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31/8/20

La neurotecnología ya lee cerebros: protejamos nuestros pensamientos... con los 'neuroderechos'

  "La crisis de la covid ha demostrado, entre muchas otras cosas, la fragilidad de la protección de la privacidad de nuestros datos personales y las carencias de los sistemas legales y administrativos, nacionales e internacionales, para abordar estos problemas. Escribo para poner de relieve un problema aún mayor: el de nuestra privacidad mental. Es un problema que nos viene de frente, pero que estamos todavía a tiempo de evitar.

 Esta historia empieza en febrero de 2013 en el Congreso de Estados Unidos. En una reunión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado, el presidente Barack Obama pronuncia el discurso del estado de la Unión y anuncia el lanzamiento de un proyecto científico a gran escala y a largo plazo, la iniciativa BRAIN (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies: investigación cerebral a través de neurotecnologías avanzadas innovadoras). Este proyecto, que Obama comparó con la gesta de llevar al hombre a la Luna, desarrollará herramientas que se aplicarán en cerebros de animales de laboratorio y en pacientes humanos. Estas herramientas (electrónicas, ópticas, moleculares y computacionales) servirán para registrar la actividad cerebral o para interferir con ella, colocando dispositivos invasivos (dentro del cerebro) o no invasivos (por encima del cráneo).

¿Por qué Obama lanza este proyecto? La neurotecnología es necesaria por razones científicas, clínicas y económicas. Desde la perspectiva de la ciencia es clave entender el cerebro, última frontera del conocimiento del cuerpo humano. Al comprender el cerebro, nos entenderemos por dentro por primera vez.

Desde el punto de vista de la medicina, las herramientas facilitarán el diagnóstico, la comprensión y la cura de enfermedades psiquiátricas y neurológicas, que resultan cada vez más devastadoras en la población.

En cuanto a la economía, la neurotecnología seguramente abrirá un campo enorme de desarrollo para empresas e industrias, como ocurrió con el proyecto del Genoma Humano [la gran iniciativa internacional de mapeo genético nacida a finales de los ochenta], que multiplicó por 124 la inversión en este campo. Este último fue el argumento más convincente para el Congreso de EE UU.

La iniciativa BRAIN, con una financiación estimada de 6.000 millones de dólares (el presupuesto no se ha visto reducido a pesar del cambio de inquilino en la Casa Blanca) está en su quinto año de los 12 previstos de duración, e involucra a más de 500 laboratorios que desarrollan todo tipo de neurotecnologías. Es una revolución metodológica para la neurociencia, como ocurrió en la biomedicina con la técnica de secuenciación del genoma. Esto no está ocurriendo solo en EE UU: desde 2013 se han lanzado proyectos centrados en el cerebro en China, Japón, Corea, Australia, Canadá, Israel y la Unión Europea, aunados en una iniciativa BRAIN internacional. Además de estos esfuerzos públicos, las empresas privadas, farmacéuticas y, sobre todo, las tecnológicas se están incorporando cada vez con más fuerza al desarrollo de interfaces cerebro-computador que conecten el cerebro a la Red. Estas interfaces pueden llegar a ser el equivalente a los iPhones del futuro.

Esta revolución neurotecnológica es buena, necesaria y, de hecho, urgente, como saben bien los lectores con familiares o amigos que sufren enfermedades neurológicas o psiquiátricas, y para quienes necesitamos desarrollar terapias más efectivas. Pero la ciencia es neutra, y estas técnicas, que tanto bien pueden causar a la humanidad, también pueden tener consecuencias negativas. Sería posible, por ejemplo, usar la neurotecnología para leer la actividad cerebral de una persona, o interferir en su cerebro y cambiar su comportamiento. Esto no es ciencia ficción, es algo que hacemos ya con animales de laboratorio, y, antes o después, se hará en humanos. ¿Cómo de lejos estamos? Desde el año 2008, un laboratorio en Berkeley (California) utiliza escáneres magnéticos para adivinar cada vez con mayor precisión en qué imagen está pensando un voluntario. Facebook está desarrollando una interfaz cerebro-computadora no invasiva, como una gorra electrónica, capaz de descifrar la palabra en la que el usuario está pensando y escribirla en la pantalla sin utilizar los dedos. Este tipo de dispositivos pueden revolucionar la industria, pero también destrozar nuestra privacidad mental. La actividad cerebral genera no solo nuestros pensamientos conscientes, sino también los subconscientes. Registrar la actividad cerebral permitirá, antes o después, acceder al subconsciente.

Motivados por estos y otros avances, un grupo de 25 expertos científicos, ingenieros clínicos, psicólogos, juristas, filósofos y representantes de distintos proyectos sobre el cerebro de todo el mundo nos reunimos en 2017 en la Universidad de Columbia (Nueva York) y propusimos una reglas éticas para la utilización de estas neurotecnologías. Pensamos que estamos ante un problema que afecta a los derechos humanos, ya que el cerebro genera la mente, lo que nos define como especie. Se trata, al fin y al cabo, de nuestra esencia: pensamientos, percepciones, memorias, imaginación, emociones, decisiones…

Para proteger a la ciudadanía de la aplicación indebida de estas tecnologías, hemos propuesto unos derechos humanos nuevos, llamados “neuroderechos”. De estos, el más urgente es el derecho a la privacidad de nuestro pensamiento, pues las tecnologías para leer la actividad mental están más desarrolladas que las tecnologías para manipularla.

Para defender la privacidad mental, estamos trabajando en tres líneas paralelas. La primera consiste en legislar la “neuroprotección”: pensamos que los datos obtenidos del cerebro, a los que llamamos “neurodatos”, deberían ser protegidos con el máximo rigor legal, igual al que se aplica en donaciones y trasplantes de órganos. Pedimos que no se pueda comerciar con “neurodatos” y que estos solo puedan ser extraídos con el consentimiento del individuo, por razones médicas o científicas.

Esta sería una medida defensiva para proteger de abusos, pero, a la vez, en una segunda línea de trabajo, proponemos ideas proactivas: por ejemplo, que las compañías y las organizaciones que fabriquen estas tecnologías se adhieran, de entrada, a un código ético, deontológico, igual que hacen los médicos con el juramento hipocrático. Con Xabi Uribe-Etxebarria, fundador de la compañía de inteligencia artificial Sherpa.ai, y con la Universidad Católica de Chile, estamos trabajando en este “juramento tecnocrático”.

La tercera línea de acción es la ingeniería, y consiste en desarrollar tanto hardware como software para que los “neurodatos” cerebrales se mantengan privados, y que sea posible compartir cierta información pero no otra. El objetivo: que los datos más personales nunca salgan de los dispositivos conectados a nuestro cerebro. Una opción es que apliquemos sistemas que ya se usan con los datos financieros: archivos de código abierto, tecnología blockchain (para que siempre sepamos de dónde proceden), y contratos inteligentes (para evitar que los datos escapen de las manos adecuadas). Y, por supuesto, será necesario educar al público y lograr que ningún dispositivo pueda usar los datos de una persona a no ser que esta lo autorice puntualmente.

Este es sólo el comienzo del abordaje del problema. Estamos trabajando en España, en Chile y en otros países, además de con organizaciones internacionales, para concienciar a los Parlamentos y a los Gobiernos de la necesidad de actuar. En España, en concreto, el lanzamiento de la Carta de Derechos Digitales, dentro de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial, puede ser un buen comienzo. Aunque España no sea líder en la creación de neurotecnología o inteligencia artificial, podría serlo en sus aspectos sociales y éticos. En estos momentos urge prepararnos para prevenir la próxima epidemia, aunque no sea una epidemia vírica sino una que afecte a los derechos humanos más fundamentales. Es el momento ideal de sentar las bases del futuro, de la sociedad que queremos ser."

(Rafael Yuste, neurobiólogo, trabaja en la Universidad de Columbia de Nueva York, El País, 16/08/20)

27/3/13

"No creo que haya Libre Albedrío"


«No creo que haya Libre Albedrío. La conclusión me vino la primera vez en una especie de caldo primordial de conocimiento cuando tenía unos 13 años, y esa conclusión no ha hecho más que fortalecerse desde entonces. Lo que me preocupa es que a pesar del hecho de que esto es lo que creo sin dudarlo, hay veces en que es demasiado difícil sentirse como si no hubiese libre albedrío, creerlo, actuar de acuerdo a ello.

 Lo que verdaderamente me preocupa es que es demasiado difícil para prácticamente cualquiera actuar como si no hubiese libre albedrío. Y a veces esto puede tener consecuencias bastante malas. 

Si eres neurocientífico, podrías ser capaz de pensar que existe libre albedrío si dedicas tu tiempo únicamente a pensar sobre, por ejemplo, la cinética de una enzima en el cerebro, o en la estructura de un canal iónico, o en alguna molécula que es transportada a través de un axón.

 Pero si en vez de eso dedicas tu tiempo a pensar qué tienen que ver el cerebro, las hormonas, los genes, la evolución, la niñez, el entorno fetal, etc., con la conducta, como hago yo, parece simplemente imposible creer que hay libre albedrío. 

La evidencia es amplia y variada. Elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante (y tal vez a actuar en consecuencia). Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. 

Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estrenaste incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico.

 Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas "metamágicas" como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. 

La lista sigue y sigue (y solo por dejar claro algo que debería ser obvio a partir de este párrafo, pero que no se recalca con mucha frecuencia: la ausencia de libre albedrío no se parece ni remotamente a nada sobre el determinismo genético). 

El concepto de libre albedrío requiere que uno suscriba la idea de que a pesar de ser un remolino de asquerosidad biológica y blandas partes cerebrales rellenas con genes, hormonas y neurotransmisores hay, sin embargo, un búnker subterráneo en un rincón apartado del cerebro, un centro de control que contiene un homúnculo que elige tu conducta. 

En ese punto de vista, el homúnculo podría estar hecho de nanochips, de tubos vacíos polvorientos, de papel de pergamino arrugado y viejo, de estalactitas de la voz amonestadora de tu madre o de vetas de azufre. Y, en esta visión de la conducta, sea lo que sea de lo que esté hecho el homúnculo, no está hecho de algo biológico. Pero no hay un homúnculo y no hay libre albedrío. 

Esta es la única conclusión a la que puedo llegar. Pero aún así, es muy difícil creer eso, sentir eso. Estoy dispuesto a admitir que he actuado de forma ofensiva algunas veces a causa de esa limitación. Mi mujer y yo quedamos con un amigo para almorzar que sirve ensalada de frutas. 

Y proclamamos: guau, la piña está deliciosa. Están fuera de temporada, responde con suficiencia nuestro anfitrión, pero tuve suerte y logré encontrar un par buenas. Y en respuesta a esto, las caras de mi mujer y mía expresaban una admiración asombrada ?tú sí que sabes cómo elegir la fruta, tú eres mejor persona que nosotros?. Alabamos al anfitrión por esta muestra de libre albedrío, por la elección que hizo en la bifurcación del camino que es la Elección de las Piñas.

 Pero nos equivocamos. Los genes tienen algo que ver con los receptores olfativos que tiene nuestro anfitrión, que le ayudan a detectar la madurez. Quizá nuestro anfitrión proviene de una gente cuyos antiguos y profundos valores culturales incluyen aprender a detectar si una piña está bien.

 La pura suerte de la trayectoria socioeconómica de la vida de nuestro anfitrión ha proporcionado los recursos para merodear en un mercado orgánico con sobreprecio donde suena música folk ligera peruana. 

Es muy difícil sentirse de verdad como si no hubiese libre albedrío, no caer en esta falsedad de aceptar que hay un sustrato biológico de posibilidades y limitaciones, pero que hay una separación homuncular en lo que esa persona ha hecho con ese sustrato ?

"Bueno, no es culpa de la persona si la naturaleza le ha dado una cara que no es la más adorable, pero después de todo, ¿de quién es el cerebro que elige ponerse ese horrible pendiente en la nariz?"?

Esto trasciende a la mera charla sobre pendientes en la nariz y piñas. Como padre, estoy inmerso en la comunidad de padres neuróticos que tratan frenéticamente de poner a sus hijos en la dirección de la más perfecta adultez imaginable. 

Cuando hablamos sobre la escolarización de nuestros hijos, hay un cúmulo de maravillosa investigación de una colega mía, Carol Dweck, que siempre citamos. Resumiendo a lo bestia y simplificando, coge a un niño que acabe de hacer algo académicamente admirable, y alábalo diciendo, guau, es genial, debes de ser muy lista.

 De forma alternativa, en la misma circunstancia, alábalo diciendo, en su lugar, guau, es genial, debes de haber trabajado muy duro. Y decir que lo último es una ruta mejor para mejorar el rendimiento académico en el futuro ?no alabes los dones intelectuales innatos del niño; alaba el esfuerzo y la disciplina que eligen aplicar en la tarea. 

Bien, ¿cuál es el problema de eso? Nada si esa investigación solo produce una prescripción sin carga moral: "'Debes de haber trabajado muy duro' es un enfoque más eficaz para mejorar el rendimiento académico que 'Eres muy listo'."

 Pero es incorrecta si estás acariciando al homúnculo en la cabeza, llegando a la conclusión de que un niño que ha logrado algo mediante el esfuerzo es un mejor y más loable productor de elecciones que un niño que se valga de la pura inteligencia. Esto se debe a que el libre albedrío se queda al margen cuando se considera la autodisciplina, la función ejecutiva, la regulación emocional y la postergación de la recompensa

. Por ejemplo, los daños en la corteza frontal, la región del cerebro más estrechamente involucrada en esas funciones, hace que alguien sepa la diferencia entre el bien y el mal, y sin embargo no pueda controlar su conducta, incluso su conducta asesina. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. 

Si alguien está infectado con el protozoo parásito Toxoplasma gondii, será propenso a ser ligeramente más impulsivo. Hay una clase de hormonas del estrés que puede atrofiar las neuronas en la corteza prefrontal; en los primeros años de escuela básica, un niño criado en condiciones de pobreza tiende a quedarse atrás en la maduración de la corteza prefrontal. 

Quizá podamos llegar al punto de entender realmente que cuando decimos: "Qué pómulos tan bonitos tienes", estamos felicitando a la persona basándonos en la creencia tácita de que ha elegido la forma de sus arcos cigomáticos. Pero no es mayor problema si no podemos lograr ese estado mental. 

Pero sí lo es si, por ejemplo, al considerar a ese niño de seis años cuyo desarrollo frontocortical ha sido machacado por un temprano estrés vital, confundimos su desgraciado control de los impulsos con una falta de virtud moral. O hacer lo mismo en cualquier otro ámbito de las debilidades y los fracasos, incluso en las monstruosidades de la conducta humana.

 Esto es sumamente importante para el sistema de la justicia criminal. Y para cualquiera que diga que es deshumanizante afirmar que la conducta criminal es el producto final de una máquina biológica averiada, la respuesta debe ser que es infinitamente mejor que condenar la conducta como producto final de un alma podrida. 

Y de igual modo, tampoco está muy bien pensar en términos de alabanza, de buen carácter, de buena elección, cuando miramos a los productos finales de biología afortunada y beneficiosa.

Pero es muy difícil creer realmente que no hay libre albedrío, cuando hay tantos hilos de causalidad que no se conocen aún, o son tan intelectualmente inaccesibles como pensar automáticamente sobre las consecuencias en la conducta de todo lo que va de las presiones selectivas de la evolución de los homínidos hasta lo que ha tomado alguien para desayunar. Esta dificultad es algo sobre lo que deberíamos preocuparnos.»    (Arcadi Espada, 22/03/2013)

18/9/09

La educación... cambiando el cerebro

"¿Sería más sencillo simplemente corregir? ¿Lograr que una persona obsesiva o triste por naturaleza sea un poco más optimista y un poco más feliz?

Claro. Conocemos qué es lo que pasa si hay un circuito neuronal que funciona anómalamente, como es el caso del obsesivo compulsivo. Le bajas la actividad de los canales de sodio y cambia. Ocurre algo parecido con la depresión. Administras a un depresivo un bloqueante de la recaptación de la serotonina y al día siguiente está como una rosa. Lo que pasa es que todo esto lo hacemos groseramente y se puede llegar a hacer mucho más finamente.

La cuestión es dónde pones el límite, dónde paras. ¿Vamos a tener a todo el mundo siempre contento? ¿Es a eso a lo que aspiramos? A lo mejor entonces ya no trabajamos, porque no tenemos otra recompensa. Es muy complicado. Es un verdadero debate ético para la sociedad del próximo futuro.

Sí, porque además se puede cambiar la personalidad de la gente. Convertir a alguien en lo que no era.

Efectivamente. Pero imagine situaciones. Conviene controlar la agresividad, pero esa misma agresividad en un determinado individuo puede ser muy útil en el trabajo. Los límites entre lo bueno y lo malo de la personalidad de la gente son muy difusos.

Y a través de los fármacos podemos estar volviendo de alguna manera a la tan criticada lobotomía.

Fue criticada, pero su impulsor ganó el Premio Nobel. Pero sí, podemos hacer que todo el mundo sea bueno y algo estúpido. Y también se puede utilizar la electroestimulación cerebral para que la gente tenga vivencias tan reales como las de verdad. La utilización de la imagen cerebral en juicios ya se ha empezado a plantear, porque se puede ver claramente si alguien miente o no. Todavía no se ha establecido el procedimiento que asegure en términos legales los resultados, pero lo cierto es que cuando se ilumina una determinada parte del cerebro sabemos que alguien miente como un bellaco.

Sería una máquina de la verdad, pero rigurosa.

Claro. Le voy a poner otro ejemplo de los desafíos a los que nos enfrentamos. El sentido de la responsabilidad es un concepto muy discutible en términos neurológicos. Hay un experimento también increíble. [Se ríe]. Se pone a prueba a una persona para que elija entre salvar a un niño o salvar a diez ancianos. No puede hacer ambas cosas a la vez. Pues bien, registrando la actividad cerebral de la persona que va a decidir, sabemos 100 milisegundos antes de que lo haga que va a salvar al niño o a los ancianos. Podemos saberlo e incluso estimularle de manera que tome una decisión distinta. En los dos casos, el individuo aportará una explicación racional a posteriori sobre la decisión tomada.

¿Eso se va a poder hacer?

Bueno, de momento es sólo un experimento de laboratorio, pero explica de alguna manera que las decisiones supuestamente libres se toman en un 80% basándose en información subconsciente. Decidir que es mejor salvar una vida que empieza que diez ya cumplidas es una explicación que el individuo hace basándose en elementos emocionales en activación por un montón de cosas que no tiene ni idea que están en su cerebro.

Pero previamente hay todo un trabajo y una experiencia vital que hace posible que se activen esos circuitos del cerebro para tomar rápidamente una decisión.

Por supuesto. Es la experiencia vital la que determina esa decisión, pero intervienen elementos emocionales no controlables.

Y suponiendo que mi experiencia vital me determinara salvar al niño, alguien desde fuera podría cambiarme mi decisión. ¿Es eso lo que dice?

Es que las decisiones son intelectuales, emotivas y racionales. Y todo eso ocurre antes de que usted haya sido consciente de ello. La zona consciente es una parte muy pequeña del cerebro. Nuestro cerebro construye un mundo interno que es una visión muy deformada del mundo real, por las vivencias, por la memoria y por una información sensorial que es muy incompleta. Las abejas ven la luz ultravioleta que nosotros no vemos.

Eso no anula la idea de que podemos tener un buen cerebro, desarrollarlo mejor, mantenerlo muy vivo, etcétera.

No. Nuestra mente es el producto del cerebro funcionando. Los actos más sofisticados, las emociones más complejas, los sentimientos más profundos, las mayores abstracciones, no son sino una serie de circuitos actuando que dan lugar aese producto que es el pensamiento." (Carlos Belmonte: Leeremos y manipularemos el cerebro como queramos. El País Semanal, 13/09/2009, p. 30)