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6/11/23

Juan Torres López: Lo que sí me parece que constituye un error importante de las políticas económicas que tradicionalmente han defendido las izquierdas es confiar en tan gran medida y tan permanentemente en la redistribución y en el control de los mercados... Es imprescindible avanzar en la desmercantilización de actividades que, en el seno del mercado, generan ineficiencias, costes exagerados, externalidades insoportables e injusticias por doquier. Se debe promover la creación de empresas basadas en la cooperación para poder fomentar y expandir nuevas formas de producción, distribución comercial y consumo al margen de los mercados que dominan los grandes capitales o, lo que es peor, grupos financieros con objetivos no productivos, sino meramente especulativos. En especial, habría que diseñar y apoyar estrategias para sacar de estos circuitos a los medios de pago, el crédito y los recursos naturales, garantizando que su uso social responda a su naturaleza de bienes comunes y de interés público (lo que, por cierto, no tiene nada que ver con ser gratuitos)... La respuesta a los problemas que produce el mal funcionamiento de los mercados en la economía capitalista no puede ser la ingenua de querer forzarlos, sino ir más allá y poner en marcha nuevas formas de producción de la riqueza y relaciones sociales basadas en la cooperación y la solidaridad que den prioridad al uso de los recursos que satisfaga las necesidades humanas y garantice la vida presente y futura en el planeta

 "Cuando se empieza a discutir la posible formación de un nuevo gobierno de coalición progresista en España vuelve a hablarse de medidas económicas que suelen concitar bastante desacuerdo entre economistas.

Con los precios de muchos bienes y servicios básicos, como los alimentos o la vivienda, todavía subiendo, aunque el índice general se haya frenado, desde la izquierda se proponen controlarlos legalmente. Para mejorar las condiciones del empleo se reclama que suba de nuevo el salario mínimo y, cuando se ha comprobado el aumento extraordinario de márgenes en algunas empresas y de los grandes patrimonios, se proponen aumentos impositivos para compensar el enriquecimiento tan desigual que se viene produciendo.

Son propuestas que la izquierda defiende por razones fundamentalmente de equidad, aunque no sólo por ellas, sino considerando además que la desigualdad es también un freno para el crecimiento económico. Y medidas, por otra parte, que los economistas liberales o más ortodoxos critican porque consideran que atentan contra las leyes de la oferta y la demanda, en el caso de los controles, provocando así problemas más graves que los que se desea resolver; o, cuando se trata de medidas fiscales redistributivas, porque creen que expulsan la inversión y destruyen empleo, pues disminuyen los beneficios empresariales.

Estas últimas críticas liberales no tienen demasiado fundamento, ni desde el punto de vista teórico ni tomando en consideración la evidencia empírica.

En el caso de los topes a los precios o de la fijación de salarios mínimos el argumento liberal se basa en afirmar que, si los gobiernos establecen precios por encima (salario mínimo) o por debajo (precios máximos) del precio de equilibrio, lo que ocurrirá será que haya exceso de oferta (paro) o de demanda (escasez de bienes).

Se trata de una argumentación que no puede tomarse del todo en serio por una razón muy sencilla, aunque sorprendentemente muy desconocida, incluso entre los propios economistas, acostumbrados a que los manuales de economía y muchas investigaciones la oculten utilizando razonamientos, intelectualmente hablando, del todo fraudulentos.

En realidad, es material y matemáticamente imposible determinar una sola función de oferta y otra de demanda en un mercado y, por tanto, no es posible establecer que haya «un» precio de equilibrio que pueda ser «violentado» por esos topes máximos o salarios mínimos.

Se trata de algo que Sonnenschein, Mantel y Debreu demostraron en 1972 y 1973, pero que se oculta en la inmensa mayoría de los manuales de economía en donde supuestamente aprendemos los economistas: no se puede obtener una función de demanda de todo el mercado agregando las individuales.

Incluso se podría ir más allá. Es también prácticamente imposible determinar una función de demanda individual real. Como es sabido, esta es la que indica la cantidad de un bien o servicio que un consumidor está dispuesto a adquirir a los diferentes precios del mercado, suponiendo que no varían otros factores que, sin embargo, sabemos con toda seguridad que sí influyen en su decisión, como su renta, sus preferencias o gustos y el precio de otros bienes vinculados con el consumo del que desea adquirir.

La mejor prueba de lo que acabo de señalar es que resulta imposible encontrar un solo libro de economía en cualquier biblioteca del mundo que muestre una función de demanda real, no ya de mercado sino incluso de un solo individuo, que tenga la forma que dicen los manuales que ha de tener.

La conclusión de todo esto, por tanto, es que el efecto de ese tipo de medidas mencionadas es, en la realidad, indeterminado. Y, de hecho, eso es lo que se descubre cuando se realizan análisis empíricos a posteriori para saber qué ha ocurrido tras haberse establecido topes máximos a los precios en algunos mercados o cuando se han fijado salarios mínimos.

Las investigaciones dedicadas a analizar este último caso, empezando por las pioneras de David Card y Alan Krueger en Estados Unidos, han mostrado que no es cierto que la fijación de un salario mínimo traiga necesariamente consigo aumento del desempleo, tal y como pontifican los economistas liberales. Cuando se han analizado los efectos de controles sobre los precios en diferentes tipos de mercados se ha concluido lo mismo: en unos casos, se han contenido sin mayores problemas; en otros, sólo a corto plazo o no han tenido efecto; en algunos, se ha reducido la oferta, provocando escasez, aunque eso no ha ocurrido en todas las experiencias. Y algo parecido sucede en el caso de las subidas de impuestos. También es sencillamente incierto que cualquier subida (y menos cuando se ha tratado de aumentos en circunstancias extraordinarias) haya provocado siempre los indeseables efectos sobre la inversión y el empleo que aseguran los liberales que en cualquier ocasión se producen. Es más, ni siquiera tienen por qué provocar disminución de beneficios, puesto que las empresas pueden reaccionar aumentando la productividad o ampliando su mercado y sus ventas, como de hecho ha ocurrido en diferentes etapas históricas y, generalmente, en las economías más avanzadas; las que lo son, precisamente, porque han sido capaces de reducir la desigualdad en mayor medida con políticas fiscales progresivas.

¿Quiere decir todo lo anterior que las medidas de control y de redistribución que propone la izquierda son las más adecuadas?

La respuesta es clara, por las mismas razones que acabo de señalar para rechazar la crítica liberal. Pueden tener efectos positivos, pero igualmente pueden ser negativos, en función de las circunstancias, los tipos de mercado, el plazo considerado o la forma de implementarlas.

Quizá podría decirse, en general, que estas medidas pueden estar tanto más justificadas cuanto más excepcional sea la situación, si bien tampoco se puede descartar que esta excepcionalidad provoque un efecto perverso más potente. La realidad es que no se sabe de antemano qué efecto van a tener. No se puede, pues, generalizar, sino que parece obligado analizar cada caso con ponderación, detenimiento y rigor. El infierno, como es sabido, está lleno de buenas intenciones.

Lo que sí me parece que constituye un error importante de las políticas económicas que tradicionalmente han defendido las izquierdas es confiar en tan gran medida y tan permanentemente en la redistribución y en el control de los mercados.

Estos últimos son instituciones anteriores al capitalismo y que seguirán existiendo si este es alguna vez sustituido por otro sistema económico, y lo que a mi juicio deberían hacer las políticas progresistas no es intentar forzarlos sino, por un lado, procurar que funcionen siempre con la máxima competencia y tratar de establecer derechos o poderes de apropiación que eviten el gran número de imperfecciones que provoca el ilimitado afán de lucro que los guía en el capitalismo; por otro, que no dependa de los mercados el uso de recursos que no han sido creados para convertirse en mercancías. Y, con respecto a la distribución del ingreso y la riqueza, me parece que lo que debería hacerse es procurar que los procesos de producción no se lleven a cabo generando la gran desigualdad que hoy día generan. Es decir, no confiar tan ciegamente en que cualquier distribución primaria puede resolverse a través de medidas redistributivas.

Naturalmente, esto último es mucho más difícil que establecer por decreto un control de precios, conceder un subsidio o aumentar los impuestos. Pero, por muy complicado que sea, me parece que es el reto al que deben enfrentarse las políticas progresistas de nuestro tiempo si quieren salir adelante ante la exagerada desigualdad y la extraordinaria concentración del poder y la riqueza hoy día existentes. Y, sobre todo, si lo que se busca es transformar el sistema económico y no limitarse a parchearlo cuando hace aguas por todas partes.

Es imprescindible avanzar en la desmercantilización de actividades que, en el seno del mercado, generan ineficiencias, costes exagerados, externalidades insoportables e injusticias por doquier. Se debe promover la creación de empresas basadas en la cooperación para poder fomentar y expandir nuevas formas de producción, distribución comercial y consumo al margen de los mercados que dominan los grandes capitales o, lo que es peor, grupos financieros con objetivos no productivos, sino meramente especulativos.

En especial, habría que diseñar y apoyar estrategias para sacar de estos circuitos a los medios de pago, el crédito y los recursos naturales, garantizando que su uso social responda a su naturaleza de bienes comunes y de interés público (lo que, por cierto, no tiene nada que ver con ser gratuitos). Para poder impulsar una deseable economía del cuidado y la austeridad en su sentido auténtico, circular, sostenible y eficiente es imprescindible crear formas y medios de pago descentralizados, sistema de crédito sin interés, mecanismos efectivos para internalizar todo tipo de externalidades, incluidas las que suponen inequidad y sufrimiento humano y, por supuesto, la medioambientales, además de mecanismos que garanticen rentas mínimas y protección a toda la población, sin depender del mercado que sólo busca el beneficio privado.

Las izquierdas han actuado y actúan casi siempre considerando que la intervención del Estado es por sí sola suficiente, y que los enemigos del progreso y el bienestar son el capital y las empresas, ignorando que ambos son imprescindibles en cualquier tipo de sistema económico mínimamente avanzado. Lo que produce miseria, despilfarro, insatisfacción o destrucción del medio ambiente… no es ni el capital ni las empresas, sino el permitir su apropiación y uso sin más objetivo que el lucro privado, sin considerar su efecto sobre terceros y dejar que actúen al margen de cualquier responsabilidad o criterio ético. Y también, no se olvide, una mala intervención pública.

La respuesta a los problemas que produce el mal funcionamiento de los mercados en la economía capitalista no puede ser la ingenua de querer forzarlos, sino ir más allá y poner en marcha nuevas formas de producción de la riqueza y relaciones sociales basadas en la cooperación y la solidaridad que den prioridad al uso de los recursos que satisfaga las necesidades humanas y garantice la vida presente y futura en el planeta."            

(Juan Torres López, Ganas de escribir)

6/6/23

Los impuestos son el instrumento más asombrosamente poderoso para controlar la inflación, pero sobre todo para conformar la sociedad que queremos... Pero los impuestos no son necesarios para que el gobierno gaste, porque su propio banco nacional le proporciona el dinero para que haga eso

 "Quiero hablar de impuestos. No tiene nada de raro que lo haga. Como censor jurado de cuentas, llevo 40 años haciéndolo. De lo que me doy cuenta es de que la inmensa mayoría de la gente entiende muy poco lo que son los impuestos, a pesar de que casi todos gastamos más en pagarlos que en cualquier otra cosa en la vida. Sólo por eso me parece asombroso que tan poca gente entienda lo que son los impuestos o lo que hacen.

Por ejemplo, sospecho que el 98% de la gente cree que los impuestos pagan los servicios públicos, pero no es así.

Ni un céntimo de los impuestos pagados en el Reino Unido a nuestro gobierno en Westminster se utiliza para pagar el gasto público.

En cambio, cada céntimo que gasta el gobierno británico se paga con dinero que el gobierno pide prestado todo el día y todos los días al Banco de Inglaterra, que es el banco que posee. El gobierno puede gastar lo que quiera porque tiene ese banco. Lo que es especialmente cierto es que nunca tiene que esperar a que los impuestos le presten dinero para poder gastar, porque todo el dinero que quiere está a su disposición siempre que lo desee, simplemente pidiéndoselo a su propio banco.

Entonces, ¿por qué tributamos en ese caso? Bien, en primer lugar, porque el gobierno tiene que controlar la inflación, por supuesto, no podría gastar la cantidad de dinero creada para él cada día por el Banco de Inglaterra sin que la inflación se descontrolara muy rápidamente. Así pues, el gobierno cobra impuestos para recuperar el dinero que ya ha gastado y, de este modo, controla la inflación. En mi opinión, ésta es la primera razón, y la más importante, por la que cualquier gobierno cobra impuestos.

En segundo lugar, un gobierno grava a la gente porque quiere que utilicemos el dinero que crea en nuestras transacciones rutinarias en la economía. Hacemos eso si tenemos que pagar cantidades significativas de impuestos porque no podemos permitirnos el riesgo de hacer otra cosa cuando los impuestos tienen que pagarse por ley utilizando la moneda que el gobierno crea. Como resultado, el gobierno obtiene el control del dinero en nuestra macroeconomía, y como resultado obtiene bastante control de esa economía, que es exactamente lo que quiere.

Pero además de estas dos razones para gravar, el gobierno también grava para aplicar sus políticas económicas y sociales. Así, utiliza los impuestos para redistribuir la renta y la riqueza. También utiliza los impuestos para revalorizar bienes y servicios, como el alcohol, el carbón y el tabaco, cuyos precios aumenta, mientras que reduce el precio de la sanidad, la educación, la alimentación y la ropa de los niños utilizando los impuestos.

El Gobierno también utiliza los impuestos para reorganizar la economía. Concede subvenciones a las empresas que hacen cosas que quiere que sucedan, y retira esas subvenciones a las actividades que no quiere que prosperen.

 Por último, los gobiernos cobran impuestos porque saben que la gente que paga impuestos tiene más probabilidades de votar. El impuesto es lo que yo llamaría la contraprestación del contrato social entre nosotros y nuestro gobierno, y la gente quiere opinar sobre ese contrato precisamente porque paga impuestos. Los impuestos son el mecanismo que utilizamos para que el Gobierno rinda cuentas y, a su vez, para que nos rinda cuentas a nosotros.

Por todas estas razones, los impuestos son increíblemente importantes. Pero a pesar de ello, no hace lo que la mayoría de la gente cree que hace. No paga nuestros servicios públicos.

Por eso tengo que romper otro mito. El dinero de los contribuyentes no existe. Por mucho que a nuestros políticos les guste hablar del dinero de los contribuyentes, nada cambia el hecho de que no pagamos por los beneficios que obtenemos del gasto público, que en cambio está financiado por el Banco de Inglaterra. Pagamos impuestos para controlar la inflación que resultaría de ellos ese proceso de creación de dinero. Los impuestos sólo se cobran entonces para destruir el dinero que el Banco de Inglaterra crea para que el gobierno gaste, día tras día.

Cualquier político que diga lo contrario está revelando su ignorancia o está difundiendo un mito conveniente, que sabe que es falso.

Es hora de que nuestros políticos digan la verdad sobre los impuestos.

Es hora de que entendamos los impuestos.

Es hora de que nos demos cuenta de que los impuestos son el instrumento más asombrosamente poderoso para controlar la inflación, pero sobre todo para conformar la sociedad que queremos.

Pero los impuestos no son necesarios para que el gobierno gaste porque su propio banco proporciona el dinero para que el gobierno haga eso."               

(Richard Murphy . Catedrático de Contabilidad, Escuela de Gestión de la Universidad de Sheffield, Brave New Europe, 01/06/23, traducción DEEPL)

27/10/22

Guy Standing: La cuestión más general para la izquierda en toda Europa es cómo hacer que la fiscalidad sea popular, progresiva y funcional. La respuesta debería basarse en superar el truco populista de la derecha: que gravar los ingresos es "desincentivador" y un reflejo de la "envidia" de los perdedores de la sociedad hacia los empresarios dinámicos y la mano de obra "trabajadora". La izquierda debería optar por una política eco-fiscal, diseñada para desmantelar el capitalismo rentista. Debería aceptar que el impuesto sobre la renta de alta progresividad es obsoleto... el objetivo debería ser reestructurar la política fiscal como medio de justicia común... En los países europeos, la riqueza se grava mucho menos que la renta... Incluso un impuesto del 1% sobre la riqueza recaudaría enormes ingresos y sería más difícil de evitar que el impuesto sobre la renta

 "Durante el último siglo, los socialdemócratas han apoyado un modelo de sociedad en el que los impuestos elevados y progresivos sobre la renta y el consumo se han justificado como medio para reducir la desigualdad y la pobreza, al tiempo que se pagaba un conjunto creciente de prestaciones estatales y servicios públicos. Durante muchas décadas, esta prescripción les ha servido, asegurando victorias electorales regulares.    

Sin embargo, desde la década de 1990, esto ha dejado de ser así. Puede que la derecha política no haya ganado el argumento intelectual o moral. Pero su receta de bajos impuestos sobre la renta y el consumo ha tenido un atractivo popular cada vez mayor, drenando el apoyo a la izquierda de aquellos que ganan con los recortes de impuestos, aunque sigan apoyando los servicios y beneficios públicos.

No sirve de nada que la izquierda se lamente por el paso de esa época. Debe reinventar la política fiscal. Para ello, debe reconocer de una vez por todas que el sistema de distribución de la renta de las décadas socialdemócratas del siglo XX se ha roto irremediablemente. Tanto si el crecimiento económico es alto como si es bajo, la mayor parte de los ingresos adicionales van a parar a los propietarios de bienes -financieros, físicos e intelectuales-, mientras que cada vez son menos los que dependen del trabajo. Esto se aplica tanto a los países en los que los sindicatos son fuertes como a los que están paralizados. Es la era del capitalismo rentista.

Además, en una economía globalizada dominada por las finanzas, es fácil para los receptores de altos ingresos evitar los impuestos sobre la renta, incluso recurriendo a los paraísos fiscales. En toda Europa, la riqueza en paraísos fiscales representa alrededor del 10% del producto interior bruto; en el Reino Unido, alrededor del 20%. Los ricos apenas pagan el impuesto sobre la renta, sea cual sea el tipo.

 Sin embargo, la izquierda ha sido débil a la hora de responder a los recortes de los impuestos sobre la renta, el consumo y las sociedades. Así lo demostró simbólicamente el Partido Laborista británico en su reacción al regresivo -aunque efímero- "mini-presupuesto" introducido por el breve gobierno de Liz Truss el 23 de septiembre. El presupuesto preveía bajar el tipo básico del impuesto sobre la renta a sólo el 19%, más allá de una desgravación libre de impuestos de 12.570 libras. Inmediatamente, los laboristas dijeron que no revertirían el recorte. Aceptó un tipo impositivo bajo que haría aún más problemática la financiación de los servicios públicos, a pesar de que los sondeos de opinión mostraban que la mayoría de los británicos preferían impuestos más altos para aumentar el gasto en sanidad, educación y prestaciones sociales.

Hacer populares los impuestos

 La cuestión más general para la izquierda en toda Europa es cómo hacer que la fiscalidad sea popular, progresiva y funcional. La respuesta debería basarse en superar el truco populista de la derecha: que gravar los ingresos es "desincentivador" y un reflejo de la "envidia" de los perdedores de la sociedad hacia los empresarios dinámicos y la mano de obra "trabajadora".

La izquierda debería optar por una política eco-fiscal, diseñada para desmantelar el capitalismo rentista. Debería aceptar que el impuesto sobre la renta de alta progresividad es obsoleto. Debería dejar claro que los impuestos sobre la renta y el consumo se destinan principalmente a los servicios públicos y a las infraestructuras, incluyendo el transporte, la defensa, la vivienda, las escuelas y otras necesidades sociales. Más allá de eso, el objetivo debería ser reestructurar la política fiscal como medio de justicia común.

 Puede parecer esotérico, pero deberíamos empezar por recuperar la idea de los bienes comunes: los recursos y los bienes que nos pertenecen a todos, como comuneros. Los bienes comunes incluyen la tierra, el aire, el agua, los minerales, el mar, el fondo marino y la orilla del mar, así como los bienes comunes que nos legaron las generaciones anteriores. Sin embargo, todas las formas de bienes comunes han sido tomadas o erosionadas ilegítimamente, a través del cercamiento, el expolio, la privatización y la financiarización. La izquierda debería exigir que se compense a los comuneros por ese expolio.

Tierra, riqueza, carbono

Esto debería comenzar con un impuesto progresivo sobre el valor de la tierra (LVT), aplicado a las explotaciones que superen el tamaño típico de un jardín, para evitar que sea apodado "un impuesto sobre los jardines" y, por lo tanto, sea políticamente difícil. El impuesto progresivo sobre el valor de la tierra se justifica además por el hecho de que en Europa el valor de la tierra se ha disparado como parte de los activos no financieros, en parte debido a la globalización y a la especulación de las finanzas mundiales. La tierra representa ahora más de un tercio de la riqueza no financiera; en el Reino Unido, esta proporción ha pasado del 39% en 1995 al 56% en la actualidad.  

Lo siguiente debería ser un impuesto sobre la riqueza, excluyendo la tierra si hay un LVT. En los países europeos, la riqueza se grava mucho menos que la renta. Sin embargo, la desigualdad de la riqueza ha aumentado en relación con la desigualdad de los ingresos y la mayoría de la riqueza es heredada, por definición no ganada. Incluso un impuesto del 1% sobre la riqueza recaudaría enormes ingresos y sería más difícil de evitar que el impuesto sobre la renta.

Siguiendo el ejemplo de Suecia, también debería haber una elevada tasa sobre el carbono, que gravara las emisiones de carbono que causan el cambio climático y acidifican los océanos. Según el Fondo Monetario Internacional, sólo una quinta parte de las emisiones mundiales están cubiertas por una tarificación adecuada. Una tasa sobre el carbono transformaría la atmósfera en un bien común regulado. Y sabemos que los ricos son los causantes de la mayor parte de la contaminación, mientras que los grupos de bajos ingresos soportan principalmente los costes, incluso en materia de mala salud.

Por sí misma, una tasa sobre el carbono es potencialmente regresiva, en el sentido de que el pago de las emisiones representaría una parte mayor de los ingresos de una persona pobre. Sólo se convertiría en progresivo si todos los ingresos se reciclaran a todos los plebeyos por igual. La manera de garantizarlo es canalizar los ingresos hacia un "fondo de capital común", del que todos los residentes legales tendrían derecho a dividendos iguales.

Explotación de los bienes comunes

A continuación, la política fiscal debería centrarse en los ingresos por rentas obtenidos por la explotación de los bienes comunes. Hay que saludar a Noruega, que acaba de anunciar una renta del suelo sobre la acuicultura industrial (cría de salmón) y la energía hidroeléctrica. Dado que las grandes empresas de acuicultura sólo pagan el 40% de los costes asociados a su producción, y el resto corre a cargo de las comunidades locales y los ecosistemas circundantes, la tasa del 40% propuesta podría copiarse en otros países europeos donde la piscicultura está en auge. El principio podría extenderse a la pesca marítima, la explotación de los fondos marinos y los parques eólicos en alta mar.  

También debería haber un impuesto sobre los datos digitales. Las grandes empresas tecnológicas ganan miles de millones de dólares con la información que les proporcionamos, gratuitamente, cada vez que nosotros (o nuestros aparatos) estamos en línea. Están obteniendo ingresos por el alquiler de los bienes comunes de la información. Esos ingresos deben ser compartidos, lo que justifica una tasa sobre sus ingresos publicitarios, que se añadiría al fondo de bienes comunes propuesto.

La izquierda debería aprovechar las contradicciones ideológicas de la derecha. Justifica el capitalismo del "valor del accionista" alegando que los accionistas ("principales") presionan a los directivos ("agentes") para que persigan el crecimiento a largo plazo. Esto tenía cierto atractivo hace décadas, cuando el tiempo medio de tenencia de una acción era de siete años, pero hoy es de menos de seis meses y va en descenso.  Una tasa sobre las transacciones financieras desalentaría el comercio especulativo e incentivaría lo que la derecha dice querer. Y sería progresivo.

Del mismo modo, una tasa de concentración del mercado sería una forma de medida antimonopolio. La derecha dice que se opone al monopolio por ser contrario al "libre mercado". Sin embargo, se ha comprobado que la monopolización del poder de mercado ha multiplicado por seis el margen medio de los precios sobre los costes de producción de 70.000 empresas en todo el mundo entre 1980 y 2016. Para luchar contra esta concentración, debería imponerse una tasa sobre los beneficios de las empresas que controlan más del 20% de su mercado.
Subvenciones regresivas         

La otra dimensión de la política fiscal -los subsidios del gobierno- recibe muy poca atención en el pensamiento económico progresista, aunque en realidad se trata principalmente de impuestos negativos regresivos. Una política fiscal progresista se encargaría de eliminar las numerosas subvenciones selectivas que los gobiernos conceden a los intereses especiales. He identificado 1.190 en el Reino Unido. Si la derecha afirma creer en el "libre mercado", apoyar su distorsión mediante subvenciones es una hipocresía.

Un ejemplo atroz es la pesca, donde las enormes, perjudiciales y regresivas subvenciones, principalmente para el combustible, han permitido la "pesca de larga distancia" por parte de las pesquerías industriales, que han destruido las poblaciones de peces en todo el mundo. La Organización Mundial del Comercio pregonó un acuerdo alcanzado a mediados de 2022, pero lo único que hizo fue prohibir algunas subvenciones a la pesca "ilegal", eliminando del texto final la referencia a las "subvenciones perjudiciales". A nivel mundial, se gastan 35.000 millones de dólares en este tipo de subvenciones cada año.

El recurso a las subvenciones durante la pandemia fue una oportunidad para que la izquierda fuera coherente, aplicando una "prueba de resistencia" progresiva: que una política fiscal sólo debe apoyarse si no aumenta la desigualdad. Los planes de recortes de empleo fallaron miserablemente en esa prueba. Pero la mayoría de los partidos de izquierda los apoyaron a gritos, al igual que los sindicatos. Era previsible desde el principio que intensificarían la desigualdad -dando mucho más a los asalariados que a los precarios- y que serían objeto de un fraude masivo. Además, han apoyado a numerosas empresas "zombis".

Grandes beneficios

En general, los políticos progresistas han apoyado el rescate de empresas consideradas "demasiado grandes para caer". En efecto, los ciudadanos pagan por la socialización de las pérdidas de los inversores. Peor aún, la izquierda no se ha opuesto a la globalización del régimen de derechos de propiedad intelectual de Estados Unidos, que permite a las empresas obtener beneficios monopolísticos durante 20 años a través de las patentes y durante mucho más tiempo en el caso de los derechos de autor y los diseños industriales, incluso cuando las patentes son el resultado de la investigación y el desarrollo financiados con fondos públicos, donde el público corre el riesgo. Esto se puso de manifiesto de forma vergonzosa con los enormes beneficios obtenidos con las vacunas Covid-19. Como mínimo, el público debería tener una participación en cualquier producto patentado si se utiliza dinero público para subvencionar la I+D.          

Los progresistas también deberían oponerse a las subvenciones implícitas al capital. En virtud de las cláusulas de resolución de disputas entre inversores y Estados de los acuerdos comerciales, las multinacionales pueden demandar a los gobiernos si, en su opinión, las acciones amenazan su rentabilidad. Así, como ha sucedido, si un gobierno aplica medidas anticontaminación puede ser demandado por cientos de millones de dólares. Esto debería eliminarse, para ahorrar ingresos y aumentar el espacio fiscal.      

Del mismo modo, debería abandonarse el Tratado de la Carta de la Energía (TCE). Se remonta a la década de los noventa e irónicamente se elaboró para ayudar a los países ex soviéticos protegiendo a los inversores en sus industrias del petróleo, el gas y el carbón, obligando a los gobiernos a compensar a las empresas si las reformas afectan a sus beneficios potenciales. Hoy en día, cinco empresas energéticas lo utilizan para demandar a los gobiernos europeos por casi 4.000 millones de euros por las restricciones a los proyectos de combustibles fósiles. Si ganan, los europeos verán cómo sus impuestos se desvían para pagarles, al tiempo que desincentivan aún más a las empresas energéticas en sus esfuerzos por descarbonizarse.

En resumen, los progresistas de toda Europa deberían reposicionar la política fiscal para desmantelar el capitalismo rentista, contribuir a la reactivación ecológica y reducir las desigualdades. " 
     ( 

14/7/22

A los neoliberales no les gusta el mercado libre, pero quieren que pienses que sí... Los neoliberales están de acuerdo con todo tipo de intervenciones gubernamentales que redistribuyan los ingresos hacia arriba. Sólo se molestan cuando el gobierno interviene de manera que redistribuye de los de arriba al resto de nosotros... Los neoliberales han estado encantados de rebajar las barreras comerciales que protegen los salarios de los trabajadores menos formados, pero cuando se trata de las barreras que apoyan el salario de gente como ellos, son los más proteccionistas que existen... Cuando la gente compra ropa o comida en la mayoría de los lugares paga un impuesto sobre las ventas. Pero no es el caso de las compras de activos financieros. Supongamos que acabamos con el tratamiento especial para el sector financiero y que imponemos un modesto 0,1% sobre las ventas de acciones y otros activos financieros. Esto reduciría radicalmente los ingresos de muchos tipos muy ricos de Wall Street

 "Fue muy frustrante leer el perfil de Noam Scheiber sobre Jaz Brisack, la persona que dirigió la primera campaña de organización sindical con éxito en un Starbucks. Brisack parece una persona impresionante y es bueno ver que recibe la atención que merecen sus esfuerzos. Sin embargo, Scheiber arruina la historia al decir repetidamente a los lectores que los neoliberales, que han dominado el debate político en las últimas décadas, quieren un mercado libre. Nada más lejos de la realidad.

Comenzaré la acusación con su apoyo a la propiedad intelectual. Los monopolios de patentes y derechos de autor concedidos por el gobierno transfieren muchos cientos de miles de millones de dólares anuales del resto de nosotros al 10 por ciento más alto, y especialmente al uno por ciento más alto. Bill Gates seguiría trabajando para ganarse la vida si el gobierno no amenazara con arrestar a cualquiera que hiciera copias del software de Microsoft sin su permiso.

Luego tenemos el "libre comercio". Los neoliberales convirtieron en su máxima prioridad facilitar la entrada de productos manufacturados baratos de los países en desarrollo. Esto costó millones de puestos de trabajo en el sector manufacturero y presionó a la baja los salarios de los trabajadores sin formación universitaria en general.

Por el contrario, si se habla con la mayoría de los neoliberales sobre la eliminación de las barreras que dificultan el ejercicio de la profesión de los médicos extranjeros en Estados Unidos, o de otros profesionales muy bien pagados, la mayoría se pone repentinamente muy estúpida, como si no supiera lo que es el "libre comercio". Los neoliberales han estado encantados de rebajar las barreras comerciales que protegen los salarios de los trabajadores menos formados, pero cuando se trata de las barreras que apoyan el salario de gente como ellos, son los más proteccionistas que existen.

El sector financiero es otro ejemplo. Cuando la gente compra ropa o comida en la mayoría de los lugares paga un impuesto sobre las ventas. Pero no es el caso de las compras de activos financieros. Supongamos que acabamos con el tratamiento especial para el sector financiero y que imponemos un modesto 0,1% sobre las ventas de acciones y otros activos financieros. Esto reduciría radicalmente los ingresos de muchos tipos muy ricos de Wall Street, al tiempo que tendría un impacto mínimo en la capacidad del sector financiero para llevar a cabo sus fines productivos.

Tampoco es el mercado libre dar a Facebook y a otros gigantes de las redes sociales la protección de la Sección 230 contra las demandas por difamación de la que no gozan los medios de comunicación impresos y audiovisuales. Mark Zuckerberg y otros miembros de Facebook serían mucho más pobres sin esta protección, pero al quitarla estaríamos avanzando hacia un mercado libre.

 Podría seguir (ver Rigged [es gratis]), pero la cuestión debería estar clara. Los neoliberales están de acuerdo con todo tipo de intervenciones gubernamentales que redistribuyan los ingresos hacia arriba. Sólo se molestan cuando el gobierno interviene de manera que redistribuye de los de arriba al resto de nosotros.

Es comprensible que los neoliberales quieran ser vistos como grandes defensores del libre mercado. Después de todo, suena mucho mejor decir que se está a favor del libre mercado que ver que se está a favor de redistribuir desde los pobres y la clase trabajadora hacia los ricos y muy ricos.

Pero la autodescripción de los neoliberales no es exacta, y gente como Scheiber no debería repetirla. Los neoliberales necesitan ser expuestos por lo que realmente son."
             

(Dean Baker,   Brave New Europe, 23/06/22; traducción DEEPL)

11/5/22

La presentadora de Fox, Trish Regan, dijo que Dinamarca ha «despojado a la gente de sus oportunidades». Los impuestos son tan altos y los servicios de bienestar tan generosos que «nadie quiere trabajar», «nadie se gradúa en la escuela» y «nadie está incentivado a hacer nada, porque no va a ser recompensado»... esta opinión de Fox nos indica lo desesperada que se está volviendo la derecha... Dinamarca no es un país socialista... Lo que sí demuestra Dinamarca es que no hay barreras económicas para los impuestos altos, el gasto social elevado y la sindicalización elevada. La socialdemocracia, en contra de Regan y otros ideólogos de la derecha, no produce desempleo masivo ni ruina económica. Ha dado lugar a algunos de los niveles de vida más altos y a los países más libres que el mundo haya visto jamás

 "Hace un par de años, la presentadora de Fox Business, Trish Regan, narró un segmento de tres minutos que comenzó como una pieza convencional de propaganda antisocialista. Con una voz siniestra y un telón de fondo de manifestantes encapuchados, Regan utilizó el caso de Venezuela para argumentar que el socialismo trae consigo el desastre: «No hay comida, no hay sanidad, no hay trabajo, mucha violencia, muchos saqueos, mucha corrupción».

Entonces las cosas dieron un giro sorprendente. En un audaz movimiento retórico, Regan dirigió su ira hacia Dinamarca, un país liberal, democrático y socialmente estable en el norte de Europa, que cuenta con altas calificaciones en todo, desde la felicidad hasta la competitividad económica. Al igual que Venezuela, argumentó Regan, Dinamarca ha «despojado a la gente de sus oportunidades». Los impuestos son tan altos y los servicios de bienestar tan generosos que «nadie quiere trabajar», «nadie se gradúa en la escuela» y «nadie está incentivado a hacer nada, porque no va a ser recompensado».

La reacción en Dinamarca —un país de menos de 6 millones de habitantes poco acostumbrado a recibir tal atención— fue inmediata y feroz. El segmento apareció en los titulares de los principales periódicos, y miles de personas comunes y corrientes reaccionaron, a menudo con enfado, en las redes sociales.

La embajada danesa en EE.UU. publicó una hoja informativa en la que señalaba que el 75% de la población danesa en edad de trabajar lo hace (frente al 70,6% de EE.UU.), que Dinamarca es el segundo país en cuanto a «atracción, desarrollo y retención de talento» (EE.UU. es el decimosexto) y que, según el Foro Económico Mundial, «es más probable alcanzar el sueño americano si se vive en Dinamarca».

Políticos de todo el espectro político se sumaron a la polémica. Dan Jørgensen, del Partido Socialdemócrata (centroizquierda), replicó alegremente a Regan en un vídeo que rápidamente obtuvo más visitas que toda la población de Dinamarca. El ministro de Economía, Kristian Jensen, del Partido Venstre (centroderecha), insistió en que Fox Business dejara de «mearse en Dinamarca». Incluso Anders Samuelsen, de la libertaria Alianza Liberal, admitió que la comparación era «exagerada» (aunque expresó su confianza en que el segmento llamaría la atención de forma positiva sobre la combinación de Dinamarca de un fuerte Estado de bienestar y una economía de mercado liberal).

Hasta cierto punto, la reacción danesa reflejó un sentimiento de malestar por haber sido denigrada en una cadena importante en un país que la mayoría de los daneses consideran amigo. Pero, al mismo tiempo, el hecho de que ni siquiera los libertarios daneses estuvieran dispuestos a respaldar la opinión de Fox Business nos indica lo desesperada que se está volviendo la derecha.

Lo que Dinamarca es y no es

 Dinamarca no es un país socialista. Aunque cuenta con un sólido Estado de bienestar y con fuertes sindicatos que mejoran la vida del ciudadano medio (y en la década de 1970 hubo un intento frustrado de socializar parcialmente la industria a través de fondos para asalariados), la propiedad de la economía sigue estando predominantemente en manos privadas. Dinamarca incluso sufre su cuota de escándalos de gobierno corporativo. Hace un tiempo, el principal banco del país, Danske Bank, estuvo envuelto en lo que podría ser el mayor caso de blanqueo financiero de la historia del mundo.

Lo que sí demuestra Dinamarca es que no hay barreras económicas para los impuestos altos, el gasto social elevado y la sindicalización elevada. La socialdemocracia, en contra de Regan y otros ideólogos de la derecha, no produce desempleo masivo ni ruina económica. Ha dado lugar a algunos de los niveles de vida más altos y a los países más libres que el mundo haya visto jamás. La pobreza y la desigualdad son relativamente bajas, la igualdad de género (sobre todo gracias al Estado del bienestar) es comparativamente alta, y los trabajadores tienen más derechos y voz en el trabajo que en Estados Unidos.

Dinamarca no es un caso único. Todos los países escandinavos han alcanzado niveles similares de igualdad social a pesar de tener economías muy diferentes. Mientras que Suecia siempre ha estado dominada por la minería y la industria pesada (con gigantes industriales como Volvo y Bofors), Dinamarca se ha basado en la agricultura y en empresas industriales más pequeñas, Noruega ha estado dominada por la pesca y la madera, etc.

A pesar de estos diferentes perfiles económicos, a lo largo del siglo XX todos los países nórdicos consiguieron reducir drásticamente las desigualdades salariales y desmercantilizar partes sustanciales de la economía. La clave fueron los sindicatos, los movimientos populares y los partidos de izquierda. Fueron estas fuerzas de masas —no las élites benévolas, que sopesaron cuidadosamente las alternativas antes de decidirse por una mezcla ilustrada de capitalismo y socialismo— los artífices y el impulso del modelo nórdico. Son los responsables de que los países nórdicos se encuentren entre los más felices y democráticos del mundo.

Por supuesto, no hay que fetichizar la experiencia escandinava. Ni Dinamarca ni los demás países escandinavos han sido inmunes a la ola de reformas neoliberales de las últimas décadas, con recortes estatales, reducción de las pensiones y liberalización financiera (y el correspondiente ascenso de la extrema derecha). En algunos ámbitos, los nórdicos han sido incluso precursores. Suecia fue líder mundial en la privatización de escuelas y ahora tiene una industria educativa con fines de lucro que atrae los aplausos de los derechistas de todo el mundo. Las reformas de las pensiones en Dinamarca elevaron la edad de jubilación a la más alta de Europa y, en 2014, el país vendió partes de su empresa nacional de energía a Goldman Sachs. Según la OCDE, los países escandinavos han experimentado uno de los mayores aumentos de la desigualdad en las últimas décadas.

Tampoco debemos olvidar el momento histórico concreto —y, sobre todo, la posición de estos países en el orden mundial— que hizo posible el modelo escandinavo. Presionadas por fuertes movimientos obreros y un profundo deseo popular de ganancias materiales tras los horrores de la guerra y el fascismo, las élites europeas y estadounidenses aceptaron un amplio compromiso de clase en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se construyeron Estados de pleno empleo y bienestar, y se permitió que los salarios aumentaran rápidamente.

En Escandinavia, esta evolución fue la más avanzada, ya que los partidos socialdemócratas obtuvieron un estatus casi hegemónico. Al mismo tiempo, el fuerte anticomunismo de los líderes socialdemócratas apaciguó aún más a las élites americanas y empujó a estos líderes a los brazos del Estado estadounidense. En el caso danés, los socialdemócratas llevaron al país a la alianza de la OTAN, y el partido dirigió una operación de inteligencia privada, recogiendo datos sobre activistas comunistas en cooperación con la CIA.

Las cosas fueron muy diferentes en otros lugares. Los países de América Latina que intentaron dar un giro a la izquierda experimentaron el brutal palo de la intervención estadounidense —ya sea mediante sanciones económicas, golpes de estado o asesinatos—, a menudo por programas políticos mucho menos ambiciosos que los de la Escandinavia de posguerra. El sueco Olof Palme fue aceptado como líder legítimo en la Suecia de la posguerra; el guatemalteco Jacobo Árbenz fue depuesto en 1954 en un golpe de Estado propiciado por Estados Unidos por intentar aplicar un programa de reformas moderado.

La ironía histórica es que la socialdemocracia danesa —que Estados Unidos permitió como parte de una estrategia geopolítica más amplia— sirve hoy para socavar las afirmaciones de la derecha estadounidense de que las reformas de izquierda se derrumbarán bajo el peso de su propia ineficacia económica.

Pero eso no impide que los derechistas lo sigan intentando."                ( , JACOBIN, 19/04/22)

19/2/21

¿Para qué sirven los impuestos?

 "Los impuestos lógicamente preceden al gasto público porque los ciudadanos no pueden pagarlos si antes no han conseguido aquello que sirve para pagarlos. Como usuarios de moneda los ciudadanos solo pueden conseguirlos vendiendo bienes y servicios al Estado."                    (redmmt, 17/02/21)

15/2/21

Las desigualdades tienen un claro motor, un sistema fiscal injusto. El fin de la progresividad de los impuestos termina por sacudir los cimientos de la democracia... la injusticia fiscal es uno de los grandes fracasos políticos de nuestro tiempo. Las reformas de Reagan —bajó el impuesto de la renta— fueron el primer paso. Luego se pasó la carga impositiva de las rentas del capital a las del trabajo. En el siglo XXI se redujo el impuesto del patrimonio

 "La polarización fiscal también se ha agudizado. Es difícil encontrar otro territorio económico en el que las posturas de los técnicos estén más alejadas: mientras para unos la salida a la catástrofe pasa por la irremediable subida de impuestos, para los otros hay que bajarlos. 

Un ejemplo de ello: sale el libro de los dos profesores de Berkeley Emmanuel Saez y Gabriel Zucman El triunfo de la injusticia y lo subtitulan explícitamente Cómo los ricos eluden impuestos y cómo hacerles pagar. Al tiempo aparece otro texto de Rodríguez Braun, Blanco y Ávila (Hacienda somos todos, cariño, Deusto) y el subtítulo reza: Cómo nos engañan para que creamos que pagamos poco y por nuestro bien.

La tesis del libro de Saez y Zucman es rotunda: las desigualdades tienen un claro motor, un sistema fiscal injusto. Lo cual pone en cuestión la idea de los economistas de la tercera vía que defendían que la redistribución de la renta y la riqueza había que hacerla a través del gasto y no de los ingresos públicos.

 Esta tesis se completa con dos sentencias: el fin de la progresividad de los impuestos termina por sacudir los cimientos de la democracia, y la injusticia fiscal es uno de los grandes fracasos políticos de nuestro tiempo.

Toda sociedad democrática ha de debatir el tamaño apropiado de su Estado y el grado ideal de progresividad fiscal para mantenerlo. En su clásico Por qué fracasan los países, Acemoglu y Robinson sostuvieron que en sus inicios fue la democracia la que abrió las puertas a las políticas redistributivas y a la reducción de las desigualdades.

 Los hacendistas sostienen que los impuestos pueden ser un buen indicador de la salud de la democracia: si se acepta que la calidad de una democracia aumenta en la medida en que los ciudadanos sean más iguales, la presencia de un sistema tributario progresivo que reduzca las desigualdades de renta y de riqueza puede verse como una herramienta que contribuya a mejorar la calidad democrática, y también como un reflejo de ella.

Si se admite lo anterior, a continuación hay que reconocer la triste imagen de progresividad que proporcionan los sistemas tributarios actuales, resultado de un proceso político que se inició a finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, y que supuso una ruptura con lo que había sucedido desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. 

Se trataba de la revolución conservadora, durante la cual aumentaron exponencialmente los niveles de desigualdad a través de dos mecanismos: un aumento de las desigualdades de las rentas (sobre todo, de los salarios y del resto de las retribuciones) y la decisión de los Gobiernos, tanto conservadores como socialdemócratas, de reducir la capacidad redistributiva del Estado.

El economista José Víctor Sevilla, que fue secretario de Estado de Hacienda, marca tres etapas muy nítidas en la regresividad de los sistemas tributarios (Informe sobre la democracia en España 2015, Fundación Alternativas). La primera empieza con la reforma impositiva de Reagan en 1981, que abre el camino hacia una masiva y generalizada reducción de los impuestos federales, que, básicamente, eran impuestos personales sobre la renta. 

Son los años de la curva de Laffer, que mantenía, contra toda evidencia, que bajando los impuestos aumentarían los ingresos públicos. Un reciente estudio de la London School of Economics, con datos de 18 países de la OCDE de los últimos 50 años, demuestra que reducir impuestos a los ricos incrementa la desigualdad y no tiene ningún efecto significativo sobre el crecimiento económico y el desempleo.

El segundo paso se da en la década de los noventa, con un desplazamiento de la carga tributaria desde las rentas del capital hacia las rentas del trabajo: reducción de la tributación sobre los rendimientos del capital extranjero, tratamientos más livianos para las ganancias del capital y los llamados sistemas de imposición dual que abiertamente gravan con tipos menores a las rentas del capital que a las rentas del trabajo. Son de esos años también los intentos de convertir los impuestos sobre la renta (impuestos directos) en un gravamen sobre el consumo (impuesto indirecto), regresivo por definición, y mucho más si se trata de un impuesto proporcional.

El tercer hito, de principios del siglo XXI, tenía el propósito de reducir o eliminar la imposición patrimonial, último reducto de progresividad en un sistema tributario. El impuesto sobre el patrimonio empezó a desaparecer de los sistemas fiscales; su importancia recaudatoria es pequeña, pero en realidad se trata de un impuesto de control interno, pues la información que proporciona permite reforzar el funcionamiento de los impuestos sobre la renta y también el del impuesto sobre sucesiones, un gravamen que bien configurado es pieza clave de la articulación de la imposición directa.

El ataque a la imposición patrimonial dio otro salto, alcanzando al propio impuesto de sucesiones, una figura importante para instrumentar una política de igualdad de oportunidades, fundamental en cualquier democracia. La presión se inició, una vez más, en EE UU durante los años de la presidencia de George W. Bush, cuando se aprobó la suspensión gradual, y en principio transitoria, de la imposición sobre las herencias, a pesar de que solo afectaba moderadamente a las grandes fortunas, aproximadamente al 1%-2% de los ciudadanos americanos. Reflexiona Sevilla sobre lo sorprendente que resulta que algo que sólo interesa al 1% o al 2% de la población, siendo además el colectivo más rico, pueda aprobarse en el Congreso y con una amplia mayoría.

Este giro regresivo de los sistemas fiscales (las reformas americanas crearon tendencia en el resto del mundo) ha contribuido a mermar la capacidad redistributiva del Estado, algo especialmente alarmante en tiempos de recesión o de una pandemia tan brutal como los que el mundo ha padecido o está padeciendo. Desde la aparición del eslogan “¡Somos el 99%!”, los ciudadanos se han familiarizado más con las divergencias entre las fortunas de los ricos y las del resto de la sociedad."             (Joaquín Estefanía, El País, 13/02/21)

2/12/20

Branko Milanović : Socialdemocracia: internacionalismo y redistribución nacional... la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional

 "Soñar con un mundo restaurado suele ser bastante común. Pero hay que aprender a distinguir entre sueños y realidad. Para tener éxito en este tiempo, la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional.

Atrapada entre el implacable proteccionismo y la xenofobia trumpistas, por un lado, y la coalición neoliberal de liberadores sexuales y oscuros recaudadores, por el otro, la izquierda de los países ricos parece carecer de nuevas ideas. Y peor que carecer de nuevas ideas es intentar restaurar un mundo que ya no existe, que va contra la corriente de la vida y la economía modernas.

Sin embargo, este es un ejercicio en el que participan algunos sectores de la izquierda. Tengo en mente varios ensayos de El gran retroceso, un libro que reseñé aquí, un artículo reciente de Chantal Mouffe y, quizás más manifiestamente, El futuro del capitalismo, de Paul Collier (reseñado aquí y aquí). Dani Rodrik proporcionó munición ideológica temprana para este punto de vista con su célebre «trilema». Es también el contexto en el que mi Capitalismo, nada más fue recientemente reseñado por Robert Kuttner en The New York Review of Books.

Este proyecto apunta a recrear las condiciones existentes aproximadamente entre 1950 y 1980, que fue, de hecho, el periodo en que floreció la socialdemocracia. Si bien muchos tienden a presentar esta época en tonos excesivamente brillantes, sin duda fue, en muchos aspectos, extraordinariamente exitosa para Occidente: el crecimiento económico era elevado, los ingresos de las naciones occidentales convergían, la desigualdad era relativamente baja, la movilidad social era mayor que hoy, las costumbres sociales se volvían más relajadas e igualitarias y la clase trabajadora occidental era más rica que las tres cuartas partes de la humanidad (y podía sentirse, como escribe Collier, orgullosa y superior al resto del mundo). Hay mucho por lo que sentir nostalgia.

Condiciones especiales

Pero ese éxito se dio en condiciones muy especiales e imposibles de recrear. ¿Cuáles eran?

Primero, no existía una competencia entre gran parte de la mano de obra global y los trabajadores y trabajadoras del Primer Mundo. Las economías socialistas, China y la India seguían políticas autárquicas, por diseño o por accidente histórico. En segundo lugar, el capital no se movía demasiado. No solo existían restricciones al capital, sino que las inversiones extranjeras eran a menudo objeto de nacionalización, y tampoco existían los medios tecnológicos para trasladar fácilmente grandes cantidades de dinero.

En tercer lugar, la migración era limitada y, cuando sucedía, se daba entre pueblos culturalmente similares (como la migración del sur de Europa a Alemania) y gracias a la creciente demanda de mano de obra impulsada por las economías nacionales en crecimiento. En cuarto lugar, la fuerza de los partidos socialistas y comunistas nacionales, combinada con los sindicatos y la amenaza soviética (especialmente en Europa), hizo que los capitalistas se manejaran con precaución: por instinto de supervivencia, tuvieron cuidado de no presionar demasiado a trabajadores y sindicatos.

En quinto lugar, el espíritu socialdemócrata de igualdad estaba en sintonía con las costumbres predominantes en aquella época, reflejadas en la liberación sexual, la igualdad de género y la reducción de la discriminación. En un contexto interno tan benigno, y sin enfrentarse a ninguna presión por parte de trabajadores extranjeros mal remunerados, los socialdemócratas podían seguir siendo internacionalistas, como fue el caso de notabilísimas figuras como Olof Palme en Suecia y Willy Brandt en la República Federal de Alemania.

Cambios drásticos

En las condiciones sociales y económicas totalmente diferentes que presenta la actualidad, cualquier intento de recrear un contexto interno tan benigno implicaría cambios drásticos y, de hecho, reaccionarios. Sin decirlo abiertamente, sus partidarios piden socialdemocracia en un solo país o, más exactamente, en un rincón (rico) del mundo.

Collier aboga por amurallar el mundo rico para detener la migración, que considera culturalmente disruptiva y que socava injustamente el trabajo nacional. Collier justifica estas políticas, aplicadas sobre todo por los socialdemócratas en Dinamarca, diciendo que su preocupación son los países menos desarrollados: no vaya a ser que el éxodo de sus trabajadores más calificados y ambiciosos empuje aún más a estos países hacia la pobreza. Sin embargo, está claro que no son esos los verdaderos motivos de tales políticas.

Otros protegerían a Occidente de la competencia de China, argumentando, otra vez de manera falsa, que los trabajadores occidentales no pueden competir con trabajadores de menores salarios, sometidos a una dura disciplina productiva y sin sindicatos independientes. Como ocurre con las políticas que detendrían la migración, la justificación del proteccionismo se camufla con el lenguaje de la preocupación por los demás.

Dentro de esta perspectiva, debería lograrse que el capital nacional permaneciera principalmente en casa, promoviendo una globalización mucho más «superficial» de la que existe hoy. Las empresas occidentales que actúen con ética no deberían contratar a personas en (digamos) Myanmar que no gocen de derechos laborales elementales.

Las masas populares

En todos los casos, estas políticas apuntan a interrumpir el libre flujo de comercio, personas y capital y a aislar al mundo rico de las masas populares. No tienen casi ninguna posibilidad de éxito, simplemente porque los avances tecnológicos de la globalización no se pueden deshacer: China y la India no pueden volver al aislamiento económico y las personas de todo el mundo, dondequiera que estén, desean mejorar su situación económica emigrando a países más ricos.

Además, estas políticas representarían una ruptura estructural con el internacionalismo que siempre fue uno de los logros más importantes de la izquierda (si bien suele más bien brillar por su ausencia). Reducirían el crecimiento en los países pobres y la convergencia mundial, frenarían la reducción de la desigualdad y la pobreza mundiales y, a fin de cuentas, resultarían contraproducentes para los propios países ricos.

Soñar con un mundo restaurado suele ser bastante común, y a menudo (especialmente a una edad avanzada) nos acostumbramos a entregarnos a esas ensoñaciones. Pero hay que aprender a distinguir entre sueños y realidad. Para tener éxito en tiempo real, en las condiciones actuales, la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional. Tiene que apoyar la globalización, tratar de limitar sus efectos nefastos y aprovechar su indudable potencial para igualar, con el tiempo, los ingresos en todo el mundo.

Como escribió Adam Smith hace más de dos siglos, la igualación de las condiciones económicas y el poder militar en todo el mundo es también una precondición para que prevalezca la paz universal."

(Branko Milanović , Nueva Sociedad, Octubre, 2020. Traducción: Carlos Díaz Rocca. Fuente: Social Europe)

1/12/20

Teoría Monetaria Moderna: El gasto público precede a los impuestos: no es posible recaudar impuestos si antes el Estado no gasta

Stuart Medina Miltim @SMiltim

 Keynes insiste en que la dirección de causalidad va del gasto al ingreso, de las inyecciones a las filtraciones, de la inversión al ahorro.

1. El gasto público precede a los impuestos: no es posible recaudar impuestos si antes el Estado no gasta.

2. Las inversiones crean su propio ahorro. A nivel macro el ahorro no financia las inversiones. El ahorro de hogares y empresas es una decisión de no gastar y no invertir.

3. Las importaciones son una fuga del circuito. Si no se llena la brecha con gasto público deficitario el resultado solo puede ser una pérdida de renta y producción.

4. Los flujos de producción se pueden acumular en activos reales. Con frecuencia se confunde la acumulación de activos reales con la de activos financieros.

5. El gasto crea los flujos de ingresos que se pueden acumular en activos financieros.

10:02 a. m. · 28 sept. 2020
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20/5/19

Piketty: el Partido del Congreso indio propone un ingreso mínimo garantizado para el 20% más pobre de la población... el coste sería del 1% del PIB... se podría cubrir con un impuesto federal del 2% a las propiedades con un valor de 1 millón de euros...

"La mayor elección en la historia mundial acaba de comenzar en la India: hay más de 900 millones de electores. (...) 

Mientras tanto, el Reino Unido tiene considerables dificultades para mantenerse unido al nivel de las Islas Británicas. Siguiendo los pasos de Irlanda a principios del siglo XX, posiblemente sea el turno de Escocia de abandonar el Reino Unido y su Parlamento en este inicio del siglo XXI. Por su parte, la Unión Europea y sus 500 millones de habitantes aún no han logrado establecer reglas democráticas para la adopción del menor impuesto comunal y continúan otorgando un derecho de veto a los Grandes Ducados en los que reside apenas el 0,1% de sus ciudadanos. 

En lugar de explicar de una manera aprendida que nada en este excelente sistema puede cambiarse, se recomendaría a los líderes europeos que analicen la Unión de la India y su modelo de República federal y parlamentaria.  (...)

Una de las principales innovaciones de la campaña electoral que está finalizando es la propuesta hecha por el partido en el Congreso para introducir un sistema de ingresos básicos, el NYAY (nyuntam aay yojana, ingreso mínimo garantizado). 

El monto anunciado es de 6.000 rupias por mes y por hogar, o el equivalente a unos 250 euros en paridad de poder de compra (3 veces menos al tipo de cambio actual), que está lejos de ser insignificante en la India (donde el ingreso medio no excede 400 euros por hogar). Este sistema se aplicaría al 20% más pobre de los indios. El costo sería considerable (un poco más del 1% del PIB) pero no prohibitivo.

 Como siempre con las propuestas de este tipo, es importante no detenerse allí y no tomar el ingreso básico como una solución milagrosa o un acuerdo final. Establecer una distribución justa de la riqueza y un modelo para el desarrollo sostenible y equitativo, requiere el respaldo de un paquete total de medidas sociales, educativas y fiscales, y el ingreso básico es solo uno de sus elementos. 

Como lo han demostrado Nitin Bharti y Lucas Chancel, el gasto público en salud se ha estancado en 1.3% del PIB entre 2009-2013 y 2014-2018, y la inversión en educación incluso cayó de 3.1% a 2.6%. Queda por encontrar un equilibrio complejo entre la reducción de la pobreza monetaria y estas inversiones sociales que condicionan el cierre de la brecha entre India y China.

 China ha encontrado una manera de movilizar mayores recursos para elevar el nivel de capacitación y salud de la población en general.

El hecho es que la propuesta del Congreso tiene el mérito de enfatizar las cuestiones de redistribución y de ir más allá de los mecanismos de "cuotas" y "reservas". Es cierto que esto ha permitido que una fracción de las castas inferiores accedan a la universidad, a los empleos del sector público y ocupen cargos electivos, pero no son suficientes. 

El mayor inconveniente de la propuesta es que el Congreso ha optado por ser muy discreto con respecto a su financiamiento. Esto es una lástima porque brindó la oportunidad de rehabilitar el papel de la tributación progresiva y de pasar definitivamente la página de su momento neoliberal en los años ochenta y noventa.

 Sobre todo, habría brindado la ocasión de acercarse más explícitamente a la nueva alianza entre los partidos socialistas y las castas más bajas (SP, BSP) que proponen la creación de un impuesto federal del 2% en las propiedades con un valor de más de 25 millones de rupias (1 millones de euros en paridad de poder adquisitivo), que aportaría el equivalente a los montos requeridos para el NYAY y fortalecería el progresismo del impuesto federal sobre la renta. 

Fundamentalmente, el verdadero problema en juego en esta elección es la constitución en la India de una coalición de izquierda, tanto igualitaria como multicultural, la única coalición capaz de vencer al nacionalismo pro-empresarial y anti-musulmán del BJP. (...)

Las decisiones debatidas en la India nos afectarán cada vez más a todos. En este sentido, esta elección india es de hecho una elección de importancia mundial."                 (Piketty, blog, 16/04/19)

26/9/17

El trabajo requerido debería ser aquel que permita que todos tengamos las necesidades básicas cubiertas...

"Trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar, lo cual sería una enajenación de nuestros fines. El trabajo requerido debería ser aquel que permita que todos tengamos las necesidades básicas cubiertas y, además, nos permita desarrollar nuestras potencialidades y buscar nuestra felicidad. 

El sistema capitalista no parece, sin embargo, dar las mismas oportunidades a todas las personas y en su versión neoliberal hace que la desigualdad aumente imparablemente, así unos tienen una vida regalada (por el mercado y no por el Estado) y otros luchan por sobrevivir. La Teoría Monetaria Moderna y algunas de las medidas que se vienen reclamando desde los sectores sociales, vienen a significar en este contexto instrumentos de liberación.

En los momentos actuales el problema no es el fin del trabajo a pesar de una mejor tecnología y la repetida escasez de empleo, el problema es que las medidas políticas que se toman y el capitalismo neoliberal atentan contra la mano de obra y por tanto contra el trabajo remunerado, es decir el empleo.

 Las sociedades están centradas en el trabajo, aunque sólo viven (y no todos) aquellos que consiguen un trabajo retribuido, olvidando la tarea esencial que se desempeña en el trabajo de cuidados y de reproducción.

 Los datos de la última Encuesta de Población Activa (EPA), del 4º trimestre del 2016, nos informan de que los activos (quienes están disponibles para trabajar, ocupados o desempleados) se han visto reducidos en 694.400 personas desde el cuarto trimestre de 2012, un 5,2%.

 ¡Qué derroche de recursos! ¡Qué montón de posibilidades perdidas en aras a una mejora de nuestra sociedad y evitar las necesidades extremas de nuestra ciudadanía! Y para los economistas que adoran el PIB ¡que derroche de PIB!

La distribución de la renta proporciona a los políticos un medio para mejorar el bienestar de los ciudadanos y el empleo es de momento el sistema que facilita esa igualdad necesaria y los recursos básicos para el cumplimiento del artículo 40.1  de nuestra Constitución.

 Un ejemplo de esta necesidad nos lo muestra el trabajo realizado por los economistas Richard Wilkinson y Kate Pickett, trabajo que se  publicó en el año 2009, en él se concluía que los niveles de renta no influyen (al menos en los países desarrollados, relativamente ricos), y el gasto en asistencia sanitaria de alta tecnología tampoco hace una gran diferencia. 

¿Cuál es el factor determinante? No podemos afirmarlo con certeza, pero parece que la desigualdad es el factor clave. Decían que lo más fascinante de su estudio es que demuestra que reduciendo la desigualdad se aumentaría el bienestar y la calidad de vida de toda la población. Lejos de ser inevitable e imparable, el deterioro del bienestar social y de la calidad de las relaciones sociales es reversible.

Puede que haya que elegir entre utilizar el gasto público para mantener baja la desigualdad o bien para hacer frente a los problemas sociales cuando la desigualdad es elevada. Un ejemplo de una mala elección en este sentido se puede observar en EE UU durante el periodo que comienza en 1980, cuando la desigualdad de renta aumentó de forma especialmente rápida. 

En esa época, el gasto público en cárceles aumentó seis veces más rápidamente que el gasto público en enseñanza superior, y una serie de Estados han llegado ahora a un punto en que gastan tanto dinero público en cárceles como en enseñanza superior. ¡Lamentable!

Pero hemos de ser muy conscientes de que el problema de los costes y gastos superfluos de la administración tiene más que ver con los problemas burocráticos que con los servicios esenciales que presta. No obstante, la TMM y la Renta Básica Universal (RBU) nos dan la oportunidad de facilitar los costes de la burocracia estatal con su puesta en marcha. 

También pueden hacer más fácil la vida de las personas, aunque no permitir la vida regalada que llevan algunos en el adorado mercado libre.

Uno de los economistas principales de la TMM, William Mitchell, en su libro La Distopía del Euro nos dice: 

“La crisis fue creada por una mentira y la situación actual de austeridad fiscal está empeorando las cosas porque se basa en esa misma mentira […] La mentira más grande de todas, repetida sin cesar por lo economistas neoliberales y de la que acríticamente se hacen eco los principales medios de comunicación, es que si los gobiernos disminuyen su gasto, entonces el sector privado ‘se unirá’ para cubrir el hueco dejado [...] la ideología triunfa sobre la evidencia y así aceptamos falsedades como si fueran verdad [… ] La Gran Depresión nos enseñó que la economía debe ser entendida como una creación nuestra diseñada para que nos beneficiemos de ella, no como una entidad abstracta que reparte recompensas o castigos según un marco moral determinado.”

Y otro de ellos, Randall Wray, en su libro Teoría Monetaria Moderna escribe:

 “La creencia de que el gobierno está obligado a equilibrar su presupuesto cada cierto tiempo es comparado con una religión, una superstición necesaria para asustar a la población de manera que esta se comporte de la manera deseada […] en realidad el  gasto público no se enfrenta a ninguna restricción presupuestaria […] No es dinero recaudado mediante impuestos.” Hemos de tener en cuenta que antes de recaudar impuestos el gobierno competente tiene que haber emitido ese dinero.

Los impuestos, en consecuencia, tienen que servir para buscar el modo de mejorar la vida de la sociedad. No pueden ser instrumentos de desigualdad e injusticia. Mientras unos pagan dos y tres veces por la misma renta (non bis in ídem, no dos veces por la misma causa) otros, entre deducciones, paraísos fiscales, bufetes de abogados, etc., apenas pagan (aunque sean Vicepresidentes de Gobierno). Los impuestos tienen que ser instrumentos de equidad, justicia y eficiencia. La pena es que como decía Keynes la “elusión de impuestos  es la única actividad intelectual que tiene recompensa.” ¡Que razón tenía!

La TMM puede llegar a ser un instrumento de liberación, si tenemos en cuenta, como señala, que no son necesarios los impuestos para que el Estado gaste cuando éste dispone de la potestad de emitir moneda. 

Los impuestos no deben ser una maraña poco comprensible, deben ser claros y eficaces para los fines que se persiguen, deben servir para buscar un mundo menos desigual y una economía más eficiente, respetuosa con el medio ambiente y en beneficio de todos."              (Ernesto Ruiz Ureta , Nueva Tribuna, 12/02/17)

5/11/14

El enorme crecimiento de las desigualdades, sus causas

"El libro de Thomas Piketty titulado Capital in the Twenty-First Century ha tenido un gran impacto en el mundo académico de habla inglesa, y es probable que lo tenga en el de habla castellana cuando se publique en tal idioma este año (se publicará una versión en catalán esta semana, y otra en castellano el próximo mes). 

Una causa de dicha notoriedad se debe a que muestra, con gran cantidad de datos, muchas de las falsedades que se han reproducido en la sabiduría convencional del conocimiento económico, donde las creencias neoliberales han sido las dominantes. 

La gran cantidad de evidencia científica presentada en el libro le da una credibilidad y un rigor que han puesto al pensamiento neoliberal a la defensiva, ya en sí muy tocado por el gran fracaso que la aplicación de las políticas públicas basadas en este pensamiento ha tenido, siendo una de las principales causas de la Gran Recesión (para una mayor discusión del libro, véase mi artículo “El porqué de las desigualdades: una critica del libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century”, Público, 15.05.14).

Uno de los postulados característicos del dogma neoliberal, destruido por el libro de Piketty, es aquel que sostiene que el capitalismo, sin ningún tipo de regulación pública, no lleva a una mayor concentración de la riqueza.

 Ha sido y continúa siendo parte del dogma neoliberal creer que el capitalismo, dejado a su propia lógica, sin ningún tipo de intervención pública, se regula a sí mismo reduciendo las desigualdades. Los datos de Piketty desmontan claramente este componente del dogma. Ha sido solo en momentos históricos de gran intervencionismo público (el periodo 1932-1980) cuando las desigualdades de riqueza y de renta han disminuido.

Otro de los postulados del dogma neoliberal, que los datos presentados por Piketty también destruyen, es el que sostiene que las políticas neoliberales (que sistemáticamente favorecen a las rentas altas y a la propiedad del capital) son necesarias para estimular el crecimiento económico y la creación de riqueza. 

Piketty muestra cómo la tasa de crecimiento económico fue mucho más elevada cuando la carga fiscal al capital y los impuestos a las rentas superiores fueron más elevados (durante el periodo 1932-1980) que después (en el periodo 1980-2008), cuando los impuestos al capital y a las rentas superiores fueron mucho (pero que mucho) más bajos que en el periodo anterior. (...)

Pero como varios autores hemos indicado (véase mi artículo “No se puede entender el mundo del capital sin entender el mundo del trabajo”, Público, 11.07.14, y también el de David Harvey “Afterthoughts on Piketty’s Capital in the Twenty-First Century” en Challenge, octubre 2014), Piketty parece caer en el mismo error cuando sintetiza todo su trabajo en una fórmula matemática en la que muestra que la rentabilidad del capital (r) es siempre mayor que la tasa de crecimiento de la economía (g). 

Según él, esta realidad, definida en esta fórmula, es la que ha causado la enorme concentración de la riqueza en el 1% de la población (tanto en todo el mundo como en la mayoría de países capitalistas desarrollados) hecho denunciado por el movimiento Occupy Wall Street, inspirado, a su vez, por el movimiento español del 15-M.

Dicha fórmula matemática, sin embargo, describe pero no explica esta realidad. Como bien señala David Harvey, por qué el capital se está concentrando es la pregunta clave. No es suficiente con escribir que ello se debe a que la rentabilidad del capital crece más rápido que el crecimiento de la economía. 

Lo que hay que explicar es porqué ello ocurre. Y ahí es donde el contexto político en el que ocurre esta concentración es determinante. No puede entenderse la evolución del capital sin entender su relación con el mundo del trabajo. El periodo post II Guerra Mundial (1945-1980) se caracterizó por un Pacto Social entre el mundo empresarial (propietario y gestor del capital) y el mundo del trabajo y sus instrumentos políticos y sindicales.

Tal Pacto dio lugar a que las rentas del trabajo (como porcentaje de las rentas totales) alcanzaran unos niveles elevados (alrededor del 70 al 75%) de la renta nacional en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico Norte (EEUU y Europa Occidental). Fue, también, durante este periodo, cuando las políticas fiscales fueron claramente progresivas, con un elevado gravamen en las rentas derivadas de la propiedad del capital. 

Fue en esta época también cuando el Estado del Bienestar se estableció y expandió, estando su expansión directamente relacionada con la fuerza del mundo del trabajo. A mayor poder de este último, mayor extensión del Estado del Bienestar, siendo los países escandinavos (donde el mundo del trabajo alcanzó mayor poder) el mayor exponente de esta situación.

Este Pacto Social se rompió con la elección como Presidente de EEUU de Ronald Reagan (el gran gurú de los neoliberales) y de la Sra. Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido, cuyo objetivo era recuperar el poder del capital a costa del debilitamiento del mundo del trabajo. Alan Budd, el consejero económico de la Sra. Thatcher, lo dijo claramente: las medidas neoliberales tomadas por el gobierno Thatcher “tenían como objetivo aumentar el desempleo, lo cual era muy importante y deseable, a fin de reducir la fuerza de la clase trabajadora…. 

Lo que hicimos era lo que Karl Marx definió como crisis del capitalismo, que consiste en expandir el desempleo (reserve army), lo que permite la bajada de salarios y el aumento de la rentabilidad del capital a partir de entonces” (The Observer, 21.06.92). Esta fue la causa de que las desigualdades crecieran enormemente. La diferencia entre lo que ingresaba un trabajador promedio y el director delegado de las grandes empresas pasó de ser de 30 a 1 en 1970 a 300 a 1 ahora. 

Estaba claro que, como bien dijo Warren Buffett, “seguro que hay una guerra de clases (class war) en este país. Y mi clase, los ricos, son los que la están haciendo y ganando diariamente” (New York Times, 26.11. 06). El punto débil de Piketty es que no hace referencia a este contexto político. Analiza la evolución del capital, sin analizar su relación con el mundo del trabajo.

Pero este silencio de Piketty tiene también un coste, pues no hace ninguna referencia a las consecuencias de esta concentración. Es cierto que este autor habla del impacto negativo que tal concentración tiene sobre la salud e higiene democráticas, pues tal concentración afecta y deteriora la calidad democrática de las sociedades capitalistas desarrolladas. 

Pero, además de ello, esta concentración de la riqueza y de las rentas y el consiguiente aumento de las desigualdades, ha sido una de las mayores causas de la Gran Recesión en la que se encuentran tales países. Tal empobrecimiento del mundo del trabajo creó un gran endeudamiento de la mayoría de las clases populares, que obtenían sus rentas del trabajo, y, más tarde, un grave descenso de la demanda, que es lo que causó la Gran Recesión. La evidencia de ello es abrumadora.

 El promedio de renta del trabajo pasó de representar el 72% de la renta nacional en los países de los dos lados del Atlántico Norte en los años setenta, a un 61% en el año 2010. En realidad, en España el porcentaje ha sido menor, un 52% (ver mi artículo “Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual”, Le Monde Diplomatique, julio 2013).

 Este enorme descenso determinó la crisis económica, y también causó la crisis financiera, pues la enorme expansión del sector financiero, fruto del endeudamiento generalizado y la escasa rentabilidad de las inversiones productivas (resultado de la escasez de la demanda) potenció el incremento de las inversiones especulativas, creándose el capitalismo del casino, cuyos estallidos originaron la crisis financiera. De esto, Piketty tampoco dice nada. 

Ahora bien, estos silencios o limitaciones no diluyen la importancia de su texto. Su publicación contribuirá al tan necesario descrédito del pensamiento neoliberal que todavía domina los centros de producción y reproducción del conocimiento económico. Aconsejo su lectura."          (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 16 de octubre de 2014., en vnavarro.org, 16/10/2014)

30/9/14

Los megaricos del mundo emigran en masa para huir del fisco

"Lloran y también emigran. Durante la última década, millonarios de todo el planeta han abandonado en masa sus países huyendo del fisco, de la mugre y de la violencia. Los 'visados-ganga' de Rajoy no han logrado atraerlos hasta España. Gran Bretaña y Singapur son sus destinos favoritos. (...)

De acuerdo al último informe anual del New World Wealth, más de 260.000 millonarios han abandonado sus mansiones oficiales durante la última década en pos de una vida mejor. 

Al igual que Depardieu, buena parte de ellos se han echado los baúles Gucci a las espaldas acuciados por las “despiadadas” políticas fiscales de sus países de origen. Otros, como los “megaricos” mexicanos, dicen huir de la violencia y de la mugre. En España han recalado cuatro gatos, pese a que el Gobierno de Rajoy lleva ya varios años voceando “visas de oro” de saldo en el mercado de los permisos VIP de residencia.

El detallado análisis demográfico de los movimientos de este privilegiado grupo de población indica, por un lado, que se trata de un fenómeno global. Y por otro, que afecta a un porcentaje muy significativo del total de gente acaudalada. ¿A dónde se dirigen de manera preferente los nómadas del capital? 

Durante el periodo comprendido entre 2003 y 2013, los países que han recibido un mayor número de millonarios son, de más a menos, el Reino Unido (114.000), Singapur (45.000), Estados Unidos (42.000), Australia (22.200), Hong Kong (19.700), Canadá (13.600) y los Emiratos Árabes Unidos (10.100).

El país que ha sufrido una sangría más significativa de su población pudiente es China, que ha perdido a 76.200. Le siguen la India (43.400), Francia (31.700), Italia (18.600), Rusia (14.000) y Suiza (10.600).

En definitiva, sabíamos que lloraban y ahora hemos descubierto que también emigran en masa. ¿Qué es lo que les alienta a echarse sus baúles de La Prune a las espaldas y a salir volando en Gulfstream? Buena parte de estos desertores europeos son exiliados fiscales a los que les produce sarpullidos renunciar a un pedacito de sus beneficios colosales en el nombre de conceptos tan ampulosamente etéreos como “redistribución de la riqueza” o “bien común”. “Este señor ha desertado en plena lucha contra la recesión”, dijo de Depardieu la ministra de Cultura gala, Aurelie Filipetti.

Y en efecto, así era. La mayoría de los norteamericanos ricos que han abandonado su país o han renunciado a su nacionalidad en el transcurso de los últimos diez años lo han hecho por idénticos motivos. Se da también la circunstancia de que a muchos millonarios ha dejado ya de compensarles el fijar su residencia en paraísos fiscales.

 La vigilancia internacional se ha estrechado y aquellos buenos tiempos de la “cuasi” impunidad han pasado a la historia. Puestos a buscar un lugar que los reemplace, Singapur se lleva el gato al agua. Este pequeño estado se halla en disposición de ofrecer ventajosas políticas tributarias en un entorno financiero muy sofisticado y, a diferencia de los paraísos fiscales, no está contaminado por actividades ilegales como el blanqueo de dinero.

Paradójicamente, Estados Unidos es un país tanto emisor como receptor de millonarios. Durante los últimos siete u ocho años, han comenzado a crecer las urbanizaciones “exclusivas” para hispanos en ciudades sureñas como Dallas, San Antonio, El Paso o San Diego. 

En este caso, y en el de los migrantes procedentes de otras potencias emergentes como Brasil, lo que la gente acaudalada busca es un lugar más socialmente saludable, lejos de la pobreza y sobre todo, de la inseguridad, la extorsión y los secuestros. Sus compatriotas se refieren a ellos como los “migrantes fresa”. (...)

¿Es esta migración global de millonarios un fenómeno coyuntural y efímero? Todo apunta a que no. Dos de cada tres ricos de China -el mayor exportador mundial de potentados- han asegurado en una encuesta reciente que van a abandonar el país tan pronto como se presente la oportunidad.

 Lo que les mueve, aseguran, es el deseo de proporcionar a sus hijos una educación mejor. Asimismo, muchos dicen huir de la polución y sobre todo, de la inseguridad que les produce haber amasado su fortuna en un país supuestamente comunista. En otras palabras, temen que el marco legal pueda modificarse de un día para otro y desean poner a buen recaudo su dinero.

Análogas razones han movido a muchos rusos a concentrarse en barrios de la capital británica como el popular Londongrado. El mismo Gobierno que lleva años advirtiendo de los horrores de una eventual invasión de búlgaros y de rumanos pobres ha puesto bajo los pies de los ricos moscovitas una alfombra legal que les ayude a aterrizar en el país y a quedarse para siempre. 

Derribar los muros de Fortaleza Europa es un proceso burocráticamente sencillo, a condición de que se tenga el dinero necesario para adquirir un visado VIP de residencia. A los oligarcas rusos que se han mudado al Reino Unido viene a costarles un millón de libras.

Euro arriba o euro abajo, pocos son los Gobiernos europeos que no han puesto sus ciudadanías a la venta, mientras reciben a balazos (de goma) a los parias que se encaraman por las vallas. (...)"            (Público, 18/09/2014)

21/5/14

Los 25 estadounidenses más ricos ganan más del doble que todos los maestros de primaria juntos

"La última “lista de los ricos” de Institutional Investor, una recopilación de los 25 gestores de fondos de cobertura mejor pagados, se ha publicado en la revista Alpha; y resulta que estos tipos ganan un montón de dinero. ¡Sorpresa!

Pero antes de desdeñar el estudio por no aportar nada nuevo, pensemos en lo que significa que estos 25 hombres (sí, todos son hombres) ganasen un total de 21.000 millones de dólares en 2013. 

En concreto, pensemos en el modo en que su buena fortuna echa por tierra varios mitos populares sobre la desigualdad de rentas en Estados Unidos.
En primer lugar, la desigualdad actual no tiene que ver con los licenciados. Tiene que ver con los oligarcas. Quienes hacen apología de la creciente desigualdad casi siempre intentan disfrazar los enormes ingresos de los verdaderamente ricos mezclando a estos con los meramente acomodados. 

En vez de hablar del 1% o el 0,1% con más dinero, hablan del aumento de los ingresos de los titulados universitarios, o tal vez del 5% con ingresos más elevados. El objetivo de esta tergiversación es suavizar la imagen, para que parezca que estamos hablando de profesionales altamente cualificados que salen adelante gracias a la formación y al trabajo duro.

Pero muchos estadounidenses tienen una buena formación y trabajan mucho. Por ejemplo, los profesores. Sin embargo, no ganan un dineral. El año pasado, esos 25 gestores de fondos de cobertura ganaron más del doble que todos los maestros de educación infantil de Estados Unidos juntos. Y no, no siempre ha sido así: la enorme distancia que ahora separa a la clase media-alta de los verdaderamente ricos no apareció hasta la época de Reagan.

En segundo lugar, no hagan caso de la retórica sobre los “creadores de empleo” y todo eso. Los conservadores quieren hacerles creer que las grandes remuneraciones del Estados Unidos moderno van a parar a los innovadores y a los emprendedores, personas que crean empresas y hacen que avance la tecnología. 

Pero eso no es lo que hacen los gestores de los fondos de cobertura para ganarse la vida; su negocio es el de la especulación financiera, que John Maynard Keynes definía como “prever lo que la opinión media espera que será la opinión media”. O, puesto que gran parte de sus ingresos proviene de los honorarios, en realidad su negocio consiste en convencer a otros de que pueden prever la opinión media sobre la opinión media.

Hubo una época en la que uno habría podido alegar, sin reírse, que todos estos tejemanejes eran productivos, que de hecho la élite financiera ofrecía a la sociedad un servicio acorde con la remuneración que recibía. 

Pero, a estas alturas, las pruebas indican que los fondos de cobertura son un mal negocio para cualquiera excepto sus administradores; no ofrecen un rendimiento lo bastante elevado para justificar esos enormes honorarios y son una fuente importante de inestabilidad económica. (...)

A primera vista, puede que esto no resulte tan evidente. Al fin y al cabo, los que integran la lista de los ricos son hombres hechos a sí mismos. Pero en su inmensa mayoría se hicieron a sí mismos hace mucho tiempo. 

Como señala Matt Levine, de Bloomberg View, en la actualidad, muchos de los ingresos de los principales directores financieros no proceden de invertir el dinero de otros, sino de las rentas obtenidas del dinero que ellos mismos han acumulado (es decir, la razón por la que ganan tanto es que ya son muy ricos).

Y esto es, si se paran a pensarlo, una consecuencia inevitable. Con el tiempo, la desigualdad de rentas extrema conduce a una desigualdad de riqueza extrema; de hecho, el porcentaje de riqueza del 0,1% con más ingresos de Estados Unidos ha vuelto a los niveles de la edad dorada de finales del siglo XIX.

 Esto, a su vez, significa que las rentas altas provienen cada vez más de las rentas de las inversiones, no de los salarios. Y es solo cuestión de tiempo que las herencias se conviertan en la mayor fuente de gran riqueza.

Pero ¿por qué es importante todo esto? Esencialmente, por los impuestos.

Estados Unidos tiene una larga tradición de imponer impuestos altos a las rentas elevadas y a las grandes fortunas, con la idea de limitar la concentración del poder económico y, además, recaudar dinero. 

Hoy día, sin embargo, la mera insinuación de que se recupere esa tradición se topa con afirmaciones airadas de que gravar a los ricos es destructivo e inmoral (destructivo porque disuade a los creadores de empleo de que se dediquen a lo suyo e inmoral porque la gente tiene derecho a quedarse con lo que gana).

Pero esas afirmaciones se apoyan básicamente en mitos relacionados con quiénes son en realidad los ricos y cómo han amasado sus fortunas. La próxima vez que oigan a alguien dar un discurso sobre lo cruel que es perseguir a los ricos, piensen en los tipos de los fondos de cobertura y pregúntense si de verdad sería tan terrible que pagasen más impuestos."               ( , El País, 11 MAY 2014 )