de soledad. "Uno de ellos nos dice que somos la primera sonrisa de Málaga".

Dejarse caer por aquí y adecentarse un poco puede suponer la diferencia entre que les sirvan un vaso de agua en un bar o no, con las consecuencias que todo esto tiene para su autoestima... y para el éxito del tratamiento. Y por eso, además de intervenir en la calle, Ortega y Campos, "las albergueras" (o 'albérguelas' según la terminología de los pacientes) se pasan por aquí a diario.

Juana —nombre ficticio— llega al centro de día. No debería estar allí, puesto que esta mujer de mediana edad ya hace tiempo que vive en un piso junto a otros antiguos 'homeless', pero obviamente nadie se lo impide porque ya es una vieja conocida. Pasó bastante tiempo a la intemperie pese a tener una herencia por cobrar y tres hijos, con los que ha vuelto a recuperar el contacto.

"Cuando has visto a una persona en condiciones deplorables y la acompañas a lo largo del proceso y luego las ves bien, que tenemos bastantes casos, la alegría es mucho mayor", dice Ortega, "gente que ha conseguido un empleo y un alojamiento estable, que ha recuperado a su familia o a los hijos que había perdido. Es un trabajo difícil pero gratificante".

Y eso que, hace unos años, un caso así era muy raro, pero en los últimos años están encontrándose cada vez más mujeres, más jóvenes y, últimamente, más inmigrantes en las calles. "La sociedad cambia, la gente en la calle cambia y las enfermedades mentales también cambian, pero nuestro perfil sigue siendo el de personas sin hogar con trastorno mental grave que están desvinculados de la red de atención sanitaria", indica la psiquiatra.

González, quien forma parte del equipo desde sus inicios y se encarga de arreglar papeles de herencias, prestaciones o ayudas a la dependencia, ve su labor como la de un fontanero que, en lugar de arreglar la rotura de la tubería principal, se dedica a achicar agua del sótano. "Podemos ensalzar este programa o verlo como muestra de un fracaso social", dice, "el éxito sería que este programa tuviera que disolverse y que cerrara el último comedor social de Málaga".

Enganche y clarificación

En el momento de nuestra visita, Ortega está metiendo en un archivador metálico el expediente número 751. Son todos los casos que llevan tratados en este tiempo y, pese a alguna que otra decepción, el número de personas que han logrado sacar de la calle se cuentan por cientos. A la hora de convertir a una persona sin hogar y con una patología mental grave en un paciente, lo más importante es lo que ellos llaman el enganche.

"Recuerdo una persona que el enganche conmigo lo hizo de la forma más rara", recuerda la psiquiatra. "Lo llevaba visitando un tiempo en la calle, era muy mayor, y un día me pidió que le sintonizara Radio María, le puse la sintonía y eso marcó el antes y el después".

Tras el enganche comienza un largo proceso de muchos altibajos que con suerte les lleva a lo que Trinidad define como la clarificación. Desde nuestra posición, es imposible ponerse en la piel de una persona que lo ha perdido todo, ha acabado enganchado a alguna sustancia y, con suerte, ha salvado un par de bolas de partido y empezado a salir adelante, pero inténtenlo. ¿Cuál es esa luz al final del túnel, dónde está y qué aspecto tiene? El camino que pretendíamos seguir en nuestras vidas ha desaparecido. Tras mucho tiempo bajo el agua, hasta el concepto de respiración se vuelve borroso.

Hay que dejar asentarse al paciente hasta que un día llega esa clarificación, cuando se da cuenta de los recursos que posee realmente y lo que puede hacer con ellos. Y entonces, la labor de Ortega, Campos y González ha concluido. No así el tratamiento del paciente, que en adelante es trasferido a las unidades de salud mental comunitarias. Es decir, a los psiquiatras institucionalizados, con sus consultas y sus batas.

Debido a la gratitud que les guardan, en la mayor parte de los casos quienes han estado bajo su tutela y ya están perfectamente estables no les hace gracia cambiar de psiquiatra, aunque también hay algún caso que, medio en broma, ha exclamado al verlas "¡no, con vosotras ya no!".                  (Antonio Villarreal, El Confidencial, 24/09/19)

5/9/18

Hablemos con franqueza sobre la depresión

"En los últimos meses he tenido que sortear varias situaciones difíciles, entre ellas, crisis en las enfermedades que sufren mis padres, ya mayores, y el suicidio de un amigo. Nunca perdí el apetito ni rompí en llanto de la nada, tampoco tuve ninguno de los otros síntomas típicos de la depresión. 

Tal vez sí estaba más irritable de lo normal, un poco más proclive a ponerme de malas. Y, sí, me sumergí en mi trabajo. Pero nunca pensé que había caído en el abismo de la depresión, en una conciencia de uno mismo mucho más intensa, tanto en lo personal como en lo profesional.

Como periodista especializado en salud, a menudo he recurrido a mi propia historia para escribir sobre enfermedades de las que no es fácil hablar. Tuve cáncer de testículos a los 26 años y me diagnosticaron sida por error en los días en que eso equivalía a una sentencia de muerte. 

Pero nunca antes había escrito sobre mis depresiones, a pesar de que me han atacado desde mis primeros pasos en la escritura, a los 11 años, cuando empecé a llevar un diario.

De ninguna manera soy el único al que le pasa. Según el Instituto Nacional de Salud Mental, al menos seis millones de hombres padecen depresión en Estados Unidos. 

Es más, para el doctor Matthew Rudorfer, subdirector de investigación para tratamientos de ese instituto, es muy probable que la cantidad real sea mayor. Los hombres tienden a reconocer menos que las mujeres los síntomas más típicos de la depresión: desánimo, tristeza o lágrimas. 

De ahí que haya un número menor de diagnósticos; en cambio, suelen mostrar más a menudo síntomas “exteriores”, como irritabilidad, enojo y agresividad, consumo excesivo de alcohol u otras sustancias, conductas de alto riesgo y trabajo en exceso.

El discurso del macho: los hombres no se deprimen, solo trabajan, beben y compiten más. Andrew Solomon, autor de “Noonday Demon”, una de las primeras memorias escritas sobre la depresión, me dijo que esa actitud ridícula deriva de esa idea tan arraigada de que los hombres “debemos enmascarar nuestro estado de ánimo con disciplina militar o atlética”.

Entonces ¿por qué hablar ahora? Si hubo un detonante, fue la muerte de mi amigo: un entrenador personal que una mañana de agosto, después de ver a sus clientes habituales, fue a casa y se pegó un tiro en la cabeza.

Ni siquiera viéndolo con cierta perspectiva creo que hubiera podido detectar que corría riesgo de caer en una depresión grave, mucho menos de suicidarse. Solo tres días antes de su muerte, me contaba, emocionado y vital, que iba a comprar una casa y quería mejorar en el trabajo. Como me dijo uno de sus amigos más cercanos: “Uno nunca sabe dónde habita la depresión”.

La mayoría de la gente, incluso quienes me conocen mejor, no detectan mi depresión. No tengo duda de que soy un depresivo hábil que funciona al nivel más alto, que cubre sus síntomas con una mezcla de medicamentos, psicoterapia, ejercicio y que sabe cuándo apartarse del mundo. A diferencia de las cicatrices de la cirugías (cortesía del cáncer), las de la depresión son invisibles.

Me pregunto si en caso de haberle contado a mi amigo sobre mi propia lucha él habría dicho: “Yo estoy igual”. Dejándome llevar por un algún tipo de pensamiento mágico, me imagino que podría seguir vivo si hubiéramos compartido nuestras historias.

Es alentador que haya estudios nuevos que refutan aquellos que sostenían que las mujeres tenían el doble de probabilidades que los hombres de presentar depresión. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Michigan realizado en 2013 concluyó que “cuando se combinan los síntomas tradicionales con los actuales, la disparidad por género en la prevalencia de la depresión se cancela”.

 En otras palabras, hombres y mujeres corren el mismo riesgo de sufrir depresión.

El primer paso para detectar la depresión en los hombres es diagnosticarla apropiadamente, lo que implica establecer criterios precisos y asegurarse de que los profesionales de la salud mental sepan qué están buscando. El segundo paso, que puede ser aun más difícil, es lograr que los hombres hablen sobre ello.
Lo que me lleva de vuelta a mi propio silencio.

 Una de las razones por las que había sido incapaz de hablar sobre mi padecimiento hasta ahora es que, como dice el anuncio del antidepresivo Cymbalta: “la depresión duele”. La primera vez que escuché ese eslogan puse los ojos en blanco, pero desde entonces he aprendido a apreciar la genialidad de quien lo escribió. Imagine tener una gripe terrible, de esas que te dejan tumbado. 

Para mí, la depresión puede sentirse como la peor gripe de la historia. Además, sin final a la vista. Es muy difícil hablar de un dolor así cuando estás experimentándolo.

Y luego está el estigma. Por más que entiendo que la enfermedad es la enfermedad, ya sea física o mental, y aun cuando ahora haya mucha más apertura con respecto a la depresión que en la generación anterior, me siento avergonzado.

Mis propios encuentros con el estigma han sido fuertes. Una vez salí con un hombre que me dejó en cuanto se enteró de que tomaba Lexapro, un antidepresivo. Me han rechazado en un seguro médico, no por el cáncer, sino por los medicamentos contra la depresión que tomaba. Se me castigó por buscar ayuda. “No tiene sentido”, me dijo mi médico.

Así que he decidido ser más sincero. El otoño pasado, cuando tuve que cancelar mi asistencia a un compromiso, no me inventé un malestar físico, como hacía antes. En cambio, escribí por correo electrónico: “La depresión por la que estoy pasando me impide estar ahí, como había prometido. Lo siento”.

La depresión no tiene que ser la lucha más solitaria, tal como la describe Solomon. Si no lo cuento, realmente nunca me conocerán ni me ayudarán. Ahora agradezco cuando mis amigos me preguntan cómo me siento (pero no de esa manera atemorizante: “¿Có-mo es-tás?”). Y agradezco también a los que se ofrecen: “¿Hay algo que pueda hacer?”.               (, The New York Times.es, 25/02/16)

3/9/18

Basta de vender las enfermedades mentales como algo ‘cool’

"Estaba saliendo con un chico nacido en Londres, quien me dijo que Scott y Zelda Fitzgerald eran su pareja favorita. Él era encantador, emocionante y pensaba que me entendía. Su elección de pareja favorita sonaba muy romántica, igual que él.

Sabía quiénes eran los Fitzgerald, claro, pero no conocía bien los detalles de su relación. Ese día, tras acostarme, los busqué en Google: ¿Cuál era el tipo de gran amor que él había imaginado para nosotros?

Zelda Fitzgerald era intensamente glamorosa y hermosa. Scott la llamaba la primera flapper, aquellas jóvenes a la moda de los años 20. Ah, y también resulta que tuvieron una relación turbia destruida por infidelidades y consumo excesivo de alcohol: su “historia de amor” terminó con la muerte de ella debido a un incendio en el hospital psiquiátrico donde estaba internada. Era esquizofrénica y pasó sus últimos años en un hospital.

¿Así era como él me veía? Yo tenía depresión clínica, no esquizofrenia.

En mi mente (y, claramente, solo en la mía) compartíamos una devoción ciega. Cuando la realidad de nuestra relación se hizo clara, pronto estuvo muy ocupado en el trabajo y poco después desapareció por completo. Me dijo, en un mensaje de texto, que estaba “devastadoramente apenado”.

A pesar de que el dolor sobre la relación pasó, sus palabras tuvieron más permanencia.

Busqué más artículos sobre los Fitzgerald. The Guardian escribió que la “esposa llena de problemas” de Scott Fitzgerald era una integrante “hermosa y maldita” de la alta sociedad, igual que el título de su segunda novela, que será interpretada por Scarlett Johansson en un drama de próximo estreno. El romanticismo me molestaba.

En Facebook me apareció el anuncio por rebajas en Skinnydip, una tienda de Londres. Incluía una mochila miniatura, grabada con las palabras “I’ve got issues” (Tengo problemas) y rosas bordadas. Comenzó a sonar en mi cabeza la canción del mismo nombre de Julia Michaels; su suave voz dice: “Cuando estoy deprimida, realmente me bajoneo”, antes de que comience el coro: “Porque, cariño, tengo problemas”.

También encontré unos collares con letras de oro que dicen “Ansiedad” y “Depresión” con letra cursiva gruesa, disponibles en ban.do por 48 dólares. Su fabricante afirma que los dijes “abrirán el camino al diálogo”. Están agotados.

 El problema con el embellecimiento de las enfermedades mentales es lo alejado que está de la realidad. Es casi como sugerir que es una característica deseable en las mujeres. En mi experiencia, las parejas lo perciben como frustrante, ni por asomo tan adorable y extravagante como podrían indicarlo estas declaraciones y productos.

La televisión y las películas tampoco nos han dado un retrato honesto de estos temas. El filme de 1986 Betty Blue convenció a los hombres de que las mujeres con enfermedades mentales eran extremadamente elegantes, afrancesadas y siempre con ganas de tener sexo. 

Hace poco la serie de Netflix 13 Reasons Why, la cual ya confirmó que tendrá una tercera temporada, exploró las razones por las que una linda chica preparatoriana se suicida, desde el punto de vista de su compañero y colega Clay, que está enamorado de ella.

Clay “de verdad se siente atraído por las chicas complicadas”, dice un personaje. Pero el enamoramiento se desmorona cuando remplazas la enfermedad mental con algo físico. “De verdad te atraen las chicas con problemas respiratorios” no suena bien. Tampoco le auguro a Skinnydip el mismo éxito de ventas con accesorios que digan “Tengo la enfermedad de Lyme”.

Al inicio de la segunda temporada de 13 Reasons Why, una animadora muy popular llamada Jessica regresa a la escuela para enfrentar a su violador. Su amiga le asegura que “eres bonita y melancólica; a la gente le encanta eso”, como si la tristeza le añadiera valor a su magnetismo y seducción.

Al menos Lena Dunham, en su papel de la serie Girls —Hannah Horvath, que sufre de desorden obsesivo compulsivo—, muestra la enfermedad mental sin retoques (¿recuerdan la escena de los cotonetes?). Aun así, cuando Hannah llama a su novio (Adam Driver) para decirle que se está “deshaciendo”, él corre por las calles de Nueva York para estar a su lado. Su marcado torso desnudo está un poco húmedo y brilla bajo la luz de las farolas. Una vez que llega a su apartamento, tira la puerta de una patada y la levanta en la seguridad de sus brazos musculosos. ¿En serio?

Mi experiencia es más parecida al personaje de la señorita Havisham en Grandes esperanzas. Solo que en vez de rehusarme a dejar de usar un vestido de novia, era una bata desgastada que tenía descosidos uno de los bolsillos y con la cual constantemente deambulaba.

El pedazo de tela que solía ser el bolsillo estaba descosido porque mi novio, exhausto, lo arrancó durante una discusión. Fue una pelea en la que me rogó y suplicó que me quitara la bata, solo por un día, para que pudiera lavarla, como si fuera un padre agotado que negocia con un bebé para que se coma al menos un bocado de sus verduras. Quería que me dejaran en paz, pero no me parecía nada a actrices que sufrían hermosamente como Greta Garbo.

Atestiguar o sufrir una enfermedad hace que cualquier intento de darle glamur sea completamente ridículo. La depresión no es una manera eficaz de conseguir a un hombre como pareja. Tampoco es una canción de amor con la cual bailar ni una enfermedad de moda ni una novedad para que los blogueros la lleven puesta por unas semanas, lo publiquen en Instagram, lo marquen como favorito y después lo olviden."              (, The New York Times.es, 02/08/18)