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17/2/22

El estrés es un problema colectivo... Las técnicas empresariales de gestión del estrés hacen hincapié en las soluciones individualizadas a nuestras ansiedades y tensiones. Pero cuando una sociedad está plagada de personas con estrés el problema se resuelve de forma colectiva, no individual.

 "Seguí recibiendo facturas. Había una del hospital y otra de Labcorp, y juntas decían que debía 700 dólares por una revisión rutinaria y una prueba diagnóstica. Acababa de empezar un nuevo trabajo —el primero que obtenía luego de mi posgrado— y aún no había recibido mi primer sueldo. Estaba agotada de ver a mis nuevos pacientes de terapia, de conocer a mis nuevos compañeros de trabajo y de acostumbrarme a mis nuevas tareas. Ni qué decir tiene que las facturas sorpresa no llegaron en un buen momento.

Sabía que mi seguro cubría tanto el chequeo como la prueba. Así que hice lo que tenía que hacer: llamé al hospital para tratar de llegar al fondo del asunto. Después de una espera, me comunicaron, pero me dijeron que el problema era con el contratante, no con el proveedor. Así que llamé a mi compañía de seguros. Pero me dijeron lo contrario: que tenía que llamar al proveedor. Así que volví a llamar al hospital. Pero me volvieron a decir que el problema era mi compañía de seguros. Y así sucesivamente. Hubo largas esperas. Me pasaron de un departamento a otro.

Desgraciadamente, todas estas oficinas tenían un horario de trabajo, que era casi idéntico al que yo tenía. Así que me las apañaba para llamar antes y después del trabajo, a menudo mientras esquivaba el tráfico de la hora punta en la autopista. O llamaba durante la pausa del almuerzo, o cuando uno de mis pacientes cancelaba. El proceso se alargó durante días, que se convirtieron en semanas. Mientras tanto, las facturas seguían llegando, ahora selladas en rojo con avisos de «Vencido». Mi mente se agitaba. ¿Me enviarían a una agencia de cobros? ¿Dañarían estas facturas mi crédito? No era culpa mía que el hospital cometiera un error y que yo no pudiera pasar a arreglarlo. Tal vez debería pagarla y acabar con ella.

Fue en esta época cuando empecé a extraviar las llaves, lo que para mí no es un comportamiento típico. Me iba al trabajo sin mi teléfono y tenía que volver a casa para cogerlo. Aparcaba en la calle equivocada a la hora equivocada y me ponían una multa a pesar de que lo sabía. En un momento dado, perdí mi tarjeta del seguro médico y tuve que pedir otra, algo nada fácil con las constantes retenciones y traslados de departamento. De forma acumulada, mi vida se volvía cada vez más estresante, una espiral descendente.

Finalmente, después de semanas, resolví el problema. Poco después, empecé a sentirme más yo misma. En otras palabras, dejé de perder las llaves.

Cuento esta historia no para hablar de la política sanitaria de Estados Unidos (aunque es terrible), ni para ilustrar la trampa de la pobreza (un problema de liquidez temporal no es lo mismo que la pobreza) o los problemas de la recaudación regresiva de los ingresos municipales basada en multas y tasas. Aporto esta anécdota personal para explicar, concretamente, el modo en que el estrés perjudica la función cognitiva a corto plazo.

Según la Asociación Americana de Psicología, la función cognitiva es «la realización de los procesos mentales de percepción, aprendizaje, memoria, comprensión, conciencia, razonamiento, juicio, intuición y lenguaje».

 «El estrés psicológico puede afectar a la función cognitiva a corto plazo (por ejemplo, como cuando los pensamientos de un individuo están ocupados con una discusión que ocurrió antes en el día, lo que resulta en una capacidad reducida para prestar atención, seguir o recordar los pasos de la tarea en cuestión)», según un artículo de 2015 en la revista BMC Psychiatry. «A corto plazo, los estresores diarios menores pueden producir efectos transitorios en la cognición al reducir la cantidad de recursos atencionales disponibles para el procesamiento de la información».

Pero toda una vida de estrés acumulado también puede tener efectos perjudiciales a largo plazo (en particular, cuando se trata de envejecimiento). «Quienes experimentan estrés crónico muestran un deterioro cognitivo acelerado en comparación con sus compañeros menos estresados de la misma edad», decía el artículo.

Ese estudio y otros han sugerido incluso una relación entre el aumento del estrés y la enfermedad de Alzheimer. «La gestión del estrés puede reducir los problemas de salud relacionados con el estrés, entre los que se encuentran los problemas cognitivos y un mayor riesgo de padecer la enfermedad de Alzheimer y la demencia», dice un artículo del blog Harvard Health.

El artículo sugiere «proteger el cerebro» de estos problemas reduciendo el estrés: durmiendo bien, haciendo una lista de tareas y buscando ayuda y apoyo. Todas estas ideas son estupendas y las pongo en práctica en mi propia vida y las sugiero a mis pacientes que se sienten abrumados por los problemas diarios.

Pero estas soluciones para el manejo del estrés siempre se sentirán como nadar a contracorriente en una sociedad que está comprometida, en palabras de Mark Fisher, en «la vasta privatización del estrés». ¿Por qué, exactamente, la gestión del estrés causado por los servicios públicos austeros, las condiciones laborales opresivas y el racismo, el sexismo y otras intolerancias recae en el individuo?

Explico la privatización del estrés a los pacientes después de hablar del sueño, de las listas de tareas y de pedir ayuda. Les digo que no se castiguen, sobre todo porque el problema es sistémico. Pero incluso eso es insuficiente. En la terapia, trabajamos para identificar soluciones reales a los problemas de los pacientes. Así que hablamos de cómo las cosas podrían ser diferentes.

¿Y si la gestión del estrés consistiera realmente en hacer que la sociedad funcione de forma menos estresante para todos? Podríamos reducir la carga administrativa que soportan los individuos contratando a más personas y facilitando el uso de los servicios (esto es válido tanto para los servicios públicos como para los privados). El gobierno podría financiar totalmente un transporte eficiente. El gobierno podría imponer salarios más altos, más seguridad laboral y más tiempo libre remunerado, para que la gente pudiera cuidarse y relajarse.

 La reducción del estrés debería tratarse como un problema serio de salud pública. También es una cuestión de equidad. Como ocurre con cualquier enfermedad social, las personas más pobres son las más expuestas y las que tienen peores resultados. Si realmente queremos reducir el estrés, la única solución es un sistema construido para servir a las personas, y no al revés."              ( , JACOBIN AMÉRICA LATINA, 22/01/22)

20/9/21

Dejar a mi hija en el cole y tener tiempo para desayunar con mi pareja antes de empezar a trabajar. Solo 15 minutos, 900 segundos de felicidad. Parece algo trivial, pero no lo es. Tomar el desayuno sin prisa, hablar de temas intrascendentes, sentir el olor a café en la casa... Esos minutos me dan la vida...

 "Antes de la pandemia, gastaba ese tiempo en un metro atiborrado de gente. Me tomaba dos galletas mientras corría hacía la estación y me maquillaba en el vagón, pero ni el rímel que alarga las pestañas, ni el corrector que cubre las ojeras, ni los pintalabios de efecto permanente eran capaces de ocultar el mal humor y el cansancio que, desde hace años, llevaba tatuados en la cara.

Hacer la comida en casa, en el tiempo que me bajaba a tomar un café o a dar un paseo alrededor de la oficina. 20 minutitos, 1.200 segundos de felicidad. Antes cocinaba por la noche, agotada de los días intensos. Hacía la comida a regañadientes y la metía en un tupper que calentaba al día siguiente en el microondas de la planta nueve. Es la misma comida, pero sabe distinto. En la oficina como y bebo tiempo perdido, en casa me alimento de pausa.

Recoger a la peque en el cole, que está solo a 10 minutos de casa. Ya no hace falta apuntarla a extraescolares para hacer tiempo hasta que mamá o papá vengan a recogerla. Aquí gano casi una hora, 3.600 segundos de felicidad. Esa cuenta no es exacta, porque hay días que la peque va a extraescolares, pero ya no se queda en el cole porque sí, sino para hacer cosas que le gustan, que le mueven, que le apasionan. La conciliación familiar, que creía que era una leyenda urbana, se convirtió en realidad. Porque finalmente el tiempo está de nuestra parte. En total, 95 minutos al día, 5.700 segundos contabilizados en favor de mi salud mental.

No me entendáis mal, ese texto no es una crítica al mundo laboral. Soy una de esas privilegiadas que le gusta lo que hace y siente orgullo del lugar donde trabaja. Lo que no me gusta son los minutos malgastados, perdidos entre la multitud que llena los vagones del metro, olvidados entre los coches atascados en la M30 o extraviados entre los microondas que recalientan cenas en la planta nueve.

Fue necesario una pandemia mundial, que nos obligó a aislarnos en casa, para descubrir esa palabra que era tan poco usada en mi oficina y que ahora considero esencial para mi calidad de vida: teletrabajo. La vuelta a eso que llaman de normalidad, con los niños en el cole, la gente en la calle, la llegada de las vacunas, disolvió gran parte de mis angustias y me permitió descubrir esos minutos, esos pequeños paréntesis de felicidad que he conquistado cuando empecé a trabajar en casa. Ese concepto que parece nuevo, aunque no lo sea, y que, como dice la gente, llegó para quedarse. Por eso no entiendo por qué queréis que volvamos. ¿Acaso somos menos productivos? ¿Hemos dejado de trabajar en equipo? ¿Nos comunicamos peor? ¿Costamos más a la empresa? ¿Por qué queréis arrebatarnos todos esos minutos de vida?

Yo trabajo más y mejor cuando estoy en casa, quizás porque estoy más a gusto y tengo menos distracciones. O quizás porque esos minutos de felicidad me ayudan a estar menos cansada y a tener la mente más despejada. No creo que la productividad haya bajado en mi departamento y la comunicación entre mis compañeros y compañeras es fluida. Es lo que tiene vivir en el siglo XXI, tenemos herramientas más que suficientes para estar en contacto constante. Los coches que abarrotaban el aparcamiento de la oficina están olvidados en sus garajes, castigados por llenar la ciudad de humo y ruido. Ya no tengo la sensación de llegar tarde a todo, con el perdón en la boca, como si la lluvia, el ascensor roto o las obras en el metro fuesen mi responsabilidad personal. Los días que voy a la oficina se han convertido en jornadas especiales, donde me reencuentro con la gente y nos ponemos al día. Las caras de siempre parecen nuevas y ya no hace falta recurrir a los típicos comentarios sobre la meteorología para tener un tema de conversación. Es lo que pasa cuando ir a la oficina no es una regla, sino una agradable excepción.

Ya empezó la afamada desescalada. Mis compañeros y yo tenemos que despedirnos de todo ese tiempo que hemos ganado. El objetivo es regresar al pasado. Borrar  de nuestra memoria la experiencia de trabajar en casa y volver al comienzo de 2019, como si nada hubiera pasado. Pero yo me resisto a aceptar esa realidad. Las historias de viajes en el tiempo nunca me han gustado. Por eso os escribo. Os cuento, con detalle, cada segundo que he ganado con el teletrabajo y os pregunto, con genuina curiosidad: ¿Por qué volver atrás? ¿Qué ha salido mal? ¿La distancia física es realmente un impedimento para hacer bien nuestro trabajo? ¿No hemos estado al pie del cañón a pesar de la pandemia? ¿Acaso nuestra felicidad no es también un activo importante para la empresa?"             (Carla Guimarães , El País, 15/09/21)

7/10/19

Para ser feliz, la genética marca la diferencia. Por ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas. De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos. De media la felicidad depende en un 50% de la genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del entorno... pero el 94% de los universitarios estadounidenses sufren estrés. "Es la nueva pandemia global"...

"Tal Ben-Shahar (Ramat Gan, Israel, 1970), doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard, donde fue profesor 25 años, lleva otros tantos estudiando la felicidad. Como muchos otros expertos, cree que el gran enemigo del bienestar es el estrés: el 94% de los universitarios estadounidenses lo sufren. "Es la nueva pandemia global", dice en alusión al calificativo empleado por la Organización Mundial de la Salud. 

Los médicos lo llaman el "asesino silencioso", cuenta. Pero el psicólogo israelí cree que durante años se ha estado mirando al lado equivocado; no hay que estudiar los factores que lo provocan, sino las conductas que no lo curan. "Hemos dejado de darle importancia al descanso, a la recuperación y no basta con el sueño", apunta.
 
Ben-Shahar cambió hace unos años Boston por Nueva York y ahora imparte un seminario sobre la felicidad en la Universidad de Columbia, además de dirigir el Happiness Studies Academy, una plataforma online con cientos de estudiantes interesados en aprender a gestionar sus emociones. Desde hace años tiene claro el diagnóstico: la felicidad constante no existe.


Esta semana ha participado en EnlightED, un evento sobre el futuro de la educación y su relación con la tecnología organizado en Madrid por South Summit, la Fundación Telefónica, IE University y la Fundación Santillana.


Pregunta. ¿Existe un sistema inmune psicológico? ¿Hay personas que tienen mayor tendencia a la tristeza?

 Respuesta. La genética marca la diferencia. Por ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas. De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos; la hemos padecido generación tras generación. El hecho de ser infeliz hizo que me interesara por este campo: la ciencia de la felicidad. En los años setenta, en Estados Unidos, se hizo una serie de investigaciones sobre gemelos con idénticos genes. Se les separó al nacer, fueron criados en países distintos, con economías diferentes. Pasados los años se observó que había muchas similitudes en cuanto a sus niveles de bienestar, su comportamiento e incluso sus pasiones. De media la felicidad depende en un 50% de la genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del entorno. Esos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como una guerra.


P. ¿Cómo se miden los niveles de felicidad en el cerebro?


R. Hay patrones cerebrales que están asociados con la felicidad, con la depresión o con la rabia. No es solo una parte, sino múltiples que trabajan de forma conjunta. Un ejemplo es la corteza prefrontal: la parte izquierda se asocia con las emociones positivas y la derecha, con las negativas. Es importante conocer los hallazgos en este campo para entender que con nuestra conducta podemos mejorar los niveles de bienestar.


P. Hay un boom, cientos de best sellers sobre el tema. ¿Nos preocupamos más ahora por intentar ser felices?


R. No, es algo ancestral. Hace 2.500 años, Aristóteles escribía sobre ello. La Biblia también trata ese tema. Siempre ha sido parte de nuestro pensamiento. La diferencia es que ahora tenemos más tiempo libre y a eso se suman unas expectativas de vida irreales. El resultado es que nos sentimos infelices porque no entendemos lo que es la felicidad.


P. ¿Qué es la felicidad?


R. No es posible estar siempre feliz. Las emociones negativas, como la rabia, el miedo, o la ansiedad, nos hacen falta. Solo los psicópatas están a salvo de eso. El problema es que, por falta de educación emocional, cuando las sentimos, las rechazamos, y eso hace que se intensifiquen y que nos domine el pánico. Si bloqueamos una emoción negativa, igualmente lo hacemos con las positivas. Hay que sentir el miedo y ser conscientes de que tiramos hacia adelante con él. No es resignación, sino una aceptación activa. Cuando nació mi hijo David, al mes empecé a sentir celos de él. Mi esposa le dedicaba más atención que a mí. En ocasiones las emociones se polarizan, llegamos a extremos y no por ello somos mejores o peores personas. Somos humanos.


P. Según un reciente estudio de la agencia europea Eurofound, los niveles de estrés están aumentando en la escuela y la transición de los jóvenes hacia la vida adulta se complica por las expectativas de sus padres y las presiones de la sociedad.


R. Las expectativas tienen un papel clave en la felicidad. La más peligrosa es creer que se puede estar en la cresta de la ola de forma constante. La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable. En los últimos años las redes sociales han influido bastante; ver las caras sonrientes de los demás, sus relaciones de pareja idílicas, un trabajo ejemplar. Cuando sentimos tristeza o ansiedad esas imágenes refuerzan nuestra idea de que algo estamos haciendo mal. Pero nada de eso es real, todos vivimos en una montaña rusa emocional. Es inevitable y no es malo.


P. El 14% de los jóvenes europeos entre 15 y 24 años está en riesgo de sufrir depresión —según el último informe de Eurofound— y lideran el ranking países como Suecia (con una tasa del 41%), Estonia (27%) y Malta (22%). En España, donde la tasa de desempleo juvenil es más elevada, está por debajo del 10%. ¿Qué está fallando?


R. Te pondré otro ejemplo. En Estados Unidos cada cinco años se miden los niveles de salud mental, que suelen variar un 1% hacia arriba o abajo. En el último periodo, los resultados han sido muy diferentes: entre adolescentes, los niveles de depresión han crecido hasta en un 30%. Uno de los motivos es que están disminuyendo las interacciones cara a cara, se sustituyen por el smartphone. Las relaciones personales son un antídoto contra la depresión.


P. En el siglo XIX se trabajaba hasta 18 horas diarias y ninguna ley impedía hacerlo 24 si era necesario. Hoy tenemos mayor calidad de vida. ¿Cuál es la raíz de la insatisfacción permanente?


R. La expectativa de vida de los trabajadores era proveer suficiente comida a su familia para sobrevivir. Hoy pensamos en ganar más dinero, en las vacaciones soñadas... Hoy lo puedes hacer todo; aunque tengas un empleo interesante y te gusten tus colegas, no es suficiente. Como puedes elegir y cambiar, nunca estás satisfecho.


P. ¿Cómo puede la escuela prepararnos para saber lo que es la felicidad?


R. Hay que enseñar a cultivar relaciones sanas, a identificar propósitos y sentido en lo que hacemos. Y lo más importante: a encontrar tiempo para el descanso. Las investigaciones han demostrado que ese el gran problema, que no nos recuperamos del estrés. No vale con leer best sellers de autoayuda, hace falta una acción. En el trabajo, hacer un parón cada dos horas de 30 minutos, o de 30 segundos si trabajas en Bolsa, pero desconectar y respirar. Tomarte un día libre. Aprender que la felicidad no es un código binario, de uno a cero, sino un subir y bajar. Es un viaje impredecible que termina cuando mueres."                         (Entrevista a Tal Ben-Shahar, Ana Torres Menárguez, El País, 04/10/19)

21/3/18

Nueva York, capital americana de la soledad. En la Gran Manzana, incluso las actividades sociales son afrontadas como un trabajo

"“Soy el hombre solitario de Dios”, decía Robert de Niro en 'Taxi Driver', mientras se deslizaba hacia un agujero de insomnio crónico, paranoia, y, al final, una explosión de violencia.

 La bruma nocturna envolvía su taxi y Nueva York encarnaba, una vez más, como en las pinturas de Edward Hopper, o en las fotos de Vivian Maier, una postal icónica de la soledad urbana. El lado estético de algo muy real. Una “epidemia creciente” que ha disparado la curiosidad científica y movilizado a los terapeutas de la Gran Manzana.

“Es una ciudad dominada por la ambición profesional”, dice Kerrie Mohr, trabajadora social y terapeuta, en su consulta del distrito financiero. “La gente se muda aquí para conseguir sus objetivos profesionales. 

Cuando priorizas tu carrera, lo que estás haciendo es no priorizar el estar con la familia, o los amigos, ese tipo de apoyo orgánico. Por lo que veo en mi trabajo, en Nueva York mucha gente está aislada de diferentes maneras porque no tiene esas conexiones. Y las conexiones aquí requieren un mayor esfuerzo”.

Mohr se refiere a que la vida social en Nueva York es como un trabajo: los horarios son duros, la ciudad grande, el tiempo limitado, y quedar con alguien implica organizar con días de antelación un plan específico y bueno. Este mundo laboral aparte usa su propia jerga. “Quality time”, o tiempo de calidad, es la presión de hacer siempre algo significativo, memorable, diferente. 

El FOMO (“fear of missing out”: el miedo a perderse algo) es la asistencia compulsiva a estrenos, conciertos, bares nuevos, por miedo a no estar al tanto de las novedades. Un estado mental que impide cultivar relaciones sólidas.

 Para hacer y mantener amigos, dice Mohr, “hay que trabajar con intención. No hay esa facilidad automática de alguien que se presenta en la puerta de tu casa, como ocurre en los pueblos”. 

Es el precio del dinamismo de una ciudad superpoblada, disparada económicamente y con niveles de empleo récord. Una ciudad donde más de la mitad de los residentes viven solos, casi el doble que la media estadounidense del 27% y un récord nacional. En algunos barrios de Manhattan unas siete de cada diez personas viven por su cuenta.

 El resultado es que la soledad enseña a menudo su horrible pezuña. En el forastero que acaba de llegar y se agarra a cualquier plan con avidez desesperada. En la dificultad que experimentan las mujeres profesionales, estadísticamente, en encontrar pareja estable. En los hombres mal afeitados que pasan los días leyendo pilas de revistas en las bibliotecas públicas.

Un problema de salud

El pasado otoño Kerrie Mohr se unió a Sidewalk Talk, “charla de acera”, una iniciativa sin ánimo de lucro que desde 2014 intenta concienciar sobre el exceso de soledad y educar a los ciudadanos en cómo mantenerla a raya. De vez en cuando Mohr y media docena de voluntarios se establecen en un lugar concurrido, como Central Park, o la estación de Columbus Circle, y se ofrecen a escuchar los problemas de los peatones que necesiten hablar.

Sidewalk Talk fue fundado por varias terapeutas de San Francisco, entre ellas su actual directora, Traci Ruble. La especialista en terapia de pareja explica que tuvo la idea después de la matanza de Sandy Hook, la escuela primaria de Connecticut donde un joven mató a 20 niños de entre seis y siete años y a seis trabajadores del centro. “No quería hacer más análisis. Así que me senté en una acera y empecé a escuchar a la gente”, dice por teléfono.

A día de hoy su proyecto, financiado con pequeñas donaciones, cuenta con alrededor de 1.200 voluntarios en 40 ciudades de doce países. “Una de las razones por las que hemos tenido tanto éxito es que no preguntamos por la información personal. 

A la gente le encanta”. El peatón que quiera se detiene, habla durante un tiempo indeterminado, y se va sin más. Los voluntarios reciben previamente unas pautas sobre cómo escuchar, sin opinar ni dar consejos. Según Ruble, que ha practicado esta actividad en diferentes lugares y contextos socioeconómicos, se acercan todo tipo de perfiles.

“El animal humano está programado para vivir en grupo”, continúa. “El sentido de pertenencia no sólo tiene un impacto psicológico, sino físico. La soledad hace más daño que la obesidad, el alcoholismo, la adicción al tabaco o la falta de ejercicio”.

Un estudio conjunto de la Universidad de Carolina del Norte y la de Bringham Young, en Utah, demostró que las personas solitarias tienen el doble de posibilidades de morir prematuramente. Otra investigación estimó que los individuos aislados padecen un 29% más de enfermedades cardíacas y un 32% más de apoplejía, además de muchas otras dolencias. 

“Personas con menos conexiones sociales tienen trastornos de sueño, sistemas inmunitarios alterados, más inflamación y niveles más altos de hormonas del estrés”, escribió el doctor Dhruv Khullar en The New York Times.

Programados para vivir en grupo

La soledad simplemente no es natural para la mayoría de las personas, como explica el director del Centro de Neurociencia Cognitiva y Social de la Universidad de Chicago, John Cacioppo: “Hemos sobrevivido como especie no porque seamos rápidos o fuertes o tengamos armas naturales en la punta de los dedos, sino por la protección social”, declaró a The Atlantic. “Nuestra fuerza es nuestra habilidad para comunicarnos y trabajar juntos”.

Su teoría ha sido reforzada por un hallazgo reciente. Según científicos de la universidad MIT, una parte del cerebro humano, el núcleo dorsal del rafe, contiene unas neuronas que reaccionan a la soledad y nos hacen buscar instintivamente la protección del grupo. Un mecanismo evolutivo que nos fuerza a ser gregarios para aumentar nuestras posibilidades de sobrevivir.

Las redes sociales también juegan su papel. Ese muro de atardeceres, piernas estiradas en la arena, honores y momentos inolvidables pueden ser un aguijón más en la carne del solitario. 

La depresión o la muerte prematura están al final del túnel en los casos extremos, como les ocurre a muchas personas ancianas en Nueva York, donde la mitad de los mayores de 85 viven solos y son más vulnerables, si se sienten aislados, al declive cognitivo. Pero las primeras fases tienen un sabor familiar para muchas personas.

“Con el tiempo, la soledad se convierte en inseguridad”, dice Kerrie Mohr. “La persona se encierra en sí misma, no quiere arriesgarse a ser rechazada. Y siente negativamente interacciones neutrales. Se siente mal, tiene ansiedad, y su tendencia es a aislarse aún más y a no a hacer el esfuerzo de llamar a un amigo o de invitar a un colega a tomar algo después del trabajo.

 No quiero que la gente se deje llevar por su miedo a ser rechazada y no haga cosas”.
Sidewalk Talk es una entre muchas iniciativas para combatir la soledad, algunas del ayuntamiento, otras de voluntarios.

 YouCaring se centra en acercar la música a los mayores neoyorquinos; Little Brothers, Dorot y Visiting Neighbors les organizan visitas de gente joven con la que conversar. “Siempre digo que no hay suficientes terapeutas en el mundo para arreglar lo que está roto dentro de nosotros”, dice Ruble. “Tenemos que implicarnos todos”.              (Argemino Barro, El Confidencial, 08/03/18)

26/3/13

“El tipo de ciudad en que queremos vivir está ligado al tipo de personas que queremos ser”

"Creo que la propuesta de que el tipo de ciudad que queremos construir debería reflejar nuestros deseos y necesidades personales es una propuesta muy importante. Sabes, nuestro entorno social, cultural, económico, político y urbano es muy importante. ¿Cómo desarrollamos estas actitudes y tendencias? Esto es importante. 

Así, al vivir en una ciudad como Nueva York, tienes que viajar por la ciudad, transportarte, y tratar con otras personas de una manera muy determinada. Como todo el mundo sabe, los neoyorquinos tienden a ser fríos y bruscos con los demás. Eso no significa que no se ayuden entre sí, pero para tratar con el ajetreo diario, y las cantidades masivas de gente en las calles y en el metro, debes negociar con la ciudad de una manera determinada.

 En la misma línea, vivir en una urbanización privada en las áreas residenciales conduce a determinadas maneras de pensar sobre en qué debería consistir la vida diaria. Y estas cosas evolucionan hacia diferentes actitudes políticas, que a menudo incluye mantener ciertas urbanizaciones privadas y exclusivas, al precio de lo que pase en la periferia. Estas actitudes sociales y políticas son creadas por el tipo de entorno que creamos.

 Para mí esa es una idea muy importante: las respuestas revolucionarias al entorno urbano tienen muchos precedentes históricos. Por ejemplo, en París en 1871, había un tipo de postura en la que la gente quería un tipo de urbanización diferente; querían diferentes tipos de personas viviendo allí; era una reacción al desarrollo especulativo-consumidor de clase alta que tenía lugar en ese momento.

 En consecuencia, hubo un levantamiento que exigía diferentes tipos de relaciones: relaciones sociales, relaciones de género y relaciones de clase.

En este sentido, si quieres construir una ciudad donde, digamos, las mujeres se sientan cómodas, por ejemplo, construirías una ciudad muy diferente de las que conocemos. Todas estas cuestiones están ligadas a la cuestión de en qué tipo de ciudad queremos vivir. No podemos divorciarla del tipo de personas que queremos ser; qué tipo de relaciones de género, de clase, etc.

 Para mí, el proyecto de construir la ciudad de una forma diferente, con una filosofía diferente, con intenciones diferentes, es una idea muy importante. Ocasionalmente esa idea ha sido emprendida en movimientos revolucionarios, como la Comuna de París. Y hay muchos más ejemplos que podríamos citar, como la huelga general en Seattle hacia 1919. El pueblo tomó el control de toda la ciudad, y empezaron a montar estructuras comunitarias.

 En Buenos Aires en 2001 estaban pasando estas mismas cosas. En El Alto en 2003 hubo otro tipo de erupción. En Francia, hemos visto las áreas suburbanas disolviéndose en revueltas y movimientos revolucionarios durante los últimos 20-30 años. En Gran Bretaña, hemos visto este tipo de revueltas y levantamientos una y otra vez, que son realmente una protesta contra la manera en que se vive la vida diaria.

 Ahora, los movimientos revolucionarios en áreas urbanas se desarrollan bastante lentamente. No puedes cambiar toda la ciudad en una noche. Lo que vemos, sin embargo, es una transformación en el estilo de la urbanización en el período neoliberal.   (...)

Así, hay que mirar a la urbanización como un producto de la búsqueda de formas en las que absorber la productividad y producción crecientes de una sociedad capitalista muy dinámica que debe crecer a una tasa del 3% de crecimiento compuesto si quiere sobrevivir. Ésa es para mí la pregunta:

 ¿Cómo vamos a absorber este 3% de crecimiento compuesto en los próximos años a fin de evitar los dilemas de urbanización/suburbanización del pasado? Es interesante conceptualizar cómo podría hacerse.  (Entrevista a David Harvey, Diagonal Global, 12/03/2013)

"Justo ahora, los chinos están intentando limitar su tasa de crecimiento. Así que, en vez de buscar una tasa de crecimiento del 10% del PIB, están apuntando a un crecimiento del 7-8% en los años que vienen. Intentarán “bajar las revoluciones”. Quiero decir, por favor, los chinos tienen como cuatro ciudades vacías. ¿Puedes creértelo? Ciudades completamente vacías.

 ¿Qué pasará en los próximos años? ¿Estas ciudades se convierten en áreas urbanas productivas? ¿Simplemente se quedarán así y se pudrirán? En cuyo caso, un montón de dinero se perdería y una gran depresión golpearía a China también."      (Entrevista a David Harvey, Diagonal Global, 15/03/2013)

18/8/11

En la vida urbana hay algo que no le sienta bien al cerebro humano

"Que vivir en la ciudad aumenta significativamente el riesgo de padecer depresión, ansiedad y sobre todo esquizofrenia se sabe hace décadas, y el vínculo es tan claro que los expertos aceptan que debe de haber una relación causal: en la vida urbana hay algo que no le sienta bien al cerebro humano. La cuestión es encontrar qué.

Los culpables se buscan hace años: estrés, falta de apoyo social, mayor consumo de drogas... incluso un virus. Aún no hay una respuesta. La última pista llega de la neurociencia: un grupo de investigadores ha descubierto que el cerebro de quienes han crecido entre edificios reacciona de forma distinta al estrés social. (...)

Las primeras evidencias de que los habitantes de las ciudades sufren más esquizofrenia datan de los años cuarenta. (...)

¿Y si el culpable fuera el estrés? Se admite que los sucesos estresantes son un desencadenante de los trastornos de tipo psicótico, como la esquizofrenia. Y ese ha sido el punto de partida para los primeros neurocientíficos en abordar el misterio de las ciudades y la salud mental. (...)

Diseñó un curioso experimento: mientras 32 estudiantes resolvían problemas aritméticos complejos, los experimentadores los estresaban con comentarios negativos y actitudes reprobatorias.

"Les decíamos que sus resultados estaban siendo inferiores a la media, y les sugeríamos con impaciencia que se dieran un poco más de prisa...", ha contado Meyer-Lindenberg en Nature.

De entre las áreas cerebrales que se activaban durante la prueba, dos variaban en función de la procedencia urbana o rural de los voluntarios. La amígdala, un área clave en el procesado de las emociones, se activó exclusivamente en quienes vivían en ciudades en el momento de la prueba.

El córtex cingulado -la región PACC-, que contribuye a regular la amígdala y a procesar emociones negativas, se activó más intensamente en quienes crecieron en ciudades.

Los investigadores detectaron variaciones incluso según el tiempo transcurrido en la ciudad durante la infancia, y según el tamaño de la ciudad en cuestión.

La asociación aparecía tan clara que Meyer-Lindenberg desconfió y repitió el experimento con más voluntarios, teniendo en cuenta factores como -entre otros- edad, nivel educativo, ingresos, situación familiar, estado de salud, personalidad y estado de ánimo.

Pero "ninguno de ellos alteraba el efecto de la urbanicidad, lo que sugiere que vivir en un ambiente urbano cambia la respuesta del cerebro en situaciones de estrés social, por un mecanismo claro aunque misterioso" (...)

"La incidencia aumenta con el grado de urbanización", escribe en The British Journal of Psichiatry; los habitantes de las áreas más densamente pobladas "tenían un riesgo entre un 68% y un 77% mayor de desarrollar psicosis, y entre un 12% y un 20% mayor de desarrollar depresión".Ningún investigador defiende, no obstante, que sea malo vivir en las ciudades. (...)

Y la planificación del crecimiento urbano debería tener en cuenta también la salud mental, opina Sundquist: "Es importante que los expertos en urbanismo sepan más sobre los mecanismos específicos que actúan sobre la salud mental, y esto podemos proporcionarlo los investigadores".

Ella coincide con Van Os en que hay que estudiar más el papel de factores como el soporte social y el grado de estrés cotidiano, y profundizar en las diferencias entre estilos de vida dentro de la propia ciudad. No es lo mismo, suponen, un entorno urbano con muchas zonas verdes que una zona industrial. (...)

Ana Dolado, del estudio Araujo-Dolado Arquitectos, reflexiona sobre lo que considera un exceso de estímulos en el espacio urbano actual: "La ciudad es un soporte que cambia a una velocidad difícil de procesar.

La gente reconoce el entorno pero no se identifica con él. El ritmo es tal que a los habitantes no les da tiempo a establecer vínculos con su espacio". (...)

"hay elementos culturales protectores de la salud mental". Resume uno de ellos: "En vez de pasarte cuatro horas en Facebook, queda con un amigo a tomar una caña". (El País, ed. Galicia, 14/08/2011)