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24/9/23

Vattimo: Latinoamérica es el futuro deseable de Europa... comparado con Berlusconi que es un líder que trabaja para sí mismo, prefiero a los latinoamericanos que trabajan para el pueblo. Un poco más de jefismo, de jefatura, me parece importante... Otro aspecto de la política latinomericana que se debe tener en cuenta para la política europea es este, ponerle emotividad a la política... Imagine una mayoría electoral de izquierda en Europa, no tomaría el poder, porque estamos bajo una ocupación financiera y norteamericana. Hablar de un comunismo débil es interesante incluso desde un punto de vista político... Tenemos un desarrollo cientifico-tecnológico empujado al extremo con deshumanización de la vida de la gente, necesitamos el sóviet... El comunismo débil es un ideal de sociedad leninista, sóviet más electrificación

 "Pensador clave de la post-modernidad, Gianni Vattimo (n. 1936), titular de la cátedra de ‘Hermenéutica filosófica’ en la Universidad de Turín y autor de obras impactantes como El Pensamiento débil (1983) y La Sociedad transparente (1989), fue miembro del Partido Radical italiano y actualmente lo es de ‘Italia de los valores’ (movimiento liderado por el antiguo juez Antonio Di Pietro que se alió al Partido Demócrata de Luigi Bersani en las recientes elecciones legislativas). Vattimo es también, desde 1999, diputado en el Parlamento europeo.

En Turín (Italia), a cien metros del edificio de la Università degli Studi donde Antonio Gramsci estudió, y bajo los históricos soportales de la que fue capital de Italia y cuna de los Saboya, se encuentra la casa del filósofo y eurodiputado Gianni Vattimo. En un amplio salón, rodeados de libros y cuadros, charlamos con él. Entre nosotros, por encima de mi cuaderno de notas y mi grabadora, se pasea su tremendo y ronroneante gato. “Le permito todo tipo de licencias para compensar todos los abusos que solemos cometer los humanos con los animales”, me dice Vattimo. Hablamos sobre su más reciente libro Comunismo hermenéutico (Herder, 2012), escrito en colaboración con Santiago Zabala, pero también abordamos diversos conceptos acuñados en sus obras, como el ‘pensamiento débil’.

Pascual Serrano: ¿Dice usted que el ‘pensamiento débil’ es el que apoya a los débiles, puesto que pone en cuestión el caracter absoluto del poder establecido?

Gianni Vattimo: En efecto. En mi ensayo sobre el pensamiento débil afirmo que éste es el pensamiento de los débiles, lo cual me parece muy importante. Establezco una analogía entre el olvido del ser de Heidegger y el silencio de los sufrimientos de Lenin. Es como interpretar a Heidegger de una manera menos mística, porque se trata del silenciamiento de los débiles por los fuertes, que es de lo que habla Lenin en ‘el ser social sobre la historia’. Reflexionemos sobre esto, ¿quién es el enemigo del pensamiento débil? ¿los débiles? No, ellos no, los proletarios no. Cuando digo que no hay hechos sólo interpretación, ¿quienes son los escandalizados? Los poderes, obviamente. Funcionarios, científicos al servicio del poder, autoridades, el Papa, los cardenales... Todos ellos han estado siempre muy en contra del relativismo. Los proletarios son enemigos del pensamiento débil sólo en la medida en que necesitan una metafísica fuerte para luchar contra el poder, pero no son afectados negativamente por el pensamiento débil. En el proletario, el pensamiento fuerte es solo ideología, lo funcional para luchar contra el poder es el pensamiento débil más que una metafísica marxista ortodoxa.

P.S.: Usted afirma que, en los países progresistas de América Latina, ve el “espectro” del comunismo. ¿Por qué dice que las políticas de Chávez o de Morales son el ejemplo paradigmático de lo que usted denomina comunismo débil?

G.V.: Sí, se trata de un comunismo que no teoriza mucho sobre el materialismo, etc... Por ejemplo, Chávez era religioso. Se trata de estar del lado de los débiles sin adoptar metafísicas que se vuelvan autoritarias. Por eso escribí que Latinoamérica es el futuro deseable de la nueva Europa, lo que le falta a Europa es un contrapoder respecto al capitalismo financiero que nos domina. Ese contrapoder puede venir de un subcontinente como el latinoamericano donde se han reafirmado bastantes gobiernos frente a la dominación estadounidense: Cristina, Lula, Correa, Chávez, Morales... A nivel internacional interesa muchísimo a Europa que existan estos modelos, no solo por el papel de contrapoder que tienen en la geopolítica internacional, sino también porque son un socialismo que ha tenido sus resultados. ¿El gobierno de Chávez era socialista? Bueno, sí, en el sentido en que ha utilizado los recursos públicos en beneficio del pueblo. ¿Quiero decir con esto que se debería aplicar el chavismo en Italia? Por supuesto que no. Pero una cierta inspiración de líderes como Chávez, Castro o Morales es importante porque llama la atención sobre la necesidad de un jefe, yo soy partidario del jefe carismático. Berlusconi resiste, no sólo porque tiene dinero, sino porque se presenta como un jefe carismático. Incluso Monti quiso presentarse como una figura salvífica, venida de la providencia. El partido comunista italiano hoy no es nada, no hay líder. Justifico el liderazgo en el castrismo o en el chavismo porque, comparado con Berlusconi que es un líder que trabaja para sí mismo, prefiero a los latinoamericanos que trabajan para el pueblo. Un poco más de jefismo, de jefatura, me parece importante.

PS: ¿Ese renegar de los liderazgos puede ser un problema en los partidos de izquierda de Europa que propugnan direcciones colectivas o en movimientos como los indignados?

GV: Un partido sin jefe se convierte en una especie de difusión tecnológica del poder. Por ejemplo el programa. Cuando se discute del programa, se llega de nuevo a la idea de la objetividad racional infalible. El componente emotivo es importantísimo. Una de las características de la crisis política europea es la tecnificación del poder sin una individualidad. Ahí está el poder de los banqueros, tan neutral, tan impersonal que ni suelen ser conocidos. Otro aspecto de la política latinomericana que se debe tener en cuenta para la política europea es este, ponerle emotividad a la política.

P.S.: Pero frente al comunismo débil de Venezuela, podríamos decir que, en Cuba, hay un comunismo más fuerte y que, gracias a ello, ha podido sobrevivir al acoso de Estados Unidos.

G.V.: La situación cubana es comparable a la de Rusia después del 17. Cuba ha sido sitiada por el capitalismo norteamericano e incluso por la Unión Europea que sigue considerando a Castro como un enemigo. Se han desenvuelto en un comunismo de guerra.

P.S.: Quizás esa tesis de pensamiento débil pueda desembocar en un exceso de concesiones de la izquierda; pienso que, en la socialdemocracia, con su pensamiento débil ha terminado por igualarse con los partidos de la derecha neoliberal.

G.V.: Por eso yo sigo hablando de comunismo. La idea de hablar nuevamente de comunismo es fundamental. Debemos ser conscientes de la debilidad de los partidos de izquierda en Europa. Tal vez no se puede transformar la crisis en una actitud revolucionaria, pero hablar de comunismo débil supone, por un lado, reconocer que hoy en el mundo no se puede imaginar una revolución planetaria global porque nos matan inmediatamente. Digamos que lo de débil es una cuestión táctica y estratégica. Yo pienso en un comunismo más de oposición que de toma del poder inmediatamente, una especie de comunismo anarquista. Hoy no puedo imaginar una fuerza comunista que tome el poder en Italia, incluso cuando tuviese una mayoría electoral, porque estamos dentro de un sistema (Unión Europea, OTAN...) que nos impide todo, pero podemos resistir, mediante luchas locales, a un desarrollo capitalista que nos lleva a la autodestrucción. Por ejemplo la campaña NO TAV (Tren de Alta Velocidad). Son luchas que no nos permiten tomar el poder, pero sí limitar el poder. En esto el comunismo débil sería como el Partido Comunista en Italia en los años 1950 y 1960, que nunca llegó al poder, pero impedía a la Democracia Cristiana hacer cosas que después ha hecho el Gobierno de Monti o el Gobierno de Berlusconi. Yo creo que eso es un problema de visión estratégica mundial que, en este momento, se aprecia en la situación italiana, pero igual en Europa. Imagine una mayoría electoral de izquierda en Europa, no tomaría el poder, porque estamos bajo una ocupación financiera y norteamericana. Hablar de un comunismo débil es interesante incluso desde un punto de vista político. No nos interesa ya describir sociedades ideales. ¿Qué sacamos con eso políticamente? El comunismo débil es un ideal de sociedad leninista, sóviet más electrificación. Ahora solo tenemos electrificación y no sóviet. Tenemos un desarrollo cientifico-tecnológico empujado al extremo con deshumanización de la vida de la gente, necesitamos el sóviet. El comunismo puede ser el único horizonte mitológico que mueva a las masas en este momento. Por un lado, el comunismo es el único ideal posible que se puede agitar hoy para abrir el discurso político de las masas; por otro lado, debe ser débil porque una izquierda mundial no funciona, puede funcionar una multiplicación de los conflictos de base. Incluso a Latinoamérica, no la imagino como una unión regional de izquierdas, sino una multiplicidad de Estados nacionales que se unifican a un nivel de oposición al mundo yanqui, que llevan posiciones resistentes a la ONU, etc.

P.S.: ¿Cómo se podría avanzar entonces en Europa, en España, en Italia hacia ese ‘comunismo hermenéutico’?

G.V.: Con la multiplicación de los conflictos sociales. Desafortunadamente es exactamente lo que un partido que va a las elecciones no puede prometer. No puede un partido político presentarse con un programa que promete la lucha. Todos tienen que prometer el establecimiento de la normalidad, orden, la tranquilidad para las familias, los ahorradores, los accionistas. Pero yo pienso que la única forma de desarrollar una política diferente en Europa sería intensificar las luchas sindicales en contra del poder existente. Me imagino más una intensificación de la vitalidad de base que el cambio desde arriba. Necesitamos siempre el Parlamento y la calle. Los dos. Si adoptas la idea de que vamos a votar cada cinco años y listo, mal. Yo no reniego del objetivo de conseguir mayorías electorales, pero eso se consigue con una lucha continua, sino, esto se duerme. Por otro lado, las izquierdas tienen un instinto suicida terrible, porque como creen más, se van hacia los cismas, las escisiones.

P.S.: ¿Y sobre la situación española? ‘Indignados’, 15-M...

G.V.: La sociedad española sigue siendo una sociedad que no es progresista. Los ‘indignados’ son un poco como Beppe Grillo, debemos plantear si necesitamos un partido un poco más indignado que los otros o tenemos que permanecer indignados hasta el final. Yo pienso que hay que mantenerse indignado hasta el fin, pero viendo la situación de Grillo en Italia, creo que deberían ser más pragmáticos para conseguir algo en el Parlamento. La calle sigue siendo importantísima. Pero yo quiero conquistar un poco más de poder en el Parlamento, y por otro lado, agitar muchísimo los conflictos de base. Los ‘indignados’ sirven para esto último, pero debemos utilizar también el brazo parlamentario.

P.S.: En su libro habla del proyecto político revolucionario de la hermenéutica frente a la política metafísica.

G.V.: Cuando escribimos el libro, el gobierno técnico italiano de Mario Monti no existía pero se confirmó que era reaccionario, conservador del capitalismo y fundado en una pretendida neutralidad de la ciencia económica. Todo esto es una manera de actualizar el discurso de Heidegger. Cada vez estoy más convencido que la política antitecnicista de Heidegger es la política anticapitalista de hoy. La ciencia liberadora que pudo suponer Galileo o Newton ahora se ha vuelto integrante del orden capitalista, no por mala intención de los científicos, sino porque, hoy, para la ciencia se necesita mucho dinero, del Estado o de las empresas privadas. Eso de que la ‘ciencia es la verdad’ es una traición positivista convertida ahora en orgánica al poder. Véase la política europea, siempre se reclama de un ‘conocimiento objetivo’ de los hechos que ayuda a la conservación. Como yo pienso que eso hoy es escandaloso, y a mi me gusta ser provocativo, hemos elegido como subtítulo del libro, “de Heidegger a Marx”. El comunismo, como política revolucionaria actual, no puede ser marxista en el sentido clásico con todo su componente estalinista y positivista de la ‘tradición’ marxista: el realismo, la pretensión de que la clase obrera revela el sentido de la historia... A mí no me parece que sea así. Sobre todo en el Occidente de hoy, donde la clase obrera cambia. Hay un mundo de excluidos que pueden ser obreros, precarios, parados, que no se pueden interpretar como una clase obrera homogénea. Yo creo en la lucha de clases pero ya no sé de qué clases estamos hablando.

P.S.: Usted dice que la invasión de Irak en 2003 y la crisis bancaria de 2008 son los ejemplos paradigmáticos del fracaso de la política metafísica ¿podría explicarlo?

G.V.: La metafísica cree mucho en la democracia formal, pero es poco democrática y mucho formal. Irak fue el ejemplo de una política que se sentía legitimada por el ‘conocimiento objetivo’ de valores: nosotros somos mejores que ellos porque somos democráticos, tenemos elecciones... Los iraquíes tienen el derecho humano a ser democráticos y a ser bombardeados por los estadounidenses. Por otro lado, el rescate financiero presentaba, de forma absoluta, una pretendida base científica, decía que esa era la única opción. Aunque en algunos momentos he tenido dudas en mi heideggerismo antitecnicista y antipositivista, en los últimos años me siento confirmado absolutamente en esta posición al ver el fundamentalismo de los que se llaman ‘gobiernos técnicos’. Reconozco que hablar de una política metafísica es una terminología un poco especializada, pero nos permite detectar mejor la conexión entre el cientifismo y el capitalismo.

P.S.: ¿Y esta crítica no puede conducirle a renegar de la Ilustración incluso?

G.V.: La Ilustración era la reivindicación de los derechos naturales. Cuando se reivindican derechos naturales en contra del poder existente, estoy de acuerdo, pero cuando la revolución tiene éxito surgen los derechos de los que detentan el poder, por ejemplo el Papa, que se adscribe un derecho natural sobre los católicos, y se pasa de una metafísica revolucionaria a una metafísica conservadora. Todo el discurso de la Ilustración siempre se fundó sobre una fe en la razón humana, universal, que se reveló al servicio del poder colonialista primero y capitalista después. Yo estoy con el derecho natural cuando es revolucionario, cuando es más de clase que la razón universal. Cuando los proletarios utilizan el derecho natural para hacer la revolución estoy de acuerdo pero cuando se convierte en la fe del orden mundial, como hizo George W. Bush –nosotros somos los buenos y ellos los malos–, estoy en contra."                 

(Entrevista a Gianni Vattimo, Pascual Serrano, Le Monde Diplomatique, mayo de 2013)

1/3/22

La Unión Soviética colapsó hace treinta años. Fué revolución, régimen, impulso anticolonial y forma alternativa de socialdemocracia, es tiempo de comprender el comunismo del siglo veinte en toda su complejidad... La experiencia comunista se agotó hace muchas décadas y no es necesario defenderla, idealizarla ni demonizarla. Debemos comprenderla críticamente en su integridad... presenta múltiples dimensiones con un amplio espectro de sombras y tonos que oscilan —muchas veces en breves períodos de tiempo— entre el ímpetu redentor y la violencia totalitaria, entre la democracia participativa o la deliberación colectiva y la opresión ciega o el exterminio masivo, entre la imaginación más utópica y la dominación más burocrática... o el «Comunismo socialdemócrata», testimonio de los vínculos entre los comunismos indio, italiano y francés y las revoluciones, el estalinismo y la descolonización

 "El legado de la Revolución de Octubre está rasgado por dos interpretaciones opuestas. En un sentido, el ascenso de los bolcheviques al poder fue el anuncio de una transformación socialista mundial; por otro lado, fue el acontecimiento que preparó el terreno a una época de totalitarismo. No obstante, las versiones más radicales de estas interpretaciones opuestas —el comunismo oficial y el anticomunismo de la Guerra Fría— terminan convergiendo, pues ambas consideran al Partido Comunista como una fuerza histórica demiúrgica.

 La experiencia comunista se agotó hace muchas décadas y no es necesario defenderla, idealizarla ni demonizarla. Debemos comprenderla críticamente en su integridad, como una totalidad dialéctica definida por sus tensiones y contradicciones internas, que presenta múltiples dimensiones con un amplio espectro de sombras y tonos que oscilan —muchas veces en breves períodos de tiempo— entre el ímpetu redentor y la violencia totalitaria, entre la democracia participativa o la deliberación colectiva y la opresión ciega o el exterminio masivo, en fin, entre la imaginación más utópica y la dominación más burocrática.

Como muchos de los otros «ismos» de nuestro léxico político, «comunismo» es una palabra polisémica y en última instancia «ambigua». Dicha ambigüedad no surge únicamente de la discrepancia que separa la idea comunista de sus encarnaciones históricas. Obedece más bien a la enorme diversidad de sus expresiones. No me refiero solo a las diferencias que permiten distinguir el comunismo italiano, el ruso y el chino, sino también a los profundos cambios que experimentaron los movimientos comunistas en el largo plazo, aun si conservaron sus dirigentes y sus referencias ideológicas.

Cuando consideramos su trayectoria histórica como un fenómeno mundial, el comunismo se nos presenta como un mosaico de comunismos distintos. Cuando bosquejamos su posible «anatomía», distinguimos al menos cuatro formas generales, que sin oponerse necesariamente unas a las otras, están vinculadas. Y, sin embargo, no dejan de ser suficientemente distintas como para identificarlas por sí mismas: comunismo como revolución, comunismo como régimen, comunismo como anticolonialismo y comunismo como variante de socialdemocracia.

El formato revolucionario

Es importante recordar el espíritu de la Revolución rusa, pues colaboró en la creación de una imagen emblemática que sobrevivió a las desventuras de la URSS y cubrió con su sombra todo el siglo veinte. Su aura atrajo a millones de seres humanos de todo el planeta, y se conservó bastante bien incluso después del derrumbe de los regímenes comunistas. En los años 1960 y 1970, alimentó una nueva oleada de radicalización política que no solo reclamaba autonomía de la URSS y de sus aliados, sino que también los percibía como enemigos.

La Revolución rusa surgió de la Gran Guerra. Fue un producto del colapso del «largo siglo diecinueve». Ese vínculo simbiótico entre guerra y revolución terminó definiendo la trayectoria del comunismo del siglo veinte. Como destacaron muchos pensadores bolcheviques, la Comuna de París, surgida de la guerra franco-prusiana de 1870, fue precursora de la política militarizada. Sin embargo, la Revolución de Octubre amplificó el fenómeno a una escala más amplia.

La Primera Guerra Mundial transformó el bolchevismo y alteró muchos de sus rasgos: muchas obras canónicas de la tradición comunista, como La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918) de Lenin, o Terrorismo y comunismo (1920) de Trotski, hubieran sido inimaginables antes de 1914. Si 1789 introdujo un nuevo concepto de revolución —no una rotación astronómica, sino un quiebre social y político—, Octubre de 1917 lo replanteó en términos militares: crisis del viejo orden, movilizaciones de masas, doble poder, insurrección armada, dictadura del proletariado, guerra civil y enfrentamiento violento de la contrarrevolución.

El Estado y la revolución de Lenin formalizó el bolchevismo a la vez como una ideología (una interpretación de las ideas de Karl Marx) y como una serie de preceptos estratégicos homogéneos que lo distinguían del reformismo democrático (política característica de los tiempos ya exhaustos del liberalismo del siglo diecinueve). El bolchevismo surgió en una época brutal definida por la irrupción de la guerra en la política. Cambió las prácticas y los lenguajes de esta última. Fue un producto de la transformación antropológica que moldeó el viejo continente al final de la Gran Guerra.

Este código genético del bolchevismo era visible en todas partes: textos y lenguajes, iconografía y canciones, símbolos y rituales. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y siguió alimentando a los movimientos rebeldes de los años 1970, cuyas consignas y liturgias enfatizaron hasta la obsesión la idea de un choque violento con el Estado. El bolchevismo creó un paradigma militar de revolución que determinó profundamente las experiencias comunistas de todo el planeta.

 La resistencia europea, al igual que las transformaciones socialistas en China, Corea, Vietnam y Cuba, reprodujeron una simbiosis similar entre guerra y revolución. El movimiento comunista internacional era concebido como un ejército revolucionario formado por millones de combatientes y esto tuvo consecuencias inevitables en términos de organización, autoritarismo, disciplina, división de tareas y, last but not least, jerarquías de género. En un movimiento de guerreros, las dirigentes mujeres solo podían ser excepciones.

Terremoto

Los bolcheviques estaban completamente convencidos de que actuaban en función de las «leyes de la historia». El terremoto de 1917 nació del entrelazamiento de múltiples factores, unos anclados en la longue durée de la historia rusa y otros más contingentes; la guerra los sincronizó súbitamente: un violento levantamiento campesino contra la aristocracia terrateniente, una revuelta del proletariado urbano afectado por la crisis económica y, por último, la desorganización del ejército, formado por soldados campesinos cansados después de tres años de conflictos terribles que parecían no tener fin.

Si estas fueron las premisas de la Revolución rusa, es difícil encontrar en ellas una supuesta necesidad histórica. Durante sus primeros años de existencia, el experimento soviético fue frágil, precario e inestable. Estuvo constantemente amenazado y su supervivencia requería a la vez una energía inagotable y sacrificios inmensos. Victor Serge, testigo de aquellos años, escribió que en 1919 los bolcheviques consideraban el colapso del régimen soviético como un escenario bastante probable, pero también que, en vez de desalentarlos, esa idea reforzó su tenacidad. La victoria de la contrarrevolución habría sido una carnicería.

Tal vez la resistencia de los bolcheviques fue posible porque estaba animada por la convicción profunda de actuar en función de las «leyes de la historia». Pero, en realidad, no obedecieron a ninguna tendencia natural; estaban inventando un mundo nuevo sin ninguna posibilidad de adivinar el resultado de sus esfuerzos, los movía una imaginación poderosa y utópica y definitivamente no sospechaban el futuro totalitario.

A pesar de que recurrían usualmente al léxico positivista de las «leyes históricas», los bolcheviques heredaron su perspectiva revolucionaria militarista de la Gran Guerra. Es verdad que los revolucionarios rusos leían a Clausewitz y participaban de las interminables controversias que planteaba el legado del blanquismo y el arte de la insurrección, pero la violencia de la Revolución rusa no obedeció a un impulso ideológico: surgió de una sociedad embrutecida por la guerra.

Este trauma genético tuvo consecuencias profundas. La guerra transformó la política: cambió sus códigos e introdujo formas de autoritarismo antes desconocidas. Aunque en 1917, en el marco de un partido de masas compuesto principalmente por miembros nuevos y dirigido por un grupo de exiliados, todavía prevalecían el caos y la espontaneidad, el autoritarismo no tardó en consolidarse durante la guerra civil. Lenin y Trotski reclamaban el legado de la Comuna de París de 1871, pero Julius Martov no se equivocaba cuando señalaba que su verdadero ancestro era el Terror jacobino de 1793-1794.

Sin embargo, no debe confundirse el paradigma militar de la revolución con el culto de la violencia. En su Historia de la Revolución rusa, Trotski argumenta con solidez contra la tesis de un «golpe» bolchevique, muy difundida a partir de los años 1920. Rechazando la visión idílica de la toma del Palacio de Invierno que postula que se trató de un levantamiento popular espontáneo, Trotski dedicó muchas páginas a describir la preparación metódica de una insurrección que requería una organización militar eficiente y rigurosa, una evaluación profunda de sus condiciones políticas y una elección cuidadosa de sus tiempos de ejecución.

El resultado fue la dimisión del gobierno interino y la detención de sus miembros sin derramar prácticamente ni una gota de sangre. La desintegración del viejo aparato de Estado y la construcción de uno nuevo fue un proceso difícil que duró más de tres años de guerra civil. Por supuesto, la insurrección requirió preparación técnica y fue ejecutada por una minoría, pero eso no equivale a decir que fue una «conspiración». En oposición a la perspectiva dominante promovida por Curzio Malaparte, Trotski escribió que una insurrección victoriosa se aleja «en su método y en su significado histórico del derrocamiento de un gobierno por un grupo de conspiradores que actúan a espaldas de las masas».

 No cabe duda de que la toma del Palacio de Invierno y la dimisión del gobierno provisional fue un acontecimiento de máxima importancia en el proceso revolucionario: Lenin se refirió a este proceso como «derrocamiento» o «levantamiento» (perevorot). No obstante, la mayoría de los historiadores reconocen que este giro se dio en un período de efervescencia extraordinaria, caracterizado por una movilización permanente de la sociedad y por el recurso constante al uso de la fuerza, en un contexto paradójico en el que Rusia, involucrada como estaba en una guerra mundial, era un Estado que había perdido en su territorio el monopolio de la violencia legítima.

Desilusiones

Paradójicamente, la tesis del «golpe» bolchevique es un punto donde se cruzan las críticas conservadoras y las críticas anarquistas de la Revolución de Octubre. Sus motivos son distintos —por no decir diametralmente opuestos— pero sus conclusiones convergen: Lenin y Trotski habrían impuesto una dictadura.

Emma Goldman y Alexander Berkman, expulsados de los Estados Unidos en 1919 a causa de su apoyo ardoroso a la Revolución rusa, no pudieron soportar el gobierno bolchevique y, después de la represión de la rebelión de Kronstadt en marzo de 1921, decidieron abandonar la URSS. Goldman publicó Mi desilusión en Rusia (1923) y Berkman El mito bolchevique (1925). La conclusión de este último es dura y amarga:

Grises son los días que pasan. Uno a uno han muerto los rescoldos de esperanza. El terror y el despotismo han aplastado la vida que nació en octubre. Los lemas de la revolución han sido pisoteados, sus ideales ahogados en la sangre del pueblo. La vitalidad de ayer está condenando a millones a la muerte; la sombra de hoy cubre como un manto negro el país. La dictadura pisotea a las masas bajo sus botas. La revolución ha muerto; su espíritu clama en el desierto.

Esta crítica merece atención: surgió del interior de la revolución. Su diagnóstico es despiadado: los bolcheviques habían impuesto una dictadura que no siempre gobernaba en nombre de los sóviets, sino que a veces —como en Krondstadt— lo hacía contra ellos, y cuyos rasgos autoritarios se habían vuelto cada vez más insoportables.

 De hecho, los bolcheviques no pusieron en cuestión esta mordaz opinión. En El año I de la Revolución rusa (1930), Victor Serge se refirió al período de la guerra civil en la URSS en estos términos:

El partido desempeña en este momento, dentro de la clase obrera, las funciones de cerebro y de sistema nervioso; ve, siente, sabe, piensa, quiere para y por las masas; su conciencia y su organización suplen la debilidad de los individuos dentro de la masa. Sin él, no sería ésta más que un polvillo de hombres con aspiraciones confusas, surcadas por destellos de inteligencia -que se perderían por falta de un mecanismo conductor y que no podrían llegar hasta la acción en gran escala-, pero de sufrimientos imperiosos… Por su agitación y su propaganda incesantes, porque decía siempre la verdad desnuda, eleva el partido a los trabajadores por encima de su estrecho horizonte individual y les descubre las vastas perspectivas de la historia. […] A partir del invierno de 1918-1919, la revolución se convierte en obra del Partido Comunista.

El elogio bolchevique de la dictadura del partido, su defensa de la militarización del trabajo y su violenta respuesta a las críticas de izquierda —anarquistas o socialdemócratas— contra su gobierno, era sin duda aborrecible y peligroso. De hecho, el estalinismo hundió sus raíces en la guerra civil. No obstante, no era fácil plantear una alternativa de izquierda. Como reconoció con lucidez Serge, la alternativa más probable al bolchevismo era simplemente el terror contrarrevolucionario.

 Sin ser un golpe, la Revolución de Octubre implicó la toma del poder de un partido que representaba a una minoría y que terminó todavía más aislado una vez que decidió disolver la Asamblea Constituyente. Con todo, hacia el final de la guerra civil rusa, los bolcheviques habían conquistado la mayoría, convirtiéndose en la fuerza hegemónica de un país destrozado.

Este cambio dramático no se explica por la Checa ni por el terror estatal —sin que esto implique negar su carácter despiadado—, sino por la división de sus enemigos, el apoyo de la clase obrera y la conquista tanto del campesinado como de las nacionalidades no rusas. Aun si el resultado final fue la dictadura de un partido revolucionario, la verdad es que la alternativa nunca fue un régimen democrático; la única alternativa era una dictadura militar de los nacionalistas rusos, la aristocracia terrateniente y los pogromistas.

Revolución desde arriba

El régimen comunista institucionalizó la dimensión militar de la revolución. Destruyó el espíritu creativo, anárquico y autoemancipatorio de 1917 en el mismo movimiento en que lo inscribió en el proceso revolucionario. El desplazamiento de la revolución hacia el régimen soviético pasó por diferentes etapas: la guerra civil (1918-1921), la colectivización de la agricultura (1930-1933) y las purgas políticas de los juicios de Moscú (1936-1938).

En 1917, con la disolución de la Asamblea Constituyente, los bolcheviques afirmaron la superioridad de la democracia soviética. Sin embargo, hacia el final de la guerra civil esa democracia estaba agonizando. Durante esa guerra atroz y sangrienta, la URSS introdujo la censura, reprimió el pluralismo político al punto de abolir incluso toda fracción interna en el Partido Comunista, militarizó el trabajo, fundó los primeros campos de trabajo forzado y creó una nueva policía política secreta (la Checa). En marzo de 1921, la represión violenta de Kronstadt se convirtió en el símbolo del fin de la democracia soviética y la URSS salió de la guerra civil transformada en una dictadura de partido único.

Diez años más tarde, la colectivización de la agricultura terminó brutalmente con la revolución campesina, inventó nuevas formas de violencia totalitaria y promovió la modernización burocrática centralizada del país. En la segunda mitad de los años 1930, las purgas políticas eliminaron físicamente los vestigios del bolchevismo revolucionario y disciplinaron a toda la sociedad mediante el reino del terror. Durante dos décadas, la URSS creó un sistema de campos de concentración gigantesco.

En cierto sentido, a partir de la mitad de los años 1930, la URSS llegó a coincidir bastante bien con la definición clásica del totalitarismo elaborada pocos años después por muchos pensadores políticos conservadores: una convergencia entre ideología oficial, liderazgo carismático, dictadura de partido único, supresión del derecho y del pluralismo político, monopolio de todos los medios de comunicación con fines de propaganda oficial, terror fundado en un sistema de campos de concentración y represión del libre mercado capitalista mediante una economía centralizada.

 Si bien esta descripción, utilizada frecuentemente para señalar las semejanzas entre el comunismo y el fascismo, no es del todo errada, no deja de ser extremadamente superficial. Aun si uno decide obviar las enormes diferencias que separaron las ideologías fascistas y comunistas, además del contenido económico y social de sus sistemas políticos, la verdad es que la definición canónica del totalitarismo no permite comprender la dinámica del régimen soviético. Básicamente, es incapaz de inscribirlo en el proceso histórico de la Revolución rusa. Describe a la URSS como un sistema estático y monolítico, cuando en realidad el estalinismo implicó una transformación extensa y profunda de la sociedad y de la cultura.

Igualmente insatisfactoria es la definición del estalinismo como una contrarrevolución burocrática o una revolución «traicionada». Es cierto que el estalinismo implicó una desviación radical de toda idea de democracia y autoemancipación, pero no fue, propiamente hablando, una contrarrevolución. En la medida en que el estalinismo vinculó conscientemente las transformaciones de la Revolución rusa con la Ilustración y con la tradición del Imperio ruso, es pertinente compararlo con la Francia napoleónica. Pero el estalinismo no fue una restauración del Antiguo Régimen en términos políticos, económicos, ni culturales.

Lejos de restaurar el poder de la vieja aristocracia, el estalinismo creó una élite de gestión intelectual, científica y económica nueva, reclutada en las clases más bajas de las sociedades soviéticas —especialmente el campesinado— y educada por las nuevas instituciones comunistas. Esto es clave para explicar por qué el estalinismo gozó de consenso social a pesar del terror y de las deportaciones masivas.

Monumental y monstruoso

Interpretar el estalinismo como un paso en el proceso de la Revolución rusa no implica postular la hipótesis de un desarrollo lineal. La primera ola de terror ocurrió durante la guerra civil, cuando una coalición internacional puso en cuestión la existencia misma de la URSS. La brutalidad de la contrarrevolución de las fuerzas blancas, la violencia extrema de su propaganda y de sus prácticas —pogromos y masacres— llevó a los bolcheviques a imponer una dictadura implacable.

Durante los años 1930, Stalin inició la segunda y tercera olas de terror —colectivización y purgas— en un país pacificado, cuyas fronteras habían sido reconocidas a nivel internacional y sin que mediara la amenaza política de fuerzas internas ni externas. Por supuesto, el ascenso de Hitler en Alemania despejó la posibilidad de una nueva guerra en el mediano plazo pero, lejos de preparar y fortalecer a la URSS frente al peligro que se avecinaba, el carácter tremendo, irracional y ciego de la violencia estalinista terminó debilitándola significativamente.

El estalinismo fue una «revolución desde arriba», una mezcla paradójica de modernización y retroceso social. Sus resultados fueron la deportación masiva, el sistema de campos de concentración, un conjunto de juicios que exhumaron las fantasías de la Inquisición y una ola de ejecuciones que descabezaron el Estado, el partido y el ejército. Según Nikolái Bujarin, en las áreas rurales el estalinismo implicó el retorno a un formato de «explotación feudal» que tuvo consecuencias económicas catastróficas. Mientras los kulaks morían de hambre en Ucrania, el régimen soviético transformaba a cientos de miles de campesinos en ingenieros y técnicos.

 En síntesis, el totalitarismo soviético, tendencia prometeica a la vez peculiar y espantosa, combinó la modernidad y el barbarismo. Arno Mayer lo define como «una amalgama inestable y desigual de conquistas monumentales y crímenes monstruosos». Por supuesto, cualquier académico o militante de izquierda compartiría sin vacilar el juicio de Victor Serge, que afirma la separación radical, en términos morales, filosóficos y políticos, entre el estalinismo y el socialismo auténtico: la URSS se convirtió en «un Estado totalitario, castocrático, absoluto, embriagado de poder, para el que el ser humano no cuenta». Pero eso no modifica el hecho, reconocido incluso por Serge, de que este totalitarismo rojo desplegó y prolongó un proceso histórico iniciado por la Revolución de Octubre.

Si evitamos todo enfoque teológico, es fácil observar que este resultado no era ineluctable en términos históricos ni estaba inscripto coherentemente en el patrón ideológico marxista. Sin embargo, tampoco debemos contentarnos, como hace el funcionalismo radical, con atribuir los orígenes del estalinismo a las circunstancias históricas de la guerra y el atraso social de un país gigante con un pasado absolutista, condiciones que hipotéticamente habrían determinado la necesidad de reproducir los espantos de una «acumulación primitiva de capital» con el fin de construir el socialismo.

Durante la guerra civil rusa, la ideología bolchevique jugó un rol determinado en esa metamorfosis que llevó del levantamiento democrático a una dictadura totalitaria y despiadada. Está claro que su visión normativa de la violencia como «partera de la historia» y su indiferencia culpable frente al marco jurídico de un Estado revolucionario —concebido como fase transicional y condenado a la extinción—, favorecieron la emergencia de un régimen autoritario de partido único.

Son muchas las tendencias que conectan la revolución con el estalinismo, lo mismo que la URSS con los movimientos comunistas de todo el mundo. Pues el estalinismo fue a la vez un régimen totalitario y, durante muchas décadas, la corriente hegemónica de la izquierda internacional.

De Moscú a Hunan

Los bolcheviques eran occidentalizadores radicales. La literatura bolchevique estaba plagada de referencias a la Revolución francesa, a 1848 y a la Comuna de París, y nunca mencionaba la Revolución haitiana ni la Revolución mexicana. Para Trotski y Lenin, que amaban esta metáfora, la «rueda de la historia» llevaba de Petrogrado a Berlín, pero no del ilimitado campo ruso a las explotaciones agrícolas de Morelos o a las plantaciones antillanas.

En un capítulo de la Historia de la Revolución rusa, Trotski condenaba el hecho de que los libros de historia ignoraran tan frecuentemente a los campesinos, de modo análogo a los críticos de teatro que no prestan atención a los trabajadores, aun cuando son ellos quienes manejan las cortinas y preparan el escenario. Sin embargo, en su propio libro los campesinos aparecen casi siempre como una masa anónima. Trotski no los ignora, pero los mira de lejos, más con indiferencia analítica que con empatía.

Los bolcheviques habían empezado a cuestionar su definición del campesinado —heredada de los escritos de Marx sobre el bonapartismo francés— como clase culturalmente atrasada y políticamente conservadora, pero su tropismo proletario era demasiado fuerte como para llevar a término el proceso. La revisión completa quedó en manos del comunismo anticolonial que, durante el período de entreguerras y no sin confrontaciones teóricas y estratégicas, sacó todas las conclusiones de aquel cuestionamiento durante el período de entreguerras.

En China, el giro comunista hacia el campesinado resultó a la vez de la derrota de las revoluciones urbanas de mediados de los años 1920 y del esfuerzo de inscribir el marxismo en una cultura y una historia nacionales. Después de la represión sangrienta desatada por el Kuomintang (KMT), las células del Partido Comunista fueron prácticamente desmanteladas en las ciudades y sus miembros fueron perseguidos y detenidos. En el campo, donde se retiraron en busca de protección y lograron reorganizar su movimiento, muchos dirigentes comunistas empezaron a mirar con otros ojos al campesinado y abandonaron su perspectiva occidentalista que postulaba el «atraso» asiático.

En 1927, antes de las masacres perpetradas por el KMT en Shanghái y Cantón, Mao Zedong anunció el giro estratégico que fue objeto de virulentas discusiones entre la Internacional Comunista y su sección china durante la década de 1930. De vuelta en su Hunan nativa, Mao escribió un informe famoso donde designó al campesinado —en vez de al proletariado urbano— como la fuerza dirigente de la Revolución china.

En 1931, contra los agentes de Moscú, que concebían a las milicias campesinas exclusivamente como gatillos capaces de precipitar lenvantamientos urbanos, Mao insistió en construir una república soviética en Jiangxi. Si no hubiese creído en el carácter rural de la Revolución china, no hubiese podido organizar la Larga Marcha con la que resistió a la campaña de aniquilación lanzada por el KMT. Considerada en principio como una derrota trágica, este proyecto épico pavimentó el camino de la exitosa batalla de la década siguiente, primero contra la ocupación japonesa y después contra el KMT.

Aunque la proclamación de 1949 de la República Popular China en Pekín resultó de un proceso que, desde los levantamientos de 1925 a la Larga Marcha y la lucha antijaponesa, hundía sus raíces en Octubre de 1917, no es menos cierto que fue producto de una revisión estratégica. Un complejo vínculo genético unía a las revoluciones china y rusa. La Revolución china combinó significativamente las tres dimensiones fundamentales del comunismo: revolución, régimen y anticolonialismo.

Como quiebre radical con el orden tradicional, la revolución anunció el fin de siglos de opresión; como conclusión de una guerra civil, culminó con la conquista del poder por un partido militarizado que, desde un principio, impuso su dictadura apelando a las formas políticas más autoritarias. Y como conclusión de quince años de lucha, primero contra la ocupación japonesa y después contra el KMT —fuerza nacionalista que se había convertido en agente de las grandes potencias occidentales—, la victoria comunista de 1949 marcó, no solo el fin del colonialismo en China, sino también, en una escala más amplia, un momento importante en el proceso global de descolonización.

Vientos de Bakú

Después de la Revolución rusa, el socialismo cruzó las fronteras de Europa y se posicionó en las agendas del Sur Global y del mundo colonial. Dada su posición intermediaria entre Europa y Asia, con un territorio gigante que se extiende entre ambos continentes, habitada por una variedad de comunidades étnicas, religiosas y nacionales, la URSS se convirtió en un nuevo punto de intersección entre Occidente y el mundo colonial. El bolchevismo logró hablarles tanto a las clases proletarias de los países desarrollados como a los pueblos colonizados del Sur.

Sin contar la notable excepción del movimiento anarquista, cuyos militantes e ideas circularon ampliamente en Europa meridional, Europa del Este, América Latina y distintos países asiáticos, el anticolonialismo prácticamente no había existido durante el siglo diecinueve. Después de la muerte de Marx, el socialismo fundó sus esperanzas y expectativas en la fuerza creciente de la clase obrera industrial, principalmente masculina y blanca y concentrada en los países capitalistas desarrollados de Occidente (sobre todo los de religión protestante).

Todo partido socialista de masas incluía corrientes poderosas que defendían la «misión civilizadora» de Europa en el mundo. Los partidos socialdemócratas —sobre todo los de los imperios más grandes— habían pospuesto la liberación colonial hasta el triunfo del socialismo en Europa y en los Estados Unidos. Los bolcheviques rompieron radicalmente con esa tradición.

El segundo congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú en julio de 1920, aprobó un documento programático que convocaba a realizar revoluciones coloniales contra el imperialismo: su meta era la creación de partidos comunistas en el mundo colonial y el apoyo de los movimientos de liberación nacional. El congreso afirmó con claridad un giro radical respecto a las viejas perspectivas socialdemócratas sobre el colonialismo.

Unos meses después, los bolcheviques organizaron un Congreso de los pueblos de Oriente en Bakú, República Socialista Soviética de Azerbaiyán, que reunió a dos mil delegados de veintinueve países asiáticos. Grigori Zinóviev afirmó explícitamente que la Internacional Comunista había roto con las antiguas actitudes socialdemócratas según las cuales la «Europa civilizada» podía y debía «actuar como tutora de la Asia bárbara». La revolución dejó de ser considerada como una esfera exclusiva de los obreros europeos y estadounidenses «blancos», y en adelante el socialismo se hizo impensable sin la liberación de los pueblos colonizados.

Aunque las relaciones conflictivas entre el comunismo y el nacionalismo terminarían de aclararse durante las décadas siguientes, la Revolución de Octubre fue sin duda el momento inaugural del anticolonialismo mundial. En los años 1920, el anticolonialismo pasó de pronto de la esfera de la posibilidad histórica al campo de la estrategia política y de la organización militar. La conferencia de Bakú anunció este cambio histórico.

La alianza entre el comunismo y el anticolonialismo experimentó distintos momentos de crisis y tensión, vinculados tanto a conflictos ideológicos como a los imperativos de la política exterior de la URSS. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista Francés participó de un gobierno de coalición que reprimió violentamente las revueltas anticoloniales de Argelia y Madagascar, y la década siguiente apoyó a Guy Mollet, primer ministro durante el comienzo de la guerra de Independencia de Argelia. En India, durante la Segunda Guerra Mundial, el movimiento comunista terminó ocupando una posición marginal a causa de su decisión de suspender su lucha anticolonial y apoyar la participación del Imperio británico, en una alianza militar con la URSS contra las fuerzas del Eje.

Aunque estos ejemplos muestran con claridad las contradicciones del anticolonialismo comunista, no cambian en nada el rol histórico que jugó la URSS como base de retaguardia de muchas revoluciones anticoloniales. Todo el proceso de descolonización se desplegó en el contexto de la Guerra Fría y en función de las relaciones de fuerza impuestas por la existencia de la URSS.

En retrospectiva, la descolonización se presenta como una experiencia histórica en la que las dimensiones contradictorias del comunismo mencionadas antes —emancipación y autoritarismo, revolución y dictadura— se combinaron sin cesar. En la mayoría de los casos, se concibió y se organizó las luchas anticoloniales como campañas militares desplegadas por ejércitos de liberación, y estos impusieron, desde el comienzo, dictaduras de partido único.

En Camboya, tras una guerra violenta, la dimensión militar de la lucha anticolonial sofocó por completo todo impulso revolucionario, y la conquista del poder de los Jemeres Rojos resultó inmediatamente en el establecimiento de un poder genocida. La felicidad de La Habana insurgente del primero de enero de 1959 y el terror de los campos de exterminio camboyanos son polos dialécticos del comunismo concebido como anticolonialismo.

Reformistas revolucionarios

La cuarta dimensión del comunismo del siglo veinte es socialdemócrata: en ciertos países y durante ciertos períodos, el comunismo jugó el papel asignado tradicionalmente a la socialdemocracia. Fue el caso de algunos países occidentales, especialmente durante los años de la posguerra y gracias a un conjunto de circunstancias vinculadas al contexto internacional, a la política exterior de la URSS y a la ausencia o debilidad de partidos socialdemócratas clásicos. Pero el proceso también es visible en países surgidos de la descolonización.

 Los ejemplos más significativos de este peculiar fenómeno son Estados Unidos durante la época del New Deal, Italia y Francia durante la posguerra y la India (Kerala y Bengala Occidental). Por supuesto, el comunismo socialdemócrata fue geográfica y cronológicamente más limitado que las otras variantes, pero aun así existió. Hasta cierto punto, el renacimiento de la socialdemocracia posterior a 1945 fue un subproducto de la Revolución de Octubre, que había cambiado el equilibrio de poder a escala mundial y forzado al capitalismo a transformarse significativamente y a adoptar un «rostro humano».

«Comunismo socialdemócrata» es un oxímoron que pretende dar testimonio de los vínculos entre los comunismos indio, italiano y francés y las revoluciones, el estalinismo y la descolonización. No niega la capacidad de esos movimientos de dirigir procesos de insurrección —sobre todo durante la resistencia contra la ocupación nazi— ni sus conexiones orgánicas con Moscú. La primera crítica abierta de estos movimientos a la política exterior de la URSS llegó en los años 1960, primero con la ruptura sino-soviética y después cuando los tanques invadieron Checoslovaquia.

Su estructura y su forma de organización internas eran, al menos hasta fines de los años 1970, mucho más estalinistas que socialdemócratas, lo mismo que su cultura, sus fuentes teóricas y su imaginación política. Pero a pesar de estos rasgos claramente reconocibles, esos partidos jugaron un papel típicamente socialdemócrata: reformar el capitalismo, contener la desigualdad social, garantizar que la mayor cantidad de gente posible accediera a la salud pública, a la educación y al ocio; en síntesis, mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadores y otorgarles representación política.

Por supuesto, uno de los rasgos peculiares del comunismo socialdemócrata fue su exclusión del poder político, salvo por unos años entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría (el canto del cisne del comunismo socialdemócrata se hizo oír en Francia a comienzos de los años 1980, cuando el PCF participó de un gobierno de izquierda en el marco de una coalición dirigida por François Mitterrand). A diferencia del Partido Laborista británico, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) o las socialdemocracias escandinavas, el comunismo era incapaz de atribuirse la paternidad del Estado de bienestar.

En Estados Unidos, el Partido Comunista fue, junto a los sindicatos, uno de los pilares de izquierda del New Deal, pero nunca entró al gobierno de Roosevelt. No hizo la experiencia del poder, pero sufrió las purgas del macartismo. En Francia y en Italia, los partidos comunistas tuvieron mucha influencia en el nacimiento de las políticas sociales de la posguerra, principalmente a causa de su fuerza y de su capacidad de presionar a los gobiernos.

La arena de su reformismo social era el «socialismo municipal» desplegado en ciudades gobernadas que eran baluartes hegemónicos, como Bolonia o el «cinturón rojo» parisino. En un país mucho más grande como India, los gobiernos comunistas de Kerala y Bengala Occidental podrían ser considerados como formas equivalentes de Estados de bienestar «locales» y poscoloniales.

En Europa, el comunismo socialdemócrata tuvo dos premisas: por un lado, la resistencia, que legitimó a los partidos comunistas como fuerzas democráticas; por otro, el crecimiento económico que siguió a la reconstrucción de la posguerra. Como sea, los años 1980 pusieron fin a la época del comunismo socialdemócrata. La caída del comunismo en 1989 arrojó una nueva luz sobre el recorrido histórico de la socialdemocracia.

El Estado de bienestar plenamente desarrollado solo existió en Escandinavia. En otras partes del mundo, se trató más del resultado de una autorreforma del capitalismo que de una conquista socialdemócrata. A finales de la Segunda Guerra Mundial, en medio de un continente en ruinas, el capitalismo no logró garantizar su recomienzo sin una poderosa intervención estatal. Más allá de sus objetivos —obvios y ampliamente satisfechos— de defender el principio del «libre mercado» contra la economía soviética, el Plan Marshall fue, como su nombre indica, un «plan» que aseguró la transición de una guerra total a una reconstrucción pacífica.

Sin esa asistencia colosal, muchos países europeos materialmente destrozados no hubiesen logrado recuperarse tan rápidamente, y Estados Unidos temía que un nuevo colapso económico llevara a países enteros hacia el comunismo. Desde este punto de vista, el Estado de bienestar también fue un resultado inesperado de la confrontación contradictoria y compleja entre el comunismo y el capitalismo comenzada en 1917.

Más allá de los valores, convicciones y compromisos de sus miembros, incluso de sus dirigentes, la socialdemocracia jugó un papel de rentista: podía defender la libertad, la democracia y el Estado de bienestar en los países capitalistas solo porque existía la URSS y el capitalismo se había visto obligado a transformarse a sí mismo en el marco de la Guerra Fría. Después de 1989, el capitalismo recuperó su rostro «salvaje», redescubrió el ímpetu de sus épocas heroicas y desmanteló el Estado de bienestar en casi todo el mundo.

En la mayoría de los países occidentales, la socialdemocracia viró al neoliberalismo y se convirtió en un instrumento fundamental de la nueva transición. Y junto a la vieja socialdemocracia desapareció también el comunismo democrático. En 1991, la autodisolución del Partido Comunista Italiano fue el epílogo emblemático de este proceso: no se convirtió en un partido socialdemócrata clásico, sino en un defensor del liberalismo de centroizquierda que pretendía seguir explícitamente el modelo del Partido Demócrata de Estados Unidos.

Después de la caída

En 1989, la caída del comunismo cerró el telón de una obra tan épica y emocionante como trágica y aterradora. La época de la descolonización y del Estado de bienestar habían terminado, y el colapso del comunismo-régimen también arrasó con el comunismo-revolución. En vez de liberar nuevas fuerzas, el fin de la URSS engendró y propagó cierta conciencia de la derrota histórica de las revoluciones del siglo veinte: paradójicamente, el naufragio del socialismo real se tragó la utopía comunista.

 La izquierda del siglo veintiuno está obligada a reinventarse, a distanciarse de los patrones previos. Está creando nuevos modelos, nuevas ideas y una nueva imaginación utópica. La reconstrucción no es una tarea fácil y la caída del comunismo no solo dejó a la izquierda mundial sin alternativas al capitalismo, sino que generó un mapa mental distinto. Una nueva generación creció en un mundo neoliberal en el que el capitalismo se convirtió en la forma de vida «natural».

La izquierda descubrió un conjunto de tradiciones revolucionarias que habían sido reprimidas o marginadas en el curso del siglo anterior, entre las que destaca el anarquismo, y reconoció la pluralidad de sujetos políticos previamente ignorados o relegados a una posición secundaria. Las experiencias de los movimientos antiglobalización, la Primavera Árabe, Occupy Wall Street, los Indignados de España, Syriza en Grecia, Nuit debout y los gilets jaunes en Francia, los movimientos LGBT y Black Lives Matter son escalones en el proceso de construir una nueva imaginación revolucionaria discontinua, nutrida por la memoria, pero al mismo tiempo cercenada de la historia del siglo veinte y privada de un legado útil.

Nacido como un intento de tomar el cielo por asalto, el comunismo del siglo veinte se convirtió, con y en contra del fascismo, en una expresión de la dialéctica de la Ilustración. En última instancia, las ciudades industriales de estilo soviético, los planes quinquenales, la colectivización agrícola, la carrera espacial, los gulags convertidos en fábricas, las armas nucleares y las catástrofes ecológicas fueron distintas formas de triunfo de la razón instrumental.

¿No fue el comunismo el rostro aterrador de un sueño prometeico, de una idea de progreso que erradicó toda experiencia de autoemancipación? ¿No fue el estalinismo una tormenta que «apiló escombros sobre escombros», según la metáfora de Walter Benjamin, y a la que millones de personas confundieron con el «progreso»? El fascismo combinó una serie de valores conservadores heredados de la contrailustración con un moderno culto de la ciencia, la tecnología y la potencia tecnológica. De modo similar, Stalin combinó el culto de la modernidad técnica con una forma radical y autoritaria de Ilustración: el socialismo se transformó en una «utopía fría».

Sin elaborar esta experiencia histórica, la nueva izquierda mundial no será capaz de ganar. Extraer el núcleo emancipatorio del comunismo de este campo en ruinas no es una operación abstracta o ideológica: requerirá nuevas luchas y nuevas constelaciones, en las que el pasado volverá a surgir y la memoria refulgirá con una luz desconocida. Las revoluciones no responden a ninguna agenda, llegan siempre de forma inesperada.

El texto es un fragmento del nuevo libro de Enzo Traverso, Revolution: An Intellectual History, editado por Verso Books."                  ( , JACOBIN América Latina, 30/12/21)

7/12/21

Domenico Losurdo: Comunismo: ¿una palabra impronunciable? ¿Y la palabra liberalismo? No hay que olvidar que entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, justamente en el país que se estaba colocando como guía del Occidente liberal, empezaban a oírse unas consignas ominosas con referencia a los amerindios y los afroamericanos: invocaban la «solución final y completa» o la «solución final» para el problema de los indios y los negros, respectivamente. Fue el periodo en que se borró de la faz de la tierra a la mayoría de los pieles rojas, y en el ámbito del imperio británico a los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda. ¡Pese a todo, al actual país-guía del Occidente liberal se le sigue considerando la primera democracia liberal de la historia!

 "Dejando a un lado los prejuicios ideológico-justicieros de la doctrina antitotalitaria de Estado, podemos analizar las críticas de carácter más propiamente científico que se hacen al comunismo. Pero antes de adentrarnos en este nuevo terreno conviene plantearse un problema de carácter más general. ¿Todavía merece crédito esta tradición política?

 En octubre de 2008 causó bastante sensación la declaración del secretario de un partido de tendencia comunista, Fausto Bertinotti, según el cual, debido a la historia que tenía tras de sí, comunismo era una «palabra impronunciable». De modo que echaremos un vistazo al debate político contemporáneo: ¿hay palabras más «pronunciables»?

De entrada podría parecer menos comprometedor apelar al «socialismo», término incorporado incluso por los socioliberales. Lamentablemente hay una circunstancia histórica imposible de borrar que arroja una sombra bastante siniestra sobre este término: el partido de Hitler también se llamaba a sí mismo «socialista», Partido Nacionalsocialista de los Obreros Alemanes.

 Era el «socialismo de buena sangre», teorizado sobre todo por Himmler. Gracias a él los proletarios alemanes podían ser propietarios de las tierras arrebatadas a los eslavos, diezmados, deportados o esclavizados al servicio de aquellos por cuyas venas corría la «buena sangre» (en Aly, 2005, pp. 28-29). Y no se trata solo de nazismo. En los años inmediatamente posteriores a la primera guerra mundial hacía profesión de «socialismo» (aunque fuera «socialismo prusiano») un ferviente chovinista que había asistido impasible a la carnicería recién terminada. 

El breve texto, una suerte de manifiesto del «socialismo prusiano», terminaba de un modo perentorio: «Somos socialistas y no queremos haberlo sido en vano» (Spengler, 1921, p. 99). Varios años antes, cuando faltaban pocos meses para el estallido de la guerra (en la que aún no había entrado Italia), Croce (1950, p. 22) también expresó su aprecio y simpatía por el «socialismo de estado y de nación», a imagen de la «férrea disciplina de guerra» impuesta en la Alemania de Guillermo II y de la socialdemocracia alemana. Incluso si se pasa por alto la implicación de los partidos socialistas clásicos en la primera guerra mundial y en las guerras coloniales, ¿es realmente «socialismo» una palabra menos «pronunciable» que comunismo?

Ahora centrémonos en los términos que jalonan la ideología dominante y siempre merecen un vehemente juicio de valor positivo. Hoy en día todos rinden tributo a la «democracia», pero ¿cómo se llamaba el partido que en Estados Unidos se opuso hasta el final a la abolición de la esclavitud? Se llamaba a sí mismo «demócrata» y estaba realmente convencido de serlo. ¿Y cómo se llamaba el partido que, después de la abolición formal de la institución esclavista, puso más empeño en evitar la emancipación real de los afroamericanos, a la vez que apoyaba el régimen terrorista de white supremacy? Eran frecuentes los linchamientos de negros, que empezaban con una tortura lenta, interminable, al desdichado condenado a muerte.

 Se montaban como espectáculos de masas hábilmente orquestados por el partido de gobierno, concretamente el «demócrata». Volviendo a nuestros días, ¿cuántas guerras se han desencadenado en nombre de la «democracia» y de su difusión? Si Bertinotti hubiera tenido conocimientos de historia se habría dado cuenta sin dificultad de que «comunismo» no es más «impronunciable» que «socialismo» o «democracia».

Queda por examinar un término que el poder dominante ha enaltecido más que ningún otro, a escala nacional e internacional: liberalismo. Si alguien pensaba que, por lo menos en este caso, nos hallamos ante una historia más o menos inmaculada, haría bien en reflexionar sobre un caso, en apariencia intrascendente, acaecido en Alemania a finales del siglo XIX. En 1888 Die neue Zeit, la revista dirigida por Karl Kautsky, publica un ensayo de Paul Lafargue sobre Victor Hugo y sobre la vida cultural y política francesa. 

En un pasaje del texto original aparece la palabra «liberalismo» (libéralisme) y el traductor alemán escribe «democracia burguesa» (bürgerliche Demokratie), añadiendo una nota explicativa: «El autor usa el término “libéralisme”. Pero como en Alemania el liberalismo se ha convertido en el lacayo del cesarismo, el antisemitismo y los Junker, en vez de la traducción liberal nos parece más adecuado traducir “democracia burguesa”» (nota a Lafargue, 1888, p. 263). Es sin duda un episodio menor, pero ¡tan sintomático!

Es el síntoma de una historia desconocida o borrada. Prueba de ello es que en Estados Unidos un autor como John C. Calhoun, ilustre teórico de la esclavitud como «bien positivo» (todavía a mediados del siglo XIX) se sigue citando y publicando como uno de los Liberty Classics, los clásicos de la libertad y de la tradición liberal. Un honor que también se le reserva a E. E. D. Acton, gran defensor de la causa del Sur esclavista durante la guerra de secesión. 

Si tenemos en cuenta esta historia desconocida y borrada, entre las palabras que hemos comparado aquí «liberalismo» es la más impronunciable; durante los dos siglos dorados de este movimiento político (el XVIII y el XIX) la esclavitud de los negros se desarrolló prodigiosamente justo en los países clásicos de la tradición liberal, y en Estados Unidos adquirió una dureza inusitada: la propiedad privada, incluida la de ganado humano, es decir, de esclavos, libre de ataduras políticas y morales y de cualquier interferencia de la Iglesia y el estado, pudo ejercer un poder absoluto y llevar a cabo una deshumanización y cosificación completa del esclavo, al extremo de que los miembros de su familia podían venderse por separado como cualquier otra mercancía. 

Por eso el abolicionista británico John Wesley afirmó que «la esclavitud americana» es «la más vil de todas las que ha habido en la tierra». Como complemento de la historia del liberalismo, tampoco hay que olvidar que entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, justamente en el país que se estaba colocando como guía del Occidente liberal, empezaban a oírse unas consignas ominosas con referencia a los amerindios y los afroamericanos: invocaban la «solución final y completa» o la «solución final» para el problema de los indios y los negros, respectivamente. Fue el periodo en que se borró de la faz de la tierra a la mayoría de los pieles rojas, y en el ámbito del imperio británico a los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda.[1] ¡Pese a todo, al actual país-guía del Occidente liberal se le sigue considerando la primera democracia liberal de la historia!

Hasta los nombres de los movimientos, así como los movimientos que dicen rechazar el poder y la violencia, distan mucho de ser inmaculados cuando se someten a un análisis histórico concreto. ¿«No violencia»? El propio Gandhi declaró con orgullo que había sido «reclutador jefe» al servicio del ejército británico durante la primera guerra mundial. Contribuyó de un modo nada desdeñable a «la primera calamidad del siglo XX, la calamidad de la que se originaron todas las demás calamidades» dirigiéndose a su pueblo en estos términos: debemos «brindar nuestro respaldo total y firme al imperio», la India debe estar dispuesta a «ofrecer al imperio en sacrificio a todos sus hijos válidos en esta hora crítica», a «ofrecer a todos sus hijos idóneos como sacrificio para el imperio en este momento crítico»; «debemos dar todos los hombres de que disponemos para la defensa del imperio» (cf. Losurdo, 2010, pp. 31-35).

 A la madre de todas las calamidades también da su tributo, aunque más modesto que el del dirigente indio, un destacado representante del anarquismo, Piotr Kropotkin, que al estallar la guerra se pone del lado de la Rusia zarista. Por otro lado, vemos cómo el movimiento que enarbola la bandera de la liquidación no solo del estado sino del poder como tal, durante la guerra civil española ejerció un brutal poder de vida y muerte y protagonizó uno de los capítulos más trágicos de la historia del siglo XX (cf. infra, pp. 186-7).

Bien mirado, el espanto que le causaba a Bertinotti la palabra «comunismo» denota una actitud subordinada al balance histórico del siglo XX trazado por la ideología dominante. Para aclarar este aspecto conviene retroceder bastantes años. En la década de 1730 dos ilustres personalidades francesas visitan los Estados Unidos de América, cada una por separado: Alexis de Tocqueville y Victor Schoelcher. El primero es universalmente conocido, el segundo merecería una notoriedad mayor de la que tuvo, pues desempeñó un papel muy destacado después de la revolución de 1848 para la abolición de la esclavitud en las colonias francesas.

Las dos personalidades mencionadas analizan la misma realidad en el mismo periodo de tiempo, pero llegan a conclusiones opuestas. Con todo, ambas hacen gala de honradez intelectual; una se centra en el gobierno de la ley y la democracia en el ámbito de la comunidad blanca, y la otra en la esclavización de los negros y la eliminación de los pieles rojas. Pero Tocqueville, al limitarse al primer aspecto, ya en el título de su libro celebra La democracia en América, mientras que Schoelcher, basándose en el trato recibido por los pueblos de origen colonial, denuncia con vehemencia el feroz despotismo vigente en Estados Unidos. 

Si comparamos a los dos autores, ¿quién lleva razón? Se podría decir que ambos están equivocados. En otro lugar, al hablar de «democracia para el pueblo de los señores» a propósito de Estados Unidos en aquel periodo de tiempo, de hecho puse en cuestión dos categorías, la de democracia como tal y la de despotismo (cf. Losurdo, 2005a, pp. 216-237).

 Pero cabría añadir que el error de Tocqueville es más grave, sobre todo si se tiene en cuenta la contraposición que hace entre el amor a la libertad en la república norteamericana (a pesar de seguir manteniendo la esclavitud, que se había abolido en gran parte del continente) y el escaso apego a la libertad que le reprocha a Francia (a pesar de que con los jacobinos había abolido la esclavitud en las colonias).

Pasemos ahora al siglo XX e imaginemos que un Tocqueville y un Schoelcher redivivos visitan y analizan el mundo en su conjunto. El primero, centrándose en la metrópoli capitalista y comparándola con los países de orientación socialista o recién independizados, no habría tenido dificultad en comprobar y destacar el mejor funcionamiento del gobierno y las instituciones representativas en Estados Unidos y Europa Occidental.

 El segundo, dedicando su atención sobre todo a las colonias y excolonias, habría hecho hincapié en la persistencia de las matanzas coloniales y las feroces dictaduras militares impuestas en América o, en Asia, en un país como Indonesia. Y a Schoelcher quizá no se le habría escapado que incluso en Estados Unidos los pueblos en lucha contra la opresión y la discriminación buscaban ayuda, inspiración y aliento mirando a Moscú o a Pekín.

 Históricamente, Arendt se situaba en la estela de Tocqueville cuando a finales de 1967, al criticar a los miembros más radicales del movimiento contra la guerra de Vietnam, declaraba: «Hasta este momento no ha habido torturas, ni existen campos de concentración, ni el terror» (en Young-Bruehl, 1990, p. 468). En cambio, eran seguidores ideales de Schoelcher redivivo los militantes que trataban de hacer ver a la filósofa que las torturas, los campos de concentración y el terror estaban bien presentes en Vietnam y que era debido a la política de Washington.

La victoria de Occidente al final de la guerra fría también fue la victoria de Tocqueville redivivo. No obstante… Convertida al capitalismo liberal y alentada y apremiada por Occidente, a partir de 1989 Rusia fue asolada por una oleada de privatizaciones salvajes y a menudo de carácter criminal que se saldó con una fuerte polarización social, una caída brutal del nivel de vida y la esperanza de vida de las masas y lo que un ilustre politólogo (Maurice Duverger) llamó «genocidio de los viejos». Por el contrario, el partido comunista que gobernaba el gran país asiático se mantuvo firme en la perspectiva del «socialismo con características chinas», rechazando la conversión al capitalismo liberal, y fue así como en los años y decenios posteriores logró una hazaña única en la historia, librar de la miseria a «más de 600 millones de personas» o, según otros cálculos, a «660 millones de personas».[2]

Como vemos, no hay ningún motivo para considerar «impronunciable» la palabra comunismo. Es más, en las primeras décadas del siglo XX un gran autor liberal o liberal-conservador observó: «Los economistas ortodoxos» que, para «combatir el socialismo», a veces

han tratado de demostrar que la propiedad privada de la tierra y de los capitales no solo es indispensable o vital para la convivencia social, sino que obedece a los dictámenes absolutos de la moral y la justicia, creemos que se han expuesto a fortísimos ataques; y su tesis, que en cualquier tiempo podría considerarse difícil, por no decir casi superada, alcanza la evidencia de lo absurdo en los tiempos que corren, cuando todos sabemos cómo se amasan con frecuencia las grandes fortunas (Mosca, 1953, vol. I, pp. 417-418).

A finales del siglo XX el Financial Times resumió así el proceso de privatizaciones salvajes en la Rusia postsoviética, que permitía a un puñado de privilegiados saquear literalmente el erario público: «A la mayoría del público se le ha proporcionado un ejemplo eficaz de la máxima de Proudhon, para quien “la propiedad es un robo”» (en Boffa, 1997, p. 71).

Hoy en día, sobre todo en Estados Unidos, el movimiento de lucha contra la especulación sin escrúpulos y rapaz del capital financiero denuncia a los banksters, neologismo que funde las palabras banker y gangster; o para referirse al complejo militar-industrial y a los beneficios que obtiene con la venta de armas y las guerras en sí, el movimiento de lucha juega con los términos «Wall Street» y «War Street». Para condenar todo esto, ¿qué mejor palabra que «comunismo»?

Cuando Lenin decide cambiar el nombre del partido obrero y revolucionario ruso, que pasa de llamarse socialdemócrata a comunista, no lo hace tanto pensando en la fase final de la sociedad poscapitalista que había teorizado Marx, como, sobre todo, para guardar las distancias con el socialchovinismo, con los «socialistas» que habían legitimado la carnicería de la primera guerra mundial, no pocas veces agitando las consignas del intervencionismo democrático: así como los socialistas de los países de la Entente se proponían exportar la democracia a Alemania, los socialistas alemanes estaban decididos a exportarla a la Rusia zarista, aliada de la Entente.

 Lamentablemente, el papel esencial y a veces incluso de vanguardia de los «socialistas» (y los «laboristas») en el fomento de guerras coloniales o neocoloniales ha sido persistente. Baste pensar en Toni Blair, uno de los artífices de la segunda guerra del Golfo (basada en la acusación falsa de que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva y estaba dispuesto a utilizarlas), o en François Hollande, uno de los protagonistas más enérgicos y faltos de escrúpulos de la contraofensiva neocolonialista en Oriente Próximo y en África. De nuevo hay que decir: ¡para impulsar la lucha contra estas manipulaciones y estas infamias no hay mejor palabra que «comunismo»!"                                             ( Domenico Losurdo , El viejo topo, 05/12/21)

5/5/11

"El partido comunista fue una construcción social que en su tiempo fue tan importante como la invención de los órdenes monásticos en la Edad Media"

"—Ese escepticismo ya lo ha expresado antes. En una conferencia en Bochum decía que el partido comunista sería hoy en día como un monasterio.

—No, justamente eso no lo he dicho. He dicho que el partido comunista fue una construcción social que en su tiempo fue tan importante como la invención de los órdenes monásticos en la Edad Media. Éstos fueron en su tiempo enormemente importantes, pero hoy ya no existen.

En el siglo XX el partido comunista fue una organización muy exitosa que construía formas de sociedad de una forma que hasta entonces no existía. Esto vale más para Lenin que para Marx, aunque sin Marx

no hubiera existido Lenin. Pero lo que quería decir es que el tiempo de estos partidos comunistas ha pasado; quiero decir, que la gente que hoy en día se organiza en la izquierda es diferente. Los partidos comunistas no son ya partidos comunistas en un sentido de vanguardia.

Los que aún intentaban representarse como vanguardia son pequeños grupos terroristas, como los que surgieron en los años 70 y que en su gran mayoría no tenían mucha importancia. Pero no veo que es te tipo de organización tenga hoy ningún valor.

Es bueno de todos modos que exista una pequeña forma ción de izquierdas en Alemania. En Inglaterra no existe algo pa recido, en Italia desapareció totalmente. Hace unos años el se cretario del PC francés estaba de visita y me dijo sinceramente: “No tenemos ningún futuro”.

Esto nos afectó mucho, por lo menos a la gente de mi generación. En este sentido Alemania mantiene un cierto privilegio, por lo menos todavía." (El Viejo Topo, nº 263, diciembre, 2009, p. 31 ss. En la tercera crisis. Entrevista a Eric J. Hobsbawn)

9/11/09

¿Qué es hoy el comunismo?

"Pregunta. ¿Qué es ser comunista hoy?

Esther López Barceló. En lo fundamental sigue siendo lo mismo que era. Los valores son los mismos: el reparto equitativo de la riqueza, la socialización de los bienes de producción... Luchamos contra el capitalismo, a fin de cuentas, lo mismo que en el siglo XIX. Lo que cambia es la coyuntura y nuestras formas de articular la respuesta. El problema sigue siendo el capitalismo, la desigualdad.

Willy Meyer. Hoy, 7 de noviembre, celebramos la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques, la expresión más clara de la llegada al poder del ideario comunista. La idea central de esa toma del poder en la URSS tiene absoluta actualidad. En el siglo XIX se trata de seguir defendiendo la igualdad. Mi generación nunca pensó que el siglo XXI fuera a ser tan terrible para la humanidad, ha habido un retroceso en las ideas que nosotros representamos.

E. L. En lo fundamental estamos de acuerdo jóvenes y mayores en el partido. Allí donde haya una injerencia del capitalismo, allí estamos nosotros para dar la voz a los que no la tienen. No hay un debate generacional. (...)

E. L. Ahora las libertades formales las tenemos, lo difícil es hacer llegar a la clase trabajadora, en esta situación de capitalismo salvaje, que las libertades formales son sólo eso: formales. Es mucho más difícil hacerle ver eso a la gente en un marco de democracia burguesa. La libertad formal no es lo mismo que la libertad de verdad. Antes el enemigo era el franquismo, ahora se trata de desenmascarar esa democracia. (...)

P. ¿Una joven comunista pone hoy en cuarentena algunas verdades del comunismo?

E. L. A ver, es que se parte de una base errónea: pensar que Marx dio una solución. El marxismo lo único que hace es analizar el sistema capitalista. Creer que Marx pudo estar o no equivocado es parte del problema, es desconocimiento. Por ejemplo, dictadura del proletariado: se entiende sólo si se contrapone a la dictadura burguesa, la dictadura... ¿Cómo la llamaba Lenin? Cuando la toma la burguesía no es democracia; y se dice: cuando nosotros tomemos el poder se llamará dictadura del proletariado porque el interés de los trabajadores será el interés común.

W. M. Bueno, de todas maneras... este debate yo creo que el partido lo zanjó en su día diciendo: "Dictadura, ni la del proletariado". Es que los que hemos soportado una dictadura.... Hay quien piensa que Marx es un manual, y no lo es. Es un método y hay que actualizarlo. El mundo evoluciona y surgen nuevos problemas para los que Marx no tenía respuestas: el feminismo, la ecología...

P. Pero en nombre de ese ideario se han hecho cosas en el mundo. Vamos a la praxis... La experiencia soviética, por ejemplo.

E. L. La URSS supuso una perversión de lo que debió ser. Y el partido ha tenido una línea crítica con eso. Aunque no, naturalmente, sin defender todo lo que de positivo tenía, el valor tan enorme que tuvo tomar el poder en la URSS. Después sufrió una degradación, una perversión, pero en la actualidad creo que es hasta más importante detenerse en lo positivo. ¡La URSS se dejó más muertos que nadie en la Segunda Guerra Mundial! Fue la que liberó los campos de concentración de Alemania, y luego en las películas nos cuentan que fue EE UU el que venció al nazismo...


W. M. El PCE ya adoptó en su día una posición antiestalinista, hicimos una crítica rotunda al llamado socialismo real. En la URSS hubo una degeneración desde Stalin. La URSS se echó a perder porque el ideario comunista no se llegó a aplicar.

E. L. Exacto.

W. M. Como todas las buenas ideas, las estropean las personas.

P. ¿Se alegraron cuando cayó el muro de Berlín? (...)

P. Vamos a América Latina. ¿Los jóvenes en el PCE plantean alguna revisión de la posición sobre Cuba?

E. L. No hay ninguna grieta en la posición sobre Cuba. La realidad cubana es la democracia más profunda que he vivido yo en cualquier país. En España no hay una democracia garantizada, por ejemplo en los centros de trabajo a nivel sindical. Están totalmente corruptas las elecciones en los centros de trabajo: los trabajadores están indefensos frente a los patrones. El poder burgués deja a los trabajadores indefensos...

W. M. ¿No te parece mejor llamarlo poder de mercado?

E. L. Venga, sí, no digamos poder burgués.. Pero bueno, en cuanto a Cuba, yo defiendo al pueblo cubano. Ojo, nadie está hablando de la defensa a ultranza de personas, de dirigentes. Pero cuando llegas allí te das cuenta de que, con los comités de defensa revolucionarios, hay una democracia participativa enorme en los barrios....

P. Pero a las elecciones en el país sólo concurre un partido.

E. L. Yo no estoy a favor del sistema de partido único pero es un sistema mucho más democrático y participativo del que tengo yo aquí en el Parlamento español. Se puede estar, en las formas, con otro tipo de democracias, pero eso no me lleva a cuestionar ni el comunismo ni la revolución cubana.

W. M. En Cuba hay cosas que se hacen mal, por supuesto. Ahora bien, es que existe un bloqueo. Si España sufriera un bloqueo naval, yo defendería que cualquier persona que contemporizase con la potencia que nos asediara fuera castigada. Además, Cuba es un ejemplo de cooperación sur-sur: un país pobre que da ayuda a países pobres. Educación, sanidad, brigadas de oculistas que manda a otras partes del mundo... Ningún otro país hace eso. ¿Que tiene problemas? Claro. (...)

P. De acuerdo, hablemos de la crisis.

W. M. Creo que nosotros estamos muy bien situados en el diagnóstico: esto no es una crisis que requiera blanquear la pared, moralizar el sistema. Necesita un sistema alternativo. Y la única fuerza política del Estado que plantea esa alternativa es IU. Cayo Lara está lanzando el mensaje de sumar fuerza social para un cambio de modelo: intervención pública en la economía, progresividad fiscal... ¿Qué nos falta? Entender que esas ideas tenemos que llevarlas directamente a la sociedad nosotros, sin intermediación. Si aquí a 2012 llegamos a un millón de personas, IU será la llave para garantizar una salida por la izquierda a la crisis. Si no, el PP se puede hacer con el gobierno.

E. L. Ahora es la oportunidad, la gente está mucho más receptiva ante la grave situación que se está viviendo. Y ante eso nosotros tenemos que saber abrirnos aún más. Es el momento para abrirnos aún más a la sociedad. Eso es la refundación de IU: sumar fuerzas y crear una estrategia firme contra esta situación para superar esta crisis en beneficio de los trabajadores." (El País, 09/11/2009)