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28/2/24

Oxfam: “siete de las 10 empresas más grandes del mundo tienen un director general milmillonario, o a un milmillonario como su principal accionista. A base de exprimir a sus trabajadores y trabajadoras, evadir y eludir impuestos, privatizar los servicios públicos y alimentar el colapso climático, las empresas están impulsando la desigualdad y generando una riqueza cada vez mayor para sus ya ricos propietarios”... Únicamente el 0,4 % de las 1600 empresas más grandes e influyentes del mundo se comprometen públicamente a pagar a sus trabajadores y trabajadoras un salario digno y a abogar por el pago de salarios dignos en sus cadenas de valor

 "La organización Oxfam acaba de publicar un informe sobre la desigualdad en el mundo, “Desigualdad SA”, que lleva como subtítulo “Una enorme concentración de poder empresarial y monopolístico está exacerbando la desigualdad en la economía mundial”. Un trabajo que viene a aportar mucha luz en estos días en los que los medios se dedican a informar del Foro Económico Mundial o Foro de Davos. Como es sabido, este Foro, fundado en 1971, se reúne entre el 15 y el 19 de enero en la ciudad suiza de Davos.

Allí se encuentran los principales líderes empresariales, políticos, académicos y sociales para analizar los problemas más apremiantes que afronta el mundo. Abogan por un mundo globalizado gobernado por una coalición de corporaciones multinacionales, multimillonarios, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil seleccionadas en lugar de las estructuras democráticas clásicas. Allí estarán líderes empresariales destacados, como el fundador de Microsoft, Bill Gates, el director ejecutivo de Tesla, Elon Musk, y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, entre otros. Es decir, cualquier cosa menos democracia.

En la década de los noventa, la izquierda mundial y el activismo antiglobalización denunciaba y se manifestaba contra el Foro de Davos, acusándolo, con razón, de ser una élite poderosa que se reunía para manejar las finanzas y la política mundial. Las movilizaciones contra Davos se han ido apagando, pero las élites siguen igual de activas y separadas de los pueblos en su reunión anual. Y encima con el lema este año de “Reconstruir la confianza”.

De modo que Oxfam ha aprovechado la reunión de los ricos para explicar el panorama mundial entre ricos y pobres.

Comienzan contando que la riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60 % de la humanidad se ha reducido.

Oxfam advierte que “existe un peligro muy real de que estos extremos tan alarmantes se estén convirtiendo en la nueva normalidad. Como muestra este informe, el poder empresarial y monopolístico es una máquina implacable de generación de desigualdades”.

Estos cinco hombres son Elon Musk (Tesla y Twitter), Bernard Arnault (empresario francés del sector de artículos de lujo), Jeff Bezos (Amazon), Larry Ellison (del sector del software) y Warren Buffet (inversor estadounidense). Algunos de ellos estarán en Davos (o enviarán a algún “testaferro”) y desde allí nos contarán cómo arreglar el mundo en el cual ellos se enriquecen gracias a la pobreza de los medios.

Oxfam recuerda también que “siete de las 10 empresas más grandes del mundo tienen un director general milmillonario, o a un milmillonario como su principal accionista. A base de exprimir a sus trabajadores y trabajadoras, evadir y eludir impuestos, privatizar los servicios públicos y alimentar el colapso climático, las empresas están impulsando la desigualdad y generando una riqueza cada vez mayor para sus ya ricos propietarios”.

Veamos el ejemplo de Jeff Bezos, uno de esos cinco más ricos. Su fortuna, de 167.400 millones de dólares estadounidenses, ha aumentado en 32.700 millones de dólares desde 2020. Bezos viajó al espacio por 5.500 millones de dólares, y agradeció a los trabajadores y trabajadoras de Amazon el haberlo hecho posible. Oxfam recuerda que Amazon “lleva años esforzándose por evitar la sindicalización de los trabajadores”.

El informe también aporta algunos otros datos interesantes y elocuentes:

  • Si cada uno de los cinco hombres más ricos gastase un millón de dólares diarios, les llevaría 476 años agotar su riqueza conjunta.
  • A nivel mundial, los hombres poseen 105 billones de dólares más de riqueza que las mujeres: esta diferencia de riqueza equivale a más de cuatro veces el tamaño de la economía estadounidense.
  • El 1 % más rico de la población mundial posee el 43 % de los activos financieros globales. Es decir, las personas más ricas no solo son las mayores beneficiarias de la economía global, sino que también ejercen un control notable sobre ella en la medida en que controlan las finanzas mundiales.
  • Y para cuando oigas que todos estamos terminando con el planeta, recuerda que el 1 % más rico de la población mundial generatantasemisiones de carbono como los dos tercios más pobres de la humanidad.
  • En Estados Unidos, la riqueza de una familia negrapromedio representa solo el 15,8 % de la de una familiamedia blanca.
  • Únicamente el 0,4 % de las 1600 empresas más grandes e influyentes del mundo se comprometen públicamente a pagar a sus trabajadores y trabajadoras un salario digno y a abogar por el pago de salarios dignos en sus cadenas de valor.
  • Una trabajadora del sector sociosanitario necesitaría 1.200 años para ganar lo que un director general de una de las empresas de la lista Fortune 100 acumula en promedio en tan solo un año.

Para lograr mantener ese poder, e incluso aumentarlo, es necesario controlar la economía mundial. De ahí que también son muy oportunos los datos que ofrece el informe sobre la concentración de los mercados.

Cuando oigamos relatos conspiranoicos de fuerzas ocultas o clandestinas que manejan el mundo desde la sombra, recordemos estas cifras. Ni están ocultas, ni son clandestinas, ni operan en la sombra. Dominan el mundo, se adueñan de las riquezas, empobrecen a millones de personas de forma criminal y todo lo hacen a la luz del día y ante la mirada de gobiernos e instituciones democráticamente electas que, con su impasibilidad, terminan siendo cómplices de las desigualdades."                  (Pascual Serrano , El Viejo Topo, 25/02/24)

14/12/23

Branko Milanovic: La visión de Marx sobre la desigualdad... el objetivo principal para Marx fue la abolición de las clases, el fin de la propiedad privada del capital y, por tanto, la trascendencia del capitalismo... la lucha por la igualdad no puede ser por sí misma el objetivo final. Es sólo un objetivo intermedio, en el camino hacia la sociedad sin clases... si hemos renunciado a la idea de acabar con el capitalismo, podemos intentar reconvertir a Marx en el apóstol de la igualdad bajo el capitalismo... si la izquierda desecha la idea de trascender el capitalismo, ¿puede decirse que es de izquierdas?

 "A menudo se asume que Marx era un pensador igualitario. Esto se hace, creo, no leyendo a Marx (poca gente lo hace) sino aplicando una simple extrapolación. Según esta visión común, y algo ingenua, del mundo, la derecha favorece la desigualdad, un Estado pequeño y casi ninguna redistribución, y la izquierda lo contrario. Cuanto más nos acerquemos a la extrema izquierda, más cierta será esta última postura. Y puesto que los marxistas son considerados la extrema izquierda, deben estar a favor de la igualdad incluso más que los demás izquierdistas.

Este punto de vista, sin embargo, pasa por alto cuál era el objetivo principal para Marx: la abolición de las clases, el fin de la propiedad privada del capital y, por tanto, la trascendencia del capitalismo. Marx y Engels fueron, en efecto, activistas, fundadores de la Primera Internacional, organizadores infatigables de diversas asambleas obreras, escritores de El Manifiesto Comunista, autores de conferencias muy accesibles pronunciadas ante asociaciones obreras (especialmente así el muy sencillo pero brillante El trabajo asalariado y El capital de Marx). En tales actividades, defendían necesariamente las típicas causas pro-obreras o pro-sindicales: reducción del número de horas de trabajo, prohibición del trabajo infantil, salarios más altos, educación gratuita.

 Entonces, ¿cómo no iba a ser un pensador favorable a la igualdad? Para entenderlo, hay que volver al objetivo principal de Marx y Engels: el fin de la sociedad de clases. Para alcanzar ese objetivo último, era necesario el activismo obrero, en el que Marx participó y al que apoyó. También fue útil, ya que aportó algunas conquistas reales a los trabajadores. Pero ese activismo, en opinión de Marx, nunca debe perder de vista el objetivo último. La reducción de la desigualdad que podría obtenerse a través de las luchas sindicalistas no puede ser por sí misma el objetivo final. Es sólo un objetivo intermedio, en el camino hacia la sociedad sin clases.

Marx y Engels son muy claros sobre este punto en su crítica del Programa de Gotha, el nuevo programa del Partido Socialdemócrata Alemán redactado en 1875. Esta fue la ocasión más importante en la que expresaron enérgicamente el contraste entre los dos objetivos: la reducción de la desigualdad de ingresos dentro de una sociedad capitalista y la abolición de las clases. Como escribe Engels: "La eliminación de toda desigualdad social y política [como se afirma en el Programa de Gotha] en lugar de 'la abolición de las distinciones de clase' es igualmente una expresión muy dudosa, ya que entre un país, una provincia e incluso un lugar y otro, las condiciones de vida siempre mostrarán cierta desigualdad que puede reducirse al mínimo pero nunca eliminarse por completo".

 Que su preocupación no era infundada puede verse en el hecho de que el programa, a pesar de las objeciones de Marx y Engels, fue adoptado con todas sus características reformistas y melioristas. El partido fue aún más lejos en la dirección reformista cuando Eduard Bernstein, que en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial se convirtió en su principal teórico, argumentó que "el movimiento lo es todo, la meta nada", lo que significa que la lucha continua por mejorar la existencia diaria de los trabajadores es lo que importa, no el objetivo abstracto, o quizás utópico, de trascender el capitalismo.

 Para Marx, como argumentan independientemente Shlomo Avineri y Leszek Kolakowski, esta transformación de un partido socialdemócrata en el brazo político de un movimiento sindical no era suficiente. Avineri piensa además que, para Marx, el valor clave de la actividad sindical no estaba en su lucha, o a veces, en los éxitos en la mejora de las condiciones de los trabajadores, sino en la fraternidad entre los miembros que creaba en la lucha por una causa común, en "el verdadero esfuerzo constructivo para crear la textura social de las futuras relaciones humanas". La disposición al sacrificio, la dedicación al objetivo común y el buen humor que Marx vio entre el proletariado parisino en 1848 y 1871, y que relató con tanta pasión, eran para él atisbos de la futura sociedad sin clases en la que reinará la solidaridad en lugar del "agua helada" del interés propio.

 Para Marx, la importancia subsidiaria o secundaria de la igualdad como objetivo proviene también de la imposibilidad de alcanzar una verdadera igualdad en el capitalismo. La verdadera igualdad sólo será posible cuando una minoría deje de monopolizar el acceso al capital para contratar mano de obra y apropiarse de la plusvalía. "Clamar por una remuneración igual o incluso equitativa", escribe Marx, "sobre la base del sistema salarial es lo mismo que clamar por la libertad sobre la base del sistema esclavista".

¿Cuándo será más importante la preocupación por la igualdad? Sólo cuando se hayan establecido las instituciones de fondo adecuadas (ausencia de propiedad privada). Aquí, como es bien sabido, Marx distingue entre dos etapas: el socialismo, en el que la escasez sigue presente y en el que se aplicarán reglas iguales a personas desiguales (ganarán más los que trabajen duro, sean más listos o tengan más suerte), y la etapa superior de desarrollo, en el comunismo, cuando, como dice la famosa fórmula, "todos contribuirán según sus capacidades y recibirán según sus necesidades".

 Sólo bajo el socialismo deberíamos empezar a preocuparnos principalmente por las desigualdades materiales, es decir, en el momento en que se haya eliminado la explotación de clase pero antes de que haya llegado la sociedad de la abundancia. Mientras las instituciones de fondo sean "defectuosas", y mientras exista el capital privado, creer que la reducción de la desigualdad es el objetivo primordial de la izquierda es, según Marx, erróneo porque acepta implícitamente el mantenimiento de instituciones injustas que generan desigualdad.

Dado que los escritos de Marx son explícitos al respecto, ¿por qué tendemos a ignorar sus puntos de vista sobre la igualdad? La respuesta, sospecho, es que tras los catastróficos fracasos del socialismo y el ascenso ideológico de la ideología neoliberal, hemos aceptado tácitamente la permanencia del capitalismo. Si uno tiene esa opinión, entonces tiene sentido volver a presentar a Marx como un pensador a favor de la igualdad que se preocupaba por la actividad sindical, la igualdad de oportunidades, el aumento de los salarios de los trabajadores y cosas por el estilo. En otras palabras, si hemos renunciado a la idea de acabar con el capitalismo, podemos intentar reconvertir a Marx en el apóstol de la igualdad bajo el capitalismo.

Pero puede que no sea fácil. Después de todo, si la izquierda desecha la idea de trascender el capitalismo, ¿puede decirse que es de izquierdas?"                 

(UnHerd, 16/10/23; traducción DEEPL)

8/11/23

El monstruoso vicio de la servidumbre voluntaria... Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón... No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos

 "Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.

Este poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo ello a pesar de que es perjudicial, pues la servidumbre al tirano implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad, después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.

El tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula, próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo hay conspiración. Todo se corrompe.

 No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a la derrota.

 

Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.

En su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos compañeros.

Montaigne describó a La Boétie como un hombre de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad. Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado. Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos."                        (Berta Ares Yáñez , El País, 03/09/23)

20/7/23

Branko Milanović: Sobre la desigualdad mundial, el ascenso de China y la guerra en Ucrania

 "¿Qué opina de los disturbios que se están produciendo en Francia?  

Para ser sincero, no conozco bien la situación. Sin embargo, examinando superficialmente los datos franceses disponibles, no parece que la desigualdad de ingresos esté aumentando en Francia. (...)

También hubo otras protestas recientes provocadas por acontecimientos como la reforma de las pensiones. Por consiguiente, es plausible que existan problemas subyacentes y profundamente arraigados que van más allá del alcance de las simples mediciones de la desigualdad.

¿No plantea esto la cuestión del sentimiento de desigualdad en una sociedad, y especialmente cuando se mezcla con cuestiones de identidad y ansiedades? 

Sí, creo que sí. Tengo un amigo francés que, durante un tiempo, hizo carrera política en un suburbio cercano a París. Me describió un mundo muy distinto del entorno urbano de París que solemos vivir los turistas como yo y otras personas. Por lo tanto, es plausible, como usted ha mencionado, que la percepción de la exclusión desempeñe un papel importante. Me he encontrado con discusiones en Twitter que sugieren una cierta "americanización" de los problemas, lo cual, hasta cierto punto, creo que es cierto. Ambas situaciones (la estadounidense en 2020 y la francesa actual) implican problemas relacionados con la identidad y la exclusión. Sin embargo, debo subrayar que estas apreciaciones son puramente observacionales, de un forastero. Para ser sincero, me sorprendió realmente la brusquedad y el considerable nivel de violencia exhibidos durante los disturbios. (...)

Recientemente, me topé con un debate en Twitter sobre la convergencia de las repúblicas soviéticas, que despertó mi interés. Decidí examinar los datos del PIB y compararlos con las cifras que tenía de las encuestas de hogares. Me sorprendió descubrir diferencias significativas dentro de la Unión Soviética, aproximadamente de 2 a 1 entre las repúblicas más altas y las más bajas. 

¿Puede decirnos algo sobre las trayectorias pasadas de los países o sobre el futuro?

Más sobre el pasado que sobre el futuro: un reflejo de los retos que supone mantener países con grandes diferencias de renta que se derivan de las diferencias geográficas de renta: regiones específicas que son más ricas y que también presentan una movilidad geográfica limitada. Además, factores históricos, culturales y religiosos también contribuyen a estas disparidades. En cambio, al examinar España, descubrí que las diferencias entre las provincias más ricas y las más pobres eran de aproximadamente 1,5 a 1. Evidentemente, mantener como país unificado aquel con diferencias de 5 a 1 como en Yugoslavia en la década de 1980 es mucho más difícil que si la diferencia máxima es de 1,5 a 1 como en España. (...)

¿Cree que, en cierta medida, la guerra en Ucrania y Rusia tiene algo que ver con las desigualdades y su evolución? 

No del todo. De hecho, tenía un blog en el que exploraba cuatro teorías diferentes sobre el conflicto. La teoría que personalmente encuentro más plausible, aunque no ofrece una explicación directa del momento en que se produjo la guerra, está relacionada con los efectos a largo plazo del sistema socialista y su estructura de partido único. Cada república tenía su propia rama dentro del partido único que gobernaba la república. Con el tiempo, para asegurarse la legitimidad, los líderes de estas ramas republicanas abrazaron y apoyaron agendas nacionalistas. Esto habría sido más difícil en un sistema multipartidista, ya que los diferentes partidos representarían diversas ideologías políticas. Sin embargo, en este caso, los líderes del partido único adoptaron cada vez más posturas nacionalistas. En consecuencia, incluso durante la desintegración de la Unión Soviética, había partidos nacionalistas gobernando de hecho cada una de las diferentes repúblicas, Ucrania incluida, e incluso Rusia que, bajo Yeltsin, presionó activamente para la desintegración de la Unión. Por lo tanto, creo que el nacionalismo estaba inherentemente arraigado en el sistema, en contra de las expectativas de sus creadores. Posteriormente, Putin ha exacerbado esta tendencia nacionalista o quizás imperialista. Aunque la teoría ofrece una visión de la dinámica a largo plazo, no explica directamente el estallido concreto de la guerra el 24 de febrero de 2022.

¿Existe alguna relación entre un nacionalismo emergente o un sentimiento de ira y el nivel de desigualdad de un país?

Debo admitir que es una pregunta difícil de responder. Los datos disponibles por sí solos no pueden proporcionar una comprensión clara, y aunque los investigadores han explorado la percepción de la desigualdad, me sigue resultando difícil hacer una afirmación definitiva. Sin embargo, si consideramos ejemplos concretos, podemos observar tendencias diversas. Por ejemplo, Rusia ha experimentado un descenso de la desigualdad en la última década. Por otro lado, Ucrania presenta un caso intrigante. A pesar de la percepción de una gran desigualdad, los datos de las encuestas de hogares, aunque posiblemente imperfectos, indican unos niveles relativamente bajos de desigualdad en el país. Este resultado no sería del todo sorprendente si la concentración de la desigualdad se encontrara principalmente en la parte superior, más allá del umbral del 1%, digamos dentro del 0,1% o el 0,01%. Es posible que tales disparidades no queden adecuadamente reflejadas en las medidas sintéticas. Aunque esta respuesta no responda directamente a su pregunta, pone de relieve la complejidad de la cuestión. En esencia, sigue siendo una pregunta difícil de responder definitivamente, y no tengo una respuesta concluyente.

Su trabajo muestra que las desigualdades mundiales tienden a disminuir y que, incluso dentro de los países, la tendencia no es necesariamente al alza. Sin embargo, el tema de la desigualdad se ha vuelto especialmente central en los países desarrollados, casi obsesivo. ¿Cómo explicar esta paradoja? ¿Hasta qué punto se ha instrumentalizado este tema?

Creo que hay que darse cuenta de que existe un desfase temporal significativo entre, primero, los cambios en la desigualdad; segundo, el conocimiento de estos cambios entre los investigadores; y tercero, la difusión de esa información entre el público en general. Por ejemplo, en la mayoría de los países occidentales las desigualdades aumentaron desde los años ochenta o noventa hasta la primera década del siglo XXI, pero la plena toma de conciencia de ello sólo se produjo con la crisis financiera y las dificultades de ingresos de las clases medias. Ahora creo que podemos estar experimentando una evolución inversa. En Estados Unidos, Alemania, Japón y Francia, el nivel de desigualdad de ingresos se ha mantenido estable (con pequeñas fluctuaciones anuales) durante al menos una década. En el Reino Unido, la desigualdad ha disminuido desde sus máximos de principios de la década de 2000. Pero una vez que la atención de la gente se ha centrado en la desigualdad, creo que es difícil olvidarse de ella, incluso cuando es estable. De hecho, podría ser estable, pero a muchos les sigue pareciendo demasiado alta. O puede ser, como he mencionado antes, que tenga que pasar mucho tiempo hasta que cambie la percepción de la gente.        

¿Hasta qué punto se ha convertido también en un problema entre diferentes países o bloques geopolíticos? ¿Es la desigualdad una cuestión de poder?

 No estoy seguro de que se trate de una cuestión de poder, porque no veo que haya grandes diferencias de desigualdad entre los modelos que actualmente compiten políticamente. De hecho, China es más desigual (en términos de distribución de la renta) que Estados Unidos. No es creíble afirmar que el capitalismo político tiende a producir resultados más igualitarios. O si tomamos a Rusia, que ahora, al menos oficialmente, afirma defender valores diferentes a los de Occidente, la menor desigualdad no está ciertamente entre ellos, ya que el país es extremadamente desigual en términos de poder, ingresos y distribución de la riqueza. La guerra, tal y como se refleja en el origen y la procedencia de las personas que han sido reclutadas para luchar en ella, no ha hecho sino ahondar las desigualdades de renta y existenciales.

Recientemente ha publicado un artículo en Foreign Affairs sobre la gran convergencia. ¿Qué quiere decir con esta gran convergencia?  

Bueno, es una pregunta más directa, ya que se basa en datos empíricos. En las últimas décadas, debido sobre todo al crecimiento económico de China, pero también al progreso de otros países, los niveles de renta mundiales han aumentado considerablemente. China, por ejemplo, alcanzó una tasa de crecimiento anual per cápita de alrededor del 8,5% en un lapso de 40 años. Este crecimiento, unido al progreso económico de Asia y otros países de gran población, tuvo dos efectos notables. 

 En primer lugar, se tradujo en un descenso sustancial de la desigualdad mundial, lo que supuso un cambio significativo con respecto a las tendencias de los dos últimos siglos. Este resultado es bastante evidente si consideramos un ejemplo hipotético, utilizando un país como Francia. En tal escenario, si los individuos relativamente más pobres experimentaran un crecimiento de los ingresos del 10%, mientras que los individuos relativamente más ricos experimentaran un crecimiento del 2%, se produciría naturalmente una reducción de la desigualdad. Lo mismo ocurre a escala mundial. Sin embargo, cabe señalar que, a pesar de esta reducción, la propia China fue testigo de un aumento de la desigualdad interna, que también se observó en países como Estados Unidos, India, Rusia y el Reino Unido. Por lo tanto, los aumentos nacionales sirvieron de contrapeso, aunque no lo suficientemente fuerte como para contrarrestar el descenso general de la desigualdad mundial debido a las altas tasas de crecimiento en Asia.

 El segundo efecto de esta disminución de la desigualdad mundial fue la reorganización de las posiciones entre los individuos. En otras palabras, personas de países como China o India pasaron de repente a formar parte del 10% más rico del mundo, mientras que las clases medias o medias-bajas de los países ricos se vieron relegadas a puestos más bajos en la jerarquía mundial. Este cambio en las posiciones relativas puede tener diversas implicaciones políticas y socioeconómicas, sobre todo para la clase media de los países más ricos. Algunos individuos de las naciones occidentales ricas pueden experimentar un declive en su posición global relativa, incluso si sus ingresos reales siguen aumentando un 1% o 2% anual. Se trata de dos aspectos distintos pero interconectados que se derivan de las mismas razones subyacentes.

Para concluir, es importante reconocer que cuando la gente oye hablar de un descenso de la desigualdad mundial, suele expresar su apoyo a esa tendencia. Sin embargo, se vuelve más difícil cuando se dan cuenta de que también implica un descenso en la clasificación global de la clase media en Estados Unidos, Francia o el Reino Unido. Aunque sus ingresos reales sigan aumentando, este aspecto puede resultar políticamente delicado. No obstante, es crucial comprender que estas dos facetas no pueden separarse la una de la otra.

¿Cómo hacer frente políticamente a esta paradoja? 

 Creo que, desde el punto de vista político, se trata de una cuestión compleja. Es fundamental ser prudentes con el lenguaje y subrayar que cuando hablamos de declive, se trata de un declive relativo. En otras palabras, significa que la posición de uno disminuye en comparación con los demás, aunque su poder adquisitivo real siga mejorando, pero por supuesto a un ritmo más lento que el de los demás. Y con el tiempo se verán superados. Sin embargo, algunos argumentan que no importa porque la gente se mide a sí misma con respecto a su entorno inmediato, sus amigos y conocidos. Aunque esto puede ser cierto, hay ciertos bienes de precio global que los individuos de clase media de los países occidentales pueden encontrar cada vez más difícil permitirse y adquirir. Por ejemplo, asistir a acontecimientos como la Copa del Mundo en Qatar o las vacaciones en Asia, que pueden resultar increíblemente caras. Estos cambios pueden afectar a la clase media y a su capacidad para acceder a determinadas experiencias.

Entiendo su pregunta política y, en efecto, no es fácil explicar o ignorar las preocupaciones de las clases medias occidentales. Lograr un equilibrio entre, por un lado, abogar por la reducción de la desigualdad global de ingresos y una menor desigualdad global de oportunidades y, por otro, la reorganización de las posiciones de ingresos globales que acabo de explicar es, en efecto, políticamente muy difícil.

 Reflexionando sobre su pregunta, la perspectiva de Adam Smith en "La riqueza de las naciones" arroja algo de luz sobre el asunto. Compara Inglaterra y Francia, señalando que Francia tiene una población mayor que Inglaterra o Escocia. Desde un punto de vista puramente humanista, se podría argumentar que mejorar los ingresos en Francia es más importante porque afecta a más gente. Sin embargo, Smith observó que un inglés o un escocés que diera prioridad al bienestar de otra nación antes que al suyo propio sería considerado un mal patriota.  Esto plantea un dilema fundamental, y no tenemos una respuesta definitiva. Nos encontramos atrapados entre una visión cosmopolita que desea la prosperidad para todos y una preocupación por nuestras propias posiciones de ingresos. Resolver este dilema no es nada fácil.

Sin embargo, una mayor igualdad global no es inevitable. ¿Significa eso que algunos quizá no deseen esa mayor igualdad global?

Es una perspectiva válida: una posición nacional que priorice el bienestar y la posición del propio país y de las personas en la distribución global de la renta. Es importante que los individuos expresen y defiendan claramente sus creencias, en lugar de pretender ser globalistas o cosmopolitas mientras mantienen una postura nacionalista. Es una postura políticamente legítima, independientemente de que estemos o no de acuerdo con ella. 

En cuanto al futuro, podemos observar que, dado que China ha logrado un crecimiento y un desarrollo económicos significativos, ya no es el principal motor de la reducción de la desigualdad mundial. De hecho, el crecimiento de China puede contribuir a la desigualdad mundial, ya que supera a países como India, Nigeria y Sudán. Sin embargo, esto no aborda el segundo problema que identificamos, que es que China seguirá acercándose a niveles de renta históricamente asociados a las poblaciones europeas y estadounidenses.

En cuanto a la disminución de la desigualdad mundial, la situación dependerá en el futuro de la trayectoria de otras regiones, en particular África. Se espera que África experimente un aumento de población a lo largo de este siglo, lo que la convierte en el único continente con una población en crecimiento. Si África no logra altas tasas de crecimiento, la disminución de la desigualdad mundial puede verse obstaculizada. En mi extenso artículo, que es similar al de Foreign Affairs, subrayo la necesidad de tasas de crecimiento muy elevadas en África. Se necesitaría un crecimiento per cápita del 5% anual, junto con un 2-3% adicional debido al crecimiento de la población, para lograr un progreso sustancial. Conseguir un crecimiento real del 8% durante varias décadas no es fácil, por no decir otra cosa, y si nos fijamos en los últimos 50 años de crecimiento africano, no podemos ser optimistas.

¿Cree que el hecho de que China creciera tanto en tan pocos años explica en cierto modo su comportamiento actual y su agresividad?

 Se trata, sin duda, de cuestiones complejas y desafiantes. Personalmente, no veo a China como una potencia agresiva. Sin embargo, reconozco que su creciente poderío económico y militar le ha dado una sensación de mayor confianza e influencia. Tecnológicamente, China ha realizado avances significativos y tiene una presencia global más destacada. No es realista esperar que China retroceda a su posición anterior del siglo XIX, cuando se vio sometida a la colonización de varias potencias europeas y de Japón. El crecimiento económico tiende a aumentar la seguridad en sí mismo de un país y puede dar lugar a comportamientos que otros perciben como agresivos o arrogantes. Este patrón no es exclusivo de China; muchos países a lo largo de la historia, como el Reino Unido, Francia, España, Estados Unidos y la Unión Soviética, han demostrado comportamientos diferentes cuando se han sentido fuertes e influyentes. Sin embargo, debo subrayar que mis conocimientos en este campo son limitados, y el tema es de naturaleza principalmente política.

¿Por qué es tan prudente sobre la evolución de las desigualdades mundiales?  

En efecto, la cautela y la prudencia están justificadas a la hora de evaluar la situación mundial actual. Varios factores contribuyen a la incertidumbre a la que nos enfrentamos. En primer lugar, el impacto de la pandemia de COVID-19 ha dejado una huella duradera que tardará tiempo en comprenderse plenamente. Aunque es posible que acabe remitiendo, sus consecuencias perdurarán durante algún tiempo.

  Además, dos grandes crisis complican aún más el panorama. La primera es la compleja e impredecible relación entre Estados Unidos, el mundo occidental y China. En el peor de los casos, esto podría desembocar en una guerra, mientras que en un escenario menos grave, podría desembocar en una guerra comercial con profundas implicaciones para el desarrollo tecnológico de ambas partes, las relaciones globales de China y su crecimiento económico. Además, las inversiones de China en África podrían verse afectadas, influyendo también en la trayectoria económica de esa región.

La segunda crisis se refiere a la situación entre Rusia y Ucrania, que añade otra capa de incertidumbre. Aunque es posible que las poblaciones de Rusia y Ucrania por sí solas no tengan un impacto significativo en la desigualdad mundial si se consideran a escala global, si el conflicto se extendiera a Europa y se convirtiera potencialmente en una guerra nuclear, las consecuencias serían catastróficas. En tal escenario, los debates sobre la desigualdad global se vuelven irrelevantes.

También se está intensificando el cambio climático, cuyos efectos también son complejos y difíciles de predecir.


Dadas estas intrincadas e impredecibles circunstancias, es un reto para cualquiera predecir con exactitud el estado del mundo en los próximos cinco años. Quienes afirman poseer tal capacidad de previsión probablemente se engañan a sí mismos. La multitud de factores en juego y su posible evolución hacen imposible predecir definitivamente el futuro. 

¿Cómo navegar económicamente?

Los retos a los que se enfrenta cada país son específicos de sus políticas y circunstancias económicas. Cada país debe adaptarse y ajustarse a diversos choques y perturbaciones. Por ejemplo, la guerra en Ucrania y el impacto de la reducción de las importaciones de gas y petróleo rusos tuvieron importantes repercusiones para Europa. Sin embargo, Europa consiguió sortear estos retos y realizar los ajustes necesarios, como demuestra el invierno relativamente tranquilo del año pasado.

No obstante, mi preocupación radica en el creciente número de perturbaciones a las que se enfrentan ahora los países. Volviendo a nuestro debate anterior, Europa Occidental, y Europa en su conjunto, está experimentando múltiples choques simultáneamente. Entre ellos, las consecuencias de la guerra, los problemas relacionados con la energía, el impacto del cambio climático y la creciente imprevisibilidad de los patrones meteorológicos. Además, el malestar social y las protestas son cada vez más frecuentes. El efecto acumulativo de estos choques puede ejercer una enorme presión sobre la capacidad de un sistema para gestionarlos y abordarlos eficazmente.

¿Qué le ha parecido la iniciativa de un pacto mundial de financiación?
 

Si eso favorece el aumento de los flujos financieros, lo consideraré algo positivo. Pero me preocupa el creciente papel de los particulares, los fondos y las fundaciones en la configuración de las agendas y los procesos de toma de decisiones. En efecto, es notable que las acciones que tradicionalmente llevaban a cabo los Estados y las organizaciones internacionales se vean ahora influidas por individuos adinerados y sus fundaciones.  Esta situación refleja la naturaleza plutocrática de nuestro mundo, donde la concentración de riqueza puede dar lugar a una influencia y un poder de decisión significativos.

Por ejemplo, como alguien que ha trabajado en el Banco Mundial, fui testigo directo de cómo la Fundación Gates, debido a su importante financiación, tenía un peso considerable a la hora de determinar las prioridades y actividades de investigación de la institución. Si bien esto puede verse como un medio para aumentar el flujo de recursos, también plantea interrogantes sobre la concentración de poder y el impacto potencial sobre la imparcialidad y los intereses más amplios de la sociedad.

En resumen, aunque es deseable aumentar el flujo de recursos para iniciativas de impacto, debemos ser cautos con la influencia de los ricos en las agendas de investigación y la toma de decisiones, y esforzarnos por lograr una distribución más equilibrada y equitativa del poder y la influencia en nuestras sociedades.

 Para mí tendría más sentido que los países cobraran impuestos a los ricos, cogieran ese dinero y decidieran cómo dárselo a África, en lugar de dejar que los ricos digan a los Estados cómo hay que hacerlo. No discuto sus buenas intenciones, pero desde luego no son ellos quienes deben tener el poder de decidir si hay que, construir estadios, vacunar o llevar agua potable. Sencillamente, no creo que sean ellos quienes deban tomar esas decisiones."                   

(Entrevista a Branko Milanović, Brave New Europe, 17/07/23; traducción DEEPL)

17/7/23

Milanovic constata que la desigualdad mundial empezó a descender hace unas dos décadas... ¿Significa esto que el capitalismo está logrando reducir la desigualdad y que ahora existe una gran convergencia? No, porque la disminución se debe en realidad al crecimiento de los ingresos de un solo país: China... exceptuando a esta nación, la desigualdad ha aumentado en casi todas las grandes economías... Si se excluye a China de los datos, no hay convergencia global... Y lo que es más importante, las clases medias de todos los países ricos han descendido en la clasificación mundial (Michael Roberts)

 "Branco Milanovic, antiguo economista jefe del Banco Mundial, se ha convertido en el principal analista de la desigualdad mundial.  A partir de su libro Worlds Apart (Mundos aparte), publicado en 2005, ha documentado las tendencias de la desigualdad mundial de ingresos (no tanto de riqueza) desde la revolución industrial y desde que el capitalismo se convirtió en el modo de producción dominante en todo el mundo.  

En ese libro, calculó que la desigualdad global de ingresos (y riqueza) era de "20:80" (es decir, que el 80% de los 6.600 millones de habitantes del mundo de entonces podían clasificarse como pobres) y que la situación estaba empeorando, no mejorando, incluso si se tienen en cuenta los entonces florecientes BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

En aquel momento presentó los cambios en los ingresos reales de la población mundial en varios percentiles de la distribución de la renta y elaboró lo que pasó a llamarse el "gráfico del elefante", es decir, que las grandes mejoras en los niveles de ingresos se encontraban en el rango medio de ingresos, mientras que los muy pobres y los que se encontraban en los rangos superiores de ingresos (excepto los extremadamente ricos) en realidad perdían terreno.

Esto sugirió a muchos que la desigualdad global estaba disminuyendo porque los ingresos medios de todo el mundo habían aumentado.  Había una gran convergencia, no divergencia.

 Pero el gráfico del elefante ocultaba la realidad.  Este próspero grupo de renta media se debe casi por completo a China.  La economía china ha sacado a más de 900 millones de chinos de la pobreza extrema en sólo tres décadas y los ingresos medios se han disparado, sobre todo en las dos últimas décadas.  Si se excluye a China, el gráfico del elefante se derrumba.  Ni el resto de Asia ni India han logrado una mejora semejante de los ingresos medios. Hay muchas otras razones para ser escépticos sobre el gráfico del elefante y las conclusiones que se pueden extraer de él.

Pero ahora Milanovic ha actualizado sus estimaciones sobre la desigualdad mundial en un nuevo estudio. Algunos periodistas han titulado los resultados como "El mundo es el más igualitario que ha sido en más de un siglo". Suena muy bien - pero de nuevo, el diablo está en los detalles.

Hay dos factores en la desigualdad mundial: la desigualdad entre los ingresos nacionales per cápita y la desigualdad de ingresos de las personas dentro de las naciones.  En trabajos anteriores, Milanovic argumentó que la primera es más importante en la desigualdad global general de las personas que la segunda.  Es decir, que el lugar donde vives es más importante que tus ingresos en ese país en comparación con los de los más ricos de allí.

 En su último trabajo, Milanovic vuelve a estimar la desigualdad mundial entre 1820 y 1980, reevalúa los resultados hasta 2013 y presenta nuevas estimaciones de la desigualdad para 2018. Concluye que, históricamente, la desigualdad mundial ha seguido tres épocas: la primera, desde 1820 hasta 1950, caracterizada por el aumento de las diferencias de ingresos entre países y el incremento de las desigualdades dentro de los países; la segunda, desde 1950 hasta la última década del siglo XX, con una desigualdad mundial y entre países muy elevada; y la actual, de disminución de la desigualdad gracias al aumento de los ingresos asiáticos, especialmente chinos.

Según Milanovic, desde el advenimiento de la Revolución Industrial a principios del siglo XIX hasta aproximadamente mediados del siglo XX, la desigualdad mundial aumentó a medida que la riqueza se concentraba en los países industrializados occidentales. Alcanzó su punto álgido durante la Guerra Fría, cuando el planeta se dividía en "Primer Mundo", "Segundo Mundo" y "Tercer Mundo", tres niveles de desarrollo económico. Pero entonces, hace unos 20 años, la desigualdad mundial empezó a disminuir, en gran parte gracias al auge económico de China, que hasta hace poco era el país más poblado del mundo. La desigualdad mundial alcanzó su punto álgido en el índice de Gini de 69,4 en 1988. Bajó a 60,1 en 2018, un nivel que no se veía desde finales del siglo XIX.

 La primera era de la desigualdad mundial se extendió aproximadamente desde 1820 hasta 1950, un período caracterizado por el aumento constante de la desigualdad. En la época de la Revolución Industrial (aproximadamente 1820), la desigualdad mundial era más bien modesta. El PIB del país más rico (el Reino Unido) era cinco veces mayor que el del país más pobre (Nepal) en 1820. (La relación equivalente entre los PIB de los países más ricos y más pobres hoy en día es de más de 100 a 1).

El crecimiento de la desigualdad mundial durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX estuvo impulsado tanto por el aumento de las diferencias entre los distintos países (medidas por las diferencias en sus PIB per cápita) como por el aumento de las desigualdades dentro de los países (medidas por las diferencias en los ingresos de los ciudadanos de un determinado país). Las diferencias entre países reflejaban lo que los historiadores económicos han denominado la Gran Divergencia, la creciente disparidad entre, por un lado, los países industrializados de Europa Occidental, Norteamérica y, más tarde, Japón y, por otro, China, India, el subcontinente africano, Oriente Medio y América Latina, donde la renta per cápita se estancó o incluso disminuyó.  En efecto, se trataba de una medida cuantitativa de la dominación de un pequeño bloque de países imperialistas sobre el resto.

 Pero Milanovic constata que la desigualdad mundial empezó a descender hace unas dos décadas. Ha descendido de 70 puntos Gini en torno al año 2000 a 60 puntos Gini dos décadas después.Esta disminución de la desigualdad mundial, que se ha producido en el breve lapso de 20 años, es más precipitada que el aumento de la desigualdad mundial durante el siglo XIX.

¿Significa esto que el capitalismo está logrando reducir la desigualdad y que ahora existe una gran convergencia?  No, porque la disminución se debe en realidad al crecimiento de los ingresos de un solo país:China.Y al mismo tiempo que el rápido crecimiento de China reducía el índice global de desigualdad; dentro de las economías, la desigualdad ha aumentado en casi todas las grandes economías.

 Además, las rentas más altas del mundo siguen viviendo en el bloque imperialista. En 1988, 207 millones de personas formaban el cinco por ciento de los que más ganaban en el mundo; en 2018, esa cifra era de 330 millones, lo que refleja tanto el aumento de la población mundial como la ampliación de los datos disponibles.  Los estadounidenses constituyen la pluralidad de este grupo. Tanto en 1988 como en 2018, más del 40% de los ricos del mundo eran ciudadanos estadounidenses. Le siguen los ciudadanos británicos, japoneses y alemanes. En conjunto, los occidentales (incluido Japón) representan casi el 80% del grupo. Los chinos de las zonas urbanas no han entrado a formar parte de la población con poder adquisitivo mundial hasta hace poco. Pero su cuota sigue siendo pequeña, del 1,6% en 2008 al 5,0% en 2018.Si se excluye a China de los datos, no hay convergencia global.  Como China ha dejado vacantes muchos de los puestos en la parte inferior de la distribución, ahora los ocupan sobre todo los hogares indios más pobres, que ahora tienen un nivel de vida inferior al de sus homólogos chinos.

Y en el bloque imperialista, los grupos de ingresos más bajos han perdido terreno globalmente.  Las familias italianas más pobres estaban en el 30% superior de la distribución mundial de la renta en 1988, pero ahora apenas llegan a la mitad superior. Y lo que es más importante, las clases medias de todos los países ricos han descendido en la clasificación mundial.Se trata de una reorganización posicional de grandes proporciones; obsérvese el aumento de la posición de los perceptores de rentas más bajas en China de 1988 a 2018 y el descenso de la posición global de los deciles inferiores en Italia y Alemania, e incluso en Polonia, donde el 10% superior también subió significativamente.

El declive afectó también a EE.UU., donde alrededor del 30-40% de la distribución se sitúa ahora globalmente más abajo que en 1988. Por supuesto, los más ricos de EE.UU. siguen estando en la cima mundial.

Es probable que la desigualdad mundial no siga disminuyendo a partir de ahora.  Eso se debe a que el fenomenal crecimiento de China puede haber cerrado un poco la brecha de ingresos con los países imperialistas, pero todavía está muy por detrás.

 Y la diferencia de ingresos entre China y la mayoría de los demás países más pobres ha aumentado porque estos últimos apenas avanzan en la reducción de la diferencia con el bloque imperialista. Como dice Milanovic: "Una vez que sacamos a China del cuadro, el siguiente motor de la reducción de la desigualdad mundial es India, pero el crecimiento de India empezó a chisporrotear incluso antes de la crisis financiera mundial".

Además, el crecimiento demográfico más rápido del mundo se registra en África.  Así pues, para que la desigualdad mundial disminuya a base de reducir la brecha entre países ricos y pobres, África debe empezar a aumentar su renta per cápita a un ritmo del 6-7% anual.  África no tiene ninguna posibilidad de lograr ese crecimiento; al contrario, su participación en el PIB mundial es la misma que en 1980 y ha perdido terreno en la década de 2010.

En todo caso, es probable que se reanude la gran divergencia."               (

17/4/23

Branko Milanovic: Una gran desigualdad conduce al conflicto social, pero nadie es capaz de precisar exactamente cómo lo hace. Ahora, Peter Turchin viene con una explicación... en Estados Unidos, sostiene que una élite aspirante ("precariado credencial"), está en proceso de apoderarse del partido republicano y crear así una herramienta política para una competencia efectiva dentro de la élite... la lucha política actual estadounidense consiste en que la clase dominante intenta (desesperadamente) defenderse de un asalto a su posición económica, por parte de una élite aspirante que está consiguiendo el apoyo de la clase media descontenta (los 'deplorables')

 "Durante casi dos décadas, Peter Turchin ha participado, con muchos colegas y coautores, en un proyecto trascendental: averiguar, utilizando pruebas cuantificables, cuáles son las fuerzas que conducen al auge y, lo que es más importante, al declive de las naciones, a la turbulencia y decadencia políticas y a las revoluciones. El resultado ha sido la creación de una enorme base de datos (CrisisDB) que abarca multitud de naciones e imperios a lo largo de los siglos, y varios volúmenes de los escritos de Turchin (por ejemplo, Ciclos seculares (con Sergey Nefedov), Guerra y paz y Guerra; he leído el primero, no el segundo).

Fin de los tiempos es el intento de Turchin de dar a conocer al gran público lo que ha aprendido del complejo trabajo en el campo (que él llama) de la Cliodinámica. Es una obra de "alta vulgarización", aunque el adjetivo "alta" sea a veces inaplicable, ya que, en su intento de llegar a un público lo más amplio posible, Turchin ha caído a veces demasiado bajo desde el punto de vista estilístico, dando por sentado que sus lectores casi no tienen conocimientos previos. Pero esto es una cuestión de estilo.

¿Cuál es la sustancia? Para simplificar, a mi vez:  El modelo de decadencia de Turchin tiene una variable: la desigualdad de renta o de riqueza. Esta variable, que a menudo se aduce como fuente de discordia política, adquiere en Turchin un significado muy concreto (en este punto, debo mencionar la experiencia personal, a menudo incómoda, de personas deseosas de elogiar mi trabajo sobre la desigualdad que afirman que es importante porque una gran desigualdad conduce al conflicto social, pero sin que ni ellas ni yo seamos capaces de precisar exactamente cómo lo hace). Ahora, Peter Turchin viene con una explicación).

El aumento de la desigualdad significa, por definición, que la persona de renta media se quedará más rezagada (...) y cada vez más rezagada que el 10% o el 1% más ricos. La persona con ingresos medios puede ser, como en los Estados Unidos de hoy (país al que se dedica la mayor parte del libro), un trabajador del sector manufacturero o de servicios insuficientemente cualificado; o puede ser un obrero semicualificado en la Gran Bretaña del siglo XIX, o un pequeño terrateniente en la Francia de 1830 y la Rusia de 1850.  Así pues, la ocupación o la clase concretas no importan: lo que importa es la posición en la escala de ingresos. 

¿Qué ocurre en la parte superior de la distribución de la renta? El aumento de la desigualdad significa, también por definición, que las personas que se encuentran en la cima son cada vez más ricas en comparación con el resto, o dicho de otro modo, que la ventaja de encontrarse en el decil superior o en el percentil superior es cada vez mayor. Esto, como todo economista sabe, implica que la "demanda" de esos puestos superiores aumentará. Si la élite (el decil superior o el percentil superior) está compuesta, como en los EE.UU. de hoy, por ejecutivos, banqueros de inversión, abogados de empresa, habrá un intento cada vez mayor de estudiar los campos más lucrativos y de adoptar el tipo de comportamiento (incluidas las creencias) con más probabilidades de llevar a formar parte de la élite. Si el número de personas que lo hacen es superior al número de puestos de élite, se producirá un juego de sillas vacías. No todos los aspirantes a la élite lo conseguirán. A continuación se produce la división de la élite, creada por los aspirantes decepcionados que luchan por los primeros puestos.  

En condiciones en las que (a) la distancia entre la media y la cima aumenta (lo que Turchin denomina "inmiseración", aunque es importante señalar que se trata de una inmiseración relativa; es decir, la persona con ingresos medios puede mejorar en términos reales), y (b) existe una sobreproducción de la élite, se produce una situación prerrevolucionaria.  La inmiseración no es suficiente. Para que se produzca una ruptura, tenemos que tener diferentes élites luchando entre sí, con una de ellas consiguiendo el apoyo del "pueblo" (u otros) para ganar.

Incluso un conocimiento pasajero de los antecedentes de las revoluciones más importantes de la era moderna demuestra que el sencillo modelo de Turchin encaja bien. Tomemos como ejemplo la Revolución Francesa: el estancamiento de los ingresos y las hambrunas recurrentes se produjeron simultáneamente con una élite dividida (la aristocracia y parte del clero contra la clase mercantil de la ciudad en ascenso); en Rusia en 1917, era una parte de la aristocracia contra otra que perdió sus tierras y su riqueza tras la abolición de la servidumbre y no pudo compensarlo con empleos estatales bien remunerados. (Llama la atención la estadística del número de revolucionarios que eran ellos mismos, o sus familias, nobles empobrecidos). O tomemos la revolución iraní de 1979: el clero marginado contra la élite burguesa, que, como en el caso ruso, produjo a través de su descendencia a los futuros revolucionarios.

El modelo se ajusta bien, casi demasiado bien, a la realidad estadounidense actual. La persona media es el "deplorable" (por citar a Hillary Clinton), un populista (por citar a los principales medios de comunicación), un Hillbilly (por citar a J. D. Vance) o uno de los candidatos a la muerte por desesperación (por citar a Anne Case y Angus Deaton). La desafectada y desencantada clase media baja estadounidense ha sido objeto de numerosos estudios tras la llegada de Trump al poder. La élite actual, a la que Turchin disecciona de forma casi forense, está compuesta por consejeros delegados y directores de consejos de administración, grandes inversores, abogados corporativos, "red de planificación política" y altos cargos electos (p. 203), es decir, por todos aquellos que tienen dinero y que lo utilizan para ganar voz y poder. (No en vano, Turchin sostiene que Estados Unidos es una plutocracia que utiliza las herramientas del derecho general al voto como forma de legitimar su poder).

Pero esa élite no es monolítica. Se ha constituido una élite aspirante ("precariado credencial"). Hasta ahora no ha conseguido llegar a la cima y se ha definido ideológicamente en oposición a la inmigración, la globalización y la ideología "woke". Turchin sostiene que esta élite aspirante o aspirante a élite está en proceso de apoderarse del partido republicano y crear así una herramienta política para una competencia efectiva dentro de la élite. Esto, por supuesto, es resentido por la élite gobernante que disfrutó de una extraordinaria buena racha entre 1980 y 2008, ya que su visión del mundo (capitalismo neoliberal, "credencialismo" y política de identidad) fue adoptada por los dos partidos mayoritarios. Turchin considera que la lucha política actual en Estados Unidos consiste en que la clase dominante intenta (desesperadamente) defenderse de un asalto a su ideología y, lo que es más importante, a su posición económica, por parte de una élite aspirante que está consiguiendo el apoyo de la clase media descontenta.

Parece una batalla de proporciones épicas. Muchos de los signos prerrevolucionarios están ahí: sistema político disfuncional, fuertes divisiones entre partidos, falta de representación política para los de fuera. Turchin cita con aprobación el trabajo empírico seminal de Amory Gethin, Clara Martínez Toledano y Thomas Piketty que argumenta que en todas las democracias occidentales, los partidos de izquierdas o socialdemócratas se han convertido en partidos de las élites con credenciales educadas, mientras que las clases trabajadoras y medias han perdido su influencia e incluso su representación.  

Turchin se muestra agnóstico -como debe ser- sobre cuál será el desenlace de la crisis política estadounidense. El sistema político estadounidense ha demostrado ser extraordinariamente flexible y capaz de resistir graves sacudidas. En cierto modo, se podría incluso pensar que las diversas "subversiones" conscientes e inconscientes de Trump redundaron precisamente en beneficio del sistema, porque mostraron la resistencia del sistema incluso cuando el Presidente intentó "derrocarlo". Pero, por otra parte, la profunda incomprensión y la falta de interés por el punto de vista de la otra parte es precisamente una de esas características de los tiempos prerrevolucionarios y EEUU tiene sobradas pruebas de ello.  

El modelo de Turchin se aplica a China (de la que no se habla en el libro) probablemente tan bien como a Estados Unidos. El empobrecimiento relativo de la clase media se ha prolongado durante los últimos cuarenta años. De hecho, ha ido de la mano de su fenomenal aumento del bienestar material, al ritmo de casi un 10% anual, y por ello es menos perceptible. En el extremo superior de la distribución, la clase política/administrativa que históricamente ha gobernado China se enfrenta, todavía con mucha cautela, a la clase capitalista/mercantil en ascenso.  En un artículo de Yang, Novokmet y Milanovic, hemos documentado y analizado probablemente el cambio más radical -por no decir una revolución- que se haya producido nunca en la composición de la élite. Ha ocurrido en China entre 1988 y 2013. El crecimiento económico ha desplazado a la clase administrativa en favor de la vinculada al sector privado (capitalistas).

El modelo de descomposición interna de Turchin adquiere así una dimensión geopolítica.  La lucha por la supremacía mundial entre Estados Unidos y China puede visualizarse entonces como la cuestión de qué sistema político se resquebrajará primero. Si lo hace el de China, tendrá que reducir sus ambiciones exteriores y aceptar el papel de potencia subalterna (a Estados Unidos) incluso en Asia. Si el sistema político estadounidense se derrumba primero, Estados Unidos se inclinaría hacia el aislacionismo y tendría que consentir el poder ascendente chino en Asia, perdiendo así el papel de control en la parte más dinámica del mundo.

¿Serán correctas las predicciones del modelo de Turchin? No lo sabemos, pero creo que es importante centrarse en la lógica del mecanismo propuesto por Turchin y ver las próximas dos décadas como un período de dificultades en lugar de pensar, como hicieron algunas personas que popularizaron los puntos de vista de Turchin en el verano de 2020, que los procesos sociales pueden predecirse con la precisión del movimiento de los cuerpos celestes.

La de Turchin es una tesis fascinante sobre la que vale la pena leer, y luego o bien ser testigo de la crónica de cómo se desarrolla, o tal vez participar en provocar el desenlace o evitarlo -porque Turchin sí muestra que hay casos en los que la previsión de la élite y el interés propio bien entendido le permitieron capear el tiempo de dificultades."         
     

 (Branko Milanović es economista especializado en desarrollo y desigualdad. Breve New europe, 13/04/23; traducción DEEPL)

12/4/23

Países Bajos descubre que tiene siete clases sociales... Un estudio promovido por el Gobierno concluye que el debate sobre la desigualdad va más allá de la dicotomía entre ricos y pobres. Son estas: Los que están en el escalón superior del empleo (20%); jóvenes con buenas oportunidades (9%); los que viven de sus rentas (12%); nivel medio de ocupación (25%); pensionistas con pocos estudios (18%); trabajadores sin seguridad (10%); los precarios (6%)

 "La desigualdad contemporánea es una realidad estructural que supera la lucha contra la pobreza, porque el binomio compuesto de ricos y pobres está pasado de moda”. Formulada casi como un principio, esta declaración vertebra el informe elaborado por la Oficina holandesa de Planificación Social y Cultural (SCP, en sus siglas neerlandesas), que debe guiar al Gobierno en la lucha contra los desequilibrios sociales. Este tipo de estudios se efectúan de forma periódica, pero los expertos socioculturales han ampliado ahora el marco de su labor. No solo han analizado variables como el empleo, los ingresos y la educación. Han incluido, además, el capital social (a quién conoces), el capital cultural (dónde encajas) y el capital personal (la salud y el atractivo) de los ciudadanos para elaborar un mapa de Países Bajos distinto al habitual. Un espacio de 17,8 millones de habitantes donde hay, en su opinión, siete clases sociales.

Para llegar a esta conclusión, el SCP sondeó entre 2019 y 2020 a 6.800 personas y cruzó sus datos con los de la Oficina Central de Estadística. Si bien ya había llevado a cabo ejercicios similares en 2014 y 2021, el análisis actual, titulado ­Eigentijdse ongelijkheid (Desigualdad contemporánea), ha ido más lejos. De ahí las siete clases sociales presentadas. Son estas: “Los que están en el escalón superior del empleo (20%); jóvenes con buenas oportunidades (9%); los que viven de sus rentas (12%); nivel medio de ocupación (25%); pensionistas con pocos estudios (18%); trabajadores sin seguridad (10%); los precarios (6%)”. Las diferencias entre unos y otros son muy difíciles de eliminar y por ello, según el estudio, “se puede erosionar la cohesión social”. Por otro lado, se indica al Gobierno que los grupos menos favorecidos “piensan que las autoridades no se ocupan lo suficiente de gente como ellos”. A pesar de su posición en la lista, los dos últimos estratos suponen uno de cada seis ciudadanos. El penúltimo grupo tiene una media de 44 años, y los precarios, de 65 años. Los primeros se manejan con un ordenador. Los otros no. Es posible “que ambos acudan en menor medida a votar en las elecciones”, pero es importante que este contingente de “ciudadanos críticos” se involucre en la política y en la sociedad, dice el trabajo del SCP.

Muchos factores

En el mapa así dibujado no encajan los planes políticos tradicionales centrados en los ancianos, jóvenes e inmigrantes. La explicación es que no se trata de grupos homogéneos, sino que se encuentran repartidos en toda la sociedad. “Por eso, reconocer que la desigualdad de oportunidades es un fenómeno estructural en Países Bajos va más allá de la pobreza”, ha dicho Cok Vrooman, uno de los investigadores. En unas declaraciones a la cadena pública de televisión para presentar el trabajo, hizo hincapié en que no se trata solo del dinero y los estudios. “Hay que tener en cuenta a quién conoces, tu red social, dónde encajas o quién eres. Es decir, tu capital personal. Y eso es también una combinación de salud y atractivo personal”. Vrooman recalcó la necesidad de que el Gobierno preste atención en sus políticas a las diferentes transiciones vitales: “Desde la etapa escolar hasta el ingreso en el mercado laboral, y desde el momento en que se busca una pareja hasta enfrentarse a problemas de salud”.

Hace ocho años, el SCP constató que “ricos y pobres apenas se conocen” en Países Bajos, y advirtió de que emergía “un problema de cohesión”. En 2021, la brecha no se había reducido. En gran parte, ello se debía a que había grupos “estructuralmente rezagados” en sus ingresos, nivel educativo y, por ende, en el manejo de la tecnología."                         (Isabel Ferrer, El País, 08/04/23)

2/3/23

La secesión de los ricos: “La desigualdad tiene procesos muy poderosos de legitimación”... "la batalla de las ideas" la han ganado las grandes fortunas"... el 0,004% de la población mundial está ganando "por grandísima goleada" la lucha de clases

 "Antonio Ariño (Teruel, 1953) no tiene ninguna duda: el 0,004% de la población mundial está ganando "por grandísima goleada" la lucha de clases. No hay más que ver cómo han incrementado su riqueza durante los años más duros de una crisis económica que apenas les ha despeinado. "Pero los informes no se quedan ahí. También indican que así seguirá sucediendo durante los próximos años", apunta Ariño, que también recuerda el progresivo incremento de la desigualdad. En el mundo, en Europa y, sobre todo, en España.

Esta "secesión" de las clases altas, y la enorme distancia que las separa de las capas más bajas de la sociedad, es lo que Ariño, catedrático de Sociología, y su compañero Joan Romero, catedrático de Geografía Humana, tratan de reflejar en la obra La secesión de los ricos (Galaxia Gutenberg). "Para nosotros, la primera piedra era contar lo que estábamos viendo. Y, con ello, intentar cambiar el discurso", culmina durante la entrevista con infoLibre. 

PREGUNTA. "Efectivamente hay una guerra de clases y los míos la están ganando por goleada" (Warren Buffet). No se podía haber definido con mayor acierto la situación actual...

RESPUESTA. Sí, está claro. Y los datos no dejan lugar a dudas. En un contexto de crisis económica, la fortuna del 0,004% de la población mundial no ha dejado de crecer. Por lo tanto, podemos decir que están venciendo por grandísima goleada la lucha de clases. Los conflictos de distribución de recursos los están ganando ellos.

P. En 2013, el 0,7% más rico de todo el planeta poseía el 41% de la riqueza mundial. En 2015, aumentó hasta el 45,2%, según datos de Credit Suisse. Todo esto, como dice, en plena crisis económica. Parece que los años difíciles han sido excelentes para los millonarios.

R. Todos los informes de Credit Suisse, Capgemini y otras grandes consultoras dicen lo mismo: la concentración de la riqueza en sus manos ha seguido creciendo. Pero los informes no se quedan ahí. También indican que así seguirá sucediendo durante los próximos años. Y esto lo hemos podido ver, por ejemplo, en la industria del lujo, que no ha pasado por ninguna crisis. La venta de aviones privados, yates, islas... Nada de esto se ha visto afectado.

P. No han sido, sin embargo, buenos años para las clases bajas. En 2015, tal y como señalan en el libro, el 71% de la población mundial acumulaba sólo el 3% de la riqueza.

R. Exacto. Es en este sentido en el que se puede hablar de polarización, un concepto que, personalmente, no me acaba de gustar. La dispersión entre los más ricos de los ricos y los más pobres de los pobres ha crecido extraordinariamente en este periodo, tal y como queda reflejado en las supuestas pirámides, que realmente no lo son, de distribución de la riqueza. 

P. Ustedes prefieren utilizar el término secesión de los ricos en lugar de hablar de polarización, dualización o fractura. ¿Por qué?

R. Si uno analiza sus pautas económicas, políticas, ideológicas o morales, nos encontramos ante un proceso, relativamente deliberado y consciente, de separación de la sociedad. En este sentido, se puede destacar, por ejemplo, la importancia que adquiere el offshoring, la utilización de circuitos para hacer circular gran parte de su fortuna o sus negocios fuera de la visibilidad no ya solo de la prensa y los medios de comunicación, sino también en ocasiones al margen de la ley y de los procesos redistributivos.

Es más, en muchas revistas y publicaciones que hemos consultado, los ricos se muestran partidarios de esta práctica porque dicen que ante los elevados impuestos a los que les somete el Estado sólo les queda buscar vías alternativas. Pero esto es falso, porque si hay algo que han conseguido los ricos desde los años 1970 en adelante es pagar cada vez menos. Warren Buffet, por ejemplo, reconoció que pagaba menos impuestos que su secretaria. Otros muchos, un ejemplo claro es Donald Trump, dicen que evadir estos impuestos es una muestra de su inteligencia.

P. En España, en plena crisis económica, las 35 mayores empresas del Ibex35 incrementaron un 44% su número de filiales en paraísos fiscales, según Oxfam Intermón. Y los millonarios españoles, según Timetric, tenían a finales de 2014 un 39,5% de su fortuna fuera del país, un porcentaje superior a la media mundial.

R. Sí. Y también se puede poner el foco en el aumento de las Sicavs... Hay muchas fórmulas de offshoring. Unas directamente invisibles y otras algo más sutiles en el marco de la legalidad. Actualmente, en una gran empresa que quiere trabajar a nivel mundial su dinámica económica funciona fuera de la visibilidad de la ley. Pero también hay fondos soberanos que circulan por esos circuitos oscuros. Es tremendo. Nosotros, tal vez con una metáfora que puede pensarse que es exagerada, decimos que el offshoring es el circuito sanguíneo del sistema económico mundial.

P. Muchas veces con el beneplácito de algunos gobiernos. Mire, por ejemplo, el caso Luxleaks...caso Luxleaks

R. Pero no solo esto. Hay que recordar también que en el momento de la crisis económica parecía que se habían lanzado a poner límites a esto. Pero la experiencia nos dice que no solo no han hecho nada, sino que vemos cómo la City de Londres es un enorme paraíso fiscal, el más grande del planeta, con estatuto propio... Un territorio autónomo dentro de Inglaterra.

Pero también Luxemburgo o Irlanda, por ejemplo. Hay veces que tenemos la imagen de los paraísos fiscales como una especie de islas pirata escondidas en territorios afrodisíacos. Pero no es así. Los grandes están, como se muestra en el libro, en ciudades importantes. Hong Kong, Londres...

P. En 2013 la canciller alemana, Angela Merkel, se quejaba de la fuga de gran parte de los capitales fuera de los países de residencia. 

R. El dinero no tiene fronteras. En algún momento nosotros decimos que el dinero no huele. Pecunia non olet, decían ya en Roma. Sea blanco o negro, es irrelevante. No tiene compromisos. Hemos llegado a una fase del capitalismo en la que no es necesaria la intermediación de materias primas, de procesos productivos industriales, para que el dinero produzca dinero. Sencillamente mediante operaciones bursátiles y en microsegundos el dinero produce dinero. Y esto no tiene ninguna frontera ni ningún compromiso. 

 

P. ¿Es legítima la fortuna que han ido acumulando los ricos? ¿La han aumentado porque crean riqueza con mayor emprendimiento y dinamismo o es fruto de haber sabido extraer cada vez más de una época que produce menos?

R. En unos contextos democráticos y viendo las pautas que siguen, no es legítima. ¿Cómo puede darse en sociedades democráticas tal concentración de la riqueza? Esto sólo puede explicarse por la importancia que tienen los lobbies políticos, los think tanks, que han conseguido convencer a las cámaras de representantes y a los diferentes gobiernos, metiéndoles miedo a través de un mecanismo de intimidación, para que aflojen y liberalicen todos los mecanismos de presión. 

Además, esa riqueza sería legítima si se la hubieran ganado pura y exclusivamente por ellos mismos. Pero todos sabemos que nada tiene que ver con lo que ellos hacen. Su riqueza es fruto de la economía de escala. Un producto en el siglo XXI se vende en todo el planeta. Es esa economía de escala la que provoca que esos negocios sean tan grandes, no el mérito de lo que ellos han desarrollado. Personas que trabajan en otras escalas, cuyo talento o contribución puede ser tan grande o más, no son recompensadas de igual manera. No es un éxito del talento, sino un éxito de la escala.

P. ¿Cómo hemos llegado a la actual situación de enorme desigualdad?

R. Hay varios factores. El primero y más importante en clave de responsabilidad es el triunfo de una ideología neoliberal que se comienza a gestar con un pequeño grupo de intelectuales, entre los cuales está Hayek, que defendían que el mercado dejado a su propia lógica natural produce riqueza y esa riqueza, como la lluvia fina, acaba empapando a todo el mundo. Una ideología que poco a poco va adquiriendo en los años 70 cada vez más peso en las escuelas de negocios y en toda una serie de think tanks muy bien financiados por las grandes fortunas. El neoliberalismo acaba triunfando y provocando flexibilización del trabajo, desregulación fiscal...

Esta dinámica política, además, está combinada con un cambio en la escala de los negocios que es fruto de la última ola de la globalización propiciada por las tecnologías de la información, la comunicación y la organización. Se habla de TIC –tecnologías de la información y de la comunicación–, pero nosotros pensamos que se olvida que la gran revolución es que estas tecnologías permiten organizar las finanzas en tiempo real a nivel planetario.

Por último, el tercer gran cambio ha sido el triunfo del capital financiero sobre cualquier otro capital. Podemos hablar de capital real y capital financiero, pero nos olvidamos que este último es un capital muy real. La única diferencia es que ahora produce dinero sin ninguna mediación. Esto a Santo Tomás le hubiera parecido una barbaridad. Es algo que en la escolástica tradicional y en la mentalidad medieval parecía absolutamente inconcebible. Pero en la actualidad es la norma. Que el dinero, antes que nada, produzca dinero.

P. En el libro se puede apreciar una diferencia importante entre los niveles de desigualdad en EEUU y en Europa. En el Viejo Continente esta fractura es menos intensa. ¿Qué papel ha jugado aquí el desarrollo del Estado del bienestar?

R. Ha jugado, y sigue jugando, un papel muy importante como factor de distribución de la riqueza y mejora de las oportunidades no solo de las clases medias, que por supuesto lo ha hecho, sino sobre todo de las clases más populares. En este sentido, la derrota del Estado de bienestar supondría el fin de un modelo europeo a nivel global. Por eso es tan importante hoy la consolidación de "más Europa" y "mejor Europa". Y por eso, aunque nuestro libro habla de la secesión de los ricos, también se podía haber titulado La era de las secesiones, porque el Brexit o las declaraciones de Cristina Cifuentes [presidenta de la Comunidad de Madrid] diciendo que los madrileños pagan la educación y sanidad a los andaluces también lo son. Esta mentalidad secesionista es justo lo contrario al Estado de bienestar...

P. Un Estado del bienestar que se está intentando desmantelar.

R. Sí, se le están abriendo boquetes por todas partes. Pero nosotros creemos que no solamente hay que mantenerlo y defenderlo, sino también es necesario mejorarlo. El Estado del bienestar ha tenido sus ineficiencias, sí, pero eso no justifica su desmantelamiento. Si hemos tenido unas sociedades cohesionadas, sin graves conflictos de clases, se ha debido justamente al desarrollo del Estado del bienestar. ¿Qué nos aventura una sociedad sin él? Desde luego nada bueno. Y lo estamos viendo ya. Estamos siendo testigos de cómo se producen ataques a personas sencillamente por el color de su piel... Estamos viendo una Europa cada vez más fascista, algo que da miedo.

P. Sin embargo, a pesar de que las desigualdades sean más suaves que en EEUU, lo cierto es que en el Viejo Continente existe una brecha salarial importante. Una cuarta parte de personas en riesgo de exclusión social...

R. Y hay un importante fracaso educativo... Yo hace tiempo que digo que la mejor política social es una que empieza en la primera infancia y que combina recursos económicos y educativos. Si los niños y niñas se encuentran ya excluidos en su primera infancia, va a ser ya muy difícil recuperarles luego. Es fundamental cambiar las políticas, tener una sensibilidad de solidaridad... En el libro, sobre todo, queremos llamar la atención de la escasa conciencia que existe sobre la desigualdad y los problemas que están generando y van a generar estas enormes disparidades.

P. Al hablar de España recuerdan en su libro que ha sido el país donde mayor crecimiento ha experimentado el coeficiente de Gini –índice que refleja los niveles de desigualdad– durante la crisis. La tasa de pobreza también es superior que la de países de nuestro entorno.

R. Nuestra economía y nuestro modelo socioproductivo han sido frágiles. Esa fragilidad se ha mostrado con toda su crudeza justamente durante la crisis. Vivíamos de una burbuja inmobiliaria que creaba un espejismo. En realidad, ese periodo de burbuja no hizo que la pobreza se redujese significativamente, no sirvió para una redistribución y equilibrio de nuestro modelo social. Y un ejemplo muy claro es la tasa de fracaso escolar, que no ha hecho más que agudizarse. Y a una velocidad impresionante. Si antes convergíamos, ahora hemos comenzado a divergir.

P. Pero nuestra estructura de distribución de la riqueza, como indicáis, "es más igualitaria que la de Europa y, por supuesto, que la de EEUU".

R. Sí, esto pasa. Y cuando uno mira el sistema universitario, el español es menos elitista, por ejemplo, que el alemán. Pero lo que hay que ver es de dónde venimos. Venimos de unas estructuras económicas extraordinariamente débiles, basadas en trabajos muy dependientes del ciclo económico y de factores tan curiosos como esa concentración en la construcción, que a su vez estaba vinculada al turismo europeo.

Cuando todo eso se rompe, el proceso de fragilización económica es muy acelerado. La destrucción de puestos de trabajo es la más rápida de toda Europa. Los salarios no remontan. La precariedad o temporalidad en el empleo crecen. Hay una fragilidad estructural. Si la economía va bien, parece que todo funciona razonablemente mejor. Pero cuando se rompen esos equilibrios, entramos en una situación calamitosa.

P. ¿Hay resentimiento contra ese 1% de ricos que se analiza a lo largo de la obra?

R. Sí. Pero esa metáfora tan fácil del 1%, que es una forma de pluralizar, no se corresponde con la realidad. Nosotros en el libro tratamos de mostrar que ese porcentaje es el 0,004%. Por lo tanto, hay que decir que esa idea del 1% contra el 99%, que es muy eficaz en una manifestación, encubre una realidad que es mucho más compleja. Pero, volviendo a la pregunta, con el resentimiento tampoco vamos a ningún lado. Tenemos que tener capacidad de ver en qué medida cada uno de nosotros, desde sus lugares de trabajo o desde el entorno familiar, contribuye a legitimar esta desigualdad. La desigualdad tiene procesos muy poderosos de legitimación y eso nos preocupa en el libro tanto como el hecho de su existencia.

 P. Si hay resentimiento, ¿por qué se siguen tolerando tales niveles de desigualdad? ¿Por qué no se produce, como decís en la obra, una "acción transformadora"?

R. El miedo es un factor muy importante en la sociedad. Y cuando las cosas van mal, todo el mundo quiere mantener su posición y no caer más abajo. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en relación con el sistema escolar. Es razonable que unos padres busquen el mejor colegio para sus hijos, pero al hacerlo terminan deslegitimando el sistema público.

Hay tantas prácticas cotidianas que, siendo individualmente muy comprensibles, acaban legitimando las secesiones [económicas] que es difícil en este momento encontrar una vertebración de la solidaridad para generar un movimiento contra estas desigualdades.

La desigualdad es un fenómeno muy complejo. Hay un caso, bastante investigado, llamado aversión a los que están en el escalón detrás de tí. Tú estás dispuesto a aceptar una mejora de la posición de los que tienes delante de la escalera social pero no una mejora de los que tienes detrás porque, en definitiva, esos te van a alcanzar y van a rebajar tu posición social. Todos estos son factores psicosociales que operan legitimando la desigualdad.

P. Y por eso la gente intenta canalizar ese cambio a través de los partidos anti-establishment, un reflejo claro de la cada vez mayor desconexión política.

R. Los partidos "tradicionales" o "clásicos" perdieron hace tiempo su capacidad de conectar con una parte muy grande del electorado. Nosotros decimos que son los ricos los que se secesionan, pero también decimos que son las élites políticas las que se han vuelto desafectas de sus electorados, no al revés. Los partidos hace tiempo que no conectan con los votantes. El electorado no encuentra un espacio de vertebración de sus inquietudes. Por lo tanto, antes o después era obvio que aparecerían fuerzas políticas con capacidad de vertebrarlo.

¿Durante cuánto tiempo? Esto es difícil de responder. En este momento en España el PP, que recoge el populismo de derechas que estamos viendo en EEUU y Reino Unido, tiene un suelo y un techo electoral que parecen bastante sólidos. Y el PSOE está en quiebra total. Por lo tanto, era comprensible que apareciera alguna fuerza política con capacidad de arrastre para aquellos que no se sienten ahora mismo identificados con esas élites.

P. Parece que la batalla de las ideas la han ganado las clases pudientes. El mantra de 'si los ricos ganan, todos ganamos' parece cada vez más consolidado en la sociedad.

R. En este momento la batalla de las ideas la tienen ganada. Además, el triunfo de las insolidaridades que vemos en Turquía, Inglaterra, que crecen espectacularmente en Alemania o en Francia con Le Pen, nos demuestra, efectivamente, que su ideología se ha impuesto.

P. ¿Hay alternativas? ¿Cómo se puede corregir esa desigualdad a nivel mundial?

R. En este momento es difícil verlas. Para que haya alternativas hace falta un gran movimiento, un número suficiente de personas dispuestas a defender una solidaridad y un internacionalismo global. Y también es necesaria capacidad de organización, algo importante porque ejerce de intimidador ante los que están del otro lado.

Todo esto no es visible actualmente. Por tanto, nosotros estamos convencidos de que queda una travesía larga. Pero no se puede comenzar a andar si no se ponen las primeras piedras. Y para nosotros, la primera piedra era contar lo que estábamos viendo. Y, con ello, intentar cambiar el discurso. No son los pobres los culpables de su pobreza, sino que la culpa la tiene la enorme concentración de la riqueza en una pequeña minoría a unos niveles que nunca se habían dado en sociedades democráticas."

(Entrevista a Antonio Ariño,  InfoLibre, Álvaro Sánchez Castrillo, InfoLibre, 05/12/16)