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29/7/16

La leyenda de Benjamin Meléndez, pandillero y pacificador del Bronx... en los tiempos en que cien bandas de hasta 10.000 miembros se disputaban la ciudad

 Benjamín Meléndez

"Dicen que a los 11 años teloneó a Tito Puente y que fundó una pandilla juvenil con miles de seguidores que dominaba el Bronx Sur sin alardes violentos. 

Que este Orfeo en zapas pacificó con sus ideas y su música la jungla de un Nueva York con más de 10.000 pandilleros, que compuso un disco de culto que fusiona la intensidad del rock con la algarada de los sonidos latinos y que incluso fue invitado a una cumbre de las Naciones Unidas. Que sin este judío latino enamorado de los Beatles no habría nacido el hip hop.

Sin embargo, el recuerdo más dulce de Benjamin Meléndez (1952), el líder de los Ghetto Brothers, es otro. Lo explica por teléfono, recién levantado de una cama del hospital New York Presbyterian, en el Upper East Side, donde lleva atrapado mes y medio por severos problemas en su hígado: “Lo mejor fue la primera vez que mis hermanos y yo actuamos para nuestros padres. 

Él siempre se estaba inventando canciones y nosotros tocábamos encima, y mi madre me enseñó a leer la biblia en español y siempre me decía: cuídense entre ustedes o nadie lo hará”. Recientemente les han dedicado cómics, documentales y su leyenda sobrevolará una nueva serie de televisión. Pero no lo tuvieron fácil.

En el South Bronx de 1970 no había civiles: o eras de una pandilla o eras una víctima fácil. El barrio estaba en llamas, literalmente: en diez años prendieron 30.000 incendios, la tasa de homicidios se cuadriplicó, cien bandas con hasta 10.000 miembros se disputaban una ciudad que vivía la resaca del hippismo en medio de reformas urbanísticas que expulsaban a todos los vecinos con un mínimo poder adquisitivo.

 Algunos jóvenes se suicidaban a medio plazo con la heroína y otros optaban por la vía rápida: la violencia pandillera como único lenguaje y sentimiento de pertenencia a algo.

 Meléndez no comulgaba con las gangas más malcaradas, así que creó la suya con sus familiares. Estampó su imaginario en los chalecos tejanos que vestían: unos cubos de basura enmarcados por las palabras Ghetto Brothers.

 En poco tiempo, tenían 2.500 seguidores solo en el Bronx. Incluso en las épocas más violentas, estos hijos de emigrantes portorriqueños eran diferentes: mantenían contactos con los Panteras Negras y con el Partido Socialista de Puerto Rico. Trataban de igual a igual a las Ghetto Sisters. Echaban a los traficantes de droga, conseguían ropa para los niños y ofrecían chocolate caliente a las prostitutas.

En el resto de tribus, el rito iniciático era el eterno paseíllo de bates y puños, mientras que ellos solo golpeaban al novato el tiempo exacto que duraba un single de una canción a 45 revoluciones. “¡Un día me enfadé mucho porque a uno se le ocurrió hacer el rito con un elepé!”, bromea ahora Yellow Meléndez. Aún les aguardaba el gran momento.

Cuando salió de su casa el 8 de diciembre de 1971, Benjy Meléndez sabía que esa misma tarde Nueva York podía quedar bañada en sangre. “Claro que tenía miedo. Pero también tenía la razón”, recuerda.
Días antes, había enviado a su amigo Black Benjy a pacificar una reyerta entre pandillas.

 Este ghetto brother, con apenas 25 años, se plantó ante la multitud para pedirles tranquilidad. Minutos después, yacía muerto en el suelo. Horas después, todas las pandillas de Nueva York se organizaban para la gran batalla, pero Meléndez decidió convocar una cumbre entre gangas para intentar sellar una tregua.

El día señalado cien líderes debían acudir a la cita en el Boys and Girls Club de Hoe Avenue. Por las calles desfilaban cientos de Savage Skulls, Black Spades y Seven Inmortals, entre muchas otras tribus. Incluso habían apostado a francotiradores en las azoteas por si alguien rompía la calma.

 “Los que yo sabía que lo habían matado me decían: no quiero morir, Benjy”, recuerda. Cuatro horas después, los principales líderes habían firmado la tregua. En esa reunión estaban presentes futuras figuras claves del hip hop como Afrika Bambaataa.

En el armisticio se especificaba que las pandillas podían pasear por las zonas controladas por sus antiguos enemigos. “Nosotros dábamos fiestas cada viernes y tocábamos música. A veces se sumaba con sus instrumentos gente de otras gangas. Ganaban en autoestima”, explica Meléndez. Desterraron sus chalecos y cultivaron un vestuario más cuidado para competir por las miradas de las chicas, hasta ahora prohibidas.

Y ellas podían elegir libremente. Era una forma de competir sin violencia, como también lo eran las batallas de baile o de disc jockeys, los verdaderos líderes ahora. “La primera vez que los vi así en círculo pensé que eran de la Iglesia de Pentecostal… Hasta que mi hermano me dijo: ¡no, esto es nuevo, es hip hop!”. Las firmas saltaron de las chupas a las paredes y los lemas, de los callejones a las radios. El resto es historia.

Meléndez y su familia lograron grabar en 1971 un disco titulado Ghetto Brothers – Power Fuerza. En la contraportada, un Meléndez que aún no había descubierto su labor como trabajador social remunerado escribió: “La música cubre el vacío entre la sociedad y las minorías. Es el lenguaje común del mundo”.

El eslogan sonaría algo trillado o cursi en boca de un una estrella de la radiofórmula. Pero no en la de un personaje del que dicen que cambió la historia de su barrio, de su ciudad y, a su modo, de la música. Y que ahora asiente desde el hospital: “That’s right, mihermano”. 

Los guardianes de la llama 

El fotógrafo Julian Voloj trabajaba en una serie de retratos sobre la diversidad judía en Nueva York cuando conoció a Benjy: “Su historia me fascinó: sonaba más extraña que cualquier ficción”. Aquello se materializó en el poderoso cómic Ghetto Brother. Una leyenda del Bronx, firmado con Claudia Ahlering y editado en España por Sapristi.

El pasado verano muchos descubrieron este relato gracias al documental Rubble Kings, de Shan Nicholson, que se puede ver en Netflix. Esta plataforma estrenaba recientemente el tráiler de The Get Down, serie dirigida por Baz Luhrmann (Moulin Rouge) que retratará la transformación neoyorquina de los setenta a través de unos chavales del Bronx.

 El elepé de los Ghetto Brothers era un objeto de coleccionista hasta que Truth and Soul lo reeditó hace unos años. Meléndez sigue reclamando una placa en el parque para su amigo caído Black Benjy."                ( , El País, 06/02/16) 

8/9/14

La reducción histórica de la violencia privada es un hecho

"(...) El estudio de la violencia en perspectiva histórica ha sido un campo muy animado en los últimos tiempos. 

Uno de los hitos de este debate fue la aparición en 1993 de War before civilization del antropólogo Lawrence Keeley, un volumen que reunía datos contra el paradigma imperante en la disciplina sobre los bajos niveles de violencia de los pueblos tribales, y que Keeley caracterizaba como la “pacificación del pasado”. 

En fechas recientes, autores populares como Steven Pinker o Jared Diamond han terciado en el debate con libros de amplia difusión, pero la nómina de investigadores incluye a otros menos conocidos del gran público, como Azar Gat, Ian Morris o Pieter Spierenburg. 

El Human Security Report 2013 contiene un buen resumen del debate (incluyendo críticas a Pinker) y asume una línea similar a la que planteábamos en nuestro artículo: pese a tratarse de un asunto controvertido, pese a la pobreza de muchos de nuestros datos, y pese que están lejos de aclararse todos los ángulos de la violencia como fenómeno social, el declive secular de la misma empieza a estar más que razonablemente atestiguado, tanto por lo que se refiere a la violencia privada como incluso a los conflictos armados.

 Por nuestra parte, Kiko Llaneras y yo hemos escrito a menudo sobre el asunto, tanto en Politikon (1, 2) como en Jot Down (edición impresa, número 7).

Un aspecto particularmente controvertido ha sido la consideración de la Segunda Guerra Mundial en perspectiva histórica. Se suele caracterizar como el conflicto más sangriento de la historia, y desde luego lo es en términos absolutos, pero no así en porcentaje de población, medida en la que se sitúa por detrás de otros como la expansión de los mongoles (S. XIII), la conquista manchú de China (S. XVII), la rebelión An Lushan (S. IX) o las conquistas de Tamerlán (S. XIV). El eurocentrismo nos desorienta en ocasiones.

Pero, al margen de estas cifras, hay que considerar también que la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto global a una escala espacial que nunca se había alcanzado. En este sentido, compararla con conflictos de escala regional o nacional, como eran necesariamente los premodernos, es engañoso.

 Por ejemplo, la Guerra de los Treinta Años tuvo efectos devastadores en Europa Central, pero en escala global no resiste la comparación con la Segunda Guerra Mundial. No obstante, si consideramos conflictos contemporáneos como la citada conquista manchú, el porcentaje de muertes sobre la población mundial se dispara hasta rondar o superar un 6%, muy por encima de la Segunda Guerra Mundial. Incluso si sumamos a la Segunda Guerra Mundial las estimaciones más altas para la Primera (para incluir períodos equivalentes grosso modo), y sin añadir el resto de conflictos contemporáneos de la conquista manchú y la Guerra de los Treinta Años (como la Guerra civil inglesa y conflictos asociados, por ejemplo), el porcentaje parece seguir siendo más alto para el S. XVII. 

De la misma forma, y aunque en  niveles algo menores, es engañoso calcular el porcentaje de las Guerra napoleónicas y no reconocer que en el mismo período se estaban produciendo las conquistas de Shaka en la nación zulú, que según algunas estimaciones se acercaron a los dos millones de muertos; o que las guerra de religión en Francia (entre 2 y 4 millones de víctimas) fueron contemporáneas de la invasión japonesa de Corea (1 millón).

En cualquier caso, tiene poco sentido fijarse en guerras entendidas como acontecimientos discretos con principio, fin y una cifra cerrada de muertes, en lugar de en medias de víctimas por períodos y regiones más amplios; tanto por la citada confusión de escalas espaciales como por el hecho de que durante buena parte de la historia los conflictos de baja intensidad han sido endémicos: enfrentamientos que palidecen ante los terribles hitos como la Segunda Guerra Mundial, pero que dejan un reguero constante de víctimas que se acumulan a través de las décadas y los siglos.

Por supuesto, desde un punto de vista filosófico se puede discutir si un mundo donde hay más muertes absolutas es un mundo con más dolor aunque éstas sean porcentualmente muchas menos (nosotros lo hemos apuntado en alguna ocasión); pero esta discusión debería recoger también el hecho de que también hay muchas más personas que disfrutan de una vida segura y razonablemente próspera.

En cuanto a las formas privadas de violencia, su reducción histórica está bien atestiguada en Occidente (véase, por ejemplo, A History of Murder de Spierenburg) desde al menos la Baja Edad Media. Un fenómeno que a buen seguro está relacionado con la extensión de las competencias estatales en la administración de justicia y la seguridad, así como con avances técnicos. Una de las principales fuentes de violencia en sociedades sin Estado o con administraciones débiles son los ciclos de venganza y conflicto entre familias y clanes por agravios, pleitos o crímenes previos.

Pero también hay que entender la distinta tolerancia hacia la violencia y el sufrimiento que las sociedades modernas han desarrollado, y que a buen seguro debemos poner en relación con fenómenos como la creciente importancia y autonomía del individuo frente al grupo en las sociedades occidentales (y a través de ellas en el resto del mundo).

 Esto atañe a la cuestión de los valores imperantes y su relación con el sistema de producción, la renta y los recursos disponibles. Un tema que, lo siento, no es neoliberal, sino diría que escrupulosamente marxista; que los autores y firmantes del manifiesto pasan por alto (pese a que algunos de ellos afirman ser marxistas) y que me gustaría tratar con algo más de extensión en futuras entradas.

En cualquier caso, es probable que esta baja tolerancia al sufrimiento en nuestra sociedad sea lo que determina que las visiones apocalípticas tengan tanta difusión. Una inquietud loable, pero que a veces induce a errores de percepción."            (, Politikon, 18/07/2014)

5/2/14

Esta reducción de la muerte en carretera debe anotarse en un capítulo de satisfacción humana, como es el de la reducción de la violencia

"A falta de unas últimas estadísticas correspondientes a diciembre, es casi seguro que el número de muertos en accidente en España alcanzará su mínimo histórico desde que hay datos fiables y se situará bastante por debajo de los 1.300 del año 1960. 

En ese año había un millón y medio de coches en España. Y murieron 1.300 personas en accidentes de tráfico (0,09%). En el año 1990 había 22.400.000 y murieron 5.940 (0,03%). Y en 2012 había 31 millones de coches y hubo 1.249 muertos (0,004%). 

Estas cifras que relacionan accidentes y vehículos permiten obtener una conclusión razonable: en medio siglo se ha reducido la proporción en un 96%, lo que supone, en comparación plausible, una reducción gigantesca del riesgo de muerte automovilística.

Las causas de este descenso impresionante de los muertos, de los heridos y de los tullidos son múltiples y el peso de cada una de ellas se juzga de modo diverso por los especialistas.

 Está el aumento del control de la circulación, el endurecimiento de los castigos, y la mejora de las carreteras y de la seguridad de los vehículos entre las causas lógicas y fundamentales. Lo trascendental, sin embargo, es lo que estas cifras enseñan respecto del puro proceso civilizatorio. No sólo deben inscribirse en la lucha, lenta pero victoriosa, del hombre por alargar la vida.

 Luchar contra los accidentes de tráfico necesita de la ciencia, del talento y del trabajo, como lo necesita la lucha contra el cáncer o los infartos. Pero es que, además, esta reducción tan estimable de la muerte en carretera debe anotarse en un capítulo de satisfacción humana menos evidente, como es el de la reducción de la violencia.

 El coche es uno de los símbolos fundamentales de la modernidad por obvias razones derivadas de su importancia práctica. Pero en algunas manos se convierte en un instrumento de violencia y de autoviolencia, no siempre metafórica. 

De algún modo puede decirse que en las últimas décadas el hombre occidental ha conseguido domar a su principal bestia: algo así como hacer perro del lobo. Se trata de una enorme noticia. Pero no de una noticia de periódico, naturalmente. Los periódicos no ven crecer la hierba. Pero crece."                 (EL MUNDO 02/01/14, ARCADI ESPADA, en Fundación para la Libertad)

25/1/08

Tres diques contra el grado último de la barbarie

“El punto de partida del pensamiento de Marzano es que no se han cumplido las previsiones del sociólogo Norbert Elias, anteriores a la II Guerra Mundial, en el sentido de que la brutalidad estaba siendo progresivamente contenida, "civilizada". "Muy al contrario. Al fanatismo islamista se responde revocando la Convención de Ginebra para los prisioneros de guerra iraquíes, torturados en la prisión de Abu Ghraib. Para mí existe una diferencia fundamental entre estas imágenes y las que mostraban el horror cuando se liberaron los campos nazis. Tras las últimas hay un punto de vista, una denuncia, mientras que las primeras invierten los términos: no habría muerto si no estuviera ahí una cámara para enseñarlo. Es la reificación máxima del cuerpo".

La barbarie, pues, no ha dejado de crecer, hasta llegar a la destrucción del menor resquicio de sentido. ¿Qué hacer? Marzano propone poner límites a la difusión de estas escenas, pero ahí se ha topado con los defensores a ultranza de la libertad de expresión e información. "En Francia, donde los periodistas han tomado el lugar de los intelectuales, he tenido una dura polémica con el Nouvel Observateur, que puso en la Red en agosto pasado la decapitación en Rusia de un individuo a manos de un supuesto grupo nazi

[luego se demostró que todo era un montaje]. Estoy en contra no ya de la difusión, sino de la falta de jerarquía de las imágenes, de que se sirvan sin ir acompañadas de instrumentos críticos, interpretativos. Creo que haciendo eso los periodistas dimiten de su responsabilidad, de su tarea, que es la de mantener un punto de vista. Cosa que no impide, por cierto, que sean lo más objetivos posible".

Siguiendo a Freud, Marzano propone tres diques "al grado último de la barbarie" (Steiner, 1971) que vivimos a partir del siglo XX: "El pudor por el propio cuerpo, el disgusto frente al cuerpo del otro vejado y el más importante de todos, la compasión, en su acepción etimológica: sufrir con el otro". (El País, ed. Galicia, Cultura, 24/01/2008, p. 46)