"Antonio Ariño (Teruel, 1953) no tiene ninguna
duda: el 0,004% de la población mundial está ganando "por grandísima
goleada" la lucha de clases. No hay más que ver cómo han incrementado su
riqueza durante los años más duros de una crisis económica que apenas
les ha despeinado. "Pero los informes no se quedan ahí. También indican que así seguirá sucediendo durante los próximos años",
apunta Ariño, que también recuerda el progresivo incremento de la
desigualdad. En el mundo, en Europa y, sobre todo, en España.
Esta "secesión" de las clases altas, y la enorme distancia que
las separa de las capas más bajas de la sociedad, es lo que Ariño,
catedrático de Sociología, y su compañero Joan Romero, catedrático de Geografía Humana, tratan de reflejar en la obra La secesión de los ricos
(Galaxia Gutenberg). "Para nosotros, la primera piedra era contar lo
que estábamos viendo. Y, con ello, intentar cambiar el discurso",
culmina durante la entrevista con infoLibre.
PREGUNTA. "Efectivamente hay una guerra de clases y los
míos la están ganando por goleada" (Warren Buffet). No se podía haber
definido con mayor acierto la situación actual...
RESPUESTA. Sí, está claro. Y los datos no dejan
lugar a dudas. En un contexto de crisis económica, la fortuna del
0,004% de la población mundial no ha dejado de crecer. Por lo tanto,
podemos decir que están venciendo por grandísima goleada la lucha de
clases. Los conflictos de distribución de recursos los están ganando
ellos.
P. En 2013, el 0,7% más rico de todo el planeta poseía
el 41% de la riqueza mundial. En 2015, aumentó hasta el 45,2%, según
datos de Credit Suisse. Todo esto, como dice, en plena crisis económica.
Parece que los años difíciles han sido excelentes para los millonarios.
R. Todos los informes de Credit Suisse, Capgemini y otras
grandes consultoras dicen lo mismo: la concentración de la riqueza en
sus manos ha seguido creciendo. Pero los informes no se quedan ahí.
También indican que así seguirá sucediendo durante los próximos años. Y
esto lo hemos podido ver, por ejemplo, en la industria del lujo, que no
ha pasado por ninguna crisis. La venta de aviones privados, yates,
islas... Nada de esto se ha visto afectado.
P. No han sido, sin embargo, buenos años para las clases
bajas. En 2015, tal y como señalan en el libro, el 71% de la población
mundial acumulaba sólo el 3% de la riqueza.
R. Exacto. Es en este sentido en el que se
puede hablar de polarización, un concepto que, personalmente, no me
acaba de gustar. La dispersión entre los más ricos de los ricos y los
más pobres de los pobres ha crecido extraordinariamente en este periodo,
tal y como queda reflejado en las supuestas pirámides, que realmente no
lo son, de distribución de la riqueza.
P. Ustedes prefieren utilizar el término secesión de los
ricos en lugar de hablar de polarización, dualización o fractura. ¿Por
qué?
R. Si uno analiza sus pautas económicas,
políticas, ideológicas o morales, nos encontramos ante un proceso,
relativamente deliberado y consciente, de separación de la sociedad. En
este sentido, se puede destacar, por ejemplo, la importancia que
adquiere el offshoring, la utilización de circuitos para hacer
circular gran parte de su fortuna o sus negocios fuera de la visibilidad
no ya solo de la prensa y los medios de comunicación, sino también en
ocasiones al margen de la ley y de los procesos redistributivos.
Es más, en muchas revistas y publicaciones que hemos consultado,
los ricos se muestran partidarios de esta práctica porque dicen que
ante los elevados impuestos a los que les somete el Estado sólo les
queda buscar vías alternativas. Pero esto es falso, porque si hay algo
que han conseguido los ricos desde los años 1970 en adelante es pagar
cada vez menos. Warren Buffet, por ejemplo, reconoció que pagaba menos
impuestos que su secretaria. Otros muchos, un ejemplo claro es Donald
Trump, dicen que evadir estos impuestos es una muestra de su
inteligencia.
P. En España, en plena crisis económica, las 35 mayores
empresas del Ibex35 incrementaron un 44% su número de filiales en
paraísos fiscales, según Oxfam Intermón. Y los millonarios españoles,
según Timetric, tenían a finales de 2014 un 39,5% de su fortuna fuera
del país, un porcentaje superior a la media mundial.
R. Sí. Y también se puede poner el foco en el aumento de las Sicavs... Hay muchas fórmulas de offshoring.
Unas directamente invisibles y otras algo más sutiles en el marco de la
legalidad. Actualmente, en una gran empresa que quiere trabajar a nivel
mundial su dinámica económica funciona fuera de la visibilidad de la
ley. Pero también hay fondos soberanos que circulan por esos circuitos
oscuros. Es tremendo. Nosotros, tal vez con una metáfora que puede
pensarse que es exagerada, decimos que el offshoring es el circuito sanguíneo del sistema económico mundial.
P. Muchas veces con el beneplácito de algunos gobiernos. Mire, por ejemplo, el caso Luxleaks...caso Luxleaks
R. Pero no solo esto. Hay que recordar también
que en el momento de la crisis económica parecía que se habían lanzado a
poner límites a esto. Pero la experiencia nos dice que no solo no han
hecho nada, sino que vemos cómo la City de Londres es un enorme paraíso
fiscal, el más grande del planeta, con estatuto propio... Un territorio
autónomo dentro de Inglaterra.
Pero también Luxemburgo o Irlanda, por ejemplo. Hay veces que
tenemos la imagen de los paraísos fiscales como una especie de islas
pirata escondidas en territorios afrodisíacos. Pero no es así. Los
grandes están, como se muestra en el libro, en ciudades importantes.
Hong Kong, Londres...
P. En 2013 la canciller alemana, Angela Merkel, se
quejaba de la fuga de gran parte de los capitales fuera de los países de
residencia.
R. El dinero no tiene fronteras. En algún momento nosotros decimos que el dinero no huele. Pecunia non olet, decían
ya en Roma. Sea blanco o negro, es irrelevante. No tiene compromisos.
Hemos llegado a una fase del capitalismo en la que no es necesaria la
intermediación de materias primas, de procesos productivos industriales,
para que el dinero produzca dinero. Sencillamente mediante operaciones
bursátiles y en microsegundos el dinero produce dinero. Y esto no tiene
ninguna frontera ni ningún compromiso.
P. ¿Es legítima la fortuna que han ido acumulando los
ricos? ¿La han aumentado porque crean riqueza con mayor emprendimiento y
dinamismo o es fruto de haber sabido extraer cada vez más de una época
que produce menos?
R. En unos contextos democráticos y viendo las
pautas que siguen, no es legítima. ¿Cómo puede darse en sociedades
democráticas tal concentración de la riqueza? Esto sólo puede explicarse
por la importancia que tienen los lobbies políticos, los think tanks,
que han conseguido convencer a las cámaras de representantes y a los
diferentes gobiernos, metiéndoles miedo a través de un mecanismo de
intimidación, para que aflojen y liberalicen todos los mecanismos de
presión.
Además, esa riqueza sería legítima si se la hubieran ganado pura
y exclusivamente por ellos mismos. Pero todos sabemos que nada tiene
que ver con lo que ellos hacen. Su riqueza es fruto de la economía de
escala. Un producto en el siglo XXI se vende en todo el planeta. Es esa
economía de escala la que provoca que esos negocios sean tan grandes, no
el mérito de lo que ellos han desarrollado. Personas que trabajan en
otras escalas, cuyo talento o contribución puede ser tan grande o más,
no son recompensadas de igual manera. No es un éxito del talento, sino
un éxito de la escala.
P. ¿Cómo hemos llegado a la actual situación de enorme desigualdad?
R. Hay varios factores. El primero y más
importante en clave de responsabilidad es el triunfo de una ideología
neoliberal que se comienza a gestar con un pequeño grupo de
intelectuales, entre los cuales está Hayek, que defendían que el mercado
dejado a su propia lógica natural produce riqueza y esa riqueza, como
la lluvia fina, acaba empapando a todo el mundo. Una ideología que poco a
poco va adquiriendo en los años 70 cada vez más peso en las escuelas de
negocios y en toda una serie de think tanks muy bien
financiados por las grandes fortunas. El neoliberalismo acaba triunfando
y provocando flexibilización del trabajo, desregulación fiscal...
Esta dinámica política, además, está combinada con un cambio en
la escala de los negocios que es fruto de la última ola de la
globalización propiciada por las tecnologías de la información, la
comunicación y la organización. Se habla de TIC –tecnologías de la
información y de la comunicación–, pero nosotros pensamos que se olvida
que la gran revolución es que estas tecnologías permiten organizar las
finanzas en tiempo real a nivel planetario.
Por último, el tercer gran cambio ha sido el triunfo del capital
financiero sobre cualquier otro capital. Podemos hablar de capital real
y capital financiero, pero nos olvidamos que este último es un capital
muy real. La única diferencia es que ahora produce dinero sin ninguna
mediación. Esto a Santo Tomás le hubiera parecido una barbaridad. Es
algo que en la escolástica tradicional y en la mentalidad medieval
parecía absolutamente inconcebible. Pero en la actualidad es la norma.
Que el dinero, antes que nada, produzca dinero.
P. En el libro se puede apreciar una diferencia
importante entre los niveles de desigualdad en EEUU y en Europa. En el
Viejo Continente esta fractura es menos intensa. ¿Qué papel ha jugado
aquí el desarrollo del Estado del bienestar?
R. Ha jugado, y sigue jugando, un papel muy
importante como factor de distribución de la riqueza y mejora de las
oportunidades no solo de las clases medias, que por supuesto lo ha
hecho, sino sobre todo de las clases más populares. En este sentido, la
derrota del Estado de bienestar supondría el fin de un modelo europeo a
nivel global. Por eso es tan importante hoy la consolidación de "más
Europa" y "mejor Europa". Y por eso, aunque nuestro libro habla de la
secesión de los ricos, también se podía haber titulado La era de las secesiones, porque el Brexit o
las declaraciones de Cristina Cifuentes [presidenta de la Comunidad de
Madrid] diciendo que los madrileños pagan la educación y sanidad a los
andaluces también lo son. Esta mentalidad secesionista es justo lo
contrario al Estado de bienestar...
P. Un Estado del bienestar que se está intentando desmantelar.
R. Sí, se le están abriendo boquetes por todas
partes. Pero nosotros creemos que no solamente hay que mantenerlo y
defenderlo, sino también es necesario mejorarlo. El Estado del bienestar
ha tenido sus ineficiencias, sí, pero eso no justifica su
desmantelamiento. Si hemos tenido unas sociedades cohesionadas, sin
graves conflictos de clases, se ha debido justamente al desarrollo del
Estado del bienestar. ¿Qué nos aventura una sociedad sin él? Desde luego
nada bueno. Y lo estamos viendo ya. Estamos siendo testigos de cómo se
producen ataques a personas sencillamente por el color de su piel...
Estamos viendo una Europa cada vez más fascista, algo que da miedo.
P. Sin embargo, a pesar de que las desigualdades sean
más suaves que en EEUU, lo cierto es que en el Viejo Continente existe
una brecha salarial importante. Una cuarta parte de personas en riesgo
de exclusión social...
R. Y hay un importante fracaso educativo... Yo
hace tiempo que digo que la mejor política social es una que empieza en
la primera infancia y que combina recursos económicos y educativos. Si
los niños y niñas se encuentran ya excluidos en su primera infancia, va a
ser ya muy difícil recuperarles luego. Es fundamental cambiar las
políticas, tener una sensibilidad de solidaridad... En el libro, sobre
todo, queremos llamar la atención de la escasa conciencia que existe
sobre la desigualdad y los problemas que están generando y van a generar
estas enormes disparidades.
P. Al hablar de España recuerdan en su libro que ha sido
el país donde mayor crecimiento ha experimentado el coeficiente de Gini
–índice que refleja los niveles de desigualdad– durante la crisis. La
tasa de pobreza también es superior que la de países de nuestro entorno.
R. Nuestra economía y nuestro modelo
socioproductivo han sido frágiles. Esa fragilidad se ha mostrado con
toda su crudeza justamente durante la crisis. Vivíamos de una burbuja
inmobiliaria que creaba un espejismo. En realidad, ese periodo de
burbuja no hizo que la pobreza se redujese significativamente, no sirvió
para una redistribución y equilibrio de nuestro modelo social. Y un
ejemplo muy claro es la tasa de fracaso escolar, que no ha hecho más que
agudizarse. Y a una velocidad impresionante. Si antes convergíamos,
ahora hemos comenzado a divergir.
P. Pero nuestra estructura de distribución de la
riqueza, como indicáis, "es más igualitaria que la de Europa y, por
supuesto, que la de EEUU".
R. Sí, esto pasa. Y cuando uno mira el sistema
universitario, el español es menos elitista, por ejemplo, que el alemán.
Pero lo que hay que ver es de dónde venimos. Venimos de unas
estructuras económicas extraordinariamente débiles, basadas en trabajos
muy dependientes del ciclo económico y de factores tan curiosos como esa
concentración en la construcción, que a su vez estaba vinculada al
turismo europeo.
Cuando todo eso se rompe, el proceso de fragilización
económica es muy acelerado. La destrucción de puestos de trabajo es la
más rápida de toda Europa. Los salarios no remontan. La precariedad o
temporalidad en el empleo crecen. Hay una fragilidad estructural. Si la
economía va bien, parece que todo funciona razonablemente mejor. Pero
cuando se rompen esos equilibrios, entramos en una situación calamitosa.
P. ¿Hay resentimiento contra ese 1% de ricos que se analiza a lo largo de la obra?
R. Sí. Pero esa metáfora tan fácil del 1%, que
es una forma de pluralizar, no se corresponde con la realidad. Nosotros
en el libro tratamos de mostrar que ese porcentaje es el 0,004%. Por lo
tanto, hay que decir que esa idea del 1% contra el 99%, que es muy
eficaz en una manifestación, encubre una realidad que es mucho más
compleja. Pero, volviendo a la pregunta, con el resentimiento tampoco
vamos a ningún lado. Tenemos que tener capacidad de ver en qué medida
cada uno de nosotros, desde sus lugares de trabajo o desde el entorno
familiar, contribuye a legitimar esta desigualdad. La desigualdad tiene
procesos muy poderosos de legitimación y eso nos preocupa en el libro
tanto como el hecho de su existencia.
P. Si hay resentimiento, ¿por qué se siguen tolerando
tales niveles de desigualdad? ¿Por qué no se produce, como decís en la
obra, una "acción transformadora"?
R. El miedo es un factor muy importante en la
sociedad. Y cuando las cosas van mal, todo el mundo quiere mantener su
posición y no caer más abajo. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en
relación con el sistema escolar. Es razonable que unos padres busquen
el mejor colegio para sus hijos, pero al hacerlo terminan deslegitimando
el sistema público.
Hay tantas prácticas cotidianas que, siendo individualmente muy
comprensibles, acaban legitimando las secesiones [económicas] que es
difícil en este momento encontrar una vertebración de la solidaridad
para generar un movimiento contra estas desigualdades.
La desigualdad es un fenómeno muy complejo. Hay un caso,
bastante investigado, llamado aversión a los que están en el escalón
detrás de tí. Tú estás dispuesto a aceptar una mejora de la posición de
los que tienes delante de la escalera social pero no una mejora de los
que tienes detrás porque, en definitiva, esos te van a alcanzar y van a
rebajar tu posición social. Todos estos son factores psicosociales que
operan legitimando la desigualdad.
P. Y por eso la gente intenta canalizar ese cambio a
través de los partidos anti-establishment, un reflejo claro de la cada
vez mayor desconexión política.
R. Los partidos "tradicionales" o "clásicos"
perdieron hace tiempo su capacidad de conectar con una parte muy grande
del electorado. Nosotros decimos que son los ricos los que se
secesionan, pero también decimos que son las élites políticas las que se
han vuelto desafectas de sus electorados, no al revés. Los partidos
hace tiempo que no conectan con los votantes. El electorado no encuentra
un espacio de vertebración de sus inquietudes. Por lo tanto, antes o
después era obvio que aparecerían fuerzas políticas con capacidad de
vertebrarlo.
¿Durante cuánto tiempo? Esto es difícil de responder. En este
momento en España el PP, que recoge el populismo de derechas que estamos
viendo en EEUU y Reino Unido, tiene un suelo y un techo electoral que
parecen bastante sólidos. Y el PSOE está en quiebra total. Por lo tanto,
era comprensible que apareciera alguna fuerza política con capacidad de
arrastre para aquellos que no se sienten ahora mismo identificados con
esas élites.
P. Parece que la batalla de las ideas la han ganado las
clases pudientes. El mantra de 'si los ricos ganan, todos ganamos'
parece cada vez más consolidado en la sociedad.
R. En este momento la batalla de las ideas la
tienen ganada. Además, el triunfo de las insolidaridades que vemos en
Turquía, Inglaterra, que crecen espectacularmente en Alemania o en
Francia con Le Pen, nos demuestra, efectivamente, que su ideología se ha
impuesto.
P. ¿Hay alternativas? ¿Cómo se puede corregir esa desigualdad a nivel mundial?
R. En este momento es difícil verlas. Para que
haya alternativas hace falta un gran movimiento, un número suficiente de
personas dispuestas a defender una solidaridad y un internacionalismo
global. Y también es necesaria capacidad de organización, algo
importante porque ejerce de intimidador ante los que están del otro
lado.
Todo esto no es visible actualmente. Por tanto, nosotros estamos
convencidos de que queda una travesía larga. Pero no se puede comenzar a
andar si no se ponen las primeras piedras. Y para nosotros, la primera
piedra era contar lo que estábamos viendo. Y, con ello, intentar cambiar
el discurso. No son los pobres los culpables de su pobreza, sino que la
culpa la tiene la enorme concentración de la riqueza en una pequeña
minoría a unos niveles que nunca se habían dado en sociedades
democráticas."
(Entrevista a Antonio Ariño, InfoLibre, Álvaro Sánchez Castrillo, InfoLibre, 05/12/16)